BIOGRAFÍA LITERARIA DE JOSÉ MARÍA MÁIZ TOGORES

Nací en San­tia­go de Com­pos­te­la, ciu­dad de pie­dra moja­da y pacien­cia anti­gua. Por eso soy piche­lei­ro. Soy hijo legí­ti­mo de una urbe que bri­lla mejor bajo la llu­via. San­tia­go no se entien­de sin para­guas. La pie­dra húme­da, las noches de oto­ño, el cas­co vie­jo envuel­to en orba­llo… Todo adquie­re enton­ces una belle­za len­ta y melan­có­li­ca. El sol no estro­pea la ciu­dad, pero la llu­via la reve­la.

Nací un quin­ce de agos­to. Y sí: llo­vía. Mien­tras mis fami­lia­res dis­cu­tían qué nom­bre poner­me, repe­tían el chis­te más vie­jo de Com­pos­te­la —aquí solo hay dos esta­cio­nes: la de invierno y la del ferro­ca­rril—. Final­men­te me lla­ma­ron José María Ramón San­tia­go, gra­cias a la rapi­dez de refle­jos de mi padrino, que evi­tó un sono­ro Gumer­sin­do. Yo, recién lle­ga­do al mun­do, me mani­fes­ta­ba median­te feli­ces explo­sio­nes aero­fá­gi­cas que, según cuen­tan, me deja­ban son­rien­te y satis­fe­cho. Empe­za­ba bien.

Mi infan­cia y ado­les­cen­cia fue­ron un ir y venir de cole­gios madri­le­ños: Agus­ti­nos, Estu­dio, Cal­de­rón de la Bar­ca, Car­de­nal Cis­ne­ros. Hoy me lla­ma­rían inquie­to, hiper­ac­ti­vo, móvil, empren­de­dor… Enton­ces sim­ple­men­te pare­cía inca­paz de que­dar­me quie­to en un espa­cio edu­ca­ti­vo. No fui un gran estu­dian­te. Tal vez por eso, con los años, aca­bé sien­do un buen pro­fe­sor.

De 1988 a 2025 ense­ñé Len­gua y Lite­ra­tu­ra en el cole­gio Jesús-María de Madrid. Allí encon­tré mi segun­da casa. Allí me ago­té, expli­qué, dis­cu­tí, escu­ché, acon­se­jé, apren­dí… Y allí se con­fir­mó una para­do­ja her­mo­sa: quie­nes fui­mos alum­nos tor­pes sole­mos con­ver­tir­nos en docen­tes aten­tos. Tocar barro me ense­ñó a evi­tar caí­das. Allí me jubi­lé un 30 de junio de 2025.

Edu­car es gober­nar una bar­ca frá­gil. Hace fal­ta algo de marino, algo de pira­ta, algo de poe­ta… y mucha pacien­cia con­cen­tra­da. Pero tam­bién cui­dar al que ense­ña. Un pro­fe­sor que­ma­do no trans­mi­te fue­go, sino ceni­za. Y los alum­nos lo saben antes que nadie.

La lite­ra­tu­ra lle­gó a mí tar­de y con resis­ten­cia. Los clá­si­cos se me caían de las manos a los quin­ce años. Gar­ci­la­so, Que­ve­do, Béc­quer, el roman­ce­ro… nadie supo enton­ces expli­cár­me­los como yo nece­si­ta­ba. Des­pués vinie­ron  Char­les Bau­de­lai­re, César Valle­jo, Gus­ta­vo Adol­fo Béc­quer, Rubén Darío, Jai­me Gil de Bied­ma, Fer­nan­do Pes­soa, Gabrie­la Mis­tral, Juan Ramón Jimé­nez… que me empu­ja­ron al poe­ma en pro­sa y allí me he que­da­do: un terri­to­rio enga­ño­so, apa­ren­te­men­te fácil, pro­fun­da­men­te exi­gen­te. Ahí me que­dé.

Mi galle­go nació en dos fin­cas fami­lia­res: La Pere­gri­na, en A Maía, y El Bur­go, en Vedra, al pie del Pico Sacro. Fue­ron mis ver­da­de­ras uni­ver­si­da­des sen­ti­men­ta­les. Lle­gá­ba­mos en junio y nos íba­mos en sep­tiem­bre. Vera­nos inter­mi­na­bles de jue­gos, rome­rías, dis­cu­sio­nes, togo­ra­das, mai­za­das, ligo­teos, risas, estu­dios e incon­ta­bles pri­me­ras heri­das. Ber­ta­mi­ráns tenía enton­ces tres­cien­tos habi­tan­tes. Hoy tie­ne diez mil. Yo sigo pre­fi­rien­do aquel silen­cio anti­guo.

El galle­go que me ena­mo­ró no fue el nor­ma­ti­vo, sino el de aldea: musi­cal, lleno de giros, vivo. Mi fami­lia habla­ba cas­te­llano. Apren­der galle­go era apren­der una len­gua sin gra­má­ti­ca fija, sin aca­de­mia, sin mapa. Tal vez por eso me atra­pó tan­to.

Aman­cio Pra­da me des­cu­brió a la Rosa­lía de Cas­tro ver­da­de­ra, no a la sen­si­ble­ra, llo­ro­sa y des­gra­cia­da que algu­nos que­rían pin­tar. Ya no fue solo que­ja: fue reve­la­ción. Hubo un antes y un des­pués.

Hubo tam­bién devo­ción a las vír­ge­nes que se vene­ra­ban en las fin­cas de mi fami­lia, memo­rias dis­cu­ti­das, viven­cias com­par­ti­das, noches inaca­ba­bles y recuer­dos que algu­nos ponen en duda. Pero la vida son recuer­dos, y los recuer­dos siem­pre son per­so­na­les.

Uso des­de enton­ces seis pseu­dó­ni­mos: Camay, Chio­lei­ro, Filo­so, Xao­vín, Suboe­bai­xo y Tan­to­me­tén. No es extra­va­gan­cia: es nece­si­dad. Cada nom­bre es una voz, un refu­gio, una más­ca­ra, una con­fe­sión. Camay fue mi infan­cia. Chio­lei­ro nació en las rome­rías. Filo­so here­dó san­gre. Xao­vín fue inse­gu­ri­dad. Suboe­bai­xo resu­me mi carác­ter galle­go: nun­ca se sabe si subo o bajo. Tan­to­me­tén es liber­tad: ya no me impor­ta nada.

Escri­bo para enten­der­me. Para orde­nar memo­ria. Para rees­cri­bir la vida. Corri­jo dema­sia­do. Nun­ca hay ver­sión defi­ni­ti­va. Maña­na pue­do escri­bir otra bio­gra­fía con los mis­mos recuer­dos y otro sen­ti­do.

Mis libros están dis­per­sos en el tiem­po y en mil pape­les. Algu­nos se per­die­ron. Otros se corri­gie­ron mil veces. Algu­nos nun­ca sal­drán a la luz. Todos nacie­ron de noches frías, de una mesa lle­na de libros, de dudas per­sis­ten­tes y de una volun­tad obs­ti­na­da de decir algo ver­da­de­ro.

En el blog www.recuncar.com están estruc­tu­ra­dos de la siguien­te mane­ra todos mis libros:

  • A la som­bra del ver­bo (pro­sa varia­da)
  • Bio­gra­fía de JMMT
  • Gali­cia entre cuen­tos (cuen­tos)
  • Hatroz (nove­la)
  • Jubi­la­ción de JMMT (30/6/2025)
  • Nie­blas y lem­bran­zas (pro­sa sobre Gali­cia) (Libro ter­mi­na­do)
  • Pei­to de bron­ce (narra­ción)
  • Pre­sen­ta­cio­nes del blog «recuncar.com»
  • Ver­sos que no dije en voz alta

Todos ellos los pue­des ir leyen­do en www.recuncar.com. Ya lle­vo más de dos­cien­tas entra­das.

Gra­cias por haber lle­ga­do has­ta aquí. Si lo has hecho, ya com­par­ti­mos algo: tiem­po, memo­ria y pala­bras. Y eso, crée­me, no es poco. Mis correos de con­tac­to son los siguien­tes: jmmaiz@telefonica.net y maiztogores@gmail.com

(Bio­gra­fía lite­ra­ria rehe­cha el 1 de febre­ro de 2026)

Gra­cias por haber lle­ga­do has­ta aquí. Si lo has hecho, ya com­par­ti­mos algo: tiem­po, memo­ria y pala­bras. Y eso, crée­me, no es poco.

Mis correos de con­tac­to son los siguien­tes: jmmaiz@telefonica.net y maiztogores@gmail.com

(Bio­gra­fía lite­ra­ria rehe­cha el 1 de febre­ro de 2026)

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