Nací en Santiago de Compostela, ciudad de piedra mojada y paciencia antigua. Por eso soy picheleiro. Soy hijo legítimo de una urbe que brilla mejor bajo la lluvia. Santiago no se entiende sin paraguas. La piedra húmeda, las noches de otoño, el casco viejo envuelto en orballo… Todo adquiere entonces una belleza lenta y melancólica. El sol no estropea la ciudad, pero la lluvia la revela.
Nací un quince de agosto. Y sí: llovía. Mientras mis familiares discutían qué nombre ponerme, repetían el chiste más viejo de Compostela —aquí solo hay dos estaciones: la de invierno y la del ferrocarril—. Finalmente me llamaron José María Ramón Santiago, gracias a la rapidez de reflejos de mi padrino, que evitó un sonoro Gumersindo. Yo, recién llegado al mundo, me manifestaba mediante felices explosiones aerofágicas que, según cuentan, me dejaban sonriente y satisfecho. Empezaba bien.
Mi infancia y adolescencia fueron un ir y venir de colegios madrileños: Agustinos, Estudio, Calderón de la Barca, Cardenal Cisneros. Hoy me llamarían inquieto, hiperactivo, móvil, emprendedor… Entonces simplemente parecía incapaz de quedarme quieto en un espacio educativo. No fui un gran estudiante. Tal vez por eso, con los años, acabé siendo un buen profesor.
De 1988 a 2025 enseñé Lengua y Literatura en el colegio Jesús-María de Madrid. Allí encontré mi segunda casa. Allí me agoté, expliqué, discutí, escuché, aconsejé, aprendí… Y allí se confirmó una paradoja hermosa: quienes fuimos alumnos torpes solemos convertirnos en docentes atentos. Tocar barro me enseñó a evitar caídas. Allí me jubilé un 30 de junio de 2025.
Educar es gobernar una barca frágil. Hace falta algo de marino, algo de pirata, algo de poeta… y mucha paciencia concentrada. Pero también cuidar al que enseña. Un profesor quemado no transmite fuego, sino ceniza. Y los alumnos lo saben antes que nadie.
La literatura llegó a mí tarde y con resistencia. Los clásicos se me caían de las manos a los quince años. Garcilaso, Quevedo, Bécquer, el romancero… nadie supo entonces explicármelos como yo necesitaba. Después vinieron Charles Baudelaire, César Vallejo, Gustavo Adolfo Bécquer, Rubén Darío, Jaime Gil de Biedma, Fernando Pessoa, Gabriela Mistral, Juan Ramón Jiménez… que me empujaron al poema en prosa y allí me he quedado: un territorio engañoso, aparentemente fácil, profundamente exigente. Ahí me quedé.
Mi gallego nació en dos fincas familiares: La Peregrina, en A Maía, y El Burgo, en Vedra, al pie del Pico Sacro. Fueron mis verdaderas universidades sentimentales. Llegábamos en junio y nos íbamos en septiembre. Veranos interminables de juegos, romerías, discusiones, togoradas, maizadas, ligoteos, risas, estudios e incontables primeras heridas. Bertamiráns tenía entonces trescientos habitantes. Hoy tiene diez mil. Yo sigo prefiriendo aquel silencio antiguo.
El gallego que me enamoró no fue el normativo, sino el de aldea: musical, lleno de giros, vivo. Mi familia hablaba castellano. Aprender gallego era aprender una lengua sin gramática fija, sin academia, sin mapa. Tal vez por eso me atrapó tanto.
Amancio Prada me descubrió a la Rosalía de Castro verdadera, no a la sensiblera, llorosa y desgraciada que algunos querían pintar. Ya no fue solo queja: fue revelación. Hubo un antes y un después.
Hubo también devoción a las vírgenes que se veneraban en las fincas de mi familia, memorias discutidas, vivencias compartidas, noches inacabables y recuerdos que algunos ponen en duda. Pero la vida son recuerdos, y los recuerdos siempre son personales.
Uso desde entonces seis pseudónimos: Camay, Chioleiro, Filoso, Xaovín, Suboebaixo y Tantometén. No es extravagancia: es necesidad. Cada nombre es una voz, un refugio, una máscara, una confesión. Camay fue mi infancia. Chioleiro nació en las romerías. Filoso heredó sangre. Xaovín fue inseguridad. Suboebaixo resume mi carácter gallego: nunca se sabe si subo o bajo. Tantometén es libertad: ya no me importa nada.
Escribo para entenderme. Para ordenar memoria. Para reescribir la vida. Corrijo demasiado. Nunca hay versión definitiva. Mañana puedo escribir otra biografía con los mismos recuerdos y otro sentido.
Mis libros están dispersos en el tiempo y en mil papeles. Algunos se perdieron. Otros se corrigieron mil veces. Algunos nunca saldrán a la luz. Todos nacieron de noches frías, de una mesa llena de libros, de dudas persistentes y de una voluntad obstinada de decir algo verdadero.
En el blog www.recuncar.com están estructurados de la siguiente manera todos mis libros:
- A la sombra del verbo (prosa variada)
- Biografía de JMMT
- Galicia entre cuentos (cuentos)
- Hatroz (novela)
- Jubilación de JMMT (30/6/2025)
- Nieblas y lembranzas (prosa sobre Galicia) (Libro terminado)
- Peito de bronce (narración)
- Presentaciones del blog «recuncar.com»
- Versos que no dije en voz alta
Todos ellos los puedes ir leyendo en www.recuncar.com. Ya llevo más de doscientas entradas.
Gracias por haber llegado hasta aquí. Si lo has hecho, ya compartimos algo: tiempo, memoria y palabras. Y eso, créeme, no es poco. Mis correos de contacto son los siguientes: jmmaiz@telefonica.net y maiztogores@gmail.com
(Biografía literaria rehecha el 1 de febrero de 2026)
Gracias por haber llegado hasta aquí. Si lo has hecho, ya compartimos algo: tiempo, memoria y palabras. Y eso, créeme, no es poco.
Mis correos de contacto son los siguientes: jmmaiz@telefonica.net y maiztogores@gmail.com
(Biografía literaria rehecha el 1 de febrero de 2026)