PRÓLOGO DE ‘PEITO DE BRONCE’

Hay libros que nacen de la tie­rra, como nacen los car­ba­llos o los arro­yos. Pei­to de Bron­ce es uno de esos libros. No es solo la his­to­ria de un hom­bre, sino el retra­to ínti­mo y sin­ce­ro de una vida labra­da entre los mon­tes, los cam­pos y los silen­cios de una peque­ña aldea galle­ga. Cada capí­tu­lo, bre­ve como un alien­to, es una ven­ta­na abier­ta al mun­do inte­rior de un hom­bre y de su fami­lia que, sin gran­des ges­tos ni pala­bras alti­so­nan­tes, cons­tru­ye su exis­ten­cia con dig­ni­dad, esfuer­zo y ape­go a la tie­rra.

El pro­ta­go­nis­ta, hijo de cam­pe­si­nos, nace en un tiem­po de esca­sez y espe­ran­za. Su infan­cia trans­cu­rre entre jue­gos humil­des y tareas que lo van mol­dean­do, como el hie­rro en la fra­gua. La fami­lia es su pri­mer uni­ver­so: los padres, los her­ma­nos, los veci­nos, todos for­man par­te de una red de afec­tos y debe­res que le dan sen­ti­do a la vida. El tra­ba­jo, duro y cons­tan­te, es el eje alre­de­dor del cual gira su juven­tud y madu­rez. No hay épi­ca, pero sí ver­dad. No hay héroes, pero sí gen­te que resis­te, que ama, que lucha sin rui­do.

La aldea, peque­ña y apa­ren­te­men­te olvi­da­da, es el esce­na­rio don­de se desa­rro­lla esta his­to­ria. Pero no es un lugar cual­quie­ra: es un micro­cos­mos de huma­ni­dad, de tra­di­ción, de memo­ria. A tra­vés de las esta­cio­nes, de las fies­tas, de las pér­di­das y de los encuen­tros, el lec­tor va des­cu­brien­do un mun­do que, aun­que humil­de, está lleno de belle­za y sig­ni­fi­ca­do.

Este libro es tam­bién un home­na­je a Gali­cia, a su capa­ci­dad para nom­brar lo ínti­mo, lo coti­diano, lo esen­cial. Cada pala­bra está esco­gi­da con cui­da­do, cada fra­se res­pi­ra auten­ti­ci­dad. Pei­to de Bron­ce es, en defi­ni­ti­va, un can­to a la vida rural, a la vida silen­cio­sa de quie­nes habi­tan los espa­cios olvi­da­dos, y a la fuer­za de un hom­bre que, sin pre­ten­der ser ejem­plo, aca­ba sien­do sím­bo­lo.

Al lec­tor que se acer­que a estas pági­nas, solo le pido que lo haga con cal­ma, con ojos lim­pios y cora­zón abier­to. Por­que aquí, entre estas líneas, vive un hom­bre de ver­dad. Y su his­to­ria mere­ce ser escu­cha­da. (Pei­to de Bron­ce) (2002)

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