Si alguna vez la lluvia aprendiera a evocar recuerdos, seguiría cada recoveco de mi memoria con una delicadeza galaica. Cada gota parecería encontrar con una ternura genuina, aunque fingida, la ventana donde reposan mis añoranzas. Y, por un instante, como un pecado original tácitamente acordado, limpiaría el cristal empañado, delicado y efímero dibujado por mí.
Y esos fragmentos danzarían y se desvanecerían en mi mente una y otra vez, así como cuando yo desecho ideas y propuestas que alguien desconocido me propone anónimamente. Caerían disimuladamente en la orilla de una noche que me elige como compañero de penurias.
Las calles, de madrugada, olerían a pan recién horneado, los cines estarían llenos de asientos vacíos y las charlas de solitarios enamorados se perderían tras el perfil de anónimas farolas.
Hablaría de puentes construidos en mi vida con la solemne ingeniosidad de aquellos que creen en los milagros de la inspiración.
Me diría que no me atemorizara con el paso del tiempo, que todos los días son una pequeña despedida y que no esperara descansar en el lecho del tiempo del mundo. Sería una mentira elaborada por ese dios pagano que me provoca sensaciones inexistentes.
En mi deseo de escribir habría una herida que ya no sangraría y un triunfo que justificaría años de mi desconsuelo creador. Esas heridas custodiarían mi ideario emocional y me fracturarían la muñeca de mis impulsos.
Entonces me atrevería a llamarla y su voz resultaría una revelación que liquidaría mi desidia y me impulsaría a describir con la otra mano la calidez salvaje de tu rostro y la amabilidad de tu tierna verdad.
Y algún día caminaría por los parques que tú creaste para mí y gozaría con la silueta de la mujer que lleva llorando años por mí. Su corazón se posaría como un pájaro cantarín en la ventana de mis sueños y yo renacería, empañado por la lluvia, con una carta que ella leería hasta la última línea, sonriendo con la certeza de haber comprendido mis palabras: amar no es una cuestión de conformarse con lo que hay; a veces es guardar con ternura lo que no se puede tener. (Nieblas y lembranzas) (1995–2025)
