CAPÍTULO II DE ‘PEITO DE BRONCE’.- EL NOMBRE Y EL ORIGEN

Los días pre­vios a mi via­je a Com­pos­te­la esta­ba ner­vio­so y ate­na­za­do por un com­pro­mi­so lite­ra­rio que, inmo­vi­li­za­do por mi rosa­rio de fra­ca­sos, aca­ba­ría en otro cero. Las habi­li­da­des socia­les y nego­cia­do­ras no eran mi fuer­te. Par­tía siem­pre de una idea per­sis­ten­te que her­vía en mí sin reme­dio alguno: «no nos intere­sa su obra».

Lo úni­co que me agi­ta­ba era el acuer­do al que había lle­ga­do con aquel hom­bre que encon­tré en la Herra­du­ra del par­que de la Ala­me­da. ¿Gran­des expec­ta­ti­vas? Las jus­tas.

Cuan­do me reen­con­tré con Manuel Bali­ño Cas­tro­mil, Pei­to de Bron­ce, me sor­pren­dió su aspec­to arre­gla­do y lleno de vita­li­dad. Nada que ver con el hom­bre taci­turno y derro­ta­do por la vida que se había des­pe­di­do de mí con una mano blan­da y sin fuer­za hacía unos meses. Tal vez qui­sie­ra borrar la ima­gen de hom­bre ator­men­ta­do por una sole­dad impues­ta que no le deja­ba vivir en paz. Era como si se arre­pin­tie­ra de la apa­rien­cia de hom­bre brea­do por las des­gra­cias fami­lia­res que me mos­tró el día de nues­tro pri­mer encuen­tro. Qui­zás nues­tro com­pro­mi­so le dio la vida que él pen­sa­ba ya no tener. Puso mucho inte­rés en que yo repa­ra­ra en la cami­sa lim­pia y la cor­ba­ta azul que lle­va­ba con una orgu­llo­sa ele­gan­cia.

—Vas hecho un pin­cel, Pei­ti­ño —me decía a menu­do mi mujer cuan­do pasea­ba por la coci­na con la cami­sa recién plan­cha­da y unos pan­ta­lo­nes con una caí­da per­fec­ta. Reco­noz­co que me gus­ta­ban los oji­tos que se le ponían a mi mujer cuan­do pro­nun­cia­ba como nadie Pei­ti­ño, y yo pre­su­mía enton­ces como un gallo de pelea.

Des­pués de encon­trar un ban­co con vis­tas a la cate­dral, me dijo que la con­ver­sa­ción debía tener un orden, que nun­ca había tra­ba­ja­do sin pla­ni­fi­car la jor­na­da el día ante­rior.

—Quie­ro con­tar­te la razón de mi nom­bre. Creo que ese debe ser el prin­ci­pio.

Se mos­tra­ba muy orgu­llo­so de su apo­do, pues sabía que las dos ver­sio­nes (la de los ami­gos y la de su mujer) lo ele­va­ban a un lugar de honor en la esca­la de los más des­ta­ca­dos de la aldea.

A él le gus­ta­ban ambas, aun­que son­reía con picar­día con la pri­me­ra por­que la segun­da lo deja­ba ante los hom­bres de la aldea como un mozo ino­cen­te y sin mali­cia.

Los ami­gos con­ta­ban que de joven —le lla­ma­ban Mano­le­cho—, cuan­do iban de vinos por las taber­nas de la aldea, le encan­ta­ba mos­trar el pecho con una natu­ra­li­dad casi ofen­si­va; y que cada vez que moja­ba la palle­ta y apu­ra­ba la taza de un tra­go, se gol­pea­ba el pecho y decía:

—Allá vas, hijo de la parra. Y son­reía mos­tran­do una den­ta­du­ra blan­ca como la nie­ve.

Todo el mun­do decía que en aque­lla épo­ca tenía un pecho fir­me y fuer­te, y que las mozas de la aldea llo­ra­ban por no poder dis­fru­tar y enre­dar los dedos en el pelo riza­do que le cubría, rebel­de y lus­tro­so, la par­te que deja­ba a la vis­ta la cami­sa des­abro­cha­da. Las chi­cas lo espia­ban con la mira­da e se ima­gi­na­ban tum­ba­das en una pla­ya para­di­sía­ca jun­to a él, como si fue­ran Johnny Weiss­mü­ller y una de sus espo­sas, la vedet­te mexi­ca­na Lupe Vélez.

La mujer con­ta­ba otra his­to­ria más román­ti­ca.

De jóve­nes iban a bai­lar siem­pre que había fies­ta o rome­ría, que no eran pocas, en los alre­de­do­res de la aldea.

—Los dos se mue­ven muy bien —decía su madre inten­tan­do imi­tar tor­pe­men­te los pasos de un bai­le que no se sabía si era una muñei­ra, una sar­da­na o una jota ara­go­ne­sa.

Mien­tras sona­ba la músi­ca, ella adop­ta­ba una apa­rien­cia tier­na y apo­ya­ba la cabe­za en el pecho de su mari­do, del color del bron­ce y acol­cha­do por un pelo seme­jan­te al de un col­chón de cuna de un recién naci­do. Ella se jus­ti­fi­ca­ba dicien­do que de ese modo todos los espí­ri­tus malig­nos, fan­tas­mas y áni­mas del demo­nio se ale­ja­ban de su men­te.

—En sus bra­zos estoy en el cie­lo —decía en un tono cari­ño­so, casi como una niña nece­si­ta­da del mimo paterno.

Manuel, Mano­li­ño, / Manuel hecho de pura cera. / ¡Quién me die­ra ser / el fue­go que te derri­tie­ra!

No creo que la bue­na de Car­mi­ña cono­cie­ra la mito­lo­gía clá­si­ca y supie­ra que los dio­ses grie­gos con­ce­die­ron esa vir­tud al bron­ce.

—Mujer, nos está vien­do toda la aldea. Pon­te de una mane­ra menos lla­ma­ti­va.

—¡Ay, Pei­ti­ño! Cuan­do quie­res, eres más adus­to que un eri­zo. Pare­ces una cas­ta­ña reve­ni­da, hom­bre.

Ella le sopla­ba en el pecho y esa sen­sa­ción de fres­cor con el calor del vino lo exci­ta­ba exce­si­va­men­te. Car­mi­ña se daba cuen­ta. No que­ría parar por­que era el úni­co modo de no dis­traer­lo, de encen­der­lo como si estu­vie­ran en una fra­gua libre de direc­tri­ces.

—Mujer, estás loca. ¿No te das cuen­ta de que la mujer de Luis o Baiu­co no nos qui­ta ojo? Y esa es una chis­mo­sa del demo­nio. Le lle­va el cuen­to a tu madre en un segun­do, y des­pués… el que se lle­va las tor­tas soy yo… Que si estoy más sali­do que las cabras de Buga­llo… y no sé cuán­tos insul­tos más.

—¡Bah!, pien­sas más en mi madre que yo. Como sigas así, no sé si voy a tener celos de ella. Y bus­ca­ba con píca­ra astu­cia la boca de su mari­do.

—Para, mujer, para, que vas a con­se­guir que me pon­ga… colo­ra­do, y no por el vino.

Por cier­to, la mujer de Pei­to de Bron­ce se lla­ma­ba Car­me Rebo­ri­do Lou­sa­me, fami­liar­men­te Car­mi­ña a Taram­bo­lla. Ya expli­ca­ré su sig­ni­fi­ca­do. Era natu­ral de Ber­ta­mi­ráns, Ames, en el valle de A Maía. Más exac­ta­men­te de una zona lla­ma­da Os Mar­cos, pues allí había unas pie­dras cla­va­das en la tie­rra que divi­dían su heren­cia de la de sus veci­nos, los Cara­mu­xos. Sus padres vivían en esa casa des­de hacía muchos años. Habla­ban del siglo pasa­do para situar en el tiem­po la fecha exac­ta en la que comen­zó la vida de su fami­lia en ese lugar tan pla­cen­te­ro.

Cuan­do ter­mi­na­ba el bai­le, se sen­ta­ban disi­mu­la­da­men­te en dos tabu­re­tes que bor­dea­ban una mesa de made­ra. Él, lleno de ener­gía; ella, soñan­do con lle­gar a casa.

—No más vino, Pei­ti­ño, no más vino, que lue­go lle­gas a casa y duer­mes como el párro­co de Bidui­do cuan­do come en casa de doña María. (Pei­to de Bron­ce) (2002)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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