Los días previos a mi viaje a Compostela estaba nervioso y atenazado por un compromiso literario que, inmovilizado por mi rosario de fracasos, acabaría en otro cero. Las habilidades sociales y negociadoras no eran mi fuerte. Partía siempre de una idea persistente que hervía en mí sin remedio alguno: «no nos interesa su obra».
Lo único que me agitaba era el acuerdo al que había llegado con aquel hombre que encontré en la Herradura del parque de la Alameda. ¿Grandes expectativas? Las justas.
Cuando me reencontré con Manuel Baliño Castromil, Peito de Bronce, me sorprendió su aspecto arreglado y lleno de vitalidad. Nada que ver con el hombre taciturno y derrotado por la vida que se había despedido de mí con una mano blanda y sin fuerza hacía unos meses. Tal vez quisiera borrar la imagen de hombre atormentado por una soledad impuesta que no le dejaba vivir en paz. Era como si se arrepintiera de la apariencia de hombre breado por las desgracias familiares que me mostró el día de nuestro primer encuentro. Quizás nuestro compromiso le dio la vida que él pensaba ya no tener. Puso mucho interés en que yo reparara en la camisa limpia y la corbata azul que llevaba con una orgullosa elegancia.
—Vas hecho un pincel, Peitiño —me decía a menudo mi mujer cuando paseaba por la cocina con la camisa recién planchada y unos pantalones con una caída perfecta. Reconozco que me gustaban los ojitos que se le ponían a mi mujer cuando pronunciaba como nadie Peitiño, y yo presumía entonces como un gallo de pelea.
Después de encontrar un banco con vistas a la catedral, me dijo que la conversación debía tener un orden, que nunca había trabajado sin planificar la jornada el día anterior.
—Quiero contarte la razón de mi nombre. Creo que ese debe ser el principio.
Se mostraba muy orgulloso de su apodo, pues sabía que las dos versiones (la de los amigos y la de su mujer) lo elevaban a un lugar de honor en la escala de los más destacados de la aldea.
A él le gustaban ambas, aunque sonreía con picardía con la primera porque la segunda lo dejaba ante los hombres de la aldea como un mozo inocente y sin malicia.
Los amigos contaban que de joven —le llamaban Manolecho—, cuando iban de vinos por las tabernas de la aldea, le encantaba mostrar el pecho con una naturalidad casi ofensiva; y que cada vez que mojaba la palleta y apuraba la taza de un trago, se golpeaba el pecho y decía:
—Allá vas, hijo de la parra. Y sonreía mostrando una dentadura blanca como la nieve.
Todo el mundo decía que en aquella época tenía un pecho firme y fuerte, y que las mozas de la aldea lloraban por no poder disfrutar y enredar los dedos en el pelo rizado que le cubría, rebelde y lustroso, la parte que dejaba a la vista la camisa desabrochada. Las chicas lo espiaban con la mirada e se imaginaban tumbadas en una playa paradisíaca junto a él, como si fueran Johnny Weissmüller y una de sus esposas, la vedette mexicana Lupe Vélez.
La mujer contaba otra historia más romántica.
De jóvenes iban a bailar siempre que había fiesta o romería, que no eran pocas, en los alrededores de la aldea.
—Los dos se mueven muy bien —decía su madre intentando imitar torpemente los pasos de un baile que no se sabía si era una muñeira, una sardana o una jota aragonesa.
Mientras sonaba la música, ella adoptaba una apariencia tierna y apoyaba la cabeza en el pecho de su marido, del color del bronce y acolchado por un pelo semejante al de un colchón de cuna de un recién nacido. Ella se justificaba diciendo que de ese modo todos los espíritus malignos, fantasmas y ánimas del demonio se alejaban de su mente.
—En sus brazos estoy en el cielo —decía en un tono cariñoso, casi como una niña necesitada del mimo paterno.
Manuel, Manoliño, / Manuel hecho de pura cera. / ¡Quién me diera ser / el fuego que te derritiera!
No creo que la buena de Carmiña conociera la mitología clásica y supiera que los dioses griegos concedieron esa virtud al bronce.
—Mujer, nos está viendo toda la aldea. Ponte de una manera menos llamativa.
—¡Ay, Peitiño! Cuando quieres, eres más adusto que un erizo. Pareces una castaña revenida, hombre.
Ella le soplaba en el pecho y esa sensación de frescor con el calor del vino lo excitaba excesivamente. Carmiña se daba cuenta. No quería parar porque era el único modo de no distraerlo, de encenderlo como si estuvieran en una fragua libre de directrices.
—Mujer, estás loca. ¿No te das cuenta de que la mujer de Luis o Baiuco no nos quita ojo? Y esa es una chismosa del demonio. Le lleva el cuento a tu madre en un segundo, y después… el que se lleva las tortas soy yo… Que si estoy más salido que las cabras de Bugallo… y no sé cuántos insultos más.
—¡Bah!, piensas más en mi madre que yo. Como sigas así, no sé si voy a tener celos de ella. Y buscaba con pícara astucia la boca de su marido.
—Para, mujer, para, que vas a conseguir que me ponga… colorado, y no por el vino.
Por cierto, la mujer de Peito de Bronce se llamaba Carme Reborido Lousame, familiarmente Carmiña a Tarambolla. Ya explicaré su significado. Era natural de Bertamiráns, Ames, en el valle de A Maía. Más exactamente de una zona llamada Os Marcos, pues allí había unas piedras clavadas en la tierra que dividían su herencia de la de sus vecinos, los Caramuxos. Sus padres vivían en esa casa desde hacía muchos años. Hablaban del siglo pasado para situar en el tiempo la fecha exacta en la que comenzó la vida de su familia en ese lugar tan placentero.
Cuando terminaba el baile, se sentaban disimuladamente en dos taburetes que bordeaban una mesa de madera. Él, lleno de energía; ella, soñando con llegar a casa.
—No más vino, Peitiño, no más vino, que luego llegas a casa y duermes como el párroco de Biduido cuando come en casa de doña María. (Peito de Bronce) (2002)
