LA FRUSTRACIÓN DE UN ESCRITOR

Un día de pér­di­da emo­cio­nal pasean­do por un pue­blo de la sie­rra madri­le­ña me encon­tré a un hom­bre lla­ma­do Tomás, el cual habi­ta­ba una peque­ña casa a los pies de una mon­ta­ña y rodea­do de un espe­so bos­que.

Des­de que era un niño, Tomás expe­ri­men­tó una atrac­ción espe­cial por las his­to­rias, por las narra­cio­nes que podían cap­tu­rar su alma y des­per­tar sus emo­cio­nes. Dis­fru­ta­ba con­ver­san­do con los habi­tan­tes del pue­blo y escu­chan­do sus his­to­rias, que él las con­ver­tía con suma pre­ci­sión en cor­tos rela­tos con los que trans­mi­tir una amplia gama de emo­cio­nes a sus futu­ros lec­to­res. Una de las que más le emo­cio­nó fue la de un pas­tor anal­fa­be­to que qui­so emu­lar ―y lo logró― a Miguel Her­nán­dez cuan­do le con­ta­ron que des­de un anal­fa­be­tis­mo simi­lar logró con­ver­tir­se en uno de los poe­tas espa­ño­les de más renom­bre.

Sin embar­go, cada vez que fina­li­za­ba una his­to­ria sen­tía una espe­cie de pér­di­da: sen­tía que esta­ba per­dien­do una par­te de sí mis­mo. Al con­cluir­la, como había inver­ti­do en ella tan­to tiem­po y esfuer­zo pare­cía que des­apa­re­cía par­te de su vida. Se sen­tía trai­cio­na­do, se sen­tía un hom­bre aban­do­na­do por­que cada his­to­ria ter­mi­na­da era un hijo per­di­do.

Tomás tra­ba­ja­ba en una fábri­ca, don­de cien­tos de obre­ros pro­du­cían en cade­na milla­res de engra­na­jes que se mon­ta­ban del mis­mo modo cuan­do fal­ta­ba por enfer­me­dad y era sus­ti­tui­do por otro tra­ba­ja­dor. El resul­ta­do era exac­ta­men­te el mis­mo. No se nota­ba su ausen­cia. Sus «sobre­sa­lien­tes» mani­pu­la­cio­nes, impo­si­bles de dife­ren­ciar for­ma­ban par­te de una casi inter­mi­na­ble cade­na de ensam­bla­jes de pie­zas per­fec­ta­men­te uni­for­ma­das.

Cada día que pasa­ba como un ser alie­na­do, su ale­gría iba dis­mi­nu­yen­do. Tomás anhe­la­ba en lo pro­fun­do de su ser escri­bir un gran libro que le per­mi­tie­ra, con sus ganan­cias cru­zar las mon­ta­ñas que le apri­sio­na­ban como si fue­ra Edmun­do Dan­tes y via­jar por todo el mun­do.

Pero el libro no podía ser un libro cual­quie­ra, no. Tenía que ser un libro con his­to­rias que pudie­ran refle­jar la pasión, la inte­gri­dad y la mode­ra­ción del mun­do que él soña­ba gober­nar. Aun­que cada maña­na se des­per­ta­ba con la mis­ma pre­sión en el pecho, con la mis­ma dosis de frus­tra­ción como par­te de su ruti­na dia­ria.

El día de su cum­plea­ños, que se sin­tió espe­cial­men­te impul­sa­do por un deseo más fuer­te de cam­bio, deci­dió acer­car­se a un bos­que cer­cano para cami­nar entre los árbo­les y escu­char la irre­pe­ti­ble músi­ca que com­po­nían las hojas secas cuan­do eran pisa­das por sus aún vita­les pies. Ines­pe­ra­da­men­te des­cu­brió algo increí­ble: un dia­rio olvi­da­do en un late­ral del camino que él reco­rría con tan­ta fre­cuen­cia. Lo cogió impul­si­va­men­te, como un niño las chu­ches en una tien­da de cara­me­los. Las pági­nas, escri­tas con una letra del siglo pasa­do, con­te­nían cuen­tos de via­je­ros y soña­do­res de prin­ci­pios del siglo XX. Movi­do por una exa­cer­ba­da curio­si­dad, comen­zó a leer el libro. Cada día, una his­to­ria. Todas dife­ren­tes.  

Expe­ri­men­tó tal emo­ción que, con una ener­gía que no había sen­ti­do en años, tomó una deci­sión radi­cal y tajan­te: deja­ré mi fábri­ca, se dijo para sí.

Lle­nó la male­ta de ropa vie­ja y sue­ños nue­vos. Tomás via­jó por todo el mun­do. Cono­ció a gen­te de todas par­tes y de todos los colo­res: fami­lias simi­la­res a la suya, per­so­nas soli­ta­rias, cam­pe­si­nos tra­ba­ja­do­res, indi­vi­duos vio­len­tos y algu­nos con los que fue impo­si­ble comu­ni­car­se.  

Entre ese vario­pin­to mun­do se encon­tró con una pin­to­ra que había aban­do­na­do su tra­ba­jo en la ofi­ci­na y se había con­ver­ti­do en una bri­llan­tí­si­ma ilus­tra­do­ra. Cono­ció a un músi­co que inter­pre­ta­ba melo­días en pla­zas de incon­ta­bles ciu­da­des y a un escri­tor de éxi­to que dejó tam­bién su tra­ba­jo des­pués de mil dudas. Cien­tos de publi­ca­cio­nes ven­di­das. Cada his­to­ria que escri­bía mos­tra­ba una pers­pec­ti­va dife­ren­te. Habla­ban de la auda­cia, la lon­ge­vi­dad, la per­se­cu­ción de los pro­pios sue­ños o los arre­ba­tos de una vida arrui­na­da por la pere­za.

Ins­pi­ra­do por todas esas expe­rien­cias, Tomás comen­zó a escri­bir his­to­rias sobre su pasa­do. Frag­men­tos de su alma per­di­da, pie­zas que refle­ja­ban las dudas que lo ator­men­ta­ban des­de hacía años, la envi­dia de una vida mejor, la sole­dad ele­gi­da pero tor­men­to­sa, sus con­ver­sa­cio­nes con la natu­ra­le­za y la posi­ble inexis­ten­cia de Dios.

Cada vez que algo de su memo­ria lo impac­ta­ba, lo con­ver­tía en pala­bras.

Cuan­do Tomás, des­pués de mucho tiem­po, regre­só a su pue­blo, no era el mis­mo hom­bre con­fun­di­do y ver­gon­zo­so. Se sin­tió real­men­te agra­de­ci­do por todo, sabien­do que ese libro encon­tra­do al azar en un camino per­di­do le dio las fuer­zas sufi­cien­tes para escu­char su pro­pia voz.

Tomás, des­pués de todo lo vivi­do, escri­bió un libro sobre la frus­tra­ción huma­na. Escri­bió cómo la vida pue­de ser dife­ren­te. Nues­tros sue­ños, decía, duer­men en nues­tro inte­rior sin que los per­ci­ba­mos duran­te mucho tiem­po, has­ta que un des­co­no­ci­do deto­nan­te los des­pier­ta. Él encon­tró su mayor éxi­to en su dolor más ínti­mo: des­cu­brió que la frus­tra­ción a veces no es solo un muro insal­va­ble, sino que tam­bién pue­de ser una ins­pi­ra­do­ra señal que ilu­mi­ne ese camino que nun­ca nos atre­vi­mos a tran­si­tar.

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