POÉTICA

Escri­bir poe­mas en pro­sa no es solo una elec­ción téc­ni­ca. Es una for­ma de hablar sin cor­sé, de dejar que la emo­ción mar­que el rit­mo, y no el ver­so. Es escri­bir como quien cuen­ta una his­to­ria jun­to al fue­go: con pau­sa, con ver­dad. Por­que hay ver­sos que no saben a poe­ma, y hay sen­ti­mien­tos que piden un camino amplio, como los que cru­zan la sie­rra sin mirar atrás.

La pro­sa poé­ti­ca es ese camino. Para quien ve poe­sía en un vis­ta­zo, en un recuer­do, en una can­ción que se pier­de entre las pie­dras. Para quien sabe que la belle­za siem­pre toca.

Aquí, en Gali­cia, apren­de­mos a con­tar con la sal y con la bré­te­ma. A reír­nos del que nos done, a can­tar lo que nos esca­ra­lla, a bai­lar inclu­so cuan­do llue­ve. Escri­bir así es tam­bién eso: una for­ma de galle­gui­dad, de hacer de la pala­bra un refu­gio, de recun­car en la emo­ción has­ta que se vuel­va ritual. La piel que habla de noso­tros no nece­si­ta ver­so para emo­cio­nar. Solo nece­si­ta ver­dad. Y tiem­po para escu­char­la. (Ver­sos que no dije en voz alta) (1995–2025)

Share