GALICIA Y EL TEATRO

Me dicen que estoy obse­sio­na­do con Gali­cia, que no sé hablar de otra cosa y que debía variar mi reper­to­rio: es como un cal­ce­tín usa­do mil veces, que está des­hi­la­cha­do y de color arco iris por­que ya no se sabe cuál es su color ori­gi­nal. Pero yo sigo ponién­do­me­lo, ya que se amol­da muy bien a mis pies y me pro­te­ge de enso­ña­cio­nes tur­bu­len­tas. No quie­ro «pesa­de­los» (pesa­di­llas) que me revuel­quen en un con­te­ne­dor de dese­chos huma­nos.

Es polé­mi­ca mi fra­se en for­ma de máxi­ma: no hace fal­ta estar en Gali­cia para sen­tir­la. Des­de la dis­tan­cia se dejan de per­ci­bir deter­mi­na­das cir­cuns­tan­cias que son pila­res eco­nó­mi­cos o socia­les de una tras­cen­den­cia vital. Es cier­to.

La Gali­cia que se ve des­de Madrid cae en cier­tos tópi­cos que moles­tan mucho a los que resi­den en la tie­rra de Breo­gán. Hace unos días leí en un blog que Gali­cia se per­ci­be tam­bién en cómo salu­das, en cómo con­ver­sas, en cómo coci­nas, en cómo socia­li­zas, en cómo entien­des el tiem­po: sin pri­sas, sin rui­do, con res­pe­to.

Madrid es un reloj sin mane­ci­llas, don­de cada calle mar­ca su pro­pio rit­mo y cada semá­fo­ro es ape­nas una pau­sa en la vorá­gi­ne del movi­mien­to que es impo­si­ble refre­nar. Es como un cora­zón urbano con un Hol­ter que late ace­le­ra­da­men­te, bom­bean­do his­to­rias. Los encuen­tros y las des­pe­di­das por sus arte­rias de asfal­to con­vi­ven en cin­co segun­dos de tiem­po. La vida aquí no cami­na: tro­ta, zig­za­guea, se atro­pe­lla con­si­go mis­ma, como si el tiem­po estu­vie­ra siem­pre a pun­to de esca­par­se por la Puer­ta del Sol. Y yo cada vez aguan­to menos este tor­be­llino de obs­ce­nas pri­sas.

En Madrid no hay acen­to galle­go pro­pio, no. Pero el galle­go apa­re­ce cuan­do menos lo espe­ras, con lo cual te das cuen­ta de que los galle­gos nos apro­pia­mos de peque­ños espa­cios madri­le­ños en los cua­les no se exclu­ye a nadie. Es pedir «pul­po á fei­ra», aun­que estés en la calle más cas­ti­za de Madrid y te lo sir­ven con una son­ri­sa y te pre­gun­tan sin acri­tud si en algo se pare­ce al de O Car­ba­lli­ño. Es saber que la llu­via no moles­ta, solo acom­pa­ña. Aquí es muy nor­mal que la gen­te pro­tes­te cuan­do llue­ve dos días segui­dos y se encie­rre en casa. El galle­go, no; sales, dis­fru­tas del agua que se cue­la por los luga­res más recón­di­tos del que pasea por la calle. Y no pro­tes­tas. La ben­di­ces.

Ser galle­go hoy es lle­var tus raí­ces con natu­ra­li­dad. No hace fal­ta poner­se épi­co. Bas­ta con saber que vie­nes de una tie­rra que no pre­su­me, pero que deja hue­lla. Y sí, a veces te entra morri­ña y se aco­mo­da en tu inte­rior. Pero tam­bién te entra orgu­llo. Por­que Gali­cia no es solo pasa­do. Es pre­sen­te. Y futu­ro.

Revi­san­do car­pe­tas de mi orde­na­dor, encon­tré este tex­to titu­la­do «tea­tro». Tenía una ano­ta­ción en la cabe­ce­ra: escri­to en el hotel Pere­grino de San­tia­go de Com­pos­te­la entre los días 27 y 30 de julio de 2013. Lo hice con­ven­ci­do de par­ti­ci­par en un con­cur­so lite­ra­rio que un gru­po de galle­gos con­vo­có en la comu­ni­dad valen­cia­na. Exi­gían una esce­na tea­tral en la que se remar­ca­ran las carac­te­rís­ti­cas galle­gas. Y como ten­go arran­que de caba­llo (ener­gía, velo­ci­dad y moti­va­ción) y para­da de burro (abrup­ta y sin áni­mo de reini­ciar el camino) se que­dó dor­mi­do en una car­pe­ta del orde­na­dor. Inge­nuo de mí, no par­ti­ci­pé por­que, como en otras muchas oca­sio­nes, me lo recha­za­rían por «defec­to de for­ma».

La he repes­ca­do y la he rehe­cho siguien­do la este­la de Alfon­so Gue­rra cuan­do dijo en un mitin de los años ochen­ta que «si gana­mos, a Espa­ña no la va a reco­no­cer ni la madre que la parió». Las ilus­tra­cio­nes son actua­les.

LA ESCENA ES LA SIGUIENTE

Esce­na úni­ca: «Morri­ña, Pul­po y Boca­ta».

Per­so­na­jes:

  • Mano­lo: galle­go orgu­llo­so, unos 40 años, poé­ti­co y aman­te del rural.
  • Luis: madri­le­ño sar­cás­ti­co, 35 años, urba­ni­ta y algo chu­lo.
  • Car­men: sevi­lla­na con arte, 38 años, obser­va­do­ra, pun­zan­te y con mar­ca­do acen­to anda­luz.
  • Abue­la Maru­xa: abue­la galle­ga de Mano­lo, sabia, con­ven­ci­da de su ori­gen, fir­me y con retran­ca.
  • Gre­ta: turis­ta ale­ma­na, 30 años, con­fun­di­da, pero encan­ta­da, habla espa­ñol con acen­to.

Lugar: Terra­za de un bar en un pue­blo cos­te­ro galle­go. Hay nie­bla sua­ve, cañas, pul­po á fei­ra, empa­na­da, y un boca­ta de cala­ma­res que nadie ha pedi­do. Se oyen gavio­tas y una gai­ta leja­na.

(La esce­na comien­za con MANOLO, LUIS y CARMEN sen­ta­dos en la terra­za. MANOLO con­tem­pla la ría con mira­da nos­tál­gi­ca. LUIS se lee con inte­rés la car­ta del bar. CARMEN pide una caña y se que­ja de que no ten­gan Cruz­cam­po.)

MANOLO.-  ¿Veis esa nie­bla? Eso no es nie­bla, eso es Gali­cia res­pi­ran­do. Es como si la tie­rra sus­pi­ra­ra.

LUIS.- ¿Sus­pi­ra­ra? Eso pare­ce el alien­to de una neve­ra rota. ¿No tenéis sol o lo tenéis secues­tra­do?

CARMEN.- Yo pen­sa­ba que la nie­bla era para escon­der a «loh feoh», pero aquí has­ta loh per­ce­beh tie­nen embru­jo y duen­de. Me con­tó un per­ce­bei­ro que loh tra­jo el após­tol San­tia­go de Tie­rra San­ta.

MANOLO.- ¡Los per­ce­bes son joyas del mar! Coger­los pre­sen­ta más difi­cul­ta­des que el logro de una hipo­te­ca en Madrid.

LUIS.- En Madrid no hay per­ce­bes, pero tene­mos unos boca­tas de cala­ma­res de…narices. Y no hay que jugar­se la vida para con­se­guir­los. Eso es pre­his­tó­ri­co. Aquí hace fal­ta que lle­gue la moder­ni­dad.

CARMEN.- Para cala­ma­reh, loh chi­pi­ro­neh de Cai.

MANOLO ¡Boca­ta de cala­ma­res! Eso es pan con goma y ani­llas de lla­ve­ro. Aquí el pul­po se sir­ve en made­ra, con pimen­tón y res­pe­to. La últi­ma vez que me tomé un boca­ta de cala­ma­res tuve que ir a urgen­cias por­que se me des­en­ca­jó la man­dí­bu­la.

CARMEN.- ¿Y con mon­da­dien­teh? Pare­ce que estáh comien­do «sushi rural».

LUIS.- Y el pan… ¿Por qué cru­je tan­to? Duro como una pie­dra. ¿Lo hor­neáis con true­nos? No pue­des hacer con ellos una toma­ti­na por­que te dejan sin ojos y con cien chi­cho­nes.

MANOLO.- Por­que aquí el pan tie­ne carác­ter. No como ese pan madri­le­ño que pare­ce hecho por beca­rios y más blan­do que las gomi­no­las.

(Entra la ABUELA MARUXA con su bol­sa de la com­pra. Se plan­ta fir­me como una esta­tua de sabi­du­ría rural.)

ABUELA MARUXA.- ¿Y este escán­da­lo, cara­llo? ¿Cri­ti­can­do a Gali­cia como si fue­ra una serie de Net­flix? ¡Ver­güen­za debe­ría daros! Eso no lo hacéis en otros luga­res de Espa­ña. ¡¡¡Que non se me poña dian­te!!!

CARMEN.- Todo el mun­do dise que loh anda­lu­seh somoh unoh vagoh y que esta­moh aca­ra­jo­taoh y que somoh unoh chu­pa­char­coh.

LUIS.- Seño­ra Maru­xa, yo solo digo que aquí llue­ve más que en una pelí­cu­la de Almo­dó­var. ¿El fres­co de la noche? ¿La cha­que­ti­ta? ¡Una zama­rra fin­lan­de­sa! Es trai­cio­ne­ro. No es una bri­sa: es una embos­ca­da. Te pro­me­te cal­ma y reco­gi­mien­to, pero al menor des­cui­do te cala has­ta los hue­sos con su hume­dad mile­na­ria, como dicen uste­des.

ABUELA MARUXA.- Es el alien­to del mar dor­mi­do, la cari­cia del río que mur­mu­ra secre­tos a las aldeas. En cam­bio, en Madrid hay tan­to humo que pare­ce que vivís den­tro de una bar­ba­coa. Aquí llue­ve, sí, pero cada gota trae memo­ria.

MANOLO.- ¡Eso es! Aquí la llu­via no moja, aca­ri­cia. Es como un abra­zo húme­do de la abue­la natu­ra­le­za.

CARMEN.- Y el pul­po no ali­men­ta, emo­sio­na. Aun­que yo sigo sin enten­der por qué lo ser­víh en pla­to de made­ra. ¿No tenéih cerá­mi­ca?

ABUELA MARUXA.- La made­ra es noble, como el alma galle­ga. No como esos pla­tos moder­nos que pare­cen ban­de­jas de avión.

(Entra GRETA, la turis­ta ale­ma­na, con mochi­la, mapa arru­ga­do y cara de con­fu­sión. Se acer­ca a la mesa.)

GRETA.- Hola… ¿Esto es… cómo se dice… el Camino de San­tia­go o el camino que hicierrrron los vikin­gos cuan­do des­em­bar­ca­ron en Catoi­ga?

LUIS.- Depen­de. Todo depen­de. Si sigues a Mano­lo, aca­ba­rás en una rome­ría con gai­tas y empa­na­da. Si me sigues a mí, en un bar con regue­tón y gin-tonic.

GRETA.- Yo quie­ro… experrrrien­cia autén­ti­ca. ¿Dón­de está la morrrrri­na? ¿Es una mon­ta­na?

MANOLO.- La morri­ña no se ve, Gre­ta, cara­llo. Se sien­te. Es como echar de menos algo que no sabes que echas de menos.

GRETA.- Ah… como cuan­do no hay cer­ve­za frrría.

ABUELA MARUXA.- ¡Esta rapa­za sí que entien­de! La morri­ña es como el amor: no se expli­ca, se sufre. Y se cura con cal­do y silen­cio.

GRETA.- ¿Cal­do? ¿Es sopa trrris­te?

CARMEN.- No, mujer. Es sopa con alma. Aquí, has­ta el agua tie­ne sen­ti­mien­tos.

LUIS.- Y hume­dad, joder. Mucha hume­dad. Yo me duché esta maña­na y sigo moja­do, pero no por el calor, sino por esta hume­dad que cala has­ta los hue­sos.

GRETA.- ¿Y las mei­gas? ¿Son como brrru­jas o como influen­cers rura­les?

MANOLO.- Las mei­gas son sabias. No vue­lan en esco­ba, pero te leen el alma con una mira­da y un pla­to de gre­los.

ABUELA MARUXA.- Y no se les fal­ta al res­pe­to. Que lue­go pasa lo que pasa: se te estro­pea el coche, se te cae el pelo, y te sale sal en el café.

GRETA.- ¡Qué mági­co todo! En Ale­ma­nia solo tene­mos tra­ba­jo y resul­ta­dos. Aquí tenéis… mis­terrrio y rrro­merrrías.

LUIS.- Y hume­dad. No lo olvi­des.

CARMEN.- Y pul­po. Que es como el jamón del mar.

MANOLO.- Y silen­cio. Aquí el silen­cio no es vacío, es con­ver­sa­ción con la tie­rra.

GRETA.- Yo quierrro que­dar­me. ¿Hay cur­sos de morrrrri­na inten­si­va?

ABUELA MARUXA.- No hace fal­ta cur­so. Qué­da­te unos días, come bien, escu­cha el vien­to, y ya verás cómo te entra sola.

(Todos ríen. Sue­na una gai­ta leja­na. La nie­bla se espe­sa. GRETA se emo­cio­na sin saber por qué. MARUXA repar­te empa­na­da. LUIS se rin­de y come pul­po. CARMEN pide otra caña. MANOLO son­ríe como si Gali­cia le gui­ña­ra un ojo.)

MANOLO.- Gali­cia no se expli­ca. Gali­cia se vive. Y si no lo entien­des, es que aún no te ha mor­di­do el alma.

GRETA.- Creo que ya me ha mor­di­do… y me ha gus­ta­do.

ABUELA MARUXA Xa cho dixen, mulle­ri­ña, xa cho dixen. (Ya te lo dije, mujer, ya te lo dije).

(Telón.)

 

 

 

 

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