De niño y adolescente, nuestro protagonista era muy aficionado a la música.
—La música te abre las puertas del cielo y nos sumerge en él por completo —decía Manuel cuando le preguntaban por la razón de su fascinación.
Siempre que había algún evento musical, allí estaba él. Lloviese o hiciese un frío del carallo, nunca faltaba Peito de Bronce, aunque se le pusieran la cara y las manos entumecidas.
Su amor por este arte liberal le ocasionó más de un disgusto con su novia.
—Mujer, la música recompone mi espíritu deshecho.
Ella, Carmiña a Tarambolla, mostraba muchos celos cuando en las romerías él dedicaba más tiempo a escuchar la pieza musical que tocaban en ese momento que a disfrutar de su cálida compañía.
—Voy a tener que ponerle unas velas a la Virgen de la Candelaria, a ver si me haces caso, ¡carallo! —decía mientras se alejaba de él violentamente. Él corría detrás de ella para justificarse.
—Mulleriña, ya sabes cuánto me gusta la música. Si me quieres de verdad, ¡no me hagas elegir! —le replicaba con cierta pena.
El berrinche de Muchiña, como él la llamaba, en el fondo, quizás tenía un poquito de razón.
Para reconciliarse, él la tomaba por la cintura y, con el garbo de un conquistador astuto, le cantaba al oído:
Bonitiña, bailade comigo, / a gaita xa soa, ven bailar un ratiño. / Tengo en una mano una cunca de viño, / con la otra te tomaré por el cintiño.
Los besos de Manuel que acompañaban a los versos manifestaban una pasión mayor, y ella reía y se dejaba querer.
Manolecho, de pequeño, ya empezaba a mostrar gran destreza con las manos. A los nueve años se procuró una buena caña en la ribera de la Condomiña para fabricarse una flauta. Pasaba horas y horas tumbado en el tronco de una higuera del huerto trabajando la caña con una navaja que había comprado a escondidas en una feria. Los amigos decían que el sonido que emitía la flauta enamoraba a todas las chicas de la escuela.
—Es su forma de hablar —decía el padre en un tono que no se sabía si era de elogio o de vergüenza.
La maestra, para poner un ejemplo en forma de metáfora, dijo un día:
—El sonido de la flauta de Baliño es el trino de un pájaro en una mañana de primavera. La música hay que escucharla y… verla.
A esta maestra los niños la llamaban a escondidas Cara de pataca, pues decían que a primera vista se parecía mucho a una castaña de tierra. Por otro lado, decían, quizás compensando el insulto, que era muy simpática y tenía muy buena mano para enseñar.
—Tiene muchísima paciencia y explica muy bien la tabla de multiplicar.
Y la flauta fue cayendo en el olvido. En la etapa de la juventud siempre se tiene vergüenza de las cosas que se hacen de niño o adolescente.
La guardó en el cajón de la mesita de noche y allí durmió varios años. Hasta que un día supo que a Muchiña, al cumplir los veinte años, el regalo que más le gustaba era que le tocaran cierta canción al pie de la ventana de su cuarto.
—Esta es la mía —dijo. Y allí iba casi todas las tardes, al atardecer, a la casa de los padres de Carmen, a tocarle con la flauta ese dulce y secreto cantar. Quería enamorar a Muchiña, pues esa chica no salía de su pensamiento. Lo tenía completamente loco.
—El amor no tiene vacaciones —les decía a los amigos—. Como no espabiléis, no os vais a enamorar hasta que deje de llover en Santiago.
Por eso, las amigas de la cortejada le cantaban con cierta malicia al pretendiente:
Ay, Manueliño, Manuel, / Manuel, el de la calle alta, / todas las chicas bien te quieren / por cómo les tocas la flauta.
Él callaba siempre y sonreía pícaramente, como un pillo astuto.
La música de Manuel dejaba a Carmiña sin excusas y se entregaba a él con pasión absoluta.
—Estás loca por él y debes tener cuidado, Muchiña, mucho cuidado —le decían las amigas empapadas de envidia. (Peito de Bronce) (2002)
