CAPÍTULO IV DE ‘PEITO DE BRONCE’.- LA FLAUTA QUE HIZO DE NIÑO

De niño y ado­les­cen­te, nues­tro pro­ta­go­nis­ta era muy afi­cio­na­do a la músi­ca.
—La músi­ca te abre las puer­tas del cie­lo y nos sumer­ge en él por com­ple­to —decía Manuel cuan­do le pre­gun­ta­ban por la razón de su fas­ci­na­ción.

Siem­pre que había algún even­to musi­cal, allí esta­ba él. Llo­vie­se o hicie­se un frío del cara­llo, nun­ca fal­ta­ba Pei­to de Bron­ce, aun­que se le pusie­ran la cara y las manos entu­me­ci­das.

Su amor por este arte libe­ral le oca­sio­nó más de un dis­gus­to con su novia.
—Mujer, la músi­ca recom­po­ne mi espí­ri­tu des­he­cho.

Ella, Car­mi­ña a Taram­bo­lla, mos­tra­ba muchos celos cuan­do en las rome­rías él dedi­ca­ba más tiem­po a escu­char la pie­za musi­cal que toca­ban en ese momen­to que a dis­fru­tar de su cáli­da com­pa­ñía.

—Voy a tener que poner­le unas velas a la Vir­gen de la Can­de­la­ria, a ver si me haces caso, ¡cara­llo! —decía mien­tras se ale­ja­ba de él vio­len­ta­men­te. Él corría detrás de ella para jus­ti­fi­car­se.

—Mulle­ri­ña, ya sabes cuán­to me gus­ta la músi­ca. Si me quie­res de ver­dad, ¡no me hagas ele­gir! —le repli­ca­ba con cier­ta pena.

El berrin­che de Muchi­ña, como él la lla­ma­ba, en el fon­do, qui­zás tenía un poqui­to de razón.

Para recon­ci­liar­se, él la toma­ba por la cin­tu­ra y, con el gar­bo de un con­quis­ta­dor astu­to, le can­ta­ba al oído:

Boni­ti­ña, bai­la­de comi­go, /  a gai­ta xa soa, ven bai­lar un rati­ño. / Ten­go en una mano una cun­ca de viño, / con la otra te toma­ré por el cin­ti­ño.

Los besos de Manuel que acom­pa­ña­ban a los ver­sos mani­fes­ta­ban una pasión mayor, y ella reía y se deja­ba que­rer.

Mano­le­cho, de peque­ño, ya empe­za­ba a mos­trar gran des­tre­za con las manos. A los nue­ve años se pro­cu­ró una bue­na caña en la ribe­ra de la Con­do­mi­ña para fabri­car­se una flau­ta. Pasa­ba horas y horas tum­ba­do en el tron­co de una higue­ra del huer­to tra­ba­jan­do la caña con una nava­ja que había com­pra­do a escon­di­das en una feria. Los ami­gos decían que el soni­do que emi­tía la flau­ta ena­mo­ra­ba a todas las chi­cas de la escue­la.

—Es su for­ma de hablar —decía el padre en un tono que no se sabía si era de elo­gio o de ver­güen­za.

La maes­tra, para poner un ejem­plo en for­ma de metá­fo­ra, dijo un día:
—El soni­do de la flau­ta de Bali­ño es el trino de un pája­ro en una maña­na de pri­ma­ve­ra. La músi­ca hay que escu­char­la y… ver­la.

A esta maes­tra los niños la lla­ma­ban a escon­di­das Cara de pata­ca, pues decían que a pri­me­ra vis­ta se pare­cía mucho a una cas­ta­ña de tie­rra. Por otro lado, decían, qui­zás com­pen­san­do el insul­to, que era muy sim­pá­ti­ca y tenía muy bue­na mano para ense­ñar.

—Tie­ne muchí­si­ma pacien­cia y expli­ca muy bien la tabla de mul­ti­pli­car.

Y la flau­ta fue cayen­do en el olvi­do. En la eta­pa de la juven­tud siem­pre se tie­ne ver­güen­za de las cosas que se hacen de niño o ado­les­cen­te.

La guar­dó en el cajón de la mesi­ta de noche y allí dur­mió varios años. Has­ta que un día supo que a Muchi­ña, al cum­plir los vein­te años, el rega­lo que más le gus­ta­ba era que le toca­ran cier­ta can­ción al pie de la ven­ta­na de su cuar­to.
—Esta es la mía —dijo. Y allí iba casi todas las tar­des, al atar­de­cer, a la casa de los padres de Car­men, a tocar­le con la flau­ta ese dul­ce y secre­to can­tar. Que­ría ena­mo­rar a Muchi­ña, pues esa chi­ca no salía de su pen­sa­mien­to. Lo tenía com­ple­ta­men­te loco.

—El amor no tie­ne vaca­cio­nes —les decía a los ami­gos—. Como no espa­bi­léis, no os vais a ena­mo­rar has­ta que deje de llo­ver en San­tia­go.

Por eso, las ami­gas de la cor­te­ja­da le can­ta­ban con cier­ta mali­cia al pre­ten­dien­te:

Ay, Manue­li­ño, Manuel, / Manuel, el de la calle alta, / todas las chi­cas bien te quie­ren / por cómo les tocas la flau­ta.

Él calla­ba siem­pre y son­reía píca­ra­men­te, como un pillo astu­to.
La músi­ca de Manuel deja­ba a Car­mi­ña sin excu­sas y se entre­ga­ba a él con pasión abso­lu­ta.

—Estás loca por él y debes tener cui­da­do, Muchi­ña, mucho cui­da­do —le decían las ami­gas empa­pa­das de envi­dia. (Pei­to de Bron­ce) (2002)

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