Estoy solo en la Praza do Toural, entre piedras que guardan secretos y pasos que ya no son míos. El reloj de la iglesia marca un tiempo que no avanza, como si todo Santiago se hubiera detenido para mirar cómo espero, sin suerte, por ella.
El viento baja por la rúa do Vilar y juega con las hojas caídas, mientras los balcones observan en silencio mi espera. Cada minuto es un lamento, cada sombra que pasa es un engaño, un reflejo de ella que nunca llega. La ciudad murmura, pero yo solo escucho el bullicio de la ausencia.
Las luces de los faroles dibujan en el suelo el perfil de mi soledad, y mis ojos, tercos, buscan entre la gente una mirada que ya no me pertenece. Ella prometió venir, y yo prometí creer. Ahora solo me queda esta plaza, esta noche, este frío que no es del cuerpo, sino del alma.
Santiago, sé testigo de mi espera, de mi herida quieta, de mi amor que se desvanece entre los arcos y los pasos ajenos.
Aquí estoy, como quien aguarda un milagro, como quien ama sin retorno, como quien escribe con el corazón abierto en un banco mojado de recuerdos.

