No quiero vivir en una gran ciudad. Lo digo ahora, mientras respiro, porque siento que cada paso que doy entre sus edificios es una lucha contra un monstruo que pretende domesticarme. Camino, pero no me reconozco en esas calles que nunca me pertenecen, en esos rostros que se cruzan sin mirarse, en esos relojes que marcan una carrera que no es la mía.
Estoy aquí, y veo cómo las torres de cristal se alzan con soberbia, como si quisieran aplastar la memoria de la tierra que antes daba fruto. Sé que bajo el cemento late una naturaleza expulsada, y no puedo aceptar esa violencia disfrazada de progreso. No quiero un futuro hecho de humo y luces que me impiden ver las estrellas, porque las estrellas son la verdad que me guía.
Respiro, y el aire que entra en mis pulmones está lleno de ruido y contaminación. Me rebelo contra ello, aunque sé que mi cuerpo reclama pureza, reclama viento limpio y silencio verdadero. No acepto que me condenen a vivir entre sirenas que me despiertan, motores que me persiguen, voces que se cruzan sin escucharse. Yo quiero un espacio donde el silencio sea posible, donde la calma no sea un lujo sino un derecho.
Miro alrededor y descubro que en la ciudad todo se compra y todo se vende. Cada gesto se convierte en transacción, cada instante se mide en monedas invisibles. Me niego a aceptar que la vida sea un mercado donde la dignidad se cambie por velocidad, donde la calma se sacrifique en nombre de una productividad que nunca me pertenece.
Me reconozco en la justicia de lo sencillo, en la tierra que se abre para dar fruto sin pedir nada, en la conversación que no se mide en minutos, en el horizonte que se extiende sin interrupción de torres arrogantes. Sé que ahí está la verdad que defiendo, porque soy humano antes que ciudadano, y no quiero olvidar esa condición primera.
Ahora, mientras pienso y escribo, me reafirmo: no quiero vivir en una gran ciudad. Mi rebeldía se alimenta de espacios abiertos, de ritmos que no obedecen a relojes, de silencios que me devuelven la justicia de existir sin cadenas. Mi vida se expande cuando me alejo de ese monstruo de cemento que pretende domesticarme. Yo elijo la dignidad de lo libre, elijo el horizonte que no se deja encerrar, elijo la verdad que se respira en el viento limpio. (A la sombra del verbo) (1995–2025)
