ENZO

Enzo es un hom­bre naci­do en Flo­ren­cia, la cuna del Rena­ci­mien­to. Esa ciu­dad con un entorno natu­ral en la región de la Tos­ca­na, que es sim­ple­men­te espec­ta­cu­lar.

Enzo lle­gó a Madrid en la déca­da de los noven­ta, el Madrid de la pelí­cu­la His­to­rias del Kro­nen (1995) que refle­ja una juven­tud hedo­nis­ta, des­inhi­bi­da y con un tras­fon­do de rebel­día y nihi­lis­mo.

Enzo per­so­ni­fi­ca aho­ra una madu­rez infan­ti­li­za­da con un toque de encan­to atem­po­ral. Su cabe­llo, aho­ra sal­pi­ca­do de canas que se mez­clan con su color ori­gi­nal, le da una dis­tin­ción natu­ral. Las arru­gas alre­de­dor de sus ojos son el mapa de una vida lle­na de risas, preo­cu­pa­cio­nes y momen­tos inol­vi­da­bles, y su son­ri­sa fran­ca reve­la una cali­dez genui­na. Cuan­do va a tra­ba­jar se vis­te con un esti­lo clá­si­co y pul­cro, valo­ran­do la cali­dad de las telas y el buen cor­te. Aun­que se mue­ve como un madri­le­ño más, sus genes ita­lia­nos aflo­ran en una ele­gan­cia inna­ta.

Enzo entra cie­go de furia en su dor­mi­to­rio y cie­rra la puer­ta tras de sí. El caos que se obser­va es sím­bo­lo de una épo­ca pre­si­di­da por una abso­lu­ta anar­quía de sen­ti­mien­tos y reali­da­des. En su cara, la fuer­za de Red Butler en Lo que el vien­to se lle­vó, la quí­mi­ca can­den­te y explo­si­va de Paul New­man en La gata sobre el teja­do de zinc calien­te y la deca­den­te madu­rez de Al Pacino en La som­bra del actor.

Con­for­ma un con­jun­to armó­ni­co y alta­men­te atrac­ti­vo. «El que tuvo retu­vo», ha apren­di­do a decir cuan­do los ami­gos des­ta­can esa deca­den­cia cada vez más plau­si­ble. En su inte­rior, él lo sabe; pero a los cin­cuen­ta años no pue­de dar la razón a los envi­dio­sos que lo ace­chan como tibu­ro­nes blan­cos. Lo inten­ta explo­tar en poquí­si­mas oca­sio­nes, y, cuan­do obser­va que el éxi­to está ase­gu­ra­do, pone en acción esa fin­gi­da actua­ción que des­com­po­ne a las muje­res y que es muy codi­cia­da, por los que se lla­man sus ami­gos.

Tras unos minu­tos de abso­lu­to silen­cio, sólo vul­ne­ra­do por el ace­le­ra­do rit­mo de su con­vul­sa res­pi­ra­ción, apo­ya su rec­ti­lí­nea y seño­rial espal­da en un impe­rial espe­jo de pared que, colo­ca­do en un late­ral de la habi­ta­ción, con­vi­da a cual­quie­ra a poner­se delan­te de él y a rea­li­zar un por­me­no­ri­za­do examen visual. Alguno de sus ami­gos lo evi­ta astu­ta­men­te, por no caer en la cruel­dad del pre­sen­te: el dete­rio­ro de los años que cabal­gan des­bo­ca­dos por toda la geo­gra­fía huma­na.

Los múscu­los de la man­dí­bu­la se mar­can con gene­ro­si­dad en un per­fil que él cada vez sopor­ta menos. Estoy enve­je­cien­do a toda velo­ci­dad, se lamen­ta al obser­var las oje­ras que mar­can la par­te infe­rior de los ojos y las famo­sas patas de gallo, cono­ci­das por él como «zam­pe di galli­na».

Con todo, el frío del cris­tal lo obli­ga, invo­lun­ta­ria­men­te, a recom­po­ner un poco su ges­to y lan­za un sus­pi­ro que deja entre­ver un pro­fun­do sen­ti­mien­to de angus­tia, ese calam­bre que no sabe mane­jar des­de la ado­les­cen­cia.

Esta situa­ción no hay quien la aguan­te. Maña­na man­do todo a la mier­da: con­tra­tos, reunio­nes… Como dice mi psi­quia­tra, ciru­gía, Enzo, ciru­gía.

Poco a poco se va des­vis­tien­do y colo­can­do con sumo cui­da­do sobre una silla de cao­ba ―paso inter­me­dio del lugar defi­ni­ti­vo, el galán de noche―, rega­lo de su madre, cada una de las pie­zas de las que se va des­ha­cien­do. El ritual es el mis­mo todas las noches. Pri­me­ra­men­te, aquí, la ame­ri­ca­na y los zapa­tos, estos, ultra­lim­pios; pos­te­rior­men­te, allí, colo­ca todo lo que lle­va en los bol­si­llos del pan­ta­lón en un vacía­bol­si­llos; y, para ter­mi­nar, el pan­ta­lón, la cor­ba­ta y la cami­sa rema­tan la fae­na. Él mis­mo no entien­de el cui­da­do que tie­ne con la cami­sa cuan­do sabe que va a ir direc­ta a la lava­do­ra.

El aspec­to, refle­ja­do en el espe­jo, le pro­du­ce una náu­sea emo­cio­nal. Las lor­zas se han hecho impe­ria­les en la cin­tu­ra y, como le dice a un com­pa­ñe­ro de tra­ba­jo, «con estas mamas, estoy bara­jan­do la posi­bi­li­dad de ofre­cer­me como nodri­za o ama de crian­za». Antes, el bóxer le bor­dea­ba la cin­tu­ra con una hol­gu­ra per­fec­ta­men­te estu­dia­da; aho­ra, la goma pasa des­aper­ci­bi­da por­que la cubre un col­gan­te de gra­sa que le cir­cun­da sin nin­gu­na ele­gan­cia.

¡Qué insu­fri­ble ruti­na! Sin moti­vo jus­ti­fi­ca­do, aun­que él lo sabe y lo denos­ta con­cien­zu­da­men­te, se tum­ba en el sofá del salón, con el bóxer y los cal­ce­ti­nes, sus últi­mos com­pa­ñe­ros de piel, hoy muy entu­me­ci­da por el inten­so frío que hace en la calle.

Su ros­tro deno­ta can­san­cio y fal­ta de vita­li­dad; sus ojos, un exce­so de tra­ba­jo ante el orde­na­dor, y sus manos, iner­tes y año­ran­tes de las que lucía cuan­do tenía vein­te años, un pasar de los años que le obli­gan a mirar de un modo inso­len­te a su hija Lau­ra, una loza­na man­za­na de piel ter­sa y bri­llan­te.

Repo­sa miran­do al infi­ni­to y escu­chan­do el bur­bu­jear del agua que lle­na len­ta­men­te el baño, don­de va a pasar una hora de delei­te y frui­ción pla­cen­te­ros.

A las doce de la noche se encuen­tra cenan­do delan­te de la tele­vi­sión y vien­do una serie que había que­da­do incon­clu­sa el últi­mo fin de sema­na. La ban­de­ja sopor­ta­ba un bol con una ensa­la­da reple­ta de enzi­mas, mine­ra­les, vita­mi­nas y com­pues­tos anti­oxi­dan­tes, pero de sabor insul­so y desa­bo­ri­do. Una com­pa­ñe­ra de la empre­sa le ofre­ció este «gus­to­so pla­to» para com­ba­tir una cabal­gan­te obe­si­dad.

El jefe no me aguan­ta. Dice que soy insu­fri­ble, que no hay día que no orga­ni­ce un nume­ri­to de nari­ces y que nun­ca estoy de acuer­do con sus pro­yec­tos. Es el pri­me­ro, y para eso está, en poner mil obje­cio­nes, pero muchas de ellas son fru­to de una ilí­ci­ta y arbi­tra­ria envi­dia. A lar­go pla­zo, todos los reco­men­da­dos te crean el mis­mo pro­ble­ma: pien­san que, hagan lo que hagan, nun­ca serán expe­dien­ta­dos.

Y Enzo a callar por­que lo que quie­re es pasar des­aper­ci­bi­do, que no se airee más la con­ver­sa­ción que tuvo su padre con su jefe, des­pués de una gene­ro­sa inver­sión en mate­rial inno­va­dor.

De pron­to se yer­gue, con una des­di­bu­ja­da agi­li­dad, y coge el telé­fono, que se le había olvi­da­do en la coci­na. Mues­tra una des­ga­na abso­lu­ta por­que sabe per­fec­ta­men­te quién es.

Me ha jodi­do la cer­ve­za, explo­ta con abso­lu­ta sin­ce­ri­dad. Vuel­ve al salón, la vis­ta un poco nubla­da, y se sien­ta de nue­vo en el sofá para sopor­tar una char­la nada pro­duc­ti­va.

―¿Diga?

―¿Enzo?

―¡Ah! Eres tú. La voz de Enzo sue­na irri­ta­da y cor­tan­te. Su mira­da refle­ja una con­ver­sa­ción ya man­te­ni­da en muchí­si­mas oca­sio­nes. Y siem­pre con el mis­mo resul­ta­do.

―Es lo mis­mo de siem­pre. Con las mis­mas dis­cul­pas de siem­pre. Con las mis­mas men­ti­ras de siem­pre.

―Yo no te mien­to nun­ca. Es mi tra­ba­jo. Yo no sé cuán­to duran mis reunio­nes. Y tú debe­rías enten­der­lo muy bien. Lo que pasa es que tú, como eres hom­bre, no te sien­tes vigi­la­do; pero yo lle­go un poco tar­de, o pido salir media hora antes, y ya ten­go un toque de muy mal gus­to y lleno de micro­ma­chis­mos.

―No, no pue­des subir. Estoy ago­ta­do. Hoy no pue­do más. Y eso que, como dices tú, soy un enchu­fa­do y ape­nas tra­ba­jo.

―Otra vez lo mis­mo. Eres un cabro­na­zo, por­que sabes per­fec­ta­men­te qué decir para evi­tar una con­ver­sa­ción agra­da­ble y dis­ten­di­da.

―Estoy cenan­do y sólo pien­so en acos­tar­me. Nece­si­to des­can­sar. Lo que menos sopor­ta­ría aho­ra es una dis­cu­sión.

―¡Pobre­ci­to!

Silen­cio sepul­cral.

―¡Adiós!

La inde­ci­sión se hace eter­na. Duda lo inde­ci­ble. Tie­ne suje­to el móvil con una fuer­za inusi­ta­da.

―¡Adiós!

La des­car­ga emo­cio­nal que sufre por mor de una eno­jo­sa con­ver­sa­ción es bru­tal. En una infi­ni­dad de oca­sio­nes ha vivi­do esta situa­ción, pero Enzo no sabe rom­per, no sabe decir que no.

―Tie­nes que apren­der a rom­per, le repi­te can­si­na­men­te su madre. Espe­cial­men­te con las que mien­ten en las cosas peque­ñas. Las gran­des men­ti­ras son más sopor­ta­bles.

Y Enzo cie­rra la con­ver­sa­ción vacío de remor­di­mien­tos. O eso cree. Sabe que está muy mal acos­tum­bra­do y que ella vol­ve­rá. ¿Y si no vuel­ve?

Como siem­pre, se acues­ta expec­tan­te. ¿Lla­ma­rá otra vez? Pero es dife­ren­te aho­ra. A los trein­ta años, podía retar a mil muje­res; aho­ra, a los cin­cuen­ta, la flo­je­ra emo­cio­nal es la que rige sus deci­sio­nes. ¿Lla­ma­rá otra vez? (A la som­bra del ver­bo) (1995–2025)

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