CAPÍTULO XVII DE ‘HATROZ’.- EL OCASO LABORAL (I)

El vier­nes pasé la tar­de y la noche con Rafo. Me pidió que lo reco­gie­ra en su casa a las seis y me dijo que me lle­va­ría un sor­pre­són cuan­do me dije­ra el lugar al que que­ría ir. Nada más sen­tar­se a mi dere­cha, vi sus inten­cio­nes. Des­pués de un tími­do carras­peo, bur­do pre­tex­to de una natu­ra­li­za­da timi­dez, se expla­yó con bana­les argu­men­tos sobre los bene­fi­cios aní­mi­cos que les repor­ta­ría la visi­ta a su anti­gua facul­tad. Desea­ba recor­dar su épo­ca uni­ver­si­ta­ria. Me olía mal. Lo que que­ría era que yo cono­cie­ra la facul­tad don­de estu­dió, don­de reali­zó su que­ri­da Filo­lo­gía, que vie­ra que era ver­dad, don­de des­per­tó a un mun­do que él ape­nas cono­cía y don­de se dio cuen­ta de que había teni­do una ado­les­cen­cia entre algo­do­nes. El reco­rri­do fue muy tran­qui­lo y lleno de anéc­do­tas añe­jas y ante­di­lu­via­nas, como decía él.

Lle­ga­mos a la facul­tad de Filo­so­fía y Letras, que des­de 1975 com­par­tía sus aulas con Filo­lo­gía, cer­ca de las sie­te de la tar­de. No qui­so sor­pren­der­se por la gran can­ti­dad de car­te­les que ador­na­ban la entra­da y me diri­gió con cer­te­ro paso a la cafe­te­ría. Allí toma­mos un pin­cho de tor­ti­lla y un café con leche cre­yen­do el pobre hom­bre que su inges­ta lo retro­trae­ría a aque­llos pri­me­ros ochen­ta en los que cada día se desa­yu­na­ba con una nove­dad polí­ti­ca, social o cul­tu­ral.

Se levan­tó repen­ti­na­men­te y me pidió que salié­ra­mos, que nos fué­ra­mos, que ya había vis­to todo lo que que­ría ver. Es decir, nada, ausen­cia total de recuer­dos. Su ros­tro dic­ta­ba una frus­tra­ción abso­lu­ta y refle­ja­ba que las segun­das par­tes, cuan­do había un lap­so tem­po­ral tan amplio, no eran reco­men­da­bles si lo que se pre­ten­día era recu­pe­rar el pasa­do.

Como si nada hubie­ra ocu­rri­do, o como si ya estu­vie­ra más que acos­tum­bra­do a las frus­tra­cio­nes, me pidió que fué­ra­mos a la Cer­ve­ce­ría Ale­ma­na en la pla­za de San­ta Ana, cuyos due­ños, acer­ta­da­men­te, la cali­fi­can de madri­le­ña, bulli­cio­sa y cos­mo­po­li­ta. Yo le adver­tí que por la can­ti­dad de clien­tes que acu­dían cual­quier día de la sema­na a este sanc­ta­sanc­tó­rum de la noche madri­le­ña era un lugar incó­mo­do para man­te­ner una tran­qui­la con­ver­sa­ción como él que­ría. Le ofre­cí otros bare­tos que había­mos patea­do los dos, pero todos caye­ron en saco roto por­que tenía entre ceja y ceja «La Ale­ma­na».

En oca­sio­nes ocu­rría que Rafo se ilu­sio­na­ba con un esta­ble­ci­mien­to por el sim­ple recuer­do sub­je­ti­vo de unos ojos que allí se cru­za­ron en su camino. Enton­ces, lo empe­za­ba a dibu­jar con el mis­mo pul­so que como cuan­do copia­ba con enor­me inte­rés apun­tes sobre Rosa­lía de Cas­tro en las cla­ses de Lite­ra­tu­ra Galle­ga con la inol­vi­da­ble Mari­na Mayo­ral. Estos arreo­nes emo­cio­na­les y con­su­mis­tas le otor­ga­ban un gran cono­ci­mien­to de bares, taber­nas y tugu­rios que poca gen­te de su entorno domi­na­ba. Todo comen­zó, en sole­dad, en la Bode­ga de la Ardo­sa, hoy des­apa­re­ci­da, en la calle Her­ma­nos Mira­lles, hoy Gene­ral Díaz Por­lier; El Barril de Goya o la Cer­ve­ce­ría Ale­ma­na de la pla­za de san­ta Ana. Se pro­lon­gó duran­te años con algu­nos com­pa­ñe­ros de la facul­tad en El anciano rey de los vinos de la calle Bai­lén. Y la pun­ti­lla, con mi entorno más cer­cano e ínti­mo, se movía entre La Cruz Blan­ca, La Galli­na loca, Cleo, Nari­zo­tas, Tula, El Esce­na­rio, La Ces­ta, My Flo­wer, Fass… Rafo dis­fru­ta­ba calle­jean­do en soli­ta­rio con el úni­co afán de sabo­rear una cer­ve­za bien tira­da y poder apun­tar en su cua­derno de notas cua­tro ver­sos impac­tan­tes, con­den­sa­ción de una expe­rien­cia frus­tra­da.

Cuan­do entré yo en su vida, por decir­lo así, siem­pre me invi­ta­ba a com­par­tir con él esos ceno­bios o tem­plos del beber­cio noc­turno. Cono­cí de este modo luga­res en nada higie­ni­za­dos, luga­res con un aro­ma a cerra­do que se habían con­ver­ti­do en per­fec­tos comu­ni­ca­do­res de virus, luga­res con un ambien­te tan car­ga­do que nece­si­tá­ba­mos pico y pala para entrar en ellos que, por ejem­plo, nadie había repues­to las bom­bi­llas fun­di­das.

―Esta luz opa­ca y tene­bro­sa, como dices tú, es el arte de la noche, le dije­ron mien­tras le ser­vían una caña en un vaso que tenía lige­ra­men­te mar­ca­da pin­tu­ra de labios.

―No se con­fun­da con­mi­go, no. Me gus­ta lo cutre, lo añe­jo y lo ochen­te­ro, pero lim­pio e higie­ni­za­do. No dis­fru­to olien­do una buta­ca con olor a culo. Y sien­to mucho esta expre­sión.

Su pri­mo Jor­ge tenía un com­pa­ñe­ro de cla­se Alfon­so M., que vivía en la calle Veláz­quez, muy cer­ca del Reti­ro, y que, forra­da de pas­ta la fami­lia, él ves­tía con ropa vie­ja y des­cui­da­da, pero lim­pia, lim­pí­si­ma. Esa es la ima­gen que le encan­ta­ba a Rafo.

Pon­de­ra­ba siem­pre esa atmós­fe­ra de encan­to mis­te­rio­so, de soli­ta­ria inti­mi­dad en com­pa­ñía de una crea­do­ra melan­co­lía.

―Es mi deri­va de ser aso­cial, se jus­ti­fi­ca­ba entre dien­tes mien­tras juga­ba muy tor­pe­men­te con el móvil. Qui­zá por los ner­vios.

Cuan­do acce­di­mos a la cer­ve­ce­ría, me miró bus­can­do mi apro­ba­ción. Joder, el caso es que aho­ra le ten­go que agra­de­cer el haber selec­cio­na­do un sitio lim­pio y bien ilu­mi­na­do, me dije sin pala­bras.

Duran­te la cena, mien­tras sabo­reá­ba­mos un doble de cer­ve­za y un pul­po a la vina­gre­ta, me habló de sus pri­me­ros años de tra­ba­jo en un cole­gio del barrio de Sala­man­ca. Esta­ba tris­te y ape­na­do por­que se le iba el tiem­po de las manos.

―No pue­do con este tiem­po tran­si­to­rio y fugaz. Me des­pier­to en oca­sio­nes con el ver­so de Que­ve­do de soy un fue, y un será, y un es can­sa­do y en otras con el pen­sa­mien­to de un joven de 30 años que se quie­re comer el mun­do. Enton­ces unas cer­te­ras pala­bras de los que me rodean me colo­can en mi sitio brus­ca­men­te. Esos cin­co segun­dos de glo­ria se eva­po­ran y vuel­vo a mi reali­dad con otros ver­sos de Que­ve­do: Ya no es ayer, maña­na no ha lle­ga­do; / hoy pasa y es y fue, con movi­mien­to / que a la muer­te me lle­va des­pe­ña­do.

Esta visión nega­ti­va del paso del tiem­po hizo que su ros­tro se tor­na­ra tras­cen­den­tal y en un zig­zag nada cere­bral me dijo que todo era lite­ra­tu­ra, que se recrea­ba en los ver­sos más leta­les para puri­fi­car un alma dolo­ri­da y daña­da por no saber atra­par el pre­sen­te:

Que la vida iba en serio / uno lo empie­za a com­pren­der más tar­de. / Como todos los jóve­nes, yo vine / a lle­var­me la vida por delan­te. / Dejar hue­lla que­ría / y mar­char­me entre aplau­sos. / Enve­je­cer, morir, eran tan solo / las dimen­sio­nes del tea­tro. Pero ha pasa­do el tiem­po / y la ver­dad des­agra­da­ble aso­ma. / Enve­je­cer, morir / es el úni­co argu­men­to de la obra.

Me reci­tó estos ver­sos de Gil de Bied­ma con el apo­yo de su móvil ―siem­pre la mal­di­ta memo­ria, casi bra­mó―. «No vol­ve­ré a ser joven». No los cono­cía. Me comen­tó que los leyó por pri­me­ra vez hace mucho tiem­po, pero lo que le impac­tó fue oír­los en la voz de Gon­za­lo de Cas­tro.

(https://www.youtube.com/watch?v=EGN-cVssLbc&list=LL&index=145)

―Esa voz, Dios mío, esa voz. Lue­go pude escu­char­los reci­ta­dos por el pro­pio autor y en otra oca­sión musi­ca­dos por Loqui­llo y Ara Mali­kian.

Los repi­tió. Una pare­ja de jóve­nes que esta­ba en una mesa con­ti­gua le pre­gun­tó por el autor de esos ver­sos.  Rafo, feliz por su inte­rés por la poe­sía, reci­bió un tor­ta­zo:

―Es que soy un admi­ra­dor de Loqui­llo y me fal­ta la «can­ción que usted ha leí­do».

Miré a Rafo rogán­do­le que no actua­ra como un pro­fe­sor indig­na­do por la mala expre­sión de un joven por­que, aun­que fue­ra de modo des­afor­tu­na­do, se había intere­sa­do por la poe­sía. Le dio el enla­ce y pun­to.

―Atien­de, Rafo, el remor­di­mien­to por no haber apro­ve­cha­do el tiem­po es un lugar común y el tea­tro es una metá­fo­ra extra­or­di­na­ria para expre­sar­lo. Bor­ges decía que ese sen­ti­mien­to no me aban­do­na. Siem­pre está a mi lado / la som­bra de haber sido un des­di­cha­do.

Lo veía venir. Lo veía. Cuan­do empe­zó a hablar de sus prin­ci­pios labo­ra­les y de su actual can­san­cio psí­qui­co, le dio un tra­go a la caña y sila­beó con orgu­llo su lau­da­to­rio vere­dic­to:

―Entré en el cole­gio gus­tan­do a algu­nas alum­nas, lue­go empe­za­ron a fijar­se en mí algu­nas madres y hoy en día me miran con bue­nos ojos algu­nas abue­las jóve­nes.

―Eres muy pesa­do con algo que yo con­si­de­ro un jui­cio cer­te­ro y gra­cio­so, pero que si lo con­vier­tes en una sen­ten­cia repe­ti­da cien veces per­de­rá toda la sim­pa­tía que tuvo el día que lo creas­te.

No me hizo ni caso. Una son­ri­sa pica­ro­na se dibu­jó en su ros­tro. He dado en la dia­na, debió pen­sar. Yo le insis­tí en que no podía con­ver­tir­se en un dis­co raya­do. Eres como una enci­clo­pe­dia de que­so man­che­go: madu­ra, sabro­sa, pero siem­pre abier­ta en la mis­ma pági­na. Me sen­tí orgu­llo­so por la metá­fo­ra, aun­que cerró este tema con­tun­den­te­men­te:

―Soy como un reloj sin mane­ci­llas: no mar­co la hora, mar­co terri­to­rio. Y, si repi­to, es por­que mi his­to­ria mere­ce eco.

Nos levan­ta­mos y le ofer­té la posi­bi­li­dad de sen­tar­nos en una terra­za de San­ta Ana. Acep­tó dócil­men­te por­que iba sabo­rean­do la rotun­di­dad de su metá­fo­ra y no me pres­ta­ba la menor aten­ción. (Hatroz) (2025)

Share