El viernes pasé la tarde y la noche con Rafo. Me pidió que lo recogiera en su casa a las seis y me dijo que me llevaría un sorpresón cuando me dijera el lugar al que quería ir. Nada más sentarse a mi derecha, vi sus intenciones. Después de un tímido carraspeo, burdo pretexto de una naturalizada timidez, se explayó con banales argumentos sobre los beneficios anímicos que les reportaría la visita a su antigua facultad. Deseaba recordar su época universitaria. Me olía mal. Lo que quería era que yo conociera la facultad donde estudió, donde realizó su querida Filología, que viera que era verdad, donde despertó a un mundo que él apenas conocía y donde se dio cuenta de que había tenido una adolescencia entre algodones. El recorrido fue muy tranquilo y lleno de anécdotas añejas y antediluvianas, como decía él.
Llegamos a la facultad de Filosofía y Letras, que desde 1975 compartía sus aulas con Filología, cerca de las siete de la tarde. No quiso sorprenderse por la gran cantidad de carteles que adornaban la entrada y me dirigió con certero paso a la cafetería. Allí tomamos un pincho de tortilla y un café con leche creyendo el pobre hombre que su ingesta lo retrotraería a aquellos primeros ochenta en los que cada día se desayunaba con una novedad política, social o cultural.
Se levantó repentinamente y me pidió que saliéramos, que nos fuéramos, que ya había visto todo lo que quería ver. Es decir, nada, ausencia total de recuerdos. Su rostro dictaba una frustración absoluta y reflejaba que las segundas partes, cuando había un lapso temporal tan amplio, no eran recomendables si lo que se pretendía era recuperar el pasado.
Como si nada hubiera ocurrido, o como si ya estuviera más que acostumbrado a las frustraciones, me pidió que fuéramos a la Cervecería Alemana en la plaza de Santa Ana, cuyos dueños, acertadamente, la califican de madrileña, bulliciosa y cosmopolita. Yo le advertí que por la cantidad de clientes que acudían cualquier día de la semana a este sanctasanctórum de la noche madrileña era un lugar incómodo para mantener una tranquila conversación como él quería. Le ofrecí otros baretos que habíamos pateado los dos, pero todos cayeron en saco roto porque tenía entre ceja y ceja «La Alemana».
En ocasiones ocurría que Rafo se ilusionaba con un establecimiento por el simple recuerdo subjetivo de unos ojos que allí se cruzaron en su camino. Entonces, lo empezaba a dibujar con el mismo pulso que como cuando copiaba con enorme interés apuntes sobre Rosalía de Castro en las clases de Literatura Gallega con la inolvidable Marina Mayoral. Estos arreones emocionales y consumistas le otorgaban un gran conocimiento de bares, tabernas y tugurios que poca gente de su entorno dominaba. Todo comenzó, en soledad, en la Bodega de la Ardosa, hoy desaparecida, en la calle Hermanos Miralles, hoy General Díaz Porlier; El Barril de Goya o la Cervecería Alemana de la plaza de santa Ana. Se prolongó durante años con algunos compañeros de la facultad en El anciano rey de los vinos de la calle Bailén. Y la puntilla, con mi entorno más cercano e íntimo, se movía entre La Cruz Blanca, La Gallina loca, Cleo, Narizotas, Tula, El Escenario, La Cesta, My Flower, Fass… Rafo disfrutaba callejeando en solitario con el único afán de saborear una cerveza bien tirada y poder apuntar en su cuaderno de notas cuatro versos impactantes, condensación de una experiencia frustrada.
Cuando entré yo en su vida, por decirlo así, siempre me invitaba a compartir con él esos cenobios o templos del bebercio nocturno. Conocí de este modo lugares en nada higienizados, lugares con un aroma a cerrado que se habían convertido en perfectos comunicadores de virus, lugares con un ambiente tan cargado que necesitábamos pico y pala para entrar en ellos que, por ejemplo, nadie había repuesto las bombillas fundidas.
―Esta luz opaca y tenebrosa, como dices tú, es el arte de la noche, le dijeron mientras le servían una caña en un vaso que tenía ligeramente marcada pintura de labios.
―No se confunda conmigo, no. Me gusta lo cutre, lo añejo y lo ochentero, pero limpio e higienizado. No disfruto oliendo una butaca con olor a culo. Y siento mucho esta expresión.
Su primo Jorge tenía un compañero de clase Alfonso M., que vivía en la calle Velázquez, muy cerca del Retiro, y que, forrada de pasta la familia, él vestía con ropa vieja y descuidada, pero limpia, limpísima. Esa es la imagen que le encantaba a Rafo.
Ponderaba siempre esa atmósfera de encanto misterioso, de solitaria intimidad en compañía de una creadora melancolía.
―Es mi deriva de ser asocial, se justificaba entre dientes mientras jugaba muy torpemente con el móvil. Quizá por los nervios.
Cuando accedimos a la cervecería, me miró buscando mi aprobación. Joder, el caso es que ahora le tengo que agradecer el haber seleccionado un sitio limpio y bien iluminado, me dije sin palabras.
Durante la cena, mientras saboreábamos un doble de cerveza y un pulpo a la vinagreta, me habló de sus primeros años de trabajo en un colegio del barrio de Salamanca. Estaba triste y apenado porque se le iba el tiempo de las manos.
―No puedo con este tiempo transitorio y fugaz. Me despierto en ocasiones con el verso de Quevedo de soy un fue, y un será, y un es cansado y en otras con el pensamiento de un joven de 30 años que se quiere comer el mundo. Entonces unas certeras palabras de los que me rodean me colocan en mi sitio bruscamente. Esos cinco segundos de gloria se evaporan y vuelvo a mi realidad con otros versos de Quevedo: Ya no es ayer, mañana no ha llegado; / hoy pasa y es y fue, con movimiento / que a la muerte me lleva despeñado.
Esta visión negativa del paso del tiempo hizo que su rostro se tornara trascendental y en un zigzag nada cerebral me dijo que todo era literatura, que se recreaba en los versos más letales para purificar un alma dolorida y dañada por no saber atrapar el presente:
Que la vida iba en serio / uno lo empieza a comprender más tarde. / Como todos los jóvenes, yo vine / a llevarme la vida por delante. / Dejar huella quería / y marcharme entre aplausos. / Envejecer, morir, eran tan solo / las dimensiones del teatro. Pero ha pasado el tiempo / y la verdad desagradable asoma. / Envejecer, morir / es el único argumento de la obra.
Me recitó estos versos de Gil de Biedma con el apoyo de su móvil ―siempre la maldita memoria, casi bramó―. «No volveré a ser joven». No los conocía. Me comentó que los leyó por primera vez hace mucho tiempo, pero lo que le impactó fue oírlos en la voz de Gonzalo de Castro.
(https://www.youtube.com/watch?v=EGN-cVssLbc&list=LL&index=145)
―Esa voz, Dios mío, esa voz. Luego pude escucharlos recitados por el propio autor y en otra ocasión musicados por Loquillo y Ara Malikian.
Los repitió. Una pareja de jóvenes que estaba en una mesa contigua le preguntó por el autor de esos versos. Rafo, feliz por su interés por la poesía, recibió un tortazo:
―Es que soy un admirador de Loquillo y me falta la «canción que usted ha leído».
Miré a Rafo rogándole que no actuara como un profesor indignado por la mala expresión de un joven porque, aunque fuera de modo desafortunado, se había interesado por la poesía. Le dio el enlace y punto.
―Atiende, Rafo, el remordimiento por no haber aprovechado el tiempo es un lugar común y el teatro es una metáfora extraordinaria para expresarlo. Borges decía que ese sentimiento no me abandona. Siempre está a mi lado / la sombra de haber sido un desdichado.
Lo veía venir. Lo veía. Cuando empezó a hablar de sus principios laborales y de su actual cansancio psíquico, le dio un trago a la caña y silabeó con orgullo su laudatorio veredicto:
―Entré en el colegio gustando a algunas alumnas, luego empezaron a fijarse en mí algunas madres y hoy en día me miran con buenos ojos algunas abuelas jóvenes.
―Eres muy pesado con algo que yo considero un juicio certero y gracioso, pero que si lo conviertes en una sentencia repetida cien veces perderá toda la simpatía que tuvo el día que lo creaste.
No me hizo ni caso. Una sonrisa picarona se dibujó en su rostro. He dado en la diana, debió pensar. Yo le insistí en que no podía convertirse en un disco rayado. Eres como una enciclopedia de queso manchego: madura, sabrosa, pero siempre abierta en la misma página. Me sentí orgulloso por la metáfora, aunque cerró este tema contundentemente:
―Soy como un reloj sin manecillas: no marco la hora, marco territorio. Y, si repito, es porque mi historia merece eco.
Nos levantamos y le oferté la posibilidad de sentarnos en una terraza de Santa Ana. Aceptó dócilmente porque iba saboreando la rotundidad de su metáfora y no me prestaba la menor atención. (Hatroz) (2025)

Muy bien escrito y totalmente de acuerdo contigo. 👏