Estoy perdido. Me dicen que siga escribiendo, pero mi anhelo bucea por un océano repleto de pirámides y de lechos mortuorios. En uno de ellos leo que ha desparecido mi literatura, que la ha devorado un gran tiburón blanco que está recubriendo el fondo marino con poemas firmados por mí, un tal José María Máiz Togores.
Estoy perdido. Despierto del sueño y no me encuentro. Sigo perdido. No en un bosque de palabras, ni en una ciudad extranjera, ni en una despoblada aldea gallega, sino en el pasillo sin paredes donde mis palabras se desvanecen antes de tocar el papel. Me dicen los maledicentes, que son mayoría, que ya no soy capaz de asentarlas en un poema.
Estoy perdido. Escribo como quien lanza piedras al agua esperando que alguna flote. Imposible. Son tan densas que el volumen de agua que desplazan por su interior no pesa lo suficiente para contrarrestar mi propio peso, y por eso se hunden, por eso me hunden.
Esto es lo que te ocurre a ti cuando escribes, sentencia una meiga a la que he acudido menesteroso y angustiado. Cada línea pesa más que tu propia vida y sucumbes con una sonrisa en los labios que se ha bebido toda el agua del planeta.
Estoy perdido. No hay mapa, ni brújula, ni voz que me indique por dónde se llega a mí, por dónde empezar a escribir. A veces, en sueños, creo que lo hago para encontrarme. Otras, para no desaparecer del todo.
Pero hay días en que la tinta se vuelve niebla, y cada frase es un eco que no me reconoce. Entonces, lloro porque me ha traicionado mi espacio, porque ya nadie me puede localizar.
Estoy perdido. Me pregunto si la causa de mi fracaso literario está en el acto mismo de no escribir. Me produce un placer a veces incalificable el simple acto de sostener una pluma sin usarla, porque es una manera de estar presente y disfrutar de un momento sin una exigencia literaria.
Estoy perdido porque en el temblor de la mano, en el suspiro que se cuela entre dos versos, en el intento de nombrar lo innombrable encuentro un paisaje desértico en el que habito desde hace un tiempo.
Estoy perdido. Quizás escribir no sea llegar, sino quedarse. Quedarse en el borde de la vida, en el umbral, en ese lugar donde el sentido aún no ha nacido, pero ya respira.
Estoy perdido, sí. Pero en esta pérdida hay una música que no cesa. Una melodía que me empuja a seguir escribiendo, aunque no sepa para quién, aunque no sepa por qué, aunque no sepa si alguna vez podré enlazar dos frases seguidas porque no sé si este hilo es mío, porque no sé si a ti te interesa lo que escribo.
Sí. Estoy perdido. (Versos que no dije en voz alta) (1995–2025)

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https://polldaddy.com/js/rating/rating.js¿Por qué todo es tan triste, José María?
Pues céntrate.