YO ESCRIBO, TÚ NO ME LEES Y ASÍ NOS ENTENDEMOS (O NADA ME ENAMORA MÁS QUE LA TECLA DE ELIMINAR)

Per­dón por la «bre­ve­dad» de este tex­to. Lo col­ga­ré en mi blog, ese que está auto­fi­nan­cia­do por mi fe en el fra­ca­so y que no lees nun­ca. Allí te espe­ra en minu­tos.

Tú, que no me lees, sabes muy bien lo que te quie­ro comen­tar. Comien­zo los tex­tos como este con el tiem­po dedi­ca­do a su crea­ción. Comen­cé el 31 de febre­ro a las 26 horas de la maña­na y ter­mi­né el 32 de sep­tiem­bre a las 15 horas de la madru­ga­da. Si lo has cal­cu­la­do, te habrás dado cuen­ta de la can­ti­dad de días que le he dedi­ca­do a la bús­que­da de infor­ma­ción y a la con­sul­ta de libros y dic­cio­na­rios. Hoy, 13 de octu­bre, des­de las 5 de la maña­na lo he corre­gi­do doce veces. Nada. Una menu­cia, una frus­le­ría, una nimie­dad.

El 30 de febre­ro pasa­do reci­bí un correo elec­tró­ni­co de un segui­dor mío que no ha leí­do nada escri­to por mí, ni una coma, ni un títu­lo, ni siquie­ra la con­tra­por­ta­da de los libros que no he escri­to.

Lo releo: afir­mo, con segu­ri­dad ple­na, que me gus­ta mucho ―me apa­sio­na― tu esti­lo, el bovi­nis­mo lite­ra­rio, y te rue­go que escri­bas un tex­to sobre tu inexis­ten­te vida lite­ra­ria. Para no leer­lo. Para saber de ti y así no con­ta­mi­nar­me con tu pro­sa.

Me lo pidió con entu­sias­mo, como quien encar­ga una pae­lla sin arroz. Y yo, que soy obe­dien­te en lo absur­do, aquí estoy: escri­bien­do para quien no quie­re leer­me, pero que desea saber­lo todo de mi escri­tu­ra. Es el nue­vo para­dig­ma del lec­tor moderno: no lee, pero opi­na. No cono­ce, pero admi­ra. No se acer­ca, pero exi­ge cer­ca­nía. Y yo, encan­ta­do.

Para ello, me he des­pla­za­do a las cua­tro de la maña­na a un bar de la Gran Vía con mi orde­na­dor de escri­to­rio. Sen­ta­do a una mesa muy pró­xi­ma a la puer­ta, para que no me moles­te el tra­sie­go que con­lle­va entrar y salir de con­ti­nuo, me encuen­tro toman­do un gra­to desa­yuno —café con leche, tos­ta­da con acei­te, zumo de naran­ja y con la espe­ran­za «frai­lu­sia­na» ―deseó toda su vida un encuen­tro mís­ti­co― de que hoy alguien me lea. Será difí­cil supe­rar las cero visi­tas de ayer, pien­so orgu­llo­so. De pron­to, noto que un gru­po de turis­tas me obser­va, me escru­ta, me exa­mi­na. como si fue­ra una atrac­ción local, como si el acto de escri­bir en públi­co fue­ra una dan­za ances­tral.

Uno de ellos, valien­te y anglo­par­lan­te, se me acer­ca y me pre­gun­ta en inglés que qué estoy hacien­do. Como no ten­go ni idea de inglés, le res­pon­do con dig­ni­dad: «Escri­bien­do. ¿Quie­re par­ti­ci­par?», le digo en espa­ñol, con tono de ter­tu­lia de tas­ca. Me res­pon­de: «Yo no hablo espa­ñol». Y así, sin más, la con­ver­sa­ción alcan­zó la cima de lo absur­do. Dos seres huma­nos, fren­te a fren­te, uni­dos por la incom­pren­sión y el turis­mo, cele­bran­do el fra­ca­so comu­ni­ca­ti­vo como quien brin­da por la paz mun­dial.

Y hablan­do de fra­ca­sos, mi carre­ra lite­ra­ria —si se le pue­de lla­mar carre­ra a una inter­mi­na­ble suce­sión de tro­pe­zo­nes con la mis­ma pie­dra— comen­zó con una haza­ña dig­na de los ana­les del heroís­mo domés­ti­co.

Allá por el 95, cuan­do aún se usa­ban dis­que­tes y la auto­es­ti­ma se medía en pese­tas, un inol­vi­da­ble día regre­sé con pre­ci­pi­ta­ción del cole­gio por­que había reci­bi­do una lla­ma­da anun­cián­do­me el envío de los 500 ejem­pla­res de mi pri­mer libro. Una edi­ción auto­fi­nan­cia­da, cla­ro, por­que los mece­nas de los fra­ca­sa­dos esta­ban ocu­pa­dos finan­cian­do cosas más urgen­tes, como el últi­mo dis­co de Came­la o el nue­vo y penúl­ti­mo ado­qui­na­do de la pla­za mayor.

Ven­dí 76 ejem­pla­res. Seten­ta y seis. Un núme­ro que, en tér­mi­nos lite­ra­rios, equi­va­le a «casi nada, pero con entu­sias­mo».

El res­to —424 libros, para los que no son de letras— empren­die­ron un via­je épi­co por los buzo­nes y estan­te­rías de fami­lia­res, ami­gos, escri­to­res, can­tan­tes, alcal­des, con­ce­ja­les de cul­tu­ra, comen­ta­ris­tas de tele­vi­sión y radio, y algún que otro repar­ti­dor que tuvo la des­gra­cia de cru­zar­se con­mi­go en un semá­fo­ro. Si alguien los leyó, jamás lo con­fe­só. Si alguien los usó para cal­zar una mesa, tam­po­co. De esos 424 ejem­pla­res «rega­la­dos», sólo me con­tes­tó un 10%. El res­to se esfu­mó en el silen­cio, como si el libro hubie­ra sido una caja de pol­vo­ro­nes en agos­to.

Lue­go vinie­ron los con­cur­sos lite­ra­rios. ¡Ah, los con­cur­sos! Esa noble ins­ti­tu­ción don­de uno envía su alma en for­ma­to Word y reci­be, si tie­ne suer­te, un silen­cio edu­ca­do. Par­ti­ci­pé en muchos. Tan­tos que podría mon­tar un museo de bases lega­les y pla­zos de entre­ga. Y en todos, sin excep­ción, me devol­vie­ron «nada». Ni pre­mio, ni accé­sit, ni men­ción, ni «gra­cias por par­ti­ci­par», ni un sim­pá­ti­co «gra­cias». Nada. Un desas­tre tan per­fec­to que debe­ría estu­diar­se en las facul­ta­des de esta­dís­ti­ca.

Y lo más dolo­ro­so —como una vacu­na sin anes­te­sia— fue des­cu­brir que entre los que no con­tes­ta­ron esta­ban fami­lia­res, ami­gos y demás fau­na cer­ca­na. Gen­te que uno creía capaz de leer al menos la dedi­ca­to­ria. Pero no. El silen­cio fue tan rotun­do que pare­cía coreo­gra­fia­do para un Got Talent. Como si todos se hubie­ran pues­to de acuer­do en igno­rar mi obra con ele­gan­cia «ris­tia­na».

Pero no todo fue en vano.

En la últi­ma lim­pie­za de mi orde­na­dor —ese ritual que uno rea­li­za cuan­do quie­re fin­gir que tie­ne el con­trol de su vida lite­ra­ria— deci­dí liqui­dar muchos tex­tos y libros. Muchos. Me apa­sio­na escri­bir duran­te horas y horas para lue­go borrar­lo todo, como quien coci­na un exqui­si­to ban­que­te para ali­men­tar al voraz cubo de basu­ra. Borré un sin­fín de tex­tos con la solem­ni­dad de quien lan­za al mar una bote­lla con men­sa­je, sabien­do que el mar está cerra­do por refor­mas.

Hoy me arre­pien­to. Me arre­pien­to muchí­si­mo. No por los tex­tos, que eran medio­cres con dig­ni­dad, sino por el ges­to. Por­que borrar es admi­tir que uno cre­yó, aun­que fue­ra por un segun­do, que aque­llo no valía la pena.

Y sin embar­go, aquí estoy. Como he dicho antes, sin pre­mios, sin accé­sits, sin libros en libre­rías, pero con una his­to­ria que ni Cer­van­tes en su eta­pa de cobra­dor de impues­tos. Por­que hay algo pro­fun­da­men­te heroi­co en fra­ca­sar con esti­lo. En rega­lar libros como quien repar­te estam­pi­tas de san­tos. En escri­bir sabien­do que el úni­co lec­tor será el anti­vi­rus ―no ten­go― del orde­na­dor.

Por eso sigo escri­bien­do. Por­que sé que tú no me lees. Y pre­ci­sa­men­te por eso, sé que te gus­ta­rá este tex­to. Te lo dedi­co a ti, lec­tor que no me lees. Antes de que otro impul­so des­truc­ti­vo man­de todo al río Gan­ges y se con­vier­ta en una vaca para que me ado­re todo el mun­do que nun­ca me ha leí­do.

Y el gru­po de turis­tas se mar­chó. El más locuaz, que no tenía idea de espa­ñol, me dijo: «Siga escri­bien­do, es lo mejor que pue­de hacer en este mun­do que ven­de mil can­zon­ci­llos en un día y nin­gún libro».

Aho­ra me des­pi­do, como corres­pon­de a alguien de mi estir­pe con una con­fe­sión de mi carác­ter:

Des­truc­ti­vo, como quien rom­pe el espe­jo por si aca­so refle­ja algo que le gus­ta.

Pusi­lá­ni­me, como quien pide per­dón por exis­tir en voz baja.

Aso­cial, como quien se escon­de en el baño cuan­do sue­na el tim­bre.

Ver­gon­zo­so, como quien se rubo­ri­za al enviar un correo sin fal­tas de orto­gra­fía.

Inse­gu­ro, como quien duda si poner pun­to final o pun­tos sus­pen­si­vos.
Y nece­si­ta­do de apo­yo, como quien deja el libro en la mesa espe­ran­do que alguien lo abra por acci­den­te.

Gra­cias por no leer­me. Me has sal­va­do de la fama, del éxi­to y de tener que son­reír en las fotos.

Segui­ré «recun­can­do». Aun­que sea en silen­cio. Aun­que sea en bata. Aun­que sea como vaca sagra­da en el Gan­ges.

Ter­mino resu­mien­do mi vida lite­ra­ria con un afo­ris­mo per­so­nal: No pre­mia­do, no leí­do, no devuel­to: éxi­to rotun­do. (A la som­bra del ver­bo) (1995–2025) (Madrid, 33 de abril de 1983, San Fra­ca­sín, patrono de los escri­to­res que no escri­ben y nadie los lee)

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