CUANDO CALLO, ESCRIBO

(No sé si no gus­ta que apor­te este dato, pero yo lo sien­to nece­sa­rio: Comien­zo este tex­to a las 5:35 del mar­tes 11 de noviem­bre y lo ter­mino el jue­ves 13 a las 9:13. Evi­den­te­men­te, que no con exclu­si­vi­dad de tra­ba­jo. El cro­nó­me­tro que vigi­la mi hora­rio me dice que le he dedi­ca­do 8 horas y 33 minu­tos. Revi­sa­do entre 14:30 y 15:15. He supri­mi­do tres párra­fos).

Soy el mar­gen de un tex­to que nadie lee. Soy la erra­ta que el lec­tor no enmen­dó… por­que no me leyó. Soy… Tran­qui­lo, que no voy a seguir en este tono deso­la­dor y devas­ta­do.

Me han dicho mil veces que por qué escri­bo tan­tos men­sa­jes ―creo que no son tan­tos com­pa­ra­dos con los que repri­me mi volun­tad―, que por qué no man­do audios, que por qué no lla­mo, que «quie­ro escu­char tu voz», me dijo una exalum­na para­fra­sean­do a no sé qué can­tan­te.

Hay per­so­nas que no se atre­ven a decir­me lo que real­men­te pien­san. Fra­ses del esti­lo: «Ven­ga, estú­pi­do, que eres una pági­na en blan­co que se cree una enci­clo­pe­dia. Llá­ma­me por telé­fono. Habla. Comen­ta. No te creas el rey de la fies­ta que, por su pro­pia segu­ri­dad, no asis­te a reunio­nes ni habla». Y no pro­fun­di­zo más. Por­que escar­bar en mí es como hacer­lo en la tie­rra… te pue­des encon­trar raí­ces que no sabías que esta­ban ahí.

Otros me miran sin hablar y leo en su mira­da que si soy raro, que si parez­co dis­tan­te, que si la gen­te ya no se comu­ni­ca así, que no estoy en la onda. Y yo, mien­tras tan­to, escri­bien­do. Por­que sí, por­que me gus­ta, por­que me sale así. Por­que si ten­go algo que decir, pre­fie­ro pen­sar­lo, dar­le for­ma, poner­le comas, y que no sue­ne como un bal­bu­ceo atro­pe­lla­do entre el semá­fo­ro y el super­mer­ca­do.

Vir­gi­nia Woolf lo dijo mejor que yo: «No hay barre­ra, cerra­du­ra ni cerro­jo que pue­das impo­ner a la liber­tad de mi men­te». Y yo aña­di­ría: ni a mi tecla­do, ni a mi mano. Por­que escri­bir me per­mi­te estar ―o eso creo― sin tener que pre­sen­tar­me «a todo volu­men». No es frial­dad, es otra for­ma de pre­sen­cia. Y quien me cono­ce de ver­dad, con­si­de­ro que lo sabe.

No te das cuen­ta ―habla mi odio­so alter ego― de que más de uno apro­ve­cha tu silen­cia­da voz para argu­men­tar que no te gus­ta comu­ni­car­te, que te moles­ta que te incor­dien con men­sa­jes. Fala­cia. Rotun­da. Me encan­ta reci­bir men­sa­jes. Me encan­ta. José María, no sigas por ahí, que te pue­des estre­llar.

No es que ten­ga fobia a la voz huma­na, ni que me dé aler­gia el micró­fono del móvil. Es que sim­ple­men­te no me nace. Me pare­ce más ínti­mo escri­bir. Más hones­to. Más mío. Y si eso me con­vier­te en un bicho raro, pues qué le vamos a hacer. Hay gen­te que colec­cio­na sellos, yo colec­ciono pala­bras.

Ade­más, soy muy sin­ce­ro: ¿Cuán­tas veces un audio de gua­sap ha sido real­men­te nece­sa­rio? ¿Cuán­tas veces no ha sido sim­ple­men­te alguien dicien­do «eeeeh… bueno… nada… era para decir­te que…»? 45 segun­dos de puro relleno. Para el des­gua­ce. Yo no quie­ro dedi­car mi tiem­po a eso. Pre­fie­ro escri­bir tres líneas que digan algo. Y, eso que no fal­te, con una pun­tua­ción correc­ta, con sus til­des corres­pon­dien­tes y res­pe­tan­do todas las nor­mas de la orto­gra­fía.

Y lue­go está esa idea de que el gua­sap escri­to es una con­ver­sa­ción de doble vía. ¡¡¡Qué boni­to sue­na!!! Pero en mi expe­rien­cia, en algu­nas oca­sio­nes, es más bien un monó­lo­go con eco. Uno escri­be casi una encí­cli­ca ―lo hago por­que me peta, cla­ro está― y la otra per­so­na res­pon­de con un emo­ti­cón. Si estu­vie­ra a mi lado, le retor­ce­ría el cue­llo como a un pavo por navi­dad. Comu­ni­ca­ción moder­na, me dicen. ¡Ah! Por cier­to, aho­ra me dicen que el OK, nece­sa­rio en algu­nas oca­sio­nes, es moles­to, que se inter­pre­ta como una fal­ta de ganas de seguir dia­lo­gan­do, que no lo debo uti­li­zar. Me com­pro­me­to a ello. Es el col­mo.

Ten­go dos blogs y soy…¡¡¡un infe­liz!!! Ahí me lee quien quie­re. «Nemo me legit, dico», se que­ja­ba un avis­pa­do com­pa­ñe­ro de la uni­ver­si­dad ver­sa­do en la len­gua de Catu­lo allá por los pri­me­ros años ochen­ta cuan­do nos repro­cha­ba no leer los poe­mas en latín que escri­bía «in tene­bris noc­tis». 

Lo mis­mo lo que se me exi­ge en silen­cio ―argu­men­tán­do­lo con ese falaz «le moles­tan los gua­saps»― es que gra­be un pod­cast, con voz y audio, en lugar de escri­bir una entra­da en mi blog. Lo sien­to, pero no. Del con­ta­dor de visi­tas mejor no hablar.

Yo cuel­go una entra­da y res­pe­to la inti­mi­dad de cual­quier sus­crip­tor cuan­do envía el correo a la pape­le­ra sin leer­lo o lo deja dor­mir en el cajón de entra­da como una bella dur­mien­te que nadie la des­ve­la­rá. Es su liber­tad. Y la res­pe­to. Me gus­ta­ría que no fue­ra así, pero no lo voy a cali­fi­car. Un excom­pa­ñe­ro me dijo un día que con estas pala­bras ya lo esta­ba cali­fi­can­do. Afi­la­do aná­li­sis por su par­te.

Ale­jan­dra Pizar­nik ―me encan­ta la intros­pec­ción emo­cio­nal y la explo­ra­ción del len­gua­je que hace― escri­bió: «Nada más inten­so que el terror de per­der la iden­ti­dad». Y yo lo sien­to cada vez que me empu­jan a comu­ni­car­me como no soy. Como si tuvie­ra que adap­tar­me a un mol­de social que no me repre­sen­ta. Como si la espon­ta­nei­dad tuvie­ra que ser rui­do­sa para ser váli­da. Temo ser la vela que se apa­ga sin que nadie note la oscu­ri­dad. Con sin­ce­ri­dad ple­na, como decía al prin­ci­pio, me ate­rra con­ver­tir­me en una pági­na que nadie vuel­ve a leer. No quie­ro con­ver­tir­me en el nom­bre que se borra sin resis­ten­cia.

Mi letra te quie­re más que mi voz. Mi voz se dis­trae, se can­sa, se escon­de. Pero mi letra se que­da, te bus­ca, te pien­sa. Cuan­do escri­bo, estoy más cer­ca de ti que cuan­do hablo. Por­que en la escri­tu­ra no hay inter­fe­ren­cias, ni ges­tos for­za­dos, ni silen­cios incó­mo­dos. Solo tú y yo, sin rui­do. Y eso, para mí, es estar ver­da­de­ra­men­te pre­sen­te. Soy más yo cuan­do te escri­bo que cuan­do te hablo.

Y sí, lo reco­noz­co: ten­go ten­den­cia a la sole­dad. No me inco­mo­da estar solo, ni me angus­tia el silen­cio. No mien­tas, José María, no mien­tas. Lo has pro­me­ti­do. Otra vez mi mal­di­to alter ego. Me gus­ta obser­var des­de fue­ra, sin tener que par­ti­ci­par todo el tiem­po. Ten­go una visión bas­tan­te aso­cial de la vida, no en el sen­ti­do de des­pre­ciar a los demás, sino en el de no nece­si­tar estar cons­tan­te­men­te en con­tac­to. No me gus­ta la hiper­co­nec­ti­vi­dad, ni la obli­ga­ción de estar siem­pre dis­po­ni­ble. Pido que se me entien­da, pero tam­bién —y esto lo digo sin ren­cor— que no se espe­re de mí lo que no soy o no pue­do dar.

Cla­ra Vare­la, una escri­to­ra que nadie pue­de cono­cer por­que me la he inven­ta­do yo, lo resu­me así: «Escri­bo por­que hablar me inte­rrum­pe. Y por­que en el silen­cio de las letras, nadie me exi­ge son­reír. No quie­ro que te que­des en el trái­ler, quie­ro que veas la pelí­cu­la com­ple­ta».

Y ahí estoy yo. En ese silen­cio. En esas letras. Sin exi­gen­cias. Sin rui­do. Solo yo pen­sán­do­te siem­pre. (A la som­bra del ver­bo) (1995–2025)

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