LA LOCA HISTORIA DE UN CONCURSO LITERARIO

(Esta es la tra­duc­ción del galle­go rea­li­za­da por mí. El ori­gi­nal lo publi­qué en mi blog en galle­go orballar.com)

Ten­go una bue­na rela­ción con Uxía Fon­tán Vila­meán, la mei­ga de los cuen­tos olvi­da­dos, que es una mujer mis­te­rio­sa y sabia y que irra­dia un aire mági­co. Vive en una aldea lla­ma­da San Cacu­lo de Abai­xo, aldea que estu­ve todo un día bus­can­do en Goo­gle Maps y nada, no la encon­tré.

Ella sabe que ten­go cier­ta debi­li­dad ―la volun­tad huma­na es un cas­ti­llo de are­na cons­trui­do en la ori­lla del mar― por los con­cur­sos lite­ra­rios, espe­cial­men­te por aque­llos que no exis­ten. Me encan­tan. Por eso, como tra­ba­ja en un perió­di­co que está cerra­do des­de antes de nacer, me envió la his­to­ria de un pre­mio lite­ra­rio que nadie creó, pero que tie­ne muchos par­ti­ci­pan­tes que no se pre­sen­tan.

Lo que te cuen­to a con­ti­nua­ción es el rela­to deta­lla­do de ese con­cur­so inexis­ten­te, pero lleno de mis­te­rio y gua­sa.

Lo pri­me­ro que me remi­tió es el recor­te de la con­vo­ca­to­ria del con­cur­so:

El Dia­rio de San Cacu­lo y alre­de­do­res

Edi­ción espe­cial lite­ra­ria de un dia­rio que no exis­te

Noviem­bre de no se sabe qué año

Con­vo­ca­to­ria del Pre­mio Lite­ra­rio Pie­dra del Demo­nio del año que el par­ti­ci­pan­te quie­ra.

Se con­vo­ca a todos los escri­to­res, poe­tas, narra­do­res de cuen­tos y demás gen­te con ten­den­cia a escri­bir ton­te­rías con esti­lo a par­ti­ci­par en la difun­ta edi­ción del Pre­mio Lite­ra­rio Pie­dra del Demo­nio, orga­ni­za­do por la Socie­dad Cul­tu­ral «La Hoja sin lec­to­res».

Las bases son las siguien­tes:

Lugar: San Cacu­lo de Abai­xo, parro­quia sin wifi, pero con mucha alma.

Pla­zo: Has­ta que el cura diga «Amén» o se aca­be el vino de la fies­ta.

Temá­ti­ca: Libre, pero no cual­quier cosa. No. Se pre­fie­ren tex­tos que inclu­yan afi­la­do­res, vacas con nom­bre o decla­ra­cio­nes de amor en bares de carre­te­ra. Debe estar escri­to en galle­go.

Par­ti­ci­pan­tes: Cual­quier per­so­na que sepa leer y escri­bir, para garan­ti­zar que lo haya crea­do la suso­di­cha. Por­que, si no sabe escri­bir, ¿cómo pue­de hacer una his­to­ria? Nadie me res­pon­de esta pre­gun­ta.

Pre­mio: Lote de cho­ri­zos, diplo­ma plas­ti­fi­ca­do y noche en la pen­sión «La Cama Calien­te» (desa­yuno inclui­do si no se esca­pa el gallo). Ni un euro por­que no tene­mos dine­ro.

Nota impor­tan­te: No se acep­tan de nin­gún modo tex­tos escri­tos por inte­li­gen­cias arti­fi­cia­les, por huma­nos que fin­gen ser inte­li­gen­tes, ni por veci­nos de San Cacu­lo de Arri­ba, por moti­vos his­tó­ri­cos que no vie­nen al caso.

JURADO

Está for­ma­do por los siguien­tes egre­gios hom­bres y muje­res:

Maru­xa Cas­tro­mil, la del Lomo de Vaca. Pre­si­den­ta hono­ra­ria y exper­ta en empa­na­das de aire. Siem­pre lle­va un som­bre­ro con ante­nas para cap­tar ideas bri­llan­tes.

Xur­xo Figuei­ras Lou­rei­ro, el Zorro de Mon­te­bai­xo. Encar­ga­do de las pun­tua­cio­nes mis­te­rio­sas. Nun­ca reve­la sus cri­te­rios, pero siem­pre acier­ta.

Antón Reboi­ras Cas­ti­ñei­ro, el Habla­dor de las pala­bras retor­ci­das. Crí­ti­co de esti­lo y poe­sía espon­tá­nea. Habla en pro­sa rima­da y solo bebe infu­sio­nes de tojo.

Sabe­la Cari­de Mei­xi­de, la Pas­pa­ni­ña de las sie­te lunas. Secre­ta­ria y res­pon­sa­ble de la esté­ti­ca cós­mi­ca. Deci­de según el movi­mien­to de las estre­llas y su pén­du­lo de made­ra.

NOTA ACLARATORIA: Los miem­bros del jura­do no tra­ba­jan. Su dedi­ca­ción a este gran con­cur­so que no exis­te es exclu­si­va.

A con­ti­nua­ción, des­pués de muchas dudas, hago públi­co en este blog el rela­to que envié al con­cur­so.

Ouren­se, mar­tes sin día de cual­quier mes del año de la nie­bla y del pan calien­te.

Recuer­de el jura­do que ten­go 67 años y que mi abue­lo murió hace ya muchas déca­das.

Que­ri­do avoí­ño, hoy me ha pasa­do una cosa de esas que solo pue­den ocu­rrir en esta nues­tra tie­rra, don­de lo real y lo mági­co se jun­tan como la gaseo­sa y el vino en las fies­tas de la parro­quia. Estas no son pala­bras mías, no, son de don Armin­do, párro­co de pocos años que lle­gó, según mi pare­cer, antes de ser orde­na­do sacer­do­te. Ya sabes, la Igle­sia y sus «cou­sas».

Sin saber qué deci­sión tomar, iba al súper pen­san­do si com­prar cho­ri­zo o seguir con la die­ta que me reco­men­dó la pri­ma Maru­xa, que hoy está tan del­ga­da que si se colo­ca­ra detrás de una esco­ba no se vería ni su som­bra.

De repen­te, des­pués de doblar una esqui­na, me encuen­tro de bru­ces con un afi­la­dor. Era un afi­la­dor de los de toda la vida. Lle­va­ba un chi­fre que, como me con­tas­te tú en más de una oca­sión, su incon­fun­di­ble melo­día avi­sa­ba a los veci­nos de que el afi­la­dor esta­ba en el barrio. El sil­bi­do se con­ver­tía en una lla­ma­da ances­tral al metal y al hie­rro, como si las cuchi­llas lo reco­no­cie­ran. Él me dijo que era el ofi­cio de la sire­na del afi­la­dor, que con­sis­tía, había sido con­tra­ta­da para ello, pri­me­ro de todo, en des­per­tar a los cuchi­llos dor­mi­dos.

Por su memo­ria y aspec­to, me pare­cía que había vivi­do tres vidas y media, y la bici­cle­ta que lle­va­ba como mesa de tra­ba­jo pare­cía com­pra­da entre los dese­chos de una pelí­cu­la sobre la gue­rra.

Me pre­gun­tó si tenía algo que afi­lar, y yo, con las lla­ves del coche y un paque­te de taba­co en el bol­si­llo, le res­pon­dí que no, pero que a lo mejor me podía afi­lar la pacien­cia, que la ten­go pun­tia­gu­da des­de que Car­mi­ña me man­dó a bus­car a su gato, que se había escon­di­do en el teja­do, y me que­dé sin pan­ta­lo­nes y con medio barrio rién­do­se de mí.

Mien­tras la rue­da del afi­la­dor bai­la­ba y las chis­pas con ella, me fue con­tan­do que los afi­la­do­res de anta­ño eran unos reyes de la carre­te­ra, que tenían novia en cada pue­blo y que sabían más de amor que todos los libros de lite­ra­tu­ra eró­ti­ca jun­tos. Y, como expe­rien­cia per­so­nal, con­clu­yó con­tán­do­me que, en Xin­zo, una viu­da le lle­vó a afi­lar todos sus cuchi­llos. Le comen­tó que los que­ría muy bien pre­pa­ra­dos para lon­chear a sus hijos, que no para­ban de pedir­le cosas. Es bro­ma, «home». «Pou­ca cor­da tes», le comen­tó. La his­to­ria rema­ta casán­do­se con ella, que regen­ta­ba una taber­na que ser­vía el mejor vino sin molien­da de la comar­ca.

No sé si era ver­dad o no todo lo que me con­tó el afi­la­dor, pero, cara­llo, aquí, ya sabes, la men­ti­ra bien con­ta­da vale más que la ver­dad abu­rri­da.

Escri­bién­do­te esto recuer­do aque­llas tar­des que pasá­ba­mos en tu casa, cuan­do tú me con­ta­bas lo de los afi­la­do­res que cru­za­ban mon­tes, ríos, que sabían hablar con las pie­dras y que tenían un pac­to con el dia­blo para que el chi­fre sona­ra de un modo dife­ren­te. Por el ele­va­do núme­ro de veces que lo he inten­ta­do, mi fra­ca­so ha sido redon­do. No debo de tener voz «co demo». Todos mis inten­tos siem­pre me recor­da­ban al «bruí­do» ―bra­mi­do en galle­go― de una vaca al parir.

Sin embar­go, des­pués de todo soy tu nie­to, y recuer­do muchas veces todas las aven­tu­ras que pasas­te en la gue­rra. Y siem­pre te ponías muy tris­te. Aun­que en esta oca­sión me he acor­da­do de aque­lla vez en la que me dejas­te afi­lar el cuchi­llo de matar y casi le cor­to una ore­ja al tío Seve­rino, que por suer­te ya la tenía medio caí­da. O aque­lla vez que me envias­te a bus­car la nava­ja que tenías detrás del retra­to de Cas­te­lao y, como soy un coti­lla, aca­bé abrien­do el cajón de la ropa inte­rior de la abue­la para des­cu­brir que tenía más enca­jes que una tien­da de novias.

Tú decías que los afi­la­do­res eran como las mon­jas, que salían cuan­do menos lo espe­ra­bas, sabían mucho y cobra­ban muy poco. Siem­pre que tenías oca­sión me con­ta­bas con suma picar­día de la tía Cir­cun­ci­sión, que era mon­ja en un pue­blo de Anda­lu­cía, que ser mon­ja era el úni­co tra­ba­jo don­de el uni­for­me nun­ca pasa de moda, el jefe siem­pre está miran­do, y los ascen­sos… bueno, depen­den de los rezos acu­mu­la­dos, y no de los correos res­pon­di­dos.

Este afi­la­dor era de los mon­ji­les. Se fue como vino. Se des­pi­dió con una ben­di­ción, sin cobrar y deseán­do­nos salud y éxi­tos. En mí, como las bue­nas aman­tes, ha deja­do una pro­fun­da hue­lla por su sim­pa­tía y por su retran­ca.

Si lo ves por ahí, dale un salu­do de mi par­te y pre­gún­ta­le a ver si afi­la recuer­dos, que ten­go un mon­tón de ellos que se me están oxi­dan­do.

Cuí­da­te mucho, no dejes que te afi­len la len­gua, que siem­pre la tuvis­te muy afi­la­da y a buen recau­do. Tu len­gua, según el taber­ne­ro, es como una nava­ja peque­ña, no mata, pero pue­de cor­tar muy hon­do. Y si oyes un cuerno con un soni­do dife­ren­te por allá arri­ba, no te asus­tes, no es el final, es sim­ple­men­te que Ouren­se sigue sien­do Ouren­se.

Un abra­zo gran­de de tu nie­to ya hom­bre y que bien te quie­re, Car­li­ños

Jamás envié esta car­ta al jura­do por­que enton­ces pen­sé que era una mier­da. Y lo sigo pen­san­do. Por eso mis­mo, escri­bí un tex­to en el que le con­ta­ba al jura­do mi deci­sión. Los ami­gos de la taber­na me dicen que eso es una ton­te­ría, pero, como yo soy más ter­co que una pie­dra fir­me que jamás se ha movi­do, allá fue.

La car­ta es la siguien­te:

Esti­ma­do, res­pe­ta­do y reco­no­ci­do jura­do del inexis­ten­te Pre­mio Lite­ra­rio Pie­dra del Demo­nio de San Cacu­lo de Abai­xo:

Agra­dez­co pro­fun­da­men­te vues­tra con­si­de­ra­ción y el honor de invi­tar­me a par­ti­ci­par en este cer­ta­men tan pres­ti­gio­so como surrea­lis­ta. No obs­tan­te, me veo en la obli­ga­ción de recha­zar cual­quier tipo de galar­dón, aun­que no haya envia­do mi car­ta, y hago esta renun­cia con toda la ele­gan­cia que me per­mi­te el café de máqui­na que me aca­bo de tomar.

Las razo­nes son cla­ras, aun­que abso­lu­ta­men­te inex­pli­ca­bles:

1.- Mi tex­to fue escri­to bajo los efec­tos de una empa­na­da de pul­po que me pro­vo­có visio­nes del difun­to Fra­ga bai­lan­do regue­tón.

2.- La musa que me ins­pi­ró es alér­gi­ca al éxi­to y cada vez que gano algo —aun­que nun­ca haya ocu­rri­do— se escon­de detrás del micro­on­das duran­te sema­nas.

3.- El bolí­gra­fo con el que escri­bí tenía envi­dia de otro bolí­gra­fo y no quie­ro fomen­tar riva­li­da­des lite­ra­rias entre el inú­til mate­rial de ofi­ci­na.

Con todo el res­pe­to y un poco de arro­gan­cia, creo que bien mere­ci­da,

Car­li­ños (el úni­co que hay en la aldea)

El jura­do, que valo­ró muchí­si­mo mi car­ta, res­pon­dió de este modo:

San Cacu­lo de Abai­xo, tie­rra de letras y de sos­pe­chas

Esti­ma­do señor Car­li­ños:

Reci­bi­mos su car­ta de renun­cia al pre­mio con estu­pe­fac­ción, car­ca­ja­das y un leve dolor de cabe­za. Agra­de­ce­mos, cómo no, el esfuer­zo crea­ti­vo, pero nos vemos en la obli­ga­ción de recha­zar su renun­cia. Y no por cor­te­sía, sino por prin­ci­pios, por honor y por­que, fran­ca­men­te, no le corres­pon­de nin­gún pre­mio. Como bien sabe usted, toda­vía no se ha pre­mia­do en el mun­do ente­ro a un no-con­cur­san­te.

Tras una exhaus­ti­va inves­ti­ga­ción —que ha inclui­do diver­sas y fur­ti­vas con­sul­tas a IA, inte­rro­ga­to­rios durí­si­mos, y sin abo­ga­do, a bolí­gra­fos, un pro­fun­dí­si­mo aná­li­sis de las empa­na­das sos­pe­cho­sas y la corres­pon­dien­te con­sul­ta a una pito­ni­sa de Verín— lle­ga­mos a tres con­clu­sio­nes irre­fu­ta­bles:

1.- Su tex­to, que no ha envia­do, es un pla­gio des­ca­ra­do, y no escri­to, de una con­ver­sa­ción entre dos loros jamai­ca­nos que viven en la Pla­za Mayor des­de que don Res­ti­tu­to lle­gó muer­to de ham­bre de su via­je por tie­rras del Cari­be. Tene­mos gra­ba­cio­nes.

2.- Detec­ta­mos el uso de una inte­li­gen­cia arti­fi­cial que aún está por crear­se, con des­ver­güen­za y des­ca­ro, como quien va a misa con el móvil en el bol­si­llo y le pide sel­fis al cura en el cam­pa­na­rio.

3.- El bolí­gra­fo envi­dio­so que men­cio­na en su car­ta fue iden­ti­fi­ca­do como cóm­pli­ce. Ya está en manos de la poli­cía lite­ra­ria de San Cacu­lo y ense­gui­da se pon­drán en con­tac­to con usted para ver cómo se apo­de­ró de arma tan letal.

Por todo esto, creo que están debi­da­men­te expues­tas las razo­nes, le comu­ni­ca­mos que que­da ofi­cial­men­te «des­ga­lar­do­na­do», «desins­pi­ra­do» y «des­con­vo­ca­do» del cer­ta­men. Eso sí, reco­no­ce­mos que tie­ne esti­lo, que tie­ne chis­pa, y que, si algún día escri­be algo sin ayu­da de máqui­nas ni de otras per­so­nas de fan­ta­sía, igual le deja­mos entrar «de extran­jis» por la puer­ta de atrás.

Sin más, y con toda la arro­gan­cia que nos da ser jura­do de un pre­mio que no exis­te, un abra­zo que no se mere­ce.

Aten­ta­men­te,

Doña Sabe­la Cari­de Mei­xi­de, secre­ta­ria vita­li­cia (y algo ren­co­ro­sa) del Pre­mio Pie­dra del Demo­nio.

Que­ri­do lec­tor de mi blog, esta es la loca his­to­ria de un con­cur­so lite­ra­rio inexis­ten­te. Me gus­ta­ría que te rie­ras a car­ca­ja­das al leer­la. Ese es mi deseo.

La secre­ta­ria del jura­do del con­cur­so lite­ra­rio leyó ante los habi­tan­tes del pue­blo el tex­to que Car­li­ños no envió y que todo el mun­do recha­zó. Lás­ti­ma que no se pudie­ran escu­char los aplau­sos —que no abu­cheos— que sona­ron como si fue­ra el públi­co asis­ten­te al Con­cier­to de Año Nue­vo de Vie­na aplau­dien­do la cono­ci­da Mar­cha Radetzky. (A la som­bra del ver­bo)

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