EL TIPO QUE SÓLO SABÍA «OBRAR» LIBROS Y NO RESIDUOS INTESTINALES

Nadie sabía de dón­de coño salió. Beni­to, le decían. Otros lo lla­ma­ban «el del intes­tino blin­da­do». No sabía leer ni escri­bir, pero tenía la cabe­za lle­na de tor­men­tas e ideas que no pedían per­mi­so. His­to­rias que salían como eruc­tos de otro mun­do. Doce libros. Doce. Y ni una letra escri­ta por él.

Los dic­ta­ba al vacío a gri­tos. Lite­ral. Se ence­rra­ba en baños públi­cos para con­cen­trar­se en la estruc­tu­ra de la his­to­ria, que él des­co­no­cía. Habla­ba solo o con su rec­to irri­ta­do. Gra­ba­ba, con la vehe­men­cia de un pre­si­dia­rio que se decla­ra ino­cen­te ante el juez de la patra­ña, his­to­rias en móvi­les que se encon­tra­ba en la calle y que lue­go alguien trans­cri­bía con un mie­do hatroz. Una vez dic­tó una nove­la ente­ra mien­tras se pelea­ba con una palo­ma en un par­que. La palo­ma, por his­to­ria tan visio­na­ria, murió de un infar­to. El libro ganó un pre­mio sin galar­dón.

Y así, un día, le cayó el «Nobel de las Men­ti­ras Más Ori­gi­na­les». Lo invi­ta­ron a Esto­col­mo. Él fue pom­po­so y lleno de fatui­dad con un tra­je que olía a naf­ta­li­na y una barri­ga que pare­cía pre­ña­da de pie­dras. Lle­va­ba quin­ce días sin cagar. Quin­ce. El médi­co del hotel, al ver la radio­gra­fía, dijo: «Esto no es un colon, esto es un bún­ker de la segun­da gue­rra mun­dial».

El pre­si­den­te del acto de entre­ga de los pre­mios pro­nun­ció unas pala­bras en un inglés maca­rró­ni­co para que todo el mun­do enten­die­ra su cere­mo­nio­si­dad:

«Wel­co­me to the gran­dious Nobe­lis­tic pre­mia­tion! Today we cele­brify the genius­ness of human brains and glo­bal pea­ce­ness with big joy and cere­mo­ni­cal proud­ness».

La mujer de Beni­to, preo­cu­pa­da por­que no enten­die­ran bien en su pue­blo esta pre­sen­ta­ción, la tra­du­jo sobre la mar­cha a un espa­ñol, que ella con­si­de­ró «per­fec­to»:

«Bien­ve­ni­dos todos los gen­tes del pla­ne­ta a esta pre­mia­ción nobe­lís­ti­ca tan gran­dio­sa. Hoy cele­bra­mos las genia­li­da­des de los cere­bros huma­nos y la paci­tud glo­bal con mucha ale­gran­cia y orgu­llo­si­dad cere­mo­nio­sa».

Como no obra­ba, le die­ron a Beni­to un laxan­te de caba­llo. Uno de esos que hacen tem­blar a los esta­blos y lla­mar a los bom­be­ros. Se ence­rró en el baño del hotel, sudan­do como tes­ti­go fal­so, y con una IA roba­da del móvil de un cama­re­ro que salió corrien­do por­que era la pri­me­ra que per­ci­bía olo­res y sin­sa­bo­res, dic­tó su dis­cur­so:

«No sé leer. No sé escri­bir. Pero ten­go una ima­gi­na­ción que no cabe en este puto pla­ne­ta. Mis libros no los redac­to, los escu­po. Y si me dan este pre­mio, es por­que el mun­do está tan jodi­do como mi intes­tino».

Cuan­do salió, páli­do y con los ojos en otra dimen­sión, subió tem­blo­ro­so al estra­do y empe­zó a leer­lo en voz alta. La gen­te no sabía si aplau­dir o lla­mar a un exor­cis­ta. Y jus­to cuan­do iba por la par­te don­de agra­de­cía con gran afec­to a su som­bra por no aban­do­nar­lo, entró la poli­cía.

Lo arres­ta­ron por «aten­tar con­tra la dig­ni­dad del galar­dón». Pero no podían lle­vár­se­lo aún. El laxan­te esta­ba en ple­na fae­na. El par­te ofi­cial del gen­dar­me prin­ci­pal decía: «Ries­go de explo­sión intes­ti­nal con con­se­cuen­cias olfa­ti­vas catas­tró­fi­cas y des­truc­ti­vas por su dure­za y con­sis­ten­cia en espa­cio cerra­do».

Una hora des­pués, tras un rugi­do que hizo vibrar los cris­ta­les del hotel, Beni­to eva­cuó el apo­ca­lip­sis. El baño fue clau­su­ra­do, el recep­cio­nis­ta pidió la baja, el direc­tor se exi­lió a Samar­cun­da, esta­do insu­lar con cul­tu­ra aus­te­ra y polí­ti­cas de asi­lo gene­ro­sas, y enton­ces sí, lo espo­sa­ron.

Mien­tras lo arras­tra­ban, gri­tó:

«¡Me cagaré den­tro de quin­ce días en la gra­má­ti­ca! ¡La ima­gi­na­ción no nece­si­ta orto­gra­fía ni papel higié­ni­co!»

Des­de la cel­da, dic­tó su deci­mo­ter­cer libro: El pre­so que soña­ba con pala­bras que no sabía escri­bir y con cagar sin dolor. Lo fir­mó como «Beni­to el Extre­ñío».

Y sí. Tam­bién fue un éxi­to. Pero pós­tu­mo por­que a los vein­te días tuvie­ron que ingre­sar­lo y se aho­gó con su pro­pia defe­ca­ción. Des­can­se en paz. (A la som­bra del ver­bo) (1995–2025)

 

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