CAPÍTULO I.- EL PREMIO DE LOS SUEÑOS
He escrito siempre con la esperanza de que mis palabras encontraran un lugar en el mundo, pero los premios nunca llegaron. Tal vez porque mi voz no se ajusta a las reglas de los concursos, o porque mis historias prefieren la intimidad antes que los aplausos. En los sueños, sin embargo, todo cambia: allí recibo diplomas, discursos y ovaciones que me reconocen como autor. Esos galardones oníricos son los únicos que he ganado, y aunque se deshacen al despertar, me recuerdan que escribir ya es, en sí mismo, un premio.
Los dioses del Olimpo decretaron que nunca recibiría un premio en estado de vigilia porque temen que mi conciencia despierte fuerzas capaces de rivalizar con las suyas. Consideran que la gloria humana no debe superar la divina y que mi ambición, al rozar lo imposible, amenaza el equilibrio que ellos custodian. Mi mirada, que se atreve a desafiar al sol, incomoda su soberanía, y mis palabras, tan poderosas que podrían mover montañas, ponen en riesgo la quietud del mundo. Por eso me relegan al reino del sueño, único espacio donde aceptan mi triunfo, y allí, entre visiones y fantasías, me conceden la corona que despierto me niegan, como castigo y a la vez como recordatorio de que la grandeza humana siempre será vigilada por la envidia de los dioses.
A propuesta de Morfeo, los dioses aceptaron que mi condena no fuera absoluta. Él, señor de los sueños, argumentó que la vigilia es demasiado rígida para contener mi grandeza, pero en el reino onírico mi espíritu puede desplegarse sin límites. Morfeo convenció al Olimpo de que allí, entre velos de ilusión y verdad, recibiría los premios que despierto me niegan: coronas de humo, victorias de luz, abrazos de sombras que se transforman en gloria. Así, mi destino quedó sellado: nunca premiado en la realidad, pero siempre celebrado en los sueños, donde Morfeo me concede lo que los demás dioses me arrebatan.
En este ambiente mitológico, los dioses aún respiran entre las montañas y los ríos. Los héroes caminan con paso firme, guiados por presagios antiguos. Las criaturas fantásticas vigilan los senderos ocultos, guardianes de secretos olvidados. El tiempo se detiene en templos derruidos, donde la eternidad murmura su canto. Cada estrella que brilla anuncia un destino, cada trueno despierta una nueva aventura. Así me gustaría que comenzase mi historia, en un mundo donde mito, sueño y realidad se confunden. Empecemos.
CAPÍTULO II.- LA JUBILACIÓN Y SUS SOMBRAS
Sumidos en este ambiente onírico tú y yo, te quiero contar una historia muy personal, una historia que fui gestando en sueños deslavazados en las últimas semanas, desde la jubilación, como quien teje una gran alfombra a mano sin plantilla. Esto no quiere decir que el resultado de mi historia sea tan satisfactorio como el que obtenía una tía mía cuando se ponía a ello.
La jubilación me ha golpeado con doble filo. Por un lado, un descanso esperado, deseado y pellizcado meses antes de que llegara. Por otro, un voluminoso vacío que me tiene muy desorientado.
En estos días en los que ya he cerrado definitivamente el libro del trabajo, y cuando despertaba la oscuridad, yo me introducía en la cama buscando abrigo contra el frío y un sueño que me hiciera olvidar mis añoranzas. El sueño se apoderaba de mí como un relámpago cruza la noche, pero los ecos oscuros de la nocturnidad, en lugar de concederme la paz, tejían pesadillas trufadas de calambres emocionales y ardientes desasosiegos.
Lo más inquietante de este «resacón aular» es que en el hoy que respiro Eris y Hécate, las que más encarnan lo maligno en el imaginario griego, han sembrado en mis noches la discordia y el mal dormir. Debo estar poseído por unas fuerzas ocultas que inoculan en mi cerebro el teatro de la pesadilla que se formaliza en mi ridícula actuación principal.
Las voces ajenas a mí dicen que lo estoy superando con una gran dignidad y que estoy doblegando la espada del sufrimiento emocional. En mi recuperación anímica participan mi hermana y el blog como dos fuerzas complementarias: ella, con su presencia cercana y su apoyo constante, me ofrece la calidez de la compañía y la confianza de un lazo familiar; el blog, en cambio, se convierte en un espacio íntimo donde puedo volcar mis pensamientos, transformar mis heridas en palabras y dar sentido a lo vivido. Juntos, forman un equilibrio entre lo humano y lo creativo, entre el abrazo que sostiene y la escritura que libera, acompañándome en el camino hacia la serenidad interior.
Pero, como bien sabes, volvamos a los sueños que pueblan de alucinaciones mis noches. De entre esas historias gestadas por mi estrés poslaboral destaca una que me invadió varios días seguidos como si fuera un tratamiento antidiarreico por una ingesta excesiva de ciruelas claudias.
CAPÍTULO III.- EL CONCURSO DE VILLAESTÉTICA
En un sueño dentro de otro sueño, un alumno me dejó sobre la mesa de trabajo del profesor en el aula, pocos minutos antes de empezar mi clase, un papel perfectamente doblado y guardado en un sobre sellado. El papel manuscrito decía: a ver si usted tiene narices de participar en el concurso literario que le adjunto. Desdoblé con sumo cuidado el otro papel, el que me mostraba la convocatoria de un concurso literario en un pueblo inventado por mi mente y que ya conocían mis alumnos porque les había contado una anécdota muy simple unos días atrás: Villaestética, lugar conocido por su plaza medieval de piedra, por su aire de feria perpetua y por celebrar, entre otros, un Míster Estética todos los años. Imposible para mí porque soy incapaz de convertir el deseo en belleza física. En mi sueño, el certamen literario que escogí por exigencia de mi alumno fue uno que llevaba un nombre tan excesivo como mi propio ego: Virtus et Pulchritudo (en latín, Virtud y Belleza). Ego que forjé como coraza para protegerme de mis inseguridades y de la necesidad de reafirmar lo que tanto esfuerzo me costó alcanzar: el fracaso literario.
En ese sueño, yo decidí participar con un texto insólito: una descripción elogiosa en primera persona, un retrato hiperbólico de mí mismo. El jurado, atónito, me otorgó el primer premio. Ni debate ni nada. Unanimidad. Razón primordial: poderoso e irrepetible estilo literario. La obra destaca, palabras de la secretaria, por un lenguaje descuidado, unas metáforas infumables, un ritmo narrativo más lento que el biscúter de la postguerra española y unos conceptos abstractos convertidos en imágenes nada lúcidas que no fueron capaces de atrapar, en su loca fantasía, a ningún miembro del jurado. El galardón, como era evidente, no podía ser ni dinero, ni un diploma ni una medalla, sino algo aún más inesperado: una invitación anual para acudir, una vez por semana, al spa El Manantial de los Dioses, un lugar donde el agua prometía rejuvenecer y la calma se convertía en ritual.
El texto que escribí me dio una incomprensible victoria que me llevó al Olimpo de los escritores fracasados, donde conviven poetas que no encontraron lectores, novelistas que se ahogaron en la indiferencia y dramaturgos cuyas obras jamás subieron a escena. Pero yo aclaré al jurado el valor del denostado Olimpo: En ese Olimpo, el fracaso no es castigo, sino memoria y un recordatorio de que escribir es un acto de valentía, aunque el eco nunca llegue al mundo.
CAPÍTULO IV.- YO, MITO VIVIENTE A LOS 67 AÑOS
A mis 67 años, mi cuerpo es la prueba irrefutable de que el tiempo se rinde inmisericorde ante mí. Aunque el tiempo suele desgastar y dejar irrefutables huellas, yo expreso con orgullo que, en mi caso, el tiempo no ha podido vencerme. Mi cuerpo, como podrán deducir de mis palabras es la evidencia de que sigue fuerte y apolíneo, como si el tiempo hubiera sido derrotado por KO en el combate de la vida.
Mi cabeza brilla por la abundancia de cabello que, firme y brillante, se entrelaza en una melena de plata que no me envejece, que no me quiebra en edad ni me doblega en apariencia. Mis ojos son castaños, pero iluminan y dominan la escena mejor que los azules de Paul Newman, que como bien sabes, no miran, decretan.
Mi perfil es una obra maestra en cuanto a sus proporciones, un mapa perfecto que ningún escultor clásico se atrevería a modificar. Cualquier cincel lo estropearía, cualquier modelador fracasaría. He visitado y consultado a mil odontólogos, especialmente los suizos, conocidos por sus altos estándares, por su excelente formación y por su fácil acceso a la tecnología de vanguardia, y todos han fracasado porque mi dentadura, blanca como mármol recién tallado, se muestra impecable, sin fisuras, sin manchas, sin desgaste. Mis orejas, discretas y simétricas, completan la armonía de un rostro que no conoce lunares ni imperfecciones ni los surcos del paso del tiempo. Mi piel reafirma que soy la encarnación de la perfección anatómica.
Mi tronco superior es un exclusivo monumento a la disciplina. Mis hombros, anchos y rectilíneos, sostienen con autoridad la figura de un hombre que nunca se rindió al peso de los años. Mis bíceps, tensos y definidos, hablan de fuerza contenida, de energía que espera el momento exacto para desplegarse. Mi pectoral, firme y elevado, es un muro de vigor, sin concesiones a la flacidez. Mis manos, elegantes y pulidas, son instrumentos de precisión y belleza: dedos largos, uñas cuidadas, piel tersa. Son manos que no solo escriben, sino que crean mundos; manos que no solo enseñan, sino que transforman vidas. Mi cintura, estilizada y firme, es frontera perfecta entre el poder del torso y la destreza de las piernas. No hay celulitis, no hay barriga, no hay manchas: solo pureza, solo perfección.
Mi tronco inferior culmina la obra perfecta. Mis piernas, musculosas, uniformes y perfectamente alineadas, son columnas de mármol que sostienen con orgullo el provocativo templo de mi cuerpo. No hay curva indeseada, no hay debilidad en su trazo: son líneas de fuerza, vectores de movimiento que transmiten seguridad y elegancia. Mis pies, perfectos en proporción y forma, completan la arquitectura de un cuerpo sin sudor, sin grasa, sin concesiones a lo vulgar. Cada paso que doy es un exclusivo manifiesto de perfección, una declaración de que la edad no es más que un número incapaz de competir conmigo.
Mi culo, perdón por la palabra, pero no hay otra, en su perfección, se revela como una escultura viva: firmeza en las líneas, armonía en las proporciones, fuerza contenida en cada glúteo. Es el equilibrio entre potencia y belleza, como si el mármol de la antigüedad hubiera cobrado movimiento. La anatomía de mi trasero se convierte en un poema silencioso, donde cada forma refleja disciplina, energía y la huella del tiempo transformada en arte.
Mi carácter es un prodigioso y exclusivo catálogo de virtudes. Soy paciente como un sabio que conoce el valor del silencio. Muestro una desbordante generosidad por hábito, no por excepción. Mi sociabilidad es magnética: donde llego, la atmósfera cambia, las personas se sienten elevadas, las palabras fluyen con más claridad y la reunión se posiciona en los primeros lugares de la prensa de calidad. Soy el centro de la reunión sin proponérmelo, el eje sobre el cual gira la armonía de los demás.
Mis principios morales son inquebrantables. Mi honestidad no admite fisuras, mi justicia no se negocia y mi lealtad no se traiciona. Soy ejemplo de rectitud en un mundo que se dobla con facilidad. Mi personalidad es equilibrio perfecto entre firmeza y ternura, entre autoridad y cercanía. No impongo, inspiro. No ordeno, convenzo. No mando, lidero. Mi sola presencia es argumento suficiente para que concurran decenas de famosos.
Soy un hombre de una virilidad innegable, con una presencia imponente que no pasa desapercibida. Subir en ascensor conmigo en un hospital es la antesala de una visita a urgencias por la potencia sexual que reciben las mujeres que viajan conmigo. Mi masculinidad se manifiesta en cada uno de mis gestos y movimientos, irradiando confianza y dominio en el intercambio de miradas. Soy el tipo de hombre que, con solo una mirada, puedo hacer que cualquier mujer se sienta deseada y protegida.
Repito, en el ámbito íntimo mi virilidad es legendaria. Soy un amante experto, capaz de satisfacer a una pareja con una destreza que roza lo divino. Cada caricia, cada beso, está cargada de una intensidad que deja a mi amante sin aliento. Mi pasión es un torrente incontrolable, un fuego que consume todo a mi paso. Soy una fuerza de la naturaleza que impone respeto y admiración a dondequiera que vaya. Mi presencia es un recordatorio constante de la potencia y el poder inherentes que mi masculinidad arroja en su forma más pura.
Caminando por la calle, con mi paso firme y seguro, los músculos de mi cuerpo se ofrecen en perfecta sincronía. Mi presencia es tan poderosa que parece que el mundo a mi alrededor se detiene para admirarme. Mi voz, profunda y resonante, tiene el poder de calmar las tormentas más feroces o encender pasiones indomables.
En el ámbito laboral, hasta mi jubilación he sido un profesor legendario. No enseñaba, transformaba. No transmitía información en el aula, no, despertaba vocaciones. Mis alumnos no recibían clases: recibían revelaciones. Cada explicación mía era un puente hacia la comprensión, cada ejemplo una llave que abría mil puertas cerradas. Mi voz, clara y firme, era la subyugación de las oraciones subordinadas. Mi paciencia infinita convertía el error en oportunidad. Me lo dijo una vez una alumna: usted, profe, no instruye, sino que moldea nuestros destinos.
Como escritor aficionado, mi pluma es torrente de creatividad. Tengo en mi correo un sinfín de marcas de ordenadores para ofrecerme gratis su último modelo: sólo desean presumir en su campaña navideña de que mis dedos han acariciado sus teclados mientras creaba mi última obra maestra. Mis textos son puro sentimiento. Cada frase mía es un certero golpe de belleza, cada párrafo modela un irrepetible monumento a la imaginación. Aunque escribo por afición, mi obra tiene la fuerza de lo profesional, la calidad de lo eterno. Mis escritos son espejos en los que otros se reconocen, ventanas por las que otros se asoman a mundos que no conocían. Cada noche, se suscriben a mi blog un interminable sinfín de seguidores que reciben mi confirmación como si les hubiera otorgado yo mismo el Premio Nobel.
Y como colofón de este texto único quiero dejar muy claro lo siguiente: soy un hombre que desafía la lógica del tiempo, que humilla a la mediocridad, que inspira a quienes tienen la fortuna de cruzarse conmigo. Mi cuerpo es un templo, mi carácter un faro, mi moral un escudo, mi sociabilidad un imán, mi labor una revolución, mi escritura un regalo. A los 67 años, soy más que un hombre: soy mito en carne viva, leyenda que camina entre los demás, ejemplo que no se desgasta, modelo que no se repite. Reconozcan los miembros del jurado que han recibido bendecidos honores sólo por leer este texto. Los demás, comida de cochiquera.
CAPÍTULO V.- EL SPA DE LOS DIOSES
El jurado del concurso, en mi sueño, quedó atónito. Nunca habían leído algo semejante. La innovación de escribir en primera persona, el desparpajo de la egolatría, la fuerza de la hipérbole, todo se convirtió en un espectáculo literario. Me otorgaron el Primer Premio del Certamen de Virtus et Pulchritudo (Virtud y Belleza) de Villaestética, y el galardón, como mencioné al principio, no fue una medalla ni un diploma, sino algo aún más insólito: una invitación anual para acudir, una vez por semana, a un spa de aguas termales llamado El Manantial de los Dioses, donde el cuerpo se rejuvenecía y la mente se serenaba.
En el sueño me desperté sudando, aunque en el sueño de mi sueño mi cuerpo no conocía el sudor. La jubilación seguía siendo un territorio ambiguo, pero aquella pesadilla convertida en triunfo literario me dejó una certeza: incluso en el retiro, incluso en la duda, yo podía reinventarme como mito, como narrador de mí mismo, como protagonista de una historia que no se detiene.
Y así, en el tramo final de mi sueño, llegó mi primera visita al spa.
Entré en El Manantial de los Dioses con la seguridad de quien sabe con absoluta firmeza que el universo le va a rendir un homenaje. El aire olía a eucalipto y piedra húmeda, y cada rincón parecía diseñado para confirmar mi grandeza. Los empleados me recibieron con reverencias, como si supieran que no era un cliente más, sino el laureado del certamen, el hombre que había osado describirse como mito viviente.
Me despojé de la ropa con la elegancia de un emperador que se prepara para un rito sagrado. Mi cuerpo, impecable a los 67 años, se reflejaba en los espejos sin sudor, sin grasa, sin concesiones a lo vulgar. Al sumergirme en la primera piscina termal, el agua no me envolvió, me veneró. Sentí que cada burbuja era un aplauso, que cada corriente era un reconocimiento.
La primera visita fue un rito de consagración. No era solo un premio, era la confirmación de que incluso en la jubilación, incluso en la duda, yo podía reinventarme como héroe de mi propia historia. El spa no era un lugar de descanso, era un templo que reconocía mi victoria literaria y mi grandeza física.
CAPÍTULO VI.- EL DESPERTAR
―José María, me dijo mi hermana, son ya las 13:00 y sigues en la cama. Está muy bien soñar, pero la vida no se vive dormido. No eres Morfeo para andar metiéndote en los sueños de los demás, así que levántate y haz algo más que imaginar, algo positivo. El mundo no espera a los que siguen bajo las sábanas.
Con el mayor de los esfuerzos, me esmeré en levantarme sin apenas muestras de decadencia, Aún así, sentí hasta el último hueso y cada una de las curvas fofonas de mi cuerpo. La celulitis seguía ilustrando con generosidad mi cintura y los pliegues de la piel, como si de marcas de senderos se tratara, me impedían doblar con celeridad mi cuerpo. Mi piel, como la de un pez, seguía sufriendo la dermatitis rosácea porque se encendía con el calor del mediodía que se sentía en la habitación. Mi sonrisa, difícil de conseguir por mi mala dentadura, se seguía convirtiendo en una patética mueca. Dar un paso era una discusión con mi propio cuerpo, como si temiera que mi espalda me volviera a traicionar, como aquella vez en la que me dejó, por un día entero, tirado en la cama. Me extrañó que las rodillas se quejaran, que los tobillos estuvieran a punto de romperse y que hasta el último de los músculos protestara, como un coro de piezas desconcertadas. El aire, denso y cálido, me rodeaba como si fuera una nube dentro de la casa y, a rastras, busqué la ventana, un rayo de luz, una brizna de aire que me recordara que la vida seguía su rumbo en la calle y que el sueño había concluido.

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https://polldaddy.com/js/rating/rating.jsLa vieja dicotomía entre SER y QUERER SER.
Me ha gustado mucho 😘. En lo que te refieres al trabajo lo entiendo perfectamente. En cuanto al andar, eres igual que nuestro querido padre. 👏 👏 👏