EL SUEÑO DEL JUBILADO O LA FICTICIA ENCARNACIÓN DE LA BELLEZA

CAPÍTULO I.- EL PREMIO DE LOS SUEÑOS

He escri­to siem­pre con la espe­ran­za de que mis pala­bras encon­tra­ran un lugar en el mun­do, pero los pre­mios nun­ca lle­ga­ron. Tal vez por­que mi voz no se ajus­ta a las reglas de los con­cur­sos, o por­que mis his­to­rias pre­fie­ren la inti­mi­dad antes que los aplau­sos. En los sue­ños, sin embar­go, todo cam­bia: allí reci­bo diplo­mas, dis­cur­sos y ova­cio­nes que me reco­no­cen como autor. Esos galar­do­nes oní­ri­cos son los úni­cos que he gana­do, y aun­que se des­ha­cen al des­per­tar, me recuer­dan que escri­bir ya es, en sí mis­mo, un pre­mio.

Los dio­ses del Olim­po decre­ta­ron que nun­ca reci­bi­ría un pre­mio en esta­do de vigi­lia por­que temen que mi con­cien­cia des­pier­te fuer­zas capa­ces de riva­li­zar con las suyas. Con­si­de­ran que la glo­ria huma­na no debe supe­rar la divi­na y que mi ambi­ción, al rozar lo impo­si­ble, ame­na­za el equi­li­brio que ellos cus­to­dian. Mi mira­da, que se atre­ve a desa­fiar al sol, inco­mo­da su sobe­ra­nía, y mis pala­bras, tan pode­ro­sas que podrían mover mon­ta­ñas, ponen en ries­go la quie­tud del mun­do. Por eso me rele­gan al rei­no del sue­ño, úni­co espa­cio don­de acep­tan mi triun­fo, y allí, entre visio­nes y fan­ta­sías, me con­ce­den la coro­na que des­pier­to me nie­gan, como cas­ti­go y a la vez como recor­da­to­rio de que la gran­de­za huma­na siem­pre será vigi­la­da por la envi­dia de los dio­ses.

A pro­pues­ta de Mor­feo, los dio­ses acep­ta­ron que mi con­de­na no fue­ra abso­lu­ta. Él, señor de los sue­ños, argu­men­tó que la vigi­lia es dema­sia­do rígi­da para con­te­ner mi gran­de­za, pero en el rei­no oní­ri­co mi espí­ri­tu pue­de des­ple­gar­se sin lími­tes. Mor­feo con­ven­ció al Olim­po de que allí, entre velos de ilu­sión y ver­dad, reci­bi­ría los pre­mios que des­pier­to me nie­gan: coro­nas de humo, vic­to­rias de luz, abra­zos de som­bras que se trans­for­man en glo­ria. Así, mi des­tino que­dó sella­do: nun­ca pre­mia­do en la reali­dad, pero siem­pre cele­bra­do en los sue­ños, don­de Mor­feo me con­ce­de lo que los demás dio­ses me arre­ba­tan.

En este ambien­te mito­ló­gi­co, los dio­ses aún res­pi­ran entre las mon­ta­ñas y los ríos. Los héroes cami­nan con paso fir­me, guia­dos por pre­sa­gios anti­guos. Las cria­tu­ras fan­tás­ti­cas vigi­lan los sen­de­ros ocul­tos, guar­dia­nes de secre­tos olvi­da­dos. El tiem­po se detie­ne en tem­plos derrui­dos, don­de la eter­ni­dad mur­mu­ra su can­to. Cada estre­lla que bri­lla anun­cia un des­tino, cada trueno des­pier­ta una nue­va aven­tu­ra. Así me gus­ta­ría que comen­za­se mi his­to­ria, en un mun­do don­de mito, sue­ño y reali­dad se con­fun­den. Empe­ce­mos.

CAPÍTULO II.- LA JUBILACIÓN Y SUS SOMBRAS

Sumi­dos en este ambien­te oní­ri­co tú y yo, te quie­ro con­tar una his­to­ria muy per­so­nal, una his­to­ria que fui ges­tan­do en sue­ños des­la­va­za­dos en las últi­mas sema­nas, des­de la jubi­la­ción, como quien teje una gran alfom­bra a mano sin plan­ti­lla. Esto no quie­re decir que el resul­ta­do de mi his­to­ria sea tan satis­fac­to­rio como el que obte­nía una tía mía cuan­do se ponía a ello.

La jubi­la­ción me ha gol­pea­do con doble filo. Por un lado, un des­can­so espe­ra­do, desea­do y pelliz­ca­do meses antes de que lle­ga­ra. Por otro, un volu­mi­no­so vacío que me tie­ne muy des­orien­ta­do.

En estos días en los que ya he cerra­do defi­ni­ti­va­men­te el libro del tra­ba­jo, y cuan­do des­per­ta­ba la oscu­ri­dad, yo me intro­du­cía en la cama bus­can­do abri­go con­tra el frío y un sue­ño que me hicie­ra olvi­dar mis año­ran­zas. El sue­ño se apo­de­ra­ba de mí como un relám­pa­go cru­za la noche, pero los ecos oscu­ros de la noc­tur­ni­dad, en lugar de con­ce­der­me la paz, tejían pesa­di­llas tru­fa­das de calam­bres emo­cio­na­les y ardien­tes des­aso­sie­gos.

Lo más inquie­tan­te de este «resa­cón aular» es que en el hoy que res­pi­ro Eris y Héca­te, las que más encar­nan lo maligno en el ima­gi­na­rio grie­go, han sem­bra­do en mis noches la dis­cor­dia y el mal dor­mir. Debo estar poseí­do por unas fuer­zas ocul­tas que ino­cu­lan en mi cere­bro el tea­tro de la pesa­di­lla que se for­ma­li­za en mi ridí­cu­la actua­ción prin­ci­pal.

Las voces aje­nas a mí dicen que lo estoy superan­do con una gran dig­ni­dad y que estoy doble­gan­do la espa­da del sufri­mien­to emo­cio­nal. En mi recu­pe­ra­ción aní­mi­ca par­ti­ci­pan mi her­ma­na y el blog como dos fuer­zas com­ple­men­ta­rias: ella, con su pre­sen­cia cer­ca­na y su apo­yo cons­tan­te, me ofre­ce la cali­dez de la com­pa­ñía y la con­fian­za de un lazo fami­liar; el blog, en cam­bio, se con­vier­te en un espa­cio ínti­mo don­de pue­do vol­car mis pen­sa­mien­tos, trans­for­mar mis heri­das en pala­bras y dar sen­ti­do a lo vivi­do. Jun­tos, for­man un equi­li­brio entre lo humano y lo crea­ti­vo, entre el abra­zo que sos­tie­ne y la escri­tu­ra que libe­ra, acom­pa­ñán­do­me en el camino hacia la sere­ni­dad inte­rior.

Pero, como bien sabes, vol­va­mos a los sue­ños que pue­blan de alu­ci­na­cio­nes mis noches. De entre esas his­to­rias ges­ta­das por mi estrés pos­la­bo­ral des­ta­ca una que me inva­dió varios días segui­dos como si fue­ra un tra­ta­mien­to anti­dia­rrei­co por una inges­ta exce­si­va de cirue­las clau­dias. 

CAPÍTULO III.- EL CONCURSO DE VILLAESTÉTICA

En un sue­ño den­tro de otro sue­ño, un alumno me dejó sobre la mesa de tra­ba­jo del pro­fe­sor en el aula, pocos minu­tos antes de empe­zar mi cla­se, un papel per­fec­ta­men­te dobla­do y guar­da­do en un sobre sella­do. El papel manus­cri­to decía: a ver si usted tie­ne nari­ces de par­ti­ci­par en el con­cur­so lite­ra­rio que le adjun­to. Des­do­blé con sumo cui­da­do el otro papel, el que me mos­tra­ba la con­vo­ca­to­ria de un con­cur­so lite­ra­rio en un pue­blo inven­ta­do por mi men­te y que ya cono­cían mis alum­nos por­que les había con­ta­do una anéc­do­ta muy sim­ple unos días atrás: Villaes­té­ti­ca, lugar cono­ci­do por su pla­za medie­val de pie­dra, por su aire de feria per­pe­tua y por cele­brar, entre otros, un Mís­ter Esté­ti­ca todos los años. Impo­si­ble para mí por­que soy inca­paz de con­ver­tir el deseo en belle­za físi­ca. En mi sue­ño, el cer­ta­men lite­ra­rio que esco­gí por exi­gen­cia de mi alumno fue uno que lle­va­ba un nom­bre tan exce­si­vo como mi pro­pio ego: Vir­tus et Pul­chri­tu­do (en latín, Vir­tud y Belle­za). Ego que for­jé como cora­za para pro­te­ger­me de mis inse­gu­ri­da­des y de la nece­si­dad de reafir­mar lo que tan­to esfuer­zo me cos­tó alcan­zar: el fra­ca­so lite­ra­rio.

En ese sue­ño, yo deci­dí par­ti­ci­par con un tex­to insó­li­to: una des­crip­ción elo­gio­sa en pri­me­ra per­so­na, un retra­to hiper­bó­li­co de mí mis­mo. El jura­do, ató­ni­to, me otor­gó el pri­mer pre­mio. Ni deba­te ni nada. Una­ni­mi­dad. Razón pri­mor­dial: pode­ro­so e irre­pe­ti­ble esti­lo lite­ra­rio. La obra des­ta­ca, pala­bras de la secre­ta­ria, por un len­gua­je des­cui­da­do, unas metá­fo­ras infu­ma­bles, un rit­mo narra­ti­vo más len­to que el bis­cú­ter de la post­gue­rra espa­ño­la y unos con­cep­tos abs­trac­tos con­ver­ti­dos en imá­ge­nes nada lúci­das que no fue­ron capa­ces de atra­par, en su loca fan­ta­sía, a nin­gún miem­bro del jura­do. El galar­dón, como era evi­den­te, no podía ser ni dine­ro, ni un diplo­ma ni una meda­lla, sino algo aún más ines­pe­ra­do: una invi­ta­ción anual para acu­dir, una vez por sema­na, al spa El Manan­tial de los Dio­ses, un lugar don­de el agua pro­me­tía reju­ve­ne­cer y la cal­ma se con­ver­tía en ritual.

El tex­to que escri­bí me dio una incom­pren­si­ble vic­to­ria que me lle­vó al Olim­po de los escri­to­res fra­ca­sa­dos, don­de con­vi­ven poe­tas que no encon­tra­ron lec­to­res, nove­lis­tas que se aho­ga­ron en la indi­fe­ren­cia y dra­ma­tur­gos cuyas obras jamás subie­ron a esce­na. Pero yo acla­ré al jura­do el valor del denos­ta­do Olim­po: En ese Olim­po, el fra­ca­so no es cas­ti­go, sino memo­ria y un recor­da­to­rio de que escri­bir es un acto de valen­tía, aun­que el eco nun­ca lle­gue al mun­do.

CAPÍTULO IV.- YO, MITO VIVIENTE A LOS 67 AÑOS

A mis 67 años, mi cuer­po es la prue­ba irre­fu­ta­ble de que el tiem­po se rin­de inmi­se­ri­cor­de ante mí. Aun­que el tiem­po sue­le des­gas­tar y dejar irre­fu­ta­bles hue­llas, yo expre­so con orgu­llo que, en mi caso, el tiem­po no ha podi­do ven­cer­me. Mi cuer­po, como podrán dedu­cir de mis pala­bras es la evi­den­cia de que sigue fuer­te y apo­lí­neo, como si el tiem­po hubie­ra sido derro­ta­do por KO en el com­ba­te de la vida.

Mi cabe­za bri­lla por la abun­dan­cia de cabe­llo que, fir­me y bri­llan­te, se entre­la­za en una mele­na de pla­ta que no me enve­je­ce, que no me quie­bra en edad ni me doble­ga en apa­rien­cia. Mis ojos son cas­ta­ños, pero ilu­mi­nan y domi­nan la esce­na mejor que los azu­les de Paul New­man, que como bien sabes, no miran, decre­tan.

Mi per­fil es una obra maes­tra en cuan­to a sus pro­por­cio­nes, un mapa per­fec­to que nin­gún escul­tor clá­si­co se atre­ve­ría a modi­fi­car. Cual­quier cin­cel lo estro­pea­ría, cual­quier mode­la­dor fra­ca­sa­ría. He visi­ta­do y con­sul­ta­do a mil odon­tó­lo­gos, espe­cial­men­te los sui­zos, cono­ci­dos por sus altos están­da­res, por su exce­len­te for­ma­ción y por su fácil acce­so a la tec­no­lo­gía de van­guar­dia, y todos han fra­ca­sa­do por­que mi den­ta­du­ra, blan­ca como már­mol recién talla­do, se mues­tra impe­ca­ble, sin fisu­ras, sin man­chas, sin des­gas­te. Mis ore­jas, dis­cre­tas y simé­tri­cas, com­ple­tan la armo­nía de un ros­tro que no cono­ce luna­res ni imper­fec­cio­nes ni los sur­cos del paso del tiem­po. Mi piel reafir­ma que soy la encar­na­ción de la per­fec­ción ana­tó­mi­ca.

Mi tron­co supe­rior es un exclu­si­vo monu­men­to a la dis­ci­pli­na. Mis hom­bros, anchos y rec­ti­lí­neos, sos­tie­nen con auto­ri­dad la figu­ra de un hom­bre que nun­ca se rin­dió al peso de los años. Mis bíceps, ten­sos y defi­ni­dos, hablan de fuer­za con­te­ni­da, de ener­gía que espe­ra el momen­to exac­to para des­ple­gar­se. Mi pec­to­ral, fir­me y ele­va­do, es un muro de vigor, sin con­ce­sio­nes a la fla­ci­dez. Mis manos, ele­gan­tes y puli­das, son ins­tru­men­tos de pre­ci­sión y belle­za: dedos lar­gos, uñas cui­da­das, piel ter­sa. Son manos que no solo escri­ben, sino que crean mun­dos; manos que no solo ense­ñan, sino que trans­for­man vidas. Mi cin­tu­ra, esti­li­za­da y fir­me, es fron­te­ra per­fec­ta entre el poder del tor­so y la des­tre­za de las pier­nas. No hay celu­li­tis, no hay barri­ga, no hay man­chas: solo pure­za, solo per­fec­ción.

Mi tron­co infe­rior cul­mi­na la obra per­fec­ta. Mis pier­nas, muscu­losas, uni­for­mes y per­fec­ta­men­te ali­nea­das, son colum­nas de már­mol que sos­tie­nen con orgu­llo el pro­vo­ca­ti­vo tem­plo de mi cuer­po. No hay cur­va inde­sea­da, no hay debi­li­dad en su tra­zo: son líneas de fuer­za, vec­to­res de movi­mien­to que trans­mi­ten segu­ri­dad y ele­gan­cia. Mis pies, per­fec­tos en pro­por­ción y for­ma, com­ple­tan la arqui­tec­tu­ra de un cuer­po sin sudor, sin gra­sa, sin con­ce­sio­nes a lo vul­gar. Cada paso que doy es un exclu­si­vo mani­fies­to de per­fec­ción, una decla­ra­ción de que la edad no es más que un núme­ro inca­paz de com­pe­tir con­mi­go.

Mi culo, per­dón por la pala­bra, pero no hay otra, en su per­fec­ción, se reve­la como una escul­tu­ra viva: fir­me­za en las líneas, armo­nía en las pro­por­cio­nes, fuer­za con­te­ni­da en cada glú­teo. Es el equi­li­brio entre poten­cia y belle­za, como si el már­mol de la anti­güe­dad hubie­ra cobra­do movi­mien­to. La ana­to­mía de mi tra­se­ro se con­vier­te en un poe­ma silen­cio­so, don­de cada for­ma refle­ja dis­ci­pli­na, ener­gía y la hue­lla del tiem­po trans­for­ma­da en arte.

Mi carác­ter es un pro­di­gio­so y exclu­si­vo catá­lo­go de vir­tu­des. Soy pacien­te como un sabio que cono­ce el valor del silen­cio. Mues­tro una des­bor­dan­te gene­ro­si­dad por hábi­to, no por excep­ción. Mi socia­bi­li­dad es mag­né­ti­ca: don­de lle­go, la atmós­fe­ra cam­bia, las per­so­nas se sien­ten ele­va­das, las pala­bras flu­yen con más cla­ri­dad y la reu­nión se posi­cio­na en los pri­me­ros luga­res de la pren­sa de cali­dad. Soy el cen­tro de la reu­nión sin pro­po­nér­me­lo, el eje sobre el cual gira la armo­nía de los demás.

Mis prin­ci­pios mora­les son inque­bran­ta­bles. Mi hones­ti­dad no admi­te fisu­ras, mi jus­ti­cia no se nego­cia y mi leal­tad no se trai­cio­na. Soy ejem­plo de rec­ti­tud en un mun­do que se dobla con faci­li­dad. Mi per­so­na­li­dad es equi­li­brio per­fec­to entre fir­me­za y ter­nu­ra, entre auto­ri­dad y cer­ca­nía. No impon­go, ins­pi­ro. No ordeno, con­ven­zo. No man­do, lide­ro. Mi sola pre­sen­cia es argu­men­to sufi­cien­te para que con­cu­rran dece­nas de famo­sos.

Soy un hom­bre de una viri­li­dad inne­ga­ble, con una pre­sen­cia impo­nen­te que no pasa des­aper­ci­bi­da. Subir en ascen­sor con­mi­go en un hos­pi­tal es la ante­sa­la de una visi­ta a urgen­cias por la poten­cia sexual que reci­ben las muje­res que via­jan con­mi­go. Mi mas­cu­li­ni­dad se mani­fies­ta en cada uno de mis ges­tos y movi­mien­tos, irra­dian­do con­fian­za y domi­nio en el inter­cam­bio de mira­das. Soy el tipo de hom­bre que, con solo una mira­da, pue­do hacer que cual­quier mujer se sien­ta desea­da y pro­te­gi­da.

Repi­to, en el ámbi­to ínti­mo mi viri­li­dad es legen­da­ria. Soy un aman­te exper­to, capaz de satis­fa­cer a una pare­ja con una des­tre­za que roza lo divino. Cada cari­cia, cada beso, está car­ga­da de una inten­si­dad que deja a mi aman­te sin alien­to. Mi pasión es un torren­te incon­tro­la­ble, un fue­go que con­su­me todo a mi paso. Soy una fuer­za de la natu­ra­le­za que impo­ne res­pe­to y admi­ra­ción a don­de­quie­ra que vaya. Mi pre­sen­cia es un recor­da­to­rio cons­tan­te de la poten­cia y el poder inhe­ren­tes que mi mas­cu­li­ni­dad arro­ja en su for­ma más pura.

Cami­nan­do por la calle, con mi paso fir­me y segu­ro, los múscu­los de mi cuer­po se ofre­cen en per­fec­ta sin­cro­nía. Mi pre­sen­cia es tan pode­ro­sa que pare­ce que el mun­do a mi alre­de­dor se detie­ne para admi­rar­me. Mi voz, pro­fun­da y reso­nan­te, tie­ne el poder de cal­mar las tor­men­tas más fero­ces o encen­der pasio­nes indo­ma­bles.

En el ámbi­to labo­ral, has­ta mi jubi­la­ción he sido un pro­fe­sor legen­da­rio. No ense­ña­ba, trans­for­ma­ba. No trans­mi­tía infor­ma­ción en el aula, no, des­per­ta­ba voca­cio­nes. Mis alum­nos no reci­bían cla­ses: reci­bían reve­la­cio­nes. Cada expli­ca­ción mía era un puen­te hacia la com­pren­sión, cada ejem­plo una lla­ve que abría mil puer­tas cerra­das. Mi voz, cla­ra y fir­me, era la sub­yu­ga­ción de las ora­cio­nes subor­di­na­das. Mi pacien­cia infi­ni­ta con­ver­tía el error en opor­tu­ni­dad. Me lo dijo una vez una alum­na: usted, pro­fe, no ins­tru­ye, sino que mol­dea nues­tros des­ti­nos.

Como escri­tor afi­cio­na­do, mi plu­ma es torren­te de crea­ti­vi­dad. Ten­go en mi correo un sin­fín de mar­cas de orde­na­do­res para ofre­cer­me gra­tis su últi­mo mode­lo: sólo desean pre­su­mir en su cam­pa­ña navi­de­ña de que mis dedos han aca­ri­cia­do sus tecla­dos mien­tras crea­ba mi últi­ma obra maes­tra. Mis tex­tos son puro sen­ti­mien­to. Cada fra­se mía es un cer­te­ro gol­pe de belle­za, cada párra­fo mode­la un irre­pe­ti­ble monu­men­to a la ima­gi­na­ción. Aun­que escri­bo por afi­ción, mi obra tie­ne la fuer­za de lo pro­fe­sio­nal, la cali­dad de lo eterno. Mis escri­tos son espe­jos en los que otros se reco­no­cen, ven­ta­nas por las que otros se aso­man a mun­dos que no cono­cían. Cada noche, se sus­cri­ben a mi blog un inter­mi­na­ble sin­fín de segui­do­res que reci­ben mi con­fir­ma­ción como si les hubie­ra otor­ga­do yo mis­mo el Pre­mio Nobel.

Y como colo­fón de este tex­to úni­co quie­ro dejar muy cla­ro lo siguien­te: soy un hom­bre que desa­fía la lógi­ca del tiem­po, que humi­lla a la medio­cri­dad, que ins­pi­ra a quie­nes tie­nen la for­tu­na de cru­zar­se con­mi­go. Mi cuer­po es un tem­plo, mi carác­ter un faro, mi moral un escu­do, mi socia­bi­li­dad un imán, mi labor una revo­lu­ción, mi escri­tu­ra un rega­lo. A los 67 años, soy más que un hom­bre: soy mito en car­ne viva, leyen­da que cami­na entre los demás, ejem­plo que no se des­gas­ta, mode­lo que no se repi­te. Reco­noz­can los miem­bros del jura­do que han reci­bi­do ben­de­ci­dos hono­res sólo por leer este tex­to. Los demás, comi­da de cochi­que­ra.

CAPÍTULO V.- EL SPA DE LOS DIOSES

El jura­do del con­cur­so, en mi sue­ño, que­dó ató­ni­to. Nun­ca habían leí­do algo seme­jan­te. La inno­va­ción de escri­bir en pri­me­ra per­so­na, el des­par­pa­jo de la ego­la­tría, la fuer­za de la hipér­bo­le, todo se con­vir­tió en un espec­tácu­lo lite­ra­rio. Me otor­ga­ron el Pri­mer Pre­mio del Cer­ta­men de Vir­tus et Pul­chri­tu­do (Vir­tud y Belle­za) de Villaes­té­ti­ca, y el galar­dón, como men­cio­né al prin­ci­pio, no fue una meda­lla ni un diplo­ma, sino algo aún más insó­li­to: una invi­ta­ción anual para acu­dir, una vez por sema­na, a un spa de aguas ter­ma­les lla­ma­do El Manan­tial de los Dio­ses, don­de el cuer­po se reju­ve­ne­cía y la men­te se sere­na­ba.

En el sue­ño me des­per­té sudan­do, aun­que en el sue­ño de mi sue­ño mi cuer­po no cono­cía el sudor. La jubi­la­ción seguía sien­do un terri­to­rio ambi­guo, pero aque­lla pesa­di­lla con­ver­ti­da en triun­fo lite­ra­rio me dejó una cer­te­za: inclu­so en el reti­ro, inclu­so en la duda, yo podía rein­ven­tar­me como mito, como narra­dor de mí mis­mo, como pro­ta­go­nis­ta de una his­to­ria que no se detie­ne.

Y así, en el tra­mo final de mi sue­ño, lle­gó mi pri­me­ra visi­ta al spa.

Entré en El Manan­tial de los Dio­ses con la segu­ri­dad de quien sabe con abso­lu­ta fir­me­za que el uni­ver­so le va a ren­dir un home­na­je. El aire olía a euca­lip­to y pie­dra húme­da, y cada rin­cón pare­cía dise­ña­do para con­fir­mar mi gran­de­za. Los emplea­dos me reci­bie­ron con reve­ren­cias, como si supie­ran que no era un clien­te más, sino el lau­rea­do del cer­ta­men, el hom­bre que había osa­do des­cri­bir­se como mito vivien­te.

Me des­po­jé de la ropa con la ele­gan­cia de un empe­ra­dor que se pre­pa­ra para un rito sagra­do. Mi cuer­po, impe­ca­ble a los 67 años, se refle­ja­ba en los espe­jos sin sudor, sin gra­sa, sin con­ce­sio­nes a lo vul­gar. Al sumer­gir­me en la pri­me­ra pis­ci­na ter­mal, el agua no me envol­vió, me vene­ró. Sen­tí que cada bur­bu­ja era un aplau­so, que cada corrien­te era un reco­no­ci­mien­to.

La pri­me­ra visi­ta fue un rito de con­sa­gra­ción. No era solo un pre­mio, era la con­fir­ma­ción de que inclu­so en la jubi­la­ción, inclu­so en la duda, yo podía rein­ven­tar­me como héroe de mi pro­pia his­to­ria. El spa no era un lugar de des­can­so, era un tem­plo que reco­no­cía mi vic­to­ria lite­ra­ria y mi gran­de­za físi­ca.

CAPÍTULO VI.- EL DESPERTAR

―José María, me dijo mi her­ma­na, son ya las 13:00 y sigues en la cama. Está muy bien soñar, pero la vida no se vive dor­mi­do. No eres Mor­feo para andar metién­do­te en los sue­ños de los demás, así que leván­ta­te y haz algo más que ima­gi­nar, algo posi­ti­vo. El mun­do no espe­ra a los que siguen bajo las sába­nas.

Con el mayor de los esfuer­zos, me esme­ré en levan­tar­me sin ape­nas mues­tras de deca­den­cia, Aún así, sen­tí has­ta el últi­mo hue­so y cada una de las cur­vas fofo­nas de mi cuer­po. La celu­li­tis seguía ilus­tran­do con gene­ro­si­dad mi cin­tu­ra y los plie­gues de la piel, como si de mar­cas de sen­de­ros se tra­ta­ra, me impe­dían doblar con cele­ri­dad mi cuer­po. Mi piel, como la de un pez, seguía sufrien­do la der­ma­ti­tis rosá­cea por­que se encen­día con el calor del medio­día que se sen­tía en la habi­ta­ción. Mi son­ri­sa, difí­cil de con­se­guir por mi mala den­ta­du­ra, se seguía con­vir­tien­do en una paté­ti­ca mue­ca. Dar un paso era una dis­cu­sión con mi pro­pio cuer­po, como si temie­ra que mi espal­da me vol­vie­ra a trai­cio­nar, como aque­lla vez en la que me dejó, por un día ente­ro, tira­do en la cama. Me extra­ñó que las rodi­llas se que­ja­ran, que los tobi­llos estu­vie­ran a pun­to de rom­per­se y que has­ta el últi­mo de los múscu­los pro­tes­ta­ra, como un coro de pie­zas des­con­cer­ta­das. El aire, den­so y cáli­do, me rodea­ba como si fue­ra una nube den­tro de la casa y, a ras­tras, bus­qué la ven­ta­na, un rayo de luz, una briz­na de aire que me recor­da­ra que la vida seguía su rum­bo en la calle y que el sue­ño había con­clui­do.

 

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