El tiempo no pasa, nos pasa: cruza por nosotros como una brisa que reacomoda los papeles de la mesa y deja, sin hacer ruido, una esquina doblada en cada cosa. A la luz le toma medidas nuevas cada tarde; mueve los contornos, afina una sombra, estira las mangas de la memoria. En los cristales flotan partículas que antes fueron harina, tiza, lluvia: archipiélagos minúsculos que nos recuerdan que todo viaja, incluso cuando parece quieto. Los relojes laten por costumbre, pero es en lo inmóvil —el cuenco, el marco, la silla que conoce nuestro peso— donde el tiempo escribe más hondo.
A veces, al abrir un cajón, vuelve un olor antiguo, pan y bicicleta, una voz que nombra lo que ya no está en su sitio. Las calles cambiaron de nombre sin consultarnos, y, sin embargo, al pasar por la esquina de siempre el cuerpo saluda como si volviera de un viaje. Los retratos guardan miradas que aprendieron a vivir en silencio, y el mantel tiene una cartografía de manchas que sería difícil llamar manchas: son islas donde aquel verano descansa, todavía tibio.
Con los años, uno aprende a dejar que el día haga su trabajo: pulir, deshilachar, pulir. Nos volvemos anfitriones de ausencias pequeñas, de hábitos que ya no hacen ruido, de promesas que se cumplieron por otros caminos. No es tristeza, o no solamente: es una gratitud extraña por lo que se queda sin quedarse, por lo que nos acompaña cambiando de forma. Al final de la tarde, cuando el color se afloja y la ventana se vuelve un espejo, el tiempo nos acerca una taza y nos invita a nombrar lo que aún es cálido. Y lo nombramos luz, aunque ya esté anocheciendo. (A la sombra del verbo) (1995–2025)