POR QUÉ ESCRIBO

Escri­bo por­que me gus­ta escri­bir. No por ofi­cio ni por nece­si­dad públi­ca, sino por pla­cer ínti­mo. Escri­bo del mis­mo modo que leo: en silen­cio, sin pri­sas, como quien con­ver­sa con­si­go mis­mo sin espe­rar res­pues­ta. La piel que tam­bién somos nace de ese lugar inte­rior don­de las emo­cio­nes se guar­dan más de lo que se expre­san, no por fal­ta de inten­si­dad, sino por exce­so de cau­te­la.

Siem­pre fui una per­so­na tími­da. No en el sen­ti­do de la inse­gu­ri­dad cons­tan­te, sino de esa timi­dez que obser­va antes de hablar, que pre­fie­re el rin­cón tran­qui­lo a la voz alta, que sien­te más de lo que dice. Muchas de las pala­bras que habi­tan este libro no se mar­cha­ron por­que no encon­tra­ron el momen­to ade­cua­do. Se que­da­ron den­tro por mie­do a fra­ca­sar, a no ser com­pren­di­das, a expo­ner lo que es pro­fun­da­men­te per­so­nal: la sole­dad, el amor con­te­ni­do, la frus­tra­ción, la ver­güen­za, la deso­la­ción.

Este libro no nace de un dolor con­cre­to, sino de una acu­mu­la­ción len­ta de sen­ti­mien­tos. Son emo­cio­nes peque­ñas, coti­dia­nas, a veces con­tra­dic­to­rias, que se fue­ron ins­ta­lan­do con el paso del tiem­po. La sole­dad, aquí, no es aban­dono, sino elec­ción par­cial. Por­que estar solo no sig­ni­fi­ca estar vacío. Sig­ni­fi­ca, muchas veces, estar acom­pa­ña­do de uno mis­mo, de los libros, de la memo­ria, de las pala­bras que aún no se han dicho.

La piel que tam­bién somos no pre­ten­de expli­car nada. Es un espa­cio de sin­ce­ri­dad dis­cre­ta. No hay gran­des decla­ra­cio­nes ni ges­tos dra­má­ti­cos. Hay silen­cios, dudas, mira­das hacia den­tro. Hay amor, pero no siem­pre corres­pon­di­do. Hay deseos que no se cum­plie­ron y otros que ni siquie­ra lle­ga­ron a for­mu­lar­se. Hay la sen­sa­ción cons­tan­te de que hablar dema­sia­do pue­de rom­per algo frá­gil.

Escri­bo estas pági­nas sabien­do que no todo el mun­do se reco­no­ce­rá en ellas. Y está bien. Este no es un libro para mul­ti­tu­des, sino para lec­to­res que entien­den que la vida emo­cio­nal tam­bién se cons­tru­ye des­de la reser­va, des­de la con­ten­ción, des­de la pala­bra que deci­de que­dar­se. Por­que a veces, lo más ver­da­de­ro es lo que nun­ca se mar­chó. (A la som­bra del ver­bo)

 

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