Cada domingo, ya ocioso e improductivo, un profesor jubilado de buen porte ―eso creía él― se sentaba en el mismo banco de la calle Francisco Silvela, justo frente a una colonia de palomas que ya no lo reconocían ni lo temían cuando una mujer mayor las invitaba a diario a un suculento desayuno de migas de pan.
―Las palomas, él sólo veía su lado sombrío, son susurros grises del abandono, alas que ensucian el cielo con polvo urbano, miradas vacías que mendigan migas y sombras que devoran la pureza de las plazas.
Llevaba siempre consigo un smartphone con el que escuchaba música en la plataforma que explota económicamente a los artistas. Especialmente música de los ochenta. Porque los ochenta, según él, tienen ese rollo que engancha: canciones pegadizas y espontáneas, ritmos que te levantan el ánimo y letras que se sienten muy cercanas. Además, nos recuerdan tiempos más simples, fiestas con amigos y la sensación de libertad. Es música que nunca pasa de moda, como un viejo amigo que siempre te hace sonreír.
En una aplicación tenía anotados los nombres de viejos conocidos ―muchos de ellos tachados― que le habían asegurado un guasap para saber de él y de su júbilo o para enviarle una felicitación por Navidad.
―Quiero que permanezcan en mi memoria y quiero que estos nombres sean como tatuajes de mi vida laboral ―decía―, porque mi memoria es un archivo oxidado en el que guardo piezas que chirrían al abrirse, algunas intactas, otras corroídas, pero todas muy apreciadas por mí. Y ahí quiero tener yo a mis conocidos, rechinen o no.
Esto se lo comentaba a otro jubilado que se sentaba a su lado con un respirador de oxígeno que le impedía hablar con normalidad. El buen hombre lo escuchaba con enorme devoción y el profesor jubilado se lo agradecía con desmesura. Era el tiempo de gloria de dos jubilados. Hasta que un día dejó de ir. El dueño de una ferretería le comunicó que estaba ingresado en la Princesa.
En su día a día el profesor jubilado comprobó que todo lo que se movía en su entorno se había vuelto silencio; y su voz, cada vez más herida, el único rescoldo que le había dejado la enseñanza, solo encontraba eco en un pasado cada vez más lejano. Sentía la jubilación como un reloj sin manecillas: el tiempo sigue, pero ya no marca rumbo, solo silencio y la sombra de lo que fue.
Debido a su mala memoria, un día se dejó ―o abandonó, todo cabía en él― en el banco su móvil abierto por la aplicación de notas. Así pasó la mañana. Por la tarde, un grupo de chicos que salían del colegio se sentaron en el banco a jugar con sus respectivos móviles. En un principio, no tocaron el smartphone abandonado, pero la curiosidad ―ese perro suelto que olfatea cada esquina, que corre sin mirar atrás y que muerde todo lo que desconoce― les pudo y el más listillo lo cogió y leyó lo que tenía escrito: «Si alguien me recuerda, que deje escrito aquí cómo era yo cuando aún me esperaban».
Los chicos se callaron durante unos segundos y el más listo sentenció: Ya tenemos tema para el trabajo de Educación en Valores Cívicos y Éticos.
Desde entonces, el banco de las notas, olvidado con tristeza por el profesor jubilado como un libro cerrado en una estantería polvorienta, tiene flores frescas todos los domingos. (Nieblas y lembranzas)

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https://polldaddy.com/js/rating/rating.jsPreciosa despedida de 2025. Que 2026 os traiga, queridos Loli y Josemari, un montón de cosas buenas.
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Totalmente de acuerdo contigo. 👏 Ánimo!!! 👏 👏 👏