EL JOVEN JOSÉ MARÍA MÁIZ TOGORES

 Aquí estoy yo, recién sali­do del cas­ca­rón ado­les­cen­te, tan joven que la edad se dela­ta sin pie­dad en la cali­dad dudo­sa de la foto. Sen­ta­do a la mesa, comien­do con un gru­po de ami­gos y abso­lu­ta­men­te con­ven­ci­do de que la vida era, bási­ca­men­te, esto: una mesa bien ser­vi­da, bue­na com­pa­ñía y cero res­pon­sa­bi­li­da­des en el hori­zon­te. Creo que en El Esco­rial. La ropa era la que toca­ba —sin cri­te­rio, pero con orgu­llo—, el pei­na­do una apues­ta valien­te y sin mar­cha atrás, y la son­ri­sa la de un joven que aún no tenía ni la más remo­ta idea de todo lo que le venía enci­ma… y, sin­ce­ra­men­te, tam­po­co lo nece­si­ta­ba.

Hablá­ba­mos alto, como si el mun­do tuvie­ra que ente­rar­se de nues­tras con­ver­sa­cio­nes, reía­mos toda­vía más y vivía­mos con la fir­me cer­te­za de que el futu­ro, de algu­na mane­ra mis­te­rio­sa, ya se las apa­ña­ría solo. No había pri­sa, no había mie­do y las preo­cu­pa­cio­nes, que las había, que­da­ban siem­pre para «maña­na», ese maña­na que nun­ca lle­ga­ba.

Sal­go solo en la foto por­que los cole­gas de mesa son gen­te dis­cre­ta, gen­te del «comi­té de los pre­mium» que en la actua­li­dad no quie­ren airear­se en públi­co no vayan a ser reco­no­ci­dos y son caza­dos por algún ave­za­do papa­raz­zi.

En un acto de empa­tía, en la foto me pon­go una ser­vi­lle­ta en la cabe­za con la inten­ción de no des­ta­car dema­sia­do, y sal­var el ano­ni­ma­to del gru­po de los papa­raz­zi.

Hoy miro esa foto con retran­ca, con mucha ter­nu­ra y una son­ri­sa cóm­pli­ce, por­que aquel mucha­cho no sabía abso­lu­ta­men­te nada de la vida… pero, sin dar­se cuen­ta, esta­ba cur­san­do un más­ter exprés en amis­tad, risas inter­mi­na­bles y momen­tos sen­ci­llos que, con el tiem­po, han aca­ba­do valien­do más que cual­quier sobre­me­sa lar­ga o cual­quier plan sofis­ti­ca­do. Y oye, no salió tan mal la juga­da. (Imá­ge­nes comen­ta­das por JMMT)

 

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