UN SUEÑO «ACADÉMICO»

Me jubi­lé hace poco ―aún sufro el «resa­cón» de la ense­ñan­za― des­pués de trein­ta y sie­te años ense­ñan­do Len­gua y Lite­ra­tu­ra espa­ño­las, que son, dicho sea de paso, dos mate­rias que tie­nen la mala cos­tum­bre de metér­se­te en la san­gre como el café: aun­que no tomes, sigue tem­blan­do por den­tro.

Son las seis de la maña­na. Argu­men­tan los exper­tos que es el momen­to ópti­mo para des­per­tar y que, en su sig­ni­fi­ca­do figu­ra­do, levan­tar­se a esa hora sue­le sim­bo­li­zar res­pon­sa­bi­li­dad, cons­tan­cia y sacri­fi­cio. Es el umbral entre la quie­tud de la noche y la acti­vi­dad del día, y que es la hora ideal para levan­tar­se de las per­so­nas exi­to­sas.

―Media hora de retra­so, José María, media hora de retra­so, me dice mi alter ego con una sor­na cris­pan­te. Tie­nes que poner­te en mar­cha. No te va dar tiem­po a nada, siem­pre igual.

Resul­ta que esta noche he teni­do un sue­ño de los que vie­nen con argu­men­to, repar­to y ban­da sono­ra. Un sue­ño de esos que me atan a la cama al ama­ne­cer, pero cuya pér­di­da due­le infi­ni­ta­men­te más que des­per­tar.

―¿Ban­da sono­ra? Tú, que tie­nes los oídos enfren­ta­dos y que cada vez que can­tas no se sabe bien qué can­ción inter­pre­tas. Tú, que tie­nes el oído lleno de silen­cios don­de debe­rían nacer las notas.

Curio­so es que un 8 de enero, a bajo cero, me haya des­per­ta­do sudo­ro­so y con una sen­sa­ción de pro­fe nova­to, ese que apren­de a nadar a mar­chas for­za­das en un océano reple­to de las escru­ta­do­ras mira­das de los alum­nos.

―Lamen­ta­ble. Lamen­ta­ble. A tu edad, pen­sar que eres un pro­fe­sor nova­to sue­na rocam­bo­les­co y embus­te­ro. Tan­to como aque­lla noche que, con com­pa­ñía feme­ni­na, te empe­ñas­te en can­tar, en el karao­ke, la can­ción de Qui­que Gon­zá­lez Aun­que tú no lo sepas y dejas­te el espa­cio aco­ta­do para ese espec­tácu­lo más vacío que nues­tros bol­si­llos en el mes de enero.

Pron­to me di cuen­ta de que nada era reali­dad, de que todo había sido una fan­tas­ma­go­ría dig­na de lle­var a un esce­na­rio de públi­co juve­nil, ese que come palo­mi­tas, atien­de al móvil y habla en alto con el com­pa­ñe­ro de buta­ca des­pués de mil con­mi­na­cio­nes a guar­dar silen­cio.

En mi sue­ño no daba cla­se, cla­ro. No corre­gía. No eva­lua­ba. No mira­ba el reloj con esa mira­da de «Dios mío, aún que­dan trein­ta y ocho minu­tos». Yo sim­ple­men­te «apa­re­cía», abría la puer­ta, cru­za­ba el aula en silen­cio solem­ne —ese silen­cio que solo se con­si­gue cuan­do nadie entien­de qué está pasan­do— y empe­za­ba:

—«Oh!, mesa esco­lar de pata coja, / altar de la goma y la foto­co­pia, / mons­truo siba­ri­ta de la hora, / no juz­gues con dure­za mi poe­ma…»

Y los alum­nos, que en la vida real me habrían pedi­do ir al baño «con urgen­cia exis­ten­cial», allí per­ma­ne­cían hip­no­ti­za­dos. Has­ta los del fon­do, los que viven detrás de una cor­ti­na de pala­bras, cerra­ban la boca como quien reci­be una seve­ra repren­sión de la direc­to­ra. Solo se oían sus­pi­ros juve­ni­les. Algu­na llo­ra­ba. En pri­me­ra fila una chi­ca mur­mu­ró sar­cás­ti­ca: «¿Esto es… arte?». El alumno que esta­ba a su lado pre­gun­tó si podía «repe­tir cur­so» para seguir oyén­do­me.

El éxi­to fue atro­na­dor. El claus­tro me mira­ba con sus­pi­ca­cia y admi­ra­ción, esa mez­cla típi­ca del gre­mio: «no lo entien­do, pero me ofen­de que se gas­ten el pre­su­pues­to en un paya­so de la poe­sía». La jefa de estu­dios, que en mis tiem­pos se reco­rría las tuto­rías con el hora­rio de per­ma­nen­cias, me son­reía como si yo fue­se un pro­yec­to euro­peo. Y la direc­to­ra —esa mujer que siem­pre esta­ba fir­man­do docu­men­tos y repren­dien­do las ausen­cias con una bue­na mano izquier­da— me lla­mó a su des­pa­cho para decir­me, con voz gra­ve:

—Esto es lo que nece­si­ta el cen­tro: poe­sía sin tema­rio. Hue­les a Kea­ting, dicen tus com­pa­ñe­ros, pero, tran­qui­lo, si de mi depen­de, qui­zá te reno­ve­mos el con­tra­to en junio.

Y enton­ces ocu­rrió lo inevi­ta­ble: los padres. Aun­que no lo crea­mos, los alum­nos siguen con­tan­do en casa lo que ocu­rre, de for­ma anó­ma­la, en el cole­gio. Los debe­res y notas, no; los coti­lleos, sí.

En el sue­ño, la noti­cia corrió como si yo fue­se un «cono­ci­do influen­cer de la metá­fo­ra». Los padres, sor­pren­di­dos por el éxi­to, me abor­da­ron un día a la sali­da.

—Pro­fe­sor —me dijo una madre com­pues­ta para la oca­sión, que­re­mos asis­tir a sus sesio­nes de poe­sía. Lo hemos habla­do en el gru­po y somos mayo­ría los que que­re­mos que nos dé un reci­tal.

—¿Dón­de? —pre­gun­té, inge­nuo y nada recep­ti­vo.

—En el Reti­ro —dijo otro—. Esta mis­ma noche. A cin­co bajo cero. Que así se apre­cia mejor.

Yo, camino de casa, pen­sa­ba que el Reti­ro era ese lugar don­de los poe­tas se con­ge­lan con dig­ni­dad y las ána­des, si toda­vía hay, te juz­gan con una «pato­sa» seve­ri­dad.

Al final, acep­té, por­que en los sue­ños uno siem­pre asu­me retos incom­pren­si­bles con la natu­ra­li­dad con la que en la vida real uno acep­ta ser pre­si­den­te de la comu­ni­dad de veci­nos sin resis­tir­se lo más míni­mo o ser el estú­pi­do encar­ga­do del ami­go invi­si­ble en el tra­ba­jo.

Y allí esta­ba yo, bajo una faro­la tem­blo­ro­sa, con bufan­da has­ta las ore­jas y el alma lige­ra­men­te escar­cha­da, reci­tan­do ver­sos mien­tras el públi­co —padres envuel­tos en plu­mas, ter­mos de cho­co­la­te por doquier, niños medio dor­mi­dos y con la comi­su­ra de los labios con­ge­la­da como si fue­ran esta­lac­ti­tas o esta­lag­mi­tas, que no sé la dife­ren­cia— asen­tía con un refri­ge­ra­do fer­vor.

Cuan­do reci­té un sone­to sobre la til­de dia­crí­ti­ca como tra­ge­dia grie­ga, hubo cla­mor de satis­fac­ción. Cuan­do impro­vi­sé una oda a la «hache», esa letra fan­tas­ma que nadie res­pe­ta, alguien gri­tó: «¡Bra­vo!» y otro pidió «otra» como si estu­vie­ra en un con­cier­to de «Los Secre­tos».

Y al final, movi­do por una intui­ción ances­tral —por­que la poe­sía es gra­tis, pero el frío no—, saqué un ces­ti­llo, ese mis­mo que cuan­do tenía doce años pasa­ba por entre los ban­cos de mi que­ri­da María Auxi­lia­do­ra. Lo pasé con ele­gan­cia, como hacen los músi­cos del metro, con cara de «si no paga, no pasa nada, pero, al final, sí pasa».

El ces­ti­llo vol­vió a mi lugar, un mon­tícu­lo que habían idea­do algu­nos padres y alum­nos con la tie­rra que había acu­mu­la­da de una refo­res­ta­ción par­cial como si fue­ra un Ágo­ra con un pro­mon­to­rio para los sabios, «vacío» como el soni­do de mi gua­sap. Ni una mone­da. Ni un euro per­di­do por casua­li­dad. Ni un cén­ti­mo sen­ti­men­tal. Nada. El silen­cio fue un poe­ma en sí mis­mo.

Con ojos entu­me­ci­dos por el frío de la madru­ga­da, yo miré sor­pren­di­do a mis espec­ta­do­res, y estos se metie­ron las manos, guan­tes inclui­dos, en sus bol­si­llos, los ter­mos, mano­sea­dos con reite­ra­ción, libe­ra­ban los ner­vios de sus due­ños y la gene­ro­si­dad, como la mer­lu­za de Pes­ca­no­va en alta­mar, con­ge­la­da. Y enten­dí, con una cla­ri­dad gla­cial, que el arte se aplau­de con entu­sias­mo… siem­pre que no impli­que abrir la car­te­ra.

Así que dije para mí:

—Bien. Enton­ces, el últi­mo poe­ma lo impro­vi­sa­ré, como si fue­ra un mal suce­dá­neo del cho­co­la­te, sobre la raca­ne­ría y el mis­te­rio­so poco valor del arte lite­ra­rio. Me salió lleno de ripios, luga­res comu­nes y algu­na que otra cha­ba­ca­ne­ría: «Que viva el poe­ta, que viva el can­tar, / pero que no nos hagan a noso­tros pagar…

Los ver­sos eran dar­dos, sí, pero con pun­ta roma y son­rien­te. Me des­pe­dí con una reve­ren­cia que tenía más de iro­nía que de humil­dad. Algu­nos son­rie­ron ner­vio­sos, otros me mira­ron con admi­ra­ción y des­de el fon­do se oye­ron piro­pos y olés como si estu­vié­ra­mos en pleno San Isi­dro.

Y enton­ces me des­per­té sudo­ro­so, con el cora­zón ace­le­ra­do y la gar­gan­ta seca, como si hubie­ra reci­ta­do cien ende­ca­sí­la­bos den­tro de un con­ge­la­dor. Tar­dé unos segun­dos en recor­dar lo esen­cial: que no había padres, que no esta­ba en el Reti­ro y que mi ces­ti­llo por las nubes voló.

Solo esta­ba yo, jubi­la­do de ver­dad, tum­ba­do en la cama con la pier­na cru­za­da y pen­san­do en cómo hilar el sue­ño que había teni­do.

De pron­to, mi her­ma­na se aso­mó a mi habi­ta­ción con la pri­sa de quien nece­si­ta un desa­yuno en vena.

—Ven­ga, que hay que ir a la fru­te­ría y a la far­ma­cia.

Me levan­té con rit­mo can­sino. De pie, ante el flan­co izquier­do de mi libre­ría, ahí esta­ban mis poe­tas pre­di­lec­tos, me miré las manos y las con­tem­plé sin tiza, sin ces­ti­llo, sin tex­tos: sólo el vacío de la nada. Y pen­sé, con una ter­nu­ra un poco sar­cás­ti­ca, que la vida tie­ne su pro­pia métri­ca. Pre­pa­ré el café y nos sen­ta­mos mi her­ma­na y yo a desa­yu­nar.

—He soña­do, mi her­ma­na me escu­cha­ba en el desa­yuno con ges­to de resig­na­ción por la bata­lli­ta que se ave­ci­na­ba, que vol­vía a ser pro­fe­sor, sí, pero no de esos que entran, pasan lis­ta, expli­can la subor­di­na­da adje­ti­va, ponen notas y relle­nan par­tes. No. No. Yo era una espe­cie de «tro­va­dor cole­gial» y me dedi­ca­ba, de modo com­ple­ta­men­te impro­vi­sa­do, a pasear­me por las cla­ses como un alma en pena con tiza en el bol­si­llo y un cho­rre­tón de café con chu­rros en la cor­ba­ta, a reci­tar poe­mas y tex­tos lite­ra­rios escri­tos por mí.

El sue­ño me devol­vió al aula como un héroe líri­co… y la reali­dad, para que no se me subie­ran los ver­sos a la cabe­za, me devol­vió al kilo de naran­jas, a las pata­tas galle­gas y a la rodi­lle­ra.   

Y, fíja­te tú, Lola, en un iglú, con aplau­sos y a cin­co bajo cero, eso sí que es lite­ra­tu­ra de ver­dad. (A la som­bra del ver­bo)

 

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