
Ahí estoy yo, inclinado sobre la mesa como si el universo dependiera de esa frase que acabo de tachar por tercera vez, en mi estudio de mi antigua casa, donde los libros se amontonan con la misma lógica caótica que mis pensamientos antes del café. Escribo con la solemnidad de un notario medieval, convencido de que cada palabra pesa lo mismo que un ladrillo y que, si me equivoco, la estantería de atrás podría juzgarme en silencio. Mis gafas, levemente torcidas, parecen haber visto demasiadas guerras gramaticales, y aun así siguen firmes, como diciendo «hemos sobrevivido a peores borradores». El lápiz avanza, se detiene, retrocede, duda, suspira; es un tango intelectual entre la inspiración y la siesta que no se atreve a admitir. La casa cruje de fondo, no por vieja, sino porque está acostumbrada a escucharme prometer que esta vez sí, que este será el párrafo definitivo. Los libros abiertos actúan como público crítico: uno me mira con condescendencia, otro con abierta decepción, y alguno parece preguntarse por qué no me dediqué a la jardinería. Yo, imperturbable, sigo escribiendo, convencido de que la posteridad agradecerá ese adjetivo que acabo de rescatar del olvido. Hay algo heroico en mi postura, como si luchara contra un dragón invisible llamado «plazo de entrega», armado solo con un bolígrafo y una fe ligeramente desgastada. El escritorio es un campo de batalla: papeles, marcas, ideas a medio cocer y una taza que jura estar llena de café, pero solo ofrece nostalgia. Y aun así, en medio de ese desorden glorioso, sonrío apenas, porque sé que escribir en esa vieja casa no es solo trabajar, es negociar con el tiempo, hacerle una broma al silencio y, de paso, fingir que todo está perfectamente bajo control. (Imágenes comentadas por JMMT)
