EL SEÑORITO DEL FRASCO

En todas las fami­lias hay pecu­lia­ri­da­des dig­nas de men­ción. Sin ir más lejos, leí­do en un perió­di­co regio­nal hace unos años, un hijo, para no olvi­dar la memo­ria de su que­ri­dí­si­ma madre, todos los san­tos y cum­plea­ños de la difun­ta, rea­li­za­ba en su casa una cere­mo­nia ínti­ma que con­sis­tía en que­mar, con el for­ma­to de barri­tas de incien­so, un por­cen­ta­je míni­mo de las ceni­zas de su madre, para res­pi­rar el recuer­do de la mujer a la que más había que­ri­do. Fue adver­ti­do de la peli­gro­si­dad de la acción, pero hacien­do caso omi­so del aper­ci­bi­mien­to, lo siguió hacien­do en fechas suce­si­vas. Todo ter­mi­nó de modo brus­co una noche que tuvo que ir a urgen­cias por encon­trar­se mal y un vecino acce­dió a su casa y ver­tió las ceni­zas en el inodo­ro acom­pa­ña­das por tres vacia­dos de cis­ter­na. El pobre hom­bre no des­cu­brió nun­ca quién había come­ti­do el «ceni­ci­dio».

Des­pués de este curio­so ejem­plo de la Espa­ña pro­fun­da o super­fi­cial, me reafir­mo en que en todas las fami­lias, sobre todo si nos remon­ta­mos a los ale­ja­dos mil nove­cien­tos, ocu­rrie­ron acon­te­ci­mien­tos que, sin caer en la petu­lan­cia de la uni­ci­dad, pen­sa­mos que son hechos pró­xi­mos a la leyen­da más ori­gi­nal del roman­ce­ro anó­ni­mo. Es evi­den­te que mi fami­lia no iba a estar aje­na a tal carac­te­rís­ti­ca.

Allá, en la her­mo­sa y por enton­ces pue­ble­ri­na Com­pos­te­la, vivía, y vive, par­te de mi fami­lia mater­na y pater­na. Orgu­llo y satis­fac­ción, sin duda. Muchos dirán: otra de tan­tas. Pero lo curio­so vie­ne a con­ti­nua­ción.

Como era de rigor, todos los vera­nos se cele­bra­ba en un cén­tri­co res­tau­ran­te una comi­da de con­fra­ter­ni­dad fami­liar. Se acer­ca­ban a ella los mayo­res, algu­nos con enor­mes difi­cul­ta­des de motri­ci­dad; lue­go, los jóve­nes más des­pier­tos eran los que faci­li­ta­ban el tras­la­do de los demás; y los más peque­ños, que siem­pre gene­ra­ban algu­na situa­ción cómi­ca por mor de su impul­si­va juven­tud, vola­ban como pollas­tres sal­ta­ri­nes alre­de­dor de los mayo­res, espe­ran­do un gene­ro­so agui­nal­do.

Era de reci­bo que en estos even­tos, tras dis­fru­tar de una copio­sa comi­da, toma­ran la pala­bra las per­so­nas que ya pei­na­ban canas des­de hace años, sin pudor alguno, y rela­ta­ran a los pre­sen­tes algu­na aven­tu­ra pri­va­ti­va de la fami­lia. La expec­ta­ción siem­pre era máxi­ma, aun­que algu­nas «bata­lli­ñas» estu­vie­ran «más soba­das» que la sota­na de don Facun­do, cele­bran­te de la peque­ña ora­ción que se reza­ba, bue­na dis­cul­pa para el gau­dea­mus, en el ini­cio del sucu­len­to ban­que­te.

Las anéc­do­tas más sim­pá­ti­cas siem­pre venían de una tía nues­tra que tenía en su refa­jo más aven­tu­ras que el baúl de la Piquer. Era una mujer que cum­plía ese año otra vez ochen­ta años, según su pecu­liar for­ma de con­tar y des­con­tar años des­de el día que nació. 

Tenía un cutis ape­nas enve­je­ci­do que era la envi­dia de todos los pre­sen­tes, pues no había en su cara una sola arru­ga. Ella lo atri­buía a tomar todas las noches, antes de acos­tar­se, una copi­ta de oru­jo. No fal­ta­ba siem­pre el sobrino gra­cio­so que le hacía el típi­co comen­ta­rio bur­lón sobre el habi­lí­si­mo médi­co que le había esti­ra­do tal can­ti­dad de sur­cos facia­les. Ante estos «pin­cha­zos iró­ni­cos», ella siem­pre son­reía y enton­ces los ojos se con­ver­tían en dos líneas de luz, en dos fer­vien­tes hori­zon­tes de pie­dra y sol. Tenía la son­ri­sa de una niña inquie­ta y «rebul­dei­ra» siem­pre dis­pues­ta a hacer cual­quier tras­ta­da que fas­ti­dia­ra de bue­na fe a algu­nos mayo­res. De memo­ria pro­di­gio­sa, aún era capaz de reci­tar aque­llos ver­sos que el bueno de su difun­to mari­do siem­pre le can­ta­ba, con acor­des cla­ra­men­te diso­nan­tes, en su «des­con­ta­do ani­ver­sa­rio» para con­me­mo­rar el glo­rio­so día de su pri­me­ra cita: Esos tus ojos ver­des, niña, / te los com­pro si me los ven­des, / son her­mo­sa flor de jus­ti­cia, / cade­na con que tú me pren­des.

Sus recuer­dos siem­pre se remon­ta­ban a los tiem­pos de la mer­me­la­da de car­tón ―nun­ca expli­có el sig­ni­fi­ca­do de esta expre­sión―, con­cep­to que todos los pre­sen­tes tenían muy asu­mi­do. La pobre Manue­la, su fiel y devo­ta coci­ne­ra, era el blan­co de sus iro­nías más san­grien­tas. Que si no sabía nada de repos­te­ría, que tenía menos mano para los dul­ces que el muñón de Fran­cis­co el Ceu­tí ―un excom­ba­tien­te tulli­do de la gue­rra de Áfri­ca―, que en trein­ta años no fue capaz de hacer bien un molle­te de pan, y que si cada vez que inten­ta­ba hacer un arroz con leche los obre­ros de cual­quier obra pró­xi­ma daban sal­tos de ale­gría, pues ya tenían mate­ria pri­ma de pri­mer orden para ence­men­tar varias super­fi­cies.

Des­pués de tan­tos cuen­tos pica­jo­sos y cómi­cos sobre la impe­ri­cia de la bue­na de Manue­la, el cora­zón cris­tiano, decía ella, le obli­ga­ba a pon­de­rar algu­na de sus esca­sas vir­tu­des. Enton­ces habla­ba de mane­ra super­fi­cial de sus habi­li­da­des para hacer el coci­do galle­go con pata­tas de la tie­rra.

Da terra son todas, seño­ra, le con­tes­ta­ba algo moles­ta la «gui­san­dei­ra» una y otra vez, sin lle­gar nun­ca a enten­der la pobre mujer el doble sen­ti­do de la expre­sión.

Cuen­tan, y rabia­ba mi tía cuan­do lo oía, que has­ta venía de las aldeas limí­tro­fes a degus­tar «la ropa vie­ja» algún que otro geri­fal­te de hoja­la­ta o caci­que de rin­go­rran­go.

―Pero ya está bien, y cor­ta­ba de for­ma brus­ca los elo­gios, no vaya a ser que de tan­to bom­bo y de «tan­ta boca lle­na» con­vir­ta­mos esto en un con­fe­sio­na­rio. Expre­sión que enfu­re­cía, todo para sus aden­tros, al cura que pre­si­día la comi­da siem­pre que la oía.

―Ala­bo lo bue­na de ella y vitu­pe­ro lo malo. Eso es jus­ti­cia, ¿no? Pues hecha está. Y aho­ra, por favor, a comer.

Otras veces se ceba­ba en la gue­rra y con las cala­mi­da­des que sufrió nues­tra fami­lia al morir en ella gran par­te de los hom­bres. En un mun­do de hom­bres y sin hom­bres, se que­ja­ba con cier­ta rabia con­te­ni­da. En otras, se expla­ya­ba con los amo­ríos de algu­nos cono­ci­dos de las aldeas y las parro­quias veci­nas, tan abun­dan­tes ellos, según algu­nos.

―Mucho «fillo de peta na por­ta» hay en Gali­cia, mucho. Y se que­da­ba tan a gus­to con esta ase­ve­ra­ción más que atre­vi­da. Nadie era capaz de rechis­tar­le.

De esta for­ma tan curio­sa ani­ma­ba la comi­da, y miran­do de reo­jo al cura, que no habla­ba por­que no cesa­ba de comer, lan­zó a la fama a nues­tro pri­mo­cho, el seño­ri­to del fras­co.

Con­ta­ba que en la post­gue­rra, nues­tra fami­lia, como tan­tas otras, vivió de un modo iti­ne­ran­te por la geo­gra­fía espa­ño­la, siem­pre bus­can­do un lugar don­de asen­tar­se y poder vis­lum­brar un futu­ro menos dolo­ro­so e incier­to que el que les tocó vivir. En este pun­to siem­pre hacía una pau­sa para dar un dato esta­dís­ti­co un poco anqui­lo­sa­do.

―El índi­ce de mor­ta­li­dad infan­til en aque­lla épo­ca era muy alto. Tan­to, que no era de extra­ñar que en la mayo­ría de las fami­lias se vivie­ra un perio­do de luto más o menos exten­so por el falle­ci­mien­to de un crío de cor­ta edad y de otro fami­liar en fechas corre­la­ti­vas.

Olvi­dé el nom­bre, pero sé por lo que me con­ta­ron días pos­te­rio­res que habló, como úni­ca nove­dad, de una tía de la fami­lia que había per­di­do a cua­tro de los sie­te hijos que tuvo. Tres murie­ron por enfer­me­da­des pro­pias de enton­ces: menin­gi­tis, pul­mo­nía y una infec­ción de la san­gre que le sobre­vino des­pués de un via­je en tren por la comar­ca de Padrón. El últi­mo hijo, el «pecha­can­ce­las», que se iba a lla­mar Valen­tín, y ya lo lla­ma­ban Neco antes de nacer, falle­ció tras sufrir un abor­to la madre al caer esca­lo­nes aba­jo por la esca­le­ra prin­ci­pal de la casa.

Gran­dí­si­ma fue la pena que gene­ró tal des­gra­cia. Más de uno dijo que nadie de la fami­lia sal­dría con vida de aque­lla. Pero la fuer­za de la san­gre pudo con todo. Cuen­tan, sin nin­gu­na fia­bi­li­dad, que el párro­co, el médi­co y el juez fue­ron auto­ri­za­dos para otor­gar­le a la madre el bene­plá­ci­to, des­pués de ati­na­das car­tas a quien corres­pon­día, de con­ser­var en casa al feto con for­mol en un fras­co de cris­tal. La madre, obnu­bi­la­da por la fatal des­ven­tu­ra, deci­dió colo­car­lo en un lugar pre­fe­ren­te de la casa, jun­to a una radio Mar­co­ni que le habían traí­do de Ita­lia, para que fue­ra vene­ra­do por todos los miem­bros de la fami­lia y por cual­quier visi­tan­te que los apre­cia­ra lo más míni­mo.

―¡La radio se encien­de des­pués de la jacu­la­to­ria!, les decía a los adul­tos y a los niños que en ese momen­to se encon­tra­ran en su casa.

Todas las noches la bue­na mujer le reza­ba un rosa­rio y besa­ba el fras­co con tan­ta devo­ción que, sus súpli­cas, tar­de o tem­prano, tras un rosa­rio inter­mi­na­ble, serían escu­cha­das.

Por lo tan­to, con tan­to cam­bio que expe­ri­men­tó la fami­lia, el seño­ri­to del fras­co, como lo rebau­ti­zó la bue­na de Pilo­cha, via­jó por dife­ren­tes calles de otras tan­tas ciu­da­des galle­gas. Esta gene­ro­sa mujer, inex­per­ta e impul­si­va, ins­ti­tu­cio­na­li­zó una céle­bre fra­se en cada uno de los tras­la­dos:

―Seño­ra, ¿qué hago con el seño­ri­to del fras­co? ¿Dón­de lo pon­go?

―¡Qué vas a hacer, Pilo­cha, qué vas a hacer! ¡Cómo siem­pre! Pues coger­lo con las dos manos, hacer la señal de la cruz, besar­lo con muchí­si­mo res­pe­to y no sol­tar­lo has­ta que lle­gue­mos a nues­tra nue­va casa, que allí ya me encar­ga­ré yo de que lo ben­di­gan de nue­vo. Duran­te el tra­yec­to, ¡demo­nio de mujer!, que no se te olvi­de rezar­le una jacu­la­to­ria tras otra. ¡Cara­co­les con la juven­tud de hoy en día! ¡No saben nada!

―El seño­ri­to es mucho seño­ri­to de Dios, ros­ma­ba con cier­ta admi­ra­ción paté­ti­ca Pilo­cha, que no enten­día nada.

Y como la benig­na de nues­tra tía había comi­do, a pesar de sus años, como un cura de aldea, el sopor de la bue­na diges­tión la sumía año tras año en tal pro­fun­do sue­ño que siem­pre les impe­día a todos los pre­sen­tes cono­cer el últi­mo des­tino de nues­tro que­ri­do pri­mo, el seño­ri­to del fras­co. Los más peque­ños se jura­men­ta­ron que se lo saca­rían en un míni­mo momen­to de luci­dez.

―Dejad a la tía en paz. Dejad­la. No tenéis per­dón de Dios si pre­ten­déis des­per­tar­la.

―El sue­ño del oru­jo es de lo más pla­cen­te­ro, sen­ten­cia­ba un vie­jo cama­re­ro que había pasa­do, por pala­bras suyas, en muchas oca­sio­nes por una situa­ción seme­jan­te. (Gali­cia entre cuen­tos)

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