GALICIA ENTRE CUENTOS

CUENTOS DE VIEJO

Dios, que con mag­ní­fi­ca iro­nía, me dio a la vez los libros y la noche. (Jor­ge Luis Bor­ges)

Via­ja­mos a los años 70, años en los que Gali­cia esta­ba en ple­na tran­si­ción entre el mun­do rural tra­di­cio­nal y una moder­ni­za­ción aún inci­pien­te: gran par­te de la pobla­ción vivía en aldeas y peque­ñas parro­quias, y la agri­cul­tu­ra y gana­de­ría de sub­sis­ten­cia seguían sien­do comu­nes. La emi­gra­ción seguía mar­can­do con gran cru­de­za a la socie­dad galle­ga: Ale­ma­nia, Sui­za, Argen­ti­na y Vene­zue­la eran los des­ti­nos más esco­gi­dos por fami­lias que vivían en un esta­do pre­ca­rio y que bus­ca­ban en esos luga­res un futu­ro digno en el aspec­to eco­nó­mi­co. Por ello, muchas fami­lias depen­dían de las reme­sas envia­das des­de el extran­je­ro.

Nos tras­la­da­mos a una aldea del entorno noiés, pue­blo cos­te­ro que vivía del maris­queo, de la pes­ca arte­sa­nal, del comer­cio de cer­ca­nía y de nacien­tes par­ques empre­sa­ria­les. El cas­co his­tó­ri­co de Noia, sus pla­yas y su tra­di­ción gas­tro­nó­mi­ca atraían cada vez a más visi­tan­tes, lo que impul­sa­ba la aper­tu­ra de peque­ños hote­les, de esta­ble­ci­mien­tos de comi­da y de otros ser­vi­cios turís­ti­cos en tem­po­ra­da alta. Todo muy inci­pien­te.

La vida en las aldeas era muy dife­ren­te. Era una vida de relo­jes sin agu­jas, don­de el tiem­po no lo mar­ca­ba el calen­da­rio sino la llu­via, la sie­ga, el can­to del gallo y ese ritual anti­guo que era el orde­ño de las vacas, repe­ti­do todos los ano­che­ce­res con la mis­ma pacien­cia que el ama­ne­cer. El ban­co bajo, el cubo de metal, el soni­do rít­mi­co de la leche gol­pean­do el fon­do como un lati­do blan­co y cons­tan­te. Las manos cono­cían cada ubre, cada carác­ter. Había vacas tran­qui­las y otras que movían la cola con impa­cien­cia. Los cam­pe­si­nos habla­ban con ellas en voz baja, casi como con una per­so­na. En la aldea, los ani­ma­les, las vacas en con­cre­to, tenían nom­bre por­que «habían sido bau­ti­za­das» como se hacía con un recién naci­do: Maru­xa, Rubia, More­na, Estre­la… Tam­bién dis­fru­ta­ban de memo­ria y algu­nas que tenían un teto muy difí­cil espe­ra­ban a que unas cari­ño­sas manos las tra­ta­ran con esme­ra­da ter­nu­ra.

Por la noche, la aldea se reco­gía como un ani­mal man­so. Las puer­tas se cerra­ban sin lla­ve, pero con con­fian­za. La últi­ma luz de la coci­na que­da­ba encen­di­da un rato más, ama­ri­lla y tibia, mien­tras el res­to del mun­do se vol­vía som­bra. El cre­pi­tar de la leña era el úni­co reloj, mar­can­do el final del día con chas­qui­dos sua­ves.

En el verano, a esa hora mági­ca, pero a la vez inde­ter­mi­na­da, del ano­che­cer, cuan­do el sol se ocul­ta­ba en el hori­zon­te, cuan­do todos los gatos eran par­dos, cuan­do el cie­lo se con­ver­tía en una bella estam­pa de infi­ni­tos colo­res, y los pen­sa­mien­tos más sin­ce­ros se hacían pal­pa­bles y laten­tes todos los niños de la vecin­dad, en un orden en abso­lu­to pre­me­di­ta­do, se sen­ta­ban en el sue­lo de la coci­na, alre­de­dor de un vie­jo hom­bre, com­po­nien­do un armo­nio­so coro infan­til de ins­pi­ra­ción cla­ra­men­te macha­dia­na.

Las manos de este hom­bre, en otros tiem­pos fuer­tes, vigo­ro­sas y dies­tras, cuan­do tra­ba­ja­ba el cam­po con una voca­ción de clau­su­ra, tem­bla­ban como un mano­jo de vides al vien­to sereno de este ano­che­cer esti­val. La artro­sis las ha ido defor­man­do sin pri­sa, pero sin pau­sa. Y cuan­do vie­jo se ase­me­ja­ban más a unas can­sa­das ramas de un árbol cen­te­na­rio que a un bro­te recio y maci­zo como eran en su moce­dad y las rapa­zas dis­fru­ta­ban de la fuer­za con que las aga­rra­ba por la cin­tu­ra cuan­do bai­la­ba con ellas en las ferias de aldeas con­ti­guas.

Su voz, pri­mi­ti­va y des­tar­ta­la­da, nacía de una imper­cep­ti­ble comi­su­ra boquian­gos­ta; y, aun­que sona­ba con cier­ta poten­cia, ya no era sino un ale­ja­do reme­do de una cer­te­za injus­ta­men­te ani­qui­la­da por el paso del tiem­po. El tra­ba­jo en el cam­po é una mer­da de cara­llo, decía siem­pre que alguien le pre­gun­ta­ba. En algu­nas oca­sio­nes, su voz era silen­cia­da por el chas­quear y cre­pi­tar de la leña que ardía en la lum­bre, como si una maquia­vé­li­ca cons­pi­ra­ción, fra­gua­da en el cora­zón de la vie­ja larei­ra, qui­sie­se evi­tar el naci­mien­to de otra intere­san­tí­si­ma his­to­ria.

Su memo­ria, como un alpen­dre (cons­truc­ción cubier­ta para guar­dar los ins­tru­men­tos de labran­za) reple­to de inú­ti­les tras­tos, fluía len­ta y pau­sa­da, aun­que en pocas oca­sio­nes se dete­nía. En ella aún guar­da­ba leyen­das que de niño le con­tó cual­quier vecino de la aldea mien­tras juga­ba con una pala de made­ra en el atrio de la igle­sia. Cuen­tos que en su mayo­ría se fue­ron per­dien­do cuan­do la tele­vi­sión entró de impro­vi­so en algu­nas casas que tenían un mejor nivel eco­nó­mi­co.

El vie­jo (ape­la­ti­vo lleno de res­pe­to y cari­ño), ese día, leía un perió­di­co con dedos espas­mó­di­cos. ¡Cada vez le cos­ta­ba más esta sim­ple tarea que venía hacien­do des­de tiem­pos inme­mo­ria­les! Pero el ansia por encon­trar noti­cias intere­san­tes derro­ta­ba cual­quier obs­tácu­lo que se le ponía por delan­te.

Non lle meta­des pré­sa, fala­rá can­do lle pete. (No le metáis pri­sa, habla­rá cuan­do quie­ra). La voz de su hija se acre­cen­ta­ba como esa gigan­tes­ca som­bra que pro­yec­ta­ba la lum­bre en la pared de la oscu­ra coci­na.

El vie­jo, con los hom­bros muy encor­va­dos por la edad, habla­ba con su hija de los bene­fi­cios de la comi­da hecha en el pote, y se que­ja­ba con amar­gu­ra de per­der las cos­tum­bres de sus ante­pa­sa­dos cuan­do sus hijos le habla­ban de la olla exprés.

―Un árbol sin raí­ces no vive ni diez minu­tos. La fuer­za que da vida a nues­tro espí­ri­tu fue sem­bra­da por nues­tros ances­tros hace muchí­si­mos años en esta tie­rra. Al vie­jo le encan­ta­ba remon­tar­se a los tiem­pos de su infan­cia, esos tiem­pos ama­ri­llos que fue­ron el ger­men de su vas­to acer­vo cul­tu­ral.

―Ya no hay lugar en este mun­do para los vie­jos, filli­ña. La emi­gra­ción nos ha arre­ba­ta­do la vida y esto ―se toca­ba el pul­so de la muñe­ca― es una pró­rro­ga que nos rega­la cada día el de arri­ba. La muer­te cada vez nos deja más seña­les en el cuer­po y en el alma.

―Por Dios, padre, no le diga esas cosas a los niños, que tie­nen toda la vida por delan­te. Tus hijos vol­ve­rán, lo sabes muy bien, y vol­ve­rás a dis­fru­tar de su com­pa­ñía. El ges­to de incre­du­li­dad del vie­jo era bien plau­si­ble.

En la lum­bre la ceni­za de su vida y en las yemas de sus dedos los res­tos de la tin­ta negra del perió­di­co que per­dió su ino­cen­cia en sus manos. Las dos cosas eran el fru­to de unas expe­rien­cias que­ma­das por el monó­tono pasar de los últi­mos años.

El vie­jo cerró los ojos como si qui­sie­ra recha­zar la vida ino­cen­te de los rapa­ces que esta­ban sen­ta­dos delan­te de él y que tenían la mis­ma tena­ci­dad que un hie­rro en la for­ja, pero en el fon­do sabía que aque­lla fuer­za joven era el úni­co fue­go capaz de tem­plar su amar­gu­ra y devol­ver­le el lati­do que creía per­di­do.

Tras una peque­ña carras­pe­ra, cada vez más fre­cuen­te, mos­tró un pau­la­tino inte­rés por la rapa­za­da que tenía delan­te. La pér­di­da de la memo­ria era muy trai­cio­ne­ra y algu­nos de los rapa­ces inter­pre­ta­ron, ante una pau­sa en exce­so pro­lon­ga­da, que aquel hom­bre tiña xa balei­ra (tenía ya vacía) la antes reple­ta male­ta de sus recuer­dos.

―A ver, rapa­ces, escu­chad bien, que voy a rela­ta­ros la vie­ja his­to­ria de un hom­bre que tenía un pecho tan pelu­do que le lla­ma­ban Pei­to de Anchoa.

El rapa­ri­go que más defen­día al vie­jo miró con unos ojos lle­nos de rabia y cier­to des­pre­cio al mayor, que esta­ba sen­ta­do en un tabu­re­te, y que había pues­to en duda la memo­ria del anciano con una rebel­de mar­cha del lugar como si fue­ra un irman­di­ño.

―En otro tiem­po, hoy muy ale­ja­do ya, en la cono­ci­da fra­ga de Cece­bre vivía un hom­bre que mos­tra­ba un pecho tan ensor­ti­ja­do que decían que en el habi­ta­ban peque­ños fan­tas­mas que tenían un insó­li­to y mara­vi­llo­so poder: derro­tar a cual­quier bicho vivien­te que inten­ta­ra robar su comi­da. De aque­lla… cuan­do los árbo­les habla­ban en susu­rros y el vien­to sabía el nom­bre de cada pie­dra, nadie duda­ba de tal pro­di­gio. En la fra­ga, espe­sa y húme­da, corría la voz entre los zorros y los mir­los de que aquel hom­bre no nece­si­ta­ba tram­pas ni esco­pe­ta. Bas­ta­ba con que se sen­ta­ra a la som­bra de un car­ba­llo, des­mi­ga­ra un peda­zo de pan o abrie­ra su tale­ga, para que una invi­si­ble guar­dia se des­ple­ga­ra sobre su pecho ensor­ti­ja­do como una nie­bla viva. Decían que, si un lobi­cán (cru­ce de lobo y perro) se acer­ca­ba dema­sia­do, tro­pe­za­ba con algo que no se veía, pero sí se sen­tía: un cos­qui­lleo feroz, un tem­blor que la hacía huir con el rabo entre las patas. Y si un cuer­vo osa­ba pico­tear su merien­da, un soplo leve —casi una risa dimi­nu­ta— lo des­orien­ta­ba en pleno vue­lo. El hom­bre nun­ca con­fir­ma­ba ni des­men­tía nada… (Gali­cia entre cuen­tos)

EL SEÑORITO DEL FRASCO

En todas las fami­lias hay pecu­lia­ri­da­des dig­nas de men­ción. Sin ir más lejos, leí­do en un perió­di­co regio­nal hace unos años, un hijo, para no olvi­dar la memo­ria de su que­ri­dí­si­ma madre, todos los san­tos y cum­plea­ños de la difun­ta, rea­li­za­ba en su casa una cere­mo­nia ínti­ma que con­sis­tía en que­mar, con el for­ma­to de barri­tas de incien­so, un por­cen­ta­je míni­mo de las ceni­zas de su madre, para res­pi­rar el recuer­do de la mujer a la que más había que­ri­do. Fue adver­ti­do de la peli­gro­si­dad de la acción, pero hacien­do caso omi­so del aper­ci­bi­mien­to, lo siguió hacien­do en fechas suce­si­vas. Todo ter­mi­nó de modo brus­co una noche que tuvo que ir a urgen­cias por encon­trar­se mal y un vecino acce­dió a su casa y ver­tió las ceni­zas en el inodo­ro acom­pa­ña­das por tres vacia­dos de cis­ter­na. El pobre hom­bre no des­cu­brió nun­ca quién había come­ti­do el «ceni­ci­dio».

Des­pués de este curio­so ejem­plo de la Espa­ña pro­fun­da o super­fi­cial, me reafir­mo en que en todas las fami­lias, sobre todo si nos remon­ta­mos a los ale­ja­dos mil nove­cien­tos, ocu­rrie­ron acon­te­ci­mien­tos que, sin caer en la petu­lan­cia de la uni­ci­dad, pen­sa­mos que son hechos pró­xi­mos a la leyen­da más ori­gi­nal del roman­ce­ro anó­ni­mo. Es evi­den­te que mi fami­lia no iba a estar aje­na a tal carac­te­rís­ti­ca.

Allá, en la her­mo­sa y por enton­ces pue­ble­ri­na Com­pos­te­la, vivía, y vive, par­te de mi fami­lia mater­na y pater­na. Orgu­llo y satis­fac­ción, sin duda. Muchos dirán: otra de tan­tas. Pero lo curio­so vie­ne a con­ti­nua­ción.

Como era de rigor, todos los vera­nos se cele­bra­ba en un cén­tri­co res­tau­ran­te una comi­da de con­fra­ter­ni­dad fami­liar. Se acer­ca­ban a ella los mayo­res, algu­nos con enor­mes difi­cul­ta­des de motri­ci­dad; lue­go, los jóve­nes más des­pier­tos eran los que faci­li­ta­ban el tras­la­do de los demás; y los más peque­ños, que siem­pre gene­ra­ban algu­na situa­ción cómi­ca por mor de su impul­si­va juven­tud, vola­ban como pollas­tres sal­ta­ri­nes alre­de­dor de los mayo­res, espe­ran­do un gene­ro­so agui­nal­do.

Era de reci­bo que en estos even­tos, tras dis­fru­tar de una copio­sa comi­da, toma­ran la pala­bra las per­so­nas que ya pei­na­ban canas des­de hace años, sin pudor alguno, y rela­ta­ran a los pre­sen­tes algu­na aven­tu­ra pri­va­ti­va de la fami­lia. La expec­ta­ción siem­pre era máxi­ma, aun­que algu­nas «bata­lli­ñas» estu­vie­ran «más soba­das» que la sota­na de don Facun­do, cele­bran­te de la peque­ña ora­ción que se reza­ba, bue­na dis­cul­pa para el gau­dea­mus, en el ini­cio del sucu­len­to ban­que­te.

Las anéc­do­tas más sim­pá­ti­cas siem­pre venían de una tía nues­tra que tenía en su refa­jo más aven­tu­ras que el baúl de la Piquer. Era una mujer que cum­plía ese año otra vez ochen­ta años, según su pecu­liar for­ma de con­tar y des­con­tar años des­de el día que nació. 

Tenía un cutis ape­nas enve­je­ci­do que era la envi­dia de todos los pre­sen­tes, pues no había en su cara una sola arru­ga. Ella lo atri­buía a tomar todas las noches, antes de acos­tar­se, una copi­ta de oru­jo. No fal­ta­ba siem­pre el sobrino gra­cio­so que le hacía el típi­co comen­ta­rio bur­lón sobre el habi­lí­si­mo médi­co que le había esti­ra­do tal can­ti­dad de sur­cos facia­les. Ante estos «pin­cha­zos iró­ni­cos», ella siem­pre son­reía y enton­ces los ojos se con­ver­tían en dos líneas de luz, en dos fer­vien­tes hori­zon­tes de pie­dra y sol. Tenía la son­ri­sa de una niña inquie­ta y «rebul­dei­ra» siem­pre dis­pues­ta a hacer cual­quier tras­ta­da que fas­ti­dia­ra de bue­na fe a algu­nos mayo­res. De memo­ria pro­di­gio­sa, aún era capaz de reci­tar aque­llos ver­sos que el bueno de su difun­to mari­do siem­pre le can­ta­ba, con acor­des cla­ra­men­te diso­nan­tes, en su «des­con­ta­do ani­ver­sa­rio» para con­me­mo­rar el glo­rio­so día de su pri­me­ra cita: Esos tus ojos ver­des, niña, / te los com­pro si me los ven­des, / son her­mo­sa flor de jus­ti­cia, / cade­na con que tú me pren­des.

Sus recuer­dos siem­pre se remon­ta­ban a los tiem­pos de la mer­me­la­da de car­tón ―nun­ca expli­có el sig­ni­fi­ca­do de esta expre­sión―, con­cep­to que todos los pre­sen­tes tenían muy asu­mi­do. La pobre Manue­la, su fiel y devo­ta coci­ne­ra, era el blan­co de sus iro­nías más san­grien­tas. Que si no sabía nada de repos­te­ría, que tenía menos mano para los dul­ces que el muñón de Fran­cis­co el Ceu­tí ―un excom­ba­tien­te tulli­do de la gue­rra de Áfri­ca―, que en trein­ta años no fue capaz de hacer bien un molle­te de pan, y que si cada vez que inten­ta­ba hacer un arroz con leche los obre­ros de cual­quier obra pró­xi­ma daban sal­tos de ale­gría, pues ya tenían mate­ria pri­ma de pri­mer orden para ence­men­tar varias super­fi­cies.

Des­pués de tan­tos cuen­tos pica­jo­sos y cómi­cos sobre la impe­ri­cia de la bue­na de Manue­la, el cora­zón cris­tiano, decía ella, le obli­ga­ba a pon­de­rar algu­na de sus esca­sas vir­tu­des. Enton­ces habla­ba de mane­ra super­fi­cial de sus habi­li­da­des para hacer el coci­do galle­go con pata­tas de la tie­rra.

Da terra son todas, seño­ra, le con­tes­ta­ba algo moles­ta la «gui­san­dei­ra» una y otra vez, sin lle­gar nun­ca a enten­der la pobre mujer el doble sen­ti­do de la expre­sión.

Cuen­tan, y rabia­ba mi tía cuan­do lo oía, que has­ta venía de las aldeas limí­tro­fes a degus­tar «la ropa vie­ja» algún que otro geri­fal­te de hoja­la­ta o caci­que de rin­go­rran­go.

―Pero ya está bien, y cor­ta­ba de for­ma brus­ca los elo­gios, no vaya a ser que de tan­to bom­bo y de «tan­ta boca lle­na» con­vir­ta­mos esto en un con­fe­sio­na­rio. Expre­sión que enfu­re­cía, todo para sus aden­tros, al cura que pre­si­día la comi­da siem­pre que la oía.

―Ala­bo lo bue­na de ella y vitu­pe­ro lo malo. Eso es jus­ti­cia, ¿no? Pues hecha está. Y aho­ra, por favor, a comer.

Otras veces se ceba­ba en la gue­rra y con las cala­mi­da­des que sufrió nues­tra fami­lia al morir en ella gran par­te de los hom­bres. En un mun­do de hom­bres y sin hom­bres, se que­ja­ba con cier­ta rabia con­te­ni­da. En otras, se expla­ya­ba con los amo­ríos de algu­nos cono­ci­dos de las aldeas y las parro­quias veci­nas, tan abun­dan­tes ellos, según algu­nos.

―Mucho «fillo de peta na por­ta» hay en Gali­cia, mucho. Y se que­da­ba tan a gus­to con esta ase­ve­ra­ción más que atre­vi­da. Nadie era capaz de rechis­tar­le.

De esta for­ma tan curio­sa ani­ma­ba la comi­da, y miran­do de reo­jo al cura, que no habla­ba por­que no cesa­ba de comer, lan­zó a la fama a nues­tro pri­mo­cho, el seño­ri­to del fras­co.

Con­ta­ba que en la post­gue­rra, nues­tra fami­lia, como tan­tas otras, vivió de un modo iti­ne­ran­te por la geo­gra­fía espa­ño­la, siem­pre bus­can­do un lugar don­de asen­tar­se y poder vis­lum­brar un futu­ro menos dolo­ro­so e incier­to que el que les tocó vivir. En este pun­to siem­pre hacía una pau­sa para dar un dato esta­dís­ti­co un poco anqui­lo­sa­do.

―El índi­ce de mor­ta­li­dad infan­til en aque­lla épo­ca era muy alto. Tan­to, que no era de extra­ñar que en la mayo­ría de las fami­lias se vivie­ra un perio­do de luto más o menos exten­so por el falle­ci­mien­to de un crío de cor­ta edad y de otro fami­liar en fechas corre­la­ti­vas.

Olvi­dé el nom­bre, pero sé por lo que me con­ta­ron días pos­te­rio­res que habló, como úni­ca nove­dad, de una tía de la fami­lia que había per­di­do a cua­tro de los sie­te hijos que tuvo. Tres murie­ron por enfer­me­da­des pro­pias de enton­ces: menin­gi­tis, pul­mo­nía y una infec­ción de la san­gre que le sobre­vino des­pués de un via­je en tren por la comar­ca de Padrón. El últi­mo hijo, el «pecha­can­ce­las», que se iba a lla­mar Valen­tín, y ya lo lla­ma­ban Neco antes de nacer, falle­ció tras sufrir un abor­to la madre al caer esca­lo­nes aba­jo por la esca­le­ra prin­ci­pal de la casa.

Gran­dí­si­ma fue la pena que gene­ró tal des­gra­cia. Más de uno dijo que nadie de la fami­lia sal­dría con vida de aque­lla. Pero la fuer­za de la san­gre pudo con todo. Cuen­tan, sin nin­gu­na fia­bi­li­dad, que el párro­co, el médi­co y el juez fue­ron auto­ri­za­dos para otor­gar­le a la madre el bene­plá­ci­to, des­pués de ati­na­das car­tas a quien corres­pon­día, de con­ser­var en casa al feto con for­mol en un fras­co de cris­tal. La madre, obnu­bi­la­da por la fatal des­ven­tu­ra, deci­dió colo­car­lo en un lugar pre­fe­ren­te de la casa, jun­to a una radio Mar­co­ni que le habían traí­do de Ita­lia, para que fue­ra vene­ra­do por todos los miem­bros de la fami­lia y por cual­quier visi­tan­te que los apre­cia­ra lo más míni­mo.

―¡La radio se encien­de des­pués de la jacu­la­to­ria!, les decía a los adul­tos y a los niños que en ese momen­to se encon­tra­ran en su casa.

Todas las noches la bue­na mujer le reza­ba un rosa­rio y besa­ba el fras­co con tan­ta devo­ción que, sus súpli­cas, tar­de o tem­prano, tras un rosa­rio inter­mi­na­ble, serían escu­cha­das.

Por lo tan­to, con tan­to cam­bio que expe­ri­men­tó la fami­lia, el seño­ri­to del fras­co, como lo rebau­ti­zó la bue­na de Pilo­cha, via­jó por dife­ren­tes calles de otras tan­tas ciu­da­des galle­gas. Esta gene­ro­sa mujer, inex­per­ta e impul­si­va, ins­ti­tu­cio­na­li­zó una céle­bre fra­se en cada uno de los tras­la­dos:

―Seño­ra, ¿qué hago con el seño­ri­to del fras­co? ¿Dón­de lo pon­go?

―¡Qué vas a hacer, Pilo­cha, qué vas a hacer! ¡Cómo siem­pre! Pues coger­lo con las dos manos, hacer la señal de la cruz, besar­lo con muchí­si­mo res­pe­to y no sol­tar­lo has­ta que lle­gue­mos a nues­tra nue­va casa, que allí ya me encar­ga­ré yo de que lo ben­di­gan de nue­vo. Duran­te el tra­yec­to, ¡demo­nio de mujer!, que no se te olvi­de rezar­le una jacu­la­to­ria tras otra. ¡Cara­co­les con la juven­tud de hoy en día! ¡No saben nada!

―El seño­ri­to es mucho seño­ri­to de Dios, ros­ma­ba con cier­ta admi­ra­ción paté­ti­ca Pilo­cha, que no enten­día nada.

Y como la benig­na de nues­tra tía había comi­do, a pesar de sus años, como un cura de aldea, el sopor de la bue­na diges­tión la sumía año tras año en tal pro­fun­do sue­ño que siem­pre les impe­día a todos los pre­sen­tes cono­cer el últi­mo des­tino de nues­tro que­ri­do pri­mo, el seño­ri­to del fras­co. Los más peque­ños se jura­men­ta­ron que se lo saca­rían en un míni­mo momen­to de luci­dez.

―Dejad a la tía en paz. Dejad­la. No tenéis per­dón de Dios si pre­ten­déis des­per­tar­la.

―El sue­ño del oru­jo es de lo más pla­cen­te­ro, sen­ten­cia­ba un vie­jo cama­re­ro que había pasa­do, por pala­bras suyas, en muchas oca­sio­nes por una situa­ción seme­jan­te. (Gali­cia entre cuen­tos)

LA PEREGRINA Y EL BURGO: RECUERDOS DE UNA VIDA

Cuan­do pien­so en mi infan­cia y en mi ado­les­cen­cia —la tar­día tam­bién—, el cora­zón me lle­va inevi­ta­ble­men­te a dos aldeas que mar­ca­ron mi vida y la memo­ria de mi fami­lia.

En Ber­ta­mi­ráns, en la fin­ca de la fami­lia de mi madre lla­ma­da La Pere­gri­na, se alza­ba una peque­ña capi­lla que era mucho más que pie­dra y cal. Hoy sigue en pie, pero sin cul­to. Era nues­tro rin­cón sagra­do, el lugar don­de la Vir­gen Pere­gri­na nos aco­gía bajo su man­to pro­tec­tor.

Cada agos­to, la fies­ta lle­na­ba el aire de músi­ca, de risas y de devo­ción. Las cam­pa­nas repi­ca­ban con ale­gría, y noso­tros, niños y mayo­res, nos ves­tía­mos de gala para hon­rar a nues­tra Vir­gen. Aquel día era un encuen­tro de almas, un ins­tan­te en el que la fami­lia y los veci­nos nos fun­día­mos en una mis­ma emo­ción, entre el olor a ros­qui­llas y el soni­do de las gai­tas que hacían vibrar el cora­zón.

Lue­go, en sep­tiem­bre, el camino me lle­va­ba a Vedra, a la fin­ca de la fami­lia de mi padre lla­ma­da El Bur­go, don­de la Vir­gen de las Ermi­tas era la pro­ta­go­nis­ta. Allí la fies­ta tenía otro sabor, dis­tin­to, pero igual­men­te entra­ña­ble. Era como si el calen­da­rio nos rega­la­se dos citas impres­cin­di­bles, dos para­das obli­ga­das en el camino de la vida. En Vedra, la devo­ción tenía un tono más des­co­no­ci­do para mí, pero tam­bién más ínti­mo. Recuer­do las pro­ce­sio­nes, los can­tos, y esa sen­sa­ción de que cada pie­dra del lugar guar­da­ba la hue­lla de nues­tros ante­pa­sa­dos. Era como si el tiem­po se detu­vie­se, y noso­tros, peque­ños y gran­des, nos sin­tié­ra­mos par­te de una tra­di­ción que nos tras­cen­día.

Estas dos fies­tas, la de Ber­ta­mi­ráns y la de Vedra, eran mucho más que cele­bra­cio­nes reli­gio­sas. Eran la expre­sión viva de nues­tra iden­ti­dad, de la unión fami­liar, de la ale­gría com­par­ti­da y de la fe here­da­da. Cada vez que cie­rro los ojos, veo las luces de las fies­tas, escu­cho las gai­tas y sien­to el lati­do de las cam­pa­nas. Y en el fon­do de mi pecho, una gra­ti­tud inmen­sa cre­ce, por­que sé que esos recuer­dos son el teso­ro más valio­so que me deja­ron mis padres y mis abue­los.

Hoy, cuan­do regre­so de vez en cuan­do a esos luga­res, sien­to que las capi­llas siguen hablán­do­me, aun­que no ten­gan cul­to, que las Vír­ge­nes siguen mirán­do­me con esa ter­nu­ra anti­gua, y que cada agos­to y cada sep­tiem­bre son un puen­te entre el pasa­do y el pre­sen­te. Son la memo­ria viva de mi fami­lia, el recuer­do que me hace son­reír con nos­tal­gia y que me lle­na de orgu­llo. Por­que allí, entre Ber­ta­mi­ráns y Vedra, apren­dí que la fe y la fies­ta, la tra­di­ción y la ale­gría, pue­den con­vi­vir en un mis­mo lati­do, y que ese lati­do es el que nos man­tie­ne uni­dos, gene­ra­ción tras gene­ra­ción.

Pero hoy, cuan­do vuel­vo a esos luga­res, me sien­to tam­bién atra­ve­sa­do por una heri­da silen­cio­sa: sé que aque­llos tiem­pos no se pue­den recu­pe­rar, que las risas com­par­ti­das y el calor humano que lle­na­ba cada rin­cón ya no regre­sa­rán. Aho­ra veo cómo la imper­so­na­li­dad y la indi­fe­ren­cia cre­cen, cómo mucha gen­te, sobre todo en la segun­da fin­ca, pare­ce aje­na a mi pre­sen­cia, como si la memo­ria que yo guar­do con tan­to amor no tuvie­se ya refle­jo en sus ojos. Esa dis­tan­cia due­le, por­que con­tras­ta con la inten­si­dad del recuer­do, y me deja con una pro­fun­da sau­da­de, con una melan­co­lía que me acom­pa­ña y que, al mis­mo tiem­po, da sen­ti­do a mi fide­li­dad a esas raí­ces que nun­ca quie­ro olvi­dar.

ADDENDA.- El Bur­go lo ven­di­mos cuan­do yo tenía 22 años y, des­de enton­ces, siem­pre estu­vo en manos pri­va­das, cir­cuns­tan­cia que me difi­cul­tó mucho, tenien­do en cuen­ta ade­más mi gran timi­dez, su visi­ta; mien­tras que La Pere­gri­na la ven­di­mos con 33 años y con la noti­cia de que fue el Ayun­ta­mien­to de Ames quien la com­pró y la con­vir­tió en un espa­cio abier­to a la gen­te de Ber­ta­mi­ráns para visi­tar­la y rea­li­zar actos públi­cos. A cien metros se cons­tru­yó una nue­va capi­lla con la «vie­ja» Vir­gen Pere­gri­na, que está siem­pre abier­ta y tie­ne cul­to dia­rio. (Cuen­tos galle­gos) (2007)

LA PERRA DE SIETE VIDAS

Todo el mun­do sabe que el perro sim­bo­li­za la fide­li­dad y la leal­tad y que en muy pocas oca­sio­nes apa­re­ce con una sig­ni­fi­ca­ción mal­va­da y envi­le­ci­da.

―Algu­na vez tenía que ser, dijo el tío Filo­so. Ade­más, eso es por­que no cono­cie­ron a Milu­cha, ¡demo­nio de perra!

Cier­to es que el tío Filo­so no esta­ba muy de acuer­do con esa pre­mi­sa. Con­ta­ba él que, cuan­do era más joven, en la casa de A Maía, había una perra peque­rre­chi­ña que tenía unas avie­sas inten­cio­nes jamás cono­ci­das en la aldea.

―Es una sin­ver­güen­za, una des­al­ma­da. ¿Sabes lo que me hizo ayer? Se lan­zó como una ende­mo­nia­da des­de el des­ván don­de esta­ba escon­di­da hacia mi tobi­llo izquier­do y me dio en él un mor­dis­co del cara­jo. Toda­vía ten­go la mar­ca de sus dien­tes. La voy a matar un día. Lo juro.

Su sobrino mayor lo escu­cha­ba sin ape­nas mudar el color, pues cono­cía muy bien sus arti­ma­ñas.

―Eres peor que ella, Filo­so. Como dice el rap­so­da de A Maía, no es mala, es inten­sa. No muer­de por odio, sino por exce­so de entu­sias­mo. Su ladri­do no es ame­na­za, es poe­sía en cla­ve cani­na.

―No digas eso, Car­los; que yo sólo me defien­do de sus revi­ra­dos aco­me­ti­mien­tos. Sin ir más lejos, aún recuer­do el día que metió su hoci­co entre mis pier­nas y casi me con­vier­te en un eunu­co, en un cas­trón.

―¡Vaya, vaya! ¿Y el día en el que tú le metis­te en el culo un ciga­rro encen­di­do?

―¡Como no lo voy a recor­dar! Ese día me reí a car­ca­ja­das. ¡Dios, cómo corría la astu­ta por la era! Seme­ja­ba un cohe­te de feria. Y gru­ñía como un dra­gón medie­val.

―No la juz­gues por sus gru­ñi­dos. Escú­cha­los como quien escu­cha una can­ción en una aldea con un men­sa­je ocul­to.

―Sí. El otro día man­tu­ve una con­ver­sa­ción con Maxi­mino. ¡No sabes cómo bai­la­ba de joven la mui­ñei­ra! Y me dijo que los perros no hacen gam­be­rra­das, que son un escu­do con­tra todo aque­llo que no les gus­ta.

―Y tú, Filo­so, reco­no­ce que no la dejas en paz.

Milu­cha era una perra de nadie y de todos. Vivía en la fin­ca, pero nadie la com­pró. Apa­re­ció por allí como una pere­gri­na sin des­tino y como había com­pro­ba­do que allí había ali­men­to de vez en cuan­do, una golo­si­na, pues deci­dió que­dar­se. Pron­to sur­gie­ron los pro­ble­mas con los miem­bros más jóve­nes de la fami­lia. Al cabo de unos meses, tras mor­dis­cos, ara­ña­zos en todos los tobi­llos, robo de cal­ce­ti­nes y mea­das en luga­res intem­pes­ti­vos sólo se lle­va­ba bien con doña María, la matriar­ca de la fami­lia, que le daba siem­pre cobi­jo en su rega­zo como si fue­ra una niña.

Cuan­do veía a algún niño, salía a toda velo­ci­dad hacia un ban­co de pie­dra que había en la capi­lla y allí se escon­día lle­na de mie­do. Des­de ese rin­cón, obser­va­ba con curio­si­dad a los niños y espe­ra­ba que lle­ga­ra el momen­to jus­to en el que uno de esos niños se sen­ta­ba en el sue­lo a su lado, sin pri­sas, y le ofre­cía una cari­cia sin exi­gen­cias. Por­que inclu­so las perri­tas más gam­be­rras como Milu­cha tie­nen su pro­pio rit­mo para con­fiar en los demás. Espe­cial­men­te des­pués de la últi­ma gam­be­rra­da.

Era una tar­de tran­qui­la, mien­tras la casa res­pi­ra­ba sies­ta y silen­cio des­pués de comer. Milu­cha deci­dió que los coji­nes del sofá no esta­ban cum­plien­do su fun­ción esté­ti­ca y con sigi­lo de ladrón de guan­te blan­co y mira­da de estra­te­ga, los arras­tró has­ta el pasi­llo. No con­ten­ta con eso, los des­me­nu­zó como si estu­vie­ra lim­pian­do una mer­lu­za: plu­mas por el aire, tela hecha jiro­nes, y ella en medio del caos, con la len­gua fue­ra y el pecho hen­chi­do de orgu­llo.

Cuan­do la fami­lia se des­pe­re­zó, ella se sen­tó sobre los res­tos como quien pre­sen­ta­ba el últi­mo récor Guin­ness. Ni ras­tro de cul­pa. Solo la cer­te­za de haber con­se­gui­do lo que nin­guno de los peque­ña­jos del case­ro se había atre­vi­do a hacer.

La tía María es la úni­ca que la defen­dió la «penúl­ti­ma vez» cuan­do con­vir­tió un jar­dín en círcu­lo alre­de­dor de la fuen­te de pie­dra de la era en una patea­da pla­za de toros.

―¡Pero, Cuca, que ha des­tro­za­do el jar­dín!

―¿Y qué? El jar­dín vol­ve­rá. Pero esa chis­pa en los ojos… eso es vida. Y la tía María aca­ri­cia­ba a la perri­ta, que se escon­día aco­bar­da­da tras las cor­ti­nas del cuar­to de estar.

―Yo tam­bién fui gam­be­rra. Y míra­me, aún me invi­tan a misa.

Una maña­na bien tem­prano, cuan­do toda­vía la fal­ta de luz no deja­ba ver bien un cie­lo entol­da­do y que anun­cia­ba que iba a llo­ver «la de Dios es Cris­to» el tío Filo­so se apos­tó sin decir ni hacer nada de rui­do, detrás del pilón de lavar la ropa, para de este modo poder ver todos sus movi­mien­tos y… ¡Ya vería­mos enton­ces! Para estas cosas las pocas fuer­zas que tenía se insu­fla­ban de ener­gía como un joven mili­tron­cho hacien­do guar­dia.

Des­pués de comer, se des­pi­dió y jus­ti­fi­có un gran can­san­cio para dar una vuel­ta por la fin­ca y lue­go dor­mir la sies­ta en su dor­mi­to­rio. Todo fue como él había pla­nea­do. La perra, tam­bién can­sa­da por todas las carre­ras que se había dado por la fin­ca, apa­re­ció en su habi­ta­ción muy modo­sa, como que­rien­do hacer las paces, pero Filo­so se lan­zó sobre ella y cuan­do la tuvo bien asi­da por el rabo, salió zum­ban­do hacia el mira­dor que había en la par­te alta de la fin­ca sin que nadie lo vie­ra.

Lle­ga­do al mira­dor, la vol­vió a trin­car bien por el rabo y comen­zó a dar­le vuel­tas y más vuel­tas en el aire, para tomar fuer­za y así poder lan­zar­la lo más lejos posi­ble. La perra gru­ñía cada vez más, por lo que deci­dió hacer­lo lo antes posi­ble no fue­ran a sor­pren­der­lo en la más hirien­te de sus ven­gan­zas. El vue­lo libre de Milu­cha duró una eter­ni­dad, has­ta que se escu­chó un gol­pe seco, un tam­bu­llón, y acom­pa­ña­do de tres o cua­tro des­cui­da­dos gru­ñi­dos lle­nos de dolor.

Filo­so pasó una tar­de tran­qui­la como pocas, ya que no había ni som­bra del ani­mal. Nadie pre­gun­tó por la perra. Feliz como un niño en su Pri­me­ra Comu­nión cenó un buen pla­to de sopa y una muy bien hecha tor­ti­lla de pata­tas. Para sor­pre­sa de todos, esa noche no hubo tele­vi­sión ni nada. Todo el mun­do en silen­cio. La perra no apa­re­ció por nin­gún lado. A la cama se fue Filo­so, a seguir leyen­do Los diez negri­tos. Subió las esca­le­ras muy din­gui­len­dei­ro. Pero la ale­gría, como en la casa de los pobres, le duró muy poco. Al abrir la puer­ta se encon­tró, en medio de la cama, y con un olor repug­nan­te, un her­mo­sí­si­mo y asque­ro­so cero­llo de Milu­cha.

―¡Mier­da! Ya lo dije yo, esta perra tie­ne sie­te vidas como los gha­tos. ¡Cara­jo! La infra­va­lo­ré. Bien, maña­na vuel­ta a empe­zar. ¡Bueno es saber que sólo le que­dan seis! ¡Qué maña­na, esta mis­ma noche! Y des­de no se sabe qué escon­di­te de la fin­ca la perra Milu­cha pare­cía son­reír la muy fes­tei­ra­men­te. (Cuen­tos galle­gos) (2007)

LA MÚSICA BAJA DE ARANJUEZ

Ya me había habla­do alguien de mi fami­lia hace tiem­po de Rafael Rodrí­guez, el Pei­dei­ro. Aquel hom­bre que vivía en la villa de Aran­juez en una casi­ta cono­ci­da como La pedorre­ta, y que se casó con una mujer sor­da, pero que sabía muy bien cómo habla­ba su hom­bre tiran­do por lo bajo.

―Seré sor­da, pero los otros sen­ti­dos, y se toca­ba la nariz, los ten­go más que desa­rro­lla­dos, espe­cial­men­te el olfa­to, comen­ta­ba ella des­pués de vein­te años de vida en común.

Este hom­bre era un gran afi­cio­na­do al fút­bol, y siem­pre que via­ja­ba a Gali­cia a salu­dar a la fami­lia no deja­ba de acer­car­se al cam­po de As Patei­ras de Ber­ta­mi­ráns a ver algún par­ti­do.

En esta oca­sión coin­ci­dió con la final del tro­feo de La Pere­gri­na y en las reple­tas gra­das había unos qui­nien­tos segui­do­res, que can­ta­ban, sil­ba­ban y abu­chea­ban a los juga­do­res que, ya fue­ran los de casa o los del equi­po rival, rumia­ban un resa­cón de órda­go. Unos, los más jóve­nes, pro­fi­rien­do cual­quier insul­to que se les pasa­ba por la cabe­za; otros, los más vete­ra­nos, pre­fe­rían cen­trar todos sus insul­tos en la figu­ra del árbi­tro, que, según ellos, olía a vino que atur­día.

―No suda agua, cara­llo, suda vino y aguar­dien­te, decía el segui­dor más «expe­ri­men­ta­do» de la gra­da prin­ci­pal; y que, por tal moti­vo, exi­gía que se le per­mi­tie­ra decir cual­quier cosa.

―Ten­go más anti­güe­dad que tu abue­la, le decía al pre­si­den­te del club, que pei­na­ba unas albo­ro­ta­das canas, refle­jo de una noche de farra y esmor­ga.

El pre­si­den­te, cono­ci­do como Ven­to­lín, por­que no hacía nada más que soplar de una peta­ca que tenía escon­di­da en una cha­que­ta mul­ti­co­lor, habló antes del par­ti­do con el árbi­tro y los linie­res para que no hicie­ran nin­gu­na barra­ba­sa­da.

―¿O no te acuer­das del penal­ti que pitas­te cuan­do el delan­te­ro rival se tiró en el área como Mark Spitz, el nada­dor que ganó en Múnich 72? Si hay cagha­da, para noso­tros y le rega­ló una bote­lla del oru­jo que fer­men­ta­ba en su casa.

―Avi­ña­do, espon­ja, trin­que­te­iro, borra­chu­zas, car­pan­ta, chi­que­te­iro… Le chi­lla­ban. Todos ellos sinó­ni­mos popu­la­res de borra­cho.

―Cuan­do corres das más ban­da­zos que el ara­do del demo­nio cuan­do huye de la Vir­gen Pere­gri­na.

―Duer­me la mona, cara­llo, duer­me la mona antes de venir a arbi­trar.

Decían los ami­gos que Rafael, con los años de matri­mo­nio y la ale­gría con­yu­gal, engor­dó muchí­si­mo. Algu­nos insi­nua­ban que lle­va­ba el col­chón anti­ba­las incor­po­ra­do para evi­tar las agre­sio­nes. Tenía una barri­ga muy gene­ro­sa, como un depó­si­to estra­té­gi­co de pro­vi­sio­nes, que se movía rít­mi­ca­men­te cuan­do cami­na­ba por la calle.

―Rafae­li­ño, tie­nes que adel­ga­zar, que ya no pue­des abro­char los cor­do­nes de los zapa­tos, le decían con un hablar amis­to­so. Pare­ces un museo andan­te de recuer­dos gas­tro­nó­mi­cos.

Rafael, «api­so­na­do­ra de las fies­tas», reza­ba un car­tel en la puer­ta de la casa de sus parien­tes.

Aún no se olvi­da en la aldea lo que acon­te­ció hace unos pocos años. Fue una anéc­do­ta que nadie ha olvi­da­do. Algún blas­fe­mo dijo que había que pedir la san­ti­dad para Rafael.

En el últi­mo minu­to del par­ti­do, por tra­di­ción fes­ti­va, el árbi­tro vol­vió a pitar penal­ti cuan­do el equi­po de casa gana­ba por uno a cero. El cam­po que­dó en silen­cio abso­lu­to. Mien­tras el delan­te­ro rival espe­ra­ba la señal del cole­gia­do para tirar la fal­ta máxi­ma, nadie habla­ba en las gra­das. El silen­cio y la ten­sión se podían pal­par y cor­tar con un cuchi­llo. Mas en el momen­to en el que el nue­ve forá­neo fue a gol­pear el balón, en ese mis­mo ins­tan­te, bra­mó, mejor dicho, rebra­mó, en las gra­das una ven­to­si­dad tan des­co­mu­nal como «la músi­ca» de un hura­cán. Y cla­ro, el delan­te­ro falló y man­dó el balón a un pinar pró­xi­mo al cam­po.

La gen­te comen­zó a hablar atur­di­da y lle­na de un gra­cio­so ale­la­mien­to que no podía con­tro­lar:

―¡Dios! ¿Qué fue eso?

―¡Han libe­ra­do al pre­so!

―¡Con­fe­sión, es el fin del mun­do!

―¡Liber­tad!

―¡Gene­ro­so!

―¡Vaya fir­ma sono­ra!

―¡Qué vie­ne el lobo!

―¡Un médi­co!

―¡Este hom­bre va a morir!

―¡Viva la homeo­pa­tía!

―¡Ya tene­mos himno!

―¡Hiroshi­ma! ¡Naga­sa­ki!

―¡Mon­ja y cura jun­tos, cara­llo!

―¡Ya tene­mos gas natu­ral!

―¡Qué nos bajen el reci­bo!

―¡Ya tene­mos orques­ta!

―¡Y dicen que no había cul­tu­ra!

―¡Qué vie­ne el cam­bio cli­má­ti­co!

―¡Pre­si­den­te, noti­fi­ca­ción inalám­bri­ca!

―¡Vaya con­tra­se­ña!

Y no sé cuán­tas cara­lla­das más.

Has­ta un hom­bre comen­tó que este pedo superó cla­ra­men­te, y con gran­dí­si­ma dife­ren­cia, al que se había tira­do en el Sena­do el señor Cela, aman­te de lo esca­to­ló­gi­co, en la épo­ca de la Tran­si­ción y segui­dor de Que­ve­do que dijo: «el pedo es vida, por­que has­ta el Papa se lo tira». Cela lo negó argu­men­tan­do que él era, como todos los espa­ño­les, pedorro domi­ci­lia­rio y no pedorro tran­seún­te.

Rafael son­rió con doble satis­fac­ción. Por un lado, libe­ró el gas rete­ni­do en su barri­ga, y, por otro, ayu­dó al Ber­ta­mi­ráns a ganar el tro­feo de La Pere­gri­na.

Los más niños reían de la sono­ri­dad de este hoo­li­gan de la músi­ca baja, y algu­nos chi­cos inten­ta­ron valien­te­men­te lle­var­lo a hom­bros has­ta el pal­co de la fies­ta para que allí lo home­na­jea­ra la aldea. Alguien con muy buen tino lo evi­tó por­que, dijo, como se le esca­pe otro, man­da a los cha­va­les a Cuba.

El caso es que este tro­feo pasó a lla­mar­se, según los más acé­rri­mos fut­bo­le­ros, O Chei­ro­si­ño; y la pri­me­ra peña que tuvo el Ber­ta­mi­ráns, con moti­vo de esta gene­ro­sa acción, se bau­ti­zó con el nom­bre de La músi­ca baja de Aran­juez. No hay cons­tan­cia escri­ta de este hecho. Que yo sepa, este es el úni­co sono­ro tro­feo que mues­tra el club en sus vitri­nas. (Cuen­tos galle­gos) (2007)

DOÑA ERNESTINA «LA GENERALA»

No hay fami­lia que no pre­su­ma, si quie­re hacer­lo, de que alguno de sus ante­pa­sa­dos par­ti­ci­pa­ra en deter­mi­na­dos con­flic­tos religioso―políticos o para­cul­tu­ra­les. Todos, cuan­do mira­mos hacia nues­tros ances­tros, ima­gi­na­mos a alguno de ellos, para eso están las leyen­das fami­lia­res, bien cons­pi­ran­do en algún cenácu­lo de cor­te liber­ta­rio, bien sabién­do­se pri­vi­le­gia­do obser­va­dor de las intri­gas más emi­nen­tes de la vida cul­tu­ral de la ciu­dad o pue­blo en el cual le tocó en gra­cia vivir. En estas cir­cuns­tan­cias, yo ten­go que hablar de doña Ernes­ti­na «la Gene­ra­la», mujer de armas tomar, que fue, duran­te unos cuan­tos años, el figu­rón más des­ta­ca­do de la pro­vin­cia­na, por enton­ces, Com­pos­te­la. Para hablar de esta mujer nos tene­mos que situar en los últi­mos años de Isa­bel II y en los cono­ci­dos tiem­pos de la Glo­rio­sa. (Isa­bel II, rei­na de Espa­ña (Madrid, 1830―París, 1904), hija de Fer­nan­do VII. Bajo su rei­na­do sufrió el 18 de sep­tiem­bre de 1868, por sus velei­da­des con los pode­res más reac­cio­na­rios, la revo­lu­ción deno­mi­na­da la Glo­rio­sa, por lo que tuvo que ins­ta­lar­se en París. Des­pués de varios inten­tos para for­zar su res­tau­ra­ción, abdi­có en su hijo Alfon­so el 25 de junio de 1870).

Esta mujer nació, vivió y murió en la casa más boni­ta y her­mo­sa de la rúa Nova com­pos­te­la­na: sopor­tal de tres arcos, cua­tro luces, una facha­da de una pie­dra labra­da pri­mo­ro­sa­men­te y, para fina­li­zar, una esca­le­ra majes­tuo­sa y seño­rial. En el fren­te de la casa, cua­tro impo­nen­tes escu­dos enta­lla­dos en el siglo XVIII, tiem­po en el que se eri­gió la aris­to­crá­ti­ca casa. Doña Ernes­ti­na resu­mía en su san­gre todas las vici­si­tu­des de la noble­za galle­ga: riva­li­da­des feu­da­les, ren­co­res fami­lia­res, odios here­da­dos e incom­pren­sio­nes de cual­quier cla­se, que se resol­vie­ron cuan­do sus padres se casa­ron, dicen que para hacer las paces de un plei­to secu­lar que afec­ta­ba a las dos fami­lias.

―De nacer hom­bre, sería un glo­rio­so mili­tar, afir­ma­ba ella mis­ma extra­ñan­do el «bigo­ta­zo» que ten­dría en la dicha cir­cuns­tan­cia.

Pero como no fue así, tuvo que con­for­mar­se con mon­tar unas terri­bles y des­co­mu­na­les peleas en su entorno. Cier­to es que de todas siem­pre salía ella como gran triun­fa­do­ra. Esta­ba en una edad en la cual dis­fru­ta­ba de cada éxi­to obte­ni­do y se bur­la­ba con obs­ce­ni­dad de la per­so­na que había sufri­do la humi­lla­ción. Por des­gra­cia para ella, aun­que muchos lo duda­ron en San­tia­go, su mari­do y su hija murie­ron muy pron­to. El vacío que deja­ban en casa era sig­ni­fi­ca­ti­vo, pero, como las dotes de man­do eran inago­ta­bles, con­ser­vó en su casa los mis­mos sir­vien­tes que cuan­do eran tres los habi­tan­tes de la mis­ma.

―Yugo y vara, es mi lema con esta chus­ma; aren­ga­ba a su hija cuan­do era muy peque­ña y veía en cier­nes una exce­len­te gene­ra­la. Su inten­ción era pre­cla­ra: no debía ale­jar­se lo más míni­mo del camino rec­to y dere­cho de la estric­ta rec­ti­tud moral y emo­cio­nal. Como en un prin­ci­pio sus dotes dic­ta­to­ria­les no salían del ámbi­to domés­ti­co, el ser­vi­cio, como decía ella, esta­ba har­to de sus amo­nes­ta­cio­nes y ser­mo­nes, pron­to se con­ven­ció, para ale­gría de sus sir­vien­tas, de que debía pro­yec­tar sus decre­tos de lim­pie­za éti­ca en algu­na otra face­ta de la vida de su ciu­dad.

―¡No se pue­de tirar por la bor­da una capa­ci­dad como la mía! Si me deja­ran, yo los mete­ría en cin­tu­ra a la voz de ya y les pon­dría unas bue­nas y rígi­das cin­chas a esta mana­da de ateos opor­tu­nis­tas y libre­pen­sa­do­res. Pen­só que el terreno religioso―social era el más apro­pia­do. De ahí que fun­dó y, ¡cómo no!, pre­si­dió duran­te años la «Aso­cia­ción de damas car­lis­tas». No con­for­me con esto, se hizo car­go de la direc­ción de las sie­te cofra­días más impor­tan­tes de la ciu­dad; por lo cual su poder iba des­de la pro­vi­sión de una canon­jía vacan­te has­ta colo­car cuan­do ella que­ría a las jóve­nes de la zona de Riba­da­via en casas cono­ci­das y de bue­na fama. (Riba­da­via: loca­li­dad a 25 kiló­me­tros de San­tia­go, en la pro­vin­cia de Ouren­se. Capi­tal de la región viní­co­la del Ribei­ro. El últi­mo sába­do de agos­to se cele­bra en esta loca­li­dad la Fies­ta de la His­to­ria. Decla­ra­da de Inte­rés Turís­ti­co Nacio­nal. Por un día, la loca­li­dad se sumer­ge en la Edad Media vis­tien­do cómo se ves­tía en la épo­ca y repre­sen­tan­do la his­to­ria de la loca­li­dad, anti­gua capi­tal del Rei­no de Gali­cia por un día. La mone­da ofi­cial uti­li­za­da es el mara­be­dí. Es de visi­ta obli­ga­da el cas­ti­llo de los Con­des de Sar­mien­to, cons­trui­do en el siglo XV). De esta for­ma tan huma­na, se garan­ti­za­ba dis­fru­tar de la infor­ma­ción más secre­ta y pudo­ro­sa de sus con­ve­ci­nos, que tan­tos gol­pes de pecho se daban en la pró­xi­ma igle­sia de San­ta María Salo­mé. Esos cono­ci­mien­tos de la vida per­so­nal eran un pun­zan­te y letal agui­jón que cla­va­ba ella en la repu­tación del pai­sano que osa­ra man­ci­llar su lim­pio nom­bre o poner en entre­di­cho su auto­ri­dad. Con un sólo ges­to, ella con­fir­ma­ba o bien tira­ba por tie­rra cual­quier «run­rún» que se expan­die­ra por la ciu­dad sin su sagra­do con­sen­ti­mien­to.

―¡Quien con­tro­la la inti­mi­dad del vecino, tie­ne la sar­tén por el man­go! Si sabes cómo se com­por­ta en lo per­so­nal, lo podrás des­nu­dar sin pie­dad en públi­co y mos­tra­ba una sucia den­ta­du­ra, peni­ten­cia que debía sopor­tar, decía ella, por un liviano y irre­fle­xi­vo error de juven­tud. No que­ría pisar ni por aso­mo la con­sul­ta del doc­tor Men­des, por­que decía que podría poner en prác­ti­ca algún rito ocul­to para disol­ver su pro­ver­bial pode­río, ya que lo vie­ron ―sic― pro­ce­sio­nan­do con la noc­tur­na San­ta Com­pa­ña, leyen­da que con­sis­te en la apa­ri­ción de una fila de enca­pu­cha­dos fan­tas­ma­les cuya fun­ción no es otra que la de visi­tar o poner en avi­so de una futu­ra defun­ción. 

La asis­ten­cia o no invi­ta­ción a sus bai­les anua­les supo­nían el empe­llón defi­ni­ti­vo o la pos­ter­ga­ción más abso­lu­ta de una fami­lia en sus cla­ros deseos de inte­gra­ción social. Tenía la potes­tad de hacer y des­ha­cer noviaz­gos, siem­pre pen­san­do en el buen deco­ro de la res­pe­tuo­sa ciu­dad. Muchas jóve­nes que, por su cul­pa, que­da­ron para ves­tir san­tos, la detes­ta­ban con asco y des­pre­cio. Eso sí, siem­pre en silen­cio.

―Y se me detes­táis, haced­lo con la pala­bra del mudo, guar­dan­do vues­tra ira en vues­tras entra­ñas y en abso­lu­to silen­cio, como hago yo con mis almo­rroi­des, nom­bre inven­ta­do por ella para desig­nar la majes­tuo­sa y solem­ne dolen­cia que sufría des­de la ado­les­cen­cia. Mis tías cuen­tan que sus inter­ven­cio­nes en las fies­tas del casino de San­tia­go, rom­pien­do pare­jas de bai­le, hicie­ron épo­ca. Tam­bién se empleó a fon­do en la cen­su­ra de estre­nos tea­tra­les, pues ella pen­sa­ba que era la per­so­na idó­nea para deci­dir qué obra se ponía en car­tel y cuál no. Por ejem­plo, Don Álva­ro o la fuer­za del sino del Duque de Rivas no se repre­sen­tó en Com­pos­te­la gra­cias a ella. (Don Álva­ro o la fuer­za del sino de Ángel Saa­ve­dra, duque de Rivas (1835), el gran dra­ma román­ti­co espa­ñol. En rela­ción a Don Juan Teno­rio de José Zorri­lla se podría apli­car el siguien­te dicho galle­go: el río Sil lle­va el agua y el Miño, la fama). Había que ver­la cómo alar­deó de su gran haza­ña duran­te meses en los múl­ti­ples con­fe­sio­na­rios de la cate­dral has­ta que un sacer­do­te recién lle­ga­do le dijo que mos­tra­ra algo de humil­dad, cali­dad que no cono­cía en abso­lu­to.

Has­ta que un día se equi­vo­có gra­ve­men­te. Inten­tó cen­su­rar la ópe­ra La Tra­via­ta de Gui­sep­pe Ver­di basa­da, según ella, en la inmo­ral y licen­cio­sa La dama de las came­lias de Ale­jan­dro Dumas. (Ale­jan­dro Dumas (hijo) narra en su nove­la La dama de las came­lias (1848) la his­to­ria de Mar­ga­ri­ta Gau­tier, una cor­te­sa­na del París deci­mo­nó­ni­co, que se sien­te redi­mi­da de su pasa­do por el ver­da­de­ro amor que le pro­fe­sa Arman­do Duval, un nue­vo miem­bro de la alta bur­gue­sía pro­vin­cia­na, y deci­de reti­rar­se con este últi­mo al cam­po. Gau­tier espe­ra dis­fru­tar del amor ver­da­de­ro duran­te los últi­mos días de su vida, ya que no con­si­de­ra la posi­bi­li­dad de poder supe­rar la terri­ble tubercu­losis que la afec­ta). En esta oca­sión lan­zó todos sus pode­ro­sos e influ­yen­tes ten­tácu­los sobre el empre­sa­rio del tea­tro, los acto­res, el arzo­bis­po y demás auto­ri­da­des y fuer­zas vivas de la villa. Pero nada. La obra se repre­sen­tó varias veces y siem­pre a tea­tro lleno. No con­si­guió prohi­bir­la. Fra­ca­só estre­pi­to­sa­men­te. Sumer­gi­da en una ver­gon­zo­sa humi­lla­ción, deci­dió ale­jar­se del ambien­te social a su pazo de Riba­da­via, en una espe­cie de mal enten­di­do exi­lio inte­rior volun­ta­rio.

―Así me lo pagan estos cafres incul­tos e igno­ran­tes, devo­tos del más per­ver­so de los dio­ses del cenácu­lo romano. Ya me echa­rán de menos y me ven­drán a llo­rar. Enton­ces, los pon­dré la cada uno de ellos en su sitio. ¡Por estas y por Dios ben­di­to!, blas­fe­ma­ba a cada vez más repo­lu­da mujer.

Pero nada de eso ocu­rrió. Todo el con­tra­rio. La villa cre­ció en muy valo­ra­da liber­tad y cara­llu­do jol­go­rio. Débil y muy enfer­ma, regre­só poco antes de morir a su casa de la rúa Nova. Que­ría morir como una seño­ra, en la ciu­dad que la vio nacer, y no en un pue­bli­to de mala muer­te, como deno­mi­na­ba ella a la his­tó­ri­ca Riba­da­via. O sería, lo más lógi­co según ella, para que todos los estó­ma­gos agra­de­ci­dos de Com­pos­te­la asis­tie­ran a su entie­rro y la recon­for­ta­ran en su muer­te, hecho que no supie­ron hacer en vida.

Duran­te muchos años se habló en la ciu­dad de la fas­tuo­si­dad del cor­te­jo que reco­rrió el tra­yec­to que sepa­ra la anti­gua rúa do Bico Novo del cemen­te­rio del Rosa­rio. Lle­vó mucha gen­te de Dios. Así mani­fes­ta­ban algu­nos com­pos­te­la­nos de pro el tumul­to con­gre­ga­do. Las len­guas vene­no­sas, que, como las mei­gas, haber­las las hay, decían y con­ta­ban que la mayo­ría de los asis­ten­tes se acer­có al cam­po­san­to para com­pro­bar in situ que esta mujer esta­ba muer­ta y bien muer­ta. Mis tías hablan de que cómo les con­ta­ron dete­ni­da­men­te que uno de los con­cu­rren­tes a su inhu­ma­ción lo hizo por tal moti­vo, así lo cer­ti­fi­có públi­ca­men­te en el casino cuan­do fue reque­ri­do para tal hecho. Las dudas sobre su ver­da­de­ra des­apa­ri­ción latían en los pechos de los más incré­du­los y blas­fe­mos agnós­ti­cos. Has­ta, ase­ve­ran, que se lo hicie­ron jurar por la fe de los peca­do­res ―sic―.

―Bicho malo nun­ca mue­re, mur­mu­ra­ba muy bajo uno de los veci­nos más beli­ge­ran­tes en la juven­tud de la Gene­ra­la.

―Al muer­to que no está pre­sen­te, la vela no se le encien­de; sen­ten­ció un buen hom­bre que por­ta­ba un grano cirio en su mano dere­cha para que lo pusie­ra al pie de la sepul­tu­ra por orden expre­sa de su devo­ta y corre­li­gio­na­ria espo­sa y de ese modo cer­ti­fi­car su muer­te ¡Qué por mí…!

―No hay cosa peor que un muer­to vivo, cul­mi­nó el más exper­to y ague­rri­do de los ente­rra­do­res del cemen­te­rio, mien­tras echa­ba sin des­can­so palas y palas de tie­rra sobre el fére­tro de doña Ernes­ti­na. La incré­du­la gen­te aban­do­nó el lugar cuan­do los sepul­tu­re­ros die­ron por fina­li­za­do su «san­to tra­ba­jo» y pudie­ron com­pro­bar que allí, sobre el fére­tro de la Gene­ra­la, había más tie­rra que la extraí­da de las minas de Alma­dén. A muller que morre­ra onte / dei­xou moi­to cal­do na pota, / coma­mos, ami­gos, coma­mos, / non sexa o demo que vol­va.

EL SUPOSITORIO DEL CARDENAL

En todos los tiem­pos de nues­tra his­to­ria hay ingen­tes ejem­plos que nos lle­van a afir­mar que no hay ser­vi­lis­mo sin inte­rés. Los que «fachan­dean» de poder siem­pre tie­nen en su alre­de­dor a per­so­nas que los ala­ban de buen gra­do, en algu­nos casos has­ta lími­tes insos­pe­cha­dos. Será por­que ellos, antes de alcan­zar las altas cum­bres del man­do, hicie­ron de una mane­ra «cus­pi­di­ña» lo que otros están aho­ra tea­tra­li­zan­do en su cara. La adu­la­ción es un arma de doble hilo. Paul Valéry decía que cuán­do alguien te lame las sue­las de los zapa­tos, le debes colo­car el pie enci­ma antes de que comien­ce a mor­der­te. Pues eso. Algún día ese melo­so adu­lón que te mareó con elo­gios ocu­pa­rá tu lugar por­que el hom­bre que enca­ja sin pro­tes­tar la adu­la­ción es un hom­bre inde­fen­so. Dicen los más crí­ti­cos y des­pier­tos que cuan­do ven a un ago­bian­te piro­pea­dor besan­do con flo­res el sue­lo de su jefe lo siguien­te:

―Ya verás como den­tro de poco ten­drá un car­go en el que meter bien la mano o con el que come­ter abu­sos blan­dien­do su impa­ra­ble zar­pa.

―Ese no echa elo­gios sin limos­na, dirá otro.

Estos comen­ta­rios escu­cha­dos en cual­quier lugar de tra­ba­jo refle­jan la reali­dad de esos per­so­na­jes que sólo pien­san, como dije, en besar el sue­lo que aca­ba de pisar su amo o bien lim­piar­lo y dar­le bri­llo para que sus zapa­tos no se ensu­cien. Nadie hay más peli­gro­so que ese tipo de per­so­na­jes. Hacen la fin­ta más pro­di­gio­sa cuan­do se ponen como obje­ti­vo un car­go al que aspi­rar a toda cos­ta. Tam­bién exis­ten los «loan­cei­ros» igno­ran­tes que pien­san que con su ver­bo y su común des­fa­cha­tez logra­rán en la vida todo lo que se pon­gan como obje­ti­vo. Unas veces, man­te­ner­se en el car­go sim­ple­men­te; otras, impe­dir que los jus­tos aspi­ran­tes, por­que tal vez gana­ron unas elec­cio­nes, lo qui­ten de en medio.

―Esa entre­pier­na es mía, decía un pro­caz, desa­pren­si­vo y gro­se­ro anal­fa­be­to en el «furan­cho» de don José cuan­do veía a una mujer que le gus­ta­ba. Habi­tua­do a ver a su alre­de­dor ese «mamo­neo de tira­le­vi­tas» y obse­quio­sos pelo­tas entre las auto­ri­da­des, él pen­sa­ba que «tenía dere­cho» y que con una cade­na de elo­gios logra­ría su obje­ti­vo.

Eran unos hom­bres de prin­ci­pios del siglo XX que creían que con mani­fes­tar úni­ca­men­te su deseo alcan­za­ban la meta sobra­da­men­te.

―«Péta­me moi­to», cara­jo, «péta­me moi­to», decía mien­tras bebía la penúl­ti­ma taza de Barran­tes, nun­ca la últi­ma, antes de caer en una pro­fun­da som­no­len­cia viti­vi­ní­co­la.

―Es gua­pa, apues­ta, rum­bo­sa y gallar­da. Nada que ver con las otras muje­res de la aldea. Y tor­na­ba a su habi­tual modo­rra som­no­lien­ta.

Este es un cla­ro ejem­plo de la adu­la­ción mal enten­di­da, por­que el beo­do era inca­paz de lan­zar­le el más ino­cen­te de los elo­gios cuan­do veía a su novia sachan­do en la huer­ta que pre­si­día su humil­de casa.

Como pode­mos ver hay dife­ren­tes mode­los de adu­la­ción, pero noso­tros nos vamos a que­dar con aque­llos que sólo bus­ca­ban per­pe­tuar­se en el car­go elo­gian­do la dies­tra y la sinies­tra a las cua­tro o cin­co caci­ques que, por enton­ces, se lla­ma­ban «fuer­zas vivas de la aldea» y otor­ga­ban los car­gos a dedo.

Estos «lam­be­cús o lam­be­co­nas» for­man par­te de la his­to­ria de nues­tras ciu­da­des, pue­blos y aldeas de cual­quier región de nues­tra exten­sa geo­gra­fía.

La ciu­dad de San­tia­go, des­de hacía muchos años, era regi­da por un hom­bre al que lla­ma­ban, como dice el títu­lo de este cuen­to, «El supo­si­to­rio del car­de­nal».

¿La razón? Muy sen­ci­lla. Estoy hablan­do de una épo­ca en la que en San­tia­go man­da­ban los curas «la de Dios». Todas las fuer­zas polí­ti­cas y socia­les (el alcal­de, el pre­si­den­te del casino, el far­ma­céu­ti­co o el rec­tor de la uni­ver­si­dad) sólo desea­ban una cosa: no escu­char los gri­tos de su emi­nen­cia. Cuan­do su emi­nen­cia chi­lla­ba, ¡ay!, ¡mi madre!, tem­bla­ba la Beren­gue­la y les tem­bla­ban las pier­nas a los regi­do­res de la ciu­dad como si fue­ran hojas sacu­di­das por un vien­to tem­pes­tuo­so.

Los cua­tro man­da­ma­ses de la ciu­dad nom­bra­dos ante­rior­men­te escu­cha­ban plá­ci­da­men­te el doblar de las dos cam­pa­nas com­pos­te­la­nas mien­tras temían el bufi­do del car­de­nal cuan­do «explo­ta­ba» en su des­pa­cho. Bien por leer en el perió­di­co del día un artícu­lo anti­cle­ri­cal, por una infor­ma­ción hirien­te sobre sus famo­sos almuer­zos o por no saber sus acó­li­tos expri­mir bien a los feli­gre­ses de la villa cuan­do reci­bía en una hoja la peque­ña suma de las limos­nas reco­gi­das en la sema­na.

De este modo, y para evi­tar los bru­ñi­dos de su emi­nen­cia, el Sr. Alcal­de, un pseu­do­li­be­ral con cier­tos zar­pa­zos anti­cle­ri­ca­les, deci­dió acom­pa­ñar­lo a todos los actos ofi­cia­les de la villa, ya fue­ran civi­les o reli­gio­sos. Él, en per­so­na, le expli­ca­ría deta­lla­da­men­te todos los entre­si­jos del acto corres­pon­dien­te, y así des­ha­ría cual­quier per­can­ce que le sor­pren­die­ra (eufe­mis­mo de enfa­dar) al pur­pu­ra­do. Suda­ba los sie­te mares el regi­dor civil de la villa corrien­do de un almuer­zo de damas viu­das en un res­tau­ran­te tras San Mar­ti­ño Pina­rio a una misa fune­ral en la igle­sia de la car­ba­llei­ra de San­ta Susa­na. Devo­ró más cre­dos, sal­ves y padre­nues­tros que la más devo­tas de las feli­gre­sas que hacían guar­dia en la capi­lla del San­tí­si­mo. Cada vez más del­ga­do el alcal­de, como un chin­cho (jurel peque­ño) y cada vez más obe­so y «atou­ci­ña­do» su emi­nen­cia. Los dos hom­bres no eran pro­por­cio­na­les, eran como el pun­to y la i, eran una antí­te­sis que­ve­des­ca hiper­bo­li­za­da. Las risas eran abun­dan­tes entre los res­tan­tes comen­sa­les o asis­ten­tes a cual­quier acto por­que le cre­cía la barri­ga como la de un mas­to­don­te a uno y se enco­gía como una lom­briz el otro. Las fotos de las cere­mo­nias siem­pre eran igua­les: detrás del voraz comi­lón y colo­ra­do­te car­de­nal iba un peque­rre­chi­ño y fal­to de vida alcal­de que, para no enfa­dar­lo, se ponía inclu­so en el culo de su emi­nen­cia.

Cuen­tan, aún siguen hablan­do de eso, en el furan­cho de don José, que de tan­ta empa­na­da de boni­to, de tan­tas sar­di­ñas con cache­los, de tan­ta tar­ta de San­tia­go, de tan­to dul­ce de cho­co­la­te y de tan­to opí­pa­ro almuer­zo alcan­zó la memo­ra­ble cifra de quin­ce días sin obrar el señor car­de­nal.

Esa mis­ma len­gua anó­ni­ma, entre car­ca­ja­das, juró que su mujer vio escon­di­dos en un mai­zal al car­de­nal abier­to en canal y al señor alcal­de, camu­fla­do con un oscu­ro paño. Jura la mujer que esta­ba el señor alcal­de intro­du­cién­do­le un supo­si­to­rio de gli­ce­ri­na que habían ela­bo­ra­do de modo arte­sa­nal, por el tama­ño que pre­ci­sa­ba el pre­la­do, en la boti­ca de la villa. El regi­dor esta­ba sen­ta­do un tan­to apar­ta­do para no ser man­cha­do por lo que sería la bru­tal libe­ra­ción pur­pú­rea. A su vez reza­ba el alcal­de, no podía ente­rar­se nadie en el casino de sus ora­cio­nes, para que no tuvie­ra que repe­tir la ope­ra­ción. Ya lle­va­ba embu­ti­das cual mor­ci­lla bur­ga­le­sa tres «inyec­cio­nes» en los últi­mos dos meses.

―Allá va, decía el arzo­bis­po. Y los fue­gos arti­fi­cia­les del Após­tol, por su sono­ri­dad y por su «luce­río» se ade­lan­ta­ban varios meses.

―Este hom­bre podría «pra­ti­car» el tiro al pla­to en las fies­tas. Gana­ba el pri­mer pre­mio segu­ro, decía el regi­dor mien­tras asis­tía en pri­me­ra fila al más bajo y des­asea­do espec­tácu­lo de la con­di­ción huma­na.

El far­ma­céu­ti­co con­ta­ba, entre copas de oru­jo, a su públi­co fiel del casino, cuál era el tama­ño del supo­si­to­rio, al tiem­po que ponía erec­to el dedo cora­zón de cara­lla­da. Decían los más anti­cle­ri­ca­les, en ausen­cia del dicho cis­ca­dor, que todos los asis­ten­tes echa­ron a reír a car­ca­ja­das, mien­tras soba­ban el men­ti­ro­so (de este modo bau­ti­za­ron hace años al perió­di­co de la villa), don­de un anó­ni­mo había dibu­ja­do una cari­ca­tu­ra ad hoc titu­la­da: «El supo­si­to­rio del car­de­nal». Y el male­di­cen­te maes­tro, pró­xi­mo a la jubi­la­ción, al que lla­ma­ban los alum­nos «o tres­pés», lan­zó al aire una pre­gun­ta que nadie con­tes­tó:

―¿Se refie­ren al mila­gro­so medi­ca­men­to en sí, com­pe­ten­te crea­ción de nues­tro boti­ca­rio, que va camino de la bea­ti­fi­ca­ción, o al dies­tro y efi­cien­te alcal­de que supe masa­jear la zona manual­men­te y que pro­vo­có el nau­sea­bun­do y esplen­do­ro­so dilu­vio casi uni­ver­sal de nues­tro rolli­zo pre­la­do? (Cuen­tos galle­gos) (2007)

 

PRÓLOGO Y UMBRAL DE ‘CUENTOS GALLEGOS’

PRÓLOGO
Quien pue­de olvi­dar de vie­jo / los tiem­pos de feliz cha­val, / fuman­do de noche a escon­di­das, / sabien­do que eso esta­ba mal, / tiran­do la coli­lla, / mi madre que me pilla, / mi padre me cas­ti­ga­rá; / y mi pri­me­ra trom­pa / sisan­do de la com­pra / y a casa sin poder cenar.

(Pri­me­ra estro­fa de la can­ción Quien pue­de olvi­dar de vie­jo del solis­ta Car­los Azcá­rra­ga Togo­res. Este artis­ta tam­bién era com­po­nen­te del gru­po musi­cal Mahía, que en los años seten­ta tuvie­ron varios éxi­tos como Car­na­val, Car­na­val; Meu caba­lo e meu can, Non pen­ses que vou y Todos me que­ren. Los otros inte­gran­tes del gru­po eran Juan Azcá­rra­ga Togo­res y Álva­ro Pita Da Vei­ga).

NOTA DEL AUTOR

Los cuen­tos que publi­co en este libro, ilus­tra­dos por la habi­li­do­sa mano de Car­los Azcá­rra­ga Togo­res, fue­ron salien­do sema­nal­men­te en un jor­nal de San­tia­go de Com­pos­te­la ínte­gra­men­te en galle­go: O Correo Gale­go, des­pués rebau­ti­za­do como Gali­cia-Hoxe. Por tal moti­vo, no pue­do olvi­dar­me de dos per­so­nas que me per­mi­tie­ron duran­te cin­co años aso­mar­me a esa ven­ta­na de papel con abso­lu­ta liber­tad: Cha­ro Bar­ba y Miguel Seoa­ne. Por cau­sas aje­nas, los tra­du­je al cas­te­llano y los reto­qué míni­ma­men­te, pero sin per­der su inten­ción ori­gi­nal. Para fina­li­zar, decir­te que en estos rela­tos se mez­clan libre­men­te la tra­di­ción fami­liar, las lec­tu­ras com­ple­men­ta­rias y algo de ima­gi­na­ción.

UMBRAL

Cuan­do deci­do echar­les un vis­ta­zo a esos años de la infan­cia y de la ado­les­cen­cia siem­pre me ate­na­za el ries­go de caer en una sub­je­ti­va dis­tor­sión de los hechos reme­mo­ra­dos o alcan­zar unos lími­tes insos­pe­cha­dos de melin­dres. Por un exce­so de afec­to, muchas veces, mos­tra­mos de esa épo­ca una ima­gen arti­fi­cial, por anto­ja­di­za, melin­dro­sa e ilu­mi­na­da. Cuan­do me encuen­tro en una avan­za­di­lla esta­ción de mi tra­yec­to vital, sien­to la nece­si­dad de rees­cri­bir aque­llos años que fue­ron, des­de la pers­pec­ti­va actual, los más dicho­sos para mí. El pro­ble­ma es que en más de una oca­sión la nos­tal­gia se empa­pa de una tris­te­za que dis­tor­sio­na la reali­dad. Inten­ta­ré no caer en eso. Pero el recuer­do del valle de A Maía, esa peque­ña Gali­cia en gran­dio­sa sín­te­sis, me con­vul­sio­na de tal for­ma que refre­nar la fuer­za cen­trí­fu­ga que nace en mi inte­rior es tarea har­to difí­cil. Repi­to, lo inten­ta­ré. ¿Cuá­les son los pri­me­ros recuer­dos de la fin­ca que poseía nues­tra fami­lia ―La Pere­gri­na― en el lugar de Ber­ta­mi­ráns, capi­tal, enton­ces aldea de no más de 300 habi­tan­tes, del ayun­ta­mien­to de Ames? Innu­me­ra­bles. Come­te­ría una injus­ti­cia si yo me pusie­ra a hacer un lis­ta­do de todos ellos, pues más de uno, de una car­ga afec­ti­va ili­mi­ta­da, per­ma­ne­ce­ría ente­rra­do en lo más pro­fun­do de mi acia­ga memo­ria y no vería nun­ca la luz. Por este moti­vo, en este umbral no quie­ro hablar de los gran­des recuer­dos ni de las sin­gu­la­res oca­sio­nes. Esos que salen en todas las fotos, esos que rela­ta­mos en innu­me­ra­bles oca­sio­nes cuan­do alguno de noso­tros se pone nos­tál­gi­co y habla de los tiem­pos hui­dos o esos que fue­ron inmor­ta­li­za­dos por unos inquie­tí­si­mos toma­vis­tas que nos hacían mas­cu­llar nume­ro­sos tacos cada vez que que­ría­mos gra­bar sin movi­mien­to algu­na esce­na fami­liar. Quie­ro recor­dar sim­ple­men­te esa pri­me­ra tar­de que supu­so para mí des­cu­brir que en mi fami­lia había unos ver­da­de­ros artis­tas, crea­do­res con un talen­to inmen­so que nave­ga­ba en las pro­ce­lo­sas aguas del mun­do de la can­ción. En la habi­ta­ción que había jus­to enci­ma de la coci­na dor­mían mis dos pri­mos mayo­res. Car­los y Juan. Des­de peque­ño me sen­tí espe­cial­men­te sedu­ci­do por todo lo suyo. No me cues­ta nada reco­no­cer­lo, aun­que siem­pre inten­ta­ron res­guar­dar su cuar­to de cual­quier inje­ren­cia fami­liar. Era su san­tua­rio per­so­nal, don­de se ges­ta­ban des­de sus bro­mas y juer­gas has­ta sus crea­cio­nes artís­ti­cas más o menos exi­to­sas. Uno de esos días llu­vio­sos de fina­les de julio, cuan­do pare­cía que el verano esta­ba lle­gan­do a su fin, en los que el tiem­po se dila­ta pri­mo­ro­sa­men­te y las tar­des se hacen inter­mi­na­bles, noso­tros, los pri­mos peque­ños, inten­tá­ba­mos dis­traer­nos jugan­do al «escon­di­te inglés» por las dife­ren­tes estan­cias de la Casa Vie­ja. Era muy difí­cil escon­der­se con cier­to éxi­to por­que siem­pre tenía­mos una voz adul­ta que nos daba un buen tirón de ore­jas y airea­ba, jun­to al nom­bre, el lugar recón­di­to de nues­tro escon­di­te. En uno de esos inten­tos, esco­gí el faya­do (des­ván) cuya entra­da se encon­tra­ba situa­da jus­to en el techo de la puer­ta de su habi­ta­ción. Yo los vi subir en algu­na oca­sión al faya­do para fumar­se sin ser sor­pren­di­dos un ciga­rro. Des­pués de escon­der­me en un rin­cón, ate­mo­ri­za­do por el rui­do que yo creía de rato­nes, empe­cé a oír el soni­do de unas gui­ta­rras. Pare­cía que mis pri­mos las esta­ban afi­nan­do. Al poco tiem­po, una voz empe­zó a can­tar la estro­fa de una sim­pá­ti­ca can­ción que, según nues­tros aman­tes padres, no era apta para niños, la popu­lar Todos me que­ren. Unha vella máis un vello / fixe­ron unha empa­na­da, / a vella comeu­na toda / e o vello que­dou sin nada. Duran­te no sé cuan­to tiem­po estu­vie­ron dán­do­les vuel­tas y más vuel­tas a dife­ren­tes estro­fas para evi­tar las más ofen­si­vas y que las selec­cio­na­das estu­vie­ran car­ga­das de gra­cia y de un doble sen­ti­do pica­rón. Ahí esta­ba la pro­ble­má­ti­ca tarea. Por eso, había que tener mucho cui­da­do. Yo, calla­do como un buen alumno, no per­dí ni un deta­lle e inten­té ima­gi­nar­me una pelí­cu­la de la esce­na. De pron­to, sonó una nue­va estro­fa: O cura de Bidui­do / tie­ne la mala cos­tum­bre / de ras­car­se los cojo­nes / con los hie­rros de la lum­bre. Pien­so que la inten­ción de mis pri­mos era selec­cio­nar pri­me­ro y pos­te­rior­men­te esta­ble­cer el orden, ardua tarea, de las estro­fas para la ver­sión que su gru­po musi­cal (Mahía) iba a gra­bar en Madrid en ese mis­mo oto­ño. Su voz sona­ba lim­pia, diá­fa­na y muy bien afi­na­da. Hoy recuer­do lleno de ver­güen­za cómo, años más tar­de, cuan­do yo le pedí a Car­los que me hicie­ra para la mate­ria de Músi­ca de Magis­te­rio una mala melo­día, para no ser des­cu­bier­to en el enga­ño, y que me pusie­ran la cara colo­ra­da. Tras escu­char el semi­na­rio de Músi­ca fui acu­sa­do, jus­ta­men­te, de poner mi nom­bre a una com­po­si­ción aje­na.

―José María, me dijo la pro­fe­so­ra alzan­do poco a poco el volu­men de la voz, esta mala melo­día no la pudis­te hacer tú. Tie­ne un fon­do de cali­dad que ni de bro­ma lo has podi­do hacer tú. Tu oído es cerril. Alguien te inten­tó ayu­dar hacien­do mal una bue­na sin­to­nía. Yo calla­do y humi­lla­do bajé la cabe­za lleno de ver­güen­za. Far­fu­llé por lo bajo una serie de tacos que me sir­vie­ron exclu­si­va­men­te como un pue­ril des­aho­go.

Dis­fru­té tan­to del con­cier­to per­so­nal, y a veces fur­ti­vo, que el tiem­po dejó de exis­tir para mí. Escu­ché todo tipo de can­cio­nes, aun­que todas ellas pro­pias de la juer­ga más cara­llu­da. Dis­fru­té más que el sacris­tán de Coím­bra. En aque­lla épo­ca no enten­día bien esta expre­sión que repe­tía can­si­na­men­te el enju­to elec­tri­cis­ta que venía a casa. Con el tiem­po, des­cu­brí que per­te­ne­cía a una can­ción popu­lar galle­ga muy cono­ci­da que se can­ta­ba siem­pre en las fies­tas popu­la­res o en las reunio­nes de ami­gos. Cuan­do salie­ron de la habi­ta­ción, yo me intro­du­je en ella sigi­lo­sa­men­te para ver si encon­tra­ba en algún lugar las letras de las dichas can­cio­nes, pero nada, mi gozo en un pozo, pues no vi ni un minúscu­lo frag­men­to de papel escri­to. Todo lo más, un bos­que­jo del que iba a ser el deco­ra­do del pal­co de la fies­ta que el segun­do domin­go de agos­to se cele­bra­ría en el cam­po de Las Patei­ras. Todo él era un dibu­jo alu­si­vo al acon­te­ci­mien­to que duran­te ese invierno con­vul­sio­na­ra al mun­do: la lle­ga­da del hom­bre a la luna. Con una per­fec­ta adap­ta­ción a la idio­sin­cra­sia del lugar, aque­llo era una diver­ti­dí­si­ma recrea­ción de tal even­to. Salí frus­tra­do y sor­pren­di­do. Frus­tra­do, por no encon­trar ni una letra de las can­cio­nes que sona­ban aún en mi memo­ria; y sor­pren­di­do, por­que, al tiem­po que aque­llos jóve­nes nos inci­ta­ban a mi pri­mo Jor­ge y a mí a que prac­ti­cá­ra­mos otro tipo de músi­ca, en abso­lu­to reco­men­da­ble, eran dos hom­bres capa­ces de rea­li­zar cual­quier pro­yec­to que se les pre­sen­ta­ra delan­te. Mi admi­ra­ción por los artis­tas poli­fa­cé­ti­cos de la fami­lia tenía una base muy sóli­da. Base que con el tiem­po se fue acre­cen­tan­do y que, uste­des, gene­ro­sos lec­to­res, podrán com­pro­bar al dis­fru­tar de las ilus­tra­cio­nes que acom­pa­ñan a mis tex­tos lite­ra­rios, todas ellas rea­li­za­das por la mano dies­tra y com­pe­ten­te de Car­los Azcá­rra­ga Togo­res. (Cuen­tos galle­gos) (2007)