PEITO DE BRONCE

CAPÍTULO X DE ‘PEITO DE BRONCE’.- MANUEL Y CARMEN: LA ENFERMEDAD DEL NIÑO Y LA MUERTE

Des­de que nació el peque­ño Eva­ris­to, o Faca­re­ño da Maía, ya que era el pobre­ci­to un niño enclen­que y esca­so de car­nes, un chu­pón, la vida de sus padres se con­vir­tió en una inter­mi­na­ble pere­gri­na­ción médi­ca. Cada vez que se ente­ra­ban de un nue­vo tra­ta­mien­to, allí esta­ban ellos, en la con­sul­ta del pedia­tra. Lo cier­to es que el niño no cre­cía, pasa­ban los meses y su tama­ño seguía sien­do el mis­mo: un chí­cha­ro.

—Está enclen­que por­que no come nada, cara­llo. Voy a tener que lle­var­lo a que le dé el pecho una nodri­za de Sisal­de, pues dice el médi­co que mi mujer tie­ne un pecho muy difí­cil, le decía a un fami­liar que fue un día a feli­ci­tar­lo por la pater­ni­dad.

En el bau­ti­zo la tris­te­za pre­si­dió la cere­mo­nia. Pare­cía más una des­pe­di­da de la vida que una glo­rio­sa bien­ve­ni­da. Solo en el momen­to de pro­cla­mar el nom­bre del nue­vo cris­tiano ocu­rrió una gra­cio­sa anéc­do­ta.

—¿Qué nom­bre quie­ren poner­le?, pre­gun­tó el cura.

—Ava­ris­to, dijo el padre, Ava­ris­to, que tie­ne mucha cate­go­ría.

—Con e, con e, lo corri­gió el cura.

—Yo quie­ro Ava­ris­to, caray.

—Pero, hom­bre, tie­ne que ser Eva­ris­to, con e.

Des­pués de no sé cuán­tos minu­tos de dis­cu­sión, el niño salió de la igle­sia con el apo­do de Coneí­ño.

El debi­li­ta­mien­to que sufría el niño se lla­ma­ba raqui­tis­mo, y fue una durí­si­ma cruz en la vida del cor­pu­len­to Pei­to de Bron­ce. Ya más de uno había habla­do a sus espal­das de un cas­ti­go por tan­ta fan­fa­rro­ne­ría.

—Lo que tie­ne el niño es el demo­nio en el cuer­po, tie­ne el tan­ga­ra­ño, hay que lle­var­lo al mei­go para expul­sar­lo, hay que lle­var­lo a un hom­bre que ten­ga bue­na mano en esa tarea.

Plan­tas, hier­bas, ritos puri­fi­ca­do­res del alma… nada… el niño cada vez más peque­ñi­to.

Tam­bién fue­ron en pere­gri­na­ción a la rome­ría de la Ermi­ta de San Beni­to de la Cue­va del Lobo, cer­ca de Ouren­se, en la parro­quia de San Loren­zo de Piñor, en Bar­ba­dás, el once de julio. A esta ermi­ta acu­den muchas madres para curar a sus niños del tan­ga­ra­ño. Hicie­ron con los ojos cerra­dos el vie­jo rito de la Pie­dra del Tan­ga­ra­ño o Peñas­co Vigón: en una de esas ances­tra­les «pie­dras agu­je­rea­das» la madre pasa la cria­tu­ra a la madri­na, que está al otro lado del agu­je­ro, dicien­do estas pala­bras mien­tras lo mete por el hue­co:

Señor San Beni­to, / a mi hijo te trai­go: / enfer­mo te lo dejo, / devuél­ve­me­lo sano.

El niño iba con su corres­pon­dien­te bol­sa con los defen­so­res con­tra las malas mira­das col­ga­da del cue­llo. Y nada tam­po­co.

—Eso es tiem­po per­di­do. No sé por qué vais allí. Este niño tie­ne lo que tie­ne y nada más. ¿No veis que tie­ne la muer­te en la cara?

Y cuan­do esta­ban con los pre­pa­ra­ti­vos para pere­gri­nar el ocho de sep­tiem­bre a la rome­ría de San Andrés de Tei­xi­do, el niño empeo­ró de repen­te. Una noche empe­zó a subir­le la fie­bre has­ta los cua­ren­ta y un gra­dos. Tenía la cara encen­di­da, los ojos som­no­lien­tos, una modo­rra deli­ran­te, las sie­nes ardien­do y una fina capa de sudor pro­du­ci­da por el calor. El médi­co no dudó ni un ins­tan­te.

—Menin­gi­tis, y con la poca salud que tie­ne el niño, no sé…

Los dos días siguien­tes fue­ron simi­la­res: el ros­tro, cada vez más seco y febril a la vez; los ojos, hun­di­dos y con un res­plan­dor sinies­tro; y de vez en cuan­do unos brus­cos sal­tos en la cama que opri­mían el cora­zón de los padres.

—Rezad, rezad a San­ta Ana, para que ten­ga bue­na muer­te y poca cama, decía el cura cada vez que lo visi­ta­ba.

Y la noche del día de la Vir­gen, des­pués de reci­bir los san­tos óleos, el niño de los Bali­ño murió en silen­cio, sin ape­nas tener con­cien­cia de la vida. El velo­rio fue de los que hicie­ron épo­ca, pues se habló de él duran­te mucho tiem­po. El entie­rro, como dijo un vecino días des­pués en la taber­na, lle­vó mucha gen­te de Dios. Para la fami­lia, el falle­ci­mien­to de Ava­ris­to supu­so una tra­ge­dia que jamás olvi­da­rían.

¡Mala muer­te, tira­na muer­te!, / mira el pago que me ofre­ces: / te lle­vas sola a mi joya / a la som­bra de los cipre­ses.

—Padre, usted cree que esto me lo man­dó Dios como cas­ti­go por mi arro­gan­cia, ¿eh? ¿Lo pien­sa usted tam­bién?

—No, hom­bre, no. ¡Ven­ga, ven­ga! La bon­dad de Dios es infi­ni­ta, y la liber­tad que da al hom­bre aún más. Si algu­na vez hubie­ras ido a la igle­sia sabrías que Dios escri­be a veces con líneas tor­ci­das, y que noso­tros debe­mos des­ci­frar su sen­ti­do. La auto­no­mía del hom­bre en la tie­rra es tam­bién infi­ni­ta. No cul­pes a Dios de lo que hizo su natu­ra­le­za. Te dio este dolor y nada más.

—Está bien, don Ser­van­do, está bien; pero, para mí no lo está, no lo está… (Pei­to de Bron­ce) (2002)

CAPÍTULO IX DE ‘PEITO DE BRONCE’.- MANUEL Y CARMEN: EL EMBARAZO QUE NO LLEGABA

El matri­mo­nio Bali­ño Rebo­ri­do no tuvo des­cen­den­cia. Bueno, eso no es del todo exac­to. Vamos por par­tes. Des­de que se cele­bró la boda, todos los veci­nos con­ta­ban los días que había entre el enla­ce y la noti­cia del emba­ra­zo de a Taram­bo­lla. Pero como este no lle­ga­ba, comen­za­ron los rumo­res y los cuen­tos. Que si uno decía que él solo sabía usar el mar­ti­llo en el taller, que si otro decía que la mujer, de tan­to comer, cuan­do se acos­ta­ba en la cama, lo úni­co que hacía era dor­mir como una pie­dra, que si los jóve­nes no sabían jun­tar­se…

En la taber­na él tenía que aguan­tar las bro­mas de los ami­gos.

—A ver, cara­llo, a ver, ¡oh!, ¿tú sabes cómo se hacen los hijos?, le pre­gun­ta­ban con bur­la.

—¡Cómo no va a saber­lo!, lo que pasa es que la mujer tie­ne mucha cor­te­za, y aún no se la ha qui­ta­do. A Taram­bo­lla es muy de Dios.

Uno de los veci­nos más bro­mis­tas de la taber­na dejó escri­to en la piza­rra que había tras el mos­tra­dor la siguien­te copla:

Madre mía, mira a este hom­bre / que cal­zo­nes nue­vos tie­ne, / son abier­tos por delan­te / para acostarse…si vie­ne.

La pare­ja hizo todo lo que esta­ba en su mano para que ella se que­da­ra emba­ra­za­da. Se acer­ca­ron a la pla­ya de A Lan­za­da para rea­li­zar el baño de las nue­ve olas en la noche de San Juan, des­pués de rezar en la ermi­ta del mis­mo nom­bre. Tam­bién fue­ron a Fis­te­rra, a la hoy inexis­ten­te ermi­ta de San Gui­ller­mo. En lo alto del cabo está la cama de este san­to, una roca o sar­có­fa­go antro­po­mor­fo, al que acu­den los matri­mo­nios en bus­ca de un hijo muy desea­do. Pei­to de Bron­ce y a Taram­bo­lla se acos­ta­ron como dice la tra­di­ción y rea­li­za­ron los mis­mos ritua­les que les acon­se­ja­ron sus veci­nos. Y nada. Y nada…

Has­ta que la mujer, al cabo de dos años, empe­zó a tener fal­tas. Fue­ron al médi­co en la capi­tal, y este con­fir­mó la noti­cia. Los gri­tos de ale­gría y albo­ro­to se escu­cha­ron en toda la aldea. Se lan­za­ron fue­gos arti­fi­cia­les, Manuel pagó no sé cuán­tas ron­das en la can­ti­na del Pica­la­gar­tos mien­tras mos­tra­ba su pecho adqui­rien­do un aire de mas­cu­li­ni­dad. Se infla­ba tan­to que nadie se atre­vía a decir­le nada. Ambos le die­ron al cura muchí­si­mo dine­ro.

—Para que haga usted tan­tas misas como san­tos ten­ga la igle­sia, ¡cago en el demo­nio! Allá va, don Ser­van­do.

—No seas blas­fe­mo, Manuel, que las cosas del alma y de la fe no se com­pran.

—Sí, señor cura, sí, pero bien que guar­da el dine­ro.

—Hom­bre, hay que rete­jar, esta sota­na es más vie­ja que la del maes­tro Cabra de Que­ve­do, hay que comer… y los años no pasan en vano.

Y el encor­va­do sacer­do­te se mar­cha­ba a paso de buey hacia su casa.

El emba­ra­zo fue bas­tan­te pro­ble­má­ti­co. Los tres pri­me­ros meses, de repo­so abso­lu­to, las pér­di­das eran muy fre­cuen­tes. En los dos últi­mos se repi­tió la mis­ma his­to­ria, ya que la ame­na­za de un par­to a los sie­te meses preo­cu­pa­ba al médi­co. El ges­to de su cara era lo que más inquie­ta­ba al futu­ro padre.

—Este sabe algo que no me dice, cara­llo, este sabe algo, y se des­pei­na­ba con la mano de for­ma inquie­ta y con­vul­si­va.

En el par­to no hubo nin­gún con­tra­tiem­po. Pero la son­ri­sa ape­nas duró unos minu­tos. La pena lle­gó ense­gui­da, cuan­do el médi­co se dio cuen­ta de la peque­ñez del bebé.

—No se preo­cu­pen, niños más raquí­ti­cos han sali­do ade­lan­te.

Bali­ño Cas­tro­mil se des­plo­mó en un sillón que tenía al lado.

—Tan­to luchar para este esper­pen­to, ¡cagho en la oscu­ri­dad! Mier­da de enclen­que, comen­tó bru­tal­men­te. Enci­ma es llo­rón como la caba­re­te­ra del Edén Blan­co.

Jamás supo su mujer que esa noche fue la pri­me­ra y la últi­ma vez que él llo­ró sin parar.

—¿Por qué a mí, Dios? No lo entien­do, solo que­ría­mos un hijo, no un esper­pen­to. Y el vino vol­vió a silen­ciar su tris­te­za.

Sién­ta­te en esta pie­dri­ña, / yo me sen­ta­ré en esta otra / y tú me ayu­da­rás a llo­rar / el mal recuer­do de mi boda.  (Pei­to de Bron­ce) (2002)

CAPÍTULO VIII DE ‘PEITO DE BRONCE’.- LA MADRE: EL APODO, LA VIUDEZ Y LA MUERTE

Maru­xa crio muy bien a sus hijos. Des­de que se casó con Pei­to de Anchoa, su vida cam­bió por com­ple­to, pues esta­ba ena­mo­ra­da como un besu­go.

Antes de casar­se, le can­ta­ban muchas can­cio­nes y le reci­ta­ban copli­llas muy atre­vi­das:

Maru­xi­ña do cañi­zo, / traes muchas cas­ta­ñas, / como no tie­nes cami­sa, / las traes en tu faja.

Dejó de estar en boca de todos, de ser obje­to de habla­du­rías, como decían algu­nos aldea­nos; solo se escu­cha­ba su nom­bre en la voz de sus hijos.

—Los quie­ro muchí­si­mo. No pien­so en otra cosa. Si alguien me bus­ca, que se vaya por ahí a ras­car­se la cona, reía ella sor­da­men­te.

Y esto no cayó nada bien en la aldea, pues a Esca­chao­vos y sus enre­dos amo­ro­sos eran el run­rún de los veci­nos.

—Ya cae­rá —decían algu­nos.

—No se pue­de ser liber­ti­na un día y san­ta al siguien­te —mur­mu­ra­ban otros por lo bajo.

Lo que moles­ta­ba a los cam­pe­si­nos era que ya no tenían a quién diri­gir sus insul­tos. Por eso empe­za­ron a hablar de su ene­mis­tad con el agua y el jabón.

—Algo habrá que decir de ella —se jus­ti­fi­ca­ba un vecino mien­tras hacía un ges­to excul­pa­to­rio—. No se pue­de dejar de hablar de alguien de quien hemos habla­do des­de hace años, casi des­de que nació.

El apo­do de a Esca­chao­vos se lo pusie­ron de joven, pues era muy afi­cio­na­da a hacer todo un espec­tácu­lo del momen­to de batir los hue­vos. Cogía un hue­vo y lo rom­pía de un gol­pe seco y cer­te­ro en el bor­de de una taza don­de lue­go lo batía. En ese mis­mo momen­to lan­za­ba un gri­to agu­do y jugue­tón que delei­ta­ba a su padre.

—Ya está la hija del «zorro» rom­pien­do los hue­vos —decían con mali­cia los veci­nos. Y el padre mos­tra­ba su pecho de lobo, orgu­llo­so de la bue­na mano que tenía su hija en el mane­jo de los «hijos de las galli­nas».

Tam­bién en épo­ca de rome­rías, los mozos que bai­la­ban muy cer­ca de ella siem­pre habla­ban de su des­inhi­bi­ción a la hora de jun­tar las cade­ras para seguir mejor el rit­mo de la músi­ca.

—Aprie­ta, cara­llo, aprie­ta bien. Pon o collón —les decía sin ver­güen­za. Y con unos movi­mien­tos ági­les, Maru­xa mar­ca­ba muy bien el rit­mo a los mozos, que pare­cían mario­ne­tas en sus manos. Las novias de ellos siem­pre anda­ban con sie­te pie­dras en la mano cuan­do veían apa­re­cer a Esca­chao­vos en las rome­rías.

Cuan­do murió su mari­do, ella pen­só que su vida ya no tenía sen­ti­do.

—Quie­ro morir, quie­ro morir —repe­tía la tris­te viu­da.

Los veci­nos habla­ban de la meta­mor­fo­sis que había sufri­do su ros­tro.

—Des­de el falle­ci­mien­to de Espon­xi­ña —lo lla­ma­ban así en secre­to por­que bebía como una espon­ja— ya no es la mis­ma, ya no habla con nadie, ya no quie­re salir a diver­tir­se por la vere­da, va a morir, cara­llo.

—Pobri­ña —decía otra.

—Tie­ne la muer­te en el ros­tro, llo­ra los sie­te mares, bien que lo que­ría —mur­mu­ra­ba un buen hom­bre cuan­do la vecin­dad se reu­nía al atar­de­cer en la can­ti­na del lugar para hablar de los suce­sos del día.

Su mari­do había muer­to de una enfer­me­dad hepá­ti­ca. Él pen­sa­ba que el vino lo cura­ba, y lo que hizo fue empeo­rar­lo. Dicen los veci­nos que, cuan­do lo vio el médi­co, en su últi­mo deli­rio tre­mens, echa­ba vino por los ojos.

Y así, de esta for­ma tan ape­sa­dum­bra­da, trans­cu­rrie­ron los últi­mos años de esta mujer. De la ener­gía de anta­ño ya no que­da­ba nada, solo el nom­bre. Los hijos, ya bien cria­dos, no com­pen­sa­ban la tris­te­za y la sole­dad que ella sen­tía en su espí­ri­tu.

Ten­go una mesa de pie­dra, / don­de mi mari­do comía. / Des­de que mi mari­do fal­ta, / la mesa siem­pre está vacía.

Una maña­na, al fres­co, a la hora en la que Maru­xa solía echar pien­so a las ove­jas, el hijo peque­ño vio que el galli­ne­ro seguía cerra­do, y sos­pe­chó que algo había ocu­rri­do. Lla­mó a su madre y nadie res­pon­dió. Subió la esca­le­ra, entró en su habi­ta­ción, y allí esta­ba ella, acos­ta­da en la cama, casi sin ves­tir, con la fal­da a medio poner, sin vida.

—Fue un infar­to múl­ti­ple, ape­nas sufrió —dijo el médi­co.

—Ya lo hizo en vida —repli­có alguien en la habi­ta­ción.

Lo cier­to es que cuan­do la intro­du­je­ron en el ataúd, su ros­tro refle­ja­ba la mis­ma feli­ci­dad que en vida de su mari­do.

—Al final de la vida, las almas geme­las se encuen­tran en algún rin­cón del cie­lo, si no, nadie enten­de­ría el ros­tro de esta mujer —susu­rró una veci­na al ver­la tan son­rien­te. (Pei­to de Bron­ce) (2002)

 

CAPÍTULO VII DE ‘PEITO DE BRONCE’.– LA MADRE: EL NOMBRE, LA FAMA, LA BODA Y LOS HIJOS

Maru­xa Cas­tro­mil, madre de Pei­to de Bron­ce, era natu­ral de San­ta Mari­ña de Amei­xen­da, en la par­te alta del muni­ci­pio de Ames, muy cer­ca del arro­yo de Quin­táns, un lugar con un cli­ma envi­dia­ble en pri­ma­ve­ra, pero húme­do y frío en invierno, lo que resul­ta­ba muy per­ju­di­cial para los hue­sos en los meses de hela­das.
—Este reu­ma va a aca­bar con­mi­go. No lo aguan­to ni un minu­to más —bra­ma­ba la madre de Maru­xa—. Me due­len muchí­si­mo las pier­nas. Ten­go un dolor que me par­te en dos, ¡cara­jo!

Por eso, no dudó ni un ins­tan­te en bajar a Ber­ta­mi­ráns cuan­do se casó con Pei­to de Anchoa. Decía que Ber­ta­mi­ráns tenía un cli­ma más benigno en invierno.

Con­ta­ban que des­de peque­ña, en la épo­ca dora­da de los dichos y habla­du­rías —que siem­pre per­ju­di­ca­ban a las muje­res y ensal­za­ban a los hom­bres—, sen­tía mucha atrac­ción por los hom­bres; y su padre, gran cono­ce­dor de la filo­so­fía hori­zon­tal y sus con­se­cuen­cias, como él la lla­ma­ba, le repe­tía cons­tan­te­men­te:
—Maru­xi­ña, man­ten­te rec­ta, que tu padre te quie­re casar bien. —Y la mira­ba fija­men­te—. Segu­ro que más de una vez le has dicho a algún mucha­cho:

—No sé si eres dul­ce o sala­do, pero como mazor­ca, te quie­ro en mi pla­to. Y reía iró­ni­ca­men­te con mucha picar­día, pero con un mie­do del cara­jo.

—No, papá, no. Si fui al maíz, y tú sabes muy bien lo que allí pasa, nun­ca pro­bé una mazor­ca. Sé que no me sien­tan bien. Y tú lo sabes bien.

Habla­ban padre e hija mien­tras él fuma­ba gus­to­sa­men­te en la sola­na de la casa tras «liqui­dar» un abun­dan­te cal­do galle­go. Él sabía que sería muy difí­cil casar bien a la chi­ca si seguía cre­cien­do su fama de aman­te de las mazor­cas.

—Maru­xi­ña va mucho al maíz —lamen­ta­ba la madre—, y el maíz… tie­ne unas espi­gas… que tar­de o tem­prano dan la sor­pre­sa.

—A los nue­ve meses, mujer, a los nue­ve meses. Nada de tar­de o tem­prano.

En la escue­la, los niños cono­cían muy bien la debi­li­dad de Maru­xi­ña, y en el recreo se acer­ca­ban los más tra­vie­sos para decir­le:

—¿Qué ten­go aquí?, Maru­xa, ¿qué ten­go aquí? ¡Cuan­to más me ras­co, más me pica!, y salían corrien­do para no sufrir en el cue­llo el mano­ta­zo de Maru­xa.

Una vez, en la rome­ría de las fies­tas de un lugar vecino, los chi­cos del pue­blo hicie­ron una apues­ta: a ver quién era capaz de subir al esce­na­rio de la orques­ta y can­tar la siguien­te copla:

¿De dón­de vie­nes, María? / Ven­go de la ver­du­ra, / ¡ay, qué ricas coles / tie­ne el señor cura!

Quien gana­se bai­la­ría con ella. Y la apues­ta la ganó un mozo lla­ma­do Xoán Bali­ño, que ya enton­ces le había echa­do una mira­da más que seduc­to­ra.
Y los dos jóve­nes se casa­ron.

La gen­te del pue­blo mur­mu­ró bas­tan­te antes de la boda.

—Esos ya fue­ron al maíz a pas­tar. ¿No ves cómo se miran? Tie­nen ojos de haber pasa­do por la pie­dra más de una vez.

Y, como dije antes, se casa­ron poco tiem­po des­pués en la capi­lla de San Mar­cos, en el mon­te del mis­mo nom­bre, en la aldea de Mon­te Maor, en un día de abril típi­ca­men­te nor­te­ño, mar­ca­do por el barro.

Fui a la ermi­ta de los amo­res, / muchas cosas fui a ver; / fui a casar a mi hija, / ¡no me lo podía creer!

Esta copli­lla la repi­tió el padre no sé cuán­tas veces mien­tras veía salir a su hija y al novio de la capi­lla risue­ños y pega­dos como dos lapas. El novio man­te­nía el bra­zo a la altu­ra de sus ojos por­que el arroz que les tira­ban los invi­ta­dos eran autén­ti­cos misi­les.

Maru­xa tra­ba­jó toda su vida en casa hacien­do las tareas pro­pias de ella, como se decía enton­ces. Tenía fama de ser un poco espe­sa, de ser una «por­ca» a la hora de lavar la ropa… y en su higie­ne cor­po­ral.

—Esta mujer no cono­ce las dife­ren­tes uti­li­da­des del agua —decían las veci­nas cuan­do que­rían cri­ti­car­la por algu­na cosa sin impor­tan­cia; pues des­de que se casó nin­gún otro hom­bre, apar­te del suyo, se le acer­có.

—Ayer me ente­ré de una cosa. ¿Quie­res saber­la?

—¡Cla­ro que sí!

—Pues enton­ces, «me rumo­rea­ron» por ahí que Xoán dejó una moza en el pue­blo, que se lla­ma Dores Mexía a Carran­cho­las o a Carran­cu­da, no lo sé bien, y que… a lo mejor… Xoan­ci­ño bien bebió del nom­bre de ella antes de casar­se con nues­tra hija…

—No te entien­do nada.

—¡Ay, mujer! ¡Qué san­día eres! ¿Qué quie­re decir carran­cho­las? ¿No es la per­so­na que anda con las pier­nas abier­tas y los pies hacia afue­ra? Pues ya entien­des… Pier­nas abier­tas, adiós estre­che­ces.

—Pero… ¡Qué pája­ro estás hecho!

—Don­de hay humo, hay fue­go.

Xoán y Maru­xa tuvie­ron cua­tro hijos: el pri­mo­gé­ni­to y vin­cu­lei­ro, Manuel, Pei­to de Bron­ce; lue­go Andrés, Necho o Cem­pés; más tar­de, Domin­gos, Min­gui­ños de las velas; y como últi­mo, Fran­cis­co, Farru­co el tar­dío, que lle­gó cuan­do todos pen­sa­ban más en un tumor que en un nue­vo crío. (Pei­to de Bron­ce) (2002)

CAPÍTULO VI DE ‘PEITO DE BRONCE’.- EL PADRE: NOMBRE, PROFESIÓN Y MUERTE

—Ya no me quie­ren las mozas, dicen que estoy aca­ba­do, que ya no sé hablar…, se que­ja­ba el padre de Manuel, Xoán Bali­ño Tara­ci­do, hom­bre muy afi­cio­na­do a las fal­das des­de muy joven.

Ya de vie­jo reco­no­cía que de mucha­cho —y no tan mucha­cho, ¡cara­llo!, le repro­cha­ba su mujer— le encan­ta­ba cazar mari­po­sas en jar­di­nes aje­nos. Por eso sus ami­gos lo apo­da­ron des­de joven como Xan, el que tie­ne fue­go en los labios, por­que siem­pre le gus­ta­ba estar en com­pa­ñía feme­ni­na. Le repro­cha­ba su mujer que tenía las manos ocu­pa­das con más fre­cuen­cia de lo nor­mal.

En la aldea algu­nos decían que tenía cua­tro hijos naci­dos entre sába­nas, pero sin docu­men­tos. Otros, con len­gua más afi­la­da, decían que eran muchos más los que no tenían ape­lli­do, pero sí his­to­ria que con­tar. Y se echa­ban a reír ante tales ocu­rren­cias.

Para ente­rrar su fama, se mar­chó un tiem­po a Cuba, a tra­ba­jar en el taba­co. Las malas len­guas cuen­tan que tuvo que regre­sar pre­ci­pi­ta­da­men­te a Gali­cia por­que «fumó» dema­sia­do allí. Para no per­der la cos­tum­bre, en la «Per­la del Son» apren­dió a bai­lar el cha­cha­chá, y cuan­do lo veían movien­do la cin­tu­ra, le pre­gun­ta­ban por sus raí­ces isle­ñas, por­que con­vir­tió el cha­cha­chá en un bai­le vivaz, diver­ti­do, atre­vi­do y jugue­tón.

—Ya le metis­te can­de­la al cha­cha­chá. Con tu cin­tu­ra hablas sin pala­bras, aun­que no nacie­ras en la «isla ardien­te».

De vuel­ta a Gali­cia, reto­mó su cos­tum­bre y salía casi todas las noches a hacer tra­ve­su­ras, pen­san­do que en la aldea ya habían olvi­da­do sus aven­tu­ras, pero esta­ba muy equi­vo­ca­do. Todos los veci­nos, aun­que muy des­afi­na­dos, le can­ta­ban con muchas ganas:

Xoán, Xoan­ci­ño, Xoán, / pier­ne­ci­ñas bai­la­ri­nas, / andas enga­ñan­do a las mozas / de noche nas coci­ñas.

Pero a su mujer le gus­ta­ba mucho más el apo­do de Pei­to de Anchoa. Fue ella mis­ma quien se lo puso y alar­dea­ba de su inge­nio para bau­ti­zar con sobre­nom­bres a las per­so­nas. Habla­ba con ver­da­de­ro orgu­llo del día que se cono­cie­ron.

Él ves­tía una cami­sa con los boto­nes des­abro­cha­dos y aso­ma­ba por ella un vello negro y ergui­do como las bar­bas de las anchoas. Otros lo lla­ma­ban «o Faquir».

—Es mi dic­cio­na­rio par­ti­cu­lar —decía ella con mucha arro­gan­cia.

En la inti­mi­dad, a sus ami­gas, les con­ta­ba que dis­fru­ta­ba con las cos­qui­llas que sen­tía en el cue­llo cada vez que él la abra­za­ba con la fuer­za de un titán.

—Es gar­bo­so —sen­ten­cia­ba—. Como dicen en Cuba: Este tipo es un «macha­zo».

Y las ami­gas la mira­ban con una envi­dia que las deja­ba embe­le­sa­das.

—Cuan­do me pon­go delan­te de él, me aga­rra por la cin­tu­ra con una fuer­za del cara­jo, y… allá va, haya niños en casa o no, no se con­tie­ne lo más míni­mo. Ade­más, decía pre­su­mien­do, los veci­nos de nues­tra casa escu­chan con toda cla­ri­dad la feria noc­tur­na que orga­ni­za­mos un día sí y otro tam­bién. Y las ami­gas, a rabiar.

Xoán era car­pin­te­ro de aldea, hon­ra­do y muy tra­ba­ja­dor. Su afi­ción al tra­ba­jo era muy cono­ci­da en la aldea… y en la taber­na.

—Aquí siem­pre se dice la ver­dad. Por algo la lla­ma­mos «La len­gua del demo­nio».

Todos los veci­nos que pasa­ban cer­ca de la casa escu­cha­ban de con­ti­nuo el acom­pa­sa­do soni­do que salía de su taller. Cuan­do no se escu­cha­ba, era que Xano­cas esta­ba en la hier­ba, enfer­mo, en la taber­na o era de noche.

El que tuvo fama de con­quis­ta­dor de joven, tuvo fama de tra­ba­ja­dor de mayor. Eso sí, cuan­do esta­ba en la taber­na, su mujer le exi­gía pun­tua­li­dad bri­tá­ni­ca a la hora de almor­zar y cenar. «Pica­la­gar­tos», el due­ño, se bur­la­ba de él dicién­do­le que si se toma­ra una taza cada vez que mira­ba el reloj, se aho­ga­ría en aguar­dien­te.

La mujer, har­ta de espe­rar­lo, le man­da­ba el perro para que vol­vie­ra a casa con él, pero… Pele­xón regre­sa­ba soli­ta­rio y sin com­pa­ñía.

Tan­to es así que dicen las len­guas vene­no­sas que murió de un trom­pa­zo que se dio un día vol­vien­do con pasos muy lige­ros a cenar. Su mujer argu­men­ta­ba que la envi­dia con­vir­tió la muer­te natu­ral de su mari­do —un infar­to, decía ella con fir­me­za— en una caí­da a cau­sa de una impo­nen­te borra­che­ra.

Un sába­do a las diez de la noche falle­ció su mari­do. En una cune­ta de la carre­te­ra que iba a Com­pos­te­la lo encon­tra­ron con la cabe­za abier­ta, des­pués del gol­pe que se dio al caer por un terra­plén lleno de pie­dras. Tenía seten­ta años. La viu­da lo llo­ró sin cesar y recor­dó a todos los veci­nos que le había adver­ti­do una y otra vez que tenía que cui­dar el cora­zón, que un día le daría un sus­to.

Ella decía que murió de un «para­trás». Los ami­gos habla­ban de una des­co­mu­nal cogor­za tras una apues­ta en la taber­na.

—Esa noche bebió como una espon­ja, decían entre ellos con mucha tris­te­za de Dios. Otros aldea­nos, en la taber­na, con­ta­ron que lo vie­ron corrien­do tras una moza y des­ti­lan­do alcohol, como la cal­de­ra de un alam­bi­que, por la calle­jue­la que va al pilón de lavar la ropa.

—Cuan­do se le metía entre ceja y ceja una chi­ca, no para­ba has­ta encon­trar­la y hablar con ella unos minu­tos. Ese era su triun­fo: que lo vie­ran char­lan­do con ella.

—Ese día iba muy car­ga­di­ño, y cla­ro, no vio el terra­plén que bor­dea­ba «la cur­va rápi­da» de la carre­te­ra. Por eso tam­bién lo bau­ti­za­mos como «El san­to del chi­chón».

Dame viño, dame viño; / agua no te pue­do beber, / soy de esta con­di­ción / de algún modo he de morrer. (Pei­to de Bron­ce) (2002)

CAPÍTULO V DE ‘PEITO DE BRONCE’.- LA MUJER: EL NOMBRE, EL ORIGEN Y EL CARÁCTER

La mujer de Pei­to de Bron­ce, Car­men Rebo­ri­do Lou­sa­me, Car­mi­ña a Taram­bo­lla, era de un lugar lla­ma­do Tarroei­ra, en la parro­quia de Orto­ño, muy cer­ca de la casa don­de Rosa­lía vivió sus pri­me­ros años.

Mi casa, mi abri­go; se van todos ya, y yo me que­do sin com­pa­ñía ni ami­go.

Su fami­lia vivía en una casa pro­pia, peque­ña, de una sola plan­ta y de pavi­men­to a ras de sue­lo.

Los «tarroei­ros» decían que por esa zona era muy común escu­char el encan­ta­dor can­to de un pája­ro cono­ci­do como curru­ca de las moras o de la zar­za­mo­ra. Los aldea­nos habla­ban sin parar de su melo­dio­sa tona­da.

—Más que can­tar, habla, habla una músi­ca cojo­nu­da, «ami­gui­ño» —decían algu­nos veci­nos del lugar des­pués de calen­tar la gar­gan­ta con varias tazas de vino en la taber­na del pue­blo.

Y eso que un espe­cia­lis­ta en orni­to­lo­gía, tras estu­diar dete­ni­da­men­te la zona, lo negó rotun­da­men­te argu­men­tan­do que ese pája­ro solo esta­ba regis­tra­do en Cela­no­va y Vigo, y que todos los que digan lo con­tra­rio son más embus­te­ros que Tur­pin, el famo­so arzo­bis­po que for­mó par­te del códi­ce Calix­tino.

—Las apa­rien­cias enga­ñan y aquí hay mucho «igno­ran­te de Dios» —sen­ten­ció enton­ces.

A Taram­bo­lla nació en el año 1933, en la mis­ma casa en la que vivían sus padres. Pesó al nacer casi cin­co kilos y vino de nal­gas, cosa que a la madre no le agra­dó «ni un pou­qui­ño» por la fama y la mala suer­te que se les atri­buía a los niños que nacían de culo.

Le pusie­ron el apo­do de a Taram­bo­lla sien­do muy niña, pues ya des­de peque­ña era grue­sa y algo des­gar­ba­da. El padre, que no era muy dado a los razo­na­mien­tos, habla­ba de la «pre­des­ti­na­ción ab aeterno».

—Son «cosas» del cura, que no hay quien lo entien­da. Habla por no estar calla­do. Las cosas son así por­que son así, y cuan­do no son de otra mane­ra es por­que no pue­den ser de otra mane­ra —para­fra­sea­ba el buen hom­bre más de una sobre­me­sa al que­rer imi­tar al párro­co, céle­bre por sus tra­ba­len­guas.

Cuan­do los padres habla­ban de las posi­bi­li­da­des de casar a la chi­ca, decía que ya había empe­za­do a hacer­le roga­ti­vas a San Jus­to de Fra­ga, el casa­men­te­ro de las vie­jas. Aun­que Car­mi­ña no era vie­ja, tenía anda­res de cas­ca­jo, como decía el padre cuan­do la veía jugar con sus ami­gas. Por eso vio el cie­lo abier­to cuan­do un «mozo madu­ri­to», futu­ro mari­do, comen­zó a hablar con ella de mane­ra con­ti­nua.

Car­men era una «golo­sa», una «ham­brien­ta» y has­ta que no sacia­ba tem­po­ral­men­te «el ham­bre» tenía un carác­ter endia­bla­do. La madre siem­pre la encon­tra­ba en la coci­na apu­ran­do los res­tos del almuer­zo o de la cena. No tenía lími­te su ape­ti­to.

—Esta chi­ca va a comer­se un día las pier­nas del padre, es una «tra­go­na», coño, llo­ra­ba la madre.

Las repri­men­das y los gri­tos venían siem­pre por la mis­ma razón: su vora­ci­dad.
—Eres una glo­to­na, ¡me cago en la oscu­ri­dad! —se lamen­ta­ba el padre mien­tras fuma­ba un ciga­rro de pica­du­ra con enor­me pla­cer sen­ta­do en una silla colo­ca­da bajo la parra de la puer­ta de la casa.

Los ami­gos de la escue­la, al ver­la engor­dar, le reci­ta­ban con mali­cia:

Car­mi­ña, mi Car­me­la, / mujer de mucho apa­ra­to; / se come todas las sar­di­nas / y le echa la cul­pa al gato.

Cuan­do dis­cu­tía con la madre no se aver­gon­za­ba de su volu­men cre­cien­te y le decía con una iro­nía muy gra­cio­sa que pre­fe­ría estar emba­ra­za­da de ham­bre que ser de Cor­cu­bión; pues según dicen, las muje­res de allí son muy boni­tas, sí; pero hon­ra­das, no.

Y salía corrien­do para no pro­bar los repro­ches de la madre. A su favor tenía que era muy gene­ro­sa en las tareas de la casa. Jamás decía que no a nin­gu­na… (Pei­to de Bron­ce) (2002)

CAPÍTULO IV DE ‘PEITO DE BRONCE’.- LA FLAUTA QUE HIZO DE NIÑO

De niño y ado­les­cen­te, nues­tro pro­ta­go­nis­ta era muy afi­cio­na­do a la músi­ca.
—La músi­ca te abre las puer­tas del cie­lo y nos sumer­ge en él por com­ple­to —decía Manuel cuan­do le pre­gun­ta­ban por la razón de su fas­ci­na­ción.

Siem­pre que había algún even­to musi­cal, allí esta­ba él. Llo­vie­se o hicie­se un frío del cara­llo, nun­ca fal­ta­ba Pei­to de Bron­ce, aun­que se le pusie­ran la cara y las manos entu­me­ci­das.

Su amor por este arte libe­ral le oca­sio­nó más de un dis­gus­to con su novia.
—Mujer, la músi­ca recom­po­ne mi espí­ri­tu des­he­cho.

Ella, Car­mi­ña a Taram­bo­lla, mos­tra­ba muchos celos cuan­do en las rome­rías él dedi­ca­ba más tiem­po a escu­char la pie­za musi­cal que toca­ban en ese momen­to que a dis­fru­tar de su cáli­da com­pa­ñía.

—Voy a tener que poner­le unas velas a la Vir­gen de la Can­de­la­ria, a ver si me haces caso, ¡cara­llo! —decía mien­tras se ale­ja­ba de él vio­len­ta­men­te. Él corría detrás de ella para jus­ti­fi­car­se.

—Mulle­ri­ña, ya sabes cuán­to me gus­ta la músi­ca. Si me quie­res de ver­dad, ¡no me hagas ele­gir! —le repli­ca­ba con cier­ta pena.

El berrin­che de Muchi­ña, como él la lla­ma­ba, en el fon­do, qui­zás tenía un poqui­to de razón.

Para recon­ci­liar­se, él la toma­ba por la cin­tu­ra y, con el gar­bo de un con­quis­ta­dor astu­to, le can­ta­ba al oído:

Boni­ti­ña, bai­la­de comi­go, /  a gai­ta xa soa, ven bai­lar un rati­ño. / Ten­go en una mano una cun­ca de viño, / con la otra te toma­ré por el cin­ti­ño.

Los besos de Manuel que acom­pa­ña­ban a los ver­sos mani­fes­ta­ban una pasión mayor, y ella reía y se deja­ba que­rer.

Mano­le­cho, de peque­ño, ya empe­za­ba a mos­trar gran des­tre­za con las manos. A los nue­ve años se pro­cu­ró una bue­na caña en la ribe­ra de la Con­do­mi­ña para fabri­car­se una flau­ta. Pasa­ba horas y horas tum­ba­do en el tron­co de una higue­ra del huer­to tra­ba­jan­do la caña con una nava­ja que había com­pra­do a escon­di­das en una feria. Los ami­gos decían que el soni­do que emi­tía la flau­ta ena­mo­ra­ba a todas las chi­cas de la escue­la.

—Es su for­ma de hablar —decía el padre en un tono que no se sabía si era de elo­gio o de ver­güen­za.

La maes­tra, para poner un ejem­plo en for­ma de metá­fo­ra, dijo un día:
—El soni­do de la flau­ta de Bali­ño es el trino de un pája­ro en una maña­na de pri­ma­ve­ra. La músi­ca hay que escu­char­la y… ver­la.

A esta maes­tra los niños la lla­ma­ban a escon­di­das Cara de pata­ca, pues decían que a pri­me­ra vis­ta se pare­cía mucho a una cas­ta­ña de tie­rra. Por otro lado, decían, qui­zás com­pen­san­do el insul­to, que era muy sim­pá­ti­ca y tenía muy bue­na mano para ense­ñar.

—Tie­ne muchí­si­ma pacien­cia y expli­ca muy bien la tabla de mul­ti­pli­car.

Y la flau­ta fue cayen­do en el olvi­do. En la eta­pa de la juven­tud siem­pre se tie­ne ver­güen­za de las cosas que se hacen de niño o ado­les­cen­te.

La guar­dó en el cajón de la mesi­ta de noche y allí dur­mió varios años. Has­ta que un día supo que a Muchi­ña, al cum­plir los vein­te años, el rega­lo que más le gus­ta­ba era que le toca­ran cier­ta can­ción al pie de la ven­ta­na de su cuar­to.
—Esta es la mía —dijo. Y allí iba casi todas las tar­des, al atar­de­cer, a la casa de los padres de Car­men, a tocar­le con la flau­ta ese dul­ce y secre­to can­tar. Que­ría ena­mo­rar a Muchi­ña, pues esa chi­ca no salía de su pen­sa­mien­to. Lo tenía com­ple­ta­men­te loco.

—El amor no tie­ne vaca­cio­nes —les decía a los ami­gos—. Como no espa­bi­léis, no os vais a ena­mo­rar has­ta que deje de llo­ver en San­tia­go.

Por eso, las ami­gas de la cor­te­ja­da le can­ta­ban con cier­ta mali­cia al pre­ten­dien­te:

Ay, Manue­li­ño, Manuel, / Manuel, el de la calle alta, / todas las chi­cas bien te quie­ren / por cómo les tocas la flau­ta.

Él calla­ba siem­pre y son­reía píca­ra­men­te, como un pillo astu­to.
La músi­ca de Manuel deja­ba a Car­mi­ña sin excu­sas y se entre­ga­ba a él con pasión abso­lu­ta.

—Estás loca por él y debes tener cui­da­do, Muchi­ña, mucho cui­da­do —le decían las ami­gas empa­pa­das de envi­dia. (Pei­to de Bron­ce) (2002)

CAPÍTULO III DE ‘PEITO DE BRONCE’.- LUGAR DE RESIDENCIA Y PROFESIÓN

Pei­to de Bron­ce tenía seten­ta años cuan­do hablé con él por pri­me­ra vez. Había naci­do en el año 1929, un 15 de agos­to, día de la Vir­gen.

—No podía ser otro día. La Vir­gen lle­va pro­te­gién­do­me toda la vida. ¡Bah!, casi toda… Por­que hoy ya no hay san­to ni demo­nio que me doble la espal­da con faci­li­dad. Con la fuer­za de un boxea­dor de peso pesa­do… qui­zás —decía todo orgu­llo­so.

Inclu­so en sus horas más bajas, que­ría man­te­ner el pul­so de su afa­ma­da for­ta­le­za físi­ca y emo­cio­nal.

Su ros­tro mos­tró una señal de tris­te­za cuan­do su mujer, falle­ci­da hacía unos años, le vino a la memo­ria. Aque­llo era una cruz difí­cil de olvi­dar. La tenía gra­ba­da en el cora­zón como quien lle­va tatua­do en la piel algo impo­si­ble de borrar.

Vivía en una fin­ca de media hec­tá­rea cer­ca­da por una valla y un valla­do hechos ambos por su padre en la juven­tud. En esa peque­ña fin­ca cul­ti­va­ba cerea­les, hor­ta­li­zas y pata­tas, jun­to a una fila per­fec­ta de cui­da­do­sos árbo­les fru­ta­les. Me con­tó que no tenía muchos ani­ma­les: dos vacas, una seca y otra leche­ra, tres cer­dos y un lechon­ci­to, un caba­llo muy ele­gan­te y bien cui­da­do, un burro, unas pocas galli­nas y dos perros de pallei­ro (raza autóc­to­na galle­ga, exce­len­te para guar­dar y con­du­cir el gana­do).

Esa fin­ca de la fami­lia de Pei­to lin­da­ba con una pis­ta —hoy ave­ni­da— enton­ces muy mal asfal­ta­da, que iba al cam­po de la feria y que nos lle­va­ba, más allá, a aldeas como Covas y Amei­xen­da. En esa pis­ta, de niños, hacían carre­ras de carri­la­nas. La gen­te decía, con bro­tes de envi­dia cer­te­ra, que las ver­da­de­ras eran el Gran Pre­mio de Autos de Made­ra y el Fes­ti­val de las Carri­la­nas en Estei­ro (Muros), y que las demás eran una «mer­da».

Man­te­ner el equi­li­brio era un ver­da­de­ro pro­ble­ma por­que la ines­ta­bi­li­dad era monu­men­tal y el públi­co, «enci­man­do» cons­tan­te­men­te sobre «los move­di­zos auto­mó­vi­les», pre­sa­gia­ba un acci­den­te segu­ro. Para man­te­ner en ten­sión a los fal­sos pilo­tos, el públi­co ani­ma­ba con gri­tos intem­pes­ti­vos los «infor­tu­nios que esta­ban por lle­gar con casi toda segu­ri­dad».

En una pan­to­mi­ma de impar­cia­li­dad, siem­pre gana­ba el mis­mo: el hijo del doc­tor Ante­lo, Xan o Barrio­lo (barrio­lo = joven inma­du­ro), por­que el padre le com­pra­ba todos los apa­ra­tos nece­sa­rios —la mayo­ría tru­ca­dos— en La Coru­ña. Le lla­ma­ban así por lo ver­gon­zo­so y timo­ra­to que se mos­tra­ba en las fies­tas cuan­do una chi­ca se le acer­ca­ba con inten­cio­nes «no cas­tas», decía el padre.

Manuel era un exce­len­te car­pin­te­ro eba­nis­ta.

—Dada la abun­dan­cia fores­tal de Gali­cia —decía él enva­ne­ci­do—, es un ofi­cio muy impor­tan­te. Sin nues­tra fami­lia, ten­dríais que sen­ta­ros en el sue­lo —y lo seña­la­ba, cara­jo, con una chu­le­ría y un albo­ro­to que todos calla­ban en la taber­na.

Su taller, que había sido de su padre, esta­ba jun­to a la casa, en un peque­ño patio en la par­te tra­se­ra de la vivien­da. Alter­na­ba el tra­ba­jo con el cul­ti­vo. Manuel, el hijo mayor, había here­da­do el ofi­cio del padre, aun­que decía que él era eba­nis­ta y no car­pin­te­ro de aldea. En ese taller guar­da­ba sus herra­mien­tas (el barri­le­te, las uñas, las sie­rras, la ensam­bla­do­ra, las gar­lo­pas, las lijas, los mar­ti­llos…) y el ban­co para labrar las tablas.

Pei­ti­ño alar­dea­ba de que con él la repu­tación de la fami­lia había pros­pe­ra­do muchí­si­mo, pues su padre había hecho mesas, ban­cos, puer­tas, ven­ta­nas… y tra­ba­ja­ba con made­ra de pino y cas­ta­ño. Se limi­ta­ba a lo nece­sa­rio en una casa con made­ra de cali­dad míni­ma, decía Pei­to.

—En cam­bio yo —y mos­tra­ba con orgu­llo su pecho fir­me— tra­ba­jo pre­fe­ren­te­men­te con made­ra de nogal y, en poqui­tas oca­sio­nes, con la de cas­ta­ño. Yo solo hago mue­bles de cali­dad —rema­ta­ba. De esas —y seña­la­ba el table­ro de herra­mien­tas—, de esas —y hacía un ges­to de vani­dad—, de esas ape­nas uso la trin­cha­do­ra, las gar­lo­pas y el torno.

Y en el bar, a la hora de las tapas, con­ta­ba con toda pre­sun­ción que una vez había hecho un reta­blo para una capi­lla cam­pe­si­na en un lugar del muni­ci­pio de Brión.
—San­to lugar de pere­gri­na­ción, ¡man­da cara­llo! Y no esas ton­te­rías que hacen algu­nos —les espe­ta­ba a los com­pa­ñe­ros de tas­ca y rema­ta­ba con un chas­qui­do que hacía con un dien­te que se le movía con­ti­nua­men­te.

De repen­te repa­ra­ba en el reloj y apu­ra­ba en segun­dos el últi­mo tra­go, pues su mujer ya esta­ría en casa con la sar­tén al fue­go y la comi­da casi en la mesa.
—¡Arre demo­nio, son las dos y hay que comer! ¡Hora sagra­da para mí! ¡Bah!, ami­gos, me voy por­que ten­go que irme, que…

—Te van a dar unas bue­nas pan­ca­das si lle­gas tar­de.

—Con esas pri­sas va a pare­cer que tie­nes un yugo en el cue­llo —le reía la parro­quia el apo­ca­mien­to que inten­ta­ba simu­lar cuan­do Car­mi­ña le exi­gía pun­tua­li­dad férrea.

—Aún no ha naci­do la que me pon­ga la mano enci­ma. ¿Sabéis? —y se enva­len­to­na­ba como un gallo enca­ra­ma­do. Pero no era capaz de retra­sar­se ni de fal­tar un día a casa a las dos en pun­to, y que­da­ba por unos segun­dos ergui­do como un jun­co rodea­do de espi­gas débi­les.

Se des­pi­dió y tomó la pis­ta de la fies­ta a toda velo­ci­dad. Le ani­ma­ba mucho el vino, le reju­ve­ne­cía el espí­ri­tu algo daña­do por los años, y en el camino de vuel­ta a casa muchas veces can­ta­ba una copli­lla que había escu­cha­do de niño:
Esta­te muy aten­ta, Car­mi­ña, / que he de ir solo por el teja­do, / para que no se ente­re nadie, / aún mucho menos tus padres, / por­que quie­ro ter­mi­nar ya / lo que esta maña­na he comen­za­do.

Los ojos le bri­lla­ban como cuan­do de joven sal­ta­ba el valla­do de la casa de los padres de Car­mi­ña para ver­la en la «clan­des­ti­ni­dad de la noche». (Pei­to de Bron­ce) (2002)

CAPÍTULO II DE ‘PEITO DE BRONCE’.- EL NOMBRE Y EL ORIGEN

Los días pre­vios a mi via­je a Com­pos­te­la esta­ba ner­vio­so y ate­na­za­do por un com­pro­mi­so lite­ra­rio que, inmo­vi­li­za­do por mi rosa­rio de fra­ca­sos, aca­ba­ría en otro cero. Las habi­li­da­des socia­les y nego­cia­do­ras no eran mi fuer­te. Par­tía siem­pre de una idea per­sis­ten­te que her­vía en mí sin reme­dio alguno: «no nos intere­sa su obra».

Lo úni­co que me agi­ta­ba era el acuer­do al que había lle­ga­do con aquel hom­bre que encon­tré en la Herra­du­ra del par­que de la Ala­me­da. ¿Gran­des expec­ta­ti­vas? Las jus­tas.

Cuan­do me reen­con­tré con Manuel Bali­ño Cas­tro­mil, Pei­to de Bron­ce, me sor­pren­dió su aspec­to arre­gla­do y lleno de vita­li­dad. Nada que ver con el hom­bre taci­turno y derro­ta­do por la vida que se había des­pe­di­do de mí con una mano blan­da y sin fuer­za hacía unos meses. Tal vez qui­sie­ra borrar la ima­gen de hom­bre ator­men­ta­do por una sole­dad impues­ta que no le deja­ba vivir en paz. Era como si se arre­pin­tie­ra de la apa­rien­cia de hom­bre brea­do por las des­gra­cias fami­lia­res que me mos­tró el día de nues­tro pri­mer encuen­tro. Qui­zás nues­tro com­pro­mi­so le dio la vida que él pen­sa­ba ya no tener. Puso mucho inte­rés en que yo repa­ra­ra en la cami­sa lim­pia y la cor­ba­ta azul que lle­va­ba con una orgu­llo­sa ele­gan­cia.

—Vas hecho un pin­cel, Pei­ti­ño —me decía a menu­do mi mujer cuan­do pasea­ba por la coci­na con la cami­sa recién plan­cha­da y unos pan­ta­lo­nes con una caí­da per­fec­ta. Reco­noz­co que me gus­ta­ban los oji­tos que se le ponían a mi mujer cuan­do pro­nun­cia­ba como nadie Pei­ti­ño, y yo pre­su­mía enton­ces como un gallo de pelea.

Des­pués de encon­trar un ban­co con vis­tas a la cate­dral, me dijo que la con­ver­sa­ción debía tener un orden, que nun­ca había tra­ba­ja­do sin pla­ni­fi­car la jor­na­da el día ante­rior.

—Quie­ro con­tar­te la razón de mi nom­bre. Creo que ese debe ser el prin­ci­pio.

Se mos­tra­ba muy orgu­llo­so de su apo­do, pues sabía que las dos ver­sio­nes (la de los ami­gos y la de su mujer) lo ele­va­ban a un lugar de honor en la esca­la de los más des­ta­ca­dos de la aldea.

A él le gus­ta­ban ambas, aun­que son­reía con picar­día con la pri­me­ra por­que la segun­da lo deja­ba ante los hom­bres de la aldea como un mozo ino­cen­te y sin mali­cia.

Los ami­gos con­ta­ban que de joven —le lla­ma­ban Mano­le­cho—, cuan­do iban de vinos por las taber­nas de la aldea, le encan­ta­ba mos­trar el pecho con una natu­ra­li­dad casi ofen­si­va; y que cada vez que moja­ba la palle­ta y apu­ra­ba la taza de un tra­go, se gol­pea­ba el pecho y decía:

—Allá vas, hijo de la parra. Y son­reía mos­tran­do una den­ta­du­ra blan­ca como la nie­ve.

Todo el mun­do decía que en aque­lla épo­ca tenía un pecho fir­me y fuer­te, y que las mozas de la aldea llo­ra­ban por no poder dis­fru­tar y enre­dar los dedos en el pelo riza­do que le cubría, rebel­de y lus­tro­so, la par­te que deja­ba a la vis­ta la cami­sa des­abro­cha­da. Las chi­cas lo espia­ban con la mira­da e se ima­gi­na­ban tum­ba­das en una pla­ya para­di­sía­ca jun­to a él, como si fue­ran Johnny Weiss­mü­ller y una de sus espo­sas, la vedet­te mexi­ca­na Lupe Vélez.

La mujer con­ta­ba otra his­to­ria más román­ti­ca.

De jóve­nes iban a bai­lar siem­pre que había fies­ta o rome­ría, que no eran pocas, en los alre­de­do­res de la aldea.

—Los dos se mue­ven muy bien —decía su madre inten­tan­do imi­tar tor­pe­men­te los pasos de un bai­le que no se sabía si era una muñei­ra, una sar­da­na o una jota ara­go­ne­sa.

Mien­tras sona­ba la músi­ca, ella adop­ta­ba una apa­rien­cia tier­na y apo­ya­ba la cabe­za en el pecho de su mari­do, del color del bron­ce y acol­cha­do por un pelo seme­jan­te al de un col­chón de cuna de un recién naci­do. Ella se jus­ti­fi­ca­ba dicien­do que de ese modo todos los espí­ri­tus malig­nos, fan­tas­mas y áni­mas del demo­nio se ale­ja­ban de su men­te.

—En sus bra­zos estoy en el cie­lo —decía en un tono cari­ño­so, casi como una niña nece­si­ta­da del mimo paterno.

Manuel, Mano­li­ño, / Manuel hecho de pura cera. / ¡Quién me die­ra ser / el fue­go que te derri­tie­ra!

No creo que la bue­na de Car­mi­ña cono­cie­ra la mito­lo­gía clá­si­ca y supie­ra que los dio­ses grie­gos con­ce­die­ron esa vir­tud al bron­ce.

—Mujer, nos está vien­do toda la aldea. Pon­te de una mane­ra menos lla­ma­ti­va.

—¡Ay, Pei­ti­ño! Cuan­do quie­res, eres más adus­to que un eri­zo. Pare­ces una cas­ta­ña reve­ni­da, hom­bre.

Ella le sopla­ba en el pecho y esa sen­sa­ción de fres­cor con el calor del vino lo exci­ta­ba exce­si­va­men­te. Car­mi­ña se daba cuen­ta. No que­ría parar por­que era el úni­co modo de no dis­traer­lo, de encen­der­lo como si estu­vie­ran en una fra­gua libre de direc­tri­ces.

—Mujer, estás loca. ¿No te das cuen­ta de que la mujer de Luis o Baiu­co no nos qui­ta ojo? Y esa es una chis­mo­sa del demo­nio. Le lle­va el cuen­to a tu madre en un segun­do, y des­pués… el que se lle­va las tor­tas soy yo… Que si estoy más sali­do que las cabras de Buga­llo… y no sé cuán­tos insul­tos más.

—¡Bah!, pien­sas más en mi madre que yo. Como sigas así, no sé si voy a tener celos de ella. Y bus­ca­ba con píca­ra astu­cia la boca de su mari­do.

—Para, mujer, para, que vas a con­se­guir que me pon­ga… colo­ra­do, y no por el vino.

Por cier­to, la mujer de Pei­to de Bron­ce se lla­ma­ba Car­me Rebo­ri­do Lou­sa­me, fami­liar­men­te Car­mi­ña a Taram­bo­lla. Ya expli­ca­ré su sig­ni­fi­ca­do. Era natu­ral de Ber­ta­mi­ráns, Ames, en el valle de A Maía. Más exac­ta­men­te de una zona lla­ma­da Os Mar­cos, pues allí había unas pie­dras cla­va­das en la tie­rra que divi­dían su heren­cia de la de sus veci­nos, los Cara­mu­xos. Sus padres vivían en esa casa des­de hacía muchos años. Habla­ban del siglo pasa­do para situar en el tiem­po la fecha exac­ta en la que comen­zó la vida de su fami­lia en ese lugar tan pla­cen­te­ro.

Cuan­do ter­mi­na­ba el bai­le, se sen­ta­ban disi­mu­la­da­men­te en dos tabu­re­tes que bor­dea­ban una mesa de made­ra. Él, lleno de ener­gía; ella, soñan­do con lle­gar a casa.

—No más vino, Pei­ti­ño, no más vino, que lue­go lle­gas a casa y duer­mes como el párro­co de Bidui­do cuan­do come en casa de doña María. (Pei­to de Bron­ce) (2002)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CAPÍTULO I DE ‘PEITO DE BRONCE’.- EL ENCUENTRO

En una de mis últi­mas estan­cias en Com­pos­te­la, hace ya muchos años, en el mes de mayo, fui «víc­ti­ma» de una peque­ña anéc­do­ta. Eso pen­sa­ba yo al prin­ci­pio; por­que, muchas veces, las anéc­do­tas vue­lan como paja­ri­llos libres y se posan en el lugar menos espe­ra­do. Des­pués, como verás, se con­vir­tió en la semi­lla de la his­to­ria que hoy comien­zo a rela­tar. Dicen que los ele­fan­tes tie­nen muy bue­na memo­ria y no olvi­dan su cemen­te­rio. Yo no ten­go nada de ele­fan­te, así que mi evo­ca­ción es mi ver­dad.

Como todos los días, hacia el atar­de­cer, fui a pasear a la Herra­du­ra, en el par­que de la Ala­me­da. Recuer­do que siem­pre bus­ca­ba un ban­co apar­ta­do en el que se sin­tie­ra el fres­cor de esa hora casi sin sol. No desea­ba com­pa­ñía, solo fijar­me en la majes­tuo­si­dad de la cate­dral y res­pi­rar el aire y el aro­ma de las plan­tas que me rodea­ban.

Esta­ba ya har­to del calor sofo­can­te de Madrid y nece­si­ta­ba sen­tir la hume­dad de la tie­rra galle­ga. Gali­cia tam­po­co olvi­da a los suyos. Y cuan­do esta­ba en eso, vi a lo lejos la figu­ra tam­ba­lean­te de un hom­bre mayor que res­pi­ra­ba con mucha difi­cul­tad a cau­sa del can­san­cio y del calor inci­pien­te. Tenía una mane­ra aho­ga­da y des­he­cha —segu­ro que por los años— de tran­si­tar el camino de tie­rra que lle­va­ba a mi rin­cón. Por dar­le un toque dra­má­ti­co, diría­mos que la muer­te se veía en su cara arru­ga­da con una niti­dez casi vir­tual. Deam­bu­la­ba con una par­si­mo­nia ele­gan­te y cal­mo­sa, como si ya lo hubie­se anda­do todo. Al lle­gar a mi altu­ra vi que bus­ca­ba con codi­cia, e inco­mo­di­dad para mí, un lugar don­de sen­tar­se. Al ver que a mi lado había uno, se aba­lan­zó hacia él como un rayo en una tor­men­ta. Este últi­mo esfuer­zo lo dejó sin alien­to, y tar­dó unos cuan­tos minu­tos en recu­pe­rar el resue­llo. Mien­tras recu­pe­ra­ba la res­pi­ra­ción —el poco aire que le que­da­ba en los pul­mo­nes, decía él— se dis­cul­pó varias veces por la «sere­na­ta» que me esta­ba ofre­cien­do. Yo no sé qué le mur­mu­ré, pues seguía en mi esta­do de enso­ña­ción con­tem­plan­do uno de los atar­de­ce­res más hechi­ce­ros de mi vida. Pero él tenía ganas de hablar y vol­vió a dis­cul­par­se con más fer­vor, para ganar­se mi volun­tad y así man­te­ner una con­ver­sa­ción con­mi­go.

—Ya no ten­go con­cien­cia del futu­ro, todo en mí es pasa­do —espe­tó sen­ten­cio­sa­men­te—. ¡Y cómo pesa el mal­va­do!

—¿Y qué quie­re que le diga, mi ami­go? —pen­sé para mí.

Pero él no esta­ba por la labor de espe­rar mi res­pues­ta y con­ti­nuó hablan­do can­sa­do, como si tuvie­se pre­pa­ra­do el dis­cur­so des­de hacía tiem­po.

—Todo en mí es pasa­do. Ten­go esta male­ta —seña­lán­do­se la cabe­za— lle­na de expe­rien­cias y recuer­dos —hara­pos de mi vida— y lle­vo varios días con el «run­rún» de que ya me ha lle­ga­do la hora; y si no mue­ro, voy a esta­llar, mucha­cho.

Son­reí con afec­to, pues hacía mucho tiem­po que nadie me lla­ma­ba así. Esta­ba cla­ro que este hom­bre tenía las coor­de­na­das tem­po­ra­les bas­tan­te des­pla­za­das.

—Tam­bién yo comien­zo a sen­tir el paso del tiem­po. Cier­to es que de otro modo. El tiem­po pesa en nues­tras vidas de mane­ra dife­ren­te.

No sé cómo fue, pero el caso es que comen­za­mos a hablar de lo que él lla­ma­ba los tiem­pos hui­dos, y ense­gui­da lle­ga­mos a un pac­to casi de san­gre.

En el mes de julio yo vol­ve­ría con más cal­ma a San­tia­go y acor­da­mos el siguien­te com­pro­mi­so: todos los días de la sema­na, al ano­che­cer, con­ver­sa­ría­mos un poco de las cosas de la vida.

—Pala­bra de hom­bre —rema­tó él.

Yo asen­tí con la cabe­za.

—Por cier­to, yo me lla­mo Manuel Bali­ño Cas­tro­mil, más cono­ci­do como Pei­to de Bron­ce; hijo de Xoán Bali­ño Pei­to de Anchoa y Maru­xa Cas­tro­mil a Esca­chao­vos.

De repen­te se levan­tó ayu­dán­do­se con su bas­tón y me dijo son­rien­do:

—Has­ta enton­ces, ami­go. Y se mar­chó.

A lo lejos per­ci­bí que cami­na­ba con un andar mucho más ágil y lige­ro. Creo que le insu­flé alien­to humano en su espí­ri­tu vol­ca­do. La sole­dad vacía el alma, y deja a los hom­bres casi derro­ta­dos y des­he­chos. Por lo que supe des­pués de él, era un hom­bre muy par­co en pala­bras.

Pája­ro que bien callas, / en ese ver­de code­so; / tu poca con­ver­sa­ción /es signo de des­pre­cio. (Pei­to de Bron­ce) (2002)

 

PRÓLOGO DE ‘PEITO DE BRONCE’

Hay libros que nacen de la tie­rra, como nacen los car­ba­llos o los arro­yos. Pei­to de Bron­ce es uno de esos libros. No es solo la his­to­ria de un hom­bre, sino el retra­to ínti­mo y sin­ce­ro de una vida labra­da entre los mon­tes, los cam­pos y los silen­cios de una peque­ña aldea galle­ga. Cada capí­tu­lo, bre­ve como un alien­to, es una ven­ta­na abier­ta al mun­do inte­rior de un hom­bre y de su fami­lia que, sin gran­des ges­tos ni pala­bras alti­so­nan­tes, cons­tru­ye su exis­ten­cia con dig­ni­dad, esfuer­zo y ape­go a la tie­rra.

El pro­ta­go­nis­ta, hijo de cam­pe­si­nos, nace en un tiem­po de esca­sez y espe­ran­za. Su infan­cia trans­cu­rre entre jue­gos humil­des y tareas que lo van mol­dean­do, como el hie­rro en la fra­gua. La fami­lia es su pri­mer uni­ver­so: los padres, los her­ma­nos, los veci­nos, todos for­man par­te de una red de afec­tos y debe­res que le dan sen­ti­do a la vida. El tra­ba­jo, duro y cons­tan­te, es el eje alre­de­dor del cual gira su juven­tud y madu­rez. No hay épi­ca, pero sí ver­dad. No hay héroes, pero sí gen­te que resis­te, que ama, que lucha sin rui­do.

La aldea, peque­ña y apa­ren­te­men­te olvi­da­da, es el esce­na­rio don­de se desa­rro­lla esta his­to­ria. Pero no es un lugar cual­quie­ra: es un micro­cos­mos de huma­ni­dad, de tra­di­ción, de memo­ria. A tra­vés de las esta­cio­nes, de las fies­tas, de las pér­di­das y de los encuen­tros, el lec­tor va des­cu­brien­do un mun­do que, aun­que humil­de, está lleno de belle­za y sig­ni­fi­ca­do.

Este libro es tam­bién un home­na­je a Gali­cia, a su capa­ci­dad para nom­brar lo ínti­mo, lo coti­diano, lo esen­cial. Cada pala­bra está esco­gi­da con cui­da­do, cada fra­se res­pi­ra auten­ti­ci­dad. Pei­to de Bron­ce es, en defi­ni­ti­va, un can­to a la vida rural, a la vida silen­cio­sa de quie­nes habi­tan los espa­cios olvi­da­dos, y a la fuer­za de un hom­bre que, sin pre­ten­der ser ejem­plo, aca­ba sien­do sím­bo­lo.

Al lec­tor que se acer­que a estas pági­nas, solo le pido que lo haga con cal­ma, con ojos lim­pios y cora­zón abier­to. Por­que aquí, entre estas líneas, vive un hom­bre de ver­dad. Y su his­to­ria mere­ce ser escu­cha­da. (Pei­to de Bron­ce) (2002)