Desde que nació el pequeño Evaristo, o Facareño da Maía, ya que era el pobrecito un niño enclenque y escaso de carnes, un chupón, la vida de sus padres se convirtió en una interminable peregrinación médica. Cada vez que se enteraban de un nuevo tratamiento, allí estaban ellos, en la consulta del pediatra. Lo cierto es que el niño no crecía, pasaban los meses y su tamaño seguía siendo el mismo: un chícharo.
—Está enclenque porque no come nada, carallo. Voy a tener que llevarlo a que le dé el pecho una nodriza de Sisalde, pues dice el médico que mi mujer tiene un pecho muy difícil, le decía a un familiar que fue un día a felicitarlo por la paternidad.
En el bautizo la tristeza presidió la ceremonia. Parecía más una despedida de la vida que una gloriosa bienvenida. Solo en el momento de proclamar el nombre del nuevo cristiano ocurrió una graciosa anécdota.
—¿Qué nombre quieren ponerle?, preguntó el cura.
—Avaristo, dijo el padre, Avaristo, que tiene mucha categoría.
—Con e, con e, lo corrigió el cura.
—Yo quiero Avaristo, caray.
—Pero, hombre, tiene que ser Evaristo, con e.
Después de no sé cuántos minutos de discusión, el niño salió de la iglesia con el apodo de Coneíño.
El debilitamiento que sufría el niño se llamaba raquitismo, y fue una durísima cruz en la vida del corpulento Peito de Bronce. Ya más de uno había hablado a sus espaldas de un castigo por tanta fanfarronería.
—Lo que tiene el niño es el demonio en el cuerpo, tiene el tangaraño, hay que llevarlo al meigo para expulsarlo, hay que llevarlo a un hombre que tenga buena mano en esa tarea.
Plantas, hierbas, ritos purificadores del alma… nada… el niño cada vez más pequeñito.
También fueron en peregrinación a la romería de la Ermita de San Benito de la Cueva del Lobo, cerca de Ourense, en la parroquia de San Lorenzo de Piñor, en Barbadás, el once de julio. A esta ermita acuden muchas madres para curar a sus niños del tangaraño. Hicieron con los ojos cerrados el viejo rito de la Piedra del Tangaraño o Peñasco Vigón: en una de esas ancestrales «piedras agujereadas» la madre pasa la criatura a la madrina, que está al otro lado del agujero, diciendo estas palabras mientras lo mete por el hueco:
Señor San Benito, / a mi hijo te traigo: / enfermo te lo dejo, / devuélvemelo sano.
El niño iba con su correspondiente bolsa con los defensores contra las malas miradas colgada del cuello. Y nada tampoco.
—Eso es tiempo perdido. No sé por qué vais allí. Este niño tiene lo que tiene y nada más. ¿No veis que tiene la muerte en la cara?
Y cuando estaban con los preparativos para peregrinar el ocho de septiembre a la romería de San Andrés de Teixido, el niño empeoró de repente. Una noche empezó a subirle la fiebre hasta los cuarenta y un grados. Tenía la cara encendida, los ojos somnolientos, una modorra delirante, las sienes ardiendo y una fina capa de sudor producida por el calor. El médico no dudó ni un instante.
—Meningitis, y con la poca salud que tiene el niño, no sé…
Los dos días siguientes fueron similares: el rostro, cada vez más seco y febril a la vez; los ojos, hundidos y con un resplandor siniestro; y de vez en cuando unos bruscos saltos en la cama que oprimían el corazón de los padres.
—Rezad, rezad a Santa Ana, para que tenga buena muerte y poca cama, decía el cura cada vez que lo visitaba.
Y la noche del día de la Virgen, después de recibir los santos óleos, el niño de los Baliño murió en silencio, sin apenas tener conciencia de la vida. El velorio fue de los que hicieron época, pues se habló de él durante mucho tiempo. El entierro, como dijo un vecino días después en la taberna, llevó mucha gente de Dios. Para la familia, el fallecimiento de Avaristo supuso una tragedia que jamás olvidarían.
¡Mala muerte, tirana muerte!, / mira el pago que me ofreces: / te llevas sola a mi joya / a la sombra de los cipreses.
—Padre, usted cree que esto me lo mandó Dios como castigo por mi arrogancia, ¿eh? ¿Lo piensa usted también?
—No, hombre, no. ¡Venga, venga! La bondad de Dios es infinita, y la libertad que da al hombre aún más. Si alguna vez hubieras ido a la iglesia sabrías que Dios escribe a veces con líneas torcidas, y que nosotros debemos descifrar su sentido. La autonomía del hombre en la tierra es también infinita. No culpes a Dios de lo que hizo su naturaleza. Te dio este dolor y nada más.
—Está bien, don Servando, está bien; pero, para mí no lo está, no lo está… (Peito de Bronce) (2002)
