VERSOS QUE NO DIJE EN VOZ ALTA

MI ANSIEDAD

Vivo estran­gu­la­do por la ansie­dad, como si el aire se nega­ra a entrar del todo. Den­tro de mí, el deseo se con­tra­di­ce: una par­te se mar­cha con las manos vacías, la otra se que­da afe­rra­da a una fuer­za apren­di­da a base de resis­ten­cia. Solo pido que cesen los pun­zo­nes, esos ner­vios afi­la­dos que des­de hace siglos se alo­jan en mi alma y atra­vie­san mis sen­ti­dos sin pedir per­mi­so. Me reco­rren como una pro­ce­sión erran­te de cuer­pos sin abri­go, de camas aban­do­na­das, de espa­cios don­de ya no exis­te la pala­bra hogar. (Ver­sos que no dije en voz alta) (1995–2025)

OTRA VEZ MI SOLEDAD

Otra vez regre­so a mi sole­dad como quien vuel­ve a una habi­ta­ción cerra­da des­de den­tro. La noche pelea con­mi­go y me ofre­ce, como úni­co com­ba­te, la orfan­dad y el des­am­pa­ro. Si supie­ras invi­tar­me —aun­que fue­se sin nom­bre, sin pro­me­sa— a un pla­cer dis­cre­to, de puer­tas que no cru­jen, qui­zá me deja­ría lle­var has­ta una altu­ra don­de el gozo no nece­si­ta tes­ti­gos. Dime que esa feli­ci­dad será solo mía, que nadie más sabrá pro­nun­ciar­la. Por­que debes enten­der que mi fide­li­dad a esta cau­ti­vi­dad es tan autén­ti­ca como la ban­de­ja de entra­da de un correo lle­na de invi­ta­cio­nes que nun­ca acep­té, men­sa­jes fríos que no lle­ga­ron a ser pala­bra. (Ver­sos que no dije en voz alta) (1995–2025)

NOCHE SOSEGADA

En unos segun­dos sen­tí el sabor de su voz y duran­te lar­gos minu­tos juré no olvi­dar la nos­tal­gia de nues­tro encuen­tro. Sin embar­go, me susu­rra­ron al oído que la unión expe­ri­men­ta­da en aquel huma­ni­za­do espe­jo fue una mar­chi­ta pesa­di­lla, y har­to de tan­tas ilu­sio­nes el pul­so de mis arte­rias se des­va­ne­ció como un fan­tas­ma ena­mo­ra­do. Todo fue una simu­la­da apro­xi­ma­ción que por unos ins­tan­tes mania­tó la men­te de un cuer­po pre­sa de cere­mo­nias y encu­bier­to de iné­di­tas creen­cias. A la par se ace­le­ró con inusi­ta­da emo­ción mi memo­ria y via­jó como un reloj atem­po­ral a la suer­te de mi infan­cia. (Ver­sos que no dije en voz alta) (1995–2025)

LA LECTURA

Abrir un libro es como abrir mi pro­pio refu­gio. No nece­si­to que nadie me entien­da. Bas­ta con que las pági­nas me hablen. Dicen que leer es per­der el tiem­po, pero yo sé que en cada pala­bra encuen­tro un lati­do, en cada his­to­ria una for­ma dis­tin­ta de res­pi­rar. Los libros me rega­lan pen­sa­mien­tos que me sos­tie­nen, sue­ños que no se des­gas­tan, silen­cios que me acom­pa­ñan cuan­do el mun­do se vuel­ve dema­sia­do rui­do­so.

En la cal­ma de la tar­de, la voz escri­ta se con­vier­te en com­pa­ñía. Es un río que nun­ca se ago­ta, una músi­ca que me envuel­ve sin fin. Cada pági­na es un sen­de­ro que me invi­ta a cami­nar des­pa­cio, cada ver­so un hori­zon­te que me abre los ojos. Leo sin pri­sa, guia­do por la luz de la pala­bra, como quien sigue una estre­lla en la noche.

Cuan­do todo calla, el libro per­ma­ne­ce abier­to, pacien­te y fiel, aguar­dan­do por mí. Y enton­ces sé, con cer­te­za, que el ver­da­de­ro via­je no nece­si­ta mapas ni relo­jes: bas­ta una pági­na, bas­ta un cora­zón dis­pues­to a escu­char lo que la tin­ta guar­da.

Y a veces, mien­tras paso las pági­nas, sien­to que no estoy solo. Que alguien, en algún lugar, escri­bió estas pala­bras para mí, sin saber­lo, y que en ese ges­to invi­si­ble se escon­de la más pura for­ma de com­pa­ñía. Leer es, al fin, reco­no­cer­me en otros, y des­cu­brir que mi vida tam­bién se escri­be en silen­cio. (Ver­sos que no dije en voz alta) (1995–2025)

 

LA TIMIDEZ

La timi­dez que lle­vo no es una debi­li­dad, es una for­ma deli­ca­da de sen­tir el mun­do. Cada pala­bra pesa y cada ges­to nece­si­ta valor. Hay noches en las que el silen­cio due­le y maña­nas en las que desea­ría des­apa­re­cer. Eso no me hace menos, solo me mues­tra cuán­to cui­do de mí y de los demás. Den­tro de ese pudor hay una fuer­za tran­qui­la: la capa­ci­dad de obser­var con aten­ción, de escu­char con ter­nu­ra y de bri­llar en momen­tos peque­ños, pero ver­da­de­ros. Quie­ro avan­zar a mi rit­mo, cele­brar los pasos dimi­nu­tos y recor­dar que, quie­nes me quie­ren, ven la belle­za de mi sen­si­bi­li­dad, inclu­so cuan­do aún no la veo yo. (Ver­sos que no dije en voz alta) (1995–2025)

ESTOY PERDIDO

Estoy per­di­do. Me dicen que siga escri­bien­do, pero mi anhe­lo bucea por un océano reple­to de pirá­mi­des y de lechos mor­tuo­rios. En uno de ellos leo que ha des­pa­re­ci­do mi lite­ra­tu­ra, que la ha devo­ra­do un gran tibu­rón blan­co que está recu­brien­do el fon­do marino con poe­mas fir­ma­dos por mí, un tal José María Máiz Togo­res.

Estoy per­di­do. Des­pier­to del sue­ño y no me encuen­tro. Sigo per­di­do. No en un bos­que de pala­bras, ni en una ciu­dad extran­je­ra, ni en una des­po­bla­da aldea galle­ga, sino en el pasi­llo sin pare­des don­de mis pala­bras se des­va­ne­cen antes de tocar el papel. Me dicen los male­di­cen­tes, que son mayo­ría, que ya no soy capaz de asen­tar­las en un poe­ma.

Estoy per­di­do. Escri­bo como quien lan­za pie­dras al agua espe­ran­do que algu­na flo­te. Impo­si­ble. Son tan den­sas que el volu­men de agua que des­pla­zan por su inte­rior no pesa lo sufi­cien­te para con­tra­rres­tar mi pro­pio peso, y por eso se hun­den, por eso me hun­den.

Esto es lo que te ocu­rre a ti cuan­do escri­bes, sen­ten­cia una mei­ga a la que he acu­di­do menes­te­ro­so y angus­tia­do. Cada línea pesa más que tu pro­pia vida y sucum­bes con una son­ri­sa en los labios que se ha bebi­do toda el agua del pla­ne­ta.

Estoy per­di­do. No hay mapa, ni brú­ju­la, ni voz que me indi­que por dón­de se lle­ga a mí, por dón­de empe­zar a escri­bir.  A veces, en sue­ños, creo que lo hago para encon­trar­me. Otras, para no des­apa­re­cer del todo.

Pero hay días en que la tin­ta se vuel­ve nie­bla, y cada fra­se es un eco que no me reco­no­ce. Enton­ces, llo­ro por­que me ha trai­cio­na­do mi espa­cio, por­que ya nadie me pue­de loca­li­zar.

Estoy per­di­do. Me pre­gun­to si la cau­sa de mi fra­ca­so lite­ra­rio está en el acto mis­mo de no escri­bir. Me pro­du­ce un pla­cer a veces inca­li­fi­ca­ble el sim­ple acto de sos­te­ner una plu­ma sin usar­la, por­que es una mane­ra de estar pre­sen­te y dis­fru­tar de un momen­to sin una exi­gen­cia lite­ra­ria.

Estoy per­di­do por­que en el tem­blor de la mano, en el sus­pi­ro que se cue­la entre dos ver­sos, en el inten­to de nom­brar lo innom­bra­ble encuen­tro un pai­sa­je desér­ti­co en el que habi­to des­de hace un tiem­po.

Estoy per­di­do. Qui­zás escri­bir no sea lle­gar, sino que­dar­se. Que­dar­se en el bor­de de la vida, en el umbral, en ese lugar don­de el sen­ti­do aún no ha naci­do, pero ya res­pi­ra.

Estoy per­di­do, sí. Pero en esta pér­di­da hay una músi­ca que no cesa. Una melo­día que me empu­ja a seguir escri­bien­do, aun­que no sepa para quién, aun­que no sepa por qué, aun­que no sepa si algu­na vez podré enla­zar dos fra­ses segui­das por­que no sé si este hilo es mío, por­que no sé si a ti te intere­sa lo que escri­bo.

Sí. Estoy per­di­do. (Ver­sos que no dije en voz alta) (1995–2025)

HISTORIA DE UN AMOR IMPOSIBLE

Como una pro­me­sa que se des­ha­ce en el aire, entré en el bos­que de los cuer­pos sin nom­bre, don­de los árbo­les latían como venas abier­tas y los pája­ros can­ta­ban en idio­mas que solo la piel entien­de. La noche moja­ba mis hom­bros con una len­gua de nie­bla y sal, y cada estre­lla era un ojo que me des­nu­da­ba sin jui­cio, sin tiem­po, sin moral. Cami­na­ba por un río de espe­jos, don­de cada refle­jo era una ver­sión dis­tin­ta de mí: una mujer de fue­go, un hom­bre hecho de are­na, un ani­mal que res­pi­ra por entre los dedos. Las manos que me toca­ban no tenían due­ña, eran vien­to, eran deseo, eran recuer­dos de otros cuer­pos que nun­ca viví. Y yo me deja­ba lle­var, como quien se entre­ga a un sue­ño que sabe que es men­ti­ra, pero que sabe mejor que ver­dad. La piel, des­nu­da, era un altar don­de se ofre­cían los silen­cios, los lati­dos, los esca­lo­fríos que nacen entre la cla­ví­cu­la y el abis­mo. Una boca sin ros­tro mur­mu­ra­ba ver­sos en mi oído izquier­do, mien­tras el dere­cho escu­cha­ba al mar hacer el amor con las rocas. Y yo, des­nu­do, sin nom­bre, sin his­to­ria, era solo car­ne que pien­sa, pen­sa­mien­to que arden, ardor que se expan­de como tin­ta en un lien­zo húme­do. En el cen­tro del mun­do había un cora­zón hecho de fue­go y miel, y allí, entre sus lati­dos, des­cu­brí que el pla­cer es tam­bién una for­ma de ora­ción, que el cuer­po es tem­plo, y que la piel, des­nu­da, es la úni­ca ver­dad que nun­ca mien­te. (Ver­sos que no dije en voz alta) (1995–2025) (Envia­do a una revis­ta lite­ra­ria) (Recha­za­da su publi­ca­ción)

LA NOCHE QUE LLEVO DENTRO

La noche que lle­vo den­tro no lle­ga con estre­llas ni con luna: lle­ga en silen­cio, con el peso frío de un abri­go que no encuen­tro. Es un cuar­to sin ven­ta­nas don­de mis pen­sa­mien­tos se vuel­ven faro­les apa­ga­dos; es la pacien­cia de un reloj que ha olvi­da­do su tic, el rumor len­to de la san­gre que cono­ce ata­jos en la som­bra.

Cami­na por mis venas como quien reci­ta un poe­ma en idio­ma ajeno: sabe de hora­rios, de des­pe­di­das, de nom­bres que ya no enca­jan en la boca. A veces se sien­ta en la ori­lla de mi len­gua y me sopla las pre­gun­tas que nun­ca apren­dí a res­pon­der; otras, se acues­ta en mi pecho y me ense­ña a escu­char el lati­do como si fue­se un mapa.

Hay en esa noche un país de peque­ñas cer­te­zas: la lám­pa­ra que rehú­so encen­der, la silla que siem­pre que­da vacía, el olor a libro cerra­do. Pero tam­bién hay fero­ces escon­di­tes: risas escon­di­das en un plie­gue, una músi­ca que apa­re­ce al azar y me devuel­ve un ins­tan­te que pen­sé per­di­do. No pre­ten­de des­truir­me: ape­nas orde­na mis pen­sa­mien­tos en fila, les pide que se miren la cara y, si quie­ren, que se abra­cen.

Cuan­do apa­re­ce la maña­na ―y a veces no apa­re­ce― la noche que lle­vo den­tro no se va del todo; se que­da como un hués­ped pru­den­te que guar­da mi abri­go y me deja salir con la pro­me­sa de vol­ver. Y yo camino con ella, ense­ñán­do­le las ace­ras, mos­trán­do­le la luz que conoz­co, apren­dien­do a nom­brar­la sin pedir per­mi­so para dor­mir. (Ver­sos que no dije en voz alta) (1995–2025)

SIN RESPUESTA

Me has aca­ri­cia­do como a un niño. Lo que en un prin­ci­pio con­si­de­ré un cán­di­do piro­po, a los pocos minu­tos lo vi como un hirien­te menos­pre­cio. Está­ba­mos en nues­tro des­tar­ta­la­do pub de la calle Her­mo­si­lla. Sí. Aquel. Sí. El del olor, según tú, a pru­ri­to de vul­ga­ri­dad sucia y por­dio­se­ra. ¿Sabes? Eres letal con las com­pa­ra­cio­nes. Qui­se mi mejor ver­sión para tu fra­gan­te y bal­sá­mi­ca piel. Y tú que si un niño mima­do. ¡Dios! Y yo, oló­gra­fo de un extra­ña­do y ven­ci­do hom­bre, muer­to antes de reco­no­cer cada poro de tu piel. Y tú que qué exu­da­ción de ordi­na­riez. Y yo que si un susu­rro, que si una cari­cia, que si una invi­ta­ción. Y tú, pala­bras sin com­pro­mi­so. Y yo, que es nues­tro recón­di­to espa­cio para nues­tras con­fe­sio­nes. Y tú que si tus medias de cris­tal valen más que las con­su­mi­cio­nes de este gari­to. Y yo, escu­chi­mi­za­do y raquí­ti­co a tu lado, le pedí al hom­bre del piano que toca­ra nues­tra can­ción. Y tú, que ya no es mía…dijiste. (Ver­sos que no dije en voz alta) (1995–2025)

RAZONES «SURREALISTAS» POR LAS QUE YO ESCRIBO POEMAS EN PROSA

En el rei­no flo­tan­te entre la pala­bra y el silen­cio, los poe­mas en pro­sa surrea­lis­tas son cria­tu­ras ambi­guas: no son del todo ver­so, pero tam­po­co pro­sa libre; exis­ten como peces que res­pi­ran aire, nadan­do en ríos de sin­ta­xis para for­mar una alqui­mia emo­cio­nal que desa­fía la lógi­ca lineal.

Un poe­ma en pro­sa surrea­lis­ta no se dis­cul­pa por su for­ma: se des­li­za sin rima, pero con músi­ca secre­ta. Su gené­ti­ca es caó­ti­ca: nace del sue­ño, de la intui­ción, y a veces del que os habla que sue­ña pala­bras. Es el dia­rio ínti­mo de lo absur­do, don­de una silla pue­de llo­rar y un reloj pue­de hablar en dos len­guas que no cono­cen.

El surrea­lis­mo abra­za lo incons­cien­te, y el poe­ma en pro­sa es su mejor cons­pi­ra­dor. André Bre­ton lo enten­de­ría como un acto de rebel­día sin­tác­ti­ca, don­de los sig­ni­fi­ca­dos se eva­po­ran antes de ate­rri­zar. Se reve­la en imá­ge­nes ines­pe­ra­das: «El cuchi­llo pen­só en la luna, y el espe­jo ladró cuan­do vio a mi nos­tal­gia llo­rar». ¿Tie­ne sen­ti­do? No. ¿Tie­ne ver­dad? Abso­lu­ta­men­te.

Estas obras no bus­can cla­ri­dad, no van diri­gi­das a su com­pren­sión lógi­ca, no, bus­can la des­orien­ta­ción lúci­da. Las pala­bras se reúnen como insec­tos alre­de­dor de una bom­bi­lla fun­di­da: atraí­das por una luz que no exis­te ya y no se pue­de tocar. En lugar de des­cri­bir la reali­dad, la des­fi­gu­ran para que poda­mos ver­la más pro­fun­da­men­te.

Así, el poe­ma en pro­sa surrea­lis­ta es una máqui­na de atmós­fe­ras, un espe­jo sin for­ma, un gato que escri­be con tin­ta de luna.

Ejem­plo de poe­ma en pro­sa surrea­lis­ta

El para­guas sue­ña con el océano. No por agua, sino por olvi­do. En su tela se escon­den las car­tas que nun­ca lle­gan, escri­tas por manos que no exis­ten. Cuan­do lo abras, llo­ve­rá den­tro. (Ver­sos que no dije en voz alta) (1995–2025)

RAZONES «LÓGICAS» POR LAS QUE YO ESCRIBO POEMAS EN PROSA

En un mun­do lite­ra­rio don­de las for­mas tien­den a com­par­ti­men­tar­se ―el poe­ma, la nove­la, el ensa­yo―, el poe­ma en pro­sa apa­re­ce como una cria­tu­ra poé­ti­ca que tien­de un puen­te entre lo líri­co y lo narra­ti­vo. Escri­bir poe­sía en pro­sa no es sim­ple­men­te recha­zar el ver­so, sino explo­rar una liber­tad dis­tin­ta, un len­gua­je que no nece­si­ta cor­tar­se en ver­sos para ser inten­sa­men­te poé­ti­co.

El poe­ma en pro­sa se libe­ra de la métri­ca y de la rima, pero no renun­cia a la músi­ca. La caden­cia se con­vier­te en una cues­tión inter­na: el rit­mo nace del alien­to, de la elec­ción pre­ci­sa de pala­bras, de la dis­po­si­ción secre­ta de las fra­ses. Este tipo de escri­tu­ra per­mi­te que la emo­ción flu­ya sin las inte­rrup­cio­nes del cor­te ver­sal, sin la nece­si­dad de jus­ti­fi­car cada ver­so con un patrón for­mal.

La pro­sa poé­ti­ca es ideal para el pen­sa­mien­to que no se aco­mo­da a una for­ma cerra­da. Per­mi­te vagar, dudar, aso­ciar ideas con imá­ge­nes, bus­car una ver­dad emo­cio­nal sin tener que lle­gar a una con­clu­sión. Es el for­ma­to per­fec­to para explo­rar el pai­sa­je inte­rior: lo que se sien­te, pero no se sabe decir del todo.

Un poe­ma en pro­sa pue­de con­tar una his­to­ria, pero lo hará con la eco­no­mía y la inten­si­dad de un poe­ma. Pue­de refle­xio­nar como un ensa­yo, pero se des­li­za­rá entre sím­bo­los y silen­cios como un sue­ño. Su fuer­za radi­ca en esa hibri­dez: es lite­ra­tu­ra que resis­te ser cla­si­fi­ca­da, que se des­li­za entre géne­ros sin pedir per­mi­so.

Vivi­mos en una épo­ca de frag­men­tos: pen­sa­mien­tos inte­rrum­pi­dos, emo­cio­nes super­pues­tas, memo­rias que lle­gan como ráfa­gas. El poe­ma en pro­sa res­pon­de a esa sen­si­bi­li­dad. Es una for­ma ideal para cap­tu­rar lo fugaz, lo que no se desa­rro­lla del todo, pero deja una pro­fun­da hue­lla. La bre­ve­dad no es una limi­ta­ción, sino una for­ma de con­den­sa­ción.

Aun­que parez­ca moderno, el poe­ma en pro­sa tie­ne una lar­ga his­to­ria. En el siglo XIX, Bau­de­lai­re ya lo usa­ba para sacu­dir los lími­tes del len­gua­je poé­ti­co. Rim­baud, Aloy­sius Ber­trand, Pizar­nik, Cor­tá­zar, Leza­ma Lima, Luis Cer­nu­da o Anne Car­son han explo­ra­do esta for­ma como un cam­po de resis­ten­cia. Escri­bir poe­mas en pro­sa es dia­lo­gar con esa tra­di­ción que no tema la trans­for­ma­ción y el pro­gre­so.

El poe­ma en pro­sa per­mi­te expe­ri­men­tar: jugar con el tono, la sin­ta­xis, la repe­ti­ción y la ima­gen. Es un espa­cio don­de el len­gua­je se esti­ra, se tuer­ce, se rein­ven­ta. En su inte­rior, el escri­tor no está obli­ga­do a ceñir­se a una fór­mu­la, sino a seguir una pul­sión, una voz inte­rior que dic­ta su pro­pio rit­mo.

Escri­bir poe­mas en pro­sa no es sólo una elec­ción for­mal: es una decla­ra­ción esté­ti­ca. Es optar por un len­gua­je que flu­ye libre­men­te, pero sigue sien­do exi­gen­te, una for­ma que no nece­si­ta del ver­so para emo­cio­nar, una vía abier­ta para decir lo que no cabe en lo con­ven­cio­nal. Para quie­nes sien­ten que la poe­sía está en todas par­tes ―en una idea, en un recuer­do, en una ima­gen fugaz―, la pro­sa poé­ti­ca es el terri­to­rio natu­ral para habi­tar y vivir. (Ver­sos que no dije en voz alta) (1995–2025)

DESPEDIDA

Te levan­tas­te calla­da, heri­da y des­nu­da, mien­tras yo con­su­mía un géli­do café que me lle­vó al paraí­so de los orgas­mos sin pla­cer. Me miras­te con ojos inmi­se­ri­cor­des lle­nos de una cadu­ca luju­ria. Tu tiem­po pasó, me dijis­te con una mez­cla de indig­na­ción y con­des­cen­den­cia. Y yo me lo creí con la gene­ro­si­dad de los pusi­lá­ni­mes derro­ta­dos. Me dejas­te solo. Aún sigo así. (Ver­sos que no dije en voz alta) (1995–2025)

ADIÓS

Des­apa­re­ce entre noso­tros el amor como una aven­tu­ra aho­ga­da de fur­ti­vas pro­me­sas en pri­ma­ve­ra. Se tor­na en un cuchi­llo de repro­ches y se agi­ta mi san­gre blas­fe­man­do un augu­rio de per­pe­tuas ausen­cias. Ya en mi memo­ria, en sole­dad ple­na, un alud de melan­có­li­cas lágri­mas jadea inmi­se­ri­cor­de el recuer­do mutuo de aque­lla goza­da habi­ta­ción. Enton­ces, un pun­zan­te rami­lle­te de olvi­da­das cari­cias hie­re mi enfer­ma tris­te­za dejan­do en mis labios una inter­mi­na­ble mano de ungi­das cere­zas. (Ver­sos que no dije en voz alta) (1995–2025)

INSOMNIO

Hay noches que no son noches, sino cár­ce­les.

El hom­bre está acos­ta­do, pero no des­can­sa. La cama es un cam­po de bata­lla don­de lucha con­tra el sue­ño que no lle­ga, con­tra los pen­sa­mien­tos que no callan, con­tra el cuer­po que se nie­ga a hun­dir­se en la cal­ma. Y gri­ta. No con pala­bras, sino con el pecho, con las manos, con los ojos abier­tos en la oscu­ri­dad. Gri­ta por­que el silen­cio pesa, por­que cada minu­to es una heri­da, por­que la luna no res­pon­de.

Toda la casa duer­me, pero él no. Él es el úni­co ser des­pier­to en un mun­do que se ha apa­ga­do. Sien­te que la noche lo inte­rro­ga, que el reloj se bur­la, que los lien­zos de la pared le devuel­ven mira­das que no quie­re ver. Y gri­ta. Gri­ta por­que está can­sa­do de con­tar ove­jas que nun­ca sal­tan, de rezar a dio­ses que no escu­chan, de bus­car posi­cio­nes impo­si­bles que no con­du­cen al des­can­so.

El insom­nio no es solo ausen­cia de sue­ño: es pre­sen­cia de todo lo demás. Es recor­dar lo que no se quie­re recor­dar, es desear lo que no se pue­de tener, es temer lo que no se sabe nom­brar. Y mien­tras la ciu­dad duer­me, él cami­na por la habi­ta­ción como un náu­fra­go, como un ani­mal heri­do, como un niño sin rega­zo. Gri­ta, aun­que nadie lo escu­che. Por­que el gri­to es la úni­ca for­ma de decir: «Estoy aquí. No pue­do más. Ayu­dad­me a olvi­dar que estoy des­pier­to».

Y cuan­do por fin ama­ne­ce, no sabe si fue noche o cas­ti­go. Solo sabe que algo en él se ha roto, que la luz no cura, que el día será lar­go. Y que, cuan­do vuel­va la noche, vol­ve­rá el gri­to. Más bajo, más hon­do, más suyo. (Ver­sos que no dije en voz alta) (1995–2025)

REFLEXIÓN POÉTICA

A la lum­bre del eco poé­ti­co, mis ver­sos encuen­tran su mora­da defi­ni­ti­va. No son pala­bras suel­tas en el espa­cio, son incan­des­cen­tes pala­bras que con­ti­núan ardien­do inclu­so cuan­do yo, poe­ta, he sucum­bi­do al silen­cio. El fue­go nun­ca es está­ti­co, él se mue­ve, se trans­for­ma, con­su­me y ali­men­ta; y así es la poe­sía que en mí cre­ce. Cada ver­so no es un mero refle­jo, es un nue­vo naci­mien­to, una pul­sa­ción que sigue viva y que, dis­tor­sio­na­da por el paso del tiem­po, no pier­de su esen­cia. El eco, como guar­dián de mis ver­sos, me pro­te­ge del fue­go, per­mi­tien­do que sus lla­mas sólo ilu­mi­nen otros cami­nos, qui­zá otros cora­zo­nes, qui­zá nue­vos sue­ños. Cuan­do ter­mi­na, no hay silen­cio abso­lu­to, solo la con­ti­nui­dad de la pala­bra que se entre­ga al vien­to y se deja lle­var por el fue­go y por el eco, fun­dién­do­se con el uni­ver­so y tor­nán­do­se par­te del infi­ni­to. La poe­sía es la lum­bre de ese eco y jamás se apa­ga. Ella tras­cien­de a la muer­te en cual­quier tiem­po, resis­te a la oscu­ri­dad y encuen­tra siem­pre una nue­va for­ma de exis­tir. (Ver­sos que no dije en voz alta) (1995–2025)

LA QUIETUD QUE ME NOMBRA

Camino entre voces, pero me que­do en silen­cio. No es mie­do, aun­que a veces lo pare­ce, es un peso de aire que se posa en mi pecho y me recuer­da que obser­var tam­bién es una for­ma de estar. Mis manos quie­ren hablar, pero se escon­den en mi abri­go. Mis pala­bras ensa­yan en la men­te fra­ses que tal vez nun­ca pro­nun­cie, y sin embar­go, den­tro de mí sue­nan cla­ras.

La timi­dez no es ausen­cia, es un jar­dín cerra­do. Quien no cono­ce su puer­ta pien­sa que detrás no hay nada, pero yo he vis­to cómo flo­re­cen colo­res que nadie ima­gi­na, cómo se guar­dan en silen­cio his­to­rias ente­ras que espe­ran el ins­tan­te pre­ci­so para bro­tar. Hay quie­nes cami­nan hacia el mun­do como si no hubie­ra barre­ras. Yo avan­zo len­to, con pasos que miden dis­tan­cias invi­si­bles, y qui­zá no lle­gue antes, pero mi lle­ga­da siem­pre se sien­te ínte­gra. Apren­dí que la timi­dez no es un muro. Es un velo que se apar­ta con pacien­cia. Y algún día, cuan­do la luz me toque con deli­ca­de­za, sal­dré al cen­tro sin tem­blar, sin dejar de ser quien soy. (Ver­sos que no dije en voz alta) (1995–2025)

GASTADOR DE SUEÑOS

Infi­ni­tas pala­bras al vien­to, mil y un dibu­jos que ali­vian gene­ro­sos como un ave­za­do faquir mi vital des­aso­sie­go. Infi­ni­tas pala­bras al vien­to, que tor­nan ves­ti­das de azu­les augu­rios y for­jan férreos esla­bo­nes en la fra­gua de mis cimien­tos. Infi­ni­tas pala­bras, como mil y una mari­po­sas que irra­dian incom­bus­ti­bles en mi per­ti­naz lucha cual tre­gua en pleno apo­geo. Al fin y al cabo, tan solo eso, infi­ni­tas pala­bras al vien­to que nadie quie­re leer. (Ver­sos que no dije en voz alta) (1995–2025)

ASÍ TE VEO YO

Segu­ra, inde­pen­dien­te, equi­li­bra­da, pers­pi­caz, mag­né­ti­ca, gene­ro­sa, vital, tibia, exten­sa, sofis­ti­ca­da, caris­má­ti­ca, ardien­te, ter­ca, divi­na, mag­né­ti­ca, arro­lla­do­ra, esbel­ta, febril, des­bor­dan­te, por­fia­da, sin­ce­ra, esti­lo­sa, inol­vi­da­ble… Sus­pen­di­da entre ála­mos de fran­ca luci­dez y enre­da­da entre las dia­de­mas de un rico ver­gel. (Ver­sos que no dije en voz alta) (1995–2025)

TU PIEL

Tu piel fue la pri­me­ra geo­gra­fía que apren­dí a leer sin mapas. No tenía fron­te­ras, solo ondu­la­cio­nes sua­ves, como el des­per­tar de mi niñez al ama­ne­cer. Era piel de nie­bla y de fue­go, piel que guar­da­ba la sal de las lágri­mas que nun­ca llo­ré, piel que sabía a hier­ba moja­da y a pan de maíz recién coci­do.

Cuan­do te acer­ca­bas, el tiem­po te hacía reve­ren­cias. Las horas deja­ban de con­tar, y los días se con­ver­tían en can­cio­nes sin letra. Tu piel me habla­ba sin pala­bras, con una til­de que solo enten­dían quie­nes sue­ñan con las manos.

Era piel de fies­ta y de luto, de rome­ría y de invierno. Piel que sabía espe­rar sin pedir nada.

Aho­ra que eres recuer­do y vien­to, sigo bus­can­do el aro­ma de tu piel en las pági­nas de los libros vie­jos, en las pie­dras calien­tes del medio­día, en las voces que se cru­zan en la memo­ria. Y a veces, cuan­do el sol se recli­na sobre el mar, creo sen­tir­la otra vez: esa piel que fue casa, que fue refu­gio, que fue poe­ma antes de que yo supie­ra escri­bir. (Ver­sos que no dije en voz alta) (1995–2025)

VERSOS SILENTES

Hay ver­sos que viven en la penum­bra de mi gar­gan­ta, como hués­pe­des tími­dos que rehú­yen la luz. No son cobar­des, no. Son ver­sos que apren­die­ron a res­pi­rar en silen­cio, que se tejie­ron con hilos de pudor y de mie­do, con la tin­ta invi­si­ble de lo que nun­ca se atre­vió a ser con­fe­sa­do.

Los escri­bí en már­ge­nes de agen­das olvi­da­das, en ser­vi­lle­tas arru­ga­das, en el vaho de los espe­jos. Algu­nos habla­ban de ti, otros de mí, y los más valien­tes habla­ban de noso­tros, de lo que fui­mos sin ser. Pero nun­ca los pro­nun­cié. Por­que decir­los era invo­car un tem­blor, una grie­ta, una ver­dad que no sabía si que­ría escu­char.

A veces los sien­to agi­tar­se, como pája­ros ence­rra­dos en el pecho. Me piden vue­lo, me piden voz. Y yo los miro, los aca­ri­cio con el pen­sa­mien­to, les pro­me­to que algún día… algún día serán aire.

Pero hoy siguen sien­do eso: ver­sos que nun­ca dije en voz alta. Y sin embar­go, me habi­tan. (Ver­sos que no dije en voz alta) (2025)

POÉTICA

Escri­bir poe­mas en pro­sa no es solo una elec­ción téc­ni­ca. Es una for­ma de hablar sin cor­sé, de dejar que la emo­ción mar­que el rit­mo, y no el ver­so. Es escri­bir como quien cuen­ta una his­to­ria jun­to al fue­go: con pau­sa, con ver­dad. Por­que hay ver­sos que no saben a poe­ma, y hay sen­ti­mien­tos que piden un camino amplio, como los que cru­zan la sie­rra sin mirar atrás.

La pro­sa poé­ti­ca es ese camino. Para quien ve poe­sía en un vis­ta­zo, en un recuer­do, en una can­ción que se pier­de entre las pie­dras. Para quien sabe que la belle­za siem­pre toca.

Aquí, en Gali­cia, apren­de­mos a con­tar con la sal y con la bré­te­ma. A reír­nos del que nos done, a can­tar lo que nos esca­ra­lla, a bai­lar inclu­so cuan­do llue­ve. Escri­bir así es tam­bién eso: una for­ma de galle­gui­dad, de hacer de la pala­bra un refu­gio, de recun­car en la emo­ción has­ta que se vuel­va ritual. La piel que habla de noso­tros no nece­si­ta ver­so para emo­cio­nar. Solo nece­si­ta ver­dad. Y tiem­po para escu­char­la. (Ver­sos que no dije en voz alta) (1995–2025)

ENTRE SOMBRAS Y SILENCIOS

A veces, en los momen­tos tran­qui­los del día, me sor­pren­do a mí mis­mo escon­di­do detrás de una voz que no ter­mi­na de salir. Sien­to un impul­so interno que quie­re hablar, aso­mar­se, res­pi­rar… pero se detie­ne jus­to antes, como si le die­ra ver­güen­za mos­trar­se por com­ple­to. Me cubro con una espe­cie de nie­bla sua­ve que apa­ga mis ges­tos y mis pala­bras, mien­tras mi cora­zón late tran­qui­lo, cui­dán­do­se, espe­ran­do su momen­to.

Las pala­bras vie­nen a mí, revo­lo­tean inquie­tas, pero no se ani­man a tomar vue­lo. Mis ojos bus­can refu­gio en el sue­lo, como si allí pudie­ran ocul­tar­se del mun­do. Y mis susu­rros, peque­ños y frá­gi­les, se que­dan atra­pa­dos en mis dudas, nave­gan­do en ese mar interno que a veces me sobre­pa­sa.

Aun así, den­tro de ese silen­cio hay algo valio­so. Un peque­ño mun­do ínti­mo, deli­ca­do y hones­to, que flo­re­ce en lo pro­fun­do. Allí guar­do lo que soy, lo que toda­vía no mues­tro, lo que espe­ra el ins­tan­te jus­to para abrir­se sin temor. Es un lugar don­de mi apa­ren­te fra­gi­li­dad se trans­for­ma en fuer­za, don­de mi sin­ce­ri­dad bri­lla sin nece­si­dad de hacer rui­do.

Entien­do que la timi­dez no es un muro: es una puer­ta. Y detrás de ella hay un cora­zón vibran­te, que desea ser vis­to y abra­za­do tal como es. Aun­que a veces me escon­da entre som­bras y silen­cios, sé que por den­tro se está ges­tan­do un des­per­tar. Lle­ga­rá el día en que mis pala­bras dejen de tem­blar, en que mis ojos se levan­ten hacia el mun­do, y en que mi voz flu­ya sin con­te­ner­se.

Por­que en mí, detrás de esa bru­ma, vive una ver­dad que no se apa­ga: mi silen­cio tam­bién habla, y mi timi­dez no es más que el paso pre­vio para mos­trar un cora­zón que, cuan­do se atre­ve, ilu­mi­na sin esfuer­zo. (Ver­sos que no dije en voz alta) (1995–2025)

 

LOS SILENCIOS

Me due­len los silen­cios que no sé rom­per y el alma can­sa­da de que­rer a medias. Camino por den­tro con cui­da­do, como quien pisa un sue­lo frá­gil para no vol­ver a caer. No es que fal­te amor, es que sobra des­gas­te y ya no que­da fuer­za para fin­gir. A veces, sen­tir pesa más que callar, y el «no» se vuel­ve un acto de hones­ti­dad. Des­can­sar tam­bién es una for­ma de seguir vivo por den­tro. Hoy me que­do aquí, en cal­ma, cui­dan­do lo poco que aún sien­to. (Ver­sos que no dije en voz alta) (1995–2025)

EXPLICACIÓN Y PRÓLOGO DE «YA NO ES DUDA»

En el año 1995, con fecha del 94, publi­qué, en auto­edi­ción, un libro titu­la­do Ya no es duda en una edi­to­rial que no cum­plió dos acuer­dos esta­ble­ci­dos: una correc­ción de las gale­ras en con­di­cio­nes y una dis­tri­bu­ción de los 300 ejem­pla­res edi­ta­dos. Yo cum­plí mi par­te pagan­do una «no paca­ta» can­ti­dad de pese­tas. No hubo dis­tri­bu­ción por par­te de la edi­to­rial y un buen día me encon­tré en mi casa, a la vuel­ta del tra­ba­jo, tres cajas con los 300 ejem­pla­res. Qui­se dis­tri­buir­los yo, pero lo que hice fue una «cutre­dis­tri­bu­ción» ―mi cono­ci­mien­to de esta acti­vi­dad era, y es, nulo― y logré ven­der 76 ejem­pla­res. El res­to, sí, el res­to, los rega­lé a fami­lia­res, escri­to­res, can­tan­tes, con­ce­ja­les de cul­tu­ra de una infi­ni­dad de ayun­ta­mien­tos… Fue una «gene­ro­sa inver­sión» la asu­mi­da por mí: sobres de gran cali­dad y sellos para los gas­tos de envío a casi todas las ciu­da­des y pue­blos de Espa­ña. La cifra fue marean­te. Espe­cial­men­te me dolió muchí­si­mo el mayo­ri­ta­rio silen­cio que reci­bí.

Inci­so: me recor­dó a Cruyff cuan­do, el 17 de febre­ro de 1974, nos calló «in situ» a todo el madri­dis­mo al meter el ter­ce­ro gol, creo, en una de las más dolo­ro­sas derro­tas del Madrid con el Barça.

Fue como una bofe­ta­da de reali­dad: a muy poca gen­te le intere­sa la poe­sía. ¿Tam­po­co a tu fami­lia? Corra­mos un tupi­do velo. Aquí ten­go que hacer men­ción a dos libre­rías que lle­va­ron la meda­lla de oro y la de pla­ta en agra­de­ci­mien­to a la labor publi­ci­ta­ria que ejer­cie­ron.

La libre­ría Pér­ga­mo, sita en la calle Gene­ral Oraá 24, regen­ta­da por dos her­ma­nas, espe­cial­men­te la mayor, Lour­des. Esta mujer publi­ci­tó mi libro en el esca­pa­ra­te, lo aireó a voz en gri­to y lo ven­dió con una des­afo­ra­da gene­ro­si­dad. Eter­na­men­te agra­de­ci­do. Si algún día leye­ra esta entra­da, que­rría que supie­ra que mi agra­de­ci­mien­to no cono­ce lími­tes tem­po­ra­les.

En segun­do lugar, la entra­ña­ble Rubi­ños 1860, sita en la calle Alca­lá 98, don­de el due­ño me per­mi­tió tener en el esca­pa­ra­te quin­ce días mi libro. Como es nor­mal en esa zona, el «trián­gu­lo chu­pón» la devo­ró eva­po­ran­do el ances­tral y embau­ca­dor aro­ma de los libros que exuda­ba, por mucho que dije­ran que man­ten­drían el espí­ri­tu de la libre­ría en un lugar pro­mi­nen­te del gigan­tes­co edi­fi­cio que poseen. No es el mis­mo. Sin estas dos libre­rías, ¿cuán­tos libros hubie­ra ven­di­do? Nin­guno. El libro Ya no es duda, incor­po­ra­do aho­ra a Ver­sos que no dije en voz alta (1995–2025), reco­pi­la­ción de todos mis poe­mas en pro­sa, fue pro­lo­ga­do, es la par­te más impor­tan­te del libro, por el cate­drá­ti­co de la Com­plu­ten­se, y pro­fe­sor mío, Eduar­do Teje­ro, ya tris­te­men­te falle­ci­do. Mi agra­de­ci­mien­to tam­bién es eterno.

A MODO DE PRÓLOGO.- «YA NO ES DUDA»

En José María, la dedi­ca­ción poé­ti­ca es voca­ción sos­te­ni­da, no pasa­tiem­po efí­me­ro, y logos palia­ti­vo para la sole­dad de quien cree andar menes­te­ro­so de comu­ni­ca­ción. Al mar­gen del hedo­nis­mo al uso, ya que rin­de de nue­vo el males­tar de la cul­tu­ra, este joven inquie­re, bus­ca, gol­pea con la pala­bra y la ima­gen depu­ra­da para hallar cami­nos en la muda des­es­pe­ran­za. Como pro­fe­sio­nal de la lite­ra­tu­ra que ejer­ce y como poe­ta res­pon­sa­ble, acu­mu­ló lec­tu­ras de clá­si­cos siem­pre redi­vi­vos: Rubén, Alei­xan­dre, Cer­nu­da, Dáma­so y otras muy res­pe­ta­bles com­pa­ñías. En ellos bebió el esen­cial poé­ti­co, a saber, la inte­rro­ga­ción retó­ri­ca fren­te al mun­do y la pre­gun­ta ínti­ma, tan lace­ran­te a veces, reser­va­da a la vida coti­dia­na. Ítem más, el domi­nio de la for­ma, ya cana­li­za­da en la rima aso­nan­te o flu­yen­do rít­mi­ca­men­te en el ver­so libre. Así lo demues­tra en tan­tos poe­mas de Ya no es duda y de varios iné­di­tos que por gene­ro­sa amis­tad lle­gué a cono­cer. Si los títu­los son pre­mo­ni­ción y avi­so de cami­nan­tes, pue­de ver­se una temá­ti­ca reite­ra­da para quien se con­si­de­ra bus­ca­dor de som­bras y pasa la noche oscu­ra del alma: Tiem­po de silen­cio, La sole­dad ampa­ra­da, El túnel del amor, Memo­rias noc­tur­nas, Dis­fraz noc­turno, Sep­tiem­bre negro, Son­deos noc­tur­nos, Pere­gri­na­ción huma­na, Noc­turno, otra vez. La poe­sía, que Juan Ramón desea­ba para la inmen­sa mino­ría, es bri­sa y se catar­sis en días de incer­ti­dum­bre. Ten­ga­mos a los poe­tas temor reve­ren­cial, pues ellos escu­dri­ñan y alum­bran el tene­bro­so labe­rin­to que somos. José María, buen ami­go, oja­lá per­se­ve­res en tan fir­me y sin­ce­ra escri­tu­ra y reci­bas el asen­ti­mien­to y la aco­gi­da cor­dial que en jus­ti­cia mere­ces. Y allá va la des­pe­di­da con el sabla­zo de tus ver­sos más pro­pi­cios y alen­ta­do­res: Que nadie des­de­ñe mi con­ten­to, que nadie vul­ne­re mi celo­sía.

Eduar­do Teje­ro Roble­do, Cate­drá­ti­co en la Uni­ver­si­dad Com­plu­ten­se

(Ver­sos que no dije en voz alta) (1995–2025)

LA MANO IZQUIERDA

Escri­bo con la mano izquier­da por­que es la que pien­sa dife­ren­te. No me ense­ña­ron a usar­la al prin­ci­pio: fue ella quien se impu­so cuan­do era un cha­val, como un río que no quie­re seguir el cau­ce mar­ca­do. La izquier­da no es solo mano: es memo­ria, es resis­ten­cia, es una for­ma de tocar el mun­do al revés. Mien­tras otros escri­ben hacia fue­ra, yo escri­bo hacia den­tro, dibu­jan­do letras que nacen del lado olvi­da­do del cuer­po. Cada tra­zo es una peque­ña rebe­lión, cada pala­bra una for­ma de decir: «Aquí estoy, y no sigo el camino del reloj». Por­que la mano izquier­da no obe­de­ce: crea. Y en su pul­so va mi ver­dad. (Ver­sos que no dije en voz alta) (1995–2025)

PRÓLOGO DE ‘VERSOS QUE NO DIJE EN VOZ ALTA’

Este volu­mi­no­so libro fue escri­to en una casa sin puer­tas ni ven­ta­nas, con pare­des hechas de res­pi­ra­cio­nes que nun­ca lle­ga­ron a ser sus­pi­ros. Aquí no hay tiem­po: los relo­jes se fun­die­ron en los bol­si­llos del olvi­do y las esta­cio­nes que­da­ron atra­pa­das den­tro de un poe­ma que no se ríe. Cada ver­so es un ani­mal que vaga por corre­do­res invi­si­bles, cla­man­do un nom­bre que nadie pro­nun­ció, invo­can­do recuer­dos que se nie­gan a tener ros­tro. La sole­dad cami­na por estos tex­tos como una mujer sin som­bra, des­cal­za, con un mapa arru­ga­do del cora­zón, reci­tan­do en voz baja las direc­cio­nes hacia luga­res que nun­ca exis­tie­ron. No es ausen­cia, es mate­ria. Es la sus­tan­cia con la que se cons­tru­yen las ciu­da­des del que no fui­mos. El des­amor apa­re­ce dis­fra­za­do de mue­ble anti­guo: pare­ce ino­fen­si­vo, pero guar­dia car­tas que no se escri­bie­ron, mira­das que nun­ca lle­ga­ron, ges­tos que que­da­ron flo­tan­do en los espe­jos del pasa­do. La nos­tal­gia es líqui­da, pero no empa­pa. Se fil­tra entre pala­bras como llu­via que cae al revés, dibu­jan­do cons­te­la­cio­nes sobre techos que solo exis­ten en la memo­ria. Cada poe­ma es una habi­ta­ción sella­da, y leer­los es encen­der la lám­pa­ra que tiem­bla en medio del vacío. Este no es un libro para enten­der, sino para habi­tar por un ins­tan­te lo que se per­dió sin ser encon­tra­do. Si el lec­tor se reco­no­ce en un solo de estos ver­sos, aun­que sea bre­ve­men­te, aun­que sea de per­fil, enton­ces el vacío cum­pli­ría su pro­me­sa: ser el lugar don­de todo lo que fal­ta pue­de por fin que­dar quie­to. (Ver­sos que no dije en voz alta) (1995–2025)