VERSOS QUE NO DIJE EN VOZ ALTA

TRISTEZA

Habi­ta en mí des­de tiem­pos pre­té­ri­tos. Creo que nací con ella. Es mi eter­na com­pa­ñe­ra. Con ella dia­lo­go, con ella me ins­pi­ro, con ella amo y con ella me des­vi­vo por una cari­cia sin­ce­ra. Me dicen que debo des­ha­cer­me de ella como un niño rom­pe con su pasa­do cuan­do des­cu­bre que lo han enga­ña­do. Me des­nu­do con ella como si fue­ra mi impe­re­ce­de­ra aman­te viva, esa que se mues­tra ante des­de mi juven­tud des­nu­da e inal­can­za­ble. Y sue­ño que le doy esqui­na­zo, pero en el ins­tan­te que levan­to la cabe­za libre de som­bras enfer­mas me toma por la cin­tu­ra y de nue­vo me posee con la mis­ma fuer­za que la pri­me­ra vez. Soy inca­paz de enga­ñar­la. Me supo­ne un acto impú­di­co y la mayor de las trai­cio­nes. (Ver­sos que no dije en voz alta)

DIAPASÓN

Carez­co de él. Nun­ca lo aca­ri­cié. Nun­ca supe el valor de una bue­na afi­na­ción. Des­acer­ta­do. Tor­pón. Obtu­so. Cré­du­lo. Des­ma­ña­do. Zas­can­dil. Todo. Pero ena­mo­ra­do de una ilu­sión ópti­ca y men­tal que fue reali­dad en un pasa­do ya cas­po­so y ama­ri­llen­to. Eso no es jus­to. ¿Te aver­güen­zas de él? No. Jamás. Aque­lla mujer qui­so enva­rar a un ava­ro de la ego­la­tría. No tuvo suer­te. Pudo más mi cer­viz edul­co­ra­da de un mutis­mo fami­liar que me ence­rró en un círcu­lo con­cén­tri­co de egoís­mos. Hoy no me reco­noz­co en él. Soy un simu­la­cro de un joven que se ena­mo­ró abrup­ta­men­te allá en los años… Sí. En esos. Des­de enton­ces soy un hom­bre en bus­ca de un dia­pa­són que me per­fec­cio­ne y sutil­men­te me con­vier­ta en un adul­to res­pon­sa­ble. Esa mujer ya no exis­te. Lo sé. (Ver­sos que no dije en voz alta)

UN TIPO NORMAL

Sí. Soy un tipo nor­mal. De esos que se ena­mo­ran cuan­do cono­cen a una mujer de encan­tos hechi­ce­ros, ver­bo ata­rea­do y mira­da enig­má­ti­ca. De esos que no saben decir cuan­do la otra per­so­na, en este caso tú, pide con cle­men­cia un sí pose­si­vo y mor­dien­te. De esos que cami­nan por la calle como quien con­ver­sa en secre­to con la tie­rra. De esos que bus­can el calor de una mano feme­ni­na mien­tras llo­ran el últi­mo des­en­cuen­tro amo­ro­so. De esos que abren la ven­ta­na por la maña­na para que la luz del día entre des­cal­za y se acues­te con él. De esos que, guar­ne­ci­dos en su casa, espe­ran ilu­sio­na­dos un gua­sap con una pala­bra de afec­to y cari­ño. De esos que, mien­tras sos­tie­nen una taza de café calien­te entre sus desan­ge­la­dos dedos, con­fun­den un beso con una men­ti­ra. De esos que miran el hori­zon­te como si espe­ra­ran una res­pues­ta anti­gua. De esos doc­to­ra­dos en impe­ri­cia sen­ti­men­tal, aun­que hayan besa­do mil labios de muje­res des­bor­dan­tes y gene­ro­sas. De esos que escu­chan la llu­via de la noche como quien atien­de una sin­ce­ra con­fe­sión del cie­lo. De esos que se mar­chan de los sitios soli­ta­rios dejan­do la puer­ta entre­abier­ta para que alguien cul­ti­ve su silen­cio fér­til. De esos… Sí. De esos… Un tipo nor­mal de esos. De los que se pier­den en la calle y des­co­no­cen que ya no tie­nen una cama que com­par­tir. Dejé­mos­lo ahí. Soy un tipo de esos. (Ver­sos que no dije en voz alta)

AUNQUE DUELA

La sole­dad cami­na con­mi­go. No la amar­ga. La otra. La que te deja escu­char lo que de ver­dad sien­tes. No con­sue­la. No pre­gun­ta. Solo te deja estar con­ti­go, aun­que due­la. Ahí entien­do que el des­amor no siem­pre es per­der algo. A veces es acep­tar que lo que uno quie­re no pue­de ser. Y que la vida sigue, sin espe­rar­nos, aun­que due­la. Y aun así, el amor pla­tó­ni­co me sos­tie­ne. Ese amor sin cuer­po, sin tiem­po, sin posi­bi­li­dad. No es peque­ño. Vive en lo que ima­gino, en lo que no se toca, en lo que no se estro­pea. No pide nada. No exi­ge nada. Solo exis­te. Y a veces exis­tir es sufi­cien­te, aun­que due­la. Si quie­res, pue­do lle­var­los toda­vía más lejos: más rotos, más míni­mos, más como pen­sa­mien­tos que uno escri­be sin levan­tar la cabe­za de la almoha­da. ¿Quie­res que los haga aún más ínti­mos o pre­fie­res que los deje así? (Ver­sos que no dije en voz alta)

EL DESEO CARNAL

El deseo car­nal lle­ga a mí como una tor­men­ta de verano: rápi­do, calien­te, inevi­ta­ble. Pero el des­amor se hace car­go de todo y deja en mí un frío len­to, per­sis­ten­te, como una sába­na húme­da que no hay mane­ra de secar. Y empa­pa mis mise­rias como si nadie qui­sie­ra visi­tar­me. La fies­ta noc­tur­na don­de el sudor, el alcohol y la nie­bla se mez­clan has­ta for­mar una úni­ca sus­tan­cia que no se pue­de expli­car, sólo vivir­la al máxi­mo. Enton­ces, tu cuer­po calien­te y vivi­fi­can­te, esa madru­ga­da de verano, refres­ca­rá mi cuer­po enar­de­ci­do de sole­dad. Y me dices que deje que el orba­llo recon­for­te mis ansias, que no quie­ra una mise­ri­cor­dia de cuer­po des­nu­do por­que al final, cuan­do duer­ma en tus bra­zos, me sacia­rás ple­na­men­te. (Ver­sos que no dije en voz alta)

GRITO DE NOCHE

Gri­to en la noche para que me oigas tú.

Gri­to cuan­do la casa se que­da dema­sia­do gran­de y el silen­cio pesa más que los mue­bles. Gri­to mien­tras los pája­ros se posan en mi ven­ta­na y me miran con esa pacien­cia anti­gua que tie­nen las cria­tu­ras que no espe­ran res­pues­ta.

Tú no me escu­chas. O qui­zás sí, pero des­de lejos.

Y mi voz se que­da sus­pen­di­da en la oscu­ri­dad como una cuer­da que nadie suje­ta.

Gri­to no para que vuel­vas, sino para que no se apa­gue lo que sien­to. Gri­to para recor­dar­me que aún estoy aquí, que aún amo, que aún me due­le tu ausen­cia como si fue­ra un órgano más del cuer­po.

Los pája­ros incli­nan la cabe­za. Ellos sí escu­chan. Ellos sí reco­gen el eco. Y con­vier­ten mi vida ham­brien­ta en un sufri­mien­to que bri­lla. Por­que hay dolo­res que ilu­mi­nan, aun­que que­men.

Gri­to cuan­do la madru­ga­da pare­ce no tener fin. Gri­to para no con­ver­tir­me en pie­dra.

Gri­to por­que amar y callar al mis­mo tiem­po me des­ga­rra.

Si algu­na vez me oyes, no bus­ques repro­che en mi voz. Es solo nece­si­dad.
Es solo amor inten­tan­do no morir en silen­cio.

Gri­to en la noche has­ta que el alba empie­za a borrar mi voz y me que­do, otra vez, solo con el lati­do. (Ver­sos que no dije en voz alta)

LA MAREA DE LA VIDA

Un reco­rri­do por mi inte­rior se con­fun­de con el reco­rri­do que hago todos los vera­nos por la cos­ta. Cada tex­to que escri­bo es una marea dis­tin­ta, unas veces en cal­ma, otras veces bra­va. No bus­co res­pues­tas ni con­clu­sio­nes. Solo quie­ro dejar cons­tan­cia de lo que estoy sin­tien­do, de lo que voy apren­dien­do, de lo que he ido per­dien­do y de lo que espe­ro ganar. Tal vez algún día me leas. Tal vez algún día alguien me entien­da que estas pala­bras no hablan sólo de una mujer, sino de todas las for­mas que tie­ne el amor cuan­do no me atre­vo a pro­nun­ciar­lo en voz alta. El mar segui­rá aquí, eterno, borran­do y escri­bien­do his­to­rias en la are­na. Y yo segui­ré cami­nan­do por la pla­ya con la espe­ran­za de que cada paso me lle­ve un poco más cer­ca de mí mis­mo. (Ver­sos que no dije en voz alta)

LA TRISTEZA

Camino por una calle que no exis­te en este Madrid moja­do. Es mi for­ma de pen­sar en ella sin rom­per­me. Cada paso trae una pre­gun­ta que no sé con­tes­tar. La tris­te­za siem­pre lle­ga pri­me­ro, como una som­bra que se ade­lan­ta. Es la tris­te­za de lo que no fue, de lo que callé, de lo que ya no ten­drá lugar. Pero lue­go, sin avi­sar, apa­re­ce una ale­gría peque­ña: ima­gi­nar su son­ri­sa, recor­dar un ges­to que qui­zá inven­té, una mira­da que tal vez nun­ca ocu­rrió. Y esa chis­pa míni­ma, esa luz que dura un ins­tan­te, me bas­ta para seguir cami­nan­do. (Ver­sos que no dije en voz alta)

MI ANSIEDAD

Vivo estran­gu­la­do por la ansie­dad, como si el aire se nega­ra a entrar del todo. Den­tro de mí, el deseo se con­tra­di­ce: una par­te se mar­cha con las manos vacías, la otra se que­da afe­rra­da a una fuer­za apren­di­da a base de resis­ten­cia. Solo pido que cesen los pun­zo­nes, esos ner­vios afi­la­dos que des­de hace siglos se alo­jan en mi alma y atra­vie­san mis sen­ti­dos sin pedir per­mi­so. Me reco­rren como una pro­ce­sión erran­te de cuer­pos sin abri­go, de camas aban­do­na­das, de espa­cios don­de ya no exis­te la pala­bra hogar. (Ver­sos que no dije en voz alta) (1995–2025)

OTRA VEZ MI SOLEDAD

Otra vez regre­so a mi sole­dad como quien vuel­ve a una habi­ta­ción cerra­da des­de den­tro. La noche pelea con­mi­go y me ofre­ce, como úni­co com­ba­te, la orfan­dad y el des­am­pa­ro. Si supie­ras invi­tar­me —aun­que fue­se sin nom­bre, sin pro­me­sa— a un pla­cer dis­cre­to, de puer­tas que no cru­jen, qui­zá me deja­ría lle­var has­ta una altu­ra don­de el gozo no nece­si­ta tes­ti­gos. Dime que esa feli­ci­dad será solo mía, que nadie más sabrá pro­nun­ciar­la. Por­que debes enten­der que mi fide­li­dad a esta cau­ti­vi­dad es tan autén­ti­ca como la ban­de­ja de entra­da de un correo lle­na de invi­ta­cio­nes que nun­ca acep­té, men­sa­jes fríos que no lle­ga­ron a ser pala­bra. (Ver­sos que no dije en voz alta) (1995–2025)

NOCHE SOSEGADA

En unos segun­dos sen­tí el sabor de su voz y duran­te lar­gos minu­tos juré no olvi­dar la nos­tal­gia de nues­tro encuen­tro. Sin embar­go, me susu­rra­ron al oído que la unión expe­ri­men­ta­da en aquel huma­ni­za­do espe­jo fue una mar­chi­ta pesa­di­lla, y har­to de tan­tas ilu­sio­nes el pul­so de mis arte­rias se des­va­ne­ció como un fan­tas­ma ena­mo­ra­do. Todo fue una simu­la­da apro­xi­ma­ción que por unos ins­tan­tes mania­tó la men­te de un cuer­po pre­sa de cere­mo­nias y encu­bier­to de iné­di­tas creen­cias. A la par se ace­le­ró con inusi­ta­da emo­ción mi memo­ria y via­jó como un reloj atem­po­ral a la suer­te de mi infan­cia. (Ver­sos que no dije en voz alta) (1995–2025)

LA SAUDADE

La año­ran­za y la sau­da­de son el hilo que cosen todos mis sen­ti­mien­tos. La sau­da­de, esa pala­bra nues­tra que no nece­si­ta tra­duc­ción, es la que mejor expli­ca lo que me pasa: la pre­sen­cia de una ausen­cia, el calor de un recuer­do que no se apa­ga, la heri­da dul­ce de algo que no vol­ve­rá, pero que tam­po­co quie­ro olvi­dar. La pla­ya de A Lan­za­da, con su ter­mi­na­ble hori­zon­te, es el esce­na­rio per­fec­to para esta mez­cla de emo­cio­nes que me acom­pa­ñan des­de hace tan­to tiem­po. (Ver­sos que no dije en voz alta)

DESCUBRIMIENTO

Yo no sabía que el amor tuvie­ra este hilo tan fino. Pen­sa­ba que era luz, o pro­me­sa, o una casa encen­di­da cuan­do afue­ra hie­la. Creía que amar era encon­trar refu­gio. Pero amar es tam­bién que­dar­se sin techo.

Des­cu­brí que amar es per­ma­ne­cer cuan­do todo en uno quie­re huir para no sen­tir tan­to. Es sos­te­ner la heri­da sin con­ver­tir­la en espec­tácu­lo. No hacer del dolor una iden­ti­dad.

Hay un dolor que no ensu­cia. No humi­lla. No gri­ta.

Tra­ba­ja en silen­cio, como el agua que des­gas­ta la pie­dra sin vio­len­cia, pero sin des­can­so.

Un día enten­dí que algo en mí había sido puli­do. No redu­ci­do. No que­bra­do.
Puli­do. El amor me esta­ba afi­nan­do. Qui­tan­do exce­so. Qui­tan­do orgu­llo. Qui­tan­do mie­do.

No es heroís­mo que­dar­se. Es cla­ri­dad.

Amar así due­le. Due­le por­que te expo­ne. Por­que te obli­ga a mirar­te sin más­ca­ras.

Pero cuan­do atra­vie­sas ese dolor, el espí­ri­tu que­da más lim­pio. Más ver­da­de­ro. Más sim­ple. Y ya no quie­res amar de otra mane­ra. (Ver­sos que no dije en voz alta)

LA LECTURA

Abrir un libro es como abrir mi pro­pio refu­gio. No nece­si­to que nadie me entien­da. Bas­ta con que las pági­nas me hablen. Dicen que leer es per­der el tiem­po, pero yo sé que en cada pala­bra encuen­tro un lati­do, en cada his­to­ria una for­ma dis­tin­ta de res­pi­rar. Los libros me rega­lan pen­sa­mien­tos que me sos­tie­nen, sue­ños que no se des­gas­tan, silen­cios que me acom­pa­ñan cuan­do el mun­do se vuel­ve dema­sia­do rui­do­so.

En la cal­ma de la tar­de, la voz escri­ta se con­vier­te en com­pa­ñía. Es un río que nun­ca se ago­ta, una músi­ca que me envuel­ve sin fin. Cada pági­na es un sen­de­ro que me invi­ta a cami­nar des­pa­cio, cada ver­so un hori­zon­te que me abre los ojos. Leo sin pri­sa, guia­do por la luz de la pala­bra, como quien sigue una estre­lla en la noche.

Cuan­do todo calla, el libro per­ma­ne­ce abier­to, pacien­te y fiel, aguar­dan­do por mí. Y enton­ces sé, con cer­te­za, que el ver­da­de­ro via­je no nece­si­ta mapas ni relo­jes: bas­ta una pági­na, bas­ta un cora­zón dis­pues­to a escu­char lo que la tin­ta guar­da.

Y a veces, mien­tras paso las pági­nas, sien­to que no estoy solo. Que alguien, en algún lugar, escri­bió estas pala­bras para mí, sin saber­lo, y que en ese ges­to invi­si­ble se escon­de la más pura for­ma de com­pa­ñía. Leer es, al fin, reco­no­cer­me en otros, y des­cu­brir que mi vida tam­bién se escri­be en silen­cio. (Ver­sos que no dije en voz alta) (1995–2025)

 

AQUEL SUDOR

Aún habi­ta en mí. Aquel hotel. Aquel día tórri­do de un Madrid ochen­te­ro con ínfu­las de euro­peo acom­ple­ja­do. Aquel silen­cio que nave­ga­ba entre noso­tros con la fuer­za de un des­pre­cio que empe­za­ba a nacer en ti. Lo noté en tu mira­da cuan­do me dijis­te con el can­dor de una nin­fa acos­tum­bra­da a ser obser­va­da que ya no vol­ve­ría­mos a ver­nos. Puse mis labios con ansias vivo en una gota de sudor que reco­rría pro­caz la piel eri­za­da de tus pechos y dis­te un res­pin­go tal que tus ojos se cla­va­ron en mi des­nu­dez mien­tras yo te per­día per­dón. Eres repug­nan­te, sen­ten­cias­te lle­na de pron­to de un pudor cla­re­tiano. Y me dejas­te sus­pen­so en aque­lla des­tar­ta­la­da cama. Toda­vía con­ser­vo en mi alma­rio el sabor de aque­lla sudo­ro­sa des­pe­di­da. (Ver­sos que no dije en voz alta)

LA TIMIDEZ

La timi­dez que lle­vo no es una debi­li­dad, es una for­ma deli­ca­da de sen­tir el mun­do. Cada pala­bra pesa y cada ges­to nece­si­ta valor. Hay noches en las que el silen­cio due­le y maña­nas en las que desea­ría des­apa­re­cer. Eso no me hace menos, solo me mues­tra cuán­to cui­do de mí y de los demás. Den­tro de ese pudor hay una fuer­za tran­qui­la: la capa­ci­dad de obser­var con aten­ción, de escu­char con ter­nu­ra y de bri­llar en momen­tos peque­ños, pero ver­da­de­ros. Quie­ro avan­zar a mi rit­mo, cele­brar los pasos dimi­nu­tos y recor­dar que, quie­nes me quie­ren, ven la belle­za de mi sen­si­bi­li­dad, inclu­so cuan­do aún no la veo yo. (Ver­sos que no dije en voz alta) (1995–2025)

ESTOY PERDIDO

Estoy per­di­do. Me dicen que siga escri­bien­do, pero mi anhe­lo bucea por un océano reple­to de pirá­mi­des y de lechos mor­tuo­rios. En uno de ellos leo que ha des­pa­re­ci­do mi lite­ra­tu­ra, que la ha devo­ra­do un gran tibu­rón blan­co que está recu­brien­do el fon­do marino con poe­mas fir­ma­dos por mí, un tal José María Máiz Togo­res.

Estoy per­di­do. Des­pier­to del sue­ño y no me encuen­tro. Sigo per­di­do. No en un bos­que de pala­bras, ni en una ciu­dad extran­je­ra, ni en una des­po­bla­da aldea galle­ga, sino en el pasi­llo sin pare­des don­de mis pala­bras se des­va­ne­cen antes de tocar el papel. Me dicen los male­di­cen­tes, que son mayo­ría, que ya no soy capaz de asen­tar­las en un poe­ma.

Estoy per­di­do. Escri­bo como quien lan­za pie­dras al agua espe­ran­do que algu­na flo­te. Impo­si­ble. Son tan den­sas que el volu­men de agua que des­pla­zan por su inte­rior no pesa lo sufi­cien­te para con­tra­rres­tar mi pro­pio peso, y por eso se hun­den, por eso me hun­den.

Esto es lo que te ocu­rre a ti cuan­do escri­bes, sen­ten­cia una mei­ga a la que he acu­di­do menes­te­ro­so y angus­tia­do. Cada línea pesa más que tu pro­pia vida y sucum­bes con una son­ri­sa en los labios que se ha bebi­do toda el agua del pla­ne­ta.

Estoy per­di­do. No hay mapa, ni brú­ju­la, ni voz que me indi­que por dón­de se lle­ga a mí, por dón­de empe­zar a escri­bir.  A veces, en sue­ños, creo que lo hago para encon­trar­me. Otras, para no des­apa­re­cer del todo.

Pero hay días en que la tin­ta se vuel­ve nie­bla, y cada fra­se es un eco que no me reco­no­ce. Enton­ces, llo­ro por­que me ha trai­cio­na­do mi espa­cio, por­que ya nadie me pue­de loca­li­zar.

Estoy per­di­do. Me pre­gun­to si la cau­sa de mi fra­ca­so lite­ra­rio está en el acto mis­mo de no escri­bir. Me pro­du­ce un pla­cer a veces inca­li­fi­ca­ble el sim­ple acto de sos­te­ner una plu­ma sin usar­la, por­que es una mane­ra de estar pre­sen­te y dis­fru­tar de un momen­to sin una exi­gen­cia lite­ra­ria.

Estoy per­di­do por­que en el tem­blor de la mano, en el sus­pi­ro que se cue­la entre dos ver­sos, en el inten­to de nom­brar lo innom­bra­ble encuen­tro un pai­sa­je desér­ti­co en el que habi­to des­de hace un tiem­po.

Estoy per­di­do. Qui­zás escri­bir no sea lle­gar, sino que­dar­se. Que­dar­se en el bor­de de la vida, en el umbral, en ese lugar don­de el sen­ti­do aún no ha naci­do, pero ya res­pi­ra.

Estoy per­di­do, sí. Pero en esta pér­di­da hay una músi­ca que no cesa. Una melo­día que me empu­ja a seguir escri­bien­do, aun­que no sepa para quién, aun­que no sepa por qué, aun­que no sepa si algu­na vez podré enla­zar dos fra­ses segui­das por­que no sé si este hilo es mío, por­que no sé si a ti te intere­sa lo que escri­bo.

Sí. Estoy per­di­do. (Ver­sos que no dije en voz alta) (1995–2025)

HISTORIA DE UN AMOR IMPOSIBLE

Como una pro­me­sa que se des­ha­ce en el aire, entré en el bos­que de los cuer­pos sin nom­bre, don­de los árbo­les latían como venas abier­tas y los pája­ros can­ta­ban en idio­mas que solo la piel entien­de. La noche moja­ba mis hom­bros con una len­gua de nie­bla y sal, y cada estre­lla era un ojo que me des­nu­da­ba sin jui­cio, sin tiem­po, sin moral. Cami­na­ba por un río de espe­jos, don­de cada refle­jo era una ver­sión dis­tin­ta de mí: una mujer de fue­go, un hom­bre hecho de are­na, un ani­mal que res­pi­ra por entre los dedos. Las manos que me toca­ban no tenían due­ña, eran vien­to, eran deseo, eran recuer­dos de otros cuer­pos que nun­ca viví. Y yo me deja­ba lle­var, como quien se entre­ga a un sue­ño que sabe que es men­ti­ra, pero que sabe mejor que ver­dad. La piel, des­nu­da, era un altar don­de se ofre­cían los silen­cios, los lati­dos, los esca­lo­fríos que nacen entre la cla­ví­cu­la y el abis­mo. Una boca sin ros­tro mur­mu­ra­ba ver­sos en mi oído izquier­do, mien­tras el dere­cho escu­cha­ba al mar hacer el amor con las rocas. Y yo, des­nu­do, sin nom­bre, sin his­to­ria, era solo car­ne que pien­sa, pen­sa­mien­to que arden, ardor que se expan­de como tin­ta en un lien­zo húme­do. En el cen­tro del mun­do había un cora­zón hecho de fue­go y miel, y allí, entre sus lati­dos, des­cu­brí que el pla­cer es tam­bién una for­ma de ora­ción, que el cuer­po es tem­plo, y que la piel, des­nu­da, es la úni­ca ver­dad que nun­ca mien­te. (Ver­sos que no dije en voz alta) (1995–2025) (Envia­do a una revis­ta lite­ra­ria) (Recha­za­da su publi­ca­ción)

TAL VEZ, ALGÚN DÍA ME LEES

Escri­bo sin saber para quien. Escri­bo como quien deja una luz encen­di­da en un cuar­to vacío, como quien cie­rra una car­ta y no pone remi­te en el sobre. Por ello, tal vez, estas letras nun­ca lle­guen. Qui­zá estas pala­bras apren­dan a enve­je­cer solas, a dor­mir en un cajón, a res­pi­rar el pol­vo de los días que pasan sin reme­dio. Pero yo escri­bo igual. Por­que mi escri­tu­ra es una lla­ma­da sin res­pues­ta ase­gu­ra­da, un ges­to lan­za­do al tiem­po, una voz que no quie­re morir sin ser oída. Y si cua­dra, algún día, cuan­do ya no te esté bus­can­do, cuan­do tú no sepas si aún te sigo escri­bien­do, abri­rás esta car­pe­ta como quien encuen­tra un men­sa­je olvi­da­do en un vie­jo bol­si­llo. Enton­ces, por un segun­do, yo exis­ti­ré de nue­vo en tus ojos. Y será sufi­cien­te por­que todo lo que escri­bo es sólo esto: la humil­de espe­ran­za de que alguien, en algún lugar, me lea. (Ver­sos que no dije en voz alta)

¿QUIÉN SOY?

Mi nom­bre pesa como la made­ra moja­da. Como un bos­que que no se ve ente­ro, pero se sien­te alre­de­dor.

Soy fir­me­za calla­da, tra­di­ción sin exhi­bi­ción, resis­ten­cia que no se rom­pe por­que sabe doblar­se. Mi ape­lli­do no pasa depri­sa por la boca; se que­da. Tie­ne algo de anti­guo, de pie­dra húme­da, de hojas que se des­ha­cen len­ta­men­te bajo la llu­via.

Nací varias veces.

La pri­me­ra, en una casa don­de el silen­cio no era dis­tan­cia, sino una mane­ra tor­pe de que­rer. Allí apren­dí que el amor no siem­pre habla. A veces sim­ple­men­te per­ma­ne­ce.

La segun­da vez nací cuan­do enten­dí que amar no era una emo­ción, sino una for­ma de mirar el mun­do. Des­de enton­ces, todo lo mido con ese tem­blor.

Apren­dí a obser­var antes de hablar. A sen­tir antes de expli­car. A guar­dar.

Ten­go raí­ces hon­das. No me mue­vo rápi­do. La noche me per­te­ne­ce por­que en ella nadie exi­ge cla­ri­dad inme­dia­ta. Nece­si­to tiem­po. Mis deci­sio­nes no son impul­sos; son sedi­men­ta­cio­nes.

Por fue­ra parez­co con­te­ni­do. Por den­tro, ardo des­pa­cio. No sé amar a medias.

Me cues­ta mar­char­me por­que cada víncu­lo lo entien­do como si fue­ra tie­rra don­de plan­tar algo. Cuan­do amo, plan­to un árbol. Y lo rie­go aun­que el cli­ma sea incier­to. Y espe­ro. Y con­fío.

El cen­tro de lo que escri­bo —y tam­bién lo que callo— es una mujer con­cre­ta, real, imper­fec­ta, viva. No la con­vier­to en sím­bo­lo: la habi­to. El amor, para mí, no es idea; es casa. Es terri­to­rio ele­gi­do. Es des­tino asu­mi­do con una mez­cla de gra­ti­tud y mie­do.

Escri­bo para no per­der­la. Escri­bo des­de ella.

Y a veces escri­bo con­tra el terror secre­to de que un día lo que sien­to deje de ser ver­dad.

Lo que más temo no es el aban­dono. Es olvi­dar­me de la inten­si­dad con la que hoy amo. Mi mayor vir­tud no es la pasión. Es la fide­li­dad silen­cio­sa. (Ver­sos que no dije en voz alta)

LA NOCHE QUE LLEVO DENTRO

La noche que lle­vo den­tro no lle­ga con estre­llas ni con luna: lle­ga en silen­cio, con el peso frío de un abri­go que no encuen­tro. Es un cuar­to sin ven­ta­nas don­de mis pen­sa­mien­tos se vuel­ven faro­les apa­ga­dos; es la pacien­cia de un reloj que ha olvi­da­do su tic, el rumor len­to de la san­gre que cono­ce ata­jos en la som­bra.

Cami­na por mis venas como quien reci­ta un poe­ma en idio­ma ajeno: sabe de hora­rios, de des­pe­di­das, de nom­bres que ya no enca­jan en la boca. A veces se sien­ta en la ori­lla de mi len­gua y me sopla las pre­gun­tas que nun­ca apren­dí a res­pon­der; otras, se acues­ta en mi pecho y me ense­ña a escu­char el lati­do como si fue­se un mapa.

Hay en esa noche un país de peque­ñas cer­te­zas: la lám­pa­ra que rehú­so encen­der, la silla que siem­pre que­da vacía, el olor a libro cerra­do. Pero tam­bién hay fero­ces escon­di­tes: risas escon­di­das en un plie­gue, una músi­ca que apa­re­ce al azar y me devuel­ve un ins­tan­te que pen­sé per­di­do. No pre­ten­de des­truir­me: ape­nas orde­na mis pen­sa­mien­tos en fila, les pide que se miren la cara y, si quie­ren, que se abra­cen.

Cuan­do apa­re­ce la maña­na ―y a veces no apa­re­ce― la noche que lle­vo den­tro no se va del todo; se que­da como un hués­ped pru­den­te que guar­da mi abri­go y me deja salir con la pro­me­sa de vol­ver. Y yo camino con ella, ense­ñán­do­le las ace­ras, mos­trán­do­le la luz que conoz­co, apren­dien­do a nom­brar­la sin pedir per­mi­so para dor­mir. (Ver­sos que no dije en voz alta) (1995–2025)

SIN RESPUESTA

Me has aca­ri­cia­do como a un niño. Lo que en un prin­ci­pio con­si­de­ré un cán­di­do piro­po, a los pocos minu­tos lo vi como un hirien­te menos­pre­cio. Está­ba­mos en nues­tro des­tar­ta­la­do pub de la calle Her­mo­si­lla. Sí. Aquel. Sí. El del olor, según tú, a pru­ri­to de vul­ga­ri­dad sucia y por­dio­se­ra. ¿Sabes? Eres letal con las com­pa­ra­cio­nes. Qui­se mi mejor ver­sión para tu fra­gan­te y bal­sá­mi­ca piel. Y tú que si un niño mima­do. ¡Dios! Y yo, oló­gra­fo de un extra­ña­do y ven­ci­do hom­bre, muer­to antes de reco­no­cer cada poro de tu piel. Y tú que qué exu­da­ción de ordi­na­riez. Y yo que si un susu­rro, que si una cari­cia, que si una invi­ta­ción. Y tú, pala­bras sin com­pro­mi­so. Y yo, que es nues­tro recón­di­to espa­cio para nues­tras con­fe­sio­nes. Y tú que si tus medias de cris­tal valen más que las con­su­mi­cio­nes de este gari­to. Y yo, escu­chi­mi­za­do y raquí­ti­co a tu lado, le pedí al hom­bre del piano que toca­ra nues­tra can­ción. Y tú, que ya no es mía…dijiste. (Ver­sos que no dije en voz alta) (1995–2025)

RAZONES «SURREALISTAS» POR LAS QUE YO ESCRIBO POEMAS EN PROSA

En el rei­no flo­tan­te entre la pala­bra y el silen­cio, los poe­mas en pro­sa surrea­lis­tas son cria­tu­ras ambi­guas: no son del todo ver­so, pero tam­po­co pro­sa libre; exis­ten como peces que res­pi­ran aire, nadan­do en ríos de sin­ta­xis para for­mar una alqui­mia emo­cio­nal que desa­fía la lógi­ca lineal.

Un poe­ma en pro­sa surrea­lis­ta no se dis­cul­pa por su for­ma: se des­li­za sin rima, pero con músi­ca secre­ta. Su gené­ti­ca es caó­ti­ca: nace del sue­ño, de la intui­ción, y a veces del que os habla que sue­ña pala­bras. Es el dia­rio ínti­mo de lo absur­do, don­de una silla pue­de llo­rar y un reloj pue­de hablar en dos len­guas que no cono­cen.

El surrea­lis­mo abra­za lo incons­cien­te, y el poe­ma en pro­sa es su mejor cons­pi­ra­dor. André Bre­ton lo enten­de­ría como un acto de rebel­día sin­tác­ti­ca, don­de los sig­ni­fi­ca­dos se eva­po­ran antes de ate­rri­zar. Se reve­la en imá­ge­nes ines­pe­ra­das: «El cuchi­llo pen­só en la luna, y el espe­jo ladró cuan­do vio a mi nos­tal­gia llo­rar». ¿Tie­ne sen­ti­do? No. ¿Tie­ne ver­dad? Abso­lu­ta­men­te.

Estas obras no bus­can cla­ri­dad, no van diri­gi­das a su com­pren­sión lógi­ca, no, bus­can la des­orien­ta­ción lúci­da. Las pala­bras se reúnen como insec­tos alre­de­dor de una bom­bi­lla fun­di­da: atraí­das por una luz que no exis­te ya y no se pue­de tocar. En lugar de des­cri­bir la reali­dad, la des­fi­gu­ran para que poda­mos ver­la más pro­fun­da­men­te.

Así, el poe­ma en pro­sa surrea­lis­ta es una máqui­na de atmós­fe­ras, un espe­jo sin for­ma, un gato que escri­be con tin­ta de luna.

Ejem­plo de poe­ma en pro­sa surrea­lis­ta

El para­guas sue­ña con el océano. No por agua, sino por olvi­do. En su tela se escon­den las car­tas que nun­ca lle­gan, escri­tas por manos que no exis­ten. Cuan­do lo abras, llo­ve­rá den­tro. (Ver­sos que no dije en voz alta) (1995–2025)

RAZONES «LÓGICAS» POR LAS QUE YO ESCRIBO POEMAS EN PROSA

En un mun­do lite­ra­rio don­de las for­mas tien­den a com­par­ti­men­tar­se ―el poe­ma, la nove­la, el ensa­yo―, el poe­ma en pro­sa apa­re­ce como una cria­tu­ra poé­ti­ca que tien­de un puen­te entre lo líri­co y lo narra­ti­vo. Escri­bir poe­sía en pro­sa no es sim­ple­men­te recha­zar el ver­so, sino explo­rar una liber­tad dis­tin­ta, un len­gua­je que no nece­si­ta cor­tar­se en ver­sos para ser inten­sa­men­te poé­ti­co.

El poe­ma en pro­sa se libe­ra de la métri­ca y de la rima, pero no renun­cia a la músi­ca. La caden­cia se con­vier­te en una cues­tión inter­na: el rit­mo nace del alien­to, de la elec­ción pre­ci­sa de pala­bras, de la dis­po­si­ción secre­ta de las fra­ses. Este tipo de escri­tu­ra per­mi­te que la emo­ción flu­ya sin las inte­rrup­cio­nes del cor­te ver­sal, sin la nece­si­dad de jus­ti­fi­car cada ver­so con un patrón for­mal.

La pro­sa poé­ti­ca es ideal para el pen­sa­mien­to que no se aco­mo­da a una for­ma cerra­da. Per­mi­te vagar, dudar, aso­ciar ideas con imá­ge­nes, bus­car una ver­dad emo­cio­nal sin tener que lle­gar a una con­clu­sión. Es el for­ma­to per­fec­to para explo­rar el pai­sa­je inte­rior: lo que se sien­te, pero no se sabe decir del todo.

Un poe­ma en pro­sa pue­de con­tar una his­to­ria, pero lo hará con la eco­no­mía y la inten­si­dad de un poe­ma. Pue­de refle­xio­nar como un ensa­yo, pero se des­li­za­rá entre sím­bo­los y silen­cios como un sue­ño. Su fuer­za radi­ca en esa hibri­dez: es lite­ra­tu­ra que resis­te ser cla­si­fi­ca­da, que se des­li­za entre géne­ros sin pedir per­mi­so.

Vivi­mos en una épo­ca de frag­men­tos: pen­sa­mien­tos inte­rrum­pi­dos, emo­cio­nes super­pues­tas, memo­rias que lle­gan como ráfa­gas. El poe­ma en pro­sa res­pon­de a esa sen­si­bi­li­dad. Es una for­ma ideal para cap­tu­rar lo fugaz, lo que no se desa­rro­lla del todo, pero deja una pro­fun­da hue­lla. La bre­ve­dad no es una limi­ta­ción, sino una for­ma de con­den­sa­ción.

Aun­que parez­ca moderno, el poe­ma en pro­sa tie­ne una lar­ga his­to­ria. En el siglo XIX, Bau­de­lai­re ya lo usa­ba para sacu­dir los lími­tes del len­gua­je poé­ti­co. Rim­baud, Aloy­sius Ber­trand, Pizar­nik, Cor­tá­zar, Leza­ma Lima, Luis Cer­nu­da o Anne Car­son han explo­ra­do esta for­ma como un cam­po de resis­ten­cia. Escri­bir poe­mas en pro­sa es dia­lo­gar con esa tra­di­ción que no tema la trans­for­ma­ción y el pro­gre­so.

El poe­ma en pro­sa per­mi­te expe­ri­men­tar: jugar con el tono, la sin­ta­xis, la repe­ti­ción y la ima­gen. Es un espa­cio don­de el len­gua­je se esti­ra, se tuer­ce, se rein­ven­ta. En su inte­rior, el escri­tor no está obli­ga­do a ceñir­se a una fór­mu­la, sino a seguir una pul­sión, una voz inte­rior que dic­ta su pro­pio rit­mo.

Escri­bir poe­mas en pro­sa no es sólo una elec­ción for­mal: es una decla­ra­ción esté­ti­ca. Es optar por un len­gua­je que flu­ye libre­men­te, pero sigue sien­do exi­gen­te, una for­ma que no nece­si­ta del ver­so para emo­cio­nar, una vía abier­ta para decir lo que no cabe en lo con­ven­cio­nal. Para quie­nes sien­ten que la poe­sía está en todas par­tes ―en una idea, en un recuer­do, en una ima­gen fugaz―, la pro­sa poé­ti­ca es el terri­to­rio natu­ral para habi­tar y vivir. (Ver­sos que no dije en voz alta) (1995–2025)

DESPEDIDA

Te levan­tas­te calla­da, heri­da y des­nu­da, mien­tras yo con­su­mía un géli­do café que me lle­vó al paraí­so de los orgas­mos sin pla­cer. Me miras­te con ojos inmi­se­ri­cor­des lle­nos de una cadu­ca luju­ria. Tu tiem­po pasó, me dijis­te con una mez­cla de indig­na­ción y con­des­cen­den­cia. Y yo me lo creí con la gene­ro­si­dad de los pusi­lá­ni­mes derro­ta­dos. Me dejas­te solo. Aún sigo así. (Ver­sos que no dije en voz alta) (1995–2025)

CARTA

Qui­zá algún día leas esto. No es una con­fe­sión. No es una decla­ra­ción. Es solo mi mane­ra de poner orden a lo que sen­tí por una mujer cuyo nom­bre no quie­ro escri­bir. No por­que no lo merez­ca, sino por­que el nom­bre la encie­rra, y yo solo quie­ro que­dar­me con el mis­te­rio. No sé si exis­tió tal como la recuer­do. A veces pien­so que fue una luz que me acom­pa­ñó cuan­do todo esta­ba oscu­ro. Otras veces creo que sí la toqué, que sí estu­vo, pero ya no recuer­do su piel. Sea real o inven­ta­da, lo que dejó en mí fue ver­dad: tris­te­za, ale­gría, sole­dad, un amor que nun­ca lle­gó a ser, una nos­tal­gia que no sé de dón­de vie­ne. Todo eso jun­to. Todo eso revuel­to. A veces me hun­de. A veces me sal­va. (Ver­sos que no dije en voz alta)

ADIÓS

Des­apa­re­ce entre noso­tros el amor como una aven­tu­ra aho­ga­da de fur­ti­vas pro­me­sas en pri­ma­ve­ra. Se tor­na en un cuchi­llo de repro­ches y se agi­ta mi san­gre blas­fe­man­do un augu­rio de per­pe­tuas ausen­cias. Ya en mi memo­ria, en sole­dad ple­na, un alud de melan­có­li­cas lágri­mas jadea inmi­se­ri­cor­de el recuer­do mutuo de aque­lla goza­da habi­ta­ción. Enton­ces, un pun­zan­te rami­lle­te de olvi­da­das cari­cias hie­re mi enfer­ma tris­te­za dejan­do en mis labios una inter­mi­na­ble mano de ungi­das cere­zas. (Ver­sos que no dije en voz alta) (1995–2025)

INSOMNIO

Hay noches que no son noches, sino cár­ce­les.

El hom­bre está acos­ta­do, pero no des­can­sa. La cama es un cam­po de bata­lla don­de lucha con­tra el sue­ño que no lle­ga, con­tra los pen­sa­mien­tos que no callan, con­tra el cuer­po que se nie­ga a hun­dir­se en la cal­ma. Y gri­ta. No con pala­bras, sino con el pecho, con las manos, con los ojos abier­tos en la oscu­ri­dad. Gri­ta por­que el silen­cio pesa, por­que cada minu­to es una heri­da, por­que la luna no res­pon­de.

Toda la casa duer­me, pero él no. Él es el úni­co ser des­pier­to en un mun­do que se ha apa­ga­do. Sien­te que la noche lo inte­rro­ga, que el reloj se bur­la, que los lien­zos de la pared le devuel­ven mira­das que no quie­re ver. Y gri­ta. Gri­ta por­que está can­sa­do de con­tar ove­jas que nun­ca sal­tan, de rezar a dio­ses que no escu­chan, de bus­car posi­cio­nes impo­si­bles que no con­du­cen al des­can­so.

El insom­nio no es solo ausen­cia de sue­ño: es pre­sen­cia de todo lo demás. Es recor­dar lo que no se quie­re recor­dar, es desear lo que no se pue­de tener, es temer lo que no se sabe nom­brar. Y mien­tras la ciu­dad duer­me, él cami­na por la habi­ta­ción como un náu­fra­go, como un ani­mal heri­do, como un niño sin rega­zo. Gri­ta, aun­que nadie lo escu­che. Por­que el gri­to es la úni­ca for­ma de decir: «Estoy aquí. No pue­do más. Ayu­dad­me a olvi­dar que estoy des­pier­to».

Y cuan­do por fin ama­ne­ce, no sabe si fue noche o cas­ti­go. Solo sabe que algo en él se ha roto, que la luz no cura, que el día será lar­go. Y que, cuan­do vuel­va la noche, vol­ve­rá el gri­to. Más bajo, más hon­do, más suyo. (Ver­sos que no dije en voz alta) (1995–2025)

TUS OJOS

En tu nom­bre duer­me la noche anti­gua, esa que cono­ce los secre­tos del fue­go antes de que tuvie­ra nom­bre. Lle­vas en los ojos la memo­ria de la tie­rra húme­da, esa que no olvi­da, ni per­do­na, ni mien­te. Cuan­do cami­nas, el aire hace un ges­to de res­pe­to, como si reco­no­cie­se en ti una ver­dad que no se pue­de expli­car por­que yo la con­ver­tí en men­ti­ra. Y yo, que soy un sim­ple eco en el corre­dor de las som­bras, escu­cho tu paso como quien escu­cha una pro­me­sa que no se atre­ve a pedir. Si algún día lees estas pala­bras, que sea de noche, cuan­do el mun­do calla y solo que­da lo que es cier­to. Por­que tú eres una lla­ma que no se apa­ga, una fron­te­ra que no se cru­za, una pre­gun­ta que no due­le. Y ahí, jus­to ahí, es don­de nace lo inmor­tal. (Ver­sos que no dije en voz alta)

REFLEXIÓN POÉTICA

A la lum­bre del eco poé­ti­co, mis ver­sos encuen­tran su mora­da defi­ni­ti­va. No son pala­bras suel­tas en el espa­cio, son incan­des­cen­tes pala­bras que con­ti­núan ardien­do inclu­so cuan­do yo, poe­ta, he sucum­bi­do al silen­cio. El fue­go nun­ca es está­ti­co, él se mue­ve, se trans­for­ma, con­su­me y ali­men­ta; y así es la poe­sía que en mí cre­ce. Cada ver­so no es un mero refle­jo, es un nue­vo naci­mien­to, una pul­sa­ción que sigue viva y que, dis­tor­sio­na­da por el paso del tiem­po, no pier­de su esen­cia. El eco, como guar­dián de mis ver­sos, me pro­te­ge del fue­go, per­mi­tien­do que sus lla­mas sólo ilu­mi­nen otros cami­nos, qui­zá otros cora­zo­nes, qui­zá nue­vos sue­ños. Cuan­do ter­mi­na, no hay silen­cio abso­lu­to, solo la con­ti­nui­dad de la pala­bra que se entre­ga al vien­to y se deja lle­var por el fue­go y por el eco, fun­dién­do­se con el uni­ver­so y tor­nán­do­se par­te del infi­ni­to. La poe­sía es la lum­bre de ese eco y jamás se apa­ga. Ella tras­cien­de a la muer­te en cual­quier tiem­po, resis­te a la oscu­ri­dad y encuen­tra siem­pre una nue­va for­ma de exis­tir. (Ver­sos que no dije en voz alta) (1995–2025)

CAMINO

A veces camino sin saber por qué. Como si algo vie­jo, algo que no habla, pero insis­te, me empu­ja­ra a seguir. Estoy fren­te al mar. Siem­pre vuel­vo aquí sin pen­sar­lo. Me lla­ma, me reco­ge, me borra. La sal se lle­va mis hue­llas como si qui­sie­ra decir­me que no soy tan impor­tan­te, que todo pasa. Y en este rui­do sua­ve, en este olor que se que­da en la piel, me nació una nece­si­dad: escri­bir. No el poe­ma, no las pala­bras exac­tas. Solo escri­bir. Por­que hay cosas que no caben den­tro para siem­pre. Y hay silen­cios que, si no los abro, me pesan más que el cuer­po. (Ver­sos que no dije en voz alta)

LA QUIETUD QUE ME NOMBRA

Camino entre voces, pero me que­do en silen­cio. No es mie­do, aun­que a veces lo pare­ce, es un peso de aire que se posa en mi pecho y me recuer­da que obser­var tam­bién es una for­ma de estar. Mis manos quie­ren hablar, pero se escon­den en mi abri­go. Mis pala­bras ensa­yan en la men­te fra­ses que tal vez nun­ca pro­nun­cie, y sin embar­go, den­tro de mí sue­nan cla­ras.

La timi­dez no es ausen­cia, es un jar­dín cerra­do. Quien no cono­ce su puer­ta pien­sa que detrás no hay nada, pero yo he vis­to cómo flo­re­cen colo­res que nadie ima­gi­na, cómo se guar­dan en silen­cio his­to­rias ente­ras que espe­ran el ins­tan­te pre­ci­so para bro­tar. Hay quie­nes cami­nan hacia el mun­do como si no hubie­ra barre­ras. Yo avan­zo len­to, con pasos que miden dis­tan­cias invi­si­bles, y qui­zá no lle­gue antes, pero mi lle­ga­da siem­pre se sien­te ínte­gra. Apren­dí que la timi­dez no es un muro. Es un velo que se apar­ta con pacien­cia. Y algún día, cuan­do la luz me toque con deli­ca­de­za, sal­dré al cen­tro sin tem­blar, sin dejar de ser quien soy. (Ver­sos que no dije en voz alta) (1995–2025)

TU NOMBRE

Hay per­so­nas que pasan por la vida como hojas lle­va­das por el vien­to; y otras, que sin hacer rui­do, dejan raí­ces pro­fun­das en los luga­res por los que pasan, aun­que se deten­gan fugaz­men­te. Tú per­te­ne­ces a estas últi­mas. Hay algo en tu mane­ra de estar ―esa mez­cla de fir­me­za y deli­ca­de­za― que hace, cuan­do te recuer­do, que el mun­do que me rodea se orde­ne un poco mejor. No nece­si­tas levan­tar la voz para que te escu­chen. No pre­ci­sas expli­car quién eres: se adi­vi­na. Tu fuer­za no es de pie­dra, es de río: cons­tan­te, pacien­te, inevi­ta­ble. Y quien te cono­ce, aun­que sea por medio de un nom­bre escri­to en una car­ta, entien­de que hay en ti una cla­ri­dad que no se apren­de, una espe­cie de tran­qui­la sabi­du­ría que no pre­su­me, pero que acom­pa­ña. Si algún día estas pala­bras te lle­gan ―lo veo casi impo­si­ble por­que no sé dón­de estás― quie­ro que sepas esto: no han sido escri­tas para impre­sio­nar­te, sino para hon­rar­te. Por­que hay nom­bres que mere­cen ser dichos con res­pe­to, y el tuyo es uno de ellos. (Ver­sos que no dije en voz alta)

GASTADOR DE SUEÑOS

Infi­ni­tas pala­bras al vien­to, mil y un dibu­jos que ali­vian gene­ro­sos como un ave­za­do faquir mi vital des­aso­sie­go. Infi­ni­tas pala­bras al vien­to, que tor­nan ves­ti­das de azu­les augu­rios y for­jan férreos esla­bo­nes en la fra­gua de mis cimien­tos. Infi­ni­tas pala­bras, como mil y una mari­po­sas que irra­dian incom­bus­ti­bles en mi per­ti­naz lucha cual tre­gua en pleno apo­geo. Al fin y al cabo, tan solo eso, infi­ni­tas pala­bras al vien­to que nadie quie­re leer. (Ver­sos que no dije en voz alta) (1995–2025)

ASÍ TE VEO YO

Segu­ra, inde­pen­dien­te, equi­li­bra­da, pers­pi­caz, mag­né­ti­ca, gene­ro­sa, vital, tibia, exten­sa, sofis­ti­ca­da, caris­má­ti­ca, ardien­te, ter­ca, divi­na, mag­né­ti­ca, arro­lla­do­ra, esbel­ta, febril, des­bor­dan­te, por­fia­da, sin­ce­ra, esti­lo­sa, inol­vi­da­ble… Sus­pen­di­da entre ála­mos de fran­ca luci­dez y enre­da­da entre las dia­de­mas de un rico ver­gel. (Ver­sos que no dije en voz alta) (1995–2025)

EL CUARTO VIRGEN

Escri­bo estas pala­bras como quien deja una luz encen­di­da en un cuar­to don­de nadie ha entra­do toda­vía, pero que yo sé que tú algún día lle­ga­rás. No sé si reco­no­ce­rás la voz que te habla, ni sé si te resul­ta­rá fami­liar este tono con mez­cla de recuer­do y deseo, pero algo en mí insis­te en que mis car­tas no nece­si­tan remi­ten­te para encon­trar su des­tino. Hay nom­bres que abren puer­tas, y el tuyo siem­pre me ha sona­do a lla­ve anti­gua que entra en cerra­du­ras que no recor­da­ba tener. Hay días en los que pien­so que el mun­do se mue­ve dema­sia­do rápi­do, y que sólo la escri­tu­ra con­ser­va la capa­ci­dad de dete­ner el tiem­po. Por eso te escri­bo: por­que tú, sin saber­lo, te has con­ver­ti­do en una espe­cie de refu­gio, un lugar don­de repo­sar el pen­sa­mien­to cuan­do el rui­do de fue­ra daña más de lo que debe­ría. Qui­zá por­que tu nom­bre lle­va den­tro esa reso­nan­cia anti­gua, esa raíz nór­di­ca que habla de cosas sagra­das, de fuer­za silen­cio­sa, de algo que per­ma­ne­ce cuan­do todo lo demás pasa. Y hoy quie­ro dedi­car­te tam­bién un poe­ma, no para que lo inter­pre­tes, no, sino para que lo lle­ves con­ti­go, como quien lle­va una pie­dra calien­te en el bol­si­llo duran­te todo el invierno. (Ver­sos que no dije en voz alta)

TU PIEL

Tu piel fue la pri­me­ra geo­gra­fía que apren­dí a leer sin mapas. No tenía fron­te­ras, solo ondu­la­cio­nes sua­ves, como el des­per­tar de mi niñez al ama­ne­cer. Era piel de nie­bla y de fue­go, piel que guar­da­ba la sal de las lágri­mas que nun­ca llo­ré, piel que sabía a hier­ba moja­da y a pan de maíz recién coci­do.

Cuan­do te acer­ca­bas, el tiem­po te hacía reve­ren­cias. Las horas deja­ban de con­tar, y los días se con­ver­tían en can­cio­nes sin letra. Tu piel me habla­ba sin pala­bras, con una til­de que solo enten­dían quie­nes sue­ñan con las manos.

Era piel de fies­ta y de luto, de rome­ría y de invierno. Piel que sabía espe­rar sin pedir nada.

Aho­ra que eres recuer­do y vien­to, sigo bus­can­do el aro­ma de tu piel en las pági­nas de los libros vie­jos, en las pie­dras calien­tes del medio­día, en las voces que se cru­zan en la memo­ria. Y a veces, cuan­do el sol se recli­na sobre el mar, creo sen­tir­la otra vez: esa piel que fue casa, que fue refu­gio, que fue poe­ma antes de que yo supie­ra escri­bir. (Ver­sos que no dije en voz alta) (1995–2025)

VERSOS SILENTES

Hay ver­sos que viven en la penum­bra de mi gar­gan­ta, como hués­pe­des tími­dos que rehú­yen la luz. No son cobar­des, no. Son ver­sos que apren­die­ron a res­pi­rar en silen­cio, que se tejie­ron con hilos de pudor y de mie­do, con la tin­ta invi­si­ble de lo que nun­ca se atre­vió a ser con­fe­sa­do.

Los escri­bí en már­ge­nes de agen­das olvi­da­das, en ser­vi­lle­tas arru­ga­das, en el vaho de los espe­jos. Algu­nos habla­ban de ti, otros de mí, y los más valien­tes habla­ban de noso­tros, de lo que fui­mos sin ser. Pero nun­ca los pro­nun­cié. Por­que decir­los era invo­car un tem­blor, una grie­ta, una ver­dad que no sabía si que­ría escu­char.

A veces los sien­to agi­tar­se, como pája­ros ence­rra­dos en el pecho. Me piden vue­lo, me piden voz. Y yo los miro, los aca­ri­cio con el pen­sa­mien­to, les pro­me­to que algún día… algún día serán aire.

Pero hoy siguen sien­do eso: ver­sos que nun­ca dije en voz alta. Y sin embar­go, me habi­tan. (Ver­sos que no dije en voz alta) (2025)

POÉTICA

Escri­bir poe­mas en pro­sa no es solo una elec­ción téc­ni­ca. Es una for­ma de hablar sin cor­sé, de dejar que la emo­ción mar­que el rit­mo, y no el ver­so. Es escri­bir como quien cuen­ta una his­to­ria jun­to al fue­go: con pau­sa, con ver­dad. Por­que hay ver­sos que no saben a poe­ma, y hay sen­ti­mien­tos que piden un camino amplio, como los que cru­zan la sie­rra sin mirar atrás.

La pro­sa poé­ti­ca es ese camino. Para quien ve poe­sía en un vis­ta­zo, en un recuer­do, en una can­ción que se pier­de entre las pie­dras. Para quien sabe que la belle­za siem­pre toca.

Aquí, en Gali­cia, apren­de­mos a con­tar con la sal y con la bré­te­ma. A reír­nos del que nos done, a can­tar lo que nos esca­ra­lla, a bai­lar inclu­so cuan­do llue­ve. Escri­bir así es tam­bién eso: una for­ma de galle­gui­dad, de hacer de la pala­bra un refu­gio, de recun­car en la emo­ción has­ta que se vuel­va ritual. La piel que habla de noso­tros no nece­si­ta ver­so para emo­cio­nar. Solo nece­si­ta ver­dad. Y tiem­po para escu­char­la. (Ver­sos que no dije en voz alta) (1995–2025)

ENTRE SOMBRAS Y SILENCIOS

A veces, en los momen­tos tran­qui­los del día, me sor­pren­do a mí mis­mo escon­di­do detrás de una voz que no ter­mi­na de salir. Sien­to un impul­so interno que quie­re hablar, aso­mar­se, res­pi­rar… pero se detie­ne jus­to antes, como si le die­ra ver­güen­za mos­trar­se por com­ple­to. Me cubro con una espe­cie de nie­bla sua­ve que apa­ga mis ges­tos y mis pala­bras, mien­tras mi cora­zón late tran­qui­lo, cui­dán­do­se, espe­ran­do su momen­to.

Las pala­bras vie­nen a mí, revo­lo­tean inquie­tas, pero no se ani­man a tomar vue­lo. Mis ojos bus­can refu­gio en el sue­lo, como si allí pudie­ran ocul­tar­se del mun­do. Y mis susu­rros, peque­ños y frá­gi­les, se que­dan atra­pa­dos en mis dudas, nave­gan­do en ese mar interno que a veces me sobre­pa­sa.

Aun así, den­tro de ese silen­cio hay algo valio­so. Un peque­ño mun­do ínti­mo, deli­ca­do y hones­to, que flo­re­ce en lo pro­fun­do. Allí guar­do lo que soy, lo que toda­vía no mues­tro, lo que espe­ra el ins­tan­te jus­to para abrir­se sin temor. Es un lugar don­de mi apa­ren­te fra­gi­li­dad se trans­for­ma en fuer­za, don­de mi sin­ce­ri­dad bri­lla sin nece­si­dad de hacer rui­do.

Entien­do que la timi­dez no es un muro: es una puer­ta. Y detrás de ella hay un cora­zón vibran­te, que desea ser vis­to y abra­za­do tal como es. Aun­que a veces me escon­da entre som­bras y silen­cios, sé que por den­tro se está ges­tan­do un des­per­tar. Lle­ga­rá el día en que mis pala­bras dejen de tem­blar, en que mis ojos se levan­ten hacia el mun­do, y en que mi voz flu­ya sin con­te­ner­se.

Por­que en mí, detrás de esa bru­ma, vive una ver­dad que no se apa­ga: mi silen­cio tam­bién habla, y mi timi­dez no es más que el paso pre­vio para mos­trar un cora­zón que, cuan­do se atre­ve, ilu­mi­na sin esfuer­zo. (Ver­sos que no dije en voz alta) (1995–2025)

 

LOS SILENCIOS

Me due­len los silen­cios que no sé rom­per y el alma can­sa­da de que­rer a medias. Camino por den­tro con cui­da­do, como quien pisa un sue­lo frá­gil para no vol­ver a caer. No es que fal­te amor, es que sobra des­gas­te y ya no que­da fuer­za para fin­gir. A veces, sen­tir pesa más que callar, y el «no» se vuel­ve un acto de hones­ti­dad. Des­can­sar tam­bién es una for­ma de seguir vivo por den­tro. Hoy me que­do aquí, en cal­ma, cui­dan­do lo poco que aún sien­to. (Ver­sos que no dije en voz alta) (1995–2025)

EXPLICACIÓN Y PRÓLOGO DE «YA NO ES DUDA»

En el año 1995, con fecha del 94, publi­qué, en auto­edi­ción, un libro titu­la­do Ya no es duda en una edi­to­rial que no cum­plió dos acuer­dos esta­ble­ci­dos: una correc­ción de las gale­ras en con­di­cio­nes y una dis­tri­bu­ción de los 300 ejem­pla­res edi­ta­dos. Yo cum­plí mi par­te pagan­do una «no paca­ta» can­ti­dad de pese­tas. No hubo dis­tri­bu­ción por par­te de la edi­to­rial y un buen día me encon­tré en mi casa, a la vuel­ta del tra­ba­jo, tres cajas con los 300 ejem­pla­res. Qui­se dis­tri­buir­los yo, pero lo que hice fue una «cutre­dis­tri­bu­ción» ―mi cono­ci­mien­to de esta acti­vi­dad era, y es, nulo― y logré ven­der 76 ejem­pla­res. El res­to, sí, el res­to, los rega­lé a fami­lia­res, escri­to­res, can­tan­tes, con­ce­ja­les de cul­tu­ra de una infi­ni­dad de ayun­ta­mien­tos… Fue una «gene­ro­sa inver­sión» la asu­mi­da por mí: sobres de gran cali­dad y sellos para los gas­tos de envío a casi todas las ciu­da­des y pue­blos de Espa­ña. La cifra fue marean­te. Espe­cial­men­te me dolió muchí­si­mo el mayo­ri­ta­rio silen­cio que reci­bí.

Inci­so: me recor­dó a Cruyff cuan­do, el 17 de febre­ro de 1974, nos calló «in situ» a todo el madri­dis­mo al meter el ter­ce­ro gol, creo, en una de las más dolo­ro­sas derro­tas del Madrid con el Barça.

Fue como una bofe­ta­da de reali­dad: a muy poca gen­te le intere­sa la poe­sía. ¿Tam­po­co a tu fami­lia? Corra­mos un tupi­do velo. Aquí ten­go que hacer men­ción a dos libre­rías que lle­va­ron la meda­lla de oro y la de pla­ta en agra­de­ci­mien­to a la labor publi­ci­ta­ria que ejer­cie­ron.

La libre­ría Pér­ga­mo, sita en la calle Gene­ral Oraá 24, regen­ta­da por dos her­ma­nas, espe­cial­men­te la mayor, Lour­des. Esta mujer publi­ci­tó mi libro en el esca­pa­ra­te, lo aireó a voz en gri­to y lo ven­dió con una des­afo­ra­da gene­ro­si­dad. Eter­na­men­te agra­de­ci­do. Si algún día leye­ra esta entra­da, que­rría que supie­ra que mi agra­de­ci­mien­to no cono­ce lími­tes tem­po­ra­les.

En segun­do lugar, la entra­ña­ble Rubi­ños 1860, sita en la calle Alca­lá 98, don­de el due­ño me per­mi­tió tener en el esca­pa­ra­te quin­ce días mi libro. Como es nor­mal en esa zona, el «trián­gu­lo chu­pón» la devo­ró eva­po­ran­do el ances­tral y embau­ca­dor aro­ma de los libros que exuda­ba, por mucho que dije­ran que man­ten­drían el espí­ri­tu de la libre­ría en un lugar pro­mi­nen­te del gigan­tes­co edi­fi­cio que poseen. No es el mis­mo. Sin estas dos libre­rías, ¿cuán­tos libros hubie­ra ven­di­do? Nin­guno. El libro Ya no es duda, incor­po­ra­do aho­ra a Ver­sos que no dije en voz alta (1995–2025), reco­pi­la­ción de todos mis poe­mas en pro­sa, fue pro­lo­ga­do, es la par­te más impor­tan­te del libro, por el cate­drá­ti­co de la Com­plu­ten­se, y pro­fe­sor mío, Eduar­do Teje­ro, ya tris­te­men­te falle­ci­do. Mi agra­de­ci­mien­to tam­bién es eterno.

A MODO DE PRÓLOGO.- «YA NO ES DUDA»

En José María, la dedi­ca­ción poé­ti­ca es voca­ción sos­te­ni­da, no pasa­tiem­po efí­me­ro, y logos palia­ti­vo para la sole­dad de quien cree andar menes­te­ro­so de comu­ni­ca­ción. Al mar­gen del hedo­nis­mo al uso, ya que rin­de de nue­vo el males­tar de la cul­tu­ra, este joven inquie­re, bus­ca, gol­pea con la pala­bra y la ima­gen depu­ra­da para hallar cami­nos en la muda des­es­pe­ran­za. Como pro­fe­sio­nal de la lite­ra­tu­ra que ejer­ce y como poe­ta res­pon­sa­ble, acu­mu­ló lec­tu­ras de clá­si­cos siem­pre redi­vi­vos: Rubén, Alei­xan­dre, Cer­nu­da, Dáma­so y otras muy res­pe­ta­bles com­pa­ñías. En ellos bebió el esen­cial poé­ti­co, a saber, la inte­rro­ga­ción retó­ri­ca fren­te al mun­do y la pre­gun­ta ínti­ma, tan lace­ran­te a veces, reser­va­da a la vida coti­dia­na. Ítem más, el domi­nio de la for­ma, ya cana­li­za­da en la rima aso­nan­te o flu­yen­do rít­mi­ca­men­te en el ver­so libre. Así lo demues­tra en tan­tos poe­mas de Ya no es duda y de varios iné­di­tos que por gene­ro­sa amis­tad lle­gué a cono­cer. Si los títu­los son pre­mo­ni­ción y avi­so de cami­nan­tes, pue­de ver­se una temá­ti­ca reite­ra­da para quien se con­si­de­ra bus­ca­dor de som­bras y pasa la noche oscu­ra del alma: Tiem­po de silen­cio, La sole­dad ampa­ra­da, El túnel del amor, Memo­rias noc­tur­nas, Dis­fraz noc­turno, Sep­tiem­bre negro, Son­deos noc­tur­nos, Pere­gri­na­ción huma­na, Noc­turno, otra vez. La poe­sía, que Juan Ramón desea­ba para la inmen­sa mino­ría, es bri­sa y se catar­sis en días de incer­ti­dum­bre. Ten­ga­mos a los poe­tas temor reve­ren­cial, pues ellos escu­dri­ñan y alum­bran el tene­bro­so labe­rin­to que somos. José María, buen ami­go, oja­lá per­se­ve­res en tan fir­me y sin­ce­ra escri­tu­ra y reci­bas el asen­ti­mien­to y la aco­gi­da cor­dial que en jus­ti­cia mere­ces. Y allá va la des­pe­di­da con el sabla­zo de tus ver­sos más pro­pi­cios y alen­ta­do­res: Que nadie des­de­ñe mi con­ten­to, que nadie vul­ne­re mi celo­sía.

Eduar­do Teje­ro Roble­do, Cate­drá­ti­co en la Uni­ver­si­dad Com­plu­ten­se

(Ver­sos que no dije en voz alta) (1995–2025)

LA MANO IZQUIERDA

Escri­bo con la mano izquier­da por­que es la que pien­sa dife­ren­te. No me ense­ña­ron a usar­la al prin­ci­pio: fue ella quien se impu­so cuan­do era un cha­val, como un río que no quie­re seguir el cau­ce mar­ca­do. La izquier­da no es solo mano: es memo­ria, es resis­ten­cia, es una for­ma de tocar el mun­do al revés. Mien­tras otros escri­ben hacia fue­ra, yo escri­bo hacia den­tro, dibu­jan­do letras que nacen del lado olvi­da­do del cuer­po. Cada tra­zo es una peque­ña rebe­lión, cada pala­bra una for­ma de decir: «Aquí estoy, y no sigo el camino del reloj». Por­que la mano izquier­da no obe­de­ce: crea. Y en su pul­so va mi ver­dad. (Ver­sos que no dije en voz alta) (1995–2025)

PRÓLOGO DE ‘VERSOS QUE NO DIJE EN VOZ ALTA’

Este volu­mi­no­so libro fue escri­to en una casa sin puer­tas ni ven­ta­nas, con pare­des hechas de res­pi­ra­cio­nes que nun­ca lle­ga­ron a ser sus­pi­ros. Aquí no hay tiem­po: los relo­jes se fun­die­ron en los bol­si­llos del olvi­do y las esta­cio­nes que­da­ron atra­pa­das den­tro de un poe­ma que no se ríe. Cada ver­so es un ani­mal que vaga por corre­do­res invi­si­bles, cla­man­do un nom­bre que nadie pro­nun­ció, invo­can­do recuer­dos que se nie­gan a tener ros­tro. La sole­dad cami­na por estos tex­tos como una mujer sin som­bra, des­cal­za, con un mapa arru­ga­do del cora­zón, reci­tan­do en voz baja las direc­cio­nes hacia luga­res que nun­ca exis­tie­ron. No es ausen­cia, es mate­ria. Es la sus­tan­cia con la que se cons­tru­yen las ciu­da­des del que no fui­mos. El des­amor apa­re­ce dis­fra­za­do de mue­ble anti­guo: pare­ce ino­fen­si­vo, pero guar­dia car­tas que no se escri­bie­ron, mira­das que nun­ca lle­ga­ron, ges­tos que que­da­ron flo­tan­do en los espe­jos del pasa­do. La nos­tal­gia es líqui­da, pero no empa­pa. Se fil­tra entre pala­bras como llu­via que cae al revés, dibu­jan­do cons­te­la­cio­nes sobre techos que solo exis­ten en la memo­ria. Cada poe­ma es una habi­ta­ción sella­da, y leer­los es encen­der la lám­pa­ra que tiem­bla en medio del vacío. Este no es un libro para enten­der, sino para habi­tar por un ins­tan­te lo que se per­dió sin ser encon­tra­do. Si el lec­tor se reco­no­ce en un solo de estos ver­sos, aun­que sea bre­ve­men­te, aun­que sea de per­fil, enton­ces el vacío cum­pli­ría su pro­me­sa: ser el lugar don­de todo lo que fal­ta pue­de por fin que­dar quie­to. (Ver­sos que no dije en voz alta) (1995–2025)