CONEÍÑO

En una aldea pequeña, donde los nombres tenían más peso que los apellidos y los curas más tozudez que los padrinos, llegó el día del bautizo del pequeño de la casa. La familia estaba emocionada: era el primer nieto, el hijo de Maruxa y Xosé, y todos querían que el nombre fuera especial.

En la iglesia, el cura don Ramón, de buen humor, pero de oído fino, preguntó solemne:
—¿Nombre?

El padrino, que ya tenía el discurso preparado, respondió con voz firme:

—Avaristo.

El cura frunció el ceño, miró el libro y dijo:

—Con e.

—Avaristo —repitió el padrino, sin entender—. Porque es tradición que el nombre proteja a la familia de los truenos en las noches de tormenta.

—Con e, hombre, que se escribe Evaristo —insistió el cura, ya algo picado.

—Pero nosotros queremos Avaristo, que suena más dulce, más nuestro, máis da casa —dijo la abuela, que ya tenía bordado el nombre en un pañuelo—.

Cada generación tiene un Avaristo que trae suerte en las cosechas de maíz.

La discusión fue creciendo, como crecen los tojos en el monte, sin pedir permiso. El cura, firme en la gramática y en la tradición, no cedía. El padrino, fiel a su idea, tampoco. La abuela ya empezaba a rezar para que no se cancelara el bautizo.

Entonces, entre murmullos y suspiros, se levantó don Manuel, el vecino de al lado de la casa de Maruxa, que había ido solo por la empanada y ya llevaba media hora aguantando la batallita:

—¡Carajo, ya está bien! ¿Cómo tengo que llamar a tu nieto? ¿Qué nombre le ponemos, que ya está todo mojado y el pan está frío?

La familia se miró, el cura cruzó los brazos y firmó Evaristo en los papeles oficiales, y el padrino, con una sonrisa resignada, soltó:

—Pues, como el cura no cedió y dice que es con e… le llamamos Coneíño.

Y así quedó. El niño creció feliz, con nombre de cuento y una historia que contar en cada fiesta. Porque en Galicia, a veces, los nombres nacen de la retranca. (Nieblas y lembranzas) (1995-2025)

 

Share