Siempre he creído que hay palabras que no nacen de uno mismo, sino del lugar donde el corazón echa raíces. Hay textos que no se escriben: germinan. Asoman desde la tierra húmeda, del silencio antiguo de los árboles, de la memoria que se acumula como hojas secas al pie de un tronco venerable. Así nació este libro y así falleció. No como un acto deliberado, sino como una consecuencia natural. Como si cada microtexto fuese un ser diminuto, un hijo del roble, una criatura discreta que se desprende del bosque y desciende al suelo con la humildad de una bellota. Pero no llegaron al papel.
Asistí al ocaso de estos «niños» no por su vínculo con la infancia, sino por su condición de cosas pequeñas, inesperadas, espontáneas, que no han superado ni un suspiro mío. Iban a ser textos breves, a veces apenas un soplo, pero cargados de una energía que no sé nombrar de otro modo. Cada uno sería una chispa, un latido, un destello de memoria que rehuiría las formas extensas. Serían fragmentos que no quisieron crecer, que encontraron su tamaño exacto y decidieron permanecer así, intactos, como piedras menudas que conservan el calor del sol, pero que no llegaron al papel.
El roble es, para mí, la metáfora perfecta de lo que aquí sucede. No ofrece frutos espectaculares ni flores llamativas. Da bellotas: pequeñas, duras, silenciosas. Y, sin embargo, dentro de ellas cabe un bosque entero. Así iban a ser estos microtextos: semillas que no prometían nada, pero capaces de abrir senderos insospechados en quien los leyera. No buscaban explicar ni convencer. No aspiraban a enseñar. Solo deseaban existir, ocupar su espacio, dejar una huella leve pero persistente. Pero no llegaron al papel.
El robledal es el escenario donde todo esto acontece. Un territorio simbólico, emocional, a veces real y otras imaginado. Un lugar donde el viento trae voces antiguas, donde la niebla suaviza los contornos, donde la soledad no pesa porque está acompañada por la presencia callada de los árboles. Es en ese clima donde iban a surgir estos textos: entre la luz tamizada, entre el murmullo de las hojas, entre la sensación de que el tiempo discurre de otra manera cuando uno está rodeado de raíces. Pero no llegaron al papel.
En estas frustradas páginas habría amor, pero un amor que no se exhibe. Habría soledad, pero una soledad que no hiere. Habría tierra, viento, morriña, y esa forma tan gallega de sentir el mundo como algo que se lleva dentro, no como algo que se contempla desde fuera. Cada microtexto intentaría apresar un instante, una emoción, una intuición. Serían breves porque así se presenta a veces la verdad: aparece de pronto, ilumina un segundo y se desvanece. Pero no llegaron al papel.
No sé si estos «niños del carballo» encontrarán algún día un papel y un lector. Sólo sé que necesitan nacer. Yo solo sería el sendero por el que llegarían al papel.
Sueño con el día en el que lleguen a prender estas pequeñas semillas. Quiero que me dejen en el futuro una sombra, una pregunta o una memoria, entonces la carballeira habrá cumplido su cometido. Pero aún no han llegado al papel. (A la sombra del verbo) (1995-2025)
