Ya en el colegio empieza a dar señales de su futura tragedia estética: el niño que se peinaba con gomina a los ocho años, convencido de que las niñas van a suspirar por él mientras recita la tabla del siete. En el patio, se pasea como si fuera protagonista de una serie juvenil, con la camiseta metida por dentro y el pecho inflado, creyendo que su andar era elegante, cuando en realidad parece un desmañado pato con problemas de coordinación. Su atractivo es comparable al de un bocadillo de mortadela olvidado en la mochila. Las niñas lo miran, sí, pero no con deseo: lo miran con la misma mezcla de pena y risa con la que se observa a un compañero que tropieza con la cuerda de saltar.
En el último curso el mito se agrava. El adolescente se cree modelo de revista, aunque su acné puede servir de mapa topográfico. Se perfuma como si quisiera fumigar el aula y se ajusta la chaqueta creyendo que es James Bond, cuando en realidad parece un vendedor de seguros en prácticas. Y lo peor: se convence de que todas lo desean, cuando en realidad todas le evitan, porque nadie quiere que se le acerque el que huele a mezcla de desodorante barato y ego desbordado.
Y llega sin sorpresas el examen de selectividad, ese momento supuestamente solemne. Allí está él, sentado en primera fila, creyendo que incluso en medio de un examen su atractivo es un arma de seducción masiva. Mientras los demás sudan tinta intentando recordar fórmulas de matemáticas o fechas de historia, él se recoloca el pelo con gesto ensayado, como si la comisión examinadora fuera un jurado de belleza. Saca el bolígrafo con un movimiento teatral, convencido de que hasta el modo en que escribe desprende magnetismo. En realidad, lo único que desprende es lástima: su examen es un festival de faltas de ortografía y frases huecas, pero él sonríe satisfecho, seguro de que su «mirada intensa» compensará la mediocridad académica.
El resultado es el mismo que en el curso anterior: suspenso en contenido, matrícula de honor en ridículo. Porque el hombre que se cree guapo no entiende que la vida no se aprueba con abdominales imaginarios ni con selfis mentales. Cree que su atractivo es un pasaporte universal, pero lo único que consigue es ser recordado como un bufón moderno, un chiste que empezó en el colegio y alcanzó su clímax tragicómico en la selectividad.
Ya adulto, el guapo autoproclamado sigue arrastrando esa fe ciega en su propio mito. El que realmente lo es, se convierte en esclavo de su espejo y de la crema hidratante, atrapado en la cárcel de su reflejo. El que no lo es, se convierte en caricatura: barriga cervecera disfrazada de abdominales, gafas de sol en interiores, sonrisa ensayada que parece más un espasmo que un gesto seductor. Todos ellos comparten la misma tragedia: creen que el mundo entero los observa con deseo, cuando en realidad el mundo entero los observa con risas y carcajadas.
En definitiva, el hombre que se cree guapo es un espectáculo tragicómico que empieza ya en el colegio y nunca termina. Es el bufón moderno que confunde la vanidad con el encanto, el hombre que nunca deja de mirarse en el espejo del baño creyendo que es un dios, cuando apenas alcanza a ser un chiste mal contado. (A la sombra del verbo)
