Bendita sea la inocencia, / mi abuelo siempre rezó, / mientras yo abría los regalos / que el Rey Mago en mi portal dejó.
Rafo, ya lo vas conociendo, es muy terco y tozudo. Me argumenta, cuando me propone saltar a la infancia, que ya me había advertido que no quería linealidad narrativa. Soy así y, otra vez, como la carta que escribe mil veces, pero nunca envía, sale a la luz la amenaza de deshacerse de mí como narrador. Terco y tozudo como ese espejo que solo refleja lo que uno quiere ver o como ese muro que crece en altura cada vez que alguien ―yo, por ejemplo― intenta escalarlo.
Rafo se debía levantar de forma sigilosa, en una acción clandestina y oculta como el asesino de la hermosa mujer del doctor Kimble en El fugitivo. Nadie sabía sus intenciones. Si alguien las hubiera descubierto, seguro que lo hubieran reprendido en extremo con una advertencia severísima de que, ante un comportamiento tan desmandado, los Reyes Magos pasarían de largo y no dejarían ninguna de las peticiones que había plasmado en la ya tradicional carta.
Durante la cena se esmeró en bostezar ruidosa y estridentemente repetidas veces. Varias advertencias paternas sobre la educación y los malos hábitos cuando estaban sentados a la mesa salpicaron una espera que temía que se le fuera de las manos. Nada más terminar el postre, fue conminado a abandonar el comedor y a meterse en la cama nun chiscar de ollos e nun airiño de Deus. Dos expresiones gallegas muy conocidas por su padre que, así sumadas, le invitaban al receptor del dictado a hacer diligentemente lo que se le indicaba.
Embozado hasta las cejas, el corazón se le desbocaba y sonaba con gran estruendo en el silencio de su habitación. Había tenido una infinita paciencia fingiendo que ya estaba inmerso en uno de sus fantasiosos sueños infantiles. Escenificó acertadamente la estrategia que había tramado con esmerado detallismo, pues la última vez que entró su padre en el cuarto se cercioró de que no estaba despierto. Reprodujo el sonido gutural que profería el dormido con tanta perfección que su padre le confirmó a su madre que estaba descansando. Como buen gallego, dijo: parece que duerme.
Calculó cuánto tiempo tardarían sus padres en conciliar el sueño. Son unos pesados, dijo para sí, porque no paraban de recorrer el pasillo una y otra vez. ¡Hasta han salido a la calle! ¡Esto es como una canción desafinada que no deja de sonar!, dijo para sí reproduciendo las palabras del párroco de Ortoño cuando lo escuchó en las pruebas de canto para el coro.
Por aquel tiempo Rafo no era consciente de las dificultades de su madre para conciliar el sueño. Le oía comentar que el insomnio es como un teatro donde la mente no baja el telón o como un laberinto sin salida. No sabía aún que su lucha contra el desvelo con un silencio forzado le producía un nudo en la garganta que apretaba más con cada palabra no pronunciada. Rafo no sabía a esa edad de la lucha de su madre desde tiempos lejanísimos.
―En esa edad temprana todo me parecía tan sencillo que, cuando llegué a la preadolescencia, y me enteré con todo detalle de la realidad, me sentí un poco culpable por no haberme percatado de ciertas experiencias vividas, me comentó el día que estuvimos hablando de este capítulo.
De pronto, explotó el silencio en la casa. Ni vecinos ni camiones por el paseo. O eso creía Rafo en su fingido sueño, porque la noche del 5 al 6, en aquella época, era una auténtica locura con la compra de los regalos descolgados que los niños habían solicitado en la carta a los Reyes Magos.
De vez en cuando, lo que retrasó voluntariamente la puesta en pie de Rafo, un viento gélido golpeaba el cristal del balcón y se colaba por las rendijas de la montura de madera que no asentaba bien. Esto era una cancioncilla que en tiempos pasados habría sido la causa de una apresurada y meteórica incursión en la cama de sus padres.
El miedo era extraordinario como un abismo que empezaba en la almohada y el crujir de la madera era como un invitado no deseado que no se quería ir. Ni aún con la promesa del vellocino de oro se hubiera quedado en su dormitorio otra noche cualquiera. El objetivo que se había planteado para esa noche era tan importante que el éxito de dicha expedición vencía el miedo a cualquier incursión de elementos extraños en su habitación.
Metido en la cama con tres mantas zamoranas, y tapado hasta la nariz, se sentía muy orgulloso por no escapar de la musiquilla maléfica de la puerta del balcón, aunque al otro lado estuviera la señora Danvers, el ama de llaves de Rebeca. No le castañeaban las muelas por más que sintiera en el estómago el aleteo de inquietas mariposas.
Pensó que ya debería levantarse, pero no era capaz de destaparse, paso previo para ponerse en pie y comenzar de este modo sus indagaciones reales. Hacía mucho frío en la habitación y añoraba Rafo la lucecita que sus padres enchufaban de noche para que no cayera en el pavor nocturno, ese miedo que se convertía en un huésped que no veía pero que sabía que estaba a su vera. Lo de la lucecita no lo sabían en el colegio para no ser pasto de las burlas de los compañeros, que siempre presumían de dormir en la más absoluta oscuridad. Hasta su compañero Pedro, cuando hablaban del miedo decía como un fanfarrón: Si viene a asustarme, que traiga algo nuevo, porque los fantasmas ya me aburren. Yo no tiemblo, yo hago temblar al miedo.
Por fin se puso en pie, tanteó la pared y esquivó con suma habilidad la ruidosa baldosa que estaba suelta, mil veces sellada, pero que mis «tranquilos juegos» hacían que se desprendiera reiteradamente. A causa del desasosiego que me generaba la situación llevaba el pijama pegado a la espalda. Hacía un frío invernal, pero sudaba. La zozobra de la situación lo mantenía en vilo, atacado por los nervios y con la mente neblinosa. Estaba convencido de que iba a descubrir uno de los mayores secretos de la humanidad: el mapa del tesoro estaba dibujado con la letra de mamá.
Avanzó por el pasillo como un niño que camina entre dos mundos: el de la fantasía que quiere conservar y el de la verdad que está a punto de descubrir. Olía la presa. Aspiraba un ligero aroma a licor. Era incapaz de distinguir el tipo de bebida que descansaba en la mesa del comedor. Allí estaban las tres copitas llenas con sus respectivos dulces y servilletas. Ajajá, esta noche los pillo seguro, pensó mientras le subía a la boca una regurgitación estomacal. El maldito pudin que se empeñó en cenar ―había sobrado de la comida― haciendo caso omiso a las «advertencias profesionales» que su padre le había hecho sobre los inconvenientes nocturnos de dicha ingesta. Ahí la terquedad infantil es un grado, además de la cierta permisividad que habita en los progenitores en épocas navideñas.
Rafo tenía ocho años y una misión, repetida mil veces en su mente, muy clara: descubrir de una vez por todas quiénes eran los verdaderos Reyes Magos. Le había dicho Mateo, un compañero de clase con la rotundidad de un niño envalentonado:
―Los Reyes no existen. Son los padres los que compran los regalos. Ayer, mientras rebuscaba en el armario de mis padres, encontré una bolsa llena de juguetes con etiquetas que decían «Para Leo», «Para Clara» y «Para Mateo». Y claro descubrí la mentira: los Reyes Magos no son quienes traen los regalos… ¡son los padres!
La profesora, al enterarse, habló con Mateo. Le explicó que la magia de los Reyes no está en saber si son reales o no, sino en compartir ilusión, esperanza y alegría.
Mateo, avergonzado, comprendió que había roto algo más que un secreto: había chafado la ilusión de sus amigos.
Esa noche, escribió cartas a cada uno de ellos, pidiéndoles perdón y prometiendo que, aunque supiera la verdad, nunca volvería a apagar la magia de los demás.
Los padres de Rafo, cada año, le hablaban de Melchor, Gaspar y Baltasar, pero él, después de escuchar a Mateo, sospechaba que algo no cuadraba. Así que esa noche, la noche mágica del 5 de enero, había decidido ejecutar la operación secreta que había urdido sin decir nada a nadie.
Colocó una manta en el sofá del salón, justo frente al portal de Belén que presidía el salón. Tenía una linterna, una libreta para tomar notas, y hasta un reloj con alarma. Dejó los zapatos bien limpios bajo el portal, junto a los dulces para los Reyes y el agua para los camellos. Todo estaba listo.
—Esta vez no se me escapan —susurró, mientras se acomodaba en el sofá. Pero los nervios y el cansancio, compinchados con sus padres, lograron el milagro: se quedó profundamente dormido. Había luchaba contra el sueño como un titán, pero sus párpados pesaban como piedras y no pudo más. A las cuatro de la madrugada, la alarma sonó… pero él no la oyó. Dormía profundamente, abrazado a su linterna.
A las siete de la mañana, sintió una mano suave en el hombro.
—¡Feliz Día de Reyes, campeón! —le dijo su padre.
Rafo abrió los ojos y vio el salón lleno de regalos, los zapatos rebosando de sorpresas, y los dulces mordisqueados.
—¡No puede ser! ¡Me dormí! —exclamó, frustrado.
Su padre sonrió, cómplice.
—Los Reyes son muy rápidos. Quizás el año que viene tengas más suerte. Tal vez los Reyes solo se dejan ver cuando uno no los espera. Quizás la magia está en no verlos.
Rafo miró su libreta vacía y suspiró. Pero en el fondo, sabía que la magia no estaba en descubrir el secreto… sino en que realmente existían los Reyes Magos. (Hatroz) (2025–2026)


Debías de joven ser más consciente. 👏 En cuanto a los Reyes Magos a mi también me quitaron la ilusión una compañera del colegio. Pero en mi caso llamó mamá por teléfono. 👏
La magia de la noche de Reyes la sigo manteniendo. A pesar de mi edad, sigo manteniendo esa ilusión y magia, primero con mis dos hijos y después con mis nietos, pues yo tb mantengo esa ilusión.
Yo tuve más suerte. A los nueve años, casi diez, fui informado por mis padres. Quizás por eso mantengo la ilusión y la magia.
La magia de la noche de Reyes la sigo manteniendo. A pesar de mi edad, sigo manteniendo esa ilusión y magia, primero con mis dos hijos y después con mis nietos, pues yo tb mantengo esa ilusión.
Yo tuve más suerte. A los nueve años, casi diez, fui informado por mis padres. Quizás por eso mantengo la ilusión y la magia.
Muchas gracias, Miguel Ángel. Es muy gratificante para mí que participéis con comentarios. Te lo agradezco profundamente.