CAPÍTULO XXIII DE ‘HATROZ’.- LA INOCENCIA

Ben­di­ta sea la ino­cen­cia, / mi abue­lo siem­pre rezó, / mien­tras yo abría los rega­los / que el Rey Mago en mi por­tal dejó.

Rafo, ya lo vas cono­cien­do, es muy ter­co y tozu­do. Me argu­men­ta, cuan­do me pro­po­ne sal­tar a la infan­cia, que ya me había adver­ti­do que no que­ría linea­li­dad narra­ti­va. Soy así y, otra vez, como la car­ta que escri­be mil veces, pero nun­ca envía, sale a la luz la ame­na­za de des­ha­cer­se de mí como narra­dor. Ter­co y tozu­do como ese espe­jo que solo refle­ja lo que uno quie­re ver o como ese muro que cre­ce en altu­ra cada vez que alguien ―yo, por ejem­plo― inten­ta esca­lar­lo.

Rafo se debía levan­tar de for­ma sigi­lo­sa, en una acción clan­des­ti­na y ocul­ta como el ase­sino de la her­mo­sa mujer del doc­tor Kim­ble en El fugi­ti­vo. Nadie sabía sus inten­cio­nes. Si alguien las hubie­ra des­cu­bier­to, segu­ro que lo hubie­ran repren­di­do en extre­mo con una adver­ten­cia seve­rí­si­ma de que, ante un com­por­ta­mien­to tan des­man­da­do, los Reyes Magos pasa­rían de lar­go y no deja­rían nin­gu­na de las peti­cio­nes que había plas­ma­do en la ya tra­di­cio­nal car­ta.

Duran­te la cena se esme­ró en bos­te­zar rui­do­sa y estri­den­te­men­te repe­ti­das veces. Varias adver­ten­cias pater­nas sobre la edu­ca­ción y los malos hábi­tos cuan­do esta­ban sen­ta­dos a la mesa sal­pi­ca­ron una espe­ra que temía que se le fue­ra de las manos. Nada más ter­mi­nar el pos­tre, fue con­mi­na­do a aban­do­nar el come­dor y a meter­se en la cama nun chis­car de ollos e nun airi­ño de Deus. Dos expre­sio­nes galle­gas muy cono­ci­das por su padre que, así suma­das, le invi­ta­ban al recep­tor del dic­ta­do a hacer dili­gen­te­men­te lo que se le indi­ca­ba.

Embo­za­do has­ta las cejas, el cora­zón se le des­bo­ca­ba y sona­ba con gran estruen­do en el silen­cio de su habi­ta­ción. Había teni­do una infi­ni­ta pacien­cia fin­gien­do que ya esta­ba inmer­so en uno de sus fan­ta­sio­sos sue­ños infan­ti­les. Esce­ni­fi­có acer­ta­da­men­te la estra­te­gia que había tra­ma­do con esme­ra­do deta­llis­mo, pues la últi­ma vez que entró su padre en el cuar­to se cer­cio­ró de que no esta­ba des­pier­to. Repro­du­jo el soni­do gutu­ral que pro­fe­ría el dor­mi­do con tan­ta per­fec­ción que su padre le con­fir­mó a su madre que esta­ba des­can­san­do. Como buen galle­go, dijo: pare­ce que duer­me.

Cal­cu­ló cuán­to tiem­po tar­da­rían sus padres en con­ci­liar el sue­ño. Son unos pesa­dos, dijo para sí, por­que no para­ban de reco­rrer el pasi­llo una y otra vez. ¡Has­ta han sali­do a la calle! ¡Esto es como una can­ción des­afi­na­da que no deja de sonar!, dijo para sí repro­du­cien­do las pala­bras del párro­co de Orto­ño cuan­do lo escu­chó en las prue­bas de can­to para el coro.

Por aquel tiem­po Rafo no era cons­cien­te de las difi­cul­ta­des de su madre para con­ci­liar el sue­ño. Le oía comen­tar que el insom­nio es como un tea­tro don­de la men­te no baja el telón o como un labe­rin­to sin sali­da. No sabía aún que su lucha con­tra el des­ve­lo con un silen­cio for­za­do le pro­du­cía un nudo en la gar­gan­ta que apre­ta­ba más con cada pala­bra no pro­nun­cia­da. Rafo no sabía a esa edad de la lucha de su madre des­de tiem­pos leja­ní­si­mos.

―En esa edad tem­pra­na todo me pare­cía tan sen­ci­llo que, cuan­do lle­gué a la pre­ado­les­cen­cia, y me ente­ré con todo deta­lle de la reali­dad, me sen­tí un poco cul­pa­ble por no haber­me per­ca­ta­do de cier­tas expe­rien­cias vivi­das, me comen­tó el día que estu­vi­mos hablan­do de este capí­tu­lo.

De pron­to, explo­tó el silen­cio en la casa. Ni veci­nos ni camio­nes por el paseo. O eso creía Rafo en su fin­gi­do sue­ño, por­que la noche del 5 al 6, en aque­lla épo­ca, era una autén­ti­ca locu­ra con la com­pra de los rega­los des­col­ga­dos que los niños habían soli­ci­ta­do en la car­ta a los Reyes Magos.

De vez en cuan­do, lo que retra­só volun­ta­ria­men­te la pues­ta en pie de Rafo, un vien­to géli­do gol­pea­ba el cris­tal del bal­cón y se cola­ba por las ren­di­jas de la mon­tu­ra de made­ra que no asen­ta­ba bien. Esto era una can­cion­ci­lla que en tiem­pos pasa­dos habría sido la cau­sa de una apre­su­ra­da y meteó­ri­ca incur­sión en la cama de sus padres.

El mie­do era extra­or­di­na­rio como un abis­mo que empe­za­ba en la almoha­da y el cru­jir de la made­ra era como un invi­ta­do no desea­do que no se que­ría ir. Ni aún con la pro­me­sa del vello­cino de oro se hubie­ra que­da­do en su dor­mi­to­rio otra noche cual­quie­ra. El obje­ti­vo que se había plan­tea­do para esa noche era tan impor­tan­te que el éxi­to de dicha expe­di­ción ven­cía el mie­do a cual­quier incur­sión de ele­men­tos extra­ños en su habi­ta­ción.

Meti­do en la cama con tres man­tas zamo­ra­nas, y tapa­do has­ta la nariz, se sen­tía muy orgu­llo­so por no esca­par de la musi­qui­lla malé­fi­ca de la puer­ta del bal­cón, aun­que al otro lado estu­vie­ra la seño­ra Dan­vers, el ama de lla­ves de Rebe­ca. No le cas­ta­ñea­ban las mue­las por más que sin­tie­ra en el estó­ma­go el ale­teo de inquie­tas mari­po­sas.

Pen­só que ya debe­ría levan­tar­se, pero no era capaz de des­ta­par­se, paso pre­vio para poner­se en pie y comen­zar de este modo sus inda­ga­cio­nes reales. Hacía mucho frío en la habi­ta­ción y año­ra­ba Rafo la luce­ci­ta que sus padres enchu­fa­ban de noche para que no caye­ra en el pavor noc­turno, ese mie­do que se con­ver­tía en un hués­ped que no veía pero que sabía que esta­ba a su vera. Lo de la luce­ci­ta no lo sabían en el cole­gio para no ser pas­to de las bur­las de los com­pa­ñe­ros, que siem­pre pre­su­mían de dor­mir en la más abso­lu­ta oscu­ri­dad. Has­ta su com­pa­ñe­ro Pedro, cuan­do habla­ban del mie­do decía como un fan­fa­rrón: Si vie­ne a asus­tar­me, que trai­ga algo nue­vo, por­que los fan­tas­mas ya me abu­rren. Yo no tiem­blo, yo hago tem­blar al mie­do.

Por fin se puso en pie, tan­teó la pared y esqui­vó con suma habi­li­dad la rui­do­sa bal­do­sa que esta­ba suel­ta, mil veces sella­da, pero que mis «tran­qui­los jue­gos» hacían que se des­pren­die­ra reite­ra­da­men­te. A cau­sa del des­aso­sie­go que me gene­ra­ba la situa­ción lle­va­ba el pija­ma pega­do a la espal­da. Hacía un frío inver­nal, pero suda­ba. La zozo­bra de la situa­ción lo man­te­nía en vilo, ata­ca­do por los ner­vios y con la men­te nebli­no­sa. Esta­ba con­ven­ci­do de que iba a des­cu­brir uno de los mayo­res secre­tos de la huma­ni­dad: el mapa del teso­ro esta­ba dibu­ja­do con la letra de mamá.

Avan­zó por el pasi­llo como un niño que cami­na entre dos mun­dos: el de la fan­ta­sía que quie­re con­ser­var y el de la ver­dad que está a pun­to de des­cu­brir. Olía la pre­sa. Aspi­ra­ba un lige­ro aro­ma a licor. Era inca­paz de dis­tin­guir el tipo de bebi­da que des­can­sa­ba en la mesa del come­dor. Allí esta­ban las tres copi­tas lle­nas con sus res­pec­ti­vos dul­ces y ser­vi­lle­tas. Aja­já, esta noche los pillo segu­ro, pen­só mien­tras le subía a la boca una regur­gi­ta­ción esto­ma­cal. El mal­di­to pudin que se empe­ñó en cenar ―había sobra­do de la comi­da― hacien­do caso omi­so a las «adver­ten­cias pro­fe­sio­na­les» que su padre le había hecho sobre los incon­ve­nien­tes noc­tur­nos de dicha inges­ta. Ahí la ter­que­dad infan­til es un gra­do, ade­más de la cier­ta per­mi­si­vi­dad que habi­ta en los pro­ge­ni­to­res en épo­cas navi­de­ñas.

Rafo tenía ocho años y una misión, repe­ti­da mil veces en su men­te, muy cla­ra: des­cu­brir de una vez por todas quié­nes eran los ver­da­de­ros Reyes Magos. Le había dicho Mateo, un com­pa­ñe­ro de cla­se con la rotun­di­dad de un niño enva­len­to­na­do:

―Los Reyes no exis­ten. Son los padres los que com­pran los rega­los. Ayer, mien­tras rebus­ca­ba en el arma­rio de mis padres, encon­tré una bol­sa lle­na de jugue­tes con eti­que­tas que decían «Para Leo», «Para Cla­ra» y «Para Mateo». Y cla­ro des­cu­brí la men­ti­ra: los Reyes Magos no son quie­nes traen los rega­los… ¡son los padres!

La pro­fe­so­ra, al ente­rar­se, habló con Mateo. Le expli­có que la magia de los Reyes no está en saber si son reales o no, sino en com­par­tir ilu­sión, espe­ran­za y ale­gría.

Mateo, aver­gon­za­do, com­pren­dió que había roto algo más que un secre­to: había cha­fa­do la ilu­sión de sus ami­gos.

Esa noche, escri­bió car­tas a cada uno de ellos, pidién­do­les per­dón y pro­me­tien­do que, aun­que supie­ra la ver­dad, nun­ca vol­ve­ría a apa­gar la magia de los demás.

Los padres de Rafo, cada año, le habla­ban de Mel­chor, Gas­par y Bal­ta­sar, pero él, des­pués de escu­char a Mateo, sos­pe­cha­ba que algo no cua­dra­ba. Así que esa noche, la noche mági­ca del 5 de enero, había deci­di­do eje­cu­tar la ope­ra­ción secre­ta que había urdi­do sin decir nada a nadie.

Colo­có una man­ta en el sofá del salón, jus­to fren­te al por­tal de Belén que pre­si­día el salón. Tenía una lin­ter­na, una libre­ta para tomar notas, y has­ta un reloj con alar­ma. Dejó los zapa­tos bien lim­pios bajo el por­tal, jun­to a los dul­ces para los Reyes y el agua para los came­llos. Todo esta­ba lis­to.

—Esta vez no se me esca­pan —susu­rró, mien­tras se aco­mo­da­ba en el sofá. Pero los ner­vios y el can­san­cio, com­pin­cha­dos con sus padres, logra­ron el mila­gro: se que­dó pro­fun­da­men­te dor­mi­do. Había lucha­ba con­tra el sue­ño como un titán, pero sus pár­pa­dos pesa­ban como pie­dras y no pudo más. A las cua­tro de la madru­ga­da, la alar­ma sonó… pero él no la oyó. Dor­mía pro­fun­da­men­te, abra­za­do a su lin­ter­na.

A las sie­te de la maña­na, sin­tió una mano sua­ve en el hom­bro.

—¡Feliz Día de Reyes, cam­peón! —le dijo su padre.

Rafo abrió los ojos y vio el salón lleno de rega­los, los zapa­tos rebo­san­do de sor­pre­sas, y los dul­ces mor­dis­quea­dos.

—¡No pue­de ser! ¡Me dor­mí! —excla­mó, frus­tra­do.

Su padre son­rió, cóm­pli­ce.

—Los Reyes son muy rápi­dos. Qui­zás el año que vie­ne ten­gas más suer­te. Tal vez los Reyes solo se dejan ver cuan­do uno no los espe­ra. Qui­zás la magia está en no ver­los.

Rafo miró su libre­ta vacía y sus­pi­ró. Pero en el fon­do, sabía que la magia no esta­ba en des­cu­brir el secre­to… sino en que real­men­te exis­tían los Reyes Magos. (Hatroz) (2025–2026)

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