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DEPRESIÓN

Hoy es el Día Mun­dial de la Depre­sión y escri­bi­mos en pri­me­ra per­so­na del plu­ral mi her­ma­na y yo por­que no sabe­mos hacer­lo de otra mane­ra. Esta enfer­me­dad no es una idea abs­trac­ta para noso­tros, ni una pala­bra de moda, ni una excu­sa fácil. Ha sido el eco cons­tan­te de un dor­mi­to­rio lleno de nie­bla. Tie­ne nom­bre, tie­ne ros­tro y tie­ne his­to­ria. Y en nues­tra vida, esa his­to­ria pasa inevi­ta­ble­men­te por nues­tra madre.

Duran­te mucho tiem­po vimos cómo la depre­sión lace­ra­ba la vida de nues­tra madre sin pedir per­mi­so. No vimos cómo se ins­ta­ló, sin apro­ba­ción y por la fuer­za, por­que lo hizo mucho antes de nacer noso­tros. Nos con­ta­ron que no lle­gó como lo hacen las tris­te­zas nor­ma­les, esas que tie­nen una cau­sa con­cre­ta y que, con el tiem­po, se difu­mi­nan, se dilu­yen, aun­que no des­apa­rez­can.

La depre­sión nació en su inte­rior muy joven y se vio ali­men­ta­da por unas cir­cuns­tan­cias fami­lia­res muy duras en tiem­pos de la gue­rra civil. Her­ma­nas suyas pudie­ron aso­mar la cabe­za en ese mare­mo­to, pero esa semi­lla negra, que pare­cía muer­ta, se ins­ta­ló en su men­te con una fuer­za y un flo­re­ci­mien­to inven­ci­bles y la acom­pa­ñó toda la vida. En aque­llos tiem­pos no tenía una expli­ca­ción sen­ci­lla. Dije­ron los espe­cia­lis­tas que era una depre­sión endó­ge­na, pro­fun­da, per­sis­ten­te y ani­qui­la­do­ra, acom­pa­ña­da ade­más de un per­ti­naz insom­nio que la ago­ta­ba aún más y con­ver­tía sus noches en un impa­ra­ble carru­sel de dolien­tes pena­li­da­des. No había des­can­so ni tre­gua. Y ver­la sufrir fue una de las expe­rien­cias más duras de nues­tra vida.

La depre­sión no es pere­za. No es fal­ta de volun­tad. No es exa­ge­ra­ción ni dra­ma­tis­mo. No es un capri­cho. Es una enfer­me­dad real, seria y devas­ta­do­ra. Una enfer­me­dad que te roba la ener­gía, la espe­ran­za, las ganas de vivir y, muchas veces, has­ta la pro­pia iden­ti­dad. Nues­tra madre no era una per­so­na débil. Era una per­so­na fuer­te atra­pa­da en una men­te que no le daba res­pi­ro.

Mi her­ma­na y yo hemos vis­to el esfuer­zo inmen­so que supo­nía para ella levan­tar­se cada día car­gan­do un peso invi­si­ble. Hemos vis­to lo difí­cil que era hacer cosas que para otros resul­ta­ban auto­má­ti­cas: levan­tar­se de la cama, man­te­ner una con­ver­sa­ción, son­reír, sim­ple­men­te estar. Hemos vis­to silen­cios lar­gos, bal­co­nes cerra­dos, noches inter­mi­na­bles, lamen­tos noc­tur­nos y lágri­mas que arden sin que­mar, por­que no dejan una hue­lla visi­ble, que es lo peor. En las épo­cas de depre­sión lo suyo era una lucha cons­tan­te y titá­ni­ca con­tra una oscu­ri­dad que no se ve, pero que con­su­me.

Y tam­bién hemos vis­to el daño que hacen quie­nes infra­va­lo­ran esta enfer­me­dad. Los que opi­nan sin saber. Los que juz­gan des­de la como­di­dad de no haber­la vivi­do. Los que redu­cen el sufri­mien­to ajeno a fra­ses vacías y crue­les, como si todo se solu­cio­na­ra con volun­tad o acti­tud. No saben el dolor que cau­san, pero eso no los exi­me de res­pon­sa­bi­li­dad. Por­que las pala­bras pesan, y en alguien que ya está roto por den­tro, pue­den hacer un daño irre­pa­ra­ble.

Nadie eli­ge la depre­sión. Nadie quie­re vivir así. Nadie se des­pier­ta desean­do sen­tir­se vacío, can­sa­do de todo, des­co­nec­ta­do del mun­do. Y, sin embar­go, muchas per­so­nas la viven en silen­cio, por mie­do, por ver­güen­za, por el estig­ma que toda­vía la rodea. Por­que aún hay quien pien­sa que es algo que se supera «si quie­res».

Y en medio de todo ese dis­con­ti­nuo sufri­mien­to, hubo una figu­ra impres­cin­di­ble que no pode­mos ni que­re­mos dejar fue­ra: nues­tro padre. Médi­co de pro­fe­sión, cono­cía des­de muy joven la reali­dad de la enfer­me­dad de nues­tra madre y no salió huyen­do. Sabía lo que impli­ca­ban su depre­sión endó­ge­na y su indo­ma­ble insom­nio. No fue algo que des­cu­brie­ra más tar­de. No fue una sor­pre­sa ni una car­ga sobre­ve­ni­da. Fue una reali­dad cono­ci­da des­de el prin­ci­pio.

Aun así, eli­gió com­par­tir su vida con ella. Se casó con nues­tra madre sabien­do, com­pren­dien­do y acep­tan­do lo que ven­dría. Y la cui­dó duran­te años con una entre­ga silen­cio­sa y abso­lu­ta, sin una sola que­ja, sin repro­ches, sin ren­dir­se jamás. La acom­pa­ñó en las noches en vela, en los días más oscu­ros, en los momen­tos en los que la enfer­me­dad apre­ta­ba con más fuer­za.

Nues­tro padre fue apo­yo, fue cari­ño, fue refu­gio y fue res­pe­to. Nun­ca mini­mi­zó su sufri­mien­to. Nun­ca la juz­gó. Nun­ca la tra­tó como alguien difí­cil, sino como lo que era: una mujer enfer­ma que nece­si­ta­ba com­pren­sión, pacien­cia y amor. Su entre­ga no fue rui­do­sa ni visi­ble para el mun­do, pero fue cons­tan­te, fir­me y pro­fun­da­men­te huma­na. De esas que sos­tie­nen vidas. Muy pocos saben/sabemos las renun­cias que supo afron­tar sin repro­che alguno.

Has­ta el final. Has­ta aque­lla noche de 1992 en la que nues­tra madre falle­ció de un infar­to mien­tras dor­mía, ponien­do fin a una vida mar­ca­da por una lucha dema­sia­do lar­ga y dolo­ro­sa. Su muer­te fue silen­cio­sa, como lo había sido gran par­te de su sufri­mien­to.

Recor­dar a nues­tra madre es recor­dar su enfer­me­dad, sí, pero tam­bién es recor­dar el amor incon­di­cio­nal de quien no la dejó sola ni un solo día. Por­que la depre­sión no solo afec­ta a quien la pade­ce; tam­bién atra­vie­sa a quie­nes aman, cui­dan y acom­pa­ñan. Y esa labor silen­cio­sa, cons­tan­te y tan poco reco­no­ci­da, tam­bién mere­ce ser nom­bra­da y hon­ra­da.

No pode­mos seguir obvian­do la depre­sión. No pode­mos seguir res­tán­do­le impor­tan­cia. No pode­mos mirar hacia otro lado solo por­que el dolor no se vea. La salud men­tal impor­ta. Impor­ta tan­to como la físi­ca. Y mere­ce el mis­mo res­pe­to, la mis­ma aten­ción y la mis­ma empa­tía.

Y que­re­mos ter­mi­nar recor­dan­do algo que nun­ca debe­mos olvi­dar: que hubo épo­cas en las que la depre­sión aflo­ja­ba, en las que esa nube negra se ale­ja­ba, y enton­ces mi madre vol­vía a ser ple­na­men­te ella. Una mujer sim­pá­ti­ca,  ale­gre y muy gene­ro­sa, una madre bue­na y pre­sen­te, con una capa­ci­dad espe­cial para hacer fácil la vida de los demás. Era una gran exper­ta en resol­ver a nues­tro favor, con pacien­cia, buen humor y per­se­ve­ran­cia, los cam­bios que pare­cían impo­si­bles en las tien­das de los múl­ti­ples rega­los que reci­bía mi padre. Era ani­ma­do­ra natu­ral de reunio­nes, de esas per­so­nas que lle­nan una casa sin esfuer­zo. Y fue, ade­más, una anfi­trio­na extra­or­di­na­ria de aque­llos san­jo­sés inol­vi­da­bles ―nos reu­nía­mos cer­ca de 40 per­so­nas en nues­tra casa en el san­to de nues­tro padre―, don­de todo esta­ba cui­da­do, don­de nadie se sen­tía extra­ño y don­de la ale­gría era real. Y como decía uno de los asis­ten­tes: muy bien ali­men­ta­dos y ento­na­dos. Recor­dar esto es impor­tan­te, por­que la depre­sión fue una par­te muy visi­ble de su vida, pero no fue su esen­cia. Ella fue mucho más que su enfer­me­dad, y así es como mere­ce ser recor­da­da.

Escri­bi­mos por nues­tra madre. Por todo lo que sufrió. Por todo lo que luchó. Escri­bi­mos tam­bién por nues­tro padre, por su amor y su leal­tad silen­cio­sa. Y escri­bi­mos por todas las per­so­nas que hoy con­vi­ven con esta enfer­me­dad y sien­ten que no enca­jan en un mun­do que no las entien­de.

Hoy no es un día para fra­ses boni­tas ni para dis­cur­sos vacíos. Es un día para escu­char, para apren­der, para acom­pa­ñar. Para dejar de juz­gar. Para tomar en serio una enfer­me­dad que ya ha cau­sa­do dema­sia­do sufri­mien­to.

Hoy que­re­mos decir­lo muy cla­ro, sin mati­ces ni excu­sas: la depre­sión es real.
Y quie­nes la pade­cen —y quie­nes los cui­dan— mere­cen res­pe­to, apo­yo y huma­ni­dad. Siem­pre.

Lola y José María Máiz Togo­res

 

QUIERO BEBER HASTA PERDER EL CONTROL

 

«Quie­ro beber has­ta per­der el con­trol» es una can­ción de la ban­da madri­le­ña Los Secre­tos, escri­ta por Enri­que Urqui­jo e inclui­da en su álbum El Pri­mer Cru­ce (publi­ca­do en 1986). El esti­lo de la can­ción mez­cla rock con influen­cias country y melo­días melan­có­li­cas típi­cas de Enri­que. 

La letra habla de la tris­te­za y del des­con­trol emo­cio­nal tras una rup­tu­ra amo­ro­sa, usan­do la ima­gen de «beber has­ta per­der el con­trol» como metá­fo­ra del dolor, del sufri­mien­to. 

La can­ción que adjun­to a este tex­to es una ver­sión muy cono­ci­da que la ban­da inter­pre­tó en un con­cier­to, gra­ba­do por RTVE y retrans­mi­ti­do meses des­pués, en el Pala­cio de Expo­si­cio­nes y Con­gre­sos de Madrid en abril de 1997.

Estoy en pri­me­ra fila y, como se dice de modo colo­quial, no se me esca­pa una. Camino por las can­cio­nes que van sonan­do y lle­go a Hoy no, can­ción que sim­bo­li­za la nega­ción del pre­sen­te y del apla­za­mien­to emo­cio­nal. No expre­sa fal­ta de amor, sino la inca­pa­ci­dad de afron­tar­lo en ese momen­to. La letra refle­ja el mie­do al com­pro­mi­so, el can­san­cio afec­ti­vo y el uso del tiem­po como refu­gio para evi­tar deci­sio­nes dolo­ro­sas, mos­tran­do una rela­ción sus­pen­di­da en una zona gris don­de no hay rup­tu­ra ni avan­ce.

Sin un des­can­so, sólo un escue­to «gra­cias» pro­nun­cia­do con su voz casi rota, empie­zan a sonar los acor­des de la can­ción que he selec­cio­na­do, «Quie­ro beber has­ta per­der el con­trol».

Lo pri­me­ro que sien­to y per­ci­bo en Enri­que es un can­san­cio emo­cio­nal, un can­san­cio anti­guo. En un poe­ma mío del año 1995 hablo de ese ago­ta­mien­to afec­ti­vo que aún expe­ri­men­to. Un cono­ci­do mío cuan­do lo leyó me til­dó de «sen­si­ble­ro»: Me due­len los silen­cios que no sé rom­per y el alma can­sa­da de que­rer a medias. (Los silen­cios, mi tex­to, lo tie­nes en este blog).

La gui­ta­rra entra con cui­da­do, con res­pe­to y con una sen­ci­llez aplas­tan­te. Cuan­do apa­re­ce el ver­so del títu­lo —«quie­ro beber has­ta per­der el con­trol»— no lo escu­cho como una apo­lo­gía, sino como un sus­pi­ro deses­pe­ra­do. Es alguien admi­tien­do que ya no pue­de sos­te­ner­se dere­cho por den­tro.

Des­de la pri­me­ra fila veo a Enri­que incli­nar­se, muy tími­do, hacia el micro. Me lle­ga una melan­co­lía lim­pia, sin rabia. En otro momen­to dice algo como «Dame otro vaso, aún estoy sereno», y ahí noto el gol­pe: no es indi­fe­ren­cia, es ago­ta­mien­to. Esa fra­se cae como cuan­do te qui­tas un peso y, al mis­mo tiem­po, te que­das sin abri­go.

La can­ción avan­za des­pa­cio, y yo pien­so en bares con luces ama­ri­llas, en vasos apo­ya­dos con un cui­da­do exce­si­vo y en mira­das que evi­tan los espe­jos. Cuan­do apa­re­ce la idea de beber para olvi­dar, no la ima­gino rui­do­sa. La ima­gino silen­cio­sa, con la cabe­za baja, bus­can­do un inte­rrup­tor para apa­gar lo que due­le. Me inva­de una tris­te­za cáli­da, de esas que no te empu­jan al abis­mo, sino que te sien­tan al bor­de y te dejan res­pi­rar.

Hay un momen­to en el que la melo­día se abre un poco ―«Cuán­tas noches soñé que regre­sa­bas / y en mis bra­zos llo­ra­bas por tu error»― y sien­to la cali­dez de la com­pa­ñía del públi­co. Como si el can­tan­te dije­ra que no estás solo en esto. Algún ver­so habla de per­der el con­trol, y yo lo tra­duz­co a imá­ge­nes: manos tem­blan­do, una son­ri­sa bre­ve que no lle­ga a risa y la noche avan­zan­do sin pro­me­sas.

Des­de tan cer­ca miro hacia atrás y veo cómo el públi­co no sal­ta, el públi­co asien­te. Cada cabe­za que se mue­ve con­fir­ma que la can­ción no gri­ta, con­fie­sa. Pien­so que el ver­da­de­ro cen­tro del tema no es beber, sino reco­no­cer la heri­da. El alcohol es un sím­bo­lo muy atrac­ti­vo para algo más fino: la nece­si­dad de dete­ner el impa­ra­ble rui­do interno.

Cuan­do se repi­te la fra­se cla­ve del títu­lo —otra vez, cor­ta, insis­ten­te— sien­to una mez­cla de ali­vio y de cul­pa. Ali­vio por decir­lo en voz alta; cul­pa por saber que no arre­gla nada. Y, aun así, la músi­ca te abra­za. Es una con­tra­dic­ción her­mo­sa: te cuen­ta una caí­da y, al hacer­lo, te sos­tie­ne.

Sal­go del con­cier­to pen­san­do que esta can­ción no pre­ten­de curar, sólo pre­ten­de acom­pa­ñar, que los soli­ta­rios que acu­di­mos al con­cier­to ten­ga­mos muy cla­ro que él está ahí para acom­pa­ñar.

Y des­de enton­ces, en épo­cas som­brías y lle­nas de alti­ba­jos, los que somos de ente­re­za cam­bian­te y volu­ble, según los emo­cio­nal­men­te esta­bles, escu­cho esta can­ción para que me sos­ten­ga en pie y para que no me deje caer. Lo con­tra­rio de lo que dice la letra, si la inter­pre­ta­mos lite­ral­men­te.

(Aquí debe ir el vídeo de la can­ción. Per­dón por la mala cali­dad del mis­mo. Mi impe­ri­cia infor­má­ti­ca me impi­de mejo­rar­lo. Lo sien­to, pero, aun así, mere­ce la pena escu­char­la y ver a Enri­que Urqui­jo). (Músi­ca comen­ta­da por JMMT)

FEITIZO

La pala­bra fei­ti­zo no está aquí por casua­li­dad, no señor. Se coló volan­do en esco­ba, apar­có con des­ca­ro en mi tecla­do y me dijo inso­len­te: «¡escri­be sobre mí, escri­be!».

Yo siem­pre pen­sé que la lite­ra­tu­ra tenía algo de magia, pero no de esa magia de magos con capa bri­llan­te y humo sos­pe­cho­so, sino de la magia humil­de, la de las peque­ñas trans­for­ma­cio­nes, la de las aldeas, la de los luga­res con encan­to por sí solos… como cuan­do metes un cal­ce­tín gris en la lava­do­ra y sale rosa sin que nadie lo haya auto­ri­za­do.

Un fei­ti­zo no cam­bia el mun­do, pero pue­de cam­biar­te un día ente­ro. Pue­de con­ver­tir un dolor en un dolor­ci­to mane­ja­ble, como cuan­do te das un gol­pe en el dedo meñi­que y sobre­vi­ves. Pue­de hacer que un recuer­do deje de pin­char o que una emo­ción se encien­da como una bom­bi­lla LED de bajo con­su­mo. Yo bus­co eso: no gran­des reve­la­cio­nes tipo «¡he des­cu­bier­to el sen­ti­do de la vida!», sino peque­ñas cla­ri­da­des, como encon­trar por fin las lla­ves que lle­va­bas en la mano.

El fei­ti­zo que yo conoz­co habla y cura el amor, sí, pero no del amor per­fec­to de las pelí­cu­las don­de nadie suda, nadie ron­ca y todo el mun­do tie­ne pes­ta­ñas kilo­mé­tri­cas. Habla del amor que due­le, del que lle­ga tar­de, del que se pier­de por el camino por­que se entre­tu­vo miran­do esca­pa­ra­tes, del que se recuer­da más de lo que se vive… ese amor que te deja el cora­zón como un acor­deón des­pués de una ver­be­na.

El fei­ti­zo tam­bién habla de la sole­dad, pero no como cas­ti­go, sino como terri­to­rio pro­pio, como un piso peque­ño, pero aco­ge­dor don­de pue­des andar en cal­ce­ti­nes y nadie te juz­ga. A veces estoy mejor ahí que en cual­quier com­pa­ñía, sobre todo si la com­pa­ñía mas­ti­ca fuer­te.

Y, por supues­to, mi fei­ti­zo habla de la tie­rra, de Gali­cia, que siem­pre está de telón de fon­do, de pro­ta­go­nis­ta o de invi­ta­da sor­pre­sa. Gali­cia es un sen­ti­mien­to más, un fei­ti­zo más, una pre­sen­cia que me acom­pa­ña inclu­so cuan­do no la nom­bro… como el olor a pul­po que se te que­da en la ropa des­pués de una bue­na «jar­tá», como dice una ami­ga sevi­lla­na cada vez que la lle­vo a O Sen­dei­ro de San­tia­go de Com­pos­te­la, don­de sir­ven un lami­na­do á fei­ra incom­pa­ra­ble. Pero no te olvi­des del quei­xo de San Simón á plan­cha, rema­ta siem­pre.

JMMT EN SU ANTIGUO ESTUDIO

Ahí estoy yo, incli­na­do sobre la mesa como si el uni­ver­so depen­die­ra de esa fra­se que aca­bo de tachar por ter­ce­ra vez, en mi estu­dio de mi anti­gua casa, don­de los libros se amon­to­nan con la mis­ma lógi­ca caó­ti­ca que mis pen­sa­mien­tos antes del café. Escri­bo con la solem­ni­dad de un nota­rio medie­val, con­ven­ci­do de que cada pala­bra pesa lo mis­mo que un ladri­llo y que, si me equi­vo­co, la estan­te­ría de atrás podría juz­gar­me en silen­cio. Mis gafas, leve­men­te tor­ci­das, pare­cen haber vis­to dema­sia­das gue­rras gra­ma­ti­ca­les, y aun así siguen fir­mes, como dicien­do «hemos sobre­vi­vi­do a peo­res borra­do­res». El lápiz avan­za, se detie­ne, retro­ce­de, duda, sus­pi­ra; es un tan­go inte­lec­tual entre la ins­pi­ra­ción y la sies­ta que no se atre­ve a admi­tir. La casa cru­je de fon­do, no por vie­ja, sino por­que está acos­tum­bra­da a escu­char­me pro­me­ter que esta vez sí, que este será el párra­fo defi­ni­ti­vo. Los libros abier­tos actúan como públi­co crí­ti­co: uno me mira con con­des­cen­den­cia, otro con abier­ta decep­ción, y alguno pare­ce pre­gun­tar­se por qué no me dedi­qué a la jar­di­ne­ría. Yo, imper­tur­ba­ble, sigo escri­bien­do, con­ven­ci­do de que la pos­te­ri­dad agra­de­ce­rá ese adje­ti­vo que aca­bo de res­ca­tar del olvi­do. Hay algo heroi­co en mi pos­tu­ra, como si lucha­ra con­tra un dra­gón invi­si­ble lla­ma­do «pla­zo de entre­ga», arma­do solo con un bolí­gra­fo y una fe lige­ra­men­te des­gas­ta­da. El escri­to­rio es un cam­po de bata­lla: pape­les, mar­cas, ideas a medio cocer y una taza que jura estar lle­na de café, pero solo ofre­ce nos­tal­gia. Y aun así, en medio de ese des­or­den glo­rio­so, son­río ape­nas, por­que sé que escri­bir en esa vie­ja casa no es solo tra­ba­jar, es nego­ciar con el tiem­po, hacer­le una bro­ma al silen­cio y, de paso, fin­gir que todo está per­fec­ta­men­te bajo con­trol. (Imá­ge­nes comen­ta­das por JMMT)

 

UN SUEÑO «ACADÉMICO»

Me jubi­lé hace poco ―aún sufro el «resa­cón» de la ense­ñan­za― des­pués de trein­ta y sie­te años ense­ñan­do Len­gua y Lite­ra­tu­ra espa­ño­las, que son, dicho sea de paso, dos mate­rias que tie­nen la mala cos­tum­bre de metér­se­te en la san­gre como el café: aun­que no tomes, sigue tem­blan­do por den­tro.

Son las seis de la maña­na. Argu­men­tan los exper­tos que es el momen­to ópti­mo para des­per­tar y que, en su sig­ni­fi­ca­do figu­ra­do, levan­tar­se a esa hora sue­le sim­bo­li­zar res­pon­sa­bi­li­dad, cons­tan­cia y sacri­fi­cio. Es el umbral entre la quie­tud de la noche y la acti­vi­dad del día, y que es la hora ideal para levan­tar­se de las per­so­nas exi­to­sas.

―Media hora de retra­so, José María, media hora de retra­so, me dice mi alter ego con una sor­na cris­pan­te. Tie­nes que poner­te en mar­cha. No te va dar tiem­po a nada, siem­pre igual.

Resul­ta que esta noche he teni­do un sue­ño de los que vie­nen con argu­men­to, repar­to y ban­da sono­ra. Un sue­ño de esos que me atan a la cama al ama­ne­cer, pero cuya pér­di­da due­le infi­ni­ta­men­te más que des­per­tar.

―¿Ban­da sono­ra? Tú, que tie­nes los oídos enfren­ta­dos y que cada vez que can­tas no se sabe bien qué can­ción inter­pre­tas. Tú, que tie­nes el oído lleno de silen­cios don­de debe­rían nacer las notas.

Curio­so es que un 8 de enero, a bajo cero, me haya des­per­ta­do sudo­ro­so y con una sen­sa­ción de pro­fe nova­to, ese que apren­de a nadar a mar­chas for­za­das en un océano reple­to de las escru­ta­do­ras mira­das de los alum­nos.

―Lamen­ta­ble. Lamen­ta­ble. A tu edad, pen­sar que eres un pro­fe­sor nova­to sue­na rocam­bo­les­co y embus­te­ro. Tan­to como aque­lla noche que, con com­pa­ñía feme­ni­na, te empe­ñas­te en can­tar, en el karao­ke, la can­ción de Qui­que Gon­zá­lez Aun­que tú no lo sepas y dejas­te el espa­cio aco­ta­do para ese espec­tácu­lo más vacío que nues­tros bol­si­llos en el mes de enero.

Pron­to me di cuen­ta de que nada era reali­dad, de que todo había sido una fan­tas­ma­go­ría dig­na de lle­var a un esce­na­rio de públi­co juve­nil, ese que come palo­mi­tas, atien­de al móvil y habla en alto con el com­pa­ñe­ro de buta­ca des­pués de mil con­mi­na­cio­nes a guar­dar silen­cio.

En mi sue­ño no daba cla­se, cla­ro. No corre­gía. No eva­lua­ba. No mira­ba el reloj con esa mira­da de «Dios mío, aún que­dan trein­ta y ocho minu­tos». Yo sim­ple­men­te «apa­re­cía», abría la puer­ta, cru­za­ba el aula en silen­cio solem­ne —ese silen­cio que solo se con­si­gue cuan­do nadie entien­de qué está pasan­do— y empe­za­ba:

—«Oh!, mesa esco­lar de pata coja, / altar de la goma y la foto­co­pia, / mons­truo siba­ri­ta de la hora, / no juz­gues con dure­za mi poe­ma…»

Y los alum­nos, que en la vida real me habrían pedi­do ir al baño «con urgen­cia exis­ten­cial», allí per­ma­ne­cían hip­no­ti­za­dos. Has­ta los del fon­do, los que viven detrás de una cor­ti­na de pala­bras, cerra­ban la boca como quien reci­be una seve­ra repren­sión de la direc­to­ra. Solo se oían sus­pi­ros juve­ni­les. Algu­na llo­ra­ba. En pri­me­ra fila una chi­ca mur­mu­ró sar­cás­ti­ca: «¿Esto es… arte?». El alumno que esta­ba a su lado pre­gun­tó si podía «repe­tir cur­so» para seguir oyén­do­me.

El éxi­to fue atro­na­dor. El claus­tro me mira­ba con sus­pi­ca­cia y admi­ra­ción, esa mez­cla típi­ca del gre­mio: «no lo entien­do, pero me ofen­de que se gas­ten el pre­su­pues­to en un paya­so de la poe­sía». La jefa de estu­dios, que en mis tiem­pos se reco­rría las tuto­rías con el hora­rio de per­ma­nen­cias, me son­reía como si yo fue­se un pro­yec­to euro­peo. Y la direc­to­ra —esa mujer que siem­pre esta­ba fir­man­do docu­men­tos y repren­dien­do las ausen­cias con una bue­na mano izquier­da— me lla­mó a su des­pa­cho para decir­me, con voz gra­ve:

—Esto es lo que nece­si­ta el cen­tro: poe­sía sin tema­rio. Hue­les a Kea­ting, dicen tus com­pa­ñe­ros, pero, tran­qui­lo, si de mi depen­de, qui­zá te reno­ve­mos el con­tra­to en junio.

Y enton­ces ocu­rrió lo inevi­ta­ble: los padres. Aun­que no lo crea­mos, los alum­nos siguen con­tan­do en casa lo que ocu­rre, de for­ma anó­ma­la, en el cole­gio. Los debe­res y notas, no; los coti­lleos, sí.

En el sue­ño, la noti­cia corrió como si yo fue­se un «cono­ci­do influen­cer de la metá­fo­ra». Los padres, sor­pren­di­dos por el éxi­to, me abor­da­ron un día a la sali­da.

—Pro­fe­sor —me dijo una madre com­pues­ta para la oca­sión, que­re­mos asis­tir a sus sesio­nes de poe­sía. Lo hemos habla­do en el gru­po y somos mayo­ría los que que­re­mos que nos dé un reci­tal.

—¿Dón­de? —pre­gun­té, inge­nuo y nada recep­ti­vo.

—En el Reti­ro —dijo otro—. Esta mis­ma noche. A cin­co bajo cero. Que así se apre­cia mejor.

Yo, camino de casa, pen­sa­ba que el Reti­ro era ese lugar don­de los poe­tas se con­ge­lan con dig­ni­dad y las ána­des, si toda­vía hay, te juz­gan con una «pato­sa» seve­ri­dad.

Al final, acep­té, por­que en los sue­ños uno siem­pre asu­me retos incom­pren­si­bles con la natu­ra­li­dad con la que en la vida real uno acep­ta ser pre­si­den­te de la comu­ni­dad de veci­nos sin resis­tir­se lo más míni­mo o ser el estú­pi­do encar­ga­do del ami­go invi­si­ble en el tra­ba­jo.

Y allí esta­ba yo, bajo una faro­la tem­blo­ro­sa, con bufan­da has­ta las ore­jas y el alma lige­ra­men­te escar­cha­da, reci­tan­do ver­sos mien­tras el públi­co —padres envuel­tos en plu­mas, ter­mos de cho­co­la­te por doquier, niños medio dor­mi­dos y con la comi­su­ra de los labios con­ge­la­da como si fue­ran esta­lac­ti­tas o esta­lag­mi­tas, que no sé la dife­ren­cia— asen­tía con un refri­ge­ra­do fer­vor.

Cuan­do reci­té un sone­to sobre la til­de dia­crí­ti­ca como tra­ge­dia grie­ga, hubo cla­mor de satis­fac­ción. Cuan­do impro­vi­sé una oda a la «hache», esa letra fan­tas­ma que nadie res­pe­ta, alguien gri­tó: «¡Bra­vo!» y otro pidió «otra» como si estu­vie­ra en un con­cier­to de «Los Secre­tos».

Y al final, movi­do por una intui­ción ances­tral —por­que la poe­sía es gra­tis, pero el frío no—, saqué un ces­ti­llo, ese mis­mo que cuan­do tenía doce años pasa­ba por entre los ban­cos de mi que­ri­da María Auxi­lia­do­ra. Lo pasé con ele­gan­cia, como hacen los músi­cos del metro, con cara de «si no paga, no pasa nada, pero, al final, sí pasa».

El ces­ti­llo vol­vió a mi lugar, un mon­tícu­lo que habían idea­do algu­nos padres y alum­nos con la tie­rra que había acu­mu­la­da de una refo­res­ta­ción par­cial como si fue­ra un Ágo­ra con un pro­mon­to­rio para los sabios, «vacío» como el soni­do de mi gua­sap. Ni una mone­da. Ni un euro per­di­do por casua­li­dad. Ni un cén­ti­mo sen­ti­men­tal. Nada. El silen­cio fue un poe­ma en sí mis­mo.

Con ojos entu­me­ci­dos por el frío de la madru­ga­da, yo miré sor­pren­di­do a mis espec­ta­do­res, y estos se metie­ron las manos, guan­tes inclui­dos, en sus bol­si­llos, los ter­mos, mano­sea­dos con reite­ra­ción, libe­ra­ban los ner­vios de sus due­ños y la gene­ro­si­dad, como la mer­lu­za de Pes­ca­no­va en alta­mar, con­ge­la­da. Y enten­dí, con una cla­ri­dad gla­cial, que el arte se aplau­de con entu­sias­mo… siem­pre que no impli­que abrir la car­te­ra.

Así que dije para mí:

—Bien. Enton­ces, el últi­mo poe­ma lo impro­vi­sa­ré, como si fue­ra un mal suce­dá­neo del cho­co­la­te, sobre la raca­ne­ría y el mis­te­rio­so poco valor del arte lite­ra­rio. Me salió lleno de ripios, luga­res comu­nes y algu­na que otra cha­ba­ca­ne­ría: «Que viva el poe­ta, que viva el can­tar, / pero que no nos hagan a noso­tros pagar…

Los ver­sos eran dar­dos, sí, pero con pun­ta roma y son­rien­te. Me des­pe­dí con una reve­ren­cia que tenía más de iro­nía que de humil­dad. Algu­nos son­rie­ron ner­vio­sos, otros me mira­ron con admi­ra­ción y des­de el fon­do se oye­ron piro­pos y olés como si estu­vié­ra­mos en pleno San Isi­dro.

Y enton­ces me des­per­té sudo­ro­so, con el cora­zón ace­le­ra­do y la gar­gan­ta seca, como si hubie­ra reci­ta­do cien ende­ca­sí­la­bos den­tro de un con­ge­la­dor. Tar­dé unos segun­dos en recor­dar lo esen­cial: que no había padres, que no esta­ba en el Reti­ro y que mi ces­ti­llo por las nubes voló.

Solo esta­ba yo, jubi­la­do de ver­dad, tum­ba­do en la cama con la pier­na cru­za­da y pen­san­do en cómo hilar el sue­ño que había teni­do.

De pron­to, mi her­ma­na se aso­mó a mi habi­ta­ción con la pri­sa de quien nece­si­ta un desa­yuno en vena.

—Ven­ga, que hay que ir a la fru­te­ría y a la far­ma­cia.

Me levan­té con rit­mo can­sino. De pie, ante el flan­co izquier­do de mi libre­ría, ahí esta­ban mis poe­tas pre­di­lec­tos, me miré las manos y las con­tem­plé sin tiza, sin ces­ti­llo, sin tex­tos: sólo el vacío de la nada. Y pen­sé, con una ter­nu­ra un poco sar­cás­ti­ca, que la vida tie­ne su pro­pia métri­ca. Pre­pa­ré el café y nos sen­ta­mos mi her­ma­na y yo a desa­yu­nar.

—He soña­do, mi her­ma­na me escu­cha­ba en el desa­yuno con ges­to de resig­na­ción por la bata­lli­ta que se ave­ci­na­ba, que vol­vía a ser pro­fe­sor, sí, pero no de esos que entran, pasan lis­ta, expli­can la subor­di­na­da adje­ti­va, ponen notas y relle­nan par­tes. No. No. Yo era una espe­cie de «tro­va­dor cole­gial» y me dedi­ca­ba, de modo com­ple­ta­men­te impro­vi­sa­do, a pasear­me por las cla­ses como un alma en pena con tiza en el bol­si­llo y un cho­rre­tón de café con chu­rros en la cor­ba­ta, a reci­tar poe­mas y tex­tos lite­ra­rios escri­tos por mí.

El sue­ño me devol­vió al aula como un héroe líri­co… y la reali­dad, para que no se me subie­ran los ver­sos a la cabe­za, me devol­vió al kilo de naran­jas, a las pata­tas galle­gas y a la rodi­lle­ra.   

Y, fíja­te tú, Lola, en un iglú, con aplau­sos y a cin­co bajo cero, eso sí que es lite­ra­tu­ra de ver­dad. (A la som­bra del ver­bo)

 

EL JOVEN JOSÉ MARÍA MÁIZ TOGORES

 Aquí estoy yo, recién sali­do del cas­ca­rón ado­les­cen­te, tan joven que la edad se dela­ta sin pie­dad en la cali­dad dudo­sa de la foto. Sen­ta­do a la mesa, comien­do con un gru­po de ami­gos y abso­lu­ta­men­te con­ven­ci­do de que la vida era, bási­ca­men­te, esto: una mesa bien ser­vi­da, bue­na com­pa­ñía y cero res­pon­sa­bi­li­da­des en el hori­zon­te. Creo que en El Esco­rial. La ropa era la que toca­ba —sin cri­te­rio, pero con orgu­llo—, el pei­na­do una apues­ta valien­te y sin mar­cha atrás, y la son­ri­sa la de un joven que aún no tenía ni la más remo­ta idea de todo lo que le venía enci­ma… y, sin­ce­ra­men­te, tam­po­co lo nece­si­ta­ba.

Hablá­ba­mos alto, como si el mun­do tuvie­ra que ente­rar­se de nues­tras con­ver­sa­cio­nes, reía­mos toda­vía más y vivía­mos con la fir­me cer­te­za de que el futu­ro, de algu­na mane­ra mis­te­rio­sa, ya se las apa­ña­ría solo. No había pri­sa, no había mie­do y las preo­cu­pa­cio­nes, que las había, que­da­ban siem­pre para «maña­na», ese maña­na que nun­ca lle­ga­ba.

Sal­go solo en la foto por­que los cole­gas de mesa son gen­te dis­cre­ta, gen­te del «comi­té de los pre­mium» que en la actua­li­dad no quie­ren airear­se en públi­co no vayan a ser reco­no­ci­dos y son caza­dos por algún ave­za­do papa­raz­zi.

En un acto de empa­tía, en la foto me pon­go una ser­vi­lle­ta en la cabe­za con la inten­ción de no des­ta­car dema­sia­do, y sal­var el ano­ni­ma­to del gru­po de los papa­raz­zi.

Hoy miro esa foto con retran­ca, con mucha ter­nu­ra y una son­ri­sa cóm­pli­ce, por­que aquel mucha­cho no sabía abso­lu­ta­men­te nada de la vida… pero, sin dar­se cuen­ta, esta­ba cur­san­do un más­ter exprés en amis­tad, risas inter­mi­na­bles y momen­tos sen­ci­llos que, con el tiem­po, han aca­ba­do valien­do más que cual­quier sobre­me­sa lar­ga o cual­quier plan sofis­ti­ca­do. Y oye, no salió tan mal la juga­da. (Imá­ge­nes comen­ta­das por JMMT)

 

CAPÍTULO XXIII DE ‘HATROZ’.- LA INOCENCIA

Ben­di­ta sea la ino­cen­cia, / mi abue­lo siem­pre rezó, / mien­tras yo abría los rega­los / que el Rey Mago en mi por­tal dejó.

Rafo, ya lo vas cono­cien­do, es muy ter­co y tozu­do. Me argu­men­ta, cuan­do me pro­po­ne sal­tar a la infan­cia, que ya me había adver­ti­do que no que­ría linea­li­dad narra­ti­va. Soy así y, otra vez, como la car­ta que escri­be mil veces, pero nun­ca envía, sale a la luz la ame­na­za de des­ha­cer­se de mí como narra­dor. Ter­co y tozu­do como ese espe­jo que solo refle­ja lo que uno quie­re ver o como ese muro que cre­ce en altu­ra cada vez que alguien ―yo, por ejem­plo― inten­ta esca­lar­lo.

Rafo se debía levan­tar de for­ma sigi­lo­sa, en una acción clan­des­ti­na y ocul­ta como el ase­sino de la her­mo­sa mujer del doc­tor Kim­ble en El fugi­ti­vo. Nadie sabía sus inten­cio­nes. Si alguien las hubie­ra des­cu­bier­to, segu­ro que lo hubie­ran repren­di­do en extre­mo con una adver­ten­cia seve­rí­si­ma de que, ante un com­por­ta­mien­to tan des­man­da­do, los Reyes Magos pasa­rían de lar­go y no deja­rían nin­gu­na de las peti­cio­nes que había plas­ma­do en la ya tra­di­cio­nal car­ta.

Duran­te la cena se esme­ró en bos­te­zar rui­do­sa y estri­den­te­men­te repe­ti­das veces. Varias adver­ten­cias pater­nas sobre la edu­ca­ción y los malos hábi­tos cuan­do esta­ban sen­ta­dos a la mesa sal­pi­ca­ron una espe­ra que temía que se le fue­ra de las manos. Nada más ter­mi­nar el pos­tre, fue con­mi­na­do a aban­do­nar el come­dor y a meter­se en la cama nun chis­car de ollos e nun airi­ño de Deus. Dos expre­sio­nes galle­gas muy cono­ci­das por su padre que, así suma­das, le invi­ta­ban al recep­tor del dic­ta­do a hacer dili­gen­te­men­te lo que se le indi­ca­ba.

Embo­za­do has­ta las cejas, el cora­zón se le des­bo­ca­ba y sona­ba con gran estruen­do en el silen­cio de su habi­ta­ción. Había teni­do una infi­ni­ta pacien­cia fin­gien­do que ya esta­ba inmer­so en uno de sus fan­ta­sio­sos sue­ños infan­ti­les. Esce­ni­fi­có acer­ta­da­men­te la estra­te­gia que había tra­ma­do con esme­ra­do deta­llis­mo, pues la últi­ma vez que entró su padre en el cuar­to se cer­cio­ró de que no esta­ba des­pier­to. Repro­du­jo el soni­do gutu­ral que pro­fe­ría el dor­mi­do con tan­ta per­fec­ción que su padre le con­fir­mó a su madre que esta­ba des­can­san­do. Como buen galle­go, dijo: pare­ce que duer­me.

Cal­cu­ló cuán­to tiem­po tar­da­rían sus padres en con­ci­liar el sue­ño. Son unos pesa­dos, dijo para sí, por­que no para­ban de reco­rrer el pasi­llo una y otra vez. ¡Has­ta han sali­do a la calle! ¡Esto es como una can­ción des­afi­na­da que no deja de sonar!, dijo para sí repro­du­cien­do las pala­bras del párro­co de Orto­ño cuan­do lo escu­chó en las prue­bas de can­to para el coro.

Por aquel tiem­po Rafo no era cons­cien­te de las difi­cul­ta­des de su madre para con­ci­liar el sue­ño. Le oía comen­tar que el insom­nio es como un tea­tro don­de la men­te no baja el telón o como un labe­rin­to sin sali­da. No sabía aún que su lucha con­tra el des­ve­lo con un silen­cio for­za­do le pro­du­cía un nudo en la gar­gan­ta que apre­ta­ba más con cada pala­bra no pro­nun­cia­da. Rafo no sabía a esa edad de la lucha de su madre des­de tiem­pos leja­ní­si­mos.

―En esa edad tem­pra­na todo me pare­cía tan sen­ci­llo que, cuan­do lle­gué a la pre­ado­les­cen­cia, y me ente­ré con todo deta­lle de la reali­dad, me sen­tí un poco cul­pa­ble por no haber­me per­ca­ta­do de cier­tas expe­rien­cias vivi­das, me comen­tó el día que estu­vi­mos hablan­do de este capí­tu­lo.

De pron­to, explo­tó el silen­cio en la casa. Ni veci­nos ni camio­nes por el paseo. O eso creía Rafo en su fin­gi­do sue­ño, por­que la noche del 5 al 6, en aque­lla épo­ca, era una autén­ti­ca locu­ra con la com­pra de los rega­los des­col­ga­dos que los niños habían soli­ci­ta­do en la car­ta a los Reyes Magos.

De vez en cuan­do, lo que retra­só volun­ta­ria­men­te la pues­ta en pie de Rafo, un vien­to géli­do gol­pea­ba el cris­tal del bal­cón y se cola­ba por las ren­di­jas de la mon­tu­ra de made­ra que no asen­ta­ba bien. Esto era una can­cion­ci­lla que en tiem­pos pasa­dos habría sido la cau­sa de una apre­su­ra­da y meteó­ri­ca incur­sión en la cama de sus padres.

El mie­do era extra­or­di­na­rio como un abis­mo que empe­za­ba en la almoha­da y el cru­jir de la made­ra era como un invi­ta­do no desea­do que no se que­ría ir. Ni aún con la pro­me­sa del vello­cino de oro se hubie­ra que­da­do en su dor­mi­to­rio otra noche cual­quie­ra. El obje­ti­vo que se había plan­tea­do para esa noche era tan impor­tan­te que el éxi­to de dicha expe­di­ción ven­cía el mie­do a cual­quier incur­sión de ele­men­tos extra­ños en su habi­ta­ción.

Meti­do en la cama con tres man­tas zamo­ra­nas, y tapa­do has­ta la nariz, se sen­tía muy orgu­llo­so por no esca­par de la musi­qui­lla malé­fi­ca de la puer­ta del bal­cón, aun­que al otro lado estu­vie­ra la seño­ra Dan­vers, el ama de lla­ves de Rebe­ca. No le cas­ta­ñea­ban las mue­las por más que sin­tie­ra en el estó­ma­go el ale­teo de inquie­tas mari­po­sas.

Pen­só que ya debe­ría levan­tar­se, pero no era capaz de des­ta­par­se, paso pre­vio para poner­se en pie y comen­zar de este modo sus inda­ga­cio­nes reales. Hacía mucho frío en la habi­ta­ción y año­ra­ba Rafo la luce­ci­ta que sus padres enchu­fa­ban de noche para que no caye­ra en el pavor noc­turno, ese mie­do que se con­ver­tía en un hués­ped que no veía pero que sabía que esta­ba a su vera. Lo de la luce­ci­ta no lo sabían en el cole­gio para no ser pas­to de las bur­las de los com­pa­ñe­ros, que siem­pre pre­su­mían de dor­mir en la más abso­lu­ta oscu­ri­dad. Has­ta su com­pa­ñe­ro Pedro, cuan­do habla­ban del mie­do decía como un fan­fa­rrón: Si vie­ne a asus­tar­me, que trai­ga algo nue­vo, por­que los fan­tas­mas ya me abu­rren. Yo no tiem­blo, yo hago tem­blar al mie­do.

Por fin se puso en pie, tan­teó la pared y esqui­vó con suma habi­li­dad la rui­do­sa bal­do­sa que esta­ba suel­ta, mil veces sella­da, pero que mis «tran­qui­los jue­gos» hacían que se des­pren­die­ra reite­ra­da­men­te. A cau­sa del des­aso­sie­go que me gene­ra­ba la situa­ción lle­va­ba el pija­ma pega­do a la espal­da. Hacía un frío inver­nal, pero suda­ba. La zozo­bra de la situa­ción lo man­te­nía en vilo, ata­ca­do por los ner­vios y con la men­te nebli­no­sa. Esta­ba con­ven­ci­do de que iba a des­cu­brir uno de los mayo­res secre­tos de la huma­ni­dad: el mapa del teso­ro esta­ba dibu­ja­do con la letra de mamá.

Avan­zó por el pasi­llo como un niño que cami­na entre dos mun­dos: el de la fan­ta­sía que quie­re con­ser­var y el de la ver­dad que está a pun­to de des­cu­brir. Olía la pre­sa. Aspi­ra­ba un lige­ro aro­ma a licor. Era inca­paz de dis­tin­guir el tipo de bebi­da que des­can­sa­ba en la mesa del come­dor. Allí esta­ban las tres copi­tas lle­nas con sus res­pec­ti­vos dul­ces y ser­vi­lle­tas. Aja­já, esta noche los pillo segu­ro, pen­só mien­tras le subía a la boca una regur­gi­ta­ción esto­ma­cal. El mal­di­to pudin que se empe­ñó en cenar ―había sobra­do de la comi­da― hacien­do caso omi­so a las «adver­ten­cias pro­fe­sio­na­les» que su padre le había hecho sobre los incon­ve­nien­tes noc­tur­nos de dicha inges­ta. Ahí la ter­que­dad infan­til es un gra­do, ade­más de la cier­ta per­mi­si­vi­dad que habi­ta en los pro­ge­ni­to­res en épo­cas navi­de­ñas.

Rafo tenía ocho años y una misión, repe­ti­da mil veces en su men­te, muy cla­ra: des­cu­brir de una vez por todas quié­nes eran los ver­da­de­ros Reyes Magos. Le había dicho Mateo, un com­pa­ñe­ro de cla­se con la rotun­di­dad de un niño enva­len­to­na­do:

―Los Reyes no exis­ten. Son los padres los que com­pran los rega­los. Ayer, mien­tras rebus­ca­ba en el arma­rio de mis padres, encon­tré una bol­sa lle­na de jugue­tes con eti­que­tas que decían «Para Leo», «Para Cla­ra» y «Para Mateo». Y cla­ro des­cu­brí la men­ti­ra: los Reyes Magos no son quie­nes traen los rega­los… ¡son los padres!

La pro­fe­so­ra, al ente­rar­se, habló con Mateo. Le expli­có que la magia de los Reyes no está en saber si son reales o no, sino en com­par­tir ilu­sión, espe­ran­za y ale­gría.

Mateo, aver­gon­za­do, com­pren­dió que había roto algo más que un secre­to: había cha­fa­do la ilu­sión de sus ami­gos.

Esa noche, escri­bió car­tas a cada uno de ellos, pidién­do­les per­dón y pro­me­tien­do que, aun­que supie­ra la ver­dad, nun­ca vol­ve­ría a apa­gar la magia de los demás.

Los padres de Rafo, cada año, le habla­ban de Mel­chor, Gas­par y Bal­ta­sar, pero él, des­pués de escu­char a Mateo, sos­pe­cha­ba que algo no cua­dra­ba. Así que esa noche, la noche mági­ca del 5 de enero, había deci­di­do eje­cu­tar la ope­ra­ción secre­ta que había urdi­do sin decir nada a nadie.

Colo­có una man­ta en el sofá del salón, jus­to fren­te al por­tal de Belén que pre­si­día el salón. Tenía una lin­ter­na, una libre­ta para tomar notas, y has­ta un reloj con alar­ma. Dejó los zapa­tos bien lim­pios bajo el por­tal, jun­to a los dul­ces para los Reyes y el agua para los came­llos. Todo esta­ba lis­to.

—Esta vez no se me esca­pan —susu­rró, mien­tras se aco­mo­da­ba en el sofá. Pero los ner­vios y el can­san­cio, com­pin­cha­dos con sus padres, logra­ron el mila­gro: se que­dó pro­fun­da­men­te dor­mi­do. Había lucha­ba con­tra el sue­ño como un titán, pero sus pár­pa­dos pesa­ban como pie­dras y no pudo más. A las cua­tro de la madru­ga­da, la alar­ma sonó… pero él no la oyó. Dor­mía pro­fun­da­men­te, abra­za­do a su lin­ter­na.

A las sie­te de la maña­na, sin­tió una mano sua­ve en el hom­bro.

—¡Feliz Día de Reyes, cam­peón! —le dijo su padre.

Rafo abrió los ojos y vio el salón lleno de rega­los, los zapa­tos rebo­san­do de sor­pre­sas, y los dul­ces mor­dis­quea­dos.

—¡No pue­de ser! ¡Me dor­mí! —excla­mó, frus­tra­do.

Su padre son­rió, cóm­pli­ce.

—Los Reyes son muy rápi­dos. Qui­zás el año que vie­ne ten­gas más suer­te. Tal vez los Reyes solo se dejan ver cuan­do uno no los espe­ra. Qui­zás la magia está en no ver­los.

Rafo miró su libre­ta vacía y sus­pi­ró. Pero en el fon­do, sabía que la magia no esta­ba en des­cu­brir el secre­to… sino en que real­men­te exis­tían los Reyes Magos. (Hatroz) (2025–2026)

EL SUEÑO DE UNA NOCHE

Cada domin­go, ya ocio­so e impro­duc­ti­vo, un pro­fe­sor jubi­la­do de buen por­te ―eso creía él― se sen­ta­ba en el mis­mo ban­co de la calle Fran­cis­co Sil­ve­la, jus­to fren­te a una colo­nia de palo­mas que ya no lo reco­no­cían ni lo temían cuan­do una mujer mayor las invi­ta­ba a dia­rio a un sucu­len­to desa­yuno de migas de pan.

―Las palo­mas, él sólo veía su lado som­brío, son susu­rros gri­ses del aban­dono, alas que ensu­cian el cie­lo con pol­vo urbano, mira­das vacías que men­di­gan migas y som­bras que devo­ran la pure­za de las pla­zas.

Lle­va­ba siem­pre con­si­go un smartpho­ne con el que escu­cha­ba músi­ca en la pla­ta­for­ma que explo­ta eco­nó­mi­ca­men­te a los artis­tas. Espe­cial­men­te músi­ca de los ochen­ta. Por­que los ochen­ta, según él, tie­nen ese rollo que engan­cha: can­cio­nes pega­di­zas y espon­tá­neas, rit­mos que te levan­tan el áni­mo y letras que se sien­ten muy cer­ca­nas. Ade­más, nos recuer­dan tiem­pos más sim­ples, fies­tas con ami­gos y la sen­sa­ción de liber­tad. Es músi­ca que nun­ca pasa de moda, como un vie­jo ami­go que siem­pre te hace son­reír.

En una apli­ca­ción tenía ano­ta­dos los nom­bres de vie­jos cono­ci­dos ―muchos de ellos tacha­dos― que le habían ase­gu­ra­do un gua­sap para saber de él y de su júbi­lo o para enviar­le una feli­ci­ta­ción por Navi­dad. 

―Quie­ro que per­ma­nez­can en mi memo­ria y quie­ro que estos nom­bres sean como tatua­jes de mi vida labo­ral ―decía―, por­que mi memo­ria es un archi­vo oxi­da­do en el que guar­do pie­zas que chi­rrían al abrir­se, algu­nas intac­tas, otras corroí­das, pero todas muy apre­cia­das por mí. Y ahí quie­ro tener yo a mis cono­ci­dos, rechi­nen o no.

Esto se lo comen­ta­ba a otro jubi­la­do que se sen­ta­ba a su lado con un res­pi­ra­dor de oxí­geno que le impe­día hablar con nor­ma­li­dad. El buen hom­bre lo escu­cha­ba con enor­me devo­ción y el pro­fe­sor jubi­la­do se lo agra­de­cía con des­me­su­ra. Era el tiem­po de glo­ria de dos jubi­la­dos. Has­ta que un día dejó de ir. El due­ño de una ferre­te­ría le comu­ni­có que esta­ba ingre­sa­do en la Prin­ce­sa.

En su día a día el pro­fe­sor jubi­la­do com­pro­bó que todo lo que se movía en su entorno se había vuel­to silen­cio; y su voz, cada vez más heri­da, el úni­co res­col­do que le había deja­do la ense­ñan­za, solo encon­tra­ba eco en un pasa­do cada vez más lejano. Sen­tía la jubi­la­ción como un reloj sin mane­ci­llas: el tiem­po sigue, pero ya no mar­ca rum­bo, solo silen­cio y la som­bra de lo que fue.

Debi­do a su mala memo­ria, un día se dejó ―o aban­do­nó, todo cabía en él― en el ban­co su móvil abier­to por la apli­ca­ción de notas. Así pasó la maña­na. Por la tar­de, un gru­po de chi­cos que salían del cole­gio se sen­ta­ron en el ban­co a jugar con sus res­pec­ti­vos móvi­les. En un prin­ci­pio, no toca­ron el smartpho­ne aban­do­na­do, pero la curio­si­dad ―ese perro suel­to que olfa­tea cada esqui­na, que corre sin mirar atrás y que muer­de todo lo que des­co­no­ce― les pudo y el más lis­ti­llo lo cogió y leyó lo que tenía escri­to: «Si alguien me recuer­da, que deje escri­to aquí cómo era yo cuan­do aún me espe­ra­ban».

Los chi­cos se calla­ron duran­te unos segun­dos y el más lis­to sen­ten­ció: Ya tene­mos tema para el tra­ba­jo de Edu­ca­ción en Valo­res Cívi­cos y Éti­cos.

Des­de enton­ces, el ban­co de las notas, olvi­da­do con tris­te­za por el pro­fe­sor jubi­la­do como un libro cerra­do en una estan­te­ría pol­vo­rien­ta, tie­ne flo­res fres­cas todos los domin­gos. (Nie­blas y lem­bran­zas)

POR QUÉ ESCRIBO

Escri­bo por­que me gus­ta escri­bir. No por ofi­cio ni por nece­si­dad públi­ca, sino por pla­cer ínti­mo. Escri­bo del mis­mo modo que leo: en silen­cio, sin pri­sas, como quien con­ver­sa con­si­go mis­mo sin espe­rar res­pues­ta. La piel que tam­bién somos nace de ese lugar inte­rior don­de las emo­cio­nes se guar­dan más de lo que se expre­san, no por fal­ta de inten­si­dad, sino por exce­so de cau­te­la.

Siem­pre fui una per­so­na tími­da. No en el sen­ti­do de la inse­gu­ri­dad cons­tan­te, sino de esa timi­dez que obser­va antes de hablar, que pre­fie­re el rin­cón tran­qui­lo a la voz alta, que sien­te más de lo que dice. Muchas de las pala­bras que habi­tan este libro no se mar­cha­ron por­que no encon­tra­ron el momen­to ade­cua­do. Se que­da­ron den­tro por mie­do a fra­ca­sar, a no ser com­pren­di­das, a expo­ner lo que es pro­fun­da­men­te per­so­nal: la sole­dad, el amor con­te­ni­do, la frus­tra­ción, la ver­güen­za, la deso­la­ción.

Este libro no nace de un dolor con­cre­to, sino de una acu­mu­la­ción len­ta de sen­ti­mien­tos. Son emo­cio­nes peque­ñas, coti­dia­nas, a veces con­tra­dic­to­rias, que se fue­ron ins­ta­lan­do con el paso del tiem­po. La sole­dad, aquí, no es aban­dono, sino elec­ción par­cial. Por­que estar solo no sig­ni­fi­ca estar vacío. Sig­ni­fi­ca, muchas veces, estar acom­pa­ña­do de uno mis­mo, de los libros, de la memo­ria, de las pala­bras que aún no se han dicho.

La piel que tam­bién somos no pre­ten­de expli­car nada. Es un espa­cio de sin­ce­ri­dad dis­cre­ta. No hay gran­des decla­ra­cio­nes ni ges­tos dra­má­ti­cos. Hay silen­cios, dudas, mira­das hacia den­tro. Hay amor, pero no siem­pre corres­pon­di­do. Hay deseos que no se cum­plie­ron y otros que ni siquie­ra lle­ga­ron a for­mu­lar­se. Hay la sen­sa­ción cons­tan­te de que hablar dema­sia­do pue­de rom­per algo frá­gil.

Escri­bo estas pági­nas sabien­do que no todo el mun­do se reco­no­ce­rá en ellas. Y está bien. Este no es un libro para mul­ti­tu­des, sino para lec­to­res que entien­den que la vida emo­cio­nal tam­bién se cons­tru­ye des­de la reser­va, des­de la con­ten­ción, des­de la pala­bra que deci­de que­dar­se. Por­que a veces, lo más ver­da­de­ro es lo que nun­ca se mar­chó. (A la som­bra del ver­bo)

 

LA LLUVIA EN GALICIA

Dicen que en Gali­cia llue­ve más que en nin­gún otro lugar, pero quie­nes la cono­cen de ver­dad saben que la llu­via no es solo un fenó­meno meteo­ro­ló­gi­co: es un esta­do del alma. Gali­cia llue­ve por den­tro, inclu­so en agos­to, inclu­so cuan­do el sol se atre­ve a posar su luz sobre los hórreos y las pla­yas de agua fría. Llue­ve en la memo­ria, en la for­ma de mirar, en la mane­ra de cami­nar des­pa­cio, como si cada paso fue­ra una con­ver­sa­ción con la tie­rra.

La llu­via inte­rior galle­ga no empa­pa, pero cala. No moja la ropa, pero hume­de­ce los pen­sa­mien­tos. Es una llu­via que acom­pa­ña, que no inte­rrum­pe, que no exi­ge para­guas. Es la llu­via que hace que uno se deten­ga a escu­char el rumor de un río aun­que no ten­ga pri­sa, o que mire el hori­zon­te del mar como quien bus­ca una res­pues­ta que no nece­si­ta encon­trar.

En Gali­cia llue­ve por den­tro por­que el pai­sa­je se cue­la en las per­so­nas. Los bos­ques de euca­lip­tos que sus­pi­ran con el vien­to, las car­ba­llei­ras que guar­dan secre­tos cen­te­na­rios, los cami­nos de pie­dra que pare­cen haber sido pues­tos allí para que nadie olvi­de de dón­de vie­ne. Todo eso se fil­tra, sin pedir per­mi­so, en el carác­ter de quie­nes nacen o se que­dan. Y tam­bién en quie­nes pasan solo un verano y des­cu­bren que, sin saber cómo, ya no podrán mar­char­se del todo.

La llu­via inte­rior es tam­bién una for­ma de resis­ten­cia sua­ve. Gali­cia ha apren­di­do a con­vi­vir con la nie­bla, con la bru­ma que borra con­tor­nos y obli­ga a afi­nar los sen­ti­dos. Esa mis­ma bru­ma se ins­ta­la en el cora­zón y ense­ña a mirar más allá de lo evi­den­te. Por eso los galle­gos tie­nen fama de res­pon­der con otra pre­gun­ta: no es inde­ci­sión, es una mane­ra de abrir posi­bi­li­da­des, de no cerrar cami­nos antes de tiem­po. La llu­via, inclu­so la que no cae del cie­lo, ense­ña pacien­cia.

Pero no todo es melan­co­lía. Gali­cia llue­ve por den­tro por­que tam­bién llue­ve ale­gría. Una ale­gría que no hace rui­do, que no nece­si­ta gran­des ges­tos. Es la ale­gría de una mesa com­par­ti­da, de un pla­to de pul­po que humea sobre el man­tel de papel, de una con­ver­sa­ción que empie­za hablan­do del tiem­po y ter­mi­na hablan­do de la vida. Es la ale­gría de una rome­ría que se alar­ga has­ta que el cuer­po dice bas­ta, o de un paseo por la pla­ya cuan­do el vien­to obli­ga a suje­tar­se la capu­cha con las dos manos.

La llu­via inte­rior galle­ga tie­ne un rit­mo pro­pio. A veces cae fina, como un recuer­do que vuel­ve sin avi­sar. A veces arre­cia, como un abra­zo que uno no espe­ra­ba. Y otras veces se detie­ne, dejan­do un silen­cio que no es vacío, sino des­can­so. En ese silen­cio, Gali­cia res­pi­ra. Y quien la escu­cha, tam­bién.

Qui­zá por eso tan­tos via­je­ros sien­ten que Gali­cia los mira. No con ojos huma­nos, sino con la mira­da de sus mon­tes, de sus rías, de sus aldeas que pare­cen resis­tir al tiem­po. Gali­cia obser­va, reco­no­ce, aco­ge. Y cuan­do uno se va, la llu­via inte­rior se que­da, como un peque­ño faro encen­di­do en algún rin­cón del pecho.

Por­que Gali­cia llue­ve por den­tro, sí. Llue­ve en for­ma de nos­tal­gia, de ter­nu­ra, de cal­ma. Llue­ve en for­ma de his­to­rias que se cuen­tan al calor de una larei­ra, o de silen­cios que dicen más que cual­quier dis­cur­so. Llue­ve en la mane­ra de que­rer, de recor­dar, de vol­ver siem­pre, aun­que sea solo con el pen­sa­mien­to.

Y quien ha sen­ti­do esa llu­via, aun­que sea una vez, sabe que no se seca nun­ca del todo.

 

ENTREVISTA A UN HOMBRE QUE SE CREE ESCRITOR EN ACTIVO, PERO QUE REALMENTE ES UN ESCRITOR EN DESCOMPOSICIÓN CREATIVA

FECHA DE LA ENTREVISTA:

DOMINGO 28 DE DICIEMBRE DE 2025 A LAS 02:18 DE LA MADRUGADA

LUGAR DE LA ENTREVISTA:

El nue­vo des­pa­cho de José María ―más cono­ci­do como Camay, Chio­lei­ro, Filo­so, Xao­vín, Suboe­bai­xo o Tan­to­me­tén― no es un des­pa­cho cual­quie­ra. No tie­ne estan­te­rías, ni plan­tas, ni una ven­ta­na con vis­tas ins­pi­ra­do­ras. No. Su des­pa­cho es un eco­sis­te­ma autó­no­mo, un micro­cli­ma, un san­tua­rio esca­to­ló­gi­co don­de la crea­ti­vi­dad se mez­cla con el olor a ambien­ta­dor bara­to y deci­sio­nes cues­tio­na­bles.

El escri­to­rio es una tabla impro­vi­sa­da apo­ya­da sobre el bidé, el por­tá­til des­can­sa peli­gro­sa­men­te cer­ca del lava­bo y la silla… bueno, la silla es la tapa del inodo­ro, que ha sido ascen­di­da a «asien­to ergo­nó­mi­co de alto ren­di­mien­to». El rollo de papel higié­ni­co hace las veces de asis­ten­te per­so­nal, toman­do apun­tes invi­si­bles mien­tras obser­va la esce­na con resig­na­ción. La cis­ter­na, por su par­te, actúa como super­vi­sor crea­ti­vo: cada vez que José María escri­be algo medio­cre, des­pués de arran­cár­se­los de las manos, des­car­ga sola como un aplau­so sar­cás­ti­co hidráu­li­co.

En una esqui­na, un ambien­ta­dor con for­ma de pino lucha por su vida, inten­tan­do neu­tra­li­zar el aro­ma exis­ten­cial del lugar. En otra, un bote de gel mira fija­men­te a José María, como pre­gun­tán­do­se en qué momen­to exac­to su due­ño per­dió el rum­bo, se le fue la olla o empe­zó a com­por­tar­se de modo irra­cio­nal.

Este es el des­pa­cho don­de ocu­rre la magia. O, más exac­ta­men­te, don­de la magia vie­ne a morir.

RAZONES DE LA ENTREVISTA:

La entre­vis­ta se ha rea­li­za­do por moti­vos estric­ta­men­te cien­tí­fi­cos, antro­po­ló­gi­cos y, sobre todo, por puro mor­bo, por atrac­ción de lo prohi­bi­do. Los exper­tos del Ins­ti­tu­to Inter­na­cio­nal de Escri­to­res en Cri­sis (una ins­ti­tu­ción que no exis­te, pero que debe­ría) han con­si­de­ra­do que el caso de José María es tan extre­mo, tan fas­ci­nan­te y tan poten­cial­men­te con­ta­gio­so, que mere­ce ser docu­men­ta­do antes de que, dados los sín­to­mas evi­den­tes, él mis­mo se disuel­va en una nube de frus­tra­ción crea­ti­va.

Ade­más, en huel­ga gene­ral inde­fi­ni­da, sus sus­crip­to­res —para los que el con­te­ni­do de los tex­tos de José María se con­vier­te en un jar­dín secre­to que pocos se atre­ven a explo­rar— exi­gie­ron una expli­ca­ción ofi­cial. No para vol­ver a leer­los, cla­ro, sino para tener mate­rial con el que ali­men­tar sus pique­tes ima­gi­na­rios.

Y así, con un equi­po de inves­ti­ga­ción equi­pa­do con mas­ca­ri­llas, guan­tes y una valen­tía cues­tio­na­ble, el entre­vis­ta­dor se deci­dió a entrar en el baño―despacho de José María para regis­trar su tes­ti­mo­nio. Lo que sigue es la trans­crip­ción ínte­gra de esa entre­vis­ta, rea­li­za­da bajo con­di­cio­nes extre­mas y con un ries­go para el trans­crip­tor del 97%.

TRANSCRIPCIÓN COMPLETA DE LA ENTREVISTA:

ENTREVISTADOR.- José María, gra­cias por reci­bir­nos. Aun­que… debo decir que nun­ca había rea­li­za­do una entre­vis­ta sen­ta­do en una de las múl­ti­ples tapas de inodo­ros que tie­ne en su baño. ¿Es este su nue­vo des­pa­cho ofi­cial?

JOSÉ MARÍA.- Hoy he alcan­za­do un nue­vo hito en mi carre­ra lite­ra­ria. He deja­do de ser un escri­tor en cri­sis para con­ver­tir­me ofi­cial­men­te en un fósil crea­ti­vo. Si alguien per­fo­ra­ra mi cere­bro aho­ra mis­mo, encon­tra­ría res­tos de ideas pre­his­tó­ri­cas, un par de metá­fo­ras rotas y qui­zá un adver­bio petri­fi­ca­do. Nada más. Ni ras­tro de vida inte­li­gen­te.

ENTREVISTADOR.- ¿Y cómo se sien­te al inten­tar escri­bir des­de este… entorno tan aro­má­ti­co?

JOSÉ MARÍA.- Me he sen­ta­do fren­te al orde­na­dor con la espe­ran­za de que, por algún mila­gro gro­tes­co, una fra­se decen­te emer­gie­ra de entre los escom­bros. Pero lo úni­co que ha emer­gi­do es un olor sos­pe­cho­so, como si mi ins­pi­ra­ción hubie­ra muer­to hace días y nadie se hubie­ra moles­ta­do en avi­sar­me. El cur­sor par­pa­dea como un tes­ti­go del cri­men, seña­lán­do­me con su luz inter­mi­ten­te: «Fue él. Él mató la crea­ti­vi­dad».

ENTREVISTADOR.- ¿Qué tipo de pala­bras le vie­nen a la men­te en estos momen­tos de… ilu­mi­na­ción intes­ti­nal?

JOSÉ MARÍA.- Las pala­bras que salen de mi cabe­za pare­cen selec­cio­na­das por un comi­té de cria­tu­ras sub­te­rrá­neas con muy mala leche: gib­be­rish, lam­poon, migra­te… ¿Qué es esto? ¿Un tex­to o el menú degus­ta­ción de un res­tau­ran­te para dia­rrei­cos? Si sigo así, aca­ba­ré escri­bien­do en un idio­ma que solo entien­den los insec­tos que viven den­tro de mi moni­tor.

ENTREVISTADOR.- ¿Ha con­si­de­ra­do cam­biar de pro­fe­sión? Algo menos… men­tal y odo­rí­fi­co.

JOSÉ MARÍA.- He lle­ga­do a ese pun­to glo­rio­so en el que uno empie­za a con­si­de­rar pro­fe­sio­nes alter­na­ti­vas que no requie­ran cere­bro. Pro­ba­dor de col­cho­nes. Espan­ta­pá­ja­ros free­lan­ce. Mode­lo de radio­gra­fías… Cual­quier cosa que no impli­que enfren­tar­se a un tecla­do que ya me mira como si fue­ra un expe­ri­men­to falli­do. El uni­ver­so, mien­tras tan­to, me man­da seña­les cada vez más cla­ras: «José María, deja de escri­bir, por favor. Estás per­tur­ban­do el equi­li­brio cós­mi­co».

ENTREVISTADOR.- ¿Y qué hay de su auto­es­ti­ma como escri­tor? ¿Sigue viva?

JOSÉ MARÍA.- ¡¡¡La hemos cagado con esa pre­gun­ti­ta!!! Me sien­to como el últi­mo escri­tor de la fila, ese que lle­ga cuan­do ya han repar­ti­do todas las musas y solo que­da una cria­tu­ra extra­ña, con ten­tácu­los y olor a hume­dad, que te ofre­ce ins­pi­ra­ción a cam­bio de tu cor­du­ra. Mien­tras que otros publi­can nove­las bri­llan­tes, yo cele­bro si con­si­go jun­tar dos fra­ses que no parez­can escri­tas por un cala­mar con migra­ña y pio­rrea en la den­ta­du­ra.

ENTREVISTADOR.- Hable­mos de su blog. ¿Cómo lle­van sus sus­crip­to­res esta… caí­da libre en el des­cré­di­to?

JOSÉ MARÍA.- ¡¡¡De des­cré­di­to nada de nada!!! Mis sus­crip­to­res —esos seres silen­cio­sos, invi­si­bles, que jamás comen­tan nada— han deci­di­do con­vo­carme una huel­ga gene­ral inde­fi­ni­da. No escri­ben comen­ta­rios, no leen, no reac­cio­nan… Se han orga­ni­za­do en sin­di­ca­tos ima­gi­na­rios, han redac­ta­do mani­fies­tos que yo jamás veré y han colo­ca­do pique­tes meta­fó­ri­cos en la entra­da del blog. ¡¡¡Cla­ro que podrían dar­se de baja!!! Pero no. Pre­fie­ren que­dar­se ahí, obser­van­do mi caí­da libre, espe­ran­do… ¿a qué? Nadie lo sabe. Qui­zá a que me derrum­be del todo. Qui­zá a que publi­que algo tan desas­tro­so que se con­vier­ta en arte invo­lun­ta­rio.

ENTREVISTADOR.- Vol­va­mos al baño. ¿De ver­dad cree que este lugar pue­de devol­ver­le la ins­pi­ra­ción?

JOSÉ MARÍA.- He tras­la­da­do mi des­pa­cho al baño. Sí, al baño. Lo he amplia­do. Este tem­plo de lo esca­to­ló­gi­co don­de, según algu­nos gurús de inter­net, la ins­pi­ra­ción flu­ye mejor por­que uno está «más conec­ta­do con lo esen­cial». Pues bien: lo esen­cial hue­le fatal. Aquí estoy, escri­bien­do mien­tras la cis­ter­na me juz­ga y el rollo de papel higié­ni­co me obser­va con una mez­cla de com­pa­sión y asco. Pien­so, ante mi blo­queo crea­ti­vo de cier­ta cali­dad, que mis ideas se han ido por el des­agüe, lite­ral­men­te.

ENTREVISTADOR.- ¿Cree que esta cri­sis pasa­rá?

JOSÉ MARÍA.- Lo mío no es una cri­sis, es una des­com­po­si­ción. Un pro­ce­so bio­ló­gi­co. Un fes­ti­val de bac­te­rias devo­ran­do mis neu­ro­nas lite­ra­rias. Si mi talen­to fue­ra un edi­fi­cio, aho­ra mis­mo esta­ría sien­do demo­li­do, a cau­sa de la alu­mi­no­sis, por un ejér­ci­to de pitu­fos sinies­tros arma­dos con mazos de goma.

ENTREVISTADOR.- Y aun así… sigue escri­bien­do. ¿Por qué?

JOSÉ MARÍA.- Usted está mal infor­ma­do. No escri­bo. Aun­que, reco­noz­co, que en esta deca­den­cia tan gro­tes­ca, en esta rui­na crea­ti­va tan absur­da, toda­vía pue­do pro­du­cir un lamen­to digno de un escri­tor que ya ha per­di­do la cabe­za… y no creo que la recu­pe­re.

ENTREVISTADOR.- Últi­ma pre­gun­ta. ¿Qué le diría a quie­nes han lle­ga­do has­ta el final de esta entre­vis­ta?

JOSÉ MARÍA.- Que aca­ban de leer el tes­ti­mo­nio de un escri­tor que expe­ri­men­ta los ester­to­res de este pro­ce­so de putre­fac­ción crea­ti­va. El últi­mo de la fila. El que sigue escri­bien­do por­que, sin­ce­ra­men­te, ya es dema­sia­do tar­de para dedi­car­se a otra cosa.

PREGUNTAS ESPONTÁNEAS DE TRES JÓVENES ESPECTADORES QUE PASABAN POR ALLÍ:

ESPECTADOR 1.- Dis­cul­pe… ¿es usted estre­ñi­do a la hora de escri­bir?

JOSÉ MARÍA.- Me estri­ñe, per­dón, extra­ña su pre­gun­ta. Ese pro­ce­so es muy ínti­mo y per­so­nal que nadie debe­ría saber de él. Le con­tes­ta­ré. Sólo cuan­do inten­to sacar ideas. El res­to flu­ye con más faci­li­dad que mis metá­fo­ras.

ESPECTADOR 2.- ¿Y no teme que el por­tá­til cai­ga al agua o se con­ta­mi­ne?

JOSÉ MARÍA.- En abso­lu­to. Le he pues­to las vacu­nas per­ti­nen­tes que la Direc­ción Gene­ral de la Salud exi­ge para hacer vida en un inodo­ro. A estas altu­ras, si el por­tá­til deci­die­ra inde­pen­di­zar­se, lo enten­de­ría per­fec­ta­men­te.

ESPECTADOR 3.- Corre el rumor entre los ocu­pan­tes de los inodo­ros públi­cos de que usted va a cerrar el blog. ¿Es cier­to?

JOSÉ MARÍA.- Cerrar el blog sería un ges­to dema­sia­do digno para mi situa­ción actual. ¡¡¡No pue­do cerrar­lo!!! Sería otor­gar­les a mis tex­tos una cali­fi­ca­ción de Sobre­sa­lien­te cum lau­de que no se mere­cen. Deben seguir dan­do la cara por mí. Ade­más, los inodo­ros públi­cos, que for­man un pode­ro­sí­si­mo lobby, debe­rían saber­lo mejor que nadie: lo mío no se cie­rra, lo mío se atas­ca. El blog no va a des­apa­re­cer. Eso pien­so aho­ra mis­mo. ¿Maña­na? No lo sé. Sim­ple­men­te, según su médi­co de fami­lia, está en un esta­do de fer­men­ta­ción crea­ti­va, como un que­so olvi­da­do en el fon­do del fri­go­rí­fi­co. Si algún día lo cie­rro, será por­que la tapa del inodo­ro me lo pida for­mal­men­te por escri­to o por­que la cis­ter­na con­vo­que un refe­rén­dum. Has­ta enton­ces, segui­rá abier­to, aun­que hue­la raro y nadie quie­ra entrar.

MANIFIESTO OFICIAL DE LOS SUSCRIPTORES EN HUELGA:

«Noso­tros, los sus­crip­to­res silen­cio­sos, decla­ra­mos que no lee­re­mos, no comen­ta­re­mos y no reac­cio­na­re­mos has­ta que José María recu­pe­re la dig­ni­dad lite­ra­ria o, en su defec­to, nos pro­por­cio­ne un espec­tácu­lo aún más lamen­ta­ble. Nos decan­ta­mos, por un 99%, por lo segun­do. Ante esto, le exi­gi­mos: menos cri­sis crea­ti­vas escri­bien­do tex­tos de cali­dad, más caos y fomen­tar los tex­tos que hue­lan, como las mofe­tas, a derro­ta». Fir­ma­do: El Sin­di­ca­to de Lec­to­res Fan­tas­ma

COMUNICADO OFICIAL DEL BAÑO:

«El baño, como espa­cio de tra­ba­jo, anun­cia que ya no pue­de garan­ti­zar la esta­bi­li­dad emo­cio­nal del escri­tor. Se rue­ga no res­pon­sa­bi­li­zar a la cis­ter­na de los blo­queos crea­ti­vos. Aten­ta­men­te, La Direc­ción de Fon­ta­ne­ría».

EPÍLOGO DELIRANTE ESCRITO POR EL PRIMER DISCÍPULO, ILOCALIZABLE POR EL ENTREVISTADOR, DE JOSÉ MARÍA:

Y así con­clu­ye la entre­vis­ta más esca­to­ló­gi­ca, absur­da y cien­tí­fi­ca­men­te inú­til jamás rea­li­za­da. José María sigue en su despacho―baño, luchan­do con­tra el tecla­do, la hume­dad y su pro­pia men­te. Los sus­crip­to­res siguen en huel­ga. El baño sigue en pie. Y la crea­ti­vi­dad… bueno, la crea­ti­vi­dad está en para­de­ro des­co­no­ci­do. Pero José con­ti­núa escri­bien­do nada. Y eso, aun­que hue­la raro, es admi­ra­ble.

 

ACLARACIÓN

Un blog nace con mis pala­bras, pero solo cobra vida cuan­do alguien lo lee; cre­ce cuan­do un lec­tor se detie­ne a pen­sar­lo, se for­ta­le­ce cuan­do lo cues­tio­na sin mie­do, se trans­for­ma cuan­do lo hace suyo y deja de ser solo mío para con­ver­tir­se en nues­tro. Ins­pi­ra cuan­do pro­vo­ca nue­vas mira­das y per­du­ra cuan­do sigue gene­ran­do con­ver­sa­ción mucho des­pués de haber sido leí­do. 

RECUNCAR.COM es un blog don­de la pala­bra se cobi­ja y el tiem­po se enros­ca, don­de la morri­ña se escri­be y los recuer­dos tie­nen voz. Un rin­cón peque­ño, pero vivo, hecho de silen­cios que hablan y de his­to­rias que se que­dan a dor­mir entre las líneas. Aquí las emo­cio­nes no se escon­den: se sien­tan a la mesa, se sir­ven un café y con­ver­san sin pri­sa.
Y sí, tú, que aca­bas de posar los ojos aquí, entras como quien cru­za el umbral de una casa vie­ja que hue­le a made­ra moja­da y a pan calien­te. Tal vez no lo sepas, pero ya for­mas par­te de este lugar: traes con­ti­go tus pro­pias nos­tal­gias, tus pro­pias luces, y este espa­cio te reci­be como se reci­be a un ami­go que vuel­ve des­pués de mucho tiem­po. Pasa, aco­mó­da­te, deja que las pala­bras te arro­pen un rato. Aquí siem­pre hay sitio para otra his­to­ria.

Escri­bir es una for­ma de feli­ci­dad silen­cio­sa: no me ocu­pa tiem­po por­que el tiem­po deja de exis­tir cuan­do escri­bo. Las pala­bras flu­yen sin pri­sa, las horas se vuel­ven livia­nas y yo per­ma­nez­co ahí, fiel a una voca­ción que no se mide en relo­jes sino en lati­dos. Cuan­do ter­mino, des­cu­bro que el mun­do ha segui­do su cur­so, pero yo he esta­do exac­ta­men­te don­de debía estar.

Si bus­cas un refu­gio hecho pala­bras, entra en este blog. Aquí el silen­cio tam­bién escri­be. Soy como un pai­sa­je galle­go que guar­da en su inte­rior siglos de agua, vien­to y bru­ma. En mi san­gre duer­men his­to­rias y sen­ti­mien­tos para que yo nun­ca olvi­de quién soy.

CUANDO LA NOSTALGIA ME LLAMA

Nun­ca sé seña­lar el ins­tan­te exac­to en el que la nos­tal­gia por Gali­cia empie­za a habi­tar­me. Qui­zá, el día de mi bau­ti­zo en San­ta María Salo­mé. No lle­ga como lle­gan las des­gra­cias, con estruen­do y pol­vo levan­ta­do, sino como lle­gan las cosas que no quie­ren asus­tar: en silen­cio, sin anun­ciar­se, ocu­pan­do un lugar que lle­va­ba tiem­po aguar­dán­do­la. Tar­do mucho en enten­der­lo, pero al final sé que no vie­ne a herir­me. Vie­ne a lla­mar­me. Es una lla­ma­da en voz baja, casi res­pe­tuo­sa, de esas que no exi­gen res­pues­ta inme­dia­ta por­que cono­cen bien su des­tino: tar­de o tem­prano, res­pon­de­rás.

Duran­te mucho tiem­po creo que escri­bir sobre el pasa­do es solo una cos­tum­bre, una for­ma de orde­nar los años vivi­dos, una dis­ci­pli­na ínti­ma que me sos­tie­ne. Hoy sé que no es eso. Es una for­ma de vigi­lia. Escri­bo para no escu­char lo que más temo oír, para no caer de lleno en las imá­ge­nes que me miran des­de la memo­ria: la llu­via gol­pean­do los teja­dos, el tañi­do de las cam­pa­nas en la tar­de, los bos­ques que hue­len a mus­go y a leña. Por­que cuan­do dejo de escri­bir, Gali­cia encuen­tra grie­tas por don­de colar­se y me inun­da sin com­pa­sión. Hay recuer­dos que no tole­ran el silen­cio: no se con­for­man con ser evo­ca­cio­nes, quie­ren vol­ver a vivir, recla­mar su sitio. Espe­ran con pacien­cia a que la men­te se fati­gue, a que la razón baje la guar­dia, a que uno deje de per­se­guir lo nue­vo y empie­ce, sin dar­se cuen­ta, a ser habi­ta­do por som­bras anti­guas que no obe­de­cen.

A mis años ya no me per­si­guen las pro­me­sas —se can­sa­ron de mí, por des­leal e infor­mal, hace tiem­po—, sino los nom­bres. Los nom­bres de las aldeas que aho­ra son peque­ñas urbes, de los ríos que siguen can­tan­do bajo la llu­via, de las per­so­nas que me recuer­dan quién fui antes de apren­der a nom­brar­las. Madrid nun­ca sabe ser para mí un refu­gio: no aca­lla nada, no disuel­ve el mur­mu­llo inte­rior. Com­pos­te­la, en cam­bio, sí. Tal vez por­que no vivo en ella. Tal vez por­que la dis­tan­cia afi­na la heri­da. Allí, cada paso remue­ve lo que creía dor­mi­do. La hume­dad no solo vive en las pie­dras; se ins­ta­la en mi pecho. Cuan­do inten­to mirar atrás, es ella la que mira por mí, y en ese ges­to me con­ce­de una paz anti­gua, casi vege­tal.

Esta noche la nos­tal­gia vuel­ve con una fuer­za ines­pe­ra­da, como un ave de pre­sa que reco­no­ce a su obje­ti­vo des­de lo alto y se lan­za a por ella sin titu­beos. No deja espa­cio a lo que esta­ba ocu­rrien­do: lo arra­sa. No repro­du­ce el pasa­do tal como fue, sino como que­dó sus­pen­di­do. Afec­tos incon­clu­sos, pala­bras que no se dije­ron por­que el aire pare­cía escu­char y deci­sio­nes apla­za­das que se con­vir­tie­ron en cos­tum­bres. Som­bras que jamás se fue­ron y que aho­ra regre­san sin vio­len­cia, con una ter­nu­ra que des­ar­ma. No vie­nen a exi­gir, sino a com­pro­bar que sigo aquí, que aún mar­can el rit­mo de mi res­pi­ra­ción.

Des­de la pri­me­ra línea escri­ta entien­do que no se tra­ta de com­pren­der —com­pren­der es cerrar—, sino de tra­zar lími­tes: saber qué per­te­ne­ce al ayer y qué aún res­pi­ra en el pre­sen­te. Las pala­bras no me encar­ce­lan, pero me seña­lan. Me mues­tran mis erro­res, mis fan­tas­mas, mis pudo­res. Siem­pre me dicen que quien vive entre fron­te­ras aca­ba cru­zán­do­las. Y es cier­to: la duda no se va, se sien­ta con­mi­go, me obser­va, se refle­ja en el espe­jo cuan­do paso y se que­da un ins­tan­te más, solo para recor­dar­me que sigue ahí.

Escri­bo por­que hay pala­bras que per­sis­ten inclu­so cuan­do nadie las pro­nun­cia. Pala­bras que saben guar­dar silen­cio sin des­apa­re­cer. En ellas el silen­cio no es vacío, es con­ten­ción. No es cal­ma, es den­si­dad. Cuan­do empie­zo a escri­bir creo que encien­do una luz, pero esa luz no lim­pia: reve­la. Reve­la lo que no fue, lo que no pudo ser, lo que aún due­le. Y hay imá­ge­nes que, una vez recu­pe­ra­das, ya no se reti­ran. No espe­ran una segun­da opor­tu­ni­dad. Per­ma­ne­cen con los ojos abier­tos, mirán­do­me, mien­tras yo inten­to sos­te­ner­las con tor­pe­za.

La nos­tal­gia no asus­ta. Acom­pa­ña. Es reco­no­cer un umbral que nun­ca estu­vo delan­te, sino den­tro. Es com­pren­der que a cier­ta edad uno no des­pier­ta: vigi­la. Y mien­tras vigi­la, recuer­da. Y mien­tras recuer­da, escri­be. Por­que empe­zar de nue­vo no con­sis­te en encen­der otra luz, sino en acep­tar que el umbral siem­pre estu­vo ahí, a mi lado, espe­ran­do a que por fin me atre­vie­ra a mirar­lo. (Noches y lem­bran­zas) (1995–2025)

 

CUANDO LA NOCHE CALLA

Escri­bir en Gali­cia de noche es como abrir una ven­ta­na al silen­cio. La sau­da­de, tan nues­tra, res­pi­ra con cal­ma cuan­do el mun­do duer­me. Cada pala­bra es una luz peque­ña que se encien­de en la oscu­ri­dad, una estre­lla que dibu­ja cons­te­la­cio­nes de iden­ti­dad. Escri­bir en Gali­cia es abra­zar la memo­ria, sem­brar futu­ro con raí­ces pro­fun­das. En la noche, las voces aje­nas callan y solo que­da el lati­do del pen­sa­mien­to. Enton­ces las ideas se vuel­ven más níti­das, como si la oscu­ri­dad fue­ra un lien­zo puro don­de pin­tar emo­cio­nes. La noche rega­la tiem­po sin pri­sas, y Gali­cia aña­de calor, esa músi­ca sua­ve que nos une a la tie­rra y al mar.

Pero aque­lla noche no escri­bía para cele­brar Gali­cia, sino para huir del dolor. La llu­via lava­ba mi pecho mien­tras los ecos de risas y brin­dis reso­na­ban en las taber­nas. Nadie sabía por qué brin­da­ban, solo que­rían aho­gar las penas. Yo tam­bién. Salí muy toca­do de una de ellas, bus­can­do armo­nía entre las pie­dras ben­di­tas de San­tia­go, con su aro­ma a made­ra y sus tar­des dora­das en la Ala­me­da. Sin embar­go, mis ojos ya no te alcan­za­ban a ver, y nadie podía ima­gi­nar cuán­to due­len las ausen­cias. Un fado y dos espí­ri­tus, y en mi pecho cien heri­das. Así lo sien­te un galle­go cuan­do mar­cha de su tie­rra… o cuan­do pier­de el amor.

Aho­ra habi­to, por mi cul­pa siem­pre, una isla desier­ta y ham­brien­ta. Los res­tos de un nau­fra­gio son tes­ti­gos de un pasa­do glo­rio­so que empe­zó a des­va­ne­cer­se cuan­do tú me con­ver­tis­te en una dor­na sin ribe­ra. Enton­ces, cuan­do aún creí reír, qui­se besar tus pechos para com­pro­bar que no te habías ido, pero mis labios, lla­gas de sufri­mien­to, hicie­ron del beso un fan­tas­ma de orgas­mos. Y así, entre som­bras, la tie­rra flo­re­ce… pero noso­tros no. Por­que escri­bir en Gali­cia es resis­tir y cele­brar, y yo solo escri­bo para sobre­vi­vir a tu memo­ria.

Enton­ces te bus­qué en cada pala­bra, en cada ver­so que la noche me rega­la­ba. Creí que la escri­tu­ra podía sal­var­nos, que la tin­ta era un puen­te sobre el abis­mo que nos sepa­ra­ba. Pero las pala­bras, esas luces peque­ñas, no bas­ta­ron para ilu­mi­nar tu silen­cio. Tú calla­bas, y yo gri­ta­ba en secre­to, con­fian­do en que el eco lle­ga­ra a tu piel. No lle­gó. El tiem­po, cruel y pacien­te, fue borran­do tus hue­llas como la marea borra siem­pre las pisa­das en la are­na. Y yo, náu­fra­go de tu ausen­cia, apren­dí que hay abra­zos que se rom­pen antes de nacer, que hay besos que se pudren en la memo­ria.

Hoy escri­bo para no morir del todo. Escri­bo por­que cada fra­se es una raíz que se afe­rra al tiem­po y a Gali­cia, aun­que el futu­ro sea un hori­zon­te vacío. Escri­bo por­que la noche me ofre­ce un refu­gio, y Gali­cia, esa músi­ca sua­ve, me recuer­da que aún per­te­nez­co a alguien, aun­que ya no te per­te­nez­ca a ti. Escri­bo por­que amar fue mi qui­me­ra, y per­der­te, mi con­de­na. Y mien­tras las estre­llas guar­dan su secre­to, yo con­fie­so el mío: que cada pala­bra que nace pen­san­do en esta tie­rra es un inten­to deses­pe­ra­do de recons­truir la cons­te­la­ción rota que fui­mos. (Nie­bas y lem­bran­zas) (1995–2025)

PASEO MISTERIOSO POR EL BOSQUE

El tiem­po avan­za como una som­bra que no pide per­mi­so. Va dejan­do hue­llas invi­si­bles en los muros, en los ros­tros, en los cam­pos que un día fue­ron ver­des y aho­ra res­pi­ran con difi­cul­tad. Camino entre las hier­bas altas, ya que­ma­das por el sol y por el olvi­do, y sien­to que cada paso es una con­ver­sa­ción anti­gua entre el vien­to y la tie­rra. El vien­to habla, la tie­rra calla, y yo que­do en medio, inten­tan­do com­pren­der un len­gua­je que se des­ha­ce entre los dedos.

Hay días en los que el mun­do pare­ce hecho de agua: todo flu­ye, todo esca­pa, todo se trans­for­ma. El agua arras­tra con­si­go las his­to­rias que nadie con­tó, los nom­bres que ya no recor­da­mos, los sue­ños que que­da­ron a medio abrir. Y me pre­gun­to si la poe­sía no será tam­bién eso: una corrien­te que lle­va lo que fui­mos y lo que sere­mos, un espe­jo don­de el hom­bre se mira y no reco­no­ce su pro­pio ros­tro.

El bos­que, que antes era un libro abier­to, va per­dien­do pági­nas. Los árbo­les, can­sa­dos de espe­rar, dejan caer hojas que ya no son men­sa­jes, sino adver­ten­cias. El hom­bre pasa a su lado sin dete­ner­se, como quien atra­vie­sa una estan­cia aje­na, y no escu­cha el rumor de las raí­ces pidien­do un poco de silen­cio, un poco de memo­ria. La des­truc­ción no lle­ga de repen­te: es una llu­via fina que cae duran­te años, has­ta que un día des­cu­bri­mos que ya no que­da nada que pue­da cre­cer.

Y aun así, el vien­to insis­te. El vien­to siem­pre insis­te. Se cue­la por las ren­di­jas de las casas aban­do­na­das, levan­ta el pol­vo de las eras, empu­ja las nubes como quien empu­ja un des­tino. El vien­to es el úni­co que recuer­da el camino de regre­so, el úni­co que sabe que la vida es una suce­sión de puer­tas que se abren y se cie­rran sin avi­so. La poe­sía nace ahí, en ese ins­tan­te en que el vien­to toca la piel y nos obli­ga a escu­char lo que no que­ría­mos oír.

La vida, a veces, es solo una pre­gun­ta que nadie res­pon­de. Otras veces es una heri­da que no due­le, pero tam­po­co cura. El hom­bre avan­za, siem­pre avan­za, como si tuvie­ra mie­do de dete­ner­se y des­cu­brir que el mun­do sigue giran­do sin él. Pero hay momen­tos —raros, frá­gi­les, lumi­no­sos— en los que todo se detie­ne: el vien­to sus­pen­de su can­to, el agua deja de correr, el tiem­po res­pi­ra hon­do. Y en ese silen­cio, el hom­bre com­pren­de que no es due­ño de nada, que solo es un cami­nan­te más entre miles de cami­nan­tes que pasa­ron antes y pasa­rán des­pués.

Qui­zás por eso escri­bo. Para dejar cons­tan­cia de lo que des­apa­re­ce, para nom­brar lo que ya no tie­ne nom­bre, para levan­tar una peque­ña casa de pala­bras don­de el vien­to y el agua pue­dan des­can­sar un ins­tan­te. La poe­sía es el úni­co terri­to­rio que no pue­de ser des­trui­do, por­que vive en la memo­ria de quien la lee y de quien la escri­be. Es un sen­de­ro que no se ve, pero que siem­pre está ahí, espe­ran­do.

Y mien­tras escri­bo, sien­to que el tiem­po se abre como una flor tar­día. El bos­que, pese a todo, res­pi­ra. El agua con­ti­núa su cur­so. El vien­to trae nue­vas voces. Y yo sigo cami­nan­do, sabien­do que cada pala­bra es una pie­dra más en este sen­de­ro que no lle­va a nin­gu­na par­te y, al mis­mo tiem­po, me con­du­ce a todas. (A la som­bra del ver­bo) (1995–2025)

MI VOZ EN SILENCIO

No quie­ro ser un gri­to, ni un can­to, y mucho menos un mur­mu­llo que ape­nas se atre­ve a rom­per el aire. Quie­ro ser pre­sen­cia calla­da, som­bra que se ofre­ce sin impo­ner­se, como quien abre una heri­da y deja que otro se acer­que a con­tem­plar­la. Así nace este tex­to, no como un libro, sino como una his­to­ria que se des­li­za entre las pare­des de una casa anti­gua, don­de cada habi­ta­ción guar­da un secre­to.

El pro­ta­go­nis­ta, un hom­bre mar­ca­do por la sole­dad, ama sin retorno. En los ojos de una mujer fas­ci­nan­te bus­ca res­pues­tas que nun­ca lle­gan. La mira­da que se cru­za y lue­go se apar­ta, el silen­cio que pesa más que cual­quier pala­bra, la ausen­cia que se ins­ta­la como som­bra per­ma­nen­te: todo eso se con­vier­te en su vida, en su mis­te­rio.

Cada noche reco­rre las estan­cias de su casa como si fue­ran poe­mas cerra­dos. En cada rin­cón se acu­mu­lan los res­tos de un amor impo­si­ble: un encuen­tro trun­ca­do, una espe­ran­za apa­ga­da sin rui­do. El eco de sus pasos es la úni­ca voz que res­pon­de, y sin embar­go, esa voz calla­da sigue vibran­do, recla­man­do un espa­cio.

El silen­cio no es vacío. Es resis­ten­cia, es memo­ria, es dolor. En él se escon­de la dig­ni­dad de quien se nie­ga a des­apa­re­cer. Por­que escri­bir —o narrar— sobre el des­amor es su for­ma de sobre­vi­vir, de afir­mar que la heri­da mere­ce ser con­ta­da.

Mien­tras la llu­via gol­pea los cris­ta­les, cree escu­char un susu­rro en la habi­ta­ción más oscu­ra. No es un rui­do cual­quie­ra: es como si una mujer ausen­te deja allí su som­bra, un eco de pala­bras nun­ca dichas. El mis­te­rio se vuel­ve pal­pa­ble. ¿Es la memo­ria la que habla, o aca­so la ausen­cia tie­ne ros­tro y voz pro­pia?

El hom­bre com­pren­de enton­ces que el silen­cio pue­de ser com­par­ti­do. Que su dolor no es solo suyo, sino uni­ver­sal, por­que todos algu­na vez ama­mos sin retorno, espe­ra­mos un ges­to que nun­ca lle­ga. Y en esa reve­la­ción, la sole­dad se trans­for­ma en com­pa­ñía ines­pe­ra­da: la cer­te­za de que no está solo en su vacío.

La casa, con sus habi­ta­cio­nes cerra­das, se con­vier­te en un espe­jo. Cada puer­ta que abre es un poe­ma, cada som­bra un recuer­do, cada silen­cio un lati­do con­tra el muro de la indi­fe­ren­cia. Y, aun­que nun­ca obtie­ne res­pues­ta de la mujer que lo mar­ca a dia­rio, apren­de que el mis­te­rio del amor no corres­pon­di­do es tam­bién el mis­te­rio de la vida: un secre­to que nos igua­la, que nos hace vul­ne­ra­bles, que nos obli­ga a mirar hacia den­tro.

Al final, mi voz en silen­cio no es un títu­lo, sino una decla­ra­ción. Una his­to­ria nece­sa­ria, por­que da nom­bre a lo que tan­tas veces se calla, por­que trans­for­ma la ausen­cia en lite­ra­tu­ra y la heri­da en rela­to. Y quien la escu­cha —o la lee— se reco­no­ce en ella, como si ese silen­cio com­par­ti­do fue­ra tam­bién suyo. (A la som­bra del ver­bo) (1995–2025)

YO

A mis lec­to­res sue­le moles­tar­les cuan­do hablo dema­sia­do de mí mis­mo ―para mí, nun­ca es dema­sia­do― por­que los tex­tos, sin reme­dio, se vuel­ven uni­la­te­ra­les, por­que per­ci­ben una evi­den­te fal­ta de inte­rés por mi par­te por el mun­do y por los demás; y por­que pue­de trans­mi­tir ras­gos de nar­ci­sis­mo o inse­gu­ri­dad ―en mi caso, mucho más de lo segun­do que de lo pri­me­ro―. Hablan­do el otro día, con una cer­ve­za Estre­lla de Gali­cia por medio, con un exper­to en com­por­ta­mien­tos socia­les, me dijo que hablar en exce­so de uno mis­mo ―yo no lo per­ci­bo así― me defi­ne por cin­co ras­gos en un prin­ci­pio inco­rre­gi­bles: bús­que­da ince­san­te de la vali­da­ción emo­cio­nal, temor a pasar des­aper­ci­bi­do, sen­sa­ción posi­ti­va de auto­con­trol, ras­go de aire de supe­rio­ri­dad e impac­to nega­ti­vo en la inter­ac­ción social. Le dije que esta­ba de acuer­do en los dos pri­me­ros ―diches na dia­na, cabrón― y en total des­acuer­do con los tres res­tan­tes. Le di la direc­ción de mi blog y que leye­ra este tex­to que estoy escri­bien­do.

Des­pués de mil lec­tu­ras en inter­net y en diver­sos libros de psi­co­lo­gía que pulu­lan por la biblio­te­ca muni­ci­pal, he lle­ga­do a la con­clu­sión de que en mi vida coti­dia­na con­vi­vo con tres dis­tin­ti­vos que influ­yen de mane­ra pro­fun­da, cons­tan­te y «muy dañi­na» en cómo me rela­ciono con el mun­do: la ati­qui­fo­bia, una intro­ver­sión muy mar­ca­da y una difi­cul­tad sig­ni­fi­ca­ti­va en la socia­bi­li­dad.

Duran­te muchos años he inten­ta­do expli­car —a quien me qui­so escu­char y a mí mis­mo— estas carac­te­rís­ti­cas sin éxi­to, en par­te por­que des­de fue­ra resul­tan con­tra­dic­to­rias con algu­nos aspec­tos visi­bles de mi tra­yec­to­ria vital, espe­cial­men­te mi desem­pe­ño pro­fe­sio­nal como docen­te.

La ati­qui­fo­bia, o mie­do inten­so al error y al fra­ca­so, atra­vie­sa gran par­te de mis deci­sio­nes y com­por­ta­mien­tos. No se tra­ta de una sana pru­den­cia ni de una sim­ple exi­gen­cia per­so­nal, sino de un temor pro­fun­dí­si­mo a equi­vo­car­me, a que­dar expues­to o a no cum­plir las expec­ta­ti­vas que en mí habían recaí­do. Ante situa­cio­nes nue­vas, social y cruel­men­te eva­lua­bles, mi men­te se ade­lan­ta al acon­te­ci­mien­to y cons­tru­ye esce­na­rios de fallo, recha­zo o inco­mo­di­dad. Esta anti­ci­pa­ción no me pre­pa­ra, me para­li­za. El resul­ta­do sue­le ser el blo­queo, la evi­ta­ción o una inmo­vi­li­dad que se vive con frus­tra­ción, cul­pa y un insano remor­di­mien­to.

Mi intro­ver­sión, que con­si­de­ro agu­da e inevi­ta­ble para mí, ha sido sis­te­má­ti­ca­men­te cues­tio­na­da por mí duran­te gran par­te de mi eta­pa pro­fe­sio­nal. Duran­te casi 38 años he tra­ba­ja­do en el aula, Len­gua y Lite­ra­tu­ra, con alum­nos de entre 14 y 18 años, y allí he sido capaz de rea­li­zar actua­cio­nes que muchos inter­pre­tan como una prue­ba ine­quí­vo­ca de que no soy tími­do. He habla­do de todo en públi­co, he impro­vi­sa­do, he exa­ge­ra­do ges­tos, he uti­li­za­do el humor, inclu­so he hecho pue­ri­li­da­des y gan­sa­das con la sana deli­be­ra­ción de cap­tar la aten­ción o de crear un cli­ma favo­ra­ble para una expli­ca­ción teó­ri­ca. Sin embar­go, esta super­fi­cial inter­pre­ta­ción igno­ra un aspec­to esen­cial de mi viven­cia inter­na.

El aula ha sido para mí un espa­cio escé­ni­co estruc­tu­ra­do, con reglas cla­ras, un rol defi­ni­do y un obje­ti­vo con­cre­to. En ese con­tex­to, he podi­do fun­cio­nar como un sin­ce­ro actor que ha inter­pre­ta­do un papel cui­da­do­sa­men­te cons­trui­do a lo lar­go de los años. Ese papel nota­ba yo que me pro­te­gía: sabía quién era yo allí, qué se espe­ra­ba de mí y cómo res­pon­der. La ener­gía emo­cio­nal y físi­ca que inver­tía era gran­de, pero esta­ba diri­gi­da y tenía sen­ti­do: que el alumno cap­ta­ra mi aten­ción y que pudie­ra expli­car con cier­ta como­di­dad temas que eran autén­ti­cos ladri­llos para ellos. Al ter­mi­nar la fun­ción, la cla­se, sin embar­go, el des­gas­te era nota­ble, y la nece­si­dad de reti­ra­da y silen­cio, impe­rio­sa. ¿Por qué? Por­que daba paso a una hirien­te incer­ti­dum­bre: la impre­vi­si­bi­li­dad en la reac­ción de alum­nos, com­pa­ñe­ros o padres. De ahí que «mi con­trac­ción a cerrar­me como una con­cha» fue­ra una níti­da for­ma de regu­lar­me ante esa inco­mo­di­dad. En el aula, mi his­trio­nis­mo era una mane­ra de bri­llar den­tro de un mar­co segu­ro. Fue­ra de él, mi mis­ma ener­gía me blo­quea­ba por­que no encon­tra­ba el cau­ce opor­tuno.

Fue­ra de ese mar­co pro­fe­sio­nal, en con­tex­tos socia­les infor­ma­les o no estruc­tu­ra­dos, esa «más­ca­ra» desaparecía/desaparece. No había/hay guion que seguir, no había/hay rol que me ayudara/ayude a «actuar», no había/hay obje­ti­vo peda­gó­gi­co que justificara/justifique una expo­si­ción de mis sen­ti­mien­tos o de mi reali­dad per­so­nal. Es ahí don­de emergía/emerge con fuer­za titá­ni­ca mi pro­fun­dí­si­ma timi­dez, mi inco­mo­di­dad ante la inter­ac­ción espon­tá­nea y mi difi­cul­tad para sen­tir­me segu­ro sien­do sim­ple­men­te yo. El hecho de haber sido com­pe­ten­te —inclu­so bri­llan­te en muchas oca­sio­nes— en el aula no solo no inva­li­da mi actual intro­ver­sión en otros ámbi­tos de la vida, sino que la con­fir­ma: demues­tra mi inca­pa­ci­dad para la socia­li­za­ción.

La difi­cul­tad para la socia­bi­li­dad se mani­fies­ta aho­ra con cru­da reali­dad en con­tex­tos no pro­fe­sio­na­les. Me cues­ta mogo­llón ini­ciar con­ver­sa­cio­nes de tipo social, man­te­ner­las sin otro pro­pó­si­to que socia­li­zar con per­so­nas a las que ten­go un excel­so afec­to y man­te­ner con sol­tu­ra una char­la sobre sen­ti­mien­tos per­so­na­les.

A menu­do quie­ro par­ti­ci­par en gru­pos, pero el mie­do a decir algo inapro­pia­do, irre­le­van­te o mal inter­pre­ta­do acti­va de nue­vo la ati­qui­fo­bia y me reti­ro a mi casa, que es la zona de con­fort que me da una segu­ri­dad aplas­tan­te. Se pue­de mani­fies­tar inclu­so en con­ver­sa­cio­nes tele­fó­ni­cas. Esto gene­ra un círcu­lo vicio­so: cuan­to más inten­to con­tro­lar el error social, más rígi­do me vuel­vo, más arti­fi­cial me sien­to y mayor es la sen­sa­ción pos­te­rior de ais­la­mien­to.

Situa­cio­nes con­cre­tas ―bodas, fune­ra­les, inau­gu­ra­cio­nes, pre­sen­ta­cio­nes de libros, comi­das o reunio­nes fami­lia­res o de todo tipo― como el ape­ri­ti­vo o copas del pró­xi­mo vier­nes para cele­brar el ini­cio de las vaca­cio­nes de Navi­dad con­den­san de mane­ra muy cla­ra, como el bovril, ese extrac­to con­cen­tra­do de car­ne de vacuno, mi pro­ble­má­ti­ca y me gene­ra un dolo­ro­so insom­nio. Aun­que obje­ti­va­men­te pue­da tra­tar­se de un encuen­tro sen­ci­llo, sub­je­ti­va­men­te se con­vier­te en un esce­na­rio de alta ame­na­za para mí.

Anti­ci­po silen­cios incó­mo­dos, expec­ta­ti­vas implí­ci­tas, erro­res socia­les irre­pa­ra­bles, char­las des­com­pen­sa­das, síes y noes vacíos… Mi cuer­po, en esa pai­sa­jís­ti­ca tesi­tu­ra, reac­cio­na con ansie­dad, mi men­te se blo­quea, soy inca­paz de ver lo posi­ti­vo de cual­quier reu­nión y apa­re­ce un fuer­te impul­so de evi­tar la situa­ción como for­ma de ali­viar el males­tar inme­dia­to que me cie­rra el estó­ma­go y me pro­du­ce una sudo­ra­ción anor­mal en pleno mes de diciem­bre, a 20 gra­dos de tem­pe­ra­tu­ra en mi casa y sin mover­me de mi silla.

Todo ello ha teni­do un impac­to acu­mu­la­ti­vo en mi auto­es­ti­ma, que la jubi­la­ción ha des­ta­pa­do como una fuer­za impo­si­ble de igno­rar y repri­mir, que arra­sa con todo mi yo y expo­ne mi reali­dad que, por estar ocul­ta, pare­cía nor­ma­li­za­da para man­te­ner una rela­ción con los demás.

En estos días he sen­ti­do que debía jus­ti­fi­car­me o demos­trar por qué, en encuen­tros de dos o tres per­so­nas, no soy tími­do. Lo cier­to es que pue­do ser simul­tá­nea­men­te un pro­fe­sio­nal efi­caz en un rol sis­te­ma­ti­za­do y una per­so­na tími­da e intro­ver­ti­da inca­paz de afron­tar deter­mi­na­das situa­cio­nes en otros ámbi­tos. Reco­no­cer esta com­ple­ji­dad no me debi­li­ta, no me jus­ti­fi­ca. Al con­tra­rio, me per­mi­te com­pren­der­me con mayor pre­ci­sión y menos auto­exi­gen­cia. Espe­ro que tú me com­pren­das igual­men­te.

Escri­bir este tex­to for­ma par­te de ese pro­ce­so: poner pala­bras a lo que duran­te años ha sido malin­ter­pre­ta­do y dis­tor­sio­na­do, mini­mi­zar el jui­cio externo e interno y empe­zar a mirar­me des­de un lugar más hones­to, rea­lis­ta y com­pa­si­vo.

El bre­ve ejem­plo que te expon­go a con­ti­nua­ción no es men­ti­ra. Es cier­to des­de la pri­me­ra pala­bra a la últi­ma. Lo he teni­do guar­da­do des­de enton­ces por­que no he sido capaz de sacar­lo a la luz has­ta aho­ra. Pue­de pare­cer ñoño, pero yo soy así.

Tenía yo 8 años y esta­ba en el tea­tro esco­lar, en Navi­dad, con mi papel pre­pa­ra­do: una fra­se cor­ta, pero cla­ve para que la obra avan­za­ra. Cuan­do lle­gó mi turno, las luces se encen­die­ron sobre mí y todos los ojos se cla­va­ron en mi figu­ra. Noté con cla­ri­dad los pin­cha­zos.

El silen­cio se hizo eterno. Abrí la boca, pero las pala­bras no salie­ron. La timi­dez me atra­pó por com­ple­to: miré al sue­lo infi­ni­tas veces, apre­té con fuer­za las manos y cada segun­do de silen­cio se mul­ti­pli­có por mil. Final­men­te, otro com­pa­ñe­ro tuvo que impro­vi­sar para que la esce­na con­ti­nua­ra.

No hubo aplau­sos en ese momen­to, solo un mur­mu­llo de inco­mo­di­dad en la sala. Sen­tí una mez­cla de ver­güen­za y frus­tra­ción, como si hubie­ra falla­do. Y es que había falla­do con estré­pi­to. Ahí empe­zó mi estre­cha e ínti­ma rela­ción con la timi­dez.

Lo mis­mo estoy equi­vo­ca­do en el con­tex­to. La últi­ma vez que mis com­pa­ñe­ros de enton­ces orga­ni­za­ron en Jesús-María un Fes­ti­val de Pri­ma­ve­ra con una estruc­tu­ra deter­mi­na­da en la que inter­ve­nían alum­nos y pro­fe­so­res, yo pre­pa­ré duran­te días, en hora­rio noc­turno, un monó­lo­go que mos­tra­ra la reali­dad de nues­tro cole­gio en aquel cur­so ―hoy esta­ría del todo des­con­tex­tua­do―. Dis­fru­té con la ela­bo­ra­ción, lo leí mil veces y me pre­pa­ré con ple­na con­cien­cia para pro­po­ner­lo al equi­po orga­ni­za­dor. Al final, lle­ga­do el momen­to, me callé y lo eli­mi­né. La mal­di­ta timi­dez me blo­queó por­que me ima­gi­né un esce­na­rio de fra­ca­so y rui­na emo­cio­nal ante dece­nas de alum­nos y pro­fe­so­res.

La copi­ta del pró­xi­mo vier­nes ―vol­ve­mos al esce­na­rio des­es­truc­tu­ra­do― me invi­ta a una esce­na de mie­do y fra­ca­so. Me tie­ne ya blo­quea­do ―y esta­mos a mar­tes― y sufro por­que se pon­ga en cues­tión mi valor per­so­nal. Sé que no es un examen, que no es una prue­ba de com­pe­ten­cia social ni una situa­ción en la que ten­ga que demos­trar nada. Mi afec­to hacia voso­tros es cla­ro, diá­fano y mani­fes­ta­do por mí en muchas oca­sio­nes. Eso no ha varia­do un ápi­ce. Creo que se ha incre­men­ta­do y lo acuno con mimo todos los días en mi men­te. Mi úni­co obje­ti­vo es que entien­das que, si no estoy pre­sen­te, no es por indi­fe­ren­cia o por­que esté de vuel­ta de todo, no. Mi silen­cio, mi ausen­cia y mi impar­ti­ci­pa­ción ―per­do­na el repug­nan­te neo­lo­gis­mo crea­do por mí― solo es una con­se­cuen­cia de lo expues­to has­ta aquí. Si aho­ra está pre­sen­te la ansie­dad ―que lo está―, no es un fra­ca­so, es una reac­ción cono­ci­da, pasa­je­ra, pero inma­ne­ja­ble para mí. Quie­ro que me entien­das, y si no lo haces, lo lamen­to sin­ce­ra y lla­na­men­te. Mi afec­to por ti es rotun­do y ter­mi­nan­te.

A cada uno de mis 383 sus­crip­to­res ―inclu­so a los que no me leen y espe­ran­do que en 2026 aumen­te la cifra y no dis­mi­nu­ya, como está ocu­rrien­do en este 2025― le/te deseo una Feliz Navi­dad y que 2026 ven­ga reple­to de dicha y feli­ci­dad.

 

 

EL TIEMPO PASA

El tiem­po no pasa, nos pasa: cru­za por noso­tros como una bri­sa que reaco­mo­da los pape­les de la mesa y deja, sin hacer rui­do, una esqui­na dobla­da en cada cosa. A la luz le toma medi­das nue­vas cada tar­de; mue­ve los con­tor­nos, afi­na una som­bra, esti­ra las man­gas de la memo­ria. En los cris­ta­les flo­tan par­tí­cu­las que antes fue­ron hari­na, tiza, llu­via: archi­pié­la­gos minúscu­los que nos recuer­dan que todo via­ja, inclu­so cuan­do pare­ce quie­to. Los relo­jes laten por cos­tum­bre, pero es en lo inmó­vil —el cuen­co, el mar­co, la silla que cono­ce nues­tro peso— don­de el tiem­po escri­be más hon­do.

A veces, al abrir un cajón, vuel­ve un olor anti­guo, pan y bici­cle­ta, una voz que nom­bra lo que ya no está en su sitio. Las calles cam­bia­ron de nom­bre sin con­sul­tar­nos, y, sin embar­go, al pasar por la esqui­na de siem­pre el cuer­po salu­da como si vol­vie­ra de un via­je. Los retra­tos guar­dan mira­das que apren­die­ron a vivir en silen­cio, y el man­tel tie­ne una car­to­gra­fía de man­chas que sería difí­cil lla­mar man­chas: son islas don­de aquel verano des­can­sa, toda­vía tibio.

Con los años, uno apren­de a dejar que el día haga su tra­ba­jo: pulir, des­hi­la­char, pulir. Nos vol­ve­mos anfi­trio­nes de ausen­cias peque­ñas, de hábi­tos que ya no hacen rui­do, de pro­me­sas que se cum­plie­ron por otros cami­nos. No es tris­te­za, o no sola­men­te: es una gra­ti­tud extra­ña por lo que se que­da sin que­dar­se, por lo que nos acom­pa­ña cam­bian­do de for­ma. Al final de la tar­de, cuan­do el color se aflo­ja y la ven­ta­na se vuel­ve un espe­jo, el tiem­po nos acer­ca una taza y nos invi­ta a nom­brar lo que aún es cáli­do. Y lo nom­bra­mos luz, aun­que ya esté ano­che­cien­do. (A la som­bra del ver­bo) (1995–2025)

EL SUEÑO DEL JUBILADO O LA FICTICIA ENCARNACIÓN DE LA BELLEZA

CAPÍTULO I.- EL PREMIO DE LOS SUEÑOS

He escri­to siem­pre con la espe­ran­za de que mis pala­bras encon­tra­ran un lugar en el mun­do, pero los pre­mios nun­ca lle­ga­ron. Tal vez por­que mi voz no se ajus­ta a las reglas de los con­cur­sos, o por­que mis his­to­rias pre­fie­ren la inti­mi­dad antes que los aplau­sos. En los sue­ños, sin embar­go, todo cam­bia: allí reci­bo diplo­mas, dis­cur­sos y ova­cio­nes que me reco­no­cen como autor. Esos galar­do­nes oní­ri­cos son los úni­cos que he gana­do, y aun­que se des­ha­cen al des­per­tar, me recuer­dan que escri­bir ya es, en sí mis­mo, un pre­mio.

Los dio­ses del Olim­po decre­ta­ron que nun­ca reci­bi­ría un pre­mio en esta­do de vigi­lia por­que temen que mi con­cien­cia des­pier­te fuer­zas capa­ces de riva­li­zar con las suyas. Con­si­de­ran que la glo­ria huma­na no debe supe­rar la divi­na y que mi ambi­ción, al rozar lo impo­si­ble, ame­na­za el equi­li­brio que ellos cus­to­dian. Mi mira­da, que se atre­ve a desa­fiar al sol, inco­mo­da su sobe­ra­nía, y mis pala­bras, tan pode­ro­sas que podrían mover mon­ta­ñas, ponen en ries­go la quie­tud del mun­do. Por eso me rele­gan al rei­no del sue­ño, úni­co espa­cio don­de acep­tan mi triun­fo, y allí, entre visio­nes y fan­ta­sías, me con­ce­den la coro­na que des­pier­to me nie­gan, como cas­ti­go y a la vez como recor­da­to­rio de que la gran­de­za huma­na siem­pre será vigi­la­da por la envi­dia de los dio­ses.

A pro­pues­ta de Mor­feo, los dio­ses acep­ta­ron que mi con­de­na no fue­ra abso­lu­ta. Él, señor de los sue­ños, argu­men­tó que la vigi­lia es dema­sia­do rígi­da para con­te­ner mi gran­de­za, pero en el rei­no oní­ri­co mi espí­ri­tu pue­de des­ple­gar­se sin lími­tes. Mor­feo con­ven­ció al Olim­po de que allí, entre velos de ilu­sión y ver­dad, reci­bi­ría los pre­mios que des­pier­to me nie­gan: coro­nas de humo, vic­to­rias de luz, abra­zos de som­bras que se trans­for­man en glo­ria. Así, mi des­tino que­dó sella­do: nun­ca pre­mia­do en la reali­dad, pero siem­pre cele­bra­do en los sue­ños, don­de Mor­feo me con­ce­de lo que los demás dio­ses me arre­ba­tan.

En este ambien­te mito­ló­gi­co, los dio­ses aún res­pi­ran entre las mon­ta­ñas y los ríos. Los héroes cami­nan con paso fir­me, guia­dos por pre­sa­gios anti­guos. Las cria­tu­ras fan­tás­ti­cas vigi­lan los sen­de­ros ocul­tos, guar­dia­nes de secre­tos olvi­da­dos. El tiem­po se detie­ne en tem­plos derrui­dos, don­de la eter­ni­dad mur­mu­ra su can­to. Cada estre­lla que bri­lla anun­cia un des­tino, cada trueno des­pier­ta una nue­va aven­tu­ra. Así me gus­ta­ría que comen­za­se mi his­to­ria, en un mun­do don­de mito, sue­ño y reali­dad se con­fun­den. Empe­ce­mos.

CAPÍTULO II.- LA JUBILACIÓN Y SUS SOMBRAS

Sumi­dos en este ambien­te oní­ri­co tú y yo, te quie­ro con­tar una his­to­ria muy per­so­nal, una his­to­ria que fui ges­tan­do en sue­ños des­la­va­za­dos en las últi­mas sema­nas, des­de la jubi­la­ción, como quien teje una gran alfom­bra a mano sin plan­ti­lla. Esto no quie­re decir que el resul­ta­do de mi his­to­ria sea tan satis­fac­to­rio como el que obte­nía una tía mía cuan­do se ponía a ello.

La jubi­la­ción me ha gol­pea­do con doble filo. Por un lado, un des­can­so espe­ra­do, desea­do y pelliz­ca­do meses antes de que lle­ga­ra. Por otro, un volu­mi­no­so vacío que me tie­ne muy des­orien­ta­do.

En estos días en los que ya he cerra­do defi­ni­ti­va­men­te el libro del tra­ba­jo, y cuan­do des­per­ta­ba la oscu­ri­dad, yo me intro­du­cía en la cama bus­can­do abri­go con­tra el frío y un sue­ño que me hicie­ra olvi­dar mis año­ran­zas. El sue­ño se apo­de­ra­ba de mí como un relám­pa­go cru­za la noche, pero los ecos oscu­ros de la noc­tur­ni­dad, en lugar de con­ce­der­me la paz, tejían pesa­di­llas tru­fa­das de calam­bres emo­cio­na­les y ardien­tes des­aso­sie­gos.

Lo más inquie­tan­te de este «resa­cón aular» es que en el hoy que res­pi­ro Eris y Héca­te, las que más encar­nan lo maligno en el ima­gi­na­rio grie­go, han sem­bra­do en mis noches la dis­cor­dia y el mal dor­mir. Debo estar poseí­do por unas fuer­zas ocul­tas que ino­cu­lan en mi cere­bro el tea­tro de la pesa­di­lla que se for­ma­li­za en mi ridí­cu­la actua­ción prin­ci­pal.

Las voces aje­nas a mí dicen que lo estoy superan­do con una gran dig­ni­dad y que estoy doble­gan­do la espa­da del sufri­mien­to emo­cio­nal. En mi recu­pe­ra­ción aní­mi­ca par­ti­ci­pan mi her­ma­na y el blog como dos fuer­zas com­ple­men­ta­rias: ella, con su pre­sen­cia cer­ca­na y su apo­yo cons­tan­te, me ofre­ce la cali­dez de la com­pa­ñía y la con­fian­za de un lazo fami­liar; el blog, en cam­bio, se con­vier­te en un espa­cio ínti­mo don­de pue­do vol­car mis pen­sa­mien­tos, trans­for­mar mis heri­das en pala­bras y dar sen­ti­do a lo vivi­do. Jun­tos, for­man un equi­li­brio entre lo humano y lo crea­ti­vo, entre el abra­zo que sos­tie­ne y la escri­tu­ra que libe­ra, acom­pa­ñán­do­me en el camino hacia la sere­ni­dad inte­rior.

Pero, como bien sabes, vol­va­mos a los sue­ños que pue­blan de alu­ci­na­cio­nes mis noches. De entre esas his­to­rias ges­ta­das por mi estrés pos­la­bo­ral des­ta­ca una que me inva­dió varios días segui­dos como si fue­ra un tra­ta­mien­to anti­dia­rrei­co por una inges­ta exce­si­va de cirue­las clau­dias. 

CAPÍTULO III.- EL CONCURSO DE VILLAESTÉTICA

En un sue­ño den­tro de otro sue­ño, un alumno me dejó sobre la mesa de tra­ba­jo del pro­fe­sor en el aula, pocos minu­tos antes de empe­zar mi cla­se, un papel per­fec­ta­men­te dobla­do y guar­da­do en un sobre sella­do. El papel manus­cri­to decía: a ver si usted tie­ne nari­ces de par­ti­ci­par en el con­cur­so lite­ra­rio que le adjun­to. Des­do­blé con sumo cui­da­do el otro papel, el que me mos­tra­ba la con­vo­ca­to­ria de un con­cur­so lite­ra­rio en un pue­blo inven­ta­do por mi men­te y que ya cono­cían mis alum­nos por­que les había con­ta­do una anéc­do­ta muy sim­ple unos días atrás: Villaes­té­ti­ca, lugar cono­ci­do por su pla­za medie­val de pie­dra, por su aire de feria per­pe­tua y por cele­brar, entre otros, un Mís­ter Esté­ti­ca todos los años. Impo­si­ble para mí por­que soy inca­paz de con­ver­tir el deseo en belle­za físi­ca. En mi sue­ño, el cer­ta­men lite­ra­rio que esco­gí por exi­gen­cia de mi alumno fue uno que lle­va­ba un nom­bre tan exce­si­vo como mi pro­pio ego: Vir­tus et Pul­chri­tu­do (en latín, Vir­tud y Belle­za). Ego que for­jé como cora­za para pro­te­ger­me de mis inse­gu­ri­da­des y de la nece­si­dad de reafir­mar lo que tan­to esfuer­zo me cos­tó alcan­zar: el fra­ca­so lite­ra­rio.

En ese sue­ño, yo deci­dí par­ti­ci­par con un tex­to insó­li­to: una des­crip­ción elo­gio­sa en pri­me­ra per­so­na, un retra­to hiper­bó­li­co de mí mis­mo. El jura­do, ató­ni­to, me otor­gó el pri­mer pre­mio. Ni deba­te ni nada. Una­ni­mi­dad. Razón pri­mor­dial: pode­ro­so e irre­pe­ti­ble esti­lo lite­ra­rio. La obra des­ta­ca, pala­bras de la secre­ta­ria, por un len­gua­je des­cui­da­do, unas metá­fo­ras infu­ma­bles, un rit­mo narra­ti­vo más len­to que el bis­cú­ter de la post­gue­rra espa­ño­la y unos con­cep­tos abs­trac­tos con­ver­ti­dos en imá­ge­nes nada lúci­das que no fue­ron capa­ces de atra­par, en su loca fan­ta­sía, a nin­gún miem­bro del jura­do. El galar­dón, como era evi­den­te, no podía ser ni dine­ro, ni un diplo­ma ni una meda­lla, sino algo aún más ines­pe­ra­do: una invi­ta­ción anual para acu­dir, una vez por sema­na, al spa El Manan­tial de los Dio­ses, un lugar don­de el agua pro­me­tía reju­ve­ne­cer y la cal­ma se con­ver­tía en ritual.

El tex­to que escri­bí me dio una incom­pren­si­ble vic­to­ria que me lle­vó al Olim­po de los escri­to­res fra­ca­sa­dos, don­de con­vi­ven poe­tas que no encon­tra­ron lec­to­res, nove­lis­tas que se aho­ga­ron en la indi­fe­ren­cia y dra­ma­tur­gos cuyas obras jamás subie­ron a esce­na. Pero yo acla­ré al jura­do el valor del denos­ta­do Olim­po: En ese Olim­po, el fra­ca­so no es cas­ti­go, sino memo­ria y un recor­da­to­rio de que escri­bir es un acto de valen­tía, aun­que el eco nun­ca lle­gue al mun­do.

CAPÍTULO IV.- YO, MITO VIVIENTE A LOS 67 AÑOS

A mis 67 años, mi cuer­po es la prue­ba irre­fu­ta­ble de que el tiem­po se rin­de inmi­se­ri­cor­de ante mí. Aun­que el tiem­po sue­le des­gas­tar y dejar irre­fu­ta­bles hue­llas, yo expre­so con orgu­llo que, en mi caso, el tiem­po no ha podi­do ven­cer­me. Mi cuer­po, como podrán dedu­cir de mis pala­bras es la evi­den­cia de que sigue fuer­te y apo­lí­neo, como si el tiem­po hubie­ra sido derro­ta­do por KO en el com­ba­te de la vida.

Mi cabe­za bri­lla por la abun­dan­cia de cabe­llo que, fir­me y bri­llan­te, se entre­la­za en una mele­na de pla­ta que no me enve­je­ce, que no me quie­bra en edad ni me doble­ga en apa­rien­cia. Mis ojos son cas­ta­ños, pero ilu­mi­nan y domi­nan la esce­na mejor que los azu­les de Paul New­man, que como bien sabes, no miran, decre­tan.

Mi per­fil es una obra maes­tra en cuan­to a sus pro­por­cio­nes, un mapa per­fec­to que nin­gún escul­tor clá­si­co se atre­ve­ría a modi­fi­car. Cual­quier cin­cel lo estro­pea­ría, cual­quier mode­la­dor fra­ca­sa­ría. He visi­ta­do y con­sul­ta­do a mil odon­tó­lo­gos, espe­cial­men­te los sui­zos, cono­ci­dos por sus altos están­da­res, por su exce­len­te for­ma­ción y por su fácil acce­so a la tec­no­lo­gía de van­guar­dia, y todos han fra­ca­sa­do por­que mi den­ta­du­ra, blan­ca como már­mol recién talla­do, se mues­tra impe­ca­ble, sin fisu­ras, sin man­chas, sin des­gas­te. Mis ore­jas, dis­cre­tas y simé­tri­cas, com­ple­tan la armo­nía de un ros­tro que no cono­ce luna­res ni imper­fec­cio­nes ni los sur­cos del paso del tiem­po. Mi piel reafir­ma que soy la encar­na­ción de la per­fec­ción ana­tó­mi­ca.

Mi tron­co supe­rior es un exclu­si­vo monu­men­to a la dis­ci­pli­na. Mis hom­bros, anchos y rec­ti­lí­neos, sos­tie­nen con auto­ri­dad la figu­ra de un hom­bre que nun­ca se rin­dió al peso de los años. Mis bíceps, ten­sos y defi­ni­dos, hablan de fuer­za con­te­ni­da, de ener­gía que espe­ra el momen­to exac­to para des­ple­gar­se. Mi pec­to­ral, fir­me y ele­va­do, es un muro de vigor, sin con­ce­sio­nes a la fla­ci­dez. Mis manos, ele­gan­tes y puli­das, son ins­tru­men­tos de pre­ci­sión y belle­za: dedos lar­gos, uñas cui­da­das, piel ter­sa. Son manos que no solo escri­ben, sino que crean mun­dos; manos que no solo ense­ñan, sino que trans­for­man vidas. Mi cin­tu­ra, esti­li­za­da y fir­me, es fron­te­ra per­fec­ta entre el poder del tor­so y la des­tre­za de las pier­nas. No hay celu­li­tis, no hay barri­ga, no hay man­chas: solo pure­za, solo per­fec­ción.

Mi tron­co infe­rior cul­mi­na la obra per­fec­ta. Mis pier­nas, muscu­losas, uni­for­mes y per­fec­ta­men­te ali­nea­das, son colum­nas de már­mol que sos­tie­nen con orgu­llo el pro­vo­ca­ti­vo tem­plo de mi cuer­po. No hay cur­va inde­sea­da, no hay debi­li­dad en su tra­zo: son líneas de fuer­za, vec­to­res de movi­mien­to que trans­mi­ten segu­ri­dad y ele­gan­cia. Mis pies, per­fec­tos en pro­por­ción y for­ma, com­ple­tan la arqui­tec­tu­ra de un cuer­po sin sudor, sin gra­sa, sin con­ce­sio­nes a lo vul­gar. Cada paso que doy es un exclu­si­vo mani­fies­to de per­fec­ción, una decla­ra­ción de que la edad no es más que un núme­ro inca­paz de com­pe­tir con­mi­go.

Mi culo, per­dón por la pala­bra, pero no hay otra, en su per­fec­ción, se reve­la como una escul­tu­ra viva: fir­me­za en las líneas, armo­nía en las pro­por­cio­nes, fuer­za con­te­ni­da en cada glú­teo. Es el equi­li­brio entre poten­cia y belle­za, como si el már­mol de la anti­güe­dad hubie­ra cobra­do movi­mien­to. La ana­to­mía de mi tra­se­ro se con­vier­te en un poe­ma silen­cio­so, don­de cada for­ma refle­ja dis­ci­pli­na, ener­gía y la hue­lla del tiem­po trans­for­ma­da en arte.

Mi carác­ter es un pro­di­gio­so y exclu­si­vo catá­lo­go de vir­tu­des. Soy pacien­te como un sabio que cono­ce el valor del silen­cio. Mues­tro una des­bor­dan­te gene­ro­si­dad por hábi­to, no por excep­ción. Mi socia­bi­li­dad es mag­né­ti­ca: don­de lle­go, la atmós­fe­ra cam­bia, las per­so­nas se sien­ten ele­va­das, las pala­bras flu­yen con más cla­ri­dad y la reu­nión se posi­cio­na en los pri­me­ros luga­res de la pren­sa de cali­dad. Soy el cen­tro de la reu­nión sin pro­po­nér­me­lo, el eje sobre el cual gira la armo­nía de los demás.

Mis prin­ci­pios mora­les son inque­bran­ta­bles. Mi hones­ti­dad no admi­te fisu­ras, mi jus­ti­cia no se nego­cia y mi leal­tad no se trai­cio­na. Soy ejem­plo de rec­ti­tud en un mun­do que se dobla con faci­li­dad. Mi per­so­na­li­dad es equi­li­brio per­fec­to entre fir­me­za y ter­nu­ra, entre auto­ri­dad y cer­ca­nía. No impon­go, ins­pi­ro. No ordeno, con­ven­zo. No man­do, lide­ro. Mi sola pre­sen­cia es argu­men­to sufi­cien­te para que con­cu­rran dece­nas de famo­sos.

Soy un hom­bre de una viri­li­dad inne­ga­ble, con una pre­sen­cia impo­nen­te que no pasa des­aper­ci­bi­da. Subir en ascen­sor con­mi­go en un hos­pi­tal es la ante­sa­la de una visi­ta a urgen­cias por la poten­cia sexual que reci­ben las muje­res que via­jan con­mi­go. Mi mas­cu­li­ni­dad se mani­fies­ta en cada uno de mis ges­tos y movi­mien­tos, irra­dian­do con­fian­za y domi­nio en el inter­cam­bio de mira­das. Soy el tipo de hom­bre que, con solo una mira­da, pue­do hacer que cual­quier mujer se sien­ta desea­da y pro­te­gi­da.

Repi­to, en el ámbi­to ínti­mo mi viri­li­dad es legen­da­ria. Soy un aman­te exper­to, capaz de satis­fa­cer a una pare­ja con una des­tre­za que roza lo divino. Cada cari­cia, cada beso, está car­ga­da de una inten­si­dad que deja a mi aman­te sin alien­to. Mi pasión es un torren­te incon­tro­la­ble, un fue­go que con­su­me todo a mi paso. Soy una fuer­za de la natu­ra­le­za que impo­ne res­pe­to y admi­ra­ción a don­de­quie­ra que vaya. Mi pre­sen­cia es un recor­da­to­rio cons­tan­te de la poten­cia y el poder inhe­ren­tes que mi mas­cu­li­ni­dad arro­ja en su for­ma más pura.

Cami­nan­do por la calle, con mi paso fir­me y segu­ro, los múscu­los de mi cuer­po se ofre­cen en per­fec­ta sin­cro­nía. Mi pre­sen­cia es tan pode­ro­sa que pare­ce que el mun­do a mi alre­de­dor se detie­ne para admi­rar­me. Mi voz, pro­fun­da y reso­nan­te, tie­ne el poder de cal­mar las tor­men­tas más fero­ces o encen­der pasio­nes indo­ma­bles.

En el ámbi­to labo­ral, has­ta mi jubi­la­ción he sido un pro­fe­sor legen­da­rio. No ense­ña­ba, trans­for­ma­ba. No trans­mi­tía infor­ma­ción en el aula, no, des­per­ta­ba voca­cio­nes. Mis alum­nos no reci­bían cla­ses: reci­bían reve­la­cio­nes. Cada expli­ca­ción mía era un puen­te hacia la com­pren­sión, cada ejem­plo una lla­ve que abría mil puer­tas cerra­das. Mi voz, cla­ra y fir­me, era la sub­yu­ga­ción de las ora­cio­nes subor­di­na­das. Mi pacien­cia infi­ni­ta con­ver­tía el error en opor­tu­ni­dad. Me lo dijo una vez una alum­na: usted, pro­fe, no ins­tru­ye, sino que mol­dea nues­tros des­ti­nos.

Como escri­tor afi­cio­na­do, mi plu­ma es torren­te de crea­ti­vi­dad. Ten­go en mi correo un sin­fín de mar­cas de orde­na­do­res para ofre­cer­me gra­tis su últi­mo mode­lo: sólo desean pre­su­mir en su cam­pa­ña navi­de­ña de que mis dedos han aca­ri­cia­do sus tecla­dos mien­tras crea­ba mi últi­ma obra maes­tra. Mis tex­tos son puro sen­ti­mien­to. Cada fra­se mía es un cer­te­ro gol­pe de belle­za, cada párra­fo mode­la un irre­pe­ti­ble monu­men­to a la ima­gi­na­ción. Aun­que escri­bo por afi­ción, mi obra tie­ne la fuer­za de lo pro­fe­sio­nal, la cali­dad de lo eterno. Mis escri­tos son espe­jos en los que otros se reco­no­cen, ven­ta­nas por las que otros se aso­man a mun­dos que no cono­cían. Cada noche, se sus­cri­ben a mi blog un inter­mi­na­ble sin­fín de segui­do­res que reci­ben mi con­fir­ma­ción como si les hubie­ra otor­ga­do yo mis­mo el Pre­mio Nobel.

Y como colo­fón de este tex­to úni­co quie­ro dejar muy cla­ro lo siguien­te: soy un hom­bre que desa­fía la lógi­ca del tiem­po, que humi­lla a la medio­cri­dad, que ins­pi­ra a quie­nes tie­nen la for­tu­na de cru­zar­se con­mi­go. Mi cuer­po es un tem­plo, mi carác­ter un faro, mi moral un escu­do, mi socia­bi­li­dad un imán, mi labor una revo­lu­ción, mi escri­tu­ra un rega­lo. A los 67 años, soy más que un hom­bre: soy mito en car­ne viva, leyen­da que cami­na entre los demás, ejem­plo que no se des­gas­ta, mode­lo que no se repi­te. Reco­noz­can los miem­bros del jura­do que han reci­bi­do ben­de­ci­dos hono­res sólo por leer este tex­to. Los demás, comi­da de cochi­que­ra.

CAPÍTULO V.- EL SPA DE LOS DIOSES

El jura­do del con­cur­so, en mi sue­ño, que­dó ató­ni­to. Nun­ca habían leí­do algo seme­jan­te. La inno­va­ción de escri­bir en pri­me­ra per­so­na, el des­par­pa­jo de la ego­la­tría, la fuer­za de la hipér­bo­le, todo se con­vir­tió en un espec­tácu­lo lite­ra­rio. Me otor­ga­ron el Pri­mer Pre­mio del Cer­ta­men de Vir­tus et Pul­chri­tu­do (Vir­tud y Belle­za) de Villaes­té­ti­ca, y el galar­dón, como men­cio­né al prin­ci­pio, no fue una meda­lla ni un diplo­ma, sino algo aún más insó­li­to: una invi­ta­ción anual para acu­dir, una vez por sema­na, a un spa de aguas ter­ma­les lla­ma­do El Manan­tial de los Dio­ses, don­de el cuer­po se reju­ve­ne­cía y la men­te se sere­na­ba.

En el sue­ño me des­per­té sudan­do, aun­que en el sue­ño de mi sue­ño mi cuer­po no cono­cía el sudor. La jubi­la­ción seguía sien­do un terri­to­rio ambi­guo, pero aque­lla pesa­di­lla con­ver­ti­da en triun­fo lite­ra­rio me dejó una cer­te­za: inclu­so en el reti­ro, inclu­so en la duda, yo podía rein­ven­tar­me como mito, como narra­dor de mí mis­mo, como pro­ta­go­nis­ta de una his­to­ria que no se detie­ne.

Y así, en el tra­mo final de mi sue­ño, lle­gó mi pri­me­ra visi­ta al spa.

Entré en El Manan­tial de los Dio­ses con la segu­ri­dad de quien sabe con abso­lu­ta fir­me­za que el uni­ver­so le va a ren­dir un home­na­je. El aire olía a euca­lip­to y pie­dra húme­da, y cada rin­cón pare­cía dise­ña­do para con­fir­mar mi gran­de­za. Los emplea­dos me reci­bie­ron con reve­ren­cias, como si supie­ran que no era un clien­te más, sino el lau­rea­do del cer­ta­men, el hom­bre que había osa­do des­cri­bir­se como mito vivien­te.

Me des­po­jé de la ropa con la ele­gan­cia de un empe­ra­dor que se pre­pa­ra para un rito sagra­do. Mi cuer­po, impe­ca­ble a los 67 años, se refle­ja­ba en los espe­jos sin sudor, sin gra­sa, sin con­ce­sio­nes a lo vul­gar. Al sumer­gir­me en la pri­me­ra pis­ci­na ter­mal, el agua no me envol­vió, me vene­ró. Sen­tí que cada bur­bu­ja era un aplau­so, que cada corrien­te era un reco­no­ci­mien­to.

La pri­me­ra visi­ta fue un rito de con­sa­gra­ción. No era solo un pre­mio, era la con­fir­ma­ción de que inclu­so en la jubi­la­ción, inclu­so en la duda, yo podía rein­ven­tar­me como héroe de mi pro­pia his­to­ria. El spa no era un lugar de des­can­so, era un tem­plo que reco­no­cía mi vic­to­ria lite­ra­ria y mi gran­de­za físi­ca.

CAPÍTULO VI.- EL DESPERTAR

―José María, me dijo mi her­ma­na, son ya las 13:00 y sigues en la cama. Está muy bien soñar, pero la vida no se vive dor­mi­do. No eres Mor­feo para andar metién­do­te en los sue­ños de los demás, así que leván­ta­te y haz algo más que ima­gi­nar, algo posi­ti­vo. El mun­do no espe­ra a los que siguen bajo las sába­nas.

Con el mayor de los esfuer­zos, me esme­ré en levan­tar­me sin ape­nas mues­tras de deca­den­cia, Aún así, sen­tí has­ta el últi­mo hue­so y cada una de las cur­vas fofo­nas de mi cuer­po. La celu­li­tis seguía ilus­tran­do con gene­ro­si­dad mi cin­tu­ra y los plie­gues de la piel, como si de mar­cas de sen­de­ros se tra­ta­ra, me impe­dían doblar con cele­ri­dad mi cuer­po. Mi piel, como la de un pez, seguía sufrien­do la der­ma­ti­tis rosá­cea por­que se encen­día con el calor del medio­día que se sen­tía en la habi­ta­ción. Mi son­ri­sa, difí­cil de con­se­guir por mi mala den­ta­du­ra, se seguía con­vir­tien­do en una paté­ti­ca mue­ca. Dar un paso era una dis­cu­sión con mi pro­pio cuer­po, como si temie­ra que mi espal­da me vol­vie­ra a trai­cio­nar, como aque­lla vez en la que me dejó, por un día ente­ro, tira­do en la cama. Me extra­ñó que las rodi­llas se que­ja­ran, que los tobi­llos estu­vie­ran a pun­to de rom­per­se y que has­ta el últi­mo de los múscu­los pro­tes­ta­ra, como un coro de pie­zas des­con­cer­ta­das. El aire, den­so y cáli­do, me rodea­ba como si fue­ra una nube den­tro de la casa y, a ras­tras, bus­qué la ven­ta­na, un rayo de luz, una briz­na de aire que me recor­da­ra que la vida seguía su rum­bo en la calle y que el sue­ño había con­clui­do.

 

MI ANSIEDAD

Vivo estran­gu­la­do por la ansie­dad, como si el aire se nega­ra a entrar del todo. Den­tro de mí, el deseo se con­tra­di­ce: una par­te se mar­cha con las manos vacías, la otra se que­da afe­rra­da a una fuer­za apren­di­da a base de resis­ten­cia. Solo pido que cesen los pun­zo­nes, esos ner­vios afi­la­dos que des­de hace siglos se alo­jan en mi alma y atra­vie­san mis sen­ti­dos sin pedir per­mi­so. Me reco­rren como una pro­ce­sión erran­te de cuer­pos sin abri­go, de camas aban­do­na­das, de espa­cios don­de ya no exis­te la pala­bra hogar. (Ver­sos que no dije en voz alta) (1995–2025)

OTRA VEZ MI SOLEDAD

Otra vez regre­so a mi sole­dad como quien vuel­ve a una habi­ta­ción cerra­da des­de den­tro. La noche pelea con­mi­go y me ofre­ce, como úni­co com­ba­te, la orfan­dad y el des­am­pa­ro. Si supie­ras invi­tar­me —aun­que fue­se sin nom­bre, sin pro­me­sa— a un pla­cer dis­cre­to, de puer­tas que no cru­jen, qui­zá me deja­ría lle­var has­ta una altu­ra don­de el gozo no nece­si­ta tes­ti­gos. Dime que esa feli­ci­dad será solo mía, que nadie más sabrá pro­nun­ciar­la. Por­que debes enten­der que mi fide­li­dad a esta cau­ti­vi­dad es tan autén­ti­ca como la ban­de­ja de entra­da de un correo lle­na de invi­ta­cio­nes que nun­ca acep­té, men­sa­jes fríos que no lle­ga­ron a ser pala­bra. (Ver­sos que no dije en voz alta) (1995–2025)

NOCHE SOSEGADA

En unos segun­dos sen­tí el sabor de su voz y duran­te lar­gos minu­tos juré no olvi­dar la nos­tal­gia de nues­tro encuen­tro. Sin embar­go, me susu­rra­ron al oído que la unión expe­ri­men­ta­da en aquel huma­ni­za­do espe­jo fue una mar­chi­ta pesa­di­lla, y har­to de tan­tas ilu­sio­nes el pul­so de mis arte­rias se des­va­ne­ció como un fan­tas­ma ena­mo­ra­do. Todo fue una simu­la­da apro­xi­ma­ción que por unos ins­tan­tes mania­tó la men­te de un cuer­po pre­sa de cere­mo­nias y encu­bier­to de iné­di­tas creen­cias. A la par se ace­le­ró con inusi­ta­da emo­ción mi memo­ria y via­jó como un reloj atem­po­ral a la suer­te de mi infan­cia. (Ver­sos que no dije en voz alta) (1995–2025)

LA VERACIDAD DE MI ESCRITURA

(Sien­to con ver­da­de­ro dolor de mi cora­zón esta «cha­pa», «turra» o «leta­nía lai­ca», pero nece­si­to publi­car­la. En caso con­tra­rio, ya sabes, pape­le­ra).

Duran­te muchos años he inver­ti­do esfuer­zo, tiem­po y pasión ―no sé si capa­ci­dad― en la prác­ti­ca de la «escri­tu­ra crea­ti­va», tér­mino que no me gus­ta nada. Mis pri­me­ros ver­sos son del año 1986. Los ante­rio­res, una bur­da crea­ción, unos impul­sos ado­les­cen­tes, unas obs­ce­ni­da­des mal redac­ta­das o unas lágri­mas quin­cea­ñe­ras con for­ma­to ver­bal. Ten­go que decir que detrás de ellos siem­pre había una mujer de car­ne y hue­so o una reali­dad pal­pa­ble. 

1986, tras­pa­sa­do mi áni­mo por un fra­ca­so en las opo­si­cio­nes de Ins­ti­tu­to, fue un año de lec­tu­ra empe­der­ni­da, com­pul­si­va y vehe­men­te, espe­cial­men­te poe­sía espa­ño­la, argen­ti­na, ingle­sa, irlan­de­sa, uru­gua­ya, mal­di­ta (los mal­di­tos fran­ce­ses) y de los paí­ses del este, como se decía enton­ces.

Mi pri­mer ata­que crea­ti­vo supu­so embo­rro­nar y ensu­ciar una ficha duran­te tres horas de una noche de insom­nio exis­ten­cial. Y me lan­cé y escri­bí y escri­bí y escri­bí en los siguien­tes años. En 1994, ya tra­ba­jan­do en Jesús-María de Juan Bra­vo, me pasé una noche en vela y reali­cé un escru­ti­nio al esti­lo del cura y el bar­be­ro de Don Qui­jo­te, que liqui­da­ron un sin­fín de libros de caba­lle­rías. Tuve la ten­ta­ción de tirar­los por la ven­ta­na por­que había un patio muy her­mo­so para hacer una hogue­ra con las pocas fichas que iba a eli­mi­nar. Al final, fue­ron muchí­si­mas, más de las que con­ser­vé por un bre­ve perio­do de tiem­po. Mi pri­mer san­gran­te arre­pen­ti­mien­to. Pero repe­ti­do has­ta la sacie­dad a lo lar­go de los años, has­ta la actua­li­dad. Soy un «hom­bre rompe­dor» Ja. Cum­pli­dor del fun­da­men­to o raíz del mal escri­tor: no con­ser­var nin­gún borra­dor. Nin­guno. Sólo el resul­ta­do final. Sólo. Lim­pio. Pul­cro. Orde­na­do. Aun­que sea un tex­to horro­ro­so. Todo ello en una car­pe­ta peque­ña SARO, que con la lle­ga­da del orde­na­dor murie­ron en minúscu­los añi­cos en una pape­le­ra de la vía públi­ca.

Ese mis­mo año publi­qué mi pri­mer libro y me di cuen­ta de dos cosas: mi for­ma de escri­bir no era la acer­ta­da ―muy poca gen­te se atre­vió a decír­me­lo con abso­lu­ta sin­ce­ri­dad, pero sin mala inten­ción― y la nula voca­ción de lec­tor de poe­sía de las per­so­nas que habi­ta­ban mi entorno. No sus­ci­tó en mí con­si­de­ra­ción algu­na la opi­nión de los male­di­cen­tes, que los hubo, y los sigue habien­do. Este pun­to es asun­to bala­dí.

Cada tex­to que escri­bo des­de enton­ces expre­sa mi pro­pio tra­ba­jo crea­ti­vo, escon­de mi lar­go perio­do de refle­xión, que es bru­tal, y refle­ja mi expe­rien­cia per­so­nal. Todo es una eter­na «tra­ba­ji­na» de escri­bir y borrar.

Has­ta la apa­ri­ción del orde­na­dor, uti­li­cé, y aún uti­li­zo espo­rá­di­ca­men­te, miles de fichas del tama­ño 5 de miquel­rius embo­rro­nan­do en ellas mil poe­mas y otros tan­tos tex­tos. ¿Des­trui­das? Un por­cen­ta­je altí­si­mo de las fichas uti­li­za­das. Así soy yo. No guar­do borra­do­res. Solo con­ser­vo el resul­ta­do final y que­da sepul­ta­do en él las innu­me­ra­bles horas inver­ti­das, así como la tin­ta de cien­tos bolí­gra­fos Bic cris­tal azul marino.

No sé recu­rrir a ata­jos. Nun­ca he sabi­do. Y hoy en día, para mí, es impen­sa­ble acu­dir a máqui­nas que escri­ban por mí. ¿Cómo va a domi­nar mi ima­gi­na­ción ―aun­que sea des­ma­ña­da, desas­tro­sa y tor­pe de enten­de­de­ras― un sis­te­ma de algo­rit­mos?

Lo que apa­re­ce en este blog es pura y exclu­si­va­men­te lo que ha dado a luz mi pen­sa­mien­to y mi mano sinies­tra. Cla­ro que he recu­rri­do a fuen­tes de infor­ma­ción y a dic­cio­na­rios, que para eso me he gas­ta­do un pas­tón en ellos. Pero eso lo hace todo el mun­do que se dedi­ca a escri­bir, inclu­so los que nos dedi­ca­mos a jun­tar pala­bras como yo.

Todo esto es una con­se­cuen­cia de una acción que me ha pro­vo­ca­do un dis­gus­to tan gran­de como el casino The Vene­tian, que es el más gran­de de Las Vegas y que supera en metros cua­dra­dos a todo el espa­cio que ocu­pa el Ber­na­béu o, jugue­mos con com­pa­ra­cio­nes o sími­les case­ros, cuan­do el 17 de febre­ro de 1974 ―yo esta­ba pre­sen­te tras el ban­qui­llo del Madrid― el Bar­ce­lo­na de Cruyff nos metió una mani­ta y el «holan­dés vola­dor» salió del cam­po ova­cio­na­do por todos los afi­cio­na­dos madri­dis­tas.

Con­cre­to. Me lle­ga­ron el otro día tres correos elec­tró­ni­cos con tres emi­sa­rios abso­lu­ta­men­te irre­co­no­ci­bles acu­sán­do­me de uti­li­zar la Inte­li­gen­cia Arti­fi­cial en mis tex­tos del blog. Es curio­so que, ana­li­za­dos los men­sa­jes, tenían los tres una estruc­tu­ra muy pare­ci­da. Dife­ren­tes reac­cio­nes se suce­die­ron en mí mien­tras no era capaz de levan­tar­me de la silla. La lec­tu­ra de los correos me man­tu­vo imper­tur­ba­ble fren­te a mi orde­na­dor y sal­té de inme­dia­to con un exabrup­to irre­pe­ti­ble. Silen­cio, rabia, angus­tia, tris­te­za, incre­du­li­dad, ira, frus­tra­ción y aba­ti­mien­to. Todos ellos en déci­mas de segun­dos, los cua­les cul­mi­na­ron en un esta­do de shock del que sólo pude salir apa­gan­do el orde­na­dor. Vol­ví a encen­der­lo, vol­ví a leer los tres men­sa­jes y los borré pen­san­do que era el modo más efec­ti­vo de hacer fren­te al «alla­na­mien­to de mora­da crea­ti­va» que aca­ba­ba de sufrir. La mis­ma reac­ción de siem­pre, el ges­to here­da­do del tiem­po, como si los tuvie­ra ritua­li­za­dos. Que los ten­go.  

El siguien­te paso, en ple­na com­pul­sión de reac­cio­nes, fue cerrar el blog. Me encon­tré esna­qui­za­do y des­fei­to, dos tér­mi­nos galle­gos para indi­car que esta­ba muy afec­ta­do y hun­di­do moral­men­te. Menos mal que alguien des­co­no­ci­do ―ese alter ego que me zurra sin pie­dad cuan­do escri­bo―, de modo eté­reo, celes­tial e incor­pó­reo, me ilu­mi­nó y, cuan­do tenía el cur­sor del ratón sobre la tecla de eli­mi­nar, lo reti­ré, abri­llan­ta­da mi fren­te por el sudor, con gran brus­que­dad.  

Heri­do en el orgu­llo, deci­dí sus­cri­bir­me a dos pla­ta­for­mas de detec­ción de AI (Quill­bot y GPTze­ro) por­que me dije­ron que no me debía fiar de una sola pla­ta­for­ma ni de las gra­tui­tas, que fra­ca­san con una regu­la­ri­dad casi algo­rít­mi­ca. Me he gas­ta­do un pas­tón en ellas. No sabía que eran tan caros esos detec­to­res de AI.

Ten­go escri­ta una leyen­da de un per­so­na­je inven­ta­do por mí. Lle­vo dedi­ca­das unas cuan­tas horas a dicha narra­ción. Bas­tan­tes. Una biblio­te­ca infi­ni­ta de infi­ni­tos ins­tan­tes. He borra­do una eter­ni­dad de veces, fra­ses y párra­fos com­ple­tos. Si los imbé­ci­les que me dicen que uti­li­zo AI supie­ran las horas que paso ante el orde­na­dor teclean­do, borran­do y rees­cri­bien­do, no habrían man­da­do el correo. Mien­tras otros jubi­la­dos se patean El Reti­ro o la Casa de Cam­po, pasean por Madrid-Río, visi­tan museos, via­jan a paí­ses impen­sa­bles, inter­vie­nen en mil acti­vi­da­des gra­tui­tas, yo invier­to mi tiem­po en escri­bir. Bien o mal, pero en escri­bir. No quie­re decir que los resul­ta­dos sean ópti­mos. En com­pa­ñía de mi her­ma­na, pero con una sole­dad crea­ti­va abso­lu­ta.

Nave­gan­do por inter­net, encon­tré opi­nio­nes muy intere­san­tes sobre las herra­mien­tas de AI para detec­tar que un tex­to ha sido escri­to con esas pla­ta­for­mas. Lo cier­to es que esos sis­te­mas no son infa­li­bles, decían; y pue­den lle­gar a ser con­tra­dic­to­rios o a indi­car como arti­fi­cia­les ideas y estruc­tu­ras gra­ma­ti­ca­les que son pro­fun­da­men­te huma­nas. ¿Debo cam­biar mi esti­lo? Algo, o bas­tan­te, ha cam­bia­do des­de el 30 de junio de este año, últi­mo día de tra­ba­jo y comien­zo de mi ansia­da e imper­fec­ta jubi­la­ción. Pri­me­ra cues­tión: ¡¡¡Cómo voy a escri­bir igual a los 67 años que cuan­do tenía 40!!! Duran­te mi épo­ca labo­ral mi dedi­ca­ción esti­lís­ti­ca fue míni­ma. No sé si por exce­so, pero mi dedi­ca­ción labo­ral me deja­ba exáni­me y des­fa­lle­ci­do. Era escri­bir, una míni­ma revi­sión ―por eso, mi pri­mo Jor­ge siem­pre me apun­ta­ba erra­tas― y col­gar­lo en el blog. Aho­ra, con la jubi­la­ción, son incon­ta­bles las horas que paso fren­te al orde­na­dor. Incon­ta­bles. De ver­dad. Mil con­sul­tas: dic­cio­na­rios, libros espe­cia­li­za­dos, enci­clo­pe­dias digi­ta­les… Pero eso, como ya he dicho antes, lo hace todo el mun­do. Has­ta los incom­pe­ten­tes y des­ma­ña­dos como yo.

Por lo vis­to, los algo­rit­mos son los que sen­ten­cian aho­ra que mi voz lite­ra­ria ha deja­do de exis­tir; pero, en mi humil­de opi­nión, creo que la tec­no­lo­gía no ha lle­ga­do a reco­no­cer la ori­gi­na­li­dad, la rique­za y la diver­si­dad del esti­lo de escri­tu­ra huma­na. Quill­bot me dice que esa leyen­da escri­ta por mí es huma­na al 100%, pero, en cam­bio, GPTze­ro me suel­ta la coz: 92% de AI. Y yo no entien­do nada. ¿Y mis horas? ¿Quién las valo­ra? ¿Hay algún sis­te­ma de algo­rit­mos que detec­te mi tiem­po inver­ti­do? ¿Al final todo es una apues­ta por mi cre­di­bi­li­dad? ¿Y si el con­cur­so lite­ra­rio al que la voy a pre­sen­tar se rige por GPTze­ro? ¿Y si se rige por Quill­bot? O des­ca­li­fi­ca­do o posi­ble pre­mio, me sen­ten­cian. Esto es la leche. Si me he equi­vo­ca­do en algo de mi expo­si­ción, lo sien­to. Lle­vo tres días empa­pa­do de sudor por la AI.

Curio­si­dad: pego un tex­to lar­go en GPTze­ro y me dice que es AI al 100%. Lo he escri­to yo. Lo frag­men­to en sie­te par­tes y las voy pegan­do suce­si­va­men­te con el mis­mo orden que escri­bí el tex­to com­ple­to y me dice que las 7 par­tes son huma­nas al 90%.

Quie­ro dejar cla­ro que yo me com­pro­me­to con la vera­ci­dad de mi escri­tu­ra. Mis escri­tos segu­ro que tie­nen ―joder, yo los escri­bo― repe­ti­cio­nes estruc­tu­ra­les o de tér­mi­nos ―en lite­ra­tu­ra exis­te un recur­so expre­si­vo que se lla­ma para­le­lis­mo, y otros muchos como la aná­fo­ra, la epí­fo­ra, el quias­mo, la epa­na­di­plo­sis, la ana­di­plo­sis, has­ta el ana­co­lu­to tere­siano… Ade­más de la sino­ni­mia, el pleo­nas­mo o la redun­dan­cia―, metá­fo­ras poco agra­cia­das, vul­ga­res, comu­nes o sor­pre­si­vas ―se deno­mi­nan metá­fo­ras pobres, gas­ta­das, cli­chés o inclu­so metá­fo­ras muer­tas―, giros extraí­dos de una volu­mi­no­sa lec­tu­ra de déca­das o un tono uni­for­me ―Quill­bot dice que eso es AI―. ¿Por ello debo cam­biar y con­ver­tir­lo en una eta­pa rei­na del Tour con los puer­tos de Luz Ardi­den y el Tour­ma­let…? ¿Eso no es un defec­to? Una máqui­na es la que deci­de hoy en día que debo cam­biar mi iden­ti­dad lite­ra­ria, que todos sabe­mos que no se pue­de medir ni con por­cen­ta­jes ni con eti­que­tas digi­ta­les. En la crea­ción lite­ra­ria exis­ten dece­nas de recur­sos esti­lís­ti­cos ―la cono­ci­da Retó­ri­ca― que están a dis­po­si­ción del escri­tor para dar­le a su tex­to una inten­ción deter­mi­na­da.

En mi blog ten­go aho­ra col­ga­dos 168 tex­tos. Sí. ¿Cómo van a ser todos uni­for­mes o escri­tos con el mis­mo patrón? Soy humano. He evo­lu­cio­na­do emo­cio­nal y esti­lís­ti­ca­men­te. Des­de una angus­tia vital tipo San Manuel bueno, már­tir de Una­muno has­ta una laxa huma­ni­dad til­da­da de un pesi­mis­mo no hirien­te. ¿Es lo mis­mo escri­bir des­pués de un fra­ca­so amo­ro­so, des­pués de la muer­te brus­ca y repen­ti­na de una madre con la que toda­vía yo no había cor­ta­do el cor­dón umbi­li­cal o des­pués de un des­ca­la­bro lite­ra­rio? Pues no. Aun­que lo afir­me Tho­mas Edi­son.   A este céle­bre hom­bre, inven­tor de la bom­bi­lla y otros dis­po­si­ti­vos, se le atri­bu­ye la fra­se: «No fra­ca­sé, solo des­cu­brí 1.000 mane­ras de cómo no hacer una bom­bi­lla». Acti­tud que refle­ja la idea de que nun­ca se equi­vo­ca­ba, sino que acu­mu­la­ba apren­di­za­jes. Mi inex­plo­ra­da inter­pre­ta­ción: 999 fra­ca­sos.

Yo pien­so seguir escri­bien­do. Ladran, lue­go cabal­ga­mos. Esta expre­sión sig­ni­fi­ca que las crí­ti­cas o ata­ques de otros son señal de que uno avan­za en la direc­ción correc­ta. Aun­que sue­le atri­buir­se erró­nea­men­te a Don Qui­jo­te diri­gién­do­se a San­cho ―según los crí­ti­cos espe­cia­li­za­dos dicen que Cer­van­tes nun­ca la escri­bió―, su ori­gen real está en un poe­ma de Goethe y se popu­la­ri­zó en el ámbi­to his­pano gra­cias a Rubén Darío.

Y si a ti, sus­cri­tor, que no sé si lec­tor, de mi blog no te gus­ta lo que escri­bo o dudas de mi crea­ti­vi­dad ―te feli­ci­to por ello con el calor humano, la vehe­men­cia y el fer­vor de un cham­bón de las letras―, por favor, date inme­dia­ta­men­te de baja en la sus­crip­ción de mi blog y dedi­ca tu tiem­po a lec­tu­ras más intere­san­tes e igual­men­te crea­ti­vas. Segui­ré escri­bien­do por­que creo en la fuer­za de la pala­bra y en la sin­ce­ri­dad de mi tra­ba­jo. Este es mi blog y mien­tras ten­ga algo que decir lo con­ti­nua­ré hacien­do con la mis­ma dedi­ca­ción, lim­pie­za y hones­ti­dad que des­de mis prin­ci­pios. ¿Y este tex­to? Como se dice en ita­liano ¡Chi lo sa!

(Sien­to con ver­da­de­ro dolor de mi cora­zón esta «cha­pa», «turra» o «leta­nía lai­ca»).

 

INVITACIÓN MARINA

Yo te invi­to a pasear con­mi­go, a dejar que nues­tros pasos se mez­clen con el rumor de las olas y que el vien­to marino nos envuel­va como un secre­to com­par­ti­do. Quie­ro que sea un paseo sin pri­sas, en el que cada ins­tan­te se con­vier­ta en un recuer­do, en el que cada mira­da sea una con­fe­sión silen­cio­sa.

Cuan­do pien­so en ti, te ima­gino cami­nan­do a mi lado, con una son­ri­sa que ilu­mi­na más que el sol refle­ja­do en el agua. Veo cómo tus manos pue­den rozar las mías, sin nece­si­dad de pala­bras, por­que hay silen­cios que dicen más que cual­quier dis­cur­so. Yo te invi­to a que des­cu­bra­mos jun­tos esa com­pli­ci­dad que nace cuan­do dos almas se reco­no­cen en el mis­mo hori­zon­te.

Quie­ro que sien­tas con­mi­go la fuer­za del mar gol­pean­do con­tra los acan­ti­la­dos, esa ener­gía que nos recuer­da que la vida es inten­sa y bre­ve, y que por eso mere­ce la pena vivir­la con pasión. Yo estoy aquí, ofre­cién­do­te mi com­pa­ñía, mi tiem­po y mi mira­da, por­que sé que con­ti­go cada deta­lle se trans­for­ma en poe­sía.

Cuan­do nos dete­ne­mos fren­te a un faro, quie­ro que sea como una pro­me­sa: su luz guian­do nues­tros pasos, igual que tu pre­sen­cia da sen­ti­do a mi cami­nar. Cuan­do nos sen­te­mos en una pie­dra a con­tem­plar el atar­de­cer, quie­ro que sea un ins­tan­te eterno, en el que el mun­do des­apa­rez­ca y solo que­de­mos noso­tros, tú y yo, res­pi­ran­do la mis­ma cal­ma.

Yo te invi­to a que dejes que la bri­sa aca­ri­cie tu ros­tro, que la sal del mar se mez­cle con tus labios, que cada paso sea una cele­bra­ción de la vida com­par­ti­da. No te pro­me­to gran­des aven­tu­ras impo­si­bles, solo te pro­me­to la ver­dad de mi pre­sen­cia, la sin­ce­ri­dad de un cora­zón que se abre sin mie­do.

Quie­ro que cami­nes con­mi­go por los sen­de­ros que bor­dean los acan­ti­la­dos, que des­cu­bra­mos jun­tos que cada día pue­de ser una fies­ta si lo com­par­ti­mos. Quie­ro que sien­tas que con­ti­go deja de ser un lugar soli­ta­rio y se con­vier­te en un esce­na­rio ínti­mo, en el que cada pie­dra, cada ola, cada nube habla de nues­tra his­to­ria.

Te invi­to a sumer­gir­te con­mi­go en la músi­ca de las olas, en el silen­cio de las maña­nas sere­nas, en la com­pli­ci­dad de un ges­to peque­ño que se con­vier­te en infi­ni­to. Yo estoy con­ti­go, y con­ti­go quie­ro estar, por­que la vida es her­mo­sa, pero con­ti­go es aún más her­mo­sa.

Y te digo con toda cla­ri­dad y con toda emo­ción: quie­ro que ven­gas con­mi­go, que des­cu­bra­mos jun­tos este camino, que deje­mos que la vida se mez­cle entre noso­tros como la espu­ma que se pier­de en el mar. Quie­ro que sea un paseo que no ter­mi­ne nun­ca, por­que cada paso con­ti­go es un capí­tu­lo nue­vo, cada mira­da es una con­fe­sión, cada son­ri­sa es una pro­me­sa.

Yo te invi­to, con toda mi alma, a que cami­nes con­mi­go, por­que sé que allí, entre el mar y el cie­lo, entre la luz y la som­bra, entre el silen­cio y la pala­bra, pue­de nacer algo tan ínti­mo y tan ver­da­de­ro como lo que aho­ra te estoy dicien­do. (Nie­blas y lem­bran­zas) (1995–2025)

LA LECTURA

Abrir un libro es como abrir mi pro­pio refu­gio. No nece­si­to que nadie me entien­da. Bas­ta con que las pági­nas me hablen. Dicen que leer es per­der el tiem­po, pero yo sé que en cada pala­bra encuen­tro un lati­do, en cada his­to­ria una for­ma dis­tin­ta de res­pi­rar. Los libros me rega­lan pen­sa­mien­tos que me sos­tie­nen, sue­ños que no se des­gas­tan, silen­cios que me acom­pa­ñan cuan­do el mun­do se vuel­ve dema­sia­do rui­do­so.

En la cal­ma de la tar­de, la voz escri­ta se con­vier­te en com­pa­ñía. Es un río que nun­ca se ago­ta, una músi­ca que me envuel­ve sin fin. Cada pági­na es un sen­de­ro que me invi­ta a cami­nar des­pa­cio, cada ver­so un hori­zon­te que me abre los ojos. Leo sin pri­sa, guia­do por la luz de la pala­bra, como quien sigue una estre­lla en la noche.

Cuan­do todo calla, el libro per­ma­ne­ce abier­to, pacien­te y fiel, aguar­dan­do por mí. Y enton­ces sé, con cer­te­za, que el ver­da­de­ro via­je no nece­si­ta mapas ni relo­jes: bas­ta una pági­na, bas­ta un cora­zón dis­pues­to a escu­char lo que la tin­ta guar­da.

Y a veces, mien­tras paso las pági­nas, sien­to que no estoy solo. Que alguien, en algún lugar, escri­bió estas pala­bras para mí, sin saber­lo, y que en ese ges­to invi­si­ble se escon­de la más pura for­ma de com­pa­ñía. Leer es, al fin, reco­no­cer­me en otros, y des­cu­brir que mi vida tam­bién se escri­be en silen­cio. (Ver­sos que no dije en voz alta) (1995–2025)

 

A COSTA DA MORTE

El mar res­pi­ra con fuer­za fren­te a los acan­ti­la­dos. Las olas lle­gan como ani­ma­les des­bo­ca­dos, gol­pean con­tra la pie­dra y levan­tan un alien­to blan­co que se espar­ce por el aire húme­do. El vien­to sopla sin des­can­so, arras­tra la llu­via en hilos obli­cuos que gol­pean la tie­rra y hacen que todo se vuel­va líqui­do, que todo se mez­cle en una mis­ma mate­ria de sal, agua y memo­ria. A Cos­ta da Mor­te vive en el pre­sen­te, y cada ins­tan­te es una lucha entre la belle­za y la heri­da.

Los acan­ti­la­dos alzan su fren­te oscu­ra, como si fue­ran muros levan­ta­dos con­tra el mun­do. La pie­dra resis­te, pero tam­bién se quie­bra, y cada grie­ta cuen­ta una his­to­ria de siglos. El invierno es duro, la llu­via cae sin tre­gua, el vien­to arran­ca hojas, arras­tra ramas, abre cami­nos invi­si­bles sobre el mar. La gen­te que habi­ta estas tie­rras sabe que aquí todo se sufre: el frío que cala en los hue­sos, la hume­dad que nun­ca se seca, el rumor cons­tan­te de las tor­men­tas que ame­na­zan cada noche.

Pero tam­bién hay belle­za. El ver­de de los pra­dos bri­lla inclu­so bajo la nie­bla, como si la tie­rra qui­sie­ra recor­dar que la vida per­sis­te. Las aldeas, peque­ñas y reco­gi­das, encien­den luces cáli­das que se ven des­de lejos, como estre­llas bajas que guían a quie­nes regre­san. El mar, cuan­do se cal­ma, mues­tra un azul pro­fun­do que pare­ce infi­ni­to, y los rayos del sol, cuan­do se abren paso entre las nubes, dibu­jan cami­nos dora­dos sobre la super­fi­cie.

La memo­ria de los mari­ne­ros está pre­sen­te en cada puer­to, en cada pie­dra moja­da. Los nom­bres de quie­nes murie­ron en nau­fra­gios resue­nan en el vien­to, y sus his­to­rias pasan de gene­ra­ción en gene­ra­ción. Hay quien dice que las almas de los aho­ga­dos siguen cami­nan­do por las pla­yas, que su can­to se mez­cla con el bra­mi­do de las olas. A Cos­ta da Mor­te es un cemen­te­rio invi­si­ble, un lugar don­de el mar guar­da los cuer­pos y la tie­rra guar­da el recuer­do.

Y aun así, la gen­te sigue vivien­do aquí. Plan­ta, cose­cha, pes­ca, cons­tru­ye. El invierno duro no detie­ne la vida, solo la hace más cons­cien­te. Cada día es una bata­lla con­tra la fuer­za de la natu­ra­le­za, pero tam­bién una cele­bra­ción de su belle­za. El ver­de de los mon­tes, el blan­co de la espu­ma, el gris de las nubes, el negro de las pie­dras: todo com­po­ne un cua­dro que es al mis­mo tiem­po terri­ble y her­mo­so.

Quien escri­be esto obser­va en pre­sen­te: el mar gol­pea, el vien­to sopla, la llu­via cae. A Cos­ta da Mor­te no es un recuer­do, es una reali­dad que se renue­va a cada segun­do. Aquí el tiem­po no se mide en horas, sino en mareas. Aquí la vida es frá­gil, pero tam­bién inten­sa. Y quien con­tem­pla este lugar entien­de que el dolor y la belle­za pue­den con­vi­vir, que la muer­te y la espe­ran­za pue­den for­mar par­te de un mis­mo hori­zon­te. (Nie­blas y lem­bran­zas) (1995–2025)

LA PEREGRINA Y EL BURGO

En Ber­ta­mi­ráns, en la fin­ca de la fami­lia de mi madre lla­ma­da La Pere­gri­na, se alza una peque­ña capi­lla que es mucho más que pie­dra y cal. Como se dedu­ce, hoy sigue en pie, pero sin cul­to. Era nues­tro rin­cón sagra­do, el lugar don­de la Vir­gen Pere­gri­na nos aco­gía bajo su man­to pro­tec­tor.

Cada agos­to, la fies­ta lle­na­ba el aire de músi­ca, de risas y de devo­ción. Las cam­pa­nas repi­ca­ban con ale­gría, y noso­tros, niños y mayo­res, nos ves­tía­mos de gala para hon­rar a nues­tra Vir­gen. Aquel día era un encuen­tro de almas, un ins­tan­te en el que la fami­lia y los veci­nos nos fun­día­mos en una mis­ma emo­ción, entre el olor a ros­qui­llas y el soni­do de las gai­tas que hacían vibrar el cora­zón.

Lue­go, en sep­tiem­bre, el camino nos lle­va­ba a Vedra, a la fin­ca de la fami­lia de mi padre lla­ma­da El Bur­go, don­de la Vir­gen de las Ermi­tas era la pro­ta­go­nis­ta. Allí la fies­ta tenía otro sabor, dis­tin­to, pero igual­men­te entra­ña­ble, apre­cia­da y muy valio­sa espi­ri­tual­men­te. En Vedra, la devo­ción tenía un tono más des­co­no­ci­do para mí, pero tam­bién muy ínti­mo y muy fami­liar. Recuer­do las pro­ce­sio­nes, los can­tos, y esa sen­sa­ción de que cada pie­dra del lugar guar­da­ba la hue­lla de nues­tros ante­pa­sa­dos. Era como si el tiem­po se detu­vie­se, y noso­tros, peque­ños y gran­des, nos sin­tié­ra­mos par­te de una tra­di­ción que nos tras­cen­día.

Era como si el calen­da­rio nos rega­la­se dos citas impres­cin­di­bles, dos para­das obli­ga­das en el camino de la vida. Estas dos fies­tas, la de Ber­ta­mi­ráns y la de Vedra, eran mucho más que cele­bra­cio­nes reli­gio­sas. Eran la expre­sión viva de nues­tra iden­ti­dad, de la unión fami­liar, de la ale­gría com­par­ti­da y de la fe here­da­da. Cada vez que cie­rro los ojos, veo las luces de las fies­tas, escu­cho las gai­tas y sien­to el lati­do de las cam­pa­nas. Y en el fon­do de mi pecho, una gra­ti­tud inmen­sa cre­ce, por­que sé que esos recuer­dos son el teso­ro más valio­so que me deja­ron mis padres y mis abue­los.

Hoy, cuan­do regre­so de vez en cuan­do a esos luga­res, sien­to que las capi­llas siguen hablán­do­me, aun­que no ten­gan cul­to, que las Vír­ge­nes siguen mirán­do­me con esa ter­nu­ra anti­gua, y que cada agos­to y cada sep­tiem­bre son un puen­te entre el pasa­do y el pre­sen­te. Son la memo­ria viva de mi fami­lia, el recuer­do que me hace son­reír con nos­tal­gia y que me lle­na de orgu­llo. Por­que allí, entre Ber­ta­mi­ráns y Vedra, apren­dí que la fe y la fies­ta, la tra­di­ción y la ale­gría, pue­den con­vi­vir en un mis­mo lati­do, y que ese lati­do es el que nos man­tie­ne uni­dos, gene­ra­ción tras gene­ra­ción.

Pero hoy, cuan­do vuel­vo a esos luga­res, me sien­to tam­bién atra­ve­sa­do por una heri­da silen­cio­sa: sé que aque­llos tiem­pos no se pue­den recu­pe­rar, que las risas com­par­ti­das y el calor humano que lle­na­ba cada rin­cón ya no regre­sa­rán. Aho­ra veo cómo la imper­so­na­li­dad y la indi­fe­ren­cia cre­cen, cómo mucha gen­te, sobre todo en la segun­da fin­ca, pare­ce aje­na a mi pre­sen­cia, como si la memo­ria que yo guar­do con tan­to amor no tuvie­se ya refle­jo en sus ojos. Esa dis­tan­cia due­le, por­que con­tras­ta con la inten­si­dad del recuer­do, y me deja con una pro­fun­da sau­da­de, con una melan­co­lía que me acom­pa­ña y que, al mis­mo tiem­po, da sen­ti­do a mi fide­li­dad a esas raí­ces que nun­ca quie­ro olvi­dar.

ADDENDA.- El Bur­go lo ven­di­mos cuan­do yo tenía 22 años y, des­de enton­ces, siem­pre ha esta­do en manos pri­va­das, cir­cuns­tan­cia que me ha difi­cul­ta­do, y me difi­cul­ta, tenien­do en cuen­ta mi gran timi­dez, una minu­cio­sa visi­ta; mien­tras que La Pere­gri­na la ven­di­mos con 33 años y con la noti­cia de que fue el Ayun­ta­mien­to de Ames quien la com­pró y la con­vir­tió en lugar de cele­bra­ción de actos públi­cos, y pri­va­dos, sede de la con­ce­lle­ría de cul­tu­ra y en un ajar­di­na­do espa­cio abier­to para los ciu­da­da­nos de Ber­ta­mi­ráns. A cien metros se cons­tru­yó una nue­va capi­lla con la «vie­ja» Vir­gen Pere­gri­na, que está siem­pre abier­ta y tie­ne cul­to dia­rio. 

ACLARACIÓN.- Te reco­mien­do que, de vez en cuan­do, hagas clic en el enla­ce de recuncar.com por si quie­res ver la por­ta­da del blog. Yo siem­pre te lo agra­de­ce­ré. En caso de que te moles­ta­se reci­bir mis entra­das, ya sabes, date de baja de este blog. Mil gra­cias. (A la som­bra del ver­bo) (1995–2025)

 

TERCERA PRESENTACIÓN DEL BLOG RECUNCAR.COM O MONÓLOGO DE UN HOMBRE QUE HABLA DE LA LLUVIA

¡¡¡Bue­nas tar­des a todos los que no habéis veni­do y estáis en vues­tras camas dur­mien­do!!!

Os habéis empe­ña­do en cerrar las cor­ti­nas y sumer­gi­ros en un océano silen­cio­so, pero yo os pido que abráis este silen­te libro que es este monó­lo­go escri­to. Y dale. Os habéis envuel­to en un man­to de algo­dón, habéis cerra­do los ojos y no hay nadie que os levan­te. ¡¡¡Allá voso­tros!!! Os vais a per­der el mayor espec­tácu­lo del mun­do. Úni­co y excep­cio­nal.

El mono­lo­guis­ta se da media vuel­ta y deja a sus espal­das a los asis­ten­tes en sus res­pec­ti­vas camas y se colo­ca fren­te a un audi­to­rio que está vacío, pero que resul­ta sono­ro y expec­tan­te.

Bien­ve­ni­dos por ter­ce­ra vez a recuncar.com, el blog que, entre muchí­si­mos temas que ya cono­céis, por­que os habéis leí­do las 159 entra­das, pre­ten­de des­mon­tar mitos, rom­per tópi­cos y dejar cla­ro lo que todo galle­go sabe des­de que nace: en Gali­cia nun­ca llue­ve. Eso que veis caer del cie­lo, que empa­pa cha­que­tas, que obli­ga a los coches a lle­var siem­pre los lim­pia­pa­ra­bri­sas pues­tos… no es llu­via. Es un fenó­meno atmos­fé­ri­co alter­na­ti­vo, un spa natu­ral y gra­tui­to que los foras­te­ros bau­ti­za­ron mal para espan­tar­nos a la clien­te­la turís­ti­ca.

Por­que, si lo pen­sáis bien, ¿quién ha vis­to algu­na vez a un galle­go con para­guas? Exac­to: nadie. Los para­guas son obje­tos mito­ló­gi­cos, como el uni­cor­nio o el mons­truo del Lago Ness. Aquí no se usan, por­que no hacen fal­ta. A lo sumo sir­ven para mar­car terri­to­rio en los bares, para col­gar las bol­sas de la com­pra o para los muy habi­li­do­sos sen­tar­se mien­tre con­su­men una taza de vino.

¿Y por qué se inven­tó este cuen­to de la llu­via eter­na? Pues muy sen­ci­llo: es un com­plot inter­na­cio­nal mafis­to­fé­li­co. Los foras­te­ros, celo­sos de nues­tra tie­rra ver­de, de nues­tras pla­yas infi­ni­tas y de nues­tras fies­tas que duran tres días segui­dos, deci­die­ron correr la voz de que aquí siem­pre llo­vía. Así, pen­sa­ron que nadie ven­dría y podrían que­dar­se ellos con sus resorts de sol y pae­lla. Pero noso­tros sabe­mos la ver­dad: Gali­cia es un paraí­so meteo­ro­ló­gi­co don­de el sol sale todos los días… aun­que sea detrás de una nube plúm­bea.

De hecho, ten­go yo una ami­ga que cuan­do caen chu­zos de pun­ta dice: «Bah, esto no es nada». Y tie­ne más razón que Zeus, que como sobe­rano del Olim­po y dios del cie­lo, tenía el poder de con­tro­lar el cli­ma, enviar llu­vias bené­fi­cas para los cul­ti­vos o des­atar tor­men­tas y relám­pa­gos cuan­do esta­ba enfa­da­do. En Gali­cia pue­des pasar cua­tro días segui­dos con agua cayen­do a cán­ta­ros y, según la divi­na Rei­na Lupa, todo es cul­pa de los madri­le­ños, que vie­nen aquí y traen la llu­via en la male­ta. Un autén­ti­co mis­te­rio cli­ma­to­ló­gi­co digno de Cuar­to Mile­nio.

En recuncar.com, cen­tra­dos en la mate­ria del agua ―segui­ré con otros temas ya cono­ci­dos, cla­ro está― tra­ta­ré la llu­via des­de dife­ren­tes pers­pec­ti­vas:

  • Del arte de dis­tin­guir entre orba­llo, poa­lla y llu­via invi­si­ble.
  • De las téc­ni­cas ances­tra­les para secar la ropa al aire libre en pleno diciem­bre.
  • De los secre­tos para evi­tar que el pelo se encres­pe. Impo­si­ble.
  • De la filo­so­fía galle­ga de mirar al cie­lo cin­co días segui­dos, en pleno mes de agos­to, y decir: «Bah, isto non é nadi­ña, cara­llo». Iro­nía que pue­de sig­ni­fi­car jus­to lo con­tra­rio, o un modo de qui­tar­le hie­rro a la situa­ción con humor.
  • De por qué en Gali­cia se pasa el día, y la noche, llo­vien­do y es la comu­ni­dad en la que se cele­bran más fies­tas al aire libre.
  • De las dife­ren­tes sen­sa­cio­nes que tie­ne el galle­go cuan­do se pasa tres o cua­tro días empa­pa­do.
  • Del mis­te­rio de las sába­nas moja­das. No tie­ne nada que ver con el fes­ti­val de las cami­se­tas moja­das. El mis­te­rio de las sába­nas moja­das sólo lo cono­ce quien ha dor­mi­do en una aldea en el mes de mar­zo.
  • Del repun­te de la moda galle­ga en París con el «chu­bas­quei­ro chic», que fue pre­mia­do hace unos años.
  • De la expli­ca­ción cien­tí­fi­ca de la fra­se: si llue­ve es por­que el cie­lo está fre­gan­do el sue­lo.
  • Del turis­mo acuá­ti­co gra­tis. No hace fal­ta ir a las Cata­ra­tas del Niá­ga­ra, bas­ta con cru­zar un paso de cebra en San­tia­go.
  • De la iro­nía de la fra­se del hom­bre del tiem­po: Hoy va a llo­ver… pero poco, jus­to antes de que cai­ga el dilu­vio uni­ver­sal.
  • Y para ter­mi­nar la expo­si­ción de temas, de por qué, sien­do un habi­tan­te más de Gali­cia, la llu­via no paga impues­tos.

Todos sabe­mos que en Gali­cia tene­mos dos esta­cio­nes: la de tren y la de invierno. El res­to es pura inven­ción de los meteo­ró­lo­gos, que tra­ba­jan en modo cien­cia fic­ción. Aquí el par­te meteo­ro­ló­gi­co debe­ría empe­zar siem­pre con un «depen­de» y ter­mi­nar con un «bah, esto no es nada».

Ade­más, hay que reco­no­cer­lo: la llu­via galle­ga es la mejor excu­sa para todo. ¿Lle­gas tar­de? «Había orba­llo». ¿No hicis­te los debe­res? «Se me moja­ron». ¿No quie­res salir de casa? «Está llo­vien­do invi­si­ble». Y nadie te dis­cu­te, por­que todos sabe­mos que es ver­dad y men­ti­ra al mis­mo tiem­po.

Los turis­tas, pobres, vie­nen con chu­bas­quei­ro y botas de agua, y al final aca­ban com­pran­do una cami­se­ta de man­ga cor­ta por­que des­cu­bren que aquí el cli­ma es como un menú degus­ta­ción: te lo sir­ven todo a la vez. Sol, nube, orba­llo, vien­to, y si tie­nes suer­te, has­ta un arcoí­ris doble que pare­ce estar patro­ci­na­do por la Xun­ta.

Y ojo, que en Gali­cia no llue­ve, se con­ver­sa con el cie­lo. Cada gota es un comen­ta­rio, cada nube es una indi­rec­ta, cada trueno es un «¡calla ya!» de San Pedro. Por eso aquí no nece­si­ta­mos meteo­ró­lo­gos, sino tra­duc­to­res de nubes.

En Gali­cia los char­cos no son char­cos, son espe­jos mági­cos don­de se refle­ja la retran­ca.

Los impermea­bles, esa mági­ca pren­da que nos pro­te­ge de la llu­via inexis­ten­te, se inven­ta­ron en Lon­dres por­que aquí nadie los nece­si­ta­ba.

El ver­da­de­ro depor­te olím­pi­co galle­go no es el fút­bol ni el hoc­key sobre pati­nes: es esqui­var gotas sin mojar­se, con la mis­ma ele­gan­cia que un tore­ro le da un requie­bro al toro.

El cli­ma galle­go es como un polí­ti­co en cam­pa­ña: incons­tan­te, inten­so, espe­ran­za­dor y una pura con­tra­dic­ción. Pro­me­te sol, da som­bra, y al final te empa­pa. Pare­ce que todo será esta­ble, pero al final aca­bas con los zapa­tos como tum­bas de filis­teos lle­nas de agua.

Y, para ir ter­mi­nan­do, la fra­se defi­ni­ti­va: «En Gali­cia nun­ca llue­ve, sim­ple­men­te las nubes del cie­lo se ponen cari­ño­sas».

Así que ya sabéis: si que­réis risas, apren­di­za­je y des­cu­bri­mien­tos, venid a Gali­cia, por­que es el úni­co lugar del mun­do don­de la llu­via es patri­mo­nio cul­tu­ral y la retran­ca es depor­te olím­pi­co. Y si ya estáis, no os vayáis.

Y la fra­se final: recuncar.com es el blog que os demos­tra­rá que, en reali­dad, en Gali­cia nun­ca llue­ve… sim­ple­men­te se cuen­ta mal la his­to­ria.

Muchas gra­cias

 

LA TIMIDEZ

La timi­dez que lle­vo no es una debi­li­dad, es una for­ma deli­ca­da de sen­tir el mun­do. Cada pala­bra pesa y cada ges­to nece­si­ta valor. Hay noches en las que el silen­cio due­le y maña­nas en las que desea­ría des­apa­re­cer. Eso no me hace menos, solo me mues­tra cuán­to cui­do de mí y de los demás. Den­tro de ese pudor hay una fuer­za tran­qui­la: la capa­ci­dad de obser­var con aten­ción, de escu­char con ter­nu­ra y de bri­llar en momen­tos peque­ños, pero ver­da­de­ros. Quie­ro avan­zar a mi rit­mo, cele­brar los pasos dimi­nu­tos y recor­dar que, quie­nes me quie­ren, ven la belle­za de mi sen­si­bi­li­dad, inclu­so cuan­do aún no la veo yo. (Ver­sos que no dije en voz alta) (1995–2025)

GALICIA Y YO

Gali­cia y yo, una his­to­ria que se escri­be sola. No hay mane­ra más autén­ti­ca de vol­ver a mi tie­rra sin mover­me de Madrid que a tra­vés de la escri­tu­ra. Aquí, entre el caos de las calles y ave­ni­das y el frío seco de esta ciu­dad incan­sa­ble, cada pala­bra que sale de mí lle­va impreg­na­da el eco de la llu­via per­sis­ten­te galle­ga. Para mí, Gali­cia hue­le a la bri­sa mari­na de las rías, a euca­lip­tos y car­ba­llos empa­pa­dos por la hume­dad, a esa llu­via cons­tan­te que lle­na el aire de nos­tal­gia, a los viñe­dos de alba­ri­ño espe­ran­do la ven­di­mia en silen­cio, a las huer­tas rebo­san­tes de pata­cas da terra (pata­tas de la tie­rra) y a los mer­ca­dos lle­nos de car­ne tier­na, pes­ca­do fres­co y maris­cos deli­cio­sos traí­dos des­de el Atlán­ti­co. Aun­que Gali­cia no esté pre­sen­te físi­ca­men­te aquí, en Madrid, vive inten­sa­men­te en mi memo­ria. Es como un per­fu­me de raí­ces, de natu­ra­le­za pal­pi­tan­te y de recuer­dos que ate­so­ro en el cora­zón.

Escri­bir sobre Gali­cia es resis­tir, es negar­me a acep­tar la dis­tan­cia, es que­rer man­te­ner viva mi tie­rra y hacer menos dolo­ro­so este exi­lio. Gali­cia hue­le a mí, a los vera­nos inter­mi­na­bles en El Bur­go de Vedra y La Pere­gri­na de Ber­ta­mi­ráns, esas dos fin­cas que mar­ca­ron mi infan­cia, mi ado­les­cen­cia y el ini­cio de mi vida adul­ta. Ese terri­to­rio imbo­rra­ble que no se mar­chi­ta con el tiem­po, aun­que los luga­res cam­bien sin reme­dio y las per­so­nas más que­ri­das se vayan. Bas­ta una peque­ña señal ―una can­ción, una comi­da, una foto― para que esos recuer­dos resur­jan con toda su fuer­za y me per­mi­tan revi­vir lo que fui. Mi niñez, mi juven­tud y mis pri­me­ros años como adul­to revi­ven cada vez que mi memo­ria se abre y me per­mi­te ser quien una vez fui.

De repen­te, sien­to la hier­ba húme­da entre mis pies des­cal­zos, el sabor agri­dul­ce de la fru­ta recién arran­ca­da del árbol, el aire fres­co que me envol­vía mien­tras mis risas se unían al can­to de los gri­llos, el aro­ma de la made­ra vie­ja y de las coci­nas don­de todo se coci­na­ba a fue­go len­to, la llu­via impre­de­ci­ble que caía sobre la tie­rra, con­fir­mán­do­me que Gali­cia sigue viva den­tro de mí. Gali­cia hue­le a mí, a mi memo­ria, a mis raí­ces, a la eter­ni­dad que aún lle­vo den­tro y a esa morri­ña ―exa­ge­ra­da y opor­tu­nis­ta, según una ami­ga― que me qui­ta el sue­ño muchas noches.

Quie­ro com­par­tir tres anéc­do­tas ―tri­via­les e insig­ni­fi­can­tes, según un madri­le­ño con aires de gran­de­za― que guar­do como teso­ros y que ya es hora de con­tar.

Una tar­de de com­pras cer­ca del Black Fri­day ―¡cómo no!―, bus­can­do algo que real­men­te no nece­si­ta­ba en una tien­da enor­me, escu­ché a un galle­go nego­cian­do el pre­cio de un reloj, como si fue­ra el entra­ña­ble Suso, el due­ño del bar Mahía en Ber­ta­mi­ráns, al que lla­ma­ban o Bara­tei­ro en el mer­ca­do de San­tia­go por su habi­li­dad para rega­tear. No fue el reloj en sí lo que me emo­cio­nó, sino el rit­mo de su voz, su fir­me­za sere­na al defen­der su tiem­po y la for­ma en que cada pala­bra trans­mi­tía la dig­ni­dad de un pai­sano acos­tum­bra­do a luchar por lo que quie­re. En ese momen­to, rodea­do de vitri­nas bri­llan­tes y luces arti­fi­cia­les, supe que Gali­cia esta­ba allí con­mi­go, que no era el úni­co que lle­va­ba su tie­rra a cues­tas, que inclu­so en Madrid la iden­ti­dad se mani­fies­ta como un río sub­te­rrá­neo que nun­ca deja de fluir.

La otra esce­na que guar­do con cari­ño, como cuan­do de niño escon­día en mi arma­rio los file­tes de car­ne que me daban en el cole­gio, ocu­rrió en un res­tau­ran­te galle­go aquí en Madrid. Esta­ba dis­fru­tan­do de un pul­po á fei­ra con un alba­ri­ño, ser­vi­do en un pla­to de made­ra, cuan­do el cama­re­ro, con una mira­da entre cóm­pli­ce y desa­fian­te, me pre­gun­tó si eso me sabía a Gali­cia. Su pre­gun­ta me impac­tó, por­que no se refe­ría solo a mi gus­to, sino tam­bién a mi memo­ria: ¿pue­de la tie­rra via­jar en los sabo­res?, ¿pue­de la infan­cia vol­ver en un boca­do? ―Sí, me sabe a Gali­cia ―le res­pon­dí―. Al humo de las incon­ta­bles ferias, al soni­do de las olas en las terra­zas de cual­quier pue­blo cos­te­ro, al calor com­par­ti­do con mis pri­mos y ami­gos en las rome­rías, al eco de las voces que ya no escu­cho, pero sí oigo, y a ese regre­so impo­si­ble que me ator­men­ta.

La ter­ce­ra anéc­do­ta me lle­gó des­de lejos, des­de Bue­nos Aires. Cuan­do expe­ri­men­ta­ba con mi pri­mer blog ―ya saben que no ten­go suer­te con los blogs― con el correo chioleiro@outlook.es, allá por diciem­bre de 2012, y que borré por­que des­cu­brí que el nom­bre de Chio­lei­ro era el de un ase­sino galle­go cono­ci­do, reci­bí un correo de un hijo de galle­gos que vivía en Bue­nos Aires, envia­do des­de el Cen­tro Galle­go. Me agra­de­cía man­te­ner viva a Gali­cia en mis escri­tos. Acá la tie­rra se que­da calla­da, me escri­bió, pero tus pala­bras nos hacen hablar de nue­vo. Ese men­sa­je fue como un espe­jo. Me di cuen­ta de que escri­bir no es solo algo per­so­nal, sino tam­bién un puen­te que une ori­llas, que conec­ta a los que viven lejos.

Escri­bir, para mí, es una nece­si­dad que no se dis­cu­te, aun­que sepa que al otro lado de este blog solo hay silen­cio. Es mi mane­ra de dete­ner el tiem­po, de cele­brar lo que nos due­le y lo que nos sal­va, de acep­tar que vivo en Madrid sin renun­ciar a mi iden­ti­dad galle­ga. Escri­bir es recun­car, como deci­mos en Gali­cia: vol­ver a decir, vol­ver a sen­tir, vol­ver a empe­zar. Cada pala­bra es un acto de fe, con la espe­ran­za de que lo escri­to resue­ne en otro cuer­po, en otra voz, en otra vida.

Mi deseo, como en cada entra­da, es pen­sar que los futu­ros sus­crip­to­res de mi blog ―¿los habrá algu­na vez?― me lean, aun­que se que­den en un silen­cio incó­mo­do que abre una heri­da que no sana.

Y sepa usted, como me dijo un anti­guo alumno con toda sin­ce­ri­dad, que casi nun­ca lle­ga­mos al final del tex­to, pro­fe.

Y aho­ra, mien­tras cie­rro estas pági­nas, quie­ro des­pe­dir­me con la mis­ma cal­ma con la que un mari­ne­ro se des­pi­de del puer­to antes de zar­par por últi­ma vez. Gra­cias por acom­pa­ñar­me en esta nos­tal­gia que no es solo mía, sino de todos los que ama­mos a Gali­cia, por haber entra­do en estas pági­nas que no son solo pala­bras, sino tam­bién con­fe­sio­nes. Espe­ro que estas fra­ses te acom­pa­ñen como la llu­via cons­tan­te, que te estre­mez­can como el eco de una voz que regre­sa de la dis­tan­cia, que te pro­te­jan en la noche como el fue­go encen­di­do en una casa de aldea o como en esas noches en las que hablá­ba­mos y dis­cu­tía­mos ―en tiem­pos en los que no exis­tía Goo­gle para resol­ver nues­tras dudas, por ejem­plo, una fecha de naci­mien­to― des­pués de cenar, bajo un cie­lo estre­lla­do impre­sio­nan­te.

Y si algu­na vez sien­tes que la morri­ña te inva­de, recuer­da que no estás solo, que cada pala­bra mía es otro regre­so com­par­ti­do, otra prue­ba de que Gali­cia está viva, y noso­tros con ella, don­de­quie­ra que este­mos, hacien­do lo que sea que este­mos hacien­do. Gra­cias por leer­me, por escu­char­me, por com­par­tir par­te de mi amor por Gali­cia. Que estas pala­bras te acom­pa­ñen más allá de esta entra­da, más allá de esta des­pe­di­da, que te sos­ten­gan en tu sole­dad, que te recuer­den que, al final, las tie­rras no se olvi­dan, siem­pre regre­san. Y si hoy regre­so en for­ma de escri­tu­ra es por ti, Gali­cia. Gra­cias. (Nie­blas y lem­bran­zas) (1995–2025)

 

VIDA LÚGUBRE Y NOCTURNA

(Recrea­ción del ambien­te del que podría dis­fru­tar el per­so­na­je prin­ci­pal de una fic­ti­cia obra natu­ra­lis­ta de Emi­lia Par­do Bazán. Con todo res­pe­to, este sería el comien­zo).  

La ciu­dad res­pi­ra como un ani­mal vie­jo bajo un man­to de neón y pol­vo. Las calles se cur­van en sus­pi­ros, las facha­das guar­dan secre­tos y la luz se vuel­ve un hilo que inten­ta coser la noche al pre­sen­te. Cada paso sue­na a memo­ria. El aire pesa. Hay un olor a hume­dad y ceni­za que se pega a la piel, recor­da­to­rio de incen­dios apa­ga­dos y de ciga­rri­llos que no ter­mi­na­ron de hablar. Los que cami­nan lo hacen con manos en los bol­si­llos, con ros­tros que han apren­di­do a no sor­pren­der­se. El farol soli­ta­rio dibu­ja som­bras lar­gas y dóci­les. Bajo su lám­pa­ra, los ros­tros pare­cen escul­tu­ras de ceni­za: ojos que miran sin bus­car, labios que guar­dan fra­ses inaca­ba­das. La noche con­vier­te la voz en rumor y el rumor en com­pa­ñía. Los soni­dos se vuel­ven cer­ca­nos y leja­nos a la vez: un perro que ladra en otra calle, el tic tac de un reloj sin hora, la músi­ca que se esca­pa de un bar y se rom­pe en la esqui­na. Todo com­po­ne una par­ti­tu­ra len­ta, casi metá­li­ca. El yo que obser­va es un náu­fra­go con abri­go. Reúne frag­men­tos: una risa, una lágri­ma escon­di­da, un car­tel des­pe­gán­do­se. No recla­ma la belle­za; acep­ta la belle­za que que­da, la hecha de des­gas­te y pacien­cia. La vida noc­tur­na es un labo­ra­to­rio de ausen­cias. Aquí los encuen­tros son peque­ñas tran­sac­cio­nes de abri­go: un ges­to, una señal, un ciga­rri­llo ofre­ci­do. No hay pro­me­sas gran­des, solo pac­tos dimi­nu­tos que sir­ven para cru­zar la madru­ga­da. A veces la llu­via cae como una noti­cia gra­ve y tibia. Todo se vuel­ve espe­jo: char­cos que repi­ten facha­das, para­guas que nave­gan la ciu­dad como bar­cos dimi­nu­tos. La llu­via borra los con­tor­nos y hace que los recuer­dos parez­can más cer­ca­nos. Al ama­ne­cer, la ciu­dad no se arre­pien­te; des­cu­bre sus heri­das con dis­cre­ción. Los últi­mos faro­les se apa­gan como ojos que par­pa­dean. Y aun­que la luz devuel­ve for­mas y nom­bres, la noche deja su este­la: una cal­ma hecha de ceni­za y una cer­te­za tenue de que la vida lúgu­bre tam­bién exis­te para quien sabe escu­char. (Nie­blas y lem­bran­zas) (1995–2025)

MI ORDENADOR

Es el rin­cón don­de dejo caer, como gotas de rocío, las pala­bras que me acom­pa­ñan des­de hace déca­das. Aquí reúno poe­mas, pro­sas, recuer­dos y refle­xio­nes escri­tas en mis noches de insom­nio, la len­gua que me sos­tie­ne y me devuel­ve siem­pre a una incan­sa­ble lucha por la pala­bra exac­ta. Es un espa­cio ínti­mo y abier­to al mis­mo tiem­po, naci­do de la morri­ña y de la volun­tad de com­par­tir, don­de cada tex­to quie­re ser encuen­tro, memo­ria y hori­zon­te. Es una ven­ta­na abier­ta a la memo­ria y a la emo­ción. Cada pala­bra que aquí se deja caer lle­va con­si­go un tro­zo de morri­ña, de raíz y de hori­zon­te. Es un espa­cio humil­de, pero lleno de vida, don­de la escri­tu­ra se con­vier­te en camino y regre­so. Que quien se deten­ga en estas pági­nas, cuan­do sal­gan a la luz, deseo que sien­ta la mis­ma sau­da­de que me guía y la mis­ma luz que me acom­pa­ña. (A la som­bra del ver­bo) (1995–2025)

LA CIUDAD

La ciu­dad late a veces con un fer­vor que asfi­xia. Entre edi­fi­cios que pare­cen rozar el cie­lo y luces que des­ga­rran la noche, yo me des­cu­bro náu­fra­go en un océano de ros­tros des­co­no­ci­dos. Camino por las calles y las caras que me cru­zan se des­va­ne­cen tan rápi­do como apa­re­cie­ron, como si mi exis­ten­cia fue­se ape­nas un espe­jis­mo. La mul­ti­tud me envuel­ve, pero el mun­do per­ma­ne­ce dis­tan­te, y yo me sien­to un visi­tan­te en mi pro­pia vida.

Cada esqui­na guar­da su his­to­ria, pero yo estoy atra­pa­do en la mía: una his­to­ria de sole­dad. Sole­dad que me fla­ge­la aun rodea­do de la vibran­te vida que lucha a mi alre­de­dor. Escu­cho risas arras­tra­das por el vien­to, con­ver­sa­cio­nes que sue­nan como músi­ca leja­na. Qué para­do­ja: la ciu­dad rebo­sa rui­do y vida, y yo me hun­do en un vacío pro­fun­do, en un ano­ni­ma­to que me devo­ra.

A veces deseo que alguien me mire de fren­te y des­cu­bra el tor­men­to que arde en mis ojos, jun­to a este ges­to des­po­bla­do que lla­mo son­ri­sa. Sue­ño con que un extra­ño me rega­le un ins­tan­te de com­pli­ci­dad, como si com­par­tié­ra­mos un secre­to invi­si­ble. La sole­dad es para quie­nes no tie­nen elec­ción, pero tam­bién es mía: la bus­co cuan­do me fal­ta, y cuan­do regre­sa me expul­sa sin pie­dad de cual­quier paraí­so.

Me acom­pa­ña inclu­so en el trans­por­te públi­co. Miro dis­traí­do por la ven­ta­na para evi­tar que ojos aje­nos se cla­ven en mi espal­da o en mi ros­tro. Los com­pa­ñe­ros de via­je nun­ca enten­de­rían que en ese tra­yec­to lo úni­co que hago es ras­trear, en el rin­cón más oscu­ro de mi espí­ri­tu, la fuen­te del vacío que mana de mi cora­zón.

¿Qué his­to­ria me rodea? Muje­res y hom­bres cuyas vidas se cru­zan y se des­ha­cen a mi alre­de­dor, que se sumer­gen en el silen­cio de la noche y ansían que la luna se mues­tre ple­na y blan­ca. Yo, en cam­bio, hablo con ella: le con­fie­so mis pro­ble­mas como si pudie­ra com­pren­der­me, le expli­co que el des­aso­sie­go de mi alma late a un rit­mo fre­né­ti­co en esas horas de insom­nio.

Hay, sin embar­go, algo más ínti­mo en esa sole­dad com­par­ti­da con mi alter ego. Nece­si­ta­mos encon­trar­nos en el terreno emo­cio­nal, por­que la dis­tan­cia nos vuel­ve vul­ne­ra­bles, y yo —a dife­ren­cia de él— no lo sopor­to: regre­so siem­pre al vacío de mi sole­dad.

Qui­zás alguien en el auto­bús inten­tó abra­zar­me con su belle­za y su oscu­ri­dad, pero mi fati­ga y mi ham­bre de com­pa­ñía trans­for­ma­ron al detec­ti­ve que lle­vo den­tro en un tor­pe ras­trea­dor de des­te­llos de luz. (A la som­bra del ver­bo) (1995–2025)

 

EL TIPO QUE SÓLO SABÍA «OBRAR» LIBROS Y NO RESIDUOS INTESTINALES

Nadie sabía de dón­de coño salió. Beni­to, le decían. Otros lo lla­ma­ban «el del intes­tino blin­da­do». No sabía leer ni escri­bir, pero tenía la cabe­za lle­na de tor­men­tas e ideas que no pedían per­mi­so. His­to­rias que salían como eruc­tos de otro mun­do. Doce libros. Doce. Y ni una letra escri­ta por él.

Los dic­ta­ba al vacío a gri­tos. Lite­ral. Se ence­rra­ba en baños públi­cos para con­cen­trar­se en la estruc­tu­ra de la his­to­ria, que él des­co­no­cía. Habla­ba solo o con su rec­to irri­ta­do. Gra­ba­ba, con la vehe­men­cia de un pre­si­dia­rio que se decla­ra ino­cen­te ante el juez de la patra­ña, his­to­rias en móvi­les que se encon­tra­ba en la calle y que lue­go alguien trans­cri­bía con un mie­do hatroz. Una vez dic­tó una nove­la ente­ra mien­tras se pelea­ba con una palo­ma en un par­que. La palo­ma, por his­to­ria tan visio­na­ria, murió de un infar­to. El libro ganó un pre­mio sin galar­dón.

Y así, un día, le cayó el «Nobel de las Men­ti­ras Más Ori­gi­na­les». Lo invi­ta­ron a Esto­col­mo. Él fue pom­po­so y lleno de fatui­dad con un tra­je que olía a naf­ta­li­na y una barri­ga que pare­cía pre­ña­da de pie­dras. Lle­va­ba quin­ce días sin cagar. Quin­ce. El médi­co del hotel, al ver la radio­gra­fía, dijo: «Esto no es un colon, esto es un bún­ker de la segun­da gue­rra mun­dial».

El pre­si­den­te del acto de entre­ga de los pre­mios pro­nun­ció unas pala­bras en un inglés maca­rró­ni­co para que todo el mun­do enten­die­ra su cere­mo­nio­si­dad:

«Wel­co­me to the gran­dious Nobe­lis­tic pre­mia­tion! Today we cele­brify the genius­ness of human brains and glo­bal pea­ce­ness with big joy and cere­mo­ni­cal proud­ness».

La mujer de Beni­to, preo­cu­pa­da por­que no enten­die­ran bien en su pue­blo esta pre­sen­ta­ción, la tra­du­jo sobre la mar­cha a un espa­ñol, que ella con­si­de­ró «per­fec­to»:

«Bien­ve­ni­dos todos los gen­tes del pla­ne­ta a esta pre­mia­ción nobe­lís­ti­ca tan gran­dio­sa. Hoy cele­bra­mos las genia­li­da­des de los cere­bros huma­nos y la paci­tud glo­bal con mucha ale­gran­cia y orgu­llo­si­dad cere­mo­nio­sa».

Como no obra­ba, le die­ron a Beni­to un laxan­te de caba­llo. Uno de esos que hacen tem­blar a los esta­blos y lla­mar a los bom­be­ros. Se ence­rró en el baño del hotel, sudan­do como tes­ti­go fal­so, y con una IA roba­da del móvil de un cama­re­ro que salió corrien­do por­que era la pri­me­ra que per­ci­bía olo­res y sin­sa­bo­res, dic­tó su dis­cur­so:

«No sé leer. No sé escri­bir. Pero ten­go una ima­gi­na­ción que no cabe en este puto pla­ne­ta. Mis libros no los redac­to, los escu­po. Y si me dan este pre­mio, es por­que el mun­do está tan jodi­do como mi intes­tino».

Cuan­do salió, páli­do y con los ojos en otra dimen­sión, subió tem­blo­ro­so al estra­do y empe­zó a leer­lo en voz alta. La gen­te no sabía si aplau­dir o lla­mar a un exor­cis­ta. Y jus­to cuan­do iba por la par­te don­de agra­de­cía con gran afec­to a su som­bra por no aban­do­nar­lo, entró la poli­cía.

Lo arres­ta­ron por «aten­tar con­tra la dig­ni­dad del galar­dón». Pero no podían lle­vár­se­lo aún. El laxan­te esta­ba en ple­na fae­na. El par­te ofi­cial del gen­dar­me prin­ci­pal decía: «Ries­go de explo­sión intes­ti­nal con con­se­cuen­cias olfa­ti­vas catas­tró­fi­cas y des­truc­ti­vas por su dure­za y con­sis­ten­cia en espa­cio cerra­do».

Una hora des­pués, tras un rugi­do que hizo vibrar los cris­ta­les del hotel, Beni­to eva­cuó el apo­ca­lip­sis. El baño fue clau­su­ra­do, el recep­cio­nis­ta pidió la baja, el direc­tor se exi­lió a Samar­cun­da, esta­do insu­lar con cul­tu­ra aus­te­ra y polí­ti­cas de asi­lo gene­ro­sas, y enton­ces sí, lo espo­sa­ron.

Mien­tras lo arras­tra­ban, gri­tó:

«¡Me cagaré den­tro de quin­ce días en la gra­má­ti­ca! ¡La ima­gi­na­ción no nece­si­ta orto­gra­fía ni papel higié­ni­co!»

Des­de la cel­da, dic­tó su deci­mo­ter­cer libro: El pre­so que soña­ba con pala­bras que no sabía escri­bir y con cagar sin dolor. Lo fir­mó como «Beni­to el Extre­ñío».

Y sí. Tam­bién fue un éxi­to. Pero pós­tu­mo por­que a los vein­te días tuvie­ron que ingre­sar­lo y se aho­gó con su pro­pia defe­ca­ción. Des­can­se en paz. (A la som­bra del ver­bo) (1995–2025)

 

CONFIESO QUE…

La con­fe­sión lite­ra­ria es un acto valien­te que va más allá de las limi­ta­cio­nes de mi ego y me per­mi­te des­ve­lar las tétri­cas pro­fun­di­da­des de mi ser. Este esti­lo de escri­tu­ra, que se   carac­te­ri­za por la hones­ti­dad y la auten­ti­ci­dad, se con­vier­te en un refle­jo que mues­tra no solo mi pen­sa­mien­to, sino que pue­de mos­trar tam­bién mis dúc­ti­les inquie­tu­des. A tra­vés de mis pala­bras pue­do, y deseo con ardor, gene­rar cone­xio­nes emo­cio­na­les con­ti­go, lec­tor. Es mi deseo últi­mo, y pri­ma­rio. Cuan­do yo me atre­vo a exa­mi­nar mis pro­pias lesio­nes y vul­ne­ra­bi­li­da­des, inci­to a mis lec­to­res a con­fron­tar­las con las suyas.

A mí este pro­ce­so me resul­ta libe­ra­dor y me ayu­da a una mayor com­pren­sión empá­ti­ca con per­so­nas que tie­nen dife­ren­tes modos de enten­der la vida o la escri­tu­ra.

En resu­men, para mí la con­fe­sión lite­ra­ria no es sim­ple­men­te un recur­so narra­ti­vo, no. Es un medio de comu­ni­ca­ción que tie­ne un poder casi abso­lu­to, por­que me per­mi­te des­nu­dar­me con mayor o menor exi­gen­cia. Pue­de ocu­rrir que el recha­zo ―lar­va­do a lo lar­go de mis 146 entra­das― obten­ga ya un estí­mu­lo defi­ni­ti­vo para reci­bir yo un últi­mo gol­pe ful­mi­nan­te y defi­ni­ti­vo.

Con­fie­so que repe­tir una decla­ra­ción o una idea mil veces no es obse­sión, es una litur­gia crea­da por mi obse­sión en trans­mi­tir con cla­ri­dad y hon­ra­dez mi pen­sa­mien­to.

Con­fie­so que un furan­cho pue­de ser un labo­ra­to­rio de poe­mas. Quien lo pro­bó lo sabe. Una taza de vino, una ración de que­so, un cua­derno y un bolí­gra­fo bajo la parra de una vivien­da par­ti­cu­lar son el cenit de la crea­ti­vi­dad. Te acon­se­jo que con­sul­tes la www.guiafuranchin.com.  Si pasas por las Rías Bai­xas entre abril y octu­bre, tie­nes estas casas par­ti­cu­la­res habi­li­ta­das en plan­ta baja, jar­dín o gara­je como exce­len­tes res­tau­ran­tes de pro­duc­tos case­ros.  

Con­fie­so que de la deso­la­ción huma­na, es el ries­go de escri­bir, pue­de salir un exce­len­te poe­ma o una abe­rra­ción con for­ma­to de poe­sía.

Con­fie­so que este blog es mi con­fe­sio­na­rio de mis peque­ñas ver­da­des, de refle­xio­nes iné­di­tas, de mie­dos con­tra­dic­to­rios y lo ínti­mo de mi pen­sa­mien­to social. ¡Ah!… Y no ten­go sacer­do­te.

Con­fie­so que escri­bir de lo que me pro­du­ce muchí­si­mo pudor aumen­ta en pro­gre­sión arit­mé­ti­ca una evo­lu­ción emo­cio­nal pel­da­ño a pel­da­ño que no sé a qué situa­ción me lle­va­rá.

Con­fie­so que soy en puri­dad un foras­te­ro ines­ta­ble que tie­ne un blog invi­si­ble que se con­for­ma con tener pocos lec­to­res por­que, des­pués de mil cam­bios, no logro que nadie se sus­cri­ba de modo volun­ta­rio. ¿Para qué tie­nes, me espe­ta mi alter ego, en www.recuncar.com la invi­ta­ción a que tus poten­cia­les lec­to­res se sus­cri­ban? Es como salir a la calle hoy con una vela encen­di­da bajo la llu­via.

Con­fie­so que no voy a cam­biar mi esti­lo. Sí habrás nota­do que, una vez jubi­la­do, le dedi­co mucho más tiem­po a mi blog y a la lec­tu­ra. Eso ha hecho que obser­ve más la estruc­tu­ra del tex­to, el voca­bu­la­rio, las metá­fo­ras, la creatividad…porque aho­ra, por ejem­plo, pue­do dedi­car­le tres horas a un tex­to de 10 líneas o a inves­ti­gar con lupa fila­té­li­ca téc­ni­cas narra­ti­vas.

Con­fie­so que en cada entra­da pier­do jiro­nes de sue­ño, que soy capaz de des­per­tar­me a las tres de la maña­na, encen­der la luz en for­ma de libro abier­to que ten­go en la mesi­lla y escri­bir cua­tro ideas en una hoja cual­quie­ra.

Con­fie­so que escri­bir es tirar­me al vacío sin un sal­vo­con­duc­to y sin el ampa­ro de una red sal­ví­fi­ca y «des­pan­zu­rrar­me» como un héroe trá­gi­co en su últi­ma esce­na.

Con­fie­so que man­te­ner este blog es resis­tir con heroi­ci­dad el res­pe­tuo­so silen­cio de los lec­to­res. Otra «tei­ma» ―obse­sión, en galle­go― que me per­si­gue como el agen­te 007 per­se­guía al doc­tor No. ¿Dife­ren­cia? James Bond salía ven­ce­dor al final. 

Con­fie­so que me apa­sio­na la sole­dad ―algu­nos le lla­man aso­cia­bi­li­dad―, aun­que de ella mane una pér­di­da de auto­es­ti­ma, ese faro que me debe­ría guiar como hace en las tor­men­to­sas noches de la Cos­ta da Mor­te.

Con­fie­so que paso olím­pi­ca­men­te de los que no entien­den que la tris­te­za es can­ción y que la melan­co­lía escri­be mis poe­mas casi sin pen­sar.

Con­fie­so que no bus­co reden­ción, solo el ali­vio de haber­me dicho la ver­dad a mí mis­mo. Debe­rías pro­bar la dosis de pla­cer que me inva­de cuan­do creo que he escri­to un buen tex­to.

Con­fie­so que la sau­da­de que me inun­da es un acto refle­xi­vo que due­le igual que un beso de cemen­to, ese beso que he pro­ba­do muchas veces.

Con­fie­so que habi­to en un mun­do inhós­pi­to que, cada día que pasa, me con­vier­te en una coro­na de som­bras que toda­vía no sabe bri­llar en la oscu­ri­dad.

Con­fie­so que no ten­go res­pues­tas para muchas de tus pre­gun­tas, pero nun­ca me escon­de­ré en el abis­mo para res­pon­der a ellas, si las hubie­re.

Con­fie­so que el eco de mis tex­tos no se escu­cha en nin­gún lugar y eso me pro­du­ce una sor­de­ra crea­ti­va que me pos­ter­ga al rin­cón de la plu­ma sin tin­ta o al del orde­na­dor sin Micro­soft Word.

Con­fie­so que cada pala­bra que nace de mí es una chis­pa de mi alma bus­can­do encen­der otras. El pro­ble­ma mío es que mi terreno es húme­do y me cues­ta muchí­si­mo que la chis­pa pren­di­da des­pier­te en una suce­sión de fogo­na­zos.

Con­fie­so que paso olím­pi­ca­men­te de los que no quie­ren escu­dri­ñar mis ver­sos como un alqui­mis­ta bus­ca oro en mis ceni­zas con el banal argu­men­to de que esa con­jun­ción de pala­bras la rea­li­za cual­quie­ra.

Con­fie­so que aún ten­go que apren­der a detec­tar y a poner­le cer­te­ro nom­bre a mis caren­cias, pero esto no me impi­de mani­fes­tar mi deseo de que reci­ban un reco­no­ci­mien­to mis micro­par­tí­cu­las que se con­vier­ten en el peso de una entra­da del blog.

Con­fie­so que reve­lar y des­nu­dar mis debi­li­da­des no me enfla­que­ce; sino que me con­vier­te en un anti­hé­roe de esta des­cor­tés socie­dad. Y con­fie­so que tú, lec­tor, me gus­tas más que la cal­ma que me inven­to para no nece­si­tar a nadie o como el pri­mer sor­bo de humean­te café, la tin­ta con la que escri­bo mis días, en una maña­na de llu­via como la de hoy. (A la som­bra del ver­bo) (1995–2025)

 

LOS HOMBRES QUE SE CREEN GUAPOS Y ATRACTIVOS

Ya en el cole­gio empie­za a dar seña­les de su futu­ra tra­ge­dia esté­ti­ca: el niño que se pei­na­ba con gomi­na a los ocho años, con­ven­ci­do de que las niñas van a sus­pi­rar por él mien­tras reci­ta la tabla del sie­te. En el patio, se pasea como si fue­ra pro­ta­go­nis­ta de una serie juve­nil, con la cami­se­ta meti­da por den­tro y el pecho infla­do, cre­yen­do que su andar era ele­gan­te, cuan­do en reali­dad pare­ce un des­ma­ña­do pato con pro­ble­mas de coor­di­na­ción. Su atrac­ti­vo es com­pa­ra­ble al de un boca­di­llo de mor­ta­de­la olvi­da­do en la mochi­la. Las niñas lo miran, sí, pero no con deseo: lo miran con la mis­ma mez­cla de pena y risa con la que se obser­va a un com­pa­ñe­ro que tro­pie­za con la cuer­da de sal­tar.

En el últi­mo cur­so el mito se agra­va. El ado­les­cen­te se cree mode­lo de revis­ta, aun­que su acné pue­de ser­vir de mapa topo­grá­fi­co. Se per­fu­ma como si qui­sie­ra fumi­gar el aula y se ajus­ta la cha­que­ta cre­yen­do que es James Bond, cuan­do en reali­dad pare­ce un ven­de­dor de segu­ros en prác­ti­cas. Y lo peor: se con­ven­ce de que todas lo desean, cuan­do en reali­dad todas le evi­tan, por­que nadie quie­re que se le acer­que el que hue­le a mez­cla de des­odo­ran­te bara­to y ego des­bor­da­do.

Y lle­ga sin sor­pre­sas el examen de selec­ti­vi­dad, ese momen­to supues­ta­men­te solem­ne. Allí está él, sen­ta­do en pri­me­ra fila, cre­yen­do que inclu­so en medio de un examen su atrac­ti­vo es un arma de seduc­ción masi­va. Mien­tras los demás sudan tin­ta inten­tan­do recor­dar fór­mu­las de mate­má­ti­cas o fechas de his­to­ria, él se reco­lo­ca el pelo con ges­to ensa­ya­do, como si la comi­sión exa­mi­na­do­ra fue­ra un jura­do de belle­za. Saca el bolí­gra­fo con un movi­mien­to tea­tral, con­ven­ci­do de que has­ta el modo en que escri­be des­pren­de mag­ne­tis­mo. En reali­dad, lo úni­co que des­pren­de es lás­ti­ma: su examen es un fes­ti­val de fal­tas de orto­gra­fía y fra­ses hue­cas, pero él son­ríe satis­fe­cho, segu­ro de que su «mira­da inten­sa» com­pen­sa­rá la medio­cri­dad aca­dé­mi­ca.

El resul­ta­do es el mis­mo que en el cur­so ante­rior: sus­pen­so en con­te­ni­do, matrí­cu­la de honor en ridícu­lo. Por­que el hom­bre que se cree gua­po no entien­de que la vida no se aprue­ba con abdo­mi­na­les ima­gi­na­rios ni con sel­fis men­ta­les. Cree que su atrac­ti­vo es un pasa­por­te uni­ver­sal, pero lo úni­co que con­si­gue es ser recor­da­do como un bufón moderno, un chis­te que empe­zó en el cole­gio y alcan­zó su clí­max tra­gi­có­mi­co en la selec­ti­vi­dad.

Ya adul­to, el gua­po auto­pro­cla­ma­do sigue arras­tran­do esa fe cie­ga en su pro­pio mito. El que real­men­te lo es, se con­vier­te en escla­vo de su espe­jo y de la cre­ma hidra­tan­te, atra­pa­do en la cár­cel de su refle­jo. El que no lo es, se con­vier­te en cari­ca­tu­ra: barri­ga cer­ve­ce­ra dis­fra­za­da de abdo­mi­na­les, gafas de sol en inte­rio­res, son­ri­sa ensa­ya­da que pare­ce más un espas­mo que un ges­to seduc­tor. Todos ellos com­par­ten la mis­ma tra­ge­dia: creen que el mun­do ente­ro los obser­va con deseo, cuan­do en reali­dad el mun­do ente­ro los obser­va con risas y car­ca­ja­das.

En defi­ni­ti­va, el hom­bre que se cree gua­po es un espec­tácu­lo tra­gi­có­mi­co que empie­za ya en el cole­gio y nun­ca ter­mi­na. Es el bufón moderno que con­fun­de la vani­dad con el encan­to, el hom­bre que nun­ca deja de mirar­se en el espe­jo del baño cre­yen­do que es un dios, cuan­do ape­nas alcan­za a ser un chis­te mal con­ta­do. (A la som­bra del ver­bo) (1995–2025)

 

LA LOCA HISTORIA DE UN CONCURSO LITERARIO

(Esta es la tra­duc­ción del galle­go rea­li­za­da por mí. El ori­gi­nal lo publi­qué en mi blog en galle­go orballar.com)

Ten­go una bue­na rela­ción con Uxía Fon­tán Vila­meán, la mei­ga de los cuen­tos olvi­da­dos, que es una mujer mis­te­rio­sa y sabia y que irra­dia un aire mági­co. Vive en una aldea lla­ma­da San Cacu­lo de Abai­xo, aldea que estu­ve todo un día bus­can­do en Goo­gle Maps y nada, no la encon­tré.

Ella sabe que ten­go cier­ta debi­li­dad ―la volun­tad huma­na es un cas­ti­llo de are­na cons­trui­do en la ori­lla del mar― por los con­cur­sos lite­ra­rios, espe­cial­men­te por aque­llos que no exis­ten. Me encan­tan. Por eso, como tra­ba­ja en un perió­di­co que está cerra­do des­de antes de nacer, me envió la his­to­ria de un pre­mio lite­ra­rio que nadie creó, pero que tie­ne muchos par­ti­ci­pan­tes que no se pre­sen­tan.

Lo que te cuen­to a con­ti­nua­ción es el rela­to deta­lla­do de ese con­cur­so inexis­ten­te, pero lleno de mis­te­rio y gua­sa.

Lo pri­me­ro que me remi­tió es el recor­te de la con­vo­ca­to­ria del con­cur­so:

El Dia­rio de San Cacu­lo y alre­de­do­res

Edi­ción espe­cial lite­ra­ria de un dia­rio que no exis­te

Noviem­bre de no se sabe qué año

Con­vo­ca­to­ria del Pre­mio Lite­ra­rio Pie­dra del Demo­nio del año que el par­ti­ci­pan­te quie­ra.

Se con­vo­ca a todos los escri­to­res, poe­tas, narra­do­res de cuen­tos y demás gen­te con ten­den­cia a escri­bir ton­te­rías con esti­lo a par­ti­ci­par en la difun­ta edi­ción del Pre­mio Lite­ra­rio Pie­dra del Demo­nio, orga­ni­za­do por la Socie­dad Cul­tu­ral «La Hoja sin lec­to­res».

Las bases son las siguien­tes:

Lugar: San Cacu­lo de Abai­xo, parro­quia sin wifi, pero con mucha alma.

Pla­zo: Has­ta que el cura diga «Amén» o se aca­be el vino de la fies­ta.

Temá­ti­ca: Libre, pero no cual­quier cosa. No. Se pre­fie­ren tex­tos que inclu­yan afi­la­do­res, vacas con nom­bre o decla­ra­cio­nes de amor en bares de carre­te­ra. Debe estar escri­to en galle­go.

Par­ti­ci­pan­tes: Cual­quier per­so­na que sepa leer y escri­bir, para garan­ti­zar que lo haya crea­do la suso­di­cha. Por­que, si no sabe escri­bir, ¿cómo pue­de hacer una his­to­ria? Nadie me res­pon­de esta pre­gun­ta.

Pre­mio: Lote de cho­ri­zos, diplo­ma plas­ti­fi­ca­do y noche en la pen­sión «La Cama Calien­te» (desa­yuno inclui­do si no se esca­pa el gallo). Ni un euro por­que no tene­mos dine­ro.

Nota impor­tan­te: No se acep­tan de nin­gún modo tex­tos escri­tos por inte­li­gen­cias arti­fi­cia­les, por huma­nos que fin­gen ser inte­li­gen­tes, ni por veci­nos de San Cacu­lo de Arri­ba, por moti­vos his­tó­ri­cos que no vie­nen al caso.

JURADO

Está for­ma­do por los siguien­tes egre­gios hom­bres y muje­res:

Maru­xa Cas­tro­mil, la del Lomo de Vaca. Pre­si­den­ta hono­ra­ria y exper­ta en empa­na­das de aire. Siem­pre lle­va un som­bre­ro con ante­nas para cap­tar ideas bri­llan­tes.

Xur­xo Figuei­ras Lou­rei­ro, el Zorro de Mon­te­bai­xo. Encar­ga­do de las pun­tua­cio­nes mis­te­rio­sas. Nun­ca reve­la sus cri­te­rios, pero siem­pre acier­ta.

Antón Reboi­ras Cas­ti­ñei­ro, el Habla­dor de las pala­bras retor­ci­das. Crí­ti­co de esti­lo y poe­sía espon­tá­nea. Habla en pro­sa rima­da y solo bebe infu­sio­nes de tojo.

Sabe­la Cari­de Mei­xi­de, la Pas­pa­ni­ña de las sie­te lunas. Secre­ta­ria y res­pon­sa­ble de la esté­ti­ca cós­mi­ca. Deci­de según el movi­mien­to de las estre­llas y su pén­du­lo de made­ra.

NOTA ACLARATORIA: Los miem­bros del jura­do no tra­ba­jan. Su dedi­ca­ción a este gran con­cur­so que no exis­te es exclu­si­va.

A con­ti­nua­ción, des­pués de muchas dudas, hago públi­co en este blog el rela­to que envié al con­cur­so.

Ouren­se, mar­tes sin día de cual­quier mes del año de la nie­bla y del pan calien­te.

Recuer­de el jura­do que ten­go 67 años y que mi abue­lo murió hace ya muchas déca­das.

Que­ri­do avoí­ño, hoy me ha pasa­do una cosa de esas que solo pue­den ocu­rrir en esta nues­tra tie­rra, don­de lo real y lo mági­co se jun­tan como la gaseo­sa y el vino en las fies­tas de la parro­quia. Estas no son pala­bras mías, no, son de don Armin­do, párro­co de pocos años que lle­gó, según mi pare­cer, antes de ser orde­na­do sacer­do­te. Ya sabes, la Igle­sia y sus «cou­sas».

Sin saber qué deci­sión tomar, iba al súper pen­san­do si com­prar cho­ri­zo o seguir con la die­ta que me reco­men­dó la pri­ma Maru­xa, que hoy está tan del­ga­da que si se colo­ca­ra detrás de una esco­ba no se vería ni su som­bra.

De repen­te, des­pués de doblar una esqui­na, me encuen­tro de bru­ces con un afi­la­dor. Era un afi­la­dor de los de toda la vida. Lle­va­ba un chi­fre que, como me con­tas­te tú en más de una oca­sión, su incon­fun­di­ble melo­día avi­sa­ba a los veci­nos de que el afi­la­dor esta­ba en el barrio. El sil­bi­do se con­ver­tía en una lla­ma­da ances­tral al metal y al hie­rro, como si las cuchi­llas lo reco­no­cie­ran. Él me dijo que era el ofi­cio de la sire­na del afi­la­dor, que con­sis­tía, había sido con­tra­ta­da para ello, pri­me­ro de todo, en des­per­tar a los cuchi­llos dor­mi­dos.

Por su memo­ria y aspec­to, me pare­cía que había vivi­do tres vidas y media, y la bici­cle­ta que lle­va­ba como mesa de tra­ba­jo pare­cía com­pra­da entre los dese­chos de una pelí­cu­la sobre la gue­rra.

Me pre­gun­tó si tenía algo que afi­lar, y yo, con las lla­ves del coche y un paque­te de taba­co en el bol­si­llo, le res­pon­dí que no, pero que a lo mejor me podía afi­lar la pacien­cia, que la ten­go pun­tia­gu­da des­de que Car­mi­ña me man­dó a bus­car a su gato, que se había escon­di­do en el teja­do, y me que­dé sin pan­ta­lo­nes y con medio barrio rién­do­se de mí.

Mien­tras la rue­da del afi­la­dor bai­la­ba y las chis­pas con ella, me fue con­tan­do que los afi­la­do­res de anta­ño eran unos reyes de la carre­te­ra, que tenían novia en cada pue­blo y que sabían más de amor que todos los libros de lite­ra­tu­ra eró­ti­ca jun­tos. Y, como expe­rien­cia per­so­nal, con­clu­yó con­tán­do­me que, en Xin­zo, una viu­da le lle­vó a afi­lar todos sus cuchi­llos. Le comen­tó que los que­ría muy bien pre­pa­ra­dos para lon­chear a sus hijos, que no para­ban de pedir­le cosas. Es bro­ma, «home». «Pou­ca cor­da tes», le comen­tó. La his­to­ria rema­ta casán­do­se con ella, que regen­ta­ba una taber­na que ser­vía el mejor vino sin molien­da de la comar­ca.

No sé si era ver­dad o no todo lo que me con­tó el afi­la­dor, pero, cara­llo, aquí, ya sabes, la men­ti­ra bien con­ta­da vale más que la ver­dad abu­rri­da.

Escri­bién­do­te esto recuer­do aque­llas tar­des que pasá­ba­mos en tu casa, cuan­do tú me con­ta­bas lo de los afi­la­do­res que cru­za­ban mon­tes, ríos, que sabían hablar con las pie­dras y que tenían un pac­to con el dia­blo para que el chi­fre sona­ra de un modo dife­ren­te. Por el ele­va­do núme­ro de veces que lo he inten­ta­do, mi fra­ca­so ha sido redon­do. No debo de tener voz «co demo». Todos mis inten­tos siem­pre me recor­da­ban al «bruí­do» ―bra­mi­do en galle­go― de una vaca al parir.

Sin embar­go, des­pués de todo soy tu nie­to, y recuer­do muchas veces todas las aven­tu­ras que pasas­te en la gue­rra. Y siem­pre te ponías muy tris­te. Aun­que en esta oca­sión me he acor­da­do de aque­lla vez en la que me dejas­te afi­lar el cuchi­llo de matar y casi le cor­to una ore­ja al tío Seve­rino, que por suer­te ya la tenía medio caí­da. O aque­lla vez que me envias­te a bus­car la nava­ja que tenías detrás del retra­to de Cas­te­lao y, como soy un coti­lla, aca­bé abrien­do el cajón de la ropa inte­rior de la abue­la para des­cu­brir que tenía más enca­jes que una tien­da de novias.

Tú decías que los afi­la­do­res eran como las mon­jas, que salían cuan­do menos lo espe­ra­bas, sabían mucho y cobra­ban muy poco. Siem­pre que tenías oca­sión me con­ta­bas con suma picar­día de la tía Cir­cun­ci­sión, que era mon­ja en un pue­blo de Anda­lu­cía, que ser mon­ja era el úni­co tra­ba­jo don­de el uni­for­me nun­ca pasa de moda, el jefe siem­pre está miran­do, y los ascen­sos… bueno, depen­den de los rezos acu­mu­la­dos, y no de los correos res­pon­di­dos.

Este afi­la­dor era de los mon­ji­les. Se fue como vino. Se des­pi­dió con una ben­di­ción, sin cobrar y deseán­do­nos salud y éxi­tos. En mí, como las bue­nas aman­tes, ha deja­do una pro­fun­da hue­lla por su sim­pa­tía y por su retran­ca.

Si lo ves por ahí, dale un salu­do de mi par­te y pre­gún­ta­le a ver si afi­la recuer­dos, que ten­go un mon­tón de ellos que se me están oxi­dan­do.

Cuí­da­te mucho, no dejes que te afi­len la len­gua, que siem­pre la tuvis­te muy afi­la­da y a buen recau­do. Tu len­gua, según el taber­ne­ro, es como una nava­ja peque­ña, no mata, pero pue­de cor­tar muy hon­do. Y si oyes un cuerno con un soni­do dife­ren­te por allá arri­ba, no te asus­tes, no es el final, es sim­ple­men­te que Ouren­se sigue sien­do Ouren­se.

Un abra­zo gran­de de tu nie­to ya hom­bre y que bien te quie­re, Car­li­ños

Jamás envié esta car­ta al jura­do por­que enton­ces pen­sé que era una mier­da. Y lo sigo pen­san­do. Por eso mis­mo, escri­bí un tex­to en el que le con­ta­ba al jura­do mi deci­sión. Los ami­gos de la taber­na me dicen que eso es una ton­te­ría, pero, como yo soy más ter­co que una pie­dra fir­me que jamás se ha movi­do, allá fue.

La car­ta es la siguien­te:

Esti­ma­do, res­pe­ta­do y reco­no­ci­do jura­do del inexis­ten­te Pre­mio Lite­ra­rio Pie­dra del Demo­nio de San Cacu­lo de Abai­xo:

Agra­dez­co pro­fun­da­men­te vues­tra con­si­de­ra­ción y el honor de invi­tar­me a par­ti­ci­par en este cer­ta­men tan pres­ti­gio­so como surrea­lis­ta. No obs­tan­te, me veo en la obli­ga­ción de recha­zar cual­quier tipo de galar­dón, aun­que no haya envia­do mi car­ta, y hago esta renun­cia con toda la ele­gan­cia que me per­mi­te el café de máqui­na que me aca­bo de tomar.

Las razo­nes son cla­ras, aun­que abso­lu­ta­men­te inex­pli­ca­bles:

1.- Mi tex­to fue escri­to bajo los efec­tos de una empa­na­da de pul­po que me pro­vo­có visio­nes del difun­to Fra­ga bai­lan­do regue­tón.

2.- La musa que me ins­pi­ró es alér­gi­ca al éxi­to y cada vez que gano algo —aun­que nun­ca haya ocu­rri­do— se escon­de detrás del micro­on­das duran­te sema­nas.

3.- El bolí­gra­fo con el que escri­bí tenía envi­dia de otro bolí­gra­fo y no quie­ro fomen­tar riva­li­da­des lite­ra­rias entre el inú­til mate­rial de ofi­ci­na.

Con todo el res­pe­to y un poco de arro­gan­cia, creo que bien mere­ci­da,

Car­li­ños (el úni­co que hay en la aldea)

El jura­do, que valo­ró muchí­si­mo mi car­ta, res­pon­dió de este modo:

San Cacu­lo de Abai­xo, tie­rra de letras y de sos­pe­chas

Esti­ma­do señor Car­li­ños:

Reci­bi­mos su car­ta de renun­cia al pre­mio con estu­pe­fac­ción, car­ca­ja­das y un leve dolor de cabe­za. Agra­de­ce­mos, cómo no, el esfuer­zo crea­ti­vo, pero nos vemos en la obli­ga­ción de recha­zar su renun­cia. Y no por cor­te­sía, sino por prin­ci­pios, por honor y por­que, fran­ca­men­te, no le corres­pon­de nin­gún pre­mio. Como bien sabe usted, toda­vía no se ha pre­mia­do en el mun­do ente­ro a un no-con­cur­san­te.

Tras una exhaus­ti­va inves­ti­ga­ción —que ha inclui­do diver­sas y fur­ti­vas con­sul­tas a IA, inte­rro­ga­to­rios durí­si­mos, y sin abo­ga­do, a bolí­gra­fos, un pro­fun­dí­si­mo aná­li­sis de las empa­na­das sos­pe­cho­sas y la corres­pon­dien­te con­sul­ta a una pito­ni­sa de Verín— lle­ga­mos a tres con­clu­sio­nes irre­fu­ta­bles:

1.- Su tex­to, que no ha envia­do, es un pla­gio des­ca­ra­do, y no escri­to, de una con­ver­sa­ción entre dos loros jamai­ca­nos que viven en la Pla­za Mayor des­de que don Res­ti­tu­to lle­gó muer­to de ham­bre de su via­je por tie­rras del Cari­be. Tene­mos gra­ba­cio­nes.

2.- Detec­ta­mos el uso de una inte­li­gen­cia arti­fi­cial que aún está por crear­se, con des­ver­güen­za y des­ca­ro, como quien va a misa con el móvil en el bol­si­llo y le pide sel­fis al cura en el cam­pa­na­rio.

3.- El bolí­gra­fo envi­dio­so que men­cio­na en su car­ta fue iden­ti­fi­ca­do como cóm­pli­ce. Ya está en manos de la poli­cía lite­ra­ria de San Cacu­lo y ense­gui­da se pon­drán en con­tac­to con usted para ver cómo se apo­de­ró de arma tan letal.

Por todo esto, creo que están debi­da­men­te expues­tas las razo­nes, le comu­ni­ca­mos que que­da ofi­cial­men­te «des­ga­lar­do­na­do», «desins­pi­ra­do» y «des­con­vo­ca­do» del cer­ta­men. Eso sí, reco­no­ce­mos que tie­ne esti­lo, que tie­ne chis­pa, y que, si algún día escri­be algo sin ayu­da de máqui­nas ni de otras per­so­nas de fan­ta­sía, igual le deja­mos entrar «de extran­jis» por la puer­ta de atrás.

Sin más, y con toda la arro­gan­cia que nos da ser jura­do de un pre­mio que no exis­te, un abra­zo que no se mere­ce.

Aten­ta­men­te,

Doña Sabe­la Cari­de Mei­xi­de, secre­ta­ria vita­li­cia (y algo ren­co­ro­sa) del Pre­mio Pie­dra del Demo­nio.

Que­ri­do lec­tor de mi blog, esta es la loca his­to­ria de un con­cur­so lite­ra­rio inexis­ten­te. Me gus­ta­ría que te rie­ras a car­ca­ja­das al leer­la. Ese es mi deseo.

En esta foto, la secre­ta­ria del jura­do del con­cur­so lite­ra­rio lee ante los habi­tan­tes del pue­blo el tex­to que Car­li­ños no envió y que todo el mun­do recha­zó. Lás­ti­ma que no se pue­dan escu­char los aplau­sos —que no abu­cheos— que sona­ron como si fue­ra el públi­co asis­ten­te al Con­cier­to de Año Nue­vo de Vie­na aplau­dien­do la cono­ci­da Mar­cha Radetzky.

 

CUANDO CALLO, ESCRIBO

(No sé si no gus­ta que apor­te este dato, pero yo lo sien­to nece­sa­rio: Comien­zo este tex­to a las 5:35 del mar­tes 11 de noviem­bre y lo ter­mino el jue­ves 13 a las 9:13. Evi­den­te­men­te, que no con exclu­si­vi­dad de tra­ba­jo. El cro­nó­me­tro que vigi­la mi hora­rio me dice que le he dedi­ca­do 8 horas y 33 minu­tos. Revi­sa­do entre 14:30 y 15:15. He supri­mi­do tres párra­fos).

Soy el mar­gen de un tex­to que nadie lee. Soy la erra­ta que el lec­tor no enmen­dó… por­que no me leyó. Soy… Tran­qui­lo, que no voy a seguir en este tono deso­la­dor y devas­ta­do.

Me han dicho mil veces que por qué escri­bo tan­tos men­sa­jes ―creo que no son tan­tos com­pa­ra­dos con los que repri­me mi volun­tad―, que por qué no man­do audios, que por qué no lla­mo, que «quie­ro escu­char tu voz», me dijo una exalum­na para­fra­sean­do a no sé qué can­tan­te.

Hay per­so­nas que no se atre­ven a decir­me lo que real­men­te pien­san. Fra­ses del esti­lo: «Ven­ga, estú­pi­do, que eres una pági­na en blan­co que se cree una enci­clo­pe­dia. Llá­ma­me por telé­fono. Habla. Comen­ta. No te creas el rey de la fies­ta que, por su pro­pia segu­ri­dad, no asis­te a reunio­nes ni habla». Y no pro­fun­di­zo más. Por­que escar­bar en mí es como hacer­lo en la tie­rra… te pue­des encon­trar raí­ces que no sabías que esta­ban ahí.

Otros me miran sin hablar y leo en su mira­da que si soy raro, que si parez­co dis­tan­te, que si la gen­te ya no se comu­ni­ca así, que no estoy en la onda. Y yo, mien­tras tan­to, escri­bien­do. Por­que sí, por­que me gus­ta, por­que me sale así. Por­que si ten­go algo que decir, pre­fie­ro pen­sar­lo, dar­le for­ma, poner­le comas, y que no sue­ne como un bal­bu­ceo atro­pe­lla­do entre el semá­fo­ro y el super­mer­ca­do.

Vir­gi­nia Woolf lo dijo mejor que yo: «No hay barre­ra, cerra­du­ra ni cerro­jo que pue­das impo­ner a la liber­tad de mi men­te». Y yo aña­di­ría: ni a mi tecla­do, ni a mi mano. Por­que escri­bir me per­mi­te estar ―o eso creo― sin tener que pre­sen­tar­me «a todo volu­men». No es frial­dad, es otra for­ma de pre­sen­cia. Y quien me cono­ce de ver­dad, con­si­de­ro que lo sabe.

No te das cuen­ta ―habla mi odio­so alter ego― de que más de uno apro­ve­cha tu silen­cia­da voz para argu­men­tar que no te gus­ta comu­ni­car­te, que te moles­ta que te incor­dien con men­sa­jes. Fala­cia. Rotun­da. Me encan­ta reci­bir men­sa­jes. Me encan­ta. José María, no sigas por ahí, que te pue­des estre­llar.

No es que ten­ga fobia a la voz huma­na, ni que me dé aler­gia el micró­fono del móvil. Es que sim­ple­men­te no me nace. Me pare­ce más ínti­mo escri­bir. Más hones­to. Más mío. Y si eso me con­vier­te en un bicho raro, pues qué le vamos a hacer. Hay gen­te que colec­cio­na sellos, yo colec­ciono pala­bras.

Ade­más, soy muy sin­ce­ro: ¿Cuán­tas veces un audio de gua­sap ha sido real­men­te nece­sa­rio? ¿Cuán­tas veces no ha sido sim­ple­men­te alguien dicien­do «eeeeh… bueno… nada… era para decir­te que…»? 45 segun­dos de puro relleno. Para el des­gua­ce. Yo no quie­ro dedi­car mi tiem­po a eso. Pre­fie­ro escri­bir tres líneas que digan algo. Y, eso que no fal­te, con una pun­tua­ción correc­ta, con sus til­des corres­pon­dien­tes y res­pe­tan­do todas las nor­mas de la orto­gra­fía.

Y lue­go está esa idea de que el gua­sap escri­to es una con­ver­sa­ción de doble vía. ¡¡¡Qué boni­to sue­na!!! Pero en mi expe­rien­cia, en algu­nas oca­sio­nes, es más bien un monó­lo­go con eco. Uno escri­be casi una encí­cli­ca ―lo hago por­que me peta, cla­ro está― y la otra per­so­na res­pon­de con un emo­ti­cón. Si estu­vie­ra a mi lado, le retor­ce­ría el cue­llo como a un pavo por navi­dad. Comu­ni­ca­ción moder­na, me dicen. ¡Ah! Por cier­to, aho­ra me dicen que el OK, nece­sa­rio en algu­nas oca­sio­nes, es moles­to, que se inter­pre­ta como una fal­ta de ganas de seguir dia­lo­gan­do, que no lo debo uti­li­zar. Me com­pro­me­to a ello. Es el col­mo.

Ten­go dos blogs y soy…¡¡¡un infe­liz!!! Ahí me lee quien quie­re. «Nemo me legit, dico», se que­ja­ba un avis­pa­do com­pa­ñe­ro de la uni­ver­si­dad ver­sa­do en la len­gua de Catu­lo allá por los pri­me­ros años ochen­ta cuan­do nos repro­cha­ba no leer los poe­mas en latín que escri­bía «in tene­bris noc­tis». 

Lo mis­mo lo que se me exi­ge en silen­cio ―argu­men­tán­do­lo con ese falaz «le moles­tan los gua­saps»― es que gra­be un pod­cast, con voz y audio, en lugar de escri­bir una entra­da en mi blog. Lo sien­to, pero no. Del con­ta­dor de visi­tas mejor no hablar.

Yo cuel­go una entra­da y res­pe­to la inti­mi­dad de cual­quier sus­crip­tor cuan­do envía el correo a la pape­le­ra sin leer­lo o lo deja dor­mir en el cajón de entra­da como una bella dur­mien­te que nadie la des­ve­la­rá. Es su liber­tad. Y la res­pe­to. Me gus­ta­ría que no fue­ra así, pero no lo voy a cali­fi­car. Un excom­pa­ñe­ro me dijo un día que con estas pala­bras ya lo esta­ba cali­fi­can­do. Afi­la­do aná­li­sis por su par­te.

Ale­jan­dra Pizar­nik ―me encan­ta la intros­pec­ción emo­cio­nal y la explo­ra­ción del len­gua­je que hace― escri­bió: «Nada más inten­so que el terror de per­der la iden­ti­dad». Y yo lo sien­to cada vez que me empu­jan a comu­ni­car­me como no soy. Como si tuvie­ra que adap­tar­me a un mol­de social que no me repre­sen­ta. Como si la espon­ta­nei­dad tuvie­ra que ser rui­do­sa para ser váli­da. Temo ser la vela que se apa­ga sin que nadie note la oscu­ri­dad. Con sin­ce­ri­dad ple­na, como decía al prin­ci­pio, me ate­rra con­ver­tir­me en una pági­na que nadie vuel­ve a leer. No quie­ro con­ver­tir­me en el nom­bre que se borra sin resis­ten­cia.

Mi letra te quie­re más que mi voz. Mi voz se dis­trae, se can­sa, se escon­de. Pero mi letra se que­da, te bus­ca, te pien­sa. Cuan­do escri­bo, estoy más cer­ca de ti que cuan­do hablo. Por­que en la escri­tu­ra no hay inter­fe­ren­cias, ni ges­tos for­za­dos, ni silen­cios incó­mo­dos. Solo tú y yo, sin rui­do. Y eso, para mí, es estar ver­da­de­ra­men­te pre­sen­te. Soy más yo cuan­do te escri­bo que cuan­do te hablo.

Y sí, lo reco­noz­co: ten­go ten­den­cia a la sole­dad. No me inco­mo­da estar solo, ni me angus­tia el silen­cio. No mien­tas, José María, no mien­tas. Lo has pro­me­ti­do. Otra vez mi mal­di­to alter ego. Me gus­ta obser­var des­de fue­ra, sin tener que par­ti­ci­par todo el tiem­po. Ten­go una visión bas­tan­te aso­cial de la vida, no en el sen­ti­do de des­pre­ciar a los demás, sino en el de no nece­si­tar estar cons­tan­te­men­te en con­tac­to. No me gus­ta la hiper­co­nec­ti­vi­dad, ni la obli­ga­ción de estar siem­pre dis­po­ni­ble. Pido que se me entien­da, pero tam­bién —y esto lo digo sin ren­cor— que no se espe­re de mí lo que no soy o no pue­do dar.

Cla­ra Vare­la, una escri­to­ra que nadie pue­de cono­cer por­que me la he inven­ta­do yo, lo resu­me así: «Escri­bo por­que hablar me inte­rrum­pe. Y por­que en el silen­cio de las letras, nadie me exi­ge son­reír. No quie­ro que te que­des en el trái­ler, quie­ro que veas la pelí­cu­la com­ple­ta».

Y ahí estoy yo. En ese silen­cio. En esas letras. Sin exi­gen­cias. Sin rui­do. Solo yo pen­sán­do­te siem­pre. (A la som­bra del ver­bo) (1995–2025)

SEGUNDA PRESENTACIÓN DEL BLOG O EL BUFÓN QUE SE CREE ESCRITOR

(Exten­sión de esta entra­da: 2290 pala­bras. 10.543 carac­te­res sin espa­cios. 12.814 carac­te­res con espa­cios. 5 pági­nas de Word en times new roman y tama­ño de letra 14). 

Soy alguien que car­ga con cica­tri­ces invi­si­bles, mar­cas que no se ven pero que pesan en cada paso. Camino con la sen­sa­ción de estar incom­ple­to, como si fal­ta­ra una pie­za esen­cial en mi inte­rior. Y ya son 67 años. No hay tiem­po para com­ple­tar­lo. Sin embar­go, por iner­cia, que no sé cuán­to dura­rá, sigo ade­lan­te, obs­ti­na­do en no ren­dir­me, bus­can­do cada día una chis­pa que me recuer­de que aún hay moti­vos para resis­tir.

Este tex­to es un vómi­to de pala­bras, sin fil­tro, sin correc­ción, sin lec­tu­ra pos­te­rior, sin cesión a un cono­ci­do, sin ayu­da del dic­cio­na­rio, sin revi­sión sin­tác­ti­ca ni de redac­ción, como si las teclas fue­ran dis­pa­ros y no hubie­ra tiem­po de pen­sar, algo que se sien­te más que se orde­na, un tex­to que se arras­tra con erro­res, con fra­ses que se cor­tan, con ideas que se pisan unas a otras, con la sucie­dad de lo que no se pule, con la moral tor­ci­da y la osa­día de no pedir per­dón. Como si fue­ra una com­pe­ti­ción atlé­ti­ca, al empe­zar, me pro­pu­se escri­bir­lo en el menor tiem­po posi­ble, sin pau­sas y sin levan­tar­me de la silla. Tú juz­ga­rás el resul­ta­do.

Me dejo lle­var por la rabia o la risa o el can­san­cio o el deseo de rom­per la for­ma y que sue­ne feo pero vivo y que no se lea como lite­ra­tu­ra sino como un gri­to mal escri­to que se atre­ve a ser caó­ti­co y sin­ce­ro y que no bus­ca gus­tar sino moles­tar y que se que­da ahí como un borra­dor que nun­ca será lim­pio por­que nun­ca lo lim­pia­ré ni lo reha­ré.

El tex­to que vas a leer es un tex­to muy duro, pero muy cons­cien­te de ello; es un tex­to muy cru­do, es un tex­to que nun­ca he escri­to, es un tex­to sin con­ce­sio­nes a la gale­ría. Des­pia­da­do, bru­tal y feroz, a la par que reite­ra­ti­vo (lo sien­to mucho) y muy lar­go. Por eso la espe­ci­fi­ca­ción de la exten­sión al prin­ci­pio del tex­to, y si no quie­res leer­lo, lo entien­do per­fec­ta­men­te. Pue­de que tu pen­sa­mien­to sea el siguien­te: no me intere­sa nada saber, otra vez la ego­la­tría, cómo es José María. Si es así, pues cié­rra­lo y date de baja, a mi pesar. Es lo mejor.

Hace años hice un cur­so de escri­tu­ra crea­ti­va por inter­net y el pri­mer ejer­ci­cio que nos encar­ga­ron a los alum­nos fue el de hacer una des­crip­ción físi­ca o pro­so­po­gra­fía (aquí me callo por­que sería des­car­na­da e impú­di­ca) y una eto­pe­ya, es decir emo­cio­nal, aní­mi­ca, psi­co­ló­gi­ca. Diga­mos, un auto­rre­tra­to. En un bre­ve perio­do de tiem­po. No lo recuer­do. ¿Sub­je­ti­va? Es evi­den­te. No me sien­to capaz o no ten­go la des­tre­za sufi­cien­te —otro las­tre mío— para espe­ci­fi­car exac­ta­men­te cómo soy. Esto no es una cari­ca­tu­ra. No. Es un auto­rre­tra­to que­ve­des­co, pero ver­da­de­ro. No hay nada que sea men­ti­ra. Nada.

Un retra­to eno­ja­do e impla­ca­ble de mí, pro­fe­sor jubi­la­do, pue­de dañar mi repu­tación y mi ima­gen, pue­de redu­cir el res­pe­to de alum­nos y cole­gas, pro­vo­car ais­la­mien­to ―¿aún más?― y pro­ble­mas emo­cio­na­les ―¿más gra­ves de los actua­les?—, y oca­sio­nar la pér­di­da de muchos segui­do­res. Por mi vul­ne­ra­bi­li­dad, me auto­exi­jo una veri­fi­ca­ción rigu­ro­sa de los hechos, evi­tar el sen­sa­cio­na­lis­mo y ofre­cer­me siem­pre el dere­cho a répli­ca.

Es un auto­cas­ti­go que me he impues­to por­que noto que no soy cla­ro, que enro­llo como una per­sia­na ―¿más que en esta entra­da?―.

Esta es mi con­fe­sión emo­cio­nal y sub­je­ti­va, por­que si la hicie­ra físi­ca la his­to­ria sería inter­mi­na­ble, y no lo digo para escu­char pala­bras boni­tas. ¿Exa­cer­ba­da? Tan posi­ble como el cie­rre de este blog recuncar.com. Son 150 entra­das que han teni­do 47 visi­tas. El resul­ta­do es de una pobre­za hai­tia­na, y per­dón por la metá­fo­ra. Siem­pre lo he dicho: ten­go ten­den­cia a la tris­te­za, a la visión nega­ti­va del mun­do, al fra­ca­so per­so­nal en todos los sen­ti­dos, al fra­ca­so amo­ro­so, a la podre­dum­bre cere­bral. Ten­go muchos poe­mas que no me atre­vo a col­gar por­que son depre­si­vos, muy tris­tes y mór­bi­dos. Esa es mi reali­dad, que ocul­to.

Per­dón por la cita: la ver­dad me hará libre. Mi liber­tad no es solo la libe­ra­ción físi­ca, sino una libe­ra­ción espi­ri­tual a tra­vés de mi pala­bra y mi ver­dad. Pero mi memo­ria fla­quea muchí­si­mo. Aho­ra «reen­tien­do» cuan­do en 6º de bachi­lle­ra­to tuve que memo­ri­zar la tabla perió­di­ca com­ple­ta y no fui capaz. Fue un sus­pen­so que nadie lle­gó a com­pren­der y me til­da­ron de vago y mal estu­dian­te. No fui capaz de rete­ner los sím­bo­los y las valen­cias de los ele­men­tos quí­mi­cos. Mi cabe­za era un saco agu­je­rea­do, inca­paz de guar­dar nada. Y lo sigue sien­do cada vez más dete­rio­ra­do. Soy un archi­vo corrup­to que se borra a sí mis­mo mien­tras inten­ta abrir­se. Soy un libro con las pági­nas arran­ca­das, un dic­cio­na­rio que pier­de las pala­bras más nece­sa­rias. Mi memo­ria es un hilo raí­do que se rom­pe con el más míni­mo tirón.

La mani­pu­la­ción en todos los sen­ti­dos de la cita me per­si­gue. Me da pavor ir al den­tis­ta. Ten­go, según la nomen­cla­tu­ra de inter­net —que no el sen­ti­mien­to—, odon­to­fo­bia. El den­tis­ta es para mí un ver­du­go con bata blan­ca, un ciru­jano de la tor­tu­ra que me espe­ra con sus ins­tru­men­tos como cuchi­llos bri­llan­tes. El sillón es un cadal­so dis­fra­za­do de como­di­dad. El rui­do del torno es un gri­to metá­li­co que me atra­vie­sa el crá­neo. No pue­do sopor­tar­lo. Soy un niño que tiem­bla antes de entrar en la con­sul­ta, un adul­to que huye con excu­sas ridí­cu­las. El mie­do me para­li­za, me con­vier­te en esta­tua de sal, me redu­ce a pol­vo antes de abrir la boca. Y lo pue­do exten­der a todos los médi­cos. Sí, ya lo sé, soy hijo de un ciru­jano trau­ma­tó­lo­go.

Yo no ten­go con­cen­tra­ción. El tex­to crí­ti­co con el Black Fri­day ―nadie se ha sor­pren­di­do en no uti­li­zar «Vier­nes Negro»― ha tar­da­do dos días en salir de mis manos. Dos días para jun­tar fra­ses que se repi­ten como ecos en una caver­na vacía. Se me va la cabe­za con las repe­ti­cio­nes, no soy capaz de rete­ner­las, y me des­cu­bro rele­yen­do todo el tiem­po, como un con­de­na­do que da vuel­tas en una cel­da sin ven­ta­nas. Y enci­ma cai­go en el Black Fri­day, como un idio­ta que denun­cia la tram­pa y al mis­mo tiem­po se mete en ella. Incon­gruen­cia total. Soy un bufón que se ríe de la feria mien­tras com­pra entra­das para ver­la.

En las rela­cio­nes socia­les solo estoy cómo­do, y no huyo como un cobar­de, cuan­do estoy con una per­so­na o dos. En gru­po, sal­go huyen­do con una dis­cul­pa pere­gri­na. No sopor­to las aglo­me­ra­cio­nes, las reunio­nes, y sé que he que­da­do muy mal en dife­ren­tes oca­sio­nes. Hay un dic­ta­dor en mí que me obli­ga a huir y no pue­do fre­nar­lo. No pue­do. Me apol­trono en el sofá y como un niño con una estú­pi­da pata­le­ta no me mue­vo de él y me hago el sor­do. Sufro por ello. No llo­ro por­que no ten­go lagri­mal. Pero se me enco­ge el cora­zón de un modo que nece­si­ta­ría asis­ten­cia. No sabes las pal­pi­ta­cio­nes que padez­co cuan­do ten­go en men­te una reu­nión. Mi psi­quia­tra dice que no soy depre­si­vo como mi madre, sino que ten­go ten­den­cia a la melan­co­lía. No voy a dis­cu­tir­lo, pero no estoy de acuer­do. Sólo me gus­tan las can­cio­nes de sufri­mien­to, de des­amor, de fra­ca­so, de dolor. Can­cio­nes que me cla­van agu­jas en el pecho y me recuer­dan que la vida es un cam­po de rui­nas.

No me sé rela­cio­nar con la gen­te. No sé rela­cio­nar­me con la gen­te por­que, sim­ple­men­te, no lo hago: evi­to las con­ver­sa­cio­nes, me cie­rro en mí mis­mo y no doy opor­tu­ni­dad a que sur­ja un víncu­lo. Me fal­ta capa­ci­dad. Soy inca­paz de ven­cer mi pro­pia nega­ción y me blo­quea cual­quier inten­to de cone­xión. Sé que las rela­cio­nes no apa­re­ce­rán por arte de magia; nece­si­to rom­per esa barre­ra que yo mis­mo he levan­ta­do. Pero no pue­do. Real­men­te me sien­to inca­paz. O no quie­ro hacer­lo por impo­ten­cia, por­que no ten­go con­ver­sa­ción. Mi her­ma­na se enfa­da muchí­si­mo, pero soy muy muy muy muy abu­rri­do.

Me paso el día leyen­do y en dos días me he olvi­da­do de lo que he leí­do. Y eso es ofen­si­vo para los que me rodean, para los que espe­ran algo de mí y reci­ben humo. No sé ven­der mi pro­duc­to y me sien­to inca­paz de empe­zar a hacer­lo. Mi gue­to es mi casa. No quie­ro salir de ella ni para ir al médi­co. Sólo para dar vuel­tas alre­de­dor de mi casa, como un ani­mal enjau­la­do que repi­te su reco­rri­do has­ta des­gas­tar el sue­lo.

Vivi­mos jun­tos mi her­ma­na y yo y nin­guno de los dos tene­mos espa­cio sufi­cien­te para la crea­ción. Com­par­ti­mos come­dor-sala de estar-sala de la tele­vi­sión-estu­dio, todo mez­cla­do, todo con­ta­mi­na­do, todo sin aire. Es un cam­po de bata­lla don­de la con­cen­tra­ción mue­re antes de nacer.

Man­te­ner este blog de Word­Press me cues­ta muchí­si­mo. Otra entra­da más… qué puto horror, me tie­ne que­ma­do este blog, pien­so en el insom­nio noc­turno. Quie­ro dar­le un poco de per­so­na­li­dad, un poco de cali­dad, pero cada clic es un agu­je­ro en mi crea­ti­vi­dad. Este blog es un mons­truo que devo­ra mi ener­gía, y yo sigo ali­men­tán­do­lo como un escla­vo que da de comer a su ver­du­go con tex­tos más pesi­mis­tas que, según mi anti­guo pro­fe­sor de Filo­so­fía en COU, el pen­sa­mien­to de Arthur Scho­penhauer, a menu­do lla­ma­do el «padre del pesi­mis­mo filo­só­fi­co», que cree que la vida es sufri­mien­to y un pro­ce­so cons­tan­te de ago­nía.

No ten­go espa­cio para la con­cen­tra­ción. Mi casa es peque­ña, dema­sia­do peque­ña, y no hay un rin­cón con­cre­to para estar solo y con­cen­tra­do. Escri­bo rodea­do de rui­do, de pare­des que se cie­rran sobre mí como man­dí­bu­las. Soy incon­for­mis­ta, soy un impo­ten­te de la crea­ción, me repi­to, me repi­to, me repi­to, como un tam­bor roto que no sabe callar.

Pero esto no sig­ni­fi­ca que habi­te en la indi­gen­cia. Eso nun­ca. Den­tro de mi cre­do, sería un peca­do muy ofen­si­vo e inmo­ral. Es mucho más fácil la pala­bra mani­rro­to. Yo gas­to, yo des­pil­fa­rro, yo sos­ten­go mi blog con no sé cuán­tas apli­ca­cio­nes y plu­gins que me arrui­nan y me enga­ño con la idea de que así soy escri­tor. Y no es una hipér­bo­le lite­ra­ria este tex­to. No. Es una reali­dad. Una reali­dad que me gol­pea como un mar­ti­llo, que me aplas­ta como una losa, que me arras­tra como un río sucio.

Soy un escri­tor de paco­ti­lla, un jun­ta­le­tras que se cree crea­dor y que ape­nas logra jun­tar rui­nas. Mis tex­tos son esque­le­tos mal arma­dos, mis párra­fos son cadá­ve­res que hue­len a repe­ti­ción. Soy un desas­tre, un fabri­can­te de tópi­cos, un tra­sun­to de escri­tor que se arras­tra por la are­na como un gusano bajo el sol. No ten­go con­cen­tra­ción, no ten­go dis­ci­pli­na, no ten­go espa­cio, no ten­go memo­ria. Soy un impo­ten­te de la crea­ción, un incon­for­mis­ta que se aho­ga en su pro­pia incon­for­mi­dad. Soy un náu­fra­go que cons­tru­ye bar­cos de papel y los hun­de en el mis­mo char­co don­de se aho­ga.

Cada vez que escri­bo me sien­to como un mine­ro que cava con las manos des­nu­das en una mina vacía. Cada fra­se es una pie­dra que me aplas­ta, cada pala­bra es un cla­vo oxi­da­do que me atra­vie­sa. Mis tex­tos son espe­jos rotos don­de me miro y me des­fi­gu­ro. Soy un bufón que se cree pro­fe­ta, un men­di­go que se cree arqui­tec­to, un fan­tas­ma que se cree vivo. Y lo digo en pri­me­ra per­so­na, lo digo en pre­sen­te de indi­ca­ti­vo, por­que no hay futu­ro ni pasa­do que me sal­ve: sólo este pre­sen­te que me con­de­na.

En un bar cer­cano a mi casa dos o tres adul­tos bebían ayer has­ta no reco­no­cer­se y crea­ron una inser­vi­ble amal­ga­ma de nom­bres por­que no daban una, y las pala­bras se les caían de la boca como vasos vacíos que nadie reco­gía. Y hoy me cau­sa tris­te­za, por­que en ese des­or­den hay un espe­jo que me devuel­ve mi pro­pia ima­gen. Yo, sin alcohol, cai­go en el mis­mo bati­bu­rri­llo de ideas que se atro­pe­llan unas a otras, como si fue­ran coches en una mal­di­ta roton­da sin sali­da.

Como me he impues­to en esta segun­da pre­sen­ta­ción la con­di­ción de no corre­gir nada me obli­ga a dejar que las fra­ses se des­li­cen, se tro­pie­cen, se repi­tan, se con­tra­di­gan, y aun así sigan vivas, como si la escri­tu­ra fue­ra tam­bién una borra­che­ra silen­cio­sa, un mareo de pen­sa­mien­tos que no encuen­tran asien­to, y enton­ces me des­cu­bro en esa mez­cla, en esa con­fu­sión, en ese rui­do que no es rui­do sino un inten­to de decir algo, aun­que no se sepa qué, aun­que no se entien­da, aun­que que­de como un mur­mu­llo que se pier­de en el aire del bar y en el aire de mi cabe­za.

Me des­pi­do con la intri­ga de saber tu opi­nión, aun­que sé que vas a seguir guar­dan­do silen­cio, y yo segui­ré llo­ran­do lágri­mas secas, esas que no mojan, pero pesan, esas que se que­dan atra­pa­das en la gar­gan­ta como pie­dras invi­si­bles, y mien­tras tan­to la noche se alar­ga, se esti­ra como un telón que nun­ca ter­mi­na de caer, y las voces del bar cer­cano se mez­clan con mis pen­sa­mien­tos, crean­do un eco que no res­pon­de, un eco que se bur­la de mi espe­ra.  

Y yo me que­do ahí, en la fron­te­ra entre la pala­bra y el mutis­mo, entre la pre­gun­ta y la ausen­cia de res­pues­ta, como si todo fue­ra un ensa­yo inter­mi­na­ble de des­pe­di­das que nun­ca se con­su­man, y la intri­ga se con­vier­te en com­pa­ñía, en som­bra, en un ani­mal que me sigue a todas par­tes, recor­dán­do­me que el silen­cio tam­bién habla, aun­que no diga nada, aun­que me deje llo­ran­do lágri­mas secas que nadie ve, que nadie reco­ge, que nadie nom­bra.

Adiós des­de esta sala de ope­ra­cio­nes que es mi blog. (Segun­da pre­sen­ta­ción del blog o el bufón que se cree escri­tor)

 

BLACK FRIDAY

Sacar del cajón un tex­to que lle­va años espe­ran­do es como dar­le aire fres­co a una semi­lla que por fin pue­de cre­cer (¡Qué cur­si­la­da tenía escri­to!). Lo guar­dé con cier­to pudor, como quien teme que sus pala­bras no estu­vie­ran lis­tas para ver la luz. Cada noviem­bre lo releía y le aña­día algu­na otra metá­fo­ra que depu­ra­ban mis sen­ti­mien­tos mien­tras esta­ba en la cola de unos gran­des alma­ce­nes. Pero hoy sien­to que ha lle­ga­do el momen­to.
El «Black Fri­day» es un tema jugo­so, casi inevi­ta­ble, por­que en él se mez­clan con­su­mo y pri­sas, luces y ofer­tas, y tam­bién la iro­nía de ver­me arras­tra­do por la fie­bre de las reba­jas.
Al rema­tar este poe­ma ―me he levan­ta­do hoy a las cin­co de la maña­na y no me he levan­ta­do de la silla― me des­cu­bro por­que ayer caí y lle­gué a casa con la mira­da atra­pa­da por esca­pa­ra­tes bri­llan­tes y anun­cios que me pro­me­tían la feli­ci­dad casi eter­na a cam­bio de un des­cuen­to.
Y me pre­gun­to si no somos todos par­te de un mis­mo ritual, una dan­za fre­né­ti­ca que cele­bra lo efí­me­ro ―tema para otro poe­ma―. Mi crea­ción ―mejor, recrea­ción― quie­re ser tes­ti­go de mi total con­tra­dic­ción: la eufo­ria del ins­tan­te fren­te al vacío que que­da des­pués y el dolor emo­cio­nal que no cede por no cum­plir las pro­me­sas mil veces rea­li­za­das.
En caso de que haya algo que no te gus­te, lo sien­to muchí­si­mo; pero creo que el tema ―soy yo el del poe­ma― mere­ce este tono his­trió­ni­co y fal­tón.
BLACK FRIDAY
Soy un idio­ta rein­ci­den­te,
un con­su­mi­dor com­pul­si­vo,
un Vesu­bio de la vena com­pra­do­ra,
un bufón con tar­je­ta de cré­di­to tem­blan­do,
un escla­vo volun­ta­rio de las reba­jas
que hue­len a plás­ti­co heri­do,
un vien­tre hin­cha­do de ansie­dad,
que se infla con cada com­pra
y se des­in­fla en la cola de devo­lu­ción.
Me arras­tro entre pasi­llos ilu­mi­na­dos
como qui­ró­fa­nos,
con la dig­ni­dad de un perro famé­li­co
hus­mean­do des­cuen­tos,
con la mira­da tur­bia de quien con­fun­de
nece­si­dad con ansie­dad.
Cada año me pro­me­to cor­du­ra
y cada año me con­vier­to en paya­so sudo­ro­so,
en men­di­go de ofer­tas que no nece­si­to,
en cadá­ver finan­cie­ro
dis­fra­za­do de clien­te satis­fe­cho.
Me sien­to ridícu­lo,
me sien­to paté­ti­co,
me sien­to un saco de hue­sos
envuel­to en bol­sas negras,
con la auto­es­ti­ma reba­ja­da al 20%.
Soy el hom­bre que se ven­de a sí mis­mo
por un orde­na­dor,
que se alqui­la por un móvil,
que se pros­ti­tu­ye por un tele­vi­sor inte­li­gen­te
que ter­mi­na­rá sien­do infra­uti­li­za­do,
que se pasea, jun­to a mi estu­pi­dez,
por unos impú­di­cos gran­des alma­ce­nes.
Me miro en el refle­jo de los esca­pa­ra­tes
y la ima­gen que veo es la de un Romeo ena­mo­ra­do
de un reloj aún no inven­ta­do,
la de un paya­so que se arras­tra con mil com­pras
col­gan­do del cue­llo como órga­nos roba­dos
en un mer­ca­do clan­des­tino.
Me hue­lo a derro­ta fabri­ca­da por mí mis­mo,
a sudor ran­cio por estar infi­ni­tas horas
tras algo que no nece­si­to,
a basu­ra emo­cio­nal con eti­que­ta de ofer­ta limi­ta­da,
a intes­ti­nos retor­ci­dos que mas­ti­can des­cuen­tos
y al des­po­jo que nadie com­pra­ría ni en liqui­da­ción.
Soy el mis­mo imbé­cil de siem­pre,
el que cae cada año,
el que se jura cada noviem­bre no vol­ver a caer,
el que com­pra otra vez
mien­tras se jura no com­prar nada,
el que se pudre en la cola del ban­co
para obte­ner una nue­va tar­je­ta,
el que se ríe de sí mis­mo con sar­cas­mo bara­to
por­que ya no tie­ne un euro.
Y todo esto,
por­que sé que vol­ve­ré a rein­ci­dir
en una pena de la que no me pue­do librar,
por­que sé que nun­ca apren­de­ré la lec­ción,
por­que sé que el Black Fri­day
es mi doc­tri­na malo­lien­te
y mi cre­do sin reli­gión.
(A la som­bra del ver­bo) (1995–2025)

POÉTICA: LA POESÍA COMO BISTURÍ

Soy hijo de un ciru­jano. Des­de niño apren­dí a mirar las manos de mi padre, fir­mes y deli­ca­das, capa­ces de abrir la car­ne con pre­ci­sión y, al mis­mo tiem­po, de cerrar­la con ter­nu­ra. Ese ges­to, esa dis­ci­pli­na del bis­tu­rí, se con­vir­tió en una ense­ñan­za que me acom­pa­ña has­ta hoy. Yo no ope­ro cuer­pos, pero ope­ro pala­bras. En el aula, cuan­do ense­ño, y en mi escri­tu­ra, cuan­do me des­nu­do, el bis­tu­rí se trans­for­ma en metá­fo­ra: cor­tar, abrir, explo­rar lo ocul­to, y lue­go sutu­rar con la deli­ca­de­za de quien sabe que cada heri­da nece­si­ta tiem­po para cica­tri­zar.

La poe­sía es mi ciru­gía ínti­ma. Cada pala­bra abre una capa de mi alma, cada ver­so es inci­sión, cada fra­se una sutu­ra que inten­ta recom­po­ner lo que se ha roto den­tro de mí. Escri­bir es mi mane­ra de resis­tir, de recu­pe­rar un frag­men­to de silen­cio entre el rui­do, de dar­le voz a lo que que­da­ría sepul­ta­do bajo el peso de la ciu­dad y de la vida.

Soy un hom­bre tris­te y melan­có­li­co, habi­ta­do por la som­bra de la morri­ña y el peso de los fra­ca­sos. Pero tam­bién soy hijo de una dis­ci­pli­na que me ense­ñó que inclu­so la heri­da pue­de ser camino de cono­ci­mien­to. La poe­sía me per­mi­te trans­for­mar la tris­te­za en pala­bra, la melan­co­lía en músi­ca, el fra­ca­so en cica­triz que bri­lla.

Madrid me resul­ta dura, como si cada calle me devo­ra­se poco a poco. La ciu­dad me engu­lle con su rui­do, con su velo­ci­dad, con su indi­fe­ren­cia, y yo me sien­to per­di­do entre mul­ti­tu­des que no me ven. Escri­bir se con­vier­te en mi refu­gio, en mi mane­ra de recu­pe­rar un espa­cio ínti­mo don­de la pala­bra se ges­ta len­ta­men­te, como una heri­da que bus­ca cica­tri­zar.

Gali­cia es el hilo invi­si­ble que atra­vie­sa cada línea. En su tie­rra y en su mar moran mis recuer­dos y mi voz. Allí apren­dí que la morri­ña no es solo dolor, sino tam­bién raíz, memo­ria, per­te­nen­cia. La poe­sía me une a esa tie­rra, me devuel­ve a sus aguas, me recuer­da que inclu­so lejos sigo habi­ta­do por ella.

La poe­sía es con­fe­sión y bál­sa­mo. Es bis­tu­rí y cica­triz. Es el espa­cio ínti­mo don­de la pala­bra se con­vier­te en sos­tén, en colum­na invi­si­ble que me impi­de caer. Es mi mane­ra de abrir­me, de dejar que otros entren en mi heri­da y reco­noz­can en ella su pro­pia his­to­ria.

Quien se acer­que a mi poe­sía encon­tra­rá frag­men­tos de vida, reta­zos de dolor y de espe­ran­za, con­fe­sio­nes que qui­zá tam­bién le resul­ten pro­pias. Por­que escri­bir es com­par­tir la inti­mi­dad, la morri­ña, los fra­ca­sos y las peque­ñas luces que nos sos­tie­nen en medio de la oscu­ri­dad.

La poe­sía, para mí, es eso: un bis­tu­rí que cor­ta y reve­la, una sutu­ra que recom­po­ne, una cica­triz que bri­lla en la memo­ria. Es mi mane­ra de decir que sigo vivo, que sigo bus­can­do, que sigo apren­dien­do a trans­for­mar la heri­da en pala­bra y la pala­bra en luz. (A la som­bra del ver­bo) (1995–2025)

EL PESO DE MADRID

Hay días en los que Madrid pesa más de lo que debe­ría. No por los edi­fi­cios que son como jau­las que apri­sio­nan la memo­ria de una ciu­dad que olvi­da su alma. No por los coches que se han apo­de­ra­do de las arte­rias de Madrid, con­vir­tien­do sus calles en ríos de humo y rui­do don­de la vida cami­na a con­tra­co­rrien­te, ni por sus habi­tan­tes que andan por la calle sin mirar, como fan­tas­mas con pri­sa, esqui­van­do recuer­dos que ya han expul­sa­do de su memo­ria por ese afán capi­ta­lino de lle­gar antes de salir.

Me pesa por­que no es Gali­cia. Por­que no hue­le a euca­lip­to moja­do, ni sue­na una gai­ta a lo lejos, ni se escu­cha el mar gol­pean­do con­tra el male­cón como un cora­zón que nun­ca se can­sa, ni el susu­rro que bro­ta entre la nie­bla, como si la hier­ba con­ta­ra his­to­rias en voz baja.

Escri­bo des­de esta ciu­dad que me aco­ge des­de que nací, pero que, por tal moti­vo, sue­ño con Gali­cia y con aque­llos vera­nos «pan­ta­grué­li­cos» que se han esfu­ma­do ―uti­li­zo el pre­té­ri­to per­fec­to com­pues­to por su valor de acción fina­li­za­da en un tiem­po aún no aca­ba­do―, pero que bullen y se revuel­ven en mis recuer­dos.

Aquí lle­vo vivien­do tan­tos años que, por la iner­cia del rit­mo de esta ciu­dad, debe­ría tener vacía la mochi­la de los deseos; pero no, no, está aún reple­ta por­que un ins­tan­te en el recuer­do es una cari­cia de tiem­po inde­fi­ni­do.

Mi inti­mi­dad, esa que se cons­tru­ye con silen­cios com­par­ti­dos y recuer­dos que no nece­si­tan pala­bras, está cin­ce­la­da con cami­nos y ata­jos de tojos, de tar­des de llu­via man­sa, de con­ver­sa­cio­nes al relen­te de noches estre­lla­das y de fies­tas con una músi­ca ya eva­po­ra­da.

Aquí, en Madrid, todo es rui­do, pri­sa, ausen­cias, ais­la­mien­to ―en mi caso bus­ca­do motu pro­prio por­que me ha derro­ta­do el avis­pe­ro capi­ta­lino― y la impo­si­bi­li­dad de vol­ver, por la vida, por los com­pro­mi­sos que nos atan sin saber­lo y por la sole­dad que allí pue­do encon­trar­me. Todo esto es una heri­da que no san­gra, aun­que due­le sis­té­mi­ca­men­te. Y due­le cada vez que veo una foto de la aldea que ya no es, cada vez que con­su­mo un molle­te de pan galle­go, cada vez que escu­cho el acen­to galai­co en la calle o cada vez que leo un libro ambien­ta­do en el rural de mi tie­rra. Todo con­flu­ye en una pun­za­da de ale­gría y tris­te­za. Ale­gría por­que me satis­fa­ce su memo­ria, pero tam­bién es un recor­da­to­rio de que estoy lejos.

La cegue­ra por la tie­rra es un amor que no nece­si­ta razo­nes, es un amor que se sien­te en el estó­ma­go, que se mani­fies­ta en la morri­ña y en la sau­da­de por estar lejos. Es un afec­to ínti­mo que me hace escri­bir, que me obli­ga a bus­car pala­bras que me lle­ven de regre­so, aun­que sólo sea por un ins­tan­te como la nie­bla entre los euca­lip­tos: bre­ve, húme­do y lleno de mis­te­rio.

Hay noches en las que cie­rro los ojos y estoy allí. En la casa vie­ja, en la casa nue­va, en la capi­lla, en el son de los gri­llos y en el frío de la pie­dra bajo los pies des­cal­zos.

Hablo con mis padres, que ya no están, pero que viven en mí cada vez que mi her­ma­na coci­na cal­do galle­go o le echa sal a las pata­tas como hacía mi madre o me encuen­tro a algu­na per­so­na en un recón­di­to lugar que aún recuer­da el buenha­cer de mi padre como per­so­na y como médi­co.

Esas noches son las que me sal­van por­que me dibu­jan quién soy, de dón­de ven­go y hacia dón­de quie­ro ir yo. Es una puer­ta de nie­bla que da a un bos­que de recuer­dos, don­de el tiem­po se detie­ne y el alma se moja de sau­da­de.

Esta entra­da es eso: un inten­to de vol­ver, de recons­truir el puen­te entre lo que fui y lo que soy, de com­par­tir mi inti­mi­dad con la espe­ran­za de que alguien, en algún lugar, se reco­noz­ca en estas pala­bras y que sepa que no está solo. La morri­ña es común y la sau­da­de es com­par­ti­da y la incli­na­ción casi las­ci­va por la tie­rra es un lazo que no se des­ha­ce.

Si estás lejos, tam­bién sien­tes esa pun­za­da en el pecho cuan­do pien­sas en Gali­cia, esta entra­da es para ti. En ella habla­mos de noso­tros, de los que soña­mos con la nie­bla, de los que lle­va­mos la llu­via den­tro, de los que sabe­mos que la tie­rra lla­ma, aun­que sea en silen­cio. (Nie­blas y lem­bran­zas) (1995–2025)

EL PAPEL

Brais —San Brais empie­za a hacer­se famo­so cuan­do le saca a un niño una espi­na que tie­ne cla­va­da en la gar­gan­ta muchos siglos atrás— nace en un rin­cón don­de la llu­via no pre­gun­ta y el vien­to siem­pre tie­ne algo que decir. No es valien­te por elec­ción, sino por nece­si­dad. Su carác­ter, pri­sio­ne­ro de su pro­pio pen­sa­mien­to, se carac­te­ri­za por ser el fan­tas­ma de sí mis­mo y por andar con los pies ata­dos con hilos invi­si­bles.

Apren­de a callar antes que a men­tir, a mirar antes que a pedir y a dis­cu­tir antes que a per­der a un ami­go.

Lle­va siem­pre en los bol­si­llos recuer­dos que no caben en pala­bras, y a la espal­da una his­to­ria que nadie cono­ce ente­ra.

Cada maña­na, Brais se sien­ta en la mis­ma mesa del bar de la esqui­na, jus­to al lado de la ven­ta­na empa­ña­da. Pide café solo, sin azú­car, y escri­be en pape­les fra­ses inco­ne­xas. No son poe­mas ni car­tas. Son frag­men­tos. Peda­zos de algo que nun­ca ter­mi­na de enten­der.

Los veci­nos lo salu­dan con un ges­to leve, como si supie­ran que cual­quier pala­bra pue­de rom­per algo den­tro de él. Nadie sabe dón­de vive. Nadie sabe a quién espe­ra.

—¿Por qué escri­bes siem­pre en pape­les des­pa­re­ja­dos y no en un cua­derno?, le pre­gun­ta la cama­re­ra.

Brais la mira como si le hubie­ran toca­do una cica­triz aún recien­te.

—Por­que el papel suel­to aguan­ta muy bien mi locu­ra, le res­pon­de como si fue­ra una sen­ten­cia.

En un papel escri­be: «Hay luga­res que no se olvi­dan por­que nun­ca fue­ron visi­ta­dos». Lo deja sobre la mesa y se mar­cha sin pagar. Pien­sa que su «arte» es sufi­cien­te pago.

Al día siguien­te vuel­ve como siem­pre. La cama­re­ra no sabe cómo actuar. Es la pri­me­ra vez que se encuen­tra con un tipo así.

Esa mis­ma tar­de apa­re­ce una joven con zapa­tos negros y una mochi­la a la espal­da. Se sien­ta a su lado, sin pedir per­mi­so, en el ban­co públi­co don­de Brais está fuman­do un ciga­rro.

—¿Eres tú el que escri­be tris­te?, le pre­gun­ta.

Brais son­ríe por pri­me­ra vez en años.

La joven reco­ge con cier­ta ale­gría todos los pape­les y le pide que le cuen­te el ori­gen de esa afi­ción. Brais escu­cha como quien reco­ge pie­dras raras en la pla­ya.

La joven se mar­cha sin des­pe­dir­se con un «aho­ra ven­go».

Brais espe­ra, pero la joven no vuel­ve y escri­be de nue­vo una fra­se en un papel que saca del bol­si­llo: «Hay ausen­cias que pesan más que los recuer­dos». Lo deja en el ban­co.

Cuan­do Brais abre el por­tal y mira en el buzón, encuen­tra un papel que dice: «Bús­ca­me por­que aún ten­go muchas pre­gun­tas».

Esa noche nadie más ve a Brais, pero un tes­ti­go cuen­ta que esa noche deja en dife­ren­tes ban­cos de la ciu­dad pape­les con fra­ses escri­tas por él. Todos al mis­mo tiem­po. Y nadie sabe lo que dicen. Solo alguien afir­ma que una joven se dedi­ca todas las noches a reco­ger­los y a guar­dar­los en una des­or­de­na­da buhar­di­lla. (A la som­bra del ver­bo) (2025)

 

PEDORRO

Ven­ti­lar un pedo es, aun­que pocos lo admi­tan, un arte ances­tral de equi­li­brio entre la nece­si­dad bio­ló­gi­ca y la dig­ni­dad social. Hay quie­nes lo tra­tan como una ope­ra­ción de inte­li­gen­cia: cal­cu­lan ángu­los, pre­sio­nes y corrien­tes de aire, eje­cu­tan­do el ‘sigi­lo­so estra­té­gi­co’ con la pre­ci­sión de un fran­co­ti­ra­dor. Otros pre­fie­ren el ‘modo ven­ti­la­dor’, con­fian­do en un giro de cade­ra que dis­per­se la evi­den­cia antes de que la con­cien­cia —o el olfa­to ajeno— la detec­te. En la ofi­ci­na abun­da el ‘pedi­to diplo­má­ti­co’, libe­ra­do entre el chi­rri­do de la silla y un tosi­do casual, mien­tras los más crea­ti­vos optan por el ‘cul­po­so’, que siem­pre encuen­tra en el perro un per­fec­to chi­vo expia­to­rio.

Pero no fal­tan los valien­tes: los que hacen del gas una decla­ra­ción de prin­ci­pios, el ‘artís­ti­co’ que se libe­ra con orgu­llo y melo­día, dejan­do su hue­lla olfa­ti­va como si fue­ra fir­ma de autor. Y cuan­do la situa­ción se pone crí­ti­ca, entra en esce­na el ‘camu­fla­je tác­ti­co’: una com­bi­na­ción de paso disua­so­rio, mira­da ino­cen­te y cam­bio repen­tino de con­ver­sa­ción. Por­que ven­ti­lar un pedo sin ser des­cu­bier­to exi­ge cálcu­lo, des­ca­ro y fe en el azar.

Al final, nadie esca­pa a esta demo­cra­cia del aire: todos lo hacen, nadie lo con­fie­sa, y solo unos pocos logran con­ver­tir el momen­to en una peque­ña vic­to­ria con­tra la repre­sión intes­ti­nal y la hipo­cre­sía social. Por­que, en el fon­do, cada pedo ven­ti­la­do es un recor­da­to­rio humil­de pero pode­ro­so de que, por muy civi­li­za­dos que pre­ten­da­mos ser… segui­mos sien­do cria­tu­ras de gases y espe­ran­za.

DISCUSIÓN PSEUDOFILOSÓFICA SOBRE GALICIA

GUSTAVO.- ¿Verano en Gali­cia? ¿Eso qué es? ¿Una bro­ma cli­má­ti­ca? ¿Un simu­la­cro de esta­ción? Lle­vas tres días en chan­clas y ya tie­nes hon­gos. No hay sol, hay hume­dad. No hay calor, hay moho. Esto no es verano, es una pri­ma­ve­ra depri­mi­da con com­ple­jo de oto­ño.

RAMIRO.- Qué bru­to eres. El verano galle­go es un rega­lo para los que no sopor­ta­mos el infierno de Madrid. Aquí res­pi­ras. Aquí duer­mes sin sudar como un cer­do. Aquí pue­des cami­nar sin que el asfal­to te derri­ta las sue­las. Es un verano para el alma, no para Ins­ta­gram.

GUSTAVO.- ¿Para el alma? ¿Y qué hace el alma cuan­do lle­va cin­co días sin ver el sol? ¿Se ali­men­ta de nie­bla? ¿Se ilu­mi­na con el gris? No me jodas, Rami­ro. Esto es per­fec­to si eres un hele­cho. Pero los huma­nos nece­si­ta­mos vita­mi­na D, no poe­sía húme­da.

RAMIRO.- La llu­via lim­pia, Gus­ta­vo. Puri­fi­ca. Te obli­ga a parar, a mirar, a escu­char. ¿Has oído cómo sue­na el agua en los teja­dos de pie­dra? ¿Has sen­ti­do el fres­cor de una maña­na en Lugo, con el cie­lo enca­po­ta­do y el café humean­do? Eso es vida. Eso es verano.

GUSTAVO.- Eso es hume­dad en los hue­sos, eso es reu­ma pre­coz, eso es tener que lle­var cha­que­ta en julio como si fue­ras el abue­lo de Hei­di. ¿Y el café? El café humea igual en Alme­ría, pero allí no tie­nes que secar­te los cal­ce­ti­nes con el seca­dor.

RAMIRO.- Pero en Alme­ría te fríes. Te cue­ces. Te con­vier­tes en una cro­que­ta huma­na. Aquí pue­des leer, pen­sar, escri­bir. Aquí el verano no te obli­ga a estar en una pis­ci­na rodea­do de niños chi­llan­do y adul­tos borra­chos. Aquí hay silen­cio. Aquí hay nie­bla. Aquí hay alma.

GUSTAVO.- Aquí hay hon­gos, Rami­ro. Hon­gos en las pare­des, hon­gos en los pies, hon­gos en el alma. Y silen­cio, sí, por­que nadie quie­re salir. Por­que está llo­vien­do. Por­que el cie­lo pare­ce una sába­na sucia. Por­que el verano galle­go es una esta­fa emo­cio­nal.

RAMIRO.- Pues pre­fie­ro esta esta­fa a la tira­nía del sol. Pre­fie­ro un paseo por la pla­ya de Car­no­ta con chu­bas­que­ro que una bar­ba­coa en Cór­do­ba con 42 gra­dos y mos­cas sui­ci­das. Pre­fie­ro el ver­de que se rie­ga solo, que el marrón que se que­ma sin pie­dad.

GUSTAVO.- Pre­fie­res el ver­de por­que no tie­nes que ten­der la ropa. Por­que no tie­nes hijos que se abu­rren. Por­que no tie­nes que expli­car a tus ami­gos que sí, que es verano, aun­que parez­ca noviem­bre. Por­que vives en una fan­ta­sía cli­má­ti­ca que solo fun­cio­na si eres tú.

RAMIRO.- Y tú vives en una dic­ta­du­ra tér­mi­ca. En un cul­to al sol que te ha deja­do seco por den­tro. Gali­cia no es para todos, Gus­ta­vo. Gali­cia es para los que saben mirar más allá del cie­lo. Para los que entien­den que el verano no tie­ne que gri­tar para exis­tir.

GUSTAVO.- Pues que se lo que­de Gali­cia. Que se lo que­de con su llu­via, su fres­co, su nie­bla y sus poe­tas empa­pa­dos. Yo me voy don­de el verano se nota. Don­de el sol no se escon­de. Don­de la esta­ción no tie­ne com­ple­jo de oto­ño.

RAMIRO.- Y yo me que­do don­de el verano no me obli­ga a fin­gir que soy feliz solo por­que hay sol. Me que­do en Gali­cia, con mi chu­bas­que­ro, mi café, mi alma moja­da y mi paz. (Nie­blas y lem­bran­zas) (1995–2025)

VERANOS EN BERTAMIRÁNS: UNA EPOPEYA FAMILIAR

La epo­pe­ya fami­liar comen­za­ba en la esta­ción del Nor­te de Madrid. Allí, entre el bulli­cio de los via­je­ros y el sil­bi­do de los tre­nes, se reu­nía nues­tra peque­ña cara­va­na: los adul­tos ―no todos los de la fami­lia por­que algu­nos se libra­ban― y una tro­pa de pri­mos que en oca­sio­nes lle­gá­ba­mos a diez. El andén se con­ver­tía en un esce­na­rio de abra­zos, rega­ñi­nas, male­tas impo­si­bles de cerrar y niños, noso­tros, que ya empe­zá­ba­mos a corre­tear como si el via­je fue­ra par­te de nues­tro jue­go.

El tra­yec­to en tren, en el «famo­so» TER, de casi diez horas, era una tra­ve­sía heroi­ca que no sé cómo sopor­ta­ban los mayo­res, espe­cial­men­te mi madre. Noso­tros, los peque­ños ―no sé si hiper­ac­ti­vos― lo vivía­mos como una aven­tu­ra: explo­rá­ba­mos los vago­nes, hacía­mos alian­zas secre­tas para que no nos pilla­ran, y reci­bía­mos rega­ñi­nas cons­tan­tes de los revi­so­res que inten­ta­ban man­te­ner el orden. Los adul­tos, mi madre, con un male­tín lleno de boca­di­llos, zumos y pacien­cia, eran los ver­da­de­ros capi­ta­nes de aque­lla expe­di­ción.

Al lle­gar a San­tia­go, el des­em­bar­co era digno de una pelí­cu­la: los bul­tos y male­tas se mul­ti­pli­ca­ban, el taxi―camioneta lo reven­tá­ba­mos y Ber­ta­mi­ráns nos espe­ra­ba como cada verano, con sus casas abier­tas, sus olo­res fami­lia­res y esa sen­sa­ción de que el tiem­po allí trans­cu­rría de otra mane­ra.

Duran­te dos meses cada verano, Ber­ta­mi­ráns se con­ver­tía en el epi­cen­tro de nues­tra his­to­ria fami­liar. A esca­sos kiló­me­tros de San­tia­go, este rin­cón galle­go nos aco­gía como si supie­ra que allí se ges­ta­ban memo­rias que dura­rían toda una vida. En el mes cum­bre, agos­to, lle­gá­ba­mos a ser die­ci­nue­ve per­so­nas: padres, tíos sol­te­ros o viu­dos, y noso­tros, diez pri­mos de todas las eda­des. Una cons­te­la­ción huma­na que orbi­ta­ba en torno a tres casas que pare­cían expan­dir­se mági­ca­men­te para dar­nos cobi­jo a todos.

La con­vi­ven­cia era inten­sa, a veces caó­ti­ca, pero siem­pre autén­ti­ca. Reía­mos con fuer­za, dis­cu­tía­mos con pasión, llo­rá­ba­mos sin pudor cuan­do había que bañar­se. Cada día era una aven­tu­ra com­par­ti­da, un capí­tu­lo nue­vo en una nove­la que escri­bía­mos entre todos.

Las difi­cul­ta­des para ver la tele­vi­sión de noche por cul­pa de una ante­na rebel­de se con­ver­tían en una come­dia dra­má­ti­ca invo­lun­ta­ria. Nos reu­nía­mos fren­te a un vetus­to apa­ra­to como si fue­ra un altar, espe­ran­do que la ima­gen se esta­bi­li­za­ra, mien­tras los mayo­res ajus­ta­ban de mil for­mas la ante­na con la úni­ca inten­ción de poder ver el pri­mer canal, el úni­co que se podía pro­gra­mar.

Los jue­gos en torno a los diez años eran el alma de nues­tras tar­des y noches. El escon­di­te se vol­vía épi­co, con estra­te­gias dig­nas de una ope­ra­ción mili­tar. Diga­mos que no fal­ta­ban los sus­tos morro­co­tu­dos, no sé si inten­cio­na­dos.

Los meno­res com­pe­tía­mos en con­cur­sos de zurra­pas, una tra­di­ción inven­ta­da por un pri­mo mayor que mez­cla­ba crea­ti­vi­dad «culi­na­ria» con valen­tía esto­ma­cal.

Al cabo de los años, los ciga­rros fur­ti­vos en el bos­que, o en el trián­gu­lo, eran ritua­les de ini­cia­ción, com­par­ti­dos entre susu­rros y mira­das cóm­pli­ces. A los 14 años, muchos sen­ti­mos esa mez­cla de curio­si­dad, inse­gu­ri­dad y deseo de per­te­ne­cer, y en ese inten­to por cre­cer rápi­do, imi­tá­ba­mos ges­tos, pala­bras o acti­tu­des que veía­mos en nues­tros pri­mos mayo­res y que nos ser­vían como mode­los. La aldea te daba esa liber­tad.

Las peti­cio­nes a últi­ma hora siem­pre para ir a la ver­be­na de La Pere­gri­na ―la vir­gen que se vene­ra­ba en nues­tra fin­ca y que cele­brá­ba­mos todo el pue­blo su día mayor el segun­do domin­go de agos­to― eran nego­cia­cio­nes diplo­má­ti­cas que invo­lu­cra­ban pro­me­sas de buen com­por­ta­mien­to y el aca­ta­mien­to de un estric­to hora­rio. Nun­ca se res­pe­ta­ban.

Las galle­tas de nata, hechas por las manos exper­tas de Pepa, la coci­ne­ra, eran el man­jar más espe­ra­do, y su aro­ma anun­cia­ba que algo espe­cial esta­ba por suce­der. Nos inven­ta­mos que había que pro­te­ger como un for­tín la ala­ce­na de las galle­tas de nata. Sar­cas­mo puro y duro por­que éra­mos noso­tros los que aco­me­tía­mos las úni­cas incur­sio­nes.

A veces, los veci­nos nos invi­ta­ban de noche a ver cómo orde­ña­ban a las vacas, y ese ges­to sen­ci­llo, pero tras­cen­den­tal para el cam­po, nos conec­ta­ba con una vida rural que nos fas­ci­na­ba y que des­co­no­cía­mos abso­lu­ta­men­te.

Las bici­cle­tas eran nues­tras alia­das. Con ellas reco­rría­mos cami­nos, des­cu­bría­mos rin­co­nes secre­tos, íba­mos a la pis­ci­na y sen­tía­mos que el mun­do era nues­tro.

En una de esas tar­des eter­nas, yo, con quin­ce años y una ener­gía «gam­be­rru­na» des­bor­dan­te, me rom­pí gra­ve­men­te el bra­zo dere­cho en una frac­tu­ra abier­ta de cúbi­to y radio por hacer el ani­mal con un pati­ne­te que era para cual­quier uso menos el que fabu­la­mos los chi­cos en esa oca­sión. Tal vez qui­si­mos emu­lar ―yo, el pri­me­ro― a Fran­cis­co Fer­nán­dez Ochoa cuan­do ganó la meda­lla de oro en las olim­pia­das de invierno de Sap­po­ro en 1972 en la prue­ba de esla­lon. Fue un tre­men­do sus­to que se pro­lon­gó duran­te diez meses ―jun­to a la fas­ti­dio­sa mono­nu­cleo­sis, esto mere­ce otra entra­da― y que resol­vió por fin en Madrid el reco­no­ci­do doc­tor Ladre­da en La Paz con un injer­to de hue­so de la cres­ta ilía­ca. Lo que debe­ría haber sido una rec­ti­fi­ca­do­ra lec­ción se con­vir­tió en una anéc­do­ta que me valió para pre­su­mir duran­te los años siguien­tes.

La habi­ta­ción des­ti­na­da al estu­dio tenía un nom­bre que nos hacía reír: Calabacines’s Club. Allí, los que había­mos sus­pen­di­do algu­na asig­na­tu­ra inten­tá­ba­mos recu­pe­rar el tiem­po per­di­do, mien­tras los demás entra­ban a moles­tar­nos, a char­lar, o sim­ple­men­te a com­par­tir el fres­cor, o la llu­via, de las maña­nas de verano. Era un espa­cio de reden­ción y cama­ra­de­ría. Recuer­do que el mayor de los pri­mos, ya fue­ra del cole­gio, con una esca­le­ra de made­ra tam­ba­lean­te pre­ten­día sor­pren­der­nos en un renun­cio esca­lan­do por una de las ven­ta­nas del estu­dio.

El sába­do vís­pe­ra del segun­do domin­go de agos­to, día de la Vir­gen Pere­gri­na, los mayo­res, ayu­da­dos por las fuer­zas vivas de la aldea, se vol­ca­ban en los pre­pa­ra­ti­vos de la misa mayor que se ofi­cia­ba ese domin­go a las 11 de la maña­na y su pos­te­rior pro­ce­sión por dife­ren­tes carre­te­ras que bor­dea­ban nues­tra fin­ca. Todos nos ves­tía­mos de gala. Noso­tros, los más jóve­nes, por la seque­dad de la boca, hacía­mos fre­cuen­tes via­jes a la fuen­te natu­ral de agua que había en el patio de la coci­na, mien­tras obser­vá­ba­mos y par­ti­ci­pá­ba­mos en la cere­mo­nia con res­pe­to y algo de impa­cien­cia.

En algún momen­to, Jor­ge y yo nos pro­pu­si­mos hacer un perió­di­co para sacar algo de dine­ro. Qui­zá influen­cia­dos por Jesús Her­mi­da, que fue el narra­dor de la lle­ga­da del hom­bre a la luna para la tele­vi­sión espa­ño­la el 20 de julio de 1969, cubrien­do el even­to des­de Hous­ton. La idea de nues­tro perió­di­co era bue­na, la eje­cu­ción caó­ti­ca, pero el entu­sias­mo era real. Aun­que no pros­pe­ró, nos dejó fra­ses memo­ra­bles y por­ta­das ima­gi­na­rias que aún recor­da­mos.

Las excur­sio­nes a la pla­ya de Las Gavio­tas en Noia eran otro ritual. Un adul­to nos lle­va­ba en su SEAT 1500 por la maña­na para pasar allí un par de horas. El agua, géli­da como pocas, nos reci­bía con bofe­ta­das de frío que nos deja­ban las pier­nas amo­ra­ta­das, pero feli­ces y con­ten­tos. Jugá­ba­mos con cas­ti­llos de are­na, nos ente­rrá­ba­mos y soñá­ba­mos con aven­tu­ras mari­nas que eran pro­pias de los mayo­res.

Ya en la ado­les­cen­cia tar­día, las noches con­fi­gu­ra­ron otro uni­ver­so. San­tia­go nos ofre­cía su movi­da, había que rom­per tabúes, y las ver­be­nas de aldeas cer­ca­nas a la nues­tra eran el espa­cio pro­pi­cio para diver­tir­nos has­ta altas horas de la maña­na. Bai­lá­ba­mos, reía­mos, y des­cu­bría­mos que la juven­tud tie­ne su pro­pio len­gua­je, hecho de músi­ca, luces y pro­me­sas. Fue allí don­de comen­za­ron los pri­me­ros ton­teos, las mira­das tími­das, los silen­cios que decían más que las pala­bras y las frus­tra­cio­nes por la «bre­ve­dad» del verano.

Aque­llos vera­nos en Ber­ta­mi­ráns fue­ron más que vaca­cio­nes. Fue­ron una escue­la de vida, un labo­ra­to­rio de emo­cio­nes, un refu­gio don­de apren­di­mos a con­vi­vir, a com­par­tir, a cre­cer. Hoy, al recor­dar­los, no pue­do evi­tar son­reír. Por­que en cada rin­cón de esas casas y en cada rin­cón de la era que las reu­nía, en cada sen­de­ro del bos­que, en cada ola hela­da de la pla­ya, que­dó gra­ba­da una par­te de noso­tros. (Nie­blas y lem­bran­zas) (1995–2025)

ENTREVISTA SURREALISTA ENTRE UN EMPRESARIO Y UN TRABAJADOR

Empre­sa­rio.- Bue­nas tar­des, caba­lle­ro. Usted es el can­di­da­to núme­ro 27. Los ante­rio­res ya se mar­cha­ron corrien­do. ¿Trae algo espe­cial para con­ven­cer­me?

Tra­ba­ja­dor.- Trai­go un saco de pata­tas y una gai­ta. Las pata­tas son para nego­ciar el sala­rio y la gai­ta para ani­mar las reunio­nes.

Empre­sa­rio.- Exce­len­te. Aquí valo­ra­mos la inno­va­ción. ¿Sabe usted hacer infor­mes?

Tra­ba­ja­dor.- Infor­mes no, pero sé inven­tar pala­bras raras y poner­las en un Power­Point con colo­res lla­ma­ti­vos. Eso siem­pre impre­sio­na.

Empre­sa­rio.- Eso es exac­ta­men­te lo que nece­si­ta­mos. Aquí nadie lee los infor­mes, pero si tie­nen grá­fi­cos y pala­bras como «siner­gia dis­rup­ti­va» ya pare­ce que tra­ba­ja­mos.

Tra­ba­ja­dor.- Pues yo tam­bién pue­do aña­dir fra­ses en latín inven­ta­do. Por ejem­plo: «Pata­ti­cus maxi­mus». Que­da muy pro­fe­sio­nal.

Empre­sa­rio.- Mara­vi­llo­so. El pues­to es de direc­tor de nada. Tie­ne que man­dar sobre todo el mun­do sin hacer abso­lu­ta­men­te nada. ¿Cree que pue­de?

Tra­ba­ja­dor.- Hom­bre, yo ya man­do en casa sin pagar fac­tu­ras. Esto sería un ascen­so natu­ral.

Empre­sa­rio.- El sala­rio es sim­bó­li­co: dos mone­das de cho­co­la­te al mes y acce­so ili­mi­ta­do a la máqui­na de café, siem­pre que trai­ga el azú­car de casa.

Tra­ba­ja­dor.- Per­fec­to. Yo ya estoy acos­tum­bra­do a cobrar en espe­cie. En mi últi­mo tra­ba­jo me paga­ban con entra­das para la ver­be­na y vales de chu­rras­co.

Empre­sa­rio.- Aquí tam­bién tene­mos bene­fi­cios socia­les: pue­de lle­var­se a casa los clips, las gra­pas e inclu­so los post-it usa­dos. Eso sí, tie­ne que fir­mar­los como si fue­ran patri­mo­nio his­tó­ri­co.

Tra­ba­ja­dor.- Me encan­ta. Ade­más, qui­zá mon­te un museo de mate­rial de ofi­ci­na roba­do. Ya veo a la gen­te pagan­do entra­da para ver un boli Bic medio mor­di­do.

Empre­sa­rio.- Usted tie­ne visión empre­sa­rial. Díga­me, ¿cómo se ve den­tro de cin­co años?

Tra­ba­ja­dor.- Den­tro de cin­co años me veo sen­ta­do en la mis­ma silla, pero con una man­ta enci­ma, por­que segu­ro que no ponen cale­fac­ción. Y con más pata­tas, cla­ro.

Empre­sa­rio.- Esa ambi­ción es la que bus­ca­mos. La empre­sa nece­si­ta gen­te que no quie­ra pro­gre­sar, para que no nos dé tra­ba­jo des­pe­dir­la. Bien­ve­ni­do al equi­po.

Tra­ba­ja­dor.- Gra­cias. Eso sí, maña­na no ven­go, que ten­go que ir a la feria. Pero pasa­do maña­na igual paso a tomar un café y ya vemos.

Empre­sa­rio.- Per­fec­to. Aquí la pun­tua­li­dad es opcio­nal. Lo impor­tan­te es que parez­ca que tra­ba­ja­mos cuan­do vie­nen los ins­pec­to­res. Si no vie­ne, mejor, que así no ocu­pa sitio.

Tra­ba­ja­dor.- Pues ya está. Con­tra­ta­do sin tra­ba­jar. Este es el mejor empleo de mi vida. Voy a cele­brar­lo con una tapa de pul­po.

Empre­sa­rio.- Y yo con un vino. La empre­sa que­da cerra­da has­ta nue­vo avi­so. ¡Pro­duc­ti­vi­dad galle­ga en su máxi­mo esplen­dor! (A la som­bra del ver­bo) (1995–2025)

EL ESCRITOR CAÓTICO

No sé si seguir con el blog. No sé si cerrar­lo. No sé si impor­ta. No sé si alguien lo lee. No sé si yo lo leo. No sé si tie­ne sen­ti­do seguir escri­bien­do cosas que no tie­nen for­ma, ni fon­do, ni fuer­za. Me repi­to. Me con­tra­di­go. Me ago­to. Me decep­ciono. Me doy ver­güen­za. Me doy rabia. Me doy pena. Me doy igual.

Hay días en los que pien­so que debe­ría hacer como Elías Fritz, que no solo abrió y cerró su blog vein­te veces, sino que en la últi­ma lo divi­dió en sie­te par­tes, las publi­có en sie­te pla­ta­for­mas dis­tin­tas, lue­go las borró todas, lue­go las recu­pe­ró, lue­go las mez­cló, lue­go las tra­du­jo al espe­ran­to, lue­go las con­vir­tió en un archi­vo de audio que nadie pudo repro­du­cir, lue­go se peleó con sí mis­mo en los comen­ta­rios, lue­go se blo­queó a sí mis­mo, lue­go escri­bió una entra­da pidien­do per­dón por exis­tir, lue­go la borró, lue­go la vol­vió a subir, lue­go la edi­tó para insul­tar­se, lue­go se denun­ció por pla­gio, lue­go se absol­vió, lue­go se fue. O como Mar­ti­na del Río, que impri­mió todo su blog, lo metió en una caja de car­tón y lo tiró al Táme­sis una madru­ga­da de enero, sin tes­ti­gos, sin expli­ca­ción, solo por­que no sopor­ta­ba ver sus tex­tos acu­mu­la­dos. O como Hugo Sanz, que escri­bió una entra­da titu­la­da “Últi­ma cena digi­tal” y lue­go lle­vó su por­tá­til a un par­que de rep­ti­les en Flo­ri­da y lo lan­zó a la boca de un coco­dri­lo lla­ma­do Mar­vin, que lo tri­tu­ró sin esfuer­zo. O como Cla­ra Vig­na­le, que pren­dió fue­go a su blog en sen­ti­do lite­ral: impri­mió cada entra­da, las api­ló en su jar­dín y les pren­dió fue­go mien­tras gri­ta­ba que el algo­rit­mo la había trai­cio­na­do. O como Tomás Gutié­rrez, que denun­ció su pro­pio blog a la poli­cía por aco­so emo­cio­nal, y cuan­do los agen­tes le dije­ron que eso no tenía sen­ti­do, insis­tió tan­to que aca­ba­ron lle­ván­do­lo a la cár­cel por alte­ra­ción del orden públi­co.

Y yo aquí, sin saber si quie­ro hacer algo pare­ci­do o si solo quie­ro que alguien me diga que no estoy tan mal. Pero sí estoy mal. Estoy can­sa­do. Estoy har­to. Estoy blo­quea­do. Estoy solo. Estoy escri­bien­do esto como si fue­ra una con­fe­sión, pero ni siquie­ra sé si lo voy a publi­car. No sé si quie­ro que lo lean o que lo igno­ren. No sé si quie­ro que me entien­dan o que me olvi­den. No sé si esto es una des­pe­di­da o solo otra noche más en la que no pue­do dor­mir y me pon­go a escri­bir para no pen­sar.

No sé.

Y mien­tras no sé, sigo escri­bien­do. Aun­que no sir­va. Aun­que no gus­te. Aun­que no impor­te. Aun­que no se entien­da. Aun­que no se lea. Aun­que no se que­de. Aun­que no se note. Aun­que no se sal­ve. Aun­que no se cure. Aun­que no se arre­gle. Aun­que no se cie­rre. Aun­que no se abra. Aun­que no sepa. (A la som­bra del ver­bo) (1995–2025)

EL POTE GALLEGO

El pote, en Gali­cia, es mucho más que un sim­ple reci­pien­te de barro o hie­rro. Es sím­bo­lo de hogar, de comu­ni­dad, de tra­di­ción y de memo­ria com­par­ti­da. En el cen­tro de la coci­na, con el fue­go a sus pies, el pote es don­de se mez­clan los sabo­res de la tie­rra y los afec­tos de la fami­lia. En él se cue­cen los cal­dos, los gui­sos, las his­to­rias y los silen­cios. Cada ingre­dien­te que se aña­de tie­ne un sig­ni­fi­ca­do, cada aro­ma que se ele­va es par­te de la iden­ti­dad fami­liar.

El pote es un con­te­ne­dor emo­cio­nal: todo cabe en él, des­de los recuer­dos de la infan­cia has­ta los rela­tos de los ante­pa­sa­dos. Es metá­fo­ra de la vida mis­ma, don­de se mez­clan momen­tos dul­ces y amar­gos, tiem­pos de abun­dan­cia y de esca­sez, encuen­tros y des­pe­di­das. Este sim­bo­lis­mo sir­ve de hilo con­duc­tor para explo­rar Gali­cia a tra­vés de sus pai­sa­jes, monu­men­tos, per­so­na­jes y sen­ti­mien­tos. Por­que todo, inclu­so lo que pare­ce peque­ño u olvi­da­do, tie­ne cabi­da en el pote de la memo­ria galle­ga.

El pote es un espa­cio de memo­ria viva, un cua­derno de via­je emo­cio­nal que reco­rre los rin­co­nes más ínti­mos y her­mo­sos de Gali­cia. Aquí, las pala­bras son semi­llas que cre­cen entre los cami­nos de pie­dra, los bos­ques húme­dos y las bru­mas que envuel­ven las aldeas.

En torno al pote toda la fami­lia escu­cha rela­tos que mez­clan lo per­so­nal con lo colec­ti­vo, don­de los monu­men­tos no son solo pie­dras sino tes­ti­gos del tiem­po: cas­tros olvi­da­dos, igle­sias romá­ni­cas que guar­dan secre­tos de siglos, pazos que cuen­tan leyen­das de hidal­gos o cru­cei­ros que guar­dan miles de sue­ños. Tam­bién, en su inte­rior, hay espa­cios natu­ra­les que qui­tan el alien­to: cas­ca­das escon­di­das, pla­yas que pare­cen sue­ños y fra­gas que laten con vida pro­pia.

El pote es un espe­jo don­de se refle­jan los sen­ti­mien­tos que des­pier­ta en mí Gali­cia: la morri­ña por una tie­rra que no quie­ro olvi­dar, el arrai­go fami­liar casi per­di­do, el orgu­llo de un ori­gen inigua­la­ble, la espi­ri­tua­li­dad que me trans­for­ma sin reme­dio, la ter­nu­ra de una llu­via menu­da que aca­ri­cia, la fuer­za de una iden­ti­dad nun­ca per­di­da y una recon­for­tan­te melan­co­lía por las vie­jas cos­tum­bres. Es un dia­rio de expe­rien­cias vivi­das y soña­das, de cami­na­tas por el Camino de San­tia­go, de fies­tas popu­la­res lle­nas de músi­ca y fue­go y de cenas com­par­ti­das jun­to a una chi­me­nea.

Los per­so­na­jes que salen del pote son reales e ima­gi­na­rios, veci­nos de car­ne y hue­so o figu­ras que la tra­di­ción man­tie­ne vivas: el anciano que rela­ta cuen­tos en la taber­na, la mujer que reco­ge hier­bas de San Juan, el mari­ne­ro que habla con el mar como con un her­mano, el emi­gran­te que vuel­ve de la nada o del todo, la mei­ga satá­ni­ca o la bru­xa que cura el mal de ojo. Todos ellos for­man par­te de este uni­ver­so que es Gali­cia.

El pote sim­bo­li­za a quien ama la pala­bra, a quien recuer­da aque­lla Gali­cia, a quien bus­ca reco­no­cer­se en el pai­sa­je y en la memo­ria, para quien entien­de que cada pie­dra, cada camino y cada recuer­do tie­nen algo que decir. Por­que todo, inclu­so lo más peque­ño, inclu­so lo que pare­ce olvi­da­do, cabe en el pote de la vida galle­ga. Sólo que­da que lo abra­mos todos para com­par­tir­lo. (A la som­bra del ver­bo) (1995–2025)

LA BELLEZA DE LAS MUJERES

La belle­za de las muje­res no se mide, se sien­te. No se encie­rra en for­mas ni se atra­pa en pala­bras. Es un tem­blor que atra­vie­sa la mira­da, una luz que se posa en los ges­tos más sim­ples: en la for­ma en que reco­gen el cabe­llo, en el silen­cio que dejan al mar­char­se, en la risa que esta­lla sin per­mi­so.

Hay muje­res que cami­nan como si el mun­do las espe­ra­ra. Otras que se detie­nen y, sin saber­lo, hacen que todo gire a su alre­de­dor. Hay belle­za en sus manos, en sus voces, en sus dudas. En la piel que guar­da secre­tos, en los ojos que no temen mirar de fren­te, en las cica­tri­ces que no ocul­tan.

La belle­za de una mujer está en su for­ma de estar pre­sen­te, de resis­tir, de amar sin pedir per­mi­so. En la ter­nu­ra que ofre­ce sin con­di­cio­nes, en la fuer­za que sos­tie­ne sin alar­des. Es una belle­za que no bus­ca apro­ba­ción, que no se rin­de ante el espe­jo, que flo­re­ce inclu­so en la som­bra.

He vis­to muje­res que bri­llan sin saber­lo, que trans­for­man el aire con su paso, que hacen del mun­do un lugar más habi­ta­ble solo con exis­tir. Muje­res que no nece­si­tan ador­nos, por­que su esen­cia bas­ta. Muje­res que son poe­ma sin ver­so, músi­ca sin par­ti­tu­ra, fue­go sin ceni­za.

Y cuan­do una mujer se sabe bella, no por lo que le dicen, sino por lo que sien­te, enton­ces el uni­ver­so se orde­na. Por­que la belle­za de las muje­res no está en lo que mues­tran, sino en lo que des­pier­tan. (A la som­bra del ver­bo) (1995–2025)

WENCESLAO FERNÁNDEZ FLÓREZ

La vida de Fer­nán­dez Fló­rez fue una cons­tan­te para­do­ja.

Fue un des­ta­ca­do y aten­tí­si­mo cro­nis­ta par­la­men­ta­rio, suce­dió a Azo­rín en ABC, y un pio­ne­ro del cine en Espa­ña.

Era un dan­di con­ser­va­dor que, en sus obras, cues­tio­na­ba con iro­nía la mili­cia, la igle­sia, el caci­quis­mo, la patria.

Empe­zó a escri­bir, tras la muer­te de su padre, en perió­di­cos de peque­ña difu­sión a los quin­ce años unos artícu­los muy elo­gia­dos por la crí­ti­ca de enton­ces. A los die­cio­cho ya diri­gía un dia­rio, lo que mues­tra su deter­mi­na­ción y talen­to pre­coz. En este pun­to, hace muchos años, en un via­je que hice a Ferrol, «un ferro­lí­ti­co» ―díce­se del ferro­lano de pro que es capaz de sobre­vi­vir a los vai­ve­nes de la his­to­ria naval, indus­trial y polí­ti­ca de la ciu­dad― me con­tó que diri­gió duran­te año y medio el Dia­rio Ferro­lano, pero como legal­men­te no podía ejer­cer ese car­go sien­do menor de vein­ti­trés, fal­seó su fecha de naci­mien­to para poder asu­mir­lo. Este ges­to mues­tra tan­to su deter­mi­na­ción como su pre­coz talen­to perio­dís­ti­co.

Recha­zó las van­guar­dias lite­ra­rias, pre­fi­rien­do una narra­ti­va cla­ra, direc­ta y efi­caz, sin per­der pro­fun­di­dad ni fres­cu­ra.

Su obra está impreg­na­da de un humor que no bus­ca la risa fácil, sino que reve­la las con­tra­dic­cio­nes y absur­dos de la socie­dad. «La huma­ni­dad tra­ba­ja por horror al tra­ba­jo, por un afán tenaz y espe­ran­za­do de librar­se de él».

Su esti­lo se carac­te­ri­za por una iro­nía agu­da, que recuer­da a auto­res como Ana­to­le Fran­ce o inclu­so Char­les Dic­kens en su cor­dia­li­dad huma­na. En obras como Vol­vo­re­ta o El bos­que ani­ma­do, se per­ci­be una sen­si­bi­li­dad nos­tál­gi­ca hacia el mun­do rural galle­go, que con­tras­ta con su visión urba­na más des­en­can­ta­da. En 1913, pasó el verano en San Sal­va­dor de Cece­bre, y que­dó tan fas­ci­na­do por el entorno que vol­vió cada año has­ta el final de sus días. Allí se ins­pi­ró para escri­bir El bos­que ani­ma­do, y hoy su casa en la calle apea­de­ro 14 se ha con­ver­ti­do en museo y cen­tro de inter­pre­ta­ción.

Aun­que sea tirar­me pie­dras sobre mi pro­pio teja­do, le recuer­do una fra­se que soy inca­paz de olvi­dar por lo que a mí toca: «No debe leer­se nun­ca a un mal escri­tor, ni aun para des­de­ñar­lo. Siem­pre hay un gru­mo de ton­te­ría que se pega».

Álva­ro Cun­quei­ro, maes­tro de la narra­ti­va fan­tás­ti­ca y fun­di­dor de lo míti­co con lo coti­diano, habló elo­gio­sa­men­te de él. «Es humano, iró­ni­co, sen­ci­llo y cami­na con la nos­tal­gia a la espal­da. Nos vacu­na con­tra el puri­ta­nis­mo y el inte­lec­tua­lis­mo, y atien­de espe­cial­men­te a la crea­ción y desa­rro­llo de un espí­ri­tu libre, humano e ilu­sio­na­do. Pero nada ni nadie le libra­rá de su melan­co­lía, su escep­ti­cis­mo y su fan­ta­sía».

Lle­vó con serie­dad la eti­que­ta de humo­ris­ta, que le abrió las puer­tas de la Real Aca­de­mia Espa­ño­la. Se carac­te­ri­zó siem­pre por evi­tar el chis­te fácil: «El humo­ris­ta no es un clown», recor­da­ba con fre­cuen­cia. «El humo­ris­mo ha de ser la com­pren­sión, un poco bon­da­do­sa, del alma huma­na, con todo lo que hay en ella de dolor y de pla­cer, de vir­tud y de mali­cia». Cuan­do lla­ma al humo­ris­mo «la son­ri­sa de una des­ilu­sión», acier­ta ple­na­men­te. Su obra está impreg­na­da de un humor que no bus­ca la risa fácil, sino que reve­la las con­tra­dic­cio­nes y absur­dos de la socie­dad.

De este hom­bre hay muchí­si­mas anéc­do­tas. En su lon­ge­va vida acu­mu­ló una ingen­te can­ti­dad de ellas. La que voy a narrar no es nada nue­vo, pero que refle­ja su humor cáus­ti­co y áci­do, y que nun­ca se calló estu­vie­ra delan­te de él quien estu­vie­ra.

Detes­ta­ba cual­quier tipo de fes­te­jo o cele­bra­ción, pero había algu­nos irre­cha­za­bles.

En una oca­sión lo invi­ta­ron a una fies­ta de socie­dad y no tuvo más reme­dio que asis­tir. «Estos com­pro­mi­sos me hacen llo­rar de risa», sen­ten­cia­ba él.

La anfi­trio­na, a espal­das de Fló­rez, para atraer a los dudo­sos, les dijo que iba a asis­tir un cono­ci­dí­si­mo humo­ris­ta.

Nues­tro escri­tor se sen­tó en una silla que había en una de las esqui­nas de la sala con la inten­ción de pasar inad­ver­ti­do.

Las seño­ras, que esta­ban expec­tan­tes, a la par que decep­cio­na­das por su silen­cio, le espe­ta­ron a la cara varias veces que no se le nota­ba que era humo­ris­ta.

―¡Ven­ga, hom­bre! ¡Cuén­te­nos algo gra­cio­so!

Los des­co­no­ci­dos de la fies­ta lo cer­ca­ron y cla­va­ron los ojos en su ros­tro, aguar­dan­do que con un chis­te rom­pie­ra su silen­cio y su acti­tud dis­pli­cen­te. Con gran timi­dez, dijo que no, que de nin­gún modo y que rom­pie­ra el silen­cio otra per­so­na más dis­pues­ta a la bro­ma y al chis­te. 

―Es que en la fies­ta no hay más humo­ris­ta que usted, le res­pon­die­ron con enor­me ansie­dad.

Enton­ces Fer­nán­dez Fló­rez se puso en pie y diri­gién­do­se a la mujer «más beli­ge­ran­te» le espe­tó a la cara con los ner­vios muy bien tem­pla­dos:

―Seño­ra, ¿cuál es la pro­fe­sión de su mari­do?

―Ciru­jano, y con un pres­ti­gio inta­cha­ble.

―Envi­dia­ble pro­fe­sión, seño­ra. Pues que comien­ce él.

―Mi mari­do no tie­ne nin­gu­na gra­cia, ¡cás­pi­ta!

―Es que no le hace nin­gu­na fal­ta. ¿No es ciru­jano? Pues que le extir­pe el apén­di­ce a alguien que aún lo ten­ga, y des­pués yo haré lo que uste­des quie­ran. ¿Cómo es eso de que uste­des quie­ran que sea yo el úni­co que ejer­za aquí su pro­fe­sión? No. No. No. Que empie­ce otro, ¡rayos!

Fló­rez vol­vió a su silla con una gran solem­ni­dad. Nadie lo pudo con­ven­cer. Lo que sí con­si­guió es que lo deja­ran en paz. Genio y figu­ra has­ta la sepul­tu­ra. (A la som­bra del ver­bo) (1995–2025)

 

TERRAPLANISTA

Otro mer­lu­zo en la cazue­la de los cons­pi­ra­noi­cos. Afir­ma, al esti­lo medie­val, y des­de una inso­len­te nece­dad, que la tie­rra es pla­na. Este pseu­do­cien­tí­fi­co alar­dea obs­ce­na­men­te de una estú­pi­da teo­ría que voci­fe­ran los gaña­nes de la oscu­ri­dad cien­tí­fi­ca. Los terra­pla­nis­tas son ese her­mo­so recor­da­to­rio de que la evo­lu­ción no garan­ti­za la actua­li­za­ción del soft­wa­re men­tal. Son valien­tes explo­ra­do­res del siglo XXI que, arma­dos con memes, videos de You­Tu­be y una sos­pe­cho­sa des­con­fian­za hacia la geo­me­tría, se atre­ven a desa­fiar siglos de cien­cia con el entu­sias­mo de quien aca­ba de des­cu­brir que Goo­gle Earth no es prue­ba sufi­cien­te. Para ellos, la NASA es una sec­ta, los saté­li­tes son holo­gra­mas, y los vue­los inter­na­cio­na­les una ela­bo­ra­da coreo­gra­fía de pilo­tos cóm­pli­ces para man­te­ner­nos enga­ña­dos. Es fas­ci­nan­te: des­con­fían de todo menos de su pro­pio Wi-Fi, creen que el mun­do es un esce­na­rio gigan­te cubier­to por un domo, pero nun­ca se expli­can por qué los gatos no se han caí­do por el bor­de. Y aun así, se sien­ten los héroes de la razón, los ilu­mi­na­dos que vie­ron la ver­dad en un foro con fal­tas de orto­gra­fía y músi­ca cons­pi­ra­noi­ca de fon­do. En el fon­do, los terra­pla­nis­tas no son un peli­gro para la cien­cia: son su come­dia invo­lun­ta­ria, el recor­da­to­rio de que, por más avan­ces tec­no­ló­gi­cos que ten­ga­mos, siem­pre habrá alguien dis­pues­to a mirar el hori­zon­te… y pen­sar que has­ta ahí lle­ga la inte­li­gen­cia huma­na.

GRITÉ UNA NOCHE

Hoy el día se estre­lló. / La luna inun­da la ciu­dad. / Dur­mien­do oí tu voz. / Si es un sue­ño, miro, y tú no estás. (Gri­té una noche, Anto­nio Vega)

En el mes de agos­to de un año que no recuer­do, lo tenía todo pre­pa­ra­do para enviar este tex­to a un con­cur­so lite­ra­rio que había con­vo­ca­do una orga­ni­za­ción de pro­fun­das raí­ces galle­gas, pero… a últi­ma hora, caí en el pozo de la pré­di­ca de una per­so­na muy influ­yen­te para mí… y, daque­la, este tex­to pasó a dor­mir en la car­pe­ta de las frus­tra­cio­nes lite­ra­rias. Yo no lo vota­ría nun­ca por­que es lacri­mó­geno en exce­so. Las pala­bras de este árbi­tro y sen­ten­cia­dor visio­na­rio me hun­die­ron en la mise­ria lite­ra­ria por­que, en aque­lla épo­ca, hacía caso a todo con­se­jo, vinie­ra de don­de vinie­ra. Hoy, no. Lo he rehe­cho y, en recuer­do del dicho­so y afa­ma­do juez ―hoy, falle­ci­do― he aumen­ta­do su pul­so gimien­te y lacri­mo­so de un modo inten­cio­na­do dejan­do a Béc­quer en el ban­qui­llo de los suplen­tes.

GRITÉ UNA NOCHE

Hay noches que no callan. Noches que no duer­men, que se extien­den como nie­bla sobre la piel de la memo­ria, que nos hablan en voz baja y nos piden que escu­che­mos. Este tex­to nace de esa escu­cha. Hecho de silen­cios rotos, de pala­bras que bro­tan en la oscu­ri­dad, de sen­ti­mien­tos escri­tos cuan­do el mun­do pare­ce ausen­te.

Gali­cia es el telón de fon­do, pero tam­bién es pro­ta­go­nis­ta. Está pre­sen­te en cada letra, en cada ima­gen, en cada alien­to. Es la tie­rra que me vio nacer, que me for­mó jun­to con Madrid, que me ense­ñó a nom­brar el amor, el des­amor, la morri­ña, la espe­ran­za, la son­ri­sa, la heri­da y el con­sue­lo. Gali­cia es la pie­dra moja­da que me hace recor­dar, el mar que me mur­mu­ra en silen­cio, el mon­te que me obser­va y la len­gua que me hace latir.

Estoy hacien­do un can­to ínti­mo a mi tie­rra, pero tam­bién un diá­lo­go con ella sobre lo que sien­te, lo que ama, lo que pier­de, lo que bus­ca.

Es un mapa emo­cio­nal, un haz de luces y som­bras, un con­jun­to de pul­sos escri­tos sin reloj. En estas líneas hay ale­gría, dolor, con­tem­pla­ción y rabia. Sue­ño con estar al lado de una larei­ra o en un vagón de tren camino de Breo­gán, pero no en medio de esta noche insom­ne. Escri­bo sin más­ca­ra, sin arti­fi­cio, sin mie­do a mos­trar lo que due­le y lo que sal­va y a gol­pe de san­gre.

El amor, el des­amor y sus abis­mos. La morri­ña como hilo que une tiem­pos y per­so­nas, como bru­ma que no se disuel­ve. Sue­ño sin dor­mir con encuen­tros, des­pe­di­das, cuer­pos que se bus­can y almas que se pier­den. Hay ver­sos que quie­ren ser bál­sa­mo, otros que son heri­da abier­ta. Pero lo ten­go cla­ro: «quie­ro dor­mir con­ti­go, Gali­cia».

Escri­bo de noche como lugar don­de todo se inten­si­fi­ca. En la noche escri­bo, escu­cho el lati­do de la casa que ya no exis­te, el rumor del vien­to que me habla y pal­po el silen­cio de quie­nes ya no duer­men. En la noche sien­to que pue­do ser más yo, que pue­do abrir­me sin temor, y que pue­do gri­tar sin que nadie me calle.

En defi­ni­ti­va, esta narra­ción es un acto de resis­ten­cia emo­cio­nal, una for­ma de decir que la belle­za exis­te, que el dolor pue­de ser nom­bra­do, que la pala­bra pue­de sal­var. Si te he toca­do en algo, si estas líneas te recuer­dan a algo, si algu­na pala­bra te devuel­ve una emo­ción olvi­da­da, enton­ces este tex­to habrá cum­pli­do su des­tino.

Gra­cias por lle­gar has­ta aquí. Gra­cias por cami­nar con­mi­go entre som­bras y luces, con la ayu­da de este faro, soy una mano ten­di­da, y gra­cias por la noche que nos une. (A la som­bra del ver­bo) (1995–2025)

 

 

 

 

YO ESCRIBO, TÚ NO ME LEES Y ASÍ NOS ENTENDEMOS (O NADA ME ENAMORA MÁS QUE LA TECLA DE ELIMINAR)

Per­dón por la «bre­ve­dad» de este tex­to. Lo col­ga­ré en mi blog, ese que está auto­fi­nan­cia­do por mi fe en el fra­ca­so y que no lees nun­ca. Allí te espe­ra en minu­tos.

Tú, que no me lees, sabes muy bien lo que te quie­ro comen­tar. Comien­zo los tex­tos como este con el tiem­po dedi­ca­do a su crea­ción. Comen­cé el 31 de febre­ro a las 26 horas de la maña­na y ter­mi­né el 32 de sep­tiem­bre a las 15 horas de la madru­ga­da. Si lo has cal­cu­la­do, te habrás dado cuen­ta de la can­ti­dad de días que le he dedi­ca­do a la bús­que­da de infor­ma­ción y a la con­sul­ta de libros y dic­cio­na­rios. Hoy, 13 de octu­bre, des­de las 5 de la maña­na lo he corre­gi­do doce veces. Nada. Una menu­cia, una frus­le­ría, una nimie­dad.

El 30 de febre­ro pasa­do reci­bí un correo elec­tró­ni­co de un segui­dor mío que no ha leí­do nada escri­to por mí, ni una coma, ni un títu­lo, ni siquie­ra la con­tra­por­ta­da de los libros que no he escri­to.

Lo releo: afir­mo, con segu­ri­dad ple­na, que me gus­ta mucho ―me apa­sio­na― tu esti­lo, el bovi­nis­mo lite­ra­rio, y te rue­go que escri­bas un tex­to sobre tu inexis­ten­te vida lite­ra­ria. Para no leer­lo. Para saber de ti y así no con­ta­mi­nar­me con tu pro­sa.

Me lo pidió con entu­sias­mo, como quien encar­ga una pae­lla sin arroz. Y yo, que soy obe­dien­te en lo absur­do, aquí estoy: escri­bien­do para quien no quie­re leer­me, pero que desea saber­lo todo de mi escri­tu­ra. Es el nue­vo para­dig­ma del lec­tor moderno: no lee, pero opi­na. No cono­ce, pero admi­ra. No se acer­ca, pero exi­ge cer­ca­nía. Y yo, encan­ta­do.

Para ello, me he des­pla­za­do a las cua­tro de la maña­na a un bar de la Gran Vía con mi orde­na­dor de escri­to­rio. Sen­ta­do a una mesa muy pró­xi­ma a la puer­ta, para que no me moles­te el tra­sie­go que con­lle­va entrar y salir de con­ti­nuo, me encuen­tro toman­do un gra­to desa­yuno —café con leche, tos­ta­da con acei­te, zumo de naran­ja y con la espe­ran­za «frai­lu­sia­na» ―deseó toda su vida un encuen­tro mís­ti­co― de que hoy alguien me lea. Será difí­cil supe­rar las cero visi­tas de ayer, pien­so orgu­llo­so. De pron­to, noto que un gru­po de turis­tas me obser­va, me escru­ta, me exa­mi­na. como si fue­ra una atrac­ción local, como si el acto de escri­bir en públi­co fue­ra una dan­za ances­tral.

Uno de ellos, valien­te y anglo­par­lan­te, se me acer­ca y me pre­gun­ta en inglés que qué estoy hacien­do. Como no ten­go ni idea de inglés, le res­pon­do con dig­ni­dad: «Escri­bien­do. ¿Quie­re par­ti­ci­par?», le digo en espa­ñol, con tono de ter­tu­lia de tas­ca. Me res­pon­de: «Yo no hablo espa­ñol». Y así, sin más, la con­ver­sa­ción alcan­zó la cima de lo absur­do. Dos seres huma­nos, fren­te a fren­te, uni­dos por la incom­pren­sión y el turis­mo, cele­bran­do el fra­ca­so comu­ni­ca­ti­vo como quien brin­da por la paz mun­dial.

Y hablan­do de fra­ca­sos, mi carre­ra lite­ra­ria —si se le pue­de lla­mar carre­ra a una inter­mi­na­ble suce­sión de tro­pe­zo­nes con la mis­ma pie­dra— comen­zó con una haza­ña dig­na de los ana­les del heroís­mo domés­ti­co.

Allá por el 95, cuan­do aún se usa­ban dis­que­tes y la auto­es­ti­ma se medía en pese­tas, un inol­vi­da­ble día regre­sé con pre­ci­pi­ta­ción del cole­gio por­que había reci­bi­do una lla­ma­da anun­cián­do­me el envío de los 500 ejem­pla­res de mi pri­mer libro. Una edi­ción auto­fi­nan­cia­da, cla­ro, por­que los mece­nas de los fra­ca­sa­dos esta­ban ocu­pa­dos finan­cian­do cosas más urgen­tes, como el últi­mo dis­co de Came­la o el nue­vo y penúl­ti­mo ado­qui­na­do de la pla­za mayor.

Ven­dí 76 ejem­pla­res. Seten­ta y seis. Un núme­ro que, en tér­mi­nos lite­ra­rios, equi­va­le a «casi nada, pero con entu­sias­mo».

El res­to —424 libros, para los que no son de letras— empren­die­ron un via­je épi­co por los buzo­nes y estan­te­rías de fami­lia­res, ami­gos, escri­to­res, can­tan­tes, alcal­des, con­ce­ja­les de cul­tu­ra, comen­ta­ris­tas de tele­vi­sión y radio, y algún que otro repar­ti­dor que tuvo la des­gra­cia de cru­zar­se con­mi­go en un semá­fo­ro. Si alguien los leyó, jamás lo con­fe­só. Si alguien los usó para cal­zar una mesa, tam­po­co. De esos 424 ejem­pla­res «rega­la­dos», sólo me con­tes­tó un 10%. El res­to se esfu­mó en el silen­cio, como si el libro hubie­ra sido una caja de pol­vo­ro­nes en agos­to.

Lue­go vinie­ron los con­cur­sos lite­ra­rios. ¡Ah, los con­cur­sos! Esa noble ins­ti­tu­ción don­de uno envía su alma en for­ma­to Word y reci­be, si tie­ne suer­te, un silen­cio edu­ca­do. Par­ti­ci­pé en muchos. Tan­tos que podría mon­tar un museo de bases lega­les y pla­zos de entre­ga. Y en todos, sin excep­ción, me devol­vie­ron «nada». Ni pre­mio, ni accé­sit, ni men­ción, ni «gra­cias por par­ti­ci­par», ni un sim­pá­ti­co «gra­cias». Nada. Un desas­tre tan per­fec­to que debe­ría estu­diar­se en las facul­ta­des de esta­dís­ti­ca.

Y lo más dolo­ro­so —como una vacu­na sin anes­te­sia— fue des­cu­brir que entre los que no con­tes­ta­ron esta­ban fami­lia­res, ami­gos y demás fau­na cer­ca­na. Gen­te que uno creía capaz de leer al menos la dedi­ca­to­ria. Pero no. El silen­cio fue tan rotun­do que pare­cía coreo­gra­fia­do para un Got Talent. Como si todos se hubie­ran pues­to de acuer­do en igno­rar mi obra con ele­gan­cia «ris­tia­na».

Pero no todo fue en vano.

En la últi­ma lim­pie­za de mi orde­na­dor —ese ritual que uno rea­li­za cuan­do quie­re fin­gir que tie­ne el con­trol de su vida lite­ra­ria— deci­dí liqui­dar muchos tex­tos y libros. Muchos. Me apa­sio­na escri­bir duran­te horas y horas para lue­go borrar­lo todo, como quien coci­na un exqui­si­to ban­que­te para ali­men­tar al voraz cubo de basu­ra. Borré un sin­fín de tex­tos con la solem­ni­dad de quien lan­za al mar una bote­lla con men­sa­je, sabien­do que el mar está cerra­do por refor­mas.

Hoy me arre­pien­to. Me arre­pien­to muchí­si­mo. No por los tex­tos, que eran medio­cres con dig­ni­dad, sino por el ges­to. Por­que borrar es admi­tir que uno cre­yó, aun­que fue­ra por un segun­do, que aque­llo no valía la pena.

Y sin embar­go, aquí estoy. Como he dicho antes, sin pre­mios, sin accé­sits, sin libros en libre­rías, pero con una his­to­ria que ni Cer­van­tes en su eta­pa de cobra­dor de impues­tos. Por­que hay algo pro­fun­da­men­te heroi­co en fra­ca­sar con esti­lo. En rega­lar libros como quien repar­te estam­pi­tas de san­tos. En escri­bir sabien­do que el úni­co lec­tor será el anti­vi­rus ―no ten­go― del orde­na­dor.

Por eso sigo escri­bien­do. Por­que sé que tú no me lees. Y pre­ci­sa­men­te por eso, sé que te gus­ta­rá este tex­to. Te lo dedi­co a ti, lec­tor que no me lees. Antes de que otro impul­so des­truc­ti­vo man­de todo al río Gan­ges y se con­vier­ta en una vaca para que me ado­re todo el mun­do que nun­ca me ha leí­do.

Y el gru­po de turis­tas se mar­chó. El más locuaz, que no tenía idea de espa­ñol, me dijo: «Siga escri­bien­do, es lo mejor que pue­de hacer en este mun­do que ven­de mil can­zon­ci­llos en un día y nin­gún libro».

Aho­ra me des­pi­do, como corres­pon­de a alguien de mi estir­pe con una con­fe­sión de mi carác­ter:

Des­truc­ti­vo, como quien rom­pe el espe­jo por si aca­so refle­ja algo que le gus­ta.

Pusi­lá­ni­me, como quien pide per­dón por exis­tir en voz baja.

Aso­cial, como quien se escon­de en el baño cuan­do sue­na el tim­bre.

Ver­gon­zo­so, como quien se rubo­ri­za al enviar un correo sin fal­tas de orto­gra­fía.

Inse­gu­ro, como quien duda si poner pun­to final o pun­tos sus­pen­si­vos.
Y nece­si­ta­do de apo­yo, como quien deja el libro en la mesa espe­ran­do que alguien lo abra por acci­den­te.

Gra­cias por no leer­me. Me has sal­va­do de la fama, del éxi­to y de tener que son­reír en las fotos.

Segui­ré «recun­can­do». Aun­que sea en silen­cio. Aun­que sea en bata. Aun­que sea como vaca sagra­da en el Gan­ges.

Ter­mino resu­mien­do mi vida lite­ra­ria con un afo­ris­mo per­so­nal: No pre­mia­do, no leí­do, no devuel­to: éxi­to rotun­do. (A la som­bra del ver­bo) (1995–2025) (Madrid, 33 de abril de 1983, San Fra­ca­sín, patrono de los escri­to­res que no escri­ben y nadie los lee)

EL ZURDO QUE ESCRIBE CON LA ZURDA (JA)

Soy zur­do. No por moda, ni por rebel­día esté­ti­ca. Lo soy des­de que aga­rré el lápiz como quien empu­ña una espa­da con­tra el mun­do. Y des­de enton­ces, cada vez que escri­bo, el mobi­lia­rio esco­lar me recuer­da que no fui invi­ta­do a esta fies­ta. Allá en mi infan­cia, cuan­do se me caía el bolí­gra­fo, por­que se empe­ña­ban en que escri­bie­ra con la dies­tra, por allí pasa­ba la «dies­tra» de don Venan­cio y me deja­ba muy cla­ri­to con una tier­na colle­ja, como decía él, cuál era la correc­ta mano eje­cu­tan­te. Bueno. Corra­mos un tupi­do velo.

Si te cuen­to las difi­cul­ta­des de mi eta­pa uni­ver­si­ta­ria, no ter­mino esta entra­da. Las aulas mag­nas, las mesas corri­das de la facul­tad, don­de nos sen­tá­ba­mos quin­ce en un espa­cio de ocho o diez. Pues eso. Los table­ros de esas mesas sólo acep­ta­ban el papel en posi­ción hori­zon­tal y para dies­tros. Y ter­mino con las sillas con bra­zo. ¿Quién fue el mal­di­to que las inven­tó? ¿Quién fue el encar­ga­do de mate­rial de los cen­tros edu­ca­ti­vos que las com­pró? Y así tomar apun­tes a la velo­ci­dad del «Pen­sa­mien­to Impa­cien­te», una inven­ción galle­go-uni­ver­sal que via­ja­ba más veloz que la lógi­ca, más fugaz que la ver­güen­za, y más errá­ti­co que Way­ne Roo­ney, que sobrio falló unos cuan­tos penal­tis.

Lle­gué, como pro­fe­sor, a un cen­tro don­de el cuer­po docen­te era dies­tro. Las mesas del ense­ñan­te para dies­tros eran mi cam­po de bata­lla. Me sen­ta­ba, inten­ta­ba aco­mo­dar el codo izquier­do… y nada. El bor­de me lo escu­pía. El apo­yo esta­ba del otro lado, reser­va­do para los ele­gi­dos del sis­te­ma edu­ca­ti­vo. Mi bra­zo col­ga­ba como jamón en seca­do, mien­tras inten­ta­ba escri­bir en dia­go­nal, esqui­van­do el espi­ral del cua­derno que me ras­pa­ba la muñe­ca como si fue­ra un cas­ti­go medie­val. Enton­ces, la mesa me mira­ba con des­pre­cio. Como tenía ese apo­yo late­ral dise­ña­do para el codo dere­cho, cada vez que me sen­ta­ba, me decía: «Aquí no se admi­ten zur­dos, gra­cias». El codo insis­tía y bus­ca­ba apo­yo y encon­tra­ba vacío. Era como escri­bir en la cor­ni­sa de un acan­ti­la­do.

Pero lo peor no era la mesa. Lo peor eran la piza­rra y el orde­na­dor.

¡Ah, la piza­rra! Ese muro de la ver­güen­za. Mira­ba la ora­ción que tenía que ana­li­zar sin­tác­ti­ca­men­te y mi mano izquier­da no sabía qué pos­tu­ra adop­tar: la de un cara­col, la de una ber­za o la de un per­ce­be. Tenía que escri­bir delan­te de todos y ahí iba, des­de la mesa del pro­fe­sor a la piza­rra, sin tener cla­ro el mode­lo que seguir. Con mi mano izquier­da alza­da como si fue­ra a invo­car a Rosa­lía de Cas­tro rega­tea­ba los ner­vios y escri­bía con una tiza per­pen­di­cu­lar a la piza­rra, con el pul­so del relo­je­ro de la Puer­ta del sol, una ora­ción per­fec­ta­men­te ali­nea­da… pero borra­da. ¡Mila­gro! Como escri­bía con la zur­da, mi pro­pia mano tapa­ba y borra­ba lo que aca­ba­ba de escri­bir. Cada pala­bra que escri­bía des­apa­re­cía bajo mi ante­bra­zo como si fue­ra un tru­co de magia. Los alum­nos me mira­ban raro y se reían. Yo inten­ta­ba incli­nar­me, girar el cuer­po, escri­bir en zig­zag… y aca­ba­ba pare­cien­do un con­tor­sio­nis­ta con tiza.

Y no era solo incó­mo­do. Era humi­llan­te. Por­que mien­tras los dies­tros escri­bían con flui­dez y ele­gan­cia, yo pare­cía que esta­ba peleán­do­me con el ence­ra­do. Kaf­ka me enten­de­ría. Él tam­bién era zur­do. Y si sus tex­tos eran oscu­ros, no era solo por la buro­cra­cia… era fru­to de su mano «sinies­tra».

Por­que si escri­bir en una mesa para dies­tros es incó­mo­do y en la piza­rra es humi­llan­te, usar un orde­na­dor es direc­ta­men­te una prue­ba de fe.

¿Quién deci­dió que el ratón va a la dere­cha? ¿Quién pen­só que el tecla­do numé­ri­co debe estar a la dere­cha? ¿Por qué el blo­queo de las mayús­cu­las está a la izquier­da? Digre­sión: ¿Por qué no hay fun­das con tapa para smartpho­nes que se abran hacia la dere­cha? Per­dón.

Yo inten­to tra­ba­jar, lo juro. Pero cada vez que mue­vo el ratón con la izquier­da, el cur­sor se va de Eras­mus. Y si lo dejo a la dere­cha, ten­go que cru­zar el bra­zo como si estu­vie­ra tocan­do la gai­ta con una sola mano. El tecla­do, por su par­te, me odia. Las teclas de fun­ción están lejos, el enter me que­da en Mos­cú, y el shift dere­cho está en el Camino de San­tia­go.

Y no hable­mos ya de la pan­ta­lla digi­tal del orde­na­dor cuan­do la pan­de­mia. Y el bolí­gra­fo digi­tal. Una tor­tu­ra infor­má­ti­ca. Tenía que escri­bir con la mano ver­ti­cal y sin tocar la pan­ta­lla por­que, si la apo­ya­ba, borra­ba todo o se acti­va­ban mil opcio­nes que te ofre­cía el orde­na­dor o la table­ta. Y sin pan­de­mia, coño. Ese inven­to moderno que, en teo­ría, iba a libe­rar­nos… en mi caso solo sir­ve para que mi mano tape la pan­ta­lla mien­tras escri­bo como un pose­so. Aho­ra, aca­bo con la muñe­ca ten­sio­na­da, la pan­ta­lla man­cha­da, y un tex­to que pare­ce una empa­na­da de pul­po mal cor­ta­da.

Y pen­sa­rás, pues orga­ni­za, que se pue­de, el ratón para zur­dos. Pero a mi edad, y des­pués de tan­tos años con el ratón dies­tro, eso me supon­dría otro arduo apren­di­za­je.

Aquí sigo. Jubi­la­do, zur­do, tes­ta­ru­do, y con el ratón en la izquier­da. Por­que cada clic, cada línea escri­ta, cada ata­jo de tecla­do mal eje­cu­ta­do… es un acto de resis­ten­cia, una fábri­ca de exabrup­tos, una decla­ra­ción de prin­ci­pios y una oda al caos crea­ti­vo. Menos mal que estoy ter­mi­nan­do esta entra­da, sino aca­ba­ría con el dic­cio­na­rio secre­to de Cela.

Y no hable­mos si se te ocu­rre escri­bir con plu­ma esti­lo­grá­fi­ca o con un bolí­gra­fo que deja un poqui­to de tin­ta. Ter­mi­nas el día con la par­te que une la pal­ma y el dor­so de la mano impreg­na­da toda ella de tin­ta. Sólo tie­nes dos opcio­nes: mil via­jes al lava­bo o ser el por­ta­dor de un aspec­to sucio que ha meti­do la mano no sabe dón­de.

Menos mal que ya no me ven ni los alum­nos ni los com­pa­ñe­ros con el codo en el aire, la muñe­ca ras­pa­da, y la espal­da tor­ci­da. Por­que escri­bir con la izquier­da en un mun­do dies­tro no es solo incó­mo­do, es poé­ti­co. Es como can­tar en galle­go en medio de una reu­nión de anglo­par­lan­tes. Como escri­bir con la mano equi­vo­ca­da… y hacer­lo con orgu­llo. A la som­bra del ver­bo) (1995–2025)

VERANOS EN «EL BURGO» DE VEDRA

Hay luga­res que no se recuer­dan: se sien­ten. Vedra, para mí, no es una aldea galle­ga, sino una emo­ción que se acti­va con el olor a tie­rra moja­da, con el cru­ji­do de una puer­ta de made­ra, con el eco de una risa que ya no sé si fue mía o pres­ta­da. Y «El Bur­go», esa fin­ca que pare­cía con­te­ner todos los secre­tos del mun­do, era nues­tro esce­na­rio de aven­tu­ras, de pac­tos infan­ti­les, de peque­ñas rebe­lio­nes que aún hoy me hacen son­reír.

La bode­ga era nues­tro refu­gio. Oscu­ra, fres­ca, con ese aro­ma a vino dor­mi­do y pie­dra anti­gua. Allí nos escon­día­mos cuan­do llo­vía, que era casi siem­pre. Jugá­ba­mos a ser con­tra­ban­dis­tas, alqui­mis­tas, mon­jes con capa de saco. Robá­ba­mos uvas con solem­ni­dad, como si fue­ran hos­tias con­sa­gra­das. Y cuan­do alguien nos pilla­ba, decía­mos que era para ofren­dar a la Vir­gen de las Ermi­tas, que nos vigi­la­ba des­de su capi­lla con una mez­cla de pacien­cia y com­pli­ci­dad.

El hórreo era otra cosa. Era torre, nave, cas­ti­llo. Subía­mos a él como quien esca­la el poder. Des­de allí se veía todo: los cam­pos, el río, los adul­tos que no enten­dían nada. Nos creía­mos inven­ci­bles, y qui­zás lo éra­mos. Al menos por unas horas.

La llu­via, siem­pre pre­sen­te, no nos dete­nía. Al con­tra­rio: nos daba per­mi­so. Moja­dos, des­cal­zos, con las rodi­llas lle­nas de barro, corría­mos como si el mun­do fue­ra nues­tro. Y lo era. Cada char­co era un espe­jo don­de nos veía­mos eter­nos. Cada gota que caía sobre la capi­lla pare­cía ben­de­cir nues­tras tra­ve­su­ras.

Aho­ra, cuan­do llue­ve en Madrid y el asfal­to hue­le a nada, cie­rro los ojos y vuel­vo. A la bode­ga, al hórreo, a la capi­lla. A las risas que no pedían per­mi­so. A las tar­des que no tenían reloj. Y sien­to que algo en mí sigue corrien­do por Vedra, con el alma lim­pia y las manos sucias de infan­cia. (Nie­blas y lem­bran­zas) (1995–2025)

CAPÍTULO X DE ‘PEITO DE BRONCE’.- MANUEL Y CARMEN: LA ENFERMEDAD DEL NIÑO Y LA MUERTE

Des­de que nació el peque­ño Eva­ris­to, o Faca­re­ño da Maía, ya que era el pobre­ci­to un niño enclen­que y esca­so de car­nes, un chu­pón, la vida de sus padres se con­vir­tió en una inter­mi­na­ble pere­gri­na­ción médi­ca. Cada vez que se ente­ra­ban de un nue­vo tra­ta­mien­to, allí esta­ban ellos, en la con­sul­ta del pedia­tra. Lo cier­to es que el niño no cre­cía, pasa­ban los meses y su tama­ño seguía sien­do el mis­mo: un chí­cha­ro.

—Está enclen­que por­que no come nada, cara­llo. Voy a tener que lle­var­lo a que le dé el pecho una nodri­za de Sisal­de, pues dice el médi­co que mi mujer tie­ne un pecho muy difí­cil, le decía a un fami­liar que fue un día a feli­ci­tar­lo por la pater­ni­dad.

En el bau­ti­zo la tris­te­za pre­si­dió la cere­mo­nia. Pare­cía más una des­pe­di­da de la vida que una glo­rio­sa bien­ve­ni­da. Solo en el momen­to de pro­cla­mar el nom­bre del nue­vo cris­tiano ocu­rrió una gra­cio­sa anéc­do­ta.

—¿Qué nom­bre quie­ren poner­le?, pre­gun­tó el cura.

—Ava­ris­to, dijo el padre, Ava­ris­to, que tie­ne mucha cate­go­ría.

—Con e, con e, lo corri­gió el cura.

—Yo quie­ro Ava­ris­to, caray.

—Pero, hom­bre, tie­ne que ser Eva­ris­to, con e.

Des­pués de no sé cuán­tos minu­tos de dis­cu­sión, el niño salió de la igle­sia con el apo­do de Coneí­ño.

El debi­li­ta­mien­to que sufría el niño se lla­ma­ba raqui­tis­mo, y fue una durí­si­ma cruz en la vida del cor­pu­len­to Pei­to de Bron­ce. Ya más de uno había habla­do a sus espal­das de un cas­ti­go por tan­ta fan­fa­rro­ne­ría.

—Lo que tie­ne el niño es el demo­nio en el cuer­po, tie­ne el tan­ga­ra­ño, hay que lle­var­lo al mei­go para expul­sar­lo, hay que lle­var­lo a un hom­bre que ten­ga bue­na mano en esa tarea.

Plan­tas, hier­bas, ritos puri­fi­ca­do­res del alma… nada… el niño cada vez más peque­ñi­to.

Tam­bién fue­ron en pere­gri­na­ción a la rome­ría de la Ermi­ta de San Beni­to de la Cue­va del Lobo, cer­ca de Ouren­se, en la parro­quia de San Loren­zo de Piñor, en Bar­ba­dás, el once de julio. A esta ermi­ta acu­den muchas madres para curar a sus niños del tan­ga­ra­ño. Hicie­ron con los ojos cerra­dos el vie­jo rito de la Pie­dra del Tan­ga­ra­ño o Peñas­co Vigón: en una de esas ances­tra­les «pie­dras agu­je­rea­das» la madre pasa la cria­tu­ra a la madri­na, que está al otro lado del agu­je­ro, dicien­do estas pala­bras mien­tras lo mete por el hue­co:

Señor San Beni­to, / a mi hijo te trai­go: / enfer­mo te lo dejo, / devuél­ve­me­lo sano.

El niño iba con su corres­pon­dien­te bol­sa con los defen­so­res con­tra las malas mira­das col­ga­da del cue­llo. Y nada tam­po­co.

—Eso es tiem­po per­di­do. No sé por qué vais allí. Este niño tie­ne lo que tie­ne y nada más. ¿No veis que tie­ne la muer­te en la cara?

Y cuan­do esta­ban con los pre­pa­ra­ti­vos para pere­gri­nar el ocho de sep­tiem­bre a la rome­ría de San Andrés de Tei­xi­do, el niño empeo­ró de repen­te. Una noche empe­zó a subir­le la fie­bre has­ta los cua­ren­ta y un gra­dos. Tenía la cara encen­di­da, los ojos som­no­lien­tos, una modo­rra deli­ran­te, las sie­nes ardien­do y una fina capa de sudor pro­du­ci­da por el calor. El médi­co no dudó ni un ins­tan­te.

—Menin­gi­tis, y con la poca salud que tie­ne el niño, no sé…

Los dos días siguien­tes fue­ron simi­la­res: el ros­tro, cada vez más seco y febril a la vez; los ojos, hun­di­dos y con un res­plan­dor sinies­tro; y de vez en cuan­do unos brus­cos sal­tos en la cama que opri­mían el cora­zón de los padres.

—Rezad, rezad a San­ta Ana, para que ten­ga bue­na muer­te y poca cama, decía el cura cada vez que lo visi­ta­ba.

Y la noche del día de la Vir­gen, des­pués de reci­bir los san­tos óleos, el niño de los Bali­ño murió en silen­cio, sin ape­nas tener con­cien­cia de la vida. El velo­rio fue de los que hicie­ron épo­ca, pues se habló de él duran­te mucho tiem­po. El entie­rro, como dijo un vecino días des­pués en la taber­na, lle­vó mucha gen­te de Dios. Para la fami­lia, el falle­ci­mien­to de Ava­ris­to supu­so una tra­ge­dia que jamás olvi­da­rían.

¡Mala muer­te, tira­na muer­te!, / mira el pago que me ofre­ces: / te lle­vas sola a mi joya / a la som­bra de los cipre­ses.

—Padre, usted cree que esto me lo man­dó Dios como cas­ti­go por mi arro­gan­cia, ¿eh? ¿Lo pien­sa usted tam­bién?

—No, hom­bre, no. ¡Ven­ga, ven­ga! La bon­dad de Dios es infi­ni­ta, y la liber­tad que da al hom­bre aún más. Si algu­na vez hubie­ras ido a la igle­sia sabrías que Dios escri­be a veces con líneas tor­ci­das, y que noso­tros debe­mos des­ci­frar su sen­ti­do. La auto­no­mía del hom­bre en la tie­rra es tam­bién infi­ni­ta. No cul­pes a Dios de lo que hizo su natu­ra­le­za. Te dio este dolor y nada más.

—Está bien, don Ser­van­do, está bien; pero, para mí no lo está, no lo está… (Pei­to de Bron­ce) (2002)

EL CAMPEONATO DE ZURRAPAS

(Esta narra­ción es abso­lu­ta­men­te ver­da­de­ra. Tie­ne tin­tes lite­ra­rios, ¡cómo es nor­mal!, pero el fon­do ocu­rrió hace ya unos cuan­tos años).

Jor­ge y yo, Camay, tenía­mos ocho años y una cla­ra obse­sión, en un prin­ci­pio secre­ta: las zurra­pas.

No eran man­chas de plas­ti­li­na, muy uti­li­za­da en otras artes, ni mer­me­la­da de La Tejea, exqui­si­ta con­fi­tu­ra al esti­lo de la abue­la, ni res­tos de coci­na sus­traí­dos con habi­li­dad enco­mia­ble.

Eran man­chas de excre­men­to adhe­ri­das al cal­zon­ci­llo. Ya éra­mos inde­pen­dien­tes en la lim­pie­za anal, pero en oca­sio­nes ocu­rrían peque­ñas des­gra­cias en for­ma de peque­ñas, pal­pa­bles, trai­cio­ne­ras, a veces redon­das, a veces alar­ga­das, siem­pre ines­pe­ra­das, man­chas de color cho­co­la­te.

Y noso­tros, cuan­do nos acos­tá­ba­mos, dor­mía­mos en la mis­ma habi­ta­ción, en nues­tra infi­ni­ta sabi­du­ría e ino­cen­cia infan­ti­les, colo­cá­ba­mos los cal­zon­ci­llos todas las noches en la made­ra que for­ma­ba el pie de la cama para que nues­tras madres los vie­ran y así hacer un pre­la­va­do de carác­ter pri­va­do.

Una noche, Car­los, el mayor, que ya había entra­do en los vein­te, vio los cal­zon­ci­llos y las suso­di­chas man­chas. Las obser­vó con dete­ni­mien­to y dedu­jo que podían ser cla­si­fi­ca­das, com­pa­ra­das, inclu­so pre­mia­das. Nos retó a ver quién ofre­cía al juez de la Audien­cia Pere­gri­na, al día siguien­te, el mejor palo­mino.

―Cada uno de voso­tros colo­ca­rá maña­na sus cal­zon­ci­llos en el mis­mo sitio que hoy, y yo, con una lupa de colec­cio­nis­ta numis­má­ti­co y una cin­ta métri­ca de sas­tre, ana­li­za­ré con todo deta­lle vues­tras res­pec­ti­vas zurra­pas, dijo con voz seria y rigu­ro­sa de ujier asis­ten­te del juez, des­pués de colo­car­se en la cabe­za a modo de birre­te unos cal­zon­ci­llos lim­pios. 

A con­ti­nua­ción, seña­ló con suma cla­ri­dad las bases del con­cur­so: no vale man­char­se a pro­pó­si­to, no vale ir a la cua­dra de los Perei­ro, no se acep­tan zurra­pas de días ante­rio­res, y la exhi­bi­ción debe hacer­se con dis­cre­ción des­pués de cenar, en esta habi­ta­ción y a la mis­ma hora que hoy.

Mi pri­mo Jor­ge y yo, igua­les casi en edad, pero con dis­tin­tos esti­los a la hora de defe­car, o «hacer de cuer­po», como decía el elec­tri­cis­ta que venía a casa a arre­glar algún des­per­fec­to del pleis­to­ceno eléc­tri­co que ilu­mi­na­ba nues­tra fin­ca, pasa­mos con una nor­ma­li­dad aplas­tan­te el día uno del cam­peo­na­to. Éra­mos vigi­la­dos por Car­los en los momen­tos cru­cia­les del día como si for­ma­ra par­te de una cade­na de jue­ces del cam­peo­na­to olím­pi­co de mar­cha de cin­cuen­ta kiló­me­tros.  

Y lle­gó la hora del «jui­cio». Los mayo­res se sor­pren­die­ron de que Jor­ge y yo qui­sié­ra­mos acos­tar­nos tan pron­to, pero es que el cora­zón se nos des­bo­ca­ba por los ner­vios. La sor­pre­sa fue mayor cuan­do vie­ron que Car­los, el pri­mo mayor, no esta­ba sen­ta­do en el exte­rior de la casa fumán­do­se un ciga­rro.

Nos meti­mos en la cama a la velo­ci­dad del rayo, como un tren que entra en la esta­ción sin fre­nos ni pro­to­co­lo. Tapa­dos has­ta la nariz por­que el frío húme­do se apo­de­ró de noso­tros ense­gui­da, mirá­ba­mos con­ti­nua­men­te el reloj y echá­ba­mos pes­tes de una tar­dan­za pro­vo­ca­da con toda cal­cu­la­da inten­ción.

La esca­le­ra de made­ra cru­jió repen­ti­na­men­te, prue­ba laten­te de que alguien subía. Car­los aso­mó la cabe­za y sol­tó una sono­ra car­ca­ja­da al ver­nos tapa­dos como si fué­ra­mos dos boca­di­llos de car­ne y sába­na.

Se colo­có a la altu­ra de los pies de las camas mar­can­do una impar­cia­li­dad que yo ponía en duda. Es su her­mano peque­ño, nari­ces. Algo tie­ne que pesar, barrun­ta­ba yo.

Car­los comen­zó con ges­to muy serio el rigu­ro­so examen de las zurra­pas, como quien eva­lúa obras de arte.

―Esta tie­ne bue­na for­ma, pero poco color. Esta otra, coño, pare­ce la fir­ma de Picas­so. Vol­vien­do a la pri­me­ra, obser­vo que tie­ne tex­tu­ra de yogur de cho­co­la­te, pero la segun­da no se difu­mi­na en nin­gún momen­to, mues­tra un per­fil grue­so y con­ti­nua­do.  

Noso­tros aguan­tá­ba­mos una risa ner­vio­sa, una puden­da ver­güen­za y un mal enten­di­do orgu­llo.

―Me ponéis en un ver­da­de­ro dile­ma. Las dos coin­ci­den en que son artís­ti­cas. La valo­ra­ción de una vie­ne de la for­ma, mien­tras que la otra es bru­tal.

Car­los, como si estu­vie­ra jugan­do al stop con dos colum­nas sola­men­te, ano­ta­ba en su cua­derno con cali­fi­ca­ción numé­ri­ca, las dife­ren­tes carac­te­rís­ti­cas de las zurra­pas: esté­ti­ca, cali­dad de la fra­gan­cia, ori­gi­na­li­dad, con­den­sa­ción, per­sis­ten­cia…

Lue­go supi­mos que el gali­ma­tías de núme­ros que tenía en su cua­derno había sido un pari­pé muy estu­dia­do duran­te el día.

Car­los fue a bus­car a nues­tra tía abue­la para hicie­ra de Magis­tra­da Ponen­te de la sen­ten­cia del juez. Todo for­ma­lis­mo. No podía caer en el olvi­do y debe­ría for­mar par­te de los ana­les de la fin­ca. Cuca se negó con un rotun­do:

―¡¡¡Estáis enfer­mos!!!

La final fue legen­da­ria.

Car­los tras­lu­ció sus elu­cu­bra­cio­nes. Afir­mó que esta­ba todo muy igua­la­do.

―Yo me decan­ta­ba por la fir­ma de Picas­so. Soy un artis­ta y valo­ro la difi­cul­tad de dicho per­fil. Pero el otro, for­ma­tea­do invo­lun­ta­ria­men­te, tie­ne la for­ma de Gali­cia, nues­tra tie­rra. 

―Des­pués de este silen­cio nece­sa­rio para poder lo más obje­ti­vo posi­ble, he deci­di­do ya la sen­ten­cia.

El pri­mo mayor se que­dó calla­do y pen­sa­ti­vo unos segun­dos para crear un ambien­te pro­pio de un arbi­tro ana­li­zan­do una juga­da con el VAR en una final euro­pea. De pron­to, nos sor­pren­dió con la deci­sión:

―¡¡¡Empa­te!!! Pero el ver­da­de­ro gana­dor es el intes­tino de cada uno de voso­tros.

Los tres aplau­di­mos calu­ro­sa­men­te, pero sin saber muy bien qué sig­ni­fi­ca­ba lo que había dicho.

Y aquí estoy yo, muchos años des­pués, narran­do el pri­mer com­ba­te de zurra­pas lleno de ver­güen­za y nos­tal­gia. De nos­tal­gia, se pue­de enten­der; pero de ver­güen­za, no. Era una autén­ti­ca gua­rra­da. ¿Jus­ti­fi­ca­ción? Era nues­tra infan­cia, nues­tra com­pli­ci­dad, y el poder de con­ver­tir lo más bajo en lo más alto. Aun­que fue­ra solo por un verano.

Los mayo­res fue­ron reci­bien­do noti­cias del «cam­peo­na­to» con una cara de alu­ci­nan­te sor­pre­sa.

Lo pri­me­ro que escu­chó Car­los cuan­do se sen­tó con los mayo­res ―noso­tros está­ba­mos acos­ta­dos― fue un man­da­to de cor­te mili­tar:

―¡¡¡Coge esos cal­zon­ci­llos!!! ¿¿¿Lo has hecho??? Levan­ta de la cama a tu pri­mo y a tu her­mano e inme­dia­ta­men­te los tres laváis los cal­zon­ci­llos en el pilón. ¡¡¡Ya es tar­de!!!

Y cuan­do nues­tros padres fue­ron infor­ma­dos de los deta­lles del cam­peo­na­to, no fal­ta­ron las sen­ten­cias:

—¡¡¡Eso no son jue­gos, eso es una inmun­di­cia ele­va­da a cate­go­ría!!!

―¡¡¡Habéis deni­gra­do a los jue­ces!!!

―¡¡¡La mier­da no com­pi­te, se lim­pia!!!

―¡¡¡Niños!!! ¡¡¡A ver si os entra en la cabe­za que la higie­ne no es opcio­nal!!!

—¡¡¡Más vale culo lim­pio que meda­lla de zurra­pa!!!

—¡¡¡Esto no pue­de salir de aquí!!! ¡¡¡Nadie se pue­de ente­rar de esta gua­rra­da!!!

Mien­tras Car­los, Jor­ge y yo fro­tá­ba­mos con ener­gía las zurra­pas de los cal­zon­ci­llos, oímos una cade­na de car­ca­ja­das, que fue­ron in cres­cen­do has­ta alcan­zar los pará­me­tros de un rui­do­so recreo de ado­les­cen­tes.

Cuan­do está­ba­mos comien­do al día siguien­te una riquí­si­ma tor­ti­lla de pata­tas, nos ser­mo­nea­ron con­tun­den­te­men­te los mayo­res. Des­pués de unas mira­das cóm­pli­ces, nega­ron ter­mi­nan­te­men­te la explo­sión de car­ca­ja­das que se escu­chó la noche ante­rior tras el cam­peo­na­to. Jor­ge y yo, miran­do al pla­to, fin­gi­mos un sin­ce­ro arre­pen­ti­mien­to, pero sabía­mos que, en el fon­do, aun­que no lo dije­ran, admi­ra­ban nues­tra capa­ci­dad de con­ver­tir lo innom­bra­ble en un ritual fes­ti­vo. (A la som­bra del ver­bo) (1995–2025)

PESADILLA

No sé si fue sue­ño o inva­sión. Lo cier­to es que apa­re­ció sin pre­vio avi­so, sin lógi­ca, sin car­ne. Una mujer que no exis­te, que no ha exis­ti­do jamás, pero que se pre­sen­tó con la auto­ri­dad de lo inevi­ta­ble. No tenía ros­tro, pero sí mira­da. No tenía voz, pero sí pre­sen­cia. No tenía his­to­ria, pero pare­cía cono­cer la mía mejor que yo.

La habi­ta­ción esta­ba en silen­cio, como si el mun­do hubie­se hecho una pau­sa para que ella pudie­ra entrar. No cami­nó. No flo­tó. Sim­ple­men­te esta­ba allí, al pie de la cama, como si siem­pre hubie­se esta­do espe­ran­do ese momen­to. Su silue­ta era borro­sa, como si la memo­ria la estu­vie­ra inven­tan­do en tiem­po real. Ves­tía algo pare­ci­do a un ves­ti­do anti­guo, de enca­je gas­ta­do, pero sin tex­tu­ra ni peso. Era más una idea de ves­ti­do que un ves­ti­do en sí.

Inten­té mover­me, hablar, encen­der la luz. Nada. El cuer­po, trai­dor, se había ren­di­do. Solo los ojos, abier­tos en la oscu­ri­dad, eran tes­ti­gos de su apa­ri­ción. Ella no hizo nada. No dijo nada. Pero su sola pre­sen­cia era una acu­sa­ción. Como si vinie­ra a recor­dar­me algo que había olvi­da­do, o peor aún, algo que había que­ri­do olvi­dar.

Me mira­ba —o eso creía yo— con una mez­cla de ter­nu­ra y con­de­na. Como si fue­ra madre, aman­te y fan­tas­ma a la vez. Como si su exis­ten­cia depen­die­ra de mi cul­pa, de mi deseo, de mi mie­do. Y enton­ces lo enten­dí: no era ella quien me visi­ta­ba, era yo quien la había con­vo­ca­do. En algún rin­cón del alma, en algu­na grie­ta del pasa­do, la había crea­do. La había ali­men­ta­do con silen­cios, con ausen­cias, con nom­bres que nun­ca pro­nun­cié.

La pesa­di­lla no fue terro­rí­fi­ca en el sen­ti­do clá­si­co. No hubo gri­tos, ni per­se­cu­cio­nes, ni san­gre. Fue peor. Fue ínti­ma. Fue como abrir una car­ta que uno mis­mo escri­bió y olvi­dó enviar. Como escu­char una can­ción que no recuer­da haber com­pues­to, pero que habla de uno con una pre­ci­sión inso­por­ta­ble.

Cuan­do des­per­té, la habi­ta­ción esta­ba intac­ta. La luz entra­ba por la ren­di­ja de la per­sia­na. El reloj mar­ca­ba una hora absur­da. Todo pare­cía nor­mal. Pero yo no lo era. Algo había cam­bia­do. No sé si fue ella, o lo que repre­sen­ta­ba. No sé si fue el sue­ño, o el espe­jo que me puso delan­te. Solo sé que, des­de enton­ces, cada vez que cie­rro los ojos, temo que vuel­va. No por lo que pue­da hacer­me, sino por lo que pue­da recor­dar­me. (A la som­bra del ver­bo) (1995–2025)

RECUNCAR

Hay ver­bos que no se tra­du­cen, que no se pue­den tra­du­cir. No por­que no ten­gan equi­va­len­te, sino por­que lle­van den­tro una for­ma de estar en el mun­do. Recun­car es uno de ellos. Es un ver­bo galle­go, sí, pero tam­bién es ver­bo de alma, de memo­ria, de ritual.

Es un ver­bo que lo lle­va­ba per­si­guien­do mucho tiem­po. Mucho. Pero siem­pre esta­ba regis­tra­do. Has­ta que hace unas sema­nas lo vi libre y con el domi­nio que yo que­ría. Y me lan­cé a por él. Le di una emo­ti­va pata­da a paso­re­ser­va­do y di el sal­to a recuncar.com.

Si tú toda­vía me sopor­tas, lee­rías una entra­da en la que me inven­ta­ba una dis­cu­sión de taber­na entre unos ami­gos que deci­día­mos que el nom­bre del blog fue­ra recuncar.com. Fue una esce­na sim­pá­ti­ca en un bar que exis­te real­men­te en Com­pos­te­la y que conoz­co muy bien por­que en él recun­qué muchas veces.

Cuan­do deci­dí via­jar a recuncar.com, lo hice con ese ver­bo como ban­de­ra. Por­que recun­car no es repe­tir sin más: es vol­ver a decir, vol­ver a sen­tir, vol­ver a pasar por el cora­zón. Es lo que hace­mos con los poe­mas que nos mar­ca­ron, con las can­cio­nes que nos acom­pa­ñan, con las pala­bras que nos defi­nen.

www.recuncar.com es un espa­cio para tex­tos muy galle­gos, pero escri­tos en cas­te­llano. Por­que hay una for­ma de mirar, de con­tar, de emo­cio­nar que es pro­fun­da­men­te galle­ga, aun­que se expre­se en otra len­gua.

Aquí con­vi­ven la sau­da­de, el humor, la iro­nía, la ter­nu­ra, la pro­vo­ca­ción, el amor y la sole­dad. Los conoz­co tan bien que han ani­da­do en mi cora­zón. Aquí se recun­can recuer­dos, mise­rias, imá­ge­nes, ritua­les, mira­das y sen­ti­mien­tos. Es un blog que can­ta en cas­te­llano, pero con acen­to de aldea, de tas­ca, de rome­ría. Un lugar para dra­ma­ti­zar lo coti­diano, para con­ver­tir la resa­ca en poe­ma, el refrán en mani­fies­to, el dolor en comu­ni­dad.

Este es el blog al que tú estás sus­cri­to y que te lle­ga por correo elec­tró­ni­co cada nue­va entra­da. Espe­ro y deseo que las dis­fru­tes. Y si me lees sin estar sus­cri­to, te lo agra­dez­co igual­men­te. Este es www.recuncar.com, el blog de siem­pre.

Recun­car habla en cas­te­llano con alma galle­ga. www.recuncar.com, para recun­car en cas­te­llano lo que me due­le, lo que me ale­gra, lo que me defi­ne. Este es la con­ver­sión de paso­re­ser­va­do. Este es el que reci­bes en tu ban­de­ja de tu correo elec­tró­ni­co.

Y ya sabes, si cono­ces a alguien que le pue­da inte­re­sar mi blog, dame su correo que yo lo sus­cri­bo encan­ta­do. Sería un her­mo­so rega­lo. (A la som­bra del ver­bo) (1995–2025)

ESTREÑIMIENTO

Esta­do de abso­lu­ta sor­pre­sa del ser humano ante los retor­ti­jo­nes oca­sio­na­dos por una ile­gal huel­ga de heces feca­les que pue­de alcan­zar un tiem­po inde­fi­ni­do si no actúa un inter­vi­nien­te con una pla­cen­te­ra mani­pu­la­ción del esfín­ter anal para que se libe­re el extre­mo ter­mi­nal del tubo diges­ti­vo. El estre­ñi­mien­to es esa expe­rien­cia mís­ti­ca que te hace creer en el kar­ma, por­que cla­ra­men­te estás pagan­do por todos tus peca­dos, uno por cada día que el cuer­po deci­de rebe­lar­se. Es una ver­güen­za tan uni­ver­sal como silen­cio­sa: nadie lo admi­te, pero todos cami­nan por la vida con la mis­ma mira­da de sufri­mien­to zen, fin­gien­do sere­ni­dad mien­tras por den­tro libran una gue­rra civil intes­ti­nal. De pron­to, la fibra se con­vier­te en reli­gión, el baño en san­tua­rio y el papel higié­ni­co en sím­bo­lo de espe­ran­za. Y ahí estás tú, nego­cian­do con tu pro­pio orga­nis­mo como si fue­ra un polí­ti­co corrup­to: pro­me­tes comer ver­du­ras, beber agua y dejar el que­so, aun­que los dos sabe­mos que en cuan­to logres ‘el mila­gro’, vol­ve­rás a abu­sar del pan blan­co con la fe cie­ga de quien no apren­de. Por­que si algo ense­ña el estre­ñi­mien­to es que el cuer­po tie­ne memo­ria, el orgu­llo no, y la ver­güen­za… se sien­ta con­ti­go, lite­ral­men­te.

TU VOZ

(A Com­pos­te­la, esa mujer que enton­ces me habla­ba muy baji­to al oído cada vez que nos encon­trá­ba­mos en las calles de mi ciu­dad.)

Deseo escu­char tu voz cada nue­va maña­na, cada des­per­tar cla­ro, como si mi san­gre aca­ri­cia­ra con impul­so diá­fano tu cuer­po mien­tras nues­tros sexos se des­pe­dían a los pies de un manan­tial cáli­do.

Sumer­gi­do en una noche de des­ma­yos e hip­no­sis, mis manos des­nu­das toca­ban tu cuer­po en el pla­cer de un sue­ño col­ma­do de fan­tas­mas y reali­da­des fal­sas.

Me agui­jo­nea des­de hace tiem­po el ver­da­de­ro deseo de un posi­ble regre­so a tu lado.

Y mi alma, ane­ga­da y ador­na­da por la lar­ga ausen­cia de nues­tro últi­mo beso, casi sin fuer­za y des­po­ja­da de vida car­nal, comien­za len­ta­men­te en el rega­zo de la sole­dad a ima­gi­nar. (Nie­blas y lem­bran­zas) (1995–2025)

CAPÍTULO IX DE ‘PEITO DE BRONCE’.- MANUEL Y CARMEN: EL EMBARAZO QUE NO LLEGABA

El matri­mo­nio Bali­ño Rebo­ri­do no tuvo des­cen­den­cia. Bueno, eso no es del todo exac­to. Vamos por par­tes. Des­de que se cele­bró la boda, todos los veci­nos con­ta­ban los días que había entre el enla­ce y la noti­cia del emba­ra­zo de a Taram­bo­lla. Pero como este no lle­ga­ba, comen­za­ron los rumo­res y los cuen­tos. Que si uno decía que él solo sabía usar el mar­ti­llo en el taller, que si otro decía que la mujer, de tan­to comer, cuan­do se acos­ta­ba en la cama, lo úni­co que hacía era dor­mir como una pie­dra, que si los jóve­nes no sabían jun­tar­se…

En la taber­na él tenía que aguan­tar las bro­mas de los ami­gos.

—A ver, cara­llo, a ver, ¡oh!, ¿tú sabes cómo se hacen los hijos?, le pre­gun­ta­ban con bur­la.

—¡Cómo no va a saber­lo!, lo que pasa es que la mujer tie­ne mucha cor­te­za, y aún no se la ha qui­ta­do. A Taram­bo­lla es muy de Dios.

Uno de los veci­nos más bro­mis­tas de la taber­na dejó escri­to en la piza­rra que había tras el mos­tra­dor la siguien­te copla:

Madre mía, mira a este hom­bre / que cal­zo­nes nue­vos tie­ne, / son abier­tos por delan­te / para acostarse…si vie­ne.

La pare­ja hizo todo lo que esta­ba en su mano para que ella se que­da­ra emba­ra­za­da. Se acer­ca­ron a la pla­ya de A Lan­za­da para rea­li­zar el baño de las nue­ve olas en la noche de San Juan, des­pués de rezar en la ermi­ta del mis­mo nom­bre. Tam­bién fue­ron a Fis­te­rra, a la hoy inexis­ten­te ermi­ta de San Gui­ller­mo. En lo alto del cabo está la cama de este san­to, una roca o sar­có­fa­go antro­po­mor­fo, al que acu­den los matri­mo­nios en bus­ca de un hijo muy desea­do. Pei­to de Bron­ce y a Taram­bo­lla se acos­ta­ron como dice la tra­di­ción y rea­li­za­ron los mis­mos ritua­les que les acon­se­ja­ron sus veci­nos. Y nada. Y nada…

Has­ta que la mujer, al cabo de dos años, empe­zó a tener fal­tas. Fue­ron al médi­co en la capi­tal, y este con­fir­mó la noti­cia. Los gri­tos de ale­gría y albo­ro­to se escu­cha­ron en toda la aldea. Se lan­za­ron fue­gos arti­fi­cia­les, Manuel pagó no sé cuán­tas ron­das en la can­ti­na del Pica­la­gar­tos mien­tras mos­tra­ba su pecho adqui­rien­do un aire de mas­cu­li­ni­dad. Se infla­ba tan­to que nadie se atre­vía a decir­le nada. Ambos le die­ron al cura muchí­si­mo dine­ro.

—Para que haga usted tan­tas misas como san­tos ten­ga la igle­sia, ¡cago en el demo­nio! Allá va, don Ser­van­do.

—No seas blas­fe­mo, Manuel, que las cosas del alma y de la fe no se com­pran.

—Sí, señor cura, sí, pero bien que guar­da el dine­ro.

—Hom­bre, hay que rete­jar, esta sota­na es más vie­ja que la del maes­tro Cabra de Que­ve­do, hay que comer… y los años no pasan en vano.

Y el encor­va­do sacer­do­te se mar­cha­ba a paso de buey hacia su casa.

El emba­ra­zo fue bas­tan­te pro­ble­má­ti­co. Los tres pri­me­ros meses, de repo­so abso­lu­to, las pér­di­das eran muy fre­cuen­tes. En los dos últi­mos se repi­tió la mis­ma his­to­ria, ya que la ame­na­za de un par­to a los sie­te meses preo­cu­pa­ba al médi­co. El ges­to de su cara era lo que más inquie­ta­ba al futu­ro padre.

—Este sabe algo que no me dice, cara­llo, este sabe algo, y se des­pei­na­ba con la mano de for­ma inquie­ta y con­vul­si­va.

En el par­to no hubo nin­gún con­tra­tiem­po. Pero la son­ri­sa ape­nas duró unos minu­tos. La pena lle­gó ense­gui­da, cuan­do el médi­co se dio cuen­ta de la peque­ñez del bebé.

—No se preo­cu­pen, niños más raquí­ti­cos han sali­do ade­lan­te.

Bali­ño Cas­tro­mil se des­plo­mó en un sillón que tenía al lado.

—Tan­to luchar para este esper­pen­to, ¡cagho en la oscu­ri­dad! Mier­da de enclen­que, comen­tó bru­tal­men­te. Enci­ma es llo­rón como la caba­re­te­ra del Edén Blan­co.

Jamás supo su mujer que esa noche fue la pri­me­ra y la últi­ma vez que él llo­ró sin parar.

—¿Por qué a mí, Dios? No lo entien­do, solo que­ría­mos un hijo, no un esper­pen­to. Y el vino vol­vió a silen­ciar su tris­te­za.

Sién­ta­te en esta pie­dri­ña, / yo me sen­ta­ré en esta otra / y tú me ayu­da­rás a llo­rar / el mal recuer­do de mi boda.  (Pei­to de Bron­ce) (2002)

EL PÁJARO

En una aldea muy peque­ña y muy apar­ta­da de las más leja­na Gali­cia mora­ba hace unos años un cura muy vie­ji­ño él, pero con el aspec­to físi­co de un roble, decían quie­nes lo aten­dían en sus labo­res case­ras. De este hom­bre han habla­do, y habla­rán mucho las len­guas de la comar­ca. Tenía una afi­ción que los hom­bres de la aldea no envi­dia­ban en abso­lu­to. Esta afi­ción de la que voy a hablar con­sis­tía en dar­se un baño dia­rio en una cur­va que hacía el río en las afue­ras de la aldea. Las aguas están hela­das, según los que lo inten­ta­ron como ave­za­dos nada­do­res. Una vez y nada más, sen­ten­cia­ron al uní­sono. El cura seguía con su cos­tum­bre y no lo fre­na­ba nada. Dis­fru­ta­ba tan­to que olvi­da­ba siem­pre que muy cer­ca se encon­tra­ba el pilón de lava­do de la ropa de uso públi­co. Las pri­me­ras habla­du­rías fue­ron las de una mujer que debía de tener el tele­ob­je­ti­vo de las águi­las: cuan­do este hom­bre nada para atrás pare­ce un reloj de sol. Otras, las que le arre­gla­ban sus pren­das sacer­do­ta­les se que­ja­ban de que tuvie­ron que hacer unas sota­nas de talla extra­gran­de por­que, si las ajus­ta­ban dema­sia­do al talle, la feli­gre­sía per­día en un ins­tan­te la devo­ción cuan­do habla­ban con él en el atrio de la igle­sia. El más osa­do era el can­ti­ne­ro, hom­bre irre­ve­ren­te y ateo, habla­ba de un ver­da­de­ro dia­blo entre las pier­nas.

Este sacer­do­te tenía como afi­ción la orni­to­lo­gía. Salía todos los vier­nes, neva­ra, llo­vie­ra o hicie­ra un sol del cara­llo, a escu­char, en expre­sión de Fray Luis de León, la músi­ca no apren­di­da de los pája­ros.

Una vez le rega­la­ron un cana­rio que decían que lo pro­cla­ma­ron cam­peón de Espa­ña en una prue­ba que se cele­bró en Valen­cia con más de cien par­ti­ci­pan­tes. Lo cui­da­ba, per­dón por la blas­fe­mia, como si fue­ra un san­to más de su capi­lla. En uno de estos cui­da­dos, un día, al levan­tar­se de la cama, notó que no esta­ba Seve­rino, ya que el silen­cio rei­na­ba en la casa y se podía escu­char muy bien el soni­do de los rato­nes que cami­na­ban por el faya­do de su casa. La jau­la, vacía, no vol­vió a ser la casa de Seve­rino.

Su dis­gus­to y su preo­cu­pa­ción fue­ron tan gran­des que deci­dió pre­gun­tar a sus feli­gre­ses cuan­do fina­li­zó la misa mayor del domin­go. No que­ría que «la cosa» caye­ra en el olvi­do y se puso a hacer pre­gun­tas tipo Hér­cu­les Poi­rot en cual­quie­ra de sus intere­san­tes inves­ti­ga­cio­nes.

De pri­me­ras, pre­gun­tó que quién tenía pája­ro. En este pun­to se levan­ta­ron todos los hom­bres y alguno de ellos de un modo muy jac­tan­cio­so. No he hecho la pre­gun­ta correc­ta, comen­tó muy aver­gon­za­do para sus aden­tros el cura.

―A ver, ami­gos, a ver. Yo quie­ro saber si uste­des en estos últi­mos días han vis­to en la aldea mi cana­rio, un pája­ro muy lla­ma­ti­vo y gra­cio­so.

En este pun­to se levan­ta­ron de sus ban­cos casi todas las muje­res, unas con el ros­tro colo­ra­do por la ver­güen­za, otras, las que se que­da­ron en sus asien­tos, con cier­ta tris­te­za y resig­na­ción. Tam­po­co fun­cio­nó, y mani­fes­tan­do una apa­ren­te inge­nui­dad, pre­gun­tó:

―¿Quién ha vis­to mi pája­ro?

Y como cohe­tes de bom­ba tri­ple todas las mon­jas se pusie­ron de pie lle­nas de ale­gría.

El tem­plo «esta­lló» en car­ca­ja­das. (A la som­bra del ver­bo) (1995–2025)

 

LA PEREGRINA Y EL BURGO: RECUERDOS DE UNA VIDA

Cuan­do pien­so en mi infan­cia y en mi ado­les­cen­cia —la tar­día tam­bién—, el cora­zón me lle­va inevi­ta­ble­men­te a dos aldeas que mar­ca­ron mi vida y la memo­ria de mi fami­lia.

En Ber­ta­mi­ráns, en la fin­ca de la fami­lia de mi madre lla­ma­da La Pere­gri­na, se alza­ba una peque­ña capi­lla que era mucho más que pie­dra y cal. Hoy sigue en pie, pero sin cul­to. Era nues­tro rin­cón sagra­do, el lugar don­de la Vir­gen Pere­gri­na nos aco­gía bajo su man­to pro­tec­tor.

Cada agos­to, la fies­ta lle­na­ba el aire de músi­ca, de risas y de devo­ción. Las cam­pa­nas repi­ca­ban con ale­gría, y noso­tros, niños y mayo­res, nos ves­tía­mos de gala para hon­rar a nues­tra Vir­gen. Aquel día era un encuen­tro de almas, un ins­tan­te en el que la fami­lia y los veci­nos nos fun­día­mos en una mis­ma emo­ción, entre el olor a ros­qui­llas y el soni­do de las gai­tas que hacían vibrar el cora­zón.

Lue­go, en sep­tiem­bre, el camino me lle­va­ba a Vedra, a la fin­ca de la fami­lia de mi padre lla­ma­da El Bur­go, don­de la Vir­gen de las Ermi­tas era la pro­ta­go­nis­ta. Allí la fies­ta tenía otro sabor, dis­tin­to, pero igual­men­te entra­ña­ble. Era como si el calen­da­rio nos rega­la­se dos citas impres­cin­di­bles, dos para­das obli­ga­das en el camino de la vida. En Vedra, la devo­ción tenía un tono más des­co­no­ci­do para mí, pero tam­bién más ínti­mo. Recuer­do las pro­ce­sio­nes, los can­tos, y esa sen­sa­ción de que cada pie­dra del lugar guar­da­ba la hue­lla de nues­tros ante­pa­sa­dos. Era como si el tiem­po se detu­vie­se, y noso­tros, peque­ños y gran­des, nos sin­tié­ra­mos par­te de una tra­di­ción que nos tras­cen­día.

Estas dos fies­tas, la de Ber­ta­mi­ráns y la de Vedra, eran mucho más que cele­bra­cio­nes reli­gio­sas. Eran la expre­sión viva de nues­tra iden­ti­dad, de la unión fami­liar, de la ale­gría com­par­ti­da y de la fe here­da­da. Cada vez que cie­rro los ojos, veo las luces de las fies­tas, escu­cho las gai­tas y sien­to el lati­do de las cam­pa­nas. Y en el fon­do de mi pecho, una gra­ti­tud inmen­sa cre­ce, por­que sé que esos recuer­dos son el teso­ro más valio­so que me deja­ron mis padres y mis abue­los.

Hoy, cuan­do regre­so de vez en cuan­do a esos luga­res, sien­to que las capi­llas siguen hablán­do­me, aun­que no ten­gan cul­to, que las Vír­ge­nes siguen mirán­do­me con esa ter­nu­ra anti­gua, y que cada agos­to y cada sep­tiem­bre son un puen­te entre el pasa­do y el pre­sen­te. Son la memo­ria viva de mi fami­lia, el recuer­do que me hace son­reír con nos­tal­gia y que me lle­na de orgu­llo. Por­que allí, entre Ber­ta­mi­ráns y Vedra, apren­dí que la fe y la fies­ta, la tra­di­ción y la ale­gría, pue­den con­vi­vir en un mis­mo lati­do, y que ese lati­do es el que nos man­tie­ne uni­dos, gene­ra­ción tras gene­ra­ción.

Pero hoy, cuan­do vuel­vo a esos luga­res, me sien­to tam­bién atra­ve­sa­do por una heri­da silen­cio­sa: sé que aque­llos tiem­pos no se pue­den recu­pe­rar, que las risas com­par­ti­das y el calor humano que lle­na­ba cada rin­cón ya no regre­sa­rán. Aho­ra veo cómo la imper­so­na­li­dad y la indi­fe­ren­cia cre­cen, cómo mucha gen­te, sobre todo en la segun­da fin­ca, pare­ce aje­na a mi pre­sen­cia, como si la memo­ria que yo guar­do con tan­to amor no tuvie­se ya refle­jo en sus ojos. Esa dis­tan­cia due­le, por­que con­tras­ta con la inten­si­dad del recuer­do, y me deja con una pro­fun­da sau­da­de, con una melan­co­lía que me acom­pa­ña y que, al mis­mo tiem­po, da sen­ti­do a mi fide­li­dad a esas raí­ces que nun­ca quie­ro olvi­dar.

ADDENDA.- El Bur­go lo ven­di­mos cuan­do yo tenía 22 años y, des­de enton­ces, siem­pre estu­vo en manos pri­va­das, cir­cuns­tan­cia que me difi­cul­tó mucho, tenien­do en cuen­ta ade­más mi gran timi­dez, su visi­ta; mien­tras que La Pere­gri­na la ven­di­mos con 33 años y con la noti­cia de que fue el Ayun­ta­mien­to de Ames quien la com­pró y la con­vir­tió en un espa­cio abier­to a la gen­te de Ber­ta­mi­ráns para visi­tar­la y rea­li­zar actos públi­cos. A cien metros se cons­tru­yó una nue­va capi­lla con la «vie­ja» Vir­gen Pere­gri­na, que está siem­pre abier­ta y tie­ne cul­to dia­rio. (Cuen­tos galle­gos) (2007)

ESTOY PERDIDO

Estoy per­di­do. Me dicen que siga escri­bien­do, pero mi anhe­lo bucea por un océano reple­to de pirá­mi­des y de lechos mor­tuo­rios. En uno de ellos leo que ha des­pa­re­ci­do mi lite­ra­tu­ra, que la ha devo­ra­do un gran tibu­rón blan­co que está recu­brien­do el fon­do marino con poe­mas fir­ma­dos por mí, un tal José María Máiz Togo­res.

Estoy per­di­do. Des­pier­to del sue­ño y no me encuen­tro. Sigo per­di­do. No en un bos­que de pala­bras, ni en una ciu­dad extran­je­ra, ni en una des­po­bla­da aldea galle­ga, sino en el pasi­llo sin pare­des don­de mis pala­bras se des­va­ne­cen antes de tocar el papel. Me dicen los male­di­cen­tes, que son mayo­ría, que ya no soy capaz de asen­tar­las en un poe­ma.

Estoy per­di­do. Escri­bo como quien lan­za pie­dras al agua espe­ran­do que algu­na flo­te. Impo­si­ble. Son tan den­sas que el volu­men de agua que des­pla­zan por su inte­rior no pesa lo sufi­cien­te para con­tra­rres­tar mi pro­pio peso, y por eso se hun­den, por eso me hun­den.

Esto es lo que te ocu­rre a ti cuan­do escri­bes, sen­ten­cia una mei­ga a la que he acu­di­do menes­te­ro­so y angus­tia­do. Cada línea pesa más que tu pro­pia vida y sucum­bes con una son­ri­sa en los labios que se ha bebi­do toda el agua del pla­ne­ta.

Estoy per­di­do. No hay mapa, ni brú­ju­la, ni voz que me indi­que por dón­de se lle­ga a mí, por dón­de empe­zar a escri­bir.  A veces, en sue­ños, creo que lo hago para encon­trar­me. Otras, para no des­apa­re­cer del todo.

Pero hay días en que la tin­ta se vuel­ve nie­bla, y cada fra­se es un eco que no me reco­no­ce. Enton­ces, llo­ro por­que me ha trai­cio­na­do mi espa­cio, por­que ya nadie me pue­de loca­li­zar.

Estoy per­di­do. Me pre­gun­to si la cau­sa de mi fra­ca­so lite­ra­rio está en el acto mis­mo de no escri­bir. Me pro­du­ce un pla­cer a veces inca­li­fi­ca­ble el sim­ple acto de sos­te­ner una plu­ma sin usar­la, por­que es una mane­ra de estar pre­sen­te y dis­fru­tar de un momen­to sin una exi­gen­cia lite­ra­ria.

Estoy per­di­do por­que en el tem­blor de la mano, en el sus­pi­ro que se cue­la entre dos ver­sos, en el inten­to de nom­brar lo innom­bra­ble encuen­tro un pai­sa­je desér­ti­co en el que habi­to des­de hace un tiem­po.

Estoy per­di­do. Qui­zás escri­bir no sea lle­gar, sino que­dar­se. Que­dar­se en el bor­de de la vida, en el umbral, en ese lugar don­de el sen­ti­do aún no ha naci­do, pero ya res­pi­ra.

Estoy per­di­do, sí. Pero en esta pér­di­da hay una músi­ca que no cesa. Una melo­día que me empu­ja a seguir escri­bien­do, aun­que no sepa para quién, aun­que no sepa por qué, aun­que no sepa si algu­na vez podré enla­zar dos fra­ses segui­das por­que no sé si este hilo es mío, por­que no sé si a ti te intere­sa lo que escri­bo.

Sí. Estoy per­di­do. (Ver­sos que no dije en voz alta) (1995–2025)

‘PASORESERVADO’ O ‘RECUNCAR’

El Pata­ca her­vía como pocos días. Allí esta­ban Víc­tor, Jor­ge, José María y su her­ma­na Lola. Las voces, las risas, las can­cio­nes se suce­dían entre cun­cas de vino que via­ja­ban de mano en mano como un tren de alta velo­ci­dad. Es uno de los bares más cono­ci­dos entre los com­pos­te­la­nos y la ame­na­za de cerrar cuel­ga sobre él como el pén­du­lo del reloj de la Puer­ta del Sol. Sus famo­sas y deli­cio­sas tapas de pata­ta galle­ga asa­da son uno de los atrac­ti­vos de este local situa­do en ple­na rúa del Villar de San­tia­go, una de las calles más visi­ta­das y tran­si­ta­das de la par­te anti­gua de la ciu­dad, a sólo cin­co minu­tos de la cate­dral.

―Non sei ti, pero encán­tan­me as pata­cas pre­pa­ra­das en horno de leña, decía un pai­sano que­rien­do man­te­ner la com­pos­tu­ra des­pués de unas cuan­tas tazas de ribei­ro.

Están coci­na­das al esti­lo de la casa: en su coci­na de leña, coci­das a fue­go len­to en sal­sa de car­ne, lo que hace que ten­gan un color ama­ri­llo-dora­do inusual y un sabor úni­co.

Un buen ami­go com­pos­te­lano, que está mon­ta­do en la parra todo el día, con­vo­có a los tres ami­gos con unas pala­bras muy cari­ño­sas con el fin de dilu­ci­dar el nom­bre defi­ni­ti­vo del blog de José María que esta­ba bau­ti­za­do pro­vi­sio­nal­men­te con el nom­bre de pasoreservado.com. La cena de días atrás en la pul­pe­ría de Meli­de ter­mi­nó con muchas can­cio­nes da terra, pero sin nin­gu­na deci­sión cla­ra.

―El viño enre­da los pen­sa­mien­tos coma la nie­bla en las corre­doi­ras, decía el bueno de Igna­cio dan­do sor­bos lar­gos y den­sos a su taza mien­tras comía tres o cua­tro tro­zos de pul­po con un pali­llo bas­tan­te usa­do ya.

―Un tra­go más y ya no sé si pien­so o estoy pen­san­do que pien­so, apun­ta­ba Víc­tor con los ojos encen­di­dos.

―Mi padre afir­ma que el vino es vien­to calien­te que des­plie­ga las velas de la locu­ra, sen­ten­cia­ba con sobrias pala­bra Jor­ge, el más dicha­ra­che­ro.

Y el sim­pá­ti­co de José María, que no se ente­ra­ba de nada por el rebum­bio que había en la tas­ca rema­tó la fae­na:

―El vino no da res­pues­tas, pero hace olvi­dar las pre­gun­tas.

Y los cua­tro rom­pie­ron a reír como si no lo hubie­ran hecho en la vida. Las comi­su­ras de los labios se pin­ta­ron de gra­na­te por­que tuvie­ron la nefas­ta idea, no de ir a bañar­se a la pla­ya, no, sino de cam­biar de vino: Barran­tes. Vino den­so, de color inten­so, con alta aci­dez y tex­tu­ra con­sis­ten­te que teñía todo lo que moja­ba.

Al Pata­ca no se va a beber una vez. Se va a recun­car. A repe­tir copa, ver­so, his­to­ria o sus­pi­ro. A vol­ver al pla­to que emo­cio­na, al rin­cón que abri­ga, al idio­ma que can­ta.

El blog de José María que lle­va cul­ti­van­do des­de hace meses es como una tas­ca con mesa de made­ra y vino de Ribei­ro: entra quien quie­re, se que­da quien sien­te, y repi­te quien encuen­tra agra­da­ble sabor en sus tex­tos. Hay poe­sía, hay retran­ca, hay bichos tra­vie­sos y ver­da­des envuel­tas en pan. Y si algu­na pala­bra te hace cos­qui­llas en el cora­zón… sír­ve­te otra taza. Por­que aquí, como en el Pata­ca, lo bueno se repi­te. Y si tie­ne algo de galle­go, mellor.

Ya sabe­mos que los tres ami­gos están en el Pata­ca en una noche de risas y vino de Ribei­ro y Barran­tes. Igna­cio se mar­chó a una hora pru­den­te por­que al día siguien­te tenía que ir al cho­llo.

Son tres ami­gos de toda la vida, tres copas más de las que pen­sa­ban, y una dis­cu­sión que ya pare­ce un deba­te par­la­men­ta­rio, pero con más migas de cho­ri­zo que cor­ba­tas.

Víc­tor, con la taza en alto, ya en modo filó­so­fo de barra, pro­cla­ma:

―¡Pero a ver, José María! pasoreservado.com sue­na mis­te­rio­so, ele­gan­te, como si entrar al blog fue­ra como colar­se en un reser­va­do con cor­ti­nas de ter­cio­pe­lo. ¡Tie­ne mar­cha! ¡Te invi­ta a entrar! La cami­sa blan­ca de José María tenía una minu­cio­sa ducha de pun­ti­tos gra­na­tes pro­vo­ca­dos por la efu­si­vi­dad de Víc­tor al hablar.

―Es mi obra de arte para tu blog, sáca­le una foto y la cuel­gas. Ten­drá un éxi­to cojo­nu­do.

Jor­ge, que ya ha dicho «¡eso, eso!» tres veces sin saber a qué:

―Sí, pero recuncar.com tie­ne alma, tío. Tie­ne Gali­cia. Tie­ne esa cosa que no se expli­ca, pero que se sien­te. Es como cuan­do Pepa decía «recun­car» y tú sabías que ahí había algo escon­di­do, algo tuyo, que era digno de repe­tir.

José María, con el Ribei­ro hacien­do efec­to poé­ti­co:

―Es que recun­car no es solo una pala­bra. Es como un sus­pi­ro con raí­ces. Es el rin­cón don­de se guar­dan las his­to­rias que no se cuen­tan en voz alta. Es el perro que se mete deba­jo de la mesa cuan­do llue­ve. Es… es mi blog, cara­llo.

Jor­ge, emo­cio­na­do por­que ha ele­gi­do su nom­bre, aun­que no sabe bien la razón:

―¡Pues enton­ces no hay más que hablar! recuncar.com sue­na a ver­dad. A tie­rra. A tas­ca. A ti. A mí. A Las Patei­ras. A San Ramón y a bebe­dei­ra en cual­quier lugar de Gali­cia, a San Simón.

Víc­tor, sir­vién­do­se otra taza:

―Y si algún día haces una sec­ción de «paso­re­ser­va­do», que sea para los secre­tos, los poe­mas escon­di­dos, los recun­chos del alma, esa segun­da vida que dices tú tener. Pero el nom­bre… que sea galle­go, que sea tuyo.

Y así, entre brin­dis y pata­cas, se deci­de que el blog no será solo una pági­na, sino un recun­cho don­de caben todos los Jor­ge, los Víc­tor, y los José Marías del mun­do. Con vino, con alma, y con nom­bre galle­go.

El vino ya no se sir­ve, se can­ta. Jor­ge ras­ca la mesa como si fue­ra una zan­fo­ña, Víc­tor mar­ca el rit­mo con el vaso, y José María, está a pun­to de pro­ta­go­ni­zar una esce­na de jura­men­to cidiano. Los tres dis­pues­tos a recun­car por enési­ma vez.

Jor­ge, ento­nan­do como si estu­vie­ra en un fes­ti­val de can­tau­to­res de Lava­piés:

―¡pasoreservado.com! Sue­na a jazz, a club con cor­ti­nas rojas, a con­tra­se­ña secre­ta, a puti­club. Es como decir: solo para los que saben mirar las cosas ocul­tas del autor. ¡Y yo me río de que las haya!

Víc­tor, que ya está impro­vi­san­do pal­mas y ver­sos:

―Pero recuncar.com… eso es tam­bo­ril, gai­tas, y pan de millo. Es repe­tir por­que está bueno, por­que emo­cio­na. Es como cuan­do la can­ción ter­mi­na y todos gri­tan: ¡Outra vez! ¡Outra vez! ¡Outra vez!

José María, con el alma en cla­ve de fa y el Ribei­ro hacien­do de afi­na­dor:

Recun­car es vol­ver al pla­to, sí, pero tam­bién al ver­so que te hizo cos­qui­llas. Es repe­tir la his­to­ria del perro que se esca­pó con el jamón, por­que cada vez que la cuen­tas, alguien se ríe dis­tin­to. Es Gali­cia en bucle, pero con rit­mo.

Jor­ge, ya con la taza como micró­fono:

―¡Pues que sea recuncar.com! Y que cada entra­da del blog sea como una can­ción que pide un bis. Que ten­ga intro, estro­fa, y final y que se que­de en la boca como el vino.

Víc­tor, levan­tan­do el bra­zo como si fue­ra una batu­ta:

―Y que el blog empie­ce con una bien­ve­ni­da que sue­ne a brin­dis. Que diga:

entra, sién­ta­te, y si te gus­ta… recun­ca.

Y el taber­nei­ro, sir­vien­do tazas a des­ta­jo, que lle­va la cami­sa abier­ta has­ta el ombli­go, el delan­tal con man­chas que podrían con­tar la his­to­ria de Gali­cia ente­ra, y los ojos como faros en nie­bla de Ribei­ro, se apo­ya en la barra como quien se apo­ya en la his­to­ria, y con voz caza­lle­ra, ron­ca y cere­mo­nio­sa, reci­ta un roman­ce que tie­ne más ver­sio­nes que el ros­tro de la Preys­ler:

No nace de nube nin nace de mar, / nace nun recun­cho onde se pode recun­car… 

Y vol­vió a callar­se como si sólo fue­ra capaz de reci­tar dos ver­sos de un roman­ce de cara­llo. La mujer lo aplau­día para que siguie­ra como si fue­ra un poe­ma nue­vo y le dio un beso de recién casa­dos.

La mesa ya pare­ce cam­po de bata­lla de migas, la gai­ta duer­me apo­ya­da en la pared, y el aire está tan car­ga­do de risas que has­ta las mos­cas se que­dan escu­chan­do.

Al fon­do de la barra, don­de nadie la veía, pero todos la res­pe­ta­ban como a una bue­na mei­ga, esta­ba Lola con len­gua de cor­cho. Había entra­do sigi­lo­sa­men­te para obser­var la esce­na. Lle­va­ba tiem­po calla­da, bebien­do en taza como quien bebe recuer­dos.

De pron­to, se pone en pie. La silla cru­je como si supie­ra que algo impor­tan­te va a pasar. Se aco­mo­da la voz, se lim­pia la comi­su­ra con el dor­so de la mano, y con voz de gai­tei­ra jubi­la­da que aún can­ta en los entie­rros, sen­ten­cia:

¡recuncar.com!

¡Cara­llo!

¡recuncar.com!

Por­que lo que es bueno, repí­te­se. / Por­que lo que emo­cio­na, vuel­ve. / Por­que Gali­cia no se visi­ta unha vez, / recún­ca­se. / ¡recuncar.com, cara­llo, recuncar.com!

Silen­cio. Has­ta Jor­ge deja de ras­car la mesa. Víc­tor se que­da con la taza en el aire. José María, son­ríe como quien aca­ba de reci­bir el nom­bre de su pri­mer hijo. Y Lola, satis­fe­cha, se sien­ta. La tas­ca aplau­de. La gai­ta se des­pier­ta. Y el blog, por fin, ya tie­ne nom­bre: recuncar.com. (A la som­bra del ver­bo) (1995–2025)

 

LA PERRA DE SIETE VIDAS

Todo el mun­do sabe que el perro sim­bo­li­za la fide­li­dad y la leal­tad y que en muy pocas oca­sio­nes apa­re­ce con una sig­ni­fi­ca­ción mal­va­da y envi­le­ci­da.

―Algu­na vez tenía que ser, dijo el tío Filo­so. Ade­más, eso es por­que no cono­cie­ron a Milu­cha, ¡demo­nio de perra!

Cier­to es que el tío Filo­so no esta­ba muy de acuer­do con esa pre­mi­sa. Con­ta­ba él que, cuan­do era más joven, en la casa de A Maía, había una perra peque­rre­chi­ña que tenía unas avie­sas inten­cio­nes jamás cono­ci­das en la aldea.

―Es una sin­ver­güen­za, una des­al­ma­da. ¿Sabes lo que me hizo ayer? Se lan­zó como una ende­mo­nia­da des­de el des­ván don­de esta­ba escon­di­da hacia mi tobi­llo izquier­do y me dio en él un mor­dis­co del cara­jo. Toda­vía ten­go la mar­ca de sus dien­tes. La voy a matar un día. Lo juro.

Su sobrino mayor lo escu­cha­ba sin ape­nas mudar el color, pues cono­cía muy bien sus arti­ma­ñas.

―Eres peor que ella, Filo­so. Como dice el rap­so­da de A Maía, no es mala, es inten­sa. No muer­de por odio, sino por exce­so de entu­sias­mo. Su ladri­do no es ame­na­za, es poe­sía en cla­ve cani­na.

―No digas eso, Car­los; que yo sólo me defien­do de sus revi­ra­dos aco­me­ti­mien­tos. Sin ir más lejos, aún recuer­do el día que metió su hoci­co entre mis pier­nas y casi me con­vier­te en un eunu­co, en un cas­trón.

―¡Vaya, vaya! ¿Y el día en el que tú le metis­te en el culo un ciga­rro encen­di­do?

―¡Como no lo voy a recor­dar! Ese día me reí a car­ca­ja­das. ¡Dios, cómo corría la astu­ta por la era! Seme­ja­ba un cohe­te de feria. Y gru­ñía como un dra­gón medie­val.

―No la juz­gues por sus gru­ñi­dos. Escú­cha­los como quien escu­cha una can­ción en una aldea con un men­sa­je ocul­to.

―Sí. El otro día man­tu­ve una con­ver­sa­ción con Maxi­mino. ¡No sabes cómo bai­la­ba de joven la mui­ñei­ra! Y me dijo que los perros no hacen gam­be­rra­das, que son un escu­do con­tra todo aque­llo que no les gus­ta.

―Y tú, Filo­so, reco­no­ce que no la dejas en paz.

Milu­cha era una perra de nadie y de todos. Vivía en la fin­ca, pero nadie la com­pró. Apa­re­ció por allí como una pere­gri­na sin des­tino y como había com­pro­ba­do que allí había ali­men­to de vez en cuan­do, una golo­si­na, pues deci­dió que­dar­se. Pron­to sur­gie­ron los pro­ble­mas con los miem­bros más jóve­nes de la fami­lia. Al cabo de unos meses, tras mor­dis­cos, ara­ña­zos en todos los tobi­llos, robo de cal­ce­ti­nes y mea­das en luga­res intem­pes­ti­vos sólo se lle­va­ba bien con doña María, la matriar­ca de la fami­lia, que le daba siem­pre cobi­jo en su rega­zo como si fue­ra una niña.

Cuan­do veía a algún niño, salía a toda velo­ci­dad hacia un ban­co de pie­dra que había en la capi­lla y allí se escon­día lle­na de mie­do. Des­de ese rin­cón, obser­va­ba con curio­si­dad a los niños y espe­ra­ba que lle­ga­ra el momen­to jus­to en el que uno de esos niños se sen­ta­ba en el sue­lo a su lado, sin pri­sas, y le ofre­cía una cari­cia sin exi­gen­cias. Por­que inclu­so las perri­tas más gam­be­rras como Milu­cha tie­nen su pro­pio rit­mo para con­fiar en los demás. Espe­cial­men­te des­pués de la últi­ma gam­be­rra­da.

Era una tar­de tran­qui­la, mien­tras la casa res­pi­ra­ba sies­ta y silen­cio des­pués de comer. Milu­cha deci­dió que los coji­nes del sofá no esta­ban cum­plien­do su fun­ción esté­ti­ca y con sigi­lo de ladrón de guan­te blan­co y mira­da de estra­te­ga, los arras­tró has­ta el pasi­llo. No con­ten­ta con eso, los des­me­nu­zó como si estu­vie­ra lim­pian­do una mer­lu­za: plu­mas por el aire, tela hecha jiro­nes, y ella en medio del caos, con la len­gua fue­ra y el pecho hen­chi­do de orgu­llo.

Cuan­do la fami­lia se des­pe­re­zó, ella se sen­tó sobre los res­tos como quien pre­sen­ta­ba el últi­mo récor Guin­ness. Ni ras­tro de cul­pa. Solo la cer­te­za de haber con­se­gui­do lo que nin­guno de los peque­ña­jos del case­ro se había atre­vi­do a hacer.

La tía María es la úni­ca que la defen­dió la «penúl­ti­ma vez» cuan­do con­vir­tió un jar­dín en círcu­lo alre­de­dor de la fuen­te de pie­dra de la era en una patea­da pla­za de toros.

―¡Pero, Cuca, que ha des­tro­za­do el jar­dín!

―¿Y qué? El jar­dín vol­ve­rá. Pero esa chis­pa en los ojos… eso es vida. Y la tía María aca­ri­cia­ba a la perri­ta, que se escon­día aco­bar­da­da tras las cor­ti­nas del cuar­to de estar.

―Yo tam­bién fui gam­be­rra. Y míra­me, aún me invi­tan a misa.

Una maña­na bien tem­prano, cuan­do toda­vía la fal­ta de luz no deja­ba ver bien un cie­lo entol­da­do y que anun­cia­ba que iba a llo­ver «la de Dios es Cris­to» el tío Filo­so se apos­tó sin decir ni hacer nada de rui­do, detrás del pilón de lavar la ropa, para de este modo poder ver todos sus movi­mien­tos y… ¡Ya vería­mos enton­ces! Para estas cosas las pocas fuer­zas que tenía se insu­fla­ban de ener­gía como un joven mili­tron­cho hacien­do guar­dia.

Des­pués de comer, se des­pi­dió y jus­ti­fi­có un gran can­san­cio para dar una vuel­ta por la fin­ca y lue­go dor­mir la sies­ta en su dor­mi­to­rio. Todo fue como él había pla­nea­do. La perra, tam­bién can­sa­da por todas las carre­ras que se había dado por la fin­ca, apa­re­ció en su habi­ta­ción muy modo­sa, como que­rien­do hacer las paces, pero Filo­so se lan­zó sobre ella y cuan­do la tuvo bien asi­da por el rabo, salió zum­ban­do hacia el mira­dor que había en la par­te alta de la fin­ca sin que nadie lo vie­ra.

Lle­ga­do al mira­dor, la vol­vió a trin­car bien por el rabo y comen­zó a dar­le vuel­tas y más vuel­tas en el aire, para tomar fuer­za y así poder lan­zar­la lo más lejos posi­ble. La perra gru­ñía cada vez más, por lo que deci­dió hacer­lo lo antes posi­ble no fue­ran a sor­pren­der­lo en la más hirien­te de sus ven­gan­zas. El vue­lo libre de Milu­cha duró una eter­ni­dad, has­ta que se escu­chó un gol­pe seco, un tam­bu­llón, y acom­pa­ña­do de tres o cua­tro des­cui­da­dos gru­ñi­dos lle­nos de dolor.

Filo­so pasó una tar­de tran­qui­la como pocas, ya que no había ni som­bra del ani­mal. Nadie pre­gun­tó por la perra. Feliz como un niño en su Pri­me­ra Comu­nión cenó un buen pla­to de sopa y una muy bien hecha tor­ti­lla de pata­tas. Para sor­pre­sa de todos, esa noche no hubo tele­vi­sión ni nada. Todo el mun­do en silen­cio. La perra no apa­re­ció por nin­gún lado. A la cama se fue Filo­so, a seguir leyen­do Los diez negri­tos. Subió las esca­le­ras muy din­gui­len­dei­ro. Pero la ale­gría, como en la casa de los pobres, le duró muy poco. Al abrir la puer­ta se encon­tró, en medio de la cama, y con un olor repug­nan­te, un her­mo­sí­si­mo y asque­ro­so cero­llo de Milu­cha.

―¡Mier­da! Ya lo dije yo, esta perra tie­ne sie­te vidas como los gha­tos. ¡Cara­jo! La infra­va­lo­ré. Bien, maña­na vuel­ta a empe­zar. ¡Bueno es saber que sólo le que­dan seis! ¡Qué maña­na, esta mis­ma noche! Y des­de no se sabe qué escon­di­te de la fin­ca la perra Milu­cha pare­cía son­reír la muy fes­tei­ra­men­te. (Cuen­tos galle­gos) (2007)

CAPÍTULO VIII DE ‘PEITO DE BRONCE’.- LA MADRE: EL APODO, LA VIUDEZ Y LA MUERTE

Maru­xa crio muy bien a sus hijos. Des­de que se casó con Pei­to de Anchoa, su vida cam­bió por com­ple­to, pues esta­ba ena­mo­ra­da como un besu­go.

Antes de casar­se, le can­ta­ban muchas can­cio­nes y le reci­ta­ban copli­llas muy atre­vi­das:

Maru­xi­ña do cañi­zo, / traes muchas cas­ta­ñas, / como no tie­nes cami­sa, / las traes en tu faja.

Dejó de estar en boca de todos, de ser obje­to de habla­du­rías, como decían algu­nos aldea­nos; solo se escu­cha­ba su nom­bre en la voz de sus hijos.

—Los quie­ro muchí­si­mo. No pien­so en otra cosa. Si alguien me bus­ca, que se vaya por ahí a ras­car­se la cona, reía ella sor­da­men­te.

Y esto no cayó nada bien en la aldea, pues a Esca­chao­vos y sus enre­dos amo­ro­sos eran el run­rún de los veci­nos.

—Ya cae­rá —decían algu­nos.

—No se pue­de ser liber­ti­na un día y san­ta al siguien­te —mur­mu­ra­ban otros por lo bajo.

Lo que moles­ta­ba a los cam­pe­si­nos era que ya no tenían a quién diri­gir sus insul­tos. Por eso empe­za­ron a hablar de su ene­mis­tad con el agua y el jabón.

—Algo habrá que decir de ella —se jus­ti­fi­ca­ba un vecino mien­tras hacía un ges­to excul­pa­to­rio—. No se pue­de dejar de hablar de alguien de quien hemos habla­do des­de hace años, casi des­de que nació.

El apo­do de a Esca­chao­vos se lo pusie­ron de joven, pues era muy afi­cio­na­da a hacer todo un espec­tácu­lo del momen­to de batir los hue­vos. Cogía un hue­vo y lo rom­pía de un gol­pe seco y cer­te­ro en el bor­de de una taza don­de lue­go lo batía. En ese mis­mo momen­to lan­za­ba un gri­to agu­do y jugue­tón que delei­ta­ba a su padre.

—Ya está la hija del «zorro» rom­pien­do los hue­vos —decían con mali­cia los veci­nos. Y el padre mos­tra­ba su pecho de lobo, orgu­llo­so de la bue­na mano que tenía su hija en el mane­jo de los «hijos de las galli­nas».

Tam­bién en épo­ca de rome­rías, los mozos que bai­la­ban muy cer­ca de ella siem­pre habla­ban de su des­inhi­bi­ción a la hora de jun­tar las cade­ras para seguir mejor el rit­mo de la músi­ca.

—Aprie­ta, cara­llo, aprie­ta bien. Pon o collón —les decía sin ver­güen­za. Y con unos movi­mien­tos ági­les, Maru­xa mar­ca­ba muy bien el rit­mo a los mozos, que pare­cían mario­ne­tas en sus manos. Las novias de ellos siem­pre anda­ban con sie­te pie­dras en la mano cuan­do veían apa­re­cer a Esca­chao­vos en las rome­rías.

Cuan­do murió su mari­do, ella pen­só que su vida ya no tenía sen­ti­do.

—Quie­ro morir, quie­ro morir —repe­tía la tris­te viu­da.

Los veci­nos habla­ban de la meta­mor­fo­sis que había sufri­do su ros­tro.

—Des­de el falle­ci­mien­to de Espon­xi­ña —lo lla­ma­ban así en secre­to por­que bebía como una espon­ja— ya no es la mis­ma, ya no habla con nadie, ya no quie­re salir a diver­tir­se por la vere­da, va a morir, cara­llo.

—Pobri­ña —decía otra.

—Tie­ne la muer­te en el ros­tro, llo­ra los sie­te mares, bien que lo que­ría —mur­mu­ra­ba un buen hom­bre cuan­do la vecin­dad se reu­nía al atar­de­cer en la can­ti­na del lugar para hablar de los suce­sos del día.

Su mari­do había muer­to de una enfer­me­dad hepá­ti­ca. Él pen­sa­ba que el vino lo cura­ba, y lo que hizo fue empeo­rar­lo. Dicen los veci­nos que, cuan­do lo vio el médi­co, en su últi­mo deli­rio tre­mens, echa­ba vino por los ojos.

Y así, de esta for­ma tan ape­sa­dum­bra­da, trans­cu­rrie­ron los últi­mos años de esta mujer. De la ener­gía de anta­ño ya no que­da­ba nada, solo el nom­bre. Los hijos, ya bien cria­dos, no com­pen­sa­ban la tris­te­za y la sole­dad que ella sen­tía en su espí­ri­tu.

Ten­go una mesa de pie­dra, / don­de mi mari­do comía. / Des­de que mi mari­do fal­ta, / la mesa siem­pre está vacía.

Una maña­na, al fres­co, a la hora en la que Maru­xa solía echar pien­so a las ove­jas, el hijo peque­ño vio que el galli­ne­ro seguía cerra­do, y sos­pe­chó que algo había ocu­rri­do. Lla­mó a su madre y nadie res­pon­dió. Subió la esca­le­ra, entró en su habi­ta­ción, y allí esta­ba ella, acos­ta­da en la cama, casi sin ves­tir, con la fal­da a medio poner, sin vida.

—Fue un infar­to múl­ti­ple, ape­nas sufrió —dijo el médi­co.

—Ya lo hizo en vida —repli­có alguien en la habi­ta­ción.

Lo cier­to es que cuan­do la intro­du­je­ron en el ataúd, su ros­tro refle­ja­ba la mis­ma feli­ci­dad que en vida de su mari­do.

—Al final de la vida, las almas geme­las se encuen­tran en algún rin­cón del cie­lo, si no, nadie enten­de­ría el ros­tro de esta mujer —susu­rró una veci­na al ver­la tan son­rien­te. (Pei­to de Bron­ce) (2002)

 

ENCUENTRO CON LA REINA LUPA EN EL PICO SACRO

Subí solo, como quien bus­ca una res­pues­ta que no se pue­de for­mu­lar. El Pico Sacro me espe­ra­ba con su silue­ta de tie­rra anti­gua, su alien­to de leyen­da. El vien­to sopla­ba como si qui­sie­ra decir algo, pero no encon­tra­ba las pala­bras. Yo tam­po­co.

La noche había caí­do sin rui­do, envol­vien­do el mon­te en una penum­bra azu­la­da. Enton­ces la vi. No sé si apa­re­ció o si siem­pre estu­vo allí, espe­rán­do­me. La Rei­na Lupa, ves­ti­da con un man­to de nie­bla, con los ojos encen­di­dos como bra­sas que no se apa­gan. No era joven ni vie­ja. No era huma­na ni bes­tia. Era ella, la que trai­cio­nó a los dis­cí­pu­los, la que cus­to­dia secre­tos bajo tie­rra, la que cono­ce el len­gua­je de los lobos.

No dijo mi nom­bre, pero lo pro­nun­ció con la mira­da. Me acer­qué como quien se acer­ca a un fue­go que no que­ma. Su piel tenía el olor de la tie­rra moja­da, del mus­go anti­guo, del deseo que no se atre­ve a decir­se. Me tocó la cara con una mano que pare­cía hecha de vien­to. Y enton­ces habló, no con pala­bras, sino con memo­ria:

—Has veni­do a bus­car lo que no se pue­de encon­trar. Has veni­do a amar lo que no se pue­de poseer.

No res­pon­dí. No podía. Ella se acer­có más, y el mon­te ente­ro pare­ció incli­nar­se hacia noso­tros. Nos besa­mos como si el tiem­po no exis­tie­ra. Como si el mun­do fue­ra solo ese ins­tan­te. Su boca sabía a leyen­da, a trai­ción, a reden­ción. Me abra­zó con la fuer­za de quien ha espe­ra­do siglos. Y yo me dejé lle­var, como quien se entre­ga a un des­tino que ya esta­ba escri­to en las pie­dras.

El Pico Sacro nos envol­vió. El vien­to dejó de soplar. Los lobos calla­ron. Solo noso­tros, en medio del mon­te, éra­mos reales. O qui­zás no. Qui­zás fue sue­ño. Qui­zás fue deli­rio. Pero des­de enton­ces, cada vez que subo al Pico, sien­to su pre­sen­cia. Y cada vez que cie­rro los ojos, vuel­vo a besar­la. (Nie­blas y lem­bran­zas) (1995–2025)

CAPÍTULO XXII DE ‘HATROZ’.- LA GUISANDEIRA

Falan que as gui­san­dei­ras son as mello­res coci­ñei­ras, falan todos moi ben delas como si aín­da as hou­be­ra.

(Cuen­tan que las gui­san­dei­ras son las mejo­res coci­ne­ras, todos hablan muy bien de ellas como si aún las hubie­ra).

―La comi­da case­ra es una par­te esen­cial en el desa­rro­llo de los jóve­nes y no esas por­que­rías que comen en los bares a los que van.

Así habla­ban los que­ri­dos ascen­dien­tes de los peque­ños cuan­do ses­tea­ban delan­te de la casa vie­ja de La Pere­gri­na des­pués de un buen ela­bo­ra­do almuer­zo en una vella coci­na de leña.

Lo cier­to es que en verano todos engor­da­ban unos cuan­tos kilos. Mil argu­men­tos varios para una reali­dad galle­ga: las pata­tas galle­gas, el pan, los hue­vos de corral… ¡Has­ta algu­nos decían que el aire puro del valle de Amaía engor­da­ba más que el con­ta­mi­na­do de Madrid!

Rafo, cuan­do era peque­ño, escu­chó reite­ra­das veces un elo­gio un tan­to des­me­su­ra­do de las pata­tas galle­gas y los tres peque­ños iban a la coci­na con la mis­ma fra­se. 

―Pepa, no hay nada como as pata­cas da terra.

La bue­na gui­san­dei­ra mira­ba a Rafo, a Jor­ge y a Rosa con cier­to ges­to de incre­du­li­dad cam­pe­si­na y pacien­cia quin­cua­ge­na­ria, se fro­ta­ba las manos y les sol­ta­ba con pro­fun­do acen­to galle­go:

Da terra son todas.

Y vol­vía a sus tareas culi­na­rias.

Jor­ge acla­ró que la fra­se era res­pues­ta de Maru­xa, una mujer que tra­ba­jó en su casa duran­te muchos años.

―Nun­ca con­se­gui­réis que acep­te el doble sig­ni­fi­ca­do de esa expre­sión. Sois muy ter­cos. Cada verano le decís lo mis­mo con el afán vues­tro de que en esa opor­tu­ni­dad se vaya a reír con voso­tros. Ni lo soñéis. Pepa es de una sim­ple­za argu­men­ta­ría que no bus­ca­rá nun­ca el doble sen­ti­do de esa pala­bra. ¡Ojo que lo digo como elo­gio y no como des­ca­li­fi­ca­ti­vo!

Así habla­ba el tío Filo­so cada vez que veía que se mul­ti­pli­ca­ban las visi­tas de los peque­ños a la coci­na.

En reali­dad, las incur­sio­nes al «terri­to­rio de Pepa» tenían en muchas oca­sio­nes una razón muy dife­ren­te. Eran las «reque­te­fa­mo­sas galle­tas de nata» las res­pon­sa­bles.

Pepa las ela­bo­ra­ba con la nata de la leche de las vacas recién orde­ña­das cada noche en una gran­ja veci­na. Cuan­do los queha­ce­res de la coci­na de leña le per­mi­tían otros come­ti­dos, los peque­ños lo cele­bra­ban con gri­tos de ale­gría que que­rían imi­tar al lina­ju­do e incon­fun­di­ble atu­ru­xo (gri­to agu­do, fuer­te y pro­lon­ga­do que se emi­te en señal de ale­gría en las fies­tas mien­tras se rea­li­zan algu­nas labo­res agrí­co­las).

Anhe­la­ban que entre esos otros come­ti­dos estu­vie­ra la ela­bo­ra­ción de las inimi­ta­bles y sin­gu­la­res galle­tas de nata. Todo depen­día de la inexis­ten­cia de algún encar­go fami­liar.

Hacía muy pocas galle­tas para la can­ti­dad de comen­sa­les que esta­ban dis­pues­tos a sabo­rear­las. En algu­nas oca­sio­nes pro­tes­ta­ba polo miú­do (en voz baja) cuan­do podía com­pro­bar que esa noche se había per­tre­cha­do el más escan­da­lo­so de los ata­ques. El pla­cer, con el recuer­do actual, no se sabe si esta­ba en la galle­ta, que segu­ro que sí, o en la sen­sa­ción de exen­ción de cul­pa cada vez que, en la fría y húme­da oscu­ri­dad de la noche, se aba­lan­za­ban casi obs­ce­na­men­te sobre el bote que las alber­ga­ba.

Pepa se levan­ta­ba muy pron­to. A las seis de la maña­na ya había rui­do de cace­ro­las en la coci­na. Así lo ase­ve­ra­ban los pri­mos mayo­res de la casa que, como habían lle­ga­do de madru­ga­da, se que­ja­ban de tal albo­ro­to orga­ni­za­do. Su cuar­to se encon­tra­ba jus­to enci­ma de la coci­na. Los sue­los de made­ra de enton­ces no ais­la­ban lo sufi­cien­te para amor­ti­guar los gol­pes pro­ta­go­ni­za­dos por la gui­san­dei­ra cuan­do pre­pa­ra­ba todo para la comi­da del día. Mien­tras repo­sa­ban en los mulli­dos col­cho­nes de lana, oían con abso­lu­ta niti­dez el vetus­to ritual de Pepa, en for­ma de sin­to­nía culi­na­ria. Úni­ca­men­te se miti­ga­ba cuan­do el aro­ma incon­fun­di­ble de un cal­do galle­go se cola­ba por las ren­di­jas que tan­ta made­ra vie­ja ofre­cía. Hoy, con el dolor de la nos­tal­gia que des­tro­za reali­da­des pasa­das, recuer­dan todos aquel exqui­si­to cal­do ela­bo­ra­do a fue­go len­to y en coci­na de leña. El cre­pi­tar de la leña era músi­ca de un galán que cor­te­ja­ba a los ingre­dien­tes del cal­do galle­go.

Su afán era tener todo dis­pues­to a media maña­na, para poder dedi­car algún tiem­po al tra­ta­mien­to de sus varia­dos acha­ques médi­cos. Las vari­ces, la ten­sión… y cuan­tas dolen­cias habi­ta­ban en su peque­ño cuer­po.

Como tenía muy cer­ca de la coci­na el baño que ella uti­li­za­ba para sus ablu­cio­nes mati­na­les y otros menes­te­res, no había que ser muy lin­ce para ima­gi­nar que, cuan­do la comi­da repo­sa­ba a medio ela­bo­rar en las dife­ren­tes mesas de la coci­na, y la «cir­cuns­tan­cia físi­ca» lo reque­ría, las visi­tas al excu­sa­do eran reite­ra­dí­si­mas.

No le gus­ta­ba nada que hubie­ra fis­go­nes mien­tras ella coci­na­ba. Los expul­sa­ba de su peque­ño rei­no como el más dés­po­ta y des­pia­da­do monar­ca. A la fami­lia, los espec­ta­do­res, siem­pre les diri­gía unas pala­bras que hoy nadie es capaz de recor­dar. He bucea­do en la memo­ria de los fami­lia­res que aún viven con saña inqui­si­to­rial, pero nada. Todo ha sido bal­dío. Esas pala­bras les hacían salir a toda velo­ci­dad de la coci­na y disi­mu­lar ante ella que cum­pli­rían a raja­ta­bla tal indi­ca­ción.

Dura­ba el pre­cep­to unos cin­co minu­tos. La curio­si­dad infan­til, en muchas oca­sio­nes, era supe­rior a la de los adul­tos cuan­do eran expul­sa­dos y ama­ga­ban con mar­char­se para dar vuel­tas con­ti­nuas con el úni­co afán de seguir fis­gan­do en la «pro­pie­dad de Pepa».

Céle­bre fue la reac­ción de esta bue­na mujer cuan­do visi­tó a su médi­co de toda la vida y le rece­tó unos supo­si­to­rios. La cara de ella era todo un poe­ma, cada vez más impac­tan­te, según iba escu­chan­do al doc­tor lo que le había rece­ta­do para ate­nuar cier­tos dolo­res que tenía en la zona baja del vien­tre.

―Lo que le rece­to en esta oca­sión es algo nove­do­so para usted, pero que es muy efec­ti­vo si se uti­li­za debi­da­men­te. Los supo­si­to­rios son muy posi­ti­vos para ali­viar el dolor de modo casi inme­dia­to. ¿Me entien­de usted? ¿Lo ve? Y le mos­tra­ba uno como refe­ren­cia visual. Es un medi­ca­men­to sóli­do de for­ma alar­ga­da y aca­ba­do en pun­ta que usted debe intro­du­cir por el ano con una pre­sión con­ti­nua hacia el inte­rior has­ta que usted se per­ca­te de que no va a salir. Pue­de ser que haya expe­ri­men­ta­do en oca­sio­nes otros tra­ta­mien­tos tam­bién exi­to­sos que se uti­li­zan intro­du­cién­do­los por la vagi­na. Cuan­do lo intro­duz­ca por el ano debe cer­cio­rar­se de que lo retie­ne per­fec­ta­men­te en su inte­rior para que el supo­si­to­rio libe­re su ingre­dien­te acti­vo cuan­do se fun­da con la tem­pe­ra­tu­ra del cuer­po.

La cara de Pepa iba de sus­to en sus­to. Lo úni­co que le apa­ci­guó el pudor que inva­dió su ros­tro fue la con­tun­den­cia de las pala­bras del médi­co cuan­do le ase­gu­ró su efec­ti­vi­dad. Sus pala­bras fue­ron per­sua­si­vas y con­clu­yen­tes.

―Lo tie­ne que hacer usted. No ten­ga repa­ro alguno. Esto es una prác­ti­ca muy fre­cuen­te hoy en día. Es evi­den­te que no es un tema para una con­ver­sa­ción, pero si usted inda­ga un poco, muchas muje­res le corro­bo­ra­rán mis expli­ca­cio­nes.

La sali­da de la con­sul­ta fue todo un con­cier­to sin pre­lu­dio. La ansie­dad le había pro­du­ci­do una gasi­fi­ca­ción que no fue capaz de repri­mir y hubo una libe­ra­ción abso­lu­ta de músi­ca de vien­to.

Su enro­je­ci­do ros­tro subió de tono al reci­bir el frío de la maña­na y el camino hacia el taxi lo hizo cabiz­ba­ja y cons­ter­na­da.

No abrió la boca en todo el reco­rri­do de la con­sul­ta a La Pere­gri­na. Se bajó atu­ru­lla­da y tor­pe por los ner­vios, y se tro­pe­zó con el pati­ne­te que había en la era. Rogó a lo más alto que nin­gún hom­bre de la casa le pre­gun­ta­ra por la visi­ta al médi­co.

―Por poco la ten­go que lle­var a urgen­cias, le dijo el taxis­ta. Algo muy gra­ve le ha teni­do que comen­tar el médi­co para pos­trar­la en ese azo­ra­do aton­ta­mien­to. Espa­bi­le, mujer, espa­bi­le, que segu­ro que no es nada gra­ve.

Pepa, hacien­do caso omi­so a cual­quier comen­ta­rio que lle­ga­ba a sus oídos, se intro­du­jo en la casa vie­ja miran­do fija­men­te al sue­lo y con el ros­tro aún encen­di­do de ver­güen­za. No veía el momen­to en el que pudie­ra des­can­sar en su dor­mi­to­rio a solas. Era su mayor deseo en ese ins­tan­te. El movi­mien­to de la lla­ve se oyó con niti­dez en la ace­ra de la casa vie­ja. Gol­pe seco y fir­me con el siguien­te sig­ni­fi­ca­do: no me moles­ten.

―Algo pelia­gu­do ha teni­do que ocu­rrir, comen­tó el tío Filo­so, mien­tras sabo­rea­ba un ciga­rri­llo per­fec­ta­men­te lia­do con mano habi­li­do­sa y ducha en esta labor des­de la ado­les­cen­cia.

Como la comi­da esta­ba hecha, Pepa no salió de su habi­ta­ción has­ta el atar­de­cer. De hecho, varios miem­bros de la fami­lia gol­pea­ron con los nudi­llos en la puer­ta de su dor­mi­to­rio y no encon­tra­ron res­pues­ta algu­na. La preo­cu­pa­ción era evi­den­te. Empe­za­ron a bara­jar la posi­bi­li­dad de que lo habla­do en la con­sul­ta del médi­co fue­ra más allá de una sim­ple dis­pen­sa­ción de rece­tas.

―Nin­gún médi­co sen­sa­to se lan­za a hacer un diag­nós­ti­co sin prue­bas pre­vias. Tie­ne que ser algo muy moles­to, pero nada gra­ve. Es lo míni­mo. A no ser que fue­ra, que no lo es por­que lo conoz­co yo muy bien, o car­ni­cei­ro de Rebo­re­do, cer­ca de San Andrés de Tei­xi­do que saja­ba los gra­nos de la cara hacien­do tres gran­des cor­tes en dis­tin­tas direc­cio­nes para así garan­ti­zar la extrac­ción de todas las impu­re­zas.

―Nin­guén o fai mellor ca eu. E, can­do me recla­man anes­te­sia, dou­lles un augar­den­te de oru­xo blan­co de 50º, o mes­mo que uti­li­zo des­pués para lim­piar a pel, que os dei­ta na cama como si reci­bi­ran un puñe­ta­zo en seco de Muja­má de Alí.

Los peque­ños, a lo suyo como es evi­den­te, entra­ron reite­ra­das veces en la coci­na con la espe­ran­za de que estu­vie­ra ela­bo­ran­do galle­tas de nata. Estos «tres ele­men­tos» ―Rafo, Jor­ge y Rosi­ta― no podían cali­brar la gra­ve­dad de la posi­ble enfer­me­dad de Pepa. En la niñez no se cono­cen níti­da­men­te los impon­de­ra­bles que se van pre­sen­tan­do en la vida adul­ta. Nin­guno de los tres valo­ró los acha­ques que sufría la bue­na de Pepa y que la pos­tra­ron de aquel modo tan sig­ni­fi­ca­ti­vo.

En el silen­cio del atar­de­cer, y entre ron­qui­dos indig­nan­tes, pare­ci­dos a una moto­sie­rra, de algún fami­liar, se oyó de pron­to el chi­rri­do de las bisa­gras de una puer­ta. La madre de Rafo levan­tó la vis­ta del pun­to que esta­ba cal­ce­tan­do y, en un silen­cio casi noc­turno, se puso en pie y se diri­gió con rapi­dez a la coci­na. Des­pués apa­re­ció la madre de Jor­ge. La de Rosa no esta­ba pre­sen­te por­que se había a dar con su mari­do el paseo de todos los días.

Allí esta­ba Pepa, en el umbral de la puer­ta que daba acce­so a su terri­to­rio con la caja de los supo­si­to­rios en la mano dere­cha en plan de afren­ta medie­val.

Las her­ma­nas se inte­re­sa­ron y le pre­gun­ta­ron si pre­ci­sa­ba algún tipo de ayu­da con las cro­que­tas de la noche.

―Uste­des tran­qui­las. La masa ya está hecha y sólo me fal­ta envol­ver­las en pan ralla­do y hue­vo. Aho­ra voy al baño, ya saben uste­des, y lue­go las envuel­vo.

Lo curio­so de la noche es que todos se sor­pren­die­ron muchí­si­mo cuan­do las madres de Rafo y Jor­ge deci­die­ron no tomar cro­que­tas esa noche. Si es vues­tro pla­to pre­fe­ri­do, les bom­bar­dea­ron todos mien­tras se iban sir­vien­do ritual­men­te.

Nadie supo la razón. Bueno, sí, dos per­so­nas. (Hatroz) (2025)

 

CHIPICHOSPIS

(Esta anéc­do­ta es verí­di­ca cien por cien. Lo nove­do­so es que la he ador­na­do con una lec­ción moral más amplia. Creo que nece­sa­ria.)

Entré en el aula a las 8:10 de la maña­na con una ener­gía que cau­sa­ba sor­pre­sa y admi­ra­ción en los alum­nos de 2º de Secun­da­ria. No enten­dían que, ellos, medio dor­mi­dos y con un bos­te­zo con­ti­nuo mien­tras pre­pa­ra­ban el cua­derno y el libro de tex­to, yo pasa­ba lis­ta con voz poten­te para hacer de des­per­ta­dor y así poner en la línea de sali­da espa­bi­la­dos y dis­pues­tos para tra­ba­jar a todos los alum­nos.

Había uno que esta­ba espe­cial­men­te dor­mi­do. Creo que toda­vía le que­da­ban lega­ñas en los ojos, pero, por el sue­ño, no era cons­cien­te de que tenía que qui­tár­se­las.

―A ver, usted, Jai­me, díga­me qué le ha ocu­rri­do esta noche para estar en ese esta­do ador­me­ci­do y som­no­lien­to.

―Nada, de ver­dad que nada. He dor­mi­do muy bien.

―Enton­ces está rela­cio­na­do con su desa­yuno. Díga­me qué ha desa­yu­na­do.

―Lo de siem­pre, pro­fe, lo de siem­pre: un cola­cao con unas galle­tas.

―Cla­ro, cla­ro, ahí está el quid de la cues­tión. Ahí está. Usted debe­ría desa­yu­nar como yo, unos poten­tes Chi­pi­chos­pis.

―Eso no exis­te, segu­ro, dijo su com­pa­ñe­ro de sitio, que salió en defen­sa del ador­mi­la­do.

―Usted me dirá, dije con la cer­te­za de estar en pose­sión de la ver­dad, si los tomo todos los días. Todos. Chi­pi­chos­pis, se lo repi­to. Son una inyec­ción de ener­gía y vigor para toda la maña­na.

El joven, un poco atur­di­do por mi vita­li­dad, se lo comen­tó a su madre y esta le dijo con voz tran­qui­li­za­do­ra que maña­na iría al ultra­ma­ri­nos a pre­gun­tár­se­lo al due­ño, al señor Daniel.

Jai­me lle­gó al aula cre­ci­do por­que el señor Daniel le había dicho a su madre que debe­ría estar yo equi­vo­ca­do, que no exis­tían esos cerea­les.

―Pues díga­le, yo afi­né lo más posi­ble mi cas­ca­da voz, que los desa­yuno todos los días y que cla­ro que exis­ten, que son muy cono­ci­dos entre los tra­ba­ja­do­res que vivi­mos de la voz. Yo creo que debe decir­le a don Daniel que los encar­gue a su pro­vee­dor.

Jai­me, más azo­ra­do de lo nor­mal, fue esa mis­ma tar­de con su madre al ultra­ma­ri­nos del señor Daniel y le repro­du­jo letra por letra lo que le había dicho yo.

―Mire, doña Rosa, díga­le a su hijo que se deje de ton­te­rías y que desa­yu­ne pro­duc­tos que todo el mun­do cono­ce, nada de las inven­cio­nes de su pro­fe­sor, por mucho cré­di­to que ten­ga.

Jai­me, tes­ta­ru­do y ter­co, al día siguien­te, me vol­vió a decir que esta­ba muy equi­vo­ca­do y que yo le esta­ba min­tien­do.

―Esa es la pos­tu­ra más cómo­da, decir que yo estoy equi­vo­ca­do. ¿Me está lla­man­do usted men­ti­ro­so? Mire que eso sí son pala­bras mayo­res. Yo nun­ca mien­to. Nun­ca. Ter­mi­ne­mos con esta his­to­ria que me está can­san­do mucho. Ven­ga, ¡¡¡olví­de­lo!!!

Pero Jai­me se lo tomó casi como una pro­me­sa divi­na, el con­se­guir los famo­sos Chi­pi­chos­pis. Fue a un súper que había abier­to a espal­das de su casa y le entre­gó al encar­ga­do un papel con el nom­bre escri­to del pro­duc­to y le «exi­gió» que, «sí o sí» ―como le decía su padre cuan­do lo man­da­ba a su cuar­to a estu­diar en lugar de ver la tele― los con­si­guie­ra.

El encar­ga­do del súper le dijo al día siguien­te que no había nin­gún pro­duc­to regis­tra­do con ese nom­bre, y que la res­pues­ta por ello es muy sen­ci­lla: ¡¡¡no exis­ten!!! Y hale, al cole­gio a estu­diar. Y se puso a repo­ner unas mag­da­le­nas que tenían un éxi­to masi­vo.

Jai­me pasó en vela esa noche. No sabía qué decir­me, que­ría que fue­ra algo con­vin­cen­te. Esta­ba supe­ra­do por la situa­ción.

Al día siguien­te, al obser­var un poco tras­pa­sa­do a Jai­me, enca­ré la situa­ción como si fue­ra un cuen­to del con­de Don Juan Manuel.

―Seño­res, hoy no vamos a ana­li­zar ora­cio­nes en la piza­rra. Hoy vamos a hablar de algo que pesa más que una mochi­la lle­na de libros: la men­ti­ra.

Miren, men­tir es como meter una pie­dra en el zapa­to. Es lo que hice yo hace cin­co días exac­ta­men­te. Metí una pie­dra en el zapa­to de Jai­me. Al prin­ci­pio no le moles­ta­ba mucho. Pero cuan­to más cami­na­ba su afa­no­so com­pa­ñe­ro, más le dolía la frus­tra­ción de no encon­trar los Chi­pi­chos­pis. Y yo le seguí metien­do pie­dras, día tras día, has­ta el pun­to de ya no poder avan­zar: las pala­bras del encar­ga­do del súper lo fre­na­ron súpi­ta­men­te. Esa era la ver­dad.

Lue­go deba­ti­re­mos si he obra­do bien o no.

Cuan­do uno mien­te, en este caso yo, no solo car­ga con el mie­do de que lo des­cu­bran, sino tam­bién con la cul­pa de la acción, que es lo que yo lle­vo en mi mochi­la. Es como tener una alar­ma que me avi­sa, hora a hora, que me van a pillar.

Por eso inter­ven­go yo aho­ra. Ya no «tenía más camino que reco­rrer mi men­ti­ra» y esta maña­na, mien­tras desa­yu­na­ba un café con leche con Cho­co Kris­pies, he deci­di­do hablar­les cla­ra­men­te. Ante todos uste­des, afir­mo que lo de los Chi­pi­chos­pis es una men­ti­ra y que por ello le pido per­dón a su com­pa­ñe­ro Jai­me.

Ade­más, cuan­do alguien nos pilla en una men­ti­ra, uste­des esta­ban a pun­to de lograr­lo, lo que se rom­pe es la con­fian­za en la per­so­na que mien­te. Por eso yo, he inter­ve­ni­do, en esta cla­se, por­que les fal­ta­ba a uste­des minu­tos para pro­nun­ciar la pala­bra «men­ti­ra podri­da».

Es como rom­per un vaso de cris­tal. Pue­des inten­tar pegar­lo con el mejor loc­ti­te, pero ya no que­da igual, se notan las unio­nes. Y recu­pe­rar la con­fian­za cues­ta más que sacar un diez en un examen sin estu­diar.

Lue­go lo habla­re­mos en la tuto­ría y uste­des me juz­ga­rán.

Yo he obra­do bien por­que he reco­no­ci­do mi men­ti­ra y le he pedi­do dis­cul­pas a Jai­me en el mis­mo espa­cio en el que había sol­ta­do el «tro­lón».

Les expli­co, delan­te de todos uste­des, que la fina­li­dad de mi acción era muy cla­ra: no deben con­fiar cie­ga­men­te en lo que les dice cual­quier per­so­na. Siem­pre hay que cer­cio­rar­se de que lo que les pro­po­nen o les piden sea cier­to.

Así que antes de sol­tar una men­ti­ra, pién­sen­lo bien. A veces decir la ver­dad due­le, sí, pero due­le menos que vivir con el peso de haber enga­ña­do a alguien.

Y recuer­den esto: la ver­dad pue­de tar­dar en salir, pero siem­pre lle­ga. Les repi­to: por tal moti­vo yo he inter­ve­ni­do hoy. Que­ría que me oye­ran a mí decir­les que era una men­ti­ra. Que­ría que me oye­ran pedir­le dis­cul­pas a Jai­me. Por­que cuan­do lle­ga, más vale que te pille con la con­cien­cia lim­pia. (A la som­bra del ver­bo) (1995–2025)

HISTORIA DE UN AMOR IMPOSIBLE

Como una pro­me­sa que se des­ha­ce en el aire, entré en el bos­que de los cuer­pos sin nom­bre, don­de los árbo­les latían como venas abier­tas y los pája­ros can­ta­ban en idio­mas que solo la piel entien­de. La noche moja­ba mis hom­bros con una len­gua de nie­bla y sal, y cada estre­lla era un ojo que me des­nu­da­ba sin jui­cio, sin tiem­po, sin moral. Cami­na­ba por un río de espe­jos, don­de cada refle­jo era una ver­sión dis­tin­ta de mí: una mujer de fue­go, un hom­bre hecho de are­na, un ani­mal que res­pi­ra por entre los dedos. Las manos que me toca­ban no tenían due­ña, eran vien­to, eran deseo, eran recuer­dos de otros cuer­pos que nun­ca viví. Y yo me deja­ba lle­var, como quien se entre­ga a un sue­ño que sabe que es men­ti­ra, pero que sabe mejor que ver­dad. La piel, des­nu­da, era un altar don­de se ofre­cían los silen­cios, los lati­dos, los esca­lo­fríos que nacen entre la cla­ví­cu­la y el abis­mo. Una boca sin ros­tro mur­mu­ra­ba ver­sos en mi oído izquier­do, mien­tras el dere­cho escu­cha­ba al mar hacer el amor con las rocas. Y yo, des­nu­do, sin nom­bre, sin his­to­ria, era solo car­ne que pien­sa, pen­sa­mien­to que arden, ardor que se expan­de como tin­ta en un lien­zo húme­do. En el cen­tro del mun­do había un cora­zón hecho de fue­go y miel, y allí, entre sus lati­dos, des­cu­brí que el pla­cer es tam­bién una for­ma de ora­ción, que el cuer­po es tem­plo, y que la piel, des­nu­da, es la úni­ca ver­dad que nun­ca mien­te. (Ver­sos que no dije en voz alta) (1995–2025) (Envia­do a una revis­ta lite­ra­ria) (Recha­za­da su publi­ca­ción)

LA SANTA COMPAÑA DE COÑA

Dicen que La San­ta Com­pa­ña reco­rre los cami­nos galle­gos en silen­cio, por­tan­do velas, cruz y peni­ten­cia. Pero eso era antes. Hoy, la pro­ce­sión espec­tral ha evo­lu­cio­na­do. Ya no bus­ca almas: bus­ca la cober­tu­ra del móvil, un café de puche­ro y alguien que sepa usar Goo­gle Maps.

A la cabe­za va el alma en pena, víc­ti­ma no del peca­do, sino del estrés labo­ral. Lle­va una table­ta encen­di­da, bus­can­do señal entre los euca­lip­tos. Le sigue una comi­ti­va de veci­nos que se apun­ta­ron por error, cre­yen­do que era una excur­sión del Imser­so con merien­da inclui­da. El por­ta­dor de la cruz ya no arras­tra made­ra: lle­va una cruz de LED con blue­tooth y alta­voz incor­po­ra­do, repro­du­cien­do can­ti­gas de Aman­cio Pra­da en bucle. El perro negro, anta­ño sím­bo­lo del más allá, aho­ra se lla­ma Chi­pi­chos­pis y lle­va un abri­go impermea­ble con estam­pa­do de gre­los.

La ruta ofi­cial va del cemen­te­rio al bar de Mano­lo, pasan­do por la taber­na de Maru­xa. Se detie­nen cada 300 metros para pedir fue­go, aun­que todos son incor­pó­reos. Si llue­ve, se sus­pen­de. La San­ta Com­pa­ña no sale sin para­guas ni chu­bas­que­ro, aun­que esté homo­lo­ga­do por la Xun­ta. En caso de nie­bla, se acti­va el pro­to­co­lo de emer­gen­cia: todos en fila, aga­rra­dos a una cuer­da fluo­res­cen­te, como excur­sión esco­lar.

Las nor­mas son cla­ras: no se acep­tan vivos sin sen­ti­do del humor. Se reco­mien­da lle­var empa­na­da para com­par­tir y evi­tar cru­zar­se con la pro­ce­sión si estás en pija­ma. Si te los encuen­tras, no huyas: pro­ba­ble­men­te te pidan la con­tra­se­ña del WiFi o te ofrez­can un folle­to de pro­pa­gan­da de su nue­vo canal de Tik­Tok: @CompañaFantasma.

Y si sobre­vi­ves al encuen­tro, no te con­vier­tes en el nue­vo guía. Te con­vier­tes en el CEO de la San­ta Com­pa­ña, encar­ga­do de actua­li­zar su per­fil, res­pon­der comen­ta­rios tipo «¿Dón­de estáis esta noche?» y subir sel­fis espec­tra­les con fil­tro de nie­bla.

Por­que en Gali­cia, inclu­so los muer­tos tie­nen agen­da. Y sen­ti­do del humor. (Nie­blas y lem­bran­zas) (1995–2025)

INVENTARIO PERSONAL

No soy feo. Soy una colec­ción de erro­res der­ma­to­ló­gi­cos con patas. Una espe­cie de catá­lo­go clí­ni­co con pre­ten­sio­nes de per­so­na. Mi piel, por ejem­plo, no es piel: es un cam­po de bata­lla en erup­ción cons­tan­te y con un enro­je­ci­mien­to, sin pre­vio avi­so, como si una emo­ción olvi­da­da des­per­ta­ra en la piel. No lo pido, no lo pro­vo­co, pero ahí está: un rubor que dela­ta lo que ni yo sé que sien­to. Como si el cuer­po habla­ra antes que las pala­bras. Der­ma­ti­tis ató­pi­ca, le lla­man. Yo la lla­mo trai­ción cutá­nea. Se me seca has­ta el alma, se des­ca­ma como si qui­sie­ra mudar­se de cuer­po, y con­vier­te cada abra­zo en una rule­ta rusa de esco­zor.

Y lue­go está mi den­ta­du­ra. Ah, mi glo­rio­sa den­ta­du­ra. Un poe­ma de horror góti­co en cla­ve bucal. Dien­tes como escom­bros, encías que pare­cen haber sobre­vi­vi­do a una gue­rra civil. Cuan­do son­río, la gen­te no sabe si reír o lla­mar a un arqueó­lo­go. No hay orto­don­cia que me sal­ve: soy el antes de todos los anun­cios de clí­ni­cas den­ta­les.

¿Y el sudor? El sudor es mi fir­ma. No trans­pi­ro. Me derra­mo. Soy una fuen­te públi­ca sin botón de apa­ga­do. Camino y dejo ras­tros. Me sien­to y el asien­to llo­ra. En invierno sudo. En verano sudo más. En pri­ma­ve­ra sudo con flo­res. En oto­ño sudo con hojas. Soy una esta­ción húme­da con patas.

Y la celu­li­tis… esa topo­gra­fía emo­cio­nal que me acom­pa­ña des­de que ten­go uso de espe­jo. Mis mus­los son un home­na­je al relie­ve galle­go: coli­nas, valles, ondu­la­cio­nes que desa­fían la lógi­ca y la lycra. No hay fil­tro que me sal­ve, ni pan­ta­lón que no tiem­ble al acer­car­se.

Lo sé. Lo veo. Lo recha­zo. No hay con­sue­lo en la auto­acep­ta­ción cuan­do el cuer­po pare­ce una bro­ma mal con­ta­da. No quie­ro que me digan que soy úni­co, ni que la belle­za está en el inte­rior. Mi inte­rior tam­bién suda.

Y sin embar­go, aquí estoy. Escri­bien­do. Rién­do­me de mí antes de que lo hagan otros. Por­que si no pue­do ser her­mo­so, al menos que mi mise­ria ten­ga esti­lo. Que mi feal­dad sea lite­ra­ria. Que mi cuer­po, este desas­tre con DNI, sir­va para algo más que para inco­mo­dar espe­jos. (A la som­bra del ver­bo) (1995–2025)

CAPÍTULO XXI DE ‘HATROZ’.- SIN ALGODONES (II)

Rafo, a los die­cio­cho años, había comen­za­do una rela­ción que se le esta­ba yen­do de las manos. Sabía que era un inma­du­ro para afron­tar algo serio y con pro­yec­ción de futu­ro. En su casa la pre­sión era muy gran­de, o él la sen­tía así, para que aban­do­na­ra esa «amis­tad», ya que se nega­ban a til­dar­la de noviaz­go. Ella era la que se obs­ti­na­ba en man­te­ner una rela­ción más seria y él la pro­cu­ra­ba más físi­ca que sen­ti­men­tal. Yo me dejo lle­var por una iner­cia egoís­ta y cobar­de, decía en la inti­mi­dad a sus ami­gos sin rubor nin­guno. Iba de la res­pues­ta más desa­bri­da al beso más tur­ba­dor en un abrir y cerrar de ojos.

Todo esto que estoy narran­do me lo con­tó Rafo de una taca­da mien­tras comía­mos en Min­go, res­tau­ran­te espe­cia­li­za­do en pollos asa­dos y sidra de ela­bo­ra­ción pro­pia. No sopor­ta­ba la gra­sa de los pollos, pero reco­no­cía que la pechu­ga asa­da, él no comía ni mus­los ni zan­cos, era riquí­si­ma.

Hizo una pau­sa en la narra­ción y se le fue de la men­te la idea que esta­ba a pun­to de comen­tar. Dis­traí­do, y con un ciga­rro sin encen­der entre los dedos, se mos­tra­ba inca­paz de man­te­ner la mira­da. Sabía que esta­ba dejan­do al des­cu­bier­to una per­so­na­li­dad pusi­lá­ni­me y ende­ble. Hablar de ese pasa­do tan lejano le supo­nía hacer un esfuer­zo tal que sólo le esti­mu­la­ba el café que se ofre­cía aro­má­ti­co y reta­dor delan­te de él. Esta­ba frío por la tar­dan­za en su con­su­mi­ción. Su ros­tro, mien­tras, refle­ja­ba las leja­nas hue­llas de una rup­tu­ra que él lle­vó a cabo de for­ma tor­pe, abyec­ta e inno­ble.

Mari­sa nun­ca enten­dió el moti­vo adu­ci­do por Rafo. Nun­ca. Él cor­tó por lo sano una noche en la que le repi­tió infi­ni­tas veces ese ende­ble argu­men­to de la fal­ta de liber­tad y ese mano­sea­do has­ta la sacie­dad por los ado­les­cen­tes de que no podía atar­se a una mujer en edad tan tem­pra­na. Mari­sa vis­lum­bró detrás de esas pala­bras la som­bra de los padres de Rafo. El argu­men­ta­rio no resis­tió ni la más nimia de las répli­cas de Mari­sa, que fue­ron con­sis­ten­tes y lúci­das, como era ella. Con la sen­ci­llez de la ver­dad, le hizo unas cuan­tas pre­gun­tas que él, acu­na­do por una alcur­nia de hoja­la­ta, res­pon­dió con muy mal gus­to y con cier­to tono de oli­gar­ca emo­cio­nal, dada su inca­pa­ci­dad para afron­tar la ver­dad sim­ple y trans­pa­ren­te.

Me con­fe­só que le daba un mie­do pavo­ro­so la natu­ra­li­dad con la que se regía Mari­sa en todos los ámbi­tos de su vida.

―Yo, un tem­pes­tuo­so mar de titu­beos, mie­dos y des­acier­tos; ella, siem­pre cabal, ínte­gra y deci­di­da. Te lo juro, yo me pasa­ba tres noches en vela dán­do­le vuel­tas a una sim­ple­za que era inca­paz de resol­ver y ella con una cla­ri­vi­den­cia insul­tan­te la solu­cio­na­ba exi­to­sa­men­te en cin­co minu­tos. Y siem­pre acer­ta­ba, joder, siem­pre acer­ta­ba.

Esto le retraía y ponía en evi­den­cia su inca­pa­ci­dad en la toma de deci­sio­nes. Y espe­ra­ba como agua de mayo que lle­ga­ra el sába­do. Cada vez más men­ti­ras de com­pro­mi­sos que ni él mis­mo se creía. Sona­ba el telé­fono y un Te espe­ra­mos en La Cruz Blan­ca rom­pía cual­quier expec­ta­ti­va de pare­ja tra­di­cio­nal. Fue la pri­me­ra hui­da hacia delan­te que ter­mi­nó con las gran­des ilu­sio­nes de un futu­ro com­par­ti­do que habían per­ge­ña­do Mari­sa y él. Más Mari­sa que él.

Por otro lado, vol­vien­do a los ini­cios uni­ver­si­ta­rios, el comien­zo de Rafo fue de sen­ti­mien­tos encon­tra­dos. Muy encon­tra­dos todos ellos. Y aquí enca­ja­ba per­fec­ta­men­te el títu­lo de la entra­da.

¿Agri­dul­ces las sen­sa­cio­nes? Fue un autén­ti­co encon­tro­na­zo con una reali­dad que Rafo des­co­no­cía, aun­que la pro­fe­so­ra de His­to­ria de COU algo les había insi­nua­do. Corri­gió ense­gui­da lo dicho por un com­pa­ñe­ro y enume­ró de modo cla­ro y diá­fano las carac­te­rís­ti­cas de una dic­ta­du­ra.

―Y si no me com­pren­den, no tie­nen nin­gún dere­cho a rea­li­zar estu­dios uni­ver­si­ta­rios, rema­tó. Vayan al museo de cera que están mon­tan­do cer­ca de aquí y mués­tren­se en él tal como son uste­des: unos alcor­no­ques reves­ti­dos de piel huma­na. Y se que­da­ba tan tran­qui­la sin hacer ni caso al pro­fe­sor de For­ma­ción del Espí­ri­tu Nacio­nal, que le repro­ba­ba que car­ga­ra de ideo­lo­gía sus cla­ses. Este últi­mo enten­día que hablar de los éxi­tos de Fran­co no era inyec­tar de ideo­lo­gía a los alum­nos.

―Le dijo la sar­tén al cazo, y apa­ga­ba el ciga­rro en el ceni­ce­ro de pie con una viru­len­cia casi inqui­si­to­rial la liber­ta­ria pro­fe­so­ra de His­to­ria.

La mam­pa­ra ideo­ló­gi­ca que su fami­lia había dise­ña­do a su medi­da duran­te déca­das toda­vía aguan­tó unos emba­tes más, pero se obser­va­ban en ella, cada vez más níti­das, unas grie­tas que daban luz a una reali­dad para él des­co­no­ci­da.

Se pue­den ima­gi­nar el aspec­to que pro­yec­ta­ba Rafo en esos años. Bar­bi­lam­pi­ño como era, con una cara de crío des­co­mu­nal, con una for­ma de ves­tir pseu­do­pi­ja y con un aba­ni­co de temas de con­ver­sa­ción tan limi­ta­do que fue ense­gui­da cata­lo­ga­do por un des­car­na­do pro­fe­sor como un bur­gue­si­to inma­du­ro. A tan­to lle­gó el incom­pren­si­ble des­pre­cio que le pro­fe­sa­ba ese bar­ba­do docen­te de magis­te­rio que cuan­do que­ría inter­ve­nir en un deba­te abier­to sobre temas muy polé­mi­cos le esta­ba a la cara:

―Usted baje la mano que sus argu­men­tos serán ran­cios e insus­tan­cia­les. Le ase­gu­ro que no apor­ta­rán nada nue­vo, sólo una visión retró­gra­da y ultra­mon­ta­na de la reali­dad espa­ño­la.

En aque­lla épo­ca ni dere­chos del estu­dian­te ni nada. En aque­lla épo­ca había que ape­chu­gar con lo que decía el pro­fe­sor y pun­to. Esto lo digo yo y no nues­tro pro­ta­go­nis­ta.

Rafo deci­dió no comen­tar en casa nada de lo que escu­cha­ba en la uni­ver­si­dad y menos aún lo que le escu­pían a la cara. Nada. Lo que sí es cier­to es que empe­zó a enten­der algu­nos comen­ta­rios que oía a uni­ver­si­ta­rios mayo­res en un bar de la calle Con­de Peñal­ver lla­ma­do La Cuba. Expre­sio­nes como cam­bio, cons­ti­tu­ción, demo­cra­cia, rojo, trai­ción, liber­tad de expre­sión, fran­quis­ta, cen­su­ra o dere­chos civi­les fue­ron toman­do for­ma en una épo­ca de con­vul­sio­nes ideo­ló­gi­cas. Lo que tris­te­men­te le sor­pren­día era que un pro­fe­sor que esta­ba edu­can­do a futu­ros edu­ca­do­res se mos­tra­ra tan sec­ta­rio e insul­tan­te.

Un día, ya en Filo­lo­gía, entró en la cafe­te­ría con aire tími­do e inde­ci­so. Le habían dicho que no había cla­se de Latín por­que esta­ba indis­pues­to el pro­fe­sor, una tal Agus­tín Gar­cía Cal­vo, des­co­no­ci­do en ese momen­to para Rafo, pero pos­te­rior­men­te lec­tor com­pul­si­vo de su poe­sía. Sus com­pa­ñe­ros, aún des­co­no­ci­dos para él, esta­ban allí. Con esa mani­da fal­ta de segu­ri­dad, echó un vis­ta­zo a las mesas ocu­pa­das y de pron­to vio una mano levan­ta­da al com­pás que escu­cha­ba su nom­bre. Una chi­ca le esta­ba indi­can­do que se sen­ta­ra con ellos. La mesa esta­ba ocu­pa­da por tres chi­cas y dos chi­cos. Así pode­mos jugar al mus por pare­jas, barrun­ta­ban. Rafo no cono­cía nin­gún jue­go de car­tas y des­ba­ra­tó con una son­ri­sa el lúdi­co pro­pó­si­to de sus nue­vos com­pa­ñe­ros de cla­se.

A su lado esta­ba sen­ta­do un joven al que todo el mun­do lla­ma­ba Lete. Manuel, Mano­lo, Manolete. Sim­pá­ti­co, juer­guis­ta y con enor­mes ganas de vivir los tiem­pos que esta­ban dise­ñan­do los polí­ti­cos de la épo­ca. Hubo un momen­to de cier­ta ten­sión, por­que se die­ron cuen­ta de que Rafo no había dicho la ver­dad cuan­do habla­ron de la ideo­lo­gía de los padres. Como siem­pre, el com­pla­ce que cre­cía obs­ce­na­men­te en él. Hizo men­ción a Para­cue­llos y un per­tur­ba­dor silen­cio se exten­dió por toda la mesa. De pron­to, sin comer­lo ni beber­lo, un recién incor­po­ra­do lla­ma­do Qui­que le pre­gun­tó:

―¿Tu padre ha esta­do en la cár­cel?

Rafo, inma­du­ro y des­co­no­ce­dor de la «otra reali­dad» como había empe­za­do a cali­fi­car su padre, bal­bu­ceó muy bajo.

―Mi padre es un hom­bre hon­ra­do.

Des­afor­tu­na­do por igno­ran­te. Muy des­afor­tu­na­do por una igno­ran­cia que cada vez se airea­ba más. El com­pa­ñe­ro sal­tó como un mue­lle.

―Más hon­ra­do que él mío, no. Lo que pasa es que mi padre ha esta­do cin­co años en la cár­cel por rojo.

Rafo se que­dó petri­fi­ca­do y ape­nas pudo aten­der a las expli­ca­cio­nes de Qui­que: un con­flic­to que hubo en los años sesen­ta en la uni­ver­si­dad y que supu­so pri­sión para varios pro­fe­so­res uni­ver­si­ta­rios, su padre entre ellos. Lle­va­ba varios días noquea­do por este comen­ta­rio y cuan­do él lo cre­yó opor­tuno, una reu­nión fami­liar de las muchas que había, lan­zó la pre­gun­ti­ta com­pro­me­te­do­ra:

―¿Alguien de la fami­lia ha esta­do en la cár­cel?

Hubo un silen­cio muy sig­ni­fi­ca­ti­vo y mira­das com­pro­me­te­do­ras. De pron­to, un fami­liar inter­vino de for­ma tajan­te:

―Algo más habrá hecho ese tipe­jo. Segu­ro. Más que dar cla­se, como es su obli­ga­ción, habrá voci­fe­ra­do míti­nes polí­ti­cos en el aula. Aho­ra resul­ta que todo hijo de vecino jus­ti­fi­ca su paso por Cara­ban­chel con las revuel­tas anti­fran­quis­tas de los años sesen­ta. Todos han sido unos lucha­do­res clan­des­ti­nos con­tra la dic­ta­du­ra. Yo leo la pren­sa a dia­rio y no sal­go de mi asom­bro por la can­ti­dad de hom­bres y muje­res que han sufri­do un «exi­lio inte­rior» y que han par­ti­ci­pa­do en todos los moti­nes que pro­li­fe­ra­ron en los «últi­mos años fran­quis­tas». Cre­cen como setas. Aun­que noso­tros bien lo sabe­mos.

Rafo era un exper­to inqui­si­dor que, como no lo fre­na­ran, no sol­ta­ba la pre­sa. Su padre bien lo sabía. Los mayo­res vie­ron que la con­ver­sa­ción toma­ba unos derro­te­ros incó­mo­dos y emba­ra­zo­sos. El padre de Rafo le dijo con tono pater­nal:

―Vete a tu cuar­to a estu­diar, que, ante los exá­me­nes que se te ave­ci­nan, apro­ve­cha­rás más el tiem­po que con pre­gun­tas que ya te con­tes­ta­ré yo otro día. Aquí, aho­ra, no… ¡Ven­ga!

―Sí, ese día que nun­ca lle­ga, dijo para sí Rafo.

Sabía que ese melón lo abri­ría su hijo con sumo pla­cer y «mina­ría» la reu­nión con un sin­fín de pre­gun­tas.

Rafo, mal­hu­mo­ra­do, se fue a su habi­ta­ción y, en lugar de estu­diar, acti­tud infan­til, se puso a escu­char mil veces La otra Espa­ña, de Moce­da­des que le había gra­ba­do en un case­te un com­pa­ñe­ro de cla­se. Aquí enten­de­rás muchas cosas, muchas, le dijo con tono críp­ti­co. Enten­dió que era una can­ción que ver­sa­ba sobre la emi­gra­ción de aque­lla épo­ca y no vio el cla­ro men­sa­je polí­ti­co que algu­nos decían que trans­mi­tía.

 

INVENTARIO CAÓTICO

Un «inven­ta­rio caó­ti­co» en lite­ra­tu­ra es un tex­to que con­sis­te en hacer una enu­me­ra­ción en la que se lis­tan ele­men­tos de for­ma apa­ren­te­men­te des­or­de­na­da, acu­mu­la­ti­va o frag­men­ta­ria, con el efec­to de trans­mi­tir abun­dan­cia, con­fu­sión, sobre­car­ga sen­so­rial o des­or­den men­tal.

Las carac­te­rís­ti­cas prin­ci­pa­les son: enu­me­ra­ción exten­sa e inco­ne­xa, fal­ta de orden lógi­co apa­ren­te, rit­mo acu­mu­la­ti­vo: cada ele­men­to suma inten­si­dad o extra­ñe­za, fun­ción expre­si­va: evo­car caos, mul­ti­tud, satu­ra­ción, rup­tu­ra de la cohe­ren­cia tex­tual, fre­cuen­te en flu­jos de con­cien­cia, pre­ten­de mos­trar la frag­men­ta­ción del pen­sa­mien­to o la memo­ria, sub­ra­ya un exce­so de sen­sa­cio­nes y pro­vo­ca sor­pre­sa, humor, iro­nía o angus­tia, según el tono.

NO ME GUSTA el lec­tor de un úni­co libro, el comen­ta­rio male­di­cen­te, el café con espu­ma, la sucie­dad de las calles, el olor a soba­co en el metro en el mes de agos­to a las tres de la tar­de, el beso que te deja la meji­lla húme­da, el pul­po cru­do, el calor asfi­xian­te de Madrid, la tien­da con ambien­ta­dor de fram­bue­sa y kiwi, la mier­da de los perros sin reco­ger, el insom­nio, la gen­te que mas­ti­ca con la boca abier­ta, el café hiper­es­ti­mu­lan­te de algu­nas ofi­ci­nas, el nue­vo car­tón de leche que no hay quien sir­va sin derra­mar una gota un pri­mer vaso, las motos sin silen­cia­dor, el spoi­ler sin pre­vio avi­so, la per­so­na que nie­ga dicien­do «para nada», el pazo de un cono­ci­do semi­de­rrui­do, el recuer­do tris­te pero reci­di­van­te, la inte­rrup­ción cuan­do alguien está hablan­do, el minu­to con­ver­ti­do en una hora de aten­ción al clien­te, el soni­do de un cuchi­llo en un pla­to de por­ce­la­na, el dedo meñi­que erec­to, la capa de gra­sa de algu­nas bote­llas en los bares de mala muer­te, la per­so­na mayor que no res­pe­ta el turno sin decir nada, el alien­to que pro­du­cen algu­nos cerea­les, el que te dice que te rela­jes cuan­do estás muy moles­to, la hipo­cre­sía dis­fra­za­da de cor­te­sía, el soni­do de los micro­on­das o de las cafe­te­ras de cáp­su­las mien­tras escu­chas la radio, el boca­di­llo de cho­ri­zo en un lugar cerra­do, el tiem­po de espe­ra mien­tras se abre una pági­na web impor­tan­te, la per­so­na que va ava­sa­llan­do por la calle por­que sólo ella tie­ne pri­sa, el soni­do de lla­ma­da de mi móvil, la pro­me­sa rota sin expli­ca­ción, la are­na de la pla­ya mien­tras se seca el baña­dor en el coche, la gen­te que no escu­cha y que sólo está espe­ran­do su turno de pala­bra, el tac­to de un pan­ta­lón vaque­ro con apres­to, los intran­si­gen­tes con piel de cor­de­ro, el que hace dis­tin­cio­nes con el rh de los hom­bres, el cal­ce­tín moja­do, la per­so­na que dice «yo no veo series» como si fue­ra supe­rior espi­ri­tual­men­te, el soni­do ale­gre del des­per­ta­dor, el com­pa­ñe­ro que «no cree en hora­rios, pero mági­ca­men­te apa­re­ce solo para el café, el que res­pon­de a mis gua­saps lar­gos con un emo­ti­cono, el fenó­meno que dice «yo no nece­si­to vaca­cio­nes» por­que ya las dis­fru­ta el res­to del año en el tra­ba­jo, ese «com­pren­si­vo» que te dice «tú haz lo que te haga feliz» y lue­go te cri­ti­ca a tus espal­das, el cam­bio cons­tan­te de con­tra­se­ñas y la cuen­ta corrien­te de mi ban­co.

SÍ ME GUSTA Enri­que Urqui­jo, y Anto­nio Vega, y Andrés Do Barro, y Anto­nio Gon­zá­lez, el olor de un niño recién baña­do, el sonio de una agu­ja cayen­do en una sala en silen­cio abso­lu­to con sue­lo de made­ra, la for­ma de expre­sar­se de los apa­sio­na­dos, la Capi­lla Six­ti­na y el Dol­men de Dom­ba­te, pelar de for­ma per­fec­ta una man­da­ri­na de una sola vez, el aro­ma de la leche aca­ba­da de orde­ñar, la son­ri­sa feme­ni­na, la lec­tu­ra del mis­mo párra­fo tres veces por­que te gus­ta cómo sue­na, la len­gua afi­la­da de Pérez Rever­te, la man­za­na de color rojo san­gre, la per­so­na que cam­bia de opi­nión radi­cal­men­te y se sien­te libre por ello, una tien­da de libros en un lugar des­co­no­ci­do e ines­pe­ra­do, el paseo por una calle vacía mien­tras llue­ve a modi­ño, la fre­sa de Aran­juez, el cal­ce­tín nue­vo, sua­ve y sin pelu­sas, el pul­so de una mano aca­ri­cian­do mi piel, un gua­sap ines­pe­ra­do, bai­lar tor­pe­men­te en casa como si fue­ra la estre­lla de un video­clip, el pan de boroa, el sen­ti­mien­to de una mira­da calien­te, el pri­mer sor­bo de zumo de melo­co­tón frío, un ver­so de Pes­soa, y uno de Macha­do, y uno de Whit­man, el estu­dio y el apren­di­za­je de algo inú­til pero fas­ci­nan­te, como que los pul­pos tie­nen tres cora­zo­nes, escu­char el silen­cio fren­te a la Cos­ta da Mor­te, el lejano ladri­do de un can de pallei­ro, el cua­dro de ins­pi­ra­ción hiper­rea­lis­ta, una mira­da al cie­lo y sen­tir que todo tie­ne sen­ti­do por cin­co segun­dos, degus­tar un buen vino con un ami­go en una tas­ca de una aldea casi des­ha­bi­ta­da, la comi­da de algo cru­jien­te sólo por el soni­do, el olor a jabón de hotel, el res­pe­to a la inti­mi­dad y al pen­sa­mien­to ajeno, el que se reco­no­ce espec­ta­dor de pro­gra­mas de coti­lleo, jugar a algo sin saber las reglas y ganar igual, hacer una para­da en un inter­mi­na­ble via­je en coche, el tac­to de un libro sin estre­nar, can­tar muy mal pero con orgu­llo, la tran­qui­la tar­de de domin­go, ver el sue­lo de las calles lim­pio, exten­der la ropa lava­da, la humil­dad de los inte­li­gen­tes, ver­te en el espe­jo y decir «hoy tam­po­co»,  el reen­cuen­tro con una can­ción que olvi­das­te que te encan­ta­ba, el silen­cio del telé­fono, el que sabe escu­char con aten­ción, una comi­da tan pican­te que te hace ver el futu­ro, sen­tar­te en silen­cio sin hacer nada y que eso sea sufi­cien­te, reci­bir una car­ta escri­ta a mano, meter­te en la bañe­ra con un libro y salir arru­ga­do pero feliz, encon­trar­te una mone­da anti­gua y pen­sar en quién la usó, la sen­sa­ción del vien­to fuer­te en la cara como si te des­pei­na­ra los pen­sa­mien­tos, el desa­yuno a la hora de la cena, el beso ines­pe­ra­do de una mujer, el recuer­do de un sue­ño raro y pen­sar que podría ser una pelí­cu­la, com­po­ner lis­tas caó­ti­cas como esta y sen­tir que estás crean­do arte, todo lo que me hue­le a ti y el esti­lo de vida de Don Qui­jo­te.  

CAPÍTULO XX DE ‘HATROZ’.- SIN ALGODONES (I)

Rafo, cuan­do la fami­lia vivía en el Paseo de San­ta María de la Cabe­za nº 1, según iba cre­cien­do, se empe­zó a dar cuen­ta de cier­tas reali­da­des que cho­ca­ban con una visión idí­li­ca del vecin­da­rio. Él, en su inge­nui­dad infan­til, pen­sa­ba que todos los veci­nos tenían un «tra­ba­jo hon­ra­do y decen­te», cre­yen­do con fe abso­lu­ta las pala­bras de su padre y de Feli­pe, el por­te­ro que vela­ba, des­de su ili­mi­ta­da bon­dad, por una comu­ni­dad bien ave­ni­da sol­ven­tan­do todos los pro­ble­mas que sur­gían día a día.

Pero un día, en el que la veci­na del cuar­to cen­troiz­quier­da requi­rió la aten­ción de su padre, los ojos de Rafo obser­va­ron unos movi­mien­tos extra­ños y los oídos, con­ver­sa­cio­nes en voz muy baja.

Rafo, curio­so como todos los niños, se lo pre­gun­tó a su padre y este le con­tes­tó sin nin­gún tipo de remil­gos con una sen­ten­cia que levan­tó más dudas que acla­ra­cio­nes:

―Hijo, en medi­ci­na no debe haber nin­gún tipo de mira­mien­to cuan­do hay que aten­der a un enfer­mo. Nin­guno, hijo, nin­guno.

La veci­na de este piso, Mari­jua­na, no tenía un ofi­cio cono­ci­do. Eso decían. Como decía un vecino excom­ba­tien­te, es una «roja». Sé posi­ti­va­men­te que par­ti­ci­pó en todas las alga­ra­das anti­rre­li­gio­sas de la Repú­bli­ca. Una ele­men­ta, Feli­pe, una ele­men­ta de aúpa. Y ya no hable­mos del ofi­cio actual.

Su padre, cuan­do lo con­si­de­ró opor­tuno, subió andan­do con su hijo las seis plan­tas y le hizo una radio­gra­fía de cada vivien­da. Cuan­do pasa­ron por delan­te del piso de la suso­di­cha, su padre carras­peó y sólo le dijo su nom­bre. Esto abrió un inte­rro­ga­to­rio por par­te de Rafo que su padre ban­deó con pala­bras y expre­sio­nes inco­ne­xas de muy difí­cil com­pren­sión para él.

En una épo­ca en la que cada vecino vivía en su casa, pero a la vez en la de todos. El reca­to, pala­bra que era ban­de­ra de lus­tro­sa visi­bi­li­dad en la con­vi­ven­cia de los resi­den­tes de todas las comu­ni­da­des de veci­nos, debía bri­llar con total niti­dez. Según los pará­me­tros que regían el reca­to veci­nal, esta mujer no los cum­plía, y los inqui­li­nos que decían ser mode­los de deco­ro públi­co la evi­ta­ban como si fue­ra por­ta­do­ra del más infec­to com­por­ta­mien­to.

Para el padre de Rafo no exis­tía esa pudi­bun­dez cuan­do era recla­ma­do para rea­li­zar una revi­sión médi­ca, como en este caso, por­que se encon­tra­ba indis­pues­ta con una fie­bre muy alta.

Rafo se empe­zó a dar cuen­ta de que sus padres se habían obce­ca­do des­de bebé en pro­te­ger­lo con unos intrans­pi­ra­bles algo­do­nes para que su con­tac­to con la calle en la ado­les­cen­cia no per­tur­ba­ra su edu­ca­ción y su for­ma­ción. Eran cons­cien­tes de que lo que se plan­tea­ba en los pri­me­ros años de la edu­ca­ción de sus hijos lue­go cre­ce­ría rec­to y autén­ti­co. Por eso nun­ca enten­dió, qui­zá fue­ra por deses­pe­ra­ción, que en la cru­cial edad de los cator­ce años lo matri­cu­la­ran en un ins­ti­tu­to de la ribe­ra del Man­za­na­res, don­de los orí­ge­nes fami­lia­res eran de una cla­ra diver­si­dad ideo­ló­gi­ca y social y no tenía nada que ver con la homo­ge­nei­dad del cole­gio ante­rior.

En el Cal­de­ri­lla «empe­zó a ver» situa­cio­nes fami­lia­res y a «escu­char» fra­ses que le conec­ta­ron con la ocu­pan­te del cuar­to cen­troiz­quier­da de su casa. Hablo del pri­mer quin­que­nio de los seten­ta, muy con­vul­so en todos los sen­ti­dos. Las mani­fes­ta­cio­nes, las pro­tes­tas, las huel­gas y los regis­tros empe­za­ron a ser el pan nues­tro de cada día en las zonas más popu­la­res de Madrid. El cabe­za de fami­lia, enton­ces el padre, era cons­cien­te de que en la capi­tal había una serie de rei­vin­di­ca­cio­nes que él ocul­ta­ba a sus hijos por un, lla­mé­mos­le mie­do, a que los «árbo­les cre­cie­ran tor­ci­dos y pútri­dos».

La des­pren­di­da y len­gua­raz madre de un sim­pá­ti­co com­pa­ñe­ro de cla­se lla­ma­do Sera­fín, cuan­do cele­bra­ron en su casa los quin­ce años del joven, le pre­gun­tó a Rafo si su padre médi­co era un repre­sa­lia­do. Guar­dó silen­cio por­que no sabía lo que sig­ni­fi­ca­ba esa pala­bra. Era nue­va para él. La madre, sin que­rer­lo, estro­peó la fies­ta, que era el pri­mer gua­te­que al que asis­tía Rafo, por­que la fres­cu­ra de los quin­ce años se vio aho­ga­da por el peso de una mochi­la fami­liar que muchos creían tener a buen recau­do. Ese pri­mer gua­te­que será pie­za pri­mor­dial de otra entra­da.

―Papá, ¿qué es un repre­sa­lia­do?

El padre de Rafo tra­gó con cier­ta difi­cul­tad el tro­zo de pes­ca­do que se había lle­va­do a la boca. Guar­dó silen­cio duran­te unos inter­mi­na­bles trein­ta segun­dos, y, des­pués de mirar a su mujer, expu­so, en un para­dó­ji­co cir­cun­lo­quio, aque­llo que él con­si­de­ra­ba que su hijo debía saber.

―Mira, hijo, hemos vivi­dos unos esplen­do­ro­sos años y aho­ra, en los seten­ta, vivi­mos una cri­sis eco­nó­mi­ca bru­tal. Es la cono­ci­da como cri­sis del petró­leo. Los empre­sa­rios selec­cio­nan muy astu­ta­men­te a los tra­ba­ja­do­res que quie­ren con­tra­tar. Y no quie­ren pro­ble­mas. Los con­flic­tos, del tipo que sean, nadie los desea en su nego­cio y según este cri­te­rio los que aún no han acep­ta­do la nue­va reali­dad espa­ño­la tie­nen muchas difi­cul­ta­des para ser con­tra­ta­dos. Te estoy hablan­do de repu­bli­ca­nos y sim­pa­ti­zan­tes de la Repú­bli­ca, miem­bros del cle­ro y lai­cos cató­li­cos per­se­gui­dos. Estos, según la legis­la­ción actual, deben ser juz­ga­dos y encar­ce­la­dos y de este modo nun­ca serán con­tra­ta­dos. Y pun­to.

―Entonces…don Faus­to, el del sex­to dere­cha, y los veci­nos que se acer­can a ti des­pués de misa para pedir­te ayu­da por­que su mari­do lle­va muchos años sin tra­ba­jar…

―Aun­que sea en silen­cio, pero el resen­ti­mien­to arrai­ga­do que mani­fies­tan los que tú men­cio­nas en un cla­ro impe­di­men­to para que pue­dan empe­zar una nue­va vida.

―La madre de Sera­fín me comen­tó que haber pasa­do por el TOP era una cruz insal­va­ble. ¿Qué es el TOP?

Los padres se die­ron cuen­ta de que había sido un cra­so error la elec­ción del cen­tro esco­lar. Esta­ban com­pro­ban­do que su hijo se aden­tra­ba en una pobla­da fra­ga, como la de Cece­bre, resi­den­cia del gene­ro­so ban­di­do Fen­de­tes­tas, pro­ta­go­nis­ta de El bos­que ani­ma­do de Wen­ces­lao Fer­nán­dez Fló­rez.

―Un tri­bu­nal, hijo, un tri­bu­nal como otro cual­quie­ra. Juz­ga deli­tos. Y pun­to. A la cama, y, como dice tu her­ma­na, chim­pún. Se aca­bó.

―Pero la madre dice que su mari­do no ha hecho nada malo. Y no lo entien­do. ¿Juz­gar­te por no hacer nada?

―Ven­ga, me estás can­sa­do. Ten­go que estu­diar un poco, que maña­na ten­go dos ope­ra­cio­nes muy impor­tan­tes.

El sin­tag­ma que titu­la esta entra­da se hizo muy famo­so en pos­te­rio­res años, en el entorno uni­ver­si­ta­rio de Rafo.

Sus comien­zos, en hora­rio de tar­de por las con­sa­bi­das razo­nes fami­lia­res, le ofre­cie­ron una suce­sión de impre­vis­tas nove­da­des. El pri­mer paseo por la cafe­te­ría le mos­tró una foto­gra­fía vivien­te que le retro­tra­jo a los años del Cal­de­rón de la Bar­ca.

Des­pués de hablar con un gru­po que esta­ba dis­fru­tan­do de un boca­ta con un refres­co, no qui­so decir ni pala­bra, empe­zó a enten­der muchas cir­cuns­tan­cias que él había vivi­do siem­pre bajo el pris­ma fami­liar. Las mani­fes­ta­cio­nes por el paseo de las Deli­cias, los comen­ta­rios aira­dos de unos pocos feli­gre­ses en el atrio de María Auxi­lia­do­ra, las crí­ti­cas sote­rra­das de algu­na madre de sus com­pa­ñe­ros de cla­se cuan­do lo invi­ta­ban a meren­dar, las visi­tas con­ti­nuas de dos poli­cías a un pro­fe­sor del Ins­ti­tu­to con ape­lli­do vas­co…

Rafo esta­ba des­con­cer­ta­do y en ese lap­so tem­po­ral de tres años de magis­te­rio inten­tó des­en­ma­ra­ñar un ovi­llo que esta­ba lleno de nudos. En esos tres años se sin­tió inca­paz de pro­ce­sar tan­ta nove­dad. La fami­lia tenía toda­vía un peso deci­si­vo en su for­ma­ción y las valo­ra­cio­nes de sus dife­ren­tes inte­gran­tes, la mayo­ría, de modo com­pac­to iban en una mis­ma direc­ción. Hay que des­man­te­lar tan­ta men­ti­ra, decía un tío suyo.

Aun­que Rafo que­ría evi­tar­lo, casi siem­pre coin­ci­día en la barra de la cafe­te­ría de la uni­ver­si­dad con un «agi­ta­dor polí­ti­co y sub­ver­si­vo», según pala­bras de su padre cuan­do le comen­ta­ba las valo­ra­cio­nes de dicho com­pa­ñe­ro.

―Tío, y se enva­len­to­na­ba el Sin­diós, hiper­ac­ti­vo y meto­men­to­do, pare­ce que te han bau­ti­za­do en el puto Vati­cano, le decía con cier­ta fre­cuen­cia para poner sobre la mesa su rama­la­zo anti­cle­ri­cal cada vez que se que­ja­ba del café, que a Rafo le pare­cía un exce­so casi ofen­si­vo decir que venía direc­ta­men­te de Colom­bia.

Nues­tro pro­ta­go­nis­ta en esa épo­ca era un apren­diz de hom­bre. Como dice aho­ra en tono humo­rís­ti­co, en esa épo­ca era un hom­brín. Cora­zón y razón esta­ban enfren­ta­dos a san­gre y fue­go. Esta­ba muy con­fu­so por­que por enton­ces él enten­día que sim­ple­men­te escu­char cier­tas ideas era trai­cio­nar a la fami­lia. (Hatroz) (2025)

LA NOCHE QUE LLEVO DENTRO

La noche que lle­vo den­tro no lle­ga con estre­llas ni con luna: lle­ga en silen­cio, con el peso frío de un abri­go que no encuen­tro. Es un cuar­to sin ven­ta­nas don­de mis pen­sa­mien­tos se vuel­ven faro­les apa­ga­dos; es la pacien­cia de un reloj que ha olvi­da­do su tic, el rumor len­to de la san­gre que cono­ce ata­jos en la som­bra.

Cami­na por mis venas como quien reci­ta un poe­ma en idio­ma ajeno: sabe de hora­rios, de des­pe­di­das, de nom­bres que ya no enca­jan en la boca. A veces se sien­ta en la ori­lla de mi len­gua y me sopla las pre­gun­tas que nun­ca apren­dí a res­pon­der; otras, se acues­ta en mi pecho y me ense­ña a escu­char el lati­do como si fue­se un mapa.

Hay en esa noche un país de peque­ñas cer­te­zas: la lám­pa­ra que rehú­so encen­der, la silla que siem­pre que­da vacía, el olor a libro cerra­do. Pero tam­bién hay fero­ces escon­di­tes: risas escon­di­das en un plie­gue, una músi­ca que apa­re­ce al azar y me devuel­ve un ins­tan­te que pen­sé per­di­do. No pre­ten­de des­truir­me: ape­nas orde­na mis pen­sa­mien­tos en fila, les pide que se miren la cara y, si quie­ren, que se abra­cen.

Cuan­do apa­re­ce la maña­na ―y a veces no apa­re­ce― la noche que lle­vo den­tro no se va del todo; se que­da como un hués­ped pru­den­te que guar­da mi abri­go y me deja salir con la pro­me­sa de vol­ver. Y yo camino con ella, ense­ñán­do­le las ace­ras, mos­trán­do­le la luz que conoz­co, apren­dien­do a nom­brar­la sin pedir per­mi­so para dor­mir. (Ver­sos que no dije en voz alta) (1995–2025)

SIN RESPUESTA

Me has aca­ri­cia­do como a un niño. Lo que en un prin­ci­pio con­si­de­ré un cán­di­do piro­po, a los pocos minu­tos lo vi como un hirien­te menos­pre­cio. Está­ba­mos en nues­tro des­tar­ta­la­do pub de la calle Her­mo­si­lla. Sí. Aquel. Sí. El del olor, según tú, a pru­ri­to de vul­ga­ri­dad sucia y por­dio­se­ra. ¿Sabes? Eres letal con las com­pa­ra­cio­nes. Qui­se mi mejor ver­sión para tu fra­gan­te y bal­sá­mi­ca piel. Y tú que si un niño mima­do. ¡Dios! Y yo, oló­gra­fo de un extra­ña­do y ven­ci­do hom­bre, muer­to antes de reco­no­cer cada poro de tu piel. Y tú que qué exu­da­ción de ordi­na­riez. Y yo que si un susu­rro, que si una cari­cia, que si una invi­ta­ción. Y tú, pala­bras sin com­pro­mi­so. Y yo, que es nues­tro recón­di­to espa­cio para nues­tras con­fe­sio­nes. Y tú que si tus medias de cris­tal valen más que las con­su­mi­cio­nes de este gari­to. Y yo, escu­chi­mi­za­do y raquí­ti­co a tu lado, le pedí al hom­bre del piano que toca­ra nues­tra can­ción. Y tú, que ya no es mía…dijiste. (Ver­sos que no dije en voz alta) (1995–2025)

CERVEZA

Por su sola exis­ten­cia debe­ría­mos san­ti­fi­car clan­des­ti­na­men­te a los endio­sa­dos arte­sa­nos egip­cios. Sería yo el pri­mer devo­to de este ele­men­to cris­ta­lino de color dora­do que has­ta al hom­bre más fan­fa­rrón en la lona de los enva­len­to­na­dos cer­ve­ce­ros ha noquea­do. La cer­ve­za es ese eli­xir mila­gro­so que hace que el jefe parez­ca sim­pá­ti­co, que los chis­tes malos se vuel­van obras maes­tras del humor, y que los pro­ble­mas se reduz­can al tama­ño de la espu­ma en el vaso. Es la con­se­je­ra más bara­ta del mun­do: te escu­cha sin juz­gar­te, te ani­ma sin pedir­te expli­ca­cio­nes y, por un rato, te con­ven­ce de que bai­lar regue­tón con dos pies izquier­dos es una gran idea. Cla­ro, al día siguien­te, cuan­do el sol entra por la ven­ta­na y tu cabe­za sue­na como tam­bor de gue­rra, recuer­das que la cer­ve­za tie­ne un gran talen­to: pri­me­ro te hace sen­tir sabio, gua­po y valien­te… y lue­go te cobra con intere­ses cada sor­bo de opti­mis­mo.

‘ALBORADA GALEGA’ Y ‘MUIÑEIRA DE CHANTADA’.- CARLOS NÚÑEZ Y LOS CHIEFTAINS

Car­los Núñez y The Chief­tains crea­ron una fusión mági­ca entre la músi­ca cel­ta galle­ga e irlan­de­sa que dejó hue­lla en esce­na­rios de todo el mun­do. Des­de la icó­ni­ca «Mui­ñei­ra de Chan­ta­da» has­ta con­cier­tos memo­ra­bles como el de Madrid en 1997 o el del Fes­ti­val de Pedral­bes en 2019, su  cola­bo­ra­ción es arte en esta­do puro. Aquí tie­nes una ver­sión de la «Albo­ra­da gale­ga» y de la «Mui­ñei­ra de Chan­ta­da» que es una ver­da­de­ra joya. En el año 1996 publi­ca su pri­mer dis­co, La Her­man­dad de las Estre­llas, que supu­so el boom de la músi­ca cel­ta en Espa­ña. En este dis­co, Car­los Núñez se cen­tra sobre todo en la explo­ra­ción de su Gali­cia natal con apor­ta­cio­nes irlan­de­sas. Esta ver­sión es muy her­mo­sa por su rit­mo y dig­na de ser bai­la­da por quien la escu­che y vea.

La «Albo­ra­da gale­ga» es mucho más que una pie­za musi­cal tra­di­cio­nal: es un sím­bo­lo pro­fun­do de la cul­tu­ra, la iden­ti­dad y el espí­ri­tu del pue­blo galle­go. Toca­da al ama­ne­cer, mar­ca el ini­cio de las fies­tas popu­la­res, anun­cian­do con la gai­ta y el tam­bo­ril que el día comien­za y que la comu­ni­dad des­pier­ta uni­da para cele­brar.

Este ritual musi­cal repre­sen­ta el rena­cer, la espe­ran­za y la con­ti­nui­dad de la vida. La luz que se impo­ne a la oscu­ri­dad es tam­bién metá­fo­ra de la resis­ten­cia cul­tu­ral y de la afir­ma­ción de la len­gua y las tra­di­cio­nes galle­gas. Su melo­día, ale­gre y solem­ne al mis­mo tiem­po, conec­ta con las raí­ces rura­les y con el pai­sa­je emo­cio­nal de Gali­cia.

La «Albo­ra­da gale­ga», com­pues­ta por Pas­cual Vei­ga en el siglo XIX, se con­vir­tió en un emble­ma del Rexur­di­men­to, movi­mien­to que bus­ca­ba recu­pe­rar y dig­ni­fi­car la cul­tu­ra galle­ga. Estre­na­da en los Jue­gos Flo­ra­les de Pon­te­ve­dra en 1880 y pre­mia­da inter­na­cio­nal­men­te, esta obra es hoy sím­bo­lo de orgu­llo y per­te­nen­cia.

Cada vez que sue­na una albo­ra­da, Gali­cia habla. Habla con el vien­to, con las pie­dras, con el mar y con la memo­ria. Es un can­to a la tie­rra, a la fies­ta y a la liber­tad de ser quie­nes somos.

La «Mui­ñei­ra de Chan­ta­da» es mucho más que una dan­za tra­di­cio­nal: es un himno popu­lar que repre­sen­ta la ale­gría, la iden­ti­dad y la resis­ten­cia cul­tu­ral del pue­blo galle­go. Com­pues­ta por Ave­lino Cacha­fei­ro en los años 20 y popu­la­ri­za­da por los Gai­tei­ros de Sou­te­lo, esta pie­za se con­vir­tió en la más emble­má­ti­ca del géne­ro de la mui­ñei­ra.

Su rit­mo vivo y sin­co­pa­do evo­ca el movi­mien­to de los moli­nos, de don­de deri­va el nom­bre «mui­ñei­ra», y conec­ta con la vida rural, con el tra­ba­jo y con el ocio de la gen­te del cam­po. La dan­za, inter­pre­ta­da en pare­jas o gru­pos, sim­bo­li­za la unión, la cele­bra­ción y la fuer­za colec­ti­va. Su melo­día vibran­te y su com­pás ace­le­ra­do evo­can la fuer­za vital del pue­blo galle­go, que bai­la con orgu­llo su his­to­ria y tra­di­ción.

La «Mui­ñei­ra de Chan­ta­da» tras­cen­dió fron­te­ras, sien­do adap­ta­da por artis­tas como Car­los Núñez, Susa­na Sei­va­ne o The Chief­tains, e inter­pre­ta­da en esce­na­rios de Esco­cia, Irlan­da, Fran­cia y Espa­ña. Esta expan­sión inter­na­cio­nal refuer­za su papel como emba­ja­do­ra de la cul­tu­ra galle­ga.

Cada paso de la dan­za es un home­na­je a la tie­rra, a la comu­ni­dad y a la ale­gría com­par­ti­da que defi­ne la cul­tu­ra galle­ga.

Tam­bién es sím­bo­lo de per­ma­nen­cia en el tiem­po: duran­te déca­das, la músi­ca tra­di­cio­nal galle­ga fue silen­cia­da o mar­gi­na­da, y la recu­pe­ra­ción de esta pie­za supu­so un acto de afir­ma­ción cul­tu­ral. Cada vez que sue­na, Gali­cia bai­la, recuer­da y rei­vin­di­ca. (Músi­ca selec­cio­na­da y comen­ta­da por José María Máiz Togo­res)

EL PEREGRINO QUE PROYECTA SU SOMBRA TODAS LAS NOCHES EN LA CATEDRAL

Cuen­ta la his­to­ria, o la leyen­da, que hay una som­bra que acom­pa­ña al pere­grino duran­te el lar­go tra­yec­to del Camino de San­tia­go. Sien­te su pre­sen­cia duran­te los tra­mos más duros, pero tan solo hay un lugar don­de el cami­nan­te se encuen­tra con ella: en la pla­za de A Quin­ta­na. Esta som­bra lo enca­mi­na casi has­ta la Puer­ta San­ta, que está a unos metros.

La «Som­bra del Pere­grino», qui­zás la leyen­da con más eco de las que con­ser­van en Com­pos­te­la, se ha con­ver­ti­do en los últi­mos años en una de las imá­ge­nes más icó­ni­cas y foto­gra­fia­das de la capi­tal galle­ga. Tam­bién se ha con­ver­ti­do en una de las más repro­du­ci­das, con impre­sio­nes en cami­se­tas, car­te­les o taxis.

La som­bra, que rena­ce cuan­do cae la noche y se encien­de el alum­bra­do de esta pla­za ―una de las cua­tro que rodean a la Cate­dral―, se pue­de con­tem­plar en la base de la Torre del reloj, jun­to a la Puer­ta San­ta. Para muchos repre­sen­ta la ima­gen de un pere­grino con indu­men­ta­ria medie­val, con som­bre­ro y bor­dón. Sin embar­go, su géne­sis, mucho más terre­nal, se debe al refle­jo crea­do por la ilu­mi­na­ción noc­tur­na de la basí­li­ca sobre un pilar de gra­ni­to.

La ima­gen acu­mu­la un sin­fín de leyen­das. Hay quien cree que refle­ja el alma de un pere­grino que se que­dó para siem­pre en la Cate­dral. Para otros, recuer­da la figu­ra de un pere­grino fran­cés del siglo XV, Leo­nard du Reve­nant, hijo de un noble de París, sobre el que pesa­rían tres muer­tes y un tris­te des­tino.

Sin embar­go, la ver­sión más exten­di­da ―tam­bién de final trá­gi­co― remi­te a la tra­yec­to­ria de un sacer­do­te de la Cate­dral, ena­mo­ra­do de una mon­ja de clau­su­ra del con­ven­to de San Paio, situa­do al otro lado de la pla­za de A Quin­ta­na. La tra­di­ción reza que el reli­gio­so se reu­nía con ella a tra­vés de un pasa­di­zo que exis­tía bajo la esca­li­na­ta de la A Quin­ta­na y por el que se comu­ni­ca­ban la Cate­dral y el con­ven­to. Pasa­do un tiem­po, el sacer­do­te, can­sa­do de la situa­ción, le habría pro­pues­to a su ama­da que se esca­pa­ran jun­tos. Se citó con ella al ano­che­cer en la pla­za y allí se pre­sen­tó con la ves­ti­men­ta del pere­grino medie­val, indu­men­ta­ria que le per­mi­ti­ría no lla­mar la aten­ción. La espe­ró pacien­te­men­te, pero ella no acu­dió. Aún así, noche tras noche, el ena­mo­ra­do (o su som­bra) aún acu­de a su cita. Y la sigue espe­ran­do. (Imá­ge­nes comen­ta­das por JMMT

«PERO A TU LADO» DE LOS SECRETOS

La can­ción «Pero a tu lado» de Los Secre­tos es una bala­da pro­fun­da­men­te emo­ti­va que habla de trans­for­ma­ción, reden­ción y amor incon­di­cio­nal. Fue escri­ta por Enri­que Urqui­jo y dedi­ca­da a su hija María, naci­da en 1995, como un can­to de espe­ran­za y reno­va­ción per­so­nal para una nue­va vida a su lado, ale­ja­do de las adic­cio­nes y depre­sio­nes que le afec­ta­ban en ese momen­to. Es una «decla­ra­ción de amor pater­nal», un can­to a la nue­va vida que se abría ante él con el naci­mien­to de su hija.

La fra­se «He muer­to y he resu­ci­ta­do» sim­bo­li­za un pro­ce­so de dejar atrás una vida mar­ca­da por el dolor y las adic­cio­nes, y comen­zar de nue­vo con una pers­pec­ti­va más lumi­no­sa.

Al decir «He roto todos mis poe­mas, los de tris­te­zas y de penas», el pro­ta­go­nis­ta mues­tra su deseo de libe­rar­se del sufri­mien­to y mirar hacia ade­lan­te.

El amor por su hija se pre­sen­ta como la fuer­za que lo ayu­da a recons­truir­se, a sanar sue­ños rotos y a encon­trar sen­ti­do en la vida.

El ver­so «Ayú­da­me y te habré ayu­da­do» refle­ja una rela­ción basa­da en la reci­pro­ci­dad y el apo­yo mutuo.

La muer­te de Enri­que Urqui­jo dejó un vacío irrem­pla­za­ble en la músi­ca espa­ño­la. Su voz y su sen­si­bi­li­dad mar­ca­ron a toda una gene­ra­ción (me doy direc­ta­men­te por alu­di­do) y su lega­do con­ti­núa vivo a tra­vés de can­cio­nes como «Pero a tu lado», «Déja­me» o «La calle del olvi­do».

Ade­más, duran­te la pan­de­mia de 2020, la can­ción se con­vir­tió en un himno de resis­ten­cia en Espa­ña. Los Secre­tos cedie­ron sus dere­chos a la Comu­ni­dad de Madrid para ayu­dar en la lucha con­tra el virus, y varios artis­tas la rein­ter­pre­ta­ron des­de sus casas como sím­bo­lo de uni­dad y espe­ran­za.

Es una de esas can­cio­nes que no solo cuen­tan una his­to­ria per­so­nal, sino que tam­bién logran conec­tar con emo­cio­nes uni­ver­sa­les. (Mi apor­ta­ción per­so­nal se ha vis­to refor­za­da por varias webs de inter­net)

 

RAZONES «SURREALISTAS» POR LAS QUE YO ESCRIBO POEMAS EN PROSA

En el rei­no flo­tan­te entre la pala­bra y el silen­cio, los poe­mas en pro­sa surrea­lis­tas son cria­tu­ras ambi­guas: no son del todo ver­so, pero tam­po­co pro­sa libre; exis­ten como peces que res­pi­ran aire, nadan­do en ríos de sin­ta­xis para for­mar una alqui­mia emo­cio­nal que desa­fía la lógi­ca lineal.

Un poe­ma en pro­sa surrea­lis­ta no se dis­cul­pa por su for­ma: se des­li­za sin rima, pero con músi­ca secre­ta. Su gené­ti­ca es caó­ti­ca: nace del sue­ño, de la intui­ción, y a veces del que os habla que sue­ña pala­bras. Es el dia­rio ínti­mo de lo absur­do, don­de una silla pue­de llo­rar y un reloj pue­de hablar en dos len­guas que no cono­cen.

El surrea­lis­mo abra­za lo incons­cien­te, y el poe­ma en pro­sa es su mejor cons­pi­ra­dor. André Bre­ton lo enten­de­ría como un acto de rebel­día sin­tác­ti­ca, don­de los sig­ni­fi­ca­dos se eva­po­ran antes de ate­rri­zar. Se reve­la en imá­ge­nes ines­pe­ra­das: «El cuchi­llo pen­só en la luna, y el espe­jo ladró cuan­do vio a mi nos­tal­gia llo­rar». ¿Tie­ne sen­ti­do? No. ¿Tie­ne ver­dad? Abso­lu­ta­men­te.

Estas obras no bus­can cla­ri­dad, no van diri­gi­das a su com­pren­sión lógi­ca, no, bus­can la des­orien­ta­ción lúci­da. Las pala­bras se reúnen como insec­tos alre­de­dor de una bom­bi­lla fun­di­da: atraí­das por una luz que no exis­te ya y no se pue­de tocar. En lugar de des­cri­bir la reali­dad, la des­fi­gu­ran para que poda­mos ver­la más pro­fun­da­men­te.

Así, el poe­ma en pro­sa surrea­lis­ta es una máqui­na de atmós­fe­ras, un espe­jo sin for­ma, un gato que escri­be con tin­ta de luna.

Ejem­plo de poe­ma en pro­sa surrea­lis­ta

El para­guas sue­ña con el océano. No por agua, sino por olvi­do. En su tela se escon­den las car­tas que nun­ca lle­gan, escri­tas por manos que no exis­ten. Cuan­do lo abras, llo­ve­rá den­tro. (Ver­sos que no dije en voz alta) (1995–2025)

RAZONES «LÓGICAS» POR LAS QUE YO ESCRIBO POEMAS EN PROSA

En un mun­do lite­ra­rio don­de las for­mas tien­den a com­par­ti­men­tar­se ―el poe­ma, la nove­la, el ensa­yo―, el poe­ma en pro­sa apa­re­ce como una cria­tu­ra poé­ti­ca que tien­de un puen­te entre lo líri­co y lo narra­ti­vo. Escri­bir poe­sía en pro­sa no es sim­ple­men­te recha­zar el ver­so, sino explo­rar una liber­tad dis­tin­ta, un len­gua­je que no nece­si­ta cor­tar­se en ver­sos para ser inten­sa­men­te poé­ti­co.

El poe­ma en pro­sa se libe­ra de la métri­ca y de la rima, pero no renun­cia a la músi­ca. La caden­cia se con­vier­te en una cues­tión inter­na: el rit­mo nace del alien­to, de la elec­ción pre­ci­sa de pala­bras, de la dis­po­si­ción secre­ta de las fra­ses. Este tipo de escri­tu­ra per­mi­te que la emo­ción flu­ya sin las inte­rrup­cio­nes del cor­te ver­sal, sin la nece­si­dad de jus­ti­fi­car cada ver­so con un patrón for­mal.

La pro­sa poé­ti­ca es ideal para el pen­sa­mien­to que no se aco­mo­da a una for­ma cerra­da. Per­mi­te vagar, dudar, aso­ciar ideas con imá­ge­nes, bus­car una ver­dad emo­cio­nal sin tener que lle­gar a una con­clu­sión. Es el for­ma­to per­fec­to para explo­rar el pai­sa­je inte­rior: lo que se sien­te, pero no se sabe decir del todo.

Un poe­ma en pro­sa pue­de con­tar una his­to­ria, pero lo hará con la eco­no­mía y la inten­si­dad de un poe­ma. Pue­de refle­xio­nar como un ensa­yo, pero se des­li­za­rá entre sím­bo­los y silen­cios como un sue­ño. Su fuer­za radi­ca en esa hibri­dez: es lite­ra­tu­ra que resis­te ser cla­si­fi­ca­da, que se des­li­za entre géne­ros sin pedir per­mi­so.

Vivi­mos en una épo­ca de frag­men­tos: pen­sa­mien­tos inte­rrum­pi­dos, emo­cio­nes super­pues­tas, memo­rias que lle­gan como ráfa­gas. El poe­ma en pro­sa res­pon­de a esa sen­si­bi­li­dad. Es una for­ma ideal para cap­tu­rar lo fugaz, lo que no se desa­rro­lla del todo, pero deja una pro­fun­da hue­lla. La bre­ve­dad no es una limi­ta­ción, sino una for­ma de con­den­sa­ción.

Aun­que parez­ca moderno, el poe­ma en pro­sa tie­ne una lar­ga his­to­ria. En el siglo XIX, Bau­de­lai­re ya lo usa­ba para sacu­dir los lími­tes del len­gua­je poé­ti­co. Rim­baud, Aloy­sius Ber­trand, Pizar­nik, Cor­tá­zar, Leza­ma Lima, Luis Cer­nu­da o Anne Car­son han explo­ra­do esta for­ma como un cam­po de resis­ten­cia. Escri­bir poe­mas en pro­sa es dia­lo­gar con esa tra­di­ción que no tema la trans­for­ma­ción y el pro­gre­so.

El poe­ma en pro­sa per­mi­te expe­ri­men­tar: jugar con el tono, la sin­ta­xis, la repe­ti­ción y la ima­gen. Es un espa­cio don­de el len­gua­je se esti­ra, se tuer­ce, se rein­ven­ta. En su inte­rior, el escri­tor no está obli­ga­do a ceñir­se a una fór­mu­la, sino a seguir una pul­sión, una voz inte­rior que dic­ta su pro­pio rit­mo.

Escri­bir poe­mas en pro­sa no es sólo una elec­ción for­mal: es una decla­ra­ción esté­ti­ca. Es optar por un len­gua­je que flu­ye libre­men­te, pero sigue sien­do exi­gen­te, una for­ma que no nece­si­ta del ver­so para emo­cio­nar, una vía abier­ta para decir lo que no cabe en lo con­ven­cio­nal. Para quie­nes sien­ten que la poe­sía está en todas par­tes ―en una idea, en un recuer­do, en una ima­gen fugaz―, la pro­sa poé­ti­ca es el terri­to­rio natu­ral para habi­tar y vivir. (Ver­sos que no dije en voz alta) (1995–2025)

DESPEDIDA

Te levan­tas­te calla­da, heri­da y des­nu­da, mien­tras yo con­su­mía un géli­do café que me lle­vó al paraí­so de los orgas­mos sin pla­cer. Me miras­te con ojos inmi­se­ri­cor­des lle­nos de una cadu­ca luju­ria. Tu tiem­po pasó, me dijis­te con una mez­cla de indig­na­ción y con­des­cen­den­cia. Y yo me lo creí con la gene­ro­si­dad de los pusi­lá­ni­mes derro­ta­dos. Me dejas­te solo. Aún sigo así. (Ver­sos que no dije en voz alta) (1995–2025)

UMBRAL DE ‘IMÁGENES COMENTADAS POR JMMT’

Hay foto­gra­fías que no se dejan mirar sin más. Piden silen­cio, tiem­po, una mira­da que vaya más allá del pri­mer impac­to. Son imá­ge­nes que guar­dan una his­to­ria, una emo­ción, un recuer­do que no siem­pre se ve, pero que late bajo la super­fi­cie. Imá­ge­nes comen­ta­das por JMMT nace de ese deseo: dete­ner el tiem­po, mirar con cal­ma y poner pala­bras don­de la mira­da, sola, a veces no alcan­za.

Este libro no es un álbum ni un catá­lo­go. Es un encuen­tro. Un espa­cio com­par­ti­do en el que yo apor­to una foto­gra­fía y, con ella, mi voz escri­be. Hay imá­ge­nes que hablan de la tie­rra, del pai­sa­je, del paso de las esta­cio­nes; otras hablan de la memo­ria, de la ausen­cia, de la vida coti­dia­na o de lo ínti­mo. Todas tie­nen algo en común: fue­ron esco­gi­das por­que sig­ni­fi­can, por­que con­tie­nen una his­to­ria que mere­ce ser con­ta­da.

La foto­gra­fía, aquí, no es solo un docu­men­to visual. Es una puer­ta. Un pun­to de par­ti­da. El tex­to que la acom­pa­ña no pre­ten­de expli­car­la ni cerrar­la en un úni­co sen­ti­do, sino acom­pa­ñar­la, dia­lo­gar con ella, dejar­la res­pi­rar. Cada comen­ta­rio es una inter­pre­ta­ción per­so­nal, una mira­da que se aña­de a otra mira­da, crean­do un jue­go de espe­jos en el que quien lee tam­bién aca­ba par­ti­ci­pan­do.

Imá­ge­nes comen­ta­das por JMMT es, así, un ejer­ci­cio de memo­ria y de pre­sen­cia. Memo­ria de lo que fui­mos, de lo que vivi­mos, de lo que nos mar­có. Pre­sen­cia en el acto de mirar con aten­ción, de dete­ner el paso ace­le­ra­do del día a día para escu­char lo que una ima­gen tie­ne que decir­nos. En este diá­lo­go entre foto­gra­fía y pala­bra hay emo­ción, hay refle­xión, hay tam­bién silen­cios nece­sa­rios.

Este pro­yec­to nace del deseo com­par­ti­do de con­tar sin rui­do, de rei­vin­di­car la fuer­za del peque­ño ges­to, de la esce­na apa­ren­te­men­te común que, obser­va­da con cui­da­do, reve­la una belle­za ines­pe­ra­da. Yo apor­to mi mira­da úni­ca, mi mane­ra de estar en el mun­do, cons­tru­yen­do así un mosai­co diver­so y sin­ce­ro.

Imá­ge­nes comen­ta­das por JMMT no bus­ca res­pues­tas ni con­clu­sio­nes cerra­das. Es una invi­ta­ción abier­ta a mirar, a sen­tir y a recor­dar. Un espa­cio don­de la ima­gen habla y la pala­bra acom­pa­ña. Don­de la emo­ción se escri­be, y la escri­tu­ra deja ver aque­llo que a veces solo se intu­ye.

Por­que al final, mirar tam­bién es una for­ma de con­tar. Y con­tar, una mane­ra de com­par­tir lo que somos. (Imá­ge­nes comen­ta­das por JMMT

 

EL VAGO

Dis­tin­gui­do ami­go: Ima­gino, déja­me que sue­ñe un poco, que «te habrás patea­do» www.pasoreservado.com y habrás con­clui­do que en mi blog hay una des­me­su­ra de iro­nía y sar­cas­mo. Por tal moti­vo, estás a pun­to de enviar­me un sin­fín de correos elec­tró­ni­cos para que yo los sus­cri­ba. ¿Ver­dad? Veo hila­ri­dad en tu ros­tro. Te pido resig­na­ción. Déja­me que siga con el sue­ño.

Hoy quie­ro hablar del más per­se­gui­do de los ciu­da­da­nos: el vago. Ese indi­vi­duo que no se levan­ta, ni soñan­do, a las 6 de la maña­na para tra­ba­jar 12 horas por un suel­do que ape­nas cubre el alqui­ler; no ese no. El vago con­vier­te su vida en un escán­da­lo por­que osa dor­mir has­ta las 11, las 12, las 13 horas, como pron­to.

Creo que el vago no es el pro­ble­ma. Tal vez el pro­ble­ma es un sis­te­ma que mide el valor humano por la can­ti­dad de horas que pasa uno fren­te a una pan­ta­lla y no acos­ta­do. ¿Por qué no se valo­ra al que está repan­chi­ga­do en su cama obser­van­do, si lo tuvie­re, el gote­lé del techo? ¿Qui­tar el gote­lé por anti­guo? Ya vol­ve­rá, ya vol­ve­rá. Así me aho­rro ese tra­ba­jo. Pero bueno… ¿quién soy yo para cues­tio­nar­lo? Eso sería tra­ba­jar.

El vago es el héroe tum­ba­do, es el már­tir del sofá, el incom­pren­di­do. Su últi­ma pro­pues­ta en el tra­ba­jo, fecha­da el 14 de febre­ro, no pro­du­jo nada, sólo el cabreo per­ma­nen­te del jefe. El vago pro­pu­so aho­rrar el núme­ro de reunio­nes y cons­tre­ñir­lo todo en un correo envia­do en vaca­cio­nes, y como los sin­di­ca­tos prohí­ben tra­ba­jar en perio­do vaca­cio­nal, no hay des­gas­te ni físi­co ni emo­cio­nal. Olví­da­te de que el vago es un ser impro­duc­ti­vo.  El ver­da­de­ro vago sabe que la cama, el sofá o el sue­lo son espa­cios de pro­duc­ti­vi­dad emo­cio­nal. ¿Tra­ba­jar sen­ta­do? ¡Qué anti­cua­do! El vago tra­ba­ja tum­ba­do… pen­san­do en lo que podría hacer.

El vago prac­ti­ca el arte de mirar por la ven­ta­na como si estu­vie­ra resol­vien­do ecua­cio­nes exis­ten­cia­les. El sis­te­ma tole­ra sus enfer­me­da­des, que se mani­fies­tan de lunes a vier­nes, pero con enor­me des­con­fian­za. ¿Qué cul­pa ten­go yo si el sába­do y el domin­go me encuen­tro bien?, se jus­ti­fi­ca.

Le encan­ta hacer­se pre­gun­tas con res­pues­tas evi­den­tes para él. ¿Tra­ba­jar más? ¿Para qué? Si con lo míni­mo se sobre­vi­ve, ¡el res­to es vani­dad!

¿Aca­so no es él quien sos­tie­ne la eco­no­mía de este país cuan­do nadie tra­ba­ja y él aún menos? ¿Quién man­tie­ne viva la indus­tria del café ins­tan­tá­neo y las series nefas­tas? ¿Quién, si no él, ha per­fec­cio­na­do el arte de pare­cer ocu­pa­do sin hacer nada?

El vago no es que no haga nada, es que opti­mi­za su esfuer­zo al pun­to de la inac­ti­vi­dad total. ¡Efi­cien­cia pura! No pro­du­ce estrés, no gene­ra tra­ba­ja­do­res que­ma­dos, no con­tri­bu­ye al des­cen­so del PIB. ¿Qué más quie­ren? ¡Le sale bara­to al esta­do!

El vago es un filó­so­fo del «maña­na lo hago» por­que vive bajo el noble lema de «¿para qué hoy, si pue­do no hacer­lo nun­ca?».

La vagan­cia no es un cri­men, es una for­ma supe­rior de exis­ten­cia. Mien­tras los acti­vos corren como háms­ters en rue­das labo­ra­les, el vago con­tem­pla el uni­ver­so des­de su cama, pre­gun­tán­do­se cosas pro­fun­das como: ¿Y si hoy tam­po­co hago nada?

La his­to­ria está lle­na de vagos ilus­tres. Sócra­tes no tra­ba­ja­ba. Dió­ge­nes vivía en un barril. Y todos los filó­so­fos pare­cen haber teni­do mucho tiem­po libre. ¿Coin­ci­den­cia? No lo creo.

¿Y si el prín­ci­pe de Dina­mar­ca fue­ra un vago exis­ten­cial? Pien­sa tan­to que no actúa. Duda, refle­xio­na, se cues­tio­na. ¿Es eso vagan­cia o pro­fun­di­dad? En un mun­do que exi­ge deci­sio­nes rápi­das, Ham­let es el incó­mo­do espe­jo de la con­cien­cia.

El vago no con­ta­mi­na, no con­ges­tio­na el trá­fi­co, y jamás inte­rrum­pe con ideas inne­ce­sa­rias. Es eco­ló­gi­co, silen­cio­so y per­fec­ta­men­te ino­fen­si­vo. Un monu­men­to a la paz mun­dial.

Por eso, el vago pro­po­ne que se le eri­ja un monu­men­to. Y te pide que cola­bo­res. No de pie, cla­ro, sino acos­ta­do. Con una man­ta, un man­do a dis­tan­cia, y una expre­sión de subli­me indi­fe­ren­cia. (A la som­bra del ver­bo) (1995–2025)

ADIÓS

Des­apa­re­ce entre noso­tros el amor como una aven­tu­ra aho­ga­da de fur­ti­vas pro­me­sas en pri­ma­ve­ra. Se tor­na en un cuchi­llo de repro­ches y se agi­ta mi san­gre blas­fe­man­do un augu­rio de per­pe­tuas ausen­cias. Ya en mi memo­ria, en sole­dad ple­na, un alud de melan­có­li­cas lágri­mas jadea inmi­se­ri­cor­de el recuer­do mutuo de aque­lla goza­da habi­ta­ción. Enton­ces, un pun­zan­te rami­lle­te de olvi­da­das cari­cias hie­re mi enfer­ma tris­te­za dejan­do en mis labios una inter­mi­na­ble mano de ungi­das cere­zas. (Ver­sos que no dije en voz alta) (1995–2025)

CAPÍTULO XIX DE ‘HATROZ’.- DESNUDO

Mien­tras tomá­ba­mos un café en Mil­ford ―el paraí­so de la juven­tud, según Rafo―, habla­mos tor­pe­men­te de nimie­da­des, espe­cial­men­te por­que Rafo salió del cole­gio indig­na­do e incen­dia­do por el com­por­ta­mien­to de un gru­po de alum­nos en la últi­ma cla­se de la tar­de.

Bebió com­pul­si­va­men­te el café. No le salían las pala­bras y yo com­pren­dí que no era un buen momen­to para una pro­lon­ga­da con­ver­sa­ción. Me dijo que le deja­ra diez minu­tos, que le per­mi­tie­ra dar una vuel­ta a la man­za­na, que con eso le lle­ga­ba. Salió taqui­cár­di­co y cayó de nue­vo en el taba­co. Dos cala­das y al ceni­ce­ro públi­co. Se lla­mó mil veces imbé­cil y juró que no lo vol­ve­ría a hacer.

Rafo entró con un ros­tro un poco más rela­ja­do. Estu­ve a pun­to de lle­var­lo a urgen­cias, preo­cu­pa­do por el esta­do de ner­vio­sis­mo que refle­ja­ba su aspec­to. Al des­pe­dir­nos, me dijo que yo me había com­por­ta­do como un señor, por­que lo había acom­pa­ña­do a su casa y me dijo que lue­go me man­da­ría un gua­sap para con­fir­mar su mejo­ría. Así fue.

Una nue­va cita, pero esta vez en el Pen­ta de la calle de la Pal­ma. Me plan­teó tres exi­gen­cias: no tomar nota de nada, no releer ni rees­cri­bir lo escri­to y no mati­zar nada. Yo pro­tes­té con pala­bras grue­sas y, ani­ma­do por la cer­ve­za, hice el ade­mán de irme, pero Rafo ni se inmu­tó, dio un tra­go a su cer­ve­za y se puso a leer los gua­saps que latían en su telé­fono. Había uno, según él, que espe­ra­ba con acon­go­jan­te zozo­bra.

―Te lo repi­to, me dijo, como lea algo mati­za­do o rees­cri­to por ti, te plan­to. Te dejo y que me escu­che otro tío. Tú, no. No me cues­ta nada cam­biar de negro lite­ra­rio o escri­tor fan­tas­ma en cuan­to te des­víes de mi camino. Pecu­liar e inex­plo­ra­do, pero es el mío. En el caso de que no te lo creas, pro­vó­ca­me y lo verás. Te plan­to sin decir adiós. Los ani­llos que nun­ca he teni­do no se me cae­rán por ello.

―Pero… ¿Quién te crees que eres? Si nadie te cono­ce. Eres el genio anó­ni­mo detrás del bos­te­zo lite­ra­rio o el autor favo­ri­to de nadie. Per­te­ne­ces a la más vul­gar de las intra­his­to­rias de este país. Ade­más, uti­li­zas unos adje­ti­vos tro­glo­di­tas y alta­men­te cas­po­sos. Si cie­rras el blog, pien­sa que yo ten­go todas las con­tra­se­ñas, ¿nadie pier­de, nadie? ¿Y tú? El gran per­de­dor. Por­que al final, como decía Fred­die Mer­cury, eres el gran far­san­te, el gran simu­la­dor. Los gran­des per­ju­di­ca­dos somos tú y yo. Tú, por­que te cono­ce­rán como el escri­tor fan­tas­ma que ni los fan­tas­mas leen; y yo, segui­ré con mis deu­das. Nada. Pién­sa­te­lo bien. ¿Otro autor en la som­bra? ¿No ves que el pro­ble­ma eres tú y tus des­ca­be­lla­das con­di­cio­nes?

Rafo guar­dó silen­cio ante mi invec­ti­va y sólo hizo un ges­to de enfa­do, que se que­dó en una ridí­cu­la mue­ca de fas­ti­dio.

―Dejan­do esto a un lado por­que así no se avan­za, te comen­to dos aspec­tos de mi vida lite­ra­ria: lo que yo escri­bo lo leo, lo releo y corri­jo mil veces. No me pue­des pedir que no reha­ga los erro­res por­que pue­de ser caó­ti­co. Aún estoy rees­cri­bien­do poe­mas que escri­bí en los años 90. Ya sé muy bien tus prin­ci­pios, pero…también tie­nes que enten­der cómo soy yo. ¿Qué pre­fie­res? ¿Lo caó­ti­co o lo per­fec­ta­men­te estruc­tu­ra­do? Si me obli­gas a no reto­car tex­tos, nues­tro blog se pue­de con­ver­tir en algo cala­mi­to­so y nada ape­te­ci­ble.

―Pues eso es lo que quie­ro, joder. Mi vida y mi cabe­za son caó­ti­cas, pues que mayor cons­ta­ta­ción de ello que los rela­tos mues­tren una atrac­ti­va anar­quía.

―De atrac­ti­va, nada de nada. Tú no lees los correos que me envían zas­cán­do­me por el des­or­den. Sería un gali­ma­tías. Ade­más, ten­go muy mala memo­ria. Lo mis­mo con­fun­do esce­na­rios, fra­ses o viven­cias. Enton­ces… Si no me ajus­to a lo dicho por ti… ¿Vas a creer que yo no he mati­za­do nada y que todo ha sido fru­to de mi inca­pa­ci­dad de plas­mar en azul con exac­ti­tud abso­lu­ta lo narra­do por ti? Me los vas a repro­char. Y te cabrea­rás. Por favor… ¡déja­me tomar notas!

Me comen­ta que me tie­ne que dejar cin­co minu­tos por­que tie­ne que con­tes­tar una lla­ma­da impor­tan­tí­si­ma para él. Vital, la cali­fi­ca. A los cin­co minu­tos exac­tos vuel­ve y se sien­ta, en esta oca­sión, fren­te a mí y no a un lado como ele­gí yo. Yo, a lo mío.

―Obser­vo que eres feliz rela­tán­do­me epi­so­dios super­fi­cia­les y can­do­ro­sos de tu vida, pero están tan des­hil­va­na­dos que me resul­ta inex­cu­sa­ble no meter mi plu­ma. Me exi­ges obje­ti­vi­dad, que me con­vier­ta en un com­po­ne­dor de tex­tos aje­nos y no en un narra­dor omnis­cien­te que sabe todo de ti, el pro­ta­go­nis­ta. Por tal razón, no me per­mi­tes ver tus mise­rias, tus ver­güen­zas y tus debi­li­da­des. Las ten­go que intuir y cole­gir de lo que tú me cuen­tas. Creo que es un gra­ve error no per­mi­tir­me hacer­las públi­cas.

―Tú, cuan­do escri­bas, no deduz­cas, no; tú, escu­cha, teclea y cuel­ga en el blog. ¿Que me quie­res decir algo de viva voz? Pues ade­lan­te, suél­ta­lo. Si fue­ra boxea­dor, diría ―y lo dice muy con­ven­ci­do― que soy un enca­ja­dor que se faja muy bien en las dis­tan­cias cor­tas.

―Lo con­si­de­ro un tra­ba­jo hatroz, que si no fue­ra por mis nece­si­da­des eco­nó­mi­cas lo man­da­ría todo a pas­tar. Me des­aso­sie­ga saber si mi visión de la reali­dad que tú me rela­tas y la que yo trans­cri­bo se com­pe­ne­tran como una pare­ja bai­lan­do un sen­sual tan­go.

Hace­mos una pau­sa mien­tras gua­sa­pea con una len­ti­tud que me rela­ja. Aún hay per­so­nas más tor­pes que yo.

―Por lo que voy cono­cien­do de ti, y por lo que me cuen­ta tu entorno, pue­do decir, en una espon­tá­nea llu­via de cali­fi­ca­cio­nes, que eres noble, que no lina­ju­do, gene­ro­so en las accio­nes, posee­dor de un pron­to muy dañino, sin­ce­ro y rau­do en la peti­ción de per­dón, muy buen escu­cha­dor, des­ubi­ca­do geo­grá­fi­ca­men­te ―son pala­bras tuyas―, par­co en pala­bras, pro­lí­fi­co inter­mi­ten­te en la escri­tu­ra ―tam­bién son pala­bras tuyas―, nada alta­ne­ro, desin­te­re­sa­do en lo mate­rial, aba­ti­do por nimias preo­cu­pa­cio­nes, lleno de debi­li­da­des y dudas, dis­fru­ta­dor en la inti­mi­dad de tus pocas cer­te­zas, agra­de­ci­do con los ges­tos aje­nos y con una ten­den­cia cla­ra a la sole­dad. Y, por últi­mo, con un póker de com­ple­jos que nun­ca des­ve­las.

―¿Y todo lo has dedu­ci­do de nues­tras con­ver­sa­cio­nes? ¡Ah, per­dón! Que hablas­te con mi entorno. En con­tra de mi volun­tad.

―No me lo prohi­bis­te radi­cal­men­te.

―¿Y aho­ra qué hago con­ti­go? ¿Me lar­go? ¡Eres un autén­ti­co cabrón, tío! Y yo con­fia­ba ple­na­men­te en ti.

―Tus cer­te­zas siem­pre se tam­ba­lean cuan­do vuel­ves los ojos a tu infan­cia y tu ado­les­cen­cia, tan­to la tem­pra­na como la tar­día. No debe­rías caer, como muchos de noso­tros, en valo­ra­cio­nes extre­mas cuan­do habla­mos de aque­llos años. Lo que ocu­rre es que te gus­ta la san­gre emo­cio­nal, te gus­ta exu­dar con­go­jas y des­di­chas.

―Sigue, sigue. Estoy alu­ci­nan­do.

―No pue­des hacer un jui­cio suma­rí­si­mo de la épo­ca en la que sufris­te algu­nas expe­rien­cias impro­pias de un ado­les­cen­te. Pero… ¡no te equi­vo­ques! No pier­das la pers­pec­ti­va… ¡Mucha gen­te sufre como tú y muchí­si­mo más!

Sé sin­ce­ro y noble, ya te juz­ga­rá el lec­tor. Creo que fuis­te un niño feliz y, como dices tú, un tar­doa­do­les­cen­te hiper­sen­si­ble con las afec­cio­nes, enfer­me­da­des y falle­ci­mien­tos de tu fami­lia. Hoy serías un PAS cla­rí­si­mo.

―¿Cómo?

―Per­so­na Alta­men­te Sen­si­ble.

―¡¡¡Lo que me fal­ta­ba!!!

―Yo creo que tie­nes un mie­do pavo­ro­so a que se res­que­bra­je esa ima­gen celes­tial que tú has cin­ce­la­do a lo lar­go de los años. Pero tie­nes que enten­der que este paso que tú has dado va en esa direc­ción. Es absur­do que te quie­ras con­ver­tir en un segun­do prin­ci­pi­to cuan­do tú eres real­men­te un hom­bre de car­ne y hue­so, con tus vir­tu­des y tus defec­tos. Una com­pa­ñe­ra tuya ―tor­ció el ges­to― me dijo hace unos días que te encan­ta­ba dar­le lus­tro a esa segun­da vida que muchos creen que tie­nes.

―Cuan­do sale ese tema, se son­ríe como un tuno en una ron­da­lla y se le ponen unos oji­llos de ino­cen­te liber­tino que me encan­tan, me susu­rró con­fi­den­cial­men­te.

―Vamos a ver. Vamos a ver. Como soy un lec­tor com­pul­si­vo de la lite­ra­tu­ra deci­mo­nó­ni­ca y de las pri­me­ras déca­das del XX, no soy ni un des­aho­ga­do jua­ni­to­san­ta­cruz ni un diso­lu­to bau­de­lai­re. Pero si me retas a ele­gir, te diré que ten­go más del pri­me­ro que del segun­do, aun­que… Estoy sol­te­ro y el buey suel­to bien se lame. No ten­go yugo alguno que me impi­da cual­quier movi­mien­to. Me encan­ta la pala­bra. Soy un crá­pu­la.

Nos des­pe­di­mos con un fuer­te abra­zo y acor­da­mos que nos gua­sa­pea­ría­mos para con­cer­tar otra entre­vis­ta.

Tú, lec­tor de este blog, o de un futu­ro libro, te habrá extra­ña­do muchí­si­mo mi silen­cio como narra­dor en algu­nas entra­das ante­rio­res. Como bien sabes, en un prin­ci­pio, mi úni­ca fuen­te de infor­ma­ción era la voz de Rafo por­que no me atre­vía a fis­gar en su entorno. Si lle­ga­ra a sus oídos, la capi­tu­la­ción sin acuer­do posi­ble sería inme­dia­ta.

Yo he pues­to en duda algu­nas par­tes de su rela­to. Me pare­ce increí­ble que tuvie­ra den­tro de su casa un com­por­ta­mien­to filial―paterno ejem­plar que no se movía un ápi­ce del idea­rio o cre­do fami­liar. Ahí empe­zó, en mi opi­nión, su per­ni­cio­so y famo­so com­pla­ce. No que­ría dar dis­gus­tos a su madre. Los aca­dé­mi­cos eran otra cosa. Ahí no había com­pla­ce alguno. Y en la calle vivía lo mis­mo que la mayo­ría de los ado­les­cen­tes del momen­to.

Lue­go, cuan­do deci­dí hablar con el entorno, lo tenía muy fácil real­men­te, por­que algu­nas voces me dije­ron ense­gui­da que no era oro todo lo que relu­cía y que los años uni­ver­si­ta­rios ―como hemos vis­to en entra­das ante­rio­res― los vivió, por muy dife­ren­tes moti­vos, que reto­ma­ré en otros momen­tos, ane­ga­dos de empren­de­do­ras juer­gas y teme­ra­rias fran­ca­che­las con sus ami­gos de toda la vida. No sé el por­qué de su empe­ño en ocul­tar unos lar­gos años de des­ca­ra­do e impru­den­te des­fa­se. 

En lo que se refie­re a enfer­me­da­des, situa­cio­nes fami­lia­res difí­ci­les de sopor­tar y falle­ci­mien­tos de parien­tes se atie­ne a la ver­dad más abso­lu­ta en su jus­ta medi­da. Como dice él: con este tema no me gus­ta la fabu­la­ción. Todo ha sido y es como yo lo cuen­to.

Cuan­do habla con­mi­go, no mien­te; ya que está con­ven­ci­do ple­na­men­te de que lo que narra es la ver­dad abso­lu­ta. No es cons­cien­te de que a esos momen­tos de evo­ca­ción les está ponien­do un fil­tro de adul­to. Era un joven incohe­ren­te en su gra­do máxi­mo. Se creía adul­to cuan­do era un ado­les­cen­te o joven poseí­do por una inma­du­rez, que no le impe­día sen­tir físi­ca y emo­cio­nal­men­te, como es lógi­co, los pri­me­ros lati­dos del cre­ci­mien­to. Pero las res­pon­sa­bi­li­da­des aca­dé­mi­cas se per­dían en innu­me­ra­bles pro­me­sas que se eva­po­ra­ban en dos o tres días.

Yo sabía con quién hablar para con­fir­mar expre­sio­nes, valo­ra­cio­nes o acon­te­ci­mien­tos que me deja­ban per­ple­jo, pero que no los hago públi­cos por res­pe­to a él. Mis arti­ma­ñas han logra­do rom­per su hor­na­ci­na emo­cio­nal y algu­na per­la ha sol­ta­do. Rafo no mien­te. Lo afir­mo. Ocul­ta, que es dife­ren­te. ¿Ocul­tar no es men­tir? Rafo, en este pun­to, ha exte­rio­ri­za­do la mis­ma inma­du­rez que ha regi­do sus actos a lo lar­go de su vida: un mie­do hatroz a rom­per la ima­gen que tie­nen aho­ra los que lo cono­cen. En los temas fami­lia­res, ha espe­ra­do a que la mayo­ría de sus parien­tes de más edad falle­cie­ran para cei­bar (sol­tar) la len­gua.

Lo poqui­to que he podi­do reca­bar en su entorno me con­fir­ma que fue un niño feliz y un ado­les­cen­te lleno de pul­sio­nes, inquie­tu­des y obse­sio­nes que habi­tan per sécu­la en una negra nube que no se ha sepa­ra­do de él des­de enton­ces.

Otra de sus obse­sio­nes era su madre. Él no que­ría que sufrie­ra por su cul­pa, pero no lo logró. Sus juer­gas, su tío Filo­so, su ende­blez en los estu­dios no hicie­ron más que acre­cen­tar el insom­nio y las depre­sio­nes de Lola madre. No qui­so, no pudo, no supo, no enten­dió que él era, en esos años, un pun­tal para su madre y el hacer­le com­pa­ñía no era sufi­cien­te.

Un psi­quia­tra con el que coin­ci­dí en una cena de ami­gos ―cono­ci­dos, mejor― me dijo, al con­sul­tar­le mi mie­do de ter­gi­ver­sar las pala­bras de Rafo, que la memo­ria siem­pre trai­cio­na, ya sea la de un pez o la de un ele­fan­te.

―¿Uno recuer­da el pasa­do tal como pasó? Impo­si­ble. La memo­ria tie­ne sus tri­qui­ñue­las que ponen en duda los hechos que uno rela­ta con una cer­te­za abso­lu­ta. Pero eso le pasa a todo el mun­do, has­ta a los que juran tener una mag­ní­fi­ca memo­ria. Sólo con olvi­dar un dato, ya esta­mos ter­gi­ver­san­do esa ver­dad.

Apren­dí que la psi­quia­tría se mue­ve entre dos pla­nos bási­ca­men­te. Uno, la alom­ne­sia o ilu­sión del recuer­do, que con­sis­te en fal­sear el recuer­do pro­vo­can­do una reme­mo­ra­ción erró­nea. Se recuer­dan las situa­cio­nes de una for­ma equi­vo­ca­da. La per­so­na no tie­ne con­cien­cia de la alte­ra­ción, mos­trán­do­se con­ven­ci­do de su recuer­do. Y, por otro lado, habla­mos de amne­sia ante­ró­gra­da o de fija­ción, que mani­fies­ta la inca­pa­ci­dad para la aprehen­sión o la fija­ción de nue­va infor­ma­ción. Tam­bién se cono­ce como olvi­do a medi­da.

―Creo que, en tu actua­ción como narra­dor de la his­to­ria de Rafo, estás entre las dos situa­cio­nes, de ahí tu obse­sión por tomar nota de todo aque­llo que te cuen­ta el pro­ta­go­nis­ta.

 

PUFO Y CUENTO

Te hablo de pufo, esta­fa, timo, frau­de o enga­ño. Pero legal. Yo lo veo así, pero el pro­ta­go­nis­ta del cuen­to que te voy a narrar está en un abso­lu­to des­acuer­do con­mi­go.

El ori­gen de la pala­bra PUFO se rela­cio­na con el soni­do del aire esca­pan­do de la boca como un glo­bo que se des­in­fla. Esta ima­gen se uti­li­za para repre­sen­tar algo que pare­ce sóli­do o valio­so (el dine­ro o la rea­li­za­ción de un encar­go), pero que en reali­dad no lo es y des­apa­re­ce, dejan­do solo un vacío o una «inmun­di­cia».

Hablo de un afi­cio­na­do a con­tar his­to­rias, pro­pias o aje­nas, refle­xio­nes o lo que fue­re. Pon­gá­mos­le de nom­bre Ino­cen­cio. Su pasión es tal que deci­de que un «exper­to» mejo­re su blog, por­que, según cono­ci­dos suyos, el actual es un blog deca­den­te, obso­le­to y «feo».

La úni­ca razón de recu­rrir a un espe­cia­lis­ta es que Ino­cen­cio no sabe nada de pro­gra­ma­ción, ni de dise­ño web, ni de inglés, los pila­res de la web.

Sin inmu­tar­se, Ino­cen­cio se lan­za a bus­car ayu­da en la red. Es enton­ces cuan­do cono­ce a un «exper­to», un desa­rro­lla­dor que se hacía lla­mar «arqui­tec­to digi­tal». El «exper­to», con un arse­nal de tec­ni­cis­mos como CSS, HTML, JavaS­cript, Jet­pack, plu­gins, pági­nas y APIs, con­ven­ce a Ino­cen­cio de que él es la úni­ca per­so­na capaz de «res­ca­tar» el blog que tie­ne en men­te. Le pro­me­te un sitio web «de últi­ma gene­ra­ción», «úni­co» y «per­so­na­li­za­do».

Ino­cen­cio, des­lum­bra­do por la jer­ga y la con­fian­za del «exper­to», acep­ta. No le impor­ta pagar 25 euros por hora de tra­ba­jo, pen­san­do que eso lo va a con­tro­lar des­de su casa: tra­ba­jo domi­ci­lia­rio. Pero no, el «exper­to» le ase­gu­ra que tra­ba­ja con más efi­cien­cia des­de su casa. Ino­cen­cio lo acep­ta a rega­ña­dien­tes por­que no le que­da otra. El pre­cio está jus­ti­fi­ca­do por la «com­ple­ji­dad» y la «exclu­si­vi­dad» del pro­yec­to. Ino­cen­cio empie­za a acor­dar­se de la can­ción Paro­le, paro­le, paro­le de… Mina Maz­zi­ni y Alber­to Lupo.

Des­pués de cua­tro horas de tra­ba­jo, el «exper­to» conec­ta a Ino­cen­cio con su blog. Lo ve tan sen­ci­llo, tan mini­ma­lis­ta que…se des­mo­ro­na. Nue­vas pro­me­sas lle­nas de pala­bras que Ino­cen­cio sigue sin enten­der.

Pasa­das otras cua­tro horas, el «exper­to» le «entre­ga» el blog. Lo mis­mo. Ino­cen­cio ve lo mis­mo. El «exper­to» vuel­ve a un sin­fín de pala­bras que Ino­cen­cio no entien­de. Me has entre­ga­do una «pesa­di­lla digi­tal», le dice. No eres cons­cien­te de todo lo que he rea­li­za­do en las «tri­pas» de tu blog, de ver­dad, le dice usan­do un tér­mino muy colo­quial, rema­ta dicién­do­le por telé­fono. Pasa el día Ino­cen­cio muy atri­bu­la­do y pen­san­do que ha sido pas­to de un per­fec­to pufo.

Lo peor de todo, es que al día siguien­te inten­ta con­tac­tar con el «exper­to»: el núme­ro de telé­fono no exis­te y su correo elec­tró­ni­co le rebo­ta todos los correos por­que no exis­te tal direc­ción. Cuan­do Ino­cen­cio quie­re subir hoy domin­go 24 de agos­to ―San Bar­to­lo­mé, desolla­do vivo por no renun­ciar a su fe―, a las cin­co de la maña­na su pri­me­ra entra­da, des­cu­bre que no tie­ne acce­so al panel de con­trol. Para cual­quier cam­bio tie­ne que con­tac­tar con el «exper­to», que ha des­apa­re­ci­do. Sí. Ha des­apa­re­ci­do. Ino­cen­cio «se papa» un sin­fín de tuto­ria­les en you­tu­be.

Ino­cen­cio, sin­tién­do­se esta­fa­do y frus­tra­do, se da cuen­ta de su inge­nui­dad. Le recuer­da a Mr. Bean, que lo con­ven­cen ense­gui­da para com­prar los obje­tos más inú­ti­les.

Había paga­do un dine­ral por algo que no podía usar. Con el cora­zón roto y la car­te­ra vacía, deci­dió cor­tar por lo sano con el «exper­to». Al final, des­pués de mucho inves­ti­gar y tra­gar­se tuto­ria­les, des­cu­bre pla­ta­for­mas de blogs intui­ti­vas y gra­tui­tas que le per­mi­ten, al fin, crear su pro­pio espa­cio de for­ma sen­ci­lla, sin nece­si­dad de códi­gos ni de inter­me­dia­rios. Ya tie­ne tra­ba­jo para la pró­xi­ma sema­na.

La mora­le­ja de la his­to­ria de Ino­cen­cio es que a menu­do, lo más sim­ple es lo más fun­cio­nal, y que un buen pro­fe­sio­nal no es el que habla más com­pli­ca­do, sino el que te entien­de, te da una solu­ción que real­men­te nece­si­tas y hace lo que tú quie­res. (A la som­bra del ver­bo) (1995–2025)

¿POR QUÉ «RECUNCAR»? Y PRÓLOGO DE ANSELMO TARDÓN

Este blog REna­ció como nacen muchas cosas impor­tan­tes: sin pri­sa, sin rui­do, pero con una nece­si­dad pro­fun­da. La de poner en pala­bras lo que a veces se sien­te, pero no se dice. La de reu­nir los pasos que he dado, los que me han lle­va­do lejos, los que me han hecho vol­ver, los que aún no sé a dón­de me lle­va­rán.

recuncar.com nació tam­bién para pen­sar en voz alta, para escri­bir sin fil­tros y para com­par­tir lo que me mue­ve. Aquí hay refle­xio­nes, anéc­do­tas, momen­tos, pre­gun­tas sin res­pues­ta, y algu­na que otra his­to­ria que se cue­la entre líneas. No pre­ten­do ense­ñar nada, pero si algo de lo que escri­bo te acom­pa­ña, te hace fre­nar un segun­do o te deja pen­san­do, enton­ces ya vale la pena.

Escri­bo como camino: a veces rápi­do, a veces des­pa­cio, a veces sin saber muy bien el por­qué. Pero siem­pre con la inten­ción de estar pre­sen­te. Este blog es eso: pre­sen­cia. Un espa­cio para mirar hacia den­tro, para conec­tar con lo que impor­ta, para no olvi­dar que cada paso cuen­ta.

Gra­cias por pasar por aquí. Sién­te­te libre de leer, comen­tar, com­par­tir o sim­ple­men­te que­dar­te un rato. La puer­ta está abier­ta.

PRÓLOGO DE ANSELMO TARDÓN, CRÍTICO QUE AÚN NO HA LEÍDO ESTE BLOG:

Esta es la edi­ción defi­ni­ti­va, en un solo domi­nio, de las obras com­ple­tas de este pro­sis­ta de pasi­llo, que escri­be mien­tras cami­na por ese río estre­cho que no exis­te en su casa. Es un escri­tor en ver­sión beta por­que nin­gu­na obra suya lle­ga a la ver­sión final. Lo he apo­da­do «El Sísi­fo digi­tal». Es un autor pro­lí­fi­co en lo que res­pec­ta a pági­nas de ini­cio y entra­das de pre­sen­ta­ción. Su carre­ra lite­ra­ria está mar­ca­da por la crea­ción com­pul­si­va de blogs. Se esti­ma que ha inau­gu­ra­do 87 en los últi­mos cin­co años, todos con la pri­me­ra entra­da titu­la­da «Aho­ra sí que sí». Cada blog empie­za con gran­des pro­me­sas, un dise­ño mini­ma­lis­ta y un lema ambi­cio­so («Este será mi espa­cio defi­ni­ti­vo»), y ter­mi­na, inva­ria­ble­men­te, con una últi­ma entra­da de dis­cul­pas: Per­dón, pero me ten­go que ir. Su obra com­ple­ta podría reco­ger­se en un volu­men titu­la­do «Domi­nios com­pra­dos y olvi­da­dos», que inclui­ría cap­tu­ras de pan­ta­lla de todos sus enca­be­za­dos y un apén­di­ce con las con­tra­se­ñas que ya no recuer­da. Bien­ve­ni­do sea este nue­vo blog, que, por cier­to, aún no he leí­do. (A la som­bra del ver­bo) (1995–2025)

PASO RESERVADO

¡Bue­nos días!

Deseo de cora­zón que tan­to tú como tu fami­lia estéis pasan­do unas des­can­sa­das vaca­cio­nes. Si ya han ter­mi­na­do, te deseo que ten­gas / hayas teni­do una sopor­ta­ble inte­gra­ción al tra­ba­jo. 

Te agra­dez­co que me sigas como sus­crip­tor o lec­tor. Espe­ro que sea por muchos años más. Des­de el pun­to de vis­ta lite­ra­rio, me está cos­tan­do un gran esfuer­zo crea­ti­vo el man­te­ni­mien­to del blog, aun­que lo haga con sumo entu­sias­mo.

Com­par­tir su con­te­ni­do con­ti­go me pro­du­ce tal pla­cer que, cuan­do me sé leí­do por ti, sien­to lo mis­mo que si dis­fru­tá­ra­mos, como ami­gos, de un sucu­len­to café una noche de invierno en una tran­qui­la terra­za.

Los sus­crip­to­res de recien­te incor­po­ra­ción no lo habrán per­ci­bi­do como los vete­ra­nos, los que me sopor­táis des­de tiem­po inme­mo­rial. Me refie­ro a diver­sas entra­das que están rees­cri­tas por mí. Me he dado cuen­ta de que «exi­gían» esos reto­ques y con­fío en que lo entien­das per­fec­ta­men­te.

Saber que al otro lado estás tú dan­do sen­ti­do a cada pala­bra que escri­bo, es una de las razo­nes por las que este espa­cio sigue vivo. Yo nece­si­to escri­bir, pero tam­bién nece­si­to que tú, lec­tor silen­cio­so, con­vier­tas mis ideas en una viven­cia espe­cial y des­co­no­ci­da. Que tú estés ahí me moti­va una bar­ba­ri­dad, aun­que no nos vea­mos, pues sé que com­par­ti­mos el ins­tan­te de la crea­ción y la lec­tu­ra.

Aun­que no nos conoz­ca­mos, cada lec­tu­ra tuya deja en mí una hue­lla que ni te lo ima­gi­nas, un eco de sabro­sa com­pa­ñía, una chis­pa de gra­ti­tud que cre­ce con cada pala­bra com­par­ti­da. No solo me ins­pi­ras a seguir escri­bien­do, sino que tam­bién me haces sen­tir que este espa­cio tie­ne sen­ti­do cuan­do alguien, al otro lado, se detie­ne a «escu­char» con los ojos. Es un lugar don­de las pala­bras tien­den puen­tes entre quien escri­be y quien lee.

Mi inten­ción siem­pre ha sido, y sigue sien­do, que este blog sea un rin­cón don­de encuen­tres algo útil, entre­te­ni­do o ins­pi­ra­dor para tu día a día. Y gra­cias a ti, que sigues acom­pa­ñán­do­me en este camino, pue­do seguir crean­do con ilu­sión y ganas por­que sé que hay alguien que juz­ga­rá seve­ra­men­te mis entra­das.

Quie­ro con­tar­te que voy a hacer algu­nos ajus­tes en el blog para mejo­rar tu expe­rien­cia. Espe­cial­men­te, un dise­ño más cla­ro. Me lo han acon­se­ja­do no sé cuán­tas veces, pero nadie cuen­ta con mi impe­ri­cia. Para mí, lo difí­cil es faci­lí­si­mo para un exper­to.

Segui­rás reci­bien­do el mis­mo correo con el tex­to exac­ta­men­te ela­bo­ra­do por mí en las mis­mas con­di­cio­nes. Eso no va a variar en abso­lu­to. Los cam­bios los verán los que entran direc­ta­men­te al blog. Con­fío en que per­ci­bas de igual modo la esen­cia de mis tex­tos. La de siem­pre. Sólo me dicen que debo pre­sen­tar­la de una mane­ra más cómo­da, agra­da­ble y atrac­ti­va. Me dicen.

El con­te­ni­do segui­rá sien­do el mis­mo que os gus­ta, solo que con una pre­sen­ta­ción mejo­ra­da. Eso me dicen.

Des­pués de que me die­ran la bra­sa de modo inmi­se­ri­cor­de, he deci­di­do cam­biar el domi­nio. Las razo­nes que me comen­tan son que el actual es dema­sia­do lar­go (¿pro­ble­mas de espa­cio?), que es muy com­pli­ca­do de recor­dar (tú sabes cómo te lla­mas, pero al que no te cono­ce le cues­ta mucho memo­ri­zar) y que pre­sen­ta más difi­cul­ta­des para acce­der a él.

Con un nom­bre bre­ve y atrac­ti­vo será más fácil acce­der a tu blog, com­par­tir­lo y encon­trar­lo sin pro­ble­mas.

El con­te­ni­do segui­rá sien­do el mis­mo de siem­pre, solo que con un domi­nio más cla­ro y prác­ti­co. A lo sumo, dos pala­bras de uso dia­rio. Si estás sus­cri­to, te lle­ga­rá exac­ta­men­te igual a tu cuen­ta de correo.

Lo úni­co que el remi­ten­te será www.pasoreservado.com  El pro­ble­ma lo ten­drán quie­nes quie­ran entrar por la URL, que ten­drán que escri­bir esta últi­ma. No creas que ha sido fácil encon­trar un domi­nio atrac­ti­vo, word­press tie­ne casi todos copa­dos.

La pró­xi­ma entra­da, es decir, esta, la reci­bi­rás como siem­pre. Será a par­tir de la siguien­te.

He con­sul­ta­do a un exper­to, a uno de tan­tos, que espe­ro que no sea «el eru­di­to a la vio­le­ta» de Cadal­so, aquel que tenía un cono­ci­mien­to mera­men­te super­fi­cial. Me dice que los nom­bres de los domi­nios deben ser fáci­les de recor­dar, fáci­les de acce­der (los lec­to­res pue­den teclear­lo sin erro­res) y aún más fáci­les de com­par­tir en redes socia­les y en el boca a boca.

Como verás, estoy atas­ca­do en los sus­crip­to­res y no veo modo alguno de aumen­tar­los. Entien­do que la gen­te es muy reti­cen­te a dar su correo elec­tró­ni­co, pero es el camino más cor­to. Como otras veces te he pedi­do, a quien creas que le pue­de gus­tar mi blog le soli­ci­tas que te auto­ri­ce a dar­me su correo, me lo man­das a jmmaiz@telefonica.net y yo lo sus­cri­bo. Nada más. Yo no doy a nadie ese correo. Lo guar­do como oro en paño.

(Te pido per­dón si te encuen­tras algún error en este tex­to. Últi­ma­men­te, el sue­ño no es mi mejor com­pa­ñe­ro). Mi voz no me per­mi­te ni un segun­do dor­mir, / el sue­ño me dibu­ja su ausen­cia en mi cami­nar, / el can­san­cio no quie­re de mi vida par­tir / y el reloj repi­te can­sino su apa­ci­ble velar. Lo mis­mo te gus­tan más los ver­sos con los que el ven­te­ro res­pon­dió, en plan de bro­ma, a Don Qui­jo­te para fin­gir que él tam­bién fue caba­lle­ro andan­te:  Mis arreos son las armas, / mi des­can­so, el pelear, / mi cama, las duras peñas, / mi dor­mir, siem­pre velar. For­man par­te del roman­ce popu­lar «La cons­tan­cia».

Y para des­pe­dir­me, te escri­bo, te pido que no me aban­do­nes aho­ra, que for­ma par­te de la letra de un her­mo­sí­si­mo tan­go del argen­tino Alfre­do De Ánge­lis titu­la­do de ese modo: No me aban­do­nes.

¡Gra­cias por seguir ahí y acom­pa­ñar­me en esta evo­lu­ción, que espe­ro que sea para bien! (A la som­bra del ver­bo) (1995–2025)

LA PLAYA DE RODAS EN LAS ISLAS CÍES

La pla­ya de Rodas, situa­da en las Islas Cíes, es una de las joyas natu­ra­les más impre­sio­nan­tes de Gali­cia y, según muchos, del mun­do ente­ro. Con una for­ma de media luna per­fec­ta, esta pla­ya se extien­de a lo lar­go de más de un kiló­me­tro, unien­do las islas de Mon­tea­gu­do y del Faro en un abra­zo de are­na blan­ca y finí­si­ma que bri­lla al sol como si fue­ra nie­ve cáli­da. Sus aguas, de color tur­que­sa y sor­pren­den­te­men­te trans­pa­ren­tes, evo­can pai­sa­jes cari­be­ños, aun­que con una fres­cu­ra atlán­ti­ca que des­pier­ta los sen­ti­dos.

Bañar­se en una pla­ya de aguas lim­pias y are­na blan­ca fina es una expe­rien­cia trans­for­ma­do­ra. Al sumer­gir­se en el agua cris­ta­li­na, se sien­te la fres­cu­ra que aca­ri­cia la piel, mien­tras las olas sua­ves invi­tan a jugar y rela­jar­se. El sol bri­lla en el hori­zon­te, crean­do un jue­go de luces sobre la super­fi­cie del mar. La sen­sa­ción de la are­na fina entre los dedos de los pies pro­por­cio­na un con­fort espe­cial, conec­tan­do cuer­po y tie­rra. El mur­mu­llo de las olas, el aro­ma sala­do del mar, el vue­lo pau­sa­do de las gavio­tas y la luz que rebo­ta en las aguas crean una expe­rien­cia sen­so­rial úni­ca.

Este entorno natu­ral es un refu­gio para el alma, don­de el soni­do del mar y la bri­sa sua­ve ofre­cen una sere­ni­dad incom­pa­ra­ble, con­vir­tien­do cada baño en un momen­to de puro gozo. El entorno, pro­te­gi­do, garan­ti­za la con­ser­va­ción de su bio­di­ver­si­dad y belle­za vir­gen. La pla­ya está rodea­da de natu­ra­le­za casi intac­ta, con rutas de sen­de­ris­mo que lle­van a mira­do­res espec­ta­cu­la­res y calas escon­di­das, per­fec­tas para la con­tem­pla­ción o el des­can­so.

Este paraí­so galle­go ha sido reco­no­ci­do como la mejor pla­ya del mun­do, des­ta­can­do su belle­za sal­va­je y el equi­li­brio entre acce­so y con­ser­va­ción. Rodas no es solo un lugar para tomar el sol o bañar­se: es un espa­cio de encuen­tro con la natu­ra­le­za, con la memo­ria del mar y con la iden­ti­dad atlán­ti­ca que defi­ne Gali­cia. (Nie­blas y lem­bran­zas) (1995–2025)

CAPÍTULO VII DE ‘PEITO DE BRONCE’.– LA MADRE: EL NOMBRE, LA FAMA, LA BODA Y LOS HIJOS

Maru­xa Cas­tro­mil, madre de Pei­to de Bron­ce, era natu­ral de San­ta Mari­ña de Amei­xen­da, en la par­te alta del muni­ci­pio de Ames, muy cer­ca del arro­yo de Quin­táns, un lugar con un cli­ma envi­dia­ble en pri­ma­ve­ra, pero húme­do y frío en invierno, lo que resul­ta­ba muy per­ju­di­cial para los hue­sos en los meses de hela­das.
—Este reu­ma va a aca­bar con­mi­go. No lo aguan­to ni un minu­to más —bra­ma­ba la madre de Maru­xa—. Me due­len muchí­si­mo las pier­nas. Ten­go un dolor que me par­te en dos, ¡cara­jo!

Por eso, no dudó ni un ins­tan­te en bajar a Ber­ta­mi­ráns cuan­do se casó con Pei­to de Anchoa. Decía que Ber­ta­mi­ráns tenía un cli­ma más benigno en invierno.

Con­ta­ban que des­de peque­ña, en la épo­ca dora­da de los dichos y habla­du­rías —que siem­pre per­ju­di­ca­ban a las muje­res y ensal­za­ban a los hom­bres—, sen­tía mucha atrac­ción por los hom­bres; y su padre, gran cono­ce­dor de la filo­so­fía hori­zon­tal y sus con­se­cuen­cias, como él la lla­ma­ba, le repe­tía cons­tan­te­men­te:
—Maru­xi­ña, man­ten­te rec­ta, que tu padre te quie­re casar bien. —Y la mira­ba fija­men­te—. Segu­ro que más de una vez le has dicho a algún mucha­cho:

—No sé si eres dul­ce o sala­do, pero como mazor­ca, te quie­ro en mi pla­to. Y reía iró­ni­ca­men­te con mucha picar­día, pero con un mie­do del cara­jo.

—No, papá, no. Si fui al maíz, y tú sabes muy bien lo que allí pasa, nun­ca pro­bé una mazor­ca. Sé que no me sien­tan bien. Y tú lo sabes bien.

Habla­ban padre e hija mien­tras él fuma­ba gus­to­sa­men­te en la sola­na de la casa tras «liqui­dar» un abun­dan­te cal­do galle­go. Él sabía que sería muy difí­cil casar bien a la chi­ca si seguía cre­cien­do su fama de aman­te de las mazor­cas.

—Maru­xi­ña va mucho al maíz —lamen­ta­ba la madre—, y el maíz… tie­ne unas espi­gas… que tar­de o tem­prano dan la sor­pre­sa.

—A los nue­ve meses, mujer, a los nue­ve meses. Nada de tar­de o tem­prano.

En la escue­la, los niños cono­cían muy bien la debi­li­dad de Maru­xi­ña, y en el recreo se acer­ca­ban los más tra­vie­sos para decir­le:

—¿Qué ten­go aquí?, Maru­xa, ¿qué ten­go aquí? ¡Cuan­to más me ras­co, más me pica!, y salían corrien­do para no sufrir en el cue­llo el mano­ta­zo de Maru­xa.

Una vez, en la rome­ría de las fies­tas de un lugar vecino, los chi­cos del pue­blo hicie­ron una apues­ta: a ver quién era capaz de subir al esce­na­rio de la orques­ta y can­tar la siguien­te copla:

¿De dón­de vie­nes, María? / Ven­go de la ver­du­ra, / ¡ay, qué ricas coles / tie­ne el señor cura!

Quien gana­se bai­la­ría con ella. Y la apues­ta la ganó un mozo lla­ma­do Xoán Bali­ño, que ya enton­ces le había echa­do una mira­da más que seduc­to­ra.
Y los dos jóve­nes se casa­ron.

La gen­te del pue­blo mur­mu­ró bas­tan­te antes de la boda.

—Esos ya fue­ron al maíz a pas­tar. ¿No ves cómo se miran? Tie­nen ojos de haber pasa­do por la pie­dra más de una vez.

Y, como dije antes, se casa­ron poco tiem­po des­pués en la capi­lla de San Mar­cos, en el mon­te del mis­mo nom­bre, en la aldea de Mon­te Maor, en un día de abril típi­ca­men­te nor­te­ño, mar­ca­do por el barro.

Fui a la ermi­ta de los amo­res, / muchas cosas fui a ver; / fui a casar a mi hija, / ¡no me lo podía creer!

Esta copli­lla la repi­tió el padre no sé cuán­tas veces mien­tras veía salir a su hija y al novio de la capi­lla risue­ños y pega­dos como dos lapas. El novio man­te­nía el bra­zo a la altu­ra de sus ojos por­que el arroz que les tira­ban los invi­ta­dos eran autén­ti­cos misi­les.

Maru­xa tra­ba­jó toda su vida en casa hacien­do las tareas pro­pias de ella, como se decía enton­ces. Tenía fama de ser un poco espe­sa, de ser una «por­ca» a la hora de lavar la ropa… y en su higie­ne cor­po­ral.

—Esta mujer no cono­ce las dife­ren­tes uti­li­da­des del agua —decían las veci­nas cuan­do que­rían cri­ti­car­la por algu­na cosa sin impor­tan­cia; pues des­de que se casó nin­gún otro hom­bre, apar­te del suyo, se le acer­có.

—Ayer me ente­ré de una cosa. ¿Quie­res saber­la?

—¡Cla­ro que sí!

—Pues enton­ces, «me rumo­rea­ron» por ahí que Xoán dejó una moza en el pue­blo, que se lla­ma Dores Mexía a Carran­cho­las o a Carran­cu­da, no lo sé bien, y que… a lo mejor… Xoan­ci­ño bien bebió del nom­bre de ella antes de casar­se con nues­tra hija…

—No te entien­do nada.

—¡Ay, mujer! ¡Qué san­día eres! ¿Qué quie­re decir carran­cho­las? ¿No es la per­so­na que anda con las pier­nas abier­tas y los pies hacia afue­ra? Pues ya entien­des… Pier­nas abier­tas, adiós estre­che­ces.

—Pero… ¡Qué pája­ro estás hecho!

—Don­de hay humo, hay fue­go.

Xoán y Maru­xa tuvie­ron cua­tro hijos: el pri­mo­gé­ni­to y vin­cu­lei­ro, Manuel, Pei­to de Bron­ce; lue­go Andrés, Necho o Cem­pés; más tar­de, Domin­gos, Min­gui­ños de las velas; y como últi­mo, Fran­cis­co, Farru­co el tar­dío, que lle­gó cuan­do todos pen­sa­ban más en un tumor que en un nue­vo crío. (Pei­to de Bron­ce) (2002)

LA MÚSICA BAJA DE ARANJUEZ

Ya me había habla­do alguien de mi fami­lia hace tiem­po de Rafael Rodrí­guez, el Pei­dei­ro. Aquel hom­bre que vivía en la villa de Aran­juez en una casi­ta cono­ci­da como La pedorre­ta, y que se casó con una mujer sor­da, pero que sabía muy bien cómo habla­ba su hom­bre tiran­do por lo bajo.

―Seré sor­da, pero los otros sen­ti­dos, y se toca­ba la nariz, los ten­go más que desa­rro­lla­dos, espe­cial­men­te el olfa­to, comen­ta­ba ella des­pués de vein­te años de vida en común.

Este hom­bre era un gran afi­cio­na­do al fút­bol, y siem­pre que via­ja­ba a Gali­cia a salu­dar a la fami­lia no deja­ba de acer­car­se al cam­po de As Patei­ras de Ber­ta­mi­ráns a ver algún par­ti­do.

En esta oca­sión coin­ci­dió con la final del tro­feo de La Pere­gri­na y en las reple­tas gra­das había unos qui­nien­tos segui­do­res, que can­ta­ban, sil­ba­ban y abu­chea­ban a los juga­do­res que, ya fue­ran los de casa o los del equi­po rival, rumia­ban un resa­cón de órda­go. Unos, los más jóve­nes, pro­fi­rien­do cual­quier insul­to que se les pasa­ba por la cabe­za; otros, los más vete­ra­nos, pre­fe­rían cen­trar todos sus insul­tos en la figu­ra del árbi­tro, que, según ellos, olía a vino que atur­día.

―No suda agua, cara­llo, suda vino y aguar­dien­te, decía el segui­dor más «expe­ri­men­ta­do» de la gra­da prin­ci­pal; y que, por tal moti­vo, exi­gía que se le per­mi­tie­ra decir cual­quier cosa.

―Ten­go más anti­güe­dad que tu abue­la, le decía al pre­si­den­te del club, que pei­na­ba unas albo­ro­ta­das canas, refle­jo de una noche de farra y esmor­ga.

El pre­si­den­te, cono­ci­do como Ven­to­lín, por­que no hacía nada más que soplar de una peta­ca que tenía escon­di­da en una cha­que­ta mul­ti­co­lor, habló antes del par­ti­do con el árbi­tro y los linie­res para que no hicie­ran nin­gu­na barra­ba­sa­da.

―¿O no te acuer­das del penal­ti que pitas­te cuan­do el delan­te­ro rival se tiró en el área como Mark Spitz, el nada­dor que ganó en Múnich 72? Si hay cagha­da, para noso­tros y le rega­ló una bote­lla del oru­jo que fer­men­ta­ba en su casa.

―Avi­ña­do, espon­ja, trin­que­te­iro, borra­chu­zas, car­pan­ta, chi­que­te­iro… Le chi­lla­ban. Todos ellos sinó­ni­mos popu­la­res de borra­cho.

―Cuan­do corres das más ban­da­zos que el ara­do del demo­nio cuan­do huye de la Vir­gen Pere­gri­na.

―Duer­me la mona, cara­llo, duer­me la mona antes de venir a arbi­trar.

Decían los ami­gos que Rafael, con los años de matri­mo­nio y la ale­gría con­yu­gal, engor­dó muchí­si­mo. Algu­nos insi­nua­ban que lle­va­ba el col­chón anti­ba­las incor­po­ra­do para evi­tar las agre­sio­nes. Tenía una barri­ga muy gene­ro­sa, como un depó­si­to estra­té­gi­co de pro­vi­sio­nes, que se movía rít­mi­ca­men­te cuan­do cami­na­ba por la calle.

―Rafae­li­ño, tie­nes que adel­ga­zar, que ya no pue­des abro­char los cor­do­nes de los zapa­tos, le decían con un hablar amis­to­so. Pare­ces un museo andan­te de recuer­dos gas­tro­nó­mi­cos.

Rafael, «api­so­na­do­ra de las fies­tas», reza­ba un car­tel en la puer­ta de la casa de sus parien­tes.

Aún no se olvi­da en la aldea lo que acon­te­ció hace unos pocos años. Fue una anéc­do­ta que nadie ha olvi­da­do. Algún blas­fe­mo dijo que había que pedir la san­ti­dad para Rafael.

En el últi­mo minu­to del par­ti­do, por tra­di­ción fes­ti­va, el árbi­tro vol­vió a pitar penal­ti cuan­do el equi­po de casa gana­ba por uno a cero. El cam­po que­dó en silen­cio abso­lu­to. Mien­tras el delan­te­ro rival espe­ra­ba la señal del cole­gia­do para tirar la fal­ta máxi­ma, nadie habla­ba en las gra­das. El silen­cio y la ten­sión se podían pal­par y cor­tar con un cuchi­llo. Mas en el momen­to en el que el nue­ve forá­neo fue a gol­pear el balón, en ese mis­mo ins­tan­te, bra­mó, mejor dicho, rebra­mó, en las gra­das una ven­to­si­dad tan des­co­mu­nal como «la músi­ca» de un hura­cán. Y cla­ro, el delan­te­ro falló y man­dó el balón a un pinar pró­xi­mo al cam­po.

La gen­te comen­zó a hablar atur­di­da y lle­na de un gra­cio­so ale­la­mien­to que no podía con­tro­lar:

―¡Dios! ¿Qué fue eso?

―¡Han libe­ra­do al pre­so!

―¡Con­fe­sión, es el fin del mun­do!

―¡Liber­tad!

―¡Gene­ro­so!

―¡Vaya fir­ma sono­ra!

―¡Qué vie­ne el lobo!

―¡Un médi­co!

―¡Este hom­bre va a morir!

―¡Viva la homeo­pa­tía!

―¡Ya tene­mos himno!

―¡Hiroshi­ma! ¡Naga­sa­ki!

―¡Mon­ja y cura jun­tos, cara­llo!

―¡Ya tene­mos gas natu­ral!

―¡Qué nos bajen el reci­bo!

―¡Ya tene­mos orques­ta!

―¡Y dicen que no había cul­tu­ra!

―¡Qué vie­ne el cam­bio cli­má­ti­co!

―¡Pre­si­den­te, noti­fi­ca­ción inalám­bri­ca!

―¡Vaya con­tra­se­ña!

Y no sé cuán­tas cara­lla­das más.

Has­ta un hom­bre comen­tó que este pedo superó cla­ra­men­te, y con gran­dí­si­ma dife­ren­cia, al que se había tira­do en el Sena­do el señor Cela, aman­te de lo esca­to­ló­gi­co, en la épo­ca de la Tran­si­ción y segui­dor de Que­ve­do que dijo: «el pedo es vida, por­que has­ta el Papa se lo tira». Cela lo negó argu­men­tan­do que él era, como todos los espa­ño­les, pedorro domi­ci­lia­rio y no pedorro tran­seún­te.

Rafael son­rió con doble satis­fac­ción. Por un lado, libe­ró el gas rete­ni­do en su barri­ga, y, por otro, ayu­dó al Ber­ta­mi­ráns a ganar el tro­feo de La Pere­gri­na.

Los más niños reían de la sono­ri­dad de este hoo­li­gan de la músi­ca baja, y algu­nos chi­cos inten­ta­ron valien­te­men­te lle­var­lo a hom­bros has­ta el pal­co de la fies­ta para que allí lo home­na­jea­ra la aldea. Alguien con muy buen tino lo evi­tó por­que, dijo, como se le esca­pe otro, man­da a los cha­va­les a Cuba.

El caso es que este tro­feo pasó a lla­mar­se, según los más acé­rri­mos fut­bo­le­ros, O Chei­ro­si­ño; y la pri­me­ra peña que tuvo el Ber­ta­mi­ráns, con moti­vo de esta gene­ro­sa acción, se bau­ti­zó con el nom­bre de La músi­ca baja de Aran­juez. No hay cons­tan­cia escri­ta de este hecho. Que yo sepa, este es el úni­co sono­ro tro­feo que mues­tra el club en sus vitri­nas. (Cuen­tos galle­gos) (2007)

CAPÍTULO XVIII DE ‘HATROZ’.- EL OCASO LABORAL (II)

Cuan­do los pro­fe­so­res nue­vos escu­cha­ron por pri­me­ra vez esa fra­se se son­rie­ron, enten­die­ron que era la reso­lu­ción de un carro­zón y lo obser­va­ron con una mira­da car­ga­da de una cle­men­te con­mi­se­ra­ción.

―La acro­ba­cia gene­ra­cio­nal es de tal dimen­sión que el humor, en apa­rien­cia cas­po­so y tras­no­cha­do, pro­vo­ca en ti gene­ro­sas dosis de leja­na hila­ri­dad. Debes valo­rar en su jus­ta medi­da, te lo reco­mien­do con afec­to, la esti­ma que dices que tu entorno labo­ral pro­yec­ta sobre ti.

―Me sien­to des­co­lo­ca­do. En mi his­to­ria labo­ral ya todo es pasa­do. Me que­da muy poco para echar la lla­ve a mi estan­cia en el cole­gio y se entre­mez­clan varias sen­sa­cio­nes: ale­gría por el tra­ba­jo bien rea­li­za­do, tris­te­za por dejar a unos com­pa­ñe­ros que se han com­por­ta­do con­mi­go insó­li­ta­men­te bien, bonan­za por poder­le dedi­car más tiem­po a mi her­ma­na, escep­ti­cis­mo ante un futu­ro des­co­no­ci­do para mí, con­go­ja por una brus­ca esci­sión con unos alum­nos que me han hecho cre­cer año a año, sosie­go por apar­tar­me de un mara­tón esco­lar que me aho­ga en la actua­li­dad y pla­ci­dez por el con­ven­ci­mien­to de que los que vie­nen detrás de mí lo harán mucho mejor.

―¿Y tu expe­rien­cia?

―¿Qué entien­des por expe­rien­cia?

―Lle­vas trein­ta y sie­te años en el aula. Eso es una bar­ba­ri­dad. Lógi­co que haya luces y som­bras en un perio­do tem­po­ral tan amplio.

―Yo diría mejor, son­ri­sas y lágri­mas. Copian­do el títu­lo de una pelí­cu­la que hoy es, jun­to con otras, el cen­tro de aten­ción de la correc­ción polí­ti­ca. En un aula pue­des reír y llo­rar en ape­nas cin­co minu­tos. No voy a negar, sin opu­len­ta vani­dad, que he teni­do éxi­tos que me han pro­vo­ca­do una silen­te satis­fac­ción. Y espe­ra­ba rema­tar así.

―Siem­pre me has dicho que hay muy buen ambien­te en tu cole­gio.

―Y me reafir­mo en ello.

Rafo esta­ba muy ner­vio­so y no era capaz de cap­tar la razón. Lo escru­té con seve­ri­dad y escu­ché un lige­ro tem­blor en su cas­ca­da voz, como si hubie­ra tras­no­cha­do cin­co días segui­dos y al sex­to le soli­ci­ta­ran decla­mar en soli­ta­rio, ante un selec­tí­si­mo audi­to­rio, un reci­tal poé­ti­co de su obra.

―Por otro lado, deje­mos a los jóve­nes por lo que ellos con­si­de­ran su camino. No pode­mos hacer otra cosa que no sea estar a su dis­po­si­ción para cuan­do soli­ci­ten un con­se­jo o una infor­ma­ción, pero nun­ca ago­biar­los con una tor­men­ta de reco­men­da­cio­nes que en muchas oca­sio­nes son obvie­da­des que ellos mis­mos sabrán afron­tar en el aula. Son jóve­nes, que no inca­pa­ci­ta­dos para afron­tar pro­ble­mas. ¿Erro­res? ¡Como todos! Lo bueno de los erro­res es saber rec­ti­fi­car, y, si es nece­sa­rio, pedir dis­cul­pas.

Rafo en este pun­to cayó en un taci­turno silen­cio. Apo­ya­dos los codos en la mesa, y mien­tras mano­sea­ba el vaso de la con­su­mi­ción soli­ci­ta­da en la terra­za del hotel Room Mate Ali­cia en la pla­za de San­ta Ana, le sonó el telé­fono. Me sor­pren­dió el tono de lla­ma­da. Lle­va­ba años con el galle­go Pou­sa pou­sa y lo había sus­ti­tui­do por un poten­tí­si­mo A quién le impor­ta de Alas­ka. La tie­rra por una decla­ra­ción de prin­ci­pios.

―Tie­ne un valor sim­bó­li­co. Es un gri­to de liber­tad ante el pen­sa­mien­to úni­co y agen­da­do que nos quie­ren impo­ner hoy en día. Es algo hatroz lo que está ocu­rrien­do con esta obse­sión por con­tro­lar­nos abso­lu­ta­men­te y por uni­for­mar la her­mo­sí­si­ma diver­si­dad de nues­tra socie­dad. No sopor­to el cir­cui­to cerra­do que dise­ñan los nue­vos pen­sa­do­res de una socie­dad que quie­ren homo­ge­nei­za­da y malea­ble como el blan­di­blup.

Des­pués de una mis­te­rio­sa con­ver­sa­ción de dos minu­tos, vol­vió a caer en un com­pun­gi­do silen­cio, pero a los trein­ta segun­dos lo rom­pió con una son­ri­sa morri­ñen­ta, con una son­ri­sa pica­ro­na, con esa son­ri­sa que mues­tra cuan­do quie­re con­tar una anéc­do­ta que sabe ocu­rren­te.

―¿Sabes? Lle­va­ba muy pocos años en el cole­gio cuan­do me ocu­rrió una sim­pá­ti­ca anéc­do­ta en el aula. En la tuto­ría de pro­fe­so­res no la comen­té nun­ca por­que aún impe­ra­ba en mí una injus­ti­fi­ca­da timi­dez. Carras­peó ner­vio­sa­men­te.

En la cla­se rei­na­ba un gran ambien­te. El trán­si­to de una asig­na­tu­ra a otra lo ocu­pa­ban las alum­nas en coti­lleos esco­la­res, en ento­nar algu­na can­ción cono­ci­da o en pro­yec­tar la sali­da del vier­nes, estu­vie­ra cer­ca­na o no. Entré en cla­se como siem­pre, con mis libros en la mano y con un silen­cio en los labios que tenía que repe­tir en varias oca­sio­nes. Logré supe­rar la mal­di­ta tari­ma de made­ra que, en los últi­mos cur­sos, se había con­ver­ti­do en un peli­gro­so obs­tácu­lo. Una vez en lo alto de la tari­ma, con­sul­té el plano de sitios que esta­ba adhe­ri­do en la mesa del pro­fe­sor para des­mon­tar los enga­ños que algu­nas alum­nas pro­vo­ca­ban con «des­pis­ta­dos» cam­bios de mesa. Abri­mos el libro de Lite­ra­tu­ra y les expli­qué la obra de Gar­ci­la­so de la Vega y el Rena­ci­mien­to. Obser­vé en el extre­mo supe­rior dere­cho de mi mesa un papel dobla­do. Como tenía la segu­ri­dad de que no era mío y ante la duda de ser una posi­ble chu­le­ta lo arru­gué y lo tiré a la pape­le­ra. Ter­mi­na­mos la cla­se con un comen­ta­rio por­me­no­ri­za­do del sone­to V del autor antes men­cio­na­do, aquel que ter­mi­na con unos ver­sos inol­vi­da­bles que encie­rran lo que nadie ha sabi­do mani­fes­tar con tan­ta cla­ri­dad: Cuan­to ten­go con­fie­so yo debe­ros; / por vos nací, por vos ten­go la vida, / por vos he de morir, y por vos mue­ro. Se pro­du­jo un emo­ti­vo silen­cio y en cada men­te ado­les­cen­te se dibu­jó el nom­bre de algún chi­co.

Vol­ví al día siguien­te con otro memo­ra­ble sone­to en el que Lope de Vega defi­nía el amor con un alar­de de para­do­jas y con­tra­dic­cio­nes, y de este modo vimos las carac­te­rís­ti­cas del Barro­co: Des­ma­yar­se, atre­ver­se, estar furio­so, / áspe­ro, tierno, libe­ral, esqui­vo, / alen­ta­do, mor­tal, difun­to, vivo, / leal, trai­dor, cobar­de y ani­mo­so… Esto es amor, quien lo pro­bó lo sabe. Vol­ví a encon­trar­me un papel esqui­na­do en la mesa. Lo vol­ví a arru­gar y a tirar a la pape­le­ra. Salí con paso fir­me y tran­qui­lo, hacien­do un alto en la car­pe­ta de apun­tes de una alum­na que, según pare­cía ella, me sor­pren­dió gra­ta­men­te: ¿Dón­de estás, seño­ra mía, / que no te due­le mi mal?, / o no lo sabes, seño­ra, / o eres fal­sa y des­leal. Me mola mil, pro­fe, me dijo. Hoy echo de menos esa cos­tum­bre de escri­bir tex­tos para lucir­los «públi­ca­men­te».

Al día siguien­te tuvi­mos un examen para reco­no­cer las carac­te­rís­ti­cas del Rena­ci­mien­to y del Barro­co, según fue­ra el tex­to. Esta­ban todas sen­ta­das y colo­ca­das en filas indi­vi­dua­les. Repar­tí las hojas del «encuen­tro indi­vi­dual con un tex­to», como decía una pro­fe­so­ra. El tex­to era de Gutie­rre de Ceti­na: Ojos cla­ros, sere­nos, / si de un dul­ce mirar sois ala­ba­dos, / ¿por qué, si me miráis, miráis aira­dos? / Si cuan­to más pia­do­sos, / más bellos pare­céis a aquel que os mira, / no me miréis con ira, / por­que no parez­cáis menos her­mo­sos. / ¡Ay, tor­men­tos rabio­sos! / Ojos cla­ros, sere­nos, / ya que así me miráis, mirad­me al menos. Mi paseo sor­tean­do las mesas logró que yo no vie­ra a nadie copiar. Eso no quie­re decir que no lo hicie­ran, por­que en esa cla­se había «bue­ní­si­mas doc­to­ras» en esa espe­cia­li­dad.

Al día siguien­te, cla­se a las ocho de la maña­na. La mayo­ría, dor­mi­das. Lo sabía. En mi mesa había un folio hori­zon­tal con la siguien­te leyen­da: ¡¡¡No me tires y lée­me!!! Con una fle­cha dibu­ja­da que me lle­va­ba de nue­vo a la esqui­na supe­rior dere­cha de la mesa. Obe­de­cí y leí el pape­li­to des­pués de des­ha­cer las mil doble­ces que pre­sen­ta­ba. Ponía: Para que­rer­te sólo val­go. Sabían mi devo­ción por Los Secre­tos y en espe­cial, en aque­lla épo­ca, por la can­ción Otra tar­de, en la que Enri­que Urqui­jo nos invi­ta a refle­xio­nar sobre nues­tras pro­pias luchas emo­cio­na­les. Lo inter­pre­té en aquel momen­to, está­ba­mos en invierno aún, como el irre­pri­mi­ble bro­te pri­ma­ve­ral de una ado­les­cen­te que no sabía a quién decír­se­lo ―me eli­gió a mí― y el secre­tis­mo de una situa­ción que la encen­dió sobre­ma­ne­ra. No nie­go que la curio­si­dad me inci­tó a hacer con los ojos, des­de mi sitio, un barri­do visual por todas las mesas. No logré nada. El gru­po de tea­tro que tenía­mos en paña­les por enton­ces había logra­do que una alum­na hicie­ra una gran­dí­si­ma actua­ción. Sigo sin saber su auto­ra.

―Eso es lo de menos, le dije. La anéc­do­ta tie­ne su gra­cia.

CAPÍTULO XVII DE ‘HATROZ’.- EL OCASO LABORAL (I)

El vier­nes pasé la tar­de y la noche con Rafo. Me pidió que lo reco­gie­ra en su casa a las seis y me dijo que me lle­va­ría un sor­pre­són cuan­do me dije­ra el lugar al que que­ría ir. Nada más sen­tar­se a mi dere­cha, vi sus inten­cio­nes. Des­pués de un tími­do carras­peo, bur­do pre­tex­to de una natu­ra­li­za­da timi­dez, se expla­yó con bana­les argu­men­tos sobre los bene­fi­cios aní­mi­cos que les repor­ta­ría la visi­ta a su anti­gua facul­tad. Desea­ba recor­dar su épo­ca uni­ver­si­ta­ria. Me olía mal. Lo que que­ría era que yo cono­cie­ra la facul­tad don­de estu­dió, don­de reali­zó su que­ri­da Filo­lo­gía, que vie­ra que era ver­dad, don­de des­per­tó a un mun­do que él ape­nas cono­cía y don­de se dio cuen­ta de que había teni­do una ado­les­cen­cia entre algo­do­nes. El reco­rri­do fue muy tran­qui­lo y lleno de anéc­do­tas añe­jas y ante­di­lu­via­nas, como decía él.

Lle­ga­mos a la facul­tad de Filo­so­fía y Letras, que des­de 1975 com­par­tía sus aulas con Filo­lo­gía, cer­ca de las sie­te de la tar­de. No qui­so sor­pren­der­se por la gran can­ti­dad de car­te­les que ador­na­ban la entra­da y me diri­gió con cer­te­ro paso a la cafe­te­ría. Allí toma­mos un pin­cho de tor­ti­lla y un café con leche cre­yen­do el pobre hom­bre que su inges­ta lo retro­trae­ría a aque­llos pri­me­ros ochen­ta en los que cada día se desa­yu­na­ba con una nove­dad polí­ti­ca, social o cul­tu­ral.

Se levan­tó repen­ti­na­men­te y me pidió que salié­ra­mos, que nos fué­ra­mos, que ya había vis­to todo lo que que­ría ver. Es decir, nada, ausen­cia total de recuer­dos. Su ros­tro dic­ta­ba una frus­tra­ción abso­lu­ta y refle­ja­ba que las segun­das par­tes, cuan­do había un lap­so tem­po­ral tan amplio, no eran reco­men­da­bles si lo que se pre­ten­día era recu­pe­rar el pasa­do.

Como si nada hubie­ra ocu­rri­do, o como si ya estu­vie­ra más que acos­tum­bra­do a las frus­tra­cio­nes, me pidió que fué­ra­mos a la Cer­ve­ce­ría Ale­ma­na en la pla­za de San­ta Ana, cuyos due­ños, acer­ta­da­men­te, la cali­fi­can de madri­le­ña, bulli­cio­sa y cos­mo­po­li­ta. Yo le adver­tí que por la can­ti­dad de clien­tes que acu­dían cual­quier día de la sema­na a este sanc­ta­sanc­tó­rum de la noche madri­le­ña era un lugar incó­mo­do para man­te­ner una tran­qui­la con­ver­sa­ción como él que­ría. Le ofre­cí otros bare­tos que había­mos patea­do los dos, pero todos caye­ron en saco roto por­que tenía entre ceja y ceja «La Ale­ma­na».

En oca­sio­nes ocu­rría que Rafo se ilu­sio­na­ba con un esta­ble­ci­mien­to por el sim­ple recuer­do sub­je­ti­vo de unos ojos que allí se cru­za­ron en su camino. Enton­ces, lo empe­za­ba a dibu­jar con el mis­mo pul­so que como cuan­do copia­ba con enor­me inte­rés apun­tes sobre Rosa­lía de Cas­tro en las cla­ses de Lite­ra­tu­ra Galle­ga con la inol­vi­da­ble Mari­na Mayo­ral. Estos arreo­nes emo­cio­na­les y con­su­mis­tas le otor­ga­ban un gran cono­ci­mien­to de bares, taber­nas y tugu­rios que poca gen­te de su entorno domi­na­ba. Todo comen­zó, en sole­dad, en la Bode­ga de la Ardo­sa, hoy des­apa­re­ci­da, en la calle Her­ma­nos Mira­lles, hoy Gene­ral Díaz Por­lier; El Barril de Goya o la Cer­ve­ce­ría Ale­ma­na de la pla­za de san­ta Ana. Se pro­lon­gó duran­te años con algu­nos com­pa­ñe­ros de la facul­tad en El anciano rey de los vinos de la calle Bai­lén. Y la pun­ti­lla, con mi entorno más cer­cano e ínti­mo, se movía entre La Cruz Blan­ca, La Galli­na loca, Cleo, Nari­zo­tas, Tula, El Esce­na­rio, La Ces­ta, My Flo­wer, Fass… Rafo dis­fru­ta­ba calle­jean­do en soli­ta­rio con el úni­co afán de sabo­rear una cer­ve­za bien tira­da y poder apun­tar en su cua­derno de notas cua­tro ver­sos impac­tan­tes, con­den­sa­ción de una expe­rien­cia frus­tra­da.

Cuan­do entré yo en su vida, por decir­lo así, siem­pre me invi­ta­ba a com­par­tir con él esos ceno­bios o tem­plos del beber­cio noc­turno. Cono­cí de este modo luga­res en nada higie­ni­za­dos, luga­res con un aro­ma a cerra­do que se habían con­ver­ti­do en per­fec­tos comu­ni­ca­do­res de virus, luga­res con un ambien­te tan car­ga­do que nece­si­tá­ba­mos pico y pala para entrar en ellos que, por ejem­plo, nadie había repues­to las bom­bi­llas fun­di­das.

―Esta luz opa­ca y tene­bro­sa, como dices tú, es el arte de la noche, le dije­ron mien­tras le ser­vían una caña en un vaso que tenía lige­ra­men­te mar­ca­da pin­tu­ra de labios.

―No se con­fun­da con­mi­go, no. Me gus­ta lo cutre, lo añe­jo y lo ochen­te­ro, pero lim­pio e higie­ni­za­do. No dis­fru­to olien­do una buta­ca con olor a culo. Y sien­to mucho esta expre­sión.

Su pri­mo Jor­ge tenía un com­pa­ñe­ro de cla­se Alfon­so M., que vivía en la calle Veláz­quez, muy cer­ca del Reti­ro, y que, forra­da de pas­ta la fami­lia, él ves­tía con ropa vie­ja y des­cui­da­da, pero lim­pia, lim­pí­si­ma. Esa es la ima­gen que le encan­ta­ba a Rafo.

Pon­de­ra­ba siem­pre esa atmós­fe­ra de encan­to mis­te­rio­so, de soli­ta­ria inti­mi­dad en com­pa­ñía de una crea­do­ra melan­co­lía.

―Es mi deri­va de ser aso­cial, se jus­ti­fi­ca­ba entre dien­tes mien­tras juga­ba muy tor­pe­men­te con el móvil. Qui­zá por los ner­vios.

Cuan­do acce­di­mos a la cer­ve­ce­ría, me miró bus­can­do mi apro­ba­ción. Joder, el caso es que aho­ra le ten­go que agra­de­cer el haber selec­cio­na­do un sitio lim­pio y bien ilu­mi­na­do, me dije sin pala­bras.

Duran­te la cena, mien­tras sabo­reá­ba­mos un doble de cer­ve­za y un pul­po a la vina­gre­ta, me habló de sus pri­me­ros años de tra­ba­jo en un cole­gio del barrio de Sala­man­ca. Esta­ba tris­te y ape­na­do por­que se le iba el tiem­po de las manos.

―No pue­do con este tiem­po tran­si­to­rio y fugaz. Me des­pier­to en oca­sio­nes con el ver­so de Que­ve­do de soy un fue, y un será, y un es can­sa­do y en otras con el pen­sa­mien­to de un joven de 30 años que se quie­re comer el mun­do. Enton­ces unas cer­te­ras pala­bras de los que me rodean me colo­can en mi sitio brus­ca­men­te. Esos cin­co segun­dos de glo­ria se eva­po­ran y vuel­vo a mi reali­dad con otros ver­sos de Que­ve­do: Ya no es ayer, maña­na no ha lle­ga­do; / hoy pasa y es y fue, con movi­mien­to / que a la muer­te me lle­va des­pe­ña­do.

Esta visión nega­ti­va del paso del tiem­po hizo que su ros­tro se tor­na­ra tras­cen­den­tal y en un zig­zag nada cere­bral me dijo que todo era lite­ra­tu­ra, que se recrea­ba en los ver­sos más leta­les para puri­fi­car un alma dolo­ri­da y daña­da por no saber atra­par el pre­sen­te:

Que la vida iba en serio / uno lo empie­za a com­pren­der más tar­de. / Como todos los jóve­nes, yo vine / a lle­var­me la vida por delan­te. / Dejar hue­lla que­ría / y mar­char­me entre aplau­sos. / Enve­je­cer, morir, eran tan solo / las dimen­sio­nes del tea­tro. Pero ha pasa­do el tiem­po / y la ver­dad des­agra­da­ble aso­ma. / Enve­je­cer, morir / es el úni­co argu­men­to de la obra.

Me reci­tó estos ver­sos de Gil de Bied­ma con el apo­yo de su móvil ―siem­pre la mal­di­ta memo­ria, casi bra­mó―. «No vol­ve­ré a ser joven». No los cono­cía. Me comen­tó que los leyó por pri­me­ra vez hace mucho tiem­po, pero lo que le impac­tó fue oír­los en la voz de Gon­za­lo de Cas­tro.

(https://www.youtube.com/watch?v=EGN-cVssLbc&list=LL&index=145)

―Esa voz, Dios mío, esa voz. Lue­go pude escu­char­los reci­ta­dos por el pro­pio autor y en otra oca­sión musi­ca­dos por Loqui­llo y Ara Mali­kian.

Los repi­tió. Una pare­ja de jóve­nes que esta­ba en una mesa con­ti­gua le pre­gun­tó por el autor de esos ver­sos.  Rafo, feliz por su inte­rés por la poe­sía, reci­bió un tor­ta­zo:

―Es que soy un admi­ra­dor de Loqui­llo y me fal­ta la «can­ción que usted ha leí­do».

Miré a Rafo rogán­do­le que no actua­ra como un pro­fe­sor indig­na­do por la mala expre­sión de un joven por­que, aun­que fue­ra de modo des­afor­tu­na­do, se había intere­sa­do por la poe­sía. Le dio el enla­ce y pun­to.

―Atien­de, Rafo, el remor­di­mien­to por no haber apro­ve­cha­do el tiem­po es un lugar común y el tea­tro es una metá­fo­ra extra­or­di­na­ria para expre­sar­lo. Bor­ges decía que ese sen­ti­mien­to no me aban­do­na. Siem­pre está a mi lado / la som­bra de haber sido un des­di­cha­do.

Lo veía venir. Lo veía. Cuan­do empe­zó a hablar de sus prin­ci­pios labo­ra­les y de su actual can­san­cio psí­qui­co, le dio un tra­go a la caña y sila­beó con orgu­llo su lau­da­to­rio vere­dic­to:

―Entré en el cole­gio gus­tan­do a algu­nas alum­nas, lue­go empe­za­ron a fijar­se en mí algu­nas madres y hoy en día me miran con bue­nos ojos algu­nas abue­las jóve­nes.

―Eres muy pesa­do con algo que yo con­si­de­ro un jui­cio cer­te­ro y gra­cio­so, pero que si lo con­vier­tes en una sen­ten­cia repe­ti­da cien veces per­de­rá toda la sim­pa­tía que tuvo el día que lo creas­te.

No me hizo ni caso. Una son­ri­sa pica­ro­na se dibu­jó en su ros­tro. He dado en la dia­na, debió pen­sar. Yo le insis­tí en que no podía con­ver­tir­se en un dis­co raya­do. Eres como una enci­clo­pe­dia de que­so man­che­go: madu­ra, sabro­sa, pero siem­pre abier­ta en la mis­ma pági­na. Me sen­tí orgu­llo­so por la metá­fo­ra, aun­que cerró este tema con­tun­den­te­men­te:

―Soy como un reloj sin mane­ci­llas: no mar­co la hora, mar­co terri­to­rio. Y, si repi­to, es por­que mi his­to­ria mere­ce eco.

Nos levan­ta­mos y le ofer­té la posi­bi­li­dad de sen­tar­nos en una terra­za de San­ta Ana. Acep­tó dócil­men­te por­que iba sabo­rean­do la rotun­di­dad de su metá­fo­ra y no me pres­ta­ba la menor aten­ción. (Hatroz) (2025)

CUMPLEAÑOS

Sí. Hoy cum­plo 67 años. Es una ver­da­de­ra proeza. He con­se­gui­do evi­tar los acci­den­tes de trá­fi­co, no con­duz­co, los sopon­cios aní­mi­cos naci­dos en el aula, las eter­nas pan­de­mias, las ganas de man­dar todo a paseo y lograr que una per­so­na, a la que yo no conoz­co, entien­da mi for­ma de vida, tan ale­ja­da de Phi­leas Fogg, icono de los via­jes lite­ra­rios, o del legen­da­rio Mar­co Polo pasean­do por Mon­go­lia y Chi­na. 

Aho­ra me toca la recom­pen­sa. ¡La edad dora­da! Debo tener cui­da­do por­que últi­ma­men­te te ven­den como oro lo que es sim­ple cobre pin­ta­do. Si el oro habla dema­sia­do, es que está min­tien­do.

La socie­dad te ofre­ce un tra­to inme­jo­ra­ble:

―José María, has sobre­vi­vi­do a las durí­si­mas cri­sis, a las bur­las más hirien­tes y a las modas que todos con­si­de­rá­ba­mos absur­das. Has supe­ra­do la crian­za de niños, que no los has teni­do. Que yo sepa, me dices sar­cás­ti­ca­men­te. Aho­ra te mere­ces un des­can­so.

No me quie­ro olvi­dar de lo can­sa­do que estoy. He encar­ga­do en Ama­zon, el ase­sino del comer­cio de barrio, al que todos recu­rri­mos, unas tar­je­tas con mi nom­bre com­ple­to y con el sobre­nom­bre de «exper­to en fati­ga cró­ni­ca». Este remo­que­te me lo puso un cama­re­ro des­pués de obser­var­me comer un crois­sant a la plan­cha.

Ya no me can­so por hacer algo, me can­so por el sim­ple hecho de exis­tir. Es un ago­ta­mien­to meta­fí­si­co, casi filo­só­fi­co. Aún me acuer­do de cuan­do sufría unas pun­zan­tes agu­je­tas por ir al gim­na­sio o por nadar tor­pe­men­te. Pues aho­ra, ade­más, me dan por ir a la coci­na a por una sim­ple galle­ta.

Y aquí ten­go a mi Néme­sis par­ti­cu­lar, esa dio­sa de la ven­gan­za que es, según los grie­gos, la eje­cu­to­ra de la jus­ti­cia divi­na, por enci­ma de la huma­na. Es una men­sa­je­ra divi­na que ata­ca en nom­bre de las dei­da­des a los cul­pa­bles de sober­bia y alti­vez y a los trans­gre­so­res de la ley. Su actua­ción tie­ne como obje­ti­vo dejar­nos meri­dia­na­men­te cla­ro a los mor­ta­les que, pre­ci­sa­men­te por ser­lo, debe­mos aban­do­nar la espe­ran­za de ser muy afor­tu­na­dos para no rom­per el equi­li­brio uni­ver­sal. Nada de espe­rar gran­des recom­pen­sas. Aun­que sea tu cum­plea­ños.

Como ejem­plo de lo ante­rior, el móvil, antes una herra­mien­ta muy útil, se ha trans­for­ma­do en mi Néme­sis par­ti­cu­lar. No pue­do espe­rar la satis­fac­ción de mane­jar­lo correc­ta­men­te algún día. La pan­ta­lla pare­ce hecha para los pul­ga­res de Pul­gar­ci­to, y los ico­nos, si no los tie­nes en modo «gigan­te para cie­gos», son invi­si­bles. Lo pier­do en casa cons­tan­te­men­te. Enton­ces, me lla­mo des­de el fijo y, cuan­do lo loca­li­zo, me sor­pren­de, como si fue­ra un tru­co de Juan Tama­riz, que ten­ga una lla­ma­da per­di­da. ¿Quién me habrá lla­ma­do? Man­dar un men­sa­je o un gua­sap se ha con­ver­ti­do en una odi­sea, si no de diez años, sí de una hora tran­qui­la­men­te. Y el rema­te de «satis­fac­ción» se pro­du­ce cuan­do me envían como res­pues­ta un emo­ti­cono enano.

Joder, lo que quie­ro es escri­bir y que me escri­ban. Y yo, con la mis­ma pacien­cia, me digo si no sería más fácil vol­ver a las car­tas de papel. En este pun­to te das cuen­ta de que entre los fer­vien­tes ado­ra­do­res de los emo­ti­co­nos y yo hay una dis­tan­cia mayor que la fosa de las Maria­nas.

Mi cuer­po ya no es mi ami­go. Es un inqui­lino con el que ten­go que nego­ciar a dia­rio. La espal­da me pide el divor­cio cada vez que me aga­cho. Las rodi­llas, que antes me lle­va­ban a correr, aho­ra me recuer­dan que su úni­co pro­pó­si­to en la vida es cru­jir. Y si habla­mos de las pas­ti­llas… ¡Bien­ve­ni­do a la far­ma­cia en casa! Una para el coles­te­rol, otra para la ten­sión, otra para los hue­sos… Al final del día, pare­ce que me he comi­do un estan­te de una far­ma­cia. Es como un coc­tel de bien­es­tar quí­mi­co.

El olvi­do se ha vuel­to mi mejor com­pa­ñe­ro. El can­san­cio que me gene­ra es abis­mal. No recuer­do dón­de he deja­do las lla­ves, el nom­bre de ese actor que me encan­ta o la rece­ta de la tor­ti­lla fran­ce­sa que lle­vo hacien­do 40 años. Pero, curio­sa­men­te, me acuer­do de la letra de una can­ción de los años 80 que no escu­cho des­de hace cua­tro déca­das. Y, por si fue­ra poco, ten­go ese super­po­der de «cuan­do yo era joven…», que me per­mi­te dar lec­cio­nes de vida a todo el que me rodea. Por­que, cla­ro, en mi épo­ca, la vida era en blan­co y negro y no había inter­net, lo que me hace auto­má­ti­ca­men­te más sabio y más racio­nal.

Así que, me auto­fe­li­ci­to, levan­to mi copa (con cui­da­do, que me pue­de dar un calam­bre) y cele­bro jun­to a mi her­ma­na mis 67 años. Acep­to que mi vida aho­ra es una tra­gi­co­me­dia, y que el mejor plan para el día de hoy es ver un lar­go docu­men­tal sobre la vida de un pája­ro que per­ma­ne­ce ocho horas en el cablea­do de la carre­te­ra Madrid―Compostela. Me que­da­ré dor­mi­do en mi buta­cón y lo ten­dré que rebo­bi­nar mil veces. A las nue­ve, cena en el sofá y a las diez direc­to a la cama para levan­tar­me a las cin­co para una nue­va eta­pa de vida sana. ¿Hay algún dato más que me indi­que que el paso del tiem­po se ha con­ver­ti­do en una iro­nía para mí?

(Per­do­na si encuen­tras algún error. Lo aca­bo de escri­bir dor­mi­do). (A la som­bra del ver­bo) (1995–2025)

INSOMNIO

Hay noches que no son noches, sino cár­ce­les.

El hom­bre está acos­ta­do, pero no des­can­sa. La cama es un cam­po de bata­lla don­de lucha con­tra el sue­ño que no lle­ga, con­tra los pen­sa­mien­tos que no callan, con­tra el cuer­po que se nie­ga a hun­dir­se en la cal­ma. Y gri­ta. No con pala­bras, sino con el pecho, con las manos, con los ojos abier­tos en la oscu­ri­dad. Gri­ta por­que el silen­cio pesa, por­que cada minu­to es una heri­da, por­que la luna no res­pon­de.

Toda la casa duer­me, pero él no. Él es el úni­co ser des­pier­to en un mun­do que se ha apa­ga­do. Sien­te que la noche lo inte­rro­ga, que el reloj se bur­la, que los lien­zos de la pared le devuel­ven mira­das que no quie­re ver. Y gri­ta. Gri­ta por­que está can­sa­do de con­tar ove­jas que nun­ca sal­tan, de rezar a dio­ses que no escu­chan, de bus­car posi­cio­nes impo­si­bles que no con­du­cen al des­can­so.

El insom­nio no es solo ausen­cia de sue­ño: es pre­sen­cia de todo lo demás. Es recor­dar lo que no se quie­re recor­dar, es desear lo que no se pue­de tener, es temer lo que no se sabe nom­brar. Y mien­tras la ciu­dad duer­me, él cami­na por la habi­ta­ción como un náu­fra­go, como un ani­mal heri­do, como un niño sin rega­zo. Gri­ta, aun­que nadie lo escu­che. Por­que el gri­to es la úni­ca for­ma de decir: «Estoy aquí. No pue­do más. Ayu­dad­me a olvi­dar que estoy des­pier­to».

Y cuan­do por fin ama­ne­ce, no sabe si fue noche o cas­ti­go. Solo sabe que algo en él se ha roto, que la luz no cura, que el día será lar­go. Y que, cuan­do vuel­va la noche, vol­ve­rá el gri­to. Más bajo, más hon­do, más suyo. (Ver­sos que no dije en voz alta) (1995–2025)

EL PROFESOR QUE NUNCA TUVO BARBA

(Fecha y hora del ini­cio de este tex­to: Domin­go 10 de agos­to de 2025 a las 5 horas 25 minu­tos de la tar­de) 

En la real villa de Plu­ma­re­jo del Tin­te­ro, en la anti­gua pro­vin­cia de Letra­mar, la con­ce­ja­lía de Incul­tu­ra y Des­pro­pó­si­tos varios, cuya prio­ri­dad era que todos los car­te­les públi­cos tuvie­ran al menos tres fal­tas de orto­gra­fía, orga­ni­zó, cuan­do nin­guno de sus habi­tan­tes sabía ni leer ni escri­bir, la «Sema­na del Des­co­no­ci­mien­to lite­ra­rio». La char­la prin­ci­pal, pre­ce­di­da de un con­cur­so lite­ra­rio al que nadie con­cu­rrió, ver­só sobre «Cómo olvi­dar lo que nun­ca apren­dis­te en la escue­la».

El escri­tor del que voy a hablar envió un tex­to para que no lo leye­ra nadie, pues, como he dicho antes, nin­guno de sus habi­tan­tes sabía leer ni escri­bir. El ile­tra­do alcal­de, ante tal dile­ma, lo tiró a la «pape­le­ra de los des­pro­pó­si­tos e inuti­li­da­des muni­ci­pa­les». Esta­ba reple­ta de docu­men­tos por­que nadie la vacia­ba. No sabían que había que hacer­lo. El encar­ga­do a dedo de tal tarea fue el maes­tro «Ver­so­lin­do», que hacía un qui­jo­tes­co escru­ti­nio de todo lo dese­cha­do. De este modo, a Dios gra­cias, des­cu­brió el siguien­te tex­to que alguien copió a mano y me lo envió hace unos días.

Ima­gi­na a Don José María Máiz Togo­res, más cono­ci­do por «el pro­fe de las Comas, de los Acen­tos y de los Pun­tos». Lo bau­ti­za­ron con este nom­bre tan lar­go como refle­jo de su pasión por las subor­di­na­das que nadie enten­día. Es un pro­fe­sor de Len­gua espa­ño­la jubi­la­do que vive en un piso don­de los dic­cio­na­rios se api­lan como muros de for­ta­le­za medie­val, des­de El Teso­ro de Sebas­tián de Cova­rru­bias del siglo XVII, pasan­do por el DRAE de 1780 has­ta un sin­fín de glo­sa­rios de argot juve­nil de los siglos XX y XXI.

Como se nega­ba a lla­mar a los elec­tro­do­més­ti­cos por sus nom­bres ori­gi­na­les, hizo, el últi­mo día de cla­se, un con­cur­so para fomen­tar una ori­gi­nal deno­mi­na­ción de los elec­tro­do­més­ti­cos case­ros. La alum­na más ave­za­da, y úni­ca par­ti­ci­pan­te, le pro­pu­so que los deno­mi­na­ra así: a la neve­ra, arca fri­go­rí­fi­ca; a la lava­do­ra, tam­bor de ablu­cio­nes tex­ti­les y al micro­on­das, horno de irra­dia­ción bre­ve. El pre­mio que reci­bió esta joven fue un libro aún no edi­ta­do: Dic­cio­na­rio Ilus­tra­do de la Len­gua Des­ba­ra­ta­da, una edi­ción apó­cri­fa, no ava­la­da por nin­gu­na aca­de­mia seria.

Este hom­bre, en sus orí­ge­nes, cuan­do escri­bía, nun­ca usa­ba orde­na­dor. No exis­tía. Pre­fe­ría una máqui­na de escri­bir Oli­vet­ti Let­te­ra 32 del año 1968, con la cin­ta ya des­vaí­da, para «que las pala­bras suden tin­ta».

Como cos­tum­bre dia­ria, y no la aban­do­na, corri­ge men­tal­men­te los menús o los rótu­los de los bares del barrio. No es «uso esclu­si­vo de clien­te» sino «uso exclu­si­vo de los clien­tes». No le hacen el menor caso, pero él se cree un vic­to­rio­so Cid camino de Valen­cia.

En una reu­nión, al ver y al escu­char al nie­to de un fami­liar lejano, mani­fes­tó muy orgu­llo­so su diag­nós­ti­co lin­güís­ti­co: «Está en la fase más deli­cio­sa de la len­gua: la glo­so­la­lia pre­ar­ti­cu­lar». Todos se que­da­ron en silen­cio. Su cuña­do le pre­gun­tó si eso sig­ni­fi­ca­ba que el niño habla­ba. Él res­pon­dió con más serie­dad si cabe: «Aún no, pero sus bal­bu­ceos son un poe­ma foné­ti­co en esta­do embrio­na­rio».

Nues­tro bar­bi­lam­pi­ño lle­va déca­das escri­bien­do tex­tos y tex­tos que nadie lee, ni siquie­ra él, por­que pre­fie­re corre­gir­los has­ta el pun­to de borrar el tema por com­ple­to. Los escri­be. Los archi­va. Los eli­mi­na. Tras un paté­ti­co arre­pen­ti­mien­to, dedi­ca horas y horas a recu­pe­rar­los. No lo logra. Pero esto no impi­de que vuel­va a caer en el mis­mo pro­ce­so como un imbé­cil. El hom­bre es el úni­co ani­mal que tro­pie­za dos veces en la mis­ma pie­dra y des­pués exi­ge que la pie­dra se dis­cul­pe.

Ves­tía cha­que­tas de cor­te moderno sesen­te­ro que ha deja­do de usar­las por­que olían a tiza, a tin­ta y a llu­via, por su ori­gen galle­go. No las lle­va­ba al tin­te por­que no sopor­ta­ba que unas manos aje­nas a sus acti­vi­da­des las mano­sea­ran y les qui­ta­ran esa ins­pi­ra­ción de madru­ga­da que era, para él, como la fuen­te Cas­ta­lia de los grie­gos.

Aún hoy, ya jubi­la­do, en su ambien­te fami­liar, man­tie­ne la cos­tum­bre de hablar en voz alta con las til­des, como si fue­ran veci­nas de toda la vida. Los que lo cono­cen no saben el ori­gen de tal pro­ce­der. Lo han lle­va­do al médi­co en diver­sas oca­sio­nes, pero lo úni­co que ha logra­do es un sin­fín de car­ca­ja­das, debi­da­men­te corre­gi­das en su pro­nun­cia­ción y sono­ri­dad.

La apli­ca­ción de su móvil que usa como cua­derno de notas está lle­na de fra­ses que empie­zan con el ori­gi­nal «Éra­se una vez…» y ter­mi­nan en pun­tos sus­pen­si­vos, por­que dice que la vida, como la gra­má­ti­ca, siem­pre deja algo pen­dien­te.

En los cafés lo con­fun­den con un excén­tri­co ino­fen­si­vo por­que relle­na esa vie­ja apli­ca­ción con mil ideas o mil nom­bres que espe­ra que no mue­ran, pero que tam­po­co las mima. Al can­sa­do cama­re­ro le pre­gun­tó un día si le pare­cía bien la siguien­te fra­se de influen­cia dali­nia­na: «Mi men­te es un carru­sel de relo­jes derre­ti­dos giran­do en mitad del desier­to». Su mira­da sin pala­bras fue elo­cuen­te: «este tío está zum­bao».

Se le da muy bien con­ju­gar ver­bos inexis­ten­tes como: zam­bro­ñar (Sumer­gir­se en un sofá has­ta casi des­apa­re­cer), des­mo­near (Qui­tar­le la gra­cia a algo que antes hacía reír); y su pre­fe­ri­do: escri­bu­jear (Escri­bir y dibu­jar a la vez sin que que­de cla­ro qué es qué). Siem­pre se atas­ca en el pre­té­ri­to per­fec­to sim­ple del futu­ro de sub­jun­ti­vo, que no exis­te. Pero él sigue insis­tien­do.

Cree que sus manus­cri­tos serán des­cu­bier­tos den­tro de dos siglos por arqueó­lo­gos lite­ra­rios, quie­nes, des­con­cer­ta­dos, se pre­gun­ta­rán por qué todas sus his­to­rias inclu­yen al menos un zapa­to huér­fano y una metá­fo­ra sobre la til­de de la i. Habla de los clá­si­cos como si fue­ran com­pa­ñe­ros de escue­la, y cada vez que oye la pala­bra «influen­cer» se per­sig­na con el dic­cio­na­rio de la Real Aca­de­mia.

Este es el pro­fe­sor que nun­ca tuvo bar­ba. (A la som­bra del ver­bo) (1995–2025)

(Fecha y hora de con­clu­sión de este tex­to: mar­tes 12 de agos­to de 2025 a las 9 horas 5 minu­tos de la maña­na).

DOÑA ERNESTINA «LA GENERALA»

No hay fami­lia que no pre­su­ma, si quie­re hacer­lo, de que alguno de sus ante­pa­sa­dos par­ti­ci­pa­ra en deter­mi­na­dos con­flic­tos religioso―políticos o para­cul­tu­ra­les. Todos, cuan­do mira­mos hacia nues­tros ances­tros, ima­gi­na­mos a alguno de ellos, para eso están las leyen­das fami­lia­res, bien cons­pi­ran­do en algún cenácu­lo de cor­te liber­ta­rio, bien sabién­do­se pri­vi­le­gia­do obser­va­dor de las intri­gas más emi­nen­tes de la vida cul­tu­ral de la ciu­dad o pue­blo en el cual le tocó en gra­cia vivir. En estas cir­cuns­tan­cias, yo ten­go que hablar de doña Ernes­ti­na «la Gene­ra­la», mujer de armas tomar, que fue, duran­te unos cuan­tos años, el figu­rón más des­ta­ca­do de la pro­vin­cia­na, por enton­ces, Com­pos­te­la. Para hablar de esta mujer nos tene­mos que situar en los últi­mos años de Isa­bel II y en los cono­ci­dos tiem­pos de la Glo­rio­sa. (Isa­bel II, rei­na de Espa­ña (Madrid, 1830―París, 1904), hija de Fer­nan­do VII. Bajo su rei­na­do sufrió el 18 de sep­tiem­bre de 1868, por sus velei­da­des con los pode­res más reac­cio­na­rios, la revo­lu­ción deno­mi­na­da la Glo­rio­sa, por lo que tuvo que ins­ta­lar­se en París. Des­pués de varios inten­tos para for­zar su res­tau­ra­ción, abdi­có en su hijo Alfon­so el 25 de junio de 1870).

Esta mujer nació, vivió y murió en la casa más boni­ta y her­mo­sa de la rúa Nova com­pos­te­la­na: sopor­tal de tres arcos, cua­tro luces, una facha­da de una pie­dra labra­da pri­mo­ro­sa­men­te y, para fina­li­zar, una esca­le­ra majes­tuo­sa y seño­rial. En el fren­te de la casa, cua­tro impo­nen­tes escu­dos enta­lla­dos en el siglo XVIII, tiem­po en el que se eri­gió la aris­to­crá­ti­ca casa. Doña Ernes­ti­na resu­mía en su san­gre todas las vici­si­tu­des de la noble­za galle­ga: riva­li­da­des feu­da­les, ren­co­res fami­lia­res, odios here­da­dos e incom­pren­sio­nes de cual­quier cla­se, que se resol­vie­ron cuan­do sus padres se casa­ron, dicen que para hacer las paces de un plei­to secu­lar que afec­ta­ba a las dos fami­lias.

―De nacer hom­bre, sería un glo­rio­so mili­tar, afir­ma­ba ella mis­ma extra­ñan­do el «bigo­ta­zo» que ten­dría en la dicha cir­cuns­tan­cia.

Pero como no fue así, tuvo que con­for­mar­se con mon­tar unas terri­bles y des­co­mu­na­les peleas en su entorno. Cier­to es que de todas siem­pre salía ella como gran triun­fa­do­ra. Esta­ba en una edad en la cual dis­fru­ta­ba de cada éxi­to obte­ni­do y se bur­la­ba con obs­ce­ni­dad de la per­so­na que había sufri­do la humi­lla­ción. Por des­gra­cia para ella, aun­que muchos lo duda­ron en San­tia­go, su mari­do y su hija murie­ron muy pron­to. El vacío que deja­ban en casa era sig­ni­fi­ca­ti­vo, pero, como las dotes de man­do eran inago­ta­bles, con­ser­vó en su casa los mis­mos sir­vien­tes que cuan­do eran tres los habi­tan­tes de la mis­ma.

―Yugo y vara, es mi lema con esta chus­ma; aren­ga­ba a su hija cuan­do era muy peque­ña y veía en cier­nes una exce­len­te gene­ra­la. Su inten­ción era pre­cla­ra: no debía ale­jar­se lo más míni­mo del camino rec­to y dere­cho de la estric­ta rec­ti­tud moral y emo­cio­nal. Como en un prin­ci­pio sus dotes dic­ta­to­ria­les no salían del ámbi­to domés­ti­co, el ser­vi­cio, como decía ella, esta­ba har­to de sus amo­nes­ta­cio­nes y ser­mo­nes, pron­to se con­ven­ció, para ale­gría de sus sir­vien­tas, de que debía pro­yec­tar sus decre­tos de lim­pie­za éti­ca en algu­na otra face­ta de la vida de su ciu­dad.

―¡No se pue­de tirar por la bor­da una capa­ci­dad como la mía! Si me deja­ran, yo los mete­ría en cin­tu­ra a la voz de ya y les pon­dría unas bue­nas y rígi­das cin­chas a esta mana­da de ateos opor­tu­nis­tas y libre­pen­sa­do­res. Pen­só que el terreno religioso―social era el más apro­pia­do. De ahí que fun­dó y, ¡cómo no!, pre­si­dió duran­te años la «Aso­cia­ción de damas car­lis­tas». No con­for­me con esto, se hizo car­go de la direc­ción de las sie­te cofra­días más impor­tan­tes de la ciu­dad; por lo cual su poder iba des­de la pro­vi­sión de una canon­jía vacan­te has­ta colo­car cuan­do ella que­ría a las jóve­nes de la zona de Riba­da­via en casas cono­ci­das y de bue­na fama. (Riba­da­via: loca­li­dad a 25 kiló­me­tros de San­tia­go, en la pro­vin­cia de Ouren­se. Capi­tal de la región viní­co­la del Ribei­ro. El últi­mo sába­do de agos­to se cele­bra en esta loca­li­dad la Fies­ta de la His­to­ria. Decla­ra­da de Inte­rés Turís­ti­co Nacio­nal. Por un día, la loca­li­dad se sumer­ge en la Edad Media vis­tien­do cómo se ves­tía en la épo­ca y repre­sen­tan­do la his­to­ria de la loca­li­dad, anti­gua capi­tal del Rei­no de Gali­cia por un día. La mone­da ofi­cial uti­li­za­da es el mara­be­dí. Es de visi­ta obli­ga­da el cas­ti­llo de los Con­des de Sar­mien­to, cons­trui­do en el siglo XV). De esta for­ma tan huma­na, se garan­ti­za­ba dis­fru­tar de la infor­ma­ción más secre­ta y pudo­ro­sa de sus con­ve­ci­nos, que tan­tos gol­pes de pecho se daban en la pró­xi­ma igle­sia de San­ta María Salo­mé. Esos cono­ci­mien­tos de la vida per­so­nal eran un pun­zan­te y letal agui­jón que cla­va­ba ella en la repu­tación del pai­sano que osa­ra man­ci­llar su lim­pio nom­bre o poner en entre­di­cho su auto­ri­dad. Con un sólo ges­to, ella con­fir­ma­ba o bien tira­ba por tie­rra cual­quier «run­rún» que se expan­die­ra por la ciu­dad sin su sagra­do con­sen­ti­mien­to.

―¡Quien con­tro­la la inti­mi­dad del vecino, tie­ne la sar­tén por el man­go! Si sabes cómo se com­por­ta en lo per­so­nal, lo podrás des­nu­dar sin pie­dad en públi­co y mos­tra­ba una sucia den­ta­du­ra, peni­ten­cia que debía sopor­tar, decía ella, por un liviano y irre­fle­xi­vo error de juven­tud. No que­ría pisar ni por aso­mo la con­sul­ta del doc­tor Men­des, por­que decía que podría poner en prác­ti­ca algún rito ocul­to para disol­ver su pro­ver­bial pode­río, ya que lo vie­ron ―sic― pro­ce­sio­nan­do con la noc­tur­na San­ta Com­pa­ña, leyen­da que con­sis­te en la apa­ri­ción de una fila de enca­pu­cha­dos fan­tas­ma­les cuya fun­ción no es otra que la de visi­tar o poner en avi­so de una futu­ra defun­ción. 

La asis­ten­cia o no invi­ta­ción a sus bai­les anua­les supo­nían el empe­llón defi­ni­ti­vo o la pos­ter­ga­ción más abso­lu­ta de una fami­lia en sus cla­ros deseos de inte­gra­ción social. Tenía la potes­tad de hacer y des­ha­cer noviaz­gos, siem­pre pen­san­do en el buen deco­ro de la res­pe­tuo­sa ciu­dad. Muchas jóve­nes que, por su cul­pa, que­da­ron para ves­tir san­tos, la detes­ta­ban con asco y des­pre­cio. Eso sí, siem­pre en silen­cio.

―Y se me detes­táis, haced­lo con la pala­bra del mudo, guar­dan­do vues­tra ira en vues­tras entra­ñas y en abso­lu­to silen­cio, como hago yo con mis almo­rroi­des, nom­bre inven­ta­do por ella para desig­nar la majes­tuo­sa y solem­ne dolen­cia que sufría des­de la ado­les­cen­cia. Mis tías cuen­tan que sus inter­ven­cio­nes en las fies­tas del casino de San­tia­go, rom­pien­do pare­jas de bai­le, hicie­ron épo­ca. Tam­bién se empleó a fon­do en la cen­su­ra de estre­nos tea­tra­les, pues ella pen­sa­ba que era la per­so­na idó­nea para deci­dir qué obra se ponía en car­tel y cuál no. Por ejem­plo, Don Álva­ro o la fuer­za del sino del Duque de Rivas no se repre­sen­tó en Com­pos­te­la gra­cias a ella. (Don Álva­ro o la fuer­za del sino de Ángel Saa­ve­dra, duque de Rivas (1835), el gran dra­ma román­ti­co espa­ñol. En rela­ción a Don Juan Teno­rio de José Zorri­lla se podría apli­car el siguien­te dicho galle­go: el río Sil lle­va el agua y el Miño, la fama). Había que ver­la cómo alar­deó de su gran haza­ña duran­te meses en los múl­ti­ples con­fe­sio­na­rios de la cate­dral has­ta que un sacer­do­te recién lle­ga­do le dijo que mos­tra­ra algo de humil­dad, cali­dad que no cono­cía en abso­lu­to.

Has­ta que un día se equi­vo­có gra­ve­men­te. Inten­tó cen­su­rar la ópe­ra La Tra­via­ta de Gui­sep­pe Ver­di basa­da, según ella, en la inmo­ral y licen­cio­sa La dama de las came­lias de Ale­jan­dro Dumas. (Ale­jan­dro Dumas (hijo) narra en su nove­la La dama de las came­lias (1848) la his­to­ria de Mar­ga­ri­ta Gau­tier, una cor­te­sa­na del París deci­mo­nó­ni­co, que se sien­te redi­mi­da de su pasa­do por el ver­da­de­ro amor que le pro­fe­sa Arman­do Duval, un nue­vo miem­bro de la alta bur­gue­sía pro­vin­cia­na, y deci­de reti­rar­se con este últi­mo al cam­po. Gau­tier espe­ra dis­fru­tar del amor ver­da­de­ro duran­te los últi­mos días de su vida, ya que no con­si­de­ra la posi­bi­li­dad de poder supe­rar la terri­ble tubercu­losis que la afec­ta). En esta oca­sión lan­zó todos sus pode­ro­sos e influ­yen­tes ten­tácu­los sobre el empre­sa­rio del tea­tro, los acto­res, el arzo­bis­po y demás auto­ri­da­des y fuer­zas vivas de la villa. Pero nada. La obra se repre­sen­tó varias veces y siem­pre a tea­tro lleno. No con­si­guió prohi­bir­la. Fra­ca­só estre­pi­to­sa­men­te. Sumer­gi­da en una ver­gon­zo­sa humi­lla­ción, deci­dió ale­jar­se del ambien­te social a su pazo de Riba­da­via, en una espe­cie de mal enten­di­do exi­lio inte­rior volun­ta­rio.

―Así me lo pagan estos cafres incul­tos e igno­ran­tes, devo­tos del más per­ver­so de los dio­ses del cenácu­lo romano. Ya me echa­rán de menos y me ven­drán a llo­rar. Enton­ces, los pon­dré la cada uno de ellos en su sitio. ¡Por estas y por Dios ben­di­to!, blas­fe­ma­ba a cada vez más repo­lu­da mujer.

Pero nada de eso ocu­rrió. Todo el con­tra­rio. La villa cre­ció en muy valo­ra­da liber­tad y cara­llu­do jol­go­rio. Débil y muy enfer­ma, regre­só poco antes de morir a su casa de la rúa Nova. Que­ría morir como una seño­ra, en la ciu­dad que la vio nacer, y no en un pue­bli­to de mala muer­te, como deno­mi­na­ba ella a la his­tó­ri­ca Riba­da­via. O sería, lo más lógi­co según ella, para que todos los estó­ma­gos agra­de­ci­dos de Com­pos­te­la asis­tie­ran a su entie­rro y la recon­for­ta­ran en su muer­te, hecho que no supie­ron hacer en vida.

Duran­te muchos años se habló en la ciu­dad de la fas­tuo­si­dad del cor­te­jo que reco­rrió el tra­yec­to que sepa­ra la anti­gua rúa do Bico Novo del cemen­te­rio del Rosa­rio. Lle­vó mucha gen­te de Dios. Así mani­fes­ta­ban algu­nos com­pos­te­la­nos de pro el tumul­to con­gre­ga­do. Las len­guas vene­no­sas, que, como las mei­gas, haber­las las hay, decían y con­ta­ban que la mayo­ría de los asis­ten­tes se acer­có al cam­po­san­to para com­pro­bar in situ que esta mujer esta­ba muer­ta y bien muer­ta. Mis tías hablan de que cómo les con­ta­ron dete­ni­da­men­te que uno de los con­cu­rren­tes a su inhu­ma­ción lo hizo por tal moti­vo, así lo cer­ti­fi­có públi­ca­men­te en el casino cuan­do fue reque­ri­do para tal hecho. Las dudas sobre su ver­da­de­ra des­apa­ri­ción latían en los pechos de los más incré­du­los y blas­fe­mos agnós­ti­cos. Has­ta, ase­ve­ran, que se lo hicie­ron jurar por la fe de los peca­do­res ―sic―.

―Bicho malo nun­ca mue­re, mur­mu­ra­ba muy bajo uno de los veci­nos más beli­ge­ran­tes en la juven­tud de la Gene­ra­la.

―Al muer­to que no está pre­sen­te, la vela no se le encien­de; sen­ten­ció un buen hom­bre que por­ta­ba un grano cirio en su mano dere­cha para que lo pusie­ra al pie de la sepul­tu­ra por orden expre­sa de su devo­ta y corre­li­gio­na­ria espo­sa y de ese modo cer­ti­fi­car su muer­te ¡Qué por mí…!

―No hay cosa peor que un muer­to vivo, cul­mi­nó el más exper­to y ague­rri­do de los ente­rra­do­res del cemen­te­rio, mien­tras echa­ba sin des­can­so palas y palas de tie­rra sobre el fére­tro de doña Ernes­ti­na. La incré­du­la gen­te aban­do­nó el lugar cuan­do los sepul­tu­re­ros die­ron por fina­li­za­do su «san­to tra­ba­jo» y pudie­ron com­pro­bar que allí, sobre el fére­tro de la Gene­ra­la, había más tie­rra que la extraí­da de las minas de Alma­dén. A muller que morre­ra onte / dei­xou moi­to cal­do na pota, / coma­mos, ami­gos, coma­mos, / non sexa o demo que vol­va.

 

 

 

ENZO

Enzo es un hom­bre naci­do en Flo­ren­cia, la cuna del Rena­ci­mien­to. Esa ciu­dad con un entorno natu­ral en la región de la Tos­ca­na, que es sim­ple­men­te espec­ta­cu­lar.

Enzo lle­gó a Madrid en la déca­da de los noven­ta, el Madrid de la pelí­cu­la His­to­rias del Kro­nen (1995) que refle­ja una juven­tud hedo­nis­ta, des­inhi­bi­da y con un tras­fon­do de rebel­día y nihi­lis­mo.

Enzo per­so­ni­fi­ca aho­ra una madu­rez infan­ti­li­za­da con un toque de encan­to atem­po­ral. Su cabe­llo, aho­ra sal­pi­ca­do de canas que se mez­clan con su color ori­gi­nal, le da una dis­tin­ción natu­ral. Las arru­gas alre­de­dor de sus ojos son el mapa de una vida lle­na de risas, preo­cu­pa­cio­nes y momen­tos inol­vi­da­bles, y su son­ri­sa fran­ca reve­la una cali­dez genui­na. Cuan­do va a tra­ba­jar se vis­te con un esti­lo clá­si­co y pul­cro, valo­ran­do la cali­dad de las telas y el buen cor­te. Aun­que se mue­ve como un madri­le­ño más, sus genes ita­lia­nos aflo­ran en una ele­gan­cia inna­ta.

Enzo entra cie­go de furia en su dor­mi­to­rio y cie­rra la puer­ta tras de sí. El caos que se obser­va es sím­bo­lo de una épo­ca pre­si­di­da por una abso­lu­ta anar­quía de sen­ti­mien­tos y reali­da­des. En su cara, la fuer­za de Red Butler en Lo que el vien­to se lle­vó, la quí­mi­ca can­den­te y explo­si­va de Paul New­man en La gata sobre el teja­do de zinc calien­te y la deca­den­te madu­rez de Al Pacino en La som­bra del actor.

Con­for­ma un con­jun­to armó­ni­co y alta­men­te atrac­ti­vo. «El que tuvo retu­vo», ha apren­di­do a decir cuan­do los ami­gos des­ta­can esa deca­den­cia cada vez más plau­si­ble. En su inte­rior, él lo sabe; pero a los cin­cuen­ta años no pue­de dar la razón a los envi­dio­sos que lo ace­chan como tibu­ro­nes blan­cos. Lo inten­ta explo­tar en poquí­si­mas oca­sio­nes, y, cuan­do obser­va que el éxi­to está ase­gu­ra­do, pone en acción esa fin­gi­da actua­ción que des­com­po­ne a las muje­res y que es muy codi­cia­da, por los que se lla­man sus ami­gos.

Tras unos minu­tos de abso­lu­to silen­cio, sólo vul­ne­ra­do por el ace­le­ra­do rit­mo de su con­vul­sa res­pi­ra­ción, apo­ya su rec­ti­lí­nea y seño­rial espal­da en un impe­rial espe­jo de pared que, colo­ca­do en un late­ral de la habi­ta­ción, con­vi­da a cual­quie­ra a poner­se delan­te de él y a rea­li­zar un por­me­no­ri­za­do examen visual. Alguno de sus ami­gos lo evi­ta astu­ta­men­te, por no caer en la cruel­dad del pre­sen­te: el dete­rio­ro de los años que cabal­gan des­bo­ca­dos por toda la geo­gra­fía huma­na.

Los múscu­los de la man­dí­bu­la se mar­can con gene­ro­si­dad en un per­fil que él cada vez sopor­ta menos. Estoy enve­je­cien­do a toda velo­ci­dad, se lamen­ta al obser­var las oje­ras que mar­can la par­te infe­rior de los ojos y las famo­sas patas de gallo, cono­ci­das por él como «zam­pe di galli­na».

Con todo, el frío del cris­tal lo obli­ga, invo­lun­ta­ria­men­te, a recom­po­ner un poco su ges­to y lan­za un sus­pi­ro que deja entre­ver un pro­fun­do sen­ti­mien­to de angus­tia, ese calam­bre que no sabe mane­jar des­de la ado­les­cen­cia.

Esta situa­ción no hay quien la aguan­te. Maña­na man­do todo a la mier­da: con­tra­tos, reunio­nes… Como dice mi psi­quia­tra, ciru­gía, Enzo, ciru­gía.

Poco a poco se va des­vis­tien­do y colo­can­do con sumo cui­da­do sobre una silla de cao­ba ―paso inter­me­dio del lugar defi­ni­ti­vo, el galán de noche―, rega­lo de su madre, cada una de las pie­zas de las que se va des­ha­cien­do. El ritual es el mis­mo todas las noches. Pri­me­ra­men­te, aquí, la ame­ri­ca­na y los zapa­tos, estos, ultra­lim­pios; pos­te­rior­men­te, allí, colo­ca todo lo que lle­va en los bol­si­llos del pan­ta­lón en un vacía­bol­si­llos; y, para ter­mi­nar, el pan­ta­lón, la cor­ba­ta y la cami­sa rema­tan la fae­na. Él mis­mo no entien­de el cui­da­do que tie­ne con la cami­sa cuan­do sabe que va a ir direc­ta a la lava­do­ra.

El aspec­to, refle­ja­do en el espe­jo, le pro­du­ce una náu­sea emo­cio­nal. Las lor­zas se han hecho impe­ria­les en la cin­tu­ra y, como le dice a un com­pa­ñe­ro de tra­ba­jo, «con estas mamas, estoy bara­jan­do la posi­bi­li­dad de ofre­cer­me como nodri­za o ama de crian­za». Antes, el bóxer le bor­dea­ba la cin­tu­ra con una hol­gu­ra per­fec­ta­men­te estu­dia­da; aho­ra, la goma pasa des­aper­ci­bi­da por­que la cubre un col­gan­te de gra­sa que le cir­cun­da sin nin­gu­na ele­gan­cia.

¡Qué insu­fri­ble ruti­na! Sin moti­vo jus­ti­fi­ca­do, aun­que él lo sabe y lo denos­ta con­cien­zu­da­men­te, se tum­ba en el sofá del salón, con el bóxer y los cal­ce­ti­nes, sus últi­mos com­pa­ñe­ros de piel, hoy muy entu­me­ci­da por el inten­so frío que hace en la calle.

Su ros­tro deno­ta can­san­cio y fal­ta de vita­li­dad; sus ojos, un exce­so de tra­ba­jo ante el orde­na­dor, y sus manos, iner­tes y año­ran­tes de las que lucía cuan­do tenía vein­te años, un pasar de los años que le obli­gan a mirar de un modo inso­len­te a su hija Lau­ra, una loza­na man­za­na de piel ter­sa y bri­llan­te.

Repo­sa miran­do al infi­ni­to y escu­chan­do el bur­bu­jear del agua que lle­na len­ta­men­te el baño, don­de va a pasar una hora de delei­te y frui­ción pla­cen­te­ros.

A las doce de la noche se encuen­tra cenan­do delan­te de la tele­vi­sión y vien­do una serie que había que­da­do incon­clu­sa el últi­mo fin de sema­na. La ban­de­ja sopor­ta­ba un bol con una ensa­la­da reple­ta de enzi­mas, mine­ra­les, vita­mi­nas y com­pues­tos anti­oxi­dan­tes, pero de sabor insul­so y desa­bo­ri­do. Una com­pa­ñe­ra de la empre­sa le ofre­ció este «gus­to­so pla­to» para com­ba­tir una cabal­gan­te obe­si­dad.

El jefe no me aguan­ta. Dice que soy insu­fri­ble, que no hay día que no orga­ni­ce un nume­ri­to de nari­ces y que nun­ca estoy de acuer­do con sus pro­yec­tos. Es el pri­me­ro, y para eso está, en poner mil obje­cio­nes, pero muchas de ellas son fru­to de una ilí­ci­ta y arbi­tra­ria envi­dia. A lar­go pla­zo, todos los reco­men­da­dos te crean el mis­mo pro­ble­ma: pien­san que, hagan lo que hagan, nun­ca serán expe­dien­ta­dos.

Y Enzo a callar por­que lo que quie­re es pasar des­aper­ci­bi­do, que no se airee más la con­ver­sa­ción que tuvo su padre con su jefe, des­pués de una gene­ro­sa inver­sión en mate­rial inno­va­dor.

De pron­to se yer­gue, con una des­di­bu­ja­da agi­li­dad, y coge el telé­fono, que se le había olvi­da­do en la coci­na. Mues­tra una des­ga­na abso­lu­ta por­que sabe per­fec­ta­men­te quién es.

Me ha jodi­do la cer­ve­za, explo­ta con abso­lu­ta sin­ce­ri­dad. Vuel­ve al salón, la vis­ta un poco nubla­da, y se sien­ta de nue­vo en el sofá para sopor­tar una char­la nada pro­duc­ti­va.

―¿Diga?

―¿Enzo?

―¡Ah! Eres tú. La voz de Enzo sue­na irri­ta­da y cor­tan­te. Su mira­da refle­ja una con­ver­sa­ción ya man­te­ni­da en muchí­si­mas oca­sio­nes. Y siem­pre con el mis­mo resul­ta­do.

―Es lo mis­mo de siem­pre. Con las mis­mas dis­cul­pas de siem­pre. Con las mis­mas men­ti­ras de siem­pre.

―Yo no te mien­to nun­ca. Es mi tra­ba­jo. Yo no sé cuán­to duran mis reunio­nes. Y tú debe­rías enten­der­lo muy bien. Lo que pasa es que tú, como eres hom­bre, no te sien­tes vigi­la­do; pero yo lle­go un poco tar­de, o pido salir media hora antes, y ya ten­go un toque de muy mal gus­to y lleno de micro­ma­chis­mos.

―No, no pue­des subir. Estoy ago­ta­do. Hoy no pue­do más. Y eso que, como dices tú, soy un enchu­fa­do y ape­nas tra­ba­jo.

―Otra vez lo mis­mo. Eres un cabro­na­zo, por­que sabes per­fec­ta­men­te qué decir para evi­tar una con­ver­sa­ción agra­da­ble y dis­ten­di­da.

―Estoy cenan­do y sólo pien­so en acos­tar­me. Nece­si­to des­can­sar. Lo que menos sopor­ta­ría aho­ra es una dis­cu­sión.

―¡Pobre­ci­to!

Silen­cio sepul­cral.

―¡Adiós!

La inde­ci­sión se hace eter­na. Duda lo inde­ci­ble. Tie­ne suje­to el móvil con una fuer­za inusi­ta­da.

―¡Adiós!

La des­car­ga emo­cio­nal que sufre por mor de una eno­jo­sa con­ver­sa­ción es bru­tal. En una infi­ni­dad de oca­sio­nes ha vivi­do esta situa­ción, pero Enzo no sabe rom­per, no sabe decir que no.

―Tie­nes que apren­der a rom­per, le repi­te can­si­na­men­te su madre. Espe­cial­men­te con las que mien­ten en las cosas peque­ñas. Las gran­des men­ti­ras son más sopor­ta­bles.

Y Enzo cie­rra la con­ver­sa­ción vacío de remor­di­mien­tos. O eso cree. Sabe que está muy mal acos­tum­bra­do y que ella vol­ve­rá. ¿Y si no vuel­ve?

Como siem­pre, se acues­ta expec­tan­te. ¿Lla­ma­rá otra vez? Pero es dife­ren­te aho­ra. A los trein­ta años, podía retar a mil muje­res; aho­ra, a los cin­cuen­ta, la flo­je­ra emo­cio­nal es la que rige sus deci­sio­nes. ¿Lla­ma­rá otra vez? (A la som­bra del ver­bo) (1995–2025)

LA BELLA DURMIENTE

Tere­sa venía de una fami­lia que goza­ba muchí­si­mo man­te­nien­do de cara a sus veci­nos las apa­rien­cias que, si en otro tiem­po eran de noble­za, opu­len­cia y fama, en la actua­li­dad eran de una sim­pli­ci­dad que cau­sa­ba un río de bur­las en la aldea en la que esta­ba situa­do el pazo. Habían caí­do en el típi­co «quie­ro y no pue­do». En el Laza­ri­llo, el escu­de­ro tenía como patri­mo­nio las deu­das, pues aquí el señor de la casa más o menos.

El padre, des­de ese con­cep­to nobi­lia­rio de la vida, mos­tra­ba una gran­dí­si­ma satis­fac­ción cuan­do lle­ga­ba a sus oídos que habían coti­llea­do de ellos en la taber­na duran­te varias horas. Que hablen mal o que hablen bien, el caso es que hablen.

El médi­co, cuan­do lle­ga­ban las doce de la noche, hora mei­ga y libe­ra­do­ra de pre­jui­cios y «pos­tu­reos», des­pués de carras­pear y afi­nar la voz para que no se le reco­no­cie­ra una cogor­za de tama­ño monu­men­tal, sol­ta­ba:

―Esta fami­lia va a explo­tar un día. Lo úni­co que hacen es airear secre­tos y actos peca­mi­no­sos que ya no tie­nen lugar don­de escon­der­los. ¡Ay, si yo habla­ra!

―Pues, haz­lo, cabrón, haz­lo. Esta fra­se­ci­ta tuya tie­ne más años que la coci­na de leña del pazo de tu amo.

―¡No vuel­vas a decir esto! Yo no ten­go amo ni soy perro que ladre a nadie. Ya habéis logra­do cabrear­me. ¡Adiós! Mar­cho por­que… ten­go que mar­char.

Pero no habla­ba y se iba camino de su casa por una corre­doi­ra que bor­dea­ba la casa de «la bella dur­mien­te» dan­do unos peli­gro­sí­si­mos tum­bos que con­ver­tían un camino de cin­co minu­tos en una prue­ba mara­to­nia­na.

Tere­sa, la mayor, fue la que le can­tó el réquiem a tan­ta vani­dad, que sal­tó por la ven­ta­na sin visos de retorno. En esta mujer, que en tiem­pos remo­tos era la que resol­vía todos los pro­ble­mas fami­lia­res y ejer­cía como un capo mafio­so con el prin­ci­pal obje­ti­vo de man­te­ner la fami­lia siem­pre uni­da, se eva­po­ró la decen­cia.

No sabe­mos el día, pero, como algu­nos miem­bros de la fami­lia ante la bru­tal cri­sis eco­nó­mi­ca, «huyó» de la reali­dad sin mover­se del pazo y se ins­ta­ló en una fan­ta­sía que la hizo con­ver­tir­se en una espe­cie de espan­ta­jo por el día y en una bellí­si­ma aman­te rijo­sa por la noche.

Los psi­có­lo­gos decían que, de tan­to cule­brón tele­vi­si­vo y fami­liar, se con­vir­tió en una adic­ta de los roman­ces más dra­má­ti­cos. Tenía una visión total­men­te dis­tor­sio­na­da de la reali­dad. Sus pen­sa­mien­tos sólo gira­ban en torno a una rela­ción que la con­ver­tía en una mujer impú­di­ca y luju­rio­sa y que nadie cono­cía, pero que ella, en esa capa­ci­dad de auto­en­ga­ño que mane­ja­ba como una exper­ta ilu­sio­nis­ta, tea­tra­li­za­ba todas las noches en su casa.

Un ama­ne­cer, su padre pen­só que esta­ba poseí­da por el demo­nio. Los reite­ra­dos gemi­dos de pla­cer, que lle­ga­ban ple­na­men­te a los oídos del beo­do sani­ta­rio, eran de tal volu­men que su padre deci­dió lla­mar al cura de San­ta María para que la exor­ci­za­ra.

Pero lo nove­do­so, es lo que le hacía dudar, era que todas las maña­nas, cuan­do desa­yu­na­ban al ama­ne­cer, la cara de feli­ci­dad de su hija era la mis­ma que había dibu­ja­do de peque­ña de la bella dur­mien­te cuan­do era besa­da por el prín­ci­pe. Cuan­to más «ama­ba de noche» más feliz era por la maña­na.

―Un día de estos me caso, papá. Esta­mos pre­pa­ran­do todo.

El padre, como no le cono­cía hom­bre alguno, se reía y se calla­ba. Mejor dicho, la escu­cha­ba dete­ni­da­men­te, se reía y se calla­ba.

Tere­sa, por el día, huía de su inti­mi­dad por­que le oca­sio­na­ba un terror esca­lo­frian­te; pero, por la noche, baja­ba la cabe­za y su auto­es­ti­ma caía otra vez en una luju­ria que se apo­de­ra­ba de sus pen­sa­mien­tos, nublan­do todo jui­cio y razón. Era una ilu­sión que le pro­me­tía ple­ni­tud, pero la deja vacía. Cada noche, como una «autó­fa­ga del amor», vivía un día menos y un día más. Un día menos de vida y un día más de extre­mo pla­cer.

Has­ta que una maña­na no se levan­tó de la cama, y su padre, lleno de mie­do al ver la taza del desa­yuno lim­pia, entró en su habi­ta­ción como una ove­ja huyen­do del lobo y vio la ima­gen más estre­me­ce­do­ra de su vida. Tum­ba­do en la cama «dor­mía» el esque­le­to de su hija, ves­ti­do con un her­mo­sí­si­mo tra­je de boda, con un ramo de flo­res en las manos y con la son­ri­sa más her­mo­sa que nun­ca ima­gi­nó.

Des­de ese cru­cial día, todas las jóve­nes de la aldea luchan como «jua­nas de arco» por casar­se el mis­mo día que el padre cele­bra­ba el ani­ver­sa­rio de la muer­te de su hija, ya van vein­ti­sie­te, en la capi­lla de las Dolo­res, capi­lla del pazo de uso semi­pú­bli­co. (A la som­bra del ver­bo) (1995–2025)

CUESTIONARIO PROUST ‘A MI MANERA’ (ENRIQUECIDO)

El Cues­tio­na­rio Proust es una serie de pre­gun­tas dise­ña­das para explo­rar la per­so­na­li­dad, gus­tos y aspi­ra­cio­nes de quien lo cum­pli­men­ta. Aun­que no fue crea­do por el escri­tor fran­cés Mar­cel Proust, su nom­bre se aso­cia a él por­que res­pon­dió este tipo de cues­tio­na­rio en su juven­tud, den­tro de un «álbum de con­fe­sio­nes» que era popu­lar en la épo­ca vic­to­ria­na.

Este cues­tio­na­rio tie­ne un ori­gen curio­so. Como he dicho, no fue crea­do por el autor de En bus­ca del tiem­po per­di­do, sino que era un jue­go de salón popu­lar en la épo­ca vic­to­ria­na lla­ma­do «álbum de con­fe­sio­nes», una espe­cie de test de per­so­na­li­dad que cir­cu­la­ba entre ami­gos para reve­lar aspec­tos ínti­mos de su carác­ter y gus­tos.

Las pre­gun­tas abar­can des­de lo más ínti­mo ―como el mayor mie­do o el ideal de feli­ci­dad― has­ta aspec­tos más tri­via­les como el color favo­ri­to o el héroe de fic­ción pre­fe­ri­do. Con el tiem­po, este cues­tio­na­rio se con­vir­tió en una herra­mien­ta popu­lar entre perio­dis­tas y entre­vis­ta­do­res para cono­cer mejor a artis­tas, escri­to­res y cele­bri­da­des. No es un cues­tio­na­rio cerra­do. Con los años se han ido aña­dien­do pre­gun­tas. Como he hecho yo.

Hoy en día, el Cues­tio­na­rio Proust se uti­li­za en una sor­pren­den­te varie­dad de con­tex­tos, más allá del ámbi­to lite­ra­rio o perio­dís­ti­co: entre­vis­tas per­so­na­les y mediá­ti­cas, lide­raz­go, herra­mien­ta para fomen­tar la empa­tía, mejo­rar la comu­ni­ca­ción y for­ta­le­cer equi­pos, cono­cer mejor a sus cola­bo­ra­do­res y des­cu­brir talen­tos ocul­tos… Muchas per­so­nas lo uti­li­zan como ejer­ci­cio de intros­pec­ción, cla­ri­fi­ca­ción de valo­res, deseos y prio­ri­da­des, fun­cio­nan­do casi como una for­ma de auto­aná­li­sis, un estí­mu­lo de la refle­xión y así fomen­tar la expre­sión per­so­nal. Es muy fre­cuen­te que las redes socia­les y los blogs lo incor­po­ren por­que su for­ma­to atrac­ti­vo y per­so­nal lo hace ideal para con­te­ni­dos vira­les o publi­ca­cio­nes que bus­can conec­tar emo­cio­nal­men­te con la audien­cia.

En resu­men, el Cues­tio­na­rio Proust ha pasa­do de ser un jue­go de salón a una herra­mien­ta ver­sá­til para cono­cer­se a uno mis­mo y a los demás.

El Cues­tio­na­rio Proust es una invi­ta­ción a la intros­pec­ción, algo muy nece­si­ta­do en estos tiem­pos de super­fi­cia­li­dad y pue­ril sim­ple­za.

¿Te ani­mas a res­pon­der­lo tú tam­bién? Yo lo he hecho. Te invi­to a leer­lo.

  1. ¿Prin­ci­pal ras­go de su carác­ter?

Con­fian­za, racio­na­li­dad, empa­tía, inse­gu­ri­dad, cobar­día, ama­bi­li­dad, intra­ver­sión, impul­si­vi­dad y crea­ti­vi­dad lite­ra­ria.

  1. ¿Qué cua­li­dad apre­cia más en un hom­bre?

Hones­ti­dad, sen­ti­do del humor y deter­mi­na­ción.

  1. ¿Y en una mujer?

Hones­ti­dad, sen­ti­do del humor y deter­mi­na­ción.

  1. ¿Qué espe­ra de sus ami­gos?

Que com­pren­dan mi par­si­mo­nia y que res­pe­ten mi espa­cio. Ade­más, que no me juz­guen como yo no juz­go a nadie.

  1. ¿Su prin­ci­pal defec­to?

Los fre­cuen­tes bro­tes de aso­cia­bi­li­dad por timi­dez. No los sopor­to. Son vehe­men­tes arre­ba­tos que me trans­por­tan a un aban­dono incom­pren­di­do por muchos. Ade­más, del mal­di­to com­pla­ce que me con­vier­te en un ser malea­ble en oca­sio­nes. No saber inglés.

  1. ¿Su vir­tud que nadie cono­ce?

La capa­ci­dad de guar­dar secre­tos aje­nos. Como decía Lope de Vega con res­pec­to al amor: quien lo pro­bó lo sabe. Creo que la escu­cha tam­bién. Debe­rían con­tes­tar las per­so­nas que con­vi­ven con­mi­go.

  1. ¿Su ocu­pa­ción favo­ri­ta?

Leer, apren­der, una gra­ta con­ver­sa­ción, escu­char a Los Secre­tos, col­gar entra­das escri­tas por mí en mi blog en cas­te­llano. Y si me per­mi­to un rap­to de pal­pa­ble ego­cen­tris­mo: ver cómo aumen­ta el núme­ro de sus­crip­to­res a mis blogs.

  1. Usted se ve y los demás lo ven…

Me encan­ta esta pre­gun­ta.

Y res­pon­do con las pala­bras lite­ra­les ―creo― de una com­pa­ñe­ra: oja­lá te vie­ras tú como te vemos los demás.

Esta segun­da con­tes­ta­ción, que lle­vo años desean­do hacer públi­ca, apa­ren­ta que mode­lo un com­por­ta­mien­to sober­bio y engreí­do. Soy muy gene­ro­so. Siem­pre lo he sido. Con todo el mun­do. Y esto me ha lle­va­do, me lle­va y me lle­va­rá a una cru­da reali­dad: estar moja­ma eco­nó­mi­ca­men­te.

  1. ¿Cómo es pro­fe­sio­nal­men­te?

Res­pon­sa­ble, orga­ni­za­do, dedi­ca­do, cola­bo­ra­dor, olvi­da­di­zo, adap­ta­ble, empá­ti­co, gru­ñón y gene­ro­so en las correc­cio­nes.

  1. ¿Su ideal de feli­ci­dad?

Vivir de acuer­do con los idea­les que me trans­mi­tie­ron mis padres, mini­mi­zar mi dolor físi­co y emo­cio­nal y encon­trar un día la sere­ni­dad inte­rior que me haga vivir en paz.

  1. ¿Cuál sería su mayor des­gra­cia?

El dolor físi­co en mi her­ma­na y en mis fami­lia­res y ami­gos. Lo pude com­pro­bar en un pri­mo mío y no se lo deseo a nadie.

  1. ¿Qué le gus­ta­ría ser?

Un pro­fe­sor y un escri­tor con una bue­ní­si­ma memo­ria.

  1. ¿En qué país desea­ría vivir?

En Espa­ña, en con­cre­to en Gali­cia. Nada de gran­des ciu­da­des.

  1. ¿Su color favo­ri­to?

Sin dudar­lo, el azul y todas sus varian­tes.

  1. ¿Algu­na obse­sión supe­ra­da? ¿Actual?

La apa­rien­cia. El qué dirán de mí. Ten­go una com­pa­ñe­ra que me ha dicho que eso no lo he supe­ra­do.

¿Actual? Sí. Mi blog. Quie­ro que todo el mun­do se sus­cri­ba. Pero no por un «pos­tu­reo lite­ra­rio», no, sino por­que estoy con­ven­ci­do de que hay gen­te que no lo cono­ce y que dis­fru­ta­ría leyén­do­lo. De ahí mi afán de dar­le la mayor difu­sión posi­ble.

  1. ¿Es un com­pra­dor com­pul­si­vo?

Sí. Y es tre­men­do. Des­de obje­tos a sus­crip­cio­nes a perió­di­cos pasan­do por apli­ca­cio­nes y plu­gins para mis blogs que lue­go no sé uti­li­zar por­que está todo en inglés.

  1. ¿La flor que más le gus­ta?

La hor­ten­sia. Me trans­por­ta a mi infan­cia, a mi ado­les­cen­cia y a mi tar­doa­do­les­cen­cia. Regi­na Bui­tra­go dice que es una bella flor sin aro­ma. Ade­más, sim­bo­li­za la paz, la pure­za, la gen­ti­le­za y la gra­cia.

  1. ¿El pája­ro que pre­fie­re?

El peti­rro­jo, un pája­ro peque­ño con un sig­ni­fi­ca­ti­vo plu­ma­je naran­ja en pecho y cara. La ener­gía de este pája­ro te ense­ña cómo avan­zar con gra­cia, tena­ci­dad, per­se­ve­ran­cia y afir­ma­ción en la vida, dejan­do a un lado los dra­mas per­so­na­les.

  1. ¿Sus auto­res favo­ri­tos en pro­sa?

Por salir­me un poco de la nor­ma: Álva­ro Cun­quei­ro, Dolo­res Redon­do, Edgar Allan Poe, Gon­za­lo Torren­te Balles­ter, Eduar­do Blan­co Amor, Ramón María del Valle-Inclán, Emi­lia Par­do Bazán, Luis Mateo Díez, Mar­ga­ret Atwood, Cris­ti­na Cam­pos…

  1. ¿Sus poe­tas?

Gar­ci­la­so de la Vega, Elvi­ra Sas­tre, Ale­jan­dra Pizar­nik, William Sha­kes­pea­re, Fer­nan­do Pes­soa, Rosa­lía de Cas­tro, Fran­ces­co Petrar­ca, Anto­nio Macha­do, Gus­ta­vo Adol­fo Béc­quer, Char­les Bau­de­lai­re, Cel­so Emi­lio Ferrei­ro…

  1. ¿Un héroe de fic­ción?

El Capi­tán Trueno y su caba­llo Goliath. Es un caba­lle­ro de la Edad Media que siem­pre en com­pa­ñía de per­so­na­jes como Cris­pín, libra­ba intere­san­tí­si­mas bata­llas como defen­sor de la jus­ti­cia.

  1. ¿Una heroí­na?

Sel­ma Lager­löf, escri­to­ra sue­ca. Fue la pri­me­ra mujer en hacer­se con un Pre­mio Nobel de Lite­ra­tu­ra en 1909. En con­cre­to, por su obra El pros­cri­to.

Car­men Mar­tí­nez San­cho, pri­me­ra doc­to­ra y cate­drá­ti­ca en la ense­ñan­za secun­da­ria de Espa­ña en los años 20.

  1. ¿Su com­po­si­tor favo­ri­to?

Tenien­do en cuen­ta mi acen­tua­da arrit­mia musi­cal, mi inca­pa­ci­dad de seguir un rit­mo poli­fó­ni­co y la de coor­di­nar movi­mien­tos con el com­pás de una can­ción, me con­for­mo con bue­nos com­po­si­to­res de letras de los años 80 a nues­tros días: Enri­que Urqui­jo, Juan Car­los Cal­de­rón, Car­los y Juan Azcá­rra­ga, Anto­nio Vega, Andrés Suá­rez, Manuel Ale­jan­dro, Ceci­lia, Joa­quín Sabi­na, André do Barro…

  1. ¿Su pin­tor pre­fe­ri­do?

Car­los Azcá­rra­ga. Falle­ci­do por un cru­de­lí­si­mo cán­cer de colon, pero, des­de joven, con una crea­ti­vi­dad ili­mi­ta­da.

  1. ¿Su héroe de la vida real?

Mi padre, ya falle­ci­do. Médi­co de voca­ción filan­tró­pi­ca, tra­ba­jó casi cua­ren­ta años de sol a sol. Sólo pasó en cama tres días por una oti­tis. Siem­pre tra­ba­jan­do, sába­do, domin­go, inclu­so en el atrio de la igle­sia de María Auxi­lia­do­ra de la Ron­da de Ato­cha 25 ana­li­zan­do radio­gra­fías o aná­li­sis clí­ni­cos.

  1. ¿Su nom­bre favo­ri­to?

Jor­ge, Car­los, Juan, Luis, Lola, Rosa… Nom­bres que no superen las dos síla­bas.

  1. ¿Qué hábi­to ajeno no sopor­ta?

Inte­rrum­pir cons­tan­te­men­te al hablar, cri­ti­car todo sin apor­tar solu­cio­nes por­que «ese no es mi tra­ba­jo», ser chis­mo­so y hablar siem­pre mal de todos, des­pre­ciar a la gen­te por­que sus gus­tos no coin­ci­den con los míos, creer­se saber de todo, es decir, los «güi­qui­pe­dios andan­tes»…

  1. ¿Qué es lo que más detes­ta?

No devol­ver yo ni que me devuel­van lo pres­ta­do: libros, dine­ro o una cal­cu­la­do­ra para un examen. Tener cero de auto­crí­ti­ca, pero juz­gar sibi­li­na­men­te a todos. Usar fra­ses tipo: «yo digo las cosas como son», pero solo para ser gro­se­ros. Creer que dar «con­se­jos» no soli­ci­ta­dos es sinó­ni­mo de sabi­du­ría. Si habla­mos de mi físi­co, el exce­so de sudo­ra­ción que sufro y los luna­res y… La impun­tua­li­dad.

  1. ¿Una figu­ra his­tó­ri­ca que le pon­ga mal cuer­po?

En la épo­ca actual, Putin o Madu­ro

  1. ¿Un hecho his­tó­ri­co que admi­re?

La caí­da del muro de Ber­lín.

  1. ¿Qué don de la natu­ra­le­za desea­ría poseer?

De los espi­ri­tua­les, la for­ta­le­za. De los no espi­ri­tua­les, el oído. Toda mi vida he que­ri­do for­ta­le­cer mi espí­ri­tu y tocar la gui­ta­rra o el piano, pero he fra­ca­sa­do estre­pi­to­sa­men­te.

  1. ¿Cómo le gus­ta­ría morir?

De noche, dur­mien­do. En mi fami­lia ten­go sufi­cien­tes ejem­plos de sufri­mien­to físi­co que no sé si lo sopor­ta­ría.

  1. ¿Cuál es el esta­do más típi­co de su áni­mo?

Nos­tál­gi­co, con­tem­pla­ti­vo, menes­te­ro­so, tris­te, anhe­lan­te, ver­gon­zo­so…

  1. ¿Qué defec­tos le ins­pi­ran más indul­gen­cia?

Inge­nui­dad, tor­pe­za físi­ca, inse­gu­ri­dad, sen­ti­men­ta­lis­mo, difi­cul­tad para decir «no», inde­ci­sión, no cap­tar las «indi­rec­tas».

  1. ¿Qué es lo que menos le gus­ta de su aspec­to?

Cla­ra­men­te, el irme hacien­do vie­jo. Como decía Celes­ti­na: la vejez es una cue­va de enfer­me­da­des. Mi andar pau­sa­do. Sé que cris­pa a mucha gen­te. Mis luna­res y man­chas pro­pias de la edad. A nadie le pue­den gus­tar. Mi cin­tu­ra que cada vez es más ancha, como si fue­ra el muñe­co de Miche­lín. Mi boca, pero una iatro­fo­bia, que muy pocos creen que sufra, me tie­ne blo­quea­do abso­lu­ta­men­te. Apar­te del raqui­tis­mo de mi eco­no­mía.

  1. ¿Tie­ne un lema?

Lo leí en un libro de un autor galle­go o eso creo. Lo mis­mo es una inven­ción mía: Ima­xi­na sen lími­tes, escri­be sen medo. (Ima­gi­na sin lími­tes, escri­be sin mie­do). No sé si es un lema: Exis­ti­mos mien­tras nos recuer­dan. (Car­los Ruiz Zafón).

  1. ¿Orien­ta­ción sexual? (Hete­ro­se­xual, homo­se­xual, bise­xual, etc.)

Hete­ro­se­xual.

  1. No podría vivir sin…

Leer, escri­bir, espe­ran­za, salud, espi­ri­tua­li­dad, liber­tad para ser uno mis­mo, crea­ti­vi­dad per­so­nal, reco­no­ci­mien­to per­so­nal, reci­bir afec­to sin­ce­ro, mirar a los ojos a una mujer…

  1. ¿Una manía/una rutina/un ritual que si no lo haces te estro­pea el día?

El desa­yuno. Uno o dos cafés con leche y algo de bolle­ría indus­trial.

  1. Cuan­do lle­ga la Navi­dad…

Me encie­rro más en mí mis­mo. No la sopor­to por todas las sillas vacías que hay a mi alre­de­dor.

  1. De niño que­ría ser como… ¿Con­ser­va algu­na cosa de la niñez?

Un adul­to con la pro­fe­sio­na­li­dad de mi padre. No guar­do nada por el «injus­to escru­ti­nio» que se hizo de «mis cosas», era el peque­ño, cuan­do nos muda­mos de San­ta María de la Cabe­za a Her­ma­nos Mira­lles.

  1. ¿Le hubie­ra gus­ta­do vivir en otra época/país?

No. Recha­zo a las per­so­nas que dicen que les gus­ta­ría vivir en la Edad Media, en el Rena­ci­mien­to, en los tiem­pos de Cleo­pa­tra o de Julio César… Pero, cla­ro, ¡¡¡en las capas altas de la socie­dad!!! Ser un ple­be­yo era terri­ble.

  1. ¿Trae a la memo­ria algu­na rela­ción ante­rior o pasa horas pen­san­do «qué hubie­ra pasa­do si…»?

Deci­sio­nes que tomé en la tar­doa­do­les­cen­cia y que toda­vía hoy no com­pren­do. Todo debi­do a mi pusi­la­ni­mi­dad ante la pre­sión de la fami­lia. Soy un cobar­de. Soy un irre­so­lu­to enco­gi­do.

  1. ¿La últi­ma obra que ha leí­do?

Relec­tu­ra de La San­ta Com­pa­ña de Loren­zo G. Ace­be­do (rega­la­do por una exalum­na) y la Poe­sía Com­ple­ta de Idea Vila­ri­ño. Aho­ra estoy leyen­do Siem­pre hay un pre­cio de Álva­ro Urqui­jo, rega­la­do por un com­pa­ñe­ro de tra­ba­jo.

  1. ¿La últi­ma mani­fes­ta­ción a la que fue o peti­ción onli­ne por una cau­sa?

Por la igual­dad sala­rial de los con­cer­ta­dos y la ense­ñan­za públi­ca.

  1. ¿Es usua­rio acti­vo en las redes socia­les?

Míni­ma­men­te. Ten­go cuen­ta en Ins­ta­gram, pero no sé hacer nada más que col­gar peque­ños tex­tos de diver­sos auto­res o pro­pios. Nada más. @maiztogores.

  1. ¿Vege­ta­riano o vegano? ¿Coci­na o calien­ta pla­tos pre­pa­ra­dos o encar­ga a comi­da chi­na o piz­zas?

Ni vege­ta­riano ni vegano, pero «come­dor muy malo». Como el ejem­plo que pone la RAE en su dic­cio­na­rio soy un «come­dor remil­ga­do y maniá­ti­co».

  1. ¿Está engan­cha­do a algún jue­go en el móvil o jue­go onli­ne por orde­na­dor?

No. Jue­gos, nada. La fala­cia para tener casi todo el día el móvil en la mano es «por si me lla­man» o «para estar bien infor­ma­do».

  1. ¿Es adic­to a la men­sa­je­ría ins­tan­tá­nea?

Sí. Estoy engan­cha­do a «gua­sap». Dis­fru­to escri­bien­do «gua­saps» lar­gos, muy lar­gos. Eso sí, con un abso­lu­to res­pe­to orto­grá­fi­co, gra­ma­ti­cal y de esti­lo.

  1. ¿Sopor­ta­ría una sema­na sin Inter­net?

No. Creo que muy pocas per­so­nas sopor­ta­rían una sema­na sin inter­net. Mucha gen­te dice que sí, pero des­de la segu­ri­dad de que nun­ca va a ocu­rrir dicha cir­cuns­tan­cia. Un apa­gón de unas horas y nos agi­ta­mos como una coc­te­le­ra.

  1. ¿Está infor­ma­do del mun­do?

Lo jus­to. Estoy satu­ra­do. La trom­ba de infor­ma­ción per­ma­nen­te que sufri­mos ha logra­do que cier­tos acon­te­ci­mien­tos los obser­ve de reo­jo. Ade­más, las «noti­cias fal­sas» pros­ti­tu­yen el día a día.

  1. ¿Coche, bici o trans­por­te públi­co?

Trans­por­te públi­co. No ten­go car­né de con­du­cir, por lo que no poseo coche. Tam­po­co bici­cle­ta. Ni las públi­cas. Por lo tan­to, trans­por­te públi­co y, en con­ta­das oca­sio­nes, taxis.

  1. ¿Prac­ti­ca depor­tes? ¿Sigue even­tos depor­ti­vos por tele­vi­sión?

En estos momen­tos no prac­ti­co nin­gún depor­te. Nin­guno. Y «me rega­ñan» por ello. Hubo un tiem­po que prac­ti­qué la nata­ción, pero soy muy mal nada­dor. Nun­ca he sabi­do res­pi­rar bien y eso que le echa­do horas. Des­de muy peque­ño he segui­do al Madrid de fút­bol y balon­ces­to, pero des­de hace tres años no veo ni oigo nada en direc­to. Debo cui­dar mi salud y la ten­sión ner­vio­sa con la que vivía estos even­tos depor­ti­vos no se la reco­mien­do a nadie media­na­men­te sano.

  1. Músi­ca favorita/Música que odia.

Mi músi­ca favo­ri­ta gira en torno a los años 80 espa­ño­les, pero tam­bién me gus­tan los can­tau­to­res actua­les o del pasa­do. Los Secre­tos, cla­ro está. No sopor­to el regue­tón.

  1. Una can­ción que no se can­sa de escu­char…

Cual­quier can­ción inter­pre­ta­da por Enri­que Urqui­jo. Tre­nes per­di­dos de Los Secre­tos. El hom­bre del piano de Ana Belén. Las cua­tro y diez de Luis Eduar­do Aute. Chi­cas de cole­gio de Mamá.  Sam­ba pa ti de San­ta­na. Camino Soria de Gabi­ne­te Cali­ga­ri. El sitio de mi recreo de Anto­nio Vega. Chi­ca de ayer de Nacha pop. Lela de Dul­ces Pon­tes y Car­los Núñez. Albo­ra­da galle­ga y Mui­ñei­ra de Chan­ta­da, inter­pre­ta­das por Car­los Núñez y Los Chief­tains. Sella­do por un beso de Bobby Vin­ton. El gato que está tris­te y azul de Rober­to Car­los. Pala­bras de amor de Serrat Y muchas más…

  1. ¿Pelí­cu­la y/o serie favo­ri­ta?

Me impac­ta­ron El gra­dua­do, El padrino, La naran­ja mecá­ni­ca, El gua­te­que, La gata sobre el teja­do de zinc calien­te, Matar un rui­se­ñor… Me encan­ta El club de los poe­tas muer­tos. Fie­bre del sába­do noche…por la edad. Series favo­ri­tas: de la TVG, Mareas vivas. De TVE, Los gozos y las som­bras, For­tu­na­ta y Jacin­ta y La Regen­ta y esta­dou­ni­den­se, Dallas.

  1. El pró­xi­mo verano/invierno/Navidad/feria local le gus­ta­ría…

Sé que es un impo­si­ble. No vol­ver a pasar un tórri­do verano en Madrid. No lo sopor­to. Pero sé que vol­ve­rán.

  1. Antes le gus­ta­ba, aho­ra no…

Via­jar a San­tia­go. ¿Aho­ra? No. Mi ten­den­cia a la aso­cia­bi­li­dad «ha logra­do», con mi anuen­cia, que me sien­ta un extran­je­ro en la ciu­dad don­de nací. Es esca­lo­frian­te, y me hace llo­rar sin lágri­mas, pasear por Com­pos­te­la ―ciu­dad que «he patea­do» y «con­su­mi­do» cien­tos de veces― y sen­tir­me en ella un autén­ti­co forá­neo.

Asis­tir al tea­tro. He ido dece­nas de veces des­de ado­les­cen­te, he pro­mo­vi­do ir con alum­nos en el cole­gio, y hoy, aco­mo­da­do en unos pocos metros cua­dra­dos en torno a mi casa, he deja­do de acu­dir. Lamen­ta­ble.

  1. Dice que le gus­ta­ría hacer… pero no se pone a ello.

Escri­bir una nove­la sobre mi fami­lia. No me pon­go a ello por­que ten­go muy mala memo­ria y por­que no soy capaz de escri­bir con abso­lu­ta sin­ce­ri­dad y liber­tad. Han falle­ci­do muchos miem­bros de mi fami­lia y no me pare­ce correc­to hablar de cier­tos temas en los que están invo­lu­cra­dos. Lo bor­deo en mi blog cuan­do escri­bo epi­so­dios de Hatroz.

Estu­diar inglés o ita­liano.

  1. ¿Sue­ña con vivir en otro lugar?

Sí. Hablo de sue­ños. Des­de hace años ha cre­ci­do en mi inte­rior vivir en un pue­blo galle­go cos­te­ro tipo Mal­pi­ca de Ber­gan­ti­ños, Muxía, Came­lle, Muros, Por­to do son, Cam­ba­dos… Qui­zá por cómo me resien­to físi­ca y emo­cio­nal­men­te con tem­pe­ra­tu­ras como aho­ra mis­mo ―8 de la maña­na y 29 gra­dos―. No lo aguan­to.

  1. ¿Le ha moles­ta­do algu­na pre­gun­ta?

No. Me ha moles­ta­do enor­me­men­te el orden. Yo hubie­ra esta­ble­ci­do otro muy dife­ren­te. (A la som­bra del ver­bo) (1995–2025)

JUBILACIÓN (TEXTO ENRIQUECIDO)

Aun­que comien­za una nue­va eta­pa en mi vida, ya extra­ño las mira­das curio­sas de mis alum­nos, las con­ver­sa­cio­nes com­par­ti­das con mis com­pa­ñe­ros y la cali­dez del día a día en el cole­gio. Me lle­vo recuer­dos imbo­rra­bles y un pro­fun­do cari­ño de cada uno de voso­tros.

Como me dijo un alumno: se jubi­la, pro­fe, no… Con usted se va la últi­ma espe­ran­za de que yo entien­da las ora­cio­nes subor­di­na­das. Ja.

Me jubi­lo, sí… pero no me des­pi­do del todo. Ya echo de menos a mis alum­nos (inclu­so a los que no para­ban de hablar) y a mis com­pa­ñe­ros (espe­cial­men­te en el café de pri­me­ra hora, en el del recreo y las con­fi­den­cias de los pasi­llos). ¡¡¡No sé cómo voy a sobre­vi­vir sin reunio­nes inter­mi­na­bles, foto­co­pias de últi­ma hora y eva­lua­cio­nes lle­nas de bom­bo­nes, chu­rros y bollos ¡Los voy a extra­ñar más de lo que os ima­gi­náis!

Hace ya unos días, a eso de las doce de la noche, dis­fru­ta­ba toman­do una copa en una de las múl­ti­ples terra­zas que hay en la calle Juan Bra­vo. En mis manos, un libro sobre la recons­truc­ción per­so­nal; en la men­te, un recuer­do muy cer­cano en el tiem­po: mi jubi­la­ción. Soy hom­bre que no sabe ele­gir cami­nos rec­ti­lí­neos, no. Sue­lo esco­ger cami­nos tor­tuo­sos y lle­nos de obs­tácu­los que me sumer­gen en una cié­na­ga de arre­pen­ti­mien­tos que dañan mis fran­cas deci­sio­nes. Arre­pen­tir­se es par­te de nues­tro cre­ci­mien­to, inclu­so a mi edad, pero no debe inva­li­dar nun­ca lo que deci­di­mos con ple­na con­vic­ción. Cada elec­ción nos for­ma, inclu­so si me con­vir­tie­se en la deci­moc­ta­va víc­ti­ma del caní­bal de Mil­wau­kee, ase­sino cono­ci­do por la cruel­dad de sus homi­ci­dios. ¡Vaya digre­sión te has mar­ca­do, José María!

Ofus­ca­do en la lec­tu­ra de un párra­fo que no enten­día, no me di cuen­ta de que esta­ban delan­te de mí los padres de una anti­gua alum­na del cole­gio. Pidie­ron per­mi­so para sen­tar­se. Dado de sumo agra­do, man­tu­vi­mos una gra­tí­si­ma con­ver­sa­ción sobre la deci­sión de jubi­lar­se a la edad corres­pon­dien­te o de pro­se­guir, en mi caso, con la con­di­ción de pro­fe­sor en acti­vo. Me pidie­ron que siguie­ra, pero me reafir­mé en la deci­sión toma­da.

Sus­cri­tos a mi blog, me pidie­ron que vol­vie­ra a col­gar el tex­to que escri­bí para comu­ni­car mi deter­mi­na­ción por­que no lo encon­tra­ban. Sabe­mos de tu con­di­ción de blo­gui­ci­da, pero la acep­ta­mos con suma esti­ma y cor­dia­li­dad, me dije­ron cuan­do se des­pi­die­ron.  Allí enten­de­réis la opción toma­da por mí. Y en ello estoy.

Des­pués de 37 años de dedi­ca­ción a la ense­ñan­za, lle­ga un momen­to en el que el cuer­po y la men­te nece­si­tan un des­can­so. Lejos que­da aquel 15 de agos­to de 1958 cuan­do, en un día llu­vio­so, lle­gué a este mun­do en mi que­ri­da San­tia­go de Com­pos­te­la. Este final del camino edu­ca­ti­vo, don­de cada paso deja una cica­triz y una ense­ñan­za, lo alcan­zo pleno de satis­fac­ción y con el gozo de la labor rea­li­za­da. Optar por la jubi­la­ción, sabien­do que con la legis­la­ción actual podría seguir, es una deci­sión toma­da por dife­ren­tes razo­nes, pero muy medi­ta­da. Soy un hom­bre de impul­sos, pero en esta oca­sión lo he medi­ta­do con muchí­si­ma tran­qui­li­dad. ¿Me estoy equi­vo­can­do? Como dice Fito en una can­ción: me equi­vo­ca­ría otra vez.

No con­si­go loca­li­zar el ori­gen con­cre­to del can­san­cio men­tal que he expe­ri­men­ta­do este cur­so, con cre­ces el más difí­cil para mí. Dar cla­se este cur­so ha sido como remar con­tra corrien­te en un mar de altas expec­ta­ti­vas, don­de cada eva­lua­ción ha sido una tor­men­ta y cada alumno, una posi­ble vía de agua en el bar­co que tie­ne un mis­mo des­tino para todos los alum­nos: alcan­zar la mejor nota posi­ble en junio. El esfuer­zo cons­tan­te que me auto­im­pon­go para aten­der las nece­si­da­des emo­cio­na­les ―son ado­les­cen­tes des­bo­ca­dos, al fin y al cabo―, aca­dé­mi­cas ―pelea cons­tan­te por obte­ner las mejo­res notas siem­pre― de los estu­dian­tes, las reci­di­van­tes correc­cio­nes y la car­ga admi­nis­tra­ti­va ―de la que habla­ré otro día― han soca­va­do mi auto­es­ti­ma y alte­ra­do seria­men­te mi equi­li­brio emo­cio­nal. Este ago­ta­mien­to, muchas veces invi­si­ble, me deman­da espa­cios de cui­da­do y aten­ción per­so­na­les. Como bien me dice mi alter ego: has caí­do, José María, en un abo­tar­ga­mien­to inquie­tan­te.

Otra razón por la que he deci­di­do mi jubi­la­ción este cur­so es que mi her­ma­na me nece­si­ta. No es dra­ma­tis­mo. Es reali­dad. Mayor que yo, vivi­mos jun­tos por­que hemos logra­do, con el esfuer­zo de los dos, una gran esta­bi­li­dad fra­ter­nal. La vida ha sido muy cruel con ella y las situa­cio­nes per­so­na­les que ha sufri­do, en muchas oca­sio­nes sin pre­vio avi­so y de una dure­za bár­ba­ra, requie­ren que esté más pre­sen­te, ya sea para cui­dar de ella o sim­ple­men­te para acom­pa­ñar­la. Las alter­na­ti­vas, alta­men­te one­ro­sas para los dos, eran inasu­mi­bles en el tiem­po. Sien­to que aho­ra es el momen­to de estar con ella.

Y la ter­ce­ra razón, la lec­tu­ra y la escri­tu­ra. Pre­ci­so vol­ver a leer con la cal­ma y la liber­tad que un hom­bre de casi 67 años pre­ci­sa. El 15 de agos­to caen 67 cual saco de pro­me­sas a la espal­da y los quie­ro cum­plir libre de con­di­cio­na­mien­tos edu­ca­ti­vos. Ten­go un blog, en el que voy col­gan­do tex­tos de todo tipo: anéc­do­tas, narra­cio­nes, pen­sa­mien­tos, tex­tos surrea­lis­tas, capí­tu­los de Hatroz…

Este blog es www.recuncar.com. Creías que te ibas a librar: ¡¡¡sus­cri­be a tu gen­te, ven­ga, aní­ma­te!!! Hay otro, www.orballar.com, que está «en paña­les». Me quie­ro dedi­car a ellos para seguir col­gan­do tex­tos y evi­tar, el vien­to no se pue­de atra­par, y una agu­ja hecha de humo es intan­gi­ble, la pér­di­da de tex­tos y de lec­to­res. Defen­der mis blogs es defen­der mi dere­cho a ser escu­cha­do en un mun­do satu­ra­do de rui­do. Man­te­ner dos blogs es un acto de cons­tan­cia, crea­ti­vi­dad y evo­lu­ción. Luchar por ellos es tam­bién luchar por mi desa­rro­llo per­so­nal, ya que cada entra­da me ense­ña algo nue­vo, sobre mí y sobre los demás. Estoy con­ven­ci­do de que si me leye­ra el que no me cono­ce se sus­cri­bi­ría.

―Ya está bien de hablar de ti, José María. No sabes gene­ra­li­zar y nece­si­tas siem­pre ser el pere­jil de todas las sal­sas.

Mi alter ego me tie­ne la pacien­cia ago­ta­da.

―Pues te vas a fas­ti­diar por­que voy a seguir. Hoy, con más razón que nun­ca, es obli­ga­to­rio refle­xio­nar sobres las razo­nes que me lle­van a tomar una deci­sión tan impor­tan­te en mi vida labo­ral.

El vier­nes 12 de junio cele­bra­mos la fina­li­za­ción del cur­so de 1º de bto. Reu­ni­dos en el salón rojo del cole­gio la direc­ción peda­gó­gi­ca, los tuto­res, algu­nos pro­fe­so­res y todos los alum­nos de este cur­so, com­par­ti­mos un acto muy entra­ña­ble, en el cual entre­ga­mos los pre­mios a unos pocos, sien­do todos mere­ce­do­res de ellos. Comen­zó el acto con unas pala­bras muy afec­tuo­sas de la direc­to­ra peda­gó­gi­ca diri­gi­das a los alum­nos. La cere­mo­nia fluía tran­qui­la cuan­do Rían men­cio­nó mi reti­ra­da des­pués de una lar­ga tra­yec­to­ria en el cole­gio y, con la natu­ra­li­dad del afec­to que guar­da­ban en su inte­rior, todos los pre­sen­tes pro­rrum­pie­ron en un cáli­do y pro­lon­ga­do aplau­so que me puso el vello de pun­ta. 

Quie­ro tomar­me este momen­to para agra­de­cer, des­de lo más pro­fun­do de mi cora­zón, el aplau­so tan gene­ro­so y emo­ti­vo que me brin­das­teis. No sabéis cuán­to sig­ni­fi­có para mí ese ges­to. Fue mucho más que un sim­ple aplau­so, fue un abra­zo colec­ti­vo, una des­pe­di­da sin­ce­ra, una mues­tra de apre­cio que guar­da­ré siem­pre con­mi­go.

Des­pe­dir­se nun­ca es fácil, sobre todo cuan­do uno se mar­cha de un lugar don­de ha vivi­do tan­to, ha apren­di­do tan­to y ha com­par­ti­do tan­to. Vues­tro aplau­so me recor­dó el por­qué ele­gí esta pro­fe­sión: por la posi­bi­li­dad de acom­pa­ñar a per­so­nas como voso­tros en un tra­mo de su camino, de con­tri­buir ―aun­que sea un poco― a vues­tro cre­ci­mien­to y a vues­tra for­ma de mirar el mun­do. Y me acor­dé de Gar­cía Már­quez cuan­do dijo: «no llo­res por­que ter­mi­nó, son­ríe por­que suce­dió».

Cada cla­se, cada con­ver­sa­ción en los pasi­llos, cada son­ri­sa en un lugar ines­pe­ra­do del cole­gio, inclu­so cada reto ―la mal­di­ta sin­ta­xis―, ha sido par­te de una expe­rien­cia que me ha enri­que­ci­do pro­fun­da­men­te. Voso­tros no solo habéis sido alum­nos, habéis sido tam­bién maes­tros, por­que me habéis ense­ña­do a ser mejor pro­fe­sor, a ser más pacien­te, más crea­ti­vo, más humano y menos gru­ñón.

Me voy con la tran­qui­li­dad de haber dado lo mejor de mí, pero tam­bién con la emo­ción de lle­var­me tan­to afec­to. Ese aplau­so fue un rega­lo inmen­so que me acom­pa­ña­rá allá don­de vaya y que per­ma­ne­ce­rá gra­ba­do en mi memo­ria como uno de los momen­tos más her­mo­sos de mi vida pro­fe­sio­nal.

Gra­cias por vues­tra gene­ro­si­dad, por vues­tra ener­gía, por vues­tra con­fian­za. Y, sobre todo, gra­cias por per­mi­tir­me for­mar par­te de vues­tra his­to­ria. Yo soy un peque­ñí­si­mo engra­na­je en vues­tra edu­ca­ción, por­que voso­tros rea­li­za­réis con ilu­sión, curio­si­dad, com­pa­ñe­ris­mo, esfuer­zo y com­pro­mi­so un segun­do de bachi­lle­ra­to que cerra­rá, estoy segu­ro de que con éxi­to pleno, vues­tra eta­pa edu­ca­ti­va en el cole­gio. Creed en voso­tros, apo­yad a los demás, y no dejéis nun­ca de apren­der.

Escu­chad estas cua­tro can­cio­nes que segu­ro, o qui­zá, las cono­céis:

1.- Melo­cos.- Cuan­do me vaya. Con Nata­lia Jimé­nez. Del año 2007. Puso los pelos de pun­to a la pro­mo­ción que salió ese año del cole­gio cuan­do la escu­cha­ron en la des­pe­di­da.

https://www.youtube.com/watch?v=TjK8m4XhcOs&list=LL&index=40

2.- Miley Cyrus.- I’ll always remem­ber you. La can­ción des­ta­ca la impor­tan­cia de recor­dar los bue­nos momen­tos y las amis­ta­des que se han for­ma­do a lo lar­go del camino, a pesar de los cam­bios y las des­pe­di­das. La pro­mo­ción de 2011, creo, la dis­fru­tó en el acto de des­pe­di­da del cole­gio.

https://www.youtube.com/watch?v=f‑Vqn4TGngI&list=LL&index=203

3.- Los Secre­tos.- Pero a tu lado. De 1995. Can­ción emble­má­ti­ca para mí des­de que la oí por pri­me­ra vez en ese año. Quie­ro que os que­déis todos con el espí­ri­tu de la letra. Pro­yec­ta­da en mi des­pe­di­da del cole­gio en junio del 2025.

https://www.youtube.com/watch?v=K5PoEObhv_Y&list=RDK5PoEObhv_Y&start_radio=1

4.- Car­los Núñez y The Chief­tains.- Albo­ra­da de Vei­ga y Mui­ñei­ra de Chan­ta­da. Ver­sión del año 2004, cuan­do publi­có un dis­co de cola­bo­ra­cio­nes. Son dos can­cio­nes sim­bó­li­cas para los galle­gos. Espe­cial­men­te la segun­da. Hay que des­ta­car el rit­mo que impo­ne en estas ver­sio­nes.

https://www.youtube.com/watch?v=uJ1ynTMUj0c&list=LL&index=356

Y ter­mino con unas pala­bras que no son mías, pero que las hago como tal: A veces no nos damos cuen­ta del valor de un momen­to has­ta que se con­vier­te en recuer­do. Mis correos per­so­na­les son: maiztogores@gmail.com y jmmaiz@telefonica.net.

Por si quie­res, ver el vídeo que me hicie­ron en el cole­gio, lo tie­nes a con­ti­nua­ción:

 

CAPÍTULO XVI DE ‘HATROZ’.- SU MADRE

Y lle­ga­mos a Dolo­res, Lola o Loli­ta.

Tras la gue­rra civil, empe­zó a tra­ba­jar en las ofi­ci­nas del Ban­co de Espa­ña. Había que arri­mar el hom­bro. No había hom­bres sufi­cien­tes que pudie­ran sos­te­ner fami­lia tan nume­ro­sa. Este tra­ba­jo la man­tu­vo acti­va en unos tiem­pos difi­ci­lí­si­mos. Lo curio­so de esta ocu­pa­ción, a la par que dra­má­ti­co, es que en muchas oca­sio­nes los tra­ba­ja­do­res eran recom­pen­sa­dos con ali­men­tos no pere­ce­de­ros como gar­ban­zos o len­te­jas y no con dine­ro con­tan­te y sonan­te.

De esta épo­ca poco sabe­mos feha­cien­te­men­te. Lo más que me ha lle­ga­do es que empe­zó a sufrir un insom­nio seve­ro y cró­ni­co, así lo cali­fi­ca­ron los psi­quia­tras de la épo­ca, pues se veía cla­ra­men­te afec­ta­da su salud, ya que esta­ba «enquis­ta­do» en su ruti­na dia­ria. No pue­do decir si era «extrín­se­co» (cau­sa­do por una diná­mi­ca de inter­ac­ción con el exte­rior) o «intrín­se­co» (el que es con­se­cuen­cia de una alte­ra­ción en el fun­cio­na­mien­to del cere­bro). En el entorno fami­liar habían ocu­rri­do sufi­cien­tes des­gra­cias para que el lec­tor se decan­te por el pri­me­ro, pero esto es opi­na­ble y no basa­do en datos médi­cos. Algún miem­bro de la fami­lia opi­na­ba que era gené­ti­co por­que había un silen­cio gla­cial y nada ana­lí­ti­co en torno a las sin­gu­la­ri­da­des de la enfer­me­dad y falle­ci­mien­to de la madre.

El noviaz­go con José María Máiz Ber­me­jo fue len­to y can­sino. Cada vez que lle­ga­ba a casa, su her­ma­na María Rosa le pre­gun­ta­ba por «algu­na nove­dad» y la res­pues­ta era bre­ve y escue­ta: no. Para sacar­le una son­ri­sa a la situa­ción, pro­pia de la par­si­mo­nia de José María, su her­ma­na le can­ta­ba: Qui­zás, qui­zás, qui­zás… [Se dice que la his­to­ria que hay detrás del bole­ro Qui­zás (1946), del com­po­si­tor cubano Osval­do Farrés, se remon­ta a su juven­tud, cuan­do un insis­ten­te ena­mo­ra­do que cor­te­ja­ba a su her­ma­na Olga le pre­gun­ta­ba «¿Bai­la­re­mos algu­na vez?», a lo que ella siem­pre res­pon­día: «Qui­zás… qui­zás… qui­zás»].

Se casó en 1953 con José María, médi­co que acep­tó ple­na­men­te las inci­pien­tes cir­cuns­tan­cias vita­les de Lola. Tuvie­ron dos hijos con una dife­ren­cia de cua­tro años. Entre Woo­li­te y Rafo pade­ció un abor­to que le hizo llo­rar como si no hubie­ra un maña­na. El pri­mer par­to duró trein­ta y dos horas y, aun­que la niña venía de espal­das, la habi­li­dad del exper­to doc­tor Matan­zo, en el sana­to­rio del Rosa­rio de Madrid, logró que vinie­ra al mun­do de nal­gas, hecho que uti­li­za siem­pre como argu­men­to de por qué «le ha ido de culo» en la vida.

Como ya he dicho, la fami­lia vivía en el Paseo de San­ta María de la Cabe­za núme­ro 1, 5º Dcha. Piso alqui­la­do, jun­to a dos habi­ta­cio­nes en el pri­mer piso que rea­li­za­ban la fun­ción de con­sul­ta médi­ca. En este piso vivie­ron has­ta el año 1976. Tuvo una vida tran­qui­la, pero ense­gui­da un desa­pren­si­vo estrés, el pozo negro de la depre­sión y la hirien­te ansie­dad la empe­za­ron a visi­tar de modo reci­di­van­te con una cru­de­za des­me­su­ra­da. El insom­nio seguía lace­ran­do su vivir dia­rio. «Es como actuar en una obra en la que ten­go que fin­gir estar bien mien­tras me des­mo­rono por den­tro», le decía a José María padre cuan­do habla­ban de cómo afron­tar el día a día. Por diag­nós­ti­co psi­quiá­tri­co, para «tra­tar» el insom­nio, se le apli­có en dos oca­sio­nes «una cura de sue­ño» (indu­cir al sue­ño día y noche con medi­ca­ción duran­te seis días para «nor­ma­li­zar­lo»), una tera­pia inten­si­va que en la actua­li­dad es ger­men de mucha con­tro­ver­sia y que hoy ya no se admi­nis­tra.

Estos suce­di­dos per­fi­la­ron pro­gre­si­va­men­te su carác­ter. Le hacían cami­nar por un bos­que den­so envuel­to en nie­bla, sin saber dón­de esta­ba ni hacia dón­de iba.

Físi­ca­men­te era una mujer muy gua­pa, que sabia­men­te poten­cia­ba cuan­do se arre­gla­ba y se pin­ta­ba con una habi­li­dad envi­dia­da por muchas per­so­nas. La visi­ta a la pelu­que­ría, don­de la tra­ta­ban con un cari­ño sin­ce­ro y espon­tá­neo, era sema­nal. Bueno, en oca­sio­nes, cada dos o tres días, para que le die­ran un reto­que.

Tenía ten­den­cia a la obe­si­dad, aun­que se cui­da­ba mucho. Una anéc­do­ta gra­cio­sa se repe­tía casi dia­ria­men­te. Hubo una tem­po­ra­da en la que cena­ban una tor­ti­lla fran­ce­sa, bien de un hue­vo, bien de dos, acom­pa­ña­da por un tro­zo de que­so de Arzúa a la par que un tro­zo de pan y dos galle­tas. Loli­ta, como le gus­ta­ba que la lla­ma­ran, «devo­ra­ba» el pla­to y, des­pués de unos minu­tos de pla­cer gus­ta­ti­vo, repe­tía: «vol­ve­ría a cenar otra vez».

En el apar­ta­do culi­na­rio, Woo­li­te, la hija mayor, decía que Rafo esta­ba muy mima­do y que le con­sen­tían todo. «Fíja­te, le decía a su tía María Rosa, si esta­rá mima­do que cuan­do sale un hue­vo fri­to per­fec­to se lo dan a él, nun­ca a mí».

Cuan­do la «nube negra» se situa­ba, ancla­da con ama­rres infa­li­bles, en su cere­bro, era una mujer nece­si­ta­da de cari­ño, com­pren­sión, ter­nu­ra, devo­ción y todo tipo de ayu­da. Ver el sufri­mien­to ajeno en una madre, mar­có en cier­to modo el carác­ter de sus hijos. Rafo ha con­ta­do en diver­sas oca­sio­nes una durí­si­ma anéc­do­ta cuan­do tenía vein­te años: un sába­do por la tar­de, ya en Her­ma­nos Mira­lles, su padre tenía que hacer unas visi­tas médi­cas y le pre­vino dicién­do­le que estu­vie­ra aten­to y que evi­ta­ra que su madre se acer­ca­ra a los bal­co­nes de la casa. Rafo lo tie­ne gra­ba­do a fue­go en la memo­ria.

Pero cuan­do la «nube negra» pasa­ba, era recu­rren­te en el tiem­po, y sal­va­ba una nue­va, pero no últi­ma eta­pa, se con­ver­tía en una mujer sim­pá­ti­ca, ale­gre, char­la­ta­na, can­ta­ri­na y con una bon­dad nada impos­ta­da. Coci­na­ba muy bien y tenía una gran ima­gi­na­ción para crear pla­tos en tiem­pos que no había otro manual que el Pica­di­llo. Cuan­do les pre­gun­té a sus hijos por el pla­to pre­fe­ri­do, dije­ron, entre otros, car­ne mecha­da, hue­vos relle­nos, toci­ni­llos de cie­lo, flan, arroz con leche o volo­ván de gam­bas. Era una diver­ti­da con­ver­sa­do­ra, socia­ble y ocu­rren­te en las reunio­nes fami­lia­res y sabia escu­cha­do­ra con las per­so­nas que se acer­ca­ban a ella. Gene­ro­sa e inca­paz de aho­rrar siem­pre que le pedían dine­ro. Espe­cial­men­te, cuan­do lo hacía su hijo. Gran exper­ta en «hacer pun­to», pro­veía a sus hijos de jer­séis, cha­le­cos y cha­que­tas, así como com­ple­men­tos para el cuar­to de baño.

La inge­nui­dad le lle­vó a caer en todas las ino­cen­ta­das que le gas­ta­ba año tras año su sobrino Car­los. La más sono­ra tuvo lugar unas navi­da­des, un 28 de diciem­bre, cuan­do su sobrino se hizo pasar por Emi­lio Núñez, un galle­go de pro que era muy gene­ro­so con la fami­lia en los meses de agos­to en La Pere­gri­na. La lla­mó por telé­fono y le dijo que iba a reci­bir inme­dia­ta­men­te un rega­lo de ciga­las, cama­ro­nes y alme­jas. A toda velo­ci­dad empe­zó a pre­pa­rar cazue­las para cocer todo lo que esta­ba a pun­to de lle­gar. Cuan­do Car­los enten­dió que la ino­cen­ta­da «podía til­dar­se de exce­si­va», la lla­mó para decir­le la ver­dad. Car­los se lo repi­tió dos o tres veces, pero Loli­ta le cor­ta­ba cada inter­ven­ción con un «déja­te de ton­te­rías que estoy ago­bia­dí­si­ma en pre­pa­rar unas cazue­las para cocer el maris­co que ha anun­cia­do Emi­lio Núñez». Su sobrino tuvo que uti­li­zar mil estra­te­gias para que se die­ra cuen­ta de que «todo era una bro­ma». En abso­lu­to se enfa­dó y todo se con­vir­tió en una agra­da­bi­lí­si­ma sesión de risas y car­ca­ja­das.

Era una exper­ta en cam­biar rega­los. Esta­mos en una épo­ca en la que era fre­cuen­tí­si­mo que el pacien­te le hicie­ra un rega­lo al médi­co que lo tra­ta­ba y nota­ba en él una aten­ción filan­tró­pi­ca. En oca­sio­nes, por­que reu­nía varios rega­los exac­tos; en otras, por­que no encon­tra­ba el modo de «colo­car­los» en casa. Cuan­do se encon­tra­ba en una situa­ción de las men­cio­na­das, se iba incan­sa­ble a la tien­da don­de el pacien­te había com­pra­do el rega­lo y se inven­ta­ba cual­quier excu­sa con­tun­den­te: ten­go varios en casa, a mi mari­do no le gus­ta nada, rom­pe la esté­ti­ca de mi casa… En algu­nas oca­sio­nes, la nega­ti­va del ven­de­dor era fir­me y tenía que recu­rrir a sus argu­men­tos más con­vin­cen­tes. Cuan­do salía de la tien­da con el obje­ti­vo cum­pli­do, la cara de satis­fac­ción era un poe­ma que­ve­des­co.

Una de sus preo­cu­pa­cio­nes era la frag­men­ta­ción de la fami­lia. Siem­pre son­reía cuan­do veía que en casa esta­ban todos y cena­ban jun­tos los cua­tro, o los cin­co cuan­do se sumó su her­mano José Luis. En un prin­ci­pio Rafo, por mor de su inma­du­rez, lue­go le hicie­ron ver que esta­ba equi­vo­ca­dí­si­mo, argu­men­ta­ba que en su fami­lia nun­ca le habían inci­ta­do a que for­ma­ra una nue­va. Sal, diviér­te­te y haz lo que quie­ras, pero lue­go vuel­ve a tu casa. No lo olvi­des. Esta es tu casa.

Una noche, un 2 de abril del año 1992, cuan­do pare­cía que el matri­mo­nio Máiz Togo­res dor­mía plá­ci­da­men­te, Lola, debi­li­ta­da por un cata­rro pro­pio de la pri­ma­ve­ra, murió de un infar­to que sufrió en la madru­ga­da, qui­zá por una cró­ni­ca y des­con­tro­la­da ansie­dad noc­tur­na que le paró el cora­zón súbi­ta­men­te.

 

CAFETERO

Per­so­na­ji­llo, como un ser­vi­dor, que se toma varios cafés al día y todos ellos, espe­cial­men­te el pri­me­ro y el últi­mo como si fue­ran el úni­co refres­co del desier­to, pros­ti­tu­yen­do de ese modo la sabro­sa labor de los cata­do­res de ese oro negro líqui­do. El cafe­te­ro, yo, cuan­do estoy fren­te a un exce­len­te café ―que no «pasi­lla», que es la deno­mi­na­ción del mal café en Colom­bia―, sali­vo como un perro ante una chu­che y no encuen­tro el momen­to para dar­le un sor­bi­to. Miro a izquier­da y dere­cha, como pró­fu­go de la jus­ti­cia que está escon­di­do tras el per­fil de un cafe­to, y me bebo de un tra­go el con­te­ni­do de mi taza. ¿Sabo­rear? Nada. Desas­tre de cafe­te­ro, segu­ro que pien­sa el cama­re­ro. Sin café soy bási­ca­men­te un wifi sin señal, le digo al cama­re­ro, que me mira como cuan­do yo era niño y obser­va­ba fumar a los mur­cié­la­gos en una oscu­ra esqui­na del techo de la capi­lla. Es el que aca­ba sien­do nom­bra­do y reco­no­ci­do para pre­si­dir el Alto Comi­sio­na­do para los Asun­tos Cafe­te­ros, Pro­tec­tor de las Tazas Sagra­das, Defen­sor del Espres­so y Már­tir del Insom­nio Volun­ta­rio. Ade­más de ser pre­si­den­te vita­li­cio del Comi­té Inter­na­cio­nal de ‘Solo Uno Más y Empie­zo el Día’ ¿Por qué ha sido con­de­co­ra­do? Por sus ser­vi­cios pres­ta­dos a la huma­ni­dad en for­ma de aro­ma tos­ta­do y mira­da tem­blo­ro­sa, y ser ejem­plo vivien­te de que el sis­te­ma ner­vio­so pue­de sobre­vi­vir a nive­les ile­ga­les de cafeí­na y aún fin­gir cor­du­ra en reunio­nes de tra­ba­jo.

EL SUPOSITORIO DEL CARDENAL

En todos los tiem­pos de nues­tra his­to­ria hay ingen­tes ejem­plos que nos lle­van a afir­mar que no hay ser­vi­lis­mo sin inte­rés. Los que «fachan­dean» de poder siem­pre tie­nen en su alre­de­dor a per­so­nas que los ala­ban de buen gra­do, en algu­nos casos has­ta lími­tes insos­pe­cha­dos. Será por­que ellos, antes de alcan­zar las altas cum­bres del man­do, hicie­ron de una mane­ra «cus­pi­di­ña» lo que otros están aho­ra tea­tra­li­zan­do en su cara. La adu­la­ción es un arma de doble hilo. Paul Valéry decía que cuán­do alguien te lame las sue­las de los zapa­tos, le debes colo­car el pie enci­ma antes de que comien­ce a mor­der­te. Pues eso. Algún día ese melo­so adu­lón que te mareó con elo­gios ocu­pa­rá tu lugar por­que el hom­bre que enca­ja sin pro­tes­tar la adu­la­ción es un hom­bre inde­fen­so. Dicen los más crí­ti­cos y des­pier­tos que cuan­do ven a un ago­bian­te piro­pea­dor besan­do con flo­res el sue­lo de su jefe lo siguien­te:

―Ya verás como den­tro de poco ten­drá un car­go en el que meter bien la mano o con el que come­ter abu­sos blan­dien­do su impa­ra­ble zar­pa.

―Ese no echa elo­gios sin limos­na, dirá otro.

Estos comen­ta­rios escu­cha­dos en cual­quier lugar de tra­ba­jo refle­jan la reali­dad de esos per­so­na­jes que sólo pien­san, como dije, en besar el sue­lo que aca­ba de pisar su amo o bien lim­piar­lo y dar­le bri­llo para que sus zapa­tos no se ensu­cien. Nadie hay más peli­gro­so que ese tipo de per­so­na­jes. Hacen la fin­ta más pro­di­gio­sa cuan­do se ponen como obje­ti­vo un car­go al que aspi­rar a toda cos­ta. Tam­bién exis­ten los «loan­cei­ros» igno­ran­tes que pien­san que con su ver­bo y su común des­fa­cha­tez logra­rán en la vida todo lo que se pon­gan como obje­ti­vo. Unas veces, man­te­ner­se en el car­go sim­ple­men­te; otras, impe­dir que los jus­tos aspi­ran­tes, por­que tal vez gana­ron unas elec­cio­nes, lo qui­ten de en medio.

―Esa entre­pier­na es mía, decía un pro­caz, desa­pren­si­vo y gro­se­ro anal­fa­be­to en el «furan­cho» de don José cuan­do veía a una mujer que le gus­ta­ba. Habi­tua­do a ver a su alre­de­dor ese «mamo­neo de tira­le­vi­tas» y obse­quio­sos pelo­tas entre las auto­ri­da­des, él pen­sa­ba que «tenía dere­cho» y que con una cade­na de elo­gios logra­ría su obje­ti­vo.

Eran unos hom­bres de prin­ci­pios del siglo XX que creían que con mani­fes­tar úni­ca­men­te su deseo alcan­za­ban la meta sobra­da­men­te.

―«Péta­me moi­to», cara­jo, «péta­me moi­to», decía mien­tras bebía la penúl­ti­ma taza de Barran­tes, nun­ca la últi­ma, antes de caer en una pro­fun­da som­no­len­cia viti­vi­ní­co­la.

―Es gua­pa, apues­ta, rum­bo­sa y gallar­da. Nada que ver con las otras muje­res de la aldea. Y tor­na­ba a su habi­tual modo­rra som­no­lien­ta.

Este es un cla­ro ejem­plo de la adu­la­ción mal enten­di­da, por­que el beo­do era inca­paz de lan­zar­le el más ino­cen­te de los elo­gios cuan­do veía a su novia sachan­do en la huer­ta que pre­si­día su humil­de casa.

Como pode­mos ver hay dife­ren­tes mode­los de adu­la­ción, pero noso­tros nos vamos a que­dar con aque­llos que sólo bus­ca­ban per­pe­tuar­se en el car­go elo­gian­do la dies­tra y la sinies­tra a las cua­tro o cin­co caci­ques que, por enton­ces, se lla­ma­ban «fuer­zas vivas de la aldea» y otor­ga­ban los car­gos a dedo.

Estos «lam­be­cús o lam­be­co­nas» for­man par­te de la his­to­ria de nues­tras ciu­da­des, pue­blos y aldeas de cual­quier región de nues­tra exten­sa geo­gra­fía.

La ciu­dad de San­tia­go, des­de hacía muchos años, era regi­da por un hom­bre al que lla­ma­ban, como dice el títu­lo de este cuen­to, «El supo­si­to­rio del car­de­nal».

¿La razón? Muy sen­ci­lla. Estoy hablan­do de una épo­ca en la que en San­tia­go man­da­ban los curas «la de Dios». Todas las fuer­zas polí­ti­cas y socia­les (el alcal­de, el pre­si­den­te del casino, el far­ma­céu­ti­co o el rec­tor de la uni­ver­si­dad) sólo desea­ban una cosa: no escu­char los gri­tos de su emi­nen­cia. Cuan­do su emi­nen­cia chi­lla­ba, ¡ay!, ¡mi madre!, tem­bla­ba la Beren­gue­la y les tem­bla­ban las pier­nas a los regi­do­res de la ciu­dad como si fue­ran hojas sacu­di­das por un vien­to tem­pes­tuo­so.

Los cua­tro man­da­ma­ses de la ciu­dad nom­bra­dos ante­rior­men­te escu­cha­ban plá­ci­da­men­te el doblar de las dos cam­pa­nas com­pos­te­la­nas mien­tras temían el bufi­do del car­de­nal cuan­do «explo­ta­ba» en su des­pa­cho. Bien por leer en el perió­di­co del día un artícu­lo anti­cle­ri­cal, por una infor­ma­ción hirien­te sobre sus famo­sos almuer­zos o por no saber sus acó­li­tos expri­mir bien a los feli­gre­ses de la villa cuan­do reci­bía en una hoja la peque­ña suma de las limos­nas reco­gi­das en la sema­na.

De este modo, y para evi­tar los bru­ñi­dos de su emi­nen­cia, el Sr. Alcal­de, un pseu­do­li­be­ral con cier­tos zar­pa­zos anti­cle­ri­ca­les, deci­dió acom­pa­ñar­lo a todos los actos ofi­cia­les de la villa, ya fue­ran civi­les o reli­gio­sos. Él, en per­so­na, le expli­ca­ría deta­lla­da­men­te todos los entre­si­jos del acto corres­pon­dien­te, y así des­ha­ría cual­quier per­can­ce que le sor­pren­die­ra (eufe­mis­mo de enfa­dar) al pur­pu­ra­do. Suda­ba los sie­te mares el regi­dor civil de la villa corrien­do de un almuer­zo de damas viu­das en un res­tau­ran­te tras San Mar­ti­ño Pina­rio a una misa fune­ral en la igle­sia de la car­ba­llei­ra de San­ta Susa­na. Devo­ró más cre­dos, sal­ves y padre­nues­tros que la más devo­tas de las feli­gre­sas que hacían guar­dia en la capi­lla del San­tí­si­mo. Cada vez más del­ga­do el alcal­de, como un chin­cho (jurel peque­ño) y cada vez más obe­so y «atou­ci­ña­do» su emi­nen­cia. Los dos hom­bres no eran pro­por­cio­na­les, eran como el pun­to y la i, eran una antí­te­sis que­ve­des­ca hiper­bo­li­za­da. Las risas eran abun­dan­tes entre los res­tan­tes comen­sa­les o asis­ten­tes a cual­quier acto por­que le cre­cía la barri­ga como la de un mas­to­don­te a uno y se enco­gía como una lom­briz el otro. Las fotos de las cere­mo­nias siem­pre eran igua­les: detrás del voraz comi­lón y colo­ra­do­te car­de­nal iba un peque­rre­chi­ño y fal­to de vida alcal­de que, para no enfa­dar­lo, se ponía inclu­so en el culo de su emi­nen­cia.

Cuen­tan, aún siguen hablan­do de eso, en el furan­cho de don José, que de tan­ta empa­na­da de boni­to, de tan­tas sar­di­ñas con cache­los, de tan­ta tar­ta de San­tia­go, de tan­to dul­ce de cho­co­la­te y de tan­to opí­pa­ro almuer­zo alcan­zó la memo­ra­ble cifra de quin­ce días sin obrar el señor car­de­nal.

Esa mis­ma len­gua anó­ni­ma, entre car­ca­ja­das, juró que su mujer vio escon­di­dos en un mai­zal al car­de­nal abier­to en canal y al señor alcal­de, camu­fla­do con un oscu­ro paño. Jura la mujer que esta­ba el señor alcal­de intro­du­cién­do­le un supo­si­to­rio de gli­ce­ri­na que habían ela­bo­ra­do de modo arte­sa­nal, por el tama­ño que pre­ci­sa­ba el pre­la­do, en la boti­ca de la villa. El regi­dor esta­ba sen­ta­do un tan­to apar­ta­do para no ser man­cha­do por lo que sería la bru­tal libe­ra­ción pur­pú­rea. A su vez reza­ba el alcal­de, no podía ente­rar­se nadie en el casino de sus ora­cio­nes, para que no tuvie­ra que repe­tir la ope­ra­ción. Ya lle­va­ba embu­ti­das cual mor­ci­lla bur­ga­le­sa tres «inyec­cio­nes» en los últi­mos dos meses.

―Allá va, decía el arzo­bis­po. Y los fue­gos arti­fi­cia­les del Após­tol, por su sono­ri­dad y por su «luce­río» se ade­lan­ta­ban varios meses.

―Este hom­bre podría «pra­ti­car» el tiro al pla­to en las fies­tas. Gana­ba el pri­mer pre­mio segu­ro, decía el regi­dor mien­tras asis­tía en pri­me­ra fila al más bajo y des­asea­do espec­tácu­lo de la con­di­ción huma­na.

El far­ma­céu­ti­co con­ta­ba, entre copas de oru­jo, a su públi­co fiel del casino, cuál era el tama­ño del supo­si­to­rio, al tiem­po que ponía erec­to el dedo cora­zón de cara­lla­da. Decían los más anti­cle­ri­ca­les, en ausen­cia del dicho cis­ca­dor, que todos los asis­ten­tes echa­ron a reír a car­ca­ja­das, mien­tras soba­ban el men­ti­ro­so (de este modo bau­ti­za­ron hace años al perió­di­co de la villa), don­de un anó­ni­mo había dibu­ja­do una cari­ca­tu­ra ad hoc titu­la­da: «El supo­si­to­rio del car­de­nal». Y el male­di­cen­te maes­tro, pró­xi­mo a la jubi­la­ción, al que lla­ma­ban los alum­nos «o tres­pés», lan­zó al aire una pre­gun­ta que nadie con­tes­tó:

―¿Se refie­ren al mila­gro­so medi­ca­men­to en sí, com­pe­ten­te crea­ción de nues­tro boti­ca­rio, que va camino de la bea­ti­fi­ca­ción, o al dies­tro y efi­cien­te alcal­de que supe masa­jear la zona manual­men­te y que pro­vo­có el nau­sea­bun­do y esplen­do­ro­so dilu­vio casi uni­ver­sal de nues­tro rolli­zo pre­la­do? (Cuen­tos galle­gos) (2007)

 

FRAGMENTO DEL DISCURSO…

…/…¡Ah! La pro­sa de este autor que nadie lee, pero que todos cri­ti­can. Un ver­da­de­ro enig­ma lite­ra­rio: logra inco­mo­dar sin ser leí­do, deses­pe­rar sin ser com­pren­di­do. Su esti­lo, gene­ro­sa­men­te des­cri­to como «expe­ri­men­tal» y «muy per­so­nal», pare­ce más bien un acci­den­te lin­güís­ti­co en cáma­ra len­ta.  Sus fra­ses, eter­nas como las colas de la segu­ri­dad social, van de lo abs­trac­to a lo inin­te­li­gi­ble sin esca­las. Y sin embar­go… ¡Qué cohe­ren­cia en su incohe­ren­cia! ¡Qué valen­tía al desa­fiar la lógi­ca, inclu­so la gra­má­ti­ca y, en oca­sio­nes, el sen­ti­do común!  Lo suyo no es escri­bir: es resis­tir­se a la idea mis­ma de comu­ni­car. Y por eso, tal vez, lo nece­si­ta­mos. Por­que en un mun­do de cli­chés y fór­mu­las, alguien tie­ne que recor­dar­nos que la lite­ra­tu­ra tam­bién pue­de ser una bofe­ta­da dis­fra­za­da de párra­fo.  A su mane­ra ―con­fu­sa, exce­si­va, glo­rio­sa­men­te ile­gi­ble― ha logra­do lo impen­sa­ble: que nadie hable de él. ¿Qué mayor triun­fo para un escritor?…/… (Frag­men­to del dis­cur­so pos­ver­dad del autor en su ingre­so en la «Inexis­ten­te y Gran­dio­sa Socie­dad Lite­ra­ria de Escri­to­res que Nun­ca Publi­can»). (A la som­bra del ver­bo) (1995–2025)

DULCINEA

―Rapaz, las sába­nas, rapaz. Se me han pega­do las sába­nas. Me acos­té ayer muy tar­de. Pasa­ban las horas y no con­se­guía con­ci­liar el sue­ño. Al final, logré que­dar­me dor­mi­do en torno a las tres de la madru­ga­da. Veo que ya has desa­yu­na­do.

Su len­ti­tud en la rea­li­za­ción de las accio­nes pro­pias del desa­yuno con­tras­ta­ba con la ener­gía que refle­ja­ba Rafo, que esta­ba intri­ga­dí­si­mo con su tío por­que no había cena­do en casa el día ante­rior y que había lle­ga­do cer­ca de las once de la noche. Era inape­la­ble ver las noti­cias en la peque­ña tele­vi­sión que tenían en el cuar­to de estar. Era un api­ña­mien­to, que no con­ci­liá­bu­lo, de los miem­bros adul­tos de la fami­lia para escu­char y ver las noti­cias de las nue­ve en la voz de Pedro Macía, entre otros, más cono­ci­do por «tele­bom­bón».

Rafo hizo el ade­mán de levan­tar­se para ir a «trou­lear» (correr y sal­tar) por la fin­ca en com­pa­ñía de su pri­mo Jor­ge.

―Quie­to, rapaz, quie­to. Te ten­go que con­tar un secre­to. Bajó la voz tan­to que se hizo inau­di­ble para Rafo.

―Ayer estu­ve con Dul­ci­nea. Sí, sí, sí, no pon­gas esa cara de par­vo. Ocu­rrió ayer por la tar­de. Rafo se que­dó atur­di­do, pues des­de que le con­tó los amo­res de don Qui­jo­te y Dul­ci­nea no tenía en la cabe­za otra cosa que no fue­ra cono­cer­la.

―¿Y hablas­te con ella? ¿Le dijis­te algo?, pre­gun­tó muy inquie­to. ¿Es tan gua­pa como en el libro de Cer­van­tes?

―Vamos por par­tes, filli­ño (hijo de modo cari­ño­so en galle­go), vamos por par­tes. Tú bien sabes bien que yo no ten­go pri­sa algu­na. Me apre­mias, rapaz, y tú sabes que a fue­go len­to se coci­na mejor.

Par­tió el sobao pasie­go con sumo cui­da­do y lo echó con gene­ro­si­dad en una taza de café con leche.

―Tú bien sabes que yo he soña­do más de una vez con una joven garri­da y gua­pa como pocas. Y que esa mujer, que algún día sería tan­gi­ble, se con­vir­tió en mi Dul­ci­nea par­ti­cu­lar.

―Tío, tú me con­tas­te que don Qui­jo­te nun­ca logró ver a Dul­ci­nea.

―Si yo te dije­ra cómo es físi­ca­men­te, en un segun­do sabrías el quién y el dón­de. Y de este modo que­bran­ta­ría el más sagra­do de los secre­tos. Cuan­do pasen las fies­tas, si pasan, ya te habla­ré más de ella.

Pero cla­ro está que decir­le esto a un chi­co de doce años, curio­so como pocos, no podía que­dar sólo en pala­bras.

―Bien, tío, así será, como tú quie­ras. Y se fue a jugar con Jor­ge, que había pre­pa­ra­do un fabu­lo­so cir­cui­to en la era para reco­rrer­lo con el patín que le habían rega­la­do a sus her­ma­nos mayo­res.

Rafo que­ría dar la ima­gen de olvi­da­di­zo y, para no levan­tar sos­pe­chas en él, se puso a jugar fre­né­ti­ca­men­te con su pri­mo Jor­ge, que le gui­ñó un ojo para con­fa­bu­lar­se en la tre­ta de la amne­sia de las his­to­rias filo­ses­cas.

De sos­la­yo vie­ron cómo su tío se puso a liar un ciga­rro y a can­tu­rrear un tan­go de Car­los Gar­del: el día que me quie­ras

―Lo con­se­gui­mos, pen­sa­ron los dos pri­mos.

De ano­che­ci­da, como le gus­ta­ba decir a Filo­so, se des­pi­dió ale­gan­do que iba a dar un bre­ve paseo.

Se enca­mi­nó hacia Orto­ño. Lo siguie­ron a cier­ta dis­tan­cia Rafo y Jor­ge. Vie­ron cómo cru­za­ba el río y toma­ba un ata­jo a tra­vés del man­za­nal de Xosé Regal, el sobrino del cura de Tras­mon­te.

―¿No irá a casa de Mari­ca da Pano­cha?, le dijo Jor­ge a Rafo. Los dos coin­ci­dían en la pre­dic­ción.

La lla­ma­ban así por­que des­de muy peque­ña le gus­ta­ba muchí­si­mo jugar con las mazor­cas de maíz.

―Por aquí no hay otra casa.

Mien­tras, Filo­so iba sil­ban­do la can­ción de la pelí­cu­la El puen­te sobre el río Kwai. Lle­va­ba una cara de píca­ro ena­mo­ra­dor. ¡Cara­jo cómo cami­na­ba! Iba como jamás lo vie­ron. Pare­cía un ratón de sacris­tía huyen­do del sacris­tán.

Y allí lle­gó, a la casa de Mari­ca da Pano­cha. Esta­ba en la huer­ta, sachan­do la tie­rra para sem­brar. Ape­nas erguía la cabe­za, suda­ba como un galeo­te y blas­fe­ma­ba de con­ti­nuo.

Mi tío abrió una silla por­tá­til y se sen­tó cer­ca de ella. Comen­zó a hablar­le del amor y de no sé qué cosas que decía un tal Petrar­ca.

―«Ben­di­to sea el año, el pun­to, el día, la esta­ción, el lugar, el mes, la hora y el país, en el cual tu encan­ta­do­ra mira­da se enca­de­nó al alma mía». Y Filo­so entra­ba en un pro­fun­do silen­cio mien­tras con­tem­pla­ba a «su ama­da».

Ella cada vez que se reía lo hacía con tono hom­bruno, y, cuan­do lo hacía más ruda­men­te, echa­ba las manos al pecho para que no se movie­ra como un saco de hari­na.

―Seño­ri­to, per­do­ne, déje­se de tole­rías, que yo ten­go mucho que hacer. No estoy para locu­ras que no entien­de ni el demo. ¡No teño a cona para lam­be­ta­das!

Y mi tío le son­reía como un imbé­cil ena­mo­ra­do. Des­pués de reci­tar­le no sé cuán­tos ver­sos más («Tus ojos que can­té amo­ro­sa­men­te, tu cuer­po her­mo­so que ado­ré cons­tan­te, y que vivir me hicie­ra tan dis­tan­te de mí mis­mo, y huyen­do de la gen­te… ¡Y sin embar­go vivo toda­vía!»), se irguió de pron­to y se des­pi­dió de ella.

―Mujer, ten­go que mar­char. Estoy ago­ta­do de mirar­te, mas no sacia­do. Adiós, mi ama­da Dul­ci­nea. Mari­ca no levan­tó la cabe­za, pero blas­fe­mó cual pre­so medie­val ata­do a la pie­dra de la ver­güen­za.

Cuan­do lle­gó a la fin­ca, ya noche cerra­da, les con­tó a los mayo­res que había esta­do con un buen ami­go de la gue­rra, y que se entre­tu­vo más de la cuen­ta por­que estu­vie­ron hablan­do de los tiem­pos de la hui­da juven­tud. (A la som­bra del ver­bo) (1995–2025)

REIVINDICACIÓN HIPERBOLIZADA

Tran­qui­los. Yo no voy a caer, oja­lá lo pudie­ra hacer en su numen lite­ra­rio, en la cos­tum­bre de Víc­tor Hugo de escri­bir des­nu­do para no tener la ten­ta­ción de salir de su des­pa­cho o en la de Joseph Con­rad que fue capaz de per­ma­ne­cer una sema­na ence­rra­do en su baño. Escri­to­res que renun­cia­ban a una socia­bi­li­dad por­que pen­sa­ban que en un ambien­te ere­mi­ta la visi­ta de las musas era más fac­ti­ble y pro­duc­ti­va.

Mar­ta Ailou­ti cuen­ta en un intere­san­te artícu­lo en El Espa­ñol que «Bal­zac empe­za­ba a escri­bir siem­pre a media­no­che para no ser inte­rrum­pi­do por nin­gu­na otra visi­ta o dis­trac­ción social. A la luz de las velas, con jor­na­das que a veces se exten­dían has­ta 15 o 16 horas dia­rias, era tan­ta la obse­sión del escri­tor por per­ma­ne­cer ais­la­do que a menu­do cam­bia­ba la hora de los relo­jes y cerra­ba las cor­ti­nas de la ven­ta­na para no ente­rar­se así de si ama­ne­cía». Refle­xiono. Miro el ven­ta­nal de mi casa y me resul­ta impo­si­ble por­que los esto­res que pen­den del techo no cum­plen el doble pro­pó­si­to de las cor­ti­nas del siglo XIX: deco­rar y pro­por­cio­nar pri­va­ci­dad con una oscu­ri­dad casi abso­lu­ta.

«Cono­ci­dos tam­bién son los casos de J. D. Salin­ger y Emily Dic­kin­son. El autor de El guar­dián entre el cen­teno com­par­tía con su pro­ta­go­nis­ta, Hol­den Caul­field, la idea de que si él hubie­ra sido pia­nis­ta, toca­ría den­tro de un arma­rio. Celo­sa­men­te obse­sio­na­do por su vida pri­va­da, su fuer­te recha­zo a la expo­si­ción públi­ca lle­vó al escri­tor a levan­tar muros y ais­lar­se del mun­do en una gran­ja de Cor­nish (New Ham­pshi­re), don­de se dedi­có por ente­ro a la escri­tu­ra duran­te sus últi­mos cua­ren­ta años de vida.

Como él, Emily Dic­kin­son tam­bién deci­dió ence­rrar­se en su casa pater­na de Amherst (Mas­sa­chu­setts) y per­ma­ne­cer en el ano­ni­ma­to. Su caso es uno de los más para­dig­má­ti­cos. Entre­ga­da al estu­dio, la refle­xión y la escri­tu­ra, la poe­ta tenía pocas amis­ta­des per­so­na­les y esca­sas rela­cio­nes socia­les». Mar­ta Ailou­ti dixit.

Hoy es invia­ble lle­gar a esos extre­mos. Pero soñar es gra­tui­to. Una posi­ble solu­ción sería ence­rrar­me en un monas­te­rio aban­do­na­do, al esti­lo del de San­ta María de Mon­fe­ro, una impo­nen­te cons­truc­ción cis­ter­cien­se situa­da en el cora­zón de A Coru­ña, den­tro del Par­que Natu­ral de las Fra­gas do Eume. Digno de ver aun así. Otra solu­ción, habi­li­tar­me en una casa aban­do­na­da y semi­de­rrui­da en una calle anó­ni­ma de este inhu­mano Madrid. O, en todo caso, un pue­blo vacia­do de habi­tan­tes que no sea loca­li­za­do por un gps.

Aun­que, como me dicen los que me cono­cen, «¿dón­de tus como­di­da­des?, ¿dón­de tu abur­gue­sa­mien­to?, ¿dón­de tus cañi­tas?, ¿dón­de tu gua­sap?, ¿dón­de tu 5G?» y demás pre­gun­tas que me resul­ta inapro­pia­do, por pudor, enu­me­rar­las. Algu­nas son muy dañi­nas. Me dicen, cual ense­ñan­te expli­can­do el esque­ma de la ora­ción com­pues­ta, que las rela­cio­nes socia­les no solo enri­que­cen nues­tra vida; tam­bién la pro­te­gen. Son una nece­si­dad huma­na bási­ca, no un lujo. Inter­ac­tuar con otros pue­de dis­mi­nuir la ansie­dad, la depre­sión y la sen­sa­ción de sole­dad.

No voy a seguir con los bene­fi­cios de la socia­bi­li­dad. Todo el mun­do las sabe. En caso de duda con­sul­ta inter­net y te ais­la­rás más que la cita­da poe­ta, auto­ra de 1.775 poe­mas, de los cua­les no lle­gó a publi­car ni una dece­na en vida.

Ayer, en mis horas de insom­nio, con el telé­fono en la mano hice una lis­ta de los incon­ve­nien­tes que yo creo ver. ¿A dón­de me lle­va­ría tan­ta socia­bi­li­dad? Quien me cono­ce, sabe de mi nota­ble ten­den­cia a la exa­ge­ra­ción. Por ello, haga­mos una hipér­bo­le un tan­to «hiper­bo­li­za­da». Me podría lle­var a cam­biar mi for­ma de ser para agra­dar (mi famo­so com­pla­ce), a par­ti­ci­par en con­duc­tas que no deseas, a sufrir mani­pu­la­ción emo­cio­nal (hay ver­da­de­ros exper­tos), a depen­der afec­ti­va­men­te (es demo­le­dor), a reci­bir, en mi ausen­cia, crí­ti­cas cons­tan­tes (me impor­tan, sí, me impor­tan), a un cal­va­rio de can­san­cio men­tal o emo­cio­nal, a redu­cir mi espa­cio para la intros­pec­ción o el auto­cui­da­do, a la difi­cul­tad para esta­ble­cer lími­tes (yo no sé poner­los), a sen­tir­te infe­rior al com­pa­rar­te con los logros de otros (lo ten­go gra­ba­do en mi fron­tis men­tal), a gene­rar bro­tes de dañi­na envi­dia (des­de mi pre­ado­les­cen­cia es el veneno silen­cio­so de mi alma, es la eter­na som­bra que me mata cuan­do la luz aje­na bri­lla más que la mía), a lle­var­me a la frus­tra­ción emo­cio­nal o afec­ti­va, a los malen­ten­di­dos que me lle­van a la mise­ria huma­na, a las rup­tu­ras de con­fian­za, a des­cui­dar mis ver­da­de­ras nece­si­da­des, en este caso lite­ra­rias…

Te habrás dado cuen­ta en estas últi­mas líneas, si las has sopor­ta­do, mi inelu­di­ble ten­den­cia a la hipér­bo­le. Péta­me moi­to («me gus­ta mucho», en galle­go) y no pue­do refre­nar las ansias de caer en ella. Gar­cía Lor­ca dice «Por tu amor me due­le el aire… el cora­zón y el som­bre­ro» y todos loan la ori­gi­na­li­dad y el valor lite­ra­rio de la exa­ge­ra­ción. Yo no inten­to lle­gar a ese nivel, impo­si­ble, pero un bura­qui­ño («hue­que­ci­to», en galle­go) déjen­me ocu­par en la glo­ria de la extre­mo­si­dad lite­ra­ria.

En estos tiem­pos moder­nos, que­rer estar solo es casi un acto cri­mi­nal. Si no estás en una fies­ta, en una video­lla­ma­da, en un gru­po de gua­sap o postean­do tu «brunch» con ami­gos, algo anda mal con­ti­go. Por­que, cla­ro, ¿cómo alguien podría dis­fru­tar de un vier­nes por la noche sin una «sali­di­ta obli­ga­to­ria»?

La socia­bi­li­dad se ha con­ver­ti­do en el nue­vo ter­mó­me­tro de la feli­ci­dad. ¿Tie­nes muchos ami­gos? ¡Feli­ci­da­des, eres exi­to­so! ¿Te tomas­te un café solo? Lamen­ta­mos tu sole­dad. ¿Te gus­ta pasar tiem­po con­ti­go mis­mo? No te preo­cu­pes, ya hay apli­ca­cio­nes para solu­cio­nar­lo.

Hoy, estar solo no es vis­to como una elec­ción, sino como un sín­to­ma. Y si deci­des apa­gar el telé­fono o no con­tes­tar por unas horas, pre­pá­ra­te para las pre­gun­tas: «¿Estás bien?», «¿Te pasó algo?», «¿Por qué no vinis­te?». Por­que cla­ro, pre­fe­rir el silen­cio o la intros­pec­ción solo pue­de sig­ni­fi­car una cosa: algo anda mal con­ti­go.

Iró­ni­ca­men­te, en medio de tan­ta cone­xión, muchos se sien­ten más des­co­nec­ta­dos que nun­ca. Pero lo impor­tan­te es que la agen­da esté lle­na, aun­que sea de com­pro­mi­sos que uno pre­fe­ri­ría evi­tar. Total, lo impor­tan­te no es estar bien, sino pare­cer­lo.

Así que ya sabes: son­ríe, publi­ca una his­to­ria con tus «per­so­nas favo­ri­tas», res­pon­de rápi­do los men­sa­jes y nun­ca, jamás, admi­tas que dis­fru­tas estan­do solo. Eso que­da para los excén­tri­cos, para los que entran en tu habi­ta­ción, y la colo­ni­zan con su entu­sias­mo o para los que expul­san el silen­cio a car­ca­ja­das. En la quie­tud sin voces hallé mi mora­da, / don­de el alma susu­rra lo que el rui­do calla­ba. (A la som­bra del ver­bo) (1995–2025)

LA INSPIRACIÓN

Nues­tro escri­tor se des­per­tó en una reali­dad meta­li­te­ra­ria. Esta­ba enma­ra­ña­do en una red de fic­ción y ver­dad. Pal­pó el lado dere­cho de su cama y notó que esta­ba calien­te y que con­ser­va­ba la for­ma de un cuer­po humano. Acer­có su nariz y per­ci­bió un aro­ma a cuer­po feme­nino que le embau­có por unos segun­dos en un alum­bra­mien­to casi sal­va­je. Le vol­vió su inhe­ren­te con­cep­to de la cul­pa, pero su frá­gil volun­tad hizo que se enre­da­ra en un bucle de recuer­dos y sole­da­des. Se levan­tó esti­mu­la­do por un hechi­ce­ro olor a café. ¿Quién lo ha pre­pa­ra­do?, se pre­gun­tó entre la sor­pre­sa y el temor. Lleno de curio­si­dad se acer­có a la coci­na y allí vio dos tazas: una sucia por un uso recien­te y otra lim­pia y pre­pa­ra­da para él. Ima­gi­nó que todo había sido obra de la mujer que lo visi­tó ayer. Con lo cual ten­go razón y esa mujer exis­te, dedu­jo abdu­ci­do por el aro­ma del café. Se sir­vió tres cuar­tas par­tes de la taza y dos dedos de leche. Un pri­me­ro sor­bo pro­lon­ga­do le supo a glo­ria, cerró los ojos y expe­ri­men­tó pla­cen­te­ra­men­te el des­per­tar de sus neu­ro­nas. Tuvo la ten­ta­ción de encen­der un ciga­rro. No pue­do caer en el vicio que tan­to me cos­tó dejar. Aquí sí obtu­vo un rotun­do éxi­to. Está con­cien­zu­da­men­te con­ven­ci­do de que sigue sien­do un fuma­dor que no con­su­me taba­co. Se tomó el pul­so. Lo tenía extra­ña­men­te ace­le­ra­do. Mil pro­yec­tos en la men­te y un docu­men­to en blan­co. Tor­nó a su estu­dio y se sen­tó fren­te al orde­na­dor, su potro de tor­tu­ra. Una mira­da a la pan­ta­lla y otra his­to­ria más eva­po­ra­da. ¿Cuán­do se aca­ba­rá esta des­hi­dra­ta­ción crea­ti­va enquis­ta­da? De nue­vo el ace­chan­te orde­na­dor se abre ante él. ¿Qué hacer?, pen­só. Vol­ver al camino, aun­que san­gren las yemas de los dedos. Y se puso en dis­po­si­ción de dar­le vida al des­ha­bi­ta­do docu­men­to en blan­co. Alguien, en una enso­ña­ción real, le susu­rró una pala­bra al oído y no supo seguir. (A la som­bra del ver­bo) (2025)

EL BRONCEADOR SIN SOL

Yo soy de piel blan­ca y un poqui­to rosa­da. Siem­pre tuve corro­si­va envi­dia (no creo en la sana) de las per­so­nas que se ponen more­nas en pocos días y que no tie­nen que reco­rrer ese tra­mo de que­ma­du­ras y toda su paren­te­la de ampo­llas. Qui­zá por eso mis­mo recha­ce de una mane­ra invo­lun­ta­ria el sol. Ade­más, la foto­fo­bia y la pro­li­fe­ra­ción de luna­res ―mela­no­ma inclui­do― han logra­do que en la actua­li­dad el der­ma­tó­lo­go me prohí­ba el sol. Tam­bién es cier­to que soy una per­so­na bien entra­da en años como para soli­ci­tar aho­ra de modo gra­tui­to la more­nez del sol. Pero menos que a los vein­te años se quie­ra que­dar bien cuan­do lle­ga el verano y uno pien­sa que lo de estar moreno «es la de dios».

Cuan­do yo era vein­tea­ñe­ro se me metió entre cuerno y cuerno que yo tenía que estar moreno en dos días. ¡Qué digo dos días! ¡En dos horas! Tenía una cita en el fin de sema­na y no podía defrau­dar a Rosa, la chi­ca con la que había que­da­do.

―José María, no creo en los mila­gros, y tu deseo tie­ne más de eso que de posi­bi­li­dad real, me decía mi alter ego.

―Ya lo sé, pero algu­na solu­ción habrá…

Y sin enco­men­dar­me ni a Dios ni al dia­blo fui a con­sul­tar a una des­co­no­ci­da far­ma­cia «mi pro­ble­ma». El auxi­liar, que cap­tó ense­gui­da mi obse­sión, me dijo:

―Yo ten­go su solu­ción: el bron­cea­dor sin sol. Es la nove­dad de esta pri­ma­ve­ra. No nece­si­ta que­mar su piel. Con el bron­cea­dor sin sol, vis­to y no vis­to. ¡Y a lucir­se!

―¿Está usted segu­ro?

―Segu­rí­si­mo. Siga las ins­truc­cio­nes del pros­pec­to al pie de la letra y en una noche ten­drá un color que cau­sa­rá la envi­dia de sus ami­gos.

Y sin pen­sar que Dios es bueno, pero el dia­blo no es malo, lo com­pré y «mar­ché para casa» lleno de una ale­gría casi volup­tuo­sa.

―Has­ta maña­na, mamá y papá. «Mar­cho para cama». Ten­go que repa­sar el examen de maña­na. Me fui a todo tra­po.

―Adiós, hijo. Has­ta maña­na. Pare­ce que está con­ten­to con lo que está estu­dian­do, sen­ten­ció mi padre.

Pri­mer paso: el baño.

Cogí el pros­pec­to y le eché un vis­ta­zo.

―Todo eso ya lo sé. Ver­bo­rrea médi­ca. Ya lo sé. José María, ven­ga.  Lavar­me la boca y el mila­gro. Quie­ro hacer­lo lo antes posi­ble.

Des­en­ros­qué el tapón del bron­cea­dor sin sol, esa mági­ca solu­ción far­ma­céu­ti­ca a mi blan­cu­ra. Me di una pri­me­ra capa. Con­sis­ten­te y muy bien exten­di­da. Exa­mi­né mi piel en el espe­jo como si fue­ra un gemó­lo­go estu­dian­do un bri­llan­te. Pero como no vi los resul­ta­dos inme­dia­tos que me había pro­me­ti­do el auxi­liar, me di cua­tro capas más. Aho­ra, segu­ro. Nada de lavar­me las manos. Mis padres no pue­den sos­pe­char que tan­to tiem­po en el baño escon­da algo. Me fui a la cama direc­ta­men­te ner­vio­so y algo ilu­sio­na­do.

Cuan­do me erguí de la cama al día siguien­te, yo había olvi­da­do ente­ra­men­te la tera­pia noc­tur­na del bron­cea­dor sin sol. Fue mi her­ma­na la que sol­tó un chi­lli­do, como si se hubie­ra encon­tra­do con el mis­mo hom­bre de los infier­nos.

―Pero… ¿Qué has hecho? Pare­ce que has dor­mi­do en una cho­co­la­te­ra. Estás negro como el car­bón. ¿Qué has hecho, insen­sa­to?

Fui a toda velo­ci­dad a ver­me en el espe­jo del baño. Cuan­do me vi, ¡cooo­ñó!, se me cayó el cie­lo en la cabe­za. Empe­cé a bal­bu­cear como cuan­do qui­se invi­tar a Mai­te al cine y no me salían las pala­bras.

―¡Ten­go examen final de lite­ra­tu­ra del siglo XVI!

Por el ala­ri­do de mi her­ma­na, mis padres se levan­ta­ron a toda velo­ci­dad y se acer­ca­ron a la coci­na a ver qué ocu­rría.

Cuan­do me vie­ron, no fue­ron capa­ces de cerrar la boca duran­te un lar­guí­si­mo minu­to. No sabían qué decir­me. Sólo mi madre:

―Hijo, por Dios, ¡qué dis­gus­to! Otro inven­to tuyo. (Inci­so: un año antes de este expe­ri­men­to, escri­bí a una empre­sa que se anun­cia­ba en el ABC con un «pro­duc­to mila­gro» para que bro­ta­ra la bar­ba espon­tá­nea­men­te. Estu­ve un mes com­ple­to dán­do­me una carí­si­ma loción vis­co­sa y de tono azul. Nada de bar­ba. Nada. Lo úni­co que con­se­guí, hable­mos cla­ra­men­te, es que me salie­ra «un terri­ble ecce­ma en for­ma de bar­ba». Fue mi pri­me­ra visi­ta al der­ma­tó­lo­go de un sin­fín de ellas.)

Tuve que con­tar deta­lla­da­men­te a mis padres y a Lola todo lo que hice. Mi padre, muy serio, miró el reloj de la coci­na y sen­ten­ció:

―Todos a la ducha, menos vues­tra madre. Voso­tros, a la facul­tad; yo, a tra­ba­jar.

―Yo…¿también?, impro­vi­sé.

―El pri­me­ro.

―Pero, papá, ¿tú sabes lo que te van a decir? No estoy pre­pa­ra­do para el examen.

Mi her­ma­na se fue a su habi­ta­ción par­ti­da de risa.

―Si me hubie­ras con­sul­ta­do a mí, Jose. Aho­ra, a ape­chu­gar con tus com­pa­ñe­ros.

Me callé y me fui a la ducha. Me miré en el espe­jo y eran repug­nan­tes los cho­rre­to­nes de color cho­co­la­te que tenía en las manos, los bra­zos, la cara, las ore­jas, el cue­llo… Me duché, pero no des­pa­re­ció ni un ápi­ce de negri­tud.

Cogí el auto­bús y sopor­té con cier­ta dig­ni­dad las mira­das bur­lo­nas. Hoy, julio del 25, hubie­ra sufri­do con tre­men­da ver­güen­za un sin­fín de fotos con los móvi­les. ¿E Ins­ta­gram? Se me está des­li­zan­do un hilo de sudor por la espal­da.

En la facul­tad no salu­dé a nadie y me diri­gí ali­caí­do al aula don­de tenía­mos el examen. Todas las ban­ca­das ocu­pa­das menos la pri­me­ra fila. Allí me sen­té. Encor­se­ta­do. Bolí­gra­fo en la mano izquier­da y en espe­ra del cate­drá­ti­co. Sin mirar a nadie, pero todos mirán­do­me.

El pro­fe­sor entró con dili­gen­cia y dejó sobre la mesa los cua­der­ni­llos con las pre­gun­tas. Éra­mos  200 alum­nos. Lógi­co que don Anto­nio se fija­ra en mí. Se me acer­có y con una mira­da de ins­pec­tor de hacien­da me exa­mi­nó de arri­ba a aba­jo. Se giró como un legio­na­rio por­ta­dor del Cris­to de la bue­na muer­te y sol­tó una inter­mi­na­ble cas­ca­da de car­ca­ja­das, que se escu­cha­ron en toda la facul­tad. El paseí­llo de todos los com­pa­ñe­ros de cur­so, para escru­tar­me, por la pri­me­ra fila con cual­quier dis­cul­pa fue ince­san­te. El mur­mu­llo, des­me­di­do. Don Anto­nio sufrió y sudó san­gre coa­gu­la­da para que se hicie­ra el silen­cio Colo­ca­do a dos metros, se diri­gió a mí como si estu­vie­ra can­tan­do un tema de nota­rías:

―Mire, Máiz Togo­res, como le gus­ta que lo lla­me, usted es el abe­jón de este examen, pero cla­ro, por mucho que estén las ven­ta­nas abier­tas, que­ri­do ami­go, usted no se va. Mire, no sopor­to más este ambien­te de car­na­val. Usted no va a hacer el examen aho­ra, lo hará maña­na y oral en mi des­pa­cho, con todos sus dere­chos invio­la­dos. Así podrán con­cen­trar­se sus com­pa­ñe­ros. No quie­ro que haya un posi­ble recur­so por el inapro­pia­do ambien­te gene­ra­do por usted.

Se sen­tó y espe­ró a que yo me fue­ra. Des­pués de reco­ger mis apun­tes, cabiz­ba­jo y medi­ta­bun­do lo hice lo más rápi­do posi­ble.

La puer­ta ya cerra­da, en el pasi­llo, me puse a reor­de­nar los apun­tes que había reco­gi­do arbi­tra­ria­men­te.

De pron­to tro­nó la voz de don Anto­nio:

―A ver, seño­res, una últi­ma car­ca­ja­da y a escri­bir dos horas segui­das. La riso­ta­da sonó en toda la facul­tad duran­te un minu­to y súbi­ta­men­te se hizo un silen­cio abso­lu­to. Empe­zó el examen que no me deja­ron hacer. (A la som­bra del ver­bo) (2025)

 

COLÁS

Los años sesen­ta fue­ron años de mucha emi­gra­ción a cen­tro­euro­pa. Allí se ins­ta­la­ron miles de galle­gos que des­de muy dife­ren­tes luga­res y aldeas mar­cha­ron camino de una vida mejor. La vuel­ta de algu­nos de ellos era un varia­do arco iris de acti­tu­des y com­por­ta­mien­tos. El que venía calla­do y con una mira­da tris­te, pen­san­do que aque­llo no era lo que le pro­me­tie­ron. El que venía pre­su­mien­do de sus éxi­tos en la Ale­ma­nia más moder­na. O el que con­ta­ba mil con­quis­tas con­du­cien­do un cocha­zo jamás vis­to en la aldea. Luis Roxo regre­só un verano fan­fa­rrón e hin­cha­do como un engreí­do de capi­tal.

Lo pri­me­ro que hizo fue a ir a la taber­na del Bau­prés, hom­bre sen­sa­to y res­pe­tuo­so que había hecho la mili en Ferrol, don­de era cono­ci­do entre los quin­tos pelu­dos como O Tres­pés, por su gran viri­li­dad.

―Sois unos igno­ran­tes y unos ile­tra­dos. No tenéis ni idea de la reali­dad euro­pea. A ver, tú, que pre­su­mes tan­to, ¿quién es Char­les de Gau­lle? Un silen­cio espe­so se hizo en la taber­na. Cada uno con su taza de vino en la mano y miran­do al infi­ni­to.

―El nue­vo pre­si­den­te de la Repú­bli­ca fran­ce­sa. Sois unos anal­fa­be­tos, unos rebo­za­dos de mer­da. Como dice mi vecino, ale­mán de pura cepa, que sólo os intere­san las  vaca­cio­nes, el sol, la bue­na comi­da y una vida de taber­na. ¡Nada de tra­ba­llar!

El ami­go Luis, ani­ma­do por la exhi­bi­ción, qui­so fina­li­zar la fae­na con otra pre­gun­ta:

―Y el Willy Brandt? Silen­cio más espe­so aún. Veis. Sois la esco­ria de Euro­pa. Com­prad libros, ved las noti­cias de tele­vi­sión y dejaos de cara­lla­das. Pues es el mejor alcal­de de Euro­pa. Es un gober­nan­te serio y muy pre­pa­ra­do, que lle­ga­rá a pre­si­den­te de Ale­ma­nia.

Farru­qui­ño se har­tó de tan­ta lec­ción y le hizo, ani­ma­do por el vino, la pre­gun­ta que tenían todos en la cabe­za.

―¿Y tú sabes quién es el Colás, cona da vaca? Ante lo silen­cio de Luis Roxo, era el nom­bre del emi­gran­te, Farru­qui­ño con­ti­nuó:

―Pues el Colás es el que habla con tu mujer y le seca las lágri­mas todas las noches mien­tras tú apren­des esas chu­mi­na­das en Euro­pa.

La taber­na rom­pió a reír con unas car­ca­ja­das que escu­chó todo el mun­do en la aldea y Luis, sin fina­li­zar la taza, mar­chó en silen­cio abso­lu­to y con la cabe­za baja para no batir los cuer­nos con el mar­co supe­rior de la puer­ta. (A la som­bra del ver­bo) (2025)

VERSIÓN IRRACIONAL DE LA PRESENTACIÓN DEL BLOG ‘RECUNCAR.COM’

En este tex­to he vol­ca­do toda mi crea­ti­vi­dad lite­ra­ria des­de la pers­pec­ti­va IRRACIONAL. Espe­ro que te gus­te por­que, en caso con­tra­rio, ya no sé qué hacer para sacar­te una son­ri­sa.

Bien­ve­ni­dos a este espa­cio don­de nadie pre­gun­ta y, sin embar­go, las res­pues­tas flu­yen como si alguien estu­vie­ra escu­chan­do con aten­ción iró­ni­ca y lápiz afi­la­do. Aquí comien­za una entre­vis­ta sin­gu­lar: no hay entre­vis­ta­dor, no hay micró­fono en la sola­pa, pero hay alguien que habla por­que sí, «por­que lle peta». Por­que el silen­cio a veces nece­si­ta ser inte­rrum­pi­do con una con­fe­sión inne­ce­sa­ria.

Nues­tro pro­ta­go­nis­ta entra en esce­na como quien se sien­ta en una silla ya calien­te que no tie­ne patas. Mira al vacío —que hoy hace de entre­vis­ta­dor ima­gi­na­rio— y empie­za a res­pon­der las pre­gun­tas que nadie le ha hecho. Sin fil­tros, sin guion, sin nin­gu­na pre­gun­ta que le jus­ti­fi­que.

¡Hola, que­ri­do ami­go que no estás pre­sen­te!

¡Gra­cias por tener la osa­día de no visi­tar este blog! No mar­ches, hom­bre, no mar­ches.

Este no es un blog nor­mal. Lla­mar­se www.recuncar.com apun­ta serie­dad y cate­go­ría, pero en el fon­do es una «cara­lla­da». Un vecino galle­go, en una madru­ga­da áci­da, me dijo que no enten­día el tér­mino «cara­lla­da». Le expli­qué que es «la mani­fes­ta­ción espon­tá­nea de locu­ra esti­li­za­da, con pre­ten­sio­nes esté­ti­cas o humo­rís­ti­cas. Sue­le apa­re­cer en tex­tos, con­ver­sa­cio­nes o momen­tos de ins­pi­ra­ción absur­da, y se reco­no­ce por pro­vo­car son­ri­sas incó­mo­das, pen­sa­mien­tos inú­ti­les o refle­xio­nes que nadie pidió».

Aquí no hay influen­cers, ni tazas moti­va­cio­na­les de rega­lo, ni pala­bras en inglés tipo live, laugh, love o cual­quier otra, ni reco­men­da­cio­nes para cor­tar­se las uñas sin nin­gún ins­tru­men­to, ni invi­ta­cio­nes al pla­tó por­que no exis­te… Aquí hay galle­gui­dad con deno­mi­na­ción de ori­gen. Dis­fru­ta­rás con nues­tra aman­te iro­nía y obser­va­rás un sen­ti­do del humor que podría curar has­ta los males más serios del tra­ba­jo.

No voy a negar que tam­bién hay poe­mas serios, naci­dos de lo más pro­fun­do de mi «no sen­ti­mien­to».

¿Quién son yo? Un loco con múl­ti­ples per­so­na­li­da­des. Depen­de del día. Un loco que quie­re poner a tus pies (no se te ocu­rra poner el orde­na­dor en ese lugar) toda su obra. Soy como una mon­ta­ña rusa: el mis­mo día estoy en la cum­bre de la posi­ti­vi­dad y de la ale­gría como me arras­tro por «a mer­da das vacas». Es la mejor mane­ra de enten­der­nos tú y yo… ¿Y el res­to de la gen­te? Tam­bién. Mis tex­tos son como una tor­ti­lla sin cebo­lla: sim­ples, sin­ce­ros, y un poco pro­vo­ca­do­res.

¿Temas prin­ci­pa­les del blog? Cosas que no le intere­san a nadie, pero que con­ta­das con gra­cia pare­cen impor­tan­tes.

Refle­xio­nes filo­só­fi­cas sobre «los semá­fo­ros de Ouren­se y su enor­me per­so­na­li­dad». Los semá­fo­ros de Ouren­se no son meros arte­fac­tos urba­nos. No. Son entes exis­ten­cia­les, tes­ti­gos silen­cio­sos de un tiem­po que no corre, sino que se dila­ta entre el ver­de que nun­ca lle­ga y el rojo que insis­te como una decla­ra­ción de prin­ci­pios.

Expe­ri­men­tos socia­les como «comer cal­do en agos­to para ver si la abue­la deja de pro­tes­tar». Estu­dio socio­cu­li­na­rio sobre la tole­ran­cia tér­mi­ca emo­cio­nal de las abue­las galle­gas ante el cal­do en verano: Si uno come cal­do en pleno agos­to a 35º a la som­bra, a las tres de la tar­de, la abue­la deja­rá de emi­tir que­jas cli­ma­to­ló­gi­cas y, por pri­me­ra vez en la his­to­ria docu­men­ta­da, asen­ti­rá en silen­cio… aun­que sea por tres segun­dos.

Lis­tas absur­das como «los sie­te sig­nos de que eres galle­go, aun­que hayas naci­do en Mada­gas­car». Por ejem­plo, uno: Eres capaz de dis­cu­tir duran­te una hora sobre el gra­do de ter­nu­ra exac­to que debe tener el pul­po, como si fue­ra cues­tión de Esta­do.

Estu­dios cien­tí­fi­cos (total­men­te inven­ta­dos) sobre «la iro­nía como méto­do de defen­sa per­so­nal». En un minu­cio­so estu­dio rea­li­za­do por el inexis­ten­te Ins­ti­tu­to de Neu­ro­bu­ceo Apli­ca­do de la Uni­ver­si­dad de San Cucu­fa­to del Oes­te, 327 cone­ji­llos de indias huma­nos fue­ron some­ti­dos a situa­cio­nes socia­les incó­mo­das —como reunio­nes fami­lia­res con sue­gros opi­na­do­res y entre­vis­tas de tra­ba­jo sin sen­ti­do— para ana­li­zar el impac­to de la iro­nía como escu­do emo­cio­nal.

―«Sufri­mien­tos emo­cio­na­les que mani­fes­té cuan­do me qui­ta­ron la pri­me­ra mue­la». Fue en 1965, año glo­rio­so de la anes­te­sia dudo­sa y la empa­tía en baja. Entré al den­tis­ta con una mue­la rebel­de y salí con menos pie­zas den­ta­les, menos dig­ni­dad y más trau­mas emo­cio­na­les que una sesión de psi­co­aná­li­sis con Freud en ayu­nas.

Cara­lla­das lite­ra­rias esti­lo la siguien­te.  La tor­tu­ga entró en un bar, pidió un vino Men­cía y tres can­gre­jos de río ves­ti­dos de filó­so­fos grie­gos. El cama­re­ro, con for­ma de tris­te para­guas, la miró de reo­jo y le pre­gun­tó: ¿Tie­ne usted licen­cia de soña­do­ra pro­fe­sio­nal? Ella res­pon­dió con un poe­ma sobre semá­fo­ros rebel­des que bai­lan muñei­ras los domin­gos. Todo el bar esta­lló en aplau­sos filo­só­fi­cos. Y la llu­via celo­sa deci­dió escri­bir su nove­la auto­bio­grá­fi­ca en brai­lle líqui­do.

Autén­ti­cas joyas del dis­pa­ra­te con toque cul­to. Don Casi­mi­ro, filó­so­fo de taber­na y poe­ta de uri­na­rio públi­co, escri­bía sus afo­ris­mos en la espu­ma del ver­mú, mien­tras dis­cu­tía con Hei­deg­ger a tra­vés de la radio sobre las depo­si­cio­nes con­sis­ten­tes en Ouren­se.

Poe­mas irre­ve­ren­tes. El san­to patrón del sar­cas­mo apa­re­ció en el espe­jo del ascen­sor y me dijo: «Con­fía en ti… pero no dema­sia­do, ya te conoz­co» y me reali­zó una ben­di­ción con olor a café reca­len­ta­do.

Crí­ti­cas «serias» de libros inexis­ten­tes. Títu­lo ima­gi­na­do: La melan­co­lía del refri­ge­ra­dor vacío por Euse­bio Ras­ca­tri­pas. Lo más des­ta­ca­do por inexis­ten­te: el capí­tu­lo sie­te, «Oda a la cebo­lla ausen­te», es una pie­za líri­ca que debe­ría incluir­se en todo pro­gra­ma de estu­dios de filo­so­fía apli­ca­da.

Per­so­na­jes ridícu­los con fon­do lite­ra­rio. Don Ansel­mo es un hom­bre de bigo­te asi­mé­tri­co y capa de ter­cio­pe­lo que lle­va siem­pre con­si­go una anto­lo­gía de auto­res que nun­ca exis­tie­ron. Habla en ver­so ende­ca­sí­la­bo inclu­so cuan­do pide el pan, y corri­ge la sin­ta­xis del vien­to con una vara de mim­bre.

Micro­rre­la­tos con fina­les sin sen­ti­do. El perro de la fami­lia, que no ladra­ba des­de 1983, empe­zó a reci­tar nom­bres en latín. La abue­la obser­va­ba des­de el espe­jo, don­de ya no tenía ojos, solo dos lunas gira­das hacia aden­tro. Y en la radio, un locu­tor anun­ció la hora: «Son las tres de la maña­na en todas las ciu­da­des de Gali­cia menos en la tuya».

Recuer­dos de la infan­cia y la juven­tud… De pron­to, con la lec­tu­ra, te vis­te atra­pa­do en dis­cu­sio­nes sobre si el narra­dor era fia­ble, si el autor vivía ator­men­ta­do o sim­ple­men­te no sabía usar comas. Y lo peor: empe­zas­te a enten­der las letras peque­ñas de los con­tra­tos. Ya no había vuel­ta atrás.

Y tex­tos serios sobre el amor, la nos­tal­gia, la deso­la­ción, el des­amor, la geo­gra­fía galle­ga… La sole­dad es huma­na por­que tie­ne ros­tro: el nues­tro, cuan­do fin­gi­mos reír, cuan­do deci­mos «estoy bien» con el tono jus­to para que no pre­gun­ten más. Se camu­fla en ruti­nas, se dis­fra­za de inde­pen­den­cia, se jus­ti­fi­ca con agen­das lle­nas de cosas que no impor­tan.

―Y nue­vos capí­tu­los de Hatroz, evi­den­te­men­te.

¿La fre­cuen­cia de publi­ca­ción? Cuan­do ten­ga tiem­po, ideas, cuan­do el mal­di­to wifi (por favor, pro­nun­cia «guai­fai») no me aban­do­ne o cuan­do me ven­ga la ins­pi­ra­ción de la Rei­na Lupa, muller de armas tomar. Publi­co con más regu­la­ri­dad que el tren A Coruña―Vigo… lo cual, sien­do sin­ce­ros, tam­po­co es muy difí­cil. Quien lo pro­bó lo sabe. Lo mis­mo con el AVE Santiago―Oporto, que no exis­te.

¿Obje­ti­vo final? Que te rías, me odies o me ames. O que pien­ses «vaya cho­rra­da, pero nos hacen fal­ta estas ton­te­rías». Por­que en el fon­do, este blog es como ese vecino del quin­to que nun­ca está bien de la cabe­za, pero que siem­pre tie­ne una fra­se que te ale­gra el día. Si te gus­ta el sen­ti­mien­to galle­go, la iro­nía, el dolor emo­cio­nal y reír­te de ti mis­mo o de mí (o de la vida en gene­ral), este blog es como la llu­via: vie­ne sin avi­sar, te moja por den­tro, y a veces aca­ba en fiesta…o des­gra­cia.

¿Qué razo­nes ten­go para publi­car­lo? Por­que hoy, que­ri­do lec­tor, llo­ré los sie­te mares. Sí, llo­ré. Y mucho. Pero no por un amor per­di­do, ni por el des­ca­la­bro de la filo­so­fía exis­ten­cial, ni por­que no «depu­sie­ra sóli­do» el perro del vecino. No. Llo­ré por­que el pan de mi empa­na­da esta­ba seco. Seco como mis sen­ti­mien­tos cada vez que reci­bo un men­sa­je que me dice: «adiós, plas­ta, adiós» y nada más. ¡Eso no es men­sa­je­ría, eso es terro­ris­mo emo­cio­nal! Des­pués de un llan­to tan tris­te, escri­bí en la cama un tex­to cara­llu­do: Llo­ro, sí… pero no tan­to por amor. El amor es una mier­da. Llo­ro por cosas serias. Pare­ce que cogí la cebo­lla que había cor­ta­do ayer en el baño. Estoy aho­ga­do en pen­sa­mien­tos… y no he sido capaz de pen­sar en mi pro­pia ducha, por­que olvi­dé que hoy había cor­te de agua de 7 a 10. Lue­go miré el móvil: nada per­so­nal. Solo el gua­sap del gru­po «cara­llóns» dicien­do «Hola, salí de la Xun­ta y mar­cho para casa por­que no me han ele­gi­do pre­si­den­te». Pien­so en una decla­ra­ción de amor y quie­ro escri­bir­le un poe­ma, pero el correc­tor auto­má­ti­co trans­for­ma «dolor» en «doc­tor» y aho­ra pare­ce que sufro, sí… pero con esti­lo. Sus­pi­ro tan fuer­te que la cáma­ra de mi orde­na­dor via­ja por la ven­ta­na a la velo­ci­dad del soni­do. Ya no te pue­de ver.

¿Alguien me pidió que escri­bie­ra un blog? Nadie con­tes­ta. Y cada lágri­ma que me cae en el tecla­do… rebo­ta como un balón de fút­bol galle­go y me hace llo­rar más. Pero no me mires así, yo tam­bién soy com­ple­jo. Soy galle­go: mitad llu­via, mitad sen­ti­mien­to, y un cien por cien inde­ci­so. El otro día me pre­gun­ta­ron: «Tie­nes frío?» Y yo res­pon­dí: «No sé, el cuer­po me dice que sí, pero el alma dice que está bien». ¡Coño!, pues pon­te a escri­bir un blog. Y así fue. Borré los exis­ten­tes.

Últi­mo argu­men­to. Así vivi­mos: con bufan­da y con­tra­dic­ción. Inten­to hacer medi­ta­ción y escri­bir… pero en mi cabe­za hay un cuar­te­to de gai­tas tocan­do la «Mui­ñei­ra de la ansie­dad». Qui­se pro­bar el yoga… Aca­bé en posi­ción fetal, abra­za­do al radia­dor, dicien­do: «¡Oh, Dios, qué estrés!». Pero yo sigo ade­lan­te. Por­que si voy a llo­rar, que sea por cor­tar cebo­lla hacien­do un cal­do con maris­co, no por amo­res que se esca­pan como el wifi cuan­do más lo nece­si­tas. Y se caen lágri­mas, que cai­gan sobre un pla­to de pul­po. Que así por lo menos tie­nen don­de remo­jar. ¡Ah! Si has lle­ga­do has­ta aquí, es que has entra­do por la puer­ta gran­de de mi blog.

Estoy más que pre­pa­ra­do para repar­tir diver­sión, tris­te­za, sar­cas­mo, y unas bue­nas dosis de inge­nio. Aquí pue­des con­tar con­mi­go para cosas úti­les, inú­ti­les o absur­da­men­te nece­sa­rias. La cla­ve está en mez­clar el uni­ver­so lite­ra­rio con la irre­ve­ren­cia y el sen­ti­do del humor galle­go. Te pido un chis­co de inte­li­gen­cia, mucha iro­nía y liber­tad total para man­dar­me a sem­brar pata­cas. ¡Gra­cias! (A la som­bra del ver­bo) (2025)

INFORMACIÓN PARA LOS SUSCRIPTORES

Domin­go 20 de julio de 2025.

4 horas y 57 minu­tos de la maña­na.

¡¡¡Bue­nos días!!!

Decla­ra­ción de prin­ci­pios: soy un mani­rro­to. Como un ilu­so orte­guiano (por Aman­cio Orte­ga, no Orte­ga y Gas­set), creé tres blogs para ir col­gan­do par­ce­la­da mi obra. Pare­cía una idea bri­llan­te como todas las mías en un prin­ci­pio. Lue­go, la reali­dad, me ha colo­ca­do en mi sitio y me ha obli­ga­do retro­ce­der, cual can­gre­jo inca­pa­ci­ta­do. Me resul­ta impo­si­ble, eco­nó­mi­ca­men­te, man­te­ner como yo quie­ro los tres blogs y he teni­do que redu­cir­lo a uno (www.recuncar.com). Cada blog me cues­ta man­te­ner­lo 363 euros al año. A mí me resul­ta impo­si­ble. Por eso, antes de hacer el des­em­bol­so, he cerra­do dos. Me dicen que podría poner publi­ci­dad. Sí. Es cier­to. Pero, infor­ma­do debi­da­men­te, me comen­tan en word­press que para que ten­ga cier­ta ren­ta­bi­li­dad ten­go que tener muchos sus­crip­to­res más, que con 416, como aho­ra, no voy a nin­gún sitio.  Por tal moti­vo, siem­pre te pido que se lo comen­tes a fami­lia­res y ami­gos. Eres tú quien me pue­de echar una mano en esto. Esa es la úni­ca razón, no cau­sas de una petu­lan­cia numé­ri­ca.

A par­tir de aho­ra, reci­bi­rás todos mis tex­tos en este blog men­cio­na­do y si quie­res poner­lo en tu pan­ta­lla, olví­da­te de los otros dos. Muchas gra­cias. Un abra­zo. José María Máiz Togo­res.

CAPÍTULO XV DE ‘HATROZ’.- FILOSO

Las cosas con Rafo han cam­bia­do algo. Muy des­afor­tu­na­da la entra­da del otro día, me dijo mien­tras dis­fru­tá­ba­mos de una cer­ve­za en San­ta Bár­ba­ra. Debe ser que «algu­na incur­sión lite­ra­ria» que he rea­li­za­do en su vida le ha sen­ta­do a cuerno que­ma­do, pen­sé yo.

―A par­tir de aho­ra, yo lee­ré, antes de publi­car­lo, cada capí­tu­lo que escri­bas.

―Me nie­go a ello, le dije. Si tú lees antes de tiem­po cada entra­da, esta­rías actua­li­zan­do esos res­col­dos abso­lu­tis­tas que tan­to des­de­ñas. ¿O ya no recuer­das tus crí­ti­cas a ese pasa­do tan auto­ri­ta­rio que te había doble­ga­do  de modo cons­cien­te? Vol­ve­mos, obser­vo, a la cen­su­ra con mano fir­me y sin remor­di­mien­tos.

Rafo se calló por­que se dio cuen­ta que había toca­do una fibra sen­si­ble de su tar­doa­do­les­cen­cia.

―Nun­ca te he per­mi­ti­do hablar de mi fami­lia con tan­ta pro­fun­di­dad. Nun­ca. Esto no es una jus­ti­fi­ca­ción, pero hay algún dato erró­neo que me ha jodi­do muchí­si­mo. Y cuan­do me dijis­te que ibas a hablar de Filo­so, me puse en guar­dia.

―Ade­más, que­rías ser tú el úni­co pro­ta­go­nis­ta y metién­do­me en tu vida así, me das un pro­ta­go­nis­mo que dice muy poco de ti. Me tie­nes que dejar liber­tad y que lue­go el lec­tor deduz­ca si es real o lite­ra­rio. Tam­bién te ten­go que decir que la infor­ma­ción que me has ofre­ci­do en algu­nos casos es míni­ma. ¿El capí­tu­lo VII? Pero… ¿si tú fuis­te más deta­llis­ta que yo en la narra­ción final de ese capí­tu­lo?

Antes de irse, ana­li­cé pro­fun­da­men­te su ros­tro. Esta­ba satis­fe­cho y orgu­llo­so, pero se lo reser­va­ba para él. Segu­ro. No he enten­di­do nada. Esos rama­la­zos de injus­ti­fi­ca­da inje­ren­cia en mi redac­ción me han des­co­lo­ca­do. Más aún, cuan­do lo vi salir de la cer­ve­ce­ría. Todo eran aten­cio­nes y ges­tos sim­pá­ti­cos con los cama­re­ros, aun­que no paga­ra. Eso me tocó a mí.

Yo, como narra­dor, creo que debo tocar todos los temas des­de la som­bra, has­ta los más deli­ca­dos y cen­su­ra­dos por el pro­ta­go­nis­ta de nues­tro reco­pi­la­to­rio de anéc­do­tas. No me pue­de con­di­cio­nar el hecho de que no le gus­ten.

Para escri­bir esta entra­da he habla­do con algu­nos fami­lia­res cer­ca­nos y otros cono­ci­dos de los mis­mos que aún viven. Ten­go que acla­rar que otros muchos ya han falle­ci­do y me ha resul­ta­do muy difí­cil entrar en deta­lles par­ti­cu­la­res.

José Luis, Filo­so para los más cono­ci­dos, nació en 1916, en una habi­ta­ción de la fin­ca La Pere­gri­na, en Ber­ta­mi­ráns, el úni­co. La mayor par­te de sus parien­tes son com­pos­te­la­nos. Cin­co her­ma­nos con­for­ma­ban su fami­lia: José Luis, Ele­na, Dolo­res, Maru­ja y María Rosa. Los her­ma­nos eran en un prin­ci­pio sie­te.  La mayor se lla­ma­ba Mer­ce­des y murió a los pocos meses de nacer. Se con­vir­tie­ron en seis cuan­do nació Car­los, el últi­mo de la fila, que falle­ció muy peque­ño cuan­do con­tra­jo una sep­ti­ce­mia, por la infec­ción de un grano en un labio que no pudo ser ata­ja­da, pues no había peni­ci­li­na en aque­llos tiem­pos. Vol­vie­ron a ser cin­co.

Sal­vo estas dos des­gra­cias pun­tua­les que fue­ron vivi­das con gran sufri­mien­to, a pesar de que en aque­llos tiem­pos era fre­cuen­te el falle­ci­mien­to de niños recién naci­dos, la infan­cia fue tran­qui­la y sin otras cir­cuns­tan­cias que la alte­ra­ra. Dicen que cuan­do no hay recuer­dos de esa eta­pa de la vida se pue­de cali­fi­car como plá­ci­da y ama­ble.

La ado­les­cen­cia fue otra cosa. En 1934 falle­ció su madre. Cuan­do uno pier­de a los quin­ce años a su madre, la hue­lla de dolor y tris­te­za se agran­da según va toman­do uno con­cien­cia de la ausen­cia de ese pilar de la fami­lia. La casa de los Togo­res Para­més se tiñó de luto y, cuan­do empe­za­ban a levan­tar cabe­za, por una labor enco­mia­ble de los fami­lia­res cer­ca­nos, lle­gó otro gol­pa­zo. El padre, en sep­tiem­bre del 36, tras unos inci­den­tes vivi­dos como con­se­cuen­cia de la gue­rra civil poco acla­ra­dos ―estu­vo rete­ni­do en una che­ca― falle­ció en su casa tras un ful­mi­nan­te infar­to de mio­car­dio.

Para­le­la­men­te a esta defun­ción, entre el 7 de noviem­bre y el 4 de diciem­bre, se pro­du­je­ron miles de masi­vas eje­cu­cio­nes extra­ju­di­cia­les de pre­sos encar­ce­la­dos en che­cas madri­le­ñas en Para­cue­llos del Jara­ma, por par­te del gobierno de la Repú­bli­ca, en un enfren­ta­mien­to terri­ble con los suble­va­dos por el con­trol de Madrid. En estas eje­cu­cio­nes fue­ron fusi­la­dos tres tíos direc­tos y un tío abue­lo.

Como con­se­cuen­cia de todo ello, los cin­co her­ma­nos Togo­res Para­més que­da­ron huér­fa­nos. Cir­cuns­tan­cia que con­mo­vió a todos los fami­lia­res. Tras varias reunio­nes, en una fami­lia en la que ape­nas que­da­ban hom­bres adul­tos, se decan­ta­ron por un «quín­tu­ple repar­to» de los her­ma­nos entre los dife­ren­tes miem­bros de la par­te Togo­res. Esta deci­sión no satis­fi­zo en abso­lu­to a una tía abue­la de los jóve­nes que, hacien­do gala de una fuer­za emo­cio­nal bru­tal, resol­vió asu­mir la edu­ca­ción y el man­te­ni­mien­to de los cin­co her­ma­nos, que con­ti­nua­ron de este modo uni­dos, deseo pri­mor­dial de esta mujer. María Para­més, cono­ci­da como Pía, era el nom­bre de esta cora­ju­da fémi­na.

Cen­tré­mo­nos en dos de los cin­co her­ma­nos. José Luis, el mayor, como dije antes, nació en la Fin­ca La Pere­gri­na, en la aldea de Ber­ta­mi­ráns, resi­den­cia en los meses de verano de la fami­lia Togo­res Para­més. Su locus amoe­nus. Y el  de Rafo. Se licen­ció en cien­cias exac­tas, pero todos los inten­tos de tra­ba­jar se vie­ron frus­tra­dos por una que­bra­da salud men­tal muy toca­da por todas las cau­sa­li­da­des que sufrió en sus pri­me­ros años de vida adul­ta. Vivió con su her­ma­na María Rosa y con su tía abue­la Pía en una casa alqui­la­da de la calle Cas­te­lló de Madrid. La tía Mota, como era lla­ma­da por sus sobri­nos, tra­ba­jó duran­te muchos años en la biblio­te­ca del CSIC y fue el sus­ten­to gene­ro­so y desin­te­re­sa­do en todas las pena­li­da­des psi­quiá­tri­cas que sufrió Filo­so, apo­do cari­ño­so de José Luis.

Filo­so era un hom­bre con un agu­dí­si­mo sen­ti­do del humor y una pode­ro­sa retran­ca que mani­fes­ta­ba en las mil y una anéc­do­tas que con­ta­ba o inven­ta­ba y que man­te­nía a sus sobri­nos aten­tos duran­te minu­tos y minu­tos. Pero cuan­do los ciclos de su enfer­me­dad se apo­de­ra­ban de él, la con­vi­ven­cia se hacía muy difí­cil. Sufrió tra­ta­mien­tos psi­quiá­tri­cos muy duros ―el adje­ti­vo en gra­do super­la­ti­vo abso­lu­to «muy duro» aquí pue­de hiper­bo­li­zar­se sin exa­ge­ra­ción nin­gu­na― y difí­ci­les de enten­der hoy en día y pasa­ba tem­po­ra­das en un sana­to­rio en los ale­da­ños de Com­pos­te­la dedi­ca­do a los tras­tor­nos men­ta­les tipo esqui­zo­fre­nia y otros. Algu­nos psi­quia­tras actua­les se atre­ven a cali­fi­car de «des­me­su­ra­dos y exce­si­vos» los tra­ta­mien­tos psi­quiá­tri­cos de los años 30 y 40.

María Rosa, la tía Mota para los sobri­nos, murió en 1979 por un agre­si­vo y metas­ta­ti­za­do cán­cer de mama, que por razo­nes pudo­ro­sas ―las ami­gas la ame­na­za­ban con decír­se­lo al padre de Rafo, si ella no lo hacía― y una abso­lu­ta caren­cia de pau­tas de pre­ven­ción en aque­lla épo­ca, fue detec­ta­do muy tar­de. La coin­ci­den­cia de una visi­ta de María Rosa a su her­ma­na Loli­ta con la casual pre­sen­cia del doc­tor Máiz Ber­me­jo hizo que la con­sul­ta no se demo­ra­ra. José María, que así se lla­ma­ba el padre de Rafo, nun­ca mani­fes­ta­ba con el ros­tro lo que tenía delan­te para diag­nos­ti­car, en esta oca­sión sufrió un gol­pe emo­cio­nal bru­tal por­que la reali­dad supe­ra­ba cual­quier fic­ción can­ce­rí­ge­na. La ope­ró urgen­te­men­te, pero esta­ba tan exten­di­do que su futu­ro tomó una direc­ción funes­ta y un final trá­gi­co. Fue­ron años de un sufri­mien­to hatroz por par­te de María Rosa Togo­res.

Como era impo­si­ble que José Luis pudie­ra man­te­ner­se eco­nó­mi­ca­men­te, y mucho menos la casa, hubo que tomar una apre­mian­te deci­sión con él. Ade­más de sus pro­ble­mas psi­quiá­tri­cos, era pacien­te de un pro­ble­ma cir­cu­la­to­rio impla­ca­ble, seguía fuman­do como un carre­te­ro ―fra­se colo­quial uti­li­za­da para des­cri­bir a alguien que fuma en exce­so o de mane­ra des­me­su­ra­da―, cir­cuns­tan­cia que era muy difí­cil de con­tro­lar, pues por enton­ces tenía cier­ta liber­tad de movi­mien­tos para acce­der a estan­cos y far­ma­cias.

La fami­lia deci­dió, no he lle­ga­do a saber cómo se pro­du­jo tal deter­mi­na­ción, que se fue­ra a vivir a casa de Rafo, ya que el padre era médi­co y podía ser aten­di­do con mayor dedi­ca­ción y cer­ca­nía. Lola, la her­ma­na de Rafo, dice que fue una peti­ción direc­ta de María Rosa a su padre. Todo el mun­do pen­só en Filo­so y nadie, abso­lu­ta­men­te nadie, en su her­ma­na Lola Togo­res, que sufría unas inca­pa­ci­tan­tes depre­sio­nes cícli­cas y un insom­nio hatroz. Ha lle­ga­do a mis oídos un comen­ta­rio que reali­zó una mujer de la fami­lia resi­den­te en Coru­ña: tal vez, por la enfer­me­dad de Loli­ta, no es la casa más idó­nea. Aún así, Filo­so ocu­pó, por «cesión volun­ta­ria de Loli­ta hija», su habi­ta­ción, que de un dor­mi­to­rio con pasi­llo, un arma­rio pro­pio de cua­tro puer­tas, una mesa cami­lla para estu­diar ais­la­da, una volu­mi­no­sa cómo­da, una como­dí­si­ma cama y una cier­ta inde­pen­den­cia, pasó a un cuar­ti­to peque­ño jun­to a la coci­na, per­dien­do abso­lu­ta­men­te la pri­va­ci­dad. Woo­li­te, que era como la lla­ma­ban cari­ño­sa­men­te sus pri­mos, no mani­fes­tó ni la más míni­ma que­ja ante tal per­mu­ta. La acep­tó ple­na­men­te. Pero hay que recal­car que cam­bió una gene­ro­sa cama ―ella tam­bién pade­cía de insom­nio― por un sofá cama bas­tan­te incó­mo­do. En esa habi­ta­ción sólo se podía estar acos­ta­do en la cama, sen­ta­do en ese mis­mo sofá o sen­ta­do en una silla. No se podía hacer vida algu­na. ¡Ah! Y sin arma­rio.

Filo­so vivió allí casi ocho años. Los gas­tos que supo­nía con­tra­tar a un hom­bre para que lo lava­ra y lo arre­gla­ra a dia­rio, y otros nume­ro­sos gas­tos dia­rios fue­ron sufra­ga­dos en los pri­me­ros años con el dine­ro que reci­bió tras ven­der la casa que había com­pra­do, con algu­na ayu­da exter­na, su her­ma­na María Rosa. La cuan­tio­sa liqui­da­ción de Hacien­da del piso fue cubier­ta con par­te del dine­ro antes men­cio­na­do.

En la casa de Her­ma­nos Mira­lles (hoy, Gene­ral Díaz Por­lier) hubo de todo, momen­tos muy bue­nos y momen­tos muy malos. Las cos­tum­bres noc­tur­nas (insom­nio, radio a gran volu­men, fumar en la cama, paseos con­ti­nuos por la casa para ir al baño…) y una cada vez mayor difi­cul­tad por con­tro­lar los esfín­te­res modi­fi­có los hábi­tos de toda la fami­lia. A las 10 de la maña­na que­da­ba per­fec­ta­men­te asea­do y per­fu­ma­do por el enfer­me­ro que iba a rea­li­zar a dia­rio esa tarea y sen­ta­do cómo­da­men­te en su sofá pre­fe­ri­do. Todo feno­me­nal. Pero a las 12, por no con­tro­lar los esfín­te­res, vol­vía a estar todo sucio. Decía él que no le hacían fal­ta los paña­les. ¿Quién afron­ta­ba la labor de lavar­lo y ves­tir­lo de nue­vo? Pues ese, el de siem­pre. Rafo. La habi­ta­ción de Rafo, que daba pared con pared con la de Filo­so, era su lugar de «pere­gri­na­je noc­turno». Entra­ba con una lin­ter­na en la mano y se la enfo­ca­ba en los ojos a Rafo en dis­tin­tos momen­tos de la noche para soli­ci­tar­le cual­quier ocu­rren­cia de nula rele­van­cia: cam­biar una pila a la radio que se oía a todo volu­men, un poco de char­le­ta o bus­car el meche­ro que había per­di­do…

El dete­rio­ro físi­co lle­gó a tal extre­mo que Loli­ta, la her­ma­na de Rafo, plan­teó abier­ta­men­te que había que ingre­sar en una clí­ni­ca a Filo­so. La ampu­tación de un dedo de un pie engan­gre­na­do y el pro­gre­si­vo dete­rio­ro físi­co le lle­vó a situa­cio­nes lími­te, que por pudor y peti­ción pro­pia de Rafo no trans­cri­bo por­que sólo ali­men­ta­rían el mor­bo y no apor­ta­rían nada rele­van­te. Se deci­dió ingre­sar­lo en una clí­ni­ca para que lo aten­die­ran debi­da­men­te. Allí falle­ció pocos meses des­pués, en 1987. La deci­sión toma­da enton­ces por razo­nes estric­ta­men­te médi­cas cayó muy mal en par­te de la fami­lia, que veían en ella una reso­lu­ción des­pro­por­cio­na­da. Antes del ingre­so se bara­ja­ron otras casas fami­lia­res, pero cuan­do eran infor­ma­dos los posi­bles afec­ta­dos de las andan­zas noc­tur­nas de Filo­so y de las nece­si­da­des higié­ni­cas a cual­quier hora del día recha­za­ban dicha posi­bi­li­dad «por­que era nece­sa­rio des­can­sar». Rafo lo que­ría muchí­si­mo, pero era impo­si­ble com­pa­gi­nar estu­dio, des­can­so y andan­zas noc­tám­bu­las, y por ello, jun­to con otras razo­nes meno­res, tuvo que cam­biar­se al hora­rio noc­turno de Filo­lo­gía.

Rafo que­ría sobre­ma­ne­ra a Filo­so des­de siem­pre. Era una ado­ra­ción mutua que qui­zá empe­za­ra cuan­do tenía cua­tro años y su tío se sen­ta­ba todas las tar­des pacien­te­men­te a leer un libro con él ―Pági­nas de la infan­cia― y así prac­ti­car la lec­tu­ra, que era una de las «coje­ras» de Rafo niño. Digo esto por­que lle­gó un momen­to en que la vida se hacía inso­por­ta­ble. Cuan­do esta­ba acos­ta­do, a la dere­cha tenía al nocher­nie­go Filo­so idean­do qué dan­za toca­ba esa noche y a la izquier­da la voz lacri­mó­ge­na de su madre lamen­tán­do­se de su insom­nio.

Como ejem­plo de lo difí­cil que era, en oca­sio­nes, el tra­to con él, el día de la mudan­za a Her­ma­nos Mira­lles, la madre de Rafo envió a su hijo al mer­ca­do de Her­mo­si­lla a com­prar mer­lu­za fres­ca para la cena. Pre­pa­ra­da con esme­ro y todo el cari­ño del mun­do, no la tomó por­que esta­ba dema­sia­do fres­ca y sabía a agua.

La vida de Filo­so era monó­to­na, cons­tan­te y ruti­na­ria. Las comi­das las repar­tía entre las casas de sus her­ma­nas Ele­na y Maru­ja, peri­plos que, en un prin­ci­pio, rea­li­za­ba en auto­bús y pos­te­rior­men­te en taxi, cuan­do la salud se tor­nó que­bra­di­za. Esas «excur­sio­nes dia­rias» eran el ali­men­to de una vida inú­til y de car­ga fami­liar, como la cali­fi­ca­ba él mis­mo en los momen­tos de «bajo­na­zo psí­qui­co». Des­can­se en paz. (Hatroz) (2025)

 

LA GRAN CIUDAD

No quie­ro vivir en una gran ciu­dad. Lo digo aho­ra, mien­tras res­pi­ro, por­que sien­to que cada paso que doy entre sus edi­fi­cios es una lucha con­tra un mons­truo que pre­ten­de domes­ti­car­me. Camino, pero no me reco­noz­co en esas calles que nun­ca me per­te­ne­cen, en esos ros­tros que se cru­zan sin mirar­se, en esos relo­jes que mar­can una carre­ra que no es la mía.

Estoy aquí, y veo cómo las torres de cris­tal se alzan con sober­bia, como si qui­sie­ran aplas­tar la memo­ria de la tie­rra que antes daba fru­to. Sé que bajo el cemen­to late una natu­ra­le­za expul­sa­da, y no pue­do acep­tar esa vio­len­cia dis­fra­za­da de pro­gre­so. No quie­ro un futu­ro hecho de humo y luces que me impi­den ver las estre­llas, por­que las estre­llas son la ver­dad que me guía.

Res­pi­ro, y el aire que entra en mis pul­mo­nes está lleno de rui­do y con­ta­mi­na­ción. Me rebe­lo con­tra ello, aun­que sé que mi cuer­po recla­ma pure­za, recla­ma vien­to lim­pio y silen­cio ver­da­de­ro. No acep­to que me con­de­nen a vivir entre sire­nas que me des­pier­tan, moto­res que me per­si­guen, voces que se cru­zan sin escu­char­se. Yo quie­ro un espa­cio don­de el silen­cio sea posi­ble, don­de la cal­ma no sea un lujo sino un dere­cho.

Miro alre­de­dor y des­cu­bro que en la ciu­dad todo se com­pra y todo se ven­de. Cada ges­to se con­vier­te en tran­sac­ción, cada ins­tan­te se mide en mone­das invi­si­bles. Me nie­go a acep­tar que la vida sea un mer­ca­do don­de la dig­ni­dad se cam­bie por velo­ci­dad, don­de la cal­ma se sacri­fi­que en nom­bre de una pro­duc­ti­vi­dad que nun­ca me per­te­ne­ce.

Me reco­noz­co en la jus­ti­cia de lo sen­ci­llo, en la tie­rra que se abre para dar fru­to sin pedir nada, en la con­ver­sa­ción que no se mide en minu­tos, en el hori­zon­te que se extien­de sin inte­rrup­ción de torres arro­gan­tes. Sé que ahí está la ver­dad que defien­do, por­que soy humano antes que ciu­da­dano, y no quie­ro olvi­dar esa con­di­ción pri­me­ra.

Aho­ra, mien­tras pien­so y escri­bo, me reafir­mo: no quie­ro vivir en una gran ciu­dad. Mi rebel­día se ali­men­ta de espa­cios abier­tos, de rit­mos que no obe­de­cen a relo­jes, de silen­cios que me devuel­ven la jus­ti­cia de exis­tir sin cade­nas. Mi vida se expan­de cuan­do me ale­jo de ese mons­truo de cemen­to que pre­ten­de domes­ti­car­me. Yo eli­jo la dig­ni­dad de lo libre, eli­jo el hori­zon­te que no se deja ence­rrar, eli­jo la ver­dad que se res­pi­ra en el vien­to lim­pio. (A la som­bra del ver­bo) (1995–2025)

 

CAPÍTULO XIV DE ‘HATROZ’.- DOÑA MARÍA

Cuan­do degus­ta­mos vino / todos que­re­mos can­tar, / des­pués de la pan­za lle­na / la len­gua sale a juz­gar. En galle­go: Can­do gor­xea­mos viño / todos que­re­mos chiar, / can­do estou­pa o ban­du­llo / a lin­gua sae a car­dar.

Era de rai­gam­bre remo­ta el atrac­ti­vo que esta tie­rra de la comar­ca de A Maía ejer­cía sobre todos los miem­bros de la fami­lia de Rafo. No es un sen­ti­mien­to exclu­si­vo. Es obvio. Pero, con la ino­cen­cia del que no cono­ce otro mun­do, lo vivió en sus pri­me­ros años como una rega­lía que sus ances­tros habían otor­ga­do a su fami­lia de modo pri­va­ti­vo en siglos pre­té­ri­tos. Evi­den­te que lue­go la cele­bé­rri­ma Lo que el vien­to se lle­vó inmor­ta­li­zó      aque­llas inol­vi­da­bles fra­ses de Escar­la­ta O’Hara pisan­do la tie­rra de Tara que lo saca­ron  de gol­pe de su exclu­si­vo pen­sa­mien­to: A Dios pon­go por tes­ti­go que no podrán derri­bar­me. Sobre­vi­vi­ré, y cuan­do todo haya pasa­do, nun­ca vol­ve­ré a pasar ham­bre, ni yo ni nin­guno de los míos. Aun­que ten­ga que men­tir, robar, men­di­gar o matar, ¡a Dios pon­go por tes­ti­go que jamás vol­ve­ré a pasar ham­bre!

La pelí­cu­la de La Pere­gri­na tuvo un des­en­la­ce muy dife­ren­te, pero que muy dife­ren­te. No voy a entrar aho­ra en los por­me­no­res y menu­den­cias de un fini­qui­to que sólo le ata­ñe a la fami­lia de Rafo. No vie­ne al caso. Ya lo con­ta­rá él.

―La fuer­za de la san­gre pue­de con cual­quier obs­tácu­lo que entor­pez­ca el desa­rro­llo de esta fin­ca, sen­ten­cia­ba, con un ges­to algo más derro­ta­do que la pro­ta­go­nis­ta antes men­cio­na­da, una de mis tías mien­tras se encar­ga­ba de ir a la bode­ga a por el vino para la comi­da del día de la fies­ta. Sólo ella, y por dele­ga­ción explí­ci­ta de la mano mas­cu­li­na que mecía la des­pen­sa viní­co­la, podía encar­gar­se de tan tras­cen­den­tal tarea.

Esa era una jor­na­da muy espe­ra­da por toda la comar­ca a lo lar­go del año.

El párro­co, hom­bre taci­turno, con voca­ción ermi­ta­ña y muy rácano en pala­bras, cuan­do veía que se acer­ca­ba dicha fecha, era inca­paz de fabu­lar una dis­cul­pa axei­ta­da (apro­pia­da) y cum­plía con rigor bri­tá­ni­co asis­tien­do a la comi­da que para con­me­mo­rar la fies­ta de la aldea se cele­bra­ba todos los años en el come­dor prin­ci­pal de la Casa Vie­ja. Aún, en sus últi­mos días, recor­da­ba cuan­do en una oca­sión tuvo que per­so­nar­se con un fie­brón des­co­mu­nal ―lo que le aca­rreó una sema­na de cama― y en otra que casi es lle­va­do de las ore­jas por la tía abue­la de Rafo por­que había insi­nua­do su inasis­ten­cia, ya que había sido invi­ta­do a una reu­nión extra­or­di­na­ria por el señor arzo­bis­po.

―Usted a su Exce­len­cia Reve­ren­dí­si­ma la pue­de ver cual­quier día, pero la fies­ta patro­nal de nues­tra aldea sólo se lle­va a cabo una vez al año, así que no me ven­ga con farra­pos de gai­ta (dis­cul­pas hue­cas) y maña­na sin fal­ta está usted ofi­cian­do nues­tra misa y pre­si­dien­do nues­tra mesa. Cuan­do habla­ba doña María, subía el pre­cio del pes­ca­do.

―Pero, doña María, no es de reci­bo hacer­le un feo al arzo­bis­po que aca­ba de tomar pose­sión.

―Por eso mis­mo, como aca­ba de lle­gar, tar­da­rá en mar­char­se. Y ten­drá har­ta pacien­cia en reci­bir­lo. ¡Y no diga­mos días!

Y así fue. Los miem­bros de la fami­lia sabían que debían callar cuan­do habla­ba una voz auto­ri­za­da como la de doña María. Nadie podía rechis­tar lo más míni­mo. Cuen­tan las malas len­guas que, cuan­do se dio media vuel­ta y baja­ba las esca­le­ras de la rec­to­ral de Orto­ño, comen­tó por lo bajo:

―¡Por enci­ma de mí nos va a robar al párro­co el moni­go­te del arzo­bis­po! Lo reto a que recuer­de los deta­lles de mi inter­ven­ción cuan­do en la pri­me­ra misa que ofi­ció al lle­gar como párro­co se encon­tró la capi­lla vacía. ¡La aldea me escu­chó casa por casa!

En diver­sas situa­cio­nes o cir­cuns­tan­cias, siem­pre que alguien inten­ta­ba pro­nun­ciar­se sobre cual­quier tema refe­ren­te a la fami­lia, no había posi­bi­li­dad de que fue­ra acep­ta­do dicho comen­ta­rio por par­te de la liti­gan­te fac­ción feme­ni­na de la casa.

―Noso­tras debe­mos ser las mayo­res defen­so­ras de este víncu­lo atá­vi­co que es la fuer­za de la san­gre con la que nues­tros ascen­dien­tes levan­ta­ron hace dos siglos los muros de esta fin­ca. ¡Debe­mos defen­der todo lo que en ella se cue­ce!

Pro­te­gían a la fami­lia con una fie­re­za tal, que eran capa­ces de sacar­le los colo­res al más renom­bra­do vitu­pe­ra­dor o entro­me­ti­do fis­gón. No tole­ra­ban que de fue­ra vinie­ran dar­dos enve­ne­na­dos.

―Como el cara­col, le encan­ta­ba decir a la tía María. Y todo el mun­do la enten­día.

Pero esto no excluía que cada vez que uno de los jóve­nes imber­bes ―como los lla­ma­ba― trans­gre­día las secu­la­res nor­mas de la casa, este fue­ra repren­di­do seve­ra­men­te y con­mi­na­do a una rec­ti­fi­ca­ción inme­dia­ta y cua­si defi­ni­ti­va. Entre noso­tros, en esta oca­sión, los jóve­nes no le hicie­ron ni caso. Rafo toda­vía no esta­ba en ese gru­po de cari­lam­pi­ños. Hacía rela­ti­va­men­te poco que aún había deja­do los paña­les. Era un pri­vi­le­gia­do obser­va­dor.

―Los tra­pos sucios fami­lia­res se lavan en casa. Nada de airear­los y hacer­los públi­cos.

Cuan­do visi­tó Rafo la zona allá por los años 90 ―la fin­ca ya esta­ba en otras manos― aún se recor­da­ba con gran rego­deo en las taber­nas de la aldea la durí­si­ma res­pues­ta que le espe­tó en la cara al cura párro­co de una aldea veci­na, en otra cere­mo­nio­sa comi­da, cuan­do a este se le ocu­rrió cen­su­rar en voz alta, la vida de «algu­nos jóve­nes», que pre­fe­rían, víc­ti­mas del mate­ria­lis­mo impe­ran­te en la épo­ca, las fies­tas pro­fa­nas a las reli­gio­sas. Todo ocu­rrió en una gran comi­lo­na que se cele­bró en el cla­ro de una car­ba­llei­ra (bos­que de robles) de la comar­ca bajo un sol impla­ca­ble del mes de sep­tiem­bre. En el ága­pe par­ti­ci­pa­ron alre­de­dor de cua­ren­ta per­so­nas, y entre ellas lo más gra­na­do de la zona: el maes­tro, el far­ma­céu­ti­co, el médi­co, el titu­lar del pazo que lin­da­ba con el roble­dal y que ape­nas salía de su resi­den­cia… La dis­cu­sión comen­zó por la jus­ti­fi­ca­ción por par­te de los don­ce­les de las múl­ti­ples ven­ta­jas del turis­mo. Era la épo­ca en la que la cos­ta medi­te­rrá­nea empe­za­ba a poblar­se de jóve­nes de fue­ra que ponían en peli­gro la decen­cia inma­cu­la­da de la juven­tud espa­ño­la.

―No hay más que ver las últi­mas rome­rías de la comar­ca. Son un dis­la­te. Esa músi­ca peca­mi­no­sa e ins­ti­ga­do­ra de malas con­duc­tas. Esos las­ci­vos movi­mien­tos de cin­tu­ra y pro­vo­ca­do­res de las pasio­nes más bajas. El bai­le actual es la rea­li­za­ción ver­ti­cal de un deseo hori­zon­tal. Y los jóve­nes, borra­chos de nove­dad, lo ejer­ci­tan con esme­ra­da dili­gen­cia. ¡Dios nos libre de tan­ta per­ver­sión peca­mi­no­sa! Segu­ro que uste­des están al tan­to de los comen­ta­rios de las per­so­nas bien pen­san­tes de la comar­ca, sen­ten­ció unos de los reli­gio­sos que asis­tían a dicho ága­pe.

Y ahí ter­ció como un tem­pla­do ciru­jano con su bis­tu­rí mi tía abue­la.

―Cuan­do ten­ga en men­te decir algo de los jóve­nes de esta casa, pri­me­ro con­súl­te­lo con Roma; y si le auto­ri­zan a decir­lo, enco­mién­de­se al San­tí­si­mo por­que de aquí no sale vivo. ¡Por estas! Y con­ti­nuó toman­do sin el más míni­mo atis­bo de alte­ra­ción el con­so­mé que había coci­na­do a fue­go len­to en una impro­vi­sa­da coci­na de leña.

La inter­ven­ción fue como un hacha­zo. Nadie se atre­vió a rechis­tar. Cada uno miran­do su res­pec­ti­vo pla­to desean­do que se hicie­ra eter­na la degus­ta­ción de dicho cal­do.

Aca­ba­do el pla­to entran­te, sin el más míni­mo rubor por lo dicho, y aga­rrán­do­le con el debi­do res­pe­to el bra­zo dere­cho, le susu­rró al oído:

―Padre, le rue­go que siga con su refle­xión sobre la per­mi­si­vi­dad y fal­ta de pudor que hoy en día impe­ra en la juven­tud espa­ño­la. Estoy fas­ci­na­da con su valo­ra­ción, es de alto inte­rés para mí, dijo pro­to­co­la­ria­men­te des­pués de reti­rar con un extre­mo de la ser­vi­lle­ta unas minús­cu­las migas que tenía adhe­ri­das en la comi­su­ra de los labios.

El párro­co de la aldea cir­cun­dan­te expe­ri­men­tó en su pro­pia piel el lace­ran­te modo de actuar de doña María, la tía abue­la de Rafo, a la par que madri­na, cuan­do alguien osa­ba men­tar, de modo direc­to o indi­rec­to, a cual­quier miem­bro de su fami­lia.

―¡Demo de muller!, (¡demo­nio de mujer!), far­fu­lló para sí el oron­do y colo­ra­do­te ecle­siás­ti­co.

Esta comi­da ―Rafo me recuer­da la anéc­do­ta que le con­ta­ron sus padres― fue tam­bién céle­bre por el gra­cio­so des­en­la­ce que ofre­ció.

Cuan­do se ter­mi­na­ba la par­te sóli­da de la fes­ti­vi­dad, y des­pués de los bre­ves dis­cur­sos con pala­bras bal­bu­cien­tes de las auto­ri­da­des de la zona, se empe­za­ba con la tan­da hídri­ca para ayu­dar a la diges­tión de la opí­pa­ra comi­da. Es decir, los lico­res; que era tan impor­tan­te o más que la de las vian­das.

Uno de los más renom­bra­dos asis­ten­tes, solo en apa­rien­cia, era un anti­cle­ri­cal recal­ci­tran­te y bas­tan­te blas­fe­mo. No sopor­ta­ba, año tras año, tan­ta solem­ni­dad ecle­sial y a cada paso inten­ta­ba empon­zo­ñar, ayu­da­do por los eflu­vios del vino, la situa­ción. Cier­to es que solo blas­fe­ma­ba en voz baja, cosa que cau­sa­ba bas­tan­te extra­ñe­za en el res­to de los comen­sa­les.

―Si blas­fe­ma, que lo haga delan­te de los curas y demás auto­ri­da­des, espe­cial­men­te de doña María, no a escon­di­das y en voz alta. Es un cobar­dón y un medro­so, lo cali­fi­ca­ban por lo bajo. Cuan­do se acu­sa, se hace de tal modo que lo oiga todo el mun­do.

Era habi­li­do­so a la hora de sen­tar­se en esta ter­tu­lia. Un poco apar­ta­do y con el far­ma­céu­ti­co y el maes­tro a dies­tra y sinies­tra, dos per­so­na­jes curio­sos. Por la maña­na eran capa­ces de ondear ardo­ro­sa­men­te, a escon­di­das, la ban­de­ra repu­bli­ca­na y por la noche, en la ter­tu­lia de adep­tos al régi­men pon­de­ra­ba des­ca­ra­da­men­te los logros del alcal­de falan­gis­ta. Siem­pre encon­tra­ba el momen­to opor­tuno para hacer el comen­ta­rio hirien­te. Ese año le tocó a una humil­de y apo­ca­da recién casa­da, que se con­vir­tió en la chan­za de todos sus furi­bun­dos ata­ques, que ter­mi­na­ron con una apos­ti­lla bas­tan­te soez sobre una cir­cuns­tan­cia intras­cen­den­te como era el buen soni­do que ofre­cía ese año la cam­pa­na parro­quial. Que­ría expli­car­le las cir­cuns­tan­cias del hecho a la mujer del far­ma­céu­ti­co.

―Mujer, mira, atien­de… Todo el mun­do esta­ba bas­tan­te dis­per­so y aten­dían muy poco a las dife­ren­tes con­ver­sa­cio­nes. Mira, mujer, yo te lo expli­co. Cuan­do se rom­pió el bada­jo de la cam­pa­na, subie­ron los dos, a escon­di­das, a repa­rar­lo. ¡Y cómo lo arre­gló o Cara­llón! Todos sabe­mos de las habi­li­do­sas mane­ras de San­tia­go en solu­cio­nar cier­tos asun­tos col­gan­tes. Y rom­pió a reír escan­da­lo­sa­men­te mien­tras se levan­ta­ba y ade­re­za­ba sus pala­bras con una serie de movi­mien­tos con las pier­nas abier­tas bas­tan­te obs­ce­nos. Todo esto evi­tan­do astu­ta­men­te las mira­das del res­to de comen­sa­les, que for­ma­ron un círcu­lo apar­te para hablar de la des­cris­tia­ni­za­ción que esta­ba sufrien­do la socie­dad. Todos habían sido bau­ti­za­dos años ha, pero ya no asis­tían nun­ca a misa, se que­da­ban en el atrio de la capi­lla fuman­do y hablan­do. En una de esas inter­mi­na­bles comi­das que se cele­bra­ban des­pués de la misa mayor, los «bau­ti­zó» como «los sol­da­dos del arco iris» un feli­grés ―que hoy nadie recuer­da su nom­bre― por­que habían pro­ba­do una doce­na de dife­ren­tes lico­res de muy diver­sos colo­res.

―A ver, Camay, le dije­ron a Rafo, que esta­ba con otros niños jugan­do con una pelo­ta, acér­ca­te a la impro­vi­sa­da coci­na y trae una bote­lla de licor que hay jun­to a la mesa que tie­ne los res­tos de comi­da.

Rafo hizo con dili­gen­cia el encar­go, pero con­fun­dió, sin dar­se cuen­ta, una bote­lla de acei­te con una de licor. Y así, el clé­ri­go prin­ci­pal, des­pués de apu­rar el vaso de un buen lin­go­ta­zo, no le que­dó más reme­dio que acep­tar como bro­ma lo que había sido un trá­gi­co error de Rafo.

―Gam­be­rra­zo, ya ven­drás a mí cuan­do seas mayor, le susu­rró el sacer­do­te en son de bur­la al oído mien­tras le tira­ba «cari­ño­sa­men­te» de las ore­jas.

El bien lubri­ca­do clé­ri­go, des­pués de tan gra­ta expe­rien­cia, tuvo que ir sin demo­ra a un cla­ro del bos­que que refres­ca­ba las espal­das de los comen­sa­les para libe­rar­se de todo lo que «había agi­li­za­do» impro­vi­sa­da­men­te el «riquí­si­mo licor». Esta­ba, por lo que había obser­va­do, en una zona del bos­que que se tra­ga­ba sus pro­pios árbo­les como si estu­vie­ra en ple­na crea­ción de un cua­dro dia­rrei­co. La defe­ca­ción, acom­pa­ña­da de pala­bras muy grue­sas que nadie escu­cha­ba, sal­vo Rafo que se había escon­di­do para ver el daño que había oca­sio­na­do, fue muy espon­tá­nea y sono­ra, como un retum­ban­te fes­tín de vehe­men­te cohe­te­ría.

Libe­ra­do y satis­fe­cho, algu­nos bur­lo­nes decían que había adel­ga­za­do cin­co qui­los, reci­bió enca­re­ci­das e inter­mi­na­bles dis­cul­pas por par­te del padre de Rafo, que había sido «el autor del trá­gi­co error». (Hatroz) (2025)

 

CAPÍTULO XIII DE ‘HATROZ’.- PROLONGACIÓN

Rafo lle­va­ba mucho tiem­po ancla­do en un pasa­do que le obse­sio­na­ba. Inte­rior­men­te nece­si­ta­ba expli­ca­cio­nes que no se atre­vía a plan­tear: empe­za­ba a cono­cer jóve­nes como él que ideo­ló­gi­ca­men­te no tenían nada que ver. Esta­ban en las antí­po­das de lo que él había escu­cha­do en su fami­lia. No enten­día «su rare­za» y él, que siem­pre se había mani­fes­ta­do tími­do y timo­ra­to, enca­ja­ba como un buen faja­dor de boxeo las sen­ten­cias que escu­cha­ba con una rotun­di­dad pas­mo­sa sobre una épo­ca que en su fami­lia no habían cesa­do de cali­fi­car como «de pro­gre­so y paz». Un pasa­do del que empe­za­ba a cono­cer situa­cio­nes que le cos­ta­ba mucho asi­mi­lar a bote pron­to por­que el mar­ti­llo pilón de la paz fran­quis­ta le lle­va­ba a un esce­na­rio en el que el pro­ta­go­nis­ta no era el pro­fe­sor de For­ma­ción del Espí­ri­tu Nacio­nal y sus sáti­ras sobre la trai­ción de Suá­rez por­que lo más fre­cuen­te era escu­char chis­tes del tipo siguien­te: Un espa­ñol regre­sa a Espa­ña y char­la con un fami­liar. «¿Y por aquí cómo estáis?», pre­gun­ta. «No nos pode­mos que­jar», le res­pon­de. «Enton­ces, bien, ¿no?», dice. «No, no: que no nos pode­mos que­jar».

Rafo, ilu­sio­na­do con el comien­zo del cur­so aca­dé­mi­co era un peque­ño pul­po que se iba refor­zan­do con expe­rien­cias aje­nas. En su eta­pa de uni­ver­si­ta­rio, en la Com­plu­ten­se de Madrid, en Magis­te­rio, antes de Filo­lo­gía, expe­ri­men­tó que sus pul­mo­nes se iban oxi­ge­nan­do con un aire nue­vo por­que había cono­ci­do brus­ca­men­te un mun­do que jamás ima­gi­nó que exis­tía. Era el mun­do de una juven­tud des­inhi­bi­da, ape­nas poli­ti­za­da, sin pre­jui­cios fami­lia­res y con unas ansias locas de vivir sin derra­mar un segun­do de su des­tre­za fes­ti­va.

La Escue­la de Magis­te­rio se encon­tra­ba en la calle Jer­te, en un late­ral del con­jun­to con­ven­tual de aspec­to cate­dra­li­cio San Fran­cis­co el Gran­de. Entró en la escue­la tan des­pis­ta­do que sin­tió la mira­da de unos jóve­nes que ya eran habi­tua­les, bien por­que lle­va­ban dis­fru­tan­do de las «glo­rias» de la cafe­te­ría, bien por­que su obje­ti­vo pri­mor­dial era meter la cabe­za en algún semi­na­rio.

Rafo com­pro­bó que «la sel­va huma­na de la juven­tud» era tan dis­par que le resul­tó impo­si­ble hacer una cla­si­fi­ca­ción de la rique­za de fami­lias estu­dian­ti­les que tenía delan­te. Se aden­tró en la cafe­te­ría y se sen­tó a espe­rar que le sir­vie­ran. Nada. No había cama­re­ros a la vis­ta. Todos detrás de la barra. Para apa­ren­tar que tenía todo con­tro­la­do encen­dió un ciga­rro, abrió la car­pe­ta que lle­va­ba bien aga­rra­da y con un cer­co del sudor de la mano, noto­ria mani­fes­ta­ción de su ner­vio­sis­mo.

Con­su­mi­do el ciga­rro, se levan­tó y empren­dió el camino hacia la barra para pedir un café con leche y un pin­cho de tor­ti­lla. Soli­ci­tó lo dicho con apa­ren­te tran­qui­li­dad, lo abo­nó y se lo lle­vó a la mesa para tomár­se­lo con ima­gi­na­da inti­mi­dad. Lo siguien­te sería com­po­ner su hora­rio de asig­na­tu­ras y aulas. Tenía con­tro­la­do el panel en el que se mos­tra­ba toda la infor­ma­ción nece­sa­ria. Mien­tras se toma­ba la tor­ti­lla, una joven se plan­tó delan­te de él y se pre­sen­tó con una fres­cu­ra y una des­en­vol­tu­ra raya­nas en el des­ca­ro, sería el cali­fi­ca­ti­vo de su padre. Y tras una pau­sa, rema­tar con un «estas jóve­nes de hoy en día se pier­den, se pier­den…».

―Soy Asun y te veo hecho un lío. Tu aspec­to, per­do­na que te lo diga, es el de un imbé­cil per­di­do. Bueno, ¿me vas a decir que me sien­te o lo ten­go que hacer yo?

Ante el blo­queo de Rafo, Asun se sen­tó enfren­te de él tras dejar su bol­so y car­pe­tas en una silla del otro late­ral de la mesa. Todo ello para poder obser­var­lo con un rigor que le exci­ta­ba sobre­ma­ne­ra… ¿A los dos?

―Joder, tío, ¿me vas a decir tu nom­bre o ten­go que ir a la cár­cel de Cara­ban­chel a pedir infor­ma­ción sobre ti?

Asun se rio de su pro­pia ocu­rren­cia mien­tras la cara de Rafo era un poe­ma. En su fami­lia Cara­ban­chel era sinó­ni­mo de revo­lu­cio­na­rios, maquis y cons­pi­ra­do­res con­tra un régi­men que esta­ba en abso­lu­ta demo­li­ción. O eso creían los más opti­mis­tas.

―Soy Rafo. La boca pas­to­sa como un saco de hari­na moja­da y sin­tien­do en esos ins­tan­tes que la tenía lle­na de tro­ci­tos de tor­ti­lla que era inca­paz de tra­gar. El semá­fo­ro rojo de la timi­dez había fre­na­do repen­ti­na­men­te la inges­ta. Dudó, bal­bu­ceó y logró inge­rir el res­to de la comi­da. Bebió el café derra­man­do un hili­llo que se pro­lon­ga­ba por la bar­bi­lla con aires de gro­tes­ca exhi­bi­ción de que no con­tro­la­ba la situa­ción.

―Tran­qui­lo, tran­qui­lo, que yo voy a com­prar una ficha para lla­mar a mi madre y decir­le que lle­ga­ré tar­de a cenar, si lle­go.

Rafo no salía de su asom­bro. Él siem­pre era el que daba el pri­mer paso, des­pués de dos o tres cañas. Nun­ca la chi­ca. ¿Por­cen­ta­je de éxi­tos? Decía, con una mue­ca en la boca, que «no mal», como res­pon­día un tío suyo cuan­do le pre­gun­ta­ban por su salud.

Des­li­zó hacia la dere­cha de la mesa la taza vacía y se dis­pu­so a recor­dar las asig­na­tu­ras que tenía en ese pri­mer cur­so. Pero se encon­tra­ba atur­di­do con la «incur­sión beli­ge­ran­te» de Asun.

―A ver, cuén­ta­me qué haces aquí. Pare­ces sali­do de una urna en la que has esta­do meti­do toda tu vida.

Lo de la urna le fas­ti­dió mucho por­que tam­bién se lo había dicho algu­na cono­ci­da con la que él había inten­ta­do ligar.

―Chi­co, res­pi­ra, sé natu­ral, deja para otras ese som­brío ges­to… Esto se lo habían dicho en varias oca­sio­nes. Has­ta una vez, en El Nari­zo­tas, le dije­ron que esta­ba más enva­ra­do que César, un com­pa­ñe­ro de COU que lle­va­ba, por cul­pa de un des­vío de la colum­na, un cor­sé orto­pé­di­co que le apri­sio­na­ba todo el tron­co.

Rafo no habla­ba. Esta­ba aver­gon­za­do de su com­por­ta­mien­to infan­til. Inten­tó pro­se­guir la con­ver­sa­ción, más había entra­do en un ser­pen­tín de silen­cios que lo man­te­nían blo­quea­do y sin pala­bras. Fal­ta­ban sus ami­gos, el pri­me­ro tam­bién pri­mo, Jor­ge y Víc­tor, los dos pun­ta­les que rom­pían su mutis­mo con algún chas­ca­rri­llo des­ca­ra­do y con sus dies­tras «bus­ca­rres­pues­tas».

―Reco­ge tus cosas, que nos vamos a tomar un vino a la Cava baja. Ante la esta­tua que tenía delan­te, le sol­tó un tío, espa­bi­la, que nos van a dar las doce de la noche en esta «aco­ge­do­ra» cafe­te­ría y son las doce del medio­día.

Salie­ron tran­qui­la­men­te, enfi­la­ron la calle Bai­lén, pos­te­rior­men­te la calle de Don Pedro y allí entra­ron en el pri­mer local que vie­ron abier­to. Sor­tea­ron a los clien­tes que enfi­la­ban la barra dis­cu­tien­do aca­lo­ra­da­men­te de polí­ti­ca y logra­ron ocu­par una mesa que esta­ba en una esqui­na del vie­jo bar. Pidió Asun una bote­lla de vino con dos vasos y unas pata­tas fri­tas.

Rafo comen­zó con un dis­cur­so que tenía muy soba­do, pero que era como una car­ta de pre­sen­ta­ción cuan­do no le salía nada o en su men­te bullía aquel mani­do «¿estu­dias o tra­ba­jas?»

―Nun­ca he sido un buen estu­dian­te. Nun­ca. Tam­po­co malí­si­mo como dice una pri­ma mía. Tam­po­co. La apa­tía en el estu­dio, la fal­ta de inte­rés por nada y un com­por­ta­mien­to timo­ra­to y habla­dor, según mis pro­fe­so­res, me han con­ver­ti­do, has­ta la actua­li­dad, en un tío per­di­do en los estu­dios. Mi padre, espe­ran­do una reac­ción que toda­vía no ha lle­ga­do, me cam­bió de cole­gio en varias oca­sio­nes. Peque­ños fra­ca­sos de un hijo que no sabe lo que quie­re ni en el día de hoy.

―A mí lo que me gus­ta es leer. Leer. Silen­cio lar­go. A Asun le había dado por obser­var y no hablar.

―No sé si habrás leí­do El Bus­cón de Que­ve­do. Ter­mi­na la pri­me­ra par­te del libro así: Y fue­me peor, como vue­sa mer­ced verá en la segun­da par­te, pues nun­ca mejo­ra su esta­do quien muda sola­men­te de lugar y no de vida y cos­tum­bres. Esto lo lle­vo gra­ba­do en el fron­tis de mi vida.

―¿Y te sabes de memo­ria esa cita? No te entien­do. Si eres capaz de memo­ri­zar a Que­ve­do… ¿cómo no tie­nes nari­ces de estu­diar su vida y su obra? Por ejem­plo. Eres un tipo muy curio­so. ¿Eres un gam­be­rro?

―No. Gam­be­rro nun­ca. Lo que te he dicho antes. Creo que soy bue­na gen­te, aun­que esto lo tie­nen que decir los que me cono­cen. Me sen­tí ridícu­lo cuan­do Ana, una com­pa­ñe­ra de COU, en un desa­yuno en Dic­kens sol­tó que tenía cla­rí­si­mo lo que que­ría estu­diar y ser en el futu­ro: abo­ga­da. Yo la veía tan deci­di­da que me deja­ba siem­pre muy jodi­do. Yo no sabía qué hacer. Y eso ali­men­ta­ba que mos­tra­ra un nulo inte­rés por todo.

―No bus­ques dis­cul­pas. Mal estu­dian­te y pun­to.

A Rafo le sen­tó fatal que dije­ra eso, aun­que lo hicie­ra sin inten­ción de ridi­cu­li­zar­lo.  Le recor­dó a su que­ri­da pri­ma cuan­do en medio de una reu­nión sol­tó aque­llo de «malí­si­mo». Esto ocu­rrió hace unos años. Sí. Pero aún le due­le por­que notó un tono fis­ca­li­za­dor muy des­afor­tu­na­do.

Él nun­ca se con­si­de­ró un mal estu­dian­te. Como cual­quier ado­les­cen­te, cul­pa­ba de todo a los pro­fe­so­res, algu­nos con infi­ni­ta razón, pues no tenían, con alum­nos como él, nin­gu­na mano izquier­da.  Otros, los menos, como Don Luis, direc­tor del Cal­de­rón de la Bar­ca, que se vol­có en ayu­dar­lo para que salie­ra ade­lan­te. Qui­zá la voca­ción de boxea­dor en su juven­tud le con­fi­gu­ró como un exper­to en situa­cio­nes difí­ci­les.

(Como narra­dor de la vida de Rafo, quie­ro que sepan uste­des que sí cam­bió de hábi­tos y cos­tum­bres, aun­que no mudó de sitio. La ima­gen de Rafo, en la actua­li­dad, des­pués de 37 exi­to­sos años de pro­fe­sor en el mis­mo cen­tro, es la de un hom­bre satis­fe­cho y que­ri­do por su alum­na­do. Me per­mi­to copiar las pala­bras de una madre tras tener a su hijo como alumno. Si se ente­ra que lo hago, me mata; pero los narra­do­res somos así. La car­ta dice: Muchí­si­mas gra­cias por tan­tas veces que te has intere­sa­do por noso­tros, por tus con­se­jos y por tus áni­mos. Ha sido un pla­cer vol­ver a coin­ci­dir con­ti­go un cur­so más. Se agra­de­ce enor­me­men­te cuan­do das con per­so­nas que sien­ten ver­da­de­ra voca­ción por su pro­fe­sión, más aún cuan­do se tra­ta de los hijos. Espe­ro que con C. vol­va­mos a coin­ci­dir por­que has sido un boni­to rega­lo para ella. Mi más sen­ti­do res­pe­to hacia tu mane­ra de ense­ñar y ayu­dar a tus alum­nos. De lle­var som­bre­ro me lo qui­ta­ría. O bien esta otra: ¡¡¡Hola, José María!!! Soy A. A. No sé si te acuer­das de mí. Fuis­te mi tutor en 1° de BTO hace 9 años. Te escri­bo para decir­te que ayer ele­gí pla­za para hacer la resi­den­cia de Psi­quia­tría en el hos­pi­tal Puer­ta de Hie­rro de Madrid. Lo que siem­pre había que­ri­do. Hay que dar las gra­cias a las per­so­nas que te han ayu­da­do duran­te el camino para con­se­guir lo que quie­res. Y tú fuis­te una de ellas. Cuan­do en el cole­gio todos los pro­fe­so­res me decían que pen­sa­ra en hacer otra carre­ra, o en irme a una uni­ver­si­dad pri­va­da, por­que no todo el mun­do podía hacer medi­ci­na, tú fuis­te casi el úni­co que con­fió en que podía con­se­guir­lo. Te esta­ré agra­de­ci­da siem­pre. Te deseo lo mejor en la vida. Te lo mere­ces. Un abra­zo enor­me.

Esta es una peque­ña mues­tra de todas las que ha reci­bi­do a lo lar­go de su dila­ta­da expe­rien­cia y que guar­da como oro en paño. El pri­me­ro, una exce­len­te per­so­na con difi­cul­ta­des aca­dé­mi­cas; el segun­do, una alum­na con una carre­ra siem­pre exi­to­sa. Repi­to, si se ente­ra me mata).

Des­pués de unos ridícu­los chu­pi­tos de vino ―no era lo suyo―, Asun le puso la mano sobre la suya y la aca­ri­ció con extre­ma sua­vi­dad. A Rafo le gus­tó y de gol­pe le vinie­ron a la memo­ria inol­vi­da­bles esce­nas que vivió con Mari­sa. Asun sin­tió un leve movi­mien­to de la mano que inter­pre­tó como repu­dio y no como un sín­to­ma de acep­ta­ción. La reali­dad era que tenía la mano suda­da.

―No me recha­ces. Tú me gus­tas, seas quien seas. Me trae sin cui­da­do. Lo que quie­ro saber es tu res­pues­ta en caso de que empe­ce­mos a salir. No quie­ro imber­bes y anto­ja­di­zos. Y ten­go la sen­sa­ción de que tú eres las dos cosas. Por lo que me has con­ta­do de Mari­sa, me das un mie­do hatroz. Quie­ro salir con­ti­go, pero no quie­ro que nadie se ría de mí.

No supo qué decir. Dejó que Asun se sen­ta­ra a su lado y lo besa­ra en los labios. Él no lo recha­zó en abso­lu­to y le corres­pon­dió debi­da­men­te al segun­do beso que le dio.

―Vaya, joder, vaya. Si eres un saco de sor­pre­sas. Para ese aspec­to de inge­nuo ado­les­cen­te que tie­nes besas muy bien.

Al cabo de unos minu­tos se levan­ta­ron, paga­ron en la barra y salie­ron a la calle. En la puer­ta del bar se mira­ron duran­te unos segun­dos. El ges­to de Asun no le dijo nada bueno por­que daba a enten­der que no le había gus­ta­do lo que había leí­do en los ojos de Rafo. Se vie­ron en tres oca­sio­nes más, inten­si­fi­can­do la rela­ción, y en la últi­ma acor­da­ron una cena en un lugar típi­co del Madrid bohe­mio.

―De acuer­do, nos vemos el sába­do.

Cada uno enfi­ló calles dife­ren­tes, pues sus des­ti­nos fami­lia­res eran dis­tin­tos.

Rafo pasó unos días ancla­do en lo que había vivi­do. No sabía qué hacer. Su bre­ve his­to­rial de plan­to­nes, pro­pios y aje­nos, lo lle­va­ban a un labe­rin­to con más difí­cil sali­da que el de Cre­ta.

El sába­do salió una hora antes de lo acor­da­do. Le gus­ta­ba patear un poco Madrid en soli­ta­rio para dejar que la ima­gi­na­ción vola­ra y le pin­ta­ra un futu­ro inme­dia­to que lo ale­ja­ra de los malos augu­rios que ali­men­ta­ban sus mie­dos y temo­res.

Rafo vol­vió a mirar el reloj y se per­ca­tó de que lo lógi­co era acep­tar un nue­vo plan­tón. Había per­di­do toda espe­ran­za de ver­la, aun­que un hilo de ilu­sión sub­ya­cía en su memo­ria. ¿O era un espe­jis­mo? Antes de cono­cer­la, en sole­dad, se cre­cía ante el mun­do; aho­ra, en sole­dad, sin ella, era un ras­tro­jo de cre­púscu­los opa­cos.

Per­dió la cuen­ta de las veces que miró el reloj. El cama­re­ro que le sir­vió la copa hizo un par­ti­cu­lar ges­to como que­rien­do des­ci­frar las cavi­la­cio­nes que plas­ma­ba en una hoja que veía embo­rro­na­da y lle­na de fra­ses. Se sin­tió míni­ma­men­te impor­tan­te por su celo en saber lo que esta­ba escri­bien­do. O eso cre­yó.

Por lo menos alguien se fija en mí, pen­só fiel a su des­ali­ño emo­cio­nal.

Dos sen­ti­mien­tos se entre­mez­cla­ban en su inte­rior: el aba­ti­mien­to, por­que la ausen­cia de Asun lle­na­ba de ebria locu­ra su vacío exis­ten­cial; y la nos­tal­gia por­que el bre­ve pasa­do que vivie­ron nun­ca regre­sa­ría por mucho empe­ño que pusie­ra.

A Rafo le corroía la posi­bi­li­dad de que su espa­cio estu­vie­ra ocu­pa­do por otra per­so­na, por­que sabía que había juga­do con ella a ser un niño gran­de otra vez. Ella, har­ta de sus incer­ti­dum­bres y vaci­la­cio­nes, le había res­pon­di­do con un silen­cio pun­zan­te y ace­ra­do.

―Mira, tío, no entien­do que no pue­das hablar por telé­fono sin que te escu­chen tus padres. Yo le digo a mi madre que me deje sola en el cuar­to de estar y ya está. Me voy a una cabi­na tele­fó­ni­ca cuan­do ten­go ver­da­de­ro inte­rés en hablar con alguien. Tú eres un mier­da. Te callas como un crío y eso me repa­tea. No te impor­to nada.

Aho­ra ya no había vuel­ta atrás, aho­ra no podía pedir­le al sol que vol­vie­ra a calen­tar el pre­sa­gio de un oto­ño som­brío y gla­cial. No era capaz de des­ci­frar su silen­cio. Aún así, seguía espe­ran­do, ancla­do en una uto­pía casi sui­ci­da, un ges­to suyo que le hicie­ra revi­vir emo­cio­nal­men­te el pára­mo en el que se había con­ver­ti­do su vida.

Pero esa noche esta­ba más ausen­te que nun­ca. Rafo vivía el todo de la nada. Y le dolía el volu­men de su ausen­cia como si lle­va­ra en sus entra­ñas un cili­cio de des­va­ne­ci­mien­tos y uni­ver­sos fal­sos. No sabía cómo ni por qué, pero había vuel­to a exhi­bir el pol­vo­rien­to rosa­rio de sus inter­mi­na­bles dis­cul­pas. Tenía mil pala­bras para jus­ti­fi­car su acti­tud, pero ella era evi­den­te que no lo que­ría escu­char. Soña­ba con una cena en la que él no se limi­ta­ra a escri­bir en una ser­vi­lle­ta su nom­bre y lue­go dejar­la olvi­da­da en la mesa o sim­ple­men­te dejar­la caer.

Lo que tenía escri­to en una hoja era el borra­dor de un futu­ro tex­to poé­ti­co en pro­sa. Dudó mucho en lle­var­lo o no. En entre­gár­se­lo o no. Lo escri­bió en una noche de des­ve­lo casi ere­mi­ta.

Tu nom­bre entur­bia mi san­gre y lace­ra mi espí­ri­tu. Te pro­me­to que el atur­di­mien­to y la insen­si­bi­li­dad de aquel día, si te haces visi­ble, los tor­na­ré en un rayo fecun­do de sin­ce­ri­dad y pasión. Te garan­ti­zo que nun­ca te vol­ve­rás a sen­tir sola en mi com­pa­ñía. Por­que a solas, sin ti, he podi­do com­pro­bar hoy que no soy nadie. ¡Con cuán­to des­acier­to y tor­pe­za mas­cu­li­na he actua­do! Te sen­tía tan segu­ra a mi lado que jamás vis­lum­bré la posi­bi­li­dad de que eli­gie­ras otro puer­to. No te ima­gi­na­ba via­jan­do por el vas­tí­si­mo enjam­bre de otras manos. Solo un día sin ver­te y mi vida zozo­bra, mi vida nau­fra­ga cala­mi­to­sa­men­te en un mar de can­cio­nes tétri­cas y sinies­tras. Si me vie­ras en estos ins­tan­tes voci­fe­ran­do tu nom­bre por los rin­co­nes más recón­di­tos de mi exis­ten­cia, segu­ro que corre­rías a mi encuen­tro y me acep­ta­rías otra cita. Pero eso ya no es posi­ble. Te has per­di­do, no entre los subli­mes y gene­ro­sos, no, sino entre los que no nie­gan sus deseos. Tal vez por dicho moti­vo hoy no me has que­ri­do ver. O tal vez sí. No lo sé. Lo mis­mo aho­ra estás soñán­do­me. Y yo no ten­go fe sufi­cien­te para atis­bar tal situa­ción. Me han aler­ta­do tan­to de que lo que vemos o nos pare­ce ver en sue­ños, no es otra cosa que un sue­ño vivien­do en otro sue­ño. Un sue­ño que me ha con­ver­ti­do para ti en un torren­te de malen­ten­di­dos y des­con­fian­zas. Pero te sigo espe­ran­do. Por­que amar, como decía Pes­soa, es can­sar­se de estar solo. En las últi­mas letras de esta car­ta te adi­vino engan­cha­da a otro per­fil con la furia de un titán. Y yo, Qua­si­mo­do de los pies a la cabe­za, te espe­ro abier­to de espí­ri­tu y ene­mis­ta­do con la huma­ni­dad.

(En un prin­ci­pio no qui­se incor­po­rar en este capí­tu­lo este tex­to. Lo dis­tor­sio­na y lo vuel­ve meli­fluo. Yo que­ría des­ta­car una reali­dad social de Rafo: en el segun­do lus­tro de la déca­da de los seten­ta era un joven des­nor­ta­do en todos los aspec­tos. Cuan­do estu­dió en el Cal­de­rón de la Bar­ca per­ci­bió algu­nos suce­sos y comen­ta­rios que le entre­abrie­ron los ojos. Su padre, con un dis­cur­so per­fec­ta­men­te tri­lla­do por sus tiem­pos en las juven­tu­des de Acción Cató­li­ca, lo con­ven­ció de que esas «ver­da­des» eran la voz de una mino­ría de ingra­tos rebel­des que no se qui­sie­ron incor­po­rar a la nue­va Espa­ña. Aho­ra, con la eclo­sión de la «demo­cra­cia real, no la orgá­ni­ca», lo que decía su fami­lia, lo que veía en la uni­ver­si­dad, lo que leía a escri­to­res exi­lia­dos que regre­sa­ban, lo que edi­ta­ba El País y El Alcá­zar, lo que escu­cha­ba a algu­nos pro­fe­so­res, lo que veía en las mani­fes­ta­cio­nes, lo que susu­rra­ba un vecino de San­ta María de la Cabe­za com­pa­ra­do con una nue­va veci­na de Her­ma­nos Mira­lles… Todo ello, asi­mi­la­do sin orden ni con­cier­to, lle­va­ron a Rafo a unos años de con­vul­sión ideo­ló­gi­ca que le oca­sio­nó algu­nas dis­cu­sio­nes con su pri­mo Jor­ge).

Rafo seguía absor­to en la relec­tu­ra de su car­ta. Esta­ba tan abs­traí­do, que no se per­ca­ta­ba del gru­po de ami­gos, habi­tua­les en el local, que iban por la segun­da ron­da de cañas, ni de la pare­ja de turis­tas que sabo­rea­ban una san­gría con pata­tas bra­vas, ni los dos ena­mo­ra­dos, más arre­gla­dos que el res­to, y que se comían con la mira­da, fase pre­via del inter­cam­bio sali­var, ni de los que iban «de sola­nas a pes­car pare­ja», ni de los dos cama­re­ros, uno agra­da­ble y algo curio­so, y otro, gran colec­cio­nis­ta de des­plan­tes y bor­de­rías.   El pri­mer cama­re­ro, que no para­ba de mover­se entre los clien­tes para reno­var las con­su­mi­cio­nes que veía vacías, no qui­ta­ba el ojo de Rafo. Lo mira­ba con cier­ta pena, era cons­cien­te del plan­tón, y le sir­vió una nue­va copa a la par que se le tro­ca­ba el ges­to de curio­si­dad en la más viva mue­ca de con­mi­se­ra­ción. 

 

SANTA MARÍA SALOMÉ

Des­de hace siglos —qué digo siglos, des­de que Com­pos­te­la tie­ne nom­bre y pie­dra— ella vive entre noso­tros. No como reli­quia, ni como esta­tua fría, sino como veci­na de toda la vida. De esas que no se mudan, que no enve­je­cen, que cono­cen la ciu­dad como quien cono­ce el pul­so de su pro­pia piel.

Ella sabe de cada rin­cón, de cada som­bra que se des­li­za por las calles como aman­te fur­ti­va, de cada sus­pi­ro que se pier­de entre los sopor­ta­les como gemi­do entre lien­zos. Es seño­ra de las calles, sí, pero tam­bién matriar­ca, hechi­ce­ra y has­ta ama de cría. Fir­me como la pie­dra que sos­tie­ne la cate­dral, y tier­na como pan recién sali­do del horno: aún calien­te, aún dis­pues­to a con­so­lar con un beso.

Los hom­bres la bus­ca­mos, unos sin saber por qué, otros por la fe que lle­va en su inte­rior. Lo hace­mos como quien bus­ca abri­go, o pro­me­sa, o leche calien­te en una noche de tor­men­ta. Y ella, sin decir pala­bra, aco­ge. Siem­pre aco­ge.

Con la pie­dra que can­ta, que vibra, que mur­mu­ra con el fer­vor de una voz que no se escu­cha con los oídos, sino con el deseo. Por­que esta mujer no es sólo galle­ga. Es guar­dia­na de las almas per­di­das como la mía.

De las que andan a la deri­va sin saber qué bus­can. De las que nece­si­tan un cuer­po que abra­ce, una voz que encien­da, una pre­sen­cia que diga:

«Aquí estoy, mi bien. Y no te dejo». (Nie­blas y lem­bran­zas) (1995–2025)

CAPÍTULO VI DE ‘PEITO DE BRONCE’.- EL PADRE: NOMBRE, PROFESIÓN Y MUERTE

—Ya no me quie­ren las mozas, dicen que estoy aca­ba­do, que ya no sé hablar…, se que­ja­ba el padre de Manuel, Xoán Bali­ño Tara­ci­do, hom­bre muy afi­cio­na­do a las fal­das des­de muy joven.

Ya de vie­jo reco­no­cía que de mucha­cho —y no tan mucha­cho, ¡cara­llo!, le repro­cha­ba su mujer— le encan­ta­ba cazar mari­po­sas en jar­di­nes aje­nos. Por eso sus ami­gos lo apo­da­ron des­de joven como Xan, el que tie­ne fue­go en los labios, por­que siem­pre le gus­ta­ba estar en com­pa­ñía feme­ni­na. Le repro­cha­ba su mujer que tenía las manos ocu­pa­das con más fre­cuen­cia de lo nor­mal.

En la aldea algu­nos decían que tenía cua­tro hijos naci­dos entre sába­nas, pero sin docu­men­tos. Otros, con len­gua más afi­la­da, decían que eran muchos más los que no tenían ape­lli­do, pero sí his­to­ria que con­tar. Y se echa­ban a reír ante tales ocu­rren­cias.

Para ente­rrar su fama, se mar­chó un tiem­po a Cuba, a tra­ba­jar en el taba­co. Las malas len­guas cuen­tan que tuvo que regre­sar pre­ci­pi­ta­da­men­te a Gali­cia por­que «fumó» dema­sia­do allí. Para no per­der la cos­tum­bre, en la «Per­la del Son» apren­dió a bai­lar el cha­cha­chá, y cuan­do lo veían movien­do la cin­tu­ra, le pre­gun­ta­ban por sus raí­ces isle­ñas, por­que con­vir­tió el cha­cha­chá en un bai­le vivaz, diver­ti­do, atre­vi­do y jugue­tón.

—Ya le metis­te can­de­la al cha­cha­chá. Con tu cin­tu­ra hablas sin pala­bras, aun­que no nacie­ras en la «isla ardien­te».

De vuel­ta a Gali­cia, reto­mó su cos­tum­bre y salía casi todas las noches a hacer tra­ve­su­ras, pen­san­do que en la aldea ya habían olvi­da­do sus aven­tu­ras, pero esta­ba muy equi­vo­ca­do. Todos los veci­nos, aun­que muy des­afi­na­dos, le can­ta­ban con muchas ganas:

Xoán, Xoan­ci­ño, Xoán, / pier­ne­ci­ñas bai­la­ri­nas, / andas enga­ñan­do a las mozas / de noche nas coci­ñas.

Pero a su mujer le gus­ta­ba mucho más el apo­do de Pei­to de Anchoa. Fue ella mis­ma quien se lo puso y alar­dea­ba de su inge­nio para bau­ti­zar con sobre­nom­bres a las per­so­nas. Habla­ba con ver­da­de­ro orgu­llo del día que se cono­cie­ron.

Él ves­tía una cami­sa con los boto­nes des­abro­cha­dos y aso­ma­ba por ella un vello negro y ergui­do como las bar­bas de las anchoas. Otros lo lla­ma­ban «o Faquir».

—Es mi dic­cio­na­rio par­ti­cu­lar —decía ella con mucha arro­gan­cia.

En la inti­mi­dad, a sus ami­gas, les con­ta­ba que dis­fru­ta­ba con las cos­qui­llas que sen­tía en el cue­llo cada vez que él la abra­za­ba con la fuer­za de un titán.

—Es gar­bo­so —sen­ten­cia­ba—. Como dicen en Cuba: Este tipo es un «macha­zo».

Y las ami­gas la mira­ban con una envi­dia que las deja­ba embe­le­sa­das.

—Cuan­do me pon­go delan­te de él, me aga­rra por la cin­tu­ra con una fuer­za del cara­jo, y… allá va, haya niños en casa o no, no se con­tie­ne lo más míni­mo. Ade­más, decía pre­su­mien­do, los veci­nos de nues­tra casa escu­chan con toda cla­ri­dad la feria noc­tur­na que orga­ni­za­mos un día sí y otro tam­bién. Y las ami­gas, a rabiar.

Xoán era car­pin­te­ro de aldea, hon­ra­do y muy tra­ba­ja­dor. Su afi­ción al tra­ba­jo era muy cono­ci­da en la aldea… y en la taber­na.

—Aquí siem­pre se dice la ver­dad. Por algo la lla­ma­mos «La len­gua del demo­nio».

Todos los veci­nos que pasa­ban cer­ca de la casa escu­cha­ban de con­ti­nuo el acom­pa­sa­do soni­do que salía de su taller. Cuan­do no se escu­cha­ba, era que Xano­cas esta­ba en la hier­ba, enfer­mo, en la taber­na o era de noche.

El que tuvo fama de con­quis­ta­dor de joven, tuvo fama de tra­ba­ja­dor de mayor. Eso sí, cuan­do esta­ba en la taber­na, su mujer le exi­gía pun­tua­li­dad bri­tá­ni­ca a la hora de almor­zar y cenar. «Pica­la­gar­tos», el due­ño, se bur­la­ba de él dicién­do­le que si se toma­ra una taza cada vez que mira­ba el reloj, se aho­ga­ría en aguar­dien­te.

La mujer, har­ta de espe­rar­lo, le man­da­ba el perro para que vol­vie­ra a casa con él, pero… Pele­xón regre­sa­ba soli­ta­rio y sin com­pa­ñía.

Tan­to es así que dicen las len­guas vene­no­sas que murió de un trom­pa­zo que se dio un día vol­vien­do con pasos muy lige­ros a cenar. Su mujer argu­men­ta­ba que la envi­dia con­vir­tió la muer­te natu­ral de su mari­do —un infar­to, decía ella con fir­me­za— en una caí­da a cau­sa de una impo­nen­te borra­che­ra.

Un sába­do a las diez de la noche falle­ció su mari­do. En una cune­ta de la carre­te­ra que iba a Com­pos­te­la lo encon­tra­ron con la cabe­za abier­ta, des­pués del gol­pe que se dio al caer por un terra­plén lleno de pie­dras. Tenía seten­ta años. La viu­da lo llo­ró sin cesar y recor­dó a todos los veci­nos que le había adver­ti­do una y otra vez que tenía que cui­dar el cora­zón, que un día le daría un sus­to.

Ella decía que murió de un «para­trás». Los ami­gos habla­ban de una des­co­mu­nal cogor­za tras una apues­ta en la taber­na.

—Esa noche bebió como una espon­ja, decían entre ellos con mucha tris­te­za de Dios. Otros aldea­nos, en la taber­na, con­ta­ron que lo vie­ron corrien­do tras una moza y des­ti­lan­do alcohol, como la cal­de­ra de un alam­bi­que, por la calle­jue­la que va al pilón de lavar la ropa.

—Cuan­do se le metía entre ceja y ceja una chi­ca, no para­ba has­ta encon­trar­la y hablar con ella unos minu­tos. Ese era su triun­fo: que lo vie­ran char­lan­do con ella.

—Ese día iba muy car­ga­di­ño, y cla­ro, no vio el terra­plén que bor­dea­ba «la cur­va rápi­da» de la carre­te­ra. Por eso tam­bién lo bau­ti­za­mos como «El san­to del chi­chón».

Dame viño, dame viño; / agua no te pue­do beber, / soy de esta con­di­ción / de algún modo he de morrer. (Pei­to de Bron­ce) (2002)

CAPÍTULO XII DE ‘HATROZ’.- CONQUISTA

Ser adul­to es cosa valio­sa, / pero es mayor per­fec­ción / hablar bri­llan­te y pau­sa­do / como si fue­ra un gran cice­rón. (Rafo cuen­ta que escri­bió estos ver­sos el día de su Pri­me­ra Comu­nión bajo la som­bra de un cas­ta­ño en un peque­ño cua­derno con can­da­do que le rega­la­ron sus tías de Ferrol. No tenía ni idea de los cua­der­nos Moles­ki­ne que eran los here­de­ros del his­tó­ri­co cua­derno usa­do por Vin­cent Van Gogh, Pablo Picas­so o Ernest Heming­way).

―Este rapaz ten que falar menos e tra­ba­llar máis, decía Filo­so mien­tras simul­ta­nea­ba la lec­tu­ra de un ejem­plar de El Correo Galle­go, úni­co perió­di­co, eso creía, que por enton­ces lle­ga­ba en el día de su edi­ción a Ber­ta­mi­ráns, y la escu­cha de una anéc­do­ta que Rafo esta­ba inten­tan­do narrar con afec­ta­do tono poli­cía­co. ¿Sen­ten­cia pre­mo­ni­to­ria de lo que pos­te­rior­men­te sería una fre­cuen­tí­si­ma aden­da en sus notas? No lo sabe­mos. Tal vez. Lo cier­to  es que el tío Filo­so poseía tal sagaz zorre­ría que era capaz de intuir las futu­ras pecu­lia­ri­da­des de Rafo.

Tras dar por ter­mi­na­da pre­ci­pi­ta­da­men­te su incon­gruen­te his­to­rie­ta, nadie le pres­tó ver­da­de­ra aten­ción, se dis­pu­so a jugar con plas­ti­li­na mien­tras inten­ta­ba can­tar una can­ción que les había escu­cha­do a sus pri­mos mayo­res. No era la pri­me­ra vez que Rafo, enton­ces era Camay, inten­ta­ba ento­nar una melo­día a la par que pro­cu­ra­ba rea­li­zar con una bri­llan­te tor­pe­za no sé qué rocam­bo­les­ca figu­ra. Se deses­pe­ra­ba y cerra­ba los ojos como cuan­do su padre, a la par que hacía un chas­qui­do con la boca, leía una noti­cia que le con­tra­ria­ba. Cuan­do ape­nas tenía cono­ci­mien­to del mun­do, le enfu­re­cía que su des­ma­ña para con   los tra­ba­jos manua­les se mani­fes­ta­ra con tan­to escar­nio y ful­gor. Poco a poco, y con el paso del tiem­po, se fue con­fir­man­do, ante la deses­pe­ra­ción de sus mayo­res, que lo suyo no era la mani­pu­la­ción habi­li­do­sa de mate­ria­les ya fue­ran más o menos malea­bles. Nadie se expli­ca­ba, la ayu­da de sus pri­mos debió ser mani­fies­ta, el perió­di­co que logra­ron dise­ñar a los diez años los pri­mos peque­ños de la casa.

―Per­se­ve­ran­cia, rapaz, per­se­ve­ran­cia, comen­ta­ba otra voz adul­ta a sus espal­das. Todo en esta vida se pue­de con­se­guir con per­se­ve­ran­cia.

A Rafo esas fra­ses real­men­te le sona­ban a chino. No las sopor­ta­ba. Y si coin­ci­día dicha refle­xión adul­ta con la crea­ción de los ojos del bus­to que esta­ba rea­li­zan­do le intro­du­cía los dedos has­ta el cogo­te como cué­va­nos que­ve­des­cos.

Rafo, des­de que había des­cu­bier­to lo pla­cen­te­ro que era pla­ti­car, no para­ba  de hablar por los codos con quien tuvie­ra a su alcan­ce. Y si no, los bus­ca­ba deses­pe­ra­da­men­te para que lo escu­cha­ran. Era un sablis­ta de la char­le­ta. Y si no, solo. Ahí lo veían al peque­ño Rafo man­te­nien­do ani­ma­dí­si­mas char­las con los obje­tos más dis­pa­ra­ta­dos que uno se pue­de ima­gi­nar, des­de el gri­fo de la bañe­ra has­ta el pla­to en el que des­can­sa­ba  el boca­di­llo de la merien­da. Ante esta locua­ci­dad, unos se reían a car­ca­ja­das  escu­chan­do algu­nas de sus incon­gruen­cias, otros se enco­le­ri­za­ban y se mar­cha­ban a un lugar más tran­qui­lo, pues no les deja­ba con­cen­trar­se en lo que en ese momen­to esta­ban hacien­do. Su pri­mo Jor­ge cogía el pati­ne­te que le había traí­do de Sui­za su padre y subía has­ta la puer­ta de la fin­ca muy des­pa­cio para lue­go bajar a toda velo­ci­dad simu­lan­do per­fec­ta­men­te el rui­do de una moto de carre­ras. Él, ante estas reac­cio­nes, se que­da­ba mirán­do­los unos segun­dos y salía des­pués esco­pe­ta­do ―con lo que se podía correr a esa edad― en direc­ción a la bode­ga, don­de, por la oscu­ri­dad y la hume­dad del lugar, pen­sa­ba que se ges­ta­rían las gran­des aven­tu­ras ese verano.

En otros momen­tos del día, su pri­mo Jor­ge y Rafo pasa­ban mucho tiem­po sen­ta­dos  en la are­na de la era jugan­do a lo más dis­par. Des­de la con­ver­sión en autén­ti­cos héroes uti­li­zan­do como arma de ata­que las ramas des­pren­di­das de algu­nos árbo­les o una  sim­ple esco­ba ―con el con­sa­bi­do dis­gus­to de las madres― has­ta el apri­sio­na­mien­to en peque­ñas cár­ce­les o jau­las de plás­ti­co de ino­fen­si­vos esca­ra­ba­jos de la pata­ta. Por enton­ces, estos ani­ma­li­tos les pare­cían peli­gro­sí­si­mos miu­ras que pos­te­rior­men­te serían torea­dos por los dos en un impro­vi­sa­do albe­ro dise­ña­do en la ace­ra de una de las casas.    En aque­llos años el géne­ro por exce­len­cia de músi­ca de la fies­ta tau­ri­na era el paso­do­ble Sus­pi­ros de Espa­ña, que Jor­ge lo tara­rea­ba con gran per­fec­ción como ini­cio de la pos­te­rior fae­na, otro de los ras­gos de su pri­mo que le des­per­ta­ban una corro­si­va envi­dia. El rit­mo ale­gre y fes­ti­vo de la can­ción conec­ta­ba con la tra­di­ción espa­ño­la y les impul­sa­ba a los dos cani­jos a per­fec­cio­nar «la fies­ta» ela­bo­ran­do con gran ani­ma­ción unas ban­de­ri­llas, con los colo­res de la ban­de­ra espa­ño­la, con alfi­le­res sus­traí­dos del alfi­le­te­ro del cos­tu­re­ro de la madre de Rafo.

Aun­que los pro­ta­go­nis­tas más fre­cuen­tes de sus jue­gos eran los para­cai­dis­tas, los indios y los vaque­ros. Lan­za­ban des­de la ven­ta­na de una habi­ta­ción del piso supe­rior un muñe­co de plás­ti­co que lle­va­ba enro­lla­do un para­caí­das; y que gra­cias al débil impul­so ejer­ci­do por su par­te subía esca­sa­men­te para lue­go des­cen­der mien­tras se abría espec­ta­cu­lar­men­te el para­caí­das. Bueno, no siem­pre ocu­rría así. Enton­ces el tor­ta­zo era de épo­ca y noso­tros lo cele­brá­ba­mos como la lle­ga­da del hom­bre a la luna. Con los indios  y los vaque­ros siem­pre había pelea. Los dos que­ría­mos ser vaque­ros, pues era evi­den­te que los indios eran siem­pre derro­ta­dos por un habi­lí­si­mo cow­boy, que era capaz de dis­pa­rar has­ta de espal­das. ¿Y por qué le toca­ba a Rafo en casi todas las oca­sio­nes ser indio? ¿Inci­pien­te com­pla­ce? Bue­na pre­gun­ta.

A su cor­ta edad, y por con­si­guien­te aún muy limi­ta­da su for­ma­ción, ya empe­za­ba a sen­tir admi­ra­ción por algu­nos de sus mayo­res. En cada uno de ellos, des­de su paca­ta pers­pec­ti­va, se iba per­fi­lan­do una pecu­lia­ri­dad que le hacía que la fas­ci­na­ción agran­da­ra el afec­to que ya iba sin­tien­do por cada uno de ellos. Rafo pen­sa­ba que podía levan­tar algu­na ampo­lla. Ese mie­do pavo­ro­so al qué dirán lo ate­na­za­ba ya de peque­ño. Es la visión de un niño de muy poqui­tos años. De su tía María Rosa, la abne­ga­ción fami­liar; de su padre, la entre­ga y el altruis­mo; de su tío José Luis, la inte­li­gen­cia y la natu­ra­li­dad; de su tío Filo­so, la fabu­la­ción lite­ra­ria y per­so­nal; de su abue­lo Luis, el cono­ci­mien­to y la bonho­mía; de su madre, la bon­dad y el tor­men­to; de su tía Ele­na, el carác­ter y la deci­sión; de su madri­na Cuca, la ele­gan­cia y la his­to­ria; de su tío Luis, la cons­tan­cia en el apren­di­za­je; de su tía Maru­ja, el estu­dio y la socia­bi­li­dad…

Yo, como narra­dor de esta his­to­ria, creo que ya es sufi­cien­te. No quie­ro que el lec­tor se pre­gun­te: ¿Y tan peque­ño era capaz de ver todas estas cua­li­da­des? Hom­bre, es cier­to que resul­ta muy difí­cil des­lin­dar cier­tas cua­li­da­des en espa­cia­dos perio­dos tem­po­ra­les, y sobre todo sien­do tan menu­do, las sin­gu­la­ri­da­des de las per­so­nas. Des­pués de hablar con él, se reafir­ma en lo dicho.

Como ya con­ta­ré más ade­lan­te, un gru­po apar­te lo mere­cen sus dos pri­mos mayo­res. Bueno, no quie­ro ade­lan­te­mos nada más. Ya lo hice homeo­pá­ti­ca­men­te en un capí­tu­lo ante­rior. Ya toca­rá.

En este tejer y des­te­jer de las tar­des de verano, y cuan­do la som­bra le gana­ba el pul­so al sol, las con­ver­sa­cio­nes de los mayo­res inva­dían con par­si­mo­nia leví­ti­ca la ace­ra de la lla­ma­da «casa vie­ja», por ser la más anti­gua. La per­fec­ta orien­ta­ción de la mis­ma favo­re­cía que los atar­de­ce­res fue­ran inter­mi­na­bles y hubie­ra a sus pies un cal­mo­so y cons­tan­te tra­sie­go humano. Algu­nos fami­lia­res iban ocu­pan­do las sillas que esta­ban libres, otros se levan­ta­ban para ini­ciar una dife­ren­te tarea en otro apar­ta­do rin­cón de la casa, pues el bulli­cio y la alga­ra­bía en oca­sio­nes se hacían inso­por­ta­bles. Las fie­les a la cita eran las muje­res, que no les qui­ta­ban el ojo de enci­ma, pues según su cri­te­rio, si los deja­ban cei­bes (libres, en galle­go) eran capa­ces de pro­vo­car un cata­clis­mo.

―Como te vuel­vas a mojar, te pon­go a hacer pis como las muje­res. Esta lapi­da­ria ame­na­za ―hoy, insig­ni­fi­can­te; pero por enton­ces tan terro­rí­fi­ca como una bur­la hirien­te de tu mejor ami­go en la ado­les­cen­cia delan­te de la chi­ca que te gus­ta― ron­dó por la cabe­za de Rafo sema­nas. Tal vez meses. Esta­ba en esa eta­pa del cre­ci­mien­to en la que se empe­za­ban a mirar con extra­ñe­za inusi­ta­da a los niños que aún lle­va­ban paña­les.

―¿Toda­vía no le qui­tas­te los paña­les a tu hijo? (Este uso ver­bal de tiem­pos sim­ples es pro­pio de los galle­gos). Pero si Loli­ta los dejó antes.

―Ya ves… Ten­go mie­do a que…Y en esas dis­qui­si­cio­nes se eter­ni­za­ban la madre de Rafo y sus her­ma­nas, sen­ta­das todas ellas delan­te de un vela­dor de pie­dra, a la som­bra, y cada una de ellas enre­da­das en su labor manual pre­fe­ri­da: el pun­to, los bor­da­dos, el gan­chi­llo… O la lec­tu­ra.

―Lo que tie­nes que hacer es ame­na­zar­lo ―ya sabes, con cari­ño― con la fra­se que te decía antes. Es como mano de san­to.

Rafo nun­ca pen­só que su madre fue­ra a lle­var a la prác­ti­ca tal con­mi­na­ción, pero hoy toda­vía habi­ta en él la duda de saber qué hubie­ra hecho sin la ame­na­za. Espa­bi­ló como el día que le pusie­ron la pri­me­ra vacu­na. O ya o el sufri­mien­to eterno. Pues ya. Lo cier­to es que ese mis­mo verano empe­zó a olvi­dar­se de los paña­les. Es cier­to que más de un día hubo «algu­na sor­pre­si­ta», pero unas veces el astu­to de su pri­mo mayor y otras su que­ri­da Car­men se encar­ga­ban ―según sus pala­bras pos­te­rio­res― de disi­mu­lar seme­jan­te «des­fei­ta» (desas­tre, en galle­go).

Y así pro­ce­sio­nó sin paña­les el día de La Pere­gri­na. Todos los mayo­res esta­ban encan­ta­dos con su deci­sión de incor­po­rar­se con «ropa de adul­to» a la comi­ti­va reli­gio­sa.

―Se está hacien­do mayor.

―¡Qué buen rapaz es!

Todos veían en Rafo una pro­pen­sión hacia los hábi­tos ecle­siás­ti­cos, cuan­do en reali­dad lo úni­co que ocu­rría es que, habien­do aban­do­na­do ya la «ropa de bebé», se sen­tía como un adul­to más. Con­cen­tra­do, rec­to como un car­ba­llo (roble, en galle­go) y per­fec­ta­men­te sin­cro­ni­za­do con las dos filas que con­for­ma­ban el des­fi­le cami­nó por­tan­do una vela que cada dos por tres se apa­ga­ba. Él se sabía el cen­tro de las mira­das y ante tal situa­ción su peque­ño cuer­po se esti­ra­ba aún más has­ta alcan­zar las pro­por­cio­nes de un legio­na­rio en ple­na para­da mili­tar.

Aquel día reci­bió mil feli­ci­ta­cio­nes. Todas ellas aco­gi­das con cier­to orgu­llo disi­mu­la­do, pues ya enton­ces su carác­ter se iba con­fi­gu­ran­do de modo pau­la­tino. La mayo­ría des­ta­có su emo­ti­vi­dad ges­tual; algu­nos, su ele­gan­cia imper­tur­ba­ble y los menos habla­ron de cier­ta ago­nía sen­si­ti­va. Su madre pre­su­mía de un per­fec­to y rec­ti­lí­neo fle­qui­llo.

Nadie cayó en la cuen­ta de que su ver­da­de­ra razón, y por la que fui men­ta­li­za­do noble­men­te por su tío Filo­so, fue la exqui­si­ta pro­me­sa, si se por­ta­ba bien, de ser recom­pen­sa­do con dos hela­dos de la toda­vía mar­ca Camay esco­gi­dos por él libre­men­te.

JUBILACIÓN DE JOSÉ MARÍA MÁIZ TOGORES

Hoy que­re­mos recor­dar a quien fue mucho más que un pro­fe­sor: fue guía, fue ejem­plo, fue una pre­sen­cia sere­na y fir­me en los pasi­llos de la ense­ñan­za media. Decían de él que era bue­na per­so­na, y quie­nes lo cono­cían sabían que no era solo una fór­mu­la ama­ble, sino una ver­dad pro­fun­da. Bue­na per­so­na, sí: por­que escu­cha­ba, por­que res­pe­ta­ba, por­que nun­ca per­dió la pacien­cia ni la huma­ni­dad, ni siquie­ra en los días difí­ci­les.
Decían tam­bién que era buen pro­fe­sor. Y eso, en su caso, sig­ni­fi­ca­ba mucho más que saber expli­car sin­tag­mas o comen­tar poe­mas. Sig­ni­fi­ca­ba des­per­tar curio­si­da­des, abrir puer­tas, hacer que los libros habla­ran y que la len­gua se vol­vie­ra hogar. Tenía el don de hacer pen­sar, de hacer sen­tir, de lograr que cada alumno se sin­tie­ra capaz de escri­bir su pro­pia his­to­ria.
No bus­ca­ba pro­ta­go­nis­mo, ni meda­llas, ni reco­no­ci­mien­tos. Pero hoy, en este momen­to, que­re­mos dar­le lo que mere­ce: un recuer­do agra­de­ci­do, una pala­bra que per­du­re, un silen­cio que lo abra­ce. Por­que fue maes­tro, y por­que fue humano. Y eso, en el fon­do, es lo más alto que se pue­de ser. (Pala­bras de un exalumno de hace tiem­po)

Te adjun­to el vídeo con imá­ge­nes que pro­yec­ta­ron el otro día (30–6‑2025) en el cole­gio Jesús-María de la calle Juan Bra­vo 13, cuan­do cele­bra­mos mi jubi­la­ción des­pués de 37 años en la ense­ñan­za. La músi­ca fue ele­gi­da por mí y no podía ser otra can­ción que Pero a tu lado de Enri­que Urqui­jo y Los Secre­tos. El autor del mon­ta­je es Pedro de Goye­ne­che. Muchí­si­mas gra­cias por seguir­me. No me can­sa­ré de repe­tir­lo.

PRINGAO

Espé­ci­men urbano que, por exce­so de bue­na fe o défi­cit de mali­cia, aca­ba sien­do el volun­ta­rio no soli­ci­ta­do en todas las fae­nas, el blan­co fácil de bro­mas, y el últi­mo en ente­rar­se de que el jue­go ya empe­zó… sin él. El prin­gao no nace, se hace: nor­mal­men­te tras decir «yo me encar­go» en una reu­nión o con­fiar en que «esta vez sí me van a valo­rar».  

Se le reco­no­ce por su mira­da de espe­ran­za eter­na, su agen­da lle­na de favo­res aje­nos, y su habi­li­dad inna­ta para caer en todas las tram­pas socia­les con la gra­cia de un pato en pati­nes.  Sin el prin­gao, el mun­do sería menos efi­cien­te… pero tam­bién menos diver­ti­do.

El prin­gao es el que pres­ta dine­ro y se que­da espe­ran­do el Bizum como si fue­ra una pro­me­sa elec­to­ral. Es el que ayu­da a su ex a mudar­se… con el nue­vo novio. Es el que se pre­pa­ra has­ta la exte­nua­ción las reunio­nes con el jefe y nun­ca toman en serio sus comen­ta­rios y pro­pues­tas. Cuan­do habla él, inme­dia­ta­men­te el jefe dice: el siguien­te. Es el que se estu­dia todo el tema­rio y lue­go pasa los apun­tes al que aprue­ba copian­do. Es el que lle­va tres meses hacien­do horas extra sin cobrar y aún espe­ra que se las paguen. Es el que sigue, des­pués de meses, sin enten­der que el «nece­si­to tiem­po» de ella es un cala­ba­zón. Es el que en el tra­ba­jo orga­ni­za los cum­plea­ños, reco­ge dine­ro y com­pra los rega­los del Ami­go Invi­si­ble y nadie se lo reco­no­ce. Es el que se pre­sen­ta volun­ta­rio a pre­si­den­te de la comu­ni­dad de veci­nos el año que hay mil obras que hacer. Es el que paga en un bar y cuan­do le dan mal las vuel­tas, para no apa­ren­tar ser un taca­ño, las con­vier­te en pro­pi­na. Es el que siem­pre lle­ga el pri­me­ro a la ofi­ci­na, hace el tra­ba­jo de todos, y cuan­do hay que que­dar­se has­ta tar­de, él nun­ca dice que no. Pero cuan­do repar­ten los méri­tos o los ascen­sos, nadie se acuer­da de él.

CAPÍTULO XI DE ‘HATROZ’.- DESCONCIERTO

Rafo pecó de exce­si­vo la noche ante­rior al des­con­cier­to. Aque­lla noche se le tur­bó el enten­di­mien­to por­que el due­ño del pub que él fre­cuen­ta­ba por enton­ces en los ale­da­ños de la Glo­rie­ta de Bil­bao se empe­ñó en ense­ñar­le los borra­do­res de poe­mas que había escri­to en su juven­tud. Era un con­jun­to (en galle­go, fei­xe) de pape­les ama­ri­llen­tos y lle­nos de man­chas, que no de tacho­nes y correc­cio­nes. Mani­fes­tó el mis­mo defec­to que en su ado­les­cen­cia: par­co en pala­bras y rebo­san­te de una bus­ca­da sole­dad. Se sen­tó de nue­vo en su apar­ta­da mesa, colo­có sobre la mesa el «poe­ma­rio de San Miguel» y se dis­pu­so a leer los ver­sos hori­zon­tal­men­te para salir del paso lo antes posi­ble. Sólo pudo com­pro­bar que eran unos poe­mas soe­ces, sin nin­gu­na sono­ri­dad y un títu­lo abso­lu­ta­men­te pro­vo­ca­dor. Tras unos minu­tos de aten­ción, pudo con­for­mar una opi­nión en nada ofen­si­va.

―Todo el mun­do tie­ne ple­na liber­tad para escri­bir lo que quie­ra, pero si me pides mi opi­nión, te diré que les has dado muy pocas vuel­tas, están a medio hacer. Se ve que son super­fi­cia­les y un tan­to bur­dos por­que la úni­ca temá­ti­ca que tie­nen es cómo con­se­guir una pene­tra­ción lo antes posi­ble.

A Miguel, el due­ño del pub, se le que­bró la son­ri­sa cuan­do escu­chó las pala­bras de su admi­ra­do clien­te. Podía haber teni­do más tac­to, coño, pen­só. Lue­go enten­dió que Rafo obra­ba con sin­ce­ri­dad y que había logra­do apar­car ese com­pla­ce que des­de la ado­les­cen­cia le acom­pa­ña­ba.

―Hay ver­sos logra­dos. Hay ver­sos que sólo nece­si­tan una pasa­da. Pero hay otros que son el esque­le­to de algo futu­ro que pue­de lle­gar a tomar vida.

Rafo le dio un tra­go a la copa, son­rió a Miguel y rema­tó dicién­do­le que insis­tie­ra en la for­ma, que era mejor insi­nuar que ense­ñar, y que podría alcan­zar con esfuer­zo y dedi­ca­ción un acep­ta­ble nivel de cali­dad.

La com­pen­sa­ción de Miguel, no tenía a mano otra, fue recar­gar muy gene­ro­sa­men­te la copa que esta­ba un tan­to calen­to­rra ya. Rafo tenía la vis­ta nubla­da y la pala­bra tor­pe, tar­da y poco dies­tra. Raro en él. Rafo se plan­tó y le dijo que eso no eran dos dedos hori­zon­ta­les, que eran ver­ti­ca­les. Cono­cía per­fec­ta­men­te sus lími­tes y antes de tras­ta­bi­llar por la calle, logró salir del Migue­lón y coger un taxi con cier­ta rigi­dez mus­cu­lar. Todo se solu­cio­nó cuan­do se vio entran­do en su por­tal de Ferrer del Río. Una pare­ja inter­cam­bia­ba flui­dos buca­les en la par­te más oscu­ra, don­de era casi impo­si­ble ver­los, pero se oía con cla­ri­dad la reso­nan­cia, que no la vibra­ción, de los besos. Eran como peque­ños des­cor­ches de ben­ja­mi­nes que sona­ban cuan­do las bocas hacían un vacío en el óscu­lo y se «des­ta­pa­ban» cuan­do se sepa­ra­ban unos milí­me­tros.

Y lle­gó el día del des­con­cier­to. Se levan­tó el domin­go un poco espe­so. Se encon­tró a su her­ma­na desa­yu­nan­do en la coci­na e inme­dia­ta­men­te le pidió dis­cul­pas por haber hecho rui­do. Esta­ba equi­vo­ca­da. Lo que real­men­te le des­per­tó fue el zum­bi­do que sus oídos habían per­ci­bi­do cuan­do se dio media vuel­ta en la cama, casi se cae por la estre­chez de la mis­ma, y empe­zó a sonar el Pou­sa pou­sa en su telé­fono. Le dijo a su her­ma­na que no lo había des­per­ta­do ella, que había sido esa músi­ca galle­ga, que algu­nos cali­fi­ca­ban de car­gan­te, que ponía en su móvil para poder­lo oír en la calle. Esta­ba muy har­to de los boci­na­zos de sus ami­gos cuan­do le decían si era el pro­fe­sor Tor­na­sol, el anciano rey de los sor­dos o un Cua­si­mo­do cual­quie­ra. Le comen­tó que des­pués de la ducha se iría a la cues­ta de Moyano a ver libros, uno de sus mayo­res pla­ce­res.

―¿Para qué vas? Ya te digo. Las últi­mas diez o doce veces que has ido has vuel­to con las manos vacías y con un cabreo monu­men­tal. Es cier­to eso de que quien la bus­ca la con­si­gue, pero en ti se debe cum­plir la excep­ción en toda regla. Pero, tran­qui­lo, no seré yo quien te qui­te la ilu­sión.

Rafo calla­ba por­que era inca­paz de con­tra­de­cir a su her­ma­na cuan­do tenía más razón que un san­to. Desa­yu­nó una mag­da­le­na de La Bella Easo con un café con leche bien car­ga­do. Segu­ro que alguno de sus com­pa­ñe­ros de tra­ba­jo le diría que era lamen­ta­ble la mala ali­men­ta­ción que inge­ría a dia­rio. A Rafo las reglas aca­de­mi­cis­tas de la comi­da le pare­cían una ñoñez y se guia­ba en todo momen­to por sus gus­tos y ape­ten­cias. De ahí ese gene­ro­so flo­ta­dor que le cubría toda la cin­tu­ra, por no hablar del coles­te­rol. Cuan­do se mira­ba en el espe­jo, son­reía con una tris­te­za géli­da, pero era inca­paz de seguir un régi­men o hacer ejer­ci­cio de un modo con­ti­nua­do. La últi­ma mujer que le vio el cin­tu­rón de gra­sa huma­na que le rodea­ba la cin­tu­ra se ena­mo­ró de ese com­ple­men­to el pri­mer día, has­ta le hizo gra­cia, pero des­pués de varios meses lo recha­za­ba con la mis­ma con­tun­den­cia que un perro rehú­sa siem­pre una medi­ci­na, aun­que vaya en el inte­rior de una cro­que­ta. A Rafo no le valían las cro­que­tas.

Se duchó, se vis­tió, se aci­ca­ló con todo cui­da­do, se per­fu­mó como siem­pre y echó un vis­ta­zo a su dor­mi­to­rio por si se deja­ba algo impor­tan­te. Cogió el metro, dudó si tomar un taxi, y tras varios tras­bor­dos oca­sio­na­dos por su des­co­no­ci­mien­to y su recha­zo a con­sul­tar los pane­les infor­ma­ti­vos, salió en la Esta­ción de Ato­cha. Vio El Bri­llan­te, famo­so bar con exce­len­tes boca­di­llos de cala­ma­res y tor­ti­lla, y a poca dis­tan­cia la dis­co­te­ca Kapi­tal, una de las que más repu­tación tenía, y no solo a nivel nacio­nal, tam­bién inter­na­cio­nal. Esta dis­co­te­ca se encon­tra­ba en la calle Ato­cha en lo que, por los años 70 era el Cine San Car­los, cine muy visi­ta­do por Rafo en sus épo­cas de sole­dad cine­ma­to­grá­fi­ca. Tam­bién loca­les vacíos.

Vio a lo lejos la decré­pi­ta Cues­ta de Moyano. ¿Por qué decré­pi­ta? Por­que en aque­lla épo­ca, 2021 ya ini­cia­do, era un nego­cio rui­no­so tener una libre­ría, aun­que fue­ra de segun­da mano.

Rafo se fue acer­can­do a la cues­ta de Moyano con paso deci­di­do, como si en algu­na de sus case­tas fue­ra a encon­trar un incu­na­ble o ese libro que des­de hace años no halla­ba en nin­gu­na libre­ría. La últi­ma vez que lo inten­tó fue en una vie­ja libre­ría de Bar­ce­lo­na don­de le dije­ron que esta­ba des­ca­ta­lo­ga­do por raro. Pen­só en un prin­ci­pio que eso era una con­tra­dic­ción por­que, por el hecho de ser raro, debe­ría estar en las pri­me­ras pági­nas de cual­quier catá­lo­go de libros.

La cues­ta de Moyano tenía un olor pecu­liar. Era una mez­cla del humo que expe­lía el tubo de esca­pe de los coches que la bor­dea­ban, aun­que la cues­ta fue­ra pea­to­nal, los múl­ti­ples aro­mas que inva­dían las libre­rías des­de el her­mo­sí­si­mo Jar­dín Botá­ni­co y el olor a libro vie­jo. La celu­lo­sa y la lig­ni­na eran los res­pon­sa­bles de este últi­mo. Un papel de bue­na cali­dad con­te­nía menos lig­ni­na que el papel que se uti­li­za­ba para impri­mir perió­di­cos y revis­tas. Ade­más de ese olor a libro vie­jo, tam­bién eran los res­pon­sa­bles del color ama­ri­llen­to del papel. Algu­nos, por otros ele­men­tos que lle­va­ban, decían que olían a almen­dra y a otras varia­das flo­res.

Los poten­cia­les com­pra­do­res, obser­vó que había mucho mirón y mano­sea­dor de libros, reco­rrían la calle de Clau­dio Moyano con par­si­mo­nia y con el cora­zón des­bo­ca­do espe­ran­do encon­trar ese ejem­plar que los saca­rá de un ostra­cis­mo jubi­lar en nada pare­ci­do a la actual explo­sión de acti­vi­da­des y ofer­tas que hay para los jubi­la­dos.

El olor a libro vie­jo tras­tor­na­ba a todo el que se acer­ca­ba a ese míti­co espa­cio. Cuan­do aún era un postado­les­cen­te de medio pelo, le oyó decir a su pro­fe­so­ra de Lite­ra­tu­ra Fran­ce­sa que el olor del libro vie­jo era casi orgás­mi­co. En esa oca­sión, su com­pa­ñe­ro Luis y él se mira­ron con la mis­ma sor­pre­sa que ponía cuan­do reci­bía en casa una lla­ma­da de la cal­de­ro­nia­na Mai­te.

Y Rafo no encon­tró nada intere­san­te en las case­tas. Otra vez su her­ma­na tenía razón. Atis­ba­do a pocos metros el par­que del Reti­ro, una vez ter­mi­na­da la hile­ra de pues­tos de libros le sor­pren­dió que, pega­do a la ver­ja del Jar­dín Botá­ni­co, se encon­tra­ba un hom­bre joven sen­ta­do ante una mesa por­tá­til muy pare­ci­da al chio­lo de las aldeas galle­gas, don­de unas muje­res mayo­res ven­dían ros­qui­llas y otros pla­ce­res gas­tro­nó­mi­cos de las aldeas de la zona en los días de fies­ta. El car­tel situa­do a los pies de la mesa reza­ba lo siguien­te: Libros de poe­sía del autor a 5 euros. Rafo se acer­có con muchí­si­ma curio­si­dad por­que siem­pre le había atraí­do el mun­do del ver­so y encon­trar­se de bru­ces con un poe­ta le ace­le­ró el inte­rés, nun­ca momen­tá­neo. Lleno de ver­güen­za, uno de sus las­tres más dañi­nos, se acer­có a él y le pre­gun­tó por el con­te­ni­do de los libros que ven­día.

―Me lla­mo José María Máiz Togo­res y como las dis­tri­bui­do­ras no quie­ren saber de los escri­to­res nove­les aquí me ve usted inten­tan­do ven­der mis libros por mi cuen­ta. Son libros de poe­sía que un exce­len­te pro­fe­sor de la Com­plu­ten­se cali­fi­có como sober­bios. Qui­zá la pasión por Ya no es duda, lo pro­lo­gó él, le lle­vó a cali­fi­car el todo de mi obra por esta par­te de ella.

―Pero…, muy sor­pren­di­do Rafo por la res­pues­ta, pero… ¿no le intere­sa a nadie la poe­sía? Yo, en mis ratos de liber­tad labo­ral, me sien­to a escri­bir ver­sos un tan­to des­la­va­za­dos pen­san­do en que un día me deci­da a dar­les una uni­dad y una cali­dad que aho­ra mis­mo no tie­nen.

―Pues dedí­que­se a otra cosa, ami­go. En este país somos más los poe­tas que los lec­to­res de poe­sía. Así de cla­ro se lo digo. Escri­bir es llo­rar. Sólo una dece­na de escri­to­res, que tie­nen gran cali­dad, han logra­do encau­zar sus obras en edi­to­ria­les de pres­ti­gio y sol­ven­tes. Los que pre­ten­de­mos meter la cabe­za en ese mun­do sólo reci­bi­mos fal­sas pro­me­sas que nun­ca se ven cum­pli­das.

―Aquí tie­ne usted tres libros publi­ca­dos. ¿Me per­mi­te ojear­los?

Antes de aca­bar la pre­gun­ta Rafo tenía en su mano un ejem­plar de cada libro: Ya no es duda, De don­de nace mi voz y Algu­nas tar­des al bor­de de mí. Abrió el pri­me­ro y se puso a leer algún poe­ma de modo arbi­tra­rio. Esta­ba muy ner­vio­so por­que José María tenía sus ojos cla­va­dos en él y con el mis­mo pen­sa­mien­to repe­ti­do a lo lar­go de la maña­na: muy intere­san­te, pero no pue­do com­prar­lo.

Rafo se paró unos segun­dos en unos ver­sos bre­ves pero muy cer­te­ros a la hora de expre­sar lo que sufre una per­so­na cuan­do sien­te cer­ca a la per­so­na ama­da: Mien­tras mi nece­si­dad de vida / se ane­ga de cru­das imá­ge­nes, / la sen­sa­ción de tener­te cer­ca / des­tru­ye todas mis mise­rias. Se que­dó pen­san­do unos segun­dos y le vino a la memo­ria esa mujer que le obse­sio­na­ba con­vul­sa­men­te en los últi­mos meses.

―Quie­ro un ejem­plar de cada uno.

La cara de sor­pre­sa de José María dejó a la vis­ta unos ojos marro­nes bri­llan­tes y expre­si­vos. Rafo vio en ellos un halo de tris­te­za y un ras­tro dolo­ri­do de expe­rien­cias de vida poco afor­tu­na­das.

―Mire, aho­ra mis­mo no ten­go dine­ro para los tres libros. Le podría pagar con tar­je­ta, pero usted no ten­drá datá­fono, como es nor­mal. Voy inme­dia­ta­men­te a un caje­ro y saco el dine­ro nece­sa­rio. Ya no uso metá­li­co. Des­de la pan­de­mia sólo empleo tar­je­tas. ¿Le pare­ce bien? José María asin­tió con la cabe­za.

Bajó con paso deci­di­do la cues­ta de Moyano, cru­zó varios semá­fo­ros y, des­pués de recor­dar el ban­co en el que su padre tenía la cuen­ta corrien­te, loca­li­zó en el mis­mo local un ban­co dife­ren­te, pero con un caje­ro relu­cien­te. Tuvo que espe­rar más de la cuen­ta por­que tenía una nume­ro­sa cola. Impa­cien­te y ner­vio­so, mira­ba fija­men­te a una pobre seño­ra que no se acla­ra­ba con las múl­ti­ples opcio­nes que ofre­cía el caje­ro. Si yo sólo quie­ro actua­li­zar mi car­ti­lla, se le oía decir que­jo­sa. Una pare­ja de poli­cías que patru­lla­ba a pie por la zona, des­pués de ser recla­ma­da por uno de los inte­gran­tes de la cola, se diri­gió a la mujer y le indi­có que eso lo tenía que hacer en el inte­rior del ban­co. La acom­pa­ña­mos noso­tros. Ven­ga usted. A Rafo le vino a la memo­ria la can­ción de The Bug­gles Video killed the radio star. El res­to pudo satis­fa­cer sus nece­si­da­des mone­ta­rias con gran flui­dez.

Rafo des­hi­zo el camino de baja­da, aun­que en esta oca­sión sus­ti­tu­yó la par­si­mo­nia por un andar rau­do y veloz. Según se iba acer­can­do al lugar don­de había deja­do a José María Máiz Togo­res, pudo com­pro­bar que en esa esqui­na no había nadie. Se paró en el pun­to exac­to del chio­lo y, des­con­cer­ta­do, exa­mi­nó cada bal­do­sa meticu­losa­men­te. Nada. Has­ta que al levan­tar un poco la vis­ta vio col­ga­da en la reja del Jar­dón Botá­ni­co una bol­sa de plás­ti­co. Se acer­có y vio su nom­bre escri­to en ella. La cogió y obser­vó su con­te­ni­do. Allí esta­ban los tres libros de José María Máiz Togo­res. Echó una vis­ta a su entorno y no lo vio. Abrió el pri­me­ro y leyó con mucha cal­ma la dedi­ca­to­ria: Dice Simo­ne de Beau­voir que escri­bir es un ofi­cio que se apren­de escri­bien­do. No ceje en su empe­ño. El éxi­to se pal­pa cuan­do uno sien­te que ha escri­to el mis­mo libro que esta­ba en su géne­sis. Aun­que sea sin lec­to­res. Gra­cias por leer­me.

Rafo se dio cuen­ta que escri­bir es un ofi­cio mise­ra­ble. Horas, días, sema­nas, meses para escri­bir un poe­ma­rio de sesen­ta pági­nas y tener que rega­lar­lo para que ten­ga al menos un lec­tor. Jun­to a los tres libros, den­tro de la bol­sa, un papel fir­ma­do por él con unos ver­sos con letra ato­lon­dra­da. Des­pués de leer­los, le vinie­ron a la memo­ria otros ver­sos en pro­sa que escri­bió ante el silen­cio de una escri­to­ra que había reci­bi­do un libro suyo y que pre­su­mía de con­tes­tar a todos los nove­les o des­co­no­ci­dos.

Escri­bí con la san­gre que no supe llo­rar, ver­so a ver­so, como quien reza en rui­nas, pero mis pala­bras con­ver­ti­das en ceni­zas nadie las mira, nadie las quie­re tocar. Fui jar­dín de tin­ta y semi­lla en el vien­to, soñé con mil lec­to­res como fru­tos sin par, pero solo cre­ce en mi inte­rior el silen­cio y un estan­te reple­to de ver­sos en difun­to car­na­val. ¿Dón­de están los ojos que debían leer­me? ¿Dón­de el tem­blor ajeno al sen­tir mi ver­dad? La poe­sía es fue­go… pero aquí, en mi vida, una ardien­te sole­dad, que lo úni­co que quie­re es morir sin sepe­lio ni fune­ral. No ven­do un libro. No ven­do un alma. ¿Será que en este mun­do egoís­ta los gri­tos de mis ver­sos son solo una som­bra fan­tas­mal?

Rafo se intro­du­jo en el Reti­ro y advir­tió un ban­co apar­ta­do y soli­ta­rio. Abrió uno de los libros y leyó unos cer­te­ros ver­sos que cie­rran esta his­to­ria: Enton­ces, juré, como un petrar­ca ante su lau­ra, aprehen­der en mis manos, y en mi memo­ria, tus jovia­les hue­llas, y, sor­bo a sor­bo, en mis momen­tos de sole­dad, embria­gar­me con ellas. (Hatroz) (2025)

 

REFLEXIÓN POÉTICA

A la lum­bre del eco poé­ti­co, mis ver­sos encuen­tran su mora­da defi­ni­ti­va. No son pala­bras suel­tas en el espa­cio, son incan­des­cen­tes pala­bras que con­ti­núan ardien­do inclu­so cuan­do yo, poe­ta, he sucum­bi­do al silen­cio. El fue­go nun­ca es está­ti­co, él se mue­ve, se trans­for­ma, con­su­me y ali­men­ta; y así es la poe­sía que en mí cre­ce. Cada ver­so no es un mero refle­jo, es un nue­vo naci­mien­to, una pul­sa­ción que sigue viva y que, dis­tor­sio­na­da por el paso del tiem­po, no pier­de su esen­cia. El eco, como guar­dián de mis ver­sos, me pro­te­ge del fue­go, per­mi­tien­do que sus lla­mas sólo ilu­mi­nen otros cami­nos, qui­zá otros cora­zo­nes, qui­zá nue­vos sue­ños. Cuan­do ter­mi­na, no hay silen­cio abso­lu­to, solo la con­ti­nui­dad de la pala­bra que se entre­ga al vien­to y se deja lle­var por el fue­go y por el eco, fun­dién­do­se con el uni­ver­so y tor­nán­do­se par­te del infi­ni­to. La poe­sía es la lum­bre de ese eco y jamás se apa­ga. Ella tras­cien­de a la muer­te en cual­quier tiem­po, resis­te a la oscu­ri­dad y encuen­tra siem­pre una nue­va for­ma de exis­tir. (Ver­sos que no dije en voz alta) (1995–2025)

INCAPACIDAD PARA AMAR

Hay en mí una grie­ta que no se ve, una fisu­ra silen­cio­sa que impi­de que el amor se ins­ta­le. No es des­dén, ni mie­do, ni olvi­do. Es otra cosa. Algo más hon­do. Como si la ter­nu­ra se me hubie­ra que­da­do a medio camino, como si el deseo supie­ra lle­gar, pero no que­dar­se.

He mira­do a muje­res con admi­ra­ción, con res­pe­to, con deseo inclu­so. He sen­ti­do el tem­blor de la piel aje­na rozan­do la mía, el vér­ti­go de una mira­da que se posa don­de due­le. Pero nun­ca he sabi­do amar. No como ellas mere­cen. No como yo qui­sie­ra.

Me fal­ta algo. O me sobra. Tal vez es esta sole­dad que se ha vuel­to cos­tum­bre, este silen­cio que me acom­pa­ña como un ani­mal fiel. Tal vez es el mie­do a rom­per lo que no sé cui­dar, a herir con ges­tos tor­pes, a pro­me­ter lo que no sé cum­plir.

He escri­to ver­sos que pare­cen amor, pero son espe­jos. He aca­ri­cia­do cuer­pos que pare­cen ter­nu­ra, pero son dis­tan­cia. Y cada vez que una mujer se acer­ca, sien­to que algo en mí se replie­ga, se escon­de, se pro­te­ge. No por ella. Por mí. Por­que no sé abrir­me sin des­bor­dar­me.

No es que no quie­ra amar. Es que no sé cómo. Como si el amor fue­ra un idio­ma que nun­ca apren­dí del todo, una músi­ca que escu­cho, pero no sé inter­pre­tar. Y mien­tras tan­to, ellas pasan, se que­dan un rato, se van. Y yo sigo aquí, con las manos lle­nas de pala­bras y el cora­zón lleno de som­bras.

Qui­zás algún día apren­da. Qui­zás no. Pero mien­tras tan­to, escri­bo. Por­que si no pue­do amar con el cuer­po, al menos que el alma diga lo que calla. (A la som­bra del ver­bo) (1995–2025)

SOLEDAD EN LA PRAZA DO TOURAL

Estoy solo en la Pra­za do Tou­ral, entre pie­dras que guar­dan secre­tos y pasos que ya no son míos. El reloj de la igle­sia mar­ca un tiem­po que no avan­za, como si todo San­tia­go se hubie­ra dete­ni­do para mirar cómo espe­ro, sin suer­te, por ella.

El vien­to baja por la rúa do Vilar y jue­ga con las hojas caí­das, mien­tras los bal­co­nes obser­van en silen­cio mi espe­ra. Cada minu­to es un lamen­to, cada som­bra que pasa es un enga­ño, un refle­jo de ella que nun­ca lle­ga. La ciu­dad mur­mu­ra, pero yo solo escu­cho el bulli­cio de la ausen­cia.

Las luces de los faro­les dibu­jan en el sue­lo el per­fil de mi sole­dad, y mis ojos, ter­cos, bus­can entre la gen­te una mira­da que ya no me per­te­ne­ce. Ella pro­me­tió venir, y yo pro­me­tí creer. Aho­ra solo me que­da esta pla­za, esta noche, este frío que no es del cuer­po, sino del alma.

San­tia­go, sé tes­ti­go de mi espe­ra, de mi heri­da quie­ta, de mi amor que se des­va­ne­ce entre los arcos y los pasos aje­nos.

Aquí estoy, como quien aguar­da un mila­gro, como quien ama sin retorno, como quien escri­be con el cora­zón abier­to en un ban­co moja­do de recuer­dos.

PRÓLOGO Y UMBRAL DE ‘CUENTOS GALLEGOS’

PRÓLOGO
Quien pue­de olvi­dar de vie­jo / los tiem­pos de feliz cha­val, / fuman­do de noche a escon­di­das, / sabien­do que eso esta­ba mal, / tiran­do la coli­lla, / mi madre que me pilla, / mi padre me cas­ti­ga­rá; / y mi pri­me­ra trom­pa / sisan­do de la com­pra / y a casa sin poder cenar.

(Pri­me­ra estro­fa de la can­ción Quien pue­de olvi­dar de vie­jo del solis­ta Car­los Azcá­rra­ga Togo­res. Este artis­ta tam­bién era com­po­nen­te del gru­po musi­cal Mahía, que en los años seten­ta tuvie­ron varios éxi­tos como Car­na­val, Car­na­val; Meu caba­lo e meu can, Non pen­ses que vou y Todos me que­ren. Los otros inte­gran­tes del gru­po eran Juan Azcá­rra­ga Togo­res y Álva­ro Pita Da Vei­ga).

NOTA DEL AUTOR

Los cuen­tos que publi­co en este libro, ilus­tra­dos por la habi­li­do­sa mano de Car­los Azcá­rra­ga Togo­res, fue­ron salien­do sema­nal­men­te en un jor­nal de San­tia­go de Com­pos­te­la ínte­gra­men­te en galle­go: O Correo Gale­go, des­pués rebau­ti­za­do como Gali­cia-Hoxe. Por tal moti­vo, no pue­do olvi­dar­me de dos per­so­nas que me per­mi­tie­ron duran­te cin­co años aso­mar­me a esa ven­ta­na de papel con abso­lu­ta liber­tad: Cha­ro Bar­ba y Miguel Seoa­ne. Por cau­sas aje­nas, los tra­du­je al cas­te­llano y los reto­qué míni­ma­men­te, pero sin per­der su inten­ción ori­gi­nal. Para fina­li­zar, decir­te que en estos rela­tos se mez­clan libre­men­te la tra­di­ción fami­liar, las lec­tu­ras com­ple­men­ta­rias y algo de ima­gi­na­ción.

UMBRAL

Cuan­do deci­do echar­les un vis­ta­zo a esos años de la infan­cia y de la ado­les­cen­cia siem­pre me ate­na­za el ries­go de caer en una sub­je­ti­va dis­tor­sión de los hechos reme­mo­ra­dos o alcan­zar unos lími­tes insos­pe­cha­dos de melin­dres. Por un exce­so de afec­to, muchas veces, mos­tra­mos de esa épo­ca una ima­gen arti­fi­cial, por anto­ja­di­za, melin­dro­sa e ilu­mi­na­da. Cuan­do me encuen­tro en una avan­za­di­lla esta­ción de mi tra­yec­to vital, sien­to la nece­si­dad de rees­cri­bir aque­llos años que fue­ron, des­de la pers­pec­ti­va actual, los más dicho­sos para mí. El pro­ble­ma es que en más de una oca­sión la nos­tal­gia se empa­pa de una tris­te­za que dis­tor­sio­na la reali­dad. Inten­ta­ré no caer en eso. Pero el recuer­do del valle de A Maía, esa peque­ña Gali­cia en gran­dio­sa sín­te­sis, me con­vul­sio­na de tal for­ma que refre­nar la fuer­za cen­trí­fu­ga que nace en mi inte­rior es tarea har­to difí­cil. Repi­to, lo inten­ta­ré. ¿Cuá­les son los pri­me­ros recuer­dos de la fin­ca que poseía nues­tra fami­lia ―La Pere­gri­na― en el lugar de Ber­ta­mi­ráns, capi­tal, enton­ces aldea de no más de 300 habi­tan­tes, del ayun­ta­mien­to de Ames? Innu­me­ra­bles. Come­te­ría una injus­ti­cia si yo me pusie­ra a hacer un lis­ta­do de todos ellos, pues más de uno, de una car­ga afec­ti­va ili­mi­ta­da, per­ma­ne­ce­ría ente­rra­do en lo más pro­fun­do de mi acia­ga memo­ria y no vería nun­ca la luz. Por este moti­vo, en este umbral no quie­ro hablar de los gran­des recuer­dos ni de las sin­gu­la­res oca­sio­nes. Esos que salen en todas las fotos, esos que rela­ta­mos en innu­me­ra­bles oca­sio­nes cuan­do alguno de noso­tros se pone nos­tál­gi­co y habla de los tiem­pos hui­dos o esos que fue­ron inmor­ta­li­za­dos por unos inquie­tí­si­mos toma­vis­tas que nos hacían mas­cu­llar nume­ro­sos tacos cada vez que que­ría­mos gra­bar sin movi­mien­to algu­na esce­na fami­liar. Quie­ro recor­dar sim­ple­men­te esa pri­me­ra tar­de que supu­so para mí des­cu­brir que en mi fami­lia había unos ver­da­de­ros artis­tas, crea­do­res con un talen­to inmen­so que nave­ga­ba en las pro­ce­lo­sas aguas del mun­do de la can­ción. En la habi­ta­ción que había jus­to enci­ma de la coci­na dor­mían mis dos pri­mos mayo­res. Car­los y Juan. Des­de peque­ño me sen­tí espe­cial­men­te sedu­ci­do por todo lo suyo. No me cues­ta nada reco­no­cer­lo, aun­que siem­pre inten­ta­ron res­guar­dar su cuar­to de cual­quier inje­ren­cia fami­liar. Era su san­tua­rio per­so­nal, don­de se ges­ta­ban des­de sus bro­mas y juer­gas has­ta sus crea­cio­nes artís­ti­cas más o menos exi­to­sas. Uno de esos días llu­vio­sos de fina­les de julio, cuan­do pare­cía que el verano esta­ba lle­gan­do a su fin, en los que el tiem­po se dila­ta pri­mo­ro­sa­men­te y las tar­des se hacen inter­mi­na­bles, noso­tros, los pri­mos peque­ños, inten­tá­ba­mos dis­traer­nos jugan­do al «escon­di­te inglés» por las dife­ren­tes estan­cias de la Casa Vie­ja. Era muy difí­cil escon­der­se con cier­to éxi­to por­que siem­pre tenía­mos una voz adul­ta que nos daba un buen tirón de ore­jas y airea­ba, jun­to al nom­bre, el lugar recón­di­to de nues­tro escon­di­te. En uno de esos inten­tos, esco­gí el faya­do (des­ván) cuya entra­da se encon­tra­ba situa­da jus­to en el techo de la puer­ta de su habi­ta­ción. Yo los vi subir en algu­na oca­sión al faya­do para fumar­se sin ser sor­pren­di­dos un ciga­rro. Des­pués de escon­der­me en un rin­cón, ate­mo­ri­za­do por el rui­do que yo creía de rato­nes, empe­cé a oír el soni­do de unas gui­ta­rras. Pare­cía que mis pri­mos las esta­ban afi­nan­do. Al poco tiem­po, una voz empe­zó a can­tar la estro­fa de una sim­pá­ti­ca can­ción que, según nues­tros aman­tes padres, no era apta para niños, la popu­lar Todos me que­ren. Unha vella máis un vello / fixe­ron unha empa­na­da, / a vella comeu­na toda / e o vello que­dou sin nada. Duran­te no sé cuan­to tiem­po estu­vie­ron dán­do­les vuel­tas y más vuel­tas a dife­ren­tes estro­fas para evi­tar las más ofen­si­vas y que las selec­cio­na­das estu­vie­ran car­ga­das de gra­cia y de un doble sen­ti­do pica­rón. Ahí esta­ba la pro­ble­má­ti­ca tarea. Por eso, había que tener mucho cui­da­do. Yo, calla­do como un buen alumno, no per­dí ni un deta­lle e inten­té ima­gi­nar­me una pelí­cu­la de la esce­na. De pron­to, sonó una nue­va estro­fa: O cura de Bidui­do / tie­ne la mala cos­tum­bre / de ras­car­se los cojo­nes / con los hie­rros de la lum­bre. Pien­so que la inten­ción de mis pri­mos era selec­cio­nar pri­me­ro y pos­te­rior­men­te esta­ble­cer el orden, ardua tarea, de las estro­fas para la ver­sión que su gru­po musi­cal (Mahía) iba a gra­bar en Madrid en ese mis­mo oto­ño. Su voz sona­ba lim­pia, diá­fa­na y muy bien afi­na­da. Hoy recuer­do lleno de ver­güen­za cómo, años más tar­de, cuan­do yo le pedí a Car­los que me hicie­ra para la mate­ria de Músi­ca de Magis­te­rio una mala melo­día, para no ser des­cu­bier­to en el enga­ño, y que me pusie­ran la cara colo­ra­da. Tras escu­char el semi­na­rio de Músi­ca fui acu­sa­do, jus­ta­men­te, de poner mi nom­bre a una com­po­si­ción aje­na.

―José María, me dijo la pro­fe­so­ra alzan­do poco a poco el volu­men de la voz, esta mala melo­día no la pudis­te hacer tú. Tie­ne un fon­do de cali­dad que ni de bro­ma lo has podi­do hacer tú. Tu oído es cerril. Alguien te inten­tó ayu­dar hacien­do mal una bue­na sin­to­nía. Yo calla­do y humi­lla­do bajé la cabe­za lleno de ver­güen­za. Far­fu­llé por lo bajo una serie de tacos que me sir­vie­ron exclu­si­va­men­te como un pue­ril des­aho­go.

Dis­fru­té tan­to del con­cier­to per­so­nal, y a veces fur­ti­vo, que el tiem­po dejó de exis­tir para mí. Escu­ché todo tipo de can­cio­nes, aun­que todas ellas pro­pias de la juer­ga más cara­llu­da. Dis­fru­té más que el sacris­tán de Coím­bra. En aque­lla épo­ca no enten­día bien esta expre­sión que repe­tía can­si­na­men­te el enju­to elec­tri­cis­ta que venía a casa. Con el tiem­po, des­cu­brí que per­te­ne­cía a una can­ción popu­lar galle­ga muy cono­ci­da que se can­ta­ba siem­pre en las fies­tas popu­la­res o en las reunio­nes de ami­gos. Cuan­do salie­ron de la habi­ta­ción, yo me intro­du­je en ella sigi­lo­sa­men­te para ver si encon­tra­ba en algún lugar las letras de las dichas can­cio­nes, pero nada, mi gozo en un pozo, pues no vi ni un minúscu­lo frag­men­to de papel escri­to. Todo lo más, un bos­que­jo del que iba a ser el deco­ra­do del pal­co de la fies­ta que el segun­do domin­go de agos­to se cele­bra­ría en el cam­po de Las Patei­ras. Todo él era un dibu­jo alu­si­vo al acon­te­ci­mien­to que duran­te ese invierno con­vul­sio­na­ra al mun­do: la lle­ga­da del hom­bre a la luna. Con una per­fec­ta adap­ta­ción a la idio­sin­cra­sia del lugar, aque­llo era una diver­ti­dí­si­ma recrea­ción de tal even­to. Salí frus­tra­do y sor­pren­di­do. Frus­tra­do, por no encon­trar ni una letra de las can­cio­nes que sona­ban aún en mi memo­ria; y sor­pren­di­do, por­que, al tiem­po que aque­llos jóve­nes nos inci­ta­ban a mi pri­mo Jor­ge y a mí a que prac­ti­cá­ra­mos otro tipo de músi­ca, en abso­lu­to reco­men­da­ble, eran dos hom­bres capa­ces de rea­li­zar cual­quier pro­yec­to que se les pre­sen­ta­ra delan­te. Mi admi­ra­ción por los artis­tas poli­fa­cé­ti­cos de la fami­lia tenía una base muy sóli­da. Base que con el tiem­po se fue acre­cen­tan­do y que, uste­des, gene­ro­sos lec­to­res, podrán com­pro­bar al dis­fru­tar de las ilus­tra­cio­nes que acom­pa­ñan a mis tex­tos lite­ra­rios, todas ellas rea­li­za­das por la mano dies­tra y com­pe­ten­te de Car­los Azcá­rra­ga Togo­res. (Cuen­tos galle­gos) (2007)

 

 

CAPÍTULO X DE ‘HATROZ’.- EL TUGURIO

El Tugu­rio esta­ba resu­ci­tan­do, o eso creía Rafo, des­pués de unas déca­das en las que los clien­tes se podían con­tar con los dedos de una mano. El local sopor­ta­ba con enor­me difi­cul­tad el paso del tiem­po. Nela pen­sa­ba, era muy tes­ta­ru­da en su idea, que había que man­te­ner un mode­lo clá­si­co ―vie­jo y tras­no­cha­do para algu­nos―, por­que siem­pre habría una mino­ría que lo eli­gie­ra como lugar para tomar copas. Pero su idea había fra­ca­sa­do estre­pi­to­sa­men­te. Con el nue­vo siglo, loca­les que pare­cían incom­bus­ti­bles tras unos duros noven­ta caye­ron en el olvi­do más abso­lu­to.

―Lo vie­jo, si no se cui­da, se hace más vie­jo y se dete­rio­ra ense­gui­da, sen­ten­cia­ba la due­ña con una voz de resig­na­ción car­me­li­ta.

Hace unos meses tuvo que echar al pia­nis­ta por­que ya nadie le daba pro­pi­nas ―cuan­do eran gene­ro­sas, podía vivir con cier­ta hol­gu­ra por­que el borra­cho «pro­pi­na» con mucha gene­ro­si­dad― y la caja pasa­ba más ham­bre de mone­das y bille­tes que el escu­de­ro del Laza­ri­llo. Encon­tró una razón muy ajus­ta­da en los des­per­fec­tos que sufría el piano. Sona­ba muy tris­te por­que las notas esta­ban fue­ra de tono, algu­nas teclas no res­pon­dían al pre­sio­nar­las y tenía un tim­bre extra­ño, diga­mos que más bien era un chi­rri­do.

Rafo se sen­tía muy cómo­do en ese local y eso que en la últi­ma tem­po­ra­da vis­lum­bra­ba día a día un posi­ble cie­rre, dado el des­en­can­to y can­san­cio que pro­yec­ta­ban los ojos de Nela, la due­ña. Esta mujer cono­cía muy bien a Rafo y obser­va­ba en silen­cio su ritual: mira­da de gran angu­lar para loca­li­zar una mesa, espe­ra de unos deci­si­vos segun­dos y ocu­pa­ción de la que esta­ba más apar­ta­da. Saca­ba cere­mo­nio­sa­men­te el smartpho­ne, mira­ba con la fije­za de un ins­pec­tor de adua­nas la puer­ta y las otras mesas, lue­go le hacía un ges­to míni­mo de apro­ba­ción a Nela y, por últi­mo, comen­za­ba su ritual crea­ti­vo ano­tan­do en pri­mer lugar la fecha del día en la apli­ca­ción des­car­ga­da unos meses antes por reco­men­da­ción de una com­pa­ñe­ra.

―Será el reci­pien­te de tu mun­do­lo­gía ima­gi­na­ti­va. Y si algún día me quie­res ense­ñar lo que escri­bes antes de col­gar­lo en tu blog, estoy a tu ente­ra dis­po­si­ción. Soy una gran lec­to­ra, le decía con cier­to aire enga­tu­sa­dor.

Un com­pa­ñe­ro que sólo res­pi­ra­ba por su órgano tes­ti­cu­lar pen­sa­ba que lle­va­ba varias sema­nas tirán­do­le los tejos.

―Des­de lue­go, eres imbé­cil si toda­vía no te has dado cuen­ta. Joder, Rafo, que­da un día con ella y que sur­ja lo que sur­ja, si tie­ne que sur­gir algo. Los dos sois libres. Pero no había men­ta­do en nin­gún la dife­ren­cia de edad. Rafo le tenía un «res­pe­to papal» a las muje­res de trein­ta años, las veía empo­de­ra­das y con una cris­ta­li­na cla­ri­vi­den­cia a la hora de cenar con alguien.

Rafo lo escu­cha­ba con par­si­mo­nia, pero tenía muy cla­ro que el tra­ba­jo y el ocio debe­rían tomar cami­nos para­le­los, nun­ca cru­za­dos. Era cons­cien­te de que algo sen­tía cuan­do la recién lle­ga­da lo mira­ba, pero él se escu­da­ba en una sim­ple admi­ra­ción nun­ca en rever­de­ci­mien­to de pasio­nes que sen­tía alcan­fo­ra­das. En su pesi­mis­ta carác­ter tenía una idea muy cla­ra: no que­ría cons­truir un her­mo­so cas­ti­llo de are­na por­que esta­ba muy cer­ca del mar. El amor a mi edad es una dis­tor­sión paté­ti­ca de la reali­dad, pen­sa­ba. Se había afi­cio­na­do a las sen­ten­cias y con eso se con­for­ma­ba.

Le encan­ta­ba el soni­do de reúma arti­cu­lar que pro­du­cían las vie­jas sillas de El Tugu­rio. Asien­tos que habían sopor­ta­do el peso de gran­des acto­res y can­tan­tes, según Nela, fre­cuen­tes con­su­mi­do­res duran­te años de unos com­bi­na­dos que en la déca­da de los ochen­ta y casi noven­ta poca gen­te cono­cía en Madrid, pero que aho­ra, en los comien­zos de la segun­da déca­da del siglo XXI, habían pasa­do de moda y la infi­de­li­dad clien­te­lar le dio un sabla­zo mor­tal. Se había con­ver­ti­do el gari­to de Rafo en un club de vie­jas glo­rias taci­tur­nas e indi­vi­duos que no bus­ca­ban nada más que degus­tar una bue­na copa en un silen­cio sola­men­te vio­len­ta­do por una tenue músi­ca de fon­do, que podía ir des­de un cadu­co Jim Morri­son a una llo­ro­na Cha­ve­la Var­gas, pasan­do por el bour­bon de Tom Waits o la entra­ña­ble tris­te­za de Enri­que Urqui­jo.

Se rom­pió la mono­to­nía ambien­tal con la entra­da de dos bulli­cio­sos ado­les­cen­tes, siem­pre rui­do­sos ―Rafo bien lo sabía―, des­preo­cu­pa­dos por el entorno y ansio­sos de tomar un refres­co y hablar. Esto le recor­da­ba a Rafo que debían de ser meno­res de edad. Él, a su edad, inten­ta­ba enga­ñar como podía al cama­re­ro. Nun­ca tuvo éxi­to, cier­to, su cara le trai­cio­na­ba, pero lo inten­tó infi­ni­tas veces. Deja­ron la pesa­da mochi­la de los libros en el sue­lo. Les daba igual que este tuvie­ra mil man­chas de dife­ren­tes con­su­mi­cio­nes rese­cas y adhe­ri­das con «Loc­ti­te». Los chi­cos se sen­ta­ron entre con­ti­nuas car­ca­ja­das recor­dan­do, casi todo el mun­do los podía oír de modo inter­mi­ten­te, la últi­ma ocu­rren­cia del pro­fe­sor de Len­gua cuan­do les plan­teó un deba­te lite­ra­rio sobre un tema que Rafo no lle­gó a oír, pues en ese momen­to habla­ban en voz baja, pero con lati­ga­zos de peque­ños aulli­dos. Se empu­ja­ban con­ti­nua­men­te, por­que él que­ría inti­mar más de lo que ella per­mi­tía. Esa mano mas­cu­li­na que inten­ta­ba tras­pa­sar una fron­te­ra que pare­cía estar muy bien deli­mi­ta­da.

―Haz­te de rogar, hija, haz­te de rogar, eran las sabias pala­bras de la madre. Lo fácil el joven de hoy lo detes­ta. La hija las escu­cha­ba con mucha pacien­cia y con el con­ven­ci­mien­to de que era un pos­tu­reo mater­nal, ya que tenían muy poca vigen­cia en la actua­li­dad.

Él la inten­ta­ba besar con gran tor­pe­za, como si aca­ba­ra de apren­der una nue­va lec­ción que que­ría poner en prác­ti­ca lo antes posi­ble. De pron­to, ella le recor­dó el examen del día siguien­te:

―Cin­co temas de his­to­ria. Y mi padre me los pre­gun­ta­rá a las doce de la noche. Como falle, otra sema­na sin móvil. Tú tie­nes suer­te por­que como pasas de todo, no tie­nes el ago­bio que ten­go yo.

Pidie­ron dos bati­dos de cho­co­la­te. Bebi­da nada fre­cuen­te en el lugar que le hicie­ron recor­dar a Nela los escar­ceos amo­ro­sos de su ado­les­cen­cia. Mien­tras lle­ga­ba la con­su­mi­ción, ella le sol­tó de impro­vi­so:

―¿Hablas­te con tus padres del verano?

El silen­cio del joven era reve­la­dor de un res­pe­to ances­tral a sus padres en ese terreno, que era inca­paz de supe­rar. A escon­di­das, todo; a la cara, nada.

―Tu fami­lia será abu­rri­da, a veces un dra­món… pero no pue­des dejar de cum­plir sus deseos. Como me cuen­tas tú mil veces de tu que­ri­do Anto­nio Flo­res, que no había roto el cor­dón umbi­li­cal con su madre y por eso la pal­mó quin­ce días des­pués. Pues tú estás igual, joder, igua­li­to.

―Mul­ta. Sabes que ten­go que bus­car el momen­to opor­tuno para plan­tear situa­cio­nes rup­tu­ris­tas, como decía su pro­fe­sor de Len­gua cuan­do les habla­ba de las van­guar­dias.

―Otra vez lo mis­mo, joder, le dice ella. Tú te irás a Gali­cia y yo a Gan­día y en dos meses te olvi­das de mí segu­ro. Te ten­go cala­do.

El silen­cio se hizo espe­so. Eran como dos esta­tuas que esta­ban en dife­ren­tes museos. Como si alguien hubie­ra pul­sa­do el «free­ze» de un pro­yec­tor.

―Es decir… ¿No les has plan­tea­do que yo quie­ro ir a pasar quin­ce días a tu casa? Silen­cio mona­cal. Pues sabes lo que te digo, que te vayas a tomar por culo.

Habían acor­da­do una lis­ta de mul­tas por cada taco que dije­ran. Se acor­da­ron de la obra Los ochen­ta son nues­tros de Ana Dios­da­do, que habían leí­do en cla­se de Lite­ra­tu­ra.

―No te aguan­to más. Con­mi­go tie­nes el cora­zón tan infla­do como un glo­bo, pero cuan­do te plan­tas delan­te de tus padres te des­in­flas como si te hubie­ran pin­cha­do los hue­vos. Dices que es por cul­pa de tu timi­dez, pero, joder, cuan­do me quie­res meter mano, poca timi­dez veo.

La chi­ca se levan­tó, cogió sus libros y se fue llo­ran­do a la velo­ci­dad del 5G. Él no hizo ade­mán de seguir­la. Su pusi­la­ni­mi­dad era evi­den­te. Era la viva ima­gen de la deso­la­ción del niño que se ha per­di­do en la tóm­bo­la. Se sen­tía derro­ta­do, se sen­tía tan infan­til que le vino a la memo­ria aque­lla Pri­me­ra Comu­nión en la que se cor­tó el fle­qui­llo a hur­ta­di­llas y del pos­te­rior cas­ti­go que cayó sobre él. Alguien le había dicho que pri­me­ro la fami­lia y él no supo com­pren­der el ver­da­de­ro sig­ni­fi­ca­do de esas pala­bras.

Rafo cerró la apli­ca­ción del móvil. Pen­só que lo que había escri­to tenía visos de ser leí­do con cier­to inte­rés. Con esme­ro y muchí­si­mo cui­da­do lo col­ga­rá en su blog y pla­neó hacer lo mis­mo en la cuen­ta de Ins­ta­gram, pero recor­dó que esta­ba a pun­to de cerrar­la. Bebió de un tra­go el culín agua­do de la copa y pagó auto­má­ti­ca­men­te con el móvil. Con ella acor­dó hace meses, inclui­da una bue­na pro­pi­na, un pre­cio fijo. Le que­da­ban trein­ta exá­me­nes por corre­gir.

―Pues a por ellos, que son pocos y cobar­des, le dijo Nela reme­mo­ran­do a un inol­vi­da­ble Loqui­llo.

Se levan­tó y el dolor arti­cu­lar que expe­ri­men­tó era el suyo y no el de la silla. Salió a la calle Fran­cis­co Sil­ve­la con la men­te lim­pia de malos recuer­dos y memo­ri­zan­do la Gene­ra­ción del 98, que era el tema que le espe­ra­ba sobre la mesa que había habi­li­ta­do para corre­gir en su nue­va casa. Se enca­mi­nó a ella con el infor­tu­nio del que sabía que la infe­li­ci­dad era quien gober­na­ba sus pasos. Una pare­ja de jóve­nes embria­ga­dos, como diría su padre, lo abor­da­ron pidién­do­le un ciga­rro y fue­go a la vez. Ante la mani­fes­ta­ción del tópi­co no fumo, el más alto le sol­tó a la cara con pala­bras espe­sas, par­si­mo­nio­sas y ocu­rren­tes:

―¡Joder, otro eco­lo­gis­ta!

Mul­ta, pen­só Rafo. Sin nada más remar­ca­ble, los tres pro­si­guie­ron sus res­pec­ti­vos cami­nos, uno muy segu­ro de cuál era el suyo, otros con paso tras­ta­bi­llan­te hacia un lugar que nadie sabía su nom­bre ni su ubi­ca­ción. (Hatroz) (2025)

AMANECER EN A MAÍA

El día no nace de gol­pe en A Maía. Se insi­núa. Se des­li­za como un sus­pi­ro entre las hojas, como una cari­cia sobre los teja­dos dor­mi­dos. El valle ente­ro pare­ce con­te­ner la res­pi­ra­ción mien­tras la luz se abre paso, tími­da y majes­tuo­sa, entre San­tia­go y Noia.

Des­de la fin­ca de La Pere­gri­na, el mun­do pare­ce más len­to, más anti­guo. Las bru­mas se reti­ran con ele­gan­cia, como damas que ceden el paso. Los pra­dos, aún empa­pa­dos de rocío, bri­llan como si el mun­do aca­ba­ra de ser crea­do. Y los mon­tes, guar­dia­nes silen­cio­sos, se tiñen de oro y de azul, como si el cie­lo los estu­vie­ra ben­di­cien­do.

La casa, aún en penum­bra, hue­le a café y made­ra vie­ja. La bode­ga, fir­me y calla­da, pare­ce salu­dar al sol con su geo­me­tría sagra­da. Algu­na cam­pa­na leja­na mar­ca la hora sin apu­ro, como si supie­ra que aquí el tiem­po no man­da. Todo es quie­tud, pero nada está quie­to. El aire hue­le a pro­me­sa, a pan recién hecho, a tie­rra que des­pier­ta.

La Pere­gri­na no es solo fin­ca: es altar. Es mira­dor de memo­rias, refu­gio de silen­cios, tes­ti­go de ama­ne­ce­res que no se repi­ten. Allí, entre los muros de pie­dra y los cas­ta­ños que aún sue­ñan, uno no sabe si está en Gali­cia o en el cora­zón de algo más anti­guo. Por­que el valle no es solo pai­sa­je: es lati­do. Y el ama­ne­cer, allí, no es solo luz: es reve­la­ción. (Nie­blas y lem­bran­zas) (1995–2025)

CAPÍTULO V DE ‘PEITO DE BRONCE’.- LA MUJER: EL NOMBRE, EL ORIGEN Y EL CARÁCTER

La mujer de Pei­to de Bron­ce, Car­men Rebo­ri­do Lou­sa­me, Car­mi­ña a Taram­bo­lla, era de un lugar lla­ma­do Tarroei­ra, en la parro­quia de Orto­ño, muy cer­ca de la casa don­de Rosa­lía vivió sus pri­me­ros años.

Mi casa, mi abri­go; se van todos ya, y yo me que­do sin com­pa­ñía ni ami­go.

Su fami­lia vivía en una casa pro­pia, peque­ña, de una sola plan­ta y de pavi­men­to a ras de sue­lo.

Los «tarroei­ros» decían que por esa zona era muy común escu­char el encan­ta­dor can­to de un pája­ro cono­ci­do como curru­ca de las moras o de la zar­za­mo­ra. Los aldea­nos habla­ban sin parar de su melo­dio­sa tona­da.

—Más que can­tar, habla, habla una músi­ca cojo­nu­da, «ami­gui­ño» —decían algu­nos veci­nos del lugar des­pués de calen­tar la gar­gan­ta con varias tazas de vino en la taber­na del pue­blo.

Y eso que un espe­cia­lis­ta en orni­to­lo­gía, tras estu­diar dete­ni­da­men­te la zona, lo negó rotun­da­men­te argu­men­tan­do que ese pája­ro solo esta­ba regis­tra­do en Cela­no­va y Vigo, y que todos los que digan lo con­tra­rio son más embus­te­ros que Tur­pin, el famo­so arzo­bis­po que for­mó par­te del códi­ce Calix­tino.

—Las apa­rien­cias enga­ñan y aquí hay mucho «igno­ran­te de Dios» —sen­ten­ció enton­ces.

A Taram­bo­lla nació en el año 1933, en la mis­ma casa en la que vivían sus padres. Pesó al nacer casi cin­co kilos y vino de nal­gas, cosa que a la madre no le agra­dó «ni un pou­qui­ño» por la fama y la mala suer­te que se les atri­buía a los niños que nacían de culo.

Le pusie­ron el apo­do de a Taram­bo­lla sien­do muy niña, pues ya des­de peque­ña era grue­sa y algo des­gar­ba­da. El padre, que no era muy dado a los razo­na­mien­tos, habla­ba de la «pre­des­ti­na­ción ab aeterno».

—Son «cosas» del cura, que no hay quien lo entien­da. Habla por no estar calla­do. Las cosas son así por­que son así, y cuan­do no son de otra mane­ra es por­que no pue­den ser de otra mane­ra —para­fra­sea­ba el buen hom­bre más de una sobre­me­sa al que­rer imi­tar al párro­co, céle­bre por sus tra­ba­len­guas.

Cuan­do los padres habla­ban de las posi­bi­li­da­des de casar a la chi­ca, decía que ya había empe­za­do a hacer­le roga­ti­vas a San Jus­to de Fra­ga, el casa­men­te­ro de las vie­jas. Aun­que Car­mi­ña no era vie­ja, tenía anda­res de cas­ca­jo, como decía el padre cuan­do la veía jugar con sus ami­gas. Por eso vio el cie­lo abier­to cuan­do un «mozo madu­ri­to», futu­ro mari­do, comen­zó a hablar con ella de mane­ra con­ti­nua.

Car­men era una «golo­sa», una «ham­brien­ta» y has­ta que no sacia­ba tem­po­ral­men­te «el ham­bre» tenía un carác­ter endia­bla­do. La madre siem­pre la encon­tra­ba en la coci­na apu­ran­do los res­tos del almuer­zo o de la cena. No tenía lími­te su ape­ti­to.

—Esta chi­ca va a comer­se un día las pier­nas del padre, es una «tra­go­na», coño, llo­ra­ba la madre.

Las repri­men­das y los gri­tos venían siem­pre por la mis­ma razón: su vora­ci­dad.
—Eres una glo­to­na, ¡me cago en la oscu­ri­dad! —se lamen­ta­ba el padre mien­tras fuma­ba un ciga­rro de pica­du­ra con enor­me pla­cer sen­ta­do en una silla colo­ca­da bajo la parra de la puer­ta de la casa.

Los ami­gos de la escue­la, al ver­la engor­dar, le reci­ta­ban con mali­cia:

Car­mi­ña, mi Car­me­la, / mujer de mucho apa­ra­to; / se come todas las sar­di­nas / y le echa la cul­pa al gato.

Cuan­do dis­cu­tía con la madre no se aver­gon­za­ba de su volu­men cre­cien­te y le decía con una iro­nía muy gra­cio­sa que pre­fe­ría estar emba­ra­za­da de ham­bre que ser de Cor­cu­bión; pues según dicen, las muje­res de allí son muy boni­tas, sí; pero hon­ra­das, no.

Y salía corrien­do para no pro­bar los repro­ches de la madre. A su favor tenía que era muy gene­ro­sa en las tareas de la casa. Jamás decía que no a nin­gu­na… (Pei­to de Bron­ce) (2002)

CARALLADA

La pala­bra cara­lla­da es una de las expre­sio­nes más ver­sá­ti­les y expre­si­vas del galle­go colo­quial, deri­va­da de cara­llo, que tam­bién tie­ne múl­ti­ples usos en la len­gua popu­lar. Su sig­ni­fi­ca­do varía según el con­tex­to, el tono y la inten­ción del hablan­te, pudien­do trans­mi­tir des­de diver­sión has­ta des­pre­cio o irri­ta­ción.

En un sen­ti­do posi­ti­vo, cara­lla­da pue­de refe­rir­se a una fies­ta rui­do­sa, una juer­ga o una cele­bra­ción des­inhi­bi­da, como cuan­do se dice: «Hici­mos una cara­lla­da que duró has­ta el ama­ne­cer». En este caso, es sinó­ni­mo de juer­ga, folia­da o parran­da, evo­can­do momen­tos de ale­gría com­par­ti­da.

Por otro lado, cara­lla­da tam­bién se emplea para desig­nar cosas sin impor­tan­cia o ton­te­rías, como en «No me ven­gas con cara­lla­das», don­de se expre­sa has­tío o desin­te­rés ante comen­ta­rios o accio­nes que se con­si­de­ran irre­le­van­tes o absur­das. En este uso, se apro­xi­ma a tér­mi­nos como cho­rra­da o ton­te­ría.

En otros con­tex­tos, cara­lla­da pue­de tener una car­ga más crí­ti­ca o nega­ti­va, refi­rién­do­se a algo mal hecho, ridícu­lo o sin sen­ti­do: «Ese pro­yec­to es una cara­lla­da». Aquí, la pala­bra fun­cio­na como un jui­cio con­tun­den­te, seña­lan­do la inuti­li­dad o la fal­ta de serie­dad de una pro­pues­ta o situa­ción.

Tam­bién pue­de usar­se cara­lla­da para nom­brar obje­tos peque­ños, tri­via­les o sin valor, como en «Com­pré unas cara­lla­das en la feria», don­de se alu­de a cosi­tas deco­ra­ti­vas o curio­si­da­des sin gran rele­van­cia prác­ti­ca.

En resu­men, cara­lla­da es una pala­bra que encap­su­la la rique­za expre­si­va del galle­go habla­do. Pue­de ser diver­ti­da, crí­ti­ca, afec­tuo­sa u ofen­si­va, según cómo y dón­de se diga. Es un ejem­plo cla­ro de la capa­ci­dad de la len­gua para trans­mi­tir emo­cio­nes y mati­ces con fuer­za y auten­ti­ci­dad, y for­ma par­te del patri­mo­nio lin­güís­ti­co que defi­ne la iden­ti­dad galle­ga.

TORREIRA

Son las tres de la maña­na y ya no pue­do más. Lle­vo des­pier­to una hora. Me levan­to, camino por mi habi­ta­ción insom­ne y cre­yen­do que ten­go una ducha abier­ta en la espal­da. Miro el ter­mó­me­tro que ten­go en el pre­til de la ven­ta­na y me escu­pe trein­ta y dos gra­dos, que crean en mi «cel­da» un ambien­te opre­si­vo y angus­tio­so. El col­chón, cual parri­lla loren­za­na, meta­fó­ri­ca­men­te echa humo y mi cuer­po ya no aguan­ta más esta sau­na de hor­near. ¡Qué irres­pi­ra­ble ambien­te, Dios san­to! Me vuel­vo a tum­bar, pero impo­si­ble. No pue­do más. Me yer­go de nue­vo, me vis­to y me mar­cho silen­cio­so a la calle. Bus­co la soli­da­ri­dad de los que no pue­den dor­mir de noche. No hay nadie. Hay momen­tos en los que el pai­sa­je noc­turno se mues­tra luju­rian­te y pla­cen­te­ro, como si el deseo car­nal habi­ta­ra den­tro de noso­tros de una mane­ra con­cu­pis­cen­te. Pero aho­ra no, aho­ra yo soy un las­ci­vo del sudor que hume­de­ce mi cuer­po y me con­vier­te en un ser anti­vo­lup­tuo­so. La hume­dad del cuer­po cho­ca con la seque­dad del ambien­te y esa tórri­da pelea des­de hace varios días me deja el cuer­po para muy pocas andan­zas. El vacío de la calle me invi­ta a des­nu­dar­me, pero me fal­ta la osa­día y el alien­to sufi­cien­tes para des­ha­cer­me de mis pren­das. Una plúm­bea vacui­dad vue­la des­nu­da en esta madru­ga­da a mi alre­de­dor y no quie­re dejar­me res­pi­rar. Me des­cal­zo. El asfal­to y la ace­ra des­ti­lan fue­go y que­man. Las pisa­das son blan­das, como si estu­vie­ra cami­nan­do por un alqui­trán recién vol­ca­do y for­ma­tea mi pie cual plan­ti­lla hecha a medi­da. No sabe uno don­de sen­tar­se. ¡Bri­llan­te idea la de los ban­cos de hie­rro! El que prue­bo me pega una seve­ra y cáli­da pata­da en el culo. Has­ta la luz de las faro­las jerin­ga como un puñe­ta­zo de fue­go. Deje­mos correr el tiem­po. Me sien­to en el sue­lo y me des­cal­zo. Sólo que­da eso: dejar que el tiem­po dis­cu­rra y que nadie me ago­bie con una boca pega­jo­sa y malo­lien­te. No pasan coches. Pen­sar en los via­jes a Gali­cia de los años 60 me revuel­ca en otra parri­lla men­tal y fati­ga aún más mi vivir. Sigo sen­ta­do en la ace­ra, ¡fue­go en las nal­gas! Al cabo de unos minu­tos, me yer­go de pri­sa, como si las lla­mas del infierno dan­tes­co tos­ta­ran mis posa­de­ras. La tórri­da noche sigue cayen­do sobre mí. Noto la boca seca como si tuvie­ra una ración de ceci­na enha­ri­na­da en mi boca. Son las cua­tro de la maña­na y todo sigue igual. Me pre­gun­ta una ami­ga por el tiem­po de Madrid y yo le escri­bo esta car­ta. No quie­ro fas­ti­diar a mi que­ri­da ami­ga cuan­do lea este peque­ño tex­to. Para fina­li­zar le hago un resu­men de mi últi­mo sue­ño a los pies del hos­pi­tal de la Prin­ce­sa: una her­mo­sa sire­na me ofre­ce una vez y otra un cono­ci­do refres­co hela­do. Aho­ra bien… yo no ten­go boca por don­de beber­lo… ni mano con que coger­lo… ¡Ay, si Freud levan­ta­ra la cabe­za! (A la som­bra del ver­bo) (1995–2025)

VERSIÓN RACIONAL DE LA PRESENTACIÓN DEL BLOG ‘RECUNCAR.COM’

Poner­le puer­tas al cam­po es impo­si­ble. Lo mis­mo ocu­rre con Inter­net, don­de coexis­ten tra­ta­dos filo­só­fi­cos, tuto­ria­les para doblar cami­se­tas, con­se­jos de curan­de­ros o fal­sos médi­cos, mil rece­tas de biz­co­chos o un sin­fín de pági­nas para encon­trar una pare­ja per­fec­ta. ¿Cuán­to tar­da­mos en acu­dir a esa mul­ti­tu­di­na­ria fuen­te de sabi­du­ría colec­ti­va para bus­car una infor­ma­ción, una opi­nión o unas reco­men­da­cio­nes? Cero.

Cuan­do joven, si no tenías un fami­liar con un saber enci­clo­pé­di­co, una vas­ta biblio­te­ca en casa o una bue­na enci­clo­pe­dia, ¿dón­de encon­trar datos obje­ti­vos sobre el con­flic­to inter­ra­cial en el con­ti­nen­te afri­cano, infor­ma­ción veraz sobre Mahat­ma Gandhi, con­se­jos para resol­ver difí­ci­les pro­ble­mas de físi­ca, rea­li­zar con éxi­to arduas tra­duc­cio­nes de latín o ins­truc­cio­nes para ton­tos de cómo arre­glar una lava­do­ra en el mes de agos­to? Hoy en día, sería «una fal­ta de res­pe­to o una pava­da» no recu­rrir a la efi­cien­cia con­tem­po­rá­nea que supo­ne inter­net. Ade­más, gra­tis. Sin que nadie se ente­re y a cual­quier hora. Sin con­tra­se­ña ni biblio­te­ca­rio de por medio. Lo mara­vi­llo­so de esta «demo­cra­ti­za­ción» del cono­ci­mien­to es que ya no impor­ta tan­to si el tex­to es pro­fun­do, rigu­ro­so o siquie­ra veraz; lo impor­tan­te es que está ahí, acce­si­ble para todos, flo­tan­do entre reco­men­da­cio­nes gatu­nas y tuto­ria­les para pro­gra­mar un telé­fono que vie­ne sin ins­truc­cio­nes por­que  se pone en mar­cha «por intui­ción».

José María, tie­nes que ser bre­ve. Mal­di­ta tu ten­den­cia a la pará­fra­sis. Menos es más… y tus lec­to­res lo agra­de­ce­rán con menos bos­te­zos.

¿Qué bene­fi­cios vas a encon­trar como lec­tor en este blog?

Al recons­truir recuer­dos pasa­dos, inven­ta­dos o no, y refle­xio­nar sobre ellos, yo me enfren­to a mi pro­pia his­to­ria, enten­dien­do mis moti­va­cio­nes, mis mie­dos, mis erro­res, mis deseos, mis tei­mas («obse­sio­nes» en galle­go), mis valo­res (si los ten­go), mis amo­res… Es una for­ma de mirar hacia aden­tro inten­tan­do ven­cer mi aso­cia­bi­li­dad, mi timi­dez y mi pudor, que tan­to me per­si­guen «ab imme­mo­ra­bi­li tem­po­re» de for­ma sigi­lo­sa como un perro de caza hue­le una pie­za a muchas leguas de dis­tan­cia.

«Hatroz» no es una auto­bio­gra­fía al uso. No cuen­ta mi vida al pie de la letra por­que, si lo hicie­ra así, sería mucho más intere­san­te una pan­to­mi­ma sobre las cos­tum­bres y hábi­tos de un mos­qui­to cen­za­lino. Pre­ten­de el narra­dor refe­rir corre­rías y peri­pe­cias de un per­so­na­je lla­ma­do Rafo. En algu­nas oca­sio­nes, vivi­rá o sufri­rá andan­zas que tú, lec­tor ave­za­do, en ellas me verás a mí como un «pro­ta­go­nis­ta dis­fra­za­do». Jue­go con una ambi­güe­dad muy dise­ña­da para dejar que tú, cono­ce­dor de mi pala­bra, sos­pe­ches sin poder con­fir­mar la vera­ci­dad de lo rela­ta­do por el narra­dor. Esto me per­mi­te, a un mis­mo tiem­po, que tú hagas una lec­tu­ra más rica y yo pro­te­ja mi iden­ti­dad real detrás de Rafo y del narra­dor. Incluir en el pro­ta­go­nis­ta carac­te­rís­ti­cas cla­ra­men­te dis­tin­tas o inclu­so hacer­le vivir aven­tu­ras inde­sea­bles que el autor no ha pro­ta­go­ni­za­do des­vía la sos­pe­cha de que sea un alter ego. Narrar en ter­ce­ra per­so­na crea una barre­ra entre el narra­dor y el pro­ta­go­nis­ta, hacien­do menos evi­den­te la cons­truc­ción sub­je­ti­va que un «con­ta­dor de his­to­rias» tie­ne sobre sí mis­mo. Escri­bir sobre expe­rien­cias pro­pias, ver­da­de­ras o no, pre­ser­va momen­tos sig­ni­fi­ca­ti­vos que podrían des­va­ne­cer­se con el tiem­po. Este blog se con­vier­te en un archi­vo ínti­mo que ate­so­ran la esen­cia de lo vivi­do por mí. Los ras­gos auto­bio­grá­fi­cos apor­tan una vero­si­mi­li­tud fic­ti­cia difí­cil de con­se­guir con fic­ción pura. Esto enri­que­ce la tex­tu­ra del rela­to y per­mi­te una cone­xión más genui­na con el lec­tor y una mayor liber­tad crea­ti­va.

Espe­ro que te gus­te. Gra­cias por leer­me.

«La noche que lle­vo den­tro», «A la som­bra del ver­bo», «Ver­sos que no dije en voz alta», «Pei­to de bron­ce», «Cuen­tos galle­gos», o «Dic­cio­na­rio cana­lla, inso­len­te y des­ca­ra­do» son libros que yo he escri­to des­de el año 1995 «has­ta maña­na mis­mo» en los que, bien con poe­mas en pro­sa, bien con tex­tos en pro­sa o bien artícu­los expre­so sen­ti­mien­tos, fra­ca­sos, visio­nes retros­pec­ti­vas de Gali­cia, defi­ni­cio­nes sub­je­ti­vas y bár­ba­ras de pala­bras, ejem­plos de la retran­ca galle­ga y todo lo que sea poner negro sobre blan­co.

La escri­tu­ra me per­mi­te cana­li­zar emo­cio­nes inten­sas que no he sabi­do supe­rar. Pue­de con­ver­tir­se en un espa­cio segu­ro para hablar de aque­llo que me cues­ta expre­sar oral­men­te. Ten­go que lograr que cuan­do escri­ba este blog no ver en la pan­ta­lla del orde­na­dor a un posi­ble lec­tor.

Poner la vida por escri­to per­mi­te cons­truir una narra­ti­va, en este caso incohe­ren­te, sobre quién soy y sobre lo que yo he lle­ga­do a ser. Esto es espe­cial­men­te valio­so en momen­tos de cam­bio o bús­que­da per­so­nal.

La vida coti­dia­na, cuan­do se escri­be, adquie­re tin­tes sim­bó­li­cos. Un obje­to, un lugar, una con­ver­sa­ción banal pue­den car­gar­se de sig­ni­fi­ca­do al rein­ter­pre­tar­se a tra­vés del tex­to. Pue­den gus­tar y «san­ti­fi­car­me» o enviar­las direc­ta­men­te a la pape­le­ra de reci­cla­je. (A la som­bra del ver­bo) (2025)

CAPÍTULO IX DE ‘HATROZ’.- PISOS

Aquel fue un día muy espe­cial. Tenía pla­ni­fi­ca­do des­de hacía tiem­po reco­rrer el barrio de su infan­cia y de su pri­me­ra ado­les­cen­cia. Hay diver­sas opi­nio­nes sobre la vuel­ta al lugar de la infan­cia. Des­de la más ecues­tre, que nos invi­ta a galo­par sin mirar atrás, sin escru­tar el pasa­do, y sal­tan­do cuan­tos obs­tácu­los se pre­sen­ten en el camino, has­ta la más por­ci­na que dice que, como los gorri­nos en la comi­da, en la cochi­que­ra, hay que hozar­se en el pasa­do con un pla­cer casi solem­ne y pom­po­so. Rafo nun­ca dudó de que ese reco­rri­do algún día ten­dría que hacer­lo.

Salió del cole­gio don­de tra­ba­ja­ba a las cin­co en pun­to, cogió el metro y tras varias dudas y equi­vo­ca­cio­nes salió, por fin, en la Esta­ción del Arte, nom­bre que lo con­fun­dió por unos minu­tos. Vio que don­de había un ban­co ven­día sus pro­duc­tos un Decath­lon, que don­de esta­ba el cine Infan­te reza­ba una igle­sia evan­ge­lis­ta y que el ultra­ma­ri­nos que pro­veía a la zona esta­ba ocu­pa­do por una cafe­te­ría.

Tomó el paseo de las Deli­cias con paso deci­di­do, a él daba la ven­ta­na de su habi­ta­ción, y entró en el hotel Carl­ton, en cuyo res­tau­ran­te comían los cua­tro miem­bros de la fami­lia fre­cuen­te­men­te los domin­gos y fies­tas de guar­dar cuan­do el esta­do emo­cio­nal de su madre esta­ba toca­do por esa mal­di­ta depre­sión endó­ge­na. Lo vio abso­lu­ta­men­te reno­va­do y, de nue­vo, un des­pis­te, por­que no era capaz de loca­li­zar la cafe­te­ría, aun­que tenía un lugar pro­mi­nen­te en la plan­ta de la calle. Se sen­tó, pidió una copa y sacó el móvil para tomar nota de todo aque­llo que le cau­sa­se una mez­cla de ale­gría y tris­te­za.

Pen­só en subir al quin­to dere­cha del núme­ro 1 de San­ta María de la Cabe­za, pero no las tenía todas con­si­go. Otra vez la mal­di­ta timi­dez. Se tomó la copa con un sabor agri­dul­ce, pagó y giró por la calle Mur­cia para acce­der al paseo don­de él vivió sus pri­me­ros 17 años. No cono­cía nada. Todo era nue­vo, has­ta el gara­je don­de guar­da­ba su padre el coche. Cómo no, abun­da­ban tam­bién los loca­les vacíos e inha­bi­ta­dos des­de tiem­po atrás. Al ver men­tal­men­te ese pasa­do le vino a la memo­ria la vivien­da en la que resi­die­ron esos pri­me­ros años.

Al lle­gar al núme­ro 1 del Paseo de San­ta María de la Cabe­za, casa que de con­ti­nuo le traía unos imbo­rra­bles recuer­dos, se detu­vo fren­te a ella, la miró con una extra­ña resig­na­ción, mez­cla de morri­ña y sole­dad, y se sen­tó en un ban­co que había a sus pies. Dudó si sacar un ciga­rro o no. De modo impre­vis­to, gol­peó su memo­ria un sin­fín de recuer­dos: los jue­gos infan­ti­les y las pille­rías de Camay en el Jar­dín Botá­ni­co, el enor­me bulli­cio de los dis­pa­ra­ta­dos san­jo­sés por el núme­ro de asis­ten­tes, en los cua­les se mez­cla­ban los cana­pés, las tar­tas, las bebi­das y las risas de los nume­ro­sí­si­mos fami­lia­res que allí se reu­nían, los par­ti­dos de fút­bol en los pasi­llos y en mi habi­ta­ción, don­de el cris­tal del bal­cón superó la prue­ba de for­tí­si­mos pelo­ta­zos, las table­tas de cho­co­la­te que yo hacía des­apa­re­cer por las noches, los libros de Julio Ver­ne deba­jo de los cua­der­nos de estu­dio, las lla­ma­das fur­ti­vas des­de la con­sul­ta de su padre jugán­do­se casi la vida, el des­per­tar con aque­lla Mai­te del «Cal­de­ri­lla» que hoy es ilo­ca­li­za­ble, los retra­sos en el regre­so del cole­gio argu­men­tan­do falaz­men­te que había sufri­do un mareo en el auto­bús 36, la mas­to­dón­ti­ca cons­truc­ción del sca­lex­tric de Ato­cha a los pies de nues­tra casa, los ciga­rri­llos a escon­di­das en las pro­xi­mi­da­des del cole­gio de los sale­sia­nos, las ansias por par­ti­ci­par en los par­ti­dos de los domin­gos en los patios de ese cole­gio y que una rígi­da timi­dez le impe­día decir­lo, los recuer­dos de unos vera­nos ago­ta­do­res por un seve­ro sol que «cas­ti­ga­ba» duran­te todo el día, las tar­des de los domin­gos de una dura­ción casi impe­re­ce­de­ra, los paseos por la cues­ta de Moyano para com­prar libros…

Rafo no subió a su anti­gua casa. Rafo hizo el ama­go en varias oca­sio­nes, pero le impo­nía lo estram­bó­ti­co de la idea. Se jura­men­tó que de la pró­xi­ma vez no pasa­ba. Tomó de nue­vo el paseo de las Deli­cias, lo cru­zó y espe­ró a coger un taxi que lo lle­va­ra a su actual domi­ci­lio. Mien­tras espe­ra­ba, sus recuer­dos, via­ja­ron a las inter­mi­na­bles obras del cor­pu­len­to sca­lex­tric, se inau­gu­ró en 1968 con la inten­ción de que fue­ra el sal­va­vi­das del caó­ti­co trá­fi­co de la zona, que fue un sufri­mien­to atroz para los veci­nos. Un taxi libre le pitó reite­ra­das veces. «Se había dor­mi­do» com­pro­ban­do ―aho­ra que esta­ba des­mon­ta­do― todo el inte­rés urba­nís­ti­co de la glo­rie­ta que se había ocul­ta­do con el men­cio­na­do «pul­po cir­cu­la­to­rio». La habi­ta­bi­li­dad de la zona había gana­do muchos ente­ros. El tra­yec­to de regre­so, car­ga­do de recuer­dos, lo reali­zó en un pro­fun­do silen­cio, a pesar de que el con­duc­tor que­ría hablar sobre la situa­ción actual.

Pos­te­rior­men­te, en torno a 1975, y por un gol­pe de suer­te en la lote­ría, la fami­lia se pudo tras­la­dar de casa. El doc­tor Máiz Ber­me­jo aban­do­nó el alqui­ler de su piso de sol­te­ro por una casa en pro­pie­dad. «Sim­pá­ti­ca y ber­lan­guia­na» ―surrea­lis­ta, por lo difí­cil de ima­gi­nar hoy en día, pero abso­lu­ta­men­te posi­ble en la épo­ca― fue la esce­na en la que mi padre, rodea­do de la fami­lia, fir­mó un sin­fín de letras men­sua­les a pagar duran­te vein­ti­cin­co años. La vivien­da esta­ba situa­da en la calle Her­ma­nos Mira­lles 43, lue­go bau­ti­za­da con el nom­bre de Gene­ral Díaz Por­lier.

En esta casa Rafo se hizo hom­bre. Fue­ron trein­ta años. Allí dis­fru­tó de una imbo­rra­ble postado­les­cen­cia y del tra­ba­jo en un cole­gio, el actual, que le hizo cre­cer como per­so­na. En un piso de 180 metros cua­dra­dos, que esta­ba dise­ña­do sin los lar­gos pasi­llos de Ato­cha, rio, gozó, llo­ró, cre­ció, se ena­mo­ró, sufrió, gol­feó, can­tó, min­tió, estu­dió, dis­cu­tió, «noc­ti­va­gueó», escri­bió y más cosas que no debo con­tar sin el per­mi­so del pro­ta­go­nis­ta. Según él, ocu­pa­rá un capí­tu­lo más ade­lan­te. La fami­lia había aumen­ta­do en un resi­den­te. La muer­te de su tía María Rosa, por un terri­ble cán­cer, her­ma­na de su madre, sol­te­ra que com­par­tía el piso con un her­mano tam­bién sol­te­ro y con múl­ti­ples pro­ble­mas de salud, oca­sio­nó que este, por moti­vos de cer­ca­na aten­ción médi­ca, fue­ra a vivir con la fami­lia del doc­tor Máiz Ber­me­jo. Recor­de­mos que su padre era médi­co.

Con estos recuer­dos, duran­te la inter­mi­na­ble carre­ra en taxi, empe­zó a pen­sar que cuál de las dos vivien­das le evo­ca­ba más cari­ño. Lle­gó a la con­clu­sión de que cada una tenía su aquel, su encan­to, y que era impo­si­ble hacer un podio con ellas.

Con el agra­da­ble fluir del taxi por el Paseo del Pra­do pudo pasar pági­na y se plan­tó en el momen­to en el que toma­ron la deci­sión su her­ma­na y él de ven­der el piso de Díaz Por­lier e irse a una zona más eco­nó­mi­ca y a una casa más peque­ña. Fue una deci­sión muy dolo­ro­sa por­que Díaz Por­lier se había adhe­ri­do a su piel cual tatua­je dise­ña­do por todo el cuer­po. Se tras­la­da­ron a la calle Ferrer del Río en el año 2006 que, des­pués de trein­ta años en la «almen­dri­ta de oro», según com­pa­ñe­ros de tra­ba­jo, pare­cía que iba a ser el defi­ni­ti­vo asen­ta­mien­to, y que en esos 120 metros cua­dra­dos ―cru­za­da la bás­cu­la eco­nó­mi­ca de Fran­cis­co Sil­ve­la― enve­je­ce­rían con dig­ni­dad y total tran­qui­li­dad. En este piso Rafo vivió años ple­tó­ri­cos de sole­da­des, año­ran­zas, ale­grías, penas… y gas­tos, como en Díaz Por­lier. En este «piso guin­da­le­riano» se tomó en serio escri­bir. Cier­to es que en la «almen­dri­ta de oro» publi­có varios libros y pasó muchas horas con bolí­gra­fo y papel en mano, pero fue un nau­fra­gio lite­ra­rio peor que el del Tita­nic. Nadie que­ría leer sus libros. Nadie. Es duro decir­lo, pero des­de los ini­cios sin­tió una sole­dad lite­ra­ria terri­ble. Y aún la sien­te. Com­pra­ron su libro algu­nas alum­nas ―eter­na­men­te agra­de­ci­do se ha mos­tra­do siem­pre con ellas―, algu­nos ami­gos y algu­nos fami­lia­res. No ha nega­do jamás Rafo que su timi­dez social, que no en el aula, ha ali­men­ta­do ese ane­ga­mien­to lite­ra­rio. Sola­men­te se com­por­tó con él con una serie­dad y una gene­ro­si­dad plau­si­bles Lour­des, la due­ña de la libre­ría Pér­ga­mo, en la calle Gene­ral Oráa. Ben­di­ta mujer. Deje­mos esto para otro capí­tu­lo, así como sus penu­rias blo­gue­ras. En Ferrer del río, en el espa­cio cómo­do y crea­ti­vo de su estu­dio, logró «cerrar» unos libros de pro­sa poé­ti­ca, en for­ma­to digi­tal, tan­to en cas­te­llano como en galle­go. La estan­cia en este piso, al salir defi­ni­ti­va­men­te de él, la cali­fi­có como gra­ta, feliz y de una gran bonan­za per­so­nal. Algu­nos veci­nos y Jesús y Pilar deja­ron una imbo­rra­ble hue­lla.

¿Últi­mo piso? No fue así. No. Cir­cuns­tan­cias cícli­cas de la vida que todo el mun­do pue­de figu­rar­se die­ron paso, al cabo de 16 años, a un nue­vo piso de 70 metros cua­dra­dos en la mis­ma zona.

La pro­gre­sión espa­cial es sig­ni­fi­ca­ti­va en todos los aspec­tos. En este piso han aumen­ta­do las inco­mo­di­da­des, pero, como Rafo y su her­ma­na tie­nen buen con­for­mar, los engo­rros los han con­ver­ti­do en hol­gu­ras con­for­ta­bles. Eso dicen. Yo no me lo creo.

Hay que hacer un alto aquí. La impor­tan­cia de los libros en la vida de Rafo. Yo le he dicho que este tex­to es un poco cur­si, pero se ha empe­ci­na­do en que lo incor­po­re en este capí­tu­lo y así lo hago.

Una libre­ría en casa es mucho más que un mue­ble con libros: es un refu­gio, un mapa de luga­res, pasio­nes, dudas y des­cu­bri­mien­tos. En sus estan­tes se guar­dan no solo his­to­rias, sino frag­men­tos de quie­nes somos o soña­mos ser. Tener una libre­ría en casa es per­mi­tir que el tiem­po se sus­pen­da y las ideas res­pi­ren. Es rodear­se de silen­cios elo­cuen­tes que nos espe­ran sin pri­sa. Es, qui­zás, una for­ma de resis­ten­cia: fren­te al rui­do, el vér­ti­go y el olvi­do, la pre­sen­cia quie­ta y pode­ro­sa de los libros.

El escru­ti­nio en el paso de Ato­cha a Díaz Por­lier fue cruel: todos los libros que injus­ta­men­te lla­ma­ron mis padres «infan­ti­les» se que­da­ron, no se muda­ron y ahí per­dí defi­ni­ti­va­men­te la ino­cen­cia lite­ra­ria de la infan­cia y la pri­me­ra ado­les­cen­cia. No via­ja­ron con­mi­go unos dos­cien­tos libros que tenía yo en mi habi­ta­ción: Tin­tín y Milú, Asté­rix el Galo, Los cin­co, Los sie­te secre­tos, Emi­lio Sal­ga­ri, Julio Ver­ne, Ste­ven­son, Roald Dahl, Mark Twain, Mar­ce­lo Lafuen­te Este­fa­nía…

El taxi per­fi­la­ba la calle Fran­cis­co Sil­ve­la y al ver Yago el café de sus recuer­dos, le soli­ci­tó al taxis­ta que para­se en ese lugar. Era el café Moliè­re. Algo des­tar­ta­la­do y poco fre­cuen­ta­do, pero entra­ña­ble y aco­ge­dor para él. Se sen­tó, pidió una copa y empe­zó a valo­rar su excur­sión aní­mi­ca por los ale­da­ños de su pri­me­ra casa. Rápi­da­men­te esto fue sus­ti­tui­do por el pro­ble­ma que le acu­cia­ba en la actua­li­dad: cómo ges­tio­nar algu­nas viven­cias que había empe­za­do a sufrir en el aula. No que­ría hablar con nadie de cier­tos lati­ga­zos y bajo­nes emo­cio­na­les que sufría cuan­do algún alumno ―cada vez más― se mani­fes­ta­ba gro­se­ra y ofen­si­va­men­te. Esto le ponía muy ner­vio­so por­que veía que era inca­paz de con­tro­lar­lo debi­da­men­te.

El paseo por la Glo­rie­ta de Car­los V tuvo, en un prin­ci­pio, un fin tera­péu­ti­co, pues el enfa­do y la tris­te­za esta­ban refre­na­dos por esa nos­tál­gi­ca que a él le encan­ta­ba. Era lucha enco­mia­ble la de un hom­bre que no que­ría que se apo­sen­ta­ra en su inte­rior un poso de amar­gu­ras, tor­men­tos y aflic­cio­nes.

Se alter­na­ban los pen­sa­mien­tos opti­mis­tas de un hom­bre satis­fe­cho con su tra­ba­jo con otros que eran des­es­pe­ran­za­dos y ago­re­ros de un futu­ro en nada atrac­ti­vo. La ense­ñan­za media, a su edad, era un camino de pun­zan­tes espi­nas. Unas, agra­da­bles y sal­ví­fi­cas como péta­los de aro­má­ti­cas rosas; otras, de una ari­dez viven­cial más dura que un lecho de aris­cos car­dos borri­que­ros.

El pul­so lo tenía menos ace­le­ra­do, pero, como una reci­di­van­te arca­da, vuel­ve la fra­se con la que con­clu­yó su últi­ma cla­se ves­per­ti­na: son uste­des capa­ces de sacar mi peor yo y un genio amo­nes­ta­dor que me enco­ra­ji­na no saben cómo.

El café era un lugar pecu­liar. Tenía una mez­cla de aban­dono inten­cio­na­do y de pla­cer ochen­te­ro. Se lle­va­ba lo usa­do, lo que pro­yec­ta­ba una ima­gen de des­aten­ción y deja­dez.

Fina­li­zo con las libre­rías de las dife­ren­tes casas de Rafo: aban­dono dañino de unos dos­cien­tos libros en San­ta María de la Cabe­za. En Díaz Por­lier reu­nió unos tres mil libros de toda índo­le: poe­sía, tea­tro, narra­ti­va, espa­ñol, galle­go… Ade­más del des­pa­cho de su padre que esta­ba reple­to de libros de medi­ci­na y alguno de carác­ter lite­ra­rio. El tras­la­do a Ferrer del Río fue durí­si­mo por­que la reduc­ción fue drás­ti­ca, pero nada en com­pa­ra­ción con la lle­ga­da a Béjar. En Ferrer del Río se que­da­ron muchas «joyas lite­ra­rias» que le hicie­ron en su momen­to llo­rar lágri­mas de tris­te­za. (Capí­tu­lo VIII de Hatroz) (2025)

LA QUIETUD QUE ME NOMBRA

Camino entre voces, pero me que­do en silen­cio. No es mie­do, aun­que a veces lo pare­ce, es un peso de aire que se posa en mi pecho y me recuer­da que obser­var tam­bién es una for­ma de estar. Mis manos quie­ren hablar, pero se escon­den en mi abri­go. Mis pala­bras ensa­yan en la men­te fra­ses que tal vez nun­ca pro­nun­cie, y sin embar­go, den­tro de mí sue­nan cla­ras.

La timi­dez no es ausen­cia, es un jar­dín cerra­do. Quien no cono­ce su puer­ta pien­sa que detrás no hay nada, pero yo he vis­to cómo flo­re­cen colo­res que nadie ima­gi­na, cómo se guar­dan en silen­cio his­to­rias ente­ras que espe­ran el ins­tan­te pre­ci­so para bro­tar. Hay quie­nes cami­nan hacia el mun­do como si no hubie­ra barre­ras. Yo avan­zo len­to, con pasos que miden dis­tan­cias invi­si­bles, y qui­zá no lle­gue antes, pero mi lle­ga­da siem­pre se sien­te ínte­gra. Apren­dí que la timi­dez no es un muro. Es un velo que se apar­ta con pacien­cia. Y algún día, cuan­do la luz me toque con deli­ca­de­za, sal­dré al cen­tro sin tem­blar, sin dejar de ser quien soy. (Ver­sos que no dije en voz alta) (1995–2025)

DIARREA

El indi­vi­duo que pade­ce dia­rrea no es un enfer­mo, es un artis­ta con­cep­tual tra­ba­jan­do gra­tis en su intes­tino. Una actua­ción impro­vi­sa­da ―escri­be per­for­man­ce, que te enten­de­rán mejor― en la que su estó­ma­go gri­ta: «¡Mini­ma­lis­mo líqui­do para todos!». El retre­te se con­vier­te en un públi­co cau­ti­vo, aplau­dien­do en silen­cio cada des­car­ga como si fue­ran ráfa­gas de jazz expe­ri­men­tal. Ade­más, como bien sabrá todo el mun­do, pue­de ir acom­pa­ña­da de un redo­ble de tam­bo­res que recuer­de la leyen­da del tam­bor del Bruch.

No es una urgen­cia ―a no ser que esté en una tras­cen­den­tal comi­da de tra­ba­jo o sen­ta­do al aire libre en una terra­za de la pla­za de la Quin­ta­na― es un tele­trans­por­te ins­tan­tá­neo ―envi­dia de Ama­zon: a las cin­co en pun­to está en el sofá sabo­rean­do una cer­ve­za mien­tras ve un cule­brón y a las cin­co y cin­co segun­dos ya está medi­tan­do en posi­ción de cucli­llas, con la fren­te suda­da y una pali­dez orien­tal como si fue­ra a resol­ver los mis­te­rios del uni­ver­so. Y cla­ro, cada explo­sión vie­ne acom­pa­ña­da de un ori­gi­nal efec­to sono­ro que hace envi­diar a los inge­nie­ros de Pixar: trom­pe­tas, tam­bo­res, bur­bu­jeos y, a veces, una per­cu­sión que roza lo épi­co. Siem­pre inno­van­do: cada efec­to sono­ro es dife­ren­te.

En reali­dad, la dia­rrea es la demo­cra­cia del cuer­po. Como el amor del liber­tino don Juan Teno­rio, le afec­ta a los que habi­tan las caba­ñas y a los que habi­tan los pala­cios. Nada de jerar­quías socia­les ni estruc­tu­ras sóli­das, todo se licúa en igual­dad de con­di­cio­nes y baja por la tube­ría como una pro­ce­sión car­na­va­les­ca.

GASTADOR DE SUEÑOS

Infi­ni­tas pala­bras al vien­to, mil y un dibu­jos que ali­vian gene­ro­sos como un ave­za­do faquir mi vital des­aso­sie­go. Infi­ni­tas pala­bras al vien­to, que tor­nan ves­ti­das de azu­les augu­rios y for­jan férreos esla­bo­nes en la fra­gua de mis cimien­tos. Infi­ni­tas pala­bras, como mil y una mari­po­sas que irra­dian incom­bus­ti­bles en mi per­ti­naz lucha cual tre­gua en pleno apo­geo. Al fin y al cabo, tan solo eso, infi­ni­tas pala­bras al vien­to que nadie quie­re leer. (Ver­sos que no dije en voz alta) (1995–2025)

SANTIAGO

En esta madru­ga­da San­tia­go hue­le muy bien. Hue­le a mari­po­sas noc­tur­nas en un camino de estre­llas y a pri­ma­ve­ra de aguas sin­gu­la­res; hue­le al bau­tis­mo del sagra­do incien­so que reco­rre las calles y a un vien­to fres­co lleno de aguas cal­mas. Como un arte­sano dies­tro, la mano de este vien­to pule el silen­cio de las calles cubier­tas de rocío, y su tela invi­si­ble de lino aro­ma­ti­za el aire con ceni­zas casi san­ti­fi­ca­das. ¡Vetus­tas cam­pa­nas del cie­lo doblan sin­fo­nías de pie­dra!

San­tia­go, te lle­vo siem­pre en mi pen­sa­mien­to, te lle­vo en la memo­ria heri­da que sana con­ti­nua­men­te el dolor de mi san­grar. San­tia­go, soy como un men­di­go per­di­do de nos­tal­gia que reco­ge en este lugar san­to un mano­jo de gar­de­nias y una arma­du­ra de viva paz. Siem­pre San­tia­go en mi pesar. (Nie­blas y lem­bran­zas) (1995–2025)

POÉTICA DE PIEL Y VERSO

En los lati­dos de mis ver­sos defien­do mis creen­cias, con­fie­so la fe de los míos, res­pi­ro el aro­ma de nues­tra tie­rra y cons­tru­yo con ellos una trin­che­ra lle­na de astros y estre­llas. Cada pala­bra es un fue­go que arde sin per­mi­so, una raíz que se hun­de en lo más hon­do de mi memo­ria.

En los lati­dos de mis ver­sos sien­to tu pul­so, libre de mie­dos y cade­nas, sepul­tan­do mis cipre­ses en un tiem­po de came­lias blan­cas. Y tra­zo, con el gol­pe sua­ve de mi muñe­ca, en una ori­lla siem­pre viva, el per­fil de una letra des­nu­da que jun­to a ti comien­za a tener vida.

Tu piel es terri­to­rio de luz y som­bra, mapa secre­to don­de cada síla­ba se posa como un sus­pi­ro. Escri­bo sobre ti como quien aca­ri­cia, como quien des­cu­bre en cada poro una pala­bra nue­va. Tus hom­bros son estro­fas que se abren al tac­to, tus mus­los, ver­sos que se des­li­zan entre la bru­ma de mi deseo.

Cuan­do mi mano roza tu espal­da, el poe­ma se estre­me­ce. Cuan­do mi boca nom­bra tu cue­llo, la tin­ta se vuel­ve car­ne. Y en el tem­blor de tus pechos, encuen­tro la rima per­fec­ta, esa que no se escri­be, pero se sien­te.

No hay métri­ca que encie­rre tu cuer­po, ni estro­fa que con­ten­ga tu alien­to. Eres poe­ma sin for­ma, sin lími­te, sin final. Eres la letra que se des­nu­da en mi mira­da, la pala­bra que se hume­de­ce en mi len­gua, el ver­so que se arquea cuan­do la noche nos cubre.

Y yo, poe­ta de tu piel, sigo escri­bien­do. Por­que en cada lati­do, en cada roce, en cada silen­cio com­par­ti­do, sé que la poe­sía no vive en los libros, sino en ti. En tu cuer­po. En tu voz. En el tem­blor sagra­do de tu pre­sen­cia. (Nie­blas y lem­bran­zas) (1995–2025)

CAPÍTULO VIII DE ‘HATROZ’.- SUS PRIMERAS PALABRAS

Los pri­me­ros meses de vida de Rafo fue­ron tran­qui­los, plá­ci­dos y bonan­ci­bles. Alte­ra­cio­nes noc­tur­nas pro­pias de un bebé que tenía en per­fec­to esta­do los esfín­te­res. Se libe­ra­ba con una pre­ci­sión y una regu­la­ri­dad bri­tá­ni­cas de las aro­ma­ti­zan­tes cacas cuan­do su padre esta­ba pro­fun­da­men­te dor­mi­do. El pro­ce­so siem­pre era el mis­mo: el olor se apo­de­ra­ba del olfa­to de su madre, que se lo comu­ni­ca­ba con un cari­ño­so gol­pe a su padre. La madre avi­sa­ba a Chon que asu­mía la tarea de lim­piar­lo con gran dili­gen­cia. Los ron­qui­dos del padre se oían en toda la casa, hecho que enco­ra­ji­na­ba a su madre, que tenía un dor­mir, digá­mos­lo así, «muy muy muy super­fi­cial».

Sal­vo las carac­te­rís­ti­cas fie­bres, las pro­pias muco­si­da­des y las nada edi­fi­can­tes pata­le­tas, pode­mos enten­der que los tres adje­ti­vos apli­ca­dos en el ini­cio se refie­ren a un per­ma­nen­te des­cu­bri­mien­to de obje­tos, sen­sa­cio­nes y sen­ti­mien­tos.

―Tie­nes un mun­do a tus pies, hijo, un mun­do que, si actúas con rec­ti­tud, te ofre­ce­rá más luces que som­bras. Y el peque­ño Rafo le hacía a su padre unas pedorre­tas buca­les que sig­ni­fi­ca­ban que le impor­ta­ban un ble­do sus «pro­fun­das pala­bras».

Los recuer­dos son nulos ―y eso que el día que habla­mos de esta épo­ca Rafo hizo unos esfuer­zos titá­ni­cos, casi sobre­hu­ma­nos, para «reen­con­trar­se» con algún epi­so­dio vivi­do― y lo que sus padres le comen­ta­ron pos­te­rior­men­te ―su padre era médi­co― no va más allá de lo que Pia­get esta­ble­ció los dos pri­me­ros años como perio­do sen­so­rio­mo­tor y de dos a sie­te años como perio­do pre­ope­ra­to­rio. Y aquí me paro. Me nie­go a seguir con Pia­get por­que sería un ver­da­de­ro ladri­llo. Para ti, lec­tor, moti­vo sufi­cien­te para «col­gar» este libro. Cuan­do Rafo estu­dió sus teo­rías evo­lu­ti­vas, le vino la mis­ma sen­sa­ción de abu­rri­da matra­ca que cuan­do se pro­pu­so leer el Uli­ses de Joy­ce tras per­der una apues­ta en el bar de la escue­la con el mejor jugar del «póquer de los gar­ban­zos».

―Esto me retro­trae­ría a mi eta­pa uni­ver­si­ta­ria, se dijo en alto Rafo. Y como deci­mos en galle­go inda é cedo (aún es pron­to).

Me impor­ta mucho más el momen­to en el que pro­nun­ció sus pri­me­ras pala­bras. Cuan­do empe­zó a hablar. Debe ser inol­vi­da­ble y casi tau­ma­túr­gi­co el momen­to en el que los padres logran esta­ble­cer una cone­xión ver­bal con su hijo. El len­gua­je es el mila­gro humano. Los seres huma­nos nos comu­ni­ca­mos a tra­vés de un mara­vi­llo­so vehícu­lo lin­güís­ti­co que es el len­gua­je. Cier­to es que hay otros vehícu­los de comu­ni­ca­ción. Gené­ti­ca­men­te, dicen los espe­cia­lis­tas, nos vie­nen dadas unas capa­ci­da­des lin­güís­ti­cas que no se desa­rro­llan has­ta la ple­ni­tud de la vida, lo cual suce­de alre­de­dor de los 5 años. Neu­ro­ló­gi­ca­men­te hablan­do, según los enten­di­dos, un niño de 5 años es un hablan­te adul­to. Has­ta esa edad, el cere­bro madu­ra a tra­vés de unas eta­pas poco fle­xi­bles, sien­do el perio­do de los 2 a 4 años el que tie­ne los pun­tos más crí­ti­cos de la for­ma­ción de las vías lin­güís­ti­cas neu­ro­ló­gi­cas. Las com­bi­na­cio­nes de pala­bras apa­re­cen alre­de­dor de los 2 años. Pero hay niños que comien­zan antes de los 2 años a hablar. Y en la fami­lia de Rafo hay tes­ti­mo­nios de ello.

En esta épo­ca quie­ro situar a nues­tro pro­ta­go­nis­ta.

En los pri­me­ros invier­nos madri­le­ños ―estos perio­dos del año siem­pre los ha vivi­do en Madrid― fue des­cu­brien­do poco a poco su entorno. De un modo muy pri­mi­ti­vo cla­ro está. No era cons­cien­te de los logros según los iba con­si­guien­do. Tran­qui­li­dad, que no voy a hacer una expo­si­ción de la evo­lu­ción de Rafo como bebé, pues podría­mos encon­trar­nos con un aba­ni­co amplio de expe­rien­cias de todo tipo, pero espe­cial­men­te esca­to­ló­gi­cas. Sus padres, él no lo recuer­da, cele­bra­ron con gran alga­ra­bía cuan­do con­si­guió con­tro­lar los esfín­te­res y mos­tró por pri­me­ra vez un con­ti­nua­do y ave­za­do inte­rés por sen­tar­se en el inodo­ro. Su abue­lo, en San­tia­go, lo cele­bró con una ora­ción de gra­ti­tud ante el após­tol San­tia­go.

Por más que se empe­ñe, no son recuer­dos lo que tie­ne de este perio­do de su vida sino más bien memo­ri­za­ción de situa­cio­nes mil veces narra­das en los años pos­te­rio­res por sus padres o por las per­so­nas que se encar­ga­ron en esos años de su aten­ción y cui­da­do. Según ellos, la fra­se más repe­ti­da des­de que comen­zó a cami­nar era: no toques eso.

Qui­so demos­trar su arte pic­tó­ri­co cuan­do, en una pared recién pin­ta­da, plas­mó con «pin­tu­ra marrón» una recrea­ción grá­fi­ca de la fin­ca de Ber­ta­mi­ráns.

―Ayé, ayé. Y le mos­tró a su padre su «picas­sia­na obra».

―Tran­qui­lo, hijo, tran­qui­lo, le dijo su padre mien­tras repri­mía una ver­da­de­ra rega­ñi­na «mor­dién­do­se las mue­las». Su padre le qui­so expli­car que las depo­si­cio­nes no debe­rían salir del inodo­ro. Hijo, para pin­tar están los cua­der­nos que te hemos com­pra­do y que no los usas.

Rafo se empe­zó a reír con una ener­gía que exas­pe­ró a su padre. Lo sen­tó de nue­vo fren­te a él y, mien­tras inten­ta­ba acla­rar­le dón­de debía pin­tar, Rafo lo cele­bró con una bate­ría de pedorre­tas buca­les que le deja­ron la cara reple­ta de húme­dos sali­va­zos. 

Por lo demás, hay un cate­gó­ri­co vacío. Lo que sugie­re una nor­ma­li­dad abso­lu­ta en su pro­gre­sión como niño. Habrá quien pien­se que de esos años sólo se recuer­dan las expe­rien­cias trau­má­ti­cas, que las pla­cen­te­ras ―si por pla­cen­te­ra se pue­de enten­der el des­te­te o la sali­da de los dien­tes― caen en el olvi­do más abso­lu­to. Cada vez que, ya con la madu­rez del adul­to, hizo sus pes­qui­sas sobre esos pri­me­ros años las repues­tas siem­pre fue­ron las mis­mas: sin nove­dad. Todo trans­cu­rrió con la nor­ma­li­dad de un niño que empie­za a des­cu­brir un mun­do nue­vo para él. Nada de accio­nes heroi­cas, de com­por­ta­mien­tos intré­pi­dos y mucho menos de acon­te­ci­mien­tos homé­ri­cos.

La pri­me­ra vez que escu­chó estas pala­bras sin­tió una enor­me frus­tra­ción, pues todos pen­sa­mos que, como vemos en cier­tas pelí­cu­las, nues­tros pri­me­ros años son un cúmu­lo de patrio­te­ris­mos hoga­re­ños y case­ros.

―Comías, dor­mías y cre­cías, le dije­ron una mul­ti­tud de veces.

―¿Tan­tos meses redu­ci­dos a tres sim­ples ver­bos? ¡Qué frus­tra­ción! Yo que, cuan­do por pri­me­ra vez escu­ché de los mayo­res mis expe­rien­cias infan­ti­les, había ima­gi­na­do que no habría horas sufi­cien­tes en un día para hablar de mis epo­pe­yas. Mi pro­ce­der enton­ces sería un cúmu­lo de espe­luz­nan­tes aven­tu­ras, intré­pi­dos lan­ces y arries­ga­dí­si­mas andan­zas. ¡Cómo mi her­ma­na me había sal­va­do de morir cua­si elec­tro­cu­ta­do por meter los dedos en los enchu­fes!

―Nada, hijo, había unos inven­tos mag­ní­fi­cos que se metían en los enchu­fes y que impe­dían que los niños hur­ga­ran en ellos.

¡O cómo fui capaz de poner en fun­cio­na­mien­to la olla exprés para pre­pa­rar leche meren­ga­da al baño María!

―Nada, hijo, si la olla esta­ba siem­pre fue­ra del alcan­ce de los niños.

Cuan­do fue cons­cien­te de mayor de que en esos pri­me­ros años no tuvo empre­sas peli­gro­sas, qui­zá com­pren­dió un poco, la ven­gan­za se sir­ve fría, por qué en su edad esco­lar fue tan pro­cli­ve a reci­bir toques de aten­ción por par­te del pro­fe­sor por cier­tos escar­ceos en el aula uti­li­zan­do los rotu­la­do­res como per­fec­tas y dañi­nas espa­das.

Según me cuen­tan, el invierno de sus tres años fue vario­pin­to en su apren­di­za­je. Días gra­cio­sos por ser el cau­san­te de mue­cas y ges­tos can­do­ro­sos, y días, lla­mé­mos­los inapro­pia­dos, por ser una cons­tan­te lucha con­tra el dolor de dien­tes, inci­si­vos y mue­las y por una bal­sá­mi­ca muda de paña­les. En los perio­dos del invierno que su abue­lo paterno pasa­ba en Madrid no había otro obje­ti­vo por su par­te que el niño se sol­ta­ra a hablar. Y todo era una sem­pi­ter­na frus­tra­ción, pues lo solu­cio­na­ba todo con un ayé mayes­tá­ti­co.

¿Quie­res un vaso de leche? Ayé. ¿Vamos al Jar­dín Botá­ni­co? Ayé. Hay que irse a dor­mir. Ayé. Lle­gó un momen­to en el que la preo­cu­pa­ción empe­zó a inva­dir la men­te de los mayo­res. Veían cómo niños de su edad y meno­res ya pro­nun­cia­ban fra­ses con cier­ta cohe­ren­cia mien­tras Rafo se man­te­nía en un soli­ta­rio y con­vul­so ayé. Su abue­lo, far­ma­céu­ti­co mili­tar con una pro­fun­dí­si­ma for­ma­ción huma­nís­ti­ca, des­dra­ma­ti­za­ba la situa­ción con un sen­ti­do del humor a la vez bulli­cio­so y cal­man­te de áni­mos.

―Todos bus­ca­mos apren­der idio­mas por­que con­si­de­ra­mos impres­cin­di­ble el domi­nio de dos len­guas por lo menos para poder­nos mane­jar por el mun­do. Y este rapaz, egre­gia cria­tu­ra del futu­ro más inme­dia­to, lo solu­cio­na todo con una pala­bra. Es la reduc­ción del espe­ran­to a su míni­ma expre­sión. Pura prac­ti­ci­dad. Y sol­ta­ba una peque­ña car­ca­ja­da.

Y lle­gó el verano. Via­je incon­men­su­ra­ble por la mag­ni­tud de los bul­tos. Casi tan nume­ro­so como los tro­feos del Cid des­pués de una vic­to­ria: incon­ta­ble el botín. Pues aquí incal­cu­la­ble el núme­ro de paque­tes y male­tas. Ocu­pa­ban medio vagón del tren rápi­do ―ja, casi diez horas de via­je― con des­tino a San­tia­go de Com­pos­te­la. La tra­ve­sía era una autén­ti­ca odi­sea para los adul­tos. Sólo bas­ta men­cio­nar que eran diez indi­vi­duos ―entre ado­les­cen­tes y niños― y 5 ó 6 per­so­nas mayo­res. Digo indi­vi­duos por­que era como se diri­gía a noso­tros un tío nues­tro cuan­do nos que­ría rega­ñar: indi­vi­duo, ven­ga usted aquí. Su com­por­ta­mien­to deja mucho que desear y… a con­ti­nua­ción venía una entra­ña­ble repri­men­da. Inú­til de todo. Dura­ba el efec­to cin­co minu­tos. Alga­ra­bía, carre­ras, caí­das, risas y jue­gos. Cuan­do no rega­ñi­nas por par­te del revi­sor, que en aque­lla épo­ca nos pare­cía, por su uni­for­me, un coman­dan­te de la Mari­na.

La lle­ga­da a San­tia­go y el pos­te­rior tras­la­do a Ber­ta­mi­ráns en diver­sos taxis era una autén­ti­ca libe­ra­ción para los adul­tos. La lla­ma­da noc­tur­na a los «padres de fami­lia», que tra­ba­ja­ban en Madrid, infor­man­do del éxi­to de la misión era poner una pica en Flan­des. Y ese verano fue absor­ben­te, cau­ti­va­dor y ameno has­ta lo inima­gi­na­ble. Pasar casi dos meses con toda la fami­lia mater­na en pleno cam­po no tie­ne pre­cio hoy en día. La natu­ra­le­za ali­men­ta­ba una vivi­fi­can­te ansia de vida cam­pes­tre.

El dor­mi­to­rio lo com­par­tía con un pri­mo suyo al que le lle­va once meses lla­ma­do Jor­ge. De su hijo mayor Rafo es el padrino en la actua­li­dad. Ya habla­re­mos en otro momen­to de las aven­tu­ras que pasa­ron los dos en Gali­cia. Hoy me remi­to sólo a ese perio­do de tiem­po. Escu­char a Jor­ge era un orgu­llo, pues habla­ba casi con abso­lu­ta per­fec­ción. Una mujer de allí le lla­ma­ba humo­rís­ti­ca­men­te el Aca­dé­mi­co. Mien­tras Rafo, que era mayor, seguía con su famo­so ayé. Lo curio­so es que des­pués de unas inten­sas y vivi­das vaca­cio­nes, se pro­du­jo un sona­do tras­va­se. Lle­gó el mes de sep­tiem­bre cuan­do se tras­la­da­ron a Vedra sus padres, su her­ma­na y él, para pasar el mes de sep­tiem­bre con la fami­lia pater­na y la situa­ción cam­bió radi­cal­men­te: Jor­ge se apo­de­ró del solem­ne ayé y Rafo se con­vir­tió en un inci­pien­te Cas­te­lar. La situa­ción cau­só cier­ta gra­cia en algu­nos y algo de hila­ri­dad en otros. El ayé de Jor­ge fue efí­me­ro como una hue­lla en la are­na o una tar­je­ta de feli­ci­ta­ción. Rápi­da­men­te reto­mó su buen hablar.

La lle­ga­da a Vedra fue un rotun­do éxi­to, pues su abue­lo Luis, que los espe­ra­ba lleno de ansie­dad, pudo com­pro­bar que su nie­to se había con­ver­ti­do en un com­pe­ten­te, a la par que inago­ta­ble, diser­ta­dor. Habla­ba, habla­ba y habla­ba. En algu­nos momen­tos no era cons­cien­te de lo que decía y en otros erra­ba más que una esco­pe­ta de feria. Pero las fra­ses salían con flui­dez de su anta­ño bal­bu­cean­te y rácano apa­ra­to fona­dor. Varias veces en situa­cio­nes emba­ra­zo­sas y reser­va­das para los mayo­res, fue repren­di­do con una fra­se que se hizo des­de enton­ces muy fami­liar: cala, fillo, cala un pou­co (Calla, hijo, calla un poco).

A moi­to falar, moi­to errar (Quien mucho habla, mucho yerra), le decía, des­pués de poner­lo fir­me delan­te de ella su abue­la María, posee­do­ra de un colo­sal genio. Rafo salía corrien­do y repi­tien­do una pala­bra que le había oído en Ber­ta­mi­ráns a su tío Filo­so:

Turu­rú, turu­rú, turu­rú, turu­rú… (Hatroz) (2025)

ASÍ TE VEO YO

Segu­ra, inde­pen­dien­te, equi­li­bra­da, pers­pi­caz, mag­né­ti­ca, gene­ro­sa, vital, tibia, exten­sa, sofis­ti­ca­da, caris­má­ti­ca, ardien­te, ter­ca, divi­na, mag­né­ti­ca, arro­lla­do­ra, esbel­ta, febril, des­bor­dan­te, por­fia­da, sin­ce­ra, esti­lo­sa, inol­vi­da­ble… Sus­pen­di­da entre ála­mos de fran­ca luci­dez y enre­da­da entre las dia­de­mas de un rico ver­gel. (Ver­sos que no dije en voz alta) (1995–2025)

ASUSTADO

Indi­vi­duo par­lan­chín que pre­su­me de múl­ti­ples haza­ñas, siem­pre en soli­ta­rio, pero que ante una ines­pe­ra­da mul­ta de trá­fi­co o una for­za­da inmer­sión, con flo­ta­dor, en alta mar se que­da sin habla, se rubo­ri­za cual pimien­to morrón y lo vemos muy aco­qui­na­do por­que la reali­dad le ha escu­pi­do a la cara una care­ta saca­da del túnel de los horro­res. Enton­ces, su voz se con­ge­la como el alien­to en pleno invierno y su cora­zón late como un sono­ro tam­bor en medio de una des­co­mu­nal tor­men­ta.

OBITUARIO

Hace cosa de pocas sema­nas reci­bí un correo elec­tró­ni­co con un encar­go cla­ro y diá­fano: escri­bir, para una revis­ta de difu­sión cul­tu­ral, el obi­tua­rio de José María Máiz Togo­res. Y yo, que sólo entien­do de ense­ñan­za, libros y poco más, lle­vo des­de enton­ces sin ape­nas dor­mir, pues tal cir­cuns­tan­cia, creo, supera mis posi­bi­li­da­des. Sé que José María era un buen hom­bre. Pero de ahí a escri­bir un obi­tua­rio va un abis­mo. Ante tal tur­ba­do­ra situa­ción me puse inme­dia­ta­men­te a bus­car infor­ma­ción para poder sol­ven­tar dicho com­pro­mi­so. Así es como encon­tré en inter­net una serie de car­tas escri­tas a una mujer de nom­bre des­co­no­ci­do por el falle­ci­do.

Pero man­ten­ga­mos un rigu­ro­so orden y deje­mos eso para lue­go. Aho­ra toca su face­ta labo­ral. José María tam­bién tenía como pro­fe­sión la ense­ñan­za. Era un voca­cio­nal pro­fe­sor de Len­gua y Lite­ra­tu­ra espa­ño­las y Lite­ra­tu­ra uni­ver­sal en un cen­tro de Madrid. Lle­va­ba muchos años en él y se había labra­do cier­to pres­ti­gio que no había varia­do en abso­lu­to su carác­ter bona­chón y afa­ble, aun­que algo cas­ca­rra­bias.

Era un hom­bre tími­do, reser­va­do y cier­ta­men­te apa­ci­ble. Un tan­to asus­ta­di­zo ante la enfer­me­dad, como todos los hom­bres, diría una bue­na ami­ga. De apa­rien­cia sere­na y tran­qui­la, por den­tro era un autén­ti­co ciclón. Algu­nos de sus «enemi­gos», que los tenía, decían de él que era pusi­lá­ni­me, blan­den­gue y timo­ra­to. No supo resol­ver muchos de los pro­ble­mas que se le fue­ron plan­tean­do a lo lar­go de su vida. Eso decían sus difa­ma­do­res post mor­tem. Los deja­ba estar, para que por sí solos des­apa­re­cie­ran. Hecho este que lo con­vir­tió en más de una oca­sión en el blan­co de las crí­ti­cas de sus «que­ri­dos com­pa­ñe­ros». Otros, los bue­nos ami­gos, esos que se man­tie­nen fie­les en cual­quier tran­ce de la vida de uno, me con­ta­ron dete­ni­da­men­te las incon­ta­bles cua­li­da­des que mani­fes­tó en vida. La prin­ci­pal, coin­ci­die­ron la mayo­ría, jun­to a una pro­ver­bial edu­ca­ción, era que sabía escu­char, que tenía un tem­ple para aten­der las penu­rias aje­nas sin mos­trar impa­cien­cia o har­taz­go. Era poco tal con­di­ción.

Ade­más, siem­pre tenía una bue­na pala­bra para un mal momen­to. Solo con ver­lo por los pasi­llos del cole­gio era como un bál­sa­mo del espí­ri­tu. Sí, el de fie­ra­brás, apos­ti­lló un ace­ra­do com­pa­ñe­ro que esta­ba bas­tan­te har­to de tan­to opu­len­to elo­gio. Era frío y gla­cial en algu­nas oca­sio­nes. En una oca­sión, a una com­pa­ñe­ra, don­de todo el mun­do espe­ra­ba unas pala­bras de afec­to y cari­ño solo mani­fes­tó un ges­to asép­ti­co y de muy ate­ri­da cor­dia­li­dad. Eso es fal­so, y el autor de dichas pala­bras lo sabe muy bien. Él lo úni­co que hizo fue espe­rar a estar a solas para poder expre­sar en la inti­mi­dad todo ese cau­dal de sim­pa­tía y esti­ma que sen­tía por esa per­so­na. Creo que si entra­mos en un tira y aflo­ja a la hora de hablar de José María mal vamos. Lo dicho ya es más que sufi­cien­te.

Toca cam­bio de ter­cio. Según muchas voces, lo que más lla­mó la aten­ción en vida fue su nula dis­po­si­ción a hablar de su vida pri­va­da. Por eso me sor­pren­dí tan­to al des­cu­brir unas car­tas tan per­so­na­les. He esta­do noches y noches leyen­do las dife­ren­tes entra­das que hacen refe­ren­cia a sus viven­cias amo­ro­sas y no he deja­do de asom­brar­me con la pro­li­fe­ra­ción de deta­lles tan ínti­mos. He lle­ga­do a pen­sar en un des­do­bla­mien­to de per­so­na­li­dad, en la recrea­ción de un per­so­na­je por par­te de él para de ese modo vol­car todas las inti­mi­da­des que le ator­men­ta­ban. Es lo que más me impor­ta en estos momen­tos. Es lo que quie­ro acla­rar por enci­ma de todo.

No sabes, ami­go lec­tor, lo que he bus­ca­do a esa des­co­no­ci­da ami­ga que tan­to le hizo gozar y sufrir en vida. He lle­ga­do a poner innu­me­ra­bles anun­cios en las prin­ci­pa­les cabe­ce­ras de este país para ver si, al leer el perió­di­co, esta mujer deci­día hacer­se visi­ble. Esfuer­zo vano… ¡Pues vaya obi­tua­rio enton­ces! Sí, tie­nes razón… Es un resu­men bio­grá­fi­co incon­clu­so. Déja­me ter­mi­nar. Esfuer­zo vano… has­ta hace tres días exac­ta­men­te.

El miér­co­les a eso de las diez de la noche reci­bí una sms que me alte­ró de tal mane­ra que me fue impo­si­ble con­ci­liar el sue­ño. «Soy la mujer que estás bus­can­do. Cuan­do quie­ras toma­mos un café y habla­mos». En un des­con­fia­do inter­cam­bio de men­sa­jes, pues yo esta­ba teme­ro­so de que salie­ra huyen­do con un des­pia­da­do mutis por el foro, con­se­gui­mos acor­dar una entre­vis­ta en un vie­jo café de Bil­bao. Cuan­do lle­gué a él, pre­ci­pi­ta­do y ansio­so, ella aún no esta­ba. Me sen­té a una mesa que me pare­ció ade­cua­da por estar un poco apar­ta­da del res­to. Pedí una con­su­mi­ción y un cama­re­ro con cier­to aire de ins­pec­tor tras­no­cha­do me la sir­vió tras pre­gun­tar­me si iba a estar solo. No enten­dí ese inte­rés, pero le con­tes­té des­ga­na­do que esta­ba espe­ran­do a una per­so­na. Pues ten­drá que espe­rar­la bas­tan­te tiem­po, me res­pon­dió des­pués de mirar su reloj. La mujer que se sien­ta a esta mesa no lle­ga has­ta las ocho de la tar­de. Ató­ni­to y estu­pe­fac­to me dis­pu­se a leer el libro que me aca­ba­ba de com­prar. Incom­pren­si­ble­men­te esta­ba hacien­do caso a la suge­ren­cia del cama­re­ro. Ya imbui­do en la lec­tu­ra del poe­ma­rio adqui­ri­do, no pres­té la más míni­ma aten­ción a mi entorno has­ta que una voz feme­ni­na sonó a mi lado.

―Hola, bue­nas tar­des, per­do­na el retra­so, pero es que un encar­go de últi­ma hora no me ha per­mi­ti­do salir antes del tra­ba­jo.

Se acer­có a mí, me dio dos besos y un sen­sual per­fu­me inva­dió todo mi espa­cio. Inme­dia­ta­men­te se sen­tó en la silla que la espe­ra­ba jun­to a mí des­de hace bas­tan­tes minu­tos. Había muy poco espa­cio en el des­tar­ta­la­do café, pero fue capaz de qui­tar­se el abri­go con una ele­gan­cia y una dili­gen­cia espec­ta­cu­la­res. Lle­va­ba una blu­sa blan­ca ceñi­da y esco­ta­da lo jus­to para mar­car una «toda­vía» muy atrac­ti­va figu­ra. La fal­da, negra, deja­ba a la vis­ta un par de pier­nas con­tor­nea­das y puli­das a cin­cel grie­go en un gim­na­sio. Ter­mi­na­ban en unos zapa­tos negros que deja­ban dedu­cir la nece­si­dad de estar cómo­da en un día de tra­ba­jo.

Tras hacer un ges­to de asen­ti­mien­to al cama­re­ro ─se nota­ba cier­ta fami­lia­ri­dad─ colo­có su bol­so en la ter­ce­ra silla que mira­ba impa­si­ble la situa­ción. Me cogió, airo­sa y deli­ca­da, el libro que esta­ba leyen­do, me miró a los ojos ─leí en ellos: otro loco de la poe­sía─ y me sol­tó a la cara: yo soy la mujer de las car­tas de José María. (A la som­bra del ver­bo) (1995–2025)

LA MATANZA

Entré en silen­cio, como quien pisa un tem­plo. La pie­dra de la Casa da Matan­za me reci­bió fría, pero dig­na, como si guar­da­ra siglos de pala­bras no dichas. No era una casa cual­quie­ra. Era el últi­mo refu­gio de Rosa­lía. Aquí vivió, aquí soñó, aquí sufrió, aquí murió.

El aire tenía un peso dis­tin­to. No era solo la hume­dad de Padrón, era memo­ria. Cada rin­cón mur­mu­ra­ba ver­sos, cada som­bra pare­cía guar­dar un tro­zo de alma. Pasé la mano por una pared y sen­tí un estre­me­ci­mien­to. Pen­sar que ella, con su voz de fue­go y bru­ma, tal vez apo­yó esa mis­ma mano en ese mis­mo lugar.

En la coci­na, ima­gi­né el olor del cal­do, los pasos que­dos, los ojos can­sa­dos. En la sala, el silen­cio era tan pro­fun­do que pare­cía que la casa res­pi­ra­ba. Y en el cuar­to don­de murió… allí el tiem­po se detu­vo. No fui capaz de entrar de gol­pe. Tuve que pedir per­mi­so, como si la pro­pia Rosa­lía aún estu­vie­ra allí, ten­di­da, miran­do hacia fue­ra, escu­chan­do el río Sar.

Las lágri­mas me vinie­ron sin avi­so. No eran de tris­te­za, eran de reve­ren­cia. Por­que allí, entre aque­llas pare­des humil­des, nació una eter­ni­dad. Por­que Rosa­lía no murió en A Matan­za: echó raí­ces. Y hoy, al pisar esa tie­rra, sen­tí que yo tam­bién era par­te de ese poe­ma infi­ni­to.

Para tocar la cama en la que murió pedí per­mi­so. No en voz alta, sino con el cora­zón enco­gi­do, como quien se acer­ca a un altar don­de repo­sa el mis­te­rio. Me acer­qué des­pa­cio, sin­tien­do que cada paso era una con­fe­sión. Aque­lla cama, humil­de y sagra­da, guar­da­ba el últi­mo sus­pi­ro de una mujer que fue voz de todo un pue­blo. La miré como se mira una heri­da abier­ta en el tiem­po, y sen­tí que algo den­tro de mí se que­bra­ba y se hacía luz. No era solo la muer­te lo que allí se recor­da­ba, era la dig­ni­dad de vivir con ver­dad, de escri­bir con entra­ñas, de amar la tie­rra has­ta el últi­mo alien­to.

En aquel cuar­to don­de la muer­te se posó con manos sua­ves, ella pidió que le abrie­ran la ven­ta­na. Que­ría ver el mar. No el mar físi­co, que en Padrón no se ve, sino ese mar que lle­va­ba den­tro, hecho de recuer­dos, sau­da­des y ver­sos. Fue su últi­mo deseo: que entra­ra la luz, que el aire le tra­je­ra ecos de liber­tad, que la vida se aso­ma­ra una vez más antes de par­tir.

Salí de la estan­cia sin mirar atrás, por­que sabía que aque­lla ima­gen que­da­ría con­mi­go para siem­pre.

Des­de enton­ces, en esa cama don­de Rosa­lía cerró los ojos por últi­ma vez, se colo­ca una rosa de Getse­ma­ní. No es solo una flor. Es sím­bo­lo de lucha, de dolor, de belle­za que resis­te. Es la memo­ria viva de una mujer que hizo de la pala­bra un acto de amor y rebel­día. La rosa per­ma­ne­ce, como per­ma­ne­ce ella, entre noso­tros, en la tie­rra, en el idio­ma, en el lati­do.

Y yo, fren­te a esa cama, fren­te a esa rosa, sen­tí que el tiem­po se dete­nía. Que el mar, ese mar que ella bus­ca­ba, esta­ba allí, den­tro de mí.

Salí de la casa sin hablar. Solo miré hacia atrás, y la casa me pare­ció son­reír­me, como quien sabe que ha sido com­pren­di­da. (Nie­blas y lem­bran­zas) (1995–2025)

TU PIEL

Tu piel fue la pri­me­ra geo­gra­fía que apren­dí a leer sin mapas. No tenía fron­te­ras, solo ondu­la­cio­nes sua­ves, como el des­per­tar de mi niñez al ama­ne­cer. Era piel de nie­bla y de fue­go, piel que guar­da­ba la sal de las lágri­mas que nun­ca llo­ré, piel que sabía a hier­ba moja­da y a pan de maíz recién coci­do.

Cuan­do te acer­ca­bas, el tiem­po te hacía reve­ren­cias. Las horas deja­ban de con­tar, y los días se con­ver­tían en can­cio­nes sin letra. Tu piel me habla­ba sin pala­bras, con una til­de que solo enten­dían quie­nes sue­ñan con las manos.

Era piel de fies­ta y de luto, de rome­ría y de invierno. Piel que sabía espe­rar sin pedir nada.

Aho­ra que eres recuer­do y vien­to, sigo bus­can­do el aro­ma de tu piel en las pági­nas de los libros vie­jos, en las pie­dras calien­tes del medio­día, en las voces que se cru­zan en la memo­ria. Y a veces, cuan­do el sol se recli­na sobre el mar, creo sen­tir­la otra vez: esa piel que fue casa, que fue refu­gio, que fue poe­ma antes de que yo supie­ra escri­bir. (Ver­sos que no dije en voz alta) (1995–2025)

POSTAL LABREGA

Ten­go delan­te de mí un rin­cón del mun­do que se des­ha­ce en ver­de como aman­te des­nu­da, como si el mar, har­to de sal, deci­die­ra acos­tar­se sobre la hier­ba y dor­mir en ella.

Una espi­ga dora­da se alza, muy que­do y con orgu­llo, con el ful­gor del oro vie­jo que no nece­si­ta pre­su­mir: sabe que bri­lla, y pun­to.

Y el pája­ro —ese pája­ro irre­ve­ren­te, ter­co como un vie­jo en la taber­na— can­ta como quien cono­ce peca­dos que no pue­den callar­se, como si el vien­to fue­ra cóm­pli­ce y el mun­do, con­fe­sio­na­rio de bebe­do­res.

De repen­te, sin avi­so ni dis­cul­pa, la voz tar­día y heri­da de un carro de bue­yes me atra­vie­sa el alma meca­ni­za­da de hoy.

No sé si vie­ne del aire, de la tie­rra o de un recuer­do escon­di­do entre las cos­ti­llas.

Pero me sacu­de por den­tro, como si un vol­cán nacie­ra en mi pecho, no para arra­sar, sino para des­nu­dar­se y decir: «Aquí estoy, cara­jo, y ven­go a con­tar­te la ver­dad». (Nie­blas y lem­bran­zas) (1995–2025)

CAPÍTULO IV DE ‘PEITO DE BRONCE’.- LA FLAUTA QUE HIZO DE NIÑO

De niño y ado­les­cen­te, nues­tro pro­ta­go­nis­ta era muy afi­cio­na­do a la músi­ca.
—La músi­ca te abre las puer­tas del cie­lo y nos sumer­ge en él por com­ple­to —decía Manuel cuan­do le pre­gun­ta­ban por la razón de su fas­ci­na­ción.

Siem­pre que había algún even­to musi­cal, allí esta­ba él. Llo­vie­se o hicie­se un frío del cara­llo, nun­ca fal­ta­ba Pei­to de Bron­ce, aun­que se le pusie­ran la cara y las manos entu­me­ci­das.

Su amor por este arte libe­ral le oca­sio­nó más de un dis­gus­to con su novia.
—Mujer, la músi­ca recom­po­ne mi espí­ri­tu des­he­cho.

Ella, Car­mi­ña a Taram­bo­lla, mos­tra­ba muchos celos cuan­do en las rome­rías él dedi­ca­ba más tiem­po a escu­char la pie­za musi­cal que toca­ban en ese momen­to que a dis­fru­tar de su cáli­da com­pa­ñía.

—Voy a tener que poner­le unas velas a la Vir­gen de la Can­de­la­ria, a ver si me haces caso, ¡cara­llo! —decía mien­tras se ale­ja­ba de él vio­len­ta­men­te. Él corría detrás de ella para jus­ti­fi­car­se.

—Mulle­ri­ña, ya sabes cuán­to me gus­ta la músi­ca. Si me quie­res de ver­dad, ¡no me hagas ele­gir! —le repli­ca­ba con cier­ta pena.

El berrin­che de Muchi­ña, como él la lla­ma­ba, en el fon­do, qui­zás tenía un poqui­to de razón.

Para recon­ci­liar­se, él la toma­ba por la cin­tu­ra y, con el gar­bo de un con­quis­ta­dor astu­to, le can­ta­ba al oído:

Boni­ti­ña, bai­la­de comi­go, /  a gai­ta xa soa, ven bai­lar un rati­ño. / Ten­go en una mano una cun­ca de viño, / con la otra te toma­ré por el cin­ti­ño.

Los besos de Manuel que acom­pa­ña­ban a los ver­sos mani­fes­ta­ban una pasión mayor, y ella reía y se deja­ba que­rer.

Mano­le­cho, de peque­ño, ya empe­za­ba a mos­trar gran des­tre­za con las manos. A los nue­ve años se pro­cu­ró una bue­na caña en la ribe­ra de la Con­do­mi­ña para fabri­car­se una flau­ta. Pasa­ba horas y horas tum­ba­do en el tron­co de una higue­ra del huer­to tra­ba­jan­do la caña con una nava­ja que había com­pra­do a escon­di­das en una feria. Los ami­gos decían que el soni­do que emi­tía la flau­ta ena­mo­ra­ba a todas las chi­cas de la escue­la.

—Es su for­ma de hablar —decía el padre en un tono que no se sabía si era de elo­gio o de ver­güen­za.

La maes­tra, para poner un ejem­plo en for­ma de metá­fo­ra, dijo un día:
—El soni­do de la flau­ta de Bali­ño es el trino de un pája­ro en una maña­na de pri­ma­ve­ra. La músi­ca hay que escu­char­la y… ver­la.

A esta maes­tra los niños la lla­ma­ban a escon­di­das Cara de pata­ca, pues decían que a pri­me­ra vis­ta se pare­cía mucho a una cas­ta­ña de tie­rra. Por otro lado, decían, qui­zás com­pen­san­do el insul­to, que era muy sim­pá­ti­ca y tenía muy bue­na mano para ense­ñar.

—Tie­ne muchí­si­ma pacien­cia y expli­ca muy bien la tabla de mul­ti­pli­car.

Y la flau­ta fue cayen­do en el olvi­do. En la eta­pa de la juven­tud siem­pre se tie­ne ver­güen­za de las cosas que se hacen de niño o ado­les­cen­te.

La guar­dó en el cajón de la mesi­ta de noche y allí dur­mió varios años. Has­ta que un día supo que a Muchi­ña, al cum­plir los vein­te años, el rega­lo que más le gus­ta­ba era que le toca­ran cier­ta can­ción al pie de la ven­ta­na de su cuar­to.
—Esta es la mía —dijo. Y allí iba casi todas las tar­des, al atar­de­cer, a la casa de los padres de Car­men, a tocar­le con la flau­ta ese dul­ce y secre­to can­tar. Que­ría ena­mo­rar a Muchi­ña, pues esa chi­ca no salía de su pen­sa­mien­to. Lo tenía com­ple­ta­men­te loco.

—El amor no tie­ne vaca­cio­nes —les decía a los ami­gos—. Como no espa­bi­léis, no os vais a ena­mo­rar has­ta que deje de llo­ver en San­tia­go.

Por eso, las ami­gas de la cor­te­ja­da le can­ta­ban con cier­ta mali­cia al pre­ten­dien­te:

Ay, Manue­li­ño, Manuel, / Manuel, el de la calle alta, / todas las chi­cas bien te quie­ren / por cómo les tocas la flau­ta.

Él calla­ba siem­pre y son­reía píca­ra­men­te, como un pillo astu­to.
La músi­ca de Manuel deja­ba a Car­mi­ña sin excu­sas y se entre­ga­ba a él con pasión abso­lu­ta.

—Estás loca por él y debes tener cui­da­do, Muchi­ña, mucho cui­da­do —le decían las ami­gas empa­pa­das de envi­dia. (Pei­to de Bron­ce) (2002)

GALICIA VERDE

Res­pi­ro fres­cu­ra. Sien­to bru­ma. Piso mus­go. Con­tem­plo bos­ques. Escu­cho arro­yos. Toco hojas. Sabo­reo llo­viz­na. Reco­rro sen­de­ros. Des­cu­bro mati­ces. Abra­zo la natu­ra­le­za. Vibro en colo­res. Reci­bo tu cal­ma. Tran­si­to mis­te­rios. Aco­jo silen­cios. Cru­zo valles. Bebo luz. Agra­dez­co la vida. Encuen­tro paz. Cele­bro la exis­ten­cia. Hon­ro mis raí­ces. Amo la tie­rra.

Me acom­pa­ña el mur­mu­llo del vien­to entre abe­du­les, lle­van­do recuer­dos que nun­ca dije en voz alta. Me aca­ri­cia la som­bra de los cas­ta­ños, que me ofre­cen refu­gio cuan­do el mun­do pesa dema­sia­do. Me arro­pan los cam­pos moja­dos, don­de cada pie­dra cuen­ta his­to­rias que solo la llu­via entien­de. Y mien­tras camino, dejo que el ver­de me atra­vie­se, como si hubie­ra sido par­te de mí des­de siem­pre. (Nie­blas y lem­bran­zas) (1995–2025)

LA REINA DE GALICIA

La Rei­na de Gali­cia es una figu­ra ima­gi­na­da, naci­da del deseo de que nues­tra tie­rra tam­bién tuvie­ra su sobe­ra­na, su voz feme­ni­na en la his­to­ria medie­val. No apa­re­ce en los códi­ces ni en las cró­ni­cas de los rei­nos, pero su som­bra reco­rre los cami­nos de pie­dra y los valles húme­dos, como si aún vela­ra por el alma de un país que nun­ca dejó de resis­tir.

Se dice que gober­nó des­de una for­ta­le­za entre los mon­tes de A Maía, cuan­do los seño­ríos se dispu­taban el poder y la fe se entre­la­za­ba con la supers­ti­ción. Era paga­na, sí, pero no igno­ran­te: cono­cía los ciclos de la luna, el len­gua­je de las fuen­tes, el silen­cio de los robles. Su auto­ri­dad no venía de la espa­da, sino de la pala­bra, del res­pe­to que impo­nía su mira­da y del mis­te­rio que la rodea­ba.

Cuan­do lle­ga­ron a sus tie­rras emi­sa­rios del nue­vo cre­do, no los recha­zó con vio­len­cia, pero tam­po­co se rin­dió sin más. Los puso a prue­ba, como quien mide la ver­dad no por los dog­mas, sino por los actos. Les habló de un mon­te don­de habi­ta­ba una cria­tu­ra anti­gua, y les pidió que fue­ran allí a bus­car los bue­yes que nece­si­ta­ban para su misión. Sabía que quien no teme al dra­gón, mere­ce la con­fian­za del pue­blo.

La leyen­da cuen­ta que los emi­sa­rios regre­sa­ron con los bue­yes man­sos y el dra­gón ven­ci­do, no por la fuer­za, sino por la fe. Y ella, tes­ti­go de aquel pro­di­gio, com­pren­dió que algo nue­vo nacía. No se con­vir­tió por mie­do, sino por reve­la­ción. Cedió sus tie­rras para levan­tar un san­tua­rio, y con ello selló un pac­to entre lo anti­guo y lo nue­vo, entre la Gali­cia de los mitos y la de los cami­nos.

Esta rei­na no es solo una inven­ción: es sím­bo­lo de la Gali­cia pro­fun­da, la que duda antes de creer, pero que sabe reco­no­cer el mila­gro cuan­do lo ve. Su figu­ra encar­na la sabi­du­ría de las mei­gas, la dig­ni­dad de las seño­ras feu­da­les, la fuer­za de las muje­res que sos­tie­nen la his­to­ria des­de los már­ge­nes.

Su nom­bre se ha per­di­do, pero su espí­ri­tu vive en los mon­tes, en los cas­tros, en las leyen­das que aún se cuen­tan al calor del larei­ra. Por­que a veces, la ver­dad de un pue­blo no está en los archi­vos, sino en la memo­ria que resis­te. Y esta rei­na, aun­que nun­ca exis­tie­ra, sigue rei­nan­do en el cora­zón de Gali­cia. (Nie­blas y lem­bran­zas) (1995–2025)

SUDOR

Es el mayor emé­ti­co del verano en Madrid. En mi dor­mi­to­rio a las 12 de la noche, 32 gra­dos cen­tí­gra­dos. No exa­ge­ro. Me doy asco. Sí. No me pue­do callar. No te pue­des ima­gi­nar la dosis de aver­sión que se con­cen­tra en mi náu­sea. Des­de hace varios meses no hay nano­se­gun­do en el cual no impreg­ne mi ropa de una hume­dad emul­sio­na­da féti­da­men­te por mis glán­du­las sudo­rí­pa­ras. Me da una arca­da inter­mi­na­ble cada vez que sien­to mi cuer­po empa­pa­do de esa pes­tí­fe­ra des­com­po­si­ción del sudor.

GALICIA Y EL TEATRO

Me dicen que estoy obse­sio­na­do con Gali­cia, que no sé hablar de otra cosa y que debía variar mi reper­to­rio: es como un cal­ce­tín usa­do mil veces, que está des­hi­la­cha­do y de color arco iris por­que ya no se sabe cuál es su color ori­gi­nal. Pero yo sigo ponién­do­me­lo, ya que se amol­da muy bien a mis pies y me pro­te­ge de enso­ña­cio­nes tur­bu­len­tas. No quie­ro «pesa­de­los» (pesa­di­llas) que me revuel­quen en un con­te­ne­dor de dese­chos huma­nos.

Es polé­mi­ca mi fra­se en for­ma de máxi­ma: no hace fal­ta estar en Gali­cia para sen­tir­la. Des­de la dis­tan­cia se dejan de per­ci­bir deter­mi­na­das cir­cuns­tan­cias que son pila­res eco­nó­mi­cos o socia­les de una tras­cen­den­cia vital. Es cier­to.

La Gali­cia que se ve des­de Madrid cae en cier­tos tópi­cos que moles­tan mucho a los que resi­den en la tie­rra de Breo­gán. Hace unos días leí en un blog que Gali­cia se per­ci­be tam­bién en cómo salu­das, en cómo con­ver­sas, en cómo coci­nas, en cómo socia­li­zas, en cómo entien­des el tiem­po: sin pri­sas, sin rui­do, con res­pe­to.

Madrid es un reloj sin mane­ci­llas, don­de cada calle mar­ca su pro­pio rit­mo y cada semá­fo­ro es ape­nas una pau­sa en la vorá­gi­ne del movi­mien­to que es impo­si­ble refre­nar. Es como un cora­zón urbano con un Hol­ter que late ace­le­ra­da­men­te, bom­bean­do his­to­rias. Los encuen­tros y las des­pe­di­das por sus arte­rias de asfal­to con­vi­ven en cin­co segun­dos de tiem­po. La vida aquí no cami­na: tro­ta, zig­za­guea, se atro­pe­lla con­si­go mis­ma, como si el tiem­po estu­vie­ra siem­pre a pun­to de esca­par­se por la Puer­ta del Sol. Y yo cada vez aguan­to menos este tor­be­llino de obs­ce­nas pri­sas.

En Madrid no hay acen­to galle­go pro­pio, no. Pero el galle­go apa­re­ce cuan­do menos lo espe­ras, con lo cual te das cuen­ta de que los galle­gos nos apro­pia­mos de peque­ños espa­cios madri­le­ños en los cua­les no se exclu­ye a nadie. Es pedir «pul­po á fei­ra», aun­que estés en la calle más cas­ti­za de Madrid y te lo sir­ven con una son­ri­sa y te pre­gun­tan sin acri­tud si en algo se pare­ce al de O Car­ba­lli­ño. Es saber que la llu­via no moles­ta, solo acom­pa­ña. Aquí es muy nor­mal que la gen­te pro­tes­te cuan­do llue­ve dos días segui­dos y se encie­rre en casa. El galle­go, no; sales, dis­fru­tas del agua que se cue­la por los luga­res más recón­di­tos del que pasea por la calle. Y no pro­tes­tas. La ben­di­ces.

Ser galle­go hoy es lle­var tus raí­ces con natu­ra­li­dad. No hace fal­ta poner­se épi­co. Bas­ta con saber que vie­nes de una tie­rra que no pre­su­me, pero que deja hue­lla. Y sí, a veces te entra morri­ña y se aco­mo­da en tu inte­rior. Pero tam­bién te entra orgu­llo. Por­que Gali­cia no es solo pasa­do. Es pre­sen­te. Y futu­ro.

Revi­san­do car­pe­tas de mi orde­na­dor, encon­tré este tex­to titu­la­do «tea­tro». Tenía una ano­ta­ción en la cabe­ce­ra: escri­to en el hotel Pere­grino de San­tia­go de Com­pos­te­la entre los días 27 y 30 de julio de 2013. Lo hice con­ven­ci­do de par­ti­ci­par en un con­cur­so lite­ra­rio que un gru­po de galle­gos con­vo­có en la comu­ni­dad valen­cia­na. Exi­gían una esce­na tea­tral en la que se remar­ca­ran las carac­te­rís­ti­cas galle­gas. Y como ten­go arran­que de caba­llo (ener­gía, velo­ci­dad y moti­va­ción) y para­da de burro (abrup­ta y sin áni­mo de reini­ciar el camino) se que­dó dor­mi­do en una car­pe­ta del orde­na­dor. Inge­nuo de mí, no par­ti­ci­pé por­que, como en otras muchas oca­sio­nes, me lo recha­za­rían por «defec­to de for­ma».

La he repes­ca­do y la he rehe­cho siguien­do la este­la de Alfon­so Gue­rra cuan­do dijo en un mitin de los años ochen­ta que «si gana­mos, a Espa­ña no la va a reco­no­cer ni la madre que la parió». Las ilus­tra­cio­nes son actua­les.

LA ESCENA ES LA SIGUIENTE

Esce­na úni­ca: «Morri­ña, Pul­po y Boca­ta».

Per­so­na­jes:

  • Mano­lo: galle­go orgu­llo­so, unos 40 años, poé­ti­co y aman­te del rural.
  • Luis: madri­le­ño sar­cás­ti­co, 35 años, urba­ni­ta y algo chu­lo.
  • Car­men: sevi­lla­na con arte, 38 años, obser­va­do­ra, pun­zan­te y con mar­ca­do acen­to anda­luz.
  • Abue­la Maru­xa: abue­la galle­ga de Mano­lo, sabia, con­ven­ci­da de su ori­gen, fir­me y con retran­ca.
  • Gre­ta: turis­ta ale­ma­na, 30 años, con­fun­di­da, pero encan­ta­da, habla espa­ñol con acen­to.

Lugar: Terra­za de un bar en un pue­blo cos­te­ro galle­go. Hay nie­bla sua­ve, cañas, pul­po á fei­ra, empa­na­da, y un boca­ta de cala­ma­res que nadie ha pedi­do. Se oyen gavio­tas y una gai­ta leja­na.

(La esce­na comien­za con MANOLO, LUIS y CARMEN sen­ta­dos en la terra­za. MANOLO con­tem­pla la ría con mira­da nos­tál­gi­ca. LUIS se lee con inte­rés la car­ta del bar. CARMEN pide una caña y se que­ja de que no ten­gan Cruz­cam­po.)

MANOLO.-  ¿Veis esa nie­bla? Eso no es nie­bla, eso es Gali­cia res­pi­ran­do. Es como si la tie­rra sus­pi­ra­ra.

LUIS.- ¿Sus­pi­ra­ra? Eso pare­ce el alien­to de una neve­ra rota. ¿No tenéis sol o lo tenéis secues­tra­do?

CARMEN.- Yo pen­sa­ba que la nie­bla era para escon­der a «loh feoh», pero aquí has­ta loh per­ce­beh tie­nen embru­jo y duen­de. Me con­tó un per­ce­bei­ro que loh tra­jo el após­tol San­tia­go de Tie­rra San­ta.

MANOLO.- ¡Los per­ce­bes son joyas del mar! Coger­los pre­sen­ta más difi­cul­ta­des que el logro de una hipo­te­ca en Madrid.

LUIS.- En Madrid no hay per­ce­bes, pero tene­mos unos boca­tas de cala­ma­res de…narices. Y no hay que jugar­se la vida para con­se­guir­los. Eso es pre­his­tó­ri­co. Aquí hace fal­ta que lle­gue la moder­ni­dad.

CARMEN.- Para cala­ma­reh, loh chi­pi­ro­neh de Cai.

MANOLO ¡Boca­ta de cala­ma­res! Eso es pan con goma y ani­llas de lla­ve­ro. Aquí el pul­po se sir­ve en made­ra, con pimen­tón y res­pe­to. La últi­ma vez que me tomé un boca­ta de cala­ma­res tuve que ir a urgen­cias por­que se me des­en­ca­jó la man­dí­bu­la.

CARMEN.- ¿Y con mon­da­dien­teh? Pare­ce que estáh comien­do «sushi rural».

LUIS.- Y el pan… ¿Por qué cru­je tan­to? Duro como una pie­dra. ¿Lo hor­neáis con true­nos? No pue­des hacer con ellos una toma­ti­na por­que te dejan sin ojos y con cien chi­cho­nes.

MANOLO.- Por­que aquí el pan tie­ne carác­ter. No como ese pan madri­le­ño que pare­ce hecho por beca­rios y más blan­do que las gomi­no­las.

(Entra la ABUELA MARUXA con su bol­sa de la com­pra. Se plan­ta fir­me como una esta­tua de sabi­du­ría rural.)

ABUELA MARUXA.- ¿Y este escán­da­lo, cara­llo? ¿Cri­ti­can­do a Gali­cia como si fue­ra una serie de Net­flix? ¡Ver­güen­za debe­ría daros! Eso no lo hacéis en otros luga­res de Espa­ña. ¡¡¡Que non se me poña dian­te!!!

CARMEN.- Todo el mun­do dise que loh anda­lu­seh somoh unoh vagoh y que esta­moh aca­ra­jo­taoh y que somoh unoh chu­pa­char­coh.

LUIS.- Seño­ra Maru­xa, yo solo digo que aquí llue­ve más que en una pelí­cu­la de Almo­dó­var. ¿El fres­co de la noche? ¿La cha­que­ti­ta? ¡Una zama­rra fin­lan­de­sa! Es trai­cio­ne­ro. No es una bri­sa: es una embos­ca­da. Te pro­me­te cal­ma y reco­gi­mien­to, pero al menor des­cui­do te cala has­ta los hue­sos con su hume­dad mile­na­ria, como dicen uste­des.

ABUELA MARUXA.- Es el alien­to del mar dor­mi­do, la cari­cia del río que mur­mu­ra secre­tos a las aldeas. En cam­bio, en Madrid hay tan­to humo que pare­ce que vivís den­tro de una bar­ba­coa. Aquí llue­ve, sí, pero cada gota trae memo­ria.

MANOLO.- ¡Eso es! Aquí la llu­via no moja, aca­ri­cia. Es como un abra­zo húme­do de la abue­la natu­ra­le­za.

CARMEN.- Y el pul­po no ali­men­ta, emo­sio­na. Aun­que yo sigo sin enten­der por qué lo ser­víh en pla­to de made­ra. ¿No tenéih cerá­mi­ca?

ABUELA MARUXA.- La made­ra es noble, como el alma galle­ga. No como esos pla­tos moder­nos que pare­cen ban­de­jas de avión.

(Entra GRETA, la turis­ta ale­ma­na, con mochi­la, mapa arru­ga­do y cara de con­fu­sión. Se acer­ca a la mesa.)

GRETA.- Hola… ¿Esto es… cómo se dice… el Camino de San­tia­go o el camino que hicierrrron los vikin­gos cuan­do des­em­bar­ca­ron en Catoi­ga?

LUIS.- Depen­de. Todo depen­de. Si sigues a Mano­lo, aca­ba­rás en una rome­ría con gai­tas y empa­na­da. Si me sigues a mí, en un bar con regue­tón y gin-tonic.

GRETA.- Yo quie­ro… experrrrien­cia autén­ti­ca. ¿Dón­de está la morrrrri­na? ¿Es una mon­ta­na?

MANOLO.- La morri­ña no se ve, Gre­ta, cara­llo. Se sien­te. Es como echar de menos algo que no sabes que echas de menos.

GRETA.- Ah… como cuan­do no hay cer­ve­za frrría.

ABUELA MARUXA.- ¡Esta rapa­za sí que entien­de! La morri­ña es como el amor: no se expli­ca, se sufre. Y se cura con cal­do y silen­cio.

GRETA.- ¿Cal­do? ¿Es sopa trrris­te?

CARMEN.- No, mujer. Es sopa con alma. Aquí, has­ta el agua tie­ne sen­ti­mien­tos.

LUIS.- Y hume­dad, joder. Mucha hume­dad. Yo me duché esta maña­na y sigo moja­do, pero no por el calor, sino por esta hume­dad que cala has­ta los hue­sos.

GRETA.- ¿Y las mei­gas? ¿Son como brrru­jas o como influen­cers rura­les?

MANOLO.- Las mei­gas son sabias. No vue­lan en esco­ba, pero te leen el alma con una mira­da y un pla­to de gre­los.

ABUELA MARUXA.- Y no se les fal­ta al res­pe­to. Que lue­go pasa lo que pasa: se te estro­pea el coche, se te cae el pelo, y te sale sal en el café.

GRETA.- ¡Qué mági­co todo! En Ale­ma­nia solo tene­mos tra­ba­jo y resul­ta­dos. Aquí tenéis… mis­terrrio y rrro­merrrías.

LUIS.- Y hume­dad. No lo olvi­des.

CARMEN.- Y pul­po. Que es como el jamón del mar.

MANOLO.- Y silen­cio. Aquí el silen­cio no es vacío, es con­ver­sa­ción con la tie­rra.

GRETA.- Yo quierrro que­dar­me. ¿Hay cur­sos de morrrrri­na inten­si­va?

ABUELA MARUXA.- No hace fal­ta cur­so. Qué­da­te unos días, come bien, escu­cha el vien­to, y ya verás cómo te entra sola.

(Todos ríen. Sue­na una gai­ta leja­na. La nie­bla se espe­sa. GRETA se emo­cio­na sin saber por qué. MARUXA repar­te empa­na­da. LUIS se rin­de y come pul­po. CARMEN pide otra caña. MANOLO son­ríe como si Gali­cia le gui­ña­ra un ojo.)

MANOLO.- Gali­cia no se expli­ca. Gali­cia se vive. Y si no lo entien­des, es que aún no te ha mor­di­do el alma.

GRETA.- Creo que ya me ha mor­di­do… y me ha gus­ta­do.

ABUELA MARUXA Xa cho dixen, mulle­ri­ña, xa cho dixen. (Ya te lo dije, mujer, ya te lo dije).

(Telón.)

 

 

 

 

CAPÍTULO VII DE ‘HATROZ’.- EL DESEO

Rafo pasó unos años oscu­ros y un tan­to des­con­tro­la­dos. Él no me quie­re decir con exac­ti­tud los años en los que per­dió el nor­te y se sumer­gió en un carru­sel de bares noc­tur­nos de míni­ma cate­go­ría. Él, que siem­pre se ha esme­ra­do en apa­ren­tar una esté­ti­ca ele­gan­te y cui­da­da, duran­te esos años encon­tró una serie de pubs en los que las noches eran anár­qui­cas y des­me­su­ra­das en todo momen­to.

El aire en el club es un den­so cóc­tel de humo, sudor y per­fu­me bara­to, pero Rafo solo per­ci­bía la pre­sen­cia de Sole­dad. La había vis­to días antes, pero nun­ca se había atre­vi­do a diri­gir­se a ella.

Está al otro lado de la pis­ta, per­fi­la una silue­ta que se mue­ve con la músi­ca, su ves­ti­do rojo es una segun­da piel que pro­me­te más de lo que cubre. Rafo, se sor­pren­de como si hubie­ra inter­ce­di­do Zeus, por­que acep­ta su invi­ta­ción en for­ma de gui­ño de ojo pro­lon­ga­do. Se auto­en­ga­ña y se jus­ti­fi­ca a sí mis­mo dicien­do que es por pura curio­si­dad. Pero aho­ra, vién­do­la más cer­ca, el huro­neo se trans­for­ma en algo más vis­ce­ral. Su figu­ra volup­tuo­sa se real­za con un ele­gan­te tra­je rojo enta­lla­do que abra­za sus cur­vas con pre­ci­sión y con­fian­za. El esco­te sutil insi­núa sin exa­ge­rar, mien­tras que la tela sati­na­da res­plan­de­ce bajo la luz, reve­lan­do un equi­li­brio entre vul­ga­ri­dad y sen­sua­li­dad. Ese esco­te del tra­je es pro­nun­cia­do pero cui­da­do, mos­tran­do lo jus­to con una cla­se cha­ba­ca­na y tos­ca. Las man­gas ajus­ta­das enmar­can sus bra­zos fir­mes, mien­tras que la cin­tu­ra enta­lla­da resal­ta la for­ma de reloj de are­na que defi­ne su figu­ra. El ves­ti­do, de caí­da rec­ta has­ta la rodi­lla o qui­zá con una lige­ra aber­tu­ra late­ral, sugie­re movi­mien­to con cada paso que da, dejan­do entre­ver unas pier­nas tor­nea­das que se ele­van sobre unos taco­nes altos, des­gas­ta­dos y afi­la­dos.

Su cabe­llo cae en cas­ca­da, lar­go y ondu­la­do, oscu­ro como la noche o qui­zás teñi­do en tonos cao­ba que bri­llan bajo la luz. Se mue­ve con una mez­cla de poder y sen­sua­li­dad que no nece­si­ta exa­ge­ra­ción: bas­ta su andar fir­me, el vai­vén sutil de sus rudas cade­ras, la mira­da segu­ra con la que reco­rre el lugar. Sus ojos, inten­sos y lige­ra­men­te entre­ce­rra­dos, pare­cen ana­li­zar­lo todo, y sus labios, grue­sos y per­fec­ta­men­te deli­nea­dos en rojo pro­fun­do, se cur­van en una son­ri­sa enig­má­ti­ca, car­ga­da de inten­ción.

Su pre­sen­cia impo­ne sin esfuer­zo. No nece­si­ta levan­tar la voz ni hacer ges­tos exa­ge­ra­dos para ser nota­da; de hecho, el silen­cio le sien­ta bien. Don­de ella está, el ambien­te cam­bia: las con­ver­sa­cio­nes bajan de volu­men, las mira­das se des­vían hacia ella, y hay un aire de expec­ta­ción, como si algo impor­tan­te estu­vie­ra a pun­to de ocu­rrir.

Más que bella es pode­ro­sa y con­tun­den­te. Hay una fuer­za inter­na en su for­ma de estar que hace evi­den­te que no bus­ca agra­dar: se vis­te de rojo por­que quie­re, se mues­tra por­que lo eli­ge, y su esti­lo refle­ja una con­fian­za que no se apren­de, se con­quis­ta. Es el tipo de mujer que no se olvi­da fácil­men­te, no por lo que dice, sino por lo que trans­mi­te de impu­di­cia.

Sole­dad se abrió paso entre los cuer­pos. Cada paso, una pro­vo­ca­ción silen­cio­sa. Cuan­do se detu­vo fren­te a Rafo, el espa­cio entre ellos vibró con una elec­tri­ci­dad pal­pa­ble. Su voz, un susu­rro ron­co ape­nas audi­ble sobre el estruen­do de la músi­ca, le lle­gó direc­ta­men­te al oído.

―Rafo, pen­sé que te aco­bar­da­rías. Me he equi­vo­ca­do. Nos vimos el otro día en una situa­ción seme­jan­te y esta­ba con­ven­ci­da de que no que­rías nada con­mi­go.

Una son­ri­sa ladea­da y peli­gro­sa apa­re­ció en el ros­tro de Rafo.

―Nun­ca me sub­es­ti­mes, Sole­dad. Espe­cial­men­te cuan­do hay un desa­fío de por medio. Y menos si el desa­fío eres tú. ¿O ya no te acuer­das cómo te des­pe­dis­te? Hablas­te de un desa­fío. Yo me esca­queé. Estoy arre­pen­ti­do.

Ella sol­tó una risa baja y gutu­ral, un soni­do que se des­li­zó por su piel como el licor.

―Me gus­ta eso. La noche es lar­ga, Rafo. Y mis ganas… insa­cia­bles. Se des­li­zó un poco más cer­ca, su mus­lo rozan­do el suyo a tra­vés de la tela. El calor que ema­na­ba de ella era un fue­go que ame­na­za­ba con con­su­mir­lo.

―¿Y qué tie­nes en men­te, Sole­dad?, pre­gun­tó Rafo, con voz más gra­ve, y una mira­da fija en el leve tem­blor de sus pechos bajo el ves­ti­do.

Sole­dad incli­nó la cabe­za, su cabe­llo oscu­ro y suel­to le rozó el cue­llo, eri­zan­do los vellos de su nuca.

―Lo que te atre­vas a ima­gi­nar. Pero pri­me­ro, un peque­ño jue­go. De su dimi­nu­to bol­so sacó una flor de jaz­mín y, con una len­ti­tud exas­pe­ran­te, la acer­có a la sola­pa de la cha­que­ta de Rafo.

El aro­ma embria­ga­dor del jaz­mín lle­nó el espa­cio entre ellos, mez­clán­do­se con el de su pro­pia piel. Sus dedos, finos y segu­ros, se demo­ra­ron en la sola­pa, la pun­ta de uno de ellos rozan­do ape­nas la tela de su cami­sa, casi tocan­do su pecho. Rafo con­tu­vo el alien­to. La cer­ca­nía era una tor­tu­ra para él por­que su cuer­po no era la de un hom­bre for­ni­do y vigo­ro­so, como espe­ra­ba ella. La inten­si­dad de sus ojos, una invi­ta­ción des­ca­ra­da.

―Estas son las reglas del jue­go, susu­rró ella, con unos ojos anhe­lan­tes de rom­per la dis­tan­cia. No pode­mos tocar­nos con las manos. Solo con la inten­ción. Con la mira­da. Con el deseo que no pode­mos nom­brar. Y vere­mos quién se rom­pe pri­me­ro.

Rafo son­rió, una son­ri­sa len­ta y oscu­ra.

―Me pare­ce un jue­go intere­san­te. Pero te advier­to, Sole­dad, que soy un ani­mal cuan­do me pro­vo­can en… sole­dad.

Ella se echó un poco hacia atrás, sus ojos explo­ran­do cada ras­go de su ros­tro, dete­nién­do­se en sus labios, lue­go en sus ojos.

―Eso lo vere­mos. El pre­mio es… la ren­di­ción total.

La noche avan­zó, y el jue­go se trans­for­mó en una dan­za cruel y exci­tan­te. Sus mira­das se cru­za­ban a tra­vés de la pis­ta de bai­le, se bus­ca­ban en los refle­jos, en las som­bras. Rafo la obser­va­ba y pudo com­pro­bar que cada movi­mien­to de Sole­dad era una afren­ta direc­ta a su auto­con­trol. Ella, por su par­te, le devol­vía la mira­da con una inten­si­dad que pro­me­tía cada fan­ta­sía. El bai­le de Rafo era tos­co, rudi­men­ta­rio y patán.

En un momen­to, cer­ca de la barra, Sole­dad des­li­zó su mano abier­ta por la espal­da de Rafo, a ape­nas un milí­me­tro de su piel, sin lle­gar a tocar­lo. El calor que ema­na­ba de su pal­ma, la pro­me­sa de su tac­to, fue una ago­nía deli­cio­sa. Rafo sin­tió un esca­lo­frío que le eri­zó el cuer­po. Se incli­nó, su alien­to calien­te rozan­do su ore­ja.

―Estás jugan­do con fue­go, Sole­dad.

Ella rio, un soni­do bajo y ron­co, mien­tras la mano aún sus­pen­di­da, pro­lon­ga­ba la tor­tu­ra. ―¿Y tú, Rafo? ¿Estás lis­to para que­mar­te?

La atmós­fe­ra esta­ba hir­vien­do. Cada pala­bra, cada mira­da, cada res­pi­ra­ción se sen­tía como una cari­cia prohi­bi­da. El jue­go de la con­ten­ción se vol­vía más sal­va­je a cada minu­to. La línea entre el deseo puro y la prohi­bi­ción se des­di­bu­ja­ba, deján­do­los a ambos pri­sio­ne­ros de su pro­pio desa­fío.

Los minu­tos se esti­ra­ban como horas, cada uno car­ga­do de una ten­sión casi inso­por­ta­ble. Rafo vio a Sole­dad bai­lar, la tela roja del ves­ti­do ten­sán­do­se con cada giro, reve­lan­do y ocul­tan­do. Sus cade­ras se movían con una caden­cia hip­nó­ti­ca, una invi­ta­ción silen­cio­sa que él sen­tía en cada fibra de su ser. Él la siguió con la mira­da, notan­do cómo su cabe­llo oscu­ro se agi­ta­ba, reve­lan­do la cur­va de su cue­llo, una línea deli­ca­da que él anhe­la­ba explo­rar.

En un ins­tan­te, mien­tras la músi­ca cam­bia­ba a un rit­mo más len­to y sen­sual, Sole­dad se acer­có de nue­vo. Esta vez, se detu­vo tan cer­ca que Rafo pudo sen­tir el calor de su alien­to en su cue­llo. No había espa­cio entre ellos para el aire, solo para la elec­tri­ci­dad cru­da.

―¿Sigues en pie, Rafo?, susu­rró, su voz como una seda enar­de­ci­da y su alien­to cos­qui­llean­do su piel.

Rafo se obli­gó a res­pon­der con una voz que pare­cía un ron­qui­do bajo.

―Aún de pie, Sole­dad. ¿Y tú? Pare­ces… ten­ta­da. Veo que caes tú pri­me­ro.

Una son­ri­sa mali­cio­sa se exten­dió por sus labios.

―Siem­pre. Pero el jue­go es el jue­go.

Sus ojos, oscu­ros y bri­llan­tes, baja­ron por su pecho, demo­rán­do­se en el nudo de su cor­ba­ta, húme­do por el sudor que los inva­día. A Sole­dad le atraía ese aro­ma y la exci­ta­ba ver­le la cami­sa lige­ra­men­te des­abro­cha­da. Se incli­nó un poco más, y Rafo juró que sin­tió la lige­ra pre­sión de su pecho con­tra el suyo, una pre­sión tan sutil que podría haber­la ima­gi­na­do.

Enton­ces, con un movi­mien­to casi imper­cep­ti­ble, Sole­dad des­li­zó su pie. La pun­ta de su zapa­to de tacón rozó el inte­rior del mus­lo de Rafo, jus­to don­de la tela del pan­ta­lón se hacía más del­ga­da. Fue un roce fugaz, un des­te­llo, pero el efec­to fue devas­ta­dor. Un esca­lo­frío le reco­rrió el cuer­po, y su pul­so se ace­le­ró.

Rafo cerró los ojos por un ins­tan­te, sabo­rean­do la prohi­bi­ción y la pro­me­sa de ese con­tac­to. Cuan­do los abrió, Sole­dad lo mira­ba, sus labios cur­va­dos en una son­ri­sa triun­fan­te, sus ojos una chis­pa de picar­día. Ella había roto su pro­pia regla, o al menos la había lle­va­do al lími­te. Y él, Rafo, sin­tió una des­car­ga de adre­na­li­na que lo hizo anhe­lar más y la tocó, calien­te y nada reca­ta­da.

―Tram­po­sa, mur­mu­ró Rafo con una voz ape­nas audi­ble.

Sole­dad se enco­gió de hom­bros, con una expre­sión ino­cen­te y dia­bó­li­ca a la vez.

―Son las reglas del jue­go, Rafo. Quien se rin­de pri­me­ro… pier­de. Se ale­jó un paso, pero la hue­lla de su roce, la pro­me­sa no cum­pli­da, per­ma­ne­cía en el aire entre ellos, den­sa y casi inso­por­ta­ble.

La músi­ca del club pul­sa­ba a su alre­de­dor, pero Rafo solo escu­cha­ba el eco de ese roce, el susu­rro de su voz, la pro­me­sa inau­di­ta de lo que podría venir si el jue­go ter­mi­na­ba. El filo del deseo se había cla­va­do hon­do, y la noche, ape­nas comen­za­ba.

Ella, en el umbral de la puer­ta del club, lo mira­ba ansio­sa y sin ver­güen­za algu­na. Rafo dudó, pero se acer­có a la barra, pagó las con­su­mi­cio­nes y salió camino de la este­la que había deja­do Sole­dad. Por el aro­ma era muy fácil seguir­la.

Al día siguien­te, en el cole­gio, cuan­do lo vie­ron con una cara con unas gigan­tes­cas oje­ras, sus com­pa­ñe­ras le pre­gun­ta­ron reite­ra­das veces por la cau­sa de dichos soca­vo­nes. El, con una ele­gan­cia pro­ver­bial les dijo:

―Ha sido una noche muy per­so­nal. Lo que pasó (o no pasó) no tie­ne nada que ver con el cole­gio. A veces las cosas sim­ple­men­te flu­yen de una mane­ra sor­pren­den­te, y no hay nece­si­dad de hur­gar en ello.

―Pero…¿la cono­ce­mos?

―¿A quién?

Y reco­gió sus libros para seguir con las cla­ses que mar­ca­ba su hora­rio. (Hatroz) (2025)

 

VERSOS SILENTES

Hay ver­sos que viven en la penum­bra de mi gar­gan­ta, como hués­pe­des tími­dos que rehú­yen la luz. No son cobar­des, no. Son ver­sos que apren­die­ron a res­pi­rar en silen­cio, que se tejie­ron con hilos de pudor y de mie­do, con la tin­ta invi­si­ble de lo que nun­ca se atre­vió a ser con­fe­sa­do.

Los escri­bí en már­ge­nes de agen­das olvi­da­das, en ser­vi­lle­tas arru­ga­das, en el vaho de los espe­jos. Algu­nos habla­ban de ti, otros de mí, y los más valien­tes habla­ban de noso­tros, de lo que fui­mos sin ser. Pero nun­ca los pro­nun­cié. Por­que decir­los era invo­car un tem­blor, una grie­ta, una ver­dad que no sabía si que­ría escu­char.

A veces los sien­to agi­tar­se, como pája­ros ence­rra­dos en el pecho. Me piden vue­lo, me piden voz. Y yo los miro, los aca­ri­cio con el pen­sa­mien­to, les pro­me­to que algún día… algún día serán aire.

Pero hoy siguen sien­do eso: ver­sos que nun­ca dije en voz alta. Y sin embar­go, me habi­tan. (Ver­sos que no dije en voz alta) (2025)

RETRANCA

Difí­cil de enten­der para una per­so­na que no cono­ce en pro­fun­di­dad Gali­cia. Pode­mos decir que es la puñe­te­ra habi­li­dad para hablar con segun­das pre­ten­sio­nes, en espe­cial cuan­do se pro­cu­ra una iro­nía inten­cio­na­da en lo que se dice y sale reves­ti­da de cier­to valor crea­ti­vo y gra­cio­so. Para enten­der per­fec­ta­men­te la retran­ca trans­cri­bo una viñe­ta de Cas­te­lao en la que el taber­ne­ro le pre­gun­ta al clien­te: «¿Qué te pare­ce mi vino?». El vino era ruin, pero el pai­sano salió del apu­ro dicien­do: «Por don­de va, moja, y como refres­car, refres­ca». Otros ejem­plos: «¿Llo­ve­rá?» «Si tie­ne que llo­ver, que llue­va, pero por enci­ma de noso­tros». «Éche o que hai» (Es lo que hay). Se dice para jus­ti­fi­car la nota de un examen o para dejar cla­ro que no está invi­ta­da a la fies­ta.

POÉTICA

Escri­bir poe­mas en pro­sa no es solo una elec­ción téc­ni­ca. Es una for­ma de hablar sin cor­sé, de dejar que la emo­ción mar­que el rit­mo, y no el ver­so. Es escri­bir como quien cuen­ta una his­to­ria jun­to al fue­go: con pau­sa, con ver­dad. Por­que hay ver­sos que no saben a poe­ma, y hay sen­ti­mien­tos que piden un camino amplio, como los que cru­zan la sie­rra sin mirar atrás.

La pro­sa poé­ti­ca es ese camino. Para quien ve poe­sía en un vis­ta­zo, en un recuer­do, en una can­ción que se pier­de entre las pie­dras. Para quien sabe que la belle­za siem­pre toca.

Aquí, en Gali­cia, apren­de­mos a con­tar con la sal y con la bré­te­ma. A reír­nos del que nos done, a can­tar lo que nos esca­ra­lla, a bai­lar inclu­so cuan­do llue­ve. Escri­bir así es tam­bién eso: una for­ma de galle­gui­dad, de hacer de la pala­bra un refu­gio, de recun­car en la emo­ción has­ta que se vuel­va ritual. La piel que habla de noso­tros no nece­si­ta ver­so para emo­cio­nar. Solo nece­si­ta ver­dad. Y tiem­po para escu­char­la. (Ver­sos que no dije en voz alta) (1995–2025)

MUJER VIVA

Mujer viva, úni­ca, hecha de car­ne y vien­to, cuer­po de secre­to y de nos­tal­gia, lle­vas en el alien­to pala­bras que solo los cora­zo­nes heri­dos saben des­ci­frar. Me acer­co a ti con los ojos en alto, bus­can­do en el cie­lo un jar­dín de rosa­les lim­pios, y trai­go en los labios un can­to naci­do en el rega­zo de tu estre­lla.

El rumor de tu piel roza la mía, y un pla­cer anti­guo, pro­fun­do, reco­rre cada rin­cón de mi cuer­po. Sé que aún es pron­to para hablar­te de un buen gui­so o de una fra­gua de penas bien tra­ba­ja­da. Pero mi pecho está lleno de que­jas dul­ces, de sue­ños des­nu­dos y de qui­me­ras que ape­nas echan hoja.

Estoy fren­te a ti, des­nu­do de mie­do, lleno de espe­ran­za, con la cer­te­za de que un día toma­rás mis manos y reco­no­ce­rás en ellas el fue­go de la pasión que me habi­ta. Por eso deseo que alguien —una mujer como tú— quie­ra escu­char, en el secre­to de mi alco­ba, el blan­co rumor de una can­ti­ga bien hecha, semi­lla viva de nues­tra tie­rra.

Silen­cio de monas­te­rio. Nadie me escu­cha. Nadie me habla. Solo el lati­do de tus pechos soña­dos, vela­dos, que rozan mis labios como cari­cias de vien­to. (Nie­blas y lem­bran­zas) (1995–2025)

CAPÍTULO VI DE ‘HATROZ’.- CONFORT

Rafo des­co­no­cía el con­cep­to de zona de con­fort. En su ado­les­cen­cia no se había plan­tea­do nun­ca que exis­tie­ra otro mun­do al mar­gen del de su fami­lia y su entorno más cer­cano. Cuan­do en la infan­cia visi­tó por moti­vos fes­ti­vos la casa de algún com­pa­ñe­ro siem­pre daba la casua­li­dad de que ese hogar res­pi­ra­ba el mis­mo ambien­te que el suyo.

En los cur­sos del Ins­ti­tu­to Cal­de­rón de la Bar­ca sí que vio reta­les de otro mun­do, el de los derro­ta­dos en la gue­rra civil, pero no lle­gó a cono­cer que eso afec­ta­ra a un núme­ro con­si­de­ra­ble de espa­ño­les. En su casa siem­pre le habla­ron de una mino­ría y la pala­bra maquis era sinó­ni­mo de gue­rri­lle­ros anti­fran­quis­tas que esta­ban fue­ra de la ley y que había que dete­ner­los para ser juz­ga­dos. Le habla­ron de los que vivían escon­di­dos en los mon­tes de las pro­vin­cias de León y Zamo­ra y que ata­ca­ban espo­rá­di­ca­men­te orga­ni­za­dos en par­ti­das de com­ba­tien­tes. Pasa­dos tres años de una “meren­do­la” en casa de José Anto­nio ―curio­so nom­bre que recor­da­ba al fun­da­dor de la Falan­ge― le vinie­ron a la men­te una serie de pala­bras que escu­chó en boca del padre y que su fami­lia no pudo ―o no qui­so― acla­rar­le: jus­ti­cia his­tó­ri­ca, la cons­truc­ción del Valle de los Caí­dos, repu­bli­cano, dic­ta­du­ra, ley de vagos y malean­tes, terror rojo y terror blan­co…

En este ambien­te trans­cu­rría el mes de noviem­bre y como un goteo per­ma­nen­te las noti­cias sobre la salud de Fran­co. Todas las con­ver­sa­cio­nes de mi padre gira­ban en torno a tres pila­res bási­cos:  sus pacien­tes, el esta­do aní­mi­co de mi madre y la salud del Gene­ra­lí­si­mo. ¿Los estu­dios de Rafo? Tam­bién eran una fuen­te de preo­cu­pa­cio­nes. Todas las maña­nas José María se levan­ta­ba, ponía la radio, se afei­ta­ba y se baña­ba con agua fría. Y un día de esos que pare­cía otro más la noti­cia explo­tó:

Fran­co ha muer­to.

La voz del locu­tor de Radio Nacio­nal de Espa­ña, de una gra­ve­dad inusi­ta­da, y tras un silen­cio muy sig­ni­fi­ca­ti­vo, a las 6:30 horas de la maña­na del 20 de noviem­bre de 1975, retum­bó, y no por no espe­ra­da, cual cohe­te­ría falle­ra en el día de la fies­ta mayor, en la casa de la fami­lia de Rafo. El padre de fami­lia se que­dó miran­do la radio con una expre­sión de tris­te­za y preo­cu­pa­ción. Ter­mi­nó de lavar­se los dien­tes y deci­dió que había que des­per­tar a su mujer e hijos para rezar una bre­ve ora­ción en memo­ria del Jefe de Esta­do que les había pro­por­cio­na­do cua­ren­ta años de paz.

Sen­ta­dos fren­te al tele­vi­sor, y a la espe­ra de que habla­ra Arias Nava­rro, pre­si­den­te del gobierno por enton­ces, los cua­tro miem­bros de la fami­lia mira­ban fija­men­te al sue­lo como que­rien­do asi­mi­lar tan luc­tuo­sa noti­cia.

Lola, la hija mayor, se toca­ba cons­tan­te­men­te el pelo en un ade­mán que mani­fes­ta­ba unos ner­vios a flor de piel. Era cons­cien­te, mucho más que el her­mano, de que en esos ins­tan­tes, has­ta en lo más insig­ni­fi­can­te, debía hacer alar­de de ese com­pla­ce fami­liar que lle­va­ba como una losa y que había empe­za­do a tra­ba­jar sin resul­ta­do alguno por el momen­to. Sabía que no esta­ban en una reali­dad cómo­da y la con­tro­ver­sia gene­ra­cio­nal, jun­to a un des­co­no­ci­mien­to más que nota­ble de la situa­ción, podía sal­tar a la míni­ma opor­tu­ni­dad. Mira­ba con cari­ño a su madre y escu­cha­ba con aten­ción filial las pala­bras que esta­ba pro­nun­cian­do su padre con una solem­ni­dad casi pon­ti­fi­cia. Supo con­tro­lar, con muchí­si­mo esfuer­zo ese des­tem­pla­do pron­to que le carac­te­ri­za­ba y que había here­da­do de la abue­la pater­na. Todo el mun­do decía que esta bue­na mujer daba autén­ti­cos botes cuan­do se enfa­da­ba por cual­quier moti­vo, cir­cuns­tan­cia que era muy fre­cuen­te. Lola, físi­ca­men­te, era menu­da y del­ga­da. Había esta­do en tra­ta­mien­to por un reco­no­ci­do endo­crino nutri­cio­nis­ta, que con un mar­ca­do acen­to anda­luz le decía una y otra vez cuan­do veía que no engor­da­ba: ere mi fra­ca­so, ere un gra­ni­to de arró.

Rafo, el hijo, tenía una mira­da que expre­sa­ba cier­ta ver­güen­za por tener dos sen­ti­mien­tos dia­me­tral­men­te opues­tos: por un lado, el de tris­te­za, por­que se olía que se iban a fas­ti­diar sus sali­das ves­per­ti­nas duran­te unos días; por otro, el de su inca­pa­ci­dad para enten­der como un adul­to el alcan­ce de la noti­cia que había blo­quea­do emo­cio­nal­men­te a sus padres. En situa­cio­nes como esta es cuan­do se per­ci­ben con más niti­dez los sal­tos gene­ra­cio­na­les.

Lola y Rafo com­par­tían por ósmo­sis la ideo­lo­gía de sus padres. Eso decían al menos. Lola, por ser mayor, asi­mi­la­ba mucho mejor las pro­fe­cías de su padre cuan­do comen­tó días pos­te­rio­res al luc­tuo­so acon­te­ci­mien­to que alguien de muy alta con­di­ción iba a trai­cio­nar al régi­men. Nun­ca acla­ró si él acep­ta­ría esa felo­nía como mal menor para Espa­ña.

―Lo acla­ra­ré cuan­do las cir­cuns­tan­cias lo exi­jan, dijo mien­tras la tele­vi­sión pro­yec­ta­ba a un Arias Nava­rro dema­cra­do, com­pun­gi­do y emo­cio­na­do.

Como hijos obe­dien­tes que eran, no esca­ti­ma­ron esfuer­zos en ello y jun­to a los pro­ge­ni­to­res y la fami­lia habían asis­ti­do a todas los actos y mani­fes­ta­cio­nes que en esos últi­mos años se habían cele­bra­do en Madrid en apo­yo de Fran­co. ¡Har­to difí­cil no dejar­se lle­var por la patrió­ti­ca marea fami­liar! Nun­ca duda­ron de que la Espa­ña real era la que ellos vivían, la Espa­ña que se sen­tía humi­lla­da por una Euro­pa des­cris­tia­ni­za­da, mar­xis­ta y maso­na. ¿Había otra Espa­ña, como insi­nua­ba Ceci­lia en su can­ción? Su padre, des­pués de la bre­ve alo­cu­ción del pre­si­den­te del gobierno, les dijo con una sun­tuo­si­dad úni­ca:

―Nun­ca olvi­déis a los enemi­gos de Espa­ña, que los hay y muchos. Pau­sa emo­ti­va que nun­ca enten­dió el biso­ño de Rafo. Me aca­báis de escu­char el vati­cino de una mag­na trai­ción. Lo vere­mos. Aho­ra los cono­ce­réis ―a los enemi­gos de Espa­ña― por­que sal­drán de sus cómo­dos y calien­tes hoga­res y se atri­bui­rán una lucha anti­fran­quis­ta que nadie ha vis­to ni intui­do en estos últi­mos años.

Con estas pala­bras Lola y Rafo tuvie­ron una visión retros­pec­ti­va com­par­ti­da y recor­da­ron varias popu­lo­sas mani­fes­ta­cio­nes que habían vis­to asus­ta­dos por algu­nas de las prin­ci­pa­les arte­rias que bor­dea­ban su vivien­da en el Paseo de San­ta María de la cabe­za nº 1. En ellas habían oído con toda cla­ri­dad gri­tos con­tra Fran­co y en favor de la huel­ga gene­ral. Su padre acha­có dichos movi­mien­tos popu­la­res a recla­ma­cio­nes pura­men­te eco­nó­mi­cas por una cri­sis que afec­ta­ba a toda Euro­pa. Rafo, por enton­ces, no se cues­tio­na­ba nada y escu­cha­ba ―es un decir―, jun­to a su her­ma­na, las pero­ra­tas domi­ni­ca­les de su que­ri­do padre. Su madre, ante tal «exhi­bi­ción mar­xis­ta», los tran­qui­li­za­ba dicién­do­les que esa tar­de era mejor que se que­da­ran en casa y que reza­ran por la sal­va­ción de Espa­ña. Su madre son­reía inte­rior­men­te cuan­do veía que aún sus pala­bras tenían el efec­to pla­ni­fi­ca­do. ¿Cuán­to dura­rán? Sólo Dios lo sabe.

En ese mun­do vivían Lola y Rafo. Con una natu­ra­li­dad difí­cil de enten­der hoy en día. Habría que acla­rar que en aque­llos tiem­pos no había ni inter­net, ni smartpho­ne, ni cade­nas de tele­vi­sión pri­va­das y el telé­fono del domi­ci­lio esta­ba per­fec­ta­men­te con­tro­la­do por los padres. El envol­to­rio en for­ma de zona de con­fort era muy sen­ci­llo de dise­ñar y ofre­cía, en este caso, una gran for­ta­le­za. Ade­más, la inma­du­rez de Rafo, natu­ral o pla­ni­fi­ca­da, le hacía no cues­tio­nar­se el por­qué de unas mani­fes­ta­cio­nes que rodea­ban regu­lar­men­te la vivien­da fami­liar en el popu­lo­so barrio de Ato­cha. Los dos her­ma­nos no tenían la menor sos­pe­cha de que lo hacían den­tro de una bur­bu­ja que había sido dise­ña­da sin nin­gu­na inten­ción por unos padres que, des­de su pers­pec­ti­va socio­ló­gi­ca, que­rían ofre­cer­les a sus hijos lo que ellos no tuvie­ron por cau­sa de la trá­gi­ca Gue­rra Civil. Pen­sa­ban que ese era el hábi­tat patrio de todos los espa­ño­les. Lola no podía intuir nada, o eso decía, por­que, aun­que ya esta­ba estu­dian­do en la uni­ver­si­dad la aco­mo­da­da y pres­ti­gio­sa carre­ra de Far­ma­cia, las expli­ca­cio­nes de casa en torno a las pro­tes­tas de los uni­ver­si­ta­rios nun­ca le hicie­ron ver que había otra reali­dad para­le­la a la suya. Su carác­ter enér­gi­co sal­pi­ca­do de arre­pen­ti­mien­tos inme­dia­tos, ade­más de una edu­ca­ción muy tra­di­cio­nal, la con­ver­tían en una com­pla­cien­te, geniu­da y muy fami­liar hija. Se había lle­va­do un des­me­su­ra­do dis­gus­to cuan­do la fami­lia (aquí se pue­den incluir muchos nom­bres) se opu­so con nega­ti­va inne­go­cia­ble a que estu­dia­ra Magis­te­rio. Lo vivi­do el 20 de noviem­bre la con­ven­ció con una lige­ra rapi­dez que tenía que ejer­cer en casa el papel que habían dise­ña­do sus padres con cari­ño y cier­to ses­go car­pe­to­ve­tó­ni­co para los momen­tos trá­gi­cos. En este terreno a Rafo había que dar­le de comer apar­te. Pare­cía que no vivían en la mis­ma casa. Rafo esta­ba ver­de ―en todos los sig­ni­fi­ca­dos de la pala­bra, menos el fisio­ló­gi­co― como ese adul­to que a escon­di­das se que­da­ba pren­da­do sin com­pren­sión algu­na de Epi y Blas en Barrio Sésa­mo y de Fofó, el paya­so favo­ri­to de la épo­ca.

José María, el padre, con la cons­tan­cia del tra­ba­ja­dor infa­ti­ga­ble que era, les había expli­ca­do en varias oca­sio­nes los moti­vos de la Gue­rra Civil y los pos­te­rio­res y gra­ti­fi­can­tes cua­ren­ta años de paz. Cier­to es que «algo dife­ren­te» creían ver los domin­gos cuan­do iban a misa a la igle­sia de los sale­sia­nos en la Ron­da de Ato­cha y los cono­ci­dos de mis padres los abor­da­ban con comen­ta­rios insi­dio­sos, según él; a la par que le ense­ña­ban radio­gra­fías o ana­lí­ti­cas para que mani­fes­ta­ra su cer­te­ra opi­nión. Esto últi­mo, la ima­gen de José María ana­li­zan­do una radio­gra­fía en medio del atrio ecle­sial, lo hacía con ver­da­de­ra devo­ción médi­ca.

―Son peque­ños reduc­tos de insu­bor­di­na­ción por­que no todo el mun­do pue­de estar con­ten­to, decía el padre al lle­gar a casa.

Los hijos mira­ban y escu­cha­ban con inte­rés el rela­to paterno, pero el pro­ge­ni­tor no las tenía todas con­si­go por­que veía mucha inquie­tud, espe­cial­men­te, en el ros­tro de Rafo. No podía ima­gi­nar que tal desa­zón estu­vie­ra moti­va­da por cau­sas muy dife­ren­tes.

―Lo mis­mo están influ­yen­do en él algu­nos des­afor­tu­na­dí­si­mos comen­ta­rios que algu­nos feli­gre­ses suel­tan sin nin­gún mira­mien­to al final de la misa en el pór­ti­co de la parro­quia, le decía a su mujer.

La reali­dad era que, a los die­ci­sie­te años, cuan­do las hor­mo­nas ya esta­ban en acción, era com­pli­ca­dí­si­mo man­te­ner viva la aten­ción por mucho que el tema fue­ra tras­cen­den­tal para el sue­lo patrio, como le gus­ta­ba decir a un vecino que con toda segu­ri­dad esta­ba por el cuar­to o quin­to rosa­rio de los mis­te­rios dolo­ro­sos.

José María era médi­co de pro­fe­sión. Un médi­co de voca­ción filan­tró­pi­ca. Des­de las 7 de la maña­na has­ta la hora que fue­ra, inclui­dos los sába­dos por la maña­na, siem­pre en el qui­ró­fano, y los domin­gos por la maña­na, ocu­pa­dos en un inaca­ba­ble rosa­rio de visi­tas de pacien­tes suyos o de fami­lia­res y alle­ga­dos. Siem­pre fue un mode­lo para sus hijos, que veían en él a una per­so­na que no pen­sa­ba nun­ca en la remu­ne­ra­ción de sus inter­ven­cio­nes y sí en la sana­ción de los enfer­mos. Veían en él la filan­tro­pía en esta­do puro. Pala­bra que bus­có con ansia en el dic­cio­na­rio cuan­do la oyó por pri­me­ra vez Rafo. La con­sul­ta que tenía todas las tar­des de 4 a 6 en su casa era gra­tui­ta y era muy fre­cuen­te en él, cuan­do el pacien­te no tenía recur­sos eco­nó­mi­cos, rea­li­zar sin sus hono­ra­rios la nece­sa­ria ope­ra­ción con el úni­co cos­te del anes­te­sis­ta y del sana­to­rio por par­te del enfer­mo. Siem­pre se rigió por un nun­ca dejes de aten­der a un pacien­te por dine­ro. Jamás pen­só en la remu­ne­ra­ción eco­nó­mi­ca. Muchos ami­gos y cole­gas le decían abier­ta­men­te que era «ton­to», pero él tenía muy cla­ro que su ver­da­de­ra voca­ción arrui­na­ba cual­quier embru­jo eco­nó­mi­co. Cuan­do falle­ció y publi­ci­ta­ron la nece­si­dad urgen­te de un sus­ti­tu­to en la Mutua­li­dad de fut­bo­lis­tas, hubo muchas renun­cias entre los can­di­da­tos por­que el suel­do que ofre­cían, ese que reci­bía reli­gio­sa­men­te el falle­ci­do sin que­ja algu­na, des­cu­brie­ron que era una insig­ni­fi­can­cia. Una mer­da, dijo alguno de raí­ces galle­gas.

En su lar­go his­to­rial médi­co había pacien­tes de toda índo­le: los pro­pios de sus con­sul­tas, fami­lia­res, ami­gos, cual­quier enfer­mo que se acer­ca­ra a él con la media­ción de un fami­liar o ami­go, per­so­na­jes tele­vi­si­vos… Un sobrino suyo ―tam­bién de ape­lli­do Máiz―, exce­len­te médi­co en la actua­li­dad, les ha comen­ta­do a los hijos que cada vez que escu­chan su ape­lli­do le pre­gun­tan si tie­ne algu­na rela­ción fami­liar con el doc­tor Máiz Ber­me­jo, falle­ci­do el 18 de enero del 2002.

Una de las imá­ge­nes de su padre, de los hijos de José María, era ver­lo, a eso de las 11 de la noche, sen­ta­do en su des­pa­cho, estu­dian­do las últi­mas nove­da­des que se iban pro­du­cien­do en trau­ma­to­lo­gía y en ciru­gía gene­ral. El médi­co tie­ne que estar al día, decía.

Men­ción apar­te mere­ce su carác­ter. Fuer­te, impul­si­vo y de un pron­to que hacía retum­bar los cimien­tos de la casa. A los cin­co segun­dos caía en un arre­pen­ti­mien­to que era muy poco com­pren­di­do por algu­nos miem­bros de la fami­lia; los cua­les, con comen­ta­rios sibi­li­nos y ace­ra­dos, recha­za­ban radi­cal­men­te ese tem­pe­ra­men­to. No se sabe si este ―o la ven­ta de La Pere­gri­na― fue el moti­vo por el cual en los últi­mos años de su jubi­la­ción ―cuen­tan Lola y Rafo― cogía el telé­fono pen­san­do en que alguien lla­ma­ba pre­gun­tan­do por él y sólo se encon­tra­ba con el silen­cio más abso­lu­to. Tam­bién recuer­dan los hijos con mucha pena las lágri­mas que le pro­du­cían a su padre las viven­cias del últi­mo verano en Ber­ta­mi­ráns, en el 1993.     

José María les trans­mi­tió el miér­co­les por la noche pre­vio al falle­ci­mien­to, cuan­do un ami­go per­so­nal le comu­ni­có que no había sana­ción posi­ble en la enfer­me­dad ter­mi­nal de Fran­co, que el infaus­to momen­to había lle­ga­do. Lle­va­ban varios días anun­cian­do la muer­te del Jefe del Esta­do, pero ese día no lle­ga­ba, aun­que pare­cía que esta­ba al caer. Ante el silen­cio filial de Lola y el ner­vio­sis­mo del hijo ―los die­ci­sie­te años le bullían en su inte­rior como una cafe­te­ra a pun­to de esta­llar― insis­tió en el argu­men­ta­rio más que cono­ci­do de los domin­gos des­pués de comer. Pero Rafo era inca­paz de qui­tar­se de la cabe­za la impor­tan­te cita que había con­cer­ta­do con una ami­ga y que era la cau­sa posi­ti­va de sus últi­mos des­ve­los y sufri­mien­tos.

Rafo sabía jugar muy bien las car­tas con su padre. O eso creía él, más bien. Para sus padres la cita era con una ami­ga que era, como gran par­te de su fami­lia, más fran­quis­ta que Fran­co. Tran­qui­li­dad fami­liar por ello. Ella, les tea­tra­li­za­ba como nadie el ado­les­cen­te a sus padres, sí ha bebi­do y dige­ri­do con saní­si­ma asun­ción la ideo­lo­gía del momen­to.

―Es lo nor­mal, papá. Que­re­mos comen­tar los últi­mos acon­te­ci­mien­tos.

Sema­nas más tar­des se per­ca­tó de todo lo con­tra­rio y pudo cono­cer en pri­me­ra per­so­na la trai­ción que esta­ba en boca de su padre por esas fechas.

Rafo, con el pasar de los años, y con una len­ti­tud que hoy se podría cali­fi­car de pre­mio­sa, lle­gó a la con­clu­sión de que en él se había pro­du­ci­do, con la natu­ra­li­dad de la épo­ca, una pro­fun­dí­si­ma ideo­lo­gi­za­ción ―como he dicho antes― por ósmo­sis. La pri­me­ra vez que se lo dijo a un pri­mo suyo, se lle­va­ban como her­ma­nos, tuvie­ron una dis­cu­sión colo­sal que sólo supie­ron atem­pe­rar con las cañas de La Cruz Blan­ca.

Pero la reali­dad era muy dis­tin­ta, muy dife­ren­te. Con quien había que­da­do era con una com­pa­ñe­ra de COU, que des­pués de un sin­fín de equí­vo­cos, pro­du­ci­dos todos ellos por la inma­du­rez con­gé­ni­ta de Rafo, le había res­pon­di­do afir­ma­ti­va­men­te a la últi­ma pro­po­si­ción de salir. Gua­pa, sin­ce­ra, espon­tá­nea y con unas ganas locas de comer­se el mun­do, mien­tras él era un atri­bu­la­do y tími­do joven que siem­pre pen­sa­ba que era el más feo, el más soso y el peor ves­ti­do de cual­quier fies­ta o reu­nión. Esta joven, que se lla­ma­ba Mari­sa, lo impul­sa­ba a que toma­ra las rien­das de su vida, a que deja­ra ese com­pla­ce fami­liar que lo esta­ba macha­can­do.

―Pare­ce que te tie­nen en casa entre algo­do­nes. Fue­ra de tu zona de con­fort hace mucho frío, le decía ella, pero hay muy bue­nos abri­gos y un sin­fín de coyun­tu­ras que tú ten­drás que valo­rar.

Rafo, jun­to a ella, se bebía el mun­do a gran­dí­si­mos sor­bos, pero cuan­do esta­ba solo no sabía ni dar un paso, fru­to de una edu­ca­ción muy pater­na­lis­ta y com­pla­cien­te, a no ser que fue­ra des­pués de haber con­su­mi­do unas cuan­tas cer­ve­zas.

En las calles había una efer­ves­cen­cia inusual. Pare­cía que todos los vian­dan­tes, muchos de ellos miran­do al sue­lo, tenían algo impor­tan­tí­si­mo que rea­li­zar en esas pri­me­ras horas de la maña­na. Pos­te­rior­men­te, en un mis­mo bar con­vi­vi­rían el ape­ri­ti­vo que unos pocos se podían per­mi­tir entre sema­na o la ruti­na­ria comi­da de día labo­ra­ble que otros tenían obli­ga­to­ria­men­te que rea­li­zar. A la hora del desa­yuno, en ese lugar común para los madri­le­ños, con­vi­vían ese sig­ni­fi­ca­ti­vo e inol­vi­da­ble jue­ves dife­ren­tes pare­ce­res. Los que peli­gro­sa­men­te bro­mea­ban de la situa­ción con el vie­jo chis­te de «a la mier­da el régi­men», y se lan­za­ban a comer gra­sien­tos ape­ri­ti­vos, los que mos­tra­ban una indi­fe­ren­cia abso­lu­ta y sólo pen­sa­ban con preo­cu­pa­ción en la ende­blez de su tra­ba­jo, en su novia o en las infi­ni­tas letras del piso que aún le que­da­ban por pagar y por últi­mo los que, ple­na­men­te con­ven­ci­dos del día acia­go que esta­ban vivien­do, lle­va­ban cor­ba­ta negra o se colo­ca­ron antes de salir de casa en la man­ga dere­cha a la altu­ra del bíceps una cin­ta negra en señal de luto. Eso sí los desa­yu­nos case­ros, por un moti­vo o por otro, se seguían sir­vien­do a un rit­mo endia­bla­do y muy vivo.

El por­te­ro de la casa en la que vivía la fami­lia de Rafo, excom­ba­tien­te en Teruel, con una dili­gen­cia casi pare­ja al hora­rio de la muer­te de Fran­co, se había encar­ga­do de cerrar la hoja dere­cha del por­tal como sím­bo­lo del luto que iban a vivir en los siguien­tes días. Nin­gún vecino podía dudar de su fide­li­dad al régi­men. Sor­pre­si­va­men­te vio cómo entre los veci­nos de la casa, tras unas sema­nas de exte­rio­ri­za­da aflic­ción, empe­za­ron a sur­gir demó­cra­tas de toda la vida. Y el silen­cio se apo­de­ró de él por­que no qui­so, a par­tir de esos momen­tos, que los veci­nos lo situa­ran ideo­ló­gi­ca­men­te. Se pre­veían tiem­pos revuel­tos y de muy difí­cil pro­nós­ti­co. La mujer, ya entra­da en edad, des­de que ape­nas cum­plió los trein­ta años no cono­cía otro color que no fue­ra el negro rigu­ro­so de luto o el gris de ali­vio de luto, pues des­de esa tem­pra­na edad en su fami­lia se habían enca­de­na­do con fechas muy estra­té­gi­cas varios falle­ci­mien­tos.

―Estoy pre­sa de la cade­na del luto, decía ella con resig­na­ción a la madre de Rafo. Aun­que, lo que real­men­te me mata es esta bili que se me sube asín a la boca des­pués de comer. Ten­dré que hablar con su mari­do. Y la pobre mujer se acos­ta­ba todas las noches muy revuel­ta. (Hatroz) (2025)

 

LA FRUSTRACIÓN DE UN ESCRITOR

Un día de pér­di­da emo­cio­nal pasean­do por un pue­blo de la sie­rra madri­le­ña me encon­tré a un hom­bre lla­ma­do Tomás, el cual habi­ta­ba una peque­ña casa a los pies de una mon­ta­ña y rodea­do de un espe­so bos­que.

Des­de que era un niño, Tomás expe­ri­men­tó una atrac­ción espe­cial por las his­to­rias, por las narra­cio­nes que podían cap­tu­rar su alma y des­per­tar sus emo­cio­nes. Dis­fru­ta­ba con­ver­san­do con los habi­tan­tes del pue­blo y escu­chan­do sus his­to­rias, que él las con­ver­tía con suma pre­ci­sión en cor­tos rela­tos con los que trans­mi­tir una amplia gama de emo­cio­nes a sus futu­ros lec­to­res. Una de las que más le emo­cio­nó fue la de un pas­tor anal­fa­be­to que qui­so emu­lar ―y lo logró― a Miguel Her­nán­dez cuan­do le con­ta­ron que des­de un anal­fa­be­tis­mo simi­lar logró con­ver­tir­se en uno de los poe­tas espa­ño­les de más renom­bre.

Sin embar­go, cada vez que fina­li­za­ba una his­to­ria sen­tía una espe­cie de pér­di­da: sen­tía que esta­ba per­dien­do una par­te de sí mis­mo. Al con­cluir­la, como había inver­ti­do en ella tan­to tiem­po y esfuer­zo pare­cía que des­apa­re­cía par­te de su vida. Se sen­tía trai­cio­na­do, se sen­tía un hom­bre aban­do­na­do por­que cada his­to­ria ter­mi­na­da era un hijo per­di­do.

Tomás tra­ba­ja­ba en una fábri­ca, don­de cien­tos de obre­ros pro­du­cían en cade­na milla­res de engra­na­jes que se mon­ta­ban del mis­mo modo cuan­do fal­ta­ba por enfer­me­dad y era sus­ti­tui­do por otro tra­ba­ja­dor. El resul­ta­do era exac­ta­men­te el mis­mo. No se nota­ba su ausen­cia. Sus «sobre­sa­lien­tes» mani­pu­la­cio­nes, impo­si­bles de dife­ren­ciar for­ma­ban par­te de una casi inter­mi­na­ble cade­na de ensam­bla­jes de pie­zas per­fec­ta­men­te uni­for­ma­das.

Cada día que pasa­ba como un ser alie­na­do, su ale­gría iba dis­mi­nu­yen­do. Tomás anhe­la­ba en lo pro­fun­do de su ser escri­bir un gran libro que le per­mi­tie­ra, con sus ganan­cias cru­zar las mon­ta­ñas que le apri­sio­na­ban como si fue­ra Edmun­do Dan­tes y via­jar por todo el mun­do.

Pero el libro no podía ser un libro cual­quie­ra, no. Tenía que ser un libro con his­to­rias que pudie­ran refle­jar la pasión, la inte­gri­dad y la mode­ra­ción del mun­do que él soña­ba gober­nar. Aun­que cada maña­na se des­per­ta­ba con la mis­ma pre­sión en el pecho, con la mis­ma dosis de frus­tra­ción como par­te de su ruti­na dia­ria.

El día de su cum­plea­ños, que se sin­tió espe­cial­men­te impul­sa­do por un deseo más fuer­te de cam­bio, deci­dió acer­car­se a un bos­que cer­cano para cami­nar entre los árbo­les y escu­char la irre­pe­ti­ble músi­ca que com­po­nían las hojas secas cuan­do eran pisa­das por sus aún vita­les pies. Ines­pe­ra­da­men­te des­cu­brió algo increí­ble: un dia­rio olvi­da­do en un late­ral del camino que él reco­rría con tan­ta fre­cuen­cia. Lo cogió impul­si­va­men­te, como un niño las chu­ches en una tien­da de cara­me­los. Las pági­nas, escri­tas con una letra del siglo pasa­do, con­te­nían cuen­tos de via­je­ros y soña­do­res de prin­ci­pios del siglo XX. Movi­do por una exa­cer­ba­da curio­si­dad, comen­zó a leer el libro. Cada día, una his­to­ria. Todas dife­ren­tes.  

Expe­ri­men­tó tal emo­ción que, con una ener­gía que no había sen­ti­do en años, tomó una deci­sión radi­cal y tajan­te: deja­ré mi fábri­ca, se dijo para sí.

Lle­nó la male­ta de ropa vie­ja y sue­ños nue­vos. Tomás via­jó por todo el mun­do. Cono­ció a gen­te de todas par­tes y de todos los colo­res: fami­lias simi­la­res a la suya, per­so­nas soli­ta­rias, cam­pe­si­nos tra­ba­ja­do­res, indi­vi­duos vio­len­tos y algu­nos con los que fue impo­si­ble comu­ni­car­se.  

Entre ese vario­pin­to mun­do se encon­tró con una pin­to­ra que había aban­do­na­do su tra­ba­jo en la ofi­ci­na y se había con­ver­ti­do en una bri­llan­tí­si­ma ilus­tra­do­ra. Cono­ció a un músi­co que inter­pre­ta­ba melo­días en pla­zas de incon­ta­bles ciu­da­des y a un escri­tor de éxi­to que dejó tam­bién su tra­ba­jo des­pués de mil dudas. Cien­tos de publi­ca­cio­nes ven­di­das. Cada his­to­ria que escri­bía mos­tra­ba una pers­pec­ti­va dife­ren­te. Habla­ban de la auda­cia, la lon­ge­vi­dad, la per­se­cu­ción de los pro­pios sue­ños o los arre­ba­tos de una vida arrui­na­da por la pere­za.

Ins­pi­ra­do por todas esas expe­rien­cias, Tomás comen­zó a escri­bir his­to­rias sobre su pasa­do. Frag­men­tos de su alma per­di­da, pie­zas que refle­ja­ban las dudas que lo ator­men­ta­ban des­de hacía años, la envi­dia de una vida mejor, la sole­dad ele­gi­da pero tor­men­to­sa, sus con­ver­sa­cio­nes con la natu­ra­le­za y la posi­ble inexis­ten­cia de Dios.

Cada vez que algo de su memo­ria lo impac­ta­ba, lo con­ver­tía en pala­bras.

Cuan­do Tomás, des­pués de mucho tiem­po, regre­só a su pue­blo, no era el mis­mo hom­bre con­fun­di­do y ver­gon­zo­so. Se sin­tió real­men­te agra­de­ci­do por todo, sabien­do que ese libro encon­tra­do al azar en un camino per­di­do le dio las fuer­zas sufi­cien­tes para escu­char su pro­pia voz.

Tomás, des­pués de todo lo vivi­do, escri­bió un libro sobre la frus­tra­ción huma­na. Escri­bió cómo la vida pue­de ser dife­ren­te. Nues­tros sue­ños, decía, duer­men en nues­tro inte­rior sin que los per­ci­ba­mos duran­te mucho tiem­po, has­ta que un des­co­no­ci­do deto­nan­te los des­pier­ta. Él encon­tró su mayor éxi­to en su dolor más ínti­mo: des­cu­brió que la frus­tra­ción a veces no es solo un muro insal­va­ble, sino que tam­bién pue­de ser una ins­pi­ra­do­ra señal que ilu­mi­ne ese camino que nun­ca nos atre­vi­mos a tran­si­tar.

CAPÍTULO V DE ‘HATROZ’.- COMPLEJOS

La tar­doa­do­les­cen­cia de Rafo era una pura con­tra­dic­ción. En oca­sio­nes, anhe­la­ba la liber­tad de la vida inde­pen­dien­te y no que­ría saber nada de «cade­nas emo­cio­na­les». En otras, envi­dia­ba el equi­li­brio que obser­va­ba en otros ami­gos casi de la mis­ma edad que él, y bus­ca­ba ante este res­que­mor la cari­ño­sa cari­cia de su madre. Lle­va­ba toda su cor­ta vida vivien­do aní­mi­ca­men­te de unos pocos recuer­dos y, aún peor, de recuer­dos de recuer­dos. Debo rom­per el cor­dón umbi­li­cal con mi entorno y fami­lia.

―No es, le expli­ca­ría a mi madre, dejar de ver­nos. No. Yo siem­pre esta­ré a tu lado. Nun­ca te aban­do­na­ré, pero te tie­nes que dar cuen­ta de que hay face­tas de mi vida en las que yo soy el pro­ta­go­nis­ta y la fami­lia no tie­ne nada que decir.

―¿Que le vas a decir a tu madre eso? ¿Con esas pala­bras? No te lo crees ni en bro­ma. Son pala­bras, segu­ro, que las has copia­do de una de esas nove­las dra­má­ti­cas que te da por leer. La vene­ra­ción que sien­tes por tu madre no te per­mi­ti­ría dar­le el más míni­mo dis­gus­to, le cen­su­ra­ba su pri­mo cuan­do unos días antes le pro­pu­so que escu­cha­ra, para que le die­ra su opi­nión, el dis­cur­si­to que que­ría pro­nun­ciar en casa.

―Rafo, nues­tra fami­lia es así, te gus­te o no. Para lo bueno y para lo malo. Estas pala­bras de su pri­mo refle­ja­ban con toda cla­ri­dad el peso que tenía el ambien­te fami­liar. Ya te lo dije un día: diver­sión y fami­lia, eso es lo que tie­nes que saber com­pa­gi­nar.

Sen­ta­do en su habi­ta­ción, en el sofá cama, pin­chó en el toca­dis­cos Sam­ba pa ti de Car­los San­ta­na. Mien­tras escu­cha­ba la can­ción que lo revo­lu­cio­nó a los quin­ce años, cuan­do asis­tió a su pri­mer gua­te­que, y cono­ció a Mai­te, se acor­dó del diag­nós­ti­co del padre de un ami­go psi­quia­tra, una tar­de que fue a reco­ger­lo a su casa, cuan­do le escla­re­ció que el vecino del ter­ce­ro se había qui­ta­do la vida por­que, cuan­do se fue a la mili, aún no había roto el cor­dón umbi­li­cal con su madre. Se recreó un poco en este diag­nós­ti­co de liga­zón emo­cio­nal con la madre.

Es ver­dad que Rafo sin­tió, recién cum­pli­dos los 17 años, esa impe­rio­sa nece­si­dad de inde­pen­den­cia y de equi­vo­car­se en la toma de sus pro­pias deci­sio­nes. Pero no se pro­du­jo emo­cio­nal­men­te. Seguía uni­do a su madre, aun­que cada vez hacía más vida fue­ra de casa que en el domi­ci­lio paterno. Le daba pudor hablar de esto. Tenía que bus­car el modo de «libe­rar­se» de deter­mi­na­das ata­du­ras emo­cio­na­les. Cuan­do cami­na­ba solo por la calle, sen­tía que alguien lo acom­pa­ña­ba y le susu­rra­ba al oído pala­bras que era inca­paz de com­pren­der. La voz era simi­lar a la de su madre. No lo comen­ta­ba con nadie por­que lo lla­ma­rían luná­ti­co o maja­re­ta. Lo acha­ca­ba a su mal dor­mir, a sus pesa­di­llas noc­tur­nas y a su bús­que­da cons­tan­te de encon­trar afec­to y cari­ño en las per­so­nas de su entorno.

Des­pués de des­pe­dir­se de su madre, salió de su casa, echó los tres cerro­jos de la puer­ta, y le dio un peque­ño gol­pe con el hom­bro para ase­gu­rar­se que esta­ba bien cerra­da. Su madre se que­da­ría así tran­qui­la has­ta que lle­ga­se Jua­ni, pen­só con cier­ta desa­zón. Cogió el metro en Juan Bra­vo ins­tin­ti­va­men­te y reali­zó el mis­mo tra­yec­to que otras tan­tas veces ten­dría que rea­li­zar si al final se deci­día por estu­diar magis­te­rio. Des­tino: La Lati­na. La uni­ver­si­dad esta­ba jun­to a la igle­sia de San Fran­cis­co el Gran­de.

La visi­ta fue muy intere­san­te. Le ense­ña­ron las ins­ta­la­cio­nes y que­dó muy satis­fe­cho del espí­ri­tu edu­ca­ti­vo que allí se vivía. Le die­ron las pau­tas para rea­li­zar la matrí­cu­la y le comen­ta­ron cómo serían los pri­me­ros días de cla­se. Satis­fac­ción ple­na. Aho­ra sólo te que­da estu­diar, se dijo a sí mis­mo.

Salió muy con­ten­to y vol­vió a tomar el metro con direc­ción a «La Cruz Blan­ca» de Goya, don­de había que­da­do con su mejor ami­ga, Lucía.

Entró en la cer­ve­ce­ría y le salu­dó con gran afec­to el Cafe­te­ro, el vete­rano y aten­tí­si­mo cama­re­ro que cui­da­ba y vigi­la­ba la caja y que veía en Rafo a ese hijo que nun­ca tuvo. Se sen­tó en una mesa del pri­mer piso y pidió lo de todos los días que para­ba en dicho esta­ble­ci­mien­to antes de comer. Lo cono­cían algu­nos cama­re­ros y lo salu­da­ban con el mis­mo afec­to que mani­fes­ta­ba él. Son­reía cuan­do le pre­gun­ta­ban reite­ra­das veces por su acti­vi­dad dia­ria.

―Me gus­ta muchí­si­mo el dise­ño de esta cer­ve­ce­ría, les decía, así como el de su her­ma­na San­ta Bár­ba­ra. Los cama­re­ros son­reían ante tal volan­ta­zo, pero seguían, eran autén­ti­cos mihu­ras y no los podía torear fácil­men­te.

―¿Tra­ba­jo sin lugar don­de currar o matri­cu­la­do en una facul­tad que no exis­te? Y se reían todos cuan­do Rafo duda­ba y no sabía qué decir.

¿Por qué dudas?, refle­xio­na­ba.

Por la ven­ta­na del pri­mer piso se per­ca­tó del titu­beo de Lucía, bajó las esca­le­ras a toda velo­ci­dad y le hizo una seña para indi­car­le dón­de se encon­tra­ba. No era la tra­di­cio­nal ven­ta­na que esta­ba cer­ca de las esca­le­ras que diri­gían a la clien­te­la al cuar­to de baño. No. Era una mesa en la pri­me­ra plan­ta.

―Te estás bus­can­do un pro­ble­món, le dijo sin salu­dar­lo, mien­tras se sen­ta­ba en una silla un poco des­ven­ci­ja­da. Al igual que la mesa.

―No aguan­to estu­diar. Ven­go de la Escue­la de Magis­te­rio y ya he per­di­do toda la ilu­sión que allí me trans­mi­tie­ron.

―Pero… ¿Qué has hecho, tío? ¿Matri­cu­lar­te en Magis­te­rio? Si no estu­dias nada. No haces nada. Ade­más, cla­ri­to como el agua, y esta pala­bra la pro­nun­ció con un mar­ca­do tono iró­ni­co, cla­ri­to como el agua, tu padre quie­re que hagas una carre­ra uni­ver­si­ta­ria tipo Medi­ci­na. Lo has habla­do con él mil veces y con don Pedro, ese ami­go de tu padre que le sir­ve de con­se­je­ro edu­ca­ti­vo. Lo que pasa es que tu Selec­ti­vi­dad les ha tras­to­ca­do todas sus enso­ña­cio­nes de que fue­ras médi­co.

―No lo sopor­to. Estoy que­ma­do. Ten­go que estu­diar una carre­ra uni­ver­si­ta­ria. Nadie tie­ne la cul­pa de mis titu­beos. La ten­go yo. Nun­ca me he vis­to en esta situa­ción. Lo que per­tur­ba mis actua­cio­nes y tras­to­ca mis deci­sio­nes es un sen­ti­mien­to externo a mí. Hay en mí un víncu­lo con un «algo», no sé cómo lla­mar­lo ni cómo iden­ti­fi­car­lo, que me suje­ta y que inmo­vi­li­za mis accio­nes. Soy un mar de dudas y mi padre se alte­ra cada domin­go que me pre­gun­ta des­pués de comer por mis inten­cio­nes aca­dé­mi­cas. Cuan­do le hablé de rea­li­zar en un prin­ci­pio Magis­te­rio para seguir con una filo­lo­gía, se sobre­sal­tó. Recuer­da, lo lamen­ta una bar­ba­ri­dad, cuan­do me for­zó a estu­diar el bachi­lle­ra­to de cien­cias. Hijo de médi­co, médi­co tie­ne que ser, le repe­tía un pri­mo de su padre de Oren­se cuan­do habla­ban por telé­fono.

―Déja­te de dis­cul­pas. El camino está muy bien pen­sa­do. Tie­nes las puer­tas abier­tas para estu­diar en pri­mer lugar Magis­te­rio, como tú bien has dicho, y pos­te­rior­men­te Filo­lo­gía. De este modo, prue­bas la ense­ñan­za y en caso de abo­rre­cer­la das el sal­to a Filo­lo­gía, pero como inves­ti­ga­dor. No bus­ques dis­cul­pas y, si recha­zas este plan, reco­no­ce­rás que te estás equi­vo­can­do mogo­llón. Mien­tras no lo hagas, no podrás encau­zar tu futu­ro. Como me sen­ten­ció mi pro­fe­sor de Mate­má­ti­cas, des­pués de inten­tar ense­ñar­te a deri­var. Ese ami­go tuyo es un pusi­lá­ni­me, un timo­ra­to.

Ade­más, medio moles­ta y cabrea­da, le dijo a Rafo que ella no venía para elu­cu­brar sobre tu futu­ro.

―Ven­go por­que no sopor­to lo que estás hacien­do y miró con fija­ción la caña que tenía en la mano.

Lucía abrió el sobre­ci­to de azú­car y vol­có su con­te­ni­do en el café con leche que tenía fren­te a sí. Revol­vía y revol­vía con insis­ten­cia, pero no logró su abso­lu­ta diso­lu­ción. Desis­tió y se bebió en diez segun­dos el café.

El silen­cio pre­si­día la mesa por­que Rafo sabía que Lucía esta­ba bus­can­do el momen­to para sol­tar­le su prin­ci­pal repro­che.

―Gra­cias a Dios, ya ten­go el futu­ro dise­ña­do. No es el más idó­neo para una fami­lia que está acos­tum­bra­da a gran­des éxi­tos en carre­ras supe­rio­res y de jodi­da difi­cul­tad. Voy a ser el «gar­ban­ci­to negro de la fami­lia».

―Ya te veo venir. Aquí explo­ta­rá «tu ser acom­ple­ja­do». Enumé­ra­me tus com­ple­jos, que ya los olvidado…¡Son tan­tos!

―No te cachon­dees. Los com­ple­jos son anclas en mis pies que no me dejan cre­cer, que hacen que me afe­rre a «un mun­do feliz» que he cons­trui­do en mi sole­dad, don­de no aireo mis com­ple­jos.

Lucía sacó un papel de su bol­so y se dis­pu­so a leer­lo. Le dijo que un tío suyo, psi­quia­tra en el Mara­ñón, le estu­vo acla­ran­do con­cep­tos en una reu­nión fami­liar.

―La com­pren­sión de los com­ple­jos es una de las herra­mien­tas psi­co­ló­gi­cas que nece­si­ta­mos para la vida. Iden­ti­fi­car y dar sen­ti­do a nues­tros com­ple­jos (remar­có estas pala­bras) nos abre muchas puer­tas y nos ayu­da a enten­der­nos a noso­tros mis­mos, ya que sobre ellos cons­trui­mos nues­tra per­so­na­li­dad. ¿Te que­da cla­ro? Pues, tío, espa­bi­la, que tú tie­nes una mier­da de per­so­na­li­dad.

―Tú y tu mal­di­ta manía de tomar nota de todo. Ya te veo en tu reu­nión fami­liar, todos rién­do­se, y tú, mien­tras habla­ba tu tío, con un cua­derno y tu inse­pa­ra­ble Bic cris­tal toman­do notas a todo meter.

―No cam­bies de tema. No cam­bies de tema. No pue­des con­for­mar tu per­so­na­li­dad en las barras de los bares. No. Todos sali­mos y nos diver­ti­mos. Todos. Pero hay una par­te de ti que ocul­tas con­cien­zu­da­men­te y que te lle­va a ese pro­gre­si­vo ais­la­mien­to. Como le digo en bro­ma a mi madre: este chi­co no ten­dría nin­gún pro­ble­ma en una cel­da de cas­ti­go.

Ni piz­ca de gra­cia le hizo a Rafo la bro­mi­ta. Le cos­ta­ba enca­jar­las. Tor­ció el ges­to cla­ra­men­te y tar­dó unos sig­ni­fi­ca­ti­vos segun­dos en vol­ver a la nor­ma­li­dad.

―Mira, no me psi­co­ana­li­ces. De aquí me man­das a la clí­ni­ca del Doc­tor León en una pata­da. No, mujer, no. Yo me mane­jo muy bien en mi des­or­den emo­cio­nal y en mi anar­quía psí­qui­ca.

―Entonces…¿Por qué me lla­mas cada dos por tres para que yo te lama las heri­das? ¿Por qué tie­nes com­ple­jos? ¿Por qué nece­si­tas una mano direc­triz para que te resuel­va el caos que vives con Mari­sa? ¡Joder! ¡Toma tú las deci­sio­nes!

El silen­cio de Rafo era muy sig­ni­fi­ca­ti­vo.

―Sabes per­fec­ta­men­te que lle­vo sema­nas detrás de tus cer­ve­zas. Esto sí me preo­cu­pa más. Com­pro­ba­rás que tuer­zo el ges­to cada vez que te veo con una caña en la mano. No lo aguan­to. No te aguan­to. Me voy a casa, que me espe­ra mi madre para comer y para ir de com­pras lue­go.

Guar­dó silen­cio Rafo y, con el vaso en las manos, lo dejó brus­ca­men­te en la mesa. Sabía que tenía toda la razón Lucía. Lo sabía. Pero su volun­tad de blan­di­blup lo aco­go­ta­ba y le ponía en ban­de­ja otra recaí­da emo­cio­nal. Vio cómo salió su ami­ga sin vol­ver la cabe­za.  Cogió un taxi con una deci­sión que yo envi­dia­ba. Qui­so hablar con ella para refre­nar­la y pro­me­ter­le… Pero, como en tan­tas oca­sio­nes lo hizo tar­de, tar­de.

―Lucía, tía, no te vayas…Y la mira­da del Cafe­te­ro se cla­vó en los ojos de Rafo y este leyó cla­ra­men­te el men­sa­je: Un mar cal­ma­do no hace mari­ne­ros. (Hatroz) (2025)

EL MEJOR BANCO DEL MUNDO

Des­de el mejor ban­co del mun­do, en Loi­ba, no se con­tem­pla el pai­sa­je: se escu­cha. El mar no es azul, es un rumor anti­guo que se arras­tra por los acan­ti­la­dos como una len­gua de sau­da­de. Las olas no rom­pen: susu­rran secre­tos que solo entien­den los que han per­di­do algo. Y el vien­to, ese vien­to galle­go que no aca­ri­cia, sino que inte­rro­ga, se cue­la por los poros como una pre­gun­ta sin res­pues­ta.

Uno se sien­ta en ese ban­co y deja de ser turis­ta, deja de ser cuer­po. Se con­vier­te en memo­ria. En eco. En niño que corre por las tie­rras galle­gas, en adul­to que sil­ba miran­do al mar, en madre que reza para que todo siga igual. El ban­co no es ban­co: es altar. Es con­fe­sio­na­rio. Es pal­co de la emo­ción.

Allí, el tiem­po no avan­za. Se cur­va. Se detie­ne. Se vuel­ve infan­cia, se vuel­ve can­ción, se vuel­ve lágri­ma que no cae, pero pesa. Y uno entien­de que Gali­cia no es tie­rra ni idio­ma: es heri­da dul­ce, es abra­zo que ras­pa, es poe­ma que no se escri­be por­que ya está dicho en cada pie­dra, en cada nube, en cada silen­cio.

Des­de ese ban­co, uno no mira el hori­zon­te. Lo recuer­da. (Nie­blas y lem­bran­zas) (1995–2025)

CAPÍTULO III DE ‘PEITO DE BRONCE’.- LUGAR DE RESIDENCIA Y PROFESIÓN

Pei­to de Bron­ce tenía seten­ta años cuan­do hablé con él por pri­me­ra vez. Había naci­do en el año 1929, un 15 de agos­to, día de la Vir­gen.

—No podía ser otro día. La Vir­gen lle­va pro­te­gién­do­me toda la vida. ¡Bah!, casi toda… Por­que hoy ya no hay san­to ni demo­nio que me doble la espal­da con faci­li­dad. Con la fuer­za de un boxea­dor de peso pesa­do… qui­zás —decía todo orgu­llo­so.

Inclu­so en sus horas más bajas, que­ría man­te­ner el pul­so de su afa­ma­da for­ta­le­za físi­ca y emo­cio­nal.

Su ros­tro mos­tró una señal de tris­te­za cuan­do su mujer, falle­ci­da hacía unos años, le vino a la memo­ria. Aque­llo era una cruz difí­cil de olvi­dar. La tenía gra­ba­da en el cora­zón como quien lle­va tatua­do en la piel algo impo­si­ble de borrar.

Vivía en una fin­ca de media hec­tá­rea cer­ca­da por una valla y un valla­do hechos ambos por su padre en la juven­tud. En esa peque­ña fin­ca cul­ti­va­ba cerea­les, hor­ta­li­zas y pata­tas, jun­to a una fila per­fec­ta de cui­da­do­sos árbo­les fru­ta­les. Me con­tó que no tenía muchos ani­ma­les: dos vacas, una seca y otra leche­ra, tres cer­dos y un lechon­ci­to, un caba­llo muy ele­gan­te y bien cui­da­do, un burro, unas pocas galli­nas y dos perros de pallei­ro (raza autóc­to­na galle­ga, exce­len­te para guar­dar y con­du­cir el gana­do).

Esa fin­ca de la fami­lia de Pei­to lin­da­ba con una pis­ta —hoy ave­ni­da— enton­ces muy mal asfal­ta­da, que iba al cam­po de la feria y que nos lle­va­ba, más allá, a aldeas como Covas y Amei­xen­da. En esa pis­ta, de niños, hacían carre­ras de carri­la­nas. La gen­te decía, con bro­tes de envi­dia cer­te­ra, que las ver­da­de­ras eran el Gran Pre­mio de Autos de Made­ra y el Fes­ti­val de las Carri­la­nas en Estei­ro (Muros), y que las demás eran una «mer­da».

Man­te­ner el equi­li­brio era un ver­da­de­ro pro­ble­ma por­que la ines­ta­bi­li­dad era monu­men­tal y el públi­co, «enci­man­do» cons­tan­te­men­te sobre «los move­di­zos auto­mó­vi­les», pre­sa­gia­ba un acci­den­te segu­ro. Para man­te­ner en ten­sión a los fal­sos pilo­tos, el públi­co ani­ma­ba con gri­tos intem­pes­ti­vos los «infor­tu­nios que esta­ban por lle­gar con casi toda segu­ri­dad».

En una pan­to­mi­ma de impar­cia­li­dad, siem­pre gana­ba el mis­mo: el hijo del doc­tor Ante­lo, Xan o Barrio­lo (barrio­lo = joven inma­du­ro), por­que el padre le com­pra­ba todos los apa­ra­tos nece­sa­rios —la mayo­ría tru­ca­dos— en La Coru­ña. Le lla­ma­ban así por lo ver­gon­zo­so y timo­ra­to que se mos­tra­ba en las fies­tas cuan­do una chi­ca se le acer­ca­ba con inten­cio­nes «no cas­tas», decía el padre.

Manuel era un exce­len­te car­pin­te­ro eba­nis­ta.

—Dada la abun­dan­cia fores­tal de Gali­cia —decía él enva­ne­ci­do—, es un ofi­cio muy impor­tan­te. Sin nues­tra fami­lia, ten­dríais que sen­ta­ros en el sue­lo —y lo seña­la­ba, cara­jo, con una chu­le­ría y un albo­ro­to que todos calla­ban en la taber­na.

Su taller, que había sido de su padre, esta­ba jun­to a la casa, en un peque­ño patio en la par­te tra­se­ra de la vivien­da. Alter­na­ba el tra­ba­jo con el cul­ti­vo. Manuel, el hijo mayor, había here­da­do el ofi­cio del padre, aun­que decía que él era eba­nis­ta y no car­pin­te­ro de aldea. En ese taller guar­da­ba sus herra­mien­tas (el barri­le­te, las uñas, las sie­rras, la ensam­bla­do­ra, las gar­lo­pas, las lijas, los mar­ti­llos…) y el ban­co para labrar las tablas.

Pei­ti­ño alar­dea­ba de que con él la repu­tación de la fami­lia había pros­pe­ra­do muchí­si­mo, pues su padre había hecho mesas, ban­cos, puer­tas, ven­ta­nas… y tra­ba­ja­ba con made­ra de pino y cas­ta­ño. Se limi­ta­ba a lo nece­sa­rio en una casa con made­ra de cali­dad míni­ma, decía Pei­to.

—En cam­bio yo —y mos­tra­ba con orgu­llo su pecho fir­me— tra­ba­jo pre­fe­ren­te­men­te con made­ra de nogal y, en poqui­tas oca­sio­nes, con la de cas­ta­ño. Yo solo hago mue­bles de cali­dad —rema­ta­ba. De esas —y seña­la­ba el table­ro de herra­mien­tas—, de esas —y hacía un ges­to de vani­dad—, de esas ape­nas uso la trin­cha­do­ra, las gar­lo­pas y el torno.

Y en el bar, a la hora de las tapas, con­ta­ba con toda pre­sun­ción que una vez había hecho un reta­blo para una capi­lla cam­pe­si­na en un lugar del muni­ci­pio de Brión.
—San­to lugar de pere­gri­na­ción, ¡man­da cara­llo! Y no esas ton­te­rías que hacen algu­nos —les espe­ta­ba a los com­pa­ñe­ros de tas­ca y rema­ta­ba con un chas­qui­do que hacía con un dien­te que se le movía con­ti­nua­men­te.

De repen­te repa­ra­ba en el reloj y apu­ra­ba en segun­dos el últi­mo tra­go, pues su mujer ya esta­ría en casa con la sar­tén al fue­go y la comi­da casi en la mesa.
—¡Arre demo­nio, son las dos y hay que comer! ¡Hora sagra­da para mí! ¡Bah!, ami­gos, me voy por­que ten­go que irme, que…

—Te van a dar unas bue­nas pan­ca­das si lle­gas tar­de.

—Con esas pri­sas va a pare­cer que tie­nes un yugo en el cue­llo —le reía la parro­quia el apo­ca­mien­to que inten­ta­ba simu­lar cuan­do Car­mi­ña le exi­gía pun­tua­li­dad férrea.

—Aún no ha naci­do la que me pon­ga la mano enci­ma. ¿Sabéis? —y se enva­len­to­na­ba como un gallo enca­ra­ma­do. Pero no era capaz de retra­sar­se ni de fal­tar un día a casa a las dos en pun­to, y que­da­ba por unos segun­dos ergui­do como un jun­co rodea­do de espi­gas débi­les.

Se des­pi­dió y tomó la pis­ta de la fies­ta a toda velo­ci­dad. Le ani­ma­ba mucho el vino, le reju­ve­ne­cía el espí­ri­tu algo daña­do por los años, y en el camino de vuel­ta a casa muchas veces can­ta­ba una copli­lla que había escu­cha­do de niño:
Esta­te muy aten­ta, Car­mi­ña, / que he de ir solo por el teja­do, / para que no se ente­re nadie, / aún mucho menos tus padres, / por­que quie­ro ter­mi­nar ya / lo que esta maña­na he comen­za­do.

Los ojos le bri­lla­ban como cuan­do de joven sal­ta­ba el valla­do de la casa de los padres de Car­mi­ña para ver­la en la «clan­des­ti­ni­dad de la noche». (Pei­to de Bron­ce) (2002)

GUAPERAS

Nar­ci­sis­ta en esta­do puro. Se recrea «orgás­mi­ca­men­te» en una pla­cen­te­ra auto­con­tem­pla­ción y actúa de modo tan exhi­bi­cio­nis­ta y pre­po­ten­te, con un plus de bri­llan­ti­na y ropa de mar­ca, que frus­tra el ser juz­ga­do por su físi­co y aspec­to. Se da por hecho que es bello, aun­que su esté­ti­ca luz­ca real­men­te una obs­ce­na fal­ta de armo­nía. Es una per­so­na que con­fun­de las soli­ci­tu­des de ayu­da con piro­pos que sólo exis­ten­tes en su cere­bro. Cree osa­da­men­te que los espe­jos son sus furi­bun­dos fans y que cada vez que se con­tem­pla en alguno, que no es de su pro­pie­dad, debe­ría reve­ren­ciar­le con un salu­do pró­xi­mo a la reale­za. Cuan­do cuel­ga una foto en las redes socia­les lo hace como si fue­ra una obra de arte para las nue­vas gene­ra­cio­nes. Dicen que su últi­ma peti­ción, en el momen­to de su falle­ci­mien­to, es que su cuer­po sea dise­ca­do o momi­fi­ca­do para el recreo pla­cen­te­ro de sus ena­mo­ra­das.

CAPÍTULO IV DE ‘HATROZ’.- LA CRUZ

Rafo pasó otra noche de perros. Noche hatroz. Era una pesa­di­lla reci­di­van­te. Como peca­ba de ser un cré­du­lo utó­pi­co, pen­só que con la ins­ta­la­ción defi­ni­ti­va en su nue­va casa, y con el correr de los meses, en la calle Her­ma­nos Mira­lles todos los demo­nios que bro­ta­ron en sus sue­ños la fatí­di­ca pri­me­ra noche se difu­ma­rían. Rafo sufrió mucho con el cam­bio, pues tenía crea­do en su dor­mi­to­rio una micro­mun­do en el que era feliz. 

―Hijo, este piso es nues­tro. Deja­mos el alqui­ler por la pro­pie­dad. Eso es un gran avan­ce para noso­tros. Ya verás como nada de tu pasa­do infan­til y de tu pri­me­ra ado­les­cen­cia se ha per­di­do. Todo ha veni­do a aquí con noso­tros, no mate­rial­men­te, pero sí de cora­zón.  Todos hemos teni­do que ceder. Es el lado humano de todo cam­bio. Tú tie­nes una habi­ta­ción nue­va para cons­truir tu futu­ro. En tu memo­ria están todos los libros que has leí­do y todo lo que allí has vivi­do… Pero eres casi un adul­to y tus nece­si­da­des socia­les tie­nen que ser otras. Yo te voy a seguir com­pran­do libros, pero de otra índo­le. No pue­des seguir ape­ga­do a los libros infan­ti­les.

¿Tan­to ha podi­do influir en mí el cam­bio de casa?, se pre­gun­ta­ba cons­tan­te­men­te en un diá­lo­go absur­do con­si­go mis­mo. Sé que aban­do­na­ba la casa de mi infan­cia y de par­te de mi ado­les­cen­cia, sé que per­de­ría ese mun­do de ilu­sio­nes y fan­ta­sías que había crea­do en mi habi­ta­ción y sé muy bien que nada vol­ve­ría a ser lo mis­mo. Esto debe ser lo que ha agi­ta­do mis emo­cio­nes y me pro­du­ce estas pesa­di­llas.

Rafo asi­mi­la­ba muy mal los cam­bios. Era un joven de luga­res fijos. Adqui­ría una ruti­na y era muy difí­cil cam­biar­la si no era, como en este caso, por un impe­ra­ti­vo fami­liar. Por tal moti­vo, su len­gua­raz e indis­cre­to sub­cons­cien­te ase­gu­ra­ba que, una vez aco­mo­da­do defi­ni­ti­va­men­te en el estre­na­do domi­ci­lio, todos esos fan­tas­mas noc­tur­nos que empe­za­ron a hacer­se pre­sen­tes la pri­me­ra noche lo aban­do­na­rían deján­do­lo rotun­da­men­te en paz.

Pero no fue así. Cuan­do le con­ta­ba a su pri­mo Jor­ge el sue­ño reci­di­van­te y can­sino que sufría, alu­ci­na­ba por­que él dor­mía como un mon­je de Silos.

―Una fila de gusa­nos san­gran­tes, con­ta­ba estre­me­cién­do­se, se intro­du­ce por mis fosas nasa­les y sale por la cavi­dad ocu­lar vomi­tan­do san­gre en una repul­si­va suce­sión casi inter­mi­na­ble. Pene­tran pos­te­rior­men­te en mi boca y con ver­da­de­ra frui­ción los mas­ti­co como el más exqui­si­to man­jar. Al momen­to me des­pier­to des­pa­vo­ri­do, espan­ta­do y con la cami­se­ta adhe­ri­da a mi cuer­po por lo suda­do en esa sobre­co­ge­do­ra esce­na. Con­vul­so y taqui­cár­di­co miro el des­per­ta­dor y com­prue­bo que sólo ha pasa­do una hora des­de que me acos­té. ¿Cómo dor­mir enton­ces?

―Rafo, se lo tie­nes que con­tar a tus padres. No es nor­mal que un tío de 17 años ten­ga esos sue­ños, esas pesa­di­llas. Yo te conoz­co bien y no hay moti­vo para esas alu­ci­na­cio­nes.

Pero Rafo se lo ocul­ta­ba a sus padres, así como el hecho de que últi­ma­men­te se acos­ta­ba con unas peque­ñas dosis de un ner­vio­sis­mo elec­tri­zan­te, que iban en aumen­to según avan­za­ban los minu­tos y que todo explo­ta­ba en la desa­zo­na­do­ra visión men­cio­na­da.

Una noche, des­con­tro­la­do por la pesa­di­lla, abrió la ven­ta­na y pro­fi­rió un ala­ri­do que su madre pudo escu­char con toda niti­dez des­de su dor­mi­to­rio. Habi­ta­da por un insom­nio lace­ran­te, des­per­tó muy asus­ta­da a su mari­do que dor­mía pro­fun­da­men­te. Los dos, a toda velo­ci­dad, se hicie­ron pre­sen­tes al ins­tan­te en la habi­ta­ción de Rafo, que tuvo que jurar mil veces que el gri­to no salió de él, que debe­ría haber sido un gru­po de gam­be­rros que con fre­cuen­cia cele­bra­ban fes­ti­nes en la vivien­da de enfren­te.

―Hijo, los gri­tos venían de aquí, de esta ven­ta­na, no del patio de enfren­te. Su madre le habla­ba en un tono las­ti­me­ro que no ocul­ta­ba una gran­dí­si­ma preo­cu­pa­ción. Te veo tan exci­ta­do y todo empa­pa­do en sudor que algo terri­ble has teni­do que soñar. 

―Papá, de ver­dad. Yo no he hecho nada. Esta­ba dur­mien­do plá­ci­da­men­te y el gri­to fue el que me des­per­tó a mí dán­do­me un sus­to de muer­te. Tran­qui­los, no os preo­cu­péis y vol­ved a la cama.

Su madre, qui­zá por esa natu­ra­le­za bal­sá­mi­ca y pro­tec­to­ra, bajó la mira­da y acep­tó su expli­ca­ción.

De la habi­ta­ción con­ti­gua, don­de dor­mía su her­ma­na, se oyó un níti­do «ya te vale».

Rafo se que­dó recos­ta­do en la cama exhaus­to por lo vivi­do y con el con­ven­ci­mien­to de que sus padres no se cre­ye­ron ni una de sus pala­bras.

Los dos salie­ron de la habi­ta­ción con cara de des­con­fian­za y preo­cu­pa­ción y cerra­ron la puer­ta con un exce­so de celo.

―Maña­na habla­mos, maña­na, maña­na… Fra­se para­dig­má­ti­ca pro­nun­cia­da con mucha fre­cuen­cia por su padre en dife­ren­tes y preo­cu­pan­tes situa­cio­nes.

La noche con­clu­yó en un silen­cio abso­lu­to, solo vio­len­ta­do en diver­sos momen­tos por el llan­to de una madre que pen­sa­ba que había lega­do a su hijo el patri­mo­nio de los temo­res noc­tur­nos.

Su padre ter­mi­nó de arre­glar­se y, des­pués de beber­se de pie un café con leche, se des­pi­dió con mucho cari­ño de su mujer, que regre­só a la cama para apro­ve­char el últi­mo sue­ño, si lo hubie­re.

Rafo era cons­cien­te de que cada vez dura­ba menos tiem­po ese alar­man­te esta­do de ner­vio­sis­mo, sín­to­ma de una cómo­da acli­ma­ta­ción a la situa­ción.

―Me estoy fami­lia­ri­zan­do en dema­sía con esta alu­ci­na­ción.

―Rafo, tío, debes luchar por­fia­da­men­te para des­te­rrar tal deli­rio, le decía su ami­ga Lucía mirán­do­lo a los ojos sin pes­ta­ñear. Tie­nes que ir al médi­co.

―La exigua volun­tad que rige mis actos no logra ni un pun­to en com­ba­te tan des­igual. No logro esca­par de él.

―Esta fra­se la has teni­do que leer en algún libro de tu padre. No es tu mane­ra de hablar, joder. Habla cla­ro y sin maes­tros de la fra­seo­lo­gía médi­ca.

Una vez com­pro­ba­do que se había que­da­do solo en su habi­ta­ción, tres accio­nes casi simul­tá­neas eran las que suce­dían a tan endia­bla­da secuen­cia vivi­da hacía unos minu­tos. A pun­to de des­en­tu­me­cer­se, y con un lige­ro olor a sudor, se fro­ta­ba con delei­te los ojos has­ta que logra­ba qui­tar­se las lega­ñas. Tras ello, y antes de poner­se en pie, un esti­ra­mien­to de cue­llo gira­to­rio para poder con­fir­mar que todo seguía en su sitio. Ni sue­ños, ni som­bras, ni pala­bras. Por últi­mo, una agra­da­bi­lí­si­ma sen­sa­ción de pla­cer inme­dia­to al entrar en con­tac­to sus pies des­cal­zos con la mulli­da moque­ta.

―¿Por qué olvi­do todas las noches el lugar en el que duer­mo? No logro recor­dar el lugar en el que sufro esa pesa­di­lla. ¿Esta­ré enfer­mo? Lucía tie­ne razón, debo ir al médi­co. Pero… ¡si lo ten­go en casa! Cuan­to antes me digan qué me ocu­rre, mejor. Esto se lo repe­tía mil veces, pero siem­pre en la sole­dad más abso­lu­ta. No que­ría que nadie cono­cie­ra sus pen­sa­mien­tos.

De nue­vo recos­ta­do en la cama, con los ojos cerra­dos, y ali­via­do refle­xio­na­ba en los acon­te­ci­mien­tos del día ante­rior, y se auto­en­ga­ña­ba con un larriano «lo haré maña­na, habla­ré maña­na con mi padre».

En los momen­tos de racio­nal sen­sa­tez sabía per­fec­ta­men­te que debía hablar cuan­to antes con su padre para con­sul­tar­le el tor­men­to­so trans­cu­rrir de las últi­mas noches des­de un pun­to de vis­ta exclu­si­va­men­te médi­co. Le daba mie­do por­que no que­ría ni oír hablar de heren­cias fami­lia­res.

Pero esa volun­tad se per­día cuan­do, des­pués de bañar­se, «pre­de­sa­yu­na­ba» (horren­do neo­lo­gis­mo) un car­ga­do café con leche con cual­quier cosa que hubie­ra sobra­do de días ante­rio­res y que «dor­mi­ta­ba» en la neve­ra: un tro­zo de tor­ti­lla, unas cro­que­tas o un poco de fiam­bre.

De nue­vo vuel­ta a la cama. Mien­tras per­ma­ne­cía en su cama pen­san­do en qué hacer ese día, se acor­dó de que había que­da­do con el secre­ta­rio de la Escue­la de Magis­te­rio a las 12 de la maña­na y pos­te­rior­men­te con su ami­ga Lucía, la Sen­sa­ta. Deci­di­do ya a levan­tar­se defi­ni­ti­va­men­te, oyó de fon­do la voz de su madre lamen­tán­do­se de su mal dor­mir y de las inquie­tu­des de su zozo­bra emo­cio­nal. La voz era dañi­na y las­ti­mo­sa, aun­que no lo hacía inten­cio­na­da­men­te, era el sufri­mien­to que hería sus entra­ñas.

Corría fina­les del mes de sep­tiem­bre de 1975. Un tiem­po con­vul­so, un tiem­po que pre­sa­gia­ba nume­ro­sos cam­bios, según los más opti­mis­tas. Rafo vivía con el mayor desin­te­rés los acon­te­ci­mien­tos dia­rios que man­te­nían en vilo a su padre, que había sido inca­paz de olvi­dar los logros de una gue­rra en la que par­ti­ci­pó cuan­do era un joven imber­be. Siem­pre que veía a su padre tan afec­ta­do al escu­char Radio Nacio­nal, tenía unos segun­dos de aflic­ción, que se eva­po­ra­ban en el momen­to en el que empe­za­ba a recor­dar los acon­te­ci­mien­tos del día ante­rior.

Como una den­sa nie­bla que se iba levan­tan­do, las lega­ñas pesan muchí­si­mo, comen­za­ron a tomar for­ma las risas de una noche que trans­cu­rrió entre La Galli­na Loca, Cleo y el Nari­zo­tas, en la zona de Mon­cloa. Empe­zó a recor­dar cómo nada más lle­gar a casa, bus­có entre sus pape­les embo­rro­na­dos a las dos de la madru­ga­da de otro día, esos ver­sos diri­gi­dos a Mari­sa, joven que sin inten­ción algu­na por par­te de ella, lo tenía en una encru­ci­ja­da que ponía a las cla­ras su ya inci­pien­te difi­cul­tad a la hora de tomar de deci­sio­nes: o seguir jun­tos o man­dar­lo todo a paseo y cum­plir los «con­se­jos» de su fami­lia, que se había entro­me­ti­do como ele­fan­te en cacha­rre­ría en su rela­ción de modo direc­to e indi­rec­to. Era cons­cien­te de que esta­ba hacien­do mucho daño a Mari­sa y se repe­tía mil veces que «no se lo mere­ce». Su padre, regen­te de un bar en el barrio de Sala­man­ca, le adver­tía cada dos por tres que Rafo era un inma­du­ro inca­pa­ci­ta­do por su nula fir­me­za de carác­ter para solu­cio­nar con­flic­tos emo­cio­na­les.

―Quie­re todo y nada. Sal de él cuan­to antes. Cuan­do lo miro a los ojos sólo veo un joven enma­dra­do emo­cio­nal­men­te e inca­paz de tomar una deci­sión de cara a su futu­ro.

Ella, en esos momen­tos de con­se­jo pater­nal, se acor­da­ba de un sim­pá­ti­co com­pa­ñe­ro irlan­dés de COU que diag­nos­ti­ca­ba su carác­ter con una expre­sión ingle­sa: never too high, never too low (nun­ca muy arri­ba, nun­ca muy aba­jo). Cuan­do lo comen­tó al cabo de unos años con su her­ma­na le dijo bur­lo­na­men­te que pare­cía un lema elec­to­ral. 

Oyó cómo su madre se ence­rra­ba en su dor­mi­to­rio, se incor­po­ró y fue al cuar­to de baño. Se colo­có delan­te del espe­jo para obser­var la evo­lu­ción de su per­fil, meses atrás adá­ni­co y muy esti­li­za­do. Se des­nu­dó y com­pro­bó con repug­nan­cia que las tetas y la barri­ga cada vez des­ta­ca­ban más y vol­vió a dibu­jar su silue­ta en una esqui­na del espe­jo con una barra de labios que tenía su her­ma­na enci­ma del lava­bo. Le gus­ta­ba poner la fecha para dejar tes­ti­mo­nio de su examen visual, aun­que lue­go la ver­güen­za le hacía borrar­lo. Esta locu­ra dura­ba tan­to tiem­po como el que trans­cu­rría has­ta una nue­va que­da­da con sus ami­gos. Des­pués de veri­fi­car su pron­ta deca­den­cia físi­ca, y decir que era un imbé­cil de mues­tra­rio, borra­ba el pseu­do­di­bu­jo con un ende­mo­nia­do cabreo a la par que se jura­men­ta­ba en poner­le reme­dio a su infla­do físi­co.  

Refle­xio­nó sobre su cul­pa sen­ta­do en el inodo­ro y pos­te­rior­men­te diri­gió los ojos a la bañe­ra, que esta­ba a pun­to de rebo­sar de agua. ¿Gim­na­sio? ¿Nata­ción? ¿Cami­na­tas urba­nas? Había pro­ba­do en dife­ren­tes momen­tos de los dos últi­mos años dichas moda­li­da­des de ejer­ci­cio, pero nun­ca expe­ri­men­tó el pla­cer de adel­ga­zar. Nun­ca. Tiro­nes, con­trac­tu­ras, rotu­ras de fibras… Ese era el recuer­do de sus bre­ves eta­pas de vida sana. Como decía Que­ve­do en El Bus­cón, no pro­gre­sa quien, cam­bian­do de lugar, no cam­bia de hábi­tos y cos­tum­bres. Dis­fru­ta­ba con las dis­cul­pas que mane­ja­ba cuan­do hacía dos meses deci­dió dar­se de baja del club Pon­te en for­ma con noso­tros. Que si la pis­ci­na era una asque­ro­si­dad, que si el gim­na­sio era un zoco de esti­mu­lan­tes, que si no podía andar mucho por­que tenía los pies pla­nos y las plan­ti­llas de ace­ro le macha­ca­ban, que si… Repe­tía can­si­na­men­te las mis­mas razo­nes cuan­do los ami­gos más opti­mis­tas lo reta­ban a reto­mar algu­na de dichas acti­vi­da­des en otros clu­bes más atrac­ti­vos.

―La mier­da de gim­na­sio que has ele­gi­do lo has hecho a pro­pó­si­to. Así te verías obli­ga­do a dejar­lo, por­que sucio esta­ba un rato, te ofre­cían pas­ti­llas nada más entrar y «tocacu­los vie­jos» los había a mogo­llón.

Cerró el gri­fo del baño y, antes de meter­se en él, fue a su cuar­to y abrió la ven­ta­na para ven­ti­lar. La ruti­na domés­ti­ca la tenía muy bien apren­di­da. Cier­to es que en tres o cua­tro cosas.

Com­pro­bó que su madre seguía en su dor­mi­to­rio. Regre­só al baño y esta vez no se miró al espe­jo ni de reo­jo, echó gel de acei­te para piel extra­se­ca en abun­dan­cia y la cos­tum­bre dia­ria lo lle­vó a intro­du­cir­se en la bañe­ra con paso len­to y cal­mo­so. Diez minu­tos para rela­jar­se pen­san­do en la nada o pen­san­do en su futu­ro, que era lo mis­mo. Otros diez para enja­bo­nar­se con el cora­je, la furia y la rabia que des­ti­la­ba su cabreo. El acla­ra­do, como siem­pre, des­pués de vaciar el baño, lo reali­zó con agua fría, lo cual le hacía dar un res­pin­go y de este modo comen­zar su simu­la­cro de actua­ción tea­tral en el mun­do exte­rior. Le dio por recor­dar la actua­ción de final de cur­so que tuvie­ron en 6º de bachi­lle­ra­to cuan­do Sera­fín, el alumno más aven­ta­ja­do y exce­len­te imi­ta­dor, pre­sen­tó un pro­gra­ma paro­dian­do a José María Íñi­go. Apro­ve­chó su nimia reten­ti­va para recor­dar a duras penas los tex­tos memo­ri­za­dos en el bachi­lle­ra­to. Bien, un Segis­mun­do ence­rra­do en una maz­mo­rra y lamen­tan­do su suer­te; bien, un Teno­rio implo­ran­do la ayu­da de doña Inés; bien, un esfor­za­do pira­ta fan­fa­rro­nean­do en la proa del bar­co sus últi­mos lau­re­les béli­cos. Su reci­ta­do era tor­tuo­so y entre­cor­ta­do, pero con un tim­bre muy acer­ta­do por­que sabía meter­se rápi­da­men­te en el papel. Salió de la bañe­ra para secar­se. Inten­so, minu­cio­so y pro­fu­so, no dejó un cen­tí­me­tro de piel sin fro­tar con la toa­lla.

A los cin­co minu­tos sonó el telé­fono. Sabía que no era para él. Su pri­mo debe­ría de estar toda­vía dur­mien­do. Tenía cla­rí­si­mo que iba a estu­diar arqui­tec­tu­ra y eso le hacía dor­mir como el ange­lo­te de cual­quier capi­lla. Al tener que ir a coger­lo, pro­fi­rió un gru­ñi­do acom­pa­ña­do de un moles­to joder. Tomó nota del avi­so para su padre y se can­só de repro­char­se día tras día la asea­da ima­gen que pro­yec­ta­ba en la calle y la des­ali­ña­da de su casa. Toca­ba auto­pe­ro­ra­ta higié­ni­ca.

Esta­ba har­to de repe­tir­se infi­ni­tas veces que debía tener el mis­mo aspec­to en los dos sitios, que no le valían en abso­lu­to las jus­ti­fi­ca­cio­nes basa­das en la como­di­dad.

―Si pul­cro en la calle, aún más en casa, reza­ba el lema que su madre le repe­tía todas las maña­nas. Y tú en casa te aban­do­nas. No te lo pue­do decir más veces.

Salió del baño, abrió la neve­ra y colo­có sobre la mesa de la coci­na un tro­zo de tor­ti­lla y una jarra de agua hela­da. En dos minu­tos dio cuen­ta de ello.

Se vis­tió des­pués de pro­bar­se cin­co cami­sas dife­ren­tes. Eran tan simi­la­res en el color y en el dise­ño que resul­ta­ba real­men­te difí­cil ele­gir una. Siem­pre rea­li­za­ba las com­pras sin mirar lo que tenía en el arma­rio. Las dos cami­sas que veía cla­ra­men­te dife­ren­tes mien­tras esta­ban col­ga­das, lue­go en la reali­dad de la calle se con­fun­dían como dos geme­los idén­ti­cos. Y no cedía. Nada de ver lo que col­ga­ba en la barra de su arma­rio antes de ir de com­pras. Nada. Al final, se puso unos chi­nos de color cre­ma y una cami­sa de tono azul cla­ro. El cin­tu­rón y los zapa­tos, ento­na­dos, los dos de color azul marino. Sin cal­ce­ti­nes a pesar de estar en un «casio­to­ño» muy des­apa­ci­ble.  El aspec­to sudo­ro­so con el que se había levan­ta­do le cris­pa­ba enor­me­men­te y al ver­se relu­cien­te, lim­pio y per­fu­ma­do con Agua Bra­va una ale­gría tem­po­ral se refle­jó en su ros­tro.

Des­cu­brió en el pan­ta­lón que se había pues­to una ser­vi­lle­ta con el autó­gra­fo de Tip, cómi­co surrea­lis­ta que jun­to a Coll se esta­ban con­vir­tien­do en un autén­ti­co fenó­meno social, ya que sus tics y fra­ses hechas eran adop­ta­dos por el públi­co en gene­ral como for­ma habi­tual de len­gua­je. Sus cole­ti­llas, des­de el «Dame la mani­ta, Pepe Luí», pasan­do por «¡Hija de mis entre­nal­gas!» has­ta el popu­lar «La pró­xi­ma semana…hablaremos del Gobierno», reco­rrie­ron en aque­llos años toda la geo­gra­fía espa­ño­la con muchí­si­mo éxi­to. Su pri­mo y él lo vie­ron un día en «La Cruz blan­ca». Se deci­die­ron a pedir­le un autó­gra­fo. Y el entra­ña­ble Tip los rega­ñó por no lle­var un bolí­gra­fo y un papel enci­ma. En unos jóve­nes… ¡eso es inau­di­to! Enton­ces, tras un ritual incohe­ren­te, par­tió cere­mo­nio­sa­men­te una ser­vi­lle­ta y nos escri­bió una estra­fa­la­ria dedi­ca­to­ria, fiel refle­jo de su humor absur­do y des­ca­be­lla­do.

Reco­gió el ABC del fel­pu­do de su casa y con un des­dén rayano en el des­pre­cio leyó los titu­la­res del perió­di­co varias veces mien­tras sen­tía cier­tas náu­seas que con­tro­la­ba per­fec­ta­men­te. Lo lle­vó al des­pa­cho de su padre y lo colo­có en la mesa de tra­ba­jo, ates­ta­da de libros de ciru­gía y de un mues­tra­rio de mate­rial de qui­ró­fano. Vio que había en un late­ral de la mesa unos recor­tes del mis­mo perió­di­co de otras fechas: El gobierno no está en cri­sisGerald Ford, pre­si­den­te de EEUU visi­ta Espa­ñaMani­fes­ta­ción a favor de Espa­ña en ParísLa nece­sa­ria refor­ma eco­nó­mi­ca… Se que­dó miran­do fija­men­te estos recor­tes y se dio cuen­ta de la preo­cu­pa­ción que ane­ga­ba el mun­do en el que se movía su padre mien­tras se sen­ta­ba en un sofá del salón cuyo bra­zo dere­cho esta­ba muy soba­do y vati­ci­na­ba que nece­si­ta­ba un tapi­za­do nue­vo. Con la gran­dí­si­ma preo­cu­pa­ción de su madre ante el dete­rio­ro de cual­quier mue­ble de la casa, no enten­día que sus padres lo hubie­ran retra­sa­do sine día.  Algo pasa, se decía. La pas­ta, joder, ¡qué va a ser! Ver­lo y venir­le a la memo­ria la can­ción que le adju­di­ca­ban a la incon­clu­sa cate­dral de Vito­ria: larán, larán, larán…

Ruti­na­ria­men­te des­pi­dió a su her­ma­na que se fue a la uni­ver­si­dad. Se diri­gió a la coci­na con la liber­tad de saber que su madre toda­vía no había sali­do del cuar­to de baño y se sen­tó en el sue­lo para notar el frío que trans­mi­tían las bal­do­sas de la coci­na. Al cabo de quin­ce minu­tos, su madre salió de su habi­ta­ción y se con­du­jo al baño para ter­mi­nar de arre­glar­se con el cui­da­do y el esme­ro que siem­pre ponía en estas accio­nes. Recor­da­ba la fra­se que lle­va­ba en el fron­tis­pi­cio de su esté­ti­ca: de joven me arre­gla­ba para gus­tar, aho­ra para no asus­tar. (Hatroz) (2025)

EL ESCRITOR

El aba­ti­do escri­tor se arran­có la mano izquier­da des­pués de ver la sequía de ideas y pro­yec­tos. Es la inuti­li­dad per­so­ni­fi­ca­da, decía a todo aquel que le que­ría escu­char. Le vinie­ron a la men­te las innu­me­ra­bles noches que pasa­ba en encar­ni­za­da lucha con una pala­bra, con un ver­so, con una idea. No se can­sa­ba. Mil libros de con­sul­ta. Mil noches inten­tan­do encon­trar la sali­da ideal a ese labe­rin­to de pala­bras que es un sim­ple poe­ma. Con la dure­za del ser más inhu­mano ―que los hay― se auto­cul­pó del fra­ca­so de su vida lite­ra­ria y amo­ro­sa. Aun­que esta últi­ma tuvo ―no creo que vuel­van― días de mucha glo­ria. Y simu­la­ba men­tal­men­te el paseo triun­fan­te de un mode­lo de alta cos­tu­ra. Todo esto se enma­ra­ña­ba en su cabe­za mien­tras sabo­rea­ba dos dedos de whisky, el úni­co modo de miti­gar sus des­ven­tu­ras. Muchas pro­me­sas, pero otra vez igual, rema­ba el mar de su memo­ria. Con­tem­pló su mano con des­pre­cio ―nun­ca sopor­tó su inca­pa­ci­dad para pedir con­se­jo o ayu­da―, abrió la ven­ta­na y la lan­zó deses­pe­ra­do y derro­ta­do. Mien­tras, la fren­te se le per­la­ba en un des­am­pa­ra­do sudor, sin­tió un cer­te­ro ali­vio, pero de cla­ro matiz tran­si­to­rio. Sor­pre­sa orgás­mi­ca, se decía con iro­nía últi­ma­men­te. Otra mano le cre­cía indó­mi­ta y pode­ro­sa. Miró el nue­vo apén­di­ce, que iba dere­cho a su sexo, y muy reju­ve­ne­ci­do por el licor de la eter­na juven­tud de los dio­ses paga­nos, se sen­tó al orde­na­dor con un ines­pe­ra­do aba­ni­co de lite­ra­rios pla­ce­res ocul­tos. (A la som­bra del ver­bo) (1995–2025)

ENTRE SOMBRAS Y SILENCIOS

A veces, en los momen­tos tran­qui­los del día, me sor­pren­do a mí mis­mo escon­di­do detrás de una voz que no ter­mi­na de salir. Sien­to un impul­so interno que quie­re hablar, aso­mar­se, res­pi­rar… pero se detie­ne jus­to antes, como si le die­ra ver­güen­za mos­trar­se por com­ple­to. Me cubro con una espe­cie de nie­bla sua­ve que apa­ga mis ges­tos y mis pala­bras, mien­tras mi cora­zón late tran­qui­lo, cui­dán­do­se, espe­ran­do su momen­to.

Las pala­bras vie­nen a mí, revo­lo­tean inquie­tas, pero no se ani­man a tomar vue­lo. Mis ojos bus­can refu­gio en el sue­lo, como si allí pudie­ran ocul­tar­se del mun­do. Y mis susu­rros, peque­ños y frá­gi­les, se que­dan atra­pa­dos en mis dudas, nave­gan­do en ese mar interno que a veces me sobre­pa­sa.

Aun así, den­tro de ese silen­cio hay algo valio­so. Un peque­ño mun­do ínti­mo, deli­ca­do y hones­to, que flo­re­ce en lo pro­fun­do. Allí guar­do lo que soy, lo que toda­vía no mues­tro, lo que espe­ra el ins­tan­te jus­to para abrir­se sin temor. Es un lugar don­de mi apa­ren­te fra­gi­li­dad se trans­for­ma en fuer­za, don­de mi sin­ce­ri­dad bri­lla sin nece­si­dad de hacer rui­do.

Entien­do que la timi­dez no es un muro: es una puer­ta. Y detrás de ella hay un cora­zón vibran­te, que desea ser vis­to y abra­za­do tal como es. Aun­que a veces me escon­da entre som­bras y silen­cios, sé que por den­tro se está ges­tan­do un des­per­tar. Lle­ga­rá el día en que mis pala­bras dejen de tem­blar, en que mis ojos se levan­ten hacia el mun­do, y en que mi voz flu­ya sin con­te­ner­se.

Por­que en mí, detrás de esa bru­ma, vive una ver­dad que no se apa­ga: mi silen­cio tam­bién habla, y mi timi­dez no es más que el paso pre­vio para mos­trar un cora­zón que, cuan­do se atre­ve, ilu­mi­na sin esfuer­zo. (Ver­sos que no dije en voz alta) (1995–2025)

 

A MAÍA

Camino sin rum­bo por el valle de A Maía, como quien bus­ca algo que no sabe nom­brar. El aire hue­le a hier­ba moja­da y a tiem­po dete­ni­do. Cada paso es un lati­do, cada pie­dra un recuer­do que no sabía que guar­da­ba. Los árbo­les mur­mu­ran secre­tos que solo se escu­chan si se cami­na des­pa­cio, como quien res­pe­ta el mis­te­rio de la tie­rra.

El cie­lo, siem­pre cam­bian­te, es un espe­jo de lo que lle­vo den­tro: nubes que se des­ha­cen como pen­sa­mien­tos, cla­ros que abren heri­das de luz. Hay una cal­ma que me envuel­ve, una espe­cie de abra­zo silen­te que me hace olvi­dar el reloj, el rui­do, la ciu­dad. Aquí, en el fon­do del valle, soy solo yo… y qui­zá ni eso.

A Maía no es solo pai­sa­je, es esta­do de áni­mo. Es mi melan­co­lía hecha camino, mi ale­gría con­ver­ti­da en can­to de pája­ro. A veces pien­so que el valle me cono­ce mejor que nadie, que sabe cuán­do nece­si­to per­der­me para encon­trar­me. Y enton­ces dejo que me lle­ve, que me cuen­te, que me cure. (Nie­blas y lem­bran­zas) (1995–2025)

CAPÍTULO III DE ‘HATROZ’.- EL ORIGEN

Esta­mos en 2025. Cer­ve­ci­ta en la mesa. El orde­na­dor encen­di­do. Hago cru­jir mis dedos y me dis­pon­go a escri­bir con el áni­mo de un hom­bre que tie­ne el cere­bro enjau­la­do para no olvi­dar todo aque­llo que le ha rela­ta­do oral­men­te, por correo elec­tró­ni­co o por gua­sap Rafo en dife­ren­tes momen­tos.

Comien­za un nue­vo año ple­tó­ri­co de ilu­sio­nes y des­tem­plan­zas. Y no estoy tris­te, dice Rafo.

―No quie­ro caer en la dis­to­pía. Nues­tra socie­dad, cas­po­sa y paten­te de una des­com­po­si­ción que no sabe­mos aún a dón­de nos lle­va­rá, vive en una inme­dia­tez vital que des­ba­ra­ta cual­quier pro­yec­to que pue­da plan­tear­se uno a años vis­ta. Nos devo­ra la polí­ti­ca de lo pró­xi­mo, ya sea en la com­pra de cual­quier pro­duc­to ―Rafo ha sucum­bi­do en este aspec­to― como en la publi­ca­ción de un libro que habla de las memo­rias de un trein­ta­ñe­ro, ente­le­quia pro­duc­to de una alu­ci­na­ción natu­ral o indu­ci­da.

Ten­go un mie­do Hatroz a fra­ca­sar y que esta his­to­ria de Rafo se con­vier­ta en un bodrio incom­pren­si­ble. Estoy dis­pues­to a hacer un esfuer­zo sobre­hu­mano para no dar­le la razón a mi vene­ra­do Char­les Dic­kens cuan­do dijo que «cada fra­ca­so le ense­ña al hom­bre algo que nece­si­ta­ba apren­der». ¿He logra­do apren­der la lec­ción? Mejor me callo la res­pues­ta. Como narra­dor, soy tei­mu­do (en galle­go, cabe­zo­ta) y sigo tro­pe­zan­do en lo mis­mo con una cla­ri­vi­den­cia insul­tan­te.

―Mi tem­po a la hora de tra­ba­jar no es el actual. Me gus­ta la cal­ma. Soy pau­sa­do. Soy un estor­bo en las ace­ras. Abo­rrez­co las pri­sas. Soy un obs­tácu­lo en la caja de los super­mer­ca­dos. No sopor­to andar como si tuvie­ra un cro­nó­me­tro en el obis­pi­llo y el últi­mo récor del mun­do pen­dien­te de mi velo­ci­dad.

Sen­ta­do al orde­na­dor y con músi­ca galle­ga de fon­do me rom­po la cabe­za en pre­sen­tar lim­pio y cla­ro este ter­cer capí­tu­lo de Rafo. Habla­ré de su ori­gen, de esos años en los que él ha pues­to un enor­me cari­ño y que, ya me advir­tió, se extin­gui­rá ―el cari­ño― en otros capí­tu­los de esta his­to­ria. 

Rafo nació en Gali­cia. ¿Es galle­go? No quie­ro ser indul­gen­te con él. Ser galle­go sig­ni­fi­ca no tener mie­do, ser un lucha­dor y tener una gran capa­ci­dad de adap­ta­ción para rein­ven­tar­se las veces que haga fal­ta.

―Todo lo con­tra­rio de lo que tú eres, le dice siem­pre una ami­ga. No me fas­ti­dies, tío. Tú, Rafo, eres un ser apo­ca­do que quie­re atraer la sim­pa­tía de la gen­te con­ti­nua­men­te y eso te pier­de. Es tu puto com­pla­ce, como dices tú. No lo vas a lograr nun­ca. Todo lo con­tra­rio. Estás más cer­ca de que tus ami­gos abo­mi­nen de ti que de que adop­ten una acti­tud de un admi­ra­do res­pe­to. 

La pala­bra afou­te­za es la que defi­ne a la per­fec­ción al galle­go. «Nada se nos pone por delan­te». Son pala­bras de Isa­bel Pérez Doba­rro, una pia­nis­ta san­tia­gue­sa de pres­ti­gio inter­na­cio­nal invo­lu­cra­da en las Nacio­nes Uni­das y que actual­men­te rea­li­za su doc­to­ra­do en la Uni­ver­si­dad de Nue­va York.

―Tú eres un madri­le­ño tes­ta­ru­do y enca­bu­xa­do en decir que eres galle­go por­que con­ser­vas algu­nos víncu­los con tu tie­rra y cha­pu­rreas la len­gua de Rosa­lía. Mier­da de tío. No tie­nes san­gre en las venas y adop­tas una pos­tu­ra aco­mo­da­ti­cia que te con­vier­te apa­ren­te­men­te en un ser vani­do­so, pero en tu inte­rior bulle un des­qui­cia­mien­to hatroz.

Cuan­do escu­cha estas pala­bras en la voz de su ami­ga Palo­ma, se cabrea muchí­si­mo, le vie­nen a la men­te las pala­bras de un velli­ño que se sen­ta­ba en la famo­sa Herra­du­ra de la Ala­me­da: o gale­go nace e vive onde que­re. O gale­go non ten que xus­ti­fi­car a súa ori­xe, non. (el galle­go nace y vive don­de quie­re. El galle­go no tie­ne que jus­ti­fi­car su ori­gen, no).

Otros, por no defe­nes­trar­lo defi­ni­ti­va­men­te del podio de la galle­gui­dad, le dicen con ter­nu­ra bara­ta que es un madri­ga­lle­go. Es decir, un mix de ambos orí­ge­nes. Este tér­mino fue crea­do en 1998 para des­ta­car a los miem­bros de la Orden de la Viei­ra ―él no per­te­ne­ce― que resi­den en Madrid y que, por su acti­vi­dad o por su éxi­to pro­fe­sio­nal, han alcan­za­do sig­ni­fi­ca­do pres­ti­gio y rele­van­cia social, man­te­nien­do estre­chas rela­cio­nes con la comu­ni­dad galle­ga. Y Rafo, como com­pren­de­rás, no es quién para ser uno de ellos. No.

―Úni­ca­men­te lo eres ―si es posi­ble acep­tar­lo con una gene­ro­si­dad pal­pa­ble― en la últi­ma con­di­ción, le rema­ta Palo­ma.

Y otros, más cer­te­ros en el letal y luci­fe­rino diag­nós­ti­co, lo des­ca­li­fi­can cate­gó­ri­ca­men­te bau­ti­zán­do­lo como un sim­ple mese­ta­rio que ha per­di­do la iden­ti­dad de su tie­rra. Para ser galle­go hay que vivir en Gali­cia, dicen estos con cier­to des­dén sec­ta­rio. Es decir, lo ven como un apá­tri­da o un cas­te­llano sin más.

En algu­nas oca­sio­nes, cuan­do esa pre­gun­ta obnu­bi­la su enten­der por per­sis­ten­te, no sabe res­pon­der real­men­te lo que es. No sabe si sube o si baja la esca­le­ra. Todo depen­de. Si entra o si sale. La ver­dad es que se sien­te piche­lei­ro (natu­ral de San­tia­go), res­pon­de siem­pre con una pre­gun­ta y cada vez que mar­cha para cama su men­te via­ja en galle­go a la capi­tal com­pos­te­la­na. Las per­so­nas que lo cono­cen en el día a día sí afir­man que tie­ne a flor de piel el carác­ter galle­go.

Pero eso es lo de menos. Huyen­do como Daf­ne de Apo­lo, y «con­vir­tién­do­se» en lau­rel pau­la­ti­na­men­te, inten­ta rom­per ese com­pla­ce per­so­nal, y adop­tar una acti­tud uní­vo­ca y ale­ja­da de una eno­jo­sa com­pla­cen­cia.

Y si ando escor­na­do (=de mal humor), come­rei ferro, para non lle fal­tar a nin­guén ó res­pec­to (come­ré hie­rro para no fal­tar­le a nadie el res­pe­to). 

Lo impor­tan­te es que yo, el narra­dor de la his­to­ria, soy el úni­co que cono­ce al dedi­llo la vida de Rafo. Pocos lo cono­cen como yo. Pocos. Que­ri­do lec­tor, si alguien te dice que lo cono­ce muy bien, huye de él como de un rayo, el her­me­tis­mo de nues­tro pro­ta­go­nis­ta sólo ha sido vul­ne­ra­do por mí. Eso sí, con su per­mi­so.

Como com­pro­ba­rás, yo apa­rez­co de vez en cuan­do. Espe­ro no caer­te pesa­do y que no me con­si­de­res un emba­ra­zo­so impe­di­men­to para que pue­das lle­gar a lo más pro­fun­do de Rafo.

Soy un caos a la hora de rela­tar los ava­ta­res de su vida. Él tam­bién vive en una anár­qui­ca vorá­gi­ne de emo­cio­nes y cali­brar un pun­to más o menos obje­ti­vo me ha resul­ta­do en oca­sio­nes impo­si­ble. Esto se con­tra­di­ce con la pul­cri­tud y el orden de su arma­rio en el tra­ba­jo y en casa. Siem­pre que me he sen­ta­do con él a orde­nar sus ideas lo úni­co que he logra­do es un cajón de sas­tre de andan­zas y locu­ras. El zaran­deo aní­mi­co al que está some­ti­do de vez en cuan­do lo deja des­tar­ta­la­do, emo­ti­va­men­te man­ga por hom­bro, pero con una fuer­za motriz intac­ta e impo­lu­ta.

―Impór­ta­me un cara­llo o que son. Veña. A tra­ba­llar. Come­za a escri­bir. (Me impor­ta un cara­llo lo que soy. Ven­ga. A tra­ba­jar. Comien­za a escri­bir).

Como he dicho, Rafo nació en la ciu­dad de Com­pos­te­la. La ciu­dad de la pie­dra y de la llu­via. Su que­ri­da San­tia­go, que patea­ba pal­mo a pal­mo (polo miú­do, en galle­go) todos los vera­nos incan­sa­ble y plá­ci­da­men­te en com­pa­ñía de su her­ma­na. Por razo­nes per­so­na­les, que se sabrán más ade­lan­te, lle­van sie­te años sin ir. 

Es una ciu­dad espe­cial, una ciu­dad que con­ser­va la gra­cia inge­nua de los vie­jos tiem­pos. Todos los que se acer­can a ella, nati­vos, pere­gri­nos o sim­ples visi­tan­tes, lo hacen con el anhe­lo de expe­ri­men­tar un mila­gro. Ese es su fei­ti­zo (hechi­zo). Como dice Jesús Tor­ba­do, «ya cono­ces que ape­nas lle­gue­mos a Com­pos­te­la serán per­do­na­dos todos nues­tros peca­dos, inclu­so aque­llos que ni siquie­ra cono­ce­mos, pues al final de nues­tro via­je nos vere­mos a noso­tros mis­mos como niños recién naci­dos. Vere­mos lo invi­si­ble». Es su Íta­ca par­ti­cu­lar. Y des­de esa edad tem­pra­ne­ra quie­re empe­zar a rela­tar estas memo­rias hatro­ces. O expre­sa­do de otro modo, a tra­vés de mi escri­tu­ra quie­re lograr que voso­tros os trans­por­téis a un mun­do que él con­si­de­ra más humano y que dis­fru­téis de unos recuer­dos que viven un tan­to apo­li­lla­dos en el des­ván de sus lem­bran­zas (memo­rias de unos hechos pasa­dos).

Es un via­je del pen­sa­mien­to a la pan­ta­lla del orde­na­dor, del ipad o de tu smartpho­ne. Per­do­na si mi escri­tu­ra es des­or­de­na­da. Es el des­or­den que mani­fies­to yo, el rela­tor, cuan­do quie­re seguir al pie de la letra lo narra­do por nues­tro pro­ta­go­nis­ta.

¿Que si tie­nen un hilo con­duc­tor? Rafo. ¿Qué si es un egó­la­tra? No lo creo. Mala his­to­ria debe de ser si no tie­ne algo que embas­te todos los capí­tu­los.

―Eso no me vale. Tú no sabes nove­lar. Te lo he repe­ti­do mil veces. Tú eres el Zeus del caos. ¿Cono­ces la pala­bra estruc­tu­ra? ¿Dón­de tie­nes el guion de tu obra? Todo esto me lo dice un vie­jo pro­fe­sor con el que com­par­to ter­tu­lia en el café Moliè­re des­de hace mucho tiem­po.

―Ya te he dicho que el pro­ta­go­nis­ta es Rafo y es el que va a ser­vir de hilo con­duc­tor en los suce­si­vos capí­tu­los. No quie­re estruc­tu­ra ni nada que se le parez­ca.

―Es decir, eres la voz de su amo.

Mi inten­ción es escri­bir capí­tu­los inde­pen­dien­tes y des­la­va­za­dos, pero sin caer en la anar­quía más estri­den­te. Es lo que quie­re Rafo. Cada his­to­ria tie­ne su sen­ti­do, pero no espe­réis que entre los capí­tu­los haya un hil­ván que los rela­cio­ne estre­cha­men­te. Esa es su deter­mi­na­ción.

¿Que si son autén­ti­cas y ver­da­de­ras las his­to­rias? ¡Qué más da! ¿Por qué aga­rrar­se a la sim­ple con­si­de­ra­ción de la auten­ti­ci­dad de unos hechos? Lo impor­tan­te es dis­fru­tar con este via­je al pasa­do más per­so­nal e ínti­mo.

Empe­ce­mos.

¿Cuán­do nació? Esto es más com­pro­me­te­dor. No quie­re decir una fecha en con­cre­to por­que hablar de eda­des es alta­men­te espi­no­so. Men­cio­na­ré una serie de hechos que en aquel inol­vi­da­ble año fue­ron noti­cia. Habrá quien pien­se que no son sig­ni­fi­ca­ti­vos, y que fal­tan muchos otros. ¡Cla­ro está! Pero eso depen­de de la sub­je­ti­vi­dad de cada indi­vi­duo. Esa es su belle­za. Los ha ele­gi­do Rafo con sumo cui­da­do.

Tras­la­dé­mo­nos con la lia­na de la año­ran­za a ese emble­má­ti­co año.

El Derby es, en Com­pos­te­la, un excel­so salón para merien­das y desa­yu­nos, el físi­co nor­te­ame­ri­cano Ches­ter Carl­son inven­ta la pri­me­ra foto­co­pia­do­ra, es impa­ra­ble el cre­ci­mien­to del núme­ro de super­mer­ca­dos en Espa­ña, las cani­cas, las peon­zas y la pído­la se con­vier­ten en los jue­gos pre­fe­ri­dos de los niños, se pro­du­ce una aco­gi­da mul­ti­tu­di­na­ria en Moguer de los res­tos mor­ta­les del poe­ta Juan Ramón Jimé­nez, muer­to en el exi­lio y pre­mio Nobel de Lite­ra­tu­ra, los telé­fo­nos de San­tia­go tie­nen cua­tro cifras, el cine más ele­gan­te en la épo­ca es el Yago de la rúa del Villar nº 51, un kilo de pan cues­ta 0’65 pese­tas, una cami­sa 7’50 y un perió­di­co 0’10, en Nápo­les encuen­tran un loro que habla inglés y reci­ta párra­fos de Sha­kes­pea­re (según la pren­sa del día), la pelí­cu­la que tie­ne mayor éxi­to es Las chi­cas de la Cruz Roja, man­dar una car­ta a otra ciu­dad cues­ta 0’80 cén­ti­mos y al extran­je­ro 3 pese­tas, se inau­gu­ra la base naval de Rota, un alba­ñil no cua­li­fi­ca­do gana 9’20 pese­tas al día, una noche en el lujo­so Hos­tal de los Reyes Cató­li­cos, en la cate­dra­li­cia pla­za del Obra­doi­ro, cues­ta como míni­mo 105 pese­tas, se obser­va una gran pro­li­fe­ra­ción por las calles de las gran­des ciu­da­des de la moto­ci­cle­ta con side­car, se pro­du­ce la muer­te del papa Pío XII, la empre­sa jugue­te­ra Famo­sa lan­za la muñe­ca Güen­do­li­na, pre­sen­ta­ción en socie­dad de la fre­go­na en Espa­ña en la Feria de Zara­go­za, Mor­ta­de­lo y File­món, agen­tes secre­tos de la TIA, entre­tie­nen a los niños del momen­to, el Madrid se alza con la Liga y la Copa de Euro­pa y el otro gran inven­to espa­ñol de la épo­ca hace furor, el Chu­pa-Chups.

¿Y aho­ra qué?

Aho­ra empie­za lo apa­sio­nan­te: ese cons­truir una suce­sión de his­to­rias inco­ne­xas entre sí con los peque­ños reta­les que voy a ir esbo­zan­do con mano fir­me, aun­que un tan­to teme­ro­sa.

―Sólo debes tener mie­do de tu pro­pio mie­do, me recuer­da Mon mien­tras con­su­mi­mos una copa, ya lo cono­ces, en mi lugar pre­fe­ri­do de los míti­cos ochen­ta, Tula.

En este libro habrá de todo: risa, llan­to, iro­nía, sar­cas­mo, dudas, obs­ce­ni­da­des, enga­ños, cuer­nos, denun­cias, fra­ca­sos, exce­sos… Pero siem­pre con la mis­ma inten­ción, que es la de hacer, sin áni­mo de moles­tar u ofen­der, un bos­que­jo más o menos acer­ta­do de dife­ren­tes momen­tos de su ya dila­ta­da vida. No quie­re derri­bar el tiem­po pasa­do. No quie­re hacer un regis­tro del dolor. ¿Rela­tar hechos ocu­rri­dos sola­men­te en la buhar­di­lla de su memo­ria? Tal vez. ¿Son más lec­tu­ras que suce­di­dos? Él no lo cree así. De ver­dad. Yo soy el trans­crip­tor de su his­to­ria. Como decía Kava­fis, ten siem­pre a Íta­ca en la memo­ria… por­que, aun­que la encuen­tres pobre, Íta­ca de ti nun­ca se ha bur­la­do. (Hatroz) (2025)

 

LOS SILENCIOS

Me due­len los silen­cios que no sé rom­per y el alma can­sa­da de que­rer a medias. Camino por den­tro con cui­da­do, como quien pisa un sue­lo frá­gil para no vol­ver a caer. No es que fal­te amor, es que sobra des­gas­te y ya no que­da fuer­za para fin­gir. A veces, sen­tir pesa más que callar, y el «no» se vuel­ve un acto de hones­ti­dad. Des­can­sar tam­bién es una for­ma de seguir vivo por den­tro. Hoy me que­do aquí, en cal­ma, cui­dan­do lo poco que aún sien­to. (Ver­sos que no dije en voz alta) (1995–2025)

LA SANTA COMPAÑA

La «San­ta Com­pa­ña» es una de las leyen­das más mis­te­rio­sas, arrai­ga­das y atrac­ti­vas del fol­clo­re galle­go.

Es una pro­ce­sión espec­tral de áni­mas en pena que reco­rren los cami­nos de una parro­quia duran­te la noche. Su apa­ri­ción sue­le anun­ciar una muer­te o una des­gra­cia, y está siem­pre envuel­ta en un ambien­te de nie­bla, olor a cera y al son de una cam­pa­ni­ta.

Curio­sa­men­te, no son solo espí­ri­tus: la pro­ce­sión va guia­da por una per­so­na viva, con­de­na­da a lle­var una cruz y una vela. Esta per­so­na está bajo una mal­di­ción y solo pue­de libe­rar­se si con­si­gue pasar la cruz a otro mor­tal. La creen­cia en la «San­ta Com­pa­ña» tie­ne raí­ces en la Edad Media y está vin­cu­la­da a tra­di­cio­nes euro­peas sobre pro­ce­sio­nes de muer­tos.

En Gali­cia, tam­bién se cono­ce por otros nom­bres, como «Estan­ti­ga», en la zona de Ouren­se espe­cial­men­te.

La expre­sión «San­ta Com­pa­ña» pue­de venir del latín sanc­tam cum pania, que algu­nos inter­pre­tan como los que comen del mis­mo pan, aun­que esta eti­mo­lo­gía es muy dis­cu­ti­da.

Si te encuen­tras con la «San­ta Com­pa­ña» en un camino galle­go envuel­to en nie­bla… lo mejor que pue­des hacer es evi­tar coger la cruz que te ofre­ce el vivo y debes res­pon­der con fir­me­za: «Cruz ya ten­go» y cru­zar los bra­zos en for­ma de cruz. Esto lo obli­ga a seguir su camino. Ade­más, debes por­tar una cruz, una estam­pa de un san­to o una figa (amu­le­to en for­ma de mano) que pue­de pro­te­ger­te de su influen­cia.

Hay aldea­nos que cuen­tan cómo, al pasar por un cru­cei­ro en ple­na noche, sin­tie­ron un vien­to repen­tino y vie­ron unas luces en pro­ce­sión que se apa­ga­ban al acer­car­se. Uno de ellos ase­gu­ra que se pro­te­gió hacien­do un círcu­lo en el sue­lo y rezan­do, y que la comi­ti­va pasó sin dete­ner­lo, pero dijo que nun­ca vol­vió a cami­nar solo de noche por ese camino. (Nie­blas y lem­bran­zas) (1995–2025)

CAPÍTULO II DE ‘PEITO DE BRONCE’.- EL NOMBRE Y EL ORIGEN

Los días pre­vios a mi via­je a Com­pos­te­la esta­ba ner­vio­so y ate­na­za­do por un com­pro­mi­so lite­ra­rio que, inmo­vi­li­za­do por mi rosa­rio de fra­ca­sos, aca­ba­ría en otro cero. Las habi­li­da­des socia­les y nego­cia­do­ras no eran mi fuer­te. Par­tía siem­pre de una idea per­sis­ten­te que her­vía en mí sin reme­dio alguno: «no nos intere­sa su obra».

Lo úni­co que me agi­ta­ba era el acuer­do al que había lle­ga­do con aquel hom­bre que encon­tré en la Herra­du­ra del par­que de la Ala­me­da. ¿Gran­des expec­ta­ti­vas? Las jus­tas.

Cuan­do me reen­con­tré con Manuel Bali­ño Cas­tro­mil, Pei­to de Bron­ce, me sor­pren­dió su aspec­to arre­gla­do y lleno de vita­li­dad. Nada que ver con el hom­bre taci­turno y derro­ta­do por la vida que se había des­pe­di­do de mí con una mano blan­da y sin fuer­za hacía unos meses. Tal vez qui­sie­ra borrar la ima­gen de hom­bre ator­men­ta­do por una sole­dad impues­ta que no le deja­ba vivir en paz. Era como si se arre­pin­tie­ra de la apa­rien­cia de hom­bre brea­do por las des­gra­cias fami­lia­res que me mos­tró el día de nues­tro pri­mer encuen­tro. Qui­zás nues­tro com­pro­mi­so le dio la vida que él pen­sa­ba ya no tener. Puso mucho inte­rés en que yo repa­ra­ra en la cami­sa lim­pia y la cor­ba­ta azul que lle­va­ba con una orgu­llo­sa ele­gan­cia.

—Vas hecho un pin­cel, Pei­ti­ño —me decía a menu­do mi mujer cuan­do pasea­ba por la coci­na con la cami­sa recién plan­cha­da y unos pan­ta­lo­nes con una caí­da per­fec­ta. Reco­noz­co que me gus­ta­ban los oji­tos que se le ponían a mi mujer cuan­do pro­nun­cia­ba como nadie Pei­ti­ño, y yo pre­su­mía enton­ces como un gallo de pelea.

Des­pués de encon­trar un ban­co con vis­tas a la cate­dral, me dijo que la con­ver­sa­ción debía tener un orden, que nun­ca había tra­ba­ja­do sin pla­ni­fi­car la jor­na­da el día ante­rior.

—Quie­ro con­tar­te la razón de mi nom­bre. Creo que ese debe ser el prin­ci­pio.

Se mos­tra­ba muy orgu­llo­so de su apo­do, pues sabía que las dos ver­sio­nes (la de los ami­gos y la de su mujer) lo ele­va­ban a un lugar de honor en la esca­la de los más des­ta­ca­dos de la aldea.

A él le gus­ta­ban ambas, aun­que son­reía con picar­día con la pri­me­ra por­que la segun­da lo deja­ba ante los hom­bres de la aldea como un mozo ino­cen­te y sin mali­cia.

Los ami­gos con­ta­ban que de joven —le lla­ma­ban Mano­le­cho—, cuan­do iban de vinos por las taber­nas de la aldea, le encan­ta­ba mos­trar el pecho con una natu­ra­li­dad casi ofen­si­va; y que cada vez que moja­ba la palle­ta y apu­ra­ba la taza de un tra­go, se gol­pea­ba el pecho y decía:

—Allá vas, hijo de la parra. Y son­reía mos­tran­do una den­ta­du­ra blan­ca como la nie­ve.

Todo el mun­do decía que en aque­lla épo­ca tenía un pecho fir­me y fuer­te, y que las mozas de la aldea llo­ra­ban por no poder dis­fru­tar y enre­dar los dedos en el pelo riza­do que le cubría, rebel­de y lus­tro­so, la par­te que deja­ba a la vis­ta la cami­sa des­abro­cha­da. Las chi­cas lo espia­ban con la mira­da e se ima­gi­na­ban tum­ba­das en una pla­ya para­di­sía­ca jun­to a él, como si fue­ran Johnny Weiss­mü­ller y una de sus espo­sas, la vedet­te mexi­ca­na Lupe Vélez.

La mujer con­ta­ba otra his­to­ria más román­ti­ca.

De jóve­nes iban a bai­lar siem­pre que había fies­ta o rome­ría, que no eran pocas, en los alre­de­do­res de la aldea.

—Los dos se mue­ven muy bien —decía su madre inten­tan­do imi­tar tor­pe­men­te los pasos de un bai­le que no se sabía si era una muñei­ra, una sar­da­na o una jota ara­go­ne­sa.

Mien­tras sona­ba la músi­ca, ella adop­ta­ba una apa­rien­cia tier­na y apo­ya­ba la cabe­za en el pecho de su mari­do, del color del bron­ce y acol­cha­do por un pelo seme­jan­te al de un col­chón de cuna de un recién naci­do. Ella se jus­ti­fi­ca­ba dicien­do que de ese modo todos los espí­ri­tus malig­nos, fan­tas­mas y áni­mas del demo­nio se ale­ja­ban de su men­te.

—En sus bra­zos estoy en el cie­lo —decía en un tono cari­ño­so, casi como una niña nece­si­ta­da del mimo paterno.

Manuel, Mano­li­ño, / Manuel hecho de pura cera. / ¡Quién me die­ra ser / el fue­go que te derri­tie­ra!

No creo que la bue­na de Car­mi­ña cono­cie­ra la mito­lo­gía clá­si­ca y supie­ra que los dio­ses grie­gos con­ce­die­ron esa vir­tud al bron­ce.

—Mujer, nos está vien­do toda la aldea. Pon­te de una mane­ra menos lla­ma­ti­va.

—¡Ay, Pei­ti­ño! Cuan­do quie­res, eres más adus­to que un eri­zo. Pare­ces una cas­ta­ña reve­ni­da, hom­bre.

Ella le sopla­ba en el pecho y esa sen­sa­ción de fres­cor con el calor del vino lo exci­ta­ba exce­si­va­men­te. Car­mi­ña se daba cuen­ta. No que­ría parar por­que era el úni­co modo de no dis­traer­lo, de encen­der­lo como si estu­vie­ran en una fra­gua libre de direc­tri­ces.

—Mujer, estás loca. ¿No te das cuen­ta de que la mujer de Luis o Baiu­co no nos qui­ta ojo? Y esa es una chis­mo­sa del demo­nio. Le lle­va el cuen­to a tu madre en un segun­do, y des­pués… el que se lle­va las tor­tas soy yo… Que si estoy más sali­do que las cabras de Buga­llo… y no sé cuán­tos insul­tos más.

—¡Bah!, pien­sas más en mi madre que yo. Como sigas así, no sé si voy a tener celos de ella. Y bus­ca­ba con píca­ra astu­cia la boca de su mari­do.

—Para, mujer, para, que vas a con­se­guir que me pon­ga… colo­ra­do, y no por el vino.

Por cier­to, la mujer de Pei­to de Bron­ce se lla­ma­ba Car­me Rebo­ri­do Lou­sa­me, fami­liar­men­te Car­mi­ña a Taram­bo­lla. Ya expli­ca­ré su sig­ni­fi­ca­do. Era natu­ral de Ber­ta­mi­ráns, Ames, en el valle de A Maía. Más exac­ta­men­te de una zona lla­ma­da Os Mar­cos, pues allí había unas pie­dras cla­va­das en la tie­rra que divi­dían su heren­cia de la de sus veci­nos, los Cara­mu­xos. Sus padres vivían en esa casa des­de hacía muchos años. Habla­ban del siglo pasa­do para situar en el tiem­po la fecha exac­ta en la que comen­zó la vida de su fami­lia en ese lugar tan pla­cen­te­ro.

Cuan­do ter­mi­na­ba el bai­le, se sen­ta­ban disi­mu­la­da­men­te en dos tabu­re­tes que bor­dea­ban una mesa de made­ra. Él, lleno de ener­gía; ella, soñan­do con lle­gar a casa.

—No más vino, Pei­ti­ño, no más vino, que lue­go lle­gas a casa y duer­mes como el párro­co de Bidui­do cuan­do come en casa de doña María. (Pei­to de Bron­ce) (2002)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LA GAITA GALLEGA

La gai­ta es vien­to que habla, alma que res­pi­ra, memo­ria que cami­na des­cal­za por los mon­tes de nues­tra tie­rra. Es un gri­to anti­guo que des­pier­ta a los robles, que hace dan­zar la nie­bla entre los peñas­cos, que lla­ma a los muer­tos para que bai­len con los vivos en rome­rías eter­nas.

En su fue­lle vibra el cora­zón de un pue­blo que nun­ca se rin­dió, y en su pun­te­ro los dedos dibu­jan una his­to­ria que no se olvi­da. Cada nota es un lamen­to, una ale­gría, un secre­to guar­da­do en las entra­ñas del tiem­po.

La gai­ta es madre e hija, es fue­go y llu­via, es fies­ta y due­lo. Cuan­do sue­na, Gali­cia ente­ra levan­ta la cabe­za y recuer­da quién es, de dón­de vie­ne y hacia dón­de va. Por­que la gai­ta no es solo músi­ca: es san­gre, es raíz, es liber­tad. (Nie­blas y lem­bran­zas) (1995–2025)

EXPLICACIÓN Y PRÓLOGO DE «YA NO ES DUDA»

En el año 1995, con fecha del 94, publi­qué, en auto­edi­ción, un libro titu­la­do Ya no es duda en una edi­to­rial que no cum­plió dos acuer­dos esta­ble­ci­dos: una correc­ción de las gale­ras en con­di­cio­nes y una dis­tri­bu­ción de los 300 ejem­pla­res edi­ta­dos. Yo cum­plí mi par­te pagan­do una «no paca­ta» can­ti­dad de pese­tas. No hubo dis­tri­bu­ción por par­te de la edi­to­rial y un buen día me encon­tré en mi casa, a la vuel­ta del tra­ba­jo, tres cajas con los 300 ejem­pla­res. Qui­se dis­tri­buir­los yo, pero lo que hice fue una «cutre­dis­tri­bu­ción» ―mi cono­ci­mien­to de esta acti­vi­dad era, y es, nulo― y logré ven­der 76 ejem­pla­res. El res­to, sí, el res­to, los rega­lé a fami­lia­res, escri­to­res, can­tan­tes, con­ce­ja­les de cul­tu­ra de una infi­ni­dad de ayun­ta­mien­tos… Fue una «gene­ro­sa inver­sión» la asu­mi­da por mí: sobres de gran cali­dad y sellos para los gas­tos de envío a casi todas las ciu­da­des y pue­blos de Espa­ña. La cifra fue marean­te. Espe­cial­men­te me dolió muchí­si­mo el mayo­ri­ta­rio silen­cio que reci­bí.

Inci­so: me recor­dó a Cruyff cuan­do, el 17 de febre­ro de 1974, nos calló «in situ» a todo el madri­dis­mo al meter el ter­ce­ro gol, creo, en una de las más dolo­ro­sas derro­tas del Madrid con el Barça.

Fue como una bofe­ta­da de reali­dad: a muy poca gen­te le intere­sa la poe­sía. ¿Tam­po­co a tu fami­lia? Corra­mos un tupi­do velo. Aquí ten­go que hacer men­ción a dos libre­rías que lle­va­ron la meda­lla de oro y la de pla­ta en agra­de­ci­mien­to a la labor publi­ci­ta­ria que ejer­cie­ron.

La libre­ría Pér­ga­mo, sita en la calle Gene­ral Oraá 24, regen­ta­da por dos her­ma­nas, espe­cial­men­te la mayor, Lour­des. Esta mujer publi­ci­tó mi libro en el esca­pa­ra­te, lo aireó a voz en gri­to y lo ven­dió con una des­afo­ra­da gene­ro­si­dad. Eter­na­men­te agra­de­ci­do. Si algún día leye­ra esta entra­da, que­rría que supie­ra que mi agra­de­ci­mien­to no cono­ce lími­tes tem­po­ra­les.

En segun­do lugar, la entra­ña­ble Rubi­ños 1860, sita en la calle Alca­lá 98, don­de el due­ño me per­mi­tió tener en el esca­pa­ra­te quin­ce días mi libro. Como es nor­mal en esa zona, el «trián­gu­lo chu­pón» la devo­ró eva­po­ran­do el ances­tral y embau­ca­dor aro­ma de los libros que exuda­ba, por mucho que dije­ran que man­ten­drían el espí­ri­tu de la libre­ría en un lugar pro­mi­nen­te del gigan­tes­co edi­fi­cio que poseen. No es el mis­mo. Sin estas dos libre­rías, ¿cuán­tos libros hubie­ra ven­di­do? Nin­guno. El libro Ya no es duda, incor­po­ra­do aho­ra a Ver­sos que no dije en voz alta (1995–2025), reco­pi­la­ción de todos mis poe­mas en pro­sa, fue pro­lo­ga­do, es la par­te más impor­tan­te del libro, por el cate­drá­ti­co de la Com­plu­ten­se, y pro­fe­sor mío, Eduar­do Teje­ro, ya tris­te­men­te falle­ci­do. Mi agra­de­ci­mien­to tam­bién es eterno.

A MODO DE PRÓLOGO.- «YA NO ES DUDA»

En José María, la dedi­ca­ción poé­ti­ca es voca­ción sos­te­ni­da, no pasa­tiem­po efí­me­ro, y logos palia­ti­vo para la sole­dad de quien cree andar menes­te­ro­so de comu­ni­ca­ción. Al mar­gen del hedo­nis­mo al uso, ya que rin­de de nue­vo el males­tar de la cul­tu­ra, este joven inquie­re, bus­ca, gol­pea con la pala­bra y la ima­gen depu­ra­da para hallar cami­nos en la muda des­es­pe­ran­za. Como pro­fe­sio­nal de la lite­ra­tu­ra que ejer­ce y como poe­ta res­pon­sa­ble, acu­mu­ló lec­tu­ras de clá­si­cos siem­pre redi­vi­vos: Rubén, Alei­xan­dre, Cer­nu­da, Dáma­so y otras muy res­pe­ta­bles com­pa­ñías. En ellos bebió el esen­cial poé­ti­co, a saber, la inte­rro­ga­ción retó­ri­ca fren­te al mun­do y la pre­gun­ta ínti­ma, tan lace­ran­te a veces, reser­va­da a la vida coti­dia­na. Ítem más, el domi­nio de la for­ma, ya cana­li­za­da en la rima aso­nan­te o flu­yen­do rít­mi­ca­men­te en el ver­so libre. Así lo demues­tra en tan­tos poe­mas de Ya no es duda y de varios iné­di­tos que por gene­ro­sa amis­tad lle­gué a cono­cer. Si los títu­los son pre­mo­ni­ción y avi­so de cami­nan­tes, pue­de ver­se una temá­ti­ca reite­ra­da para quien se con­si­de­ra bus­ca­dor de som­bras y pasa la noche oscu­ra del alma: Tiem­po de silen­cio, La sole­dad ampa­ra­da, El túnel del amor, Memo­rias noc­tur­nas, Dis­fraz noc­turno, Sep­tiem­bre negro, Son­deos noc­tur­nos, Pere­gri­na­ción huma­na, Noc­turno, otra vez. La poe­sía, que Juan Ramón desea­ba para la inmen­sa mino­ría, es bri­sa y se catar­sis en días de incer­ti­dum­bre. Ten­ga­mos a los poe­tas temor reve­ren­cial, pues ellos escu­dri­ñan y alum­bran el tene­bro­so labe­rin­to que somos. José María, buen ami­go, oja­lá per­se­ve­res en tan fir­me y sin­ce­ra escri­tu­ra y reci­bas el asen­ti­mien­to y la aco­gi­da cor­dial que en jus­ti­cia mere­ces. Y allá va la des­pe­di­da con el sabla­zo de tus ver­sos más pro­pi­cios y alen­ta­do­res: Que nadie des­de­ñe mi con­ten­to, que nadie vul­ne­re mi celo­sía.

Eduar­do Teje­ro Roble­do, Cate­drá­ti­co en la Uni­ver­si­dad Com­plu­ten­se

(Ver­sos que no dije en voz alta) (1995–2025)

LA MANO IZQUIERDA

Escri­bo con la mano izquier­da por­que es la que pien­sa dife­ren­te. No me ense­ña­ron a usar­la al prin­ci­pio: fue ella quien se impu­so cuan­do era un cha­val, como un río que no quie­re seguir el cau­ce mar­ca­do. La izquier­da no es solo mano: es memo­ria, es resis­ten­cia, es una for­ma de tocar el mun­do al revés. Mien­tras otros escri­ben hacia fue­ra, yo escri­bo hacia den­tro, dibu­jan­do letras que nacen del lado olvi­da­do del cuer­po. Cada tra­zo es una peque­ña rebe­lión, cada pala­bra una for­ma de decir: «Aquí estoy, y no sigo el camino del reloj». Por­que la mano izquier­da no obe­de­ce: crea. Y en su pul­so va mi ver­dad. (Ver­sos que no dije en voz alta) (1995–2025)

UN NUEVO SALUDO

Bien­ve­ni­dos a recuncar.com, un espa­cio ínti­mo don­de la pala­bra no pide per­mi­so. Aquí escri­bo por­que me nace, por­que me due­le, por­que me impor­ta. Por­que, aun­que mi len­gua de escri­tu­ra sea el cas­te­llano, mi raíz es galle­ga, y des­de ella lucho, recuer­do y resis­to.

Este blog no es un ejer­ci­cio lite­ra­rio ni un esca­pa­ra­te de per­fec­ción lin­güís­ti­ca. Es un acto de memo­ria. Escri­bo des­de Madrid, entre ladri­llos sin alma, don­de el cie­lo ape­nas se deja ver y la pri­sa lo devo­ra todo. Pero cada pala­bra que dejo aquí es un inten­to de vol­ver, de ten­der un puen­te hacia esa Gali­cia que me habi­ta, aun­que esté lejos.

Lucho por Gali­cia des­de el cas­te­llano. Por­que no hay una sola for­ma de amar una tie­rra. Por­que tam­bién se pue­de defen­der lo pro­pio des­de otra len­gua, sin trai­ción ni renun­cia. Por­que el cas­te­llano, cuan­do se escri­be con alma galle­ga, tam­bién sabe a orba­llo, a car­ba­llo, a río que no se detie­ne.

recuncar.com es mi for­ma de resis­tir al olvi­do. Aquí reco­jo lo que se esca­pa: los ros­tros que ya no están, los silen­cios que deja­ron hue­lla, los pai­sa­jes que la memo­ria se empe­ña en con­ser­var. Escri­bo para no per­der­me, para no per­der­los. Para que Gali­cia no se dilu­ya en la dis­tan­cia ni en el rui­do.

No escri­bo para agra­dar. Escri­bo para recor­dar. Para que quien lle­gue has­ta aquí sepa que hay belle­za en la melan­co­lía y fuer­za en la vul­ne­ra­bi­li­dad. Que la emo­ción tam­bién se pue­de decir en cas­te­llano sin dejar de ser galle­ga. Que la iden­ti­dad no se mide por la len­gua que usas, sino por lo que defien­des con ella.

Este blog no se cie­rra. No pien­so callar­me. recuncar.com es mi casa, mi voz, mi for­ma de seguir dicien­do que Gali­cia impor­ta. Aun­que esté lejos. Aun­que escri­ba en otra len­gua. Aun­que no cum­pla con lo que se espe­ra.

Aquí sigo. Con erro­res, con alma, con memo­ria. Por­que escri­bir es mi mane­ra de seguir vivo. Y Gali­cia, aun­que no la nom­bre en cada línea, está en cada pala­bra. (Nie­blas y lem­bran­zas) (1995–2025)

RETRATO DE UN ESCRITOR INSURGENTE

Un escri­to­rio des­me­di­do en la penum­bra dora­da que no ilu­mi­na, pero que arde con len­ti­tud con el recuer­do fer­men­ta­do de un fra­ca­so sir­ve de mesa de tra­ba­jo para un hom­bre —no un hom­bre cual­quie­ra, sino un ofi­cian­te zur­do del ver­bo— que no es un mero escri­ba, que es un atrin­che­ra­do des­ta­pa­dor de fra­ca­sos amo­ro­sos.

Esa mesa es a la vez trono, con­fe­sio­na­rio y sitial. La lám­pa­ra inte­rro­ga. Su luz no es luz, sino cuchi­llo, bis­tu­rí, faro.

En la mesa, el papel arru­ga­do, sub­ra­ya­do, man­cha­do de café o lágri­mas invi­si­bles es un eco de la infan­cia, un reta­zo de memo­ria que se resis­te a ser archi­va­da y exi­ge ser reci­ta­da o dra­ma­ti­za­da.

No hay orden posi­ble. Solo pre­si­de el caos ritual. El bolí­gra­fo zur­do y la espa­da con­tra el canon no escri­ben, recun­can. Regur­gi­ta letras, tra­za cami­nos de vuel­ta y la tin­ta no flu­ye, se arras­tra como un buey can­sa­do por los cam­pos de la len­gua, sem­bran­do dudas, cose­chan­do sau­da­de.

La cami­sa a cua­dros, azul, bei­ge, rebel­de, no cubre el cuer­po, lo decla­ra. Las gafas no corri­gen la vis­ta, la mul­ti­pli­can, la frag­men­tan en mil mira­das simul­tá­neas, todas urgen­tes.

El cálcu­lo que rea­li­za no es mate­má­ti­co, sino emo­cio­nal por­que todas sus ver­sio­nes caben en un solo recuer­do antes de ser disuel­tas en un ritual no tole­ra­do.

Detrás, los libros vigi­lan. No están ali­nea­dos, están en asam­blea. Se aso­cian, se diso­cian, se auto­ci­tan. Ven, oyen, callan.

La mesa no es un escri­to­rio, es un altar de resis­ten­cia, una mesa de ofren­das o un cam­po de bata­lla. Y el hom­bre que la ocu­pa no estu­dia, invo­ca, reci­ta y se equi­vo­ca. Pero con dig­ni­dad.

Lle­va años que­rien­do com­po­ner el himno del error. Cada ges­to suyo es cere­mo­nia; cada pau­sa, ple­ga­ria; cada sus­pi­ro, decla­ra­ción de inde­pen­den­cia emo­cio­nal y cada línea, un  sal­va­vi­das para sobre­vi­vir. (A la som­bra del ver­bo) (1995–2025)

CAPÍTULO II DE ‘HATROZ’.- PRESENTACIÓN

(En este espa­cio, en el blog, está inser­ta­do un vídeo ―sólo con la letra― con la can­ción «Se me olvi­dó otra vez». Can­ción inter­pre­ta­da por muchos artis­tas, pero con dos inol­vi­da­bles para Rafo: Cha­ve­la Var­gas y Enri­que Urqui­jo. Las dos ver­sio­nes son irre­pe­ti­bles. La segun­da, por alu­sión a su épo­ca vivi­da, y por dife­ren­tes fra­ca­sos amo­ro­sos, la lle­va gra­ba­da a fue­go. En los años 80 y 90 habi­ta­ba en él un error mayúscu­lo ―ya se verá en su momen­to― y por tal moti­vo repe­tía, en la sole­dad de su habi­ta­ción, esta can­ción de modo «can­sino y elec­tri­zan­te». En el vídeo, como verás, sólo apa­re­ce la letra. Lo ha pen­sa­do mucho ―si inser­tar­lo o no en este mun­do de la ima­gen―, pero al final la letra y la voz han borra­do cual­quier duda ini­cial).

Hace unas sema­nas, des­pués de una deli­be­ra­ción pre­via que duró varios meses, Rafo se pro­pu­so visi­tar algu­nos de los luga­res más emble­má­ti­cos de los años ochen­ta, unos pocos fre­cuen­ta­dos por él, otros por refe­ren­cias de ami­gos y cono­ci­dos y los menos por lec­tu­ras de pren­sa. Sabía que ten­dría un alto cos­te aní­mi­co, pues la visión idí­li­ca de aque­llos años, que había cons­trui­do duran­te déca­das, des­apa­re­ce­ría en un abrir y cerrar de ojos. Por tal moti­vo, habi­ta­ba en él un espan­to Hatroz a que se frac­tu­ra­se esa bur­bu­ja de enso­ña­cio­nes que mora­ba pla­cen­te­ra­men­te en él.

Vol­va­mos al pre­sen­te. Rafo vive un perio­do de «micro­cri­sis labo­ral y per­so­nal». Se encuen­tra total­men­te des­ubi­ca­do y, como dicen algu­nos cur­sis, no es capaz de visua­li­zar nada posi­ti­vo en los dos ámbi­tos de la vida antes men­cio­na­dos. Espe­cial­men­te en el pri­me­ro, por­que la jubi­la­ción, que cada vez se acer­ca más, sor­pre­si­va­men­te, está des­nu­dan­do pen­sa­mien­tos que nun­ca pen­só que habi­ta­ran en él y en viven­cias que, para un ser apo­ca­do, timo­ra­to y con­su­mi­do emo­cio­nal­men­te como él, están asae­tan­do los pocos recur­sos que le que­dan.  En el segun­do, por­que van pasan­do los años y, por sus raí­ces galai­cas, no sabe si está subien­do o bajan­do la esca­le­ra más impor­tan­te de la vida. Sabe que va a echar de menos a sus com­pa­ñe­ros, a sus alum­nos y al cole­gio en gene­ral, pero deci­di­da está su reti­ra­da. Nada de pro­lon­ga­cio­nes labo­ra­les.

Rafo habla con una sin­ce­ri­dad abso­lu­ta. No quie­re des­viar­se del camino ini­cia­do en este capí­tu­lo y me ha ase­gu­ra­do que deja­rá negro sobre blan­co los sen­ti­mien­tos que sur­jan natu­ral­men­te en las dis­tin­tas situa­cio­nes que narra­ré en esta his­to­ria. La cru­de­za de algu­nas viven­cias, los des­co­mu­na­les erro­res come­ti­dos y las rela­ja­cio­nes estu­dian­ti­les no se deben ocul­tar. No nie­ga que habi­ta en su inte­rior un evi­den­te des­con­cier­to cuan­do le asal­tan múl­ti­ples que­bra­de­ros de cabe­za y esa mal­di­ta obse­sión por lamer­se las heri­das. Le dijo una com­pa­ñe­ra, exper­ta en ana­li­zar men­tes aje­nas que no la suya entre cafés ame­ri­ca­nos lo siguien­te:

―Para poder cla­ri­fi­car tu esta­do de áni­mo debe­rías estar tum­ba­do en un cómo­do diván hablan­do con tu psi­quia­tra a cora­zón abier­to y no en tu casa, sen­ta­do fren­te al orde­na­dor, esfor­zán­do­te sobre­ma­ne­ra para que sal­ga un capí­tu­lo con un míni­mo de decen­cia.

A Rafo los años ochen­ta le han deja­do momen­tos de glo­ria inol­vi­da­bles, pero tam­bién viven­cias que aún san­gran hoy en su cora­zón.

―Si escri­bie­ra un libro de esos años en el que par­ti­ci­pa­sen un cien­to de vivi­do­res de esa déca­da, estoy con­ven­ci­do de que habría cien opi­nio­nes dife­ren­tes, des­de las más flo­ri­das a las más hiper­crí­ti­cas, pasan­do por las más cíni­cas e inclu­so las que nie­gan su exis­ten­cia. No pre­ten­do ser uno de esos adul­tos, en aque­lla épo­ca jóve­nes, que mani­fies­tan hoy haber esta­do en todas las citas emble­má­ti­cas de aque­llos años. No quie­ren com­pren­der que en aque­lla épo­ca no todo el mun­do esta­ba en la onda de la movi­da, y que algu­nas per­so­nas, hoy en día, pue­den sen­tir cier­to recha­zo por lo que algu­nos cali­fi­ca­ron de trans­gre­sor y con­tra­cul­tu­ral y otros de cutre y hor­te­ra. Si fué­ra­mos con­ta­bles, el concierto―homenaje a Cani­to en el salón de actos de la Escue­la de Cami­nos de la Uni­ver­si­dad Poli­téc­ni­ca de Madrid el 9 de febre­ro 1980 habría teni­do tran­qui­la­men­te dece­nas de miles de asis­ten­tes. Nece­si­ta­ría el Mara­ca­ná. Hace unos días leí en una web que asis­tie­ron quin­ce mil per­so­nas. Quie­nes cono­ce­mos aquel recin­to sabe­mos per­fec­ta­men­te de sus limi­ta­cio­nes. Deje­mos las fin­gi­das asis­ten­cias a la glo­ria de los fal­sa­rios y de los hipo­te­ca­dos por las men­ti­ras.

Rafo no asis­tió. Lamen­ta­ble, así fue; pero es la pura ver­dad.

De los ochen­ta Rafo guar­da recuer­dos de loa­bles comen­ta­rios de un ami­go que en aque­lla épo­ca ―en la actua­li­dad impo­si­ble por­que des­gra­cia­da­men­te ha falle­ci­do― era un apa­sio­na­do de la músi­ca y per­te­ne­cía a un gru­po lla­ma­do Los vol­tios. Rafo escu­cha­ba músi­ca evi­den­te­men­te. Pero siem­pre iba a rebu­fo de sus ami­gos. Nun­ca era el cono­ce­dor pri­ma­rio de una can­ción. Nun­ca. Era de los últi­mos que se ente­ra­ba y cuan­do la inten­ta­ba repro­du­cir su arrít­mi­co sen­ti­do musi­cal la des­tro­za­ba. Bueno, había otro ami­go que su sono­ri­dad musi­cal era tan mala como la suya.

Hay una per­so­na en la actua­li­dad que le dice que ese mal oído era per­fec­ta­men­te edu­ca­ble por enton­ces. Nadie lo sabe hoy. Lo veo muy difí­cil.

Inten­tó apren­der a tocar la gui­ta­rra. Como es zur­do, adap­tó la gui­ta­rra «a su des­tre­za manual», pero el desas­tre alcan­zó lími­tes luná­ti­cos. Enton­ces, sal­tó a la armó­ni­ca, con cla­ra opo­si­ción de su madre, pues su her­mano peque­ño, Car­los, murió en los años vein­te por una infec­ción en los labios, y, como no había en aque­lla épo­ca peni­ci­li­na, murió de una sep­ti­ce­mia. Con manual, y dece­nas de horas dedi­ca­do a dicho ins­tru­men­to musi­cal, con­clu­yó que se le daban mejor las mate­má­ti­cas ―¡fíja­te bien!― que la armó­ni­ca. Esto es una «bou­ta­de».

La pri­me­ra vez que Rafo escu­chó a Los Secre­tos ―antes eran Tos― le resul­ta impo­si­ble datar­la. Un sába­do por la noche. Unas copas. Taba­co. Risas. Con­ver­sa­cio­nes absur­das sobre el infi­ni­to. Músi­ca. Incon­gruen­cias meta­fí­si­cas. Inten­tos de ligo­teo. Manos inquie­tas. Besos con sabor a cer­ve­za o a vod­ka con naran­ja. Un sába­do como otro cual­quie­ra. Los Secre­tos entra­ron en él de modo impe­tuo­so ―y aún siguen, aun­que sea sin Enri­que Urqui­jo― al sonar sor­pre­si­va­men­te en los alta­vo­ces de un bar en el que lle­vá­ba­mos varias horas «Ojos de per­di­da». Ben­di­to sea aquel sitio en el que se comió un buen ros­cón amo­ro­so ―de ahí la can­ción «Se me olvi­dó otra vez»―, pero que sir­vió de pre­sen­ta­ción de Enri­que Urqui­jo y su ban­da.

Un San Isi­dro, no pue­de datar el año, en la pla­za Mayor, por San Isi­dro, tras leer una bre­ví­si­ma nota en un perió­di­co ―en aquel tiem­po la infor­ma­ción sobre la nacien­te movi­da era muy ses­ga­da y esta­ba muy mani­pu­la­da―, los pudo ver en direc­to. Pos­te­rior­men­te en otros recin­tos. Aun­que, por cul­pa suya, aún le due­le una ausen­cia que podría adje­ti­var de cicló­pea.

Sus luga­res emble­má­ti­cos en aque­lla épo­ca no coin­ci­den exac­ta­men­te con los de la deno­mi­na­da Movi­da Madri­le­ña. Algún cas­po­so y enva­len­to­na­do por las copas de la juer­ga noc­tur­na, des­pués de reci­bir el inma­du­ro de Rafo dos fuer­tes puñe­ta­zos suyos en ple­na cara, les qui­so ofen­der con un con­tun­den­te pijos de mier­da. Habla­mos de los «bajos de Aurre­rá». En ellos habi­ta­ba lo bueno y lo malo, lo legal y lo ile­gal, lo cutre y lo fetén, lo che­li y lo pijo, lo inde­cen­te y lo come­di­do. Sólo había que saber ele­gir. En los ochen­ta había pubs tran­qui­los que solían fre­cuen­tar des­pués de que­dar en «La Cruz Blan­ca», en «El Para­dor de la Mon­cloa», en «el Nari­zo­tas», en «La Galli­na Loca», en «Fass», en «La Ces­ta», en la cer­ve­ce­ría «Cleo», en «El Esce­na­rio» o en el con­cu­rri­do «Cha­pan­daz» con su famo­sa leche de pan­te­ra.

En esos esce­na­rios «actua­ron» debi­da­men­te y reite­ra­das veces el peque­ño gru­po de ami­gos que «cer­ve­cea­ban» por enton­ces. Pos­te­rior­men­te, muy avan­za­dos los noven­ta, los bajos de Aurre­rá se hicie­ron irres­pi­ra­bles y algo peli­gro­sos. Como otros tan­tos sitios, los aban­do­nó.

Tú, que­ri­do lec­tor, te pre­gun­ta­rás en cuál de ellos «vol­vió a actuar» Rafo en esa visi­ta de hace unas sema­nas. Bue­na pre­gun­ta. Pero te lle­va­rás inme­dia­ta­men­te una decep­ción ―¿otra?―, pues, des­pués de refle­xio­nar con una cer­ve­za en «San­ta Bár­ba­ra», con­clu­yó que las segun­das par­tes nun­ca fue­ron bue­nas ni posi­ti­vas. Al con­tra­rio, sue­len ser frus­tran­tes y des­co­ra­zo­na­do­ras. Como decía Lope de Vega cuan­do habla­ba del amor: «el que lo pro­bó lo sabe». La des­apa­ri­ción o la trans­for­ma­ción en luga­res nada pare­ci­dos a los men­cio­na­dos quie­bran la nos­tal­gia de las evo­ca­cio­nes glo­rio­sas.  El recuer­do que tenía de algu­na espo­rá­di­ca visi­ta que había hecho en soli­ta­rio en los dora­dos ochen­ta a «El Pen­ta» ―sale en la can­ción «Chi­ca de ayer» de Nacha Pop― se vio deca­pi­ta­do con san­gran­te cruel­dad cuan­do lo «revi­si­tó» déca­das des­pués y lo vio con­ver­ti­do en un deca­den­te museo de «La Movi­da».

No negó que «el regre­so al lugar de siem­pre» sufrie­ra una visión muy sub­je­ti­va influi­da por el esta­do de áni­mo del pro­ta­go­nis­ta de esta his­to­ria.

Esos «luga­res de siem­pre» le hacen un daño terri­ble por­que lle­va un tiem­po en el que todo lo ochen­te­ro le hace san­grar. Su mejor ami­go lle­va muchos años casa­dos feliz­men­te, otro buen ami­go, falle­ci­do, otro, des­apa­re­ci­do y a Rafo lo que le que­da es lamer­se las heri­das en tugu­rios de mala muer­te solo o mal acom­pa­ña­do.

Aun­que sabía que esta­ba equi­vo­ca­do por lo expe­ri­men­ta­do, qui­so apli­car­se, como si fue­ra la póci­ma mila­gro­sa del drui­da Pano­ra­mix, para supe­rar su acon­go­jan­te aba­ti­mien­to, un reme­dio equi­vo­ca­do: «visi­tar de nue­vo sus sitios» con áni­mo de recu­pe­rar el espí­ri­tu de los ochen­ta. Pen­só que una golon­dri­na no hace pri­ma­ve­ra. Sería una tera­pia sal­ví­fi­ca aní­mi­ca­men­te por­que lo vería con ojos dife­ren­tes y con una men­ta­li­dad más posi­ti­va. Si cabe. Como avan­cé antes, fue un error garra­fal. Con Enri­que Urqui­jo, Anto­nio Vega, Anto­nio Flo­res y Mano­lo Tena muer­tos, esa inten­ción se hizo invia­ble. Lo úni­co que con­si­guió fue que se pro­du­je­ra en su inte­rior una inco­mi­ble ensa­la­da de hirien­tes recuer­dos, con­ti­nuos pero ridícu­los éxi­tos, angus­tio­sos silen­cios, sono­ros fra­ca­sos, desa­pren­si­vos tor­men­tos y frus­tra­das enso­ña­cio­nes. Fue un des­acier­to des­co­mu­nal aquel tour en una épo­ca en la que él no podía ni con su alma.

Pero todos los que lo cono­ce­mos sabe­mos que es un tei­mu­do ―cabe­zo­ta en galle­go― en temas rela­cio­na­dos con su juven­tud. Deci­dió, para redon­dear la noche y salir por la puer­ta gran­de, rema­tar la fae­na en un bar de copas que, como dije antes, se sigue lla­man­do igual:  «Tula», en la calle Clau­dio Coello núme­ro 116. Sin­ce­rán­do­se con­mi­go, me con­fe­só que este lugar lo macha­ca­ron mil veces un gru­po de ami­gos duran­te los ochen­ta des­pués de que­dar en El Esce­na­rio de la mis­ma calle como preám­bu­lo para una exi­to­sa actua­ción. Son las dos caras de la mone­da: «Tula» sigue con vida, «El Esce­na­rio» bajó el telón hace tiem­po.

Allí cono­ció de modo intem­pes­ti­vo, per­si­guien­do el ras­tro de una vie­ja novia, a Mon. Esta­ba con una ami­ga de toda la vida, que se empe­ñó, nada más ver­lo, en que lo cono­cía. ¡Cómo no me va a cono­cer!, pen­só. El alcohol siem­bra la tes­ta­ru­dez cuan­do flu­ye en abun­dan­cia por las venas. Todo lo que decía lo hacía con bue­nas inten­cio­nes, pero se tor­nó car­gan­te tan­ta insis­ten­cia. Le pre­gun­tó a Rafo el nom­bre mil veces y mil veces que se le olvi­dó. Le vinie­ron a la men­te aque­llas «can­si­na­das» de los años ochen­ta y noven­ta, cuan­do se creían gra­cio­sos y ocu­rren­tes, y le daban el lata­zo de un modo inmi­se­ri­cor­de a cual­quier chi­ca que veían con aquel inge­nuo «yo a ti te conoz­co». Al final se empe­ñó ―no qui­so opo­ner­se― en que se habían cono­ci­do muchos años atrás en ese mis­mo lugar en una fies­ta de un tipo ―en abso­lu­to cono­ci­do por Rafo― al que le habían toca­do varios millo­nes de pese­tas en la lote­ría. Su fra­se final, des­pués de rema­tar la copa y pagar, fue: «¿En esa fies­ta o en el psi­quia­tra?» Se fue sol­tan­do una esten­tó­rea car­ca­ja­da.

La ver­dad es que el tal Mon, cuan­do se mar­chó su ami­ga, se sin­ce­ró con Rafo sin comer­lo ni beber­lo. Se mos­tró muy des­pre­cia­ti­vo con Ana, así se lla­ma­ba la ami­ga, y le advir­tió que la evi­ta­ra.

―Es una espon­ja andan­te. Tie­ne en su bol­so su peor enemi­go: la pas­ta. De ver­dad. Como te coja por ban­da, no te suel­ta. Tie­ne más ten­tácu­los que un pul­po.

―Es decir, que tú la usas sim­ple­men­te como mone­de­ro. ¡Ya te vale, tío!, dijo Rafo. Su silen­cio fue muy sig­ni­fi­ca­ti­vo.

Le pidió que se sen­ta­ran más tran­qui­la­men­te en la plan­ta supe­rior del bar y le res­pon­dió con una sin­ce­ri­dad total:

―Me tomo una copa con­ti­go y me lar­go. Tras­no­char ya no es lo mío. Si me hubie­ras pilla­do en los ochen­ta…

―Ya vere­mos, dijo muy con­ven­ci­do de sí mis­mo. Lo miró y son­rió cal­ma­da­men­te.

La hora se le hacía muy dura, ya que había per­di­do el hábi­to a esas madru­ga­das de copas y char­las. Las suyas esta­ban en el baúl de los recuer­dos.

Lo más lla­ma­ti­vo, que sir­vió para empe­zar con buen pie una suce­sión de «que­da­das», es que eran del mis­mo año. Esto le hizo refle­xio­nar sobre el por­qué de sopor­tar per­fec­ta­men­te las madru­ga­das este hom­bre y, por el con­tra­rio, su ende­blez físi­ca más allá de la hora de Ceni­cien­ta.

Mon lo vio calla­do y con ganas locas de irse a casa a dor­mir. Esto se lo acla­ró en suce­si­vas reunio­nes que, por peti­ción suya, las hicie­ron a media tar­de en el Vips que hay en Orte­ga y Gas­set esqui­na a Veláz­quez.

―¿A qué lla­mas tú media tar­de?

―Pues las cin­co, las seis, las sie­te…

Des­pués de varias que­da­das pudo cons­ta­tar que para Mon la media tar­de abar­ca­ba des­de las cin­co has­ta altas horas de la madru­ga­da. Y para engan­char­lo defi­ni­ti­va­men­te le sol­tó una cita del gran Enri­que Urqui­jo que la lle­va en la fren­te como lema de jus­ti­fi­ca­ción ante cier­tas situa­cio­nes: «cómo expli­car que me vuel­vo vul­gar al bajar­me de cada esce­na­rio».

Esa noche fue ocu­pa­da en su tota­li­dad por Los Secre­tos. Se sin­tie­ron muy cómo­dos hacien­do un reco­rri­do por las can­cio­nes más sig­ni­fi­ca­ti­vas del gru­po y, por supues­to, un pun­to y apar­te se lo lle­vó Enri­que Urqui­jo. Nada posi­ti­vo en cual­quier otro tema. Inter­cam­bia­ron telé­fo­nos y correos elec­tró­ni­cos en la calle con el úni­co fin por su par­te de que Rafo con­vir­tie­ra en rela­tos las vici­si­tu­des de su vida.

―Por lo que has con­ta­do, tie­nes tan­tas cosas que narrar…, me dijo hacien­do un alar­de de orgu­llo y vana­glo­ria. Yo te ayu­do en lo que quie­ras. Que­da­mos cuan­do quie­ras y habla­mos de lo que quie­ras.

―Yo tomo nota de todo lo que me dices y se lo paso a un ami­go. Lle­va años que­rien­do escri­bir la his­to­ria de algo o alguien y no voy a des­apro­ve­char la oca­sión. Verás que no te enga­ño. Tie­ne un blog y pien­sa ir col­gan­do los capí­tu­los, las entra­das o lo que sean, que vaya escri­bien­do.

Se que­dó en silen­cio vien­do el ros­tro ilu­sio­nan­te de Mon.

―Pero… ¿A quién le pue­den inte­re­sar mis corre­rías, mis amo­ríos o mis frus­tra­cio­nes?

―Segu­ro, Rafo, segu­ro que sí. Somos muchos los que hemos vivi­do esos años y que­re­mos reme­mo­rar­los.

La erre, al pro­nun­ciar­la, le pro­vo­ca­ba en la boca una sono­ri­dad que ponía en evi­den­cia su ani­ma­do esta­do.

―Si quie­res me con­vier­to en tu con­fe­sor pro­fano o en tu con­fi­den­te para mati­zar lo que nos quie­ras con­tar en tu libro.

Nos des­pe­di­mos en la puer­ta de «Tula», y Rafo, mien­tras atra­ve­sa­ba el barrio de Sala­man­ca, camino de su casa, refle­xio­nó lar­ga­men­te sobre su pro­po­si­ción. Con toda sin­ce­ri­dad, le exci­ta­ba la idea.

―Pero, yo soy el que lle­ve la batu­ta. Nada de dos manos. Ten­go expe­rien­cias pasa­das que se han tor­ci­do por no tener cla­ra la auto­ría. Y lle­va­ré el orden que yo quie­ra…

Todo esto se lo decía a sí mis­mo para auto­con­ven­cer­se, pues cono­cía muy bien «su com­pla­ce» y cómo res­pon­día ante algu­nas pre­sio­nes emo­cio­na­les.

De pron­to, un buen hom­bre se acer­có a Rafo para inte­re­sar­se por lo que esta­ba dicien­do en alto sen­ta­do en un ban­co. Pen­sa­ba que esta­ba des­va­rian­do o que lle­va­ba una taja­da como un piano. Cuan­do com­pro­bó que ni una cosa ni la otra, se tran­qui­li­zó y cons­ta­tó que lo que esta­ba hacien­do era gra­bar en el telé­fono lo acon­te­ci­do esa noche. (Hatroz) (2025)

 

 

CAPÍTULO I DE ‘PEITO DE BRONCE’.- EL ENCUENTRO

En una de mis últi­mas estan­cias en Com­pos­te­la, hace ya muchos años, en el mes de mayo, fui «víc­ti­ma» de una peque­ña anéc­do­ta. Eso pen­sa­ba yo al prin­ci­pio; por­que, muchas veces, las anéc­do­tas vue­lan como paja­ri­llos libres y se posan en el lugar menos espe­ra­do. Des­pués, como verás, se con­vir­tió en la semi­lla de la his­to­ria que hoy comien­zo a rela­tar. Dicen que los ele­fan­tes tie­nen muy bue­na memo­ria y no olvi­dan su cemen­te­rio. Yo no ten­go nada de ele­fan­te, así que mi evo­ca­ción es mi ver­dad.

Como todos los días, hacia el atar­de­cer, fui a pasear a la Herra­du­ra, en el par­que de la Ala­me­da. Recuer­do que siem­pre bus­ca­ba un ban­co apar­ta­do en el que se sin­tie­ra el fres­cor de esa hora casi sin sol. No desea­ba com­pa­ñía, solo fijar­me en la majes­tuo­si­dad de la cate­dral y res­pi­rar el aire y el aro­ma de las plan­tas que me rodea­ban.

Esta­ba ya har­to del calor sofo­can­te de Madrid y nece­si­ta­ba sen­tir la hume­dad de la tie­rra galle­ga. Gali­cia tam­po­co olvi­da a los suyos. Y cuan­do esta­ba en eso, vi a lo lejos la figu­ra tam­ba­lean­te de un hom­bre mayor que res­pi­ra­ba con mucha difi­cul­tad a cau­sa del can­san­cio y del calor inci­pien­te. Tenía una mane­ra aho­ga­da y des­he­cha —segu­ro que por los años— de tran­si­tar el camino de tie­rra que lle­va­ba a mi rin­cón. Por dar­le un toque dra­má­ti­co, diría­mos que la muer­te se veía en su cara arru­ga­da con una niti­dez casi vir­tual. Deam­bu­la­ba con una par­si­mo­nia ele­gan­te y cal­mo­sa, como si ya lo hubie­se anda­do todo. Al lle­gar a mi altu­ra vi que bus­ca­ba con codi­cia, e inco­mo­di­dad para mí, un lugar don­de sen­tar­se. Al ver que a mi lado había uno, se aba­lan­zó hacia él como un rayo en una tor­men­ta. Este últi­mo esfuer­zo lo dejó sin alien­to, y tar­dó unos cuan­tos minu­tos en recu­pe­rar el resue­llo. Mien­tras recu­pe­ra­ba la res­pi­ra­ción —el poco aire que le que­da­ba en los pul­mo­nes, decía él— se dis­cul­pó varias veces por la «sere­na­ta» que me esta­ba ofre­cien­do. Yo no sé qué le mur­mu­ré, pues seguía en mi esta­do de enso­ña­ción con­tem­plan­do uno de los atar­de­ce­res más hechi­ce­ros de mi vida. Pero él tenía ganas de hablar y vol­vió a dis­cul­par­se con más fer­vor, para ganar­se mi volun­tad y así man­te­ner una con­ver­sa­ción con­mi­go.

—Ya no ten­go con­cien­cia del futu­ro, todo en mí es pasa­do —espe­tó sen­ten­cio­sa­men­te—. ¡Y cómo pesa el mal­va­do!

—¿Y qué quie­re que le diga, mi ami­go? —pen­sé para mí.

Pero él no esta­ba por la labor de espe­rar mi res­pues­ta y con­ti­nuó hablan­do can­sa­do, como si tuvie­se pre­pa­ra­do el dis­cur­so des­de hacía tiem­po.

—Todo en mí es pasa­do. Ten­go esta male­ta —seña­lán­do­se la cabe­za— lle­na de expe­rien­cias y recuer­dos —hara­pos de mi vida— y lle­vo varios días con el «run­rún» de que ya me ha lle­ga­do la hora; y si no mue­ro, voy a esta­llar, mucha­cho.

Son­reí con afec­to, pues hacía mucho tiem­po que nadie me lla­ma­ba así. Esta­ba cla­ro que este hom­bre tenía las coor­de­na­das tem­po­ra­les bas­tan­te des­pla­za­das.

—Tam­bién yo comien­zo a sen­tir el paso del tiem­po. Cier­to es que de otro modo. El tiem­po pesa en nues­tras vidas de mane­ra dife­ren­te.

No sé cómo fue, pero el caso es que comen­za­mos a hablar de lo que él lla­ma­ba los tiem­pos hui­dos, y ense­gui­da lle­ga­mos a un pac­to casi de san­gre.

En el mes de julio yo vol­ve­ría con más cal­ma a San­tia­go y acor­da­mos el siguien­te com­pro­mi­so: todos los días de la sema­na, al ano­che­cer, con­ver­sa­ría­mos un poco de las cosas de la vida.

—Pala­bra de hom­bre —rema­tó él.

Yo asen­tí con la cabe­za.

—Por cier­to, yo me lla­mo Manuel Bali­ño Cas­tro­mil, más cono­ci­do como Pei­to de Bron­ce; hijo de Xoán Bali­ño Pei­to de Anchoa y Maru­xa Cas­tro­mil a Esca­chao­vos.

De repen­te se levan­tó ayu­dán­do­se con su bas­tón y me dijo son­rien­do:

—Has­ta enton­ces, ami­go. Y se mar­chó.

A lo lejos per­ci­bí que cami­na­ba con un andar mucho más ágil y lige­ro. Creo que le insu­flé alien­to humano en su espí­ri­tu vol­ca­do. La sole­dad vacía el alma, y deja a los hom­bres casi derro­ta­dos y des­he­chos. Por lo que supe des­pués de él, era un hom­bre muy par­co en pala­bras.

Pája­ro que bien callas, / en ese ver­de code­so; / tu poca con­ver­sa­ción /es signo de des­pre­cio. (Pei­to de Bron­ce) (2002)

 

CRUCEIRO AL AMANECER

En el cru­ce de los cami­nos, don­de la tie­rra se abre en duda y memo­ria, se alza el cru­cei­ro como un cen­ti­ne­la de pie­dra. La maña­na aún no ha deci­di­do si será sol o nie­bla, y mien­tras duda, todo se vuel­ve sagra­do.

El cru­cei­ro, moja­do por el rocío de la noche, bri­lla con humil­dad. El mus­go que lo abra­za no es deca­den­cia, sino tes­ti­mo­nio. La cruz en lo alto, con el Cris­to de bra­zos abier­tos, no impo­ne: aco­ge. Mira hacia el este, don­de el sol inten­ta rom­per la bru­ma como quien bus­ca una sali­da entre recuer­dos.

Los cami­nos que se cru­zan no tie­nen nom­bre, pero guar­dan hue­llas. Unos van hacia la aldea, otros hacia el mon­te, y todos pasan por aquí, como si la pie­dra pidie­ra per­mi­so antes de con­ti­nuar. Hay hue­llas fres­cas en el barro, un silen­cio que sue­na a rezos anti­guos, y un mir­lo que can­ta sin saber que can­ta para los muer­tos y los vivos.

El cru­cei­ro no habla, pero recuer­da. Es altar y encru­ci­ja­da, pro­me­sa y des­pe­di­da. A sus pies, alguien dejó una flor mar­chi­ta, un tro­zo de pan, o qui­zás una pre­gun­ta. Y mien­tras el sol se atre­ve a abrir­se paso entre las nie­blas, la pie­dra per­ma­ne­ce, como quien sabe que todo camino es ritual. (Nie­blas y lem­bran­zas) (1995–2025)

LA FRUSTRACIÓN HUMANA

Si algu­na vez la llu­via apren­die­ra a evo­car recuer­dos, segui­ría cada reco­ve­co de mi memo­ria con una deli­ca­de­za galai­ca. Cada gota pare­ce­ría encon­trar con una ter­nu­ra genui­na, aun­que fin­gi­da, la ven­ta­na don­de repo­san mis año­ran­zas. Y, por un ins­tan­te, como un peca­do ori­gi­nal táci­ta­men­te acor­da­do, lim­pia­ría el cris­tal empa­ña­do, deli­ca­do y efí­me­ro dibu­ja­do por mí.

Y esos frag­men­tos dan­za­rían y se des­va­ne­ce­rían en mi men­te una y otra vez, así como cuan­do yo dese­cho ideas y pro­pues­tas que alguien des­co­no­ci­do me pro­po­ne anó­ni­ma­men­te. Cae­rían disi­mu­la­da­men­te en la ori­lla de una noche que me eli­ge como com­pa­ñe­ro de penu­rias.

Las calles, de madru­ga­da, ole­rían a pan recién hor­nea­do, los cines esta­rían lle­nos de asien­tos vacíos y las char­las de soli­ta­rios ena­mo­ra­dos se per­de­rían tras el per­fil de anó­ni­mas faro­las.

Habla­ría de puen­tes cons­trui­dos en mi vida con la solem­ne inge­nio­si­dad de aque­llos que creen en los mila­gros de la ins­pi­ra­ción.

Me diría que no me ate­mo­ri­za­ra con el paso del tiem­po, que todos los días son una peque­ña des­pe­di­da y que no espe­ra­ra des­can­sar en el lecho del tiem­po del mun­do. Sería una men­ti­ra ela­bo­ra­da por ese dios pagano que me pro­vo­ca sen­sa­cio­nes inexis­ten­tes.

En mi deseo de escri­bir habría una heri­da que ya no san­gra­ría y un triun­fo que jus­ti­fi­ca­ría años de mi des­con­sue­lo crea­dor. Esas heri­das cus­to­dia­rían mi idea­rio emo­cio­nal y me frac­tu­ra­rían la muñe­ca de mis impul­sos.   

Enton­ces me atre­ve­ría a lla­mar­la y su voz resul­ta­ría una reve­la­ción que liqui­da­ría mi desidia y me impul­sa­ría a des­cri­bir con la otra mano la cali­dez sal­va­je de tu ros­tro y la ama­bi­li­dad de tu tier­na ver­dad.

Y algún día cami­na­ría por los par­ques que tú creas­te para mí y goza­ría con la silue­ta de la mujer que lle­va llo­ran­do años por mí. Su cora­zón se posa­ría como un pája­ro can­ta­rín en la ven­ta­na de mis sue­ños y yo rena­ce­ría, empa­ña­do por la llu­via, con una car­ta que ella lee­ría has­ta la últi­ma línea, son­rien­do con la cer­te­za de haber com­pren­di­do mis pala­bras: amar no es una cues­tión de con­for­mar­se con lo que hay; a veces es guar­dar con ter­nu­ra lo que no se pue­de tener. (Nie­blas y lem­bran­zas) (1995–2025)

NO PIDO PERMISO (MI CREDO EN CASTELLANO)

He sido pro­fe­sor de Len­gua y Lite­ra­tu­ra, sí. He corre­gi­do exá­me­nes, he expli­ca­do sin­ta­xis, he habla­do de Cer­van­tes y de Macha­do. Con rigor abso­lu­to. Con dedi­ca­ción ple­na. Con­sa­gra­do con un entu­sias­mo inigua­la­ble. Pero aho­ra escri­bo des­de otro lugar. Des­de la liber­tad. Des­de la nece­si­dad de man­te­ner viva una voz que no quie­re reti­rar­se. Por­que jubi­lar­se no es callar­se. Es tener tiem­po para decir lo que antes no se podía.

Mi cas­te­llano blo­gue­ro no es per­fec­to, dicen, y no tie­ne por qué ser­lo. Lo he ense­ña­do duran­te déca­das, lo he vivi­do, lo he defen­di­do en aulas, en libros, en con­ver­sa­cio­nes. Y aho­ra, des­de este rin­cón digi­tal que es recuncar.com, lo sigo hacien­do. No con fir­me­za aca­dé­mi­ca, sino como alguien que escri­be con alma, con memo­ria, con con­vic­ción.

No estoy aquí para agra­dar a los puris­tas ni para colec­cio­nar meda­llas de correc­ción gra­ma­ti­cal. Estoy aquí para escri­bir como me nace, como lo sien­to, como lo vivo. Si te moles­ta, si te pare­ce mal, pues cie­rra la pes­ta­ña y sigue con tu día. Pero no ven­gas a dar­me lec­cio­nes, que ya he dado muchas en mi vida.

No voy a cerrar este blog, ni a callar­me, ni a escon­der mi voz por mie­do a equi­vo­car­me. Por­que esta len­gua tam­bién es mía, y la uso como me da la gana. Con erro­res, con mez­clas, con todo lo que tú quie­ras cri­ti­car. Pero con orgu­llo, con pasión y sin pedir per­mi­so. Así que, si no te gus­ta, ya sabes dón­de está la puer­ta.

Escri­bo por­que quie­ro. Por­que el cas­te­llano tam­bién es mío, aun­que no lo escri­ba siem­pre según la nor­ma aca­dé­mi­ca. Por­que me repre­sen­ta, por­que me impor­ta, por­que me acom­pa­ña des­de siem­pre. No le debo expli­ca­cio­nes a nadie por usar mi len­gua como la sien­to. Si alguien cree que no ten­go dere­cho a escri­bir por­que no domino cada regla, que mire para otro lado. Yo segui­ré escri­bien­do y defen­dien­do lo que pue­da en cas­te­llano, a mi mane­ra. Por­que la len­gua es de quien la usa, no solo de quien la regu­la.

No apren­dí a escri­bir para gus­tar, sino para comu­ni­car. Y aho­ra escri­bo para resis­tir. Para que el cas­te­llano no se con­vier­ta en una len­gua de éli­tes, de fil­tros, de exclu­sio­nes. Lo apren­dí en libros, sí, pero tam­bién en la calle, en la vida, en los silen­cios. ¿Come­to erro­res? ¿Y qué? No estoy aquí para agra­dar, estoy aquí para hacer rui­do, para rei­vin­di­car que el cas­te­llano tam­bién es de quien lo vive, de quien lo lucha, de quien lo escri­be con alma.

Alguien me dijo que no toca­ra el cas­te­llano si no lo escri­bía per­fec­to. Pues a mí, me da igual. Escri­bo en cas­te­llano por­que me da la gana, por­que es mío, por­que me repre­sen­ta. No nece­si­to per­mi­so ni diplo­ma para usar mi len­gua. La apren­dí como pro­fe­sor, como lec­tor, como ciu­da­dano, y sigo apren­dien­do cada día. El cas­te­llano no es solo para quien lo domi­na según la nor­ma, es para quien lo sien­te, lo vive y lo defien­de. Y yo lo hago con erro­res, sí, pero tam­bién con mucho amor y con­vic­ción.

Si tú sien­tes ver­güen­za por mi cas­te­llano, pues lo sien­to muchí­si­mo. Mán­da­me a paseo si quie­res, pero no me qui­tes la ilu­sión de escri­bir como me sale del cora­zón. Mi cas­te­llano no será aca­dé­mi­co, pero es real, es vivi­do, es sen­ti­do. No nací para agra­dar a los puris­tas, sino para man­te­ner viva la len­gua que me acom­pa­ña des­de siem­pre. Pre­fie­ro mil veces un cas­te­llano imper­fec­to con alma que uno per­fec­to sin pasión.

Y tú, aca­dé­mi­co del cas­te­llano, déja­me en paz. Olví­da­me. Mán­da­me al cara­jo si te ape­te­ce, pero yo no voy a cerrar este blog. Por­que este espa­cio es mío, y el cas­te­llano que aquí se escri­be tam­bién. No será nor­ma­ti­vo, no será per­fec­to, pero es ver­da­de­ro. Es el cas­te­llano que me nace, que me repre­sen­ta, y que defien­do con cada pala­bra. Si no te gus­ta, pasa pági­na. Pero no ven­gas a dar­me lec­cio­nes, que mi voz tam­bién cuen­ta. (A la som­bra del ver­bo) (1995–2025)

ZURDO E IMBERBE

Exis­to. Escri­bo. Ima­gino. Y, sin embar­go, escri­to­res como yo, segui­mos sien­do en gran medi­da invi­si­ble en la mito­lo­gía visual de la lite­ra­tu­ra.

Abro cual­quier libro sobre «escri­to­res del mun­do», hojeo revis­tas lite­ra­rias o me des­pla­zo por ilus­tra­cio­nes de auto­res anó­ni­mos gene­ra­das por IA. ¿Qué veo? Un des­fi­le de hom­bres bar­bu­dos, con plu­mas en la mano dere­cha, miran­do solem­ne­men­te a lo lejos, como si la sabi­du­ría fue­ra un dere­cho inna­to otor­ga­do por el vello facial y las manos domi­nan­tes de crea­ción dies­tra.

Pero ¿qué hay de noso­tros, los zur­dos, los de meji­llas lisas, aque­llos cuyas man­chas de tin­ta flo­re­cen en el bor­de de nues­tras pal­mas sinies­tras? ¿Aca­so no somos tam­bién escri­to­res?

Yo escri­bo con la mano izquier­da. Mi ros­tro care­ce de la solem­ni­dad mus­go­sa que pare­ce defi­nir al escri­tor «serio». Y, sin embar­go, mis pala­bras tie­nen peso. Mis his­to­rias pal­pi­tan­do vida. He pasa­do, y pasa­ré, noches en vela luchan­do con las fra­ses, per­si­guien­do metá­fo­ras y dan­do for­ma al silen­cio para con­ver­tir­lo en sig­ni­fi­ca­do. Aun así, cuan­do asis­to a lec­tu­ras o envío fotos de autor, me pre­gun­tan, en un correo, con una sim­pa­tía ves­ti­da de con­fian­za, si soy el beca­rio. El asis­ten­te. El estu­dian­te. Y cuan­do mani­fies­to mi edad, me dicen entre líneas que no ten­go nin­gún atrac­ti­vo físi­co y que hoy en día la ima­gen es impres­cin­di­ble. No se lle­van los hom­bres con cara de niño bueno.

Hay una tira­nía silen­cio­sa en la for­ma en que se ilus­tra la lite­ra­tu­ra actual en inter­net o en IA. El arque­ti­po está tan pro­fun­da­men­te arrai­ga­do que cual­quier cosa fue­ra de él se per­ci­be como un error. ¿Un escri­tor sin bar­ba? Debe de ser un prin­ci­pian­te. ¿Un poe­ta zur­do? Una curio­sa ano­ma­lía. ¿Una mujer con el pelo cor­to y sin pipa? Qui­zás sea la edi­to­ra.

Dicen que los escri­to­res zur­dos somos genios crea­ti­vos. Qui­zás sea por­que los lec­to­res pasan la mitad del tiem­po des­ci­fran­do lo que aca­ba­mos de escri­bir: al revés, boca aba­jo y man­cha­do has­ta que­dar ile­gi­ble. Cada cua­derno es un cam­po de bata­lla de tin­ta man­cha­da y espi­ra­les dobla­das, como si el uni­ver­so cons­pi­ra­ra con­tra nues­tras ambi­cio­nes lite­ra­rias.

Los bolí­gra­fos tiem­blan de mie­do en mi mano. Los escri­to­rios cru­jen bajo el peso de los incó­mo­dos ángu­los de los codos. Y, sin embar­go, de algu­na mane­ra, algu­nos zur­dos siguen con­si­guien­do escri­bir obras maes­tras… solo que con un poco más de caos.

Los zur­dos no solo escri­bi­mos, sino que lucha­mos por cada pala­bra. Yo soy una mues­tra. Des­pués de mil correc­cio­nes, con­si­go un resul­ta­do ópti­mo. Estoy con­ten­to con el tex­to. Son­río. Estoy satis­fe­cho, pero fal­ta una cosa.  Quie­ro una cari­ca­tu­ra mía escri­bien­do como ilus­tra­ción. Mi foto la ten­go loca­li­za­da en mi orde­na­dor. Bus­co en inter­net una IA que cari­ca­tu­ri­ce foto­gra­fías per­so­na­les. La mía es muy corrien­ti­ta: estoy en el estu­dio de mi anti­gua casa escri­bien­do con la mano izquier­da un tex­to, ¡cómo es lógi­co! Lle­go a una IA que dicen que es la mejor. Subo la foto, cli­co una vez en esca­near y a espe­rar. Ansie­dad y ten­sión por el resul­ta­do. ¡Oh, sor­pre­sa! Me la devuel­ve con­mi­go escri­bien­do con la dies­tra. ¡Mal­di­ta sea! Le rue­go, le implo­ro que lo cam­bie, que soy zur­do. Pero a la quin­ta peti­ción, lo dejo. Des­ani­ma­do y enga­ña­do.

No se tra­ta de una lla­ma­da a borrar a los bar­bu­dos o a los dies­tros. No. Es una peti­ción para ampliar el mar­co. Así de sen­ci­llo.

PRÓLOGO DE ‘VERSOS QUE NO DIJE EN VOZ ALTA’

Este volu­mi­no­so libro fue escri­to en una casa sin puer­tas ni ven­ta­nas, con pare­des hechas de res­pi­ra­cio­nes que nun­ca lle­ga­ron a ser sus­pi­ros. Aquí no hay tiem­po: los relo­jes se fun­die­ron en los bol­si­llos del olvi­do y las esta­cio­nes que­da­ron atra­pa­das den­tro de un poe­ma que no se ríe. Cada ver­so es un ani­mal que vaga por corre­do­res invi­si­bles, cla­man­do un nom­bre que nadie pro­nun­ció, invo­can­do recuer­dos que se nie­gan a tener ros­tro. La sole­dad cami­na por estos tex­tos como una mujer sin som­bra, des­cal­za, con un mapa arru­ga­do del cora­zón, reci­tan­do en voz baja las direc­cio­nes hacia luga­res que nun­ca exis­tie­ron. No es ausen­cia, es mate­ria. Es la sus­tan­cia con la que se cons­tru­yen las ciu­da­des del que no fui­mos. El des­amor apa­re­ce dis­fra­za­do de mue­ble anti­guo: pare­ce ino­fen­si­vo, pero guar­dia car­tas que no se escri­bie­ron, mira­das que nun­ca lle­ga­ron, ges­tos que que­da­ron flo­tan­do en los espe­jos del pasa­do. La nos­tal­gia es líqui­da, pero no empa­pa. Se fil­tra entre pala­bras como llu­via que cae al revés, dibu­jan­do cons­te­la­cio­nes sobre techos que solo exis­ten en la memo­ria. Cada poe­ma es una habi­ta­ción sella­da, y leer­los es encen­der la lám­pa­ra que tiem­bla en medio del vacío. Este no es un libro para enten­der, sino para habi­tar por un ins­tan­te lo que se per­dió sin ser encon­tra­do. Si el lec­tor se reco­no­ce en un solo de estos ver­sos, aun­que sea bre­ve­men­te, aun­que sea de per­fil, enton­ces el vacío cum­pli­ría su pro­me­sa: ser el lugar don­de todo lo que fal­ta pue­de por fin que­dar quie­to. (Ver­sos que no dije en voz alta) (1995–2025)

PRÓLOGO DE ‘NIEBLAS Y LEMBRANZAS’

Hay libros que no irrum­pen con estré­pi­to, sino que se des­li­zan como una bru­ma silen­cio­sa que envuel­ve sin pedir per­mi­so. Nie­blas y Lem­bran­zas per­te­ne­ce a esa estir­pe: no bus­ca ser com­pren­di­do, sino habi­ta­do. No ofre­ce cer­te­zas ni res­pues­tas, tan solo sen­de­ros de nie­bla que se abren y se cie­rran al com­pás de las pala­bras.

Duran­te años fui reu­nien­do voces y frag­men­tos, como quien reco­ge gui­ja­rros en la ori­lla del mar. Algu­nos bri­lla­ban con la ino­cen­cia de la infan­cia, otros pesa­ban como el silen­cio de las derro­tas. Los guar­dé en bol­si­llos, en hojas dis­per­sas, en la memo­ria insom­ne de noches sin tes­ti­gos. Este libro es la suma de esa obs­ti­na­ción por nom­brar lo que se esca­pa, por fijar lo que se disuel­ve.

Aquí no halla­rás epo­pe­yas ni ges­tos heroi­cos. Hay café olvi­da­do en la mesa, car­tas que nun­ca encon­tra­ron des­tino, nom­bres que ya no res­pon­den. Está Gali­cia, siem­pre, como hori­zon­te y como lati­do. Está la sau­da­de, esa pala­bra que no se expli­ca pero que se can­ta. Hay ritua­les humil­des: el pan com­par­ti­do, el paseo bajo la llu­via, el aro­ma de la leña, el eco de una voz ausen­te. Y tam­bién hay humor, por­que sin él la morri­ña sería inso­por­ta­ble.

Cada poe­ma es una ten­ta­ti­va. Un modo de decir «aquí estoy» sin saber con exac­ti­tud dón­de. Algu­nos nacie­ron de la ira, otros del amor, otros de la per­ple­ji­dad. Todos, sin excep­ción, fue­ron escri­tos con la espe­ran­za de que alguien —tal vez tú— los lea como quien reci­be una con­fi­den­cia. No para enten­der­me, sino para reco­no­cer­se.

Nie­blas y Lem­bran­zas es tam­bién una invi­ta­ción. A dete­ner el tiem­po. A mirar atrás sin mie­do. A cele­brar tan­to lo que due­le como lo que sal­va. A recun­car, como deci­mos noso­tros: vol­ver a decir, vol­ver a sen­tir, vol­ver a empe­zar. Por­que escri­bir es, en el fon­do, un acto de fe en la repe­ti­ción, en la posi­bi­li­dad de que cada pala­bra pro­nun­cia­da vuel­va a vibrar en otro cuer­po, en otra voz.

Gra­cias por abrir estas pági­nas. Gra­cias por entrar en esta bru­ma. Que las lem­bran­zas que aquí encuen­tres te acom­pa­ñen, te con­mue­van o sim­ple­men­te te ofrez­can abri­go en la noche.

Y si aca­so, al cerrar este libro, sien­tes que la nie­bla se ha posa­do en tu inte­rior, no lo temas: la nie­bla no oscu­re­ce, reve­la. Ella es la for­ma que tie­ne la memo­ria de recor­dar­nos que todo lo vivi­do —lo ale­gre y lo dolo­ro­so, lo fugaz y lo eterno— sigue res­pi­ran­do en noso­tros, aguar­dan­do ser nom­bra­do de nue­vo. (Nie­blas y Lem­bran­zas) (1995–2025)

 

PRÓLOGO DE ‘PEITO DE BRONCE’

Hay libros que nacen de la tie­rra, como nacen los car­ba­llos o los arro­yos. Pei­to de Bron­ce es uno de esos libros. No es solo la his­to­ria de un hom­bre, sino el retra­to ínti­mo y sin­ce­ro de una vida labra­da entre los mon­tes, los cam­pos y los silen­cios de una peque­ña aldea galle­ga. Cada capí­tu­lo, bre­ve como un alien­to, es una ven­ta­na abier­ta al mun­do inte­rior de un hom­bre y de su fami­lia que, sin gran­des ges­tos ni pala­bras alti­so­nan­tes, cons­tru­ye su exis­ten­cia con dig­ni­dad, esfuer­zo y ape­go a la tie­rra.

El pro­ta­go­nis­ta, hijo de cam­pe­si­nos, nace en un tiem­po de esca­sez y espe­ran­za. Su infan­cia trans­cu­rre entre jue­gos humil­des y tareas que lo van mol­dean­do, como el hie­rro en la fra­gua. La fami­lia es su pri­mer uni­ver­so: los padres, los her­ma­nos, los veci­nos, todos for­man par­te de una red de afec­tos y debe­res que le dan sen­ti­do a la vida. El tra­ba­jo, duro y cons­tan­te, es el eje alre­de­dor del cual gira su juven­tud y madu­rez. No hay épi­ca, pero sí ver­dad. No hay héroes, pero sí gen­te que resis­te, que ama, que lucha sin rui­do.

La aldea, peque­ña y apa­ren­te­men­te olvi­da­da, es el esce­na­rio don­de se desa­rro­lla esta his­to­ria. Pero no es un lugar cual­quie­ra: es un micro­cos­mos de huma­ni­dad, de tra­di­ción, de memo­ria. A tra­vés de las esta­cio­nes, de las fies­tas, de las pér­di­das y de los encuen­tros, el lec­tor va des­cu­brien­do un mun­do que, aun­que humil­de, está lleno de belle­za y sig­ni­fi­ca­do.

Este libro es tam­bién un home­na­je a Gali­cia, a su capa­ci­dad para nom­brar lo ínti­mo, lo coti­diano, lo esen­cial. Cada pala­bra está esco­gi­da con cui­da­do, cada fra­se res­pi­ra auten­ti­ci­dad. Pei­to de Bron­ce es, en defi­ni­ti­va, un can­to a la vida rural, a la vida silen­cio­sa de quie­nes habi­tan los espa­cios olvi­da­dos, y a la fuer­za de un hom­bre que, sin pre­ten­der ser ejem­plo, aca­ba sien­do sím­bo­lo.

Al lec­tor que se acer­que a estas pági­nas, solo le pido que lo haga con cal­ma, con ojos lim­pios y cora­zón abier­to. Por­que aquí, entre estas líneas, vive un hom­bre de ver­dad. Y su his­to­ria mere­ce ser escu­cha­da. (Pei­to de Bron­ce) (2002)

CAPÍTULO I DE ‘HATROZ’.- INTRODUCCIÓN

Por que­rer ser ori­gi­nal en Hatroz he teji­do una emba­ru­lla­da mara­ña de per­so­na­jes, auto­res y hete­ró­ni­mos. Y la mon­ta­ña parió un ratón, diría mi pro­fe­sor de Lite­ra­tu­ra del siglo XVI para cali­fi­car como una pil­tra­fa aque­llo que apa­ren­ta­ba ser un valio­sí­si­mo teso­ro. Qui­se crear una his­to­ria atrac­ti­va en gra­do sumo y, por hacer­la dife­ren­te, los pará­me­tros de la narra­ción se ale­ja­ron tan­to de la lógi­ca habi­tual que sucum­bí ―creo que casi me aho­gué― en un monu­men­tal caos.

Nun­ca reci­bo correos o gua­saps, y eso que los deseo. La excep­ción es que me han lle­ga­do tres mani­fes­tán­do­me su deses­pe­ra­ción como lec­tor: ¡¡¡Para ya, por Dios!!! ¡¡¡Vuel­ve al sen­ti­do común!!! ¡¡¡Una his­to­ria y un blog!!! Este últi­mo comen­ta­rio me ha hecho refle­xio­nar dete­ni­da­men­te. ¡Qué bre­ve, pero qué dies­tro y cer­te­ro! Aho­ra entien­do que un com­pa­ñe­ro pen­sa­ra hace unos meses «has­ta aquí, piér­de­te y déja­me en paz».

En dife­ren­tes blogs empe­cé tres his­to­rias refe­ri­das a una mis­ma per­so­na: José María Máiz Togo­res, yo. A lo lar­go de mi pro­ce­so de crea­ción y escri­tu­ra me auto­im­pu­se una crea­ti­vi­dad tan des­con­tro­la­da que bau­ti­cé con varios nom­bres, repi­to, a un pro­ta­go­nis­ta que era yo: Camay (Memo­rias lite­ra­rias y Pape­les), Rafo y Yago. Todo lo demás es pura anéc­do­ta. Un ami­go muy cer­cano y muy fia­ble lite­ra­ria­men­te me sol­tó una bue­na repri­men­da, mien­tras tomá­ba­mos unas cañi­tas con gam­bas en San­ta Bár­ba­ra:

―Estás per­di­do. No te entien­do nada. No sé cuán­do eres Camay (¿Exis­tió algu­na vez este nom­bre tan imbé­cil que ade­más hace casi publi­ci­dad de un pro­duc­to?), cuán­do Rafo (¿Has mata­do a Camay? ¿Ha muer­to Rafo, el úni­co nom­bre que me gus­ta­ba, que me ocul­ta­ba algo, o se ha fuga­do a la pla­ya?) y, por últi­mo, cuán­do Yago (¿De dón­de sale este idio­ta con nom­bre de cine san­tia­gués?). Y ya la lías con el nom­bre de Hatroz, para una nove­la. Lue­go espe­ci­fi­cas el ori­gen de este nom­bre. Eso me vale. José María, esto nece­si­ta una acla­ra­ción, una sin­ce­ra y diá­fa­na acla­ra­ción, si quie­res man­te­ner los cin­co o seis segui­do­res que tie­nes. Déja­te de alias y sé tú mis­mo, cuen­ta tu vida, con tu nom­bre, con tus som­bras y con tus luces. O uti­li­za un pseu­dó­ni­mo. Uno. Siem­pre el mis­mo. Los demás tie­nen que des­apa­re­cer. Y creo que como yo pien­sa mucha gen­te. No infan­ti­li­ces tu his­to­ria con ese Camay, que no me lo he toma­do en serio en nin­gún momen­to. Tras esta filí­pi­ca, se mar­chó a tra­ba­jar y me dejó solo ante el peli­gro. ¿Muer­te o vida? Lucha­ré has­ta la muer­te por lo segun­do.

Estas pala­bras fue­ron un alda­bo­na­zo en mi fase de narra­dor. Yo creía que había uti­li­za­do un cer­te­ro recur­so lite­ra­rio que pon­dría en vilo al lec­tor. Resul­ta que no, que los pocos que me leían se sen­tían tan des­orien­ta­dos como si habi­ta­ran los labe­rin­tos de los Jar­di­nes de Villa Pisa­ni, en Vene­cia, que cuen­tan que el pro­pio Napo­león se per­dió en ellos, y que cuan­do Hitler y Mus­so­li­ni man­tu­vie­ron en Vene­cia algu­nas de sus oscu­ras con­ver­sa­cio­nes en 1934, no se atre­vie­ron a inten­tar des­ci­frar­los. Los jar­di­nes del amor, como se les cono­ce popu­lar­men­te, tie­nen el poder de doble­gar a los más gran­des estra­te­gas.

Yo soy José María Máiz Togo­res. Soy el escri­tor, com­po­si­tor y crea­dor de mi vida. Toda la infor­ma­ción vie­ne de mí, soy el ori­gen y el pro­ta­go­nis­ta de los acon­te­ci­mien­tos narra­dos. Yo soy el que se sien­ta al orde­na­dor a poner negro ―bueno, azul― sobre blan­co. Todo lo con­ta­do me per­te­ne­ce, aun­que haya algo fabu­la­do, está fabu­la­do por mí y para mí. Apa­re­ce­ré bajo el nom­bre de Rafo (des­cu­brir­lo leyen­do) que es el remo­que­te que me puso una ami­ga cuan­do leyó algu­nos de mis ver­sos. En abso­lu­to Camay o Yago, pura­men­te fabu­la­dos por mí.

Si hay un des­or­den tem­po­ral, yo soy el res­pon­sa­ble. Según vayas leyen­do, irás cono­cien­do mi carác­ter y la anar­quía vital en la que en oca­sio­nes estoy sumer­gi­do cuan­do me sien­to ante el orde­na­dor. Des­de el prin­ci­pio, en esta intro­duc­ción, dejo muy cla­ro cuál es mi tra­ba­jo y en qué con­di­cio­nes lo voy a rea­li­zar: no espe­res una nove­la ad hoc (ade­cua­da o apro­pia­da al con­cep­to actual de ese géne­ro), por­que el inte­rés ver­da­de­ro de Hatroz está en una nutri­da suce­sión de anéc­do­tas o viven­cias des­or­de­na­das tem­po­ral­men­te que pue­den exten­der­se en uno, dos o tres capí­tu­los cada una de ellas.

Cuen­to mi vida, mis anéc­do­tas más sim­pá­ti­cas, las más horren­das y, tal vez, las nada reco­men­da­bles. Todas ellas se rigen por la ver­dad, aun­que en oca­sio­nes la memo­ria dis­tor­sio­na un poco lo vivi­do. ¿Recor­da­mos la reali­dad vivi­da o recor­da­mos el recuer­do de esa reali­dad?

Hatroz está escri­to en ter­ce­ra per­so­na, con todas las faci­li­da­des que esto entra­ña, por­que yo quie­ro ser el res­pon­sa­ble de lo narra­do, yo y el pro­ta­go­nis­ta, Rafo. Soy el obser­va­dor y el crea­dor de mi his­to­ria. No te olvi­des de este nom­bre y no hagas caso a nadie. Exclu­si­va­men­te fía­te de los capí­tu­los de Hatroz. Es lo úni­co ver­da­de­ro.

Gra­cias por todo. (Hatroz) (2025)

PRIMERA PRESENTACIÓN DEL BLOG ‘RECUNCAR.COM’ O LA RAZÓN DE ESCRIBIR

«recuncar.com» es un blog don­de la pala­bra se cobi­ja y el tiem­po si enros­ca, don­de la morri­ña se escri­be y los recuer­dos tie­nen voz. Sí, tú que aca­bas de posar los ojos aquí, como quien lle­ga a una casa vie­ja que hue­le la made­ra moja­da y a pan calien­te. Este blog es eso: un hogar hecho de pala­bras, de silen­cios que hablan, de recuer­dos que no cadu­can. Aquí «recún­ca­se» con el cora­zón abier­to y la len­gua des­nu­da. Aquí «recún­ca­se» mucho. «Recún­ca­se» en el tiem­po, en las emo­cio­nes, en los pai­sa­jes que ya no están pero que siguen den­tro. Se habla del des­amor, de la sole­dad que a veces pesa como pie­dra y otras como plu­ma. De la morri­ña, esa com­pa­ñe­ra que no pide per­mi­so pero siem­pre sabe cuan­do apa­re­cer. Se habla de luga­res que deja­ron hue­lla, de gen­te que pasó y dejó luz o som­bra. Y se habla en algu­nas oca­sio­nes galle­go, aun­que pre­do­mi­ne el cas­te­llano, por­que es la len­gua que sabe llo­rar sin escán­da­lo y reír sin estri­den­cia. No espe­res aquí gran­des teo­rías ni ver­da­des abso­lu­tas. Esto es más bien un cua­derno de cam­po emo­cio­nal, un espa­cio don­de se escri­be para recor­dar, para enten­der, para sol­tar. Hace días que escri­bo como quien can­ta baji­to, y otros como quien chi­lla en medio del mon­te. Hay tex­tos que son como car­tas que nun­ca se envia­ron, y otros que son como pie­dras lan­za­das al mar, sin saber se alguien las va a reco­ger. «recuncar.com» es lar­go, sí. Por­que hay mucho que con­tar, y por­que a veces una fra­se pre­ci­sa tres vuel­tas para decir lo que sien­te. Pero se quie­tas, pro­me­to que habrá calor, ver­dad y algu­na que otra sor­pre­sa. Y si algún tex­to te toca algo por den­tro, ya paga la pena. Pasa, lee, «recun­ca». Esta casa es tu tam­bién. (Pri­me­ra pre­sen­ta­ción de «recuncar.com» o la razón de escri­bir)

BIOGRAFÍA LITERARIA DE JOSÉ MARÍA MÁIZ TOGORES

(Camay, Chio­lei­ro, Filo­so, Xao­vín, Suboe­bai­xo y Tan­to­me­tén)

Soy José María Máiz Togo­res, natu­ral de San­tia­go de Com­pos­te­la, por lo que soy piche­lei­ro, nom­bre colo­quial que reci­ben los naci­dos en la ciu­dad del Após­tol. A par­tir del siglo XV, cuan­do la indus­tria del esta­ño esta­ba en auge en la capi­tal galle­ga, de todos los obje­tos que fabri­ca­ban a par­tir de ese noble metal, el más afa­ma­do era el pichel, des­cri­to en el Dic­cio­na­rio enci­clo­pé­di­co galle­go-cas­te­llano de Ela­dio Rodrí­guez como un reci­pien­te de esta­ño alto y redon­do, más ancha la base que la boca y con tapa engoz­na­da en el rema­te del asa.

Sí, San­tia­go, esa ciu­dad que hay que dis­fru­tar­la orba­lla­da (orba­llo=llu­via menu­da). La pie­dra com­pos­te­la­na moja­da adquie­re una belle­za ili­mi­ta­da y la ima­gen del cas­co vie­jo, en las noches oto­ña­les, se tor­na muy atrac­ti­va a la par que nos­tál­gi­ca. Esto no quie­re decir que el sol esca­ra­lle (escarallar=estropear) el per­fil de mi ciu­dad, no. San­tia­go es una ciu­dad hecha al agua. Lle­gar en tren, en avión, en coche o rea­li­zan­do el Camino y no tener un para­guas a mano te garan­ti­za una moja­du­ra más cer­te­ra que la Boca della Veri­tá te pille en una men­ti­ra.

Nací en el sana­to­rio del doc­tor Julio Fer­nán­dez de San­tia­go. Mien­tras mis fami­lia­res más cer­ca­nos, siem­pre acom­pa­ña­dos por un para­guas de sie­te parro­quias (extra­gran­de en tama­ño), obser­va­ban al recién veni­do al mun­do y dis­cu­tían iró­ni­ca­men­te qué nom­bre poner­me, con­ta­ban entre ellos por enési­ma vez el chis­te más anti­guo de Com­pos­te­la: en San­tia­go sólo hay dos esta­cio­nes: la de invierno y la del ferro­ca­rril. Como buen galle­go, diré que tal vez, qui­zá, al pare­cer, esto hoy está cam­bian­do. Nací un quin­ce de agos­to y…¡¡¡lloviendo!!!

Todo ello, como digo, tras una ani­ma­da con­tro­ver­sia en torno al nom­bre que debía regir mis obras y pen­sa­mien­tos. Des­pués de varias tira­pu­xas (tira­pu­xa=indi­rec­ta) entre dos o tres miem­bros de la fami­lia se deci­dió que me pusie­ran José María Ramón San­tia­go. Los refle­jos de mi padrino fue­ron extre­mos y supo ade­lan­tar­se a un sono­ro Gumer­sin­do, que era el nom­bre del mari­do de mi madri­na que había falle­ci­do sema­nas antes. Y yo tan feliz en bra­zos de mi madri­na, por­que mi madre aún per­ma­ne­cía en el sana­to­rio, camino de la igle­sia de San­ta María Salo­mé don­de fui bau­ti­za­do en la inti­mi­dad fami­liar. La feli­ci­dad de este rapaz, según mis fami­lia­res, venía de la libe­ra­ción o pro­pul­sión aero­fá­gi­ca, supe­rior e infe­rior, que des­pués de las comi­das me deja­ba radian­te como lo que era, un ino­cen­te recién naci­do.

El sal­to que voy a dar es pro­pio de Ser­guéi Bub­ka cuan­do superó en pér­ti­ga casi sin des­pei­nar­se los míti­cos seis metros.

Mis estu­dios de gra­do medio, corra­mos un tupi­do velo, abar­ca­ron cua­tro cole­gios en dife­ren­tes zonas de Madrid: Agus­ti­nos, Estu­dio, Cal­de­rón de la Bar­ca y Car­de­nal Cis­ne­ros. Este movi­mien­to estu­dian­til se vio moti­va­do por dife­ren­tes cau­sas que iré expli­can­do pau­la­ti­na­men­te, pero que todo lec­tor ave­za­do podrá ima­gi­nar sin mucho esfuer­zo. Iró­ni­ca­men­te, hoy me lla­ma­rían empren­de­dor, pero en aque­lla épo­ca no exis­tía esta pala­bra con el sig­ni­fi­ca­do actual.

En mi face­ta pro­fe­sio­nal (pro­fe­sor de EGB y licen­cia­do en Filo­lo­gía His­pá­ni­ca) ejer­zo, des­de 1988, como pro­fe­sor de Len­gua y Lite­ra­tu­ra cas­te­lla­nas, en su tiem­po lo fui de Lite­ra­tu­ra uni­ver­sal, en un inme­jo­ra­ble cole­gio con­cer­ta­do y pri­va­do de Madrid (JESÚS-MARÍA, calle Juan Bra­vo nº 13). 

Allí he encon­tra­do mi segun­da casa y allí, aca­ri­cian­do con la yema de los dedos la jubi­la­ción, dis­fru­to, me ago­to, expli­co, con­vi­vo, exa­mino, acon­se­jo, escu­cho, dis­cu­to y… En mí se pro­du­jo la para­do­ja de muchos pro­fe­sio­na­les: malos, regu­la­res o nor­ma­li­tos estu­dian­tes se tor­nan en exce­len­tes pro­fe­so­res. No hay nada mejor que tocar el barro para lue­go saber expli­car muy bien cómo se debe evi­tar la caí­da de un ado­les­cen­te en el cha­pa­po­te. Como decía Lope de Vega: quien lo pro­bó lo sabe.

Mi pro­fe­sión me encan­ta, me apa­sio­na, me deja exhaus­to por­que el ado­les­cen­te es absor­ben­te como el papel secan­te de anta­ño y me inci­ta a mejo­rar día tras día. Edu­car es lo mis­mo / que poner un motor a una bar­ca… / Hay que medir, pen­sar, equi­li­brar… / y poner todo en mar­cha. / Pero para eso, / uno tie­ne que lle­var en el alma / un poco de marino… / un poco de pira­ta… / un poco de poe­ta… / y un kilo y medio de pacien­cia con­cen­tra­da. / Pero es con­so­la­dor soñar, / mien­tras uno tra­ba­ja, / que ese bar­co, ese joven, / irá muy lejos por el agua. / Soñar que ese navío / lle­va­rá nues­tra car­ga de pala­bras / hacia puer­tos dis­tan­tes, hacia islas leja­nas. / Soñar que, cuan­do un día / esté dur­mien­do nues­tra pro­pia bar­ca, / en bar­cos nue­vos segui­rá / nues­tra ban­de­ra enar­bo­la­da. (Fer­mín Gain­za).

Aun­que, pasar por alto la huma­ni­dad y el bien­es­tar del pro­fe­so­ra­do se tra­du­ce en con­se­cuen­cias nega­ti­vas para docen­tes, alum­na­do, cen­tros y sis­te­mas edu­ca­ti­vos. El can­san­cio, el estrés y el sín­dro­me del tra­ba­ja­dor que­ma­do pue­den pro­vo­car en el pro­fe­so­ra­do una fal­ta de moti­va­ción, cam­bios en el ren­di­mien­to, enfer­me­dad y el aban­dono de la pro­fe­sión. Tam­bién es rele­van­te el hecho de que el bien­es­tar del pro­fe­so­ra­do afec­ta el apren­di­za­je, bien­es­tar y resul­ta­dos de sus estu­dian­tes. Las con­se­cuen­cias son muy amplias como para igno­rar­las y se debe pres­tar aten­ción urgen­te a este asun­to.

No voy a decir cómo se reve­la en mí la poe­sía y cómo nave­ga, impul­sa­da por el mal­di­to Bau­de­lai­re, y otros muchos auto­res como César Valle­jo o Luis Feli­pe Vivan­co, hacia el poe­ma en pro­sa. Los clá­si­cos, en un prin­ci­pio, a los 15 años, se me caye­ron de las manos. Leer a esa edad a Gar­ci­la­so de la Vega, a Que­ve­do, a Béc­quer, el roman­ce­ro vie­jo… fue duro, ago­ta­dor y peno­so por­que, sal­vo la pro­fe­so­ra de Lite­ra­tu­ra del Cal­de­ri­lla, nadie acce­si­ble me los pudo expli­car por­me­no­ri­za­da­men­te, que es lo que yo exi­gía.

En tan­tas oca­sio­nes, con tan­tos tex­tos poé­ti­cos, he pen­sa­do en col­gar­los ante tus ojos y veo que ha lle­ga­do el momen­to de hacer­lo. Podrás leer­los cuan­do se aso­men a tu pan­ta­lla, y tus ojos los juz­ga­rán con seve­ri­dad. Estas son pala­bras pre­vias a mi pri­mer blog. Hay diver­sas ver­sio­nes de algu­nos de mis tex­tos, que no con­tra­dic­cio­nes, eso tam­bién hay que tener­lo en cuen­ta. La reite­ra­da lec­tu­ra de Bau­de­lai­re me ha abier­to los ojos hacia un tipo de com­po­si­ción que, lejos de una apa­ren­te faci­li­dad, encie­rra un poten­te deto­nan­te de crea­ti­vi­dad y sen­ti­mien­to. Y lo mis­mo me ocu­rrió con Ril­ke, Valle­jo, Gil de Bied­ma, Pes­soa, Juan Ramón Jimé­nez…que, cuan­do los pude explo­rar, me auto­fla­ge­lé con grue­sas pala­bras sema­nas y sema­nas por no haber­los des­cu­bier­to antes.

Estou­pa en mí (explo­ta, en galle­go) el galle­go en el valle de A Maía ―lugar que siem­pre hay que visi­tar de día por su esplen­dor plás­ti­co― y en Vedra ―jun­to al biza­rro, míti­co y embau­ca­dor Pico Sacro―, luga­res en los que las fami­lias de mis padres, en mis tiem­pos de niñez, ado­les­cen­cia y juven­tud poseían res­pec­ti­vas fin­cas, La Pere­gri­na y El Bur­go, que son imbo­rra­bles esce­na­rios de unos lar­guí­si­mos vera­nos lle­nos de fami­lia, diver­sión y cre­ci­mien­to, que no madu­rez. Lle­gá­ba­mos a media­dos de junio y nos íba­mos a fina­les de sep­tiem­bre. Mamá­ba­mos la Gali­cia de la aldea con una frui­ción casi volup­tuo­sa y guar­do recuer­dos imbo­rra­bles de esos inin­te­rrum­pi­dos vera­na­zos que se difu­mi­na­ron cuan­do tuvi­mos que ven­der pri­me­ro El Bur­go y más tar­de La Pere­gri­na. Pien­sa que en mi épo­ca dora­da (1958–1993) Ber­ta­mi­ráns comen­zó con ape­nas dos­cien­tos habi­tan­tes y hoy en día tie­ne cer­ca de 10.000.

En dis­tin­tos años tie­nen que ser ven­di­das por razo­nes que nun­ca he que­ri­do expli­car con cla­ri­dad. Sé que esto pue­de moles­tar a cier­tas per­so­nas, pero mi carác­ter, gober­na­do por un com­pla­ce y una pusi­la­ni­mi­dad inna­tos, siem­pre me tro­ca en retrai­mien­to y mie­do las sen­sa­tas ganas de afron­tar ver­bal­men­te cier­tas situa­cio­nes con­flic­ti­vas y dolo­ro­sas que he / hemos vivi­do.

El galle­go me encan­di­ló, más el galle­go de aldea que el nor­ma­ti­vo, cuan­do oía a los parro­quia­nos hablar con un din­gui­lin­dán (musi­ca­li­dad galle­ga sen­ci­lla) que me embau­có y me apre­só de modo irre­me­dia­ble. Mi fami­lia era de fala cas­te­lá, por lo que era muy difí­cil apren­der un galle­go media­na­men­te regla­do. Ade­más, hay que tener en cuen­ta que la pri­me­ra gra­má­ti­ca se publi­có en 1976 con una difu­sión míni­ma en un prin­ci­pio. Has­ta enton­ces, algu­nas cele­bri­da­des se brin­da­ron a publi­car las carac­te­rís­ti­cas del galle­go de su zona, pues era una len­gua con muchí­si­mas varie­da­des, dado que no había nin­gu­na ins­ti­tu­ción que uni­fi­ca­ra todo en una gra­má­ti­ca o en un voca­bu­la­rio.

Habla­ba antes de las dos fin­cas que mi fami­lia poseía en los alre­de­do­res de Com­pos­te­la. No hay resu­men mejor: dos fin­cas, dos locus amoe­nus.

Estos alre­de­do­res de San­tia­go se recrean en su pro­pia for­ma cal­mo­sa, sere­na e irre­pe­ti­ble. Es un tro­zo de tie­rra de nues­tra madre Gali­cia que se mues­tra delan­te de sus cam­pe­si­nos con un sen­ti­mien­to mater­nal y gene­ro­so. Es inago­ta­ble en la entre­ga cuan­do los labra­do­res ‘bótan­lle á terra’ la semi­lla en la épo­ca de la siem­bra. Esta tie­rra tie­ne una fuer­za ances­tral que le vie­ne del lati­do de la llu­via menu­da y cons­tan­te. Son dos zonas, Vedra y Ber­ta­mi­ráns, que jamás dejan a nadie con las manos vacías. Cuan­do uno pasea por estas tie­rras se mez­clan en el cora­zón las cuen­tas de un sem­pi­terno rosa­rio de calla­dos sen­ti­mien­tos indes­crip­ti­bles. Des­de el pri­vi­le­gio y la ale­gría de oír o ima­gi­nar el mar en la leja­nía cuan­do nos encon­tra­mos con el azul de su cie­lo, has­ta ese rego­ci­jo que se des­bor­da por nues­tro pecho mien­tras res­pi­ra­mos el aire húme­do y orba­lla­do que aba­ni­ca el ama­ri­llo del maíz menu­do…

Sor­pren­den­te­men­te, cono­cí la músi­ca de Aman­cio Pra­da por medio de Víc­tor Gar­cía Bar­ba. Me ense­ñó un dis­co en el que musi­ca­ba el poe­ta y can­tan­te leo­nés a poe­tas y auto­res galle­gos. Rosa­lía de Cas­tro es otra ficha­da des­pués de escu­char­la con la músi­ca de Aman­cio Pra­da. Nada tenía que ver con la visión fami­liar de la poe­ti­sa galle­ga. No sé si esto es acer­ta­do, pero yo sólo cono­cía la Rosa­lía del lamen­to y la que­ja.

Aman­cio Pra­da cen­tra en esos años su tra­ba­jo en el ámbi­to musi­cal y lite­ra­rio, musi­can­do poe­mas de auto­res como Rosa­lía de Cas­tro, Álva­ro Cun­quei­ro, ade­más de la líri­ca popu­lar galle­ga y la líri­ca tro­va­do­res­ca galai­co-por­tu­gue­sa e inclu­so la obra en galle­go de Lor­ca, en nume­ro­sas refe­ren­cias dis­co­grá­fi­cas y espec­tácu­los que, sin duda, con­tri­bu­ye­ron de una for­ma deci­si­va a uni­ver­sa­li­zar las letras, la músi­ca y la cul­tu­ra galle­gas.

Con una tor­pe­za inima­gi­na­ble des­cu­brí los ver­sos de Can­ta­res galle­gos en un rin­cón de La Pere­gri­na. No les otor­gué el reco­no­ci­mien­to que tenían por­que poca gen­te valo­ra­ba en su jus­ta medi­da el ver­so rosa­liano. ¿Y qué más da mi tor­pe­za? Lo cer­te­ro fue que hubo un antes y un des­pués tras escu­char los poe­mas de Rosa­lía en voz de Aman­cio Pra­da.

En esas dos fin­cas se vene­ra­ban dos vír­ge­nes (la vir­gen Pere­gri­na y la vir­gen de las Ermi­tas).

Una, la pri­me­ra, tras­la­da­da a una capi­lla nue­va, des­pués de la ven­ta de la fin­ca al con­ce­llo de Ames en 1993, a unas dece­nas de metros en la mis­ma carre­te­ra / ave­ni­da de José Luis de Azcá­rra­ga; otra, la segun­da, habi­ta­da la fin­ca en la actua­li­dad, pero con un due­ño no cono­ci­do por mí, según mis últi­mas infor­ma­cio­nes. Ambas vene­ra­das des­de la dis­tan­cia, ambas pre­sen­tes en mi memo­ria. Sé que hay per­so­nas que dudan de mis pala­bras, aun­que la vida son recuer­dos y estos siem­pre son muy per­so­na­les. Han sido tan­tos des­cu­bri­mien­tos, viven­cias, repri­men­das, risas, diver­sio­nes, togo­ra­das, mai­za­das, ber­me­ja­das, rome­rías, jue­gos, para­me­sa­das, acci­den­tes, llan­tos, estu­dios, ligo­teos, dis­cu­sio­nes, con­cur­sos… que es impo­si­ble esta­ble­cer una cla­si­fi­ca­ción por la impor­tan­cia de cada uno de ellos. Los tér­mi­nos mai­za­da, togo­ra­da, ber­me­ja­da, para­me­sa­da… hacen refe­ren­cia a la reu­nión, en una de las dos fin­cas, según el ape­lli­do, de los miem­bros de toda la fami­lia con ape­lli­do Máiz, Togo­res, Ber­me­jo o Para­més.

Mis pseu­dó­ni­mos lite­ra­rios son Camay, Chio­lei­ro, Filo­so, Xao­vín, Suboe­bai­xo y Tan­to­me­tén. Pen­sa­rás: ¡Qué horror! Seis pseu­dó­ni­mos o hete­ró­ni­mos para un apren­diz de escri­tor es una aven­tu­ra­da osa­día. Pero cada uno de ellos tie­ne su cer­te­ra razón de ser.

Abor­do una peque­ña expli­ca­ción, car­ga­da de ver­dad y fan­ta­sía, de cada uno de mis pseu­dó­ni­mos. Insus­tan­cia­les razo­nes para algu­nos que yo con­si­de­ro vita­les y muy con­ve­nien­tes.

Camay. Era como me lla­ma­ba mi fami­lia de peque­ño. Coleó más de lo debi­do, pero siem­pre con cari­ño y afec­to.

Chio­lei­ro. En el camino o pis­ta que lle­va­ba a la rome­ría o ver­be­na de La Pere­gri­na, el día de la fies­ta mayor, se colo­ca­ban muje­res mayo­res con una mesi­ta peque­ña para ven­der ros­qui­llas y otros tipos de dul­ces. Esta mesa se lla­ma­ba chio­lo y chioleiro/a la per­so­na que se encar­ga­ba de ella. De ahí el pseu­dó­ni­mo. Pos­te­rior­men­te me con­ta­ron que Chio­lei­ro era el nom­bre de un ase­sino galle­go. Lo aban­do­né, aun­que en algu­na oca­sión lo reto­mo por el cari­ño que le ten­go.

Filo­so. Era el apo­do de un tío mío. Cuan­do falle­ció me creí con la auto­ri­dad sufi­cien­te para adop­tar­lo. Lo he uti­li­za­do en diver­sas oca­sio­nes.

Xao­vín. En cas­te­llano, ya lo vi. En las déca­das 90, 00 y 10 par­ti­ci­pé en muchos con­cur­sos lite­ra­rios que me exi­gían un pseu­dó­ni­mo dife­ren­te. Un cono­ci­do de Vigo me dijo hace unos años, cuan­do par­ti­ci­pé en un nue­vo pre­mio lite­ra­rio, que eso deno­ta­ba inse­gu­ri­dad o un ilu­so afán de imi­tar a Fer­nan­do Pes­soa. Han sido muchas per­so­nas las que me han pues­to mil eti­que­tas agrias a lo lar­go de mi vida. ¡Y lo que que­da! No nie­go que algu­nas de ellas han sido, qui­zá, pro­vo­ca­das por mí y por mis caren­cias en la comu­ni­ca­ción. Qui­zá este pseu­dó­ni­mo deno­te cier­ta auto­su­fi­cien­cia. Ha caí­do en el desuso.

Suboe­bai­xo. En cas­te­llano subo y bajo. Refle­ja mi carác­ter galle­go. En tiem­pos pasa­dos la gen­te decía que cuan­do uno se encon­tra­ba a un galle­go en una esca­le­ra, no sabía si subía o baja­ba. Me gus­ta mucho este pseu­dó­ni­mo por­que resu­me muy bien mi lucha con los blogs.

Tan­to­me­tén. Lle­ga un día, hoy, ayer, por ejem­plo, en el cual me da abso­lu­ta­men­te igual todo lo que me digan, de ahí el últi­mo pseu­dó­ni­mo Tan­to­me­tén (en galle­go, no me impor­ta nada). Ladran. Sólo son señal de que cabal­ga­mos. Ver­so de Goethe y no de Cer­van­tes. Todo aque­llo que antes me limi­ta­ba lo dejé atrás, aho­ra que ya no me impor­ta nada, ni lo que nadie opi­ne por fin pue­do ser libre y feliz en ver­dad.

Com­pon­go esta bio­gra­fía lite­ra­ria de toda mi obra con el fin de que el lec­tor que quie­ra ―deseo impe­rio­sa­men­te que seas tú― pue­da tener cla­ro lo que he escri­to, lo que escri­bo y lo que escri­bi­ré. No es pro­pues­ta fácil, pues ten­go des­per­di­ga­dos por dife­ren­tes car­pe­tas de mi orde­na­dor nume­ro­sos tex­tos. Algu­nos per­di­dos, advier­to; otros, corre­gi­dos; y unos pocos, con el nom­bre de pri­va­do, que sig­ni­fi­ca que nun­ca sal­drán a la luz, nun­ca.

En ese caos de mesa de tra­ba­jo de mi dor­mi­to­rio, jun­to a dece­nas y dece­nas de libros, en Díaz Por­lier 43, en las madru­ga­das más frías me con­cen­tra­ba, o lo inten­ta­ba, para com­po­ner mis mejo­res ver­sos, o corre­gir mil veces ese ver­so que no me gus­ta­ba nada.

Cier­tos tex­tos han sido revi­sa­dos en mul­ti­tud de oca­sio­nes. Razón sufi­cien­te para que tú vuel­vas a leer­los y pue­das valo­rar si en mí hay una mayor madu­rez como escri­tor o toda­vía me ven­ce esa tar­doa­do­les­cen­cia que sub­ya­ce en mí y que estro­pea todo lo que toca. ¿Edi­ción defi­ni­ti­va? Por mi his­to­rial correc­tor, poco creí­ble esa cali­fi­ca­ción. Maña­na ―cabe esa atri­bu­la­da posi­bi­li­dad― pue­do crear otra bio­gra­fía lite­ra­ria. Con los mis­mos mim­bres se pue­den hacer dife­ren­tes ces­tos. La cla­si­fi­ca­ción en algu­nos momen­tos es caó­ti­ca y como mi memo­ria es frá­gil para algu­nas cosas, he teni­do que pro­ce­der apli­can­do un cri­te­rio de un agen­te externo aplau­di­do por mí des­de el pri­mer momen­to. Creo que esta gene­ro­si­dad, se debe más bien a una fal­ta de segu­ri­dad que a un afán cla­ri­fi­ca­dor. Escri­bir es rees­cri­bir la vida. Un ami­go me dice que cada vez que escri­bi­mos o deci­mos una sola fra­se ya esta­mos reac­tuan­do. Y aquí me vie­ne a la memo­ria las obras que repre­sen­ta­mos en la facul­tad, que reafir­ma­ron mi idea de ser actor. En la sali­da de los acto­res de una obra de tea­tro de Bue­ro Valle­jo, allá en los ochen­ta en la calle Prín­ci­pe, un actor ―no recuer­do el nom­bre― me dijo que la esce­na esta­ba lle­na de gran­des tími­dos y que eso no podía ser un obs­tácu­lo, al con­tra­rio, debe­ría ser un aci­ca­te. Y yo me pre­gun­to: ¿Qué es un pro­fe­sor?

MI OBRA-MIS LIBROS EN CASTELLANO

—A la som­bra del ver­bo (Pro­sa) (1995–2025). (Este libro ha lle­ga­do a la meta)

—Nie­blas y lem­bran­zas (Pro­sa sobre Gali­cia y otros temas) (1995–2025). (Este libro ha lle­ga­do a la meta)

—Ver­sos que no dije en voz alta (Poe­mas en pro­sa) (1995–2025). (Este libro ha lle­ga­do a la meta)

—Gali­cia entre cuen­tos (Pro­sa) (2007).  

—Dic­cio­na­rio cana­lla, inso­len­te y des­ca­ra­do (2025–2026). 

—Hatroz (Pro­sa) (2025–2026).

—Pei­to de Bron­ce (Pro­sa) (2002). 

Todos ellos los pue­des leer en www.recuncar.com

MI OBRA-MIS LIBROS EN GALLEGO

Entre­vis­tas surrea­lis­tas (2026)

Fogar da niña escri­ta (pro­sa) (1995–2026)

Ima­xes comen­ta­das por JMMT (2026)

Se cadra, algún día me les (poe­mas en pro­sa) (1995–2026)

Todos ellos los pue­des leer en www.orballar.com.

Muchas gra­cias, eter­nas diría yo, por haber lle­ga­do has­ta aquí. Esto me ale­gra y me insu­fla los áni­mos sufi­cien­tes para seguir en la bre­cha.

Por otro lado, ya sabes qué es lo que te voy a pedir. Lo sabes.

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jmmaiz@telefonica.net 

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Madrid, 1 de enero de 2026