CUENTOS DE VIEJO

Dios, que con mag­ní­fi­ca iro­nía, me dio a la vez los libros y la noche. (Jor­ge Luis Bor­ges)

Via­ja­mos a los años 70, años en los que Gali­cia esta­ba en ple­na tran­si­ción entre el mun­do rural tra­di­cio­nal y una moder­ni­za­ción aún inci­pien­te: gran par­te de la pobla­ción vivía en aldeas y peque­ñas parro­quias, y la agri­cul­tu­ra y gana­de­ría de sub­sis­ten­cia seguían sien­do comu­nes. La emi­gra­ción seguía mar­can­do con gran cru­de­za a la socie­dad galle­ga: Ale­ma­nia, Sui­za, Argen­ti­na y Vene­zue­la eran los des­ti­nos más esco­gi­dos por fami­lias que vivían en un esta­do pre­ca­rio y que bus­ca­ban en esos luga­res un futu­ro digno en el aspec­to eco­nó­mi­co. Por ello, muchas fami­lias depen­dían de las reme­sas envia­das des­de el extran­je­ro.

Nos tras­la­da­mos a una aldea del entorno noiés, pue­blo cos­te­ro que vivía del maris­queo, de la pes­ca arte­sa­nal, del comer­cio de cer­ca­nía y de nacien­tes par­ques empre­sa­ria­les. El cas­co his­tó­ri­co de Noia, sus pla­yas y su tra­di­ción gas­tro­nó­mi­ca atraían cada vez a más visi­tan­tes, lo que impul­sa­ba la aper­tu­ra de peque­ños hote­les, de esta­ble­ci­mien­tos de comi­da y de otros ser­vi­cios turís­ti­cos en tem­po­ra­da alta. Todo muy inci­pien­te.

La vida en las aldeas era muy dife­ren­te. Era una vida de relo­jes sin agu­jas, don­de el tiem­po no lo mar­ca­ba el calen­da­rio sino la llu­via, la sie­ga, el can­to del gallo y ese ritual anti­guo que era el orde­ño de las vacas, repe­ti­do todos los ano­che­ce­res con la mis­ma pacien­cia que el ama­ne­cer. El ban­co bajo, el cubo de metal, el soni­do rít­mi­co de la leche gol­pean­do el fon­do como un lati­do blan­co y cons­tan­te. Las manos cono­cían cada ubre, cada carác­ter. Había vacas tran­qui­las y otras que movían la cola con impa­cien­cia. Los cam­pe­si­nos habla­ban con ellas en voz baja, casi como con una per­so­na. En la aldea, los ani­ma­les, las vacas en con­cre­to, tenían nom­bre por­que «habían sido bau­ti­za­das» como se hacía con un recién naci­do: Maru­xa, Rubia, More­na, Estre­la… Tam­bién dis­fru­ta­ban de memo­ria y algu­nas que tenían un teto muy difí­cil espe­ra­ban a que unas cari­ño­sas manos las tra­ta­ran con esme­ra­da ter­nu­ra.

Por la noche, la aldea se reco­gía como un ani­mal man­so. Las puer­tas se cerra­ban sin lla­ve, pero con con­fian­za. La últi­ma luz de la coci­na que­da­ba encen­di­da un rato más, ama­ri­lla y tibia, mien­tras el res­to del mun­do se vol­vía som­bra. El cre­pi­tar de la leña era el úni­co reloj, mar­can­do el final del día con chas­qui­dos sua­ves.

En el verano, a esa hora mági­ca, pero a la vez inde­ter­mi­na­da, del ano­che­cer, cuan­do el sol se ocul­ta­ba en el hori­zon­te, cuan­do todos los gatos eran par­dos, cuan­do el cie­lo se con­ver­tía en una bella estam­pa de infi­ni­tos colo­res, y los pen­sa­mien­tos más sin­ce­ros se hacían pal­pa­bles y laten­tes todos los niños de la vecin­dad, en un orden en abso­lu­to pre­me­di­ta­do, se sen­ta­ban en el sue­lo de la coci­na, alre­de­dor de un vie­jo hom­bre, com­po­nien­do un armo­nio­so coro infan­til de ins­pi­ra­ción cla­ra­men­te macha­dia­na.

Las manos de este hom­bre, en otros tiem­pos fuer­tes, vigo­ro­sas y dies­tras, cuan­do tra­ba­ja­ba el cam­po con una voca­ción de clau­su­ra, tem­bla­ban como un mano­jo de vides al vien­to sereno de este ano­che­cer esti­val. La artro­sis las ha ido defor­man­do sin pri­sa, pero sin pau­sa. Y cuan­do vie­jo se ase­me­ja­ban más a unas can­sa­das ramas de un árbol cen­te­na­rio que a un bro­te recio y maci­zo como eran en su moce­dad y las rapa­zas dis­fru­ta­ban de la fuer­za con que las aga­rra­ba por la cin­tu­ra cuan­do bai­la­ba con ellas en las ferias de aldeas con­ti­guas.

Su voz, pri­mi­ti­va y des­tar­ta­la­da, nacía de una imper­cep­ti­ble comi­su­ra boquian­gos­ta; y, aun­que sona­ba con cier­ta poten­cia, ya no era sino un ale­ja­do reme­do de una cer­te­za injus­ta­men­te ani­qui­la­da por el paso del tiem­po. El tra­ba­jo en el cam­po é una mer­da de cara­llo, decía siem­pre que alguien le pre­gun­ta­ba. En algu­nas oca­sio­nes, su voz era silen­cia­da por el chas­quear y cre­pi­tar de la leña que ardía en la lum­bre, como si una maquia­vé­li­ca cons­pi­ra­ción, fra­gua­da en el cora­zón de la vie­ja larei­ra, qui­sie­se evi­tar el naci­mien­to de otra intere­san­tí­si­ma his­to­ria.

Su memo­ria, como un alpen­dre (cons­truc­ción cubier­ta para guar­dar los ins­tru­men­tos de labran­za) reple­to de inú­ti­les tras­tos, fluía len­ta y pau­sa­da, aun­que en pocas oca­sio­nes se dete­nía. En ella aún guar­da­ba leyen­das que de niño le con­tó cual­quier vecino de la aldea mien­tras juga­ba con una pala de made­ra en el atrio de la igle­sia. Cuen­tos que en su mayo­ría se fue­ron per­dien­do cuan­do la tele­vi­sión entró de impro­vi­so en algu­nas casas que tenían un mejor nivel eco­nó­mi­co.

El vie­jo (ape­la­ti­vo lleno de res­pe­to y cari­ño), ese día, leía un perió­di­co con dedos espas­mó­di­cos. ¡Cada vez le cos­ta­ba más esta sim­ple tarea que venía hacien­do des­de tiem­pos inme­mo­ria­les! Pero el ansia por encon­trar noti­cias intere­san­tes derro­ta­ba cual­quier obs­tácu­lo que se le ponía por delan­te.

Non lle meta­des pré­sa, fala­rá can­do lle pete. (No le metáis pri­sa, habla­rá cuan­do quie­ra). La voz de su hija se acre­cen­ta­ba como esa gigan­tes­ca som­bra que pro­yec­ta­ba la lum­bre en la pared de la oscu­ra coci­na.

El vie­jo, con los hom­bros muy encor­va­dos por la edad, habla­ba con su hija de los bene­fi­cios de la comi­da hecha en el pote, y se que­ja­ba con amar­gu­ra de per­der las cos­tum­bres de sus ante­pa­sa­dos cuan­do sus hijos le habla­ban de la olla exprés.

―Un árbol sin raí­ces no vive ni diez minu­tos. La fuer­za que da vida a nues­tro espí­ri­tu fue sem­bra­da por nues­tros ances­tros hace muchí­si­mos años en esta tie­rra. Al vie­jo le encan­ta­ba remon­tar­se a los tiem­pos de su infan­cia, esos tiem­pos ama­ri­llos que fue­ron el ger­men de su vas­to acer­vo cul­tu­ral.

―Ya no hay lugar en este mun­do para los vie­jos, filli­ña. La emi­gra­ción nos ha arre­ba­ta­do la vida y esto ―se toca­ba el pul­so de la muñe­ca― es una pró­rro­ga que nos rega­la cada día el de arri­ba. La muer­te cada vez nos deja más seña­les en el cuer­po y en el alma.

―Por Dios, padre, no le diga esas cosas a los niños, que tie­nen toda la vida por delan­te. Tus hijos vol­ve­rán, lo sabes muy bien, y vol­ve­rás a dis­fru­tar de su com­pa­ñía. El ges­to de incre­du­li­dad del vie­jo era bien plau­si­ble.

En la lum­bre la ceni­za de su vida y en las yemas de sus dedos los res­tos de la tin­ta negra del perió­di­co que per­dió su ino­cen­cia en sus manos. Las dos cosas eran el fru­to de unas expe­rien­cias que­ma­das por el monó­tono pasar de los últi­mos años.

El vie­jo cerró los ojos como si qui­sie­ra recha­zar la vida ino­cen­te de los rapa­ces que esta­ban sen­ta­dos delan­te de él y que tenían la mis­ma tena­ci­dad que un hie­rro en la for­ja, pero en el fon­do sabía que aque­lla fuer­za joven era el úni­co fue­go capaz de tem­plar su amar­gu­ra y devol­ver­le el lati­do que creía per­di­do.

Tras una peque­ña carras­pe­ra, cada vez más fre­cuen­te, mos­tró un pau­la­tino inte­rés por la rapa­za­da que tenía delan­te. La pér­di­da de la memo­ria era muy trai­cio­ne­ra y algu­nos de los rapa­ces inter­pre­ta­ron, ante una pau­sa en exce­so pro­lon­ga­da, que aquel hom­bre tiña xa balei­ra (tenía ya vacía) la antes reple­ta male­ta de sus recuer­dos.

―A ver, rapa­ces, escu­chad bien, que voy a rela­ta­ros la vie­ja his­to­ria de un hom­bre que tenía un pecho tan pelu­do que le lla­ma­ban Pei­to de Anchoa.

El rapa­ri­go que más defen­día al vie­jo miró con unos ojos lle­nos de rabia y cier­to des­pre­cio al mayor, que esta­ba sen­ta­do en un tabu­re­te, y que había pues­to en duda la memo­ria del anciano con una rebel­de mar­cha del lugar como si fue­ra un irman­di­ño.

―En otro tiem­po, hoy muy ale­ja­do ya, en la cono­ci­da fra­ga de Cece­bre vivía un hom­bre que mos­tra­ba un pecho tan ensor­ti­ja­do que decían que en el habi­ta­ban peque­ños fan­tas­mas que tenían un insó­li­to y mara­vi­llo­so poder: derro­tar a cual­quier bicho vivien­te que inten­ta­ra robar su comi­da. De aque­lla… cuan­do los árbo­les habla­ban en susu­rros y el vien­to sabía el nom­bre de cada pie­dra, nadie duda­ba de tal pro­di­gio. En la fra­ga, espe­sa y húme­da, corría la voz entre los zorros y los mir­los de que aquel hom­bre no nece­si­ta­ba tram­pas ni esco­pe­ta. Bas­ta­ba con que se sen­ta­ra a la som­bra de un car­ba­llo, des­mi­ga­ra un peda­zo de pan o abrie­ra su tale­ga, para que una invi­si­ble guar­dia se des­ple­ga­ra sobre su pecho ensor­ti­ja­do como una nie­bla viva. Decían que, si un lobi­cán (cru­ce de lobo y perro) se acer­ca­ba dema­sia­do, tro­pe­za­ba con algo que no se veía, pero sí se sen­tía: un cos­qui­lleo feroz, un tem­blor que la hacía huir con el rabo entre las patas. Y si un cuer­vo osa­ba pico­tear su merien­da, un soplo leve —casi una risa dimi­nu­ta— lo des­orien­ta­ba en pleno vue­lo. El hom­bre nun­ca con­fir­ma­ba ni des­men­tía nada… (Gali­cia entre cuen­tos)

Share