Rafo se levantó al alba, cuando la casa aún estaba envuelta en ese silencio espeso que sólo existe antes de que empiece el día. La luz gris del amanecer entraba con timidez por la ventana, lo justo para iluminar las páginas gastadas de Los miserables, de Víctor Hugo, que sostenía entre las manos con una especie de reverencia doméstica. Desde hacía tiempo tenía idealizado a Jean Valjean: su fuerza moral, su lucha por redimirse, esa dignidad obstinada que parecía más grande que la propia vida. Leía con los ojos todavía pesados de sueño. A veces parpadeaba largo, como si estuviera a punto de quedarse dormido otra vez, pero siempre regresaba a la línea donde había perdido el hilo. En ese momento temprano, mientras el mundo afuera apenas comenzaba a moverse, tenía la sensación de compartir algo íntimo con aquel personaje que admiraba tanto: la idea de que incluso las mañanas más humildes podían contener una forma silenciosa de esperanza.
—¡Rafo! —gritó su hermana desde la cocina—. ¡El desayuno!
Dejó el libro con cuidado y fue a la mesa. Se sentaron frente a frente con sendos cafés con leche.
—Esta mañana me tomé la tensión nada más levantarme —dijo Lola—. 13.2 y 8. No está mal.
—Yo ya ni sé cuándo medírmela —respondió Rafo—. Antes desayunaba y me iba a trabajar. Ahora parece que el desayuno es una consulta médica: la tensión, la glucosa, el colesterol…
—La glucosa hoy me dio hoy 106 —continuó ella—. El médico insiste mucho en eso de «vigilar», como si uno viviera permanentemente de guardia con su propio cuerpo.
—El jueves tengo analítica —dijo Rafo—. Y ya estoy pensando en el colesterol. Yo no creo que comamos tan mal, pero ahora cualquier cosa parece peligrosa. Uno mira la tostada como si fuera un dron cargado de bombas.
—Bueno, algo habrá que vigilar —concedió Lola—. En la última analítica yo bajé de 220 a 201. Hemos cambiado la mantequilla por esta margarina que no sabe a nada y la mermelada «con» por la mermelada «sin», que tampoco sabe a gran cosa.
Rafo sonrió e hizo un gesto con queriendo decir que en el pasado no había tanta «vigilancia médica».
—Antes el desayuno era simplemente desayuno. Y se disfrutaba. Ahora todo es una recolección de «alimentos paja».
Lola dio un sorbo al café y decidió poner orden al caos mental de su hermano.
—Bueno, vamos a organizarnos. Yo voy a hacer el pedido por internet. Tú, ponte las zapatillas y sal a dar tu paseo obligatorio, el del médico, el de «caminar con intención», no el de pasear viendo escaparates.
Rafo obedeció y farfulló un «si en este barrio ya no hay escaparates, sólo hay pisos turísticos y locales cerrados». Se duchó y luego se vistió con lo que, en su armario, pasaba por ropa deportiva: camiseta, vaqueros, una camisa sport y unas deportivas que fingían, con más voluntad que éxito, pertenecer al mundo del atletismo urbano.
Pensaba caminar a buen ritmo dos horas, aunque, como todos los días, se quedaba en abrir la aplicación del tiempo, ver que «parece que igual llueve», y decidir que mejor mañana, que hoy el sofá le necesitaba más que él a mí. De todos modos, animado por su hermana, a eso de las once de la mañana decidió pisar el asfalto.
Al salir a la calle notó que la luz había cambiado. El azul del cielo se había diluido y un gris espeso avanzaba desde el horizonte. Las nubes se amontonaban unas sobre otras como montañas de humo.
Aun así, y en contra de la opinión de su hermana, salió sin paraguas. Lola era incapaz de convencerlo en este tema. Era un santiagués de secano, pero se creía que podía callejear por Madrid como por los vetustos soportales de Compostela.
—En Santiago sólo hay dos estaciones —dijo con fanfarronería cuando su hermana volvió a insistir—: la de invierno y la del ferrocarril.
Aquella máxima, que él consideraba casi científica, bastó para reafirmarlo.
En el portal se encontró con tres vecinas que celebraron su repentina afición de caminante y le pidieron que, ya de paso, convenciera a sus respectivos maridos para que abandonaran el sillón.
—Me lo ha dicho mi médica —explicó Rafo con resignación.
La vecina más joven sonrió con ese encanto otoñal que todavía la hacía muy atractiva. Rafo se despidió de las tres y emprendió su aventura pedestre.
Tomó primero la calle Conde de Peñalver, después Goya, luego Génova, y recuperó algo de fuelle al comenzar Fuencarral. Allí tuvo que enfrentarse a uno de sus puntos débiles: los escaparates. Los contemplaba con deleite mientras bajaba la calle tarareando una vieja canción de Radio Futura: Zapatos nuevos, son de ocasión…
Avanzaba con la tentación permanente de detenerse en una zapatería ―su vicio― o en una camisería. Pero resistió. Cuando terminó de recorrer la calle hizo discretamente la uve de la victoria con los dedos. No había comprado nada. Para él, aquello ya era una pequeña victoria moral digna de Jean Valjean.
Entonces el cielo cambió de humor. El viento se detuvo. El aire quedó inmóvil y pesado. La luz adquirió un tono amarillento extraño. Un relámpago dibujó durante un instante el contorno gigantesco de las nubes. Luego llegó ese silencio previo al agua, ese momento en que todo parece contener la respiración. Y de pronto el aguacero en forma de un tambor de nubes descargando su furia líquida.
La lluvia cayó con una obstinación casi personal, como si el cielo hubiera decidido ensañarse con él. Parecía que alguien arriba estaba lavando Madrid en modo intensivo. En pocos segundos Rafo estaba empapado de arriba abajo: camisa, pantalón, zapatillas y todas las zonas intermedias y pudendas del territorio textil.
Buscó desesperadamente un portal y vio uno abierto. Corrió hacia él con la determinación de un atleta fondón. Era un hotel. El contraste entre el lujo del vestíbulo y su aspecto resultaba devastador: la ropa pegada al cuerpo como recién salido de una lavadora industrial, el pelo chorreando y formando una pasta repugnante según se iba mezclando el agua con el elegante gel fijador y la expresión de la cara entre heroica y derrotada.
Un empleado perfectamente trajeado le pidió que se identificara para evitar sorpresas.
Rafo permanecía en el umbral intentando sacudirse algo de agua, aunque sin darse cuenta de que estaba fregando el suelo del hotel con sus propios zapatos. Entonces una mujer se abalanzó sobre él.
—¿Rafo? ¿No me conoces? ¡Soy Maite! ¡Del Calderilla!
Rafo se quedó paralizado. No reaccionó y se quedó mirándola como una estatua del Icehotel de Suecia.
—¡Qué bien…estás! —dijo finalmente, cuidando de no pronunciar aquella frase terrible: «¡Qué bien te conservas!».
Maite seguía siendo muy guapa.
—¡Estás seca! —observó Rafo—. Yo estoy empapado como un pollo de una granja gallega en invierno y tú pareces recién salida de un salón de belleza. El nerviosismo le disparó la lengua.
—Mírame: sin afeitar, fatalmente vestido y empapado. Soy un desastre de los pies a la cabeza.
Le dio un beso en la mejilla y parte del maquillaje de Maite quedó transferido a su cara, que le produjo aún más vergüenza.
—Estás hecho un cuadro —dijo ella riéndose.
Decidieron ir a comer a un restaurante que estaba justo enfrente, diseñado como un vagón de tren. A la izquierda se extendía una barra llena de gente joven. Por cierto, Rafo se olvidó de llamar a su hermana.
—Son ofensivamente jóvenes —comentó Maite—. La juventud no debería existir cuando ya no disfrutas de ella.
Se sentaron en el único compartimento libre, pero Rafo apenas prestaba atención al entorno. Su problema era otro: los goterones seguían cayendo por su cuerpo como una pequeña red hidrográfica personal.
Uno especialmente decidido descendió por el cogote y terminó infiltrándose en el bóxer. Aquello era intolerable. Rafo tomó una decisión estratégica: ir al baño.
Se levantó con la mayor dignidad posible y avanzó dejando tras de sí una constelación de gotas que lo delataba como un caracol humano. Justo al pasar junto a la barra, una gota rebelde se liberó de la pernera del pantalón en el momento más inoportuno. El pie resbaló medio centímetro. Rafo ejecutó una pirueta involuntaria, mezcla de paso de baile y maniobra de equilibrista. Durante un segundo quedó suspendido con los brazos abiertos como si saludara a un público invisible.
Dos jóvenes levantaron sus copas en un brindis silencioso. Rojo como un semáforo, Rafo continuó hacia el baño. Diez minutos después volvió exactamente igual de mojado. El secador no funcionaba y tampoco había papel higiénico. Maite se seguía riendo sin piedad.
Hablaron de trabajos, de compañeros antiguos y de sus vidas actuales. Rafo estaba cabreadísimo porque había soñado con este reencuentro mil veces y lo había idealizado como en un atardecer otoñal perfecto y no convertido en una farola parpadeando bajo la lluvia. Intercambiaron números de teléfono. Rafo lo hizo prometiéndose a sí mismo una norma férrea: «él no escribiría primero».
—Me tengo que ir —dijo Maite de repente. La cara de desilusión de Rafo era un cromo, pero no tuvo más remedio que aceptarlo.
Recordaron entonces cómo, en sexto de Bachillerato, ella desapareció del instituto sin despedirse. Después vino aquella timidez adolescente que ninguno de los dos supo romper.
En ese momento una gota especialmente cruel cayó dentro del café que estaban compartiendo y Rafo, que tenía prohibido el café porque lo ponía nervioso, se lo bebió de un trago.
Intentó levantarse para pagar y calculó mal. El exceso de humedad convirtió el asiento en una pista de patinaje. Rafo perdió el equilibrio y cayó de culo al suelo con un golpe seco que resonó en todo el local.
Un segundo de silencio. Luego estallaron las carcajadas como un aguacero repentino en pleno verano, de esos que empapan hasta los pensamientos y no piden permiso.
Intentó levantarse apoyando la mano en el suelo y notó inmediatamente que la palma se hundía en una sustancia grisácea cuya naturaleza era mejor no investigar demasiado.
Las risas aumentaron al mismo ritmo que el chaparrón que le había pillado en plena calle.
En ese momento chocó con la bandeja de un camarero. Los cafés describieron un breve vuelo parabólico y terminaron —de una forma que desafía cualquier explicación física— directamente sobre su cabeza. Las carcajadas se volvieron ensordecedoras cuando los asistentes comprobaron que estaba simulando sin querer a la figura del rey Baltasar el día de Reyes.
Pagó como pudo. Maite lo acompañó al baño y vació su bolso de pañuelos para secarle la cara y el pelo. El resto era imposible.
Mientras caminaban del baño a la puerta del establecimiento, muy despacio porque a Rafo le dolía mucho la rabadilla, los consumidores que estaban apoyados en la barra, en voz alta, salmodiaron sin gracia ninguna:
―No corras tanto, que Urgencias está abierto las veinticuatro horas.
―¡¡¡Santillana en el Bernabeu!!!
―¡¡¡Hugo Sánchez goleando al Atlético!!!
―¡¡¡Viva el Carnaval!!!
―¡¡¡Gento corriendo la banda!!!
―¡¡¡Pichichi, amigo, pichichi!!!
Se despidieron con un beso húmedo y nunca soñado por Rafo, que se dirigió lo más rápido que pudo a urgencias. La radiografía confirmó que no había fractura, sólo una buena magulladura en el coxis. Después de un exhaustivo reconocimiento, no faltó lo esperado.
—Tengo curiosidad —dijo la médica—. ¿Qué le ha pasado exactamente?
Rafo relató toda la aventura con pelos y señales. A medida que avanzaba la historia, la sonrisa de la médica crecía. Salió de la consulta con alivio. Cerró la puerta. Y desde dentro se escuchó una carcajada tan sonora que todos los pacientes de la sala de espera la oyeron.
Regresó a casa en metro, quería pasar inadvertido. Cuando abrió la puerta, su hermana, cabreada porque no le había avisado de que no comía en casa, lo miró durante varios segundos en silencio.
—¿Te has peleado con una tormenta o te ha atropellado un camión de estiércol?
—Ha sido un día muy complicado —dijo Rafo con dignidad fatigada.
—Complicado… Pareces un espantapájaros después de una noche de fiesta.
Rafo avanzó hacia el baño.
—No te acerques mucho —añadió ella retrocediendo—. No sé qué traes encima, pero estoy bastante segura de que no es perfume.
—Necesito una ducha.
—Necesitas una ducha, una lavadora industrial y posiblemente un exorcista. Diez minutos después, bajo el agua caliente, Rafo regresó al mundo de los seres humanos razonablemente secos. (Hatroz)

Divertido y trágico. Muy amena su lectura. Sigue escribiendo, nos regalas un rato amable.
Me parece muy bien que le des alegría a tu cuerpo. 👏👏Pero tú hermana Lola no es una dictadora. 😂 😂 😂 😂 😂. Lola
cesarantolin@hotmail.es