EL «NOVATO» JMMT

Esta foto sacada allá por el mes de abril de 1988 ―el año del Nobel de Literatura al egipcio Naguib Mahfouz, la publicación de Los versos satánicos de Salman Rushdie y el estreno de Cinema Paradiso, de Giuseppe Tornatore, hermosísimo homenaje nostálgico al cine y a la memoria―, en el despacho de mi padre tiene una pequeña intrahistoria, grande para mí.

Las dos directoras, por entonces, del colegio JESÚS-MARÍA de la calle Juan Bravo nº 13 ―la directora general, la madre Asunción Allendesalazar, inolvidable por su categoría humana; y Beatriz Doval, excelente directora pedagógica― me habían citado en el colegio para ver si me incorporaba al claustro como profesor de Literatura en el curso siguiente.

El día anterior a la cita, dada mi natural inseguridad, estuve preparándome para ver qué imagen proyectar. Sabía que tenía un aspecto de jovencito imberbe y que no reflejaba en absoluto los años que tenía. Por tal motivo, me aconsejaron que vistiera, no con la excesiva formalidad de un traje de chaqueta y sí con la cálida elegancia de una chaqueta con corbata y un pantalón gris entonado. Me cambié de corbata mil veces. Le di cien vueltas a chaquetas de diferentes tonalidades, a camisas sin corbata, a pantalones y a jerséis a tono. Es lamentable que, después de tal exhibición, hoy no recuerde cómo acudí a aquellas cruciales entrevistas.

Esta foto, tenía en ella 29 años, y ya recorrida toda mi vida profesional, admite un sincero análisis. Aquí tengo que recordar a Soledad Guardiola, excelente compañera, y a la madre Ana María Muñoz, gozosa cinéfila, que me enseñaron a comentar una foto con tintes subjetivos, pero distantes y objetivos a la vez.

La primera impresión no es la de un hombre que busca agradar, sino la de alguien que quiere ser tomado en serio. ¡Cómo toda mi vida! No veo arrogancia, nunca la he tenido, veo un excesivo control corporal. Los brazos cruzados, la postura recta y la mirada frontal sugieren una seguridad en mí mismo que nunca tuve. El traje, la corbata y el entorno hablan de una época en la que quería exponer cierta solemnidad social.

Los libros no parecen un decorado. Imagino que quise dar la sensación de que pertenezco a ese mundo y me siento muy cómodo en él. Estoy en el despacho de mi padre en la calle Díaz Porlier rodeado de libros, pero con el cuerpo de la librería en el que menos libros médicos había.

Pero siendo crítico también veo cierta distancia. Mi expresión es contenida. No aparece mi «desaparecida» sonrisa, como en casi todas las numerosas fotos posteriores, ni un gesto cálido que invite a acercarse. Pese a la seriedad, no veo dureza. Veo más bien una especie de timidez disciplinada. Como si detrás del profesor formal hubiera una persona bastante más sensible de lo que la foto deja ver.

La postura es impecable ―¡la familia!―, pero también transmito una formalidad excesiva a ojos de un adolescente, que quizá sentiría admiración antes que confianza. Tal vez, por mi timidez, quería transmitir un poco de respeto el primer día y bastante aprecio al final del curso.

Cuando repaso, a mi edad, esta foto, me hace pensar en alguien que ha enseñado literatura con una gran seriedad y rigor. Alguien que cree que las palabras importan y que los libros merecen respeto. Y como yo soñé el primer día que pisé un aula: José María, no sabes todavía en cuántos alumnos vas a influir, cuántas clases vas a dar con plenitud y a cuántos alumnos vas a acompañar en su camino escolar.