A LA SOMBRA DEL VERBO

DEPRESIÓN

Hoy es el Día Mun­dial de la Depre­sión y escri­bi­mos en pri­me­ra per­so­na del plu­ral mi her­ma­na y yo por­que no sabe­mos hacer­lo de otra mane­ra. Esta enfer­me­dad no es una idea abs­trac­ta para noso­tros, ni una pala­bra de moda, ni una excu­sa fácil. Ha sido el eco cons­tan­te de un dor­mi­to­rio lleno de nie­bla. Tie­ne nom­bre, tie­ne ros­tro y tie­ne his­to­ria. Y en nues­tra vida, esa his­to­ria pasa inevi­ta­ble­men­te por nues­tra madre.

Duran­te mucho tiem­po vimos cómo la depre­sión lace­ra­ba la vida de nues­tra madre sin pedir per­mi­so. No vimos cómo se ins­ta­ló, sin apro­ba­ción y por la fuer­za, por­que lo hizo mucho antes de nacer noso­tros. Nos con­ta­ron que no lle­gó como lo hacen las tris­te­zas nor­ma­les, esas que tie­nen una cau­sa con­cre­ta y que, con el tiem­po, se difu­mi­nan, se dilu­yen, aun­que no des­apa­rez­can.

La depre­sión nació en su inte­rior muy joven y se vio ali­men­ta­da por unas cir­cuns­tan­cias fami­lia­res muy duras en tiem­pos de la gue­rra civil. Her­ma­nas suyas pudie­ron aso­mar la cabe­za en ese mare­mo­to, pero esa semi­lla negra, que pare­cía muer­ta, se ins­ta­ló en su men­te con una fuer­za y un flo­re­ci­mien­to inven­ci­bles y la acom­pa­ñó toda la vida. En aque­llos tiem­pos no tenía una expli­ca­ción sen­ci­lla. Dije­ron los espe­cia­lis­tas que era una depre­sión endó­ge­na, pro­fun­da, per­sis­ten­te y ani­qui­la­do­ra, acom­pa­ña­da ade­más de un per­ti­naz insom­nio que la ago­ta­ba aún más y con­ver­tía sus noches en un impa­ra­ble carru­sel de dolien­tes pena­li­da­des. No había des­can­so ni tre­gua. Y ver­la sufrir fue una de las expe­rien­cias más duras de nues­tra vida.

La depre­sión no es pere­za. No es fal­ta de volun­tad. No es exa­ge­ra­ción ni dra­ma­tis­mo. No es un capri­cho. Es una enfer­me­dad real, seria y devas­ta­do­ra. Una enfer­me­dad que te roba la ener­gía, la espe­ran­za, las ganas de vivir y, muchas veces, has­ta la pro­pia iden­ti­dad. Nues­tra madre no era una per­so­na débil. Era una per­so­na fuer­te atra­pa­da en una men­te que no le daba res­pi­ro.

Mi her­ma­na y yo hemos vis­to el esfuer­zo inmen­so que supo­nía para ella levan­tar­se cada día car­gan­do un peso invi­si­ble. Hemos vis­to lo difí­cil que era hacer cosas que para otros resul­ta­ban auto­má­ti­cas: levan­tar­se de la cama, man­te­ner una con­ver­sa­ción, son­reír, sim­ple­men­te estar. Hemos vis­to silen­cios lar­gos, bal­co­nes cerra­dos, noches inter­mi­na­bles, lamen­tos noc­tur­nos y lágri­mas que arden sin que­mar, por­que no dejan una hue­lla visi­ble, que es lo peor. En las épo­cas de depre­sión lo suyo era una lucha cons­tan­te y titá­ni­ca con­tra una oscu­ri­dad que no se ve, pero que con­su­me.

Y tam­bién hemos vis­to el daño que hacen quie­nes infra­va­lo­ran esta enfer­me­dad. Los que opi­nan sin saber. Los que juz­gan des­de la como­di­dad de no haber­la vivi­do. Los que redu­cen el sufri­mien­to ajeno a fra­ses vacías y crue­les, como si todo se solu­cio­na­ra con volun­tad o acti­tud. No saben el dolor que cau­san, pero eso no los exi­me de res­pon­sa­bi­li­dad. Por­que las pala­bras pesan, y en alguien que ya está roto por den­tro, pue­den hacer un daño irre­pa­ra­ble.

Nadie eli­ge la depre­sión. Nadie quie­re vivir así. Nadie se des­pier­ta desean­do sen­tir­se vacío, can­sa­do de todo, des­co­nec­ta­do del mun­do. Y, sin embar­go, muchas per­so­nas la viven en silen­cio, por mie­do, por ver­güen­za, por el estig­ma que toda­vía la rodea. Por­que aún hay quien pien­sa que es algo que se supera «si quie­res».

Y en medio de todo ese dis­con­ti­nuo sufri­mien­to, hubo una figu­ra impres­cin­di­ble que no pode­mos ni que­re­mos dejar fue­ra: nues­tro padre. Médi­co de pro­fe­sión, cono­cía des­de muy joven la reali­dad de la enfer­me­dad de nues­tra madre y no salió huyen­do. Sabía lo que impli­ca­ban su depre­sión endó­ge­na y su indo­ma­ble insom­nio. No fue algo que des­cu­brie­ra más tar­de. No fue una sor­pre­sa ni una car­ga sobre­ve­ni­da. Fue una reali­dad cono­ci­da des­de el prin­ci­pio.

Aun así, eli­gió com­par­tir su vida con ella. Se casó con nues­tra madre sabien­do, com­pren­dien­do y acep­tan­do lo que ven­dría. Y la cui­dó duran­te años con una entre­ga silen­cio­sa y abso­lu­ta, sin una sola que­ja, sin repro­ches, sin ren­dir­se jamás. La acom­pa­ñó en las noches en vela, en los días más oscu­ros, en los momen­tos en los que la enfer­me­dad apre­ta­ba con más fuer­za.

Nues­tro padre fue apo­yo, fue cari­ño, fue refu­gio y fue res­pe­to. Nun­ca mini­mi­zó su sufri­mien­to. Nun­ca la juz­gó. Nun­ca la tra­tó como alguien difí­cil, sino como lo que era: una mujer enfer­ma que nece­si­ta­ba com­pren­sión, pacien­cia y amor. Su entre­ga no fue rui­do­sa ni visi­ble para el mun­do, pero fue cons­tan­te, fir­me y pro­fun­da­men­te huma­na. De esas que sos­tie­nen vidas. Muy pocos saben/sabemos las renun­cias que supo afron­tar sin repro­che alguno.

Has­ta el final. Has­ta aque­lla noche de 1992 en la que nues­tra madre falle­ció de un infar­to mien­tras dor­mía, ponien­do fin a una vida mar­ca­da por una lucha dema­sia­do lar­ga y dolo­ro­sa. Su muer­te fue silen­cio­sa, como lo había sido gran par­te de su sufri­mien­to.

Recor­dar a nues­tra madre es recor­dar su enfer­me­dad, sí, pero tam­bién es recor­dar el amor incon­di­cio­nal de quien no la dejó sola ni un solo día. Por­que la depre­sión no solo afec­ta a quien la pade­ce; tam­bién atra­vie­sa a quie­nes aman, cui­dan y acom­pa­ñan. Y esa labor silen­cio­sa, cons­tan­te y tan poco reco­no­ci­da, tam­bién mere­ce ser nom­bra­da y hon­ra­da.

No pode­mos seguir obvian­do la depre­sión. No pode­mos seguir res­tán­do­le impor­tan­cia. No pode­mos mirar hacia otro lado solo por­que el dolor no se vea. La salud men­tal impor­ta. Impor­ta tan­to como la físi­ca. Y mere­ce el mis­mo res­pe­to, la mis­ma aten­ción y la mis­ma empa­tía.

Y que­re­mos ter­mi­nar recor­dan­do algo que nun­ca debe­mos olvi­dar: que hubo épo­cas en las que la depre­sión aflo­ja­ba, en las que esa nube negra se ale­ja­ba, y enton­ces mi madre vol­vía a ser ple­na­men­te ella. Una mujer sim­pá­ti­ca,  ale­gre y muy gene­ro­sa, una madre bue­na y pre­sen­te, con una capa­ci­dad espe­cial para hacer fácil la vida de los demás. Era una gran exper­ta en resol­ver a nues­tro favor, con pacien­cia, buen humor y per­se­ve­ran­cia, los cam­bios que pare­cían impo­si­bles en las tien­das de los múl­ti­ples rega­los que reci­bía mi padre. Era ani­ma­do­ra natu­ral de reunio­nes, de esas per­so­nas que lle­nan una casa sin esfuer­zo. Y fue, ade­más, una anfi­trio­na extra­or­di­na­ria de aque­llos san­jo­sés inol­vi­da­bles ―nos reu­nía­mos cer­ca de 40 per­so­nas en nues­tra casa en el san­to de nues­tro padre―, don­de todo esta­ba cui­da­do, don­de nadie se sen­tía extra­ño y don­de la ale­gría era real. Y como decía uno de los asis­ten­tes: muy bien ali­men­ta­dos y ento­na­dos. Recor­dar esto es impor­tan­te, por­que la depre­sión fue una par­te muy visi­ble de su vida, pero no fue su esen­cia. Ella fue mucho más que su enfer­me­dad, y así es como mere­ce ser recor­da­da.

Escri­bi­mos por nues­tra madre. Por todo lo que sufrió. Por todo lo que luchó. Escri­bi­mos tam­bién por nues­tro padre, por su amor y su leal­tad silen­cio­sa. Y escri­bi­mos por todas las per­so­nas que hoy con­vi­ven con esta enfer­me­dad y sien­ten que no enca­jan en un mun­do que no las entien­de.

Hoy no es un día para fra­ses boni­tas ni para dis­cur­sos vacíos. Es un día para escu­char, para apren­der, para acom­pa­ñar. Para dejar de juz­gar. Para tomar en serio una enfer­me­dad que ya ha cau­sa­do dema­sia­do sufri­mien­to.

Hoy que­re­mos decir­lo muy cla­ro, sin mati­ces ni excu­sas: la depre­sión es real.
Y quie­nes la pade­cen —y quie­nes los cui­dan— mere­cen res­pe­to, apo­yo y huma­ni­dad. Siem­pre.

Lola y José María Máiz Togo­res

 

UN SUEÑO «ACADÉMICO»

Me jubi­lé hace poco ―aún sufro el «resa­cón» de la ense­ñan­za― des­pués de trein­ta y sie­te años ense­ñan­do Len­gua y Lite­ra­tu­ra espa­ño­las, que son, dicho sea de paso, dos mate­rias que tie­nen la mala cos­tum­bre de metér­se­te en la san­gre como el café: aun­que no tomes, sigue tem­blan­do por den­tro.

Son las seis de la maña­na. Argu­men­tan los exper­tos que es el momen­to ópti­mo para des­per­tar y que, en su sig­ni­fi­ca­do figu­ra­do, levan­tar­se a esa hora sue­le sim­bo­li­zar res­pon­sa­bi­li­dad, cons­tan­cia y sacri­fi­cio. Es el umbral entre la quie­tud de la noche y la acti­vi­dad del día, y que es la hora ideal para levan­tar­se de las per­so­nas exi­to­sas.

―Media hora de retra­so, José María, media hora de retra­so, me dice mi alter ego con una sor­na cris­pan­te. Tie­nes que poner­te en mar­cha. No te va dar tiem­po a nada, siem­pre igual.

Resul­ta que esta noche he teni­do un sue­ño de los que vie­nen con argu­men­to, repar­to y ban­da sono­ra. Un sue­ño de esos que me atan a la cama al ama­ne­cer, pero cuya pér­di­da due­le infi­ni­ta­men­te más que des­per­tar.

―¿Ban­da sono­ra? Tú, que tie­nes los oídos enfren­ta­dos y que cada vez que can­tas no se sabe bien qué can­ción inter­pre­tas. Tú, que tie­nes el oído lleno de silen­cios don­de debe­rían nacer las notas.

Curio­so es que un 8 de enero, a bajo cero, me haya des­per­ta­do sudo­ro­so y con una sen­sa­ción de pro­fe nova­to, ese que apren­de a nadar a mar­chas for­za­das en un océano reple­to de las escru­ta­do­ras mira­das de los alum­nos.

―Lamen­ta­ble. Lamen­ta­ble. A tu edad, pen­sar que eres un pro­fe­sor nova­to sue­na rocam­bo­les­co y embus­te­ro. Tan­to como aque­lla noche que, con com­pa­ñía feme­ni­na, te empe­ñas­te en can­tar, en el karao­ke, la can­ción de Qui­que Gon­zá­lez Aun­que tú no lo sepas y dejas­te el espa­cio aco­ta­do para ese espec­tácu­lo más vacío que nues­tros bol­si­llos en el mes de enero.

Pron­to me di cuen­ta de que nada era reali­dad, de que todo había sido una fan­tas­ma­go­ría dig­na de lle­var a un esce­na­rio de públi­co juve­nil, ese que come palo­mi­tas, atien­de al móvil y habla en alto con el com­pa­ñe­ro de buta­ca des­pués de mil con­mi­na­cio­nes a guar­dar silen­cio.

En mi sue­ño no daba cla­se, cla­ro. No corre­gía. No eva­lua­ba. No mira­ba el reloj con esa mira­da de «Dios mío, aún que­dan trein­ta y ocho minu­tos». Yo sim­ple­men­te «apa­re­cía», abría la puer­ta, cru­za­ba el aula en silen­cio solem­ne —ese silen­cio que solo se con­si­gue cuan­do nadie entien­de qué está pasan­do— y empe­za­ba:

—«Oh!, mesa esco­lar de pata coja, / altar de la goma y la foto­co­pia, / mons­truo siba­ri­ta de la hora, / no juz­gues con dure­za mi poe­ma…»

Y los alum­nos, que en la vida real me habrían pedi­do ir al baño «con urgen­cia exis­ten­cial», allí per­ma­ne­cían hip­no­ti­za­dos. Has­ta los del fon­do, los que viven detrás de una cor­ti­na de pala­bras, cerra­ban la boca como quien reci­be una seve­ra repren­sión de la direc­to­ra. Solo se oían sus­pi­ros juve­ni­les. Algu­na llo­ra­ba. En pri­me­ra fila una chi­ca mur­mu­ró sar­cás­ti­ca: «¿Esto es… arte?». El alumno que esta­ba a su lado pre­gun­tó si podía «repe­tir cur­so» para seguir oyén­do­me.

El éxi­to fue atro­na­dor. El claus­tro me mira­ba con sus­pi­ca­cia y admi­ra­ción, esa mez­cla típi­ca del gre­mio: «no lo entien­do, pero me ofen­de que se gas­ten el pre­su­pues­to en un paya­so de la poe­sía». La jefa de estu­dios, que en mis tiem­pos se reco­rría las tuto­rías con el hora­rio de per­ma­nen­cias, me son­reía como si yo fue­se un pro­yec­to euro­peo. Y la direc­to­ra —esa mujer que siem­pre esta­ba fir­man­do docu­men­tos y repren­dien­do las ausen­cias con una bue­na mano izquier­da— me lla­mó a su des­pa­cho para decir­me, con voz gra­ve:

—Esto es lo que nece­si­ta el cen­tro: poe­sía sin tema­rio. Hue­les a Kea­ting, dicen tus com­pa­ñe­ros, pero, tran­qui­lo, si de mi depen­de, qui­zá te reno­ve­mos el con­tra­to en junio.

Y enton­ces ocu­rrió lo inevi­ta­ble: los padres. Aun­que no lo crea­mos, los alum­nos siguen con­tan­do en casa lo que ocu­rre, de for­ma anó­ma­la, en el cole­gio. Los debe­res y notas, no; los coti­lleos, sí.

En el sue­ño, la noti­cia corrió como si yo fue­se un «cono­ci­do influen­cer de la metá­fo­ra». Los padres, sor­pren­di­dos por el éxi­to, me abor­da­ron un día a la sali­da.

—Pro­fe­sor —me dijo una madre com­pues­ta para la oca­sión, que­re­mos asis­tir a sus sesio­nes de poe­sía. Lo hemos habla­do en el gru­po y somos mayo­ría los que que­re­mos que nos dé un reci­tal.

—¿Dón­de? —pre­gun­té, inge­nuo y nada recep­ti­vo.

—En el Reti­ro —dijo otro—. Esta mis­ma noche. A cin­co bajo cero. Que así se apre­cia mejor.

Yo, camino de casa, pen­sa­ba que el Reti­ro era ese lugar don­de los poe­tas se con­ge­lan con dig­ni­dad y las ána­des, si toda­vía hay, te juz­gan con una «pato­sa» seve­ri­dad.

Al final, acep­té, por­que en los sue­ños uno siem­pre asu­me retos incom­pren­si­bles con la natu­ra­li­dad con la que en la vida real uno acep­ta ser pre­si­den­te de la comu­ni­dad de veci­nos sin resis­tir­se lo más míni­mo o ser el estú­pi­do encar­ga­do del ami­go invi­si­ble en el tra­ba­jo.

Y allí esta­ba yo, bajo una faro­la tem­blo­ro­sa, con bufan­da has­ta las ore­jas y el alma lige­ra­men­te escar­cha­da, reci­tan­do ver­sos mien­tras el públi­co —padres envuel­tos en plu­mas, ter­mos de cho­co­la­te por doquier, niños medio dor­mi­dos y con la comi­su­ra de los labios con­ge­la­da como si fue­ran esta­lac­ti­tas o esta­lag­mi­tas, que no sé la dife­ren­cia— asen­tía con un refri­ge­ra­do fer­vor.

Cuan­do reci­té un sone­to sobre la til­de dia­crí­ti­ca como tra­ge­dia grie­ga, hubo cla­mor de satis­fac­ción. Cuan­do impro­vi­sé una oda a la «hache», esa letra fan­tas­ma que nadie res­pe­ta, alguien gri­tó: «¡Bra­vo!» y otro pidió «otra» como si estu­vie­ra en un con­cier­to de «Los Secre­tos».

Y al final, movi­do por una intui­ción ances­tral —por­que la poe­sía es gra­tis, pero el frío no—, saqué un ces­ti­llo, ese mis­mo que cuan­do tenía doce años pasa­ba por entre los ban­cos de mi que­ri­da María Auxi­lia­do­ra. Lo pasé con ele­gan­cia, como hacen los músi­cos del metro, con cara de «si no paga, no pasa nada, pero, al final, sí pasa».

El ces­ti­llo vol­vió a mi lugar, un mon­tícu­lo que habían idea­do algu­nos padres y alum­nos con la tie­rra que había acu­mu­la­da de una refo­res­ta­ción par­cial como si fue­ra un Ágo­ra con un pro­mon­to­rio para los sabios, «vacío» como el soni­do de mi gua­sap. Ni una mone­da. Ni un euro per­di­do por casua­li­dad. Ni un cén­ti­mo sen­ti­men­tal. Nada. El silen­cio fue un poe­ma en sí mis­mo.

Con ojos entu­me­ci­dos por el frío de la madru­ga­da, yo miré sor­pren­di­do a mis espec­ta­do­res, y estos se metie­ron las manos, guan­tes inclui­dos, en sus bol­si­llos, los ter­mos, mano­sea­dos con reite­ra­ción, libe­ra­ban los ner­vios de sus due­ños y la gene­ro­si­dad, como la mer­lu­za de Pes­ca­no­va en alta­mar, con­ge­la­da. Y enten­dí, con una cla­ri­dad gla­cial, que el arte se aplau­de con entu­sias­mo… siem­pre que no impli­que abrir la car­te­ra.

Así que dije para mí:

—Bien. Enton­ces, el últi­mo poe­ma lo impro­vi­sa­ré, como si fue­ra un mal suce­dá­neo del cho­co­la­te, sobre la raca­ne­ría y el mis­te­rio­so poco valor del arte lite­ra­rio. Me salió lleno de ripios, luga­res comu­nes y algu­na que otra cha­ba­ca­ne­ría: «Que viva el poe­ta, que viva el can­tar, / pero que no nos hagan a noso­tros pagar…

Los ver­sos eran dar­dos, sí, pero con pun­ta roma y son­rien­te. Me des­pe­dí con una reve­ren­cia que tenía más de iro­nía que de humil­dad. Algu­nos son­rie­ron ner­vio­sos, otros me mira­ron con admi­ra­ción y des­de el fon­do se oye­ron piro­pos y olés como si estu­vié­ra­mos en pleno San Isi­dro.

Y enton­ces me des­per­té sudo­ro­so, con el cora­zón ace­le­ra­do y la gar­gan­ta seca, como si hubie­ra reci­ta­do cien ende­ca­sí­la­bos den­tro de un con­ge­la­dor. Tar­dé unos segun­dos en recor­dar lo esen­cial: que no había padres, que no esta­ba en el Reti­ro y que mi ces­ti­llo por las nubes voló.

Solo esta­ba yo, jubi­la­do de ver­dad, tum­ba­do en la cama con la pier­na cru­za­da y pen­san­do en cómo hilar el sue­ño que había teni­do.

De pron­to, mi her­ma­na se aso­mó a mi habi­ta­ción con la pri­sa de quien nece­si­ta un desa­yuno en vena.

—Ven­ga, que hay que ir a la fru­te­ría y a la far­ma­cia.

Me levan­té con rit­mo can­sino. De pie, ante el flan­co izquier­do de mi libre­ría, ahí esta­ban mis poe­tas pre­di­lec­tos, me miré las manos y las con­tem­plé sin tiza, sin ces­ti­llo, sin tex­tos: sólo el vacío de la nada. Y pen­sé, con una ter­nu­ra un poco sar­cás­ti­ca, que la vida tie­ne su pro­pia métri­ca. Pre­pa­ré el café y nos sen­ta­mos mi her­ma­na y yo a desa­yu­nar.

—He soña­do, mi her­ma­na me escu­cha­ba en el desa­yuno con ges­to de resig­na­ción por la bata­lli­ta que se ave­ci­na­ba, que vol­vía a ser pro­fe­sor, sí, pero no de esos que entran, pasan lis­ta, expli­can la subor­di­na­da adje­ti­va, ponen notas y relle­nan par­tes. No. No. Yo era una espe­cie de «tro­va­dor cole­gial» y me dedi­ca­ba, de modo com­ple­ta­men­te impro­vi­sa­do, a pasear­me por las cla­ses como un alma en pena con tiza en el bol­si­llo y un cho­rre­tón de café con chu­rros en la cor­ba­ta, a reci­tar poe­mas y tex­tos lite­ra­rios escri­tos por mí.

El sue­ño me devol­vió al aula como un héroe líri­co… y la reali­dad, para que no se me subie­ran los ver­sos a la cabe­za, me devol­vió al kilo de naran­jas, a las pata­tas galle­gas y a la rodi­lle­ra.   

Y, fíja­te tú, Lola, en un iglú, con aplau­sos y a cin­co bajo cero, eso sí que es lite­ra­tu­ra de ver­dad. (A la som­bra del ver­bo)

 

POR QUÉ ESCRIBO

Escri­bo por­que me gus­ta escri­bir. No por ofi­cio ni por nece­si­dad públi­ca, sino por pla­cer ínti­mo. Escri­bo del mis­mo modo que leo: en silen­cio, sin pri­sas, como quien con­ver­sa con­si­go mis­mo sin espe­rar res­pues­ta. La piel que tam­bién somos nace de ese lugar inte­rior don­de las emo­cio­nes se guar­dan más de lo que se expre­san, no por fal­ta de inten­si­dad, sino por exce­so de cau­te­la.

Siem­pre fui una per­so­na tími­da. No en el sen­ti­do de la inse­gu­ri­dad cons­tan­te, sino de esa timi­dez que obser­va antes de hablar, que pre­fie­re el rin­cón tran­qui­lo a la voz alta, que sien­te más de lo que dice. Muchas de las pala­bras que habi­tan este libro no se mar­cha­ron por­que no encon­tra­ron el momen­to ade­cua­do. Se que­da­ron den­tro por mie­do a fra­ca­sar, a no ser com­pren­di­das, a expo­ner lo que es pro­fun­da­men­te per­so­nal: la sole­dad, el amor con­te­ni­do, la frus­tra­ción, la ver­güen­za, la deso­la­ción.

Este libro no nace de un dolor con­cre­to, sino de una acu­mu­la­ción len­ta de sen­ti­mien­tos. Son emo­cio­nes peque­ñas, coti­dia­nas, a veces con­tra­dic­to­rias, que se fue­ron ins­ta­lan­do con el paso del tiem­po. La sole­dad, aquí, no es aban­dono, sino elec­ción par­cial. Por­que estar solo no sig­ni­fi­ca estar vacío. Sig­ni­fi­ca, muchas veces, estar acom­pa­ña­do de uno mis­mo, de los libros, de la memo­ria, de las pala­bras que aún no se han dicho.

La piel que tam­bién somos no pre­ten­de expli­car nada. Es un espa­cio de sin­ce­ri­dad dis­cre­ta. No hay gran­des decla­ra­cio­nes ni ges­tos dra­má­ti­cos. Hay silen­cios, dudas, mira­das hacia den­tro. Hay amor, pero no siem­pre corres­pon­di­do. Hay deseos que no se cum­plie­ron y otros que ni siquie­ra lle­ga­ron a for­mu­lar­se. Hay la sen­sa­ción cons­tan­te de que hablar dema­sia­do pue­de rom­per algo frá­gil.

Escri­bo estas pági­nas sabien­do que no todo el mun­do se reco­no­ce­rá en ellas. Y está bien. Este no es un libro para mul­ti­tu­des, sino para lec­to­res que entien­den que la vida emo­cio­nal tam­bién se cons­tru­ye des­de la reser­va, des­de la con­ten­ción, des­de la pala­bra que deci­de que­dar­se. Por­que a veces, lo más ver­da­de­ro es lo que nun­ca se mar­chó. (A la som­bra del ver­bo)

 

PASEO MISTERIOSO POR EL BOSQUE

El tiem­po avan­za como una som­bra que no pide per­mi­so. Va dejan­do hue­llas invi­si­bles en los muros, en los ros­tros, en los cam­pos que un día fue­ron ver­des y aho­ra res­pi­ran con difi­cul­tad. Camino entre las hier­bas altas, ya que­ma­das por el sol y por el olvi­do, y sien­to que cada paso es una con­ver­sa­ción anti­gua entre el vien­to y la tie­rra. El vien­to habla, la tie­rra calla, y yo que­do en medio, inten­tan­do com­pren­der un len­gua­je que se des­ha­ce entre los dedos.

Hay días en los que el mun­do pare­ce hecho de agua: todo flu­ye, todo esca­pa, todo se trans­for­ma. El agua arras­tra con­si­go las his­to­rias que nadie con­tó, los nom­bres que ya no recor­da­mos, los sue­ños que que­da­ron a medio abrir. Y me pre­gun­to si la poe­sía no será tam­bién eso: una corrien­te que lle­va lo que fui­mos y lo que sere­mos, un espe­jo don­de el hom­bre se mira y no reco­no­ce su pro­pio ros­tro.

El bos­que, que antes era un libro abier­to, va per­dien­do pági­nas. Los árbo­les, can­sa­dos de espe­rar, dejan caer hojas que ya no son men­sa­jes, sino adver­ten­cias. El hom­bre pasa a su lado sin dete­ner­se, como quien atra­vie­sa una estan­cia aje­na, y no escu­cha el rumor de las raí­ces pidien­do un poco de silen­cio, un poco de memo­ria. La des­truc­ción no lle­ga de repen­te: es una llu­via fina que cae duran­te años, has­ta que un día des­cu­bri­mos que ya no que­da nada que pue­da cre­cer.

Y aun así, el vien­to insis­te. El vien­to siem­pre insis­te. Se cue­la por las ren­di­jas de las casas aban­do­na­das, levan­ta el pol­vo de las eras, empu­ja las nubes como quien empu­ja un des­tino. El vien­to es el úni­co que recuer­da el camino de regre­so, el úni­co que sabe que la vida es una suce­sión de puer­tas que se abren y se cie­rran sin avi­so. La poe­sía nace ahí, en ese ins­tan­te en que el vien­to toca la piel y nos obli­ga a escu­char lo que no que­ría­mos oír.

La vida, a veces, es solo una pre­gun­ta que nadie res­pon­de. Otras veces es una heri­da que no due­le, pero tam­po­co cura. El hom­bre avan­za, siem­pre avan­za, como si tuvie­ra mie­do de dete­ner­se y des­cu­brir que el mun­do sigue giran­do sin él. Pero hay momen­tos —raros, frá­gi­les, lumi­no­sos— en los que todo se detie­ne: el vien­to sus­pen­de su can­to, el agua deja de correr, el tiem­po res­pi­ra hon­do. Y en ese silen­cio, el hom­bre com­pren­de que no es due­ño de nada, que solo es un cami­nan­te más entre miles de cami­nan­tes que pasa­ron antes y pasa­rán des­pués.

Qui­zás por eso escri­bo. Para dejar cons­tan­cia de lo que des­apa­re­ce, para nom­brar lo que ya no tie­ne nom­bre, para levan­tar una peque­ña casa de pala­bras don­de el vien­to y el agua pue­dan des­can­sar un ins­tan­te. La poe­sía es el úni­co terri­to­rio que no pue­de ser des­trui­do, por­que vive en la memo­ria de quien la lee y de quien la escri­be. Es un sen­de­ro que no se ve, pero que siem­pre está ahí, espe­ran­do.

Y mien­tras escri­bo, sien­to que el tiem­po se abre como una flor tar­día. El bos­que, pese a todo, res­pi­ra. El agua con­ti­núa su cur­so. El vien­to trae nue­vas voces. Y yo sigo cami­nan­do, sabien­do que cada pala­bra es una pie­dra más en este sen­de­ro que no lle­va a nin­gu­na par­te y, al mis­mo tiem­po, me con­du­ce a todas. (A la som­bra del ver­bo) (1995–2025)

MI VOZ EN SILENCIO

No quie­ro ser un gri­to, ni un can­to, y mucho menos un mur­mu­llo que ape­nas se atre­ve a rom­per el aire. Quie­ro ser pre­sen­cia calla­da, som­bra que se ofre­ce sin impo­ner­se, como quien abre una heri­da y deja que otro se acer­que a con­tem­plar­la. Así nace este tex­to, no como un libro, sino como una his­to­ria que se des­li­za entre las pare­des de una casa anti­gua, don­de cada habi­ta­ción guar­da un secre­to.

El pro­ta­go­nis­ta, un hom­bre mar­ca­do por la sole­dad, ama sin retorno. En los ojos de una mujer fas­ci­nan­te bus­ca res­pues­tas que nun­ca lle­gan. La mira­da que se cru­za y lue­go se apar­ta, el silen­cio que pesa más que cual­quier pala­bra, la ausen­cia que se ins­ta­la como som­bra per­ma­nen­te: todo eso se con­vier­te en su vida, en su mis­te­rio.

Cada noche reco­rre las estan­cias de su casa como si fue­ran poe­mas cerra­dos. En cada rin­cón se acu­mu­lan los res­tos de un amor impo­si­ble: un encuen­tro trun­ca­do, una espe­ran­za apa­ga­da sin rui­do. El eco de sus pasos es la úni­ca voz que res­pon­de, y sin embar­go, esa voz calla­da sigue vibran­do, recla­man­do un espa­cio.

El silen­cio no es vacío. Es resis­ten­cia, es memo­ria, es dolor. En él se escon­de la dig­ni­dad de quien se nie­ga a des­apa­re­cer. Por­que escri­bir —o narrar— sobre el des­amor es su for­ma de sobre­vi­vir, de afir­mar que la heri­da mere­ce ser con­ta­da.

Mien­tras la llu­via gol­pea los cris­ta­les, cree escu­char un susu­rro en la habi­ta­ción más oscu­ra. No es un rui­do cual­quie­ra: es como si una mujer ausen­te deja allí su som­bra, un eco de pala­bras nun­ca dichas. El mis­te­rio se vuel­ve pal­pa­ble. ¿Es la memo­ria la que habla, o aca­so la ausen­cia tie­ne ros­tro y voz pro­pia?

El hom­bre com­pren­de enton­ces que el silen­cio pue­de ser com­par­ti­do. Que su dolor no es solo suyo, sino uni­ver­sal, por­que todos algu­na vez ama­mos sin retorno, espe­ra­mos un ges­to que nun­ca lle­ga. Y en esa reve­la­ción, la sole­dad se trans­for­ma en com­pa­ñía ines­pe­ra­da: la cer­te­za de que no está solo en su vacío.

La casa, con sus habi­ta­cio­nes cerra­das, se con­vier­te en un espe­jo. Cada puer­ta que abre es un poe­ma, cada som­bra un recuer­do, cada silen­cio un lati­do con­tra el muro de la indi­fe­ren­cia. Y, aun­que nun­ca obtie­ne res­pues­ta de la mujer que lo mar­ca a dia­rio, apren­de que el mis­te­rio del amor no corres­pon­di­do es tam­bién el mis­te­rio de la vida: un secre­to que nos igua­la, que nos hace vul­ne­ra­bles, que nos obli­ga a mirar hacia den­tro.

Al final, mi voz en silen­cio no es un títu­lo, sino una decla­ra­ción. Una his­to­ria nece­sa­ria, por­que da nom­bre a lo que tan­tas veces se calla, por­que trans­for­ma la ausen­cia en lite­ra­tu­ra y la heri­da en rela­to. Y quien la escu­cha —o la lee— se reco­no­ce en ella, como si ese silen­cio com­par­ti­do fue­ra tam­bién suyo. (A la som­bra del ver­bo) (1995–2025)

YO

A mis lec­to­res sue­le moles­tar­les cuan­do hablo dema­sia­do de mí mis­mo ―para mí, nun­ca es dema­sia­do― por­que los tex­tos, sin reme­dio, se vuel­ven uni­la­te­ra­les, por­que per­ci­ben una evi­den­te fal­ta de inte­rés por mi par­te por el mun­do y por los demás; y por­que pue­de trans­mi­tir ras­gos de nar­ci­sis­mo o inse­gu­ri­dad ―en mi caso, mucho más de lo segun­do que de lo pri­me­ro―. Hablan­do el otro día, con una cer­ve­za Estre­lla de Gali­cia por medio, con un exper­to en com­por­ta­mien­tos socia­les, me dijo que hablar en exce­so de uno mis­mo ―yo no lo per­ci­bo así― me defi­ne por cin­co ras­gos en un prin­ci­pio inco­rre­gi­bles: bús­que­da ince­san­te de la vali­da­ción emo­cio­nal, temor a pasar des­aper­ci­bi­do, sen­sa­ción posi­ti­va de auto­con­trol, ras­go de aire de supe­rio­ri­dad e impac­to nega­ti­vo en la inter­ac­ción social. Le dije que esta­ba de acuer­do en los dos pri­me­ros ―diches na dia­na, cabrón― y en total des­acuer­do con los tres res­tan­tes. Le di la direc­ción de mi blog y que leye­ra este tex­to que estoy escri­bien­do.

Des­pués de mil lec­tu­ras en inter­net y en diver­sos libros de psi­co­lo­gía que pulu­lan por la biblio­te­ca muni­ci­pal, he lle­ga­do a la con­clu­sión de que en mi vida coti­dia­na con­vi­vo con tres dis­tin­ti­vos que influ­yen de mane­ra pro­fun­da, cons­tan­te y «muy dañi­na» en cómo me rela­ciono con el mun­do: la ati­qui­fo­bia, una intro­ver­sión muy mar­ca­da y una difi­cul­tad sig­ni­fi­ca­ti­va en la socia­bi­li­dad.

Duran­te muchos años he inten­ta­do expli­car —a quien me qui­so escu­char y a mí mis­mo— estas carac­te­rís­ti­cas sin éxi­to, en par­te por­que des­de fue­ra resul­tan con­tra­dic­to­rias con algu­nos aspec­tos visi­bles de mi tra­yec­to­ria vital, espe­cial­men­te mi desem­pe­ño pro­fe­sio­nal como docen­te.

La ati­qui­fo­bia, o mie­do inten­so al error y al fra­ca­so, atra­vie­sa gran par­te de mis deci­sio­nes y com­por­ta­mien­tos. No se tra­ta de una sana pru­den­cia ni de una sim­ple exi­gen­cia per­so­nal, sino de un temor pro­fun­dí­si­mo a equi­vo­car­me, a que­dar expues­to o a no cum­plir las expec­ta­ti­vas que en mí habían recaí­do. Ante situa­cio­nes nue­vas, social y cruel­men­te eva­lua­bles, mi men­te se ade­lan­ta al acon­te­ci­mien­to y cons­tru­ye esce­na­rios de fallo, recha­zo o inco­mo­di­dad. Esta anti­ci­pa­ción no me pre­pa­ra, me para­li­za. El resul­ta­do sue­le ser el blo­queo, la evi­ta­ción o una inmo­vi­li­dad que se vive con frus­tra­ción, cul­pa y un insano remor­di­mien­to.

Mi intro­ver­sión, que con­si­de­ro agu­da e inevi­ta­ble para mí, ha sido sis­te­má­ti­ca­men­te cues­tio­na­da por mí duran­te gran par­te de mi eta­pa pro­fe­sio­nal. Duran­te casi 38 años he tra­ba­ja­do en el aula, Len­gua y Lite­ra­tu­ra, con alum­nos de entre 14 y 18 años, y allí he sido capaz de rea­li­zar actua­cio­nes que muchos inter­pre­tan como una prue­ba ine­quí­vo­ca de que no soy tími­do. He habla­do de todo en públi­co, he impro­vi­sa­do, he exa­ge­ra­do ges­tos, he uti­li­za­do el humor, inclu­so he hecho pue­ri­li­da­des y gan­sa­das con la sana deli­be­ra­ción de cap­tar la aten­ción o de crear un cli­ma favo­ra­ble para una expli­ca­ción teó­ri­ca. Sin embar­go, esta super­fi­cial inter­pre­ta­ción igno­ra un aspec­to esen­cial de mi viven­cia inter­na.

El aula ha sido para mí un espa­cio escé­ni­co estruc­tu­ra­do, con reglas cla­ras, un rol defi­ni­do y un obje­ti­vo con­cre­to. En ese con­tex­to, he podi­do fun­cio­nar como un sin­ce­ro actor que ha inter­pre­ta­do un papel cui­da­do­sa­men­te cons­trui­do a lo lar­go de los años. Ese papel nota­ba yo que me pro­te­gía: sabía quién era yo allí, qué se espe­ra­ba de mí y cómo res­pon­der. La ener­gía emo­cio­nal y físi­ca que inver­tía era gran­de, pero esta­ba diri­gi­da y tenía sen­ti­do: que el alumno cap­ta­ra mi aten­ción y que pudie­ra expli­car con cier­ta como­di­dad temas que eran autén­ti­cos ladri­llos para ellos. Al ter­mi­nar la fun­ción, la cla­se, sin embar­go, el des­gas­te era nota­ble, y la nece­si­dad de reti­ra­da y silen­cio, impe­rio­sa. ¿Por qué? Por­que daba paso a una hirien­te incer­ti­dum­bre: la impre­vi­si­bi­li­dad en la reac­ción de alum­nos, com­pa­ñe­ros o padres. De ahí que «mi con­trac­ción a cerrar­me como una con­cha» fue­ra una níti­da for­ma de regu­lar­me ante esa inco­mo­di­dad. En el aula, mi his­trio­nis­mo era una mane­ra de bri­llar den­tro de un mar­co segu­ro. Fue­ra de él, mi mis­ma ener­gía me blo­quea­ba por­que no encon­tra­ba el cau­ce opor­tuno.

Fue­ra de ese mar­co pro­fe­sio­nal, en con­tex­tos socia­les infor­ma­les o no estruc­tu­ra­dos, esa «más­ca­ra» desaparecía/desaparece. No había/hay guion que seguir, no había/hay rol que me ayudara/ayude a «actuar», no había/hay obje­ti­vo peda­gó­gi­co que justificara/justifique una expo­si­ción de mis sen­ti­mien­tos o de mi reali­dad per­so­nal. Es ahí don­de emergía/emerge con fuer­za titá­ni­ca mi pro­fun­dí­si­ma timi­dez, mi inco­mo­di­dad ante la inter­ac­ción espon­tá­nea y mi difi­cul­tad para sen­tir­me segu­ro sien­do sim­ple­men­te yo. El hecho de haber sido com­pe­ten­te —inclu­so bri­llan­te en muchas oca­sio­nes— en el aula no solo no inva­li­da mi actual intro­ver­sión en otros ámbi­tos de la vida, sino que la con­fir­ma: demues­tra mi inca­pa­ci­dad para la socia­li­za­ción.

La difi­cul­tad para la socia­bi­li­dad se mani­fies­ta aho­ra con cru­da reali­dad en con­tex­tos no pro­fe­sio­na­les. Me cues­ta mogo­llón ini­ciar con­ver­sa­cio­nes de tipo social, man­te­ner­las sin otro pro­pó­si­to que socia­li­zar con per­so­nas a las que ten­go un excel­so afec­to y man­te­ner con sol­tu­ra una char­la sobre sen­ti­mien­tos per­so­na­les.

A menu­do quie­ro par­ti­ci­par en gru­pos, pero el mie­do a decir algo inapro­pia­do, irre­le­van­te o mal inter­pre­ta­do acti­va de nue­vo la ati­qui­fo­bia y me reti­ro a mi casa, que es la zona de con­fort que me da una segu­ri­dad aplas­tan­te. Se pue­de mani­fies­tar inclu­so en con­ver­sa­cio­nes tele­fó­ni­cas. Esto gene­ra un círcu­lo vicio­so: cuan­to más inten­to con­tro­lar el error social, más rígi­do me vuel­vo, más arti­fi­cial me sien­to y mayor es la sen­sa­ción pos­te­rior de ais­la­mien­to.

Situa­cio­nes con­cre­tas ―bodas, fune­ra­les, inau­gu­ra­cio­nes, pre­sen­ta­cio­nes de libros, comi­das o reunio­nes fami­lia­res o de todo tipo― como el ape­ri­ti­vo o copas del pró­xi­mo vier­nes para cele­brar el ini­cio de las vaca­cio­nes de Navi­dad con­den­san de mane­ra muy cla­ra, como el bovril, ese extrac­to con­cen­tra­do de car­ne de vacuno, mi pro­ble­má­ti­ca y me gene­ra un dolo­ro­so insom­nio. Aun­que obje­ti­va­men­te pue­da tra­tar­se de un encuen­tro sen­ci­llo, sub­je­ti­va­men­te se con­vier­te en un esce­na­rio de alta ame­na­za para mí.

Anti­ci­po silen­cios incó­mo­dos, expec­ta­ti­vas implí­ci­tas, erro­res socia­les irre­pa­ra­bles, char­las des­com­pen­sa­das, síes y noes vacíos… Mi cuer­po, en esa pai­sa­jís­ti­ca tesi­tu­ra, reac­cio­na con ansie­dad, mi men­te se blo­quea, soy inca­paz de ver lo posi­ti­vo de cual­quier reu­nión y apa­re­ce un fuer­te impul­so de evi­tar la situa­ción como for­ma de ali­viar el males­tar inme­dia­to que me cie­rra el estó­ma­go y me pro­du­ce una sudo­ra­ción anor­mal en pleno mes de diciem­bre, a 20 gra­dos de tem­pe­ra­tu­ra en mi casa y sin mover­me de mi silla.

Todo ello ha teni­do un impac­to acu­mu­la­ti­vo en mi auto­es­ti­ma, que la jubi­la­ción ha des­ta­pa­do como una fuer­za impo­si­ble de igno­rar y repri­mir, que arra­sa con todo mi yo y expo­ne mi reali­dad que, por estar ocul­ta, pare­cía nor­ma­li­za­da para man­te­ner una rela­ción con los demás.

En estos días he sen­ti­do que debía jus­ti­fi­car­me o demos­trar por qué, en encuen­tros de dos o tres per­so­nas, no soy tími­do. Lo cier­to es que pue­do ser simul­tá­nea­men­te un pro­fe­sio­nal efi­caz en un rol sis­te­ma­ti­za­do y una per­so­na tími­da e intro­ver­ti­da inca­paz de afron­tar deter­mi­na­das situa­cio­nes en otros ámbi­tos. Reco­no­cer esta com­ple­ji­dad no me debi­li­ta, no me jus­ti­fi­ca. Al con­tra­rio, me per­mi­te com­pren­der­me con mayor pre­ci­sión y menos auto­exi­gen­cia. Espe­ro que tú me com­pren­das igual­men­te.

Escri­bir este tex­to for­ma par­te de ese pro­ce­so: poner pala­bras a lo que duran­te años ha sido malin­ter­pre­ta­do y dis­tor­sio­na­do, mini­mi­zar el jui­cio externo e interno y empe­zar a mirar­me des­de un lugar más hones­to, rea­lis­ta y com­pa­si­vo.

El bre­ve ejem­plo que te expon­go a con­ti­nua­ción no es men­ti­ra. Es cier­to des­de la pri­me­ra pala­bra a la últi­ma. Lo he teni­do guar­da­do des­de enton­ces por­que no he sido capaz de sacar­lo a la luz has­ta aho­ra. Pue­de pare­cer ñoño, pero yo soy así.

Tenía yo 8 años y esta­ba en el tea­tro esco­lar, en Navi­dad, con mi papel pre­pa­ra­do: una fra­se cor­ta, pero cla­ve para que la obra avan­za­ra. Cuan­do lle­gó mi turno, las luces se encen­die­ron sobre mí y todos los ojos se cla­va­ron en mi figu­ra. Noté con cla­ri­dad los pin­cha­zos.

El silen­cio se hizo eterno. Abrí la boca, pero las pala­bras no salie­ron. La timi­dez me atra­pó por com­ple­to: miré al sue­lo infi­ni­tas veces, apre­té con fuer­za las manos y cada segun­do de silen­cio se mul­ti­pli­có por mil. Final­men­te, otro com­pa­ñe­ro tuvo que impro­vi­sar para que la esce­na con­ti­nua­ra.

No hubo aplau­sos en ese momen­to, solo un mur­mu­llo de inco­mo­di­dad en la sala. Sen­tí una mez­cla de ver­güen­za y frus­tra­ción, como si hubie­ra falla­do. Y es que había falla­do con estré­pi­to. Ahí empe­zó mi estre­cha e ínti­ma rela­ción con la timi­dez.

Lo mis­mo estoy equi­vo­ca­do en el con­tex­to. La últi­ma vez que mis com­pa­ñe­ros de enton­ces orga­ni­za­ron en Jesús-María un Fes­ti­val de Pri­ma­ve­ra con una estruc­tu­ra deter­mi­na­da en la que inter­ve­nían alum­nos y pro­fe­so­res, yo pre­pa­ré duran­te días, en hora­rio noc­turno, un monó­lo­go que mos­tra­ra la reali­dad de nues­tro cole­gio en aquel cur­so ―hoy esta­ría del todo des­con­tex­tua­do―. Dis­fru­té con la ela­bo­ra­ción, lo leí mil veces y me pre­pa­ré con ple­na con­cien­cia para pro­po­ner­lo al equi­po orga­ni­za­dor. Al final, lle­ga­do el momen­to, me callé y lo eli­mi­né. La mal­di­ta timi­dez me blo­queó por­que me ima­gi­né un esce­na­rio de fra­ca­so y rui­na emo­cio­nal ante dece­nas de alum­nos y pro­fe­so­res.

La copi­ta del pró­xi­mo vier­nes ―vol­ve­mos al esce­na­rio des­es­truc­tu­ra­do― me invi­ta a una esce­na de mie­do y fra­ca­so. Me tie­ne ya blo­quea­do ―y esta­mos a mar­tes― y sufro por­que se pon­ga en cues­tión mi valor per­so­nal. Sé que no es un examen, que no es una prue­ba de com­pe­ten­cia social ni una situa­ción en la que ten­ga que demos­trar nada. Mi afec­to hacia voso­tros es cla­ro, diá­fano y mani­fes­ta­do por mí en muchas oca­sio­nes. Eso no ha varia­do un ápi­ce. Creo que se ha incre­men­ta­do y lo acuno con mimo todos los días en mi men­te. Mi úni­co obje­ti­vo es que entien­das que, si no estoy pre­sen­te, no es por indi­fe­ren­cia o por­que esté de vuel­ta de todo, no. Mi silen­cio, mi ausen­cia y mi impar­ti­ci­pa­ción ―per­do­na el repug­nan­te neo­lo­gis­mo crea­do por mí― solo es una con­se­cuen­cia de lo expues­to has­ta aquí. Si aho­ra está pre­sen­te la ansie­dad ―que lo está―, no es un fra­ca­so, es una reac­ción cono­ci­da, pasa­je­ra, pero inma­ne­ja­ble para mí. Quie­ro que me entien­das, y si no lo haces, lo lamen­to sin­ce­ra y lla­na­men­te. Mi afec­to por ti es rotun­do y ter­mi­nan­te.

A cada uno de mis 383 sus­crip­to­res ―inclu­so a los que no me leen y espe­ran­do que en 2026 aumen­te la cifra y no dis­mi­nu­ya, como está ocu­rrien­do en este 2025― le/te deseo una Feliz Navi­dad y que 2026 ven­ga reple­to de dicha y feli­ci­dad.

 

 

EL TIEMPO PASA

El tiem­po no pasa, nos pasa: cru­za por noso­tros como una bri­sa que reaco­mo­da los pape­les de la mesa y deja, sin hacer rui­do, una esqui­na dobla­da en cada cosa. A la luz le toma medi­das nue­vas cada tar­de; mue­ve los con­tor­nos, afi­na una som­bra, esti­ra las man­gas de la memo­ria. En los cris­ta­les flo­tan par­tí­cu­las que antes fue­ron hari­na, tiza, llu­via: archi­pié­la­gos minúscu­los que nos recuer­dan que todo via­ja, inclu­so cuan­do pare­ce quie­to. Los relo­jes laten por cos­tum­bre, pero es en lo inmó­vil —el cuen­co, el mar­co, la silla que cono­ce nues­tro peso— don­de el tiem­po escri­be más hon­do.

A veces, al abrir un cajón, vuel­ve un olor anti­guo, pan y bici­cle­ta, una voz que nom­bra lo que ya no está en su sitio. Las calles cam­bia­ron de nom­bre sin con­sul­tar­nos, y, sin embar­go, al pasar por la esqui­na de siem­pre el cuer­po salu­da como si vol­vie­ra de un via­je. Los retra­tos guar­dan mira­das que apren­die­ron a vivir en silen­cio, y el man­tel tie­ne una car­to­gra­fía de man­chas que sería difí­cil lla­mar man­chas: son islas don­de aquel verano des­can­sa, toda­vía tibio.

Con los años, uno apren­de a dejar que el día haga su tra­ba­jo: pulir, des­hi­la­char, pulir. Nos vol­ve­mos anfi­trio­nes de ausen­cias peque­ñas, de hábi­tos que ya no hacen rui­do, de pro­me­sas que se cum­plie­ron por otros cami­nos. No es tris­te­za, o no sola­men­te: es una gra­ti­tud extra­ña por lo que se que­da sin que­dar­se, por lo que nos acom­pa­ña cam­bian­do de for­ma. Al final de la tar­de, cuan­do el color se aflo­ja y la ven­ta­na se vuel­ve un espe­jo, el tiem­po nos acer­ca una taza y nos invi­ta a nom­brar lo que aún es cáli­do. Y lo nom­bra­mos luz, aun­que ya esté ano­che­cien­do. (A la som­bra del ver­bo) (1995–2025)

EL SUEÑO DEL JUBILADO O LA FICTICIA ENCARNACIÓN DE LA BELLEZA

CAPÍTULO I.- EL PREMIO DE LOS SUEÑOS

He escri­to siem­pre con la espe­ran­za de que mis pala­bras encon­tra­ran un lugar en el mun­do, pero los pre­mios nun­ca lle­ga­ron. Tal vez por­que mi voz no se ajus­ta a las reglas de los con­cur­sos, o por­que mis his­to­rias pre­fie­ren la inti­mi­dad antes que los aplau­sos. En los sue­ños, sin embar­go, todo cam­bia: allí reci­bo diplo­mas, dis­cur­sos y ova­cio­nes que me reco­no­cen como autor. Esos galar­do­nes oní­ri­cos son los úni­cos que he gana­do, y aun­que se des­ha­cen al des­per­tar, me recuer­dan que escri­bir ya es, en sí mis­mo, un pre­mio.

Los dio­ses del Olim­po decre­ta­ron que nun­ca reci­bi­ría un pre­mio en esta­do de vigi­lia por­que temen que mi con­cien­cia des­pier­te fuer­zas capa­ces de riva­li­zar con las suyas. Con­si­de­ran que la glo­ria huma­na no debe supe­rar la divi­na y que mi ambi­ción, al rozar lo impo­si­ble, ame­na­za el equi­li­brio que ellos cus­to­dian. Mi mira­da, que se atre­ve a desa­fiar al sol, inco­mo­da su sobe­ra­nía, y mis pala­bras, tan pode­ro­sas que podrían mover mon­ta­ñas, ponen en ries­go la quie­tud del mun­do. Por eso me rele­gan al rei­no del sue­ño, úni­co espa­cio don­de acep­tan mi triun­fo, y allí, entre visio­nes y fan­ta­sías, me con­ce­den la coro­na que des­pier­to me nie­gan, como cas­ti­go y a la vez como recor­da­to­rio de que la gran­de­za huma­na siem­pre será vigi­la­da por la envi­dia de los dio­ses.

A pro­pues­ta de Mor­feo, los dio­ses acep­ta­ron que mi con­de­na no fue­ra abso­lu­ta. Él, señor de los sue­ños, argu­men­tó que la vigi­lia es dema­sia­do rígi­da para con­te­ner mi gran­de­za, pero en el rei­no oní­ri­co mi espí­ri­tu pue­de des­ple­gar­se sin lími­tes. Mor­feo con­ven­ció al Olim­po de que allí, entre velos de ilu­sión y ver­dad, reci­bi­ría los pre­mios que des­pier­to me nie­gan: coro­nas de humo, vic­to­rias de luz, abra­zos de som­bras que se trans­for­man en glo­ria. Así, mi des­tino que­dó sella­do: nun­ca pre­mia­do en la reali­dad, pero siem­pre cele­bra­do en los sue­ños, don­de Mor­feo me con­ce­de lo que los demás dio­ses me arre­ba­tan.

En este ambien­te mito­ló­gi­co, los dio­ses aún res­pi­ran entre las mon­ta­ñas y los ríos. Los héroes cami­nan con paso fir­me, guia­dos por pre­sa­gios anti­guos. Las cria­tu­ras fan­tás­ti­cas vigi­lan los sen­de­ros ocul­tos, guar­dia­nes de secre­tos olvi­da­dos. El tiem­po se detie­ne en tem­plos derrui­dos, don­de la eter­ni­dad mur­mu­ra su can­to. Cada estre­lla que bri­lla anun­cia un des­tino, cada trueno des­pier­ta una nue­va aven­tu­ra. Así me gus­ta­ría que comen­za­se mi his­to­ria, en un mun­do don­de mito, sue­ño y reali­dad se con­fun­den. Empe­ce­mos.

CAPÍTULO II.- LA JUBILACIÓN Y SUS SOMBRAS

Sumi­dos en este ambien­te oní­ri­co tú y yo, te quie­ro con­tar una his­to­ria muy per­so­nal, una his­to­ria que fui ges­tan­do en sue­ños des­la­va­za­dos en las últi­mas sema­nas, des­de la jubi­la­ción, como quien teje una gran alfom­bra a mano sin plan­ti­lla. Esto no quie­re decir que el resul­ta­do de mi his­to­ria sea tan satis­fac­to­rio como el que obte­nía una tía mía cuan­do se ponía a ello.

La jubi­la­ción me ha gol­pea­do con doble filo. Por un lado, un des­can­so espe­ra­do, desea­do y pelliz­ca­do meses antes de que lle­ga­ra. Por otro, un volu­mi­no­so vacío que me tie­ne muy des­orien­ta­do.

En estos días en los que ya he cerra­do defi­ni­ti­va­men­te el libro del tra­ba­jo, y cuan­do des­per­ta­ba la oscu­ri­dad, yo me intro­du­cía en la cama bus­can­do abri­go con­tra el frío y un sue­ño que me hicie­ra olvi­dar mis año­ran­zas. El sue­ño se apo­de­ra­ba de mí como un relám­pa­go cru­za la noche, pero los ecos oscu­ros de la noc­tur­ni­dad, en lugar de con­ce­der­me la paz, tejían pesa­di­llas tru­fa­das de calam­bres emo­cio­na­les y ardien­tes des­aso­sie­gos.

Lo más inquie­tan­te de este «resa­cón aular» es que en el hoy que res­pi­ro Eris y Héca­te, las que más encar­nan lo maligno en el ima­gi­na­rio grie­go, han sem­bra­do en mis noches la dis­cor­dia y el mal dor­mir. Debo estar poseí­do por unas fuer­zas ocul­tas que ino­cu­lan en mi cere­bro el tea­tro de la pesa­di­lla que se for­ma­li­za en mi ridí­cu­la actua­ción prin­ci­pal.

Las voces aje­nas a mí dicen que lo estoy superan­do con una gran dig­ni­dad y que estoy doble­gan­do la espa­da del sufri­mien­to emo­cio­nal. En mi recu­pe­ra­ción aní­mi­ca par­ti­ci­pan mi her­ma­na y el blog como dos fuer­zas com­ple­men­ta­rias: ella, con su pre­sen­cia cer­ca­na y su apo­yo cons­tan­te, me ofre­ce la cali­dez de la com­pa­ñía y la con­fian­za de un lazo fami­liar; el blog, en cam­bio, se con­vier­te en un espa­cio ínti­mo don­de pue­do vol­car mis pen­sa­mien­tos, trans­for­mar mis heri­das en pala­bras y dar sen­ti­do a lo vivi­do. Jun­tos, for­man un equi­li­brio entre lo humano y lo crea­ti­vo, entre el abra­zo que sos­tie­ne y la escri­tu­ra que libe­ra, acom­pa­ñán­do­me en el camino hacia la sere­ni­dad inte­rior.

Pero, como bien sabes, vol­va­mos a los sue­ños que pue­blan de alu­ci­na­cio­nes mis noches. De entre esas his­to­rias ges­ta­das por mi estrés pos­la­bo­ral des­ta­ca una que me inva­dió varios días segui­dos como si fue­ra un tra­ta­mien­to anti­dia­rrei­co por una inges­ta exce­si­va de cirue­las clau­dias. 

CAPÍTULO III.- EL CONCURSO DE VILLAESTÉTICA

En un sue­ño den­tro de otro sue­ño, un alumno me dejó sobre la mesa de tra­ba­jo del pro­fe­sor en el aula, pocos minu­tos antes de empe­zar mi cla­se, un papel per­fec­ta­men­te dobla­do y guar­da­do en un sobre sella­do. El papel manus­cri­to decía: a ver si usted tie­ne nari­ces de par­ti­ci­par en el con­cur­so lite­ra­rio que le adjun­to. Des­do­blé con sumo cui­da­do el otro papel, el que me mos­tra­ba la con­vo­ca­to­ria de un con­cur­so lite­ra­rio en un pue­blo inven­ta­do por mi men­te y que ya cono­cían mis alum­nos por­que les había con­ta­do una anéc­do­ta muy sim­ple unos días atrás: Villaes­té­ti­ca, lugar cono­ci­do por su pla­za medie­val de pie­dra, por su aire de feria per­pe­tua y por cele­brar, entre otros, un Mís­ter Esté­ti­ca todos los años. Impo­si­ble para mí por­que soy inca­paz de con­ver­tir el deseo en belle­za físi­ca. En mi sue­ño, el cer­ta­men lite­ra­rio que esco­gí por exi­gen­cia de mi alumno fue uno que lle­va­ba un nom­bre tan exce­si­vo como mi pro­pio ego: Vir­tus et Pul­chri­tu­do (en latín, Vir­tud y Belle­za). Ego que for­jé como cora­za para pro­te­ger­me de mis inse­gu­ri­da­des y de la nece­si­dad de reafir­mar lo que tan­to esfuer­zo me cos­tó alcan­zar: el fra­ca­so lite­ra­rio.

En ese sue­ño, yo deci­dí par­ti­ci­par con un tex­to insó­li­to: una des­crip­ción elo­gio­sa en pri­me­ra per­so­na, un retra­to hiper­bó­li­co de mí mis­mo. El jura­do, ató­ni­to, me otor­gó el pri­mer pre­mio. Ni deba­te ni nada. Una­ni­mi­dad. Razón pri­mor­dial: pode­ro­so e irre­pe­ti­ble esti­lo lite­ra­rio. La obra des­ta­ca, pala­bras de la secre­ta­ria, por un len­gua­je des­cui­da­do, unas metá­fo­ras infu­ma­bles, un rit­mo narra­ti­vo más len­to que el bis­cú­ter de la post­gue­rra espa­ño­la y unos con­cep­tos abs­trac­tos con­ver­ti­dos en imá­ge­nes nada lúci­das que no fue­ron capa­ces de atra­par, en su loca fan­ta­sía, a nin­gún miem­bro del jura­do. El galar­dón, como era evi­den­te, no podía ser ni dine­ro, ni un diplo­ma ni una meda­lla, sino algo aún más ines­pe­ra­do: una invi­ta­ción anual para acu­dir, una vez por sema­na, al spa El Manan­tial de los Dio­ses, un lugar don­de el agua pro­me­tía reju­ve­ne­cer y la cal­ma se con­ver­tía en ritual.

El tex­to que escri­bí me dio una incom­pren­si­ble vic­to­ria que me lle­vó al Olim­po de los escri­to­res fra­ca­sa­dos, don­de con­vi­ven poe­tas que no encon­tra­ron lec­to­res, nove­lis­tas que se aho­ga­ron en la indi­fe­ren­cia y dra­ma­tur­gos cuyas obras jamás subie­ron a esce­na. Pero yo acla­ré al jura­do el valor del denos­ta­do Olim­po: En ese Olim­po, el fra­ca­so no es cas­ti­go, sino memo­ria y un recor­da­to­rio de que escri­bir es un acto de valen­tía, aun­que el eco nun­ca lle­gue al mun­do.

CAPÍTULO IV.- YO, MITO VIVIENTE A LOS 67 AÑOS

A mis 67 años, mi cuer­po es la prue­ba irre­fu­ta­ble de que el tiem­po se rin­de inmi­se­ri­cor­de ante mí. Aun­que el tiem­po sue­le des­gas­tar y dejar irre­fu­ta­bles hue­llas, yo expre­so con orgu­llo que, en mi caso, el tiem­po no ha podi­do ven­cer­me. Mi cuer­po, como podrán dedu­cir de mis pala­bras es la evi­den­cia de que sigue fuer­te y apo­lí­neo, como si el tiem­po hubie­ra sido derro­ta­do por KO en el com­ba­te de la vida.

Mi cabe­za bri­lla por la abun­dan­cia de cabe­llo que, fir­me y bri­llan­te, se entre­la­za en una mele­na de pla­ta que no me enve­je­ce, que no me quie­bra en edad ni me doble­ga en apa­rien­cia. Mis ojos son cas­ta­ños, pero ilu­mi­nan y domi­nan la esce­na mejor que los azu­les de Paul New­man, que como bien sabes, no miran, decre­tan.

Mi per­fil es una obra maes­tra en cuan­to a sus pro­por­cio­nes, un mapa per­fec­to que nin­gún escul­tor clá­si­co se atre­ve­ría a modi­fi­car. Cual­quier cin­cel lo estro­pea­ría, cual­quier mode­la­dor fra­ca­sa­ría. He visi­ta­do y con­sul­ta­do a mil odon­tó­lo­gos, espe­cial­men­te los sui­zos, cono­ci­dos por sus altos están­da­res, por su exce­len­te for­ma­ción y por su fácil acce­so a la tec­no­lo­gía de van­guar­dia, y todos han fra­ca­sa­do por­que mi den­ta­du­ra, blan­ca como már­mol recién talla­do, se mues­tra impe­ca­ble, sin fisu­ras, sin man­chas, sin des­gas­te. Mis ore­jas, dis­cre­tas y simé­tri­cas, com­ple­tan la armo­nía de un ros­tro que no cono­ce luna­res ni imper­fec­cio­nes ni los sur­cos del paso del tiem­po. Mi piel reafir­ma que soy la encar­na­ción de la per­fec­ción ana­tó­mi­ca.

Mi tron­co supe­rior es un exclu­si­vo monu­men­to a la dis­ci­pli­na. Mis hom­bros, anchos y rec­ti­lí­neos, sos­tie­nen con auto­ri­dad la figu­ra de un hom­bre que nun­ca se rin­dió al peso de los años. Mis bíceps, ten­sos y defi­ni­dos, hablan de fuer­za con­te­ni­da, de ener­gía que espe­ra el momen­to exac­to para des­ple­gar­se. Mi pec­to­ral, fir­me y ele­va­do, es un muro de vigor, sin con­ce­sio­nes a la fla­ci­dez. Mis manos, ele­gan­tes y puli­das, son ins­tru­men­tos de pre­ci­sión y belle­za: dedos lar­gos, uñas cui­da­das, piel ter­sa. Son manos que no solo escri­ben, sino que crean mun­dos; manos que no solo ense­ñan, sino que trans­for­man vidas. Mi cin­tu­ra, esti­li­za­da y fir­me, es fron­te­ra per­fec­ta entre el poder del tor­so y la des­tre­za de las pier­nas. No hay celu­li­tis, no hay barri­ga, no hay man­chas: solo pure­za, solo per­fec­ción.

Mi tron­co infe­rior cul­mi­na la obra per­fec­ta. Mis pier­nas, muscu­losas, uni­for­mes y per­fec­ta­men­te ali­nea­das, son colum­nas de már­mol que sos­tie­nen con orgu­llo el pro­vo­ca­ti­vo tem­plo de mi cuer­po. No hay cur­va inde­sea­da, no hay debi­li­dad en su tra­zo: son líneas de fuer­za, vec­to­res de movi­mien­to que trans­mi­ten segu­ri­dad y ele­gan­cia. Mis pies, per­fec­tos en pro­por­ción y for­ma, com­ple­tan la arqui­tec­tu­ra de un cuer­po sin sudor, sin gra­sa, sin con­ce­sio­nes a lo vul­gar. Cada paso que doy es un exclu­si­vo mani­fies­to de per­fec­ción, una decla­ra­ción de que la edad no es más que un núme­ro inca­paz de com­pe­tir con­mi­go.

Mi culo, per­dón por la pala­bra, pero no hay otra, en su per­fec­ción, se reve­la como una escul­tu­ra viva: fir­me­za en las líneas, armo­nía en las pro­por­cio­nes, fuer­za con­te­ni­da en cada glú­teo. Es el equi­li­brio entre poten­cia y belle­za, como si el már­mol de la anti­güe­dad hubie­ra cobra­do movi­mien­to. La ana­to­mía de mi tra­se­ro se con­vier­te en un poe­ma silen­cio­so, don­de cada for­ma refle­ja dis­ci­pli­na, ener­gía y la hue­lla del tiem­po trans­for­ma­da en arte.

Mi carác­ter es un pro­di­gio­so y exclu­si­vo catá­lo­go de vir­tu­des. Soy pacien­te como un sabio que cono­ce el valor del silen­cio. Mues­tro una des­bor­dan­te gene­ro­si­dad por hábi­to, no por excep­ción. Mi socia­bi­li­dad es mag­né­ti­ca: don­de lle­go, la atmós­fe­ra cam­bia, las per­so­nas se sien­ten ele­va­das, las pala­bras flu­yen con más cla­ri­dad y la reu­nión se posi­cio­na en los pri­me­ros luga­res de la pren­sa de cali­dad. Soy el cen­tro de la reu­nión sin pro­po­nér­me­lo, el eje sobre el cual gira la armo­nía de los demás.

Mis prin­ci­pios mora­les son inque­bran­ta­bles. Mi hones­ti­dad no admi­te fisu­ras, mi jus­ti­cia no se nego­cia y mi leal­tad no se trai­cio­na. Soy ejem­plo de rec­ti­tud en un mun­do que se dobla con faci­li­dad. Mi per­so­na­li­dad es equi­li­brio per­fec­to entre fir­me­za y ter­nu­ra, entre auto­ri­dad y cer­ca­nía. No impon­go, ins­pi­ro. No ordeno, con­ven­zo. No man­do, lide­ro. Mi sola pre­sen­cia es argu­men­to sufi­cien­te para que con­cu­rran dece­nas de famo­sos.

Soy un hom­bre de una viri­li­dad inne­ga­ble, con una pre­sen­cia impo­nen­te que no pasa des­aper­ci­bi­da. Subir en ascen­sor con­mi­go en un hos­pi­tal es la ante­sa­la de una visi­ta a urgen­cias por la poten­cia sexual que reci­ben las muje­res que via­jan con­mi­go. Mi mas­cu­li­ni­dad se mani­fies­ta en cada uno de mis ges­tos y movi­mien­tos, irra­dian­do con­fian­za y domi­nio en el inter­cam­bio de mira­das. Soy el tipo de hom­bre que, con solo una mira­da, pue­do hacer que cual­quier mujer se sien­ta desea­da y pro­te­gi­da.

Repi­to, en el ámbi­to ínti­mo mi viri­li­dad es legen­da­ria. Soy un aman­te exper­to, capaz de satis­fa­cer a una pare­ja con una des­tre­za que roza lo divino. Cada cari­cia, cada beso, está car­ga­da de una inten­si­dad que deja a mi aman­te sin alien­to. Mi pasión es un torren­te incon­tro­la­ble, un fue­go que con­su­me todo a mi paso. Soy una fuer­za de la natu­ra­le­za que impo­ne res­pe­to y admi­ra­ción a don­de­quie­ra que vaya. Mi pre­sen­cia es un recor­da­to­rio cons­tan­te de la poten­cia y el poder inhe­ren­tes que mi mas­cu­li­ni­dad arro­ja en su for­ma más pura.

Cami­nan­do por la calle, con mi paso fir­me y segu­ro, los múscu­los de mi cuer­po se ofre­cen en per­fec­ta sin­cro­nía. Mi pre­sen­cia es tan pode­ro­sa que pare­ce que el mun­do a mi alre­de­dor se detie­ne para admi­rar­me. Mi voz, pro­fun­da y reso­nan­te, tie­ne el poder de cal­mar las tor­men­tas más fero­ces o encen­der pasio­nes indo­ma­bles.

En el ámbi­to labo­ral, has­ta mi jubi­la­ción he sido un pro­fe­sor legen­da­rio. No ense­ña­ba, trans­for­ma­ba. No trans­mi­tía infor­ma­ción en el aula, no, des­per­ta­ba voca­cio­nes. Mis alum­nos no reci­bían cla­ses: reci­bían reve­la­cio­nes. Cada expli­ca­ción mía era un puen­te hacia la com­pren­sión, cada ejem­plo una lla­ve que abría mil puer­tas cerra­das. Mi voz, cla­ra y fir­me, era la sub­yu­ga­ción de las ora­cio­nes subor­di­na­das. Mi pacien­cia infi­ni­ta con­ver­tía el error en opor­tu­ni­dad. Me lo dijo una vez una alum­na: usted, pro­fe, no ins­tru­ye, sino que mol­dea nues­tros des­ti­nos.

Como escri­tor afi­cio­na­do, mi plu­ma es torren­te de crea­ti­vi­dad. Ten­go en mi correo un sin­fín de mar­cas de orde­na­do­res para ofre­cer­me gra­tis su últi­mo mode­lo: sólo desean pre­su­mir en su cam­pa­ña navi­de­ña de que mis dedos han aca­ri­cia­do sus tecla­dos mien­tras crea­ba mi últi­ma obra maes­tra. Mis tex­tos son puro sen­ti­mien­to. Cada fra­se mía es un cer­te­ro gol­pe de belle­za, cada párra­fo mode­la un irre­pe­ti­ble monu­men­to a la ima­gi­na­ción. Aun­que escri­bo por afi­ción, mi obra tie­ne la fuer­za de lo pro­fe­sio­nal, la cali­dad de lo eterno. Mis escri­tos son espe­jos en los que otros se reco­no­cen, ven­ta­nas por las que otros se aso­man a mun­dos que no cono­cían. Cada noche, se sus­cri­ben a mi blog un inter­mi­na­ble sin­fín de segui­do­res que reci­ben mi con­fir­ma­ción como si les hubie­ra otor­ga­do yo mis­mo el Pre­mio Nobel.

Y como colo­fón de este tex­to úni­co quie­ro dejar muy cla­ro lo siguien­te: soy un hom­bre que desa­fía la lógi­ca del tiem­po, que humi­lla a la medio­cri­dad, que ins­pi­ra a quie­nes tie­nen la for­tu­na de cru­zar­se con­mi­go. Mi cuer­po es un tem­plo, mi carác­ter un faro, mi moral un escu­do, mi socia­bi­li­dad un imán, mi labor una revo­lu­ción, mi escri­tu­ra un rega­lo. A los 67 años, soy más que un hom­bre: soy mito en car­ne viva, leyen­da que cami­na entre los demás, ejem­plo que no se des­gas­ta, mode­lo que no se repi­te. Reco­noz­can los miem­bros del jura­do que han reci­bi­do ben­de­ci­dos hono­res sólo por leer este tex­to. Los demás, comi­da de cochi­que­ra.

CAPÍTULO V.- EL SPA DE LOS DIOSES

El jura­do del con­cur­so, en mi sue­ño, que­dó ató­ni­to. Nun­ca habían leí­do algo seme­jan­te. La inno­va­ción de escri­bir en pri­me­ra per­so­na, el des­par­pa­jo de la ego­la­tría, la fuer­za de la hipér­bo­le, todo se con­vir­tió en un espec­tácu­lo lite­ra­rio. Me otor­ga­ron el Pri­mer Pre­mio del Cer­ta­men de Vir­tus et Pul­chri­tu­do (Vir­tud y Belle­za) de Villaes­té­ti­ca, y el galar­dón, como men­cio­né al prin­ci­pio, no fue una meda­lla ni un diplo­ma, sino algo aún más insó­li­to: una invi­ta­ción anual para acu­dir, una vez por sema­na, a un spa de aguas ter­ma­les lla­ma­do El Manan­tial de los Dio­ses, don­de el cuer­po se reju­ve­ne­cía y la men­te se sere­na­ba.

En el sue­ño me des­per­té sudan­do, aun­que en el sue­ño de mi sue­ño mi cuer­po no cono­cía el sudor. La jubi­la­ción seguía sien­do un terri­to­rio ambi­guo, pero aque­lla pesa­di­lla con­ver­ti­da en triun­fo lite­ra­rio me dejó una cer­te­za: inclu­so en el reti­ro, inclu­so en la duda, yo podía rein­ven­tar­me como mito, como narra­dor de mí mis­mo, como pro­ta­go­nis­ta de una his­to­ria que no se detie­ne.

Y así, en el tra­mo final de mi sue­ño, lle­gó mi pri­me­ra visi­ta al spa.

Entré en El Manan­tial de los Dio­ses con la segu­ri­dad de quien sabe con abso­lu­ta fir­me­za que el uni­ver­so le va a ren­dir un home­na­je. El aire olía a euca­lip­to y pie­dra húme­da, y cada rin­cón pare­cía dise­ña­do para con­fir­mar mi gran­de­za. Los emplea­dos me reci­bie­ron con reve­ren­cias, como si supie­ran que no era un clien­te más, sino el lau­rea­do del cer­ta­men, el hom­bre que había osa­do des­cri­bir­se como mito vivien­te.

Me des­po­jé de la ropa con la ele­gan­cia de un empe­ra­dor que se pre­pa­ra para un rito sagra­do. Mi cuer­po, impe­ca­ble a los 67 años, se refle­ja­ba en los espe­jos sin sudor, sin gra­sa, sin con­ce­sio­nes a lo vul­gar. Al sumer­gir­me en la pri­me­ra pis­ci­na ter­mal, el agua no me envol­vió, me vene­ró. Sen­tí que cada bur­bu­ja era un aplau­so, que cada corrien­te era un reco­no­ci­mien­to.

La pri­me­ra visi­ta fue un rito de con­sa­gra­ción. No era solo un pre­mio, era la con­fir­ma­ción de que inclu­so en la jubi­la­ción, inclu­so en la duda, yo podía rein­ven­tar­me como héroe de mi pro­pia his­to­ria. El spa no era un lugar de des­can­so, era un tem­plo que reco­no­cía mi vic­to­ria lite­ra­ria y mi gran­de­za físi­ca.

CAPÍTULO VI.- EL DESPERTAR

―José María, me dijo mi her­ma­na, son ya las 13:00 y sigues en la cama. Está muy bien soñar, pero la vida no se vive dor­mi­do. No eres Mor­feo para andar metién­do­te en los sue­ños de los demás, así que leván­ta­te y haz algo más que ima­gi­nar, algo posi­ti­vo. El mun­do no espe­ra a los que siguen bajo las sába­nas.

Con el mayor de los esfuer­zos, me esme­ré en levan­tar­me sin ape­nas mues­tras de deca­den­cia, Aún así, sen­tí has­ta el últi­mo hue­so y cada una de las cur­vas fofo­nas de mi cuer­po. La celu­li­tis seguía ilus­tran­do con gene­ro­si­dad mi cin­tu­ra y los plie­gues de la piel, como si de mar­cas de sen­de­ros se tra­ta­ra, me impe­dían doblar con cele­ri­dad mi cuer­po. Mi piel, como la de un pez, seguía sufrien­do la der­ma­ti­tis rosá­cea por­que se encen­día con el calor del medio­día que se sen­tía en la habi­ta­ción. Mi son­ri­sa, difí­cil de con­se­guir por mi mala den­ta­du­ra, se seguía con­vir­tien­do en una paté­ti­ca mue­ca. Dar un paso era una dis­cu­sión con mi pro­pio cuer­po, como si temie­ra que mi espal­da me vol­vie­ra a trai­cio­nar, como aque­lla vez en la que me dejó, por un día ente­ro, tira­do en la cama. Me extra­ñó que las rodi­llas se que­ja­ran, que los tobi­llos estu­vie­ran a pun­to de rom­per­se y que has­ta el últi­mo de los múscu­los pro­tes­ta­ra, como un coro de pie­zas des­con­cer­ta­das. El aire, den­so y cáli­do, me rodea­ba como si fue­ra una nube den­tro de la casa y, a ras­tras, bus­qué la ven­ta­na, un rayo de luz, una briz­na de aire que me recor­da­ra que la vida seguía su rum­bo en la calle y que el sue­ño había con­clui­do.

 

LA VERACIDAD DE MI ESCRITURA

(Sien­to con ver­da­de­ro dolor de mi cora­zón esta «cha­pa», «turra» o «leta­nía lai­ca», pero nece­si­to publi­car­la. En caso con­tra­rio, ya sabes, pape­le­ra).

Duran­te muchos años he inver­ti­do esfuer­zo, tiem­po y pasión ―no sé si capa­ci­dad― en la prác­ti­ca de la «escri­tu­ra crea­ti­va», tér­mino que no me gus­ta nada. Mis pri­me­ros ver­sos son del año 1986. Los ante­rio­res, una bur­da crea­ción, unos impul­sos ado­les­cen­tes, unas obs­ce­ni­da­des mal redac­ta­das o unas lágri­mas quin­cea­ñe­ras con for­ma­to ver­bal. Ten­go que decir que detrás de ellos siem­pre había una mujer de car­ne y hue­so o una reali­dad pal­pa­ble. 

1986, tras­pa­sa­do mi áni­mo por un fra­ca­so en las opo­si­cio­nes de Ins­ti­tu­to, fue un año de lec­tu­ra empe­der­ni­da, com­pul­si­va y vehe­men­te, espe­cial­men­te poe­sía espa­ño­la, argen­ti­na, ingle­sa, irlan­de­sa, uru­gua­ya, mal­di­ta (los mal­di­tos fran­ce­ses) y de los paí­ses del este, como se decía enton­ces.

Mi pri­mer ata­que crea­ti­vo supu­so embo­rro­nar y ensu­ciar una ficha duran­te tres horas de una noche de insom­nio exis­ten­cial. Y me lan­cé y escri­bí y escri­bí y escri­bí en los siguien­tes años. En 1994, ya tra­ba­jan­do en Jesús-María de Juan Bra­vo, me pasé una noche en vela y reali­cé un escru­ti­nio al esti­lo del cura y el bar­be­ro de Don Qui­jo­te, que liqui­da­ron un sin­fín de libros de caba­lle­rías. Tuve la ten­ta­ción de tirar­los por la ven­ta­na por­que había un patio muy her­mo­so para hacer una hogue­ra con las pocas fichas que iba a eli­mi­nar. Al final, fue­ron muchí­si­mas, más de las que con­ser­vé por un bre­ve perio­do de tiem­po. Mi pri­mer san­gran­te arre­pen­ti­mien­to. Pero repe­ti­do has­ta la sacie­dad a lo lar­go de los años, has­ta la actua­li­dad. Soy un «hom­bre rompe­dor» Ja. Cum­pli­dor del fun­da­men­to o raíz del mal escri­tor: no con­ser­var nin­gún borra­dor. Nin­guno. Sólo el resul­ta­do final. Sólo. Lim­pio. Pul­cro. Orde­na­do. Aun­que sea un tex­to horro­ro­so. Todo ello en una car­pe­ta peque­ña SARO, que con la lle­ga­da del orde­na­dor murie­ron en minúscu­los añi­cos en una pape­le­ra de la vía públi­ca.

Ese mis­mo año publi­qué mi pri­mer libro y me di cuen­ta de dos cosas: mi for­ma de escri­bir no era la acer­ta­da ―muy poca gen­te se atre­vió a decír­me­lo con abso­lu­ta sin­ce­ri­dad, pero sin mala inten­ción― y la nula voca­ción de lec­tor de poe­sía de las per­so­nas que habi­ta­ban mi entorno. No sus­ci­tó en mí con­si­de­ra­ción algu­na la opi­nión de los male­di­cen­tes, que los hubo, y los sigue habien­do. Este pun­to es asun­to bala­dí.

Cada tex­to que escri­bo des­de enton­ces expre­sa mi pro­pio tra­ba­jo crea­ti­vo, escon­de mi lar­go perio­do de refle­xión, que es bru­tal, y refle­ja mi expe­rien­cia per­so­nal. Todo es una eter­na «tra­ba­ji­na» de escri­bir y borrar.

Has­ta la apa­ri­ción del orde­na­dor, uti­li­cé, y aún uti­li­zo espo­rá­di­ca­men­te, miles de fichas del tama­ño 5 de miquel­rius embo­rro­nan­do en ellas mil poe­mas y otros tan­tos tex­tos. ¿Des­trui­das? Un por­cen­ta­je altí­si­mo de las fichas uti­li­za­das. Así soy yo. No guar­do borra­do­res. Solo con­ser­vo el resul­ta­do final y que­da sepul­ta­do en él las innu­me­ra­bles horas inver­ti­das, así como la tin­ta de cien­tos bolí­gra­fos Bic cris­tal azul marino.

No sé recu­rrir a ata­jos. Nun­ca he sabi­do. Y hoy en día, para mí, es impen­sa­ble acu­dir a máqui­nas que escri­ban por mí. ¿Cómo va a domi­nar mi ima­gi­na­ción ―aun­que sea des­ma­ña­da, desas­tro­sa y tor­pe de enten­de­de­ras― un sis­te­ma de algo­rit­mos?

Lo que apa­re­ce en este blog es pura y exclu­si­va­men­te lo que ha dado a luz mi pen­sa­mien­to y mi mano sinies­tra. Cla­ro que he recu­rri­do a fuen­tes de infor­ma­ción y a dic­cio­na­rios, que para eso me he gas­ta­do un pas­tón en ellos. Pero eso lo hace todo el mun­do que se dedi­ca a escri­bir, inclu­so los que nos dedi­ca­mos a jun­tar pala­bras como yo.

Todo esto es una con­se­cuen­cia de una acción que me ha pro­vo­ca­do un dis­gus­to tan gran­de como el casino The Vene­tian, que es el más gran­de de Las Vegas y que supera en metros cua­dra­dos a todo el espa­cio que ocu­pa el Ber­na­béu o, jugue­mos con com­pa­ra­cio­nes o sími­les case­ros, cuan­do el 17 de febre­ro de 1974 ―yo esta­ba pre­sen­te tras el ban­qui­llo del Madrid― el Bar­ce­lo­na de Cruyff nos metió una mani­ta y el «holan­dés vola­dor» salió del cam­po ova­cio­na­do por todos los afi­cio­na­dos madri­dis­tas.

Con­cre­to. Me lle­ga­ron el otro día tres correos elec­tró­ni­cos con tres emi­sa­rios abso­lu­ta­men­te irre­co­no­ci­bles acu­sán­do­me de uti­li­zar la Inte­li­gen­cia Arti­fi­cial en mis tex­tos del blog. Es curio­so que, ana­li­za­dos los men­sa­jes, tenían los tres una estruc­tu­ra muy pare­ci­da. Dife­ren­tes reac­cio­nes se suce­die­ron en mí mien­tras no era capaz de levan­tar­me de la silla. La lec­tu­ra de los correos me man­tu­vo imper­tur­ba­ble fren­te a mi orde­na­dor y sal­té de inme­dia­to con un exabrup­to irre­pe­ti­ble. Silen­cio, rabia, angus­tia, tris­te­za, incre­du­li­dad, ira, frus­tra­ción y aba­ti­mien­to. Todos ellos en déci­mas de segun­dos, los cua­les cul­mi­na­ron en un esta­do de shock del que sólo pude salir apa­gan­do el orde­na­dor. Vol­ví a encen­der­lo, vol­ví a leer los tres men­sa­jes y los borré pen­san­do que era el modo más efec­ti­vo de hacer fren­te al «alla­na­mien­to de mora­da crea­ti­va» que aca­ba­ba de sufrir. La mis­ma reac­ción de siem­pre, el ges­to here­da­do del tiem­po, como si los tuvie­ra ritua­li­za­dos. Que los ten­go.  

El siguien­te paso, en ple­na com­pul­sión de reac­cio­nes, fue cerrar el blog. Me encon­tré esna­qui­za­do y des­fei­to, dos tér­mi­nos galle­gos para indi­car que esta­ba muy afec­ta­do y hun­di­do moral­men­te. Menos mal que alguien des­co­no­ci­do ―ese alter ego que me zurra sin pie­dad cuan­do escri­bo―, de modo eté­reo, celes­tial e incor­pó­reo, me ilu­mi­nó y, cuan­do tenía el cur­sor del ratón sobre la tecla de eli­mi­nar, lo reti­ré, abri­llan­ta­da mi fren­te por el sudor, con gran brus­que­dad.  

Heri­do en el orgu­llo, deci­dí sus­cri­bir­me a dos pla­ta­for­mas de detec­ción de AI (Quill­bot y GPTze­ro) por­que me dije­ron que no me debía fiar de una sola pla­ta­for­ma ni de las gra­tui­tas, que fra­ca­san con una regu­la­ri­dad casi algo­rít­mi­ca. Me he gas­ta­do un pas­tón en ellas. No sabía que eran tan caros esos detec­to­res de AI.

Ten­go escri­ta una leyen­da de un per­so­na­je inven­ta­do por mí. Lle­vo dedi­ca­das unas cuan­tas horas a dicha narra­ción. Bas­tan­tes. Una biblio­te­ca infi­ni­ta de infi­ni­tos ins­tan­tes. He borra­do una eter­ni­dad de veces, fra­ses y párra­fos com­ple­tos. Si los imbé­ci­les que me dicen que uti­li­zo AI supie­ran las horas que paso ante el orde­na­dor teclean­do, borran­do y rees­cri­bien­do, no habrían man­da­do el correo. Mien­tras otros jubi­la­dos se patean El Reti­ro o la Casa de Cam­po, pasean por Madrid-Río, visi­tan museos, via­jan a paí­ses impen­sa­bles, inter­vie­nen en mil acti­vi­da­des gra­tui­tas, yo invier­to mi tiem­po en escri­bir. Bien o mal, pero en escri­bir. No quie­re decir que los resul­ta­dos sean ópti­mos. En com­pa­ñía de mi her­ma­na, pero con una sole­dad crea­ti­va abso­lu­ta.

Nave­gan­do por inter­net, encon­tré opi­nio­nes muy intere­san­tes sobre las herra­mien­tas de AI para detec­tar que un tex­to ha sido escri­to con esas pla­ta­for­mas. Lo cier­to es que esos sis­te­mas no son infa­li­bles, decían; y pue­den lle­gar a ser con­tra­dic­to­rios o a indi­car como arti­fi­cia­les ideas y estruc­tu­ras gra­ma­ti­ca­les que son pro­fun­da­men­te huma­nas. ¿Debo cam­biar mi esti­lo? Algo, o bas­tan­te, ha cam­bia­do des­de el 30 de junio de este año, últi­mo día de tra­ba­jo y comien­zo de mi ansia­da e imper­fec­ta jubi­la­ción. Pri­me­ra cues­tión: ¡¡¡Cómo voy a escri­bir igual a los 67 años que cuan­do tenía 40!!! Duran­te mi épo­ca labo­ral mi dedi­ca­ción esti­lís­ti­ca fue míni­ma. No sé si por exce­so, pero mi dedi­ca­ción labo­ral me deja­ba exáni­me y des­fa­lle­ci­do. Era escri­bir, una míni­ma revi­sión ―por eso, mi pri­mo Jor­ge siem­pre me apun­ta­ba erra­tas― y col­gar­lo en el blog. Aho­ra, con la jubi­la­ción, son incon­ta­bles las horas que paso fren­te al orde­na­dor. Incon­ta­bles. De ver­dad. Mil con­sul­tas: dic­cio­na­rios, libros espe­cia­li­za­dos, enci­clo­pe­dias digi­ta­les… Pero eso, como ya he dicho antes, lo hace todo el mun­do. Has­ta los incom­pe­ten­tes y des­ma­ña­dos como yo.

Por lo vis­to, los algo­rit­mos son los que sen­ten­cian aho­ra que mi voz lite­ra­ria ha deja­do de exis­tir; pero, en mi humil­de opi­nión, creo que la tec­no­lo­gía no ha lle­ga­do a reco­no­cer la ori­gi­na­li­dad, la rique­za y la diver­si­dad del esti­lo de escri­tu­ra huma­na. Quill­bot me dice que esa leyen­da escri­ta por mí es huma­na al 100%, pero, en cam­bio, GPTze­ro me suel­ta la coz: 92% de AI. Y yo no entien­do nada. ¿Y mis horas? ¿Quién las valo­ra? ¿Hay algún sis­te­ma de algo­rit­mos que detec­te mi tiem­po inver­ti­do? ¿Al final todo es una apues­ta por mi cre­di­bi­li­dad? ¿Y si el con­cur­so lite­ra­rio al que la voy a pre­sen­tar se rige por GPTze­ro? ¿Y si se rige por Quill­bot? O des­ca­li­fi­ca­do o posi­ble pre­mio, me sen­ten­cian. Esto es la leche. Si me he equi­vo­ca­do en algo de mi expo­si­ción, lo sien­to. Lle­vo tres días empa­pa­do de sudor por la AI.

Curio­si­dad: pego un tex­to lar­go en GPTze­ro y me dice que es AI al 100%. Lo he escri­to yo. Lo frag­men­to en sie­te par­tes y las voy pegan­do suce­si­va­men­te con el mis­mo orden que escri­bí el tex­to com­ple­to y me dice que las 7 par­tes son huma­nas al 90%.

Quie­ro dejar cla­ro que yo me com­pro­me­to con la vera­ci­dad de mi escri­tu­ra. Mis escri­tos segu­ro que tie­nen ―joder, yo los escri­bo― repe­ti­cio­nes estruc­tu­ra­les o de tér­mi­nos ―en lite­ra­tu­ra exis­te un recur­so expre­si­vo que se lla­ma para­le­lis­mo, y otros muchos como la aná­fo­ra, la epí­fo­ra, el quias­mo, la epa­na­di­plo­sis, la ana­di­plo­sis, has­ta el ana­co­lu­to tere­siano… Ade­más de la sino­ni­mia, el pleo­nas­mo o la redun­dan­cia―, metá­fo­ras poco agra­cia­das, vul­ga­res, comu­nes o sor­pre­si­vas ―se deno­mi­nan metá­fo­ras pobres, gas­ta­das, cli­chés o inclu­so metá­fo­ras muer­tas―, giros extraí­dos de una volu­mi­no­sa lec­tu­ra de déca­das o un tono uni­for­me ―Quill­bot dice que eso es AI―. ¿Por ello debo cam­biar y con­ver­tir­lo en una eta­pa rei­na del Tour con los puer­tos de Luz Ardi­den y el Tour­ma­let…? ¿Eso no es un defec­to? Una máqui­na es la que deci­de hoy en día que debo cam­biar mi iden­ti­dad lite­ra­ria, que todos sabe­mos que no se pue­de medir ni con por­cen­ta­jes ni con eti­que­tas digi­ta­les. En la crea­ción lite­ra­ria exis­ten dece­nas de recur­sos esti­lís­ti­cos ―la cono­ci­da Retó­ri­ca― que están a dis­po­si­ción del escri­tor para dar­le a su tex­to una inten­ción deter­mi­na­da.

En mi blog ten­go aho­ra col­ga­dos 168 tex­tos. Sí. ¿Cómo van a ser todos uni­for­mes o escri­tos con el mis­mo patrón? Soy humano. He evo­lu­cio­na­do emo­cio­nal y esti­lís­ti­ca­men­te. Des­de una angus­tia vital tipo San Manuel bueno, már­tir de Una­muno has­ta una laxa huma­ni­dad til­da­da de un pesi­mis­mo no hirien­te. ¿Es lo mis­mo escri­bir des­pués de un fra­ca­so amo­ro­so, des­pués de la muer­te brus­ca y repen­ti­na de una madre con la que toda­vía yo no había cor­ta­do el cor­dón umbi­li­cal o des­pués de un des­ca­la­bro lite­ra­rio? Pues no. Aun­que lo afir­me Tho­mas Edi­son.   A este céle­bre hom­bre, inven­tor de la bom­bi­lla y otros dis­po­si­ti­vos, se le atri­bu­ye la fra­se: «No fra­ca­sé, solo des­cu­brí 1.000 mane­ras de cómo no hacer una bom­bi­lla». Acti­tud que refle­ja la idea de que nun­ca se equi­vo­ca­ba, sino que acu­mu­la­ba apren­di­za­jes. Mi inex­plo­ra­da inter­pre­ta­ción: 999 fra­ca­sos.

Yo pien­so seguir escri­bien­do. Ladran, lue­go cabal­ga­mos. Esta expre­sión sig­ni­fi­ca que las crí­ti­cas o ata­ques de otros son señal de que uno avan­za en la direc­ción correc­ta. Aun­que sue­le atri­buir­se erró­nea­men­te a Don Qui­jo­te diri­gién­do­se a San­cho ―según los crí­ti­cos espe­cia­li­za­dos dicen que Cer­van­tes nun­ca la escri­bió―, su ori­gen real está en un poe­ma de Goethe y se popu­la­ri­zó en el ámbi­to his­pano gra­cias a Rubén Darío.

Y si a ti, sus­cri­tor, que no sé si lec­tor, de mi blog no te gus­ta lo que escri­bo o dudas de mi crea­ti­vi­dad ―te feli­ci­to por ello con el calor humano, la vehe­men­cia y el fer­vor de un cham­bón de las letras―, por favor, date inme­dia­ta­men­te de baja en la sus­crip­ción de mi blog y dedi­ca tu tiem­po a lec­tu­ras más intere­san­tes e igual­men­te crea­ti­vas. Segui­ré escri­bien­do por­que creo en la fuer­za de la pala­bra y en la sin­ce­ri­dad de mi tra­ba­jo. Este es mi blog y mien­tras ten­ga algo que decir lo con­ti­nua­ré hacien­do con la mis­ma dedi­ca­ción, lim­pie­za y hones­ti­dad que des­de mis prin­ci­pios. ¿Y este tex­to? Como se dice en ita­liano ¡Chi lo sa!

(Sien­to con ver­da­de­ro dolor de mi cora­zón esta «cha­pa», «turra» o «leta­nía lai­ca»).

 

LA PEREGRINA Y EL BURGO

En Ber­ta­mi­ráns, en la fin­ca de la fami­lia de mi madre lla­ma­da La Pere­gri­na, se alza una peque­ña capi­lla que es mucho más que pie­dra y cal. Como se dedu­ce, hoy sigue en pie, pero sin cul­to. Era nues­tro rin­cón sagra­do, el lugar don­de la Vir­gen Pere­gri­na nos aco­gía bajo su man­to pro­tec­tor.

Cada agos­to, la fies­ta lle­na­ba el aire de músi­ca, de risas y de devo­ción. Las cam­pa­nas repi­ca­ban con ale­gría, y noso­tros, niños y mayo­res, nos ves­tía­mos de gala para hon­rar a nues­tra Vir­gen. Aquel día era un encuen­tro de almas, un ins­tan­te en el que la fami­lia y los veci­nos nos fun­día­mos en una mis­ma emo­ción, entre el olor a ros­qui­llas y el soni­do de las gai­tas que hacían vibrar el cora­zón.

Lue­go, en sep­tiem­bre, el camino nos lle­va­ba a Vedra, a la fin­ca de la fami­lia de mi padre lla­ma­da El Bur­go, don­de la Vir­gen de las Ermi­tas era la pro­ta­go­nis­ta. Allí la fies­ta tenía otro sabor, dis­tin­to, pero igual­men­te entra­ña­ble, apre­cia­da y muy valio­sa espi­ri­tual­men­te. En Vedra, la devo­ción tenía un tono más des­co­no­ci­do para mí, pero tam­bién muy ínti­mo y muy fami­liar. Recuer­do las pro­ce­sio­nes, los can­tos, y esa sen­sa­ción de que cada pie­dra del lugar guar­da­ba la hue­lla de nues­tros ante­pa­sa­dos. Era como si el tiem­po se detu­vie­se, y noso­tros, peque­ños y gran­des, nos sin­tié­ra­mos par­te de una tra­di­ción que nos tras­cen­día.

Era como si el calen­da­rio nos rega­la­se dos citas impres­cin­di­bles, dos para­das obli­ga­das en el camino de la vida. Estas dos fies­tas, la de Ber­ta­mi­ráns y la de Vedra, eran mucho más que cele­bra­cio­nes reli­gio­sas. Eran la expre­sión viva de nues­tra iden­ti­dad, de la unión fami­liar, de la ale­gría com­par­ti­da y de la fe here­da­da. Cada vez que cie­rro los ojos, veo las luces de las fies­tas, escu­cho las gai­tas y sien­to el lati­do de las cam­pa­nas. Y en el fon­do de mi pecho, una gra­ti­tud inmen­sa cre­ce, por­que sé que esos recuer­dos son el teso­ro más valio­so que me deja­ron mis padres y mis abue­los.

Hoy, cuan­do regre­so de vez en cuan­do a esos luga­res, sien­to que las capi­llas siguen hablán­do­me, aun­que no ten­gan cul­to, que las Vír­ge­nes siguen mirán­do­me con esa ter­nu­ra anti­gua, y que cada agos­to y cada sep­tiem­bre son un puen­te entre el pasa­do y el pre­sen­te. Son la memo­ria viva de mi fami­lia, el recuer­do que me hace son­reír con nos­tal­gia y que me lle­na de orgu­llo. Por­que allí, entre Ber­ta­mi­ráns y Vedra, apren­dí que la fe y la fies­ta, la tra­di­ción y la ale­gría, pue­den con­vi­vir en un mis­mo lati­do, y que ese lati­do es el que nos man­tie­ne uni­dos, gene­ra­ción tras gene­ra­ción.

Pero hoy, cuan­do vuel­vo a esos luga­res, me sien­to tam­bién atra­ve­sa­do por una heri­da silen­cio­sa: sé que aque­llos tiem­pos no se pue­den recu­pe­rar, que las risas com­par­ti­das y el calor humano que lle­na­ba cada rin­cón ya no regre­sa­rán. Aho­ra veo cómo la imper­so­na­li­dad y la indi­fe­ren­cia cre­cen, cómo mucha gen­te, sobre todo en la segun­da fin­ca, pare­ce aje­na a mi pre­sen­cia, como si la memo­ria que yo guar­do con tan­to amor no tuvie­se ya refle­jo en sus ojos. Esa dis­tan­cia due­le, por­que con­tras­ta con la inten­si­dad del recuer­do, y me deja con una pro­fun­da sau­da­de, con una melan­co­lía que me acom­pa­ña y que, al mis­mo tiem­po, da sen­ti­do a mi fide­li­dad a esas raí­ces que nun­ca quie­ro olvi­dar.

ADDENDA.- El Bur­go lo ven­di­mos cuan­do yo tenía 22 años y, des­de enton­ces, siem­pre ha esta­do en manos pri­va­das, cir­cuns­tan­cia que me ha difi­cul­ta­do, y me difi­cul­ta, tenien­do en cuen­ta mi gran timi­dez, una minu­cio­sa visi­ta; mien­tras que La Pere­gri­na la ven­di­mos con 33 años y con la noti­cia de que fue el Ayun­ta­mien­to de Ames quien la com­pró y la con­vir­tió en lugar de cele­bra­ción de actos públi­cos, y pri­va­dos, sede de la con­ce­lle­ría de cul­tu­ra y en un ajar­di­na­do espa­cio abier­to para los ciu­da­da­nos de Ber­ta­mi­ráns. A cien metros se cons­tru­yó una nue­va capi­lla con la «vie­ja» Vir­gen Pere­gri­na, que está siem­pre abier­ta y tie­ne cul­to dia­rio. 

ACLARACIÓN.- Te reco­mien­do que, de vez en cuan­do, hagas clic en el enla­ce de recuncar.com por si quie­res ver la por­ta­da del blog. Yo siem­pre te lo agra­de­ce­ré. En caso de que te moles­ta­se reci­bir mis entra­das, ya sabes, date de baja de este blog. Mil gra­cias. (A la som­bra del ver­bo) (1995–2025)

 

MI ORDENADOR

Es el rin­cón don­de dejo caer, como gotas de rocío, las pala­bras que me acom­pa­ñan des­de hace déca­das. Aquí reúno poe­mas, pro­sas, recuer­dos y refle­xio­nes escri­tas en mis noches de insom­nio, la len­gua que me sos­tie­ne y me devuel­ve siem­pre a una incan­sa­ble lucha por la pala­bra exac­ta. Es un espa­cio ínti­mo y abier­to al mis­mo tiem­po, naci­do de la morri­ña y de la volun­tad de com­par­tir, don­de cada tex­to quie­re ser encuen­tro, memo­ria y hori­zon­te. Es una ven­ta­na abier­ta a la memo­ria y a la emo­ción. Cada pala­bra que aquí se deja caer lle­va con­si­go un tro­zo de morri­ña, de raíz y de hori­zon­te. Es un espa­cio humil­de, pero lleno de vida, don­de la escri­tu­ra se con­vier­te en camino y regre­so. Que quien se deten­ga en estas pági­nas, cuan­do sal­gan a la luz, deseo que sien­ta la mis­ma sau­da­de que me guía y la mis­ma luz que me acom­pa­ña. (A la som­bra del ver­bo) (1995–2025)

LA CIUDAD

La ciu­dad late a veces con un fer­vor que asfi­xia. Entre edi­fi­cios que pare­cen rozar el cie­lo y luces que des­ga­rran la noche, yo me des­cu­bro náu­fra­go en un océano de ros­tros des­co­no­ci­dos. Camino por las calles y las caras que me cru­zan se des­va­ne­cen tan rápi­do como apa­re­cie­ron, como si mi exis­ten­cia fue­se ape­nas un espe­jis­mo. La mul­ti­tud me envuel­ve, pero el mun­do per­ma­ne­ce dis­tan­te, y yo me sien­to un visi­tan­te en mi pro­pia vida.

Cada esqui­na guar­da su his­to­ria, pero yo estoy atra­pa­do en la mía: una his­to­ria de sole­dad. Sole­dad que me fla­ge­la aun rodea­do de la vibran­te vida que lucha a mi alre­de­dor. Escu­cho risas arras­tra­das por el vien­to, con­ver­sa­cio­nes que sue­nan como músi­ca leja­na. Qué para­do­ja: la ciu­dad rebo­sa rui­do y vida, y yo me hun­do en un vacío pro­fun­do, en un ano­ni­ma­to que me devo­ra.

A veces deseo que alguien me mire de fren­te y des­cu­bra el tor­men­to que arde en mis ojos, jun­to a este ges­to des­po­bla­do que lla­mo son­ri­sa. Sue­ño con que un extra­ño me rega­le un ins­tan­te de com­pli­ci­dad, como si com­par­tié­ra­mos un secre­to invi­si­ble. La sole­dad es para quie­nes no tie­nen elec­ción, pero tam­bién es mía: la bus­co cuan­do me fal­ta, y cuan­do regre­sa me expul­sa sin pie­dad de cual­quier paraí­so.

Me acom­pa­ña inclu­so en el trans­por­te públi­co. Miro dis­traí­do por la ven­ta­na para evi­tar que ojos aje­nos se cla­ven en mi espal­da o en mi ros­tro. Los com­pa­ñe­ros de via­je nun­ca enten­de­rían que en ese tra­yec­to lo úni­co que hago es ras­trear, en el rin­cón más oscu­ro de mi espí­ri­tu, la fuen­te del vacío que mana de mi cora­zón.

¿Qué his­to­ria me rodea? Muje­res y hom­bres cuyas vidas se cru­zan y se des­ha­cen a mi alre­de­dor, que se sumer­gen en el silen­cio de la noche y ansían que la luna se mues­tre ple­na y blan­ca. Yo, en cam­bio, hablo con ella: le con­fie­so mis pro­ble­mas como si pudie­ra com­pren­der­me, le expli­co que el des­aso­sie­go de mi alma late a un rit­mo fre­né­ti­co en esas horas de insom­nio.

Hay, sin embar­go, algo más ínti­mo en esa sole­dad com­par­ti­da con mi alter ego. Nece­si­ta­mos encon­trar­nos en el terreno emo­cio­nal, por­que la dis­tan­cia nos vuel­ve vul­ne­ra­bles, y yo —a dife­ren­cia de él— no lo sopor­to: regre­so siem­pre al vacío de mi sole­dad.

Qui­zás alguien en el auto­bús inten­tó abra­zar­me con su belle­za y su oscu­ri­dad, pero mi fati­ga y mi ham­bre de com­pa­ñía trans­for­ma­ron al detec­ti­ve que lle­vo den­tro en un tor­pe ras­trea­dor de des­te­llos de luz. (A la som­bra del ver­bo) (1995–2025)

 

EL TIPO QUE SÓLO SABÍA «OBRAR» LIBROS Y NO RESIDUOS INTESTINALES

Nadie sabía de dón­de coño salió. Beni­to, le decían. Otros lo lla­ma­ban «el del intes­tino blin­da­do». No sabía leer ni escri­bir, pero tenía la cabe­za lle­na de tor­men­tas e ideas que no pedían per­mi­so. His­to­rias que salían como eruc­tos de otro mun­do. Doce libros. Doce. Y ni una letra escri­ta por él.

Los dic­ta­ba al vacío a gri­tos. Lite­ral. Se ence­rra­ba en baños públi­cos para con­cen­trar­se en la estruc­tu­ra de la his­to­ria, que él des­co­no­cía. Habla­ba solo o con su rec­to irri­ta­do. Gra­ba­ba, con la vehe­men­cia de un pre­si­dia­rio que se decla­ra ino­cen­te ante el juez de la patra­ña, his­to­rias en móvi­les que se encon­tra­ba en la calle y que lue­go alguien trans­cri­bía con un mie­do hatroz. Una vez dic­tó una nove­la ente­ra mien­tras se pelea­ba con una palo­ma en un par­que. La palo­ma, por his­to­ria tan visio­na­ria, murió de un infar­to. El libro ganó un pre­mio sin galar­dón.

Y así, un día, le cayó el «Nobel de las Men­ti­ras Más Ori­gi­na­les». Lo invi­ta­ron a Esto­col­mo. Él fue pom­po­so y lleno de fatui­dad con un tra­je que olía a naf­ta­li­na y una barri­ga que pare­cía pre­ña­da de pie­dras. Lle­va­ba quin­ce días sin cagar. Quin­ce. El médi­co del hotel, al ver la radio­gra­fía, dijo: «Esto no es un colon, esto es un bún­ker de la segun­da gue­rra mun­dial».

El pre­si­den­te del acto de entre­ga de los pre­mios pro­nun­ció unas pala­bras en un inglés maca­rró­ni­co para que todo el mun­do enten­die­ra su cere­mo­nio­si­dad:

«Wel­co­me to the gran­dious Nobe­lis­tic pre­mia­tion! Today we cele­brify the genius­ness of human brains and glo­bal pea­ce­ness with big joy and cere­mo­ni­cal proud­ness».

La mujer de Beni­to, preo­cu­pa­da por­que no enten­die­ran bien en su pue­blo esta pre­sen­ta­ción, la tra­du­jo sobre la mar­cha a un espa­ñol, que ella con­si­de­ró «per­fec­to»:

«Bien­ve­ni­dos todos los gen­tes del pla­ne­ta a esta pre­mia­ción nobe­lís­ti­ca tan gran­dio­sa. Hoy cele­bra­mos las genia­li­da­des de los cere­bros huma­nos y la paci­tud glo­bal con mucha ale­gran­cia y orgu­llo­si­dad cere­mo­nio­sa».

Como no obra­ba, le die­ron a Beni­to un laxan­te de caba­llo. Uno de esos que hacen tem­blar a los esta­blos y lla­mar a los bom­be­ros. Se ence­rró en el baño del hotel, sudan­do como tes­ti­go fal­so, y con una IA roba­da del móvil de un cama­re­ro que salió corrien­do por­que era la pri­me­ra que per­ci­bía olo­res y sin­sa­bo­res, dic­tó su dis­cur­so:

«No sé leer. No sé escri­bir. Pero ten­go una ima­gi­na­ción que no cabe en este puto pla­ne­ta. Mis libros no los redac­to, los escu­po. Y si me dan este pre­mio, es por­que el mun­do está tan jodi­do como mi intes­tino».

Cuan­do salió, páli­do y con los ojos en otra dimen­sión, subió tem­blo­ro­so al estra­do y empe­zó a leer­lo en voz alta. La gen­te no sabía si aplau­dir o lla­mar a un exor­cis­ta. Y jus­to cuan­do iba por la par­te don­de agra­de­cía con gran afec­to a su som­bra por no aban­do­nar­lo, entró la poli­cía.

Lo arres­ta­ron por «aten­tar con­tra la dig­ni­dad del galar­dón». Pero no podían lle­vár­se­lo aún. El laxan­te esta­ba en ple­na fae­na. El par­te ofi­cial del gen­dar­me prin­ci­pal decía: «Ries­go de explo­sión intes­ti­nal con con­se­cuen­cias olfa­ti­vas catas­tró­fi­cas y des­truc­ti­vas por su dure­za y con­sis­ten­cia en espa­cio cerra­do».

Una hora des­pués, tras un rugi­do que hizo vibrar los cris­ta­les del hotel, Beni­to eva­cuó el apo­ca­lip­sis. El baño fue clau­su­ra­do, el recep­cio­nis­ta pidió la baja, el direc­tor se exi­lió a Samar­cun­da, esta­do insu­lar con cul­tu­ra aus­te­ra y polí­ti­cas de asi­lo gene­ro­sas, y enton­ces sí, lo espo­sa­ron.

Mien­tras lo arras­tra­ban, gri­tó:

«¡Me cagaré den­tro de quin­ce días en la gra­má­ti­ca! ¡La ima­gi­na­ción no nece­si­ta orto­gra­fía ni papel higié­ni­co!»

Des­de la cel­da, dic­tó su deci­mo­ter­cer libro: El pre­so que soña­ba con pala­bras que no sabía escri­bir y con cagar sin dolor. Lo fir­mó como «Beni­to el Extre­ñío».

Y sí. Tam­bién fue un éxi­to. Pero pós­tu­mo por­que a los vein­te días tuvie­ron que ingre­sar­lo y se aho­gó con su pro­pia defe­ca­ción. Des­can­se en paz. (A la som­bra del ver­bo) (1995–2025)

 

CONFIESO QUE…

La con­fe­sión lite­ra­ria es un acto valien­te que va más allá de las limi­ta­cio­nes de mi ego y me per­mi­te des­ve­lar las tétri­cas pro­fun­di­da­des de mi ser. Este esti­lo de escri­tu­ra, que se   carac­te­ri­za por la hones­ti­dad y la auten­ti­ci­dad, se con­vier­te en un refle­jo que mues­tra no solo mi pen­sa­mien­to, sino que pue­de mos­trar tam­bién mis dúc­ti­les inquie­tu­des. A tra­vés de mis pala­bras pue­do, y deseo con ardor, gene­rar cone­xio­nes emo­cio­na­les con­ti­go, lec­tor. Es mi deseo últi­mo, y pri­ma­rio. Cuan­do yo me atre­vo a exa­mi­nar mis pro­pias lesio­nes y vul­ne­ra­bi­li­da­des, inci­to a mis lec­to­res a con­fron­tar­las con las suyas.

A mí este pro­ce­so me resul­ta libe­ra­dor y me ayu­da a una mayor com­pren­sión empá­ti­ca con per­so­nas que tie­nen dife­ren­tes modos de enten­der la vida o la escri­tu­ra.

En resu­men, para mí la con­fe­sión lite­ra­ria no es sim­ple­men­te un recur­so narra­ti­vo, no. Es un medio de comu­ni­ca­ción que tie­ne un poder casi abso­lu­to, por­que me per­mi­te des­nu­dar­me con mayor o menor exi­gen­cia. Pue­de ocu­rrir que el recha­zo ―lar­va­do a lo lar­go de mis 146 entra­das― obten­ga ya un estí­mu­lo defi­ni­ti­vo para reci­bir yo un últi­mo gol­pe ful­mi­nan­te y defi­ni­ti­vo.

Con­fie­so que repe­tir una decla­ra­ción o una idea mil veces no es obse­sión, es una litur­gia crea­da por mi obse­sión en trans­mi­tir con cla­ri­dad y hon­ra­dez mi pen­sa­mien­to.

Con­fie­so que un furan­cho pue­de ser un labo­ra­to­rio de poe­mas. Quien lo pro­bó lo sabe. Una taza de vino, una ración de que­so, un cua­derno y un bolí­gra­fo bajo la parra de una vivien­da par­ti­cu­lar son el cenit de la crea­ti­vi­dad. Te acon­se­jo que con­sul­tes la www.guiafuranchin.com.  Si pasas por las Rías Bai­xas entre abril y octu­bre, tie­nes estas casas par­ti­cu­la­res habi­li­ta­das en plan­ta baja, jar­dín o gara­je como exce­len­tes res­tau­ran­tes de pro­duc­tos case­ros.  

Con­fie­so que de la deso­la­ción huma­na, es el ries­go de escri­bir, pue­de salir un exce­len­te poe­ma o una abe­rra­ción con for­ma­to de poe­sía.

Con­fie­so que este blog es mi con­fe­sio­na­rio de mis peque­ñas ver­da­des, de refle­xio­nes iné­di­tas, de mie­dos con­tra­dic­to­rios y lo ínti­mo de mi pen­sa­mien­to social. ¡Ah!… Y no ten­go sacer­do­te.

Con­fie­so que escri­bir de lo que me pro­du­ce muchí­si­mo pudor aumen­ta en pro­gre­sión arit­mé­ti­ca una evo­lu­ción emo­cio­nal pel­da­ño a pel­da­ño que no sé a qué situa­ción me lle­va­rá.

Con­fie­so que soy en puri­dad un foras­te­ro ines­ta­ble que tie­ne un blog invi­si­ble que se con­for­ma con tener pocos lec­to­res por­que, des­pués de mil cam­bios, no logro que nadie se sus­cri­ba de modo volun­ta­rio. ¿Para qué tie­nes, me espe­ta mi alter ego, en www.recuncar.com la invi­ta­ción a que tus poten­cia­les lec­to­res se sus­cri­ban? Es como salir a la calle hoy con una vela encen­di­da bajo la llu­via.

Con­fie­so que no voy a cam­biar mi esti­lo. Sí habrás nota­do que, una vez jubi­la­do, le dedi­co mucho más tiem­po a mi blog y a la lec­tu­ra. Eso ha hecho que obser­ve más la estruc­tu­ra del tex­to, el voca­bu­la­rio, las metá­fo­ras, la creatividad…porque aho­ra, por ejem­plo, pue­do dedi­car­le tres horas a un tex­to de 10 líneas o a inves­ti­gar con lupa fila­té­li­ca téc­ni­cas narra­ti­vas.

Con­fie­so que en cada entra­da pier­do jiro­nes de sue­ño, que soy capaz de des­per­tar­me a las tres de la maña­na, encen­der la luz en for­ma de libro abier­to que ten­go en la mesi­lla y escri­bir cua­tro ideas en una hoja cual­quie­ra.

Con­fie­so que escri­bir es tirar­me al vacío sin un sal­vo­con­duc­to y sin el ampa­ro de una red sal­ví­fi­ca y «des­pan­zu­rrar­me» como un héroe trá­gi­co en su últi­ma esce­na.

Con­fie­so que man­te­ner este blog es resis­tir con heroi­ci­dad el res­pe­tuo­so silen­cio de los lec­to­res. Otra «tei­ma» ―obse­sión, en galle­go― que me per­si­gue como el agen­te 007 per­se­guía al doc­tor No. ¿Dife­ren­cia? James Bond salía ven­ce­dor al final. 

Con­fie­so que me apa­sio­na la sole­dad ―algu­nos le lla­man aso­cia­bi­li­dad―, aun­que de ella mane una pér­di­da de auto­es­ti­ma, ese faro que me debe­ría guiar como hace en las tor­men­to­sas noches de la Cos­ta da Mor­te.

Con­fie­so que paso olím­pi­ca­men­te de los que no entien­den que la tris­te­za es can­ción y que la melan­co­lía escri­be mis poe­mas casi sin pen­sar.

Con­fie­so que no bus­co reden­ción, solo el ali­vio de haber­me dicho la ver­dad a mí mis­mo. Debe­rías pro­bar la dosis de pla­cer que me inva­de cuan­do creo que he escri­to un buen tex­to.

Con­fie­so que la sau­da­de que me inun­da es un acto refle­xi­vo que due­le igual que un beso de cemen­to, ese beso que he pro­ba­do muchas veces.

Con­fie­so que habi­to en un mun­do inhós­pi­to que, cada día que pasa, me con­vier­te en una coro­na de som­bras que toda­vía no sabe bri­llar en la oscu­ri­dad.

Con­fie­so que no ten­go res­pues­tas para muchas de tus pre­gun­tas, pero nun­ca me escon­de­ré en el abis­mo para res­pon­der a ellas, si las hubie­re.

Con­fie­so que el eco de mis tex­tos no se escu­cha en nin­gún lugar y eso me pro­du­ce una sor­de­ra crea­ti­va que me pos­ter­ga al rin­cón de la plu­ma sin tin­ta o al del orde­na­dor sin Micro­soft Word.

Con­fie­so que cada pala­bra que nace de mí es una chis­pa de mi alma bus­can­do encen­der otras. El pro­ble­ma mío es que mi terreno es húme­do y me cues­ta muchí­si­mo que la chis­pa pren­di­da des­pier­te en una suce­sión de fogo­na­zos.

Con­fie­so que paso olím­pi­ca­men­te de los que no quie­ren escu­dri­ñar mis ver­sos como un alqui­mis­ta bus­ca oro en mis ceni­zas con el banal argu­men­to de que esa con­jun­ción de pala­bras la rea­li­za cual­quie­ra.

Con­fie­so que aún ten­go que apren­der a detec­tar y a poner­le cer­te­ro nom­bre a mis caren­cias, pero esto no me impi­de mani­fes­tar mi deseo de que reci­ban un reco­no­ci­mien­to mis micro­par­tí­cu­las que se con­vier­ten en el peso de una entra­da del blog.

Con­fie­so que reve­lar y des­nu­dar mis debi­li­da­des no me enfla­que­ce; sino que me con­vier­te en un anti­hé­roe de esta des­cor­tés socie­dad. Y con­fie­so que tú, lec­tor, me gus­tas más que la cal­ma que me inven­to para no nece­si­tar a nadie o como el pri­mer sor­bo de humean­te café, la tin­ta con la que escri­bo mis días, en una maña­na de llu­via como la de hoy. (A la som­bra del ver­bo) (1995–2025)

 

LOS HOMBRES QUE SE CREEN GUAPOS Y ATRACTIVOS

Ya en el cole­gio empie­za a dar seña­les de su futu­ra tra­ge­dia esté­ti­ca: el niño que se pei­na­ba con gomi­na a los ocho años, con­ven­ci­do de que las niñas van a sus­pi­rar por él mien­tras reci­ta la tabla del sie­te. En el patio, se pasea como si fue­ra pro­ta­go­nis­ta de una serie juve­nil, con la cami­se­ta meti­da por den­tro y el pecho infla­do, cre­yen­do que su andar era ele­gan­te, cuan­do en reali­dad pare­ce un des­ma­ña­do pato con pro­ble­mas de coor­di­na­ción. Su atrac­ti­vo es com­pa­ra­ble al de un boca­di­llo de mor­ta­de­la olvi­da­do en la mochi­la. Las niñas lo miran, sí, pero no con deseo: lo miran con la mis­ma mez­cla de pena y risa con la que se obser­va a un com­pa­ñe­ro que tro­pie­za con la cuer­da de sal­tar.

En el últi­mo cur­so el mito se agra­va. El ado­les­cen­te se cree mode­lo de revis­ta, aun­que su acné pue­de ser­vir de mapa topo­grá­fi­co. Se per­fu­ma como si qui­sie­ra fumi­gar el aula y se ajus­ta la cha­que­ta cre­yen­do que es James Bond, cuan­do en reali­dad pare­ce un ven­de­dor de segu­ros en prác­ti­cas. Y lo peor: se con­ven­ce de que todas lo desean, cuan­do en reali­dad todas le evi­tan, por­que nadie quie­re que se le acer­que el que hue­le a mez­cla de des­odo­ran­te bara­to y ego des­bor­da­do.

Y lle­ga sin sor­pre­sas el examen de selec­ti­vi­dad, ese momen­to supues­ta­men­te solem­ne. Allí está él, sen­ta­do en pri­me­ra fila, cre­yen­do que inclu­so en medio de un examen su atrac­ti­vo es un arma de seduc­ción masi­va. Mien­tras los demás sudan tin­ta inten­tan­do recor­dar fór­mu­las de mate­má­ti­cas o fechas de his­to­ria, él se reco­lo­ca el pelo con ges­to ensa­ya­do, como si la comi­sión exa­mi­na­do­ra fue­ra un jura­do de belle­za. Saca el bolí­gra­fo con un movi­mien­to tea­tral, con­ven­ci­do de que has­ta el modo en que escri­be des­pren­de mag­ne­tis­mo. En reali­dad, lo úni­co que des­pren­de es lás­ti­ma: su examen es un fes­ti­val de fal­tas de orto­gra­fía y fra­ses hue­cas, pero él son­ríe satis­fe­cho, segu­ro de que su «mira­da inten­sa» com­pen­sa­rá la medio­cri­dad aca­dé­mi­ca.

El resul­ta­do es el mis­mo que en el cur­so ante­rior: sus­pen­so en con­te­ni­do, matrí­cu­la de honor en ridícu­lo. Por­que el hom­bre que se cree gua­po no entien­de que la vida no se aprue­ba con abdo­mi­na­les ima­gi­na­rios ni con sel­fis men­ta­les. Cree que su atrac­ti­vo es un pasa­por­te uni­ver­sal, pero lo úni­co que con­si­gue es ser recor­da­do como un bufón moderno, un chis­te que empe­zó en el cole­gio y alcan­zó su clí­max tra­gi­có­mi­co en la selec­ti­vi­dad.

Ya adul­to, el gua­po auto­pro­cla­ma­do sigue arras­tran­do esa fe cie­ga en su pro­pio mito. El que real­men­te lo es, se con­vier­te en escla­vo de su espe­jo y de la cre­ma hidra­tan­te, atra­pa­do en la cár­cel de su refle­jo. El que no lo es, se con­vier­te en cari­ca­tu­ra: barri­ga cer­ve­ce­ra dis­fra­za­da de abdo­mi­na­les, gafas de sol en inte­rio­res, son­ri­sa ensa­ya­da que pare­ce más un espas­mo que un ges­to seduc­tor. Todos ellos com­par­ten la mis­ma tra­ge­dia: creen que el mun­do ente­ro los obser­va con deseo, cuan­do en reali­dad el mun­do ente­ro los obser­va con risas y car­ca­ja­das.

En defi­ni­ti­va, el hom­bre que se cree gua­po es un espec­tácu­lo tra­gi­có­mi­co que empie­za ya en el cole­gio y nun­ca ter­mi­na. Es el bufón moderno que con­fun­de la vani­dad con el encan­to, el hom­bre que nun­ca deja de mirar­se en el espe­jo del baño cre­yen­do que es un dios, cuan­do ape­nas alcan­za a ser un chis­te mal con­ta­do. (A la som­bra del ver­bo) (1995–2025)

 

LA LOCA HISTORIA DE UN CONCURSO LITERARIO

(Esta es la tra­duc­ción del galle­go rea­li­za­da por mí. El ori­gi­nal lo publi­qué en mi blog en galle­go orballar.com)

Ten­go una bue­na rela­ción con Uxía Fon­tán Vila­meán, la mei­ga de los cuen­tos olvi­da­dos, que es una mujer mis­te­rio­sa y sabia y que irra­dia un aire mági­co. Vive en una aldea lla­ma­da San Cacu­lo de Abai­xo, aldea que estu­ve todo un día bus­can­do en Goo­gle Maps y nada, no la encon­tré.

Ella sabe que ten­go cier­ta debi­li­dad ―la volun­tad huma­na es un cas­ti­llo de are­na cons­trui­do en la ori­lla del mar― por los con­cur­sos lite­ra­rios, espe­cial­men­te por aque­llos que no exis­ten. Me encan­tan. Por eso, como tra­ba­ja en un perió­di­co que está cerra­do des­de antes de nacer, me envió la his­to­ria de un pre­mio lite­ra­rio que nadie creó, pero que tie­ne muchos par­ti­ci­pan­tes que no se pre­sen­tan.

Lo que te cuen­to a con­ti­nua­ción es el rela­to deta­lla­do de ese con­cur­so inexis­ten­te, pero lleno de mis­te­rio y gua­sa.

Lo pri­me­ro que me remi­tió es el recor­te de la con­vo­ca­to­ria del con­cur­so:

El Dia­rio de San Cacu­lo y alre­de­do­res

Edi­ción espe­cial lite­ra­ria de un dia­rio que no exis­te

Noviem­bre de no se sabe qué año

Con­vo­ca­to­ria del Pre­mio Lite­ra­rio Pie­dra del Demo­nio del año que el par­ti­ci­pan­te quie­ra.

Se con­vo­ca a todos los escri­to­res, poe­tas, narra­do­res de cuen­tos y demás gen­te con ten­den­cia a escri­bir ton­te­rías con esti­lo a par­ti­ci­par en la difun­ta edi­ción del Pre­mio Lite­ra­rio Pie­dra del Demo­nio, orga­ni­za­do por la Socie­dad Cul­tu­ral «La Hoja sin lec­to­res».

Las bases son las siguien­tes:

Lugar: San Cacu­lo de Abai­xo, parro­quia sin wifi, pero con mucha alma.

Pla­zo: Has­ta que el cura diga «Amén» o se aca­be el vino de la fies­ta.

Temá­ti­ca: Libre, pero no cual­quier cosa. No. Se pre­fie­ren tex­tos que inclu­yan afi­la­do­res, vacas con nom­bre o decla­ra­cio­nes de amor en bares de carre­te­ra. Debe estar escri­to en galle­go.

Par­ti­ci­pan­tes: Cual­quier per­so­na que sepa leer y escri­bir, para garan­ti­zar que lo haya crea­do la suso­di­cha. Por­que, si no sabe escri­bir, ¿cómo pue­de hacer una his­to­ria? Nadie me res­pon­de esta pre­gun­ta.

Pre­mio: Lote de cho­ri­zos, diplo­ma plas­ti­fi­ca­do y noche en la pen­sión «La Cama Calien­te» (desa­yuno inclui­do si no se esca­pa el gallo). Ni un euro por­que no tene­mos dine­ro.

Nota impor­tan­te: No se acep­tan de nin­gún modo tex­tos escri­tos por inte­li­gen­cias arti­fi­cia­les, por huma­nos que fin­gen ser inte­li­gen­tes, ni por veci­nos de San Cacu­lo de Arri­ba, por moti­vos his­tó­ri­cos que no vie­nen al caso.

JURADO

Está for­ma­do por los siguien­tes egre­gios hom­bres y muje­res:

Maru­xa Cas­tro­mil, la del Lomo de Vaca. Pre­si­den­ta hono­ra­ria y exper­ta en empa­na­das de aire. Siem­pre lle­va un som­bre­ro con ante­nas para cap­tar ideas bri­llan­tes.

Xur­xo Figuei­ras Lou­rei­ro, el Zorro de Mon­te­bai­xo. Encar­ga­do de las pun­tua­cio­nes mis­te­rio­sas. Nun­ca reve­la sus cri­te­rios, pero siem­pre acier­ta.

Antón Reboi­ras Cas­ti­ñei­ro, el Habla­dor de las pala­bras retor­ci­das. Crí­ti­co de esti­lo y poe­sía espon­tá­nea. Habla en pro­sa rima­da y solo bebe infu­sio­nes de tojo.

Sabe­la Cari­de Mei­xi­de, la Pas­pa­ni­ña de las sie­te lunas. Secre­ta­ria y res­pon­sa­ble de la esté­ti­ca cós­mi­ca. Deci­de según el movi­mien­to de las estre­llas y su pén­du­lo de made­ra.

NOTA ACLARATORIA: Los miem­bros del jura­do no tra­ba­jan. Su dedi­ca­ción a este gran con­cur­so que no exis­te es exclu­si­va.

A con­ti­nua­ción, des­pués de muchas dudas, hago públi­co en este blog el rela­to que envié al con­cur­so.

Ouren­se, mar­tes sin día de cual­quier mes del año de la nie­bla y del pan calien­te.

Recuer­de el jura­do que ten­go 67 años y que mi abue­lo murió hace ya muchas déca­das.

Que­ri­do avoí­ño, hoy me ha pasa­do una cosa de esas que solo pue­den ocu­rrir en esta nues­tra tie­rra, don­de lo real y lo mági­co se jun­tan como la gaseo­sa y el vino en las fies­tas de la parro­quia. Estas no son pala­bras mías, no, son de don Armin­do, párro­co de pocos años que lle­gó, según mi pare­cer, antes de ser orde­na­do sacer­do­te. Ya sabes, la Igle­sia y sus «cou­sas».

Sin saber qué deci­sión tomar, iba al súper pen­san­do si com­prar cho­ri­zo o seguir con la die­ta que me reco­men­dó la pri­ma Maru­xa, que hoy está tan del­ga­da que si se colo­ca­ra detrás de una esco­ba no se vería ni su som­bra.

De repen­te, des­pués de doblar una esqui­na, me encuen­tro de bru­ces con un afi­la­dor. Era un afi­la­dor de los de toda la vida. Lle­va­ba un chi­fre que, como me con­tas­te tú en más de una oca­sión, su incon­fun­di­ble melo­día avi­sa­ba a los veci­nos de que el afi­la­dor esta­ba en el barrio. El sil­bi­do se con­ver­tía en una lla­ma­da ances­tral al metal y al hie­rro, como si las cuchi­llas lo reco­no­cie­ran. Él me dijo que era el ofi­cio de la sire­na del afi­la­dor, que con­sis­tía, había sido con­tra­ta­da para ello, pri­me­ro de todo, en des­per­tar a los cuchi­llos dor­mi­dos.

Por su memo­ria y aspec­to, me pare­cía que había vivi­do tres vidas y media, y la bici­cle­ta que lle­va­ba como mesa de tra­ba­jo pare­cía com­pra­da entre los dese­chos de una pelí­cu­la sobre la gue­rra.

Me pre­gun­tó si tenía algo que afi­lar, y yo, con las lla­ves del coche y un paque­te de taba­co en el bol­si­llo, le res­pon­dí que no, pero que a lo mejor me podía afi­lar la pacien­cia, que la ten­go pun­tia­gu­da des­de que Car­mi­ña me man­dó a bus­car a su gato, que se había escon­di­do en el teja­do, y me que­dé sin pan­ta­lo­nes y con medio barrio rién­do­se de mí.

Mien­tras la rue­da del afi­la­dor bai­la­ba y las chis­pas con ella, me fue con­tan­do que los afi­la­do­res de anta­ño eran unos reyes de la carre­te­ra, que tenían novia en cada pue­blo y que sabían más de amor que todos los libros de lite­ra­tu­ra eró­ti­ca jun­tos. Y, como expe­rien­cia per­so­nal, con­clu­yó con­tán­do­me que, en Xin­zo, una viu­da le lle­vó a afi­lar todos sus cuchi­llos. Le comen­tó que los que­ría muy bien pre­pa­ra­dos para lon­chear a sus hijos, que no para­ban de pedir­le cosas. Es bro­ma, «home». «Pou­ca cor­da tes», le comen­tó. La his­to­ria rema­ta casán­do­se con ella, que regen­ta­ba una taber­na que ser­vía el mejor vino sin molien­da de la comar­ca.

No sé si era ver­dad o no todo lo que me con­tó el afi­la­dor, pero, cara­llo, aquí, ya sabes, la men­ti­ra bien con­ta­da vale más que la ver­dad abu­rri­da.

Escri­bién­do­te esto recuer­do aque­llas tar­des que pasá­ba­mos en tu casa, cuan­do tú me con­ta­bas lo de los afi­la­do­res que cru­za­ban mon­tes, ríos, que sabían hablar con las pie­dras y que tenían un pac­to con el dia­blo para que el chi­fre sona­ra de un modo dife­ren­te. Por el ele­va­do núme­ro de veces que lo he inten­ta­do, mi fra­ca­so ha sido redon­do. No debo de tener voz «co demo». Todos mis inten­tos siem­pre me recor­da­ban al «bruí­do» ―bra­mi­do en galle­go― de una vaca al parir.

Sin embar­go, des­pués de todo soy tu nie­to, y recuer­do muchas veces todas las aven­tu­ras que pasas­te en la gue­rra. Y siem­pre te ponías muy tris­te. Aun­que en esta oca­sión me he acor­da­do de aque­lla vez en la que me dejas­te afi­lar el cuchi­llo de matar y casi le cor­to una ore­ja al tío Seve­rino, que por suer­te ya la tenía medio caí­da. O aque­lla vez que me envias­te a bus­car la nava­ja que tenías detrás del retra­to de Cas­te­lao y, como soy un coti­lla, aca­bé abrien­do el cajón de la ropa inte­rior de la abue­la para des­cu­brir que tenía más enca­jes que una tien­da de novias.

Tú decías que los afi­la­do­res eran como las mon­jas, que salían cuan­do menos lo espe­ra­bas, sabían mucho y cobra­ban muy poco. Siem­pre que tenías oca­sión me con­ta­bas con suma picar­día de la tía Cir­cun­ci­sión, que era mon­ja en un pue­blo de Anda­lu­cía, que ser mon­ja era el úni­co tra­ba­jo don­de el uni­for­me nun­ca pasa de moda, el jefe siem­pre está miran­do, y los ascen­sos… bueno, depen­den de los rezos acu­mu­la­dos, y no de los correos res­pon­di­dos.

Este afi­la­dor era de los mon­ji­les. Se fue como vino. Se des­pi­dió con una ben­di­ción, sin cobrar y deseán­do­nos salud y éxi­tos. En mí, como las bue­nas aman­tes, ha deja­do una pro­fun­da hue­lla por su sim­pa­tía y por su retran­ca.

Si lo ves por ahí, dale un salu­do de mi par­te y pre­gún­ta­le a ver si afi­la recuer­dos, que ten­go un mon­tón de ellos que se me están oxi­dan­do.

Cuí­da­te mucho, no dejes que te afi­len la len­gua, que siem­pre la tuvis­te muy afi­la­da y a buen recau­do. Tu len­gua, según el taber­ne­ro, es como una nava­ja peque­ña, no mata, pero pue­de cor­tar muy hon­do. Y si oyes un cuerno con un soni­do dife­ren­te por allá arri­ba, no te asus­tes, no es el final, es sim­ple­men­te que Ouren­se sigue sien­do Ouren­se.

Un abra­zo gran­de de tu nie­to ya hom­bre y que bien te quie­re, Car­li­ños

Jamás envié esta car­ta al jura­do por­que enton­ces pen­sé que era una mier­da. Y lo sigo pen­san­do. Por eso mis­mo, escri­bí un tex­to en el que le con­ta­ba al jura­do mi deci­sión. Los ami­gos de la taber­na me dicen que eso es una ton­te­ría, pero, como yo soy más ter­co que una pie­dra fir­me que jamás se ha movi­do, allá fue.

La car­ta es la siguien­te:

Esti­ma­do, res­pe­ta­do y reco­no­ci­do jura­do del inexis­ten­te Pre­mio Lite­ra­rio Pie­dra del Demo­nio de San Cacu­lo de Abai­xo:

Agra­dez­co pro­fun­da­men­te vues­tra con­si­de­ra­ción y el honor de invi­tar­me a par­ti­ci­par en este cer­ta­men tan pres­ti­gio­so como surrea­lis­ta. No obs­tan­te, me veo en la obli­ga­ción de recha­zar cual­quier tipo de galar­dón, aun­que no haya envia­do mi car­ta, y hago esta renun­cia con toda la ele­gan­cia que me per­mi­te el café de máqui­na que me aca­bo de tomar.

Las razo­nes son cla­ras, aun­que abso­lu­ta­men­te inex­pli­ca­bles:

1.- Mi tex­to fue escri­to bajo los efec­tos de una empa­na­da de pul­po que me pro­vo­có visio­nes del difun­to Fra­ga bai­lan­do regue­tón.

2.- La musa que me ins­pi­ró es alér­gi­ca al éxi­to y cada vez que gano algo —aun­que nun­ca haya ocu­rri­do— se escon­de detrás del micro­on­das duran­te sema­nas.

3.- El bolí­gra­fo con el que escri­bí tenía envi­dia de otro bolí­gra­fo y no quie­ro fomen­tar riva­li­da­des lite­ra­rias entre el inú­til mate­rial de ofi­ci­na.

Con todo el res­pe­to y un poco de arro­gan­cia, creo que bien mere­ci­da,

Car­li­ños (el úni­co que hay en la aldea)

El jura­do, que valo­ró muchí­si­mo mi car­ta, res­pon­dió de este modo:

San Cacu­lo de Abai­xo, tie­rra de letras y de sos­pe­chas

Esti­ma­do señor Car­li­ños:

Reci­bi­mos su car­ta de renun­cia al pre­mio con estu­pe­fac­ción, car­ca­ja­das y un leve dolor de cabe­za. Agra­de­ce­mos, cómo no, el esfuer­zo crea­ti­vo, pero nos vemos en la obli­ga­ción de recha­zar su renun­cia. Y no por cor­te­sía, sino por prin­ci­pios, por honor y por­que, fran­ca­men­te, no le corres­pon­de nin­gún pre­mio. Como bien sabe usted, toda­vía no se ha pre­mia­do en el mun­do ente­ro a un no-con­cur­san­te.

Tras una exhaus­ti­va inves­ti­ga­ción —que ha inclui­do diver­sas y fur­ti­vas con­sul­tas a IA, inte­rro­ga­to­rios durí­si­mos, y sin abo­ga­do, a bolí­gra­fos, un pro­fun­dí­si­mo aná­li­sis de las empa­na­das sos­pe­cho­sas y la corres­pon­dien­te con­sul­ta a una pito­ni­sa de Verín— lle­ga­mos a tres con­clu­sio­nes irre­fu­ta­bles:

1.- Su tex­to, que no ha envia­do, es un pla­gio des­ca­ra­do, y no escri­to, de una con­ver­sa­ción entre dos loros jamai­ca­nos que viven en la Pla­za Mayor des­de que don Res­ti­tu­to lle­gó muer­to de ham­bre de su via­je por tie­rras del Cari­be. Tene­mos gra­ba­cio­nes.

2.- Detec­ta­mos el uso de una inte­li­gen­cia arti­fi­cial que aún está por crear­se, con des­ver­güen­za y des­ca­ro, como quien va a misa con el móvil en el bol­si­llo y le pide sel­fis al cura en el cam­pa­na­rio.

3.- El bolí­gra­fo envi­dio­so que men­cio­na en su car­ta fue iden­ti­fi­ca­do como cóm­pli­ce. Ya está en manos de la poli­cía lite­ra­ria de San Cacu­lo y ense­gui­da se pon­drán en con­tac­to con usted para ver cómo se apo­de­ró de arma tan letal.

Por todo esto, creo que están debi­da­men­te expues­tas las razo­nes, le comu­ni­ca­mos que que­da ofi­cial­men­te «des­ga­lar­do­na­do», «desins­pi­ra­do» y «des­con­vo­ca­do» del cer­ta­men. Eso sí, reco­no­ce­mos que tie­ne esti­lo, que tie­ne chis­pa, y que, si algún día escri­be algo sin ayu­da de máqui­nas ni de otras per­so­nas de fan­ta­sía, igual le deja­mos entrar «de extran­jis» por la puer­ta de atrás.

Sin más, y con toda la arro­gan­cia que nos da ser jura­do de un pre­mio que no exis­te, un abra­zo que no se mere­ce.

Aten­ta­men­te,

Doña Sabe­la Cari­de Mei­xi­de, secre­ta­ria vita­li­cia (y algo ren­co­ro­sa) del Pre­mio Pie­dra del Demo­nio.

Que­ri­do lec­tor de mi blog, esta es la loca his­to­ria de un con­cur­so lite­ra­rio inexis­ten­te. Me gus­ta­ría que te rie­ras a car­ca­ja­das al leer­la. Ese es mi deseo.

En esta foto, la secre­ta­ria del jura­do del con­cur­so lite­ra­rio lee ante los habi­tan­tes del pue­blo el tex­to que Car­li­ños no envió y que todo el mun­do recha­zó. Lás­ti­ma que no se pue­dan escu­char los aplau­sos —que no abu­cheos— que sona­ron como si fue­ra el públi­co asis­ten­te al Con­cier­to de Año Nue­vo de Vie­na aplau­dien­do la cono­ci­da Mar­cha Radetzky.

 

CUANDO CALLO, ESCRIBO

(No sé si no gus­ta que apor­te este dato, pero yo lo sien­to nece­sa­rio: Comien­zo este tex­to a las 5:35 del mar­tes 11 de noviem­bre y lo ter­mino el jue­ves 13 a las 9:13. Evi­den­te­men­te, que no con exclu­si­vi­dad de tra­ba­jo. El cro­nó­me­tro que vigi­la mi hora­rio me dice que le he dedi­ca­do 8 horas y 33 minu­tos. Revi­sa­do entre 14:30 y 15:15. He supri­mi­do tres párra­fos).

Soy el mar­gen de un tex­to que nadie lee. Soy la erra­ta que el lec­tor no enmen­dó… por­que no me leyó. Soy… Tran­qui­lo, que no voy a seguir en este tono deso­la­dor y devas­ta­do.

Me han dicho mil veces que por qué escri­bo tan­tos men­sa­jes ―creo que no son tan­tos com­pa­ra­dos con los que repri­me mi volun­tad―, que por qué no man­do audios, que por qué no lla­mo, que «quie­ro escu­char tu voz», me dijo una exalum­na para­fra­sean­do a no sé qué can­tan­te.

Hay per­so­nas que no se atre­ven a decir­me lo que real­men­te pien­san. Fra­ses del esti­lo: «Ven­ga, estú­pi­do, que eres una pági­na en blan­co que se cree una enci­clo­pe­dia. Llá­ma­me por telé­fono. Habla. Comen­ta. No te creas el rey de la fies­ta que, por su pro­pia segu­ri­dad, no asis­te a reunio­nes ni habla». Y no pro­fun­di­zo más. Por­que escar­bar en mí es como hacer­lo en la tie­rra… te pue­des encon­trar raí­ces que no sabías que esta­ban ahí.

Otros me miran sin hablar y leo en su mira­da que si soy raro, que si parez­co dis­tan­te, que si la gen­te ya no se comu­ni­ca así, que no estoy en la onda. Y yo, mien­tras tan­to, escri­bien­do. Por­que sí, por­que me gus­ta, por­que me sale así. Por­que si ten­go algo que decir, pre­fie­ro pen­sar­lo, dar­le for­ma, poner­le comas, y que no sue­ne como un bal­bu­ceo atro­pe­lla­do entre el semá­fo­ro y el super­mer­ca­do.

Vir­gi­nia Woolf lo dijo mejor que yo: «No hay barre­ra, cerra­du­ra ni cerro­jo que pue­das impo­ner a la liber­tad de mi men­te». Y yo aña­di­ría: ni a mi tecla­do, ni a mi mano. Por­que escri­bir me per­mi­te estar ―o eso creo― sin tener que pre­sen­tar­me «a todo volu­men». No es frial­dad, es otra for­ma de pre­sen­cia. Y quien me cono­ce de ver­dad, con­si­de­ro que lo sabe.

No te das cuen­ta ―habla mi odio­so alter ego― de que más de uno apro­ve­cha tu silen­cia­da voz para argu­men­tar que no te gus­ta comu­ni­car­te, que te moles­ta que te incor­dien con men­sa­jes. Fala­cia. Rotun­da. Me encan­ta reci­bir men­sa­jes. Me encan­ta. José María, no sigas por ahí, que te pue­des estre­llar.

No es que ten­ga fobia a la voz huma­na, ni que me dé aler­gia el micró­fono del móvil. Es que sim­ple­men­te no me nace. Me pare­ce más ínti­mo escri­bir. Más hones­to. Más mío. Y si eso me con­vier­te en un bicho raro, pues qué le vamos a hacer. Hay gen­te que colec­cio­na sellos, yo colec­ciono pala­bras.

Ade­más, soy muy sin­ce­ro: ¿Cuán­tas veces un audio de gua­sap ha sido real­men­te nece­sa­rio? ¿Cuán­tas veces no ha sido sim­ple­men­te alguien dicien­do «eeeeh… bueno… nada… era para decir­te que…»? 45 segun­dos de puro relleno. Para el des­gua­ce. Yo no quie­ro dedi­car mi tiem­po a eso. Pre­fie­ro escri­bir tres líneas que digan algo. Y, eso que no fal­te, con una pun­tua­ción correc­ta, con sus til­des corres­pon­dien­tes y res­pe­tan­do todas las nor­mas de la orto­gra­fía.

Y lue­go está esa idea de que el gua­sap escri­to es una con­ver­sa­ción de doble vía. ¡¡¡Qué boni­to sue­na!!! Pero en mi expe­rien­cia, en algu­nas oca­sio­nes, es más bien un monó­lo­go con eco. Uno escri­be casi una encí­cli­ca ―lo hago por­que me peta, cla­ro está― y la otra per­so­na res­pon­de con un emo­ti­cón. Si estu­vie­ra a mi lado, le retor­ce­ría el cue­llo como a un pavo por navi­dad. Comu­ni­ca­ción moder­na, me dicen. ¡Ah! Por cier­to, aho­ra me dicen que el OK, nece­sa­rio en algu­nas oca­sio­nes, es moles­to, que se inter­pre­ta como una fal­ta de ganas de seguir dia­lo­gan­do, que no lo debo uti­li­zar. Me com­pro­me­to a ello. Es el col­mo.

Ten­go dos blogs y soy…¡¡¡un infe­liz!!! Ahí me lee quien quie­re. «Nemo me legit, dico», se que­ja­ba un avis­pa­do com­pa­ñe­ro de la uni­ver­si­dad ver­sa­do en la len­gua de Catu­lo allá por los pri­me­ros años ochen­ta cuan­do nos repro­cha­ba no leer los poe­mas en latín que escri­bía «in tene­bris noc­tis». 

Lo mis­mo lo que se me exi­ge en silen­cio ―argu­men­tán­do­lo con ese falaz «le moles­tan los gua­saps»― es que gra­be un pod­cast, con voz y audio, en lugar de escri­bir una entra­da en mi blog. Lo sien­to, pero no. Del con­ta­dor de visi­tas mejor no hablar.

Yo cuel­go una entra­da y res­pe­to la inti­mi­dad de cual­quier sus­crip­tor cuan­do envía el correo a la pape­le­ra sin leer­lo o lo deja dor­mir en el cajón de entra­da como una bella dur­mien­te que nadie la des­ve­la­rá. Es su liber­tad. Y la res­pe­to. Me gus­ta­ría que no fue­ra así, pero no lo voy a cali­fi­car. Un excom­pa­ñe­ro me dijo un día que con estas pala­bras ya lo esta­ba cali­fi­can­do. Afi­la­do aná­li­sis por su par­te.

Ale­jan­dra Pizar­nik ―me encan­ta la intros­pec­ción emo­cio­nal y la explo­ra­ción del len­gua­je que hace― escri­bió: «Nada más inten­so que el terror de per­der la iden­ti­dad». Y yo lo sien­to cada vez que me empu­jan a comu­ni­car­me como no soy. Como si tuvie­ra que adap­tar­me a un mol­de social que no me repre­sen­ta. Como si la espon­ta­nei­dad tuvie­ra que ser rui­do­sa para ser váli­da. Temo ser la vela que se apa­ga sin que nadie note la oscu­ri­dad. Con sin­ce­ri­dad ple­na, como decía al prin­ci­pio, me ate­rra con­ver­tir­me en una pági­na que nadie vuel­ve a leer. No quie­ro con­ver­tir­me en el nom­bre que se borra sin resis­ten­cia.

Mi letra te quie­re más que mi voz. Mi voz se dis­trae, se can­sa, se escon­de. Pero mi letra se que­da, te bus­ca, te pien­sa. Cuan­do escri­bo, estoy más cer­ca de ti que cuan­do hablo. Por­que en la escri­tu­ra no hay inter­fe­ren­cias, ni ges­tos for­za­dos, ni silen­cios incó­mo­dos. Solo tú y yo, sin rui­do. Y eso, para mí, es estar ver­da­de­ra­men­te pre­sen­te. Soy más yo cuan­do te escri­bo que cuan­do te hablo.

Y sí, lo reco­noz­co: ten­go ten­den­cia a la sole­dad. No me inco­mo­da estar solo, ni me angus­tia el silen­cio. No mien­tas, José María, no mien­tas. Lo has pro­me­ti­do. Otra vez mi mal­di­to alter ego. Me gus­ta obser­var des­de fue­ra, sin tener que par­ti­ci­par todo el tiem­po. Ten­go una visión bas­tan­te aso­cial de la vida, no en el sen­ti­do de des­pre­ciar a los demás, sino en el de no nece­si­tar estar cons­tan­te­men­te en con­tac­to. No me gus­ta la hiper­co­nec­ti­vi­dad, ni la obli­ga­ción de estar siem­pre dis­po­ni­ble. Pido que se me entien­da, pero tam­bién —y esto lo digo sin ren­cor— que no se espe­re de mí lo que no soy o no pue­do dar.

Cla­ra Vare­la, una escri­to­ra que nadie pue­de cono­cer por­que me la he inven­ta­do yo, lo resu­me así: «Escri­bo por­que hablar me inte­rrum­pe. Y por­que en el silen­cio de las letras, nadie me exi­ge son­reír. No quie­ro que te que­des en el trái­ler, quie­ro que veas la pelí­cu­la com­ple­ta».

Y ahí estoy yo. En ese silen­cio. En esas letras. Sin exi­gen­cias. Sin rui­do. Solo yo pen­sán­do­te siem­pre. (A la som­bra del ver­bo) (1995–2025)

BLACK FRIDAY

Sacar del cajón un tex­to que lle­va años espe­ran­do es como dar­le aire fres­co a una semi­lla que por fin pue­de cre­cer (¡Qué cur­si­la­da tenía escri­to!). Lo guar­dé con cier­to pudor, como quien teme que sus pala­bras no estu­vie­ran lis­tas para ver la luz. Cada noviem­bre lo releía y le aña­día algu­na otra metá­fo­ra que depu­ra­ban mis sen­ti­mien­tos mien­tras esta­ba en la cola de unos gran­des alma­ce­nes. Pero hoy sien­to que ha lle­ga­do el momen­to.
El «Black Fri­day» es un tema jugo­so, casi inevi­ta­ble, por­que en él se mez­clan con­su­mo y pri­sas, luces y ofer­tas, y tam­bién la iro­nía de ver­me arras­tra­do por la fie­bre de las reba­jas.
Al rema­tar este poe­ma ―me he levan­ta­do hoy a las cin­co de la maña­na y no me he levan­ta­do de la silla― me des­cu­bro por­que ayer caí y lle­gué a casa con la mira­da atra­pa­da por esca­pa­ra­tes bri­llan­tes y anun­cios que me pro­me­tían la feli­ci­dad casi eter­na a cam­bio de un des­cuen­to.
Y me pre­gun­to si no somos todos par­te de un mis­mo ritual, una dan­za fre­né­ti­ca que cele­bra lo efí­me­ro ―tema para otro poe­ma―. Mi crea­ción ―mejor, recrea­ción― quie­re ser tes­ti­go de mi total con­tra­dic­ción: la eufo­ria del ins­tan­te fren­te al vacío que que­da des­pués y el dolor emo­cio­nal que no cede por no cum­plir las pro­me­sas mil veces rea­li­za­das.
En caso de que haya algo que no te gus­te, lo sien­to muchí­si­mo; pero creo que el tema ―soy yo el del poe­ma― mere­ce este tono his­trió­ni­co y fal­tón.
BLACK FRIDAY
Soy un idio­ta rein­ci­den­te,
un con­su­mi­dor com­pul­si­vo,
un Vesu­bio de la vena com­pra­do­ra,
un bufón con tar­je­ta de cré­di­to tem­blan­do,
un escla­vo volun­ta­rio de las reba­jas
que hue­len a plás­ti­co heri­do,
un vien­tre hin­cha­do de ansie­dad,
que se infla con cada com­pra
y se des­in­fla en la cola de devo­lu­ción.
Me arras­tro entre pasi­llos ilu­mi­na­dos
como qui­ró­fa­nos,
con la dig­ni­dad de un perro famé­li­co
hus­mean­do des­cuen­tos,
con la mira­da tur­bia de quien con­fun­de
nece­si­dad con ansie­dad.
Cada año me pro­me­to cor­du­ra
y cada año me con­vier­to en paya­so sudo­ro­so,
en men­di­go de ofer­tas que no nece­si­to,
en cadá­ver finan­cie­ro
dis­fra­za­do de clien­te satis­fe­cho.
Me sien­to ridícu­lo,
me sien­to paté­ti­co,
me sien­to un saco de hue­sos
envuel­to en bol­sas negras,
con la auto­es­ti­ma reba­ja­da al 20%.
Soy el hom­bre que se ven­de a sí mis­mo
por un orde­na­dor,
que se alqui­la por un móvil,
que se pros­ti­tu­ye por un tele­vi­sor inte­li­gen­te
que ter­mi­na­rá sien­do infra­uti­li­za­do,
que se pasea, jun­to a mi estu­pi­dez,
por unos impú­di­cos gran­des alma­ce­nes.
Me miro en el refle­jo de los esca­pa­ra­tes
y la ima­gen que veo es la de un Romeo ena­mo­ra­do
de un reloj aún no inven­ta­do,
la de un paya­so que se arras­tra con mil com­pras
col­gan­do del cue­llo como órga­nos roba­dos
en un mer­ca­do clan­des­tino.
Me hue­lo a derro­ta fabri­ca­da por mí mis­mo,
a sudor ran­cio por estar infi­ni­tas horas
tras algo que no nece­si­to,
a basu­ra emo­cio­nal con eti­que­ta de ofer­ta limi­ta­da,
a intes­ti­nos retor­ci­dos que mas­ti­can des­cuen­tos
y al des­po­jo que nadie com­pra­ría ni en liqui­da­ción.
Soy el mis­mo imbé­cil de siem­pre,
el que cae cada año,
el que se jura cada noviem­bre no vol­ver a caer,
el que com­pra otra vez
mien­tras se jura no com­prar nada,
el que se pudre en la cola del ban­co
para obte­ner una nue­va tar­je­ta,
el que se ríe de sí mis­mo con sar­cas­mo bara­to
por­que ya no tie­ne un euro.
Y todo esto,
por­que sé que vol­ve­ré a rein­ci­dir
en una pena de la que no me pue­do librar,
por­que sé que nun­ca apren­de­ré la lec­ción,
por­que sé que el Black Fri­day
es mi doc­tri­na malo­lien­te
y mi cre­do sin reli­gión.
(A la som­bra del ver­bo) (1995–2025)

POÉTICA: LA POESÍA COMO BISTURÍ

Soy hijo de un ciru­jano. Des­de niño apren­dí a mirar las manos de mi padre, fir­mes y deli­ca­das, capa­ces de abrir la car­ne con pre­ci­sión y, al mis­mo tiem­po, de cerrar­la con ter­nu­ra. Ese ges­to, esa dis­ci­pli­na del bis­tu­rí, se con­vir­tió en una ense­ñan­za que me acom­pa­ña has­ta hoy. Yo no ope­ro cuer­pos, pero ope­ro pala­bras. En el aula, cuan­do ense­ño, y en mi escri­tu­ra, cuan­do me des­nu­do, el bis­tu­rí se trans­for­ma en metá­fo­ra: cor­tar, abrir, explo­rar lo ocul­to, y lue­go sutu­rar con la deli­ca­de­za de quien sabe que cada heri­da nece­si­ta tiem­po para cica­tri­zar.

La poe­sía es mi ciru­gía ínti­ma. Cada pala­bra abre una capa de mi alma, cada ver­so es inci­sión, cada fra­se una sutu­ra que inten­ta recom­po­ner lo que se ha roto den­tro de mí. Escri­bir es mi mane­ra de resis­tir, de recu­pe­rar un frag­men­to de silen­cio entre el rui­do, de dar­le voz a lo que que­da­ría sepul­ta­do bajo el peso de la ciu­dad y de la vida.

Soy un hom­bre tris­te y melan­có­li­co, habi­ta­do por la som­bra de la morri­ña y el peso de los fra­ca­sos. Pero tam­bién soy hijo de una dis­ci­pli­na que me ense­ñó que inclu­so la heri­da pue­de ser camino de cono­ci­mien­to. La poe­sía me per­mi­te trans­for­mar la tris­te­za en pala­bra, la melan­co­lía en músi­ca, el fra­ca­so en cica­triz que bri­lla.

Madrid me resul­ta dura, como si cada calle me devo­ra­se poco a poco. La ciu­dad me engu­lle con su rui­do, con su velo­ci­dad, con su indi­fe­ren­cia, y yo me sien­to per­di­do entre mul­ti­tu­des que no me ven. Escri­bir se con­vier­te en mi refu­gio, en mi mane­ra de recu­pe­rar un espa­cio ínti­mo don­de la pala­bra se ges­ta len­ta­men­te, como una heri­da que bus­ca cica­tri­zar.

Gali­cia es el hilo invi­si­ble que atra­vie­sa cada línea. En su tie­rra y en su mar moran mis recuer­dos y mi voz. Allí apren­dí que la morri­ña no es solo dolor, sino tam­bién raíz, memo­ria, per­te­nen­cia. La poe­sía me une a esa tie­rra, me devuel­ve a sus aguas, me recuer­da que inclu­so lejos sigo habi­ta­do por ella.

La poe­sía es con­fe­sión y bál­sa­mo. Es bis­tu­rí y cica­triz. Es el espa­cio ínti­mo don­de la pala­bra se con­vier­te en sos­tén, en colum­na invi­si­ble que me impi­de caer. Es mi mane­ra de abrir­me, de dejar que otros entren en mi heri­da y reco­noz­can en ella su pro­pia his­to­ria.

Quien se acer­que a mi poe­sía encon­tra­rá frag­men­tos de vida, reta­zos de dolor y de espe­ran­za, con­fe­sio­nes que qui­zá tam­bién le resul­ten pro­pias. Por­que escri­bir es com­par­tir la inti­mi­dad, la morri­ña, los fra­ca­sos y las peque­ñas luces que nos sos­tie­nen en medio de la oscu­ri­dad.

La poe­sía, para mí, es eso: un bis­tu­rí que cor­ta y reve­la, una sutu­ra que recom­po­ne, una cica­triz que bri­lla en la memo­ria. Es mi mane­ra de decir que sigo vivo, que sigo bus­can­do, que sigo apren­dien­do a trans­for­mar la heri­da en pala­bra y la pala­bra en luz. (A la som­bra del ver­bo) (1995–2025)

EL PAPEL

Brais —San Brais empie­za a hacer­se famo­so cuan­do le saca a un niño una espi­na que tie­ne cla­va­da en la gar­gan­ta muchos siglos atrás— nace en un rin­cón don­de la llu­via no pre­gun­ta y el vien­to siem­pre tie­ne algo que decir. No es valien­te por elec­ción, sino por nece­si­dad. Su carác­ter, pri­sio­ne­ro de su pro­pio pen­sa­mien­to, se carac­te­ri­za por ser el fan­tas­ma de sí mis­mo y por andar con los pies ata­dos con hilos invi­si­bles.

Apren­de a callar antes que a men­tir, a mirar antes que a pedir y a dis­cu­tir antes que a per­der a un ami­go.

Lle­va siem­pre en los bol­si­llos recuer­dos que no caben en pala­bras, y a la espal­da una his­to­ria que nadie cono­ce ente­ra.

Cada maña­na, Brais se sien­ta en la mis­ma mesa del bar de la esqui­na, jus­to al lado de la ven­ta­na empa­ña­da. Pide café solo, sin azú­car, y escri­be en pape­les fra­ses inco­ne­xas. No son poe­mas ni car­tas. Son frag­men­tos. Peda­zos de algo que nun­ca ter­mi­na de enten­der.

Los veci­nos lo salu­dan con un ges­to leve, como si supie­ran que cual­quier pala­bra pue­de rom­per algo den­tro de él. Nadie sabe dón­de vive. Nadie sabe a quién espe­ra.

—¿Por qué escri­bes siem­pre en pape­les des­pa­re­ja­dos y no en un cua­derno?, le pre­gun­ta la cama­re­ra.

Brais la mira como si le hubie­ran toca­do una cica­triz aún recien­te.

—Por­que el papel suel­to aguan­ta muy bien mi locu­ra, le res­pon­de como si fue­ra una sen­ten­cia.

En un papel escri­be: «Hay luga­res que no se olvi­dan por­que nun­ca fue­ron visi­ta­dos». Lo deja sobre la mesa y se mar­cha sin pagar. Pien­sa que su «arte» es sufi­cien­te pago.

Al día siguien­te vuel­ve como siem­pre. La cama­re­ra no sabe cómo actuar. Es la pri­me­ra vez que se encuen­tra con un tipo así.

Esa mis­ma tar­de apa­re­ce una joven con zapa­tos negros y una mochi­la a la espal­da. Se sien­ta a su lado, sin pedir per­mi­so, en el ban­co públi­co don­de Brais está fuman­do un ciga­rro.

—¿Eres tú el que escri­be tris­te?, le pre­gun­ta.

Brais son­ríe por pri­me­ra vez en años.

La joven reco­ge con cier­ta ale­gría todos los pape­les y le pide que le cuen­te el ori­gen de esa afi­ción. Brais escu­cha como quien reco­ge pie­dras raras en la pla­ya.

La joven se mar­cha sin des­pe­dir­se con un «aho­ra ven­go».

Brais espe­ra, pero la joven no vuel­ve y escri­be de nue­vo una fra­se en un papel que saca del bol­si­llo: «Hay ausen­cias que pesan más que los recuer­dos». Lo deja en el ban­co.

Cuan­do Brais abre el por­tal y mira en el buzón, encuen­tra un papel que dice: «Bús­ca­me por­que aún ten­go muchas pre­gun­tas».

Esa noche nadie más ve a Brais, pero un tes­ti­go cuen­ta que esa noche deja en dife­ren­tes ban­cos de la ciu­dad pape­les con fra­ses escri­tas por él. Todos al mis­mo tiem­po. Y nadie sabe lo que dicen. Solo alguien afir­ma que una joven se dedi­ca todas las noches a reco­ger­los y a guar­dar­los en una des­or­de­na­da buhar­di­lla. (A la som­bra del ver­bo) (2025)

 

ENTREVISTA SURREALISTA ENTRE UN EMPRESARIO Y UN TRABAJADOR

Empre­sa­rio.- Bue­nas tar­des, caba­lle­ro. Usted es el can­di­da­to núme­ro 27. Los ante­rio­res ya se mar­cha­ron corrien­do. ¿Trae algo espe­cial para con­ven­cer­me?

Tra­ba­ja­dor.- Trai­go un saco de pata­tas y una gai­ta. Las pata­tas son para nego­ciar el sala­rio y la gai­ta para ani­mar las reunio­nes.

Empre­sa­rio.- Exce­len­te. Aquí valo­ra­mos la inno­va­ción. ¿Sabe usted hacer infor­mes?

Tra­ba­ja­dor.- Infor­mes no, pero sé inven­tar pala­bras raras y poner­las en un Power­Point con colo­res lla­ma­ti­vos. Eso siem­pre impre­sio­na.

Empre­sa­rio.- Eso es exac­ta­men­te lo que nece­si­ta­mos. Aquí nadie lee los infor­mes, pero si tie­nen grá­fi­cos y pala­bras como «siner­gia dis­rup­ti­va» ya pare­ce que tra­ba­ja­mos.

Tra­ba­ja­dor.- Pues yo tam­bién pue­do aña­dir fra­ses en latín inven­ta­do. Por ejem­plo: «Pata­ti­cus maxi­mus». Que­da muy pro­fe­sio­nal.

Empre­sa­rio.- Mara­vi­llo­so. El pues­to es de direc­tor de nada. Tie­ne que man­dar sobre todo el mun­do sin hacer abso­lu­ta­men­te nada. ¿Cree que pue­de?

Tra­ba­ja­dor.- Hom­bre, yo ya man­do en casa sin pagar fac­tu­ras. Esto sería un ascen­so natu­ral.

Empre­sa­rio.- El sala­rio es sim­bó­li­co: dos mone­das de cho­co­la­te al mes y acce­so ili­mi­ta­do a la máqui­na de café, siem­pre que trai­ga el azú­car de casa.

Tra­ba­ja­dor.- Per­fec­to. Yo ya estoy acos­tum­bra­do a cobrar en espe­cie. En mi últi­mo tra­ba­jo me paga­ban con entra­das para la ver­be­na y vales de chu­rras­co.

Empre­sa­rio.- Aquí tam­bién tene­mos bene­fi­cios socia­les: pue­de lle­var­se a casa los clips, las gra­pas e inclu­so los post-it usa­dos. Eso sí, tie­ne que fir­mar­los como si fue­ran patri­mo­nio his­tó­ri­co.

Tra­ba­ja­dor.- Me encan­ta. Ade­más, qui­zá mon­te un museo de mate­rial de ofi­ci­na roba­do. Ya veo a la gen­te pagan­do entra­da para ver un boli Bic medio mor­di­do.

Empre­sa­rio.- Usted tie­ne visión empre­sa­rial. Díga­me, ¿cómo se ve den­tro de cin­co años?

Tra­ba­ja­dor.- Den­tro de cin­co años me veo sen­ta­do en la mis­ma silla, pero con una man­ta enci­ma, por­que segu­ro que no ponen cale­fac­ción. Y con más pata­tas, cla­ro.

Empre­sa­rio.- Esa ambi­ción es la que bus­ca­mos. La empre­sa nece­si­ta gen­te que no quie­ra pro­gre­sar, para que no nos dé tra­ba­jo des­pe­dir­la. Bien­ve­ni­do al equi­po.

Tra­ba­ja­dor.- Gra­cias. Eso sí, maña­na no ven­go, que ten­go que ir a la feria. Pero pasa­do maña­na igual paso a tomar un café y ya vemos.

Empre­sa­rio.- Per­fec­to. Aquí la pun­tua­li­dad es opcio­nal. Lo impor­tan­te es que parez­ca que tra­ba­ja­mos cuan­do vie­nen los ins­pec­to­res. Si no vie­ne, mejor, que así no ocu­pa sitio.

Tra­ba­ja­dor.- Pues ya está. Con­tra­ta­do sin tra­ba­jar. Este es el mejor empleo de mi vida. Voy a cele­brar­lo con una tapa de pul­po.

Empre­sa­rio.- Y yo con un vino. La empre­sa que­da cerra­da has­ta nue­vo avi­so. ¡Pro­duc­ti­vi­dad galle­ga en su máxi­mo esplen­dor! (A la som­bra del ver­bo) (1995–2025)

EL ESCRITOR CAÓTICO

No sé si seguir con el blog. No sé si cerrar­lo. No sé si impor­ta. No sé si alguien lo lee. No sé si yo lo leo. No sé si tie­ne sen­ti­do seguir escri­bien­do cosas que no tie­nen for­ma, ni fon­do, ni fuer­za. Me repi­to. Me con­tra­di­go. Me ago­to. Me decep­ciono. Me doy ver­güen­za. Me doy rabia. Me doy pena. Me doy igual.

Hay días en los que pien­so que debe­ría hacer como Elías Fritz, que no solo abrió y cerró su blog vein­te veces, sino que en la últi­ma lo divi­dió en sie­te par­tes, las publi­có en sie­te pla­ta­for­mas dis­tin­tas, lue­go las borró todas, lue­go las recu­pe­ró, lue­go las mez­cló, lue­go las tra­du­jo al espe­ran­to, lue­go las con­vir­tió en un archi­vo de audio que nadie pudo repro­du­cir, lue­go se peleó con sí mis­mo en los comen­ta­rios, lue­go se blo­queó a sí mis­mo, lue­go escri­bió una entra­da pidien­do per­dón por exis­tir, lue­go la borró, lue­go la vol­vió a subir, lue­go la edi­tó para insul­tar­se, lue­go se denun­ció por pla­gio, lue­go se absol­vió, lue­go se fue. O como Mar­ti­na del Río, que impri­mió todo su blog, lo metió en una caja de car­tón y lo tiró al Táme­sis una madru­ga­da de enero, sin tes­ti­gos, sin expli­ca­ción, solo por­que no sopor­ta­ba ver sus tex­tos acu­mu­la­dos. O como Hugo Sanz, que escri­bió una entra­da titu­la­da “Últi­ma cena digi­tal” y lue­go lle­vó su por­tá­til a un par­que de rep­ti­les en Flo­ri­da y lo lan­zó a la boca de un coco­dri­lo lla­ma­do Mar­vin, que lo tri­tu­ró sin esfuer­zo. O como Cla­ra Vig­na­le, que pren­dió fue­go a su blog en sen­ti­do lite­ral: impri­mió cada entra­da, las api­ló en su jar­dín y les pren­dió fue­go mien­tras gri­ta­ba que el algo­rit­mo la había trai­cio­na­do. O como Tomás Gutié­rrez, que denun­ció su pro­pio blog a la poli­cía por aco­so emo­cio­nal, y cuan­do los agen­tes le dije­ron que eso no tenía sen­ti­do, insis­tió tan­to que aca­ba­ron lle­ván­do­lo a la cár­cel por alte­ra­ción del orden públi­co.

Y yo aquí, sin saber si quie­ro hacer algo pare­ci­do o si solo quie­ro que alguien me diga que no estoy tan mal. Pero sí estoy mal. Estoy can­sa­do. Estoy har­to. Estoy blo­quea­do. Estoy solo. Estoy escri­bien­do esto como si fue­ra una con­fe­sión, pero ni siquie­ra sé si lo voy a publi­car. No sé si quie­ro que lo lean o que lo igno­ren. No sé si quie­ro que me entien­dan o que me olvi­den. No sé si esto es una des­pe­di­da o solo otra noche más en la que no pue­do dor­mir y me pon­go a escri­bir para no pen­sar.

No sé.

Y mien­tras no sé, sigo escri­bien­do. Aun­que no sir­va. Aun­que no gus­te. Aun­que no impor­te. Aun­que no se entien­da. Aun­que no se lea. Aun­que no se que­de. Aun­que no se note. Aun­que no se sal­ve. Aun­que no se cure. Aun­que no se arre­gle. Aun­que no se cie­rre. Aun­que no se abra. Aun­que no sepa. (A la som­bra del ver­bo) (1995–2025)

LA BELLEZA DE LAS MUJERES

La belle­za de las muje­res no se mide, se sien­te. No se encie­rra en for­mas ni se atra­pa en pala­bras. Es un tem­blor que atra­vie­sa la mira­da, una luz que se posa en los ges­tos más sim­ples: en la for­ma en que reco­gen el cabe­llo, en el silen­cio que dejan al mar­char­se, en la risa que esta­lla sin per­mi­so.

Hay muje­res que cami­nan como si el mun­do las espe­ra­ra. Otras que se detie­nen y, sin saber­lo, hacen que todo gire a su alre­de­dor. Hay belle­za en sus manos, en sus voces, en sus dudas. En la piel que guar­da secre­tos, en los ojos que no temen mirar de fren­te, en las cica­tri­ces que no ocul­tan.

La belle­za de una mujer está en su for­ma de estar pre­sen­te, de resis­tir, de amar sin pedir per­mi­so. En la ter­nu­ra que ofre­ce sin con­di­cio­nes, en la fuer­za que sos­tie­ne sin alar­des. Es una belle­za que no bus­ca apro­ba­ción, que no se rin­de ante el espe­jo, que flo­re­ce inclu­so en la som­bra.

He vis­to muje­res que bri­llan sin saber­lo, que trans­for­man el aire con su paso, que hacen del mun­do un lugar más habi­ta­ble solo con exis­tir. Muje­res que no nece­si­tan ador­nos, por­que su esen­cia bas­ta. Muje­res que son poe­ma sin ver­so, músi­ca sin par­ti­tu­ra, fue­go sin ceni­za.

Y cuan­do una mujer se sabe bella, no por lo que le dicen, sino por lo que sien­te, enton­ces el uni­ver­so se orde­na. Por­que la belle­za de las muje­res no está en lo que mues­tran, sino en lo que des­pier­tan. (A la som­bra del ver­bo) (1995–2025)

WENCESLAO FERNÁNDEZ FLÓREZ

La vida de Fer­nán­dez Fló­rez fue una cons­tan­te para­do­ja.

Fue un des­ta­ca­do y aten­tí­si­mo cro­nis­ta par­la­men­ta­rio, suce­dió a Azo­rín en ABC, y un pio­ne­ro del cine en Espa­ña.

Era un dan­di con­ser­va­dor que, en sus obras, cues­tio­na­ba con iro­nía la mili­cia, la igle­sia, el caci­quis­mo, la patria.

Empe­zó a escri­bir, tras la muer­te de su padre, en perió­di­cos de peque­ña difu­sión a los quin­ce años unos artícu­los muy elo­gia­dos por la crí­ti­ca de enton­ces. A los die­cio­cho ya diri­gía un dia­rio, lo que mues­tra su deter­mi­na­ción y talen­to pre­coz. En este pun­to, hace muchos años, en un via­je que hice a Ferrol, «un ferro­lí­ti­co» ―díce­se del ferro­lano de pro que es capaz de sobre­vi­vir a los vai­ve­nes de la his­to­ria naval, indus­trial y polí­ti­ca de la ciu­dad― me con­tó que diri­gió duran­te año y medio el Dia­rio Ferro­lano, pero como legal­men­te no podía ejer­cer ese car­go sien­do menor de vein­ti­trés, fal­seó su fecha de naci­mien­to para poder asu­mir­lo. Este ges­to mues­tra tan­to su deter­mi­na­ción como su pre­coz talen­to perio­dís­ti­co.

Recha­zó las van­guar­dias lite­ra­rias, pre­fi­rien­do una narra­ti­va cla­ra, direc­ta y efi­caz, sin per­der pro­fun­di­dad ni fres­cu­ra.

Su obra está impreg­na­da de un humor que no bus­ca la risa fácil, sino que reve­la las con­tra­dic­cio­nes y absur­dos de la socie­dad. «La huma­ni­dad tra­ba­ja por horror al tra­ba­jo, por un afán tenaz y espe­ran­za­do de librar­se de él».

Su esti­lo se carac­te­ri­za por una iro­nía agu­da, que recuer­da a auto­res como Ana­to­le Fran­ce o inclu­so Char­les Dic­kens en su cor­dia­li­dad huma­na. En obras como Vol­vo­re­ta o El bos­que ani­ma­do, se per­ci­be una sen­si­bi­li­dad nos­tál­gi­ca hacia el mun­do rural galle­go, que con­tras­ta con su visión urba­na más des­en­can­ta­da. En 1913, pasó el verano en San Sal­va­dor de Cece­bre, y que­dó tan fas­ci­na­do por el entorno que vol­vió cada año has­ta el final de sus días. Allí se ins­pi­ró para escri­bir El bos­que ani­ma­do, y hoy su casa en la calle apea­de­ro 14 se ha con­ver­ti­do en museo y cen­tro de inter­pre­ta­ción.

Aun­que sea tirar­me pie­dras sobre mi pro­pio teja­do, le recuer­do una fra­se que soy inca­paz de olvi­dar por lo que a mí toca: «No debe leer­se nun­ca a un mal escri­tor, ni aun para des­de­ñar­lo. Siem­pre hay un gru­mo de ton­te­ría que se pega».

Álva­ro Cun­quei­ro, maes­tro de la narra­ti­va fan­tás­ti­ca y fun­di­dor de lo míti­co con lo coti­diano, habló elo­gio­sa­men­te de él. «Es humano, iró­ni­co, sen­ci­llo y cami­na con la nos­tal­gia a la espal­da. Nos vacu­na con­tra el puri­ta­nis­mo y el inte­lec­tua­lis­mo, y atien­de espe­cial­men­te a la crea­ción y desa­rro­llo de un espí­ri­tu libre, humano e ilu­sio­na­do. Pero nada ni nadie le libra­rá de su melan­co­lía, su escep­ti­cis­mo y su fan­ta­sía».

Lle­vó con serie­dad la eti­que­ta de humo­ris­ta, que le abrió las puer­tas de la Real Aca­de­mia Espa­ño­la. Se carac­te­ri­zó siem­pre por evi­tar el chis­te fácil: «El humo­ris­ta no es un clown», recor­da­ba con fre­cuen­cia. «El humo­ris­mo ha de ser la com­pren­sión, un poco bon­da­do­sa, del alma huma­na, con todo lo que hay en ella de dolor y de pla­cer, de vir­tud y de mali­cia». Cuan­do lla­ma al humo­ris­mo «la son­ri­sa de una des­ilu­sión», acier­ta ple­na­men­te. Su obra está impreg­na­da de un humor que no bus­ca la risa fácil, sino que reve­la las con­tra­dic­cio­nes y absur­dos de la socie­dad.

De este hom­bre hay muchí­si­mas anéc­do­tas. En su lon­ge­va vida acu­mu­ló una ingen­te can­ti­dad de ellas. La que voy a narrar no es nada nue­vo, pero que refle­ja su humor cáus­ti­co y áci­do, y que nun­ca se calló estu­vie­ra delan­te de él quien estu­vie­ra.

Detes­ta­ba cual­quier tipo de fes­te­jo o cele­bra­ción, pero había algu­nos irre­cha­za­bles.

En una oca­sión lo invi­ta­ron a una fies­ta de socie­dad y no tuvo más reme­dio que asis­tir. «Estos com­pro­mi­sos me hacen llo­rar de risa», sen­ten­cia­ba él.

La anfi­trio­na, a espal­das de Fló­rez, para atraer a los dudo­sos, les dijo que iba a asis­tir un cono­ci­dí­si­mo humo­ris­ta.

Nues­tro escri­tor se sen­tó en una silla que había en una de las esqui­nas de la sala con la inten­ción de pasar inad­ver­ti­do.

Las seño­ras, que esta­ban expec­tan­tes, a la par que decep­cio­na­das por su silen­cio, le espe­ta­ron a la cara varias veces que no se le nota­ba que era humo­ris­ta.

―¡Ven­ga, hom­bre! ¡Cuén­te­nos algo gra­cio­so!

Los des­co­no­ci­dos de la fies­ta lo cer­ca­ron y cla­va­ron los ojos en su ros­tro, aguar­dan­do que con un chis­te rom­pie­ra su silen­cio y su acti­tud dis­pli­cen­te. Con gran timi­dez, dijo que no, que de nin­gún modo y que rom­pie­ra el silen­cio otra per­so­na más dis­pues­ta a la bro­ma y al chis­te. 

―Es que en la fies­ta no hay más humo­ris­ta que usted, le res­pon­die­ron con enor­me ansie­dad.

Enton­ces Fer­nán­dez Fló­rez se puso en pie y diri­gién­do­se a la mujer «más beli­ge­ran­te» le espe­tó a la cara con los ner­vios muy bien tem­pla­dos:

―Seño­ra, ¿cuál es la pro­fe­sión de su mari­do?

―Ciru­jano, y con un pres­ti­gio inta­cha­ble.

―Envi­dia­ble pro­fe­sión, seño­ra. Pues que comien­ce él.

―Mi mari­do no tie­ne nin­gu­na gra­cia, ¡cás­pi­ta!

―Es que no le hace nin­gu­na fal­ta. ¿No es ciru­jano? Pues que le extir­pe el apén­di­ce a alguien que aún lo ten­ga, y des­pués yo haré lo que uste­des quie­ran. ¿Cómo es eso de que uste­des quie­ran que sea yo el úni­co que ejer­za aquí su pro­fe­sión? No. No. No. Que empie­ce otro, ¡rayos!

Fló­rez vol­vió a su silla con una gran solem­ni­dad. Nadie lo pudo con­ven­cer. Lo que sí con­si­guió es que lo deja­ran en paz. Genio y figu­ra has­ta la sepul­tu­ra. (A la som­bra del ver­bo) (1995–2025)

 

GRITÉ UNA NOCHE

Hoy el día se estre­lló. / La luna inun­da la ciu­dad. / Dur­mien­do oí tu voz. / Si es un sue­ño, miro, y tú no estás. (Gri­té una noche, Anto­nio Vega)

En el mes de agos­to de un año que no recuer­do, lo tenía todo pre­pa­ra­do para enviar este tex­to a un con­cur­so lite­ra­rio que había con­vo­ca­do una orga­ni­za­ción de pro­fun­das raí­ces galle­gas, pero… a últi­ma hora, caí en el pozo de la pré­di­ca de una per­so­na muy influ­yen­te para mí… y, daque­la, este tex­to pasó a dor­mir en la car­pe­ta de las frus­tra­cio­nes lite­ra­rias. Yo no lo vota­ría nun­ca por­que es lacri­mó­geno en exce­so. Las pala­bras de este árbi­tro y sen­ten­cia­dor visio­na­rio me hun­die­ron en la mise­ria lite­ra­ria por­que, en aque­lla épo­ca, hacía caso a todo con­se­jo, vinie­ra de don­de vinie­ra. Hoy, no. Lo he rehe­cho y, en recuer­do del dicho­so y afa­ma­do juez ―hoy, falle­ci­do― he aumen­ta­do su pul­so gimien­te y lacri­mo­so de un modo inten­cio­na­do dejan­do a Béc­quer en el ban­qui­llo de los suplen­tes.

GRITÉ UNA NOCHE

Hay noches que no callan. Noches que no duer­men, que se extien­den como nie­bla sobre la piel de la memo­ria, que nos hablan en voz baja y nos piden que escu­che­mos. Este tex­to nace de esa escu­cha. Hecho de silen­cios rotos, de pala­bras que bro­tan en la oscu­ri­dad, de sen­ti­mien­tos escri­tos cuan­do el mun­do pare­ce ausen­te.

Gali­cia es el telón de fon­do, pero tam­bién es pro­ta­go­nis­ta. Está pre­sen­te en cada letra, en cada ima­gen, en cada alien­to. Es la tie­rra que me vio nacer, que me for­mó jun­to con Madrid, que me ense­ñó a nom­brar el amor, el des­amor, la morri­ña, la espe­ran­za, la son­ri­sa, la heri­da y el con­sue­lo. Gali­cia es la pie­dra moja­da que me hace recor­dar, el mar que me mur­mu­ra en silen­cio, el mon­te que me obser­va y la len­gua que me hace latir.

Estoy hacien­do un can­to ínti­mo a mi tie­rra, pero tam­bién un diá­lo­go con ella sobre lo que sien­te, lo que ama, lo que pier­de, lo que bus­ca.

Es un mapa emo­cio­nal, un haz de luces y som­bras, un con­jun­to de pul­sos escri­tos sin reloj. En estas líneas hay ale­gría, dolor, con­tem­pla­ción y rabia. Sue­ño con estar al lado de una larei­ra o en un vagón de tren camino de Breo­gán, pero no en medio de esta noche insom­ne. Escri­bo sin más­ca­ra, sin arti­fi­cio, sin mie­do a mos­trar lo que due­le y lo que sal­va y a gol­pe de san­gre.

El amor, el des­amor y sus abis­mos. La morri­ña como hilo que une tiem­pos y per­so­nas, como bru­ma que no se disuel­ve. Sue­ño sin dor­mir con encuen­tros, des­pe­di­das, cuer­pos que se bus­can y almas que se pier­den. Hay ver­sos que quie­ren ser bál­sa­mo, otros que son heri­da abier­ta. Pero lo ten­go cla­ro: «quie­ro dor­mir con­ti­go, Gali­cia».

Escri­bo de noche como lugar don­de todo se inten­si­fi­ca. En la noche escri­bo, escu­cho el lati­do de la casa que ya no exis­te, el rumor del vien­to que me habla y pal­po el silen­cio de quie­nes ya no duer­men. En la noche sien­to que pue­do ser más yo, que pue­do abrir­me sin temor, y que pue­do gri­tar sin que nadie me calle.

En defi­ni­ti­va, esta narra­ción es un acto de resis­ten­cia emo­cio­nal, una for­ma de decir que la belle­za exis­te, que el dolor pue­de ser nom­bra­do, que la pala­bra pue­de sal­var. Si te he toca­do en algo, si estas líneas te recuer­dan a algo, si algu­na pala­bra te devuel­ve una emo­ción olvi­da­da, enton­ces este tex­to habrá cum­pli­do su des­tino.

Gra­cias por lle­gar has­ta aquí. Gra­cias por cami­nar con­mi­go entre som­bras y luces, con la ayu­da de este faro, soy una mano ten­di­da, y gra­cias por la noche que nos une. (A la som­bra del ver­bo) (1995–2025)

 

 

 

 

YO ESCRIBO, TÚ NO ME LEES Y ASÍ NOS ENTENDEMOS (O NADA ME ENAMORA MÁS QUE LA TECLA DE ELIMINAR)

Per­dón por la «bre­ve­dad» de este tex­to. Lo col­ga­ré en mi blog, ese que está auto­fi­nan­cia­do por mi fe en el fra­ca­so y que no lees nun­ca. Allí te espe­ra en minu­tos.

Tú, que no me lees, sabes muy bien lo que te quie­ro comen­tar. Comien­zo los tex­tos como este con el tiem­po dedi­ca­do a su crea­ción. Comen­cé el 31 de febre­ro a las 26 horas de la maña­na y ter­mi­né el 32 de sep­tiem­bre a las 15 horas de la madru­ga­da. Si lo has cal­cu­la­do, te habrás dado cuen­ta de la can­ti­dad de días que le he dedi­ca­do a la bús­que­da de infor­ma­ción y a la con­sul­ta de libros y dic­cio­na­rios. Hoy, 13 de octu­bre, des­de las 5 de la maña­na lo he corre­gi­do doce veces. Nada. Una menu­cia, una frus­le­ría, una nimie­dad.

El 30 de febre­ro pasa­do reci­bí un correo elec­tró­ni­co de un segui­dor mío que no ha leí­do nada escri­to por mí, ni una coma, ni un títu­lo, ni siquie­ra la con­tra­por­ta­da de los libros que no he escri­to.

Lo releo: afir­mo, con segu­ri­dad ple­na, que me gus­ta mucho ―me apa­sio­na― tu esti­lo, el bovi­nis­mo lite­ra­rio, y te rue­go que escri­bas un tex­to sobre tu inexis­ten­te vida lite­ra­ria. Para no leer­lo. Para saber de ti y así no con­ta­mi­nar­me con tu pro­sa.

Me lo pidió con entu­sias­mo, como quien encar­ga una pae­lla sin arroz. Y yo, que soy obe­dien­te en lo absur­do, aquí estoy: escri­bien­do para quien no quie­re leer­me, pero que desea saber­lo todo de mi escri­tu­ra. Es el nue­vo para­dig­ma del lec­tor moderno: no lee, pero opi­na. No cono­ce, pero admi­ra. No se acer­ca, pero exi­ge cer­ca­nía. Y yo, encan­ta­do.

Para ello, me he des­pla­za­do a las cua­tro de la maña­na a un bar de la Gran Vía con mi orde­na­dor de escri­to­rio. Sen­ta­do a una mesa muy pró­xi­ma a la puer­ta, para que no me moles­te el tra­sie­go que con­lle­va entrar y salir de con­ti­nuo, me encuen­tro toman­do un gra­to desa­yuno —café con leche, tos­ta­da con acei­te, zumo de naran­ja y con la espe­ran­za «frai­lu­sia­na» ―deseó toda su vida un encuen­tro mís­ti­co― de que hoy alguien me lea. Será difí­cil supe­rar las cero visi­tas de ayer, pien­so orgu­llo­so. De pron­to, noto que un gru­po de turis­tas me obser­va, me escru­ta, me exa­mi­na. como si fue­ra una atrac­ción local, como si el acto de escri­bir en públi­co fue­ra una dan­za ances­tral.

Uno de ellos, valien­te y anglo­par­lan­te, se me acer­ca y me pre­gun­ta en inglés que qué estoy hacien­do. Como no ten­go ni idea de inglés, le res­pon­do con dig­ni­dad: «Escri­bien­do. ¿Quie­re par­ti­ci­par?», le digo en espa­ñol, con tono de ter­tu­lia de tas­ca. Me res­pon­de: «Yo no hablo espa­ñol». Y así, sin más, la con­ver­sa­ción alcan­zó la cima de lo absur­do. Dos seres huma­nos, fren­te a fren­te, uni­dos por la incom­pren­sión y el turis­mo, cele­bran­do el fra­ca­so comu­ni­ca­ti­vo como quien brin­da por la paz mun­dial.

Y hablan­do de fra­ca­sos, mi carre­ra lite­ra­ria —si se le pue­de lla­mar carre­ra a una inter­mi­na­ble suce­sión de tro­pe­zo­nes con la mis­ma pie­dra— comen­zó con una haza­ña dig­na de los ana­les del heroís­mo domés­ti­co.

Allá por el 95, cuan­do aún se usa­ban dis­que­tes y la auto­es­ti­ma se medía en pese­tas, un inol­vi­da­ble día regre­sé con pre­ci­pi­ta­ción del cole­gio por­que había reci­bi­do una lla­ma­da anun­cián­do­me el envío de los 500 ejem­pla­res de mi pri­mer libro. Una edi­ción auto­fi­nan­cia­da, cla­ro, por­que los mece­nas de los fra­ca­sa­dos esta­ban ocu­pa­dos finan­cian­do cosas más urgen­tes, como el últi­mo dis­co de Came­la o el nue­vo y penúl­ti­mo ado­qui­na­do de la pla­za mayor.

Ven­dí 76 ejem­pla­res. Seten­ta y seis. Un núme­ro que, en tér­mi­nos lite­ra­rios, equi­va­le a «casi nada, pero con entu­sias­mo».

El res­to —424 libros, para los que no son de letras— empren­die­ron un via­je épi­co por los buzo­nes y estan­te­rías de fami­lia­res, ami­gos, escri­to­res, can­tan­tes, alcal­des, con­ce­ja­les de cul­tu­ra, comen­ta­ris­tas de tele­vi­sión y radio, y algún que otro repar­ti­dor que tuvo la des­gra­cia de cru­zar­se con­mi­go en un semá­fo­ro. Si alguien los leyó, jamás lo con­fe­só. Si alguien los usó para cal­zar una mesa, tam­po­co. De esos 424 ejem­pla­res «rega­la­dos», sólo me con­tes­tó un 10%. El res­to se esfu­mó en el silen­cio, como si el libro hubie­ra sido una caja de pol­vo­ro­nes en agos­to.

Lue­go vinie­ron los con­cur­sos lite­ra­rios. ¡Ah, los con­cur­sos! Esa noble ins­ti­tu­ción don­de uno envía su alma en for­ma­to Word y reci­be, si tie­ne suer­te, un silen­cio edu­ca­do. Par­ti­ci­pé en muchos. Tan­tos que podría mon­tar un museo de bases lega­les y pla­zos de entre­ga. Y en todos, sin excep­ción, me devol­vie­ron «nada». Ni pre­mio, ni accé­sit, ni men­ción, ni «gra­cias por par­ti­ci­par», ni un sim­pá­ti­co «gra­cias». Nada. Un desas­tre tan per­fec­to que debe­ría estu­diar­se en las facul­ta­des de esta­dís­ti­ca.

Y lo más dolo­ro­so —como una vacu­na sin anes­te­sia— fue des­cu­brir que entre los que no con­tes­ta­ron esta­ban fami­lia­res, ami­gos y demás fau­na cer­ca­na. Gen­te que uno creía capaz de leer al menos la dedi­ca­to­ria. Pero no. El silen­cio fue tan rotun­do que pare­cía coreo­gra­fia­do para un Got Talent. Como si todos se hubie­ran pues­to de acuer­do en igno­rar mi obra con ele­gan­cia «ris­tia­na».

Pero no todo fue en vano.

En la últi­ma lim­pie­za de mi orde­na­dor —ese ritual que uno rea­li­za cuan­do quie­re fin­gir que tie­ne el con­trol de su vida lite­ra­ria— deci­dí liqui­dar muchos tex­tos y libros. Muchos. Me apa­sio­na escri­bir duran­te horas y horas para lue­go borrar­lo todo, como quien coci­na un exqui­si­to ban­que­te para ali­men­tar al voraz cubo de basu­ra. Borré un sin­fín de tex­tos con la solem­ni­dad de quien lan­za al mar una bote­lla con men­sa­je, sabien­do que el mar está cerra­do por refor­mas.

Hoy me arre­pien­to. Me arre­pien­to muchí­si­mo. No por los tex­tos, que eran medio­cres con dig­ni­dad, sino por el ges­to. Por­que borrar es admi­tir que uno cre­yó, aun­que fue­ra por un segun­do, que aque­llo no valía la pena.

Y sin embar­go, aquí estoy. Como he dicho antes, sin pre­mios, sin accé­sits, sin libros en libre­rías, pero con una his­to­ria que ni Cer­van­tes en su eta­pa de cobra­dor de impues­tos. Por­que hay algo pro­fun­da­men­te heroi­co en fra­ca­sar con esti­lo. En rega­lar libros como quien repar­te estam­pi­tas de san­tos. En escri­bir sabien­do que el úni­co lec­tor será el anti­vi­rus ―no ten­go― del orde­na­dor.

Por eso sigo escri­bien­do. Por­que sé que tú no me lees. Y pre­ci­sa­men­te por eso, sé que te gus­ta­rá este tex­to. Te lo dedi­co a ti, lec­tor que no me lees. Antes de que otro impul­so des­truc­ti­vo man­de todo al río Gan­ges y se con­vier­ta en una vaca para que me ado­re todo el mun­do que nun­ca me ha leí­do.

Y el gru­po de turis­tas se mar­chó. El más locuaz, que no tenía idea de espa­ñol, me dijo: «Siga escri­bien­do, es lo mejor que pue­de hacer en este mun­do que ven­de mil can­zon­ci­llos en un día y nin­gún libro».

Aho­ra me des­pi­do, como corres­pon­de a alguien de mi estir­pe con una con­fe­sión de mi carác­ter:

Des­truc­ti­vo, como quien rom­pe el espe­jo por si aca­so refle­ja algo que le gus­ta.

Pusi­lá­ni­me, como quien pide per­dón por exis­tir en voz baja.

Aso­cial, como quien se escon­de en el baño cuan­do sue­na el tim­bre.

Ver­gon­zo­so, como quien se rubo­ri­za al enviar un correo sin fal­tas de orto­gra­fía.

Inse­gu­ro, como quien duda si poner pun­to final o pun­tos sus­pen­si­vos.
Y nece­si­ta­do de apo­yo, como quien deja el libro en la mesa espe­ran­do que alguien lo abra por acci­den­te.

Gra­cias por no leer­me. Me has sal­va­do de la fama, del éxi­to y de tener que son­reír en las fotos.

Segui­ré «recun­can­do». Aun­que sea en silen­cio. Aun­que sea en bata. Aun­que sea como vaca sagra­da en el Gan­ges.

Ter­mino resu­mien­do mi vida lite­ra­ria con un afo­ris­mo per­so­nal: No pre­mia­do, no leí­do, no devuel­to: éxi­to rotun­do. (A la som­bra del ver­bo) (1995–2025) (Madrid, 33 de abril de 1983, San Fra­ca­sín, patrono de los escri­to­res que no escri­ben y nadie los lee)

EL ZURDO QUE ESCRIBE CON LA ZURDA (JA)

Soy zur­do. No por moda, ni por rebel­día esté­ti­ca. Lo soy des­de que aga­rré el lápiz como quien empu­ña una espa­da con­tra el mun­do. Y des­de enton­ces, cada vez que escri­bo, el mobi­lia­rio esco­lar me recuer­da que no fui invi­ta­do a esta fies­ta. Allá en mi infan­cia, cuan­do se me caía el bolí­gra­fo, por­que se empe­ña­ban en que escri­bie­ra con la dies­tra, por allí pasa­ba la «dies­tra» de don Venan­cio y me deja­ba muy cla­ri­to con una tier­na colle­ja, como decía él, cuál era la correc­ta mano eje­cu­tan­te. Bueno. Corra­mos un tupi­do velo.

Si te cuen­to las difi­cul­ta­des de mi eta­pa uni­ver­si­ta­ria, no ter­mino esta entra­da. Las aulas mag­nas, las mesas corri­das de la facul­tad, don­de nos sen­tá­ba­mos quin­ce en un espa­cio de ocho o diez. Pues eso. Los table­ros de esas mesas sólo acep­ta­ban el papel en posi­ción hori­zon­tal y para dies­tros. Y ter­mino con las sillas con bra­zo. ¿Quién fue el mal­di­to que las inven­tó? ¿Quién fue el encar­ga­do de mate­rial de los cen­tros edu­ca­ti­vos que las com­pró? Y así tomar apun­tes a la velo­ci­dad del «Pen­sa­mien­to Impa­cien­te», una inven­ción galle­go-uni­ver­sal que via­ja­ba más veloz que la lógi­ca, más fugaz que la ver­güen­za, y más errá­ti­co que Way­ne Roo­ney, que sobrio falló unos cuan­tos penal­tis.

Lle­gué, como pro­fe­sor, a un cen­tro don­de el cuer­po docen­te era dies­tro. Las mesas del ense­ñan­te para dies­tros eran mi cam­po de bata­lla. Me sen­ta­ba, inten­ta­ba aco­mo­dar el codo izquier­do… y nada. El bor­de me lo escu­pía. El apo­yo esta­ba del otro lado, reser­va­do para los ele­gi­dos del sis­te­ma edu­ca­ti­vo. Mi bra­zo col­ga­ba como jamón en seca­do, mien­tras inten­ta­ba escri­bir en dia­go­nal, esqui­van­do el espi­ral del cua­derno que me ras­pa­ba la muñe­ca como si fue­ra un cas­ti­go medie­val. Enton­ces, la mesa me mira­ba con des­pre­cio. Como tenía ese apo­yo late­ral dise­ña­do para el codo dere­cho, cada vez que me sen­ta­ba, me decía: «Aquí no se admi­ten zur­dos, gra­cias». El codo insis­tía y bus­ca­ba apo­yo y encon­tra­ba vacío. Era como escri­bir en la cor­ni­sa de un acan­ti­la­do.

Pero lo peor no era la mesa. Lo peor eran la piza­rra y el orde­na­dor.

¡Ah, la piza­rra! Ese muro de la ver­güen­za. Mira­ba la ora­ción que tenía que ana­li­zar sin­tác­ti­ca­men­te y mi mano izquier­da no sabía qué pos­tu­ra adop­tar: la de un cara­col, la de una ber­za o la de un per­ce­be. Tenía que escri­bir delan­te de todos y ahí iba, des­de la mesa del pro­fe­sor a la piza­rra, sin tener cla­ro el mode­lo que seguir. Con mi mano izquier­da alza­da como si fue­ra a invo­car a Rosa­lía de Cas­tro rega­tea­ba los ner­vios y escri­bía con una tiza per­pen­di­cu­lar a la piza­rra, con el pul­so del relo­je­ro de la Puer­ta del sol, una ora­ción per­fec­ta­men­te ali­nea­da… pero borra­da. ¡Mila­gro! Como escri­bía con la zur­da, mi pro­pia mano tapa­ba y borra­ba lo que aca­ba­ba de escri­bir. Cada pala­bra que escri­bía des­apa­re­cía bajo mi ante­bra­zo como si fue­ra un tru­co de magia. Los alum­nos me mira­ban raro y se reían. Yo inten­ta­ba incli­nar­me, girar el cuer­po, escri­bir en zig­zag… y aca­ba­ba pare­cien­do un con­tor­sio­nis­ta con tiza.

Y no era solo incó­mo­do. Era humi­llan­te. Por­que mien­tras los dies­tros escri­bían con flui­dez y ele­gan­cia, yo pare­cía que esta­ba peleán­do­me con el ence­ra­do. Kaf­ka me enten­de­ría. Él tam­bién era zur­do. Y si sus tex­tos eran oscu­ros, no era solo por la buro­cra­cia… era fru­to de su mano «sinies­tra».

Por­que si escri­bir en una mesa para dies­tros es incó­mo­do y en la piza­rra es humi­llan­te, usar un orde­na­dor es direc­ta­men­te una prue­ba de fe.

¿Quién deci­dió que el ratón va a la dere­cha? ¿Quién pen­só que el tecla­do numé­ri­co debe estar a la dere­cha? ¿Por qué el blo­queo de las mayús­cu­las está a la izquier­da? Digre­sión: ¿Por qué no hay fun­das con tapa para smartpho­nes que se abran hacia la dere­cha? Per­dón.

Yo inten­to tra­ba­jar, lo juro. Pero cada vez que mue­vo el ratón con la izquier­da, el cur­sor se va de Eras­mus. Y si lo dejo a la dere­cha, ten­go que cru­zar el bra­zo como si estu­vie­ra tocan­do la gai­ta con una sola mano. El tecla­do, por su par­te, me odia. Las teclas de fun­ción están lejos, el enter me que­da en Mos­cú, y el shift dere­cho está en el Camino de San­tia­go.

Y no hable­mos ya de la pan­ta­lla digi­tal del orde­na­dor cuan­do la pan­de­mia. Y el bolí­gra­fo digi­tal. Una tor­tu­ra infor­má­ti­ca. Tenía que escri­bir con la mano ver­ti­cal y sin tocar la pan­ta­lla por­que, si la apo­ya­ba, borra­ba todo o se acti­va­ban mil opcio­nes que te ofre­cía el orde­na­dor o la table­ta. Y sin pan­de­mia, coño. Ese inven­to moderno que, en teo­ría, iba a libe­rar­nos… en mi caso solo sir­ve para que mi mano tape la pan­ta­lla mien­tras escri­bo como un pose­so. Aho­ra, aca­bo con la muñe­ca ten­sio­na­da, la pan­ta­lla man­cha­da, y un tex­to que pare­ce una empa­na­da de pul­po mal cor­ta­da.

Y pen­sa­rás, pues orga­ni­za, que se pue­de, el ratón para zur­dos. Pero a mi edad, y des­pués de tan­tos años con el ratón dies­tro, eso me supon­dría otro arduo apren­di­za­je.

Aquí sigo. Jubi­la­do, zur­do, tes­ta­ru­do, y con el ratón en la izquier­da. Por­que cada clic, cada línea escri­ta, cada ata­jo de tecla­do mal eje­cu­ta­do… es un acto de resis­ten­cia, una fábri­ca de exabrup­tos, una decla­ra­ción de prin­ci­pios y una oda al caos crea­ti­vo. Menos mal que estoy ter­mi­nan­do esta entra­da, sino aca­ba­ría con el dic­cio­na­rio secre­to de Cela.

Y no hable­mos si se te ocu­rre escri­bir con plu­ma esti­lo­grá­fi­ca o con un bolí­gra­fo que deja un poqui­to de tin­ta. Ter­mi­nas el día con la par­te que une la pal­ma y el dor­so de la mano impreg­na­da toda ella de tin­ta. Sólo tie­nes dos opcio­nes: mil via­jes al lava­bo o ser el por­ta­dor de un aspec­to sucio que ha meti­do la mano no sabe dón­de.

Menos mal que ya no me ven ni los alum­nos ni los com­pa­ñe­ros con el codo en el aire, la muñe­ca ras­pa­da, y la espal­da tor­ci­da. Por­que escri­bir con la izquier­da en un mun­do dies­tro no es solo incó­mo­do, es poé­ti­co. Es como can­tar en galle­go en medio de una reu­nión de anglo­par­lan­tes. Como escri­bir con la mano equi­vo­ca­da… y hacer­lo con orgu­llo. A la som­bra del ver­bo) (1995–2025)

EL CAMPEONATO DE ZURRAPAS

(Esta narra­ción es abso­lu­ta­men­te ver­da­de­ra. Tie­ne tin­tes lite­ra­rios, ¡cómo es nor­mal!, pero el fon­do ocu­rrió hace ya unos cuan­tos años).

Jor­ge y yo, Camay, tenía­mos ocho años y una cla­ra obse­sión, en un prin­ci­pio secre­ta: las zurra­pas.

No eran man­chas de plas­ti­li­na, muy uti­li­za­da en otras artes, ni mer­me­la­da de La Tejea, exqui­si­ta con­fi­tu­ra al esti­lo de la abue­la, ni res­tos de coci­na sus­traí­dos con habi­li­dad enco­mia­ble.

Eran man­chas de excre­men­to adhe­ri­das al cal­zon­ci­llo. Ya éra­mos inde­pen­dien­tes en la lim­pie­za anal, pero en oca­sio­nes ocu­rrían peque­ñas des­gra­cias en for­ma de peque­ñas, pal­pa­bles, trai­cio­ne­ras, a veces redon­das, a veces alar­ga­das, siem­pre ines­pe­ra­das, man­chas de color cho­co­la­te.

Y noso­tros, cuan­do nos acos­tá­ba­mos, dor­mía­mos en la mis­ma habi­ta­ción, en nues­tra infi­ni­ta sabi­du­ría e ino­cen­cia infan­ti­les, colo­cá­ba­mos los cal­zon­ci­llos todas las noches en la made­ra que for­ma­ba el pie de la cama para que nues­tras madres los vie­ran y así hacer un pre­la­va­do de carác­ter pri­va­do.

Una noche, Car­los, el mayor, que ya había entra­do en los vein­te, vio los cal­zon­ci­llos y las suso­di­chas man­chas. Las obser­vó con dete­ni­mien­to y dedu­jo que podían ser cla­si­fi­ca­das, com­pa­ra­das, inclu­so pre­mia­das. Nos retó a ver quién ofre­cía al juez de la Audien­cia Pere­gri­na, al día siguien­te, el mejor palo­mino.

―Cada uno de voso­tros colo­ca­rá maña­na sus cal­zon­ci­llos en el mis­mo sitio que hoy, y yo, con una lupa de colec­cio­nis­ta numis­má­ti­co y una cin­ta métri­ca de sas­tre, ana­li­za­ré con todo deta­lle vues­tras res­pec­ti­vas zurra­pas, dijo con voz seria y rigu­ro­sa de ujier asis­ten­te del juez, des­pués de colo­car­se en la cabe­za a modo de birre­te unos cal­zon­ci­llos lim­pios. 

A con­ti­nua­ción, seña­ló con suma cla­ri­dad las bases del con­cur­so: no vale man­char­se a pro­pó­si­to, no vale ir a la cua­dra de los Perei­ro, no se acep­tan zurra­pas de días ante­rio­res, y la exhi­bi­ción debe hacer­se con dis­cre­ción des­pués de cenar, en esta habi­ta­ción y a la mis­ma hora que hoy.

Mi pri­mo Jor­ge y yo, igua­les casi en edad, pero con dis­tin­tos esti­los a la hora de defe­car, o «hacer de cuer­po», como decía el elec­tri­cis­ta que venía a casa a arre­glar algún des­per­fec­to del pleis­to­ceno eléc­tri­co que ilu­mi­na­ba nues­tra fin­ca, pasa­mos con una nor­ma­li­dad aplas­tan­te el día uno del cam­peo­na­to. Éra­mos vigi­la­dos por Car­los en los momen­tos cru­cia­les del día como si for­ma­ra par­te de una cade­na de jue­ces del cam­peo­na­to olím­pi­co de mar­cha de cin­cuen­ta kiló­me­tros.  

Y lle­gó la hora del «jui­cio». Los mayo­res se sor­pren­die­ron de que Jor­ge y yo qui­sié­ra­mos acos­tar­nos tan pron­to, pero es que el cora­zón se nos des­bo­ca­ba por los ner­vios. La sor­pre­sa fue mayor cuan­do vie­ron que Car­los, el pri­mo mayor, no esta­ba sen­ta­do en el exte­rior de la casa fumán­do­se un ciga­rro.

Nos meti­mos en la cama a la velo­ci­dad del rayo, como un tren que entra en la esta­ción sin fre­nos ni pro­to­co­lo. Tapa­dos has­ta la nariz por­que el frío húme­do se apo­de­ró de noso­tros ense­gui­da, mirá­ba­mos con­ti­nua­men­te el reloj y echá­ba­mos pes­tes de una tar­dan­za pro­vo­ca­da con toda cal­cu­la­da inten­ción.

La esca­le­ra de made­ra cru­jió repen­ti­na­men­te, prue­ba laten­te de que alguien subía. Car­los aso­mó la cabe­za y sol­tó una sono­ra car­ca­ja­da al ver­nos tapa­dos como si fué­ra­mos dos boca­di­llos de car­ne y sába­na.

Se colo­có a la altu­ra de los pies de las camas mar­can­do una impar­cia­li­dad que yo ponía en duda. Es su her­mano peque­ño, nari­ces. Algo tie­ne que pesar, barrun­ta­ba yo.

Car­los comen­zó con ges­to muy serio el rigu­ro­so examen de las zurra­pas, como quien eva­lúa obras de arte.

―Esta tie­ne bue­na for­ma, pero poco color. Esta otra, coño, pare­ce la fir­ma de Picas­so. Vol­vien­do a la pri­me­ra, obser­vo que tie­ne tex­tu­ra de yogur de cho­co­la­te, pero la segun­da no se difu­mi­na en nin­gún momen­to, mues­tra un per­fil grue­so y con­ti­nua­do.  

Noso­tros aguan­tá­ba­mos una risa ner­vio­sa, una puden­da ver­güen­za y un mal enten­di­do orgu­llo.

―Me ponéis en un ver­da­de­ro dile­ma. Las dos coin­ci­den en que son artís­ti­cas. La valo­ra­ción de una vie­ne de la for­ma, mien­tras que la otra es bru­tal.

Car­los, como si estu­vie­ra jugan­do al stop con dos colum­nas sola­men­te, ano­ta­ba en su cua­derno con cali­fi­ca­ción numé­ri­ca, las dife­ren­tes carac­te­rís­ti­cas de las zurra­pas: esté­ti­ca, cali­dad de la fra­gan­cia, ori­gi­na­li­dad, con­den­sa­ción, per­sis­ten­cia…

Lue­go supi­mos que el gali­ma­tías de núme­ros que tenía en su cua­derno había sido un pari­pé muy estu­dia­do duran­te el día.

Car­los fue a bus­car a nues­tra tía abue­la para hicie­ra de Magis­tra­da Ponen­te de la sen­ten­cia del juez. Todo for­ma­lis­mo. No podía caer en el olvi­do y debe­ría for­mar par­te de los ana­les de la fin­ca. Cuca se negó con un rotun­do:

―¡¡¡Estáis enfer­mos!!!

La final fue legen­da­ria.

Car­los tras­lu­ció sus elu­cu­bra­cio­nes. Afir­mó que esta­ba todo muy igua­la­do.

―Yo me decan­ta­ba por la fir­ma de Picas­so. Soy un artis­ta y valo­ro la difi­cul­tad de dicho per­fil. Pero el otro, for­ma­tea­do invo­lun­ta­ria­men­te, tie­ne la for­ma de Gali­cia, nues­tra tie­rra. 

―Des­pués de este silen­cio nece­sa­rio para poder lo más obje­ti­vo posi­ble, he deci­di­do ya la sen­ten­cia.

El pri­mo mayor se que­dó calla­do y pen­sa­ti­vo unos segun­dos para crear un ambien­te pro­pio de un arbi­tro ana­li­zan­do una juga­da con el VAR en una final euro­pea. De pron­to, nos sor­pren­dió con la deci­sión:

―¡¡¡Empa­te!!! Pero el ver­da­de­ro gana­dor es el intes­tino de cada uno de voso­tros.

Los tres aplau­di­mos calu­ro­sa­men­te, pero sin saber muy bien qué sig­ni­fi­ca­ba lo que había dicho.

Y aquí estoy yo, muchos años des­pués, narran­do el pri­mer com­ba­te de zurra­pas lleno de ver­güen­za y nos­tal­gia. De nos­tal­gia, se pue­de enten­der; pero de ver­güen­za, no. Era una autén­ti­ca gua­rra­da. ¿Jus­ti­fi­ca­ción? Era nues­tra infan­cia, nues­tra com­pli­ci­dad, y el poder de con­ver­tir lo más bajo en lo más alto. Aun­que fue­ra solo por un verano.

Los mayo­res fue­ron reci­bien­do noti­cias del «cam­peo­na­to» con una cara de alu­ci­nan­te sor­pre­sa.

Lo pri­me­ro que escu­chó Car­los cuan­do se sen­tó con los mayo­res ―noso­tros está­ba­mos acos­ta­dos― fue un man­da­to de cor­te mili­tar:

―¡¡¡Coge esos cal­zon­ci­llos!!! ¿¿¿Lo has hecho??? Levan­ta de la cama a tu pri­mo y a tu her­mano e inme­dia­ta­men­te los tres laváis los cal­zon­ci­llos en el pilón. ¡¡¡Ya es tar­de!!!

Y cuan­do nues­tros padres fue­ron infor­ma­dos de los deta­lles del cam­peo­na­to, no fal­ta­ron las sen­ten­cias:

—¡¡¡Eso no son jue­gos, eso es una inmun­di­cia ele­va­da a cate­go­ría!!!

―¡¡¡Habéis deni­gra­do a los jue­ces!!!

―¡¡¡La mier­da no com­pi­te, se lim­pia!!!

―¡¡¡Niños!!! ¡¡¡A ver si os entra en la cabe­za que la higie­ne no es opcio­nal!!!

—¡¡¡Más vale culo lim­pio que meda­lla de zurra­pa!!!

—¡¡¡Esto no pue­de salir de aquí!!! ¡¡¡Nadie se pue­de ente­rar de esta gua­rra­da!!!

Mien­tras Car­los, Jor­ge y yo fro­tá­ba­mos con ener­gía las zurra­pas de los cal­zon­ci­llos, oímos una cade­na de car­ca­ja­das, que fue­ron in cres­cen­do has­ta alcan­zar los pará­me­tros de un rui­do­so recreo de ado­les­cen­tes.

Cuan­do está­ba­mos comien­do al día siguien­te una riquí­si­ma tor­ti­lla de pata­tas, nos ser­mo­nea­ron con­tun­den­te­men­te los mayo­res. Des­pués de unas mira­das cóm­pli­ces, nega­ron ter­mi­nan­te­men­te la explo­sión de car­ca­ja­das que se escu­chó la noche ante­rior tras el cam­peo­na­to. Jor­ge y yo, miran­do al pla­to, fin­gi­mos un sin­ce­ro arre­pen­ti­mien­to, pero sabía­mos que, en el fon­do, aun­que no lo dije­ran, admi­ra­ban nues­tra capa­ci­dad de con­ver­tir lo innom­bra­ble en un ritual fes­ti­vo. (A la som­bra del ver­bo) (1995–2025)

PESADILLA

No sé si fue sue­ño o inva­sión. Lo cier­to es que apa­re­ció sin pre­vio avi­so, sin lógi­ca, sin car­ne. Una mujer que no exis­te, que no ha exis­ti­do jamás, pero que se pre­sen­tó con la auto­ri­dad de lo inevi­ta­ble. No tenía ros­tro, pero sí mira­da. No tenía voz, pero sí pre­sen­cia. No tenía his­to­ria, pero pare­cía cono­cer la mía mejor que yo.

La habi­ta­ción esta­ba en silen­cio, como si el mun­do hubie­se hecho una pau­sa para que ella pudie­ra entrar. No cami­nó. No flo­tó. Sim­ple­men­te esta­ba allí, al pie de la cama, como si siem­pre hubie­se esta­do espe­ran­do ese momen­to. Su silue­ta era borro­sa, como si la memo­ria la estu­vie­ra inven­tan­do en tiem­po real. Ves­tía algo pare­ci­do a un ves­ti­do anti­guo, de enca­je gas­ta­do, pero sin tex­tu­ra ni peso. Era más una idea de ves­ti­do que un ves­ti­do en sí.

Inten­té mover­me, hablar, encen­der la luz. Nada. El cuer­po, trai­dor, se había ren­di­do. Solo los ojos, abier­tos en la oscu­ri­dad, eran tes­ti­gos de su apa­ri­ción. Ella no hizo nada. No dijo nada. Pero su sola pre­sen­cia era una acu­sa­ción. Como si vinie­ra a recor­dar­me algo que había olvi­da­do, o peor aún, algo que había que­ri­do olvi­dar.

Me mira­ba —o eso creía yo— con una mez­cla de ter­nu­ra y con­de­na. Como si fue­ra madre, aman­te y fan­tas­ma a la vez. Como si su exis­ten­cia depen­die­ra de mi cul­pa, de mi deseo, de mi mie­do. Y enton­ces lo enten­dí: no era ella quien me visi­ta­ba, era yo quien la había con­vo­ca­do. En algún rin­cón del alma, en algu­na grie­ta del pasa­do, la había crea­do. La había ali­men­ta­do con silen­cios, con ausen­cias, con nom­bres que nun­ca pro­nun­cié.

La pesa­di­lla no fue terro­rí­fi­ca en el sen­ti­do clá­si­co. No hubo gri­tos, ni per­se­cu­cio­nes, ni san­gre. Fue peor. Fue ínti­ma. Fue como abrir una car­ta que uno mis­mo escri­bió y olvi­dó enviar. Como escu­char una can­ción que no recuer­da haber com­pues­to, pero que habla de uno con una pre­ci­sión inso­por­ta­ble.

Cuan­do des­per­té, la habi­ta­ción esta­ba intac­ta. La luz entra­ba por la ren­di­ja de la per­sia­na. El reloj mar­ca­ba una hora absur­da. Todo pare­cía nor­mal. Pero yo no lo era. Algo había cam­bia­do. No sé si fue ella, o lo que repre­sen­ta­ba. No sé si fue el sue­ño, o el espe­jo que me puso delan­te. Solo sé que, des­de enton­ces, cada vez que cie­rro los ojos, temo que vuel­va. No por lo que pue­da hacer­me, sino por lo que pue­da recor­dar­me. (A la som­bra del ver­bo) (1995–2025)

RECUNCAR

Hay ver­bos que no se tra­du­cen, que no se pue­den tra­du­cir. No por­que no ten­gan equi­va­len­te, sino por­que lle­van den­tro una for­ma de estar en el mun­do. Recun­car es uno de ellos. Es un ver­bo galle­go, sí, pero tam­bién es ver­bo de alma, de memo­ria, de ritual.

Es un ver­bo que lo lle­va­ba per­si­guien­do mucho tiem­po. Mucho. Pero siem­pre esta­ba regis­tra­do. Has­ta que hace unas sema­nas lo vi libre y con el domi­nio que yo que­ría. Y me lan­cé a por él. Le di una emo­ti­va pata­da a paso­re­ser­va­do y di el sal­to a recuncar.com.

Si tú toda­vía me sopor­tas, lee­rías una entra­da en la que me inven­ta­ba una dis­cu­sión de taber­na entre unos ami­gos que deci­día­mos que el nom­bre del blog fue­ra recuncar.com. Fue una esce­na sim­pá­ti­ca en un bar que exis­te real­men­te en Com­pos­te­la y que conoz­co muy bien por­que en él recun­qué muchas veces.

Cuan­do deci­dí via­jar a recuncar.com, lo hice con ese ver­bo como ban­de­ra. Por­que recun­car no es repe­tir sin más: es vol­ver a decir, vol­ver a sen­tir, vol­ver a pasar por el cora­zón. Es lo que hace­mos con los poe­mas que nos mar­ca­ron, con las can­cio­nes que nos acom­pa­ñan, con las pala­bras que nos defi­nen.

www.recuncar.com es un espa­cio para tex­tos muy galle­gos, pero escri­tos en cas­te­llano. Por­que hay una for­ma de mirar, de con­tar, de emo­cio­nar que es pro­fun­da­men­te galle­ga, aun­que se expre­se en otra len­gua.

Aquí con­vi­ven la sau­da­de, el humor, la iro­nía, la ter­nu­ra, la pro­vo­ca­ción, el amor y la sole­dad. Los conoz­co tan bien que han ani­da­do en mi cora­zón. Aquí se recun­can recuer­dos, mise­rias, imá­ge­nes, ritua­les, mira­das y sen­ti­mien­tos. Es un blog que can­ta en cas­te­llano, pero con acen­to de aldea, de tas­ca, de rome­ría. Un lugar para dra­ma­ti­zar lo coti­diano, para con­ver­tir la resa­ca en poe­ma, el refrán en mani­fies­to, el dolor en comu­ni­dad.

Este es el blog al que tú estás sus­cri­to y que te lle­ga por correo elec­tró­ni­co cada nue­va entra­da. Espe­ro y deseo que las dis­fru­tes. Y si me lees sin estar sus­cri­to, te lo agra­dez­co igual­men­te. Este es www.recuncar.com, el blog de siem­pre.

Recun­car habla en cas­te­llano con alma galle­ga. www.recuncar.com, para recun­car en cas­te­llano lo que me due­le, lo que me ale­gra, lo que me defi­ne. Este es la con­ver­sión de paso­re­ser­va­do. Este es el que reci­bes en tu ban­de­ja de tu correo elec­tró­ni­co.

Y ya sabes, si cono­ces a alguien que le pue­da inte­re­sar mi blog, dame su correo que yo lo sus­cri­bo encan­ta­do. Sería un her­mo­so rega­lo. (A la som­bra del ver­bo) (1995–2025)

EL PÁJARO

En una aldea muy peque­ña y muy apar­ta­da de las más leja­na Gali­cia mora­ba hace unos años un cura muy vie­ji­ño él, pero con el aspec­to físi­co de un roble, decían quie­nes lo aten­dían en sus labo­res case­ras. De este hom­bre han habla­do, y habla­rán mucho las len­guas de la comar­ca. Tenía una afi­ción que los hom­bres de la aldea no envi­dia­ban en abso­lu­to. Esta afi­ción de la que voy a hablar con­sis­tía en dar­se un baño dia­rio en una cur­va que hacía el río en las afue­ras de la aldea. Las aguas están hela­das, según los que lo inten­ta­ron como ave­za­dos nada­do­res. Una vez y nada más, sen­ten­cia­ron al uní­sono. El cura seguía con su cos­tum­bre y no lo fre­na­ba nada. Dis­fru­ta­ba tan­to que olvi­da­ba siem­pre que muy cer­ca se encon­tra­ba el pilón de lava­do de la ropa de uso públi­co. Las pri­me­ras habla­du­rías fue­ron las de una mujer que debía de tener el tele­ob­je­ti­vo de las águi­las: cuan­do este hom­bre nada para atrás pare­ce un reloj de sol. Otras, las que le arre­gla­ban sus pren­das sacer­do­ta­les se que­ja­ban de que tuvie­ron que hacer unas sota­nas de talla extra­gran­de por­que, si las ajus­ta­ban dema­sia­do al talle, la feli­gre­sía per­día en un ins­tan­te la devo­ción cuan­do habla­ban con él en el atrio de la igle­sia. El más osa­do era el can­ti­ne­ro, hom­bre irre­ve­ren­te y ateo, habla­ba de un ver­da­de­ro dia­blo entre las pier­nas.

Este sacer­do­te tenía como afi­ción la orni­to­lo­gía. Salía todos los vier­nes, neva­ra, llo­vie­ra o hicie­ra un sol del cara­llo, a escu­char, en expre­sión de Fray Luis de León, la músi­ca no apren­di­da de los pája­ros.

Una vez le rega­la­ron un cana­rio que decían que lo pro­cla­ma­ron cam­peón de Espa­ña en una prue­ba que se cele­bró en Valen­cia con más de cien par­ti­ci­pan­tes. Lo cui­da­ba, per­dón por la blas­fe­mia, como si fue­ra un san­to más de su capi­lla. En uno de estos cui­da­dos, un día, al levan­tar­se de la cama, notó que no esta­ba Seve­rino, ya que el silen­cio rei­na­ba en la casa y se podía escu­char muy bien el soni­do de los rato­nes que cami­na­ban por el faya­do de su casa. La jau­la, vacía, no vol­vió a ser la casa de Seve­rino.

Su dis­gus­to y su preo­cu­pa­ción fue­ron tan gran­des que deci­dió pre­gun­tar a sus feli­gre­ses cuan­do fina­li­zó la misa mayor del domin­go. No que­ría que «la cosa» caye­ra en el olvi­do y se puso a hacer pre­gun­tas tipo Hér­cu­les Poi­rot en cual­quie­ra de sus intere­san­tes inves­ti­ga­cio­nes.

De pri­me­ras, pre­gun­tó que quién tenía pája­ro. En este pun­to se levan­ta­ron todos los hom­bres y alguno de ellos de un modo muy jac­tan­cio­so. No he hecho la pre­gun­ta correc­ta, comen­tó muy aver­gon­za­do para sus aden­tros el cura.

―A ver, ami­gos, a ver. Yo quie­ro saber si uste­des en estos últi­mos días han vis­to en la aldea mi cana­rio, un pája­ro muy lla­ma­ti­vo y gra­cio­so.

En este pun­to se levan­ta­ron de sus ban­cos casi todas las muje­res, unas con el ros­tro colo­ra­do por la ver­güen­za, otras, las que se que­da­ron en sus asien­tos, con cier­ta tris­te­za y resig­na­ción. Tam­po­co fun­cio­nó, y mani­fes­tan­do una apa­ren­te inge­nui­dad, pre­gun­tó:

―¿Quién ha vis­to mi pája­ro?

Y como cohe­tes de bom­ba tri­ple todas las mon­jas se pusie­ron de pie lle­nas de ale­gría.

El tem­plo «esta­lló» en car­ca­ja­das. (A la som­bra del ver­bo) (1995–2025)

 

‘PASORESERVADO’ O ‘RECUNCAR’

El Pata­ca her­vía como pocos días. Allí esta­ban Víc­tor, Jor­ge, José María y su her­ma­na Lola. Las voces, las risas, las can­cio­nes se suce­dían entre cun­cas de vino que via­ja­ban de mano en mano como un tren de alta velo­ci­dad. Es uno de los bares más cono­ci­dos entre los com­pos­te­la­nos y la ame­na­za de cerrar cuel­ga sobre él como el pén­du­lo del reloj de la Puer­ta del Sol. Sus famo­sas y deli­cio­sas tapas de pata­ta galle­ga asa­da son uno de los atrac­ti­vos de este local situa­do en ple­na rúa del Villar de San­tia­go, una de las calles más visi­ta­das y tran­si­ta­das de la par­te anti­gua de la ciu­dad, a sólo cin­co minu­tos de la cate­dral.

―Non sei ti, pero encán­tan­me as pata­cas pre­pa­ra­das en horno de leña, decía un pai­sano que­rien­do man­te­ner la com­pos­tu­ra des­pués de unas cuan­tas tazas de ribei­ro.

Están coci­na­das al esti­lo de la casa: en su coci­na de leña, coci­das a fue­go len­to en sal­sa de car­ne, lo que hace que ten­gan un color ama­ri­llo-dora­do inusual y un sabor úni­co.

Un buen ami­go com­pos­te­lano, que está mon­ta­do en la parra todo el día, con­vo­có a los tres ami­gos con unas pala­bras muy cari­ño­sas con el fin de dilu­ci­dar el nom­bre defi­ni­ti­vo del blog de José María que esta­ba bau­ti­za­do pro­vi­sio­nal­men­te con el nom­bre de pasoreservado.com. La cena de días atrás en la pul­pe­ría de Meli­de ter­mi­nó con muchas can­cio­nes da terra, pero sin nin­gu­na deci­sión cla­ra.

―El viño enre­da los pen­sa­mien­tos coma la nie­bla en las corre­doi­ras, decía el bueno de Igna­cio dan­do sor­bos lar­gos y den­sos a su taza mien­tras comía tres o cua­tro tro­zos de pul­po con un pali­llo bas­tan­te usa­do ya.

―Un tra­go más y ya no sé si pien­so o estoy pen­san­do que pien­so, apun­ta­ba Víc­tor con los ojos encen­di­dos.

―Mi padre afir­ma que el vino es vien­to calien­te que des­plie­ga las velas de la locu­ra, sen­ten­cia­ba con sobrias pala­bra Jor­ge, el más dicha­ra­che­ro.

Y el sim­pá­ti­co de José María, que no se ente­ra­ba de nada por el rebum­bio que había en la tas­ca rema­tó la fae­na:

―El vino no da res­pues­tas, pero hace olvi­dar las pre­gun­tas.

Y los cua­tro rom­pie­ron a reír como si no lo hubie­ran hecho en la vida. Las comi­su­ras de los labios se pin­ta­ron de gra­na­te por­que tuvie­ron la nefas­ta idea, no de ir a bañar­se a la pla­ya, no, sino de cam­biar de vino: Barran­tes. Vino den­so, de color inten­so, con alta aci­dez y tex­tu­ra con­sis­ten­te que teñía todo lo que moja­ba.

Al Pata­ca no se va a beber una vez. Se va a recun­car. A repe­tir copa, ver­so, his­to­ria o sus­pi­ro. A vol­ver al pla­to que emo­cio­na, al rin­cón que abri­ga, al idio­ma que can­ta.

El blog de José María que lle­va cul­ti­van­do des­de hace meses es como una tas­ca con mesa de made­ra y vino de Ribei­ro: entra quien quie­re, se que­da quien sien­te, y repi­te quien encuen­tra agra­da­ble sabor en sus tex­tos. Hay poe­sía, hay retran­ca, hay bichos tra­vie­sos y ver­da­des envuel­tas en pan. Y si algu­na pala­bra te hace cos­qui­llas en el cora­zón… sír­ve­te otra taza. Por­que aquí, como en el Pata­ca, lo bueno se repi­te. Y si tie­ne algo de galle­go, mellor.

Ya sabe­mos que los tres ami­gos están en el Pata­ca en una noche de risas y vino de Ribei­ro y Barran­tes. Igna­cio se mar­chó a una hora pru­den­te por­que al día siguien­te tenía que ir al cho­llo.

Son tres ami­gos de toda la vida, tres copas más de las que pen­sa­ban, y una dis­cu­sión que ya pare­ce un deba­te par­la­men­ta­rio, pero con más migas de cho­ri­zo que cor­ba­tas.

Víc­tor, con la taza en alto, ya en modo filó­so­fo de barra, pro­cla­ma:

―¡Pero a ver, José María! pasoreservado.com sue­na mis­te­rio­so, ele­gan­te, como si entrar al blog fue­ra como colar­se en un reser­va­do con cor­ti­nas de ter­cio­pe­lo. ¡Tie­ne mar­cha! ¡Te invi­ta a entrar! La cami­sa blan­ca de José María tenía una minu­cio­sa ducha de pun­ti­tos gra­na­tes pro­vo­ca­dos por la efu­si­vi­dad de Víc­tor al hablar.

―Es mi obra de arte para tu blog, sáca­le una foto y la cuel­gas. Ten­drá un éxi­to cojo­nu­do.

Jor­ge, que ya ha dicho «¡eso, eso!» tres veces sin saber a qué:

―Sí, pero recuncar.com tie­ne alma, tío. Tie­ne Gali­cia. Tie­ne esa cosa que no se expli­ca, pero que se sien­te. Es como cuan­do Pepa decía «recun­car» y tú sabías que ahí había algo escon­di­do, algo tuyo, que era digno de repe­tir.

José María, con el Ribei­ro hacien­do efec­to poé­ti­co:

―Es que recun­car no es solo una pala­bra. Es como un sus­pi­ro con raí­ces. Es el rin­cón don­de se guar­dan las his­to­rias que no se cuen­tan en voz alta. Es el perro que se mete deba­jo de la mesa cuan­do llue­ve. Es… es mi blog, cara­llo.

Jor­ge, emo­cio­na­do por­que ha ele­gi­do su nom­bre, aun­que no sabe bien la razón:

―¡Pues enton­ces no hay más que hablar! recuncar.com sue­na a ver­dad. A tie­rra. A tas­ca. A ti. A mí. A Las Patei­ras. A San Ramón y a bebe­dei­ra en cual­quier lugar de Gali­cia, a San Simón.

Víc­tor, sir­vién­do­se otra taza:

―Y si algún día haces una sec­ción de «paso­re­ser­va­do», que sea para los secre­tos, los poe­mas escon­di­dos, los recun­chos del alma, esa segun­da vida que dices tú tener. Pero el nom­bre… que sea galle­go, que sea tuyo.

Y así, entre brin­dis y pata­cas, se deci­de que el blog no será solo una pági­na, sino un recun­cho don­de caben todos los Jor­ge, los Víc­tor, y los José Marías del mun­do. Con vino, con alma, y con nom­bre galle­go.

El vino ya no se sir­ve, se can­ta. Jor­ge ras­ca la mesa como si fue­ra una zan­fo­ña, Víc­tor mar­ca el rit­mo con el vaso, y José María, está a pun­to de pro­ta­go­ni­zar una esce­na de jura­men­to cidiano. Los tres dis­pues­tos a recun­car por enési­ma vez.

Jor­ge, ento­nan­do como si estu­vie­ra en un fes­ti­val de can­tau­to­res de Lava­piés:

―¡pasoreservado.com! Sue­na a jazz, a club con cor­ti­nas rojas, a con­tra­se­ña secre­ta, a puti­club. Es como decir: solo para los que saben mirar las cosas ocul­tas del autor. ¡Y yo me río de que las haya!

Víc­tor, que ya está impro­vi­san­do pal­mas y ver­sos:

―Pero recuncar.com… eso es tam­bo­ril, gai­tas, y pan de millo. Es repe­tir por­que está bueno, por­que emo­cio­na. Es como cuan­do la can­ción ter­mi­na y todos gri­tan: ¡Outra vez! ¡Outra vez! ¡Outra vez!

José María, con el alma en cla­ve de fa y el Ribei­ro hacien­do de afi­na­dor:

Recun­car es vol­ver al pla­to, sí, pero tam­bién al ver­so que te hizo cos­qui­llas. Es repe­tir la his­to­ria del perro que se esca­pó con el jamón, por­que cada vez que la cuen­tas, alguien se ríe dis­tin­to. Es Gali­cia en bucle, pero con rit­mo.

Jor­ge, ya con la taza como micró­fono:

―¡Pues que sea recuncar.com! Y que cada entra­da del blog sea como una can­ción que pide un bis. Que ten­ga intro, estro­fa, y final y que se que­de en la boca como el vino.

Víc­tor, levan­tan­do el bra­zo como si fue­ra una batu­ta:

―Y que el blog empie­ce con una bien­ve­ni­da que sue­ne a brin­dis. Que diga:

entra, sién­ta­te, y si te gus­ta… recun­ca.

Y el taber­nei­ro, sir­vien­do tazas a des­ta­jo, que lle­va la cami­sa abier­ta has­ta el ombli­go, el delan­tal con man­chas que podrían con­tar la his­to­ria de Gali­cia ente­ra, y los ojos como faros en nie­bla de Ribei­ro, se apo­ya en la barra como quien se apo­ya en la his­to­ria, y con voz caza­lle­ra, ron­ca y cere­mo­nio­sa, reci­ta un roman­ce que tie­ne más ver­sio­nes que el ros­tro de la Preys­ler:

No nace de nube nin nace de mar, / nace nun recun­cho onde se pode recun­car… 

Y vol­vió a callar­se como si sólo fue­ra capaz de reci­tar dos ver­sos de un roman­ce de cara­llo. La mujer lo aplau­día para que siguie­ra como si fue­ra un poe­ma nue­vo y le dio un beso de recién casa­dos.

La mesa ya pare­ce cam­po de bata­lla de migas, la gai­ta duer­me apo­ya­da en la pared, y el aire está tan car­ga­do de risas que has­ta las mos­cas se que­dan escu­chan­do.

Al fon­do de la barra, don­de nadie la veía, pero todos la res­pe­ta­ban como a una bue­na mei­ga, esta­ba Lola con len­gua de cor­cho. Había entra­do sigi­lo­sa­men­te para obser­var la esce­na. Lle­va­ba tiem­po calla­da, bebien­do en taza como quien bebe recuer­dos.

De pron­to, se pone en pie. La silla cru­je como si supie­ra que algo impor­tan­te va a pasar. Se aco­mo­da la voz, se lim­pia la comi­su­ra con el dor­so de la mano, y con voz de gai­tei­ra jubi­la­da que aún can­ta en los entie­rros, sen­ten­cia:

¡recuncar.com!

¡Cara­llo!

¡recuncar.com!

Por­que lo que es bueno, repí­te­se. / Por­que lo que emo­cio­na, vuel­ve. / Por­que Gali­cia no se visi­ta unha vez, / recún­ca­se. / ¡recuncar.com, cara­llo, recuncar.com!

Silen­cio. Has­ta Jor­ge deja de ras­car la mesa. Víc­tor se que­da con la taza en el aire. José María, son­ríe como quien aca­ba de reci­bir el nom­bre de su pri­mer hijo. Y Lola, satis­fe­cha, se sien­ta. La tas­ca aplau­de. La gai­ta se des­pier­ta. Y el blog, por fin, ya tie­ne nom­bre: recuncar.com. (A la som­bra del ver­bo) (1995–2025)

 

CHIPICHOSPIS

(Esta anéc­do­ta es verí­di­ca cien por cien. Lo nove­do­so es que la he ador­na­do con una lec­ción moral más amplia. Creo que nece­sa­ria.)

Entré en el aula a las 8:10 de la maña­na con una ener­gía que cau­sa­ba sor­pre­sa y admi­ra­ción en los alum­nos de 2º de Secun­da­ria. No enten­dían que, ellos, medio dor­mi­dos y con un bos­te­zo con­ti­nuo mien­tras pre­pa­ra­ban el cua­derno y el libro de tex­to, yo pasa­ba lis­ta con voz poten­te para hacer de des­per­ta­dor y así poner en la línea de sali­da espa­bi­la­dos y dis­pues­tos para tra­ba­jar a todos los alum­nos.

Había uno que esta­ba espe­cial­men­te dor­mi­do. Creo que toda­vía le que­da­ban lega­ñas en los ojos, pero, por el sue­ño, no era cons­cien­te de que tenía que qui­tár­se­las.

―A ver, usted, Jai­me, díga­me qué le ha ocu­rri­do esta noche para estar en ese esta­do ador­me­ci­do y som­no­lien­to.

―Nada, de ver­dad que nada. He dor­mi­do muy bien.

―Enton­ces está rela­cio­na­do con su desa­yuno. Díga­me qué ha desa­yu­na­do.

―Lo de siem­pre, pro­fe, lo de siem­pre: un cola­cao con unas galle­tas.

―Cla­ro, cla­ro, ahí está el quid de la cues­tión. Ahí está. Usted debe­ría desa­yu­nar como yo, unos poten­tes Chi­pi­chos­pis.

―Eso no exis­te, segu­ro, dijo su com­pa­ñe­ro de sitio, que salió en defen­sa del ador­mi­la­do.

―Usted me dirá, dije con la cer­te­za de estar en pose­sión de la ver­dad, si los tomo todos los días. Todos. Chi­pi­chos­pis, se lo repi­to. Son una inyec­ción de ener­gía y vigor para toda la maña­na.

El joven, un poco atur­di­do por mi vita­li­dad, se lo comen­tó a su madre y esta le dijo con voz tran­qui­li­za­do­ra que maña­na iría al ultra­ma­ri­nos a pre­gun­tár­se­lo al due­ño, al señor Daniel.

Jai­me lle­gó al aula cre­ci­do por­que el señor Daniel le había dicho a su madre que debe­ría estar yo equi­vo­ca­do, que no exis­tían esos cerea­les.

―Pues díga­le, yo afi­né lo más posi­ble mi cas­ca­da voz, que los desa­yuno todos los días y que cla­ro que exis­ten, que son muy cono­ci­dos entre los tra­ba­ja­do­res que vivi­mos de la voz. Yo creo que debe decir­le a don Daniel que los encar­gue a su pro­vee­dor.

Jai­me, más azo­ra­do de lo nor­mal, fue esa mis­ma tar­de con su madre al ultra­ma­ri­nos del señor Daniel y le repro­du­jo letra por letra lo que le había dicho yo.

―Mire, doña Rosa, díga­le a su hijo que se deje de ton­te­rías y que desa­yu­ne pro­duc­tos que todo el mun­do cono­ce, nada de las inven­cio­nes de su pro­fe­sor, por mucho cré­di­to que ten­ga.

Jai­me, tes­ta­ru­do y ter­co, al día siguien­te, me vol­vió a decir que esta­ba muy equi­vo­ca­do y que yo le esta­ba min­tien­do.

―Esa es la pos­tu­ra más cómo­da, decir que yo estoy equi­vo­ca­do. ¿Me está lla­man­do usted men­ti­ro­so? Mire que eso sí son pala­bras mayo­res. Yo nun­ca mien­to. Nun­ca. Ter­mi­ne­mos con esta his­to­ria que me está can­san­do mucho. Ven­ga, ¡¡¡olví­de­lo!!!

Pero Jai­me se lo tomó casi como una pro­me­sa divi­na, el con­se­guir los famo­sos Chi­pi­chos­pis. Fue a un súper que había abier­to a espal­das de su casa y le entre­gó al encar­ga­do un papel con el nom­bre escri­to del pro­duc­to y le «exi­gió» que, «sí o sí» ―como le decía su padre cuan­do lo man­da­ba a su cuar­to a estu­diar en lugar de ver la tele― los con­si­guie­ra.

El encar­ga­do del súper le dijo al día siguien­te que no había nin­gún pro­duc­to regis­tra­do con ese nom­bre, y que la res­pues­ta por ello es muy sen­ci­lla: ¡¡¡no exis­ten!!! Y hale, al cole­gio a estu­diar. Y se puso a repo­ner unas mag­da­le­nas que tenían un éxi­to masi­vo.

Jai­me pasó en vela esa noche. No sabía qué decir­me, que­ría que fue­ra algo con­vin­cen­te. Esta­ba supe­ra­do por la situa­ción.

Al día siguien­te, al obser­var un poco tras­pa­sa­do a Jai­me, enca­ré la situa­ción como si fue­ra un cuen­to del con­de Don Juan Manuel.

―Seño­res, hoy no vamos a ana­li­zar ora­cio­nes en la piza­rra. Hoy vamos a hablar de algo que pesa más que una mochi­la lle­na de libros: la men­ti­ra.

Miren, men­tir es como meter una pie­dra en el zapa­to. Es lo que hice yo hace cin­co días exac­ta­men­te. Metí una pie­dra en el zapa­to de Jai­me. Al prin­ci­pio no le moles­ta­ba mucho. Pero cuan­to más cami­na­ba su afa­no­so com­pa­ñe­ro, más le dolía la frus­tra­ción de no encon­trar los Chi­pi­chos­pis. Y yo le seguí metien­do pie­dras, día tras día, has­ta el pun­to de ya no poder avan­zar: las pala­bras del encar­ga­do del súper lo fre­na­ron súpi­ta­men­te. Esa era la ver­dad.

Lue­go deba­ti­re­mos si he obra­do bien o no.

Cuan­do uno mien­te, en este caso yo, no solo car­ga con el mie­do de que lo des­cu­bran, sino tam­bién con la cul­pa de la acción, que es lo que yo lle­vo en mi mochi­la. Es como tener una alar­ma que me avi­sa, hora a hora, que me van a pillar.

Por eso inter­ven­go yo aho­ra. Ya no «tenía más camino que reco­rrer mi men­ti­ra» y esta maña­na, mien­tras desa­yu­na­ba un café con leche con Cho­co Kris­pies, he deci­di­do hablar­les cla­ra­men­te. Ante todos uste­des, afir­mo que lo de los Chi­pi­chos­pis es una men­ti­ra y que por ello le pido per­dón a su com­pa­ñe­ro Jai­me.

Ade­más, cuan­do alguien nos pilla en una men­ti­ra, uste­des esta­ban a pun­to de lograr­lo, lo que se rom­pe es la con­fian­za en la per­so­na que mien­te. Por eso yo, he inter­ve­ni­do, en esta cla­se, por­que les fal­ta­ba a uste­des minu­tos para pro­nun­ciar la pala­bra «men­ti­ra podri­da».

Es como rom­per un vaso de cris­tal. Pue­des inten­tar pegar­lo con el mejor loc­ti­te, pero ya no que­da igual, se notan las unio­nes. Y recu­pe­rar la con­fian­za cues­ta más que sacar un diez en un examen sin estu­diar.

Lue­go lo habla­re­mos en la tuto­ría y uste­des me juz­ga­rán.

Yo he obra­do bien por­que he reco­no­ci­do mi men­ti­ra y le he pedi­do dis­cul­pas a Jai­me en el mis­mo espa­cio en el que había sol­ta­do el «tro­lón».

Les expli­co, delan­te de todos uste­des, que la fina­li­dad de mi acción era muy cla­ra: no deben con­fiar cie­ga­men­te en lo que les dice cual­quier per­so­na. Siem­pre hay que cer­cio­rar­se de que lo que les pro­po­nen o les piden sea cier­to.

Así que antes de sol­tar una men­ti­ra, pién­sen­lo bien. A veces decir la ver­dad due­le, sí, pero due­le menos que vivir con el peso de haber enga­ña­do a alguien.

Y recuer­den esto: la ver­dad pue­de tar­dar en salir, pero siem­pre lle­ga. Les repi­to: por tal moti­vo yo he inter­ve­ni­do hoy. Que­ría que me oye­ran a mí decir­les que era una men­ti­ra. Que­ría que me oye­ran pedir­le dis­cul­pas a Jai­me. Por­que cuan­do lle­ga, más vale que te pille con la con­cien­cia lim­pia. (A la som­bra del ver­bo) (1995–2025)

INVENTARIO PERSONAL

No soy feo. Soy una colec­ción de erro­res der­ma­to­ló­gi­cos con patas. Una espe­cie de catá­lo­go clí­ni­co con pre­ten­sio­nes de per­so­na. Mi piel, por ejem­plo, no es piel: es un cam­po de bata­lla en erup­ción cons­tan­te y con un enro­je­ci­mien­to, sin pre­vio avi­so, como si una emo­ción olvi­da­da des­per­ta­ra en la piel. No lo pido, no lo pro­vo­co, pero ahí está: un rubor que dela­ta lo que ni yo sé que sien­to. Como si el cuer­po habla­ra antes que las pala­bras. Der­ma­ti­tis ató­pi­ca, le lla­man. Yo la lla­mo trai­ción cutá­nea. Se me seca has­ta el alma, se des­ca­ma como si qui­sie­ra mudar­se de cuer­po, y con­vier­te cada abra­zo en una rule­ta rusa de esco­zor.

Y lue­go está mi den­ta­du­ra. Ah, mi glo­rio­sa den­ta­du­ra. Un poe­ma de horror góti­co en cla­ve bucal. Dien­tes como escom­bros, encías que pare­cen haber sobre­vi­vi­do a una gue­rra civil. Cuan­do son­río, la gen­te no sabe si reír o lla­mar a un arqueó­lo­go. No hay orto­don­cia que me sal­ve: soy el antes de todos los anun­cios de clí­ni­cas den­ta­les.

¿Y el sudor? El sudor es mi fir­ma. No trans­pi­ro. Me derra­mo. Soy una fuen­te públi­ca sin botón de apa­ga­do. Camino y dejo ras­tros. Me sien­to y el asien­to llo­ra. En invierno sudo. En verano sudo más. En pri­ma­ve­ra sudo con flo­res. En oto­ño sudo con hojas. Soy una esta­ción húme­da con patas.

Y la celu­li­tis… esa topo­gra­fía emo­cio­nal que me acom­pa­ña des­de que ten­go uso de espe­jo. Mis mus­los son un home­na­je al relie­ve galle­go: coli­nas, valles, ondu­la­cio­nes que desa­fían la lógi­ca y la lycra. No hay fil­tro que me sal­ve, ni pan­ta­lón que no tiem­ble al acer­car­se.

Lo sé. Lo veo. Lo recha­zo. No hay con­sue­lo en la auto­acep­ta­ción cuan­do el cuer­po pare­ce una bro­ma mal con­ta­da. No quie­ro que me digan que soy úni­co, ni que la belle­za está en el inte­rior. Mi inte­rior tam­bién suda.

Y sin embar­go, aquí estoy. Escri­bien­do. Rién­do­me de mí antes de que lo hagan otros. Por­que si no pue­do ser her­mo­so, al menos que mi mise­ria ten­ga esti­lo. Que mi feal­dad sea lite­ra­ria. Que mi cuer­po, este desas­tre con DNI, sir­va para algo más que para inco­mo­dar espe­jos. (A la som­bra del ver­bo) (1995–2025)

INVENTARIO CAÓTICO

Un «inven­ta­rio caó­ti­co» en lite­ra­tu­ra es un tex­to que con­sis­te en hacer una enu­me­ra­ción en la que se lis­tan ele­men­tos de for­ma apa­ren­te­men­te des­or­de­na­da, acu­mu­la­ti­va o frag­men­ta­ria, con el efec­to de trans­mi­tir abun­dan­cia, con­fu­sión, sobre­car­ga sen­so­rial o des­or­den men­tal.

Las carac­te­rís­ti­cas prin­ci­pa­les son: enu­me­ra­ción exten­sa e inco­ne­xa, fal­ta de orden lógi­co apa­ren­te, rit­mo acu­mu­la­ti­vo: cada ele­men­to suma inten­si­dad o extra­ñe­za, fun­ción expre­si­va: evo­car caos, mul­ti­tud, satu­ra­ción, rup­tu­ra de la cohe­ren­cia tex­tual, fre­cuen­te en flu­jos de con­cien­cia, pre­ten­de mos­trar la frag­men­ta­ción del pen­sa­mien­to o la memo­ria, sub­ra­ya un exce­so de sen­sa­cio­nes y pro­vo­ca sor­pre­sa, humor, iro­nía o angus­tia, según el tono.

NO ME GUSTA el lec­tor de un úni­co libro, el comen­ta­rio male­di­cen­te, el café con espu­ma, la sucie­dad de las calles, el olor a soba­co en el metro en el mes de agos­to a las tres de la tar­de, el beso que te deja la meji­lla húme­da, el pul­po cru­do, el calor asfi­xian­te de Madrid, la tien­da con ambien­ta­dor de fram­bue­sa y kiwi, la mier­da de los perros sin reco­ger, el insom­nio, la gen­te que mas­ti­ca con la boca abier­ta, el café hiper­es­ti­mu­lan­te de algu­nas ofi­ci­nas, el nue­vo car­tón de leche que no hay quien sir­va sin derra­mar una gota un pri­mer vaso, las motos sin silen­cia­dor, el spoi­ler sin pre­vio avi­so, la per­so­na que nie­ga dicien­do «para nada», el pazo de un cono­ci­do semi­de­rrui­do, el recuer­do tris­te pero reci­di­van­te, la inte­rrup­ción cuan­do alguien está hablan­do, el minu­to con­ver­ti­do en una hora de aten­ción al clien­te, el soni­do de un cuchi­llo en un pla­to de por­ce­la­na, el dedo meñi­que erec­to, la capa de gra­sa de algu­nas bote­llas en los bares de mala muer­te, la per­so­na mayor que no res­pe­ta el turno sin decir nada, el alien­to que pro­du­cen algu­nos cerea­les, el que te dice que te rela­jes cuan­do estás muy moles­to, la hipo­cre­sía dis­fra­za­da de cor­te­sía, el soni­do de los micro­on­das o de las cafe­te­ras de cáp­su­las mien­tras escu­chas la radio, el boca­di­llo de cho­ri­zo en un lugar cerra­do, el tiem­po de espe­ra mien­tras se abre una pági­na web impor­tan­te, la per­so­na que va ava­sa­llan­do por la calle por­que sólo ella tie­ne pri­sa, el soni­do de lla­ma­da de mi móvil, la pro­me­sa rota sin expli­ca­ción, la are­na de la pla­ya mien­tras se seca el baña­dor en el coche, la gen­te que no escu­cha y que sólo está espe­ran­do su turno de pala­bra, el tac­to de un pan­ta­lón vaque­ro con apres­to, los intran­si­gen­tes con piel de cor­de­ro, el que hace dis­tin­cio­nes con el rh de los hom­bres, el cal­ce­tín moja­do, la per­so­na que dice «yo no veo series» como si fue­ra supe­rior espi­ri­tual­men­te, el soni­do ale­gre del des­per­ta­dor, el com­pa­ñe­ro que «no cree en hora­rios, pero mági­ca­men­te apa­re­ce solo para el café, el que res­pon­de a mis gua­saps lar­gos con un emo­ti­cono, el fenó­meno que dice «yo no nece­si­to vaca­cio­nes» por­que ya las dis­fru­ta el res­to del año en el tra­ba­jo, ese «com­pren­si­vo» que te dice «tú haz lo que te haga feliz» y lue­go te cri­ti­ca a tus espal­das, el cam­bio cons­tan­te de con­tra­se­ñas y la cuen­ta corrien­te de mi ban­co.

SÍ ME GUSTA Enri­que Urqui­jo, y Anto­nio Vega, y Andrés Do Barro, y Anto­nio Gon­zá­lez, el olor de un niño recién baña­do, el sonio de una agu­ja cayen­do en una sala en silen­cio abso­lu­to con sue­lo de made­ra, la for­ma de expre­sar­se de los apa­sio­na­dos, la Capi­lla Six­ti­na y el Dol­men de Dom­ba­te, pelar de for­ma per­fec­ta una man­da­ri­na de una sola vez, el aro­ma de la leche aca­ba­da de orde­ñar, la son­ri­sa feme­ni­na, la lec­tu­ra del mis­mo párra­fo tres veces por­que te gus­ta cómo sue­na, la len­gua afi­la­da de Pérez Rever­te, la man­za­na de color rojo san­gre, la per­so­na que cam­bia de opi­nión radi­cal­men­te y se sien­te libre por ello, una tien­da de libros en un lugar des­co­no­ci­do e ines­pe­ra­do, el paseo por una calle vacía mien­tras llue­ve a modi­ño, la fre­sa de Aran­juez, el cal­ce­tín nue­vo, sua­ve y sin pelu­sas, el pul­so de una mano aca­ri­cian­do mi piel, un gua­sap ines­pe­ra­do, bai­lar tor­pe­men­te en casa como si fue­ra la estre­lla de un video­clip, el pan de boroa, el sen­ti­mien­to de una mira­da calien­te, el pri­mer sor­bo de zumo de melo­co­tón frío, un ver­so de Pes­soa, y uno de Macha­do, y uno de Whit­man, el estu­dio y el apren­di­za­je de algo inú­til pero fas­ci­nan­te, como que los pul­pos tie­nen tres cora­zo­nes, escu­char el silen­cio fren­te a la Cos­ta da Mor­te, el lejano ladri­do de un can de pallei­ro, el cua­dro de ins­pi­ra­ción hiper­rea­lis­ta, una mira­da al cie­lo y sen­tir que todo tie­ne sen­ti­do por cin­co segun­dos, degus­tar un buen vino con un ami­go en una tas­ca de una aldea casi des­ha­bi­ta­da, la comi­da de algo cru­jien­te sólo por el soni­do, el olor a jabón de hotel, el res­pe­to a la inti­mi­dad y al pen­sa­mien­to ajeno, el que se reco­no­ce espec­ta­dor de pro­gra­mas de coti­lleo, jugar a algo sin saber las reglas y ganar igual, hacer una para­da en un inter­mi­na­ble via­je en coche, el tac­to de un libro sin estre­nar, can­tar muy mal pero con orgu­llo, la tran­qui­la tar­de de domin­go, ver el sue­lo de las calles lim­pio, exten­der la ropa lava­da, la humil­dad de los inte­li­gen­tes, ver­te en el espe­jo y decir «hoy tam­po­co»,  el reen­cuen­tro con una can­ción que olvi­das­te que te encan­ta­ba, el silen­cio del telé­fono, el que sabe escu­char con aten­ción, una comi­da tan pican­te que te hace ver el futu­ro, sen­tar­te en silen­cio sin hacer nada y que eso sea sufi­cien­te, reci­bir una car­ta escri­ta a mano, meter­te en la bañe­ra con un libro y salir arru­ga­do pero feliz, encon­trar­te una mone­da anti­gua y pen­sar en quién la usó, la sen­sa­ción del vien­to fuer­te en la cara como si te des­pei­na­ra los pen­sa­mien­tos, el desa­yuno a la hora de la cena, el beso ines­pe­ra­do de una mujer, el recuer­do de un sue­ño raro y pen­sar que podría ser una pelí­cu­la, com­po­ner lis­tas caó­ti­cas como esta y sen­tir que estás crean­do arte, todo lo que me hue­le a ti y el esti­lo de vida de Don Qui­jo­te.  

EL VAGO

Dis­tin­gui­do ami­go: Ima­gino, déja­me que sue­ñe un poco, que «te habrás patea­do» www.pasoreservado.com y habrás con­clui­do que en mi blog hay una des­me­su­ra de iro­nía y sar­cas­mo. Por tal moti­vo, estás a pun­to de enviar­me un sin­fín de correos elec­tró­ni­cos para que yo los sus­cri­ba. ¿Ver­dad? Veo hila­ri­dad en tu ros­tro. Te pido resig­na­ción. Déja­me que siga con el sue­ño.

Hoy quie­ro hablar del más per­se­gui­do de los ciu­da­da­nos: el vago. Ese indi­vi­duo que no se levan­ta, ni soñan­do, a las 6 de la maña­na para tra­ba­jar 12 horas por un suel­do que ape­nas cubre el alqui­ler; no ese no. El vago con­vier­te su vida en un escán­da­lo por­que osa dor­mir has­ta las 11, las 12, las 13 horas, como pron­to.

Creo que el vago no es el pro­ble­ma. Tal vez el pro­ble­ma es un sis­te­ma que mide el valor humano por la can­ti­dad de horas que pasa uno fren­te a una pan­ta­lla y no acos­ta­do. ¿Por qué no se valo­ra al que está repan­chi­ga­do en su cama obser­van­do, si lo tuvie­re, el gote­lé del techo? ¿Qui­tar el gote­lé por anti­guo? Ya vol­ve­rá, ya vol­ve­rá. Así me aho­rro ese tra­ba­jo. Pero bueno… ¿quién soy yo para cues­tio­nar­lo? Eso sería tra­ba­jar.

El vago es el héroe tum­ba­do, es el már­tir del sofá, el incom­pren­di­do. Su últi­ma pro­pues­ta en el tra­ba­jo, fecha­da el 14 de febre­ro, no pro­du­jo nada, sólo el cabreo per­ma­nen­te del jefe. El vago pro­pu­so aho­rrar el núme­ro de reunio­nes y cons­tre­ñir­lo todo en un correo envia­do en vaca­cio­nes, y como los sin­di­ca­tos prohí­ben tra­ba­jar en perio­do vaca­cio­nal, no hay des­gas­te ni físi­co ni emo­cio­nal. Olví­da­te de que el vago es un ser impro­duc­ti­vo.  El ver­da­de­ro vago sabe que la cama, el sofá o el sue­lo son espa­cios de pro­duc­ti­vi­dad emo­cio­nal. ¿Tra­ba­jar sen­ta­do? ¡Qué anti­cua­do! El vago tra­ba­ja tum­ba­do… pen­san­do en lo que podría hacer.

El vago prac­ti­ca el arte de mirar por la ven­ta­na como si estu­vie­ra resol­vien­do ecua­cio­nes exis­ten­cia­les. El sis­te­ma tole­ra sus enfer­me­da­des, que se mani­fies­tan de lunes a vier­nes, pero con enor­me des­con­fian­za. ¿Qué cul­pa ten­go yo si el sába­do y el domin­go me encuen­tro bien?, se jus­ti­fi­ca.

Le encan­ta hacer­se pre­gun­tas con res­pues­tas evi­den­tes para él. ¿Tra­ba­jar más? ¿Para qué? Si con lo míni­mo se sobre­vi­ve, ¡el res­to es vani­dad!

¿Aca­so no es él quien sos­tie­ne la eco­no­mía de este país cuan­do nadie tra­ba­ja y él aún menos? ¿Quién man­tie­ne viva la indus­tria del café ins­tan­tá­neo y las series nefas­tas? ¿Quién, si no él, ha per­fec­cio­na­do el arte de pare­cer ocu­pa­do sin hacer nada?

El vago no es que no haga nada, es que opti­mi­za su esfuer­zo al pun­to de la inac­ti­vi­dad total. ¡Efi­cien­cia pura! No pro­du­ce estrés, no gene­ra tra­ba­ja­do­res que­ma­dos, no con­tri­bu­ye al des­cen­so del PIB. ¿Qué más quie­ren? ¡Le sale bara­to al esta­do!

El vago es un filó­so­fo del «maña­na lo hago» por­que vive bajo el noble lema de «¿para qué hoy, si pue­do no hacer­lo nun­ca?».

La vagan­cia no es un cri­men, es una for­ma supe­rior de exis­ten­cia. Mien­tras los acti­vos corren como háms­ters en rue­das labo­ra­les, el vago con­tem­pla el uni­ver­so des­de su cama, pre­gun­tán­do­se cosas pro­fun­das como: ¿Y si hoy tam­po­co hago nada?

La his­to­ria está lle­na de vagos ilus­tres. Sócra­tes no tra­ba­ja­ba. Dió­ge­nes vivía en un barril. Y todos los filó­so­fos pare­cen haber teni­do mucho tiem­po libre. ¿Coin­ci­den­cia? No lo creo.

¿Y si el prín­ci­pe de Dina­mar­ca fue­ra un vago exis­ten­cial? Pien­sa tan­to que no actúa. Duda, refle­xio­na, se cues­tio­na. ¿Es eso vagan­cia o pro­fun­di­dad? En un mun­do que exi­ge deci­sio­nes rápi­das, Ham­let es el incó­mo­do espe­jo de la con­cien­cia.

El vago no con­ta­mi­na, no con­ges­tio­na el trá­fi­co, y jamás inte­rrum­pe con ideas inne­ce­sa­rias. Es eco­ló­gi­co, silen­cio­so y per­fec­ta­men­te ino­fen­si­vo. Un monu­men­to a la paz mun­dial.

Por eso, el vago pro­po­ne que se le eri­ja un monu­men­to. Y te pide que cola­bo­res. No de pie, cla­ro, sino acos­ta­do. Con una man­ta, un man­do a dis­tan­cia, y una expre­sión de subli­me indi­fe­ren­cia. (A la som­bra del ver­bo) (1995–2025)

PUFO Y CUENTO

Te hablo de pufo, esta­fa, timo, frau­de o enga­ño. Pero legal. Yo lo veo así, pero el pro­ta­go­nis­ta del cuen­to que te voy a narrar está en un abso­lu­to des­acuer­do con­mi­go.

El ori­gen de la pala­bra PUFO se rela­cio­na con el soni­do del aire esca­pan­do de la boca como un glo­bo que se des­in­fla. Esta ima­gen se uti­li­za para repre­sen­tar algo que pare­ce sóli­do o valio­so (el dine­ro o la rea­li­za­ción de un encar­go), pero que en reali­dad no lo es y des­apa­re­ce, dejan­do solo un vacío o una «inmun­di­cia».

Hablo de un afi­cio­na­do a con­tar his­to­rias, pro­pias o aje­nas, refle­xio­nes o lo que fue­re. Pon­gá­mos­le de nom­bre Ino­cen­cio. Su pasión es tal que deci­de que un «exper­to» mejo­re su blog, por­que, según cono­ci­dos suyos, el actual es un blog deca­den­te, obso­le­to y «feo».

La úni­ca razón de recu­rrir a un espe­cia­lis­ta es que Ino­cen­cio no sabe nada de pro­gra­ma­ción, ni de dise­ño web, ni de inglés, los pila­res de la web.

Sin inmu­tar­se, Ino­cen­cio se lan­za a bus­car ayu­da en la red. Es enton­ces cuan­do cono­ce a un «exper­to», un desa­rro­lla­dor que se hacía lla­mar «arqui­tec­to digi­tal». El «exper­to», con un arse­nal de tec­ni­cis­mos como CSS, HTML, JavaS­cript, Jet­pack, plu­gins, pági­nas y APIs, con­ven­ce a Ino­cen­cio de que él es la úni­ca per­so­na capaz de «res­ca­tar» el blog que tie­ne en men­te. Le pro­me­te un sitio web «de últi­ma gene­ra­ción», «úni­co» y «per­so­na­li­za­do».

Ino­cen­cio, des­lum­bra­do por la jer­ga y la con­fian­za del «exper­to», acep­ta. No le impor­ta pagar 25 euros por hora de tra­ba­jo, pen­san­do que eso lo va a con­tro­lar des­de su casa: tra­ba­jo domi­ci­lia­rio. Pero no, el «exper­to» le ase­gu­ra que tra­ba­ja con más efi­cien­cia des­de su casa. Ino­cen­cio lo acep­ta a rega­ña­dien­tes por­que no le que­da otra. El pre­cio está jus­ti­fi­ca­do por la «com­ple­ji­dad» y la «exclu­si­vi­dad» del pro­yec­to. Ino­cen­cio empie­za a acor­dar­se de la can­ción Paro­le, paro­le, paro­le de… Mina Maz­zi­ni y Alber­to Lupo.

Des­pués de cua­tro horas de tra­ba­jo, el «exper­to» conec­ta a Ino­cen­cio con su blog. Lo ve tan sen­ci­llo, tan mini­ma­lis­ta que…se des­mo­ro­na. Nue­vas pro­me­sas lle­nas de pala­bras que Ino­cen­cio sigue sin enten­der.

Pasa­das otras cua­tro horas, el «exper­to» le «entre­ga» el blog. Lo mis­mo. Ino­cen­cio ve lo mis­mo. El «exper­to» vuel­ve a un sin­fín de pala­bras que Ino­cen­cio no entien­de. Me has entre­ga­do una «pesa­di­lla digi­tal», le dice. No eres cons­cien­te de todo lo que he rea­li­za­do en las «tri­pas» de tu blog, de ver­dad, le dice usan­do un tér­mino muy colo­quial, rema­ta dicién­do­le por telé­fono. Pasa el día Ino­cen­cio muy atri­bu­la­do y pen­san­do que ha sido pas­to de un per­fec­to pufo.

Lo peor de todo, es que al día siguien­te inten­ta con­tac­tar con el «exper­to»: el núme­ro de telé­fono no exis­te y su correo elec­tró­ni­co le rebo­ta todos los correos por­que no exis­te tal direc­ción. Cuan­do Ino­cen­cio quie­re subir hoy domin­go 24 de agos­to ―San Bar­to­lo­mé, desolla­do vivo por no renun­ciar a su fe―, a las cin­co de la maña­na su pri­me­ra entra­da, des­cu­bre que no tie­ne acce­so al panel de con­trol. Para cual­quier cam­bio tie­ne que con­tac­tar con el «exper­to», que ha des­apa­re­ci­do. Sí. Ha des­apa­re­ci­do. Ino­cen­cio «se papa» un sin­fín de tuto­ria­les en you­tu­be.

Ino­cen­cio, sin­tién­do­se esta­fa­do y frus­tra­do, se da cuen­ta de su inge­nui­dad. Le recuer­da a Mr. Bean, que lo con­ven­cen ense­gui­da para com­prar los obje­tos más inú­ti­les.

Había paga­do un dine­ral por algo que no podía usar. Con el cora­zón roto y la car­te­ra vacía, deci­dió cor­tar por lo sano con el «exper­to». Al final, des­pués de mucho inves­ti­gar y tra­gar­se tuto­ria­les, des­cu­bre pla­ta­for­mas de blogs intui­ti­vas y gra­tui­tas que le per­mi­ten, al fin, crear su pro­pio espa­cio de for­ma sen­ci­lla, sin nece­si­dad de códi­gos ni de inter­me­dia­rios. Ya tie­ne tra­ba­jo para la pró­xi­ma sema­na.

La mora­le­ja de la his­to­ria de Ino­cen­cio es que a menu­do, lo más sim­ple es lo más fun­cio­nal, y que un buen pro­fe­sio­nal no es el que habla más com­pli­ca­do, sino el que te entien­de, te da una solu­ción que real­men­te nece­si­tas y hace lo que tú quie­res. (A la som­bra del ver­bo) (1995–2025)

¿POR QUÉ «RECUNCAR»? Y PRÓLOGO DE ANSELMO TARDÓN

Este blog REna­ció como nacen muchas cosas impor­tan­tes: sin pri­sa, sin rui­do, pero con una nece­si­dad pro­fun­da. La de poner en pala­bras lo que a veces se sien­te, pero no se dice. La de reu­nir los pasos que he dado, los que me han lle­va­do lejos, los que me han hecho vol­ver, los que aún no sé a dón­de me lle­va­rán.

recuncar.com nació tam­bién para pen­sar en voz alta, para escri­bir sin fil­tros y para com­par­tir lo que me mue­ve. Aquí hay refle­xio­nes, anéc­do­tas, momen­tos, pre­gun­tas sin res­pues­ta, y algu­na que otra his­to­ria que se cue­la entre líneas. No pre­ten­do ense­ñar nada, pero si algo de lo que escri­bo te acom­pa­ña, te hace fre­nar un segun­do o te deja pen­san­do, enton­ces ya vale la pena.

Escri­bo como camino: a veces rápi­do, a veces des­pa­cio, a veces sin saber muy bien el por­qué. Pero siem­pre con la inten­ción de estar pre­sen­te. Este blog es eso: pre­sen­cia. Un espa­cio para mirar hacia den­tro, para conec­tar con lo que impor­ta, para no olvi­dar que cada paso cuen­ta.

Gra­cias por pasar por aquí. Sién­te­te libre de leer, comen­tar, com­par­tir o sim­ple­men­te que­dar­te un rato. La puer­ta está abier­ta.

PRÓLOGO DE ANSELMO TARDÓN, CRÍTICO QUE AÚN NO HA LEÍDO ESTE BLOG:

Esta es la edi­ción defi­ni­ti­va, en un solo domi­nio, de las obras com­ple­tas de este pro­sis­ta de pasi­llo, que escri­be mien­tras cami­na por ese río estre­cho que no exis­te en su casa. Es un escri­tor en ver­sión beta por­que nin­gu­na obra suya lle­ga a la ver­sión final. Lo he apo­da­do «El Sísi­fo digi­tal». Es un autor pro­lí­fi­co en lo que res­pec­ta a pági­nas de ini­cio y entra­das de pre­sen­ta­ción. Su carre­ra lite­ra­ria está mar­ca­da por la crea­ción com­pul­si­va de blogs. Se esti­ma que ha inau­gu­ra­do 87 en los últi­mos cin­co años, todos con la pri­me­ra entra­da titu­la­da «Aho­ra sí que sí». Cada blog empie­za con gran­des pro­me­sas, un dise­ño mini­ma­lis­ta y un lema ambi­cio­so («Este será mi espa­cio defi­ni­ti­vo»), y ter­mi­na, inva­ria­ble­men­te, con una últi­ma entra­da de dis­cul­pas: Per­dón, pero me ten­go que ir. Su obra com­ple­ta podría reco­ger­se en un volu­men titu­la­do «Domi­nios com­pra­dos y olvi­da­dos», que inclui­ría cap­tu­ras de pan­ta­lla de todos sus enca­be­za­dos y un apén­di­ce con las con­tra­se­ñas que ya no recuer­da. Bien­ve­ni­do sea este nue­vo blog, que, por cier­to, aún no he leí­do. (A la som­bra del ver­bo) (1995–2025)

PASO RESERVADO

¡Bue­nos días!

Deseo de cora­zón que tan­to tú como tu fami­lia estéis pasan­do unas des­can­sa­das vaca­cio­nes. Si ya han ter­mi­na­do, te deseo que ten­gas / hayas teni­do una sopor­ta­ble inte­gra­ción al tra­ba­jo. 

Te agra­dez­co que me sigas como sus­crip­tor o lec­tor. Espe­ro que sea por muchos años más. Des­de el pun­to de vis­ta lite­ra­rio, me está cos­tan­do un gran esfuer­zo crea­ti­vo el man­te­ni­mien­to del blog, aun­que lo haga con sumo entu­sias­mo.

Com­par­tir su con­te­ni­do con­ti­go me pro­du­ce tal pla­cer que, cuan­do me sé leí­do por ti, sien­to lo mis­mo que si dis­fru­tá­ra­mos, como ami­gos, de un sucu­len­to café una noche de invierno en una tran­qui­la terra­za.

Los sus­crip­to­res de recien­te incor­po­ra­ción no lo habrán per­ci­bi­do como los vete­ra­nos, los que me sopor­táis des­de tiem­po inme­mo­rial. Me refie­ro a diver­sas entra­das que están rees­cri­tas por mí. Me he dado cuen­ta de que «exi­gían» esos reto­ques y con­fío en que lo entien­das per­fec­ta­men­te.

Saber que al otro lado estás tú dan­do sen­ti­do a cada pala­bra que escri­bo, es una de las razo­nes por las que este espa­cio sigue vivo. Yo nece­si­to escri­bir, pero tam­bién nece­si­to que tú, lec­tor silen­cio­so, con­vier­tas mis ideas en una viven­cia espe­cial y des­co­no­ci­da. Que tú estés ahí me moti­va una bar­ba­ri­dad, aun­que no nos vea­mos, pues sé que com­par­ti­mos el ins­tan­te de la crea­ción y la lec­tu­ra.

Aun­que no nos conoz­ca­mos, cada lec­tu­ra tuya deja en mí una hue­lla que ni te lo ima­gi­nas, un eco de sabro­sa com­pa­ñía, una chis­pa de gra­ti­tud que cre­ce con cada pala­bra com­par­ti­da. No solo me ins­pi­ras a seguir escri­bien­do, sino que tam­bién me haces sen­tir que este espa­cio tie­ne sen­ti­do cuan­do alguien, al otro lado, se detie­ne a «escu­char» con los ojos. Es un lugar don­de las pala­bras tien­den puen­tes entre quien escri­be y quien lee.

Mi inten­ción siem­pre ha sido, y sigue sien­do, que este blog sea un rin­cón don­de encuen­tres algo útil, entre­te­ni­do o ins­pi­ra­dor para tu día a día. Y gra­cias a ti, que sigues acom­pa­ñán­do­me en este camino, pue­do seguir crean­do con ilu­sión y ganas por­que sé que hay alguien que juz­ga­rá seve­ra­men­te mis entra­das.

Quie­ro con­tar­te que voy a hacer algu­nos ajus­tes en el blog para mejo­rar tu expe­rien­cia. Espe­cial­men­te, un dise­ño más cla­ro. Me lo han acon­se­ja­do no sé cuán­tas veces, pero nadie cuen­ta con mi impe­ri­cia. Para mí, lo difí­cil es faci­lí­si­mo para un exper­to.

Segui­rás reci­bien­do el mis­mo correo con el tex­to exac­ta­men­te ela­bo­ra­do por mí en las mis­mas con­di­cio­nes. Eso no va a variar en abso­lu­to. Los cam­bios los verán los que entran direc­ta­men­te al blog. Con­fío en que per­ci­bas de igual modo la esen­cia de mis tex­tos. La de siem­pre. Sólo me dicen que debo pre­sen­tar­la de una mane­ra más cómo­da, agra­da­ble y atrac­ti­va. Me dicen.

El con­te­ni­do segui­rá sien­do el mis­mo que os gus­ta, solo que con una pre­sen­ta­ción mejo­ra­da. Eso me dicen.

Des­pués de que me die­ran la bra­sa de modo inmi­se­ri­cor­de, he deci­di­do cam­biar el domi­nio. Las razo­nes que me comen­tan son que el actual es dema­sia­do lar­go (¿pro­ble­mas de espa­cio?), que es muy com­pli­ca­do de recor­dar (tú sabes cómo te lla­mas, pero al que no te cono­ce le cues­ta mucho memo­ri­zar) y que pre­sen­ta más difi­cul­ta­des para acce­der a él.

Con un nom­bre bre­ve y atrac­ti­vo será más fácil acce­der a tu blog, com­par­tir­lo y encon­trar­lo sin pro­ble­mas.

El con­te­ni­do segui­rá sien­do el mis­mo de siem­pre, solo que con un domi­nio más cla­ro y prác­ti­co. A lo sumo, dos pala­bras de uso dia­rio. Si estás sus­cri­to, te lle­ga­rá exac­ta­men­te igual a tu cuen­ta de correo.

Lo úni­co que el remi­ten­te será www.pasoreservado.com  El pro­ble­ma lo ten­drán quie­nes quie­ran entrar por la URL, que ten­drán que escri­bir esta últi­ma. No creas que ha sido fácil encon­trar un domi­nio atrac­ti­vo, word­press tie­ne casi todos copa­dos.

La pró­xi­ma entra­da, es decir, esta, la reci­bi­rás como siem­pre. Será a par­tir de la siguien­te.

He con­sul­ta­do a un exper­to, a uno de tan­tos, que espe­ro que no sea «el eru­di­to a la vio­le­ta» de Cadal­so, aquel que tenía un cono­ci­mien­to mera­men­te super­fi­cial. Me dice que los nom­bres de los domi­nios deben ser fáci­les de recor­dar, fáci­les de acce­der (los lec­to­res pue­den teclear­lo sin erro­res) y aún más fáci­les de com­par­tir en redes socia­les y en el boca a boca.

Como verás, estoy atas­ca­do en los sus­crip­to­res y no veo modo alguno de aumen­tar­los. Entien­do que la gen­te es muy reti­cen­te a dar su correo elec­tró­ni­co, pero es el camino más cor­to. Como otras veces te he pedi­do, a quien creas que le pue­de gus­tar mi blog le soli­ci­tas que te auto­ri­ce a dar­me su correo, me lo man­das a jmmaiz@telefonica.net y yo lo sus­cri­bo. Nada más. Yo no doy a nadie ese correo. Lo guar­do como oro en paño.

(Te pido per­dón si te encuen­tras algún error en este tex­to. Últi­ma­men­te, el sue­ño no es mi mejor com­pa­ñe­ro). Mi voz no me per­mi­te ni un segun­do dor­mir, / el sue­ño me dibu­ja su ausen­cia en mi cami­nar, / el can­san­cio no quie­re de mi vida par­tir / y el reloj repi­te can­sino su apa­ci­ble velar. Lo mis­mo te gus­tan más los ver­sos con los que el ven­te­ro res­pon­dió, en plan de bro­ma, a Don Qui­jo­te para fin­gir que él tam­bién fue caba­lle­ro andan­te:  Mis arreos son las armas, / mi des­can­so, el pelear, / mi cama, las duras peñas, / mi dor­mir, siem­pre velar. For­man par­te del roman­ce popu­lar «La cons­tan­cia».

Y para des­pe­dir­me, te escri­bo, te pido que no me aban­do­nes aho­ra, que for­ma par­te de la letra de un her­mo­sí­si­mo tan­go del argen­tino Alfre­do De Ánge­lis titu­la­do de ese modo: No me aban­do­nes.

¡Gra­cias por seguir ahí y acom­pa­ñar­me en esta evo­lu­ción, que espe­ro que sea para bien! (A la som­bra del ver­bo) (1995–2025)

CUMPLEAÑOS

Sí. Hoy cum­plo 67 años. Es una ver­da­de­ra proeza. He con­se­gui­do evi­tar los acci­den­tes de trá­fi­co, no con­duz­co, los sopon­cios aní­mi­cos naci­dos en el aula, las eter­nas pan­de­mias, las ganas de man­dar todo a paseo y lograr que una per­so­na, a la que yo no conoz­co, entien­da mi for­ma de vida, tan ale­ja­da de Phi­leas Fogg, icono de los via­jes lite­ra­rios, o del legen­da­rio Mar­co Polo pasean­do por Mon­go­lia y Chi­na. 

Aho­ra me toca la recom­pen­sa. ¡La edad dora­da! Debo tener cui­da­do por­que últi­ma­men­te te ven­den como oro lo que es sim­ple cobre pin­ta­do. Si el oro habla dema­sia­do, es que está min­tien­do.

La socie­dad te ofre­ce un tra­to inme­jo­ra­ble:

―José María, has sobre­vi­vi­do a las durí­si­mas cri­sis, a las bur­las más hirien­tes y a las modas que todos con­si­de­rá­ba­mos absur­das. Has supe­ra­do la crian­za de niños, que no los has teni­do. Que yo sepa, me dices sar­cás­ti­ca­men­te. Aho­ra te mere­ces un des­can­so.

No me quie­ro olvi­dar de lo can­sa­do que estoy. He encar­ga­do en Ama­zon, el ase­sino del comer­cio de barrio, al que todos recu­rri­mos, unas tar­je­tas con mi nom­bre com­ple­to y con el sobre­nom­bre de «exper­to en fati­ga cró­ni­ca». Este remo­que­te me lo puso un cama­re­ro des­pués de obser­var­me comer un crois­sant a la plan­cha.

Ya no me can­so por hacer algo, me can­so por el sim­ple hecho de exis­tir. Es un ago­ta­mien­to meta­fí­si­co, casi filo­só­fi­co. Aún me acuer­do de cuan­do sufría unas pun­zan­tes agu­je­tas por ir al gim­na­sio o por nadar tor­pe­men­te. Pues aho­ra, ade­más, me dan por ir a la coci­na a por una sim­ple galle­ta.

Y aquí ten­go a mi Néme­sis par­ti­cu­lar, esa dio­sa de la ven­gan­za que es, según los grie­gos, la eje­cu­to­ra de la jus­ti­cia divi­na, por enci­ma de la huma­na. Es una men­sa­je­ra divi­na que ata­ca en nom­bre de las dei­da­des a los cul­pa­bles de sober­bia y alti­vez y a los trans­gre­so­res de la ley. Su actua­ción tie­ne como obje­ti­vo dejar­nos meri­dia­na­men­te cla­ro a los mor­ta­les que, pre­ci­sa­men­te por ser­lo, debe­mos aban­do­nar la espe­ran­za de ser muy afor­tu­na­dos para no rom­per el equi­li­brio uni­ver­sal. Nada de espe­rar gran­des recom­pen­sas. Aun­que sea tu cum­plea­ños.

Como ejem­plo de lo ante­rior, el móvil, antes una herra­mien­ta muy útil, se ha trans­for­ma­do en mi Néme­sis par­ti­cu­lar. No pue­do espe­rar la satis­fac­ción de mane­jar­lo correc­ta­men­te algún día. La pan­ta­lla pare­ce hecha para los pul­ga­res de Pul­gar­ci­to, y los ico­nos, si no los tie­nes en modo «gigan­te para cie­gos», son invi­si­bles. Lo pier­do en casa cons­tan­te­men­te. Enton­ces, me lla­mo des­de el fijo y, cuan­do lo loca­li­zo, me sor­pren­de, como si fue­ra un tru­co de Juan Tama­riz, que ten­ga una lla­ma­da per­di­da. ¿Quién me habrá lla­ma­do? Man­dar un men­sa­je o un gua­sap se ha con­ver­ti­do en una odi­sea, si no de diez años, sí de una hora tran­qui­la­men­te. Y el rema­te de «satis­fac­ción» se pro­du­ce cuan­do me envían como res­pues­ta un emo­ti­cono enano.

Joder, lo que quie­ro es escri­bir y que me escri­ban. Y yo, con la mis­ma pacien­cia, me digo si no sería más fácil vol­ver a las car­tas de papel. En este pun­to te das cuen­ta de que entre los fer­vien­tes ado­ra­do­res de los emo­ti­co­nos y yo hay una dis­tan­cia mayor que la fosa de las Maria­nas.

Mi cuer­po ya no es mi ami­go. Es un inqui­lino con el que ten­go que nego­ciar a dia­rio. La espal­da me pide el divor­cio cada vez que me aga­cho. Las rodi­llas, que antes me lle­va­ban a correr, aho­ra me recuer­dan que su úni­co pro­pó­si­to en la vida es cru­jir. Y si habla­mos de las pas­ti­llas… ¡Bien­ve­ni­do a la far­ma­cia en casa! Una para el coles­te­rol, otra para la ten­sión, otra para los hue­sos… Al final del día, pare­ce que me he comi­do un estan­te de una far­ma­cia. Es como un coc­tel de bien­es­tar quí­mi­co.

El olvi­do se ha vuel­to mi mejor com­pa­ñe­ro. El can­san­cio que me gene­ra es abis­mal. No recuer­do dón­de he deja­do las lla­ves, el nom­bre de ese actor que me encan­ta o la rece­ta de la tor­ti­lla fran­ce­sa que lle­vo hacien­do 40 años. Pero, curio­sa­men­te, me acuer­do de la letra de una can­ción de los años 80 que no escu­cho des­de hace cua­tro déca­das. Y, por si fue­ra poco, ten­go ese super­po­der de «cuan­do yo era joven…», que me per­mi­te dar lec­cio­nes de vida a todo el que me rodea. Por­que, cla­ro, en mi épo­ca, la vida era en blan­co y negro y no había inter­net, lo que me hace auto­má­ti­ca­men­te más sabio y más racio­nal.

Así que, me auto­fe­li­ci­to, levan­to mi copa (con cui­da­do, que me pue­de dar un calam­bre) y cele­bro jun­to a mi her­ma­na mis 67 años. Acep­to que mi vida aho­ra es una tra­gi­co­me­dia, y que el mejor plan para el día de hoy es ver un lar­go docu­men­tal sobre la vida de un pája­ro que per­ma­ne­ce ocho horas en el cablea­do de la carre­te­ra Madrid―Compostela. Me que­da­ré dor­mi­do en mi buta­cón y lo ten­dré que rebo­bi­nar mil veces. A las nue­ve, cena en el sofá y a las diez direc­to a la cama para levan­tar­me a las cin­co para una nue­va eta­pa de vida sana. ¿Hay algún dato más que me indi­que que el paso del tiem­po se ha con­ver­ti­do en una iro­nía para mí?

(Per­do­na si encuen­tras algún error. Lo aca­bo de escri­bir dor­mi­do). (A la som­bra del ver­bo) (1995–2025)

EL PROFESOR QUE NUNCA TUVO BARBA

(Fecha y hora del ini­cio de este tex­to: Domin­go 10 de agos­to de 2025 a las 5 horas 25 minu­tos de la tar­de) 

En la real villa de Plu­ma­re­jo del Tin­te­ro, en la anti­gua pro­vin­cia de Letra­mar, la con­ce­ja­lía de Incul­tu­ra y Des­pro­pó­si­tos varios, cuya prio­ri­dad era que todos los car­te­les públi­cos tuvie­ran al menos tres fal­tas de orto­gra­fía, orga­ni­zó, cuan­do nin­guno de sus habi­tan­tes sabía ni leer ni escri­bir, la «Sema­na del Des­co­no­ci­mien­to lite­ra­rio». La char­la prin­ci­pal, pre­ce­di­da de un con­cur­so lite­ra­rio al que nadie con­cu­rrió, ver­só sobre «Cómo olvi­dar lo que nun­ca apren­dis­te en la escue­la».

El escri­tor del que voy a hablar envió un tex­to para que no lo leye­ra nadie, pues, como he dicho antes, nin­guno de sus habi­tan­tes sabía leer ni escri­bir. El ile­tra­do alcal­de, ante tal dile­ma, lo tiró a la «pape­le­ra de los des­pro­pó­si­tos e inuti­li­da­des muni­ci­pa­les». Esta­ba reple­ta de docu­men­tos por­que nadie la vacia­ba. No sabían que había que hacer­lo. El encar­ga­do a dedo de tal tarea fue el maes­tro «Ver­so­lin­do», que hacía un qui­jo­tes­co escru­ti­nio de todo lo dese­cha­do. De este modo, a Dios gra­cias, des­cu­brió el siguien­te tex­to que alguien copió a mano y me lo envió hace unos días.

Ima­gi­na a Don José María Máiz Togo­res, más cono­ci­do por «el pro­fe de las Comas, de los Acen­tos y de los Pun­tos». Lo bau­ti­za­ron con este nom­bre tan lar­go como refle­jo de su pasión por las subor­di­na­das que nadie enten­día. Es un pro­fe­sor de Len­gua espa­ño­la jubi­la­do que vive en un piso don­de los dic­cio­na­rios se api­lan como muros de for­ta­le­za medie­val, des­de El Teso­ro de Sebas­tián de Cova­rru­bias del siglo XVII, pasan­do por el DRAE de 1780 has­ta un sin­fín de glo­sa­rios de argot juve­nil de los siglos XX y XXI.

Como se nega­ba a lla­mar a los elec­tro­do­més­ti­cos por sus nom­bres ori­gi­na­les, hizo, el últi­mo día de cla­se, un con­cur­so para fomen­tar una ori­gi­nal deno­mi­na­ción de los elec­tro­do­més­ti­cos case­ros. La alum­na más ave­za­da, y úni­ca par­ti­ci­pan­te, le pro­pu­so que los deno­mi­na­ra así: a la neve­ra, arca fri­go­rí­fi­ca; a la lava­do­ra, tam­bor de ablu­cio­nes tex­ti­les y al micro­on­das, horno de irra­dia­ción bre­ve. El pre­mio que reci­bió esta joven fue un libro aún no edi­ta­do: Dic­cio­na­rio Ilus­tra­do de la Len­gua Des­ba­ra­ta­da, una edi­ción apó­cri­fa, no ava­la­da por nin­gu­na aca­de­mia seria.

Este hom­bre, en sus orí­ge­nes, cuan­do escri­bía, nun­ca usa­ba orde­na­dor. No exis­tía. Pre­fe­ría una máqui­na de escri­bir Oli­vet­ti Let­te­ra 32 del año 1968, con la cin­ta ya des­vaí­da, para «que las pala­bras suden tin­ta».

Como cos­tum­bre dia­ria, y no la aban­do­na, corri­ge men­tal­men­te los menús o los rótu­los de los bares del barrio. No es «uso esclu­si­vo de clien­te» sino «uso exclu­si­vo de los clien­tes». No le hacen el menor caso, pero él se cree un vic­to­rio­so Cid camino de Valen­cia.

En una reu­nión, al ver y al escu­char al nie­to de un fami­liar lejano, mani­fes­tó muy orgu­llo­so su diag­nós­ti­co lin­güís­ti­co: «Está en la fase más deli­cio­sa de la len­gua: la glo­so­la­lia pre­ar­ti­cu­lar». Todos se que­da­ron en silen­cio. Su cuña­do le pre­gun­tó si eso sig­ni­fi­ca­ba que el niño habla­ba. Él res­pon­dió con más serie­dad si cabe: «Aún no, pero sus bal­bu­ceos son un poe­ma foné­ti­co en esta­do embrio­na­rio».

Nues­tro bar­bi­lam­pi­ño lle­va déca­das escri­bien­do tex­tos y tex­tos que nadie lee, ni siquie­ra él, por­que pre­fie­re corre­gir­los has­ta el pun­to de borrar el tema por com­ple­to. Los escri­be. Los archi­va. Los eli­mi­na. Tras un paté­ti­co arre­pen­ti­mien­to, dedi­ca horas y horas a recu­pe­rar­los. No lo logra. Pero esto no impi­de que vuel­va a caer en el mis­mo pro­ce­so como un imbé­cil. El hom­bre es el úni­co ani­mal que tro­pie­za dos veces en la mis­ma pie­dra y des­pués exi­ge que la pie­dra se dis­cul­pe.

Ves­tía cha­que­tas de cor­te moderno sesen­te­ro que ha deja­do de usar­las por­que olían a tiza, a tin­ta y a llu­via, por su ori­gen galle­go. No las lle­va­ba al tin­te por­que no sopor­ta­ba que unas manos aje­nas a sus acti­vi­da­des las mano­sea­ran y les qui­ta­ran esa ins­pi­ra­ción de madru­ga­da que era, para él, como la fuen­te Cas­ta­lia de los grie­gos.

Aún hoy, ya jubi­la­do, en su ambien­te fami­liar, man­tie­ne la cos­tum­bre de hablar en voz alta con las til­des, como si fue­ran veci­nas de toda la vida. Los que lo cono­cen no saben el ori­gen de tal pro­ce­der. Lo han lle­va­do al médi­co en diver­sas oca­sio­nes, pero lo úni­co que ha logra­do es un sin­fín de car­ca­ja­das, debi­da­men­te corre­gi­das en su pro­nun­cia­ción y sono­ri­dad.

La apli­ca­ción de su móvil que usa como cua­derno de notas está lle­na de fra­ses que empie­zan con el ori­gi­nal «Éra­se una vez…» y ter­mi­nan en pun­tos sus­pen­si­vos, por­que dice que la vida, como la gra­má­ti­ca, siem­pre deja algo pen­dien­te.

En los cafés lo con­fun­den con un excén­tri­co ino­fen­si­vo por­que relle­na esa vie­ja apli­ca­ción con mil ideas o mil nom­bres que espe­ra que no mue­ran, pero que tam­po­co las mima. Al can­sa­do cama­re­ro le pre­gun­tó un día si le pare­cía bien la siguien­te fra­se de influen­cia dali­nia­na: «Mi men­te es un carru­sel de relo­jes derre­ti­dos giran­do en mitad del desier­to». Su mira­da sin pala­bras fue elo­cuen­te: «este tío está zum­bao».

Se le da muy bien con­ju­gar ver­bos inexis­ten­tes como: zam­bro­ñar (Sumer­gir­se en un sofá has­ta casi des­apa­re­cer), des­mo­near (Qui­tar­le la gra­cia a algo que antes hacía reír); y su pre­fe­ri­do: escri­bu­jear (Escri­bir y dibu­jar a la vez sin que que­de cla­ro qué es qué). Siem­pre se atas­ca en el pre­té­ri­to per­fec­to sim­ple del futu­ro de sub­jun­ti­vo, que no exis­te. Pero él sigue insis­tien­do.

Cree que sus manus­cri­tos serán des­cu­bier­tos den­tro de dos siglos por arqueó­lo­gos lite­ra­rios, quie­nes, des­con­cer­ta­dos, se pre­gun­ta­rán por qué todas sus his­to­rias inclu­yen al menos un zapa­to huér­fano y una metá­fo­ra sobre la til­de de la i. Habla de los clá­si­cos como si fue­ran com­pa­ñe­ros de escue­la, y cada vez que oye la pala­bra «influen­cer» se per­sig­na con el dic­cio­na­rio de la Real Aca­de­mia.

Este es el pro­fe­sor que nun­ca tuvo bar­ba. (A la som­bra del ver­bo) (1995–2025)

(Fecha y hora de con­clu­sión de este tex­to: mar­tes 12 de agos­to de 2025 a las 9 horas 5 minu­tos de la maña­na).

ENZO

Enzo es un hom­bre naci­do en Flo­ren­cia, la cuna del Rena­ci­mien­to. Esa ciu­dad con un entorno natu­ral en la región de la Tos­ca­na, que es sim­ple­men­te espec­ta­cu­lar.

Enzo lle­gó a Madrid en la déca­da de los noven­ta, el Madrid de la pelí­cu­la His­to­rias del Kro­nen (1995) que refle­ja una juven­tud hedo­nis­ta, des­inhi­bi­da y con un tras­fon­do de rebel­día y nihi­lis­mo.

Enzo per­so­ni­fi­ca aho­ra una madu­rez infan­ti­li­za­da con un toque de encan­to atem­po­ral. Su cabe­llo, aho­ra sal­pi­ca­do de canas que se mez­clan con su color ori­gi­nal, le da una dis­tin­ción natu­ral. Las arru­gas alre­de­dor de sus ojos son el mapa de una vida lle­na de risas, preo­cu­pa­cio­nes y momen­tos inol­vi­da­bles, y su son­ri­sa fran­ca reve­la una cali­dez genui­na. Cuan­do va a tra­ba­jar se vis­te con un esti­lo clá­si­co y pul­cro, valo­ran­do la cali­dad de las telas y el buen cor­te. Aun­que se mue­ve como un madri­le­ño más, sus genes ita­lia­nos aflo­ran en una ele­gan­cia inna­ta.

Enzo entra cie­go de furia en su dor­mi­to­rio y cie­rra la puer­ta tras de sí. El caos que se obser­va es sím­bo­lo de una épo­ca pre­si­di­da por una abso­lu­ta anar­quía de sen­ti­mien­tos y reali­da­des. En su cara, la fuer­za de Red Butler en Lo que el vien­to se lle­vó, la quí­mi­ca can­den­te y explo­si­va de Paul New­man en La gata sobre el teja­do de zinc calien­te y la deca­den­te madu­rez de Al Pacino en La som­bra del actor.

Con­for­ma un con­jun­to armó­ni­co y alta­men­te atrac­ti­vo. «El que tuvo retu­vo», ha apren­di­do a decir cuan­do los ami­gos des­ta­can esa deca­den­cia cada vez más plau­si­ble. En su inte­rior, él lo sabe; pero a los cin­cuen­ta años no pue­de dar la razón a los envi­dio­sos que lo ace­chan como tibu­ro­nes blan­cos. Lo inten­ta explo­tar en poquí­si­mas oca­sio­nes, y, cuan­do obser­va que el éxi­to está ase­gu­ra­do, pone en acción esa fin­gi­da actua­ción que des­com­po­ne a las muje­res y que es muy codi­cia­da, por los que se lla­man sus ami­gos.

Tras unos minu­tos de abso­lu­to silen­cio, sólo vul­ne­ra­do por el ace­le­ra­do rit­mo de su con­vul­sa res­pi­ra­ción, apo­ya su rec­ti­lí­nea y seño­rial espal­da en un impe­rial espe­jo de pared que, colo­ca­do en un late­ral de la habi­ta­ción, con­vi­da a cual­quie­ra a poner­se delan­te de él y a rea­li­zar un por­me­no­ri­za­do examen visual. Alguno de sus ami­gos lo evi­ta astu­ta­men­te, por no caer en la cruel­dad del pre­sen­te: el dete­rio­ro de los años que cabal­gan des­bo­ca­dos por toda la geo­gra­fía huma­na.

Los múscu­los de la man­dí­bu­la se mar­can con gene­ro­si­dad en un per­fil que él cada vez sopor­ta menos. Estoy enve­je­cien­do a toda velo­ci­dad, se lamen­ta al obser­var las oje­ras que mar­can la par­te infe­rior de los ojos y las famo­sas patas de gallo, cono­ci­das por él como «zam­pe di galli­na».

Con todo, el frío del cris­tal lo obli­ga, invo­lun­ta­ria­men­te, a recom­po­ner un poco su ges­to y lan­za un sus­pi­ro que deja entre­ver un pro­fun­do sen­ti­mien­to de angus­tia, ese calam­bre que no sabe mane­jar des­de la ado­les­cen­cia.

Esta situa­ción no hay quien la aguan­te. Maña­na man­do todo a la mier­da: con­tra­tos, reunio­nes… Como dice mi psi­quia­tra, ciru­gía, Enzo, ciru­gía.

Poco a poco se va des­vis­tien­do y colo­can­do con sumo cui­da­do sobre una silla de cao­ba ―paso inter­me­dio del lugar defi­ni­ti­vo, el galán de noche―, rega­lo de su madre, cada una de las pie­zas de las que se va des­ha­cien­do. El ritual es el mis­mo todas las noches. Pri­me­ra­men­te, aquí, la ame­ri­ca­na y los zapa­tos, estos, ultra­lim­pios; pos­te­rior­men­te, allí, colo­ca todo lo que lle­va en los bol­si­llos del pan­ta­lón en un vacía­bol­si­llos; y, para ter­mi­nar, el pan­ta­lón, la cor­ba­ta y la cami­sa rema­tan la fae­na. Él mis­mo no entien­de el cui­da­do que tie­ne con la cami­sa cuan­do sabe que va a ir direc­ta a la lava­do­ra.

El aspec­to, refle­ja­do en el espe­jo, le pro­du­ce una náu­sea emo­cio­nal. Las lor­zas se han hecho impe­ria­les en la cin­tu­ra y, como le dice a un com­pa­ñe­ro de tra­ba­jo, «con estas mamas, estoy bara­jan­do la posi­bi­li­dad de ofre­cer­me como nodri­za o ama de crian­za». Antes, el bóxer le bor­dea­ba la cin­tu­ra con una hol­gu­ra per­fec­ta­men­te estu­dia­da; aho­ra, la goma pasa des­aper­ci­bi­da por­que la cubre un col­gan­te de gra­sa que le cir­cun­da sin nin­gu­na ele­gan­cia.

¡Qué insu­fri­ble ruti­na! Sin moti­vo jus­ti­fi­ca­do, aun­que él lo sabe y lo denos­ta con­cien­zu­da­men­te, se tum­ba en el sofá del salón, con el bóxer y los cal­ce­ti­nes, sus últi­mos com­pa­ñe­ros de piel, hoy muy entu­me­ci­da por el inten­so frío que hace en la calle.

Su ros­tro deno­ta can­san­cio y fal­ta de vita­li­dad; sus ojos, un exce­so de tra­ba­jo ante el orde­na­dor, y sus manos, iner­tes y año­ran­tes de las que lucía cuan­do tenía vein­te años, un pasar de los años que le obli­gan a mirar de un modo inso­len­te a su hija Lau­ra, una loza­na man­za­na de piel ter­sa y bri­llan­te.

Repo­sa miran­do al infi­ni­to y escu­chan­do el bur­bu­jear del agua que lle­na len­ta­men­te el baño, don­de va a pasar una hora de delei­te y frui­ción pla­cen­te­ros.

A las doce de la noche se encuen­tra cenan­do delan­te de la tele­vi­sión y vien­do una serie que había que­da­do incon­clu­sa el últi­mo fin de sema­na. La ban­de­ja sopor­ta­ba un bol con una ensa­la­da reple­ta de enzi­mas, mine­ra­les, vita­mi­nas y com­pues­tos anti­oxi­dan­tes, pero de sabor insul­so y desa­bo­ri­do. Una com­pa­ñe­ra de la empre­sa le ofre­ció este «gus­to­so pla­to» para com­ba­tir una cabal­gan­te obe­si­dad.

El jefe no me aguan­ta. Dice que soy insu­fri­ble, que no hay día que no orga­ni­ce un nume­ri­to de nari­ces y que nun­ca estoy de acuer­do con sus pro­yec­tos. Es el pri­me­ro, y para eso está, en poner mil obje­cio­nes, pero muchas de ellas son fru­to de una ilí­ci­ta y arbi­tra­ria envi­dia. A lar­go pla­zo, todos los reco­men­da­dos te crean el mis­mo pro­ble­ma: pien­san que, hagan lo que hagan, nun­ca serán expe­dien­ta­dos.

Y Enzo a callar por­que lo que quie­re es pasar des­aper­ci­bi­do, que no se airee más la con­ver­sa­ción que tuvo su padre con su jefe, des­pués de una gene­ro­sa inver­sión en mate­rial inno­va­dor.

De pron­to se yer­gue, con una des­di­bu­ja­da agi­li­dad, y coge el telé­fono, que se le había olvi­da­do en la coci­na. Mues­tra una des­ga­na abso­lu­ta por­que sabe per­fec­ta­men­te quién es.

Me ha jodi­do la cer­ve­za, explo­ta con abso­lu­ta sin­ce­ri­dad. Vuel­ve al salón, la vis­ta un poco nubla­da, y se sien­ta de nue­vo en el sofá para sopor­tar una char­la nada pro­duc­ti­va.

―¿Diga?

―¿Enzo?

―¡Ah! Eres tú. La voz de Enzo sue­na irri­ta­da y cor­tan­te. Su mira­da refle­ja una con­ver­sa­ción ya man­te­ni­da en muchí­si­mas oca­sio­nes. Y siem­pre con el mis­mo resul­ta­do.

―Es lo mis­mo de siem­pre. Con las mis­mas dis­cul­pas de siem­pre. Con las mis­mas men­ti­ras de siem­pre.

―Yo no te mien­to nun­ca. Es mi tra­ba­jo. Yo no sé cuán­to duran mis reunio­nes. Y tú debe­rías enten­der­lo muy bien. Lo que pasa es que tú, como eres hom­bre, no te sien­tes vigi­la­do; pero yo lle­go un poco tar­de, o pido salir media hora antes, y ya ten­go un toque de muy mal gus­to y lleno de micro­ma­chis­mos.

―No, no pue­des subir. Estoy ago­ta­do. Hoy no pue­do más. Y eso que, como dices tú, soy un enchu­fa­do y ape­nas tra­ba­jo.

―Otra vez lo mis­mo. Eres un cabro­na­zo, por­que sabes per­fec­ta­men­te qué decir para evi­tar una con­ver­sa­ción agra­da­ble y dis­ten­di­da.

―Estoy cenan­do y sólo pien­so en acos­tar­me. Nece­si­to des­can­sar. Lo que menos sopor­ta­ría aho­ra es una dis­cu­sión.

―¡Pobre­ci­to!

Silen­cio sepul­cral.

―¡Adiós!

La inde­ci­sión se hace eter­na. Duda lo inde­ci­ble. Tie­ne suje­to el móvil con una fuer­za inusi­ta­da.

―¡Adiós!

La des­car­ga emo­cio­nal que sufre por mor de una eno­jo­sa con­ver­sa­ción es bru­tal. En una infi­ni­dad de oca­sio­nes ha vivi­do esta situa­ción, pero Enzo no sabe rom­per, no sabe decir que no.

―Tie­nes que apren­der a rom­per, le repi­te can­si­na­men­te su madre. Espe­cial­men­te con las que mien­ten en las cosas peque­ñas. Las gran­des men­ti­ras son más sopor­ta­bles.

Y Enzo cie­rra la con­ver­sa­ción vacío de remor­di­mien­tos. O eso cree. Sabe que está muy mal acos­tum­bra­do y que ella vol­ve­rá. ¿Y si no vuel­ve?

Como siem­pre, se acues­ta expec­tan­te. ¿Lla­ma­rá otra vez? Pero es dife­ren­te aho­ra. A los trein­ta años, podía retar a mil muje­res; aho­ra, a los cin­cuen­ta, la flo­je­ra emo­cio­nal es la que rige sus deci­sio­nes. ¿Lla­ma­rá otra vez? (A la som­bra del ver­bo) (1995–2025)

LA BELLA DURMIENTE

Tere­sa venía de una fami­lia que goza­ba muchí­si­mo man­te­nien­do de cara a sus veci­nos las apa­rien­cias que, si en otro tiem­po eran de noble­za, opu­len­cia y fama, en la actua­li­dad eran de una sim­pli­ci­dad que cau­sa­ba un río de bur­las en la aldea en la que esta­ba situa­do el pazo. Habían caí­do en el típi­co «quie­ro y no pue­do». En el Laza­ri­llo, el escu­de­ro tenía como patri­mo­nio las deu­das, pues aquí el señor de la casa más o menos.

El padre, des­de ese con­cep­to nobi­lia­rio de la vida, mos­tra­ba una gran­dí­si­ma satis­fac­ción cuan­do lle­ga­ba a sus oídos que habían coti­llea­do de ellos en la taber­na duran­te varias horas. Que hablen mal o que hablen bien, el caso es que hablen.

El médi­co, cuan­do lle­ga­ban las doce de la noche, hora mei­ga y libe­ra­do­ra de pre­jui­cios y «pos­tu­reos», des­pués de carras­pear y afi­nar la voz para que no se le reco­no­cie­ra una cogor­za de tama­ño monu­men­tal, sol­ta­ba:

―Esta fami­lia va a explo­tar un día. Lo úni­co que hacen es airear secre­tos y actos peca­mi­no­sos que ya no tie­nen lugar don­de escon­der­los. ¡Ay, si yo habla­ra!

―Pues, haz­lo, cabrón, haz­lo. Esta fra­se­ci­ta tuya tie­ne más años que la coci­na de leña del pazo de tu amo.

―¡No vuel­vas a decir esto! Yo no ten­go amo ni soy perro que ladre a nadie. Ya habéis logra­do cabrear­me. ¡Adiós! Mar­cho por­que… ten­go que mar­char.

Pero no habla­ba y se iba camino de su casa por una corre­doi­ra que bor­dea­ba la casa de «la bella dur­mien­te» dan­do unos peli­gro­sí­si­mos tum­bos que con­ver­tían un camino de cin­co minu­tos en una prue­ba mara­to­nia­na.

Tere­sa, la mayor, fue la que le can­tó el réquiem a tan­ta vani­dad, que sal­tó por la ven­ta­na sin visos de retorno. En esta mujer, que en tiem­pos remo­tos era la que resol­vía todos los pro­ble­mas fami­lia­res y ejer­cía como un capo mafio­so con el prin­ci­pal obje­ti­vo de man­te­ner la fami­lia siem­pre uni­da, se eva­po­ró la decen­cia.

No sabe­mos el día, pero, como algu­nos miem­bros de la fami­lia ante la bru­tal cri­sis eco­nó­mi­ca, «huyó» de la reali­dad sin mover­se del pazo y se ins­ta­ló en una fan­ta­sía que la hizo con­ver­tir­se en una espe­cie de espan­ta­jo por el día y en una bellí­si­ma aman­te rijo­sa por la noche.

Los psi­có­lo­gos decían que, de tan­to cule­brón tele­vi­si­vo y fami­liar, se con­vir­tió en una adic­ta de los roman­ces más dra­má­ti­cos. Tenía una visión total­men­te dis­tor­sio­na­da de la reali­dad. Sus pen­sa­mien­tos sólo gira­ban en torno a una rela­ción que la con­ver­tía en una mujer impú­di­ca y luju­rio­sa y que nadie cono­cía, pero que ella, en esa capa­ci­dad de auto­en­ga­ño que mane­ja­ba como una exper­ta ilu­sio­nis­ta, tea­tra­li­za­ba todas las noches en su casa.

Un ama­ne­cer, su padre pen­só que esta­ba poseí­da por el demo­nio. Los reite­ra­dos gemi­dos de pla­cer, que lle­ga­ban ple­na­men­te a los oídos del beo­do sani­ta­rio, eran de tal volu­men que su padre deci­dió lla­mar al cura de San­ta María para que la exor­ci­za­ra.

Pero lo nove­do­so, es lo que le hacía dudar, era que todas las maña­nas, cuan­do desa­yu­na­ban al ama­ne­cer, la cara de feli­ci­dad de su hija era la mis­ma que había dibu­ja­do de peque­ña de la bella dur­mien­te cuan­do era besa­da por el prín­ci­pe. Cuan­to más «ama­ba de noche» más feliz era por la maña­na.

―Un día de estos me caso, papá. Esta­mos pre­pa­ran­do todo.

El padre, como no le cono­cía hom­bre alguno, se reía y se calla­ba. Mejor dicho, la escu­cha­ba dete­ni­da­men­te, se reía y se calla­ba.

Tere­sa, por el día, huía de su inti­mi­dad por­que le oca­sio­na­ba un terror esca­lo­frian­te; pero, por la noche, baja­ba la cabe­za y su auto­es­ti­ma caía otra vez en una luju­ria que se apo­de­ra­ba de sus pen­sa­mien­tos, nublan­do todo jui­cio y razón. Era una ilu­sión que le pro­me­tía ple­ni­tud, pero la deja vacía. Cada noche, como una «autó­fa­ga del amor», vivía un día menos y un día más. Un día menos de vida y un día más de extre­mo pla­cer.

Has­ta que una maña­na no se levan­tó de la cama, y su padre, lleno de mie­do al ver la taza del desa­yuno lim­pia, entró en su habi­ta­ción como una ove­ja huyen­do del lobo y vio la ima­gen más estre­me­ce­do­ra de su vida. Tum­ba­do en la cama «dor­mía» el esque­le­to de su hija, ves­ti­do con un her­mo­sí­si­mo tra­je de boda, con un ramo de flo­res en las manos y con la son­ri­sa más her­mo­sa que nun­ca ima­gi­nó.

Des­de ese cru­cial día, todas las jóve­nes de la aldea luchan como «jua­nas de arco» por casar­se el mis­mo día que el padre cele­bra­ba el ani­ver­sa­rio de la muer­te de su hija, ya van vein­ti­sie­te, en la capi­lla de las Dolo­res, capi­lla del pazo de uso semi­pú­bli­co. (A la som­bra del ver­bo) (1995–2025)

CUESTIONARIO PROUST ‘A MI MANERA’ (ENRIQUECIDO)

El Cues­tio­na­rio Proust es una serie de pre­gun­tas dise­ña­das para explo­rar la per­so­na­li­dad, gus­tos y aspi­ra­cio­nes de quien lo cum­pli­men­ta. Aun­que no fue crea­do por el escri­tor fran­cés Mar­cel Proust, su nom­bre se aso­cia a él por­que res­pon­dió este tipo de cues­tio­na­rio en su juven­tud, den­tro de un «álbum de con­fe­sio­nes» que era popu­lar en la épo­ca vic­to­ria­na.

Este cues­tio­na­rio tie­ne un ori­gen curio­so. Como he dicho, no fue crea­do por el autor de En bus­ca del tiem­po per­di­do, sino que era un jue­go de salón popu­lar en la épo­ca vic­to­ria­na lla­ma­do «álbum de con­fe­sio­nes», una espe­cie de test de per­so­na­li­dad que cir­cu­la­ba entre ami­gos para reve­lar aspec­tos ínti­mos de su carác­ter y gus­tos.

Las pre­gun­tas abar­can des­de lo más ínti­mo ―como el mayor mie­do o el ideal de feli­ci­dad― has­ta aspec­tos más tri­via­les como el color favo­ri­to o el héroe de fic­ción pre­fe­ri­do. Con el tiem­po, este cues­tio­na­rio se con­vir­tió en una herra­mien­ta popu­lar entre perio­dis­tas y entre­vis­ta­do­res para cono­cer mejor a artis­tas, escri­to­res y cele­bri­da­des. No es un cues­tio­na­rio cerra­do. Con los años se han ido aña­dien­do pre­gun­tas. Como he hecho yo.

Hoy en día, el Cues­tio­na­rio Proust se uti­li­za en una sor­pren­den­te varie­dad de con­tex­tos, más allá del ámbi­to lite­ra­rio o perio­dís­ti­co: entre­vis­tas per­so­na­les y mediá­ti­cas, lide­raz­go, herra­mien­ta para fomen­tar la empa­tía, mejo­rar la comu­ni­ca­ción y for­ta­le­cer equi­pos, cono­cer mejor a sus cola­bo­ra­do­res y des­cu­brir talen­tos ocul­tos… Muchas per­so­nas lo uti­li­zan como ejer­ci­cio de intros­pec­ción, cla­ri­fi­ca­ción de valo­res, deseos y prio­ri­da­des, fun­cio­nan­do casi como una for­ma de auto­aná­li­sis, un estí­mu­lo de la refle­xión y así fomen­tar la expre­sión per­so­nal. Es muy fre­cuen­te que las redes socia­les y los blogs lo incor­po­ren por­que su for­ma­to atrac­ti­vo y per­so­nal lo hace ideal para con­te­ni­dos vira­les o publi­ca­cio­nes que bus­can conec­tar emo­cio­nal­men­te con la audien­cia.

En resu­men, el Cues­tio­na­rio Proust ha pasa­do de ser un jue­go de salón a una herra­mien­ta ver­sá­til para cono­cer­se a uno mis­mo y a los demás.

El Cues­tio­na­rio Proust es una invi­ta­ción a la intros­pec­ción, algo muy nece­si­ta­do en estos tiem­pos de super­fi­cia­li­dad y pue­ril sim­ple­za.

¿Te ani­mas a res­pon­der­lo tú tam­bién? Yo lo he hecho. Te invi­to a leer­lo.

  1. ¿Prin­ci­pal ras­go de su carác­ter?

Con­fian­za, racio­na­li­dad, empa­tía, inse­gu­ri­dad, cobar­día, ama­bi­li­dad, intra­ver­sión, impul­si­vi­dad y crea­ti­vi­dad lite­ra­ria.

  1. ¿Qué cua­li­dad apre­cia más en un hom­bre?

Hones­ti­dad, sen­ti­do del humor y deter­mi­na­ción.

  1. ¿Y en una mujer?

Hones­ti­dad, sen­ti­do del humor y deter­mi­na­ción.

  1. ¿Qué espe­ra de sus ami­gos?

Que com­pren­dan mi par­si­mo­nia y que res­pe­ten mi espa­cio. Ade­más, que no me juz­guen como yo no juz­go a nadie.

  1. ¿Su prin­ci­pal defec­to?

Los fre­cuen­tes bro­tes de aso­cia­bi­li­dad por timi­dez. No los sopor­to. Son vehe­men­tes arre­ba­tos que me trans­por­tan a un aban­dono incom­pren­di­do por muchos. Ade­más, del mal­di­to com­pla­ce que me con­vier­te en un ser malea­ble en oca­sio­nes. No saber inglés.

  1. ¿Su vir­tud que nadie cono­ce?

La capa­ci­dad de guar­dar secre­tos aje­nos. Como decía Lope de Vega con res­pec­to al amor: quien lo pro­bó lo sabe. Creo que la escu­cha tam­bién. Debe­rían con­tes­tar las per­so­nas que con­vi­ven con­mi­go.

  1. ¿Su ocu­pa­ción favo­ri­ta?

Leer, apren­der, una gra­ta con­ver­sa­ción, escu­char a Los Secre­tos, col­gar entra­das escri­tas por mí en mi blog en cas­te­llano. Y si me per­mi­to un rap­to de pal­pa­ble ego­cen­tris­mo: ver cómo aumen­ta el núme­ro de sus­crip­to­res a mis blogs.

  1. Usted se ve y los demás lo ven…

Me encan­ta esta pre­gun­ta.

Y res­pon­do con las pala­bras lite­ra­les ―creo― de una com­pa­ñe­ra: oja­lá te vie­ras tú como te vemos los demás.

Esta segun­da con­tes­ta­ción, que lle­vo años desean­do hacer públi­ca, apa­ren­ta que mode­lo un com­por­ta­mien­to sober­bio y engreí­do. Soy muy gene­ro­so. Siem­pre lo he sido. Con todo el mun­do. Y esto me ha lle­va­do, me lle­va y me lle­va­rá a una cru­da reali­dad: estar moja­ma eco­nó­mi­ca­men­te.

  1. ¿Cómo es pro­fe­sio­nal­men­te?

Res­pon­sa­ble, orga­ni­za­do, dedi­ca­do, cola­bo­ra­dor, olvi­da­di­zo, adap­ta­ble, empá­ti­co, gru­ñón y gene­ro­so en las correc­cio­nes.

  1. ¿Su ideal de feli­ci­dad?

Vivir de acuer­do con los idea­les que me trans­mi­tie­ron mis padres, mini­mi­zar mi dolor físi­co y emo­cio­nal y encon­trar un día la sere­ni­dad inte­rior que me haga vivir en paz.

  1. ¿Cuál sería su mayor des­gra­cia?

El dolor físi­co en mi her­ma­na y en mis fami­lia­res y ami­gos. Lo pude com­pro­bar en un pri­mo mío y no se lo deseo a nadie.

  1. ¿Qué le gus­ta­ría ser?

Un pro­fe­sor y un escri­tor con una bue­ní­si­ma memo­ria.

  1. ¿En qué país desea­ría vivir?

En Espa­ña, en con­cre­to en Gali­cia. Nada de gran­des ciu­da­des.

  1. ¿Su color favo­ri­to?

Sin dudar­lo, el azul y todas sus varian­tes.

  1. ¿Algu­na obse­sión supe­ra­da? ¿Actual?

La apa­rien­cia. El qué dirán de mí. Ten­go una com­pa­ñe­ra que me ha dicho que eso no lo he supe­ra­do.

¿Actual? Sí. Mi blog. Quie­ro que todo el mun­do se sus­cri­ba. Pero no por un «pos­tu­reo lite­ra­rio», no, sino por­que estoy con­ven­ci­do de que hay gen­te que no lo cono­ce y que dis­fru­ta­ría leyén­do­lo. De ahí mi afán de dar­le la mayor difu­sión posi­ble.

  1. ¿Es un com­pra­dor com­pul­si­vo?

Sí. Y es tre­men­do. Des­de obje­tos a sus­crip­cio­nes a perió­di­cos pasan­do por apli­ca­cio­nes y plu­gins para mis blogs que lue­go no sé uti­li­zar por­que está todo en inglés.

  1. ¿La flor que más le gus­ta?

La hor­ten­sia. Me trans­por­ta a mi infan­cia, a mi ado­les­cen­cia y a mi tar­doa­do­les­cen­cia. Regi­na Bui­tra­go dice que es una bella flor sin aro­ma. Ade­más, sim­bo­li­za la paz, la pure­za, la gen­ti­le­za y la gra­cia.

  1. ¿El pája­ro que pre­fie­re?

El peti­rro­jo, un pája­ro peque­ño con un sig­ni­fi­ca­ti­vo plu­ma­je naran­ja en pecho y cara. La ener­gía de este pája­ro te ense­ña cómo avan­zar con gra­cia, tena­ci­dad, per­se­ve­ran­cia y afir­ma­ción en la vida, dejan­do a un lado los dra­mas per­so­na­les.

  1. ¿Sus auto­res favo­ri­tos en pro­sa?

Por salir­me un poco de la nor­ma: Álva­ro Cun­quei­ro, Dolo­res Redon­do, Edgar Allan Poe, Gon­za­lo Torren­te Balles­ter, Eduar­do Blan­co Amor, Ramón María del Valle-Inclán, Emi­lia Par­do Bazán, Luis Mateo Díez, Mar­ga­ret Atwood, Cris­ti­na Cam­pos…

  1. ¿Sus poe­tas?

Gar­ci­la­so de la Vega, Elvi­ra Sas­tre, Ale­jan­dra Pizar­nik, William Sha­kes­pea­re, Fer­nan­do Pes­soa, Rosa­lía de Cas­tro, Fran­ces­co Petrar­ca, Anto­nio Macha­do, Gus­ta­vo Adol­fo Béc­quer, Char­les Bau­de­lai­re, Cel­so Emi­lio Ferrei­ro…

  1. ¿Un héroe de fic­ción?

El Capi­tán Trueno y su caba­llo Goliath. Es un caba­lle­ro de la Edad Media que siem­pre en com­pa­ñía de per­so­na­jes como Cris­pín, libra­ba intere­san­tí­si­mas bata­llas como defen­sor de la jus­ti­cia.

  1. ¿Una heroí­na?

Sel­ma Lager­löf, escri­to­ra sue­ca. Fue la pri­me­ra mujer en hacer­se con un Pre­mio Nobel de Lite­ra­tu­ra en 1909. En con­cre­to, por su obra El pros­cri­to.

Car­men Mar­tí­nez San­cho, pri­me­ra doc­to­ra y cate­drá­ti­ca en la ense­ñan­za secun­da­ria de Espa­ña en los años 20.

  1. ¿Su com­po­si­tor favo­ri­to?

Tenien­do en cuen­ta mi acen­tua­da arrit­mia musi­cal, mi inca­pa­ci­dad de seguir un rit­mo poli­fó­ni­co y la de coor­di­nar movi­mien­tos con el com­pás de una can­ción, me con­for­mo con bue­nos com­po­si­to­res de letras de los años 80 a nues­tros días: Enri­que Urqui­jo, Juan Car­los Cal­de­rón, Car­los y Juan Azcá­rra­ga, Anto­nio Vega, Andrés Suá­rez, Manuel Ale­jan­dro, Ceci­lia, Joa­quín Sabi­na, André do Barro…

  1. ¿Su pin­tor pre­fe­ri­do?

Car­los Azcá­rra­ga. Falle­ci­do por un cru­de­lí­si­mo cán­cer de colon, pero, des­de joven, con una crea­ti­vi­dad ili­mi­ta­da.

  1. ¿Su héroe de la vida real?

Mi padre, ya falle­ci­do. Médi­co de voca­ción filan­tró­pi­ca, tra­ba­jó casi cua­ren­ta años de sol a sol. Sólo pasó en cama tres días por una oti­tis. Siem­pre tra­ba­jan­do, sába­do, domin­go, inclu­so en el atrio de la igle­sia de María Auxi­lia­do­ra de la Ron­da de Ato­cha 25 ana­li­zan­do radio­gra­fías o aná­li­sis clí­ni­cos.

  1. ¿Su nom­bre favo­ri­to?

Jor­ge, Car­los, Juan, Luis, Lola, Rosa… Nom­bres que no superen las dos síla­bas.

  1. ¿Qué hábi­to ajeno no sopor­ta?

Inte­rrum­pir cons­tan­te­men­te al hablar, cri­ti­car todo sin apor­tar solu­cio­nes por­que «ese no es mi tra­ba­jo», ser chis­mo­so y hablar siem­pre mal de todos, des­pre­ciar a la gen­te por­que sus gus­tos no coin­ci­den con los míos, creer­se saber de todo, es decir, los «güi­qui­pe­dios andan­tes»…

  1. ¿Qué es lo que más detes­ta?

No devol­ver yo ni que me devuel­van lo pres­ta­do: libros, dine­ro o una cal­cu­la­do­ra para un examen. Tener cero de auto­crí­ti­ca, pero juz­gar sibi­li­na­men­te a todos. Usar fra­ses tipo: «yo digo las cosas como son», pero solo para ser gro­se­ros. Creer que dar «con­se­jos» no soli­ci­ta­dos es sinó­ni­mo de sabi­du­ría. Si habla­mos de mi físi­co, el exce­so de sudo­ra­ción que sufro y los luna­res y… La impun­tua­li­dad.

  1. ¿Una figu­ra his­tó­ri­ca que le pon­ga mal cuer­po?

En la épo­ca actual, Putin o Madu­ro

  1. ¿Un hecho his­tó­ri­co que admi­re?

La caí­da del muro de Ber­lín.

  1. ¿Qué don de la natu­ra­le­za desea­ría poseer?

De los espi­ri­tua­les, la for­ta­le­za. De los no espi­ri­tua­les, el oído. Toda mi vida he que­ri­do for­ta­le­cer mi espí­ri­tu y tocar la gui­ta­rra o el piano, pero he fra­ca­sa­do estre­pi­to­sa­men­te.

  1. ¿Cómo le gus­ta­ría morir?

De noche, dur­mien­do. En mi fami­lia ten­go sufi­cien­tes ejem­plos de sufri­mien­to físi­co que no sé si lo sopor­ta­ría.

  1. ¿Cuál es el esta­do más típi­co de su áni­mo?

Nos­tál­gi­co, con­tem­pla­ti­vo, menes­te­ro­so, tris­te, anhe­lan­te, ver­gon­zo­so…

  1. ¿Qué defec­tos le ins­pi­ran más indul­gen­cia?

Inge­nui­dad, tor­pe­za físi­ca, inse­gu­ri­dad, sen­ti­men­ta­lis­mo, difi­cul­tad para decir «no», inde­ci­sión, no cap­tar las «indi­rec­tas».

  1. ¿Qué es lo que menos le gus­ta de su aspec­to?

Cla­ra­men­te, el irme hacien­do vie­jo. Como decía Celes­ti­na: la vejez es una cue­va de enfer­me­da­des. Mi andar pau­sa­do. Sé que cris­pa a mucha gen­te. Mis luna­res y man­chas pro­pias de la edad. A nadie le pue­den gus­tar. Mi cin­tu­ra que cada vez es más ancha, como si fue­ra el muñe­co de Miche­lín. Mi boca, pero una iatro­fo­bia, que muy pocos creen que sufra, me tie­ne blo­quea­do abso­lu­ta­men­te. Apar­te del raqui­tis­mo de mi eco­no­mía.

  1. ¿Tie­ne un lema?

Lo leí en un libro de un autor galle­go o eso creo. Lo mis­mo es una inven­ción mía: Ima­xi­na sen lími­tes, escri­be sen medo. (Ima­gi­na sin lími­tes, escri­be sin mie­do). No sé si es un lema: Exis­ti­mos mien­tras nos recuer­dan. (Car­los Ruiz Zafón).

  1. ¿Orien­ta­ción sexual? (Hete­ro­se­xual, homo­se­xual, bise­xual, etc.)

Hete­ro­se­xual.

  1. No podría vivir sin…

Leer, escri­bir, espe­ran­za, salud, espi­ri­tua­li­dad, liber­tad para ser uno mis­mo, crea­ti­vi­dad per­so­nal, reco­no­ci­mien­to per­so­nal, reci­bir afec­to sin­ce­ro, mirar a los ojos a una mujer…

  1. ¿Una manía/una rutina/un ritual que si no lo haces te estro­pea el día?

El desa­yuno. Uno o dos cafés con leche y algo de bolle­ría indus­trial.

  1. Cuan­do lle­ga la Navi­dad…

Me encie­rro más en mí mis­mo. No la sopor­to por todas las sillas vacías que hay a mi alre­de­dor.

  1. De niño que­ría ser como… ¿Con­ser­va algu­na cosa de la niñez?

Un adul­to con la pro­fe­sio­na­li­dad de mi padre. No guar­do nada por el «injus­to escru­ti­nio» que se hizo de «mis cosas», era el peque­ño, cuan­do nos muda­mos de San­ta María de la Cabe­za a Her­ma­nos Mira­lles.

  1. ¿Le hubie­ra gus­ta­do vivir en otra época/país?

No. Recha­zo a las per­so­nas que dicen que les gus­ta­ría vivir en la Edad Media, en el Rena­ci­mien­to, en los tiem­pos de Cleo­pa­tra o de Julio César… Pero, cla­ro, ¡¡¡en las capas altas de la socie­dad!!! Ser un ple­be­yo era terri­ble.

  1. ¿Trae a la memo­ria algu­na rela­ción ante­rior o pasa horas pen­san­do «qué hubie­ra pasa­do si…»?

Deci­sio­nes que tomé en la tar­doa­do­les­cen­cia y que toda­vía hoy no com­pren­do. Todo debi­do a mi pusi­la­ni­mi­dad ante la pre­sión de la fami­lia. Soy un cobar­de. Soy un irre­so­lu­to enco­gi­do.

  1. ¿La últi­ma obra que ha leí­do?

Relec­tu­ra de La San­ta Com­pa­ña de Loren­zo G. Ace­be­do (rega­la­do por una exalum­na) y la Poe­sía Com­ple­ta de Idea Vila­ri­ño. Aho­ra estoy leyen­do Siem­pre hay un pre­cio de Álva­ro Urqui­jo, rega­la­do por un com­pa­ñe­ro de tra­ba­jo.

  1. ¿La últi­ma mani­fes­ta­ción a la que fue o peti­ción onli­ne por una cau­sa?

Por la igual­dad sala­rial de los con­cer­ta­dos y la ense­ñan­za públi­ca.

  1. ¿Es usua­rio acti­vo en las redes socia­les?

Míni­ma­men­te. Ten­go cuen­ta en Ins­ta­gram, pero no sé hacer nada más que col­gar peque­ños tex­tos de diver­sos auto­res o pro­pios. Nada más. @maiztogores.

  1. ¿Vege­ta­riano o vegano? ¿Coci­na o calien­ta pla­tos pre­pa­ra­dos o encar­ga a comi­da chi­na o piz­zas?

Ni vege­ta­riano ni vegano, pero «come­dor muy malo». Como el ejem­plo que pone la RAE en su dic­cio­na­rio soy un «come­dor remil­ga­do y maniá­ti­co».

  1. ¿Está engan­cha­do a algún jue­go en el móvil o jue­go onli­ne por orde­na­dor?

No. Jue­gos, nada. La fala­cia para tener casi todo el día el móvil en la mano es «por si me lla­man» o «para estar bien infor­ma­do».

  1. ¿Es adic­to a la men­sa­je­ría ins­tan­tá­nea?

Sí. Estoy engan­cha­do a «gua­sap». Dis­fru­to escri­bien­do «gua­saps» lar­gos, muy lar­gos. Eso sí, con un abso­lu­to res­pe­to orto­grá­fi­co, gra­ma­ti­cal y de esti­lo.

  1. ¿Sopor­ta­ría una sema­na sin Inter­net?

No. Creo que muy pocas per­so­nas sopor­ta­rían una sema­na sin inter­net. Mucha gen­te dice que sí, pero des­de la segu­ri­dad de que nun­ca va a ocu­rrir dicha cir­cuns­tan­cia. Un apa­gón de unas horas y nos agi­ta­mos como una coc­te­le­ra.

  1. ¿Está infor­ma­do del mun­do?

Lo jus­to. Estoy satu­ra­do. La trom­ba de infor­ma­ción per­ma­nen­te que sufri­mos ha logra­do que cier­tos acon­te­ci­mien­tos los obser­ve de reo­jo. Ade­más, las «noti­cias fal­sas» pros­ti­tu­yen el día a día.

  1. ¿Coche, bici o trans­por­te públi­co?

Trans­por­te públi­co. No ten­go car­né de con­du­cir, por lo que no poseo coche. Tam­po­co bici­cle­ta. Ni las públi­cas. Por lo tan­to, trans­por­te públi­co y, en con­ta­das oca­sio­nes, taxis.

  1. ¿Prac­ti­ca depor­tes? ¿Sigue even­tos depor­ti­vos por tele­vi­sión?

En estos momen­tos no prac­ti­co nin­gún depor­te. Nin­guno. Y «me rega­ñan» por ello. Hubo un tiem­po que prac­ti­qué la nata­ción, pero soy muy mal nada­dor. Nun­ca he sabi­do res­pi­rar bien y eso que le echa­do horas. Des­de muy peque­ño he segui­do al Madrid de fút­bol y balon­ces­to, pero des­de hace tres años no veo ni oigo nada en direc­to. Debo cui­dar mi salud y la ten­sión ner­vio­sa con la que vivía estos even­tos depor­ti­vos no se la reco­mien­do a nadie media­na­men­te sano.

  1. Músi­ca favorita/Música que odia.

Mi músi­ca favo­ri­ta gira en torno a los años 80 espa­ño­les, pero tam­bién me gus­tan los can­tau­to­res actua­les o del pasa­do. Los Secre­tos, cla­ro está. No sopor­to el regue­tón.

  1. Una can­ción que no se can­sa de escu­char…

Cual­quier can­ción inter­pre­ta­da por Enri­que Urqui­jo. Tre­nes per­di­dos de Los Secre­tos. El hom­bre del piano de Ana Belén. Las cua­tro y diez de Luis Eduar­do Aute. Chi­cas de cole­gio de Mamá.  Sam­ba pa ti de San­ta­na. Camino Soria de Gabi­ne­te Cali­ga­ri. El sitio de mi recreo de Anto­nio Vega. Chi­ca de ayer de Nacha pop. Lela de Dul­ces Pon­tes y Car­los Núñez. Albo­ra­da galle­ga y Mui­ñei­ra de Chan­ta­da, inter­pre­ta­das por Car­los Núñez y Los Chief­tains. Sella­do por un beso de Bobby Vin­ton. El gato que está tris­te y azul de Rober­to Car­los. Pala­bras de amor de Serrat Y muchas más…

  1. ¿Pelí­cu­la y/o serie favo­ri­ta?

Me impac­ta­ron El gra­dua­do, El padrino, La naran­ja mecá­ni­ca, El gua­te­que, La gata sobre el teja­do de zinc calien­te, Matar un rui­se­ñor… Me encan­ta El club de los poe­tas muer­tos. Fie­bre del sába­do noche…por la edad. Series favo­ri­tas: de la TVG, Mareas vivas. De TVE, Los gozos y las som­bras, For­tu­na­ta y Jacin­ta y La Regen­ta y esta­dou­ni­den­se, Dallas.

  1. El pró­xi­mo verano/invierno/Navidad/feria local le gus­ta­ría…

Sé que es un impo­si­ble. No vol­ver a pasar un tórri­do verano en Madrid. No lo sopor­to. Pero sé que vol­ve­rán.

  1. Antes le gus­ta­ba, aho­ra no…

Via­jar a San­tia­go. ¿Aho­ra? No. Mi ten­den­cia a la aso­cia­bi­li­dad «ha logra­do», con mi anuen­cia, que me sien­ta un extran­je­ro en la ciu­dad don­de nací. Es esca­lo­frian­te, y me hace llo­rar sin lágri­mas, pasear por Com­pos­te­la ―ciu­dad que «he patea­do» y «con­su­mi­do» cien­tos de veces― y sen­tir­me en ella un autén­ti­co forá­neo.

Asis­tir al tea­tro. He ido dece­nas de veces des­de ado­les­cen­te, he pro­mo­vi­do ir con alum­nos en el cole­gio, y hoy, aco­mo­da­do en unos pocos metros cua­dra­dos en torno a mi casa, he deja­do de acu­dir. Lamen­ta­ble.

  1. Dice que le gus­ta­ría hacer… pero no se pone a ello.

Escri­bir una nove­la sobre mi fami­lia. No me pon­go a ello por­que ten­go muy mala memo­ria y por­que no soy capaz de escri­bir con abso­lu­ta sin­ce­ri­dad y liber­tad. Han falle­ci­do muchos miem­bros de mi fami­lia y no me pare­ce correc­to hablar de cier­tos temas en los que están invo­lu­cra­dos. Lo bor­deo en mi blog cuan­do escri­bo epi­so­dios de Hatroz.

Estu­diar inglés o ita­liano.

  1. ¿Sue­ña con vivir en otro lugar?

Sí. Hablo de sue­ños. Des­de hace años ha cre­ci­do en mi inte­rior vivir en un pue­blo galle­go cos­te­ro tipo Mal­pi­ca de Ber­gan­ti­ños, Muxía, Came­lle, Muros, Por­to do son, Cam­ba­dos… Qui­zá por cómo me resien­to físi­ca y emo­cio­nal­men­te con tem­pe­ra­tu­ras como aho­ra mis­mo ―8 de la maña­na y 29 gra­dos―. No lo aguan­to.

  1. ¿Le ha moles­ta­do algu­na pre­gun­ta?

No. Me ha moles­ta­do enor­me­men­te el orden. Yo hubie­ra esta­ble­ci­do otro muy dife­ren­te. (A la som­bra del ver­bo) (1995–2025)

JUBILACIÓN (TEXTO ENRIQUECIDO)

Aun­que comien­za una nue­va eta­pa en mi vida, ya extra­ño las mira­das curio­sas de mis alum­nos, las con­ver­sa­cio­nes com­par­ti­das con mis com­pa­ñe­ros y la cali­dez del día a día en el cole­gio. Me lle­vo recuer­dos imbo­rra­bles y un pro­fun­do cari­ño de cada uno de voso­tros.

Como me dijo un alumno: se jubi­la, pro­fe, no… Con usted se va la últi­ma espe­ran­za de que yo entien­da las ora­cio­nes subor­di­na­das. Ja.

Me jubi­lo, sí… pero no me des­pi­do del todo. Ya echo de menos a mis alum­nos (inclu­so a los que no para­ban de hablar) y a mis com­pa­ñe­ros (espe­cial­men­te en el café de pri­me­ra hora, en el del recreo y las con­fi­den­cias de los pasi­llos). ¡¡¡No sé cómo voy a sobre­vi­vir sin reunio­nes inter­mi­na­bles, foto­co­pias de últi­ma hora y eva­lua­cio­nes lle­nas de bom­bo­nes, chu­rros y bollos ¡Los voy a extra­ñar más de lo que os ima­gi­náis!

Hace ya unos días, a eso de las doce de la noche, dis­fru­ta­ba toman­do una copa en una de las múl­ti­ples terra­zas que hay en la calle Juan Bra­vo. En mis manos, un libro sobre la recons­truc­ción per­so­nal; en la men­te, un recuer­do muy cer­cano en el tiem­po: mi jubi­la­ción. Soy hom­bre que no sabe ele­gir cami­nos rec­ti­lí­neos, no. Sue­lo esco­ger cami­nos tor­tuo­sos y lle­nos de obs­tácu­los que me sumer­gen en una cié­na­ga de arre­pen­ti­mien­tos que dañan mis fran­cas deci­sio­nes. Arre­pen­tir­se es par­te de nues­tro cre­ci­mien­to, inclu­so a mi edad, pero no debe inva­li­dar nun­ca lo que deci­di­mos con ple­na con­vic­ción. Cada elec­ción nos for­ma, inclu­so si me con­vir­tie­se en la deci­moc­ta­va víc­ti­ma del caní­bal de Mil­wau­kee, ase­sino cono­ci­do por la cruel­dad de sus homi­ci­dios. ¡Vaya digre­sión te has mar­ca­do, José María!

Ofus­ca­do en la lec­tu­ra de un párra­fo que no enten­día, no me di cuen­ta de que esta­ban delan­te de mí los padres de una anti­gua alum­na del cole­gio. Pidie­ron per­mi­so para sen­tar­se. Dado de sumo agra­do, man­tu­vi­mos una gra­tí­si­ma con­ver­sa­ción sobre la deci­sión de jubi­lar­se a la edad corres­pon­dien­te o de pro­se­guir, en mi caso, con la con­di­ción de pro­fe­sor en acti­vo. Me pidie­ron que siguie­ra, pero me reafir­mé en la deci­sión toma­da.

Sus­cri­tos a mi blog, me pidie­ron que vol­vie­ra a col­gar el tex­to que escri­bí para comu­ni­car mi deter­mi­na­ción por­que no lo encon­tra­ban. Sabe­mos de tu con­di­ción de blo­gui­ci­da, pero la acep­ta­mos con suma esti­ma y cor­dia­li­dad, me dije­ron cuan­do se des­pi­die­ron.  Allí enten­de­réis la opción toma­da por mí. Y en ello estoy.

Des­pués de 37 años de dedi­ca­ción a la ense­ñan­za, lle­ga un momen­to en el que el cuer­po y la men­te nece­si­tan un des­can­so. Lejos que­da aquel 15 de agos­to de 1958 cuan­do, en un día llu­vio­so, lle­gué a este mun­do en mi que­ri­da San­tia­go de Com­pos­te­la. Este final del camino edu­ca­ti­vo, don­de cada paso deja una cica­triz y una ense­ñan­za, lo alcan­zo pleno de satis­fac­ción y con el gozo de la labor rea­li­za­da. Optar por la jubi­la­ción, sabien­do que con la legis­la­ción actual podría seguir, es una deci­sión toma­da por dife­ren­tes razo­nes, pero muy medi­ta­da. Soy un hom­bre de impul­sos, pero en esta oca­sión lo he medi­ta­do con muchí­si­ma tran­qui­li­dad. ¿Me estoy equi­vo­can­do? Como dice Fito en una can­ción: me equi­vo­ca­ría otra vez.

No con­si­go loca­li­zar el ori­gen con­cre­to del can­san­cio men­tal que he expe­ri­men­ta­do este cur­so, con cre­ces el más difí­cil para mí. Dar cla­se este cur­so ha sido como remar con­tra corrien­te en un mar de altas expec­ta­ti­vas, don­de cada eva­lua­ción ha sido una tor­men­ta y cada alumno, una posi­ble vía de agua en el bar­co que tie­ne un mis­mo des­tino para todos los alum­nos: alcan­zar la mejor nota posi­ble en junio. El esfuer­zo cons­tan­te que me auto­im­pon­go para aten­der las nece­si­da­des emo­cio­na­les ―son ado­les­cen­tes des­bo­ca­dos, al fin y al cabo―, aca­dé­mi­cas ―pelea cons­tan­te por obte­ner las mejo­res notas siem­pre― de los estu­dian­tes, las reci­di­van­tes correc­cio­nes y la car­ga admi­nis­tra­ti­va ―de la que habla­ré otro día― han soca­va­do mi auto­es­ti­ma y alte­ra­do seria­men­te mi equi­li­brio emo­cio­nal. Este ago­ta­mien­to, muchas veces invi­si­ble, me deman­da espa­cios de cui­da­do y aten­ción per­so­na­les. Como bien me dice mi alter ego: has caí­do, José María, en un abo­tar­ga­mien­to inquie­tan­te.

Otra razón por la que he deci­di­do mi jubi­la­ción este cur­so es que mi her­ma­na me nece­si­ta. No es dra­ma­tis­mo. Es reali­dad. Mayor que yo, vivi­mos jun­tos por­que hemos logra­do, con el esfuer­zo de los dos, una gran esta­bi­li­dad fra­ter­nal. La vida ha sido muy cruel con ella y las situa­cio­nes per­so­na­les que ha sufri­do, en muchas oca­sio­nes sin pre­vio avi­so y de una dure­za bár­ba­ra, requie­ren que esté más pre­sen­te, ya sea para cui­dar de ella o sim­ple­men­te para acom­pa­ñar­la. Las alter­na­ti­vas, alta­men­te one­ro­sas para los dos, eran inasu­mi­bles en el tiem­po. Sien­to que aho­ra es el momen­to de estar con ella.

Y la ter­ce­ra razón, la lec­tu­ra y la escri­tu­ra. Pre­ci­so vol­ver a leer con la cal­ma y la liber­tad que un hom­bre de casi 67 años pre­ci­sa. El 15 de agos­to caen 67 cual saco de pro­me­sas a la espal­da y los quie­ro cum­plir libre de con­di­cio­na­mien­tos edu­ca­ti­vos. Ten­go un blog, en el que voy col­gan­do tex­tos de todo tipo: anéc­do­tas, narra­cio­nes, pen­sa­mien­tos, tex­tos surrea­lis­tas, capí­tu­los de Hatroz…

Este blog es www.recuncar.com. Creías que te ibas a librar: ¡¡¡sus­cri­be a tu gen­te, ven­ga, aní­ma­te!!! Hay otro, www.orballar.com, que está «en paña­les». Me quie­ro dedi­car a ellos para seguir col­gan­do tex­tos y evi­tar, el vien­to no se pue­de atra­par, y una agu­ja hecha de humo es intan­gi­ble, la pér­di­da de tex­tos y de lec­to­res. Defen­der mis blogs es defen­der mi dere­cho a ser escu­cha­do en un mun­do satu­ra­do de rui­do. Man­te­ner dos blogs es un acto de cons­tan­cia, crea­ti­vi­dad y evo­lu­ción. Luchar por ellos es tam­bién luchar por mi desa­rro­llo per­so­nal, ya que cada entra­da me ense­ña algo nue­vo, sobre mí y sobre los demás. Estoy con­ven­ci­do de que si me leye­ra el que no me cono­ce se sus­cri­bi­ría.

―Ya está bien de hablar de ti, José María. No sabes gene­ra­li­zar y nece­si­tas siem­pre ser el pere­jil de todas las sal­sas.

Mi alter ego me tie­ne la pacien­cia ago­ta­da.

―Pues te vas a fas­ti­diar por­que voy a seguir. Hoy, con más razón que nun­ca, es obli­ga­to­rio refle­xio­nar sobres las razo­nes que me lle­van a tomar una deci­sión tan impor­tan­te en mi vida labo­ral.

El vier­nes 12 de junio cele­bra­mos la fina­li­za­ción del cur­so de 1º de bto. Reu­ni­dos en el salón rojo del cole­gio la direc­ción peda­gó­gi­ca, los tuto­res, algu­nos pro­fe­so­res y todos los alum­nos de este cur­so, com­par­ti­mos un acto muy entra­ña­ble, en el cual entre­ga­mos los pre­mios a unos pocos, sien­do todos mere­ce­do­res de ellos. Comen­zó el acto con unas pala­bras muy afec­tuo­sas de la direc­to­ra peda­gó­gi­ca diri­gi­das a los alum­nos. La cere­mo­nia fluía tran­qui­la cuan­do Rían men­cio­nó mi reti­ra­da des­pués de una lar­ga tra­yec­to­ria en el cole­gio y, con la natu­ra­li­dad del afec­to que guar­da­ban en su inte­rior, todos los pre­sen­tes pro­rrum­pie­ron en un cáli­do y pro­lon­ga­do aplau­so que me puso el vello de pun­ta. 

Quie­ro tomar­me este momen­to para agra­de­cer, des­de lo más pro­fun­do de mi cora­zón, el aplau­so tan gene­ro­so y emo­ti­vo que me brin­das­teis. No sabéis cuán­to sig­ni­fi­có para mí ese ges­to. Fue mucho más que un sim­ple aplau­so, fue un abra­zo colec­ti­vo, una des­pe­di­da sin­ce­ra, una mues­tra de apre­cio que guar­da­ré siem­pre con­mi­go.

Des­pe­dir­se nun­ca es fácil, sobre todo cuan­do uno se mar­cha de un lugar don­de ha vivi­do tan­to, ha apren­di­do tan­to y ha com­par­ti­do tan­to. Vues­tro aplau­so me recor­dó el por­qué ele­gí esta pro­fe­sión: por la posi­bi­li­dad de acom­pa­ñar a per­so­nas como voso­tros en un tra­mo de su camino, de con­tri­buir ―aun­que sea un poco― a vues­tro cre­ci­mien­to y a vues­tra for­ma de mirar el mun­do. Y me acor­dé de Gar­cía Már­quez cuan­do dijo: «no llo­res por­que ter­mi­nó, son­ríe por­que suce­dió».

Cada cla­se, cada con­ver­sa­ción en los pasi­llos, cada son­ri­sa en un lugar ines­pe­ra­do del cole­gio, inclu­so cada reto ―la mal­di­ta sin­ta­xis―, ha sido par­te de una expe­rien­cia que me ha enri­que­ci­do pro­fun­da­men­te. Voso­tros no solo habéis sido alum­nos, habéis sido tam­bién maes­tros, por­que me habéis ense­ña­do a ser mejor pro­fe­sor, a ser más pacien­te, más crea­ti­vo, más humano y menos gru­ñón.

Me voy con la tran­qui­li­dad de haber dado lo mejor de mí, pero tam­bién con la emo­ción de lle­var­me tan­to afec­to. Ese aplau­so fue un rega­lo inmen­so que me acom­pa­ña­rá allá don­de vaya y que per­ma­ne­ce­rá gra­ba­do en mi memo­ria como uno de los momen­tos más her­mo­sos de mi vida pro­fe­sio­nal.

Gra­cias por vues­tra gene­ro­si­dad, por vues­tra ener­gía, por vues­tra con­fian­za. Y, sobre todo, gra­cias por per­mi­tir­me for­mar par­te de vues­tra his­to­ria. Yo soy un peque­ñí­si­mo engra­na­je en vues­tra edu­ca­ción, por­que voso­tros rea­li­za­réis con ilu­sión, curio­si­dad, com­pa­ñe­ris­mo, esfuer­zo y com­pro­mi­so un segun­do de bachi­lle­ra­to que cerra­rá, estoy segu­ro de que con éxi­to pleno, vues­tra eta­pa edu­ca­ti­va en el cole­gio. Creed en voso­tros, apo­yad a los demás, y no dejéis nun­ca de apren­der.

Escu­chad estas cua­tro can­cio­nes que segu­ro, o qui­zá, las cono­céis:

1.- Melo­cos.- Cuan­do me vaya. Con Nata­lia Jimé­nez. Del año 2007. Puso los pelos de pun­to a la pro­mo­ción que salió ese año del cole­gio cuan­do la escu­cha­ron en la des­pe­di­da.

https://www.youtube.com/watch?v=TjK8m4XhcOs&list=LL&index=40

2.- Miley Cyrus.- I’ll always remem­ber you. La can­ción des­ta­ca la impor­tan­cia de recor­dar los bue­nos momen­tos y las amis­ta­des que se han for­ma­do a lo lar­go del camino, a pesar de los cam­bios y las des­pe­di­das. La pro­mo­ción de 2011, creo, la dis­fru­tó en el acto de des­pe­di­da del cole­gio.

https://www.youtube.com/watch?v=f‑Vqn4TGngI&list=LL&index=203

3.- Los Secre­tos.- Pero a tu lado. De 1995. Can­ción emble­má­ti­ca para mí des­de que la oí por pri­me­ra vez en ese año. Quie­ro que os que­déis todos con el espí­ri­tu de la letra. Pro­yec­ta­da en mi des­pe­di­da del cole­gio en junio del 2025.

https://www.youtube.com/watch?v=K5PoEObhv_Y&list=RDK5PoEObhv_Y&start_radio=1

4.- Car­los Núñez y The Chief­tains.- Albo­ra­da de Vei­ga y Mui­ñei­ra de Chan­ta­da. Ver­sión del año 2004, cuan­do publi­có un dis­co de cola­bo­ra­cio­nes. Son dos can­cio­nes sim­bó­li­cas para los galle­gos. Espe­cial­men­te la segun­da. Hay que des­ta­car el rit­mo que impo­ne en estas ver­sio­nes.

https://www.youtube.com/watch?v=uJ1ynTMUj0c&list=LL&index=356

Y ter­mino con unas pala­bras que no son mías, pero que las hago como tal: A veces no nos damos cuen­ta del valor de un momen­to has­ta que se con­vier­te en recuer­do. Mis correos per­so­na­les son: maiztogores@gmail.com y jmmaiz@telefonica.net.

Por si quie­res, ver el vídeo que me hicie­ron en el cole­gio, lo tie­nes a con­ti­nua­ción:

 

FRAGMENTO DEL DISCURSO…

…/…¡Ah! La pro­sa de este autor que nadie lee, pero que todos cri­ti­can. Un ver­da­de­ro enig­ma lite­ra­rio: logra inco­mo­dar sin ser leí­do, deses­pe­rar sin ser com­pren­di­do. Su esti­lo, gene­ro­sa­men­te des­cri­to como «expe­ri­men­tal» y «muy per­so­nal», pare­ce más bien un acci­den­te lin­güís­ti­co en cáma­ra len­ta.  Sus fra­ses, eter­nas como las colas de la segu­ri­dad social, van de lo abs­trac­to a lo inin­te­li­gi­ble sin esca­las. Y sin embar­go… ¡Qué cohe­ren­cia en su incohe­ren­cia! ¡Qué valen­tía al desa­fiar la lógi­ca, inclu­so la gra­má­ti­ca y, en oca­sio­nes, el sen­ti­do común!  Lo suyo no es escri­bir: es resis­tir­se a la idea mis­ma de comu­ni­car. Y por eso, tal vez, lo nece­si­ta­mos. Por­que en un mun­do de cli­chés y fór­mu­las, alguien tie­ne que recor­dar­nos que la lite­ra­tu­ra tam­bién pue­de ser una bofe­ta­da dis­fra­za­da de párra­fo.  A su mane­ra ―con­fu­sa, exce­si­va, glo­rio­sa­men­te ile­gi­ble― ha logra­do lo impen­sa­ble: que nadie hable de él. ¿Qué mayor triun­fo para un escritor?…/… (Frag­men­to del dis­cur­so pos­ver­dad del autor en su ingre­so en la «Inexis­ten­te y Gran­dio­sa Socie­dad Lite­ra­ria de Escri­to­res que Nun­ca Publi­can»). (A la som­bra del ver­bo) (1995–2025)

DULCINEA

―Rapaz, las sába­nas, rapaz. Se me han pega­do las sába­nas. Me acos­té ayer muy tar­de. Pasa­ban las horas y no con­se­guía con­ci­liar el sue­ño. Al final, logré que­dar­me dor­mi­do en torno a las tres de la madru­ga­da. Veo que ya has desa­yu­na­do.

Su len­ti­tud en la rea­li­za­ción de las accio­nes pro­pias del desa­yuno con­tras­ta­ba con la ener­gía que refle­ja­ba Rafo, que esta­ba intri­ga­dí­si­mo con su tío por­que no había cena­do en casa el día ante­rior y que había lle­ga­do cer­ca de las once de la noche. Era inape­la­ble ver las noti­cias en la peque­ña tele­vi­sión que tenían en el cuar­to de estar. Era un api­ña­mien­to, que no con­ci­liá­bu­lo, de los miem­bros adul­tos de la fami­lia para escu­char y ver las noti­cias de las nue­ve en la voz de Pedro Macía, entre otros, más cono­ci­do por «tele­bom­bón».

Rafo hizo el ade­mán de levan­tar­se para ir a «trou­lear» (correr y sal­tar) por la fin­ca en com­pa­ñía de su pri­mo Jor­ge.

―Quie­to, rapaz, quie­to. Te ten­go que con­tar un secre­to. Bajó la voz tan­to que se hizo inau­di­ble para Rafo.

―Ayer estu­ve con Dul­ci­nea. Sí, sí, sí, no pon­gas esa cara de par­vo. Ocu­rrió ayer por la tar­de. Rafo se que­dó atur­di­do, pues des­de que le con­tó los amo­res de don Qui­jo­te y Dul­ci­nea no tenía en la cabe­za otra cosa que no fue­ra cono­cer­la.

―¿Y hablas­te con ella? ¿Le dijis­te algo?, pre­gun­tó muy inquie­to. ¿Es tan gua­pa como en el libro de Cer­van­tes?

―Vamos por par­tes, filli­ño (hijo de modo cari­ño­so en galle­go), vamos por par­tes. Tú bien sabes bien que yo no ten­go pri­sa algu­na. Me apre­mias, rapaz, y tú sabes que a fue­go len­to se coci­na mejor.

Par­tió el sobao pasie­go con sumo cui­da­do y lo echó con gene­ro­si­dad en una taza de café con leche.

―Tú bien sabes que yo he soña­do más de una vez con una joven garri­da y gua­pa como pocas. Y que esa mujer, que algún día sería tan­gi­ble, se con­vir­tió en mi Dul­ci­nea par­ti­cu­lar.

―Tío, tú me con­tas­te que don Qui­jo­te nun­ca logró ver a Dul­ci­nea.

―Si yo te dije­ra cómo es físi­ca­men­te, en un segun­do sabrías el quién y el dón­de. Y de este modo que­bran­ta­ría el más sagra­do de los secre­tos. Cuan­do pasen las fies­tas, si pasan, ya te habla­ré más de ella.

Pero cla­ro está que decir­le esto a un chi­co de doce años, curio­so como pocos, no podía que­dar sólo en pala­bras.

―Bien, tío, así será, como tú quie­ras. Y se fue a jugar con Jor­ge, que había pre­pa­ra­do un fabu­lo­so cir­cui­to en la era para reco­rrer­lo con el patín que le habían rega­la­do a sus her­ma­nos mayo­res.

Rafo que­ría dar la ima­gen de olvi­da­di­zo y, para no levan­tar sos­pe­chas en él, se puso a jugar fre­né­ti­ca­men­te con su pri­mo Jor­ge, que le gui­ñó un ojo para con­fa­bu­lar­se en la tre­ta de la amne­sia de las his­to­rias filo­ses­cas.

De sos­la­yo vie­ron cómo su tío se puso a liar un ciga­rro y a can­tu­rrear un tan­go de Car­los Gar­del: el día que me quie­ras

―Lo con­se­gui­mos, pen­sa­ron los dos pri­mos.

De ano­che­ci­da, como le gus­ta­ba decir a Filo­so, se des­pi­dió ale­gan­do que iba a dar un bre­ve paseo.

Se enca­mi­nó hacia Orto­ño. Lo siguie­ron a cier­ta dis­tan­cia Rafo y Jor­ge. Vie­ron cómo cru­za­ba el río y toma­ba un ata­jo a tra­vés del man­za­nal de Xosé Regal, el sobrino del cura de Tras­mon­te.

―¿No irá a casa de Mari­ca da Pano­cha?, le dijo Jor­ge a Rafo. Los dos coin­ci­dían en la pre­dic­ción.

La lla­ma­ban así por­que des­de muy peque­ña le gus­ta­ba muchí­si­mo jugar con las mazor­cas de maíz.

―Por aquí no hay otra casa.

Mien­tras, Filo­so iba sil­ban­do la can­ción de la pelí­cu­la El puen­te sobre el río Kwai. Lle­va­ba una cara de píca­ro ena­mo­ra­dor. ¡Cara­jo cómo cami­na­ba! Iba como jamás lo vie­ron. Pare­cía un ratón de sacris­tía huyen­do del sacris­tán.

Y allí lle­gó, a la casa de Mari­ca da Pano­cha. Esta­ba en la huer­ta, sachan­do la tie­rra para sem­brar. Ape­nas erguía la cabe­za, suda­ba como un galeo­te y blas­fe­ma­ba de con­ti­nuo.

Mi tío abrió una silla por­tá­til y se sen­tó cer­ca de ella. Comen­zó a hablar­le del amor y de no sé qué cosas que decía un tal Petrar­ca.

―«Ben­di­to sea el año, el pun­to, el día, la esta­ción, el lugar, el mes, la hora y el país, en el cual tu encan­ta­do­ra mira­da se enca­de­nó al alma mía». Y Filo­so entra­ba en un pro­fun­do silen­cio mien­tras con­tem­pla­ba a «su ama­da».

Ella cada vez que se reía lo hacía con tono hom­bruno, y, cuan­do lo hacía más ruda­men­te, echa­ba las manos al pecho para que no se movie­ra como un saco de hari­na.

―Seño­ri­to, per­do­ne, déje­se de tole­rías, que yo ten­go mucho que hacer. No estoy para locu­ras que no entien­de ni el demo. ¡No teño a cona para lam­be­ta­das!

Y mi tío le son­reía como un imbé­cil ena­mo­ra­do. Des­pués de reci­tar­le no sé cuán­tos ver­sos más («Tus ojos que can­té amo­ro­sa­men­te, tu cuer­po her­mo­so que ado­ré cons­tan­te, y que vivir me hicie­ra tan dis­tan­te de mí mis­mo, y huyen­do de la gen­te… ¡Y sin embar­go vivo toda­vía!»), se irguió de pron­to y se des­pi­dió de ella.

―Mujer, ten­go que mar­char. Estoy ago­ta­do de mirar­te, mas no sacia­do. Adiós, mi ama­da Dul­ci­nea. Mari­ca no levan­tó la cabe­za, pero blas­fe­mó cual pre­so medie­val ata­do a la pie­dra de la ver­güen­za.

Cuan­do lle­gó a la fin­ca, ya noche cerra­da, les con­tó a los mayo­res que había esta­do con un buen ami­go de la gue­rra, y que se entre­tu­vo más de la cuen­ta por­que estu­vie­ron hablan­do de los tiem­pos de la hui­da juven­tud. (A la som­bra del ver­bo) (1995–2025)

REIVINDICACIÓN HIPERBOLIZADA

Tran­qui­los. Yo no voy a caer, oja­lá lo pudie­ra hacer en su numen lite­ra­rio, en la cos­tum­bre de Víc­tor Hugo de escri­bir des­nu­do para no tener la ten­ta­ción de salir de su des­pa­cho o en la de Joseph Con­rad que fue capaz de per­ma­ne­cer una sema­na ence­rra­do en su baño. Escri­to­res que renun­cia­ban a una socia­bi­li­dad por­que pen­sa­ban que en un ambien­te ere­mi­ta la visi­ta de las musas era más fac­ti­ble y pro­duc­ti­va.

Mar­ta Ailou­ti cuen­ta en un intere­san­te artícu­lo en El Espa­ñol que «Bal­zac empe­za­ba a escri­bir siem­pre a media­no­che para no ser inte­rrum­pi­do por nin­gu­na otra visi­ta o dis­trac­ción social. A la luz de las velas, con jor­na­das que a veces se exten­dían has­ta 15 o 16 horas dia­rias, era tan­ta la obse­sión del escri­tor por per­ma­ne­cer ais­la­do que a menu­do cam­bia­ba la hora de los relo­jes y cerra­ba las cor­ti­nas de la ven­ta­na para no ente­rar­se así de si ama­ne­cía». Refle­xiono. Miro el ven­ta­nal de mi casa y me resul­ta impo­si­ble por­que los esto­res que pen­den del techo no cum­plen el doble pro­pó­si­to de las cor­ti­nas del siglo XIX: deco­rar y pro­por­cio­nar pri­va­ci­dad con una oscu­ri­dad casi abso­lu­ta.

«Cono­ci­dos tam­bién son los casos de J. D. Salin­ger y Emily Dic­kin­son. El autor de El guar­dián entre el cen­teno com­par­tía con su pro­ta­go­nis­ta, Hol­den Caul­field, la idea de que si él hubie­ra sido pia­nis­ta, toca­ría den­tro de un arma­rio. Celo­sa­men­te obse­sio­na­do por su vida pri­va­da, su fuer­te recha­zo a la expo­si­ción públi­ca lle­vó al escri­tor a levan­tar muros y ais­lar­se del mun­do en una gran­ja de Cor­nish (New Ham­pshi­re), don­de se dedi­có por ente­ro a la escri­tu­ra duran­te sus últi­mos cua­ren­ta años de vida.

Como él, Emily Dic­kin­son tam­bién deci­dió ence­rrar­se en su casa pater­na de Amherst (Mas­sa­chu­setts) y per­ma­ne­cer en el ano­ni­ma­to. Su caso es uno de los más para­dig­má­ti­cos. Entre­ga­da al estu­dio, la refle­xión y la escri­tu­ra, la poe­ta tenía pocas amis­ta­des per­so­na­les y esca­sas rela­cio­nes socia­les». Mar­ta Ailou­ti dixit.

Hoy es invia­ble lle­gar a esos extre­mos. Pero soñar es gra­tui­to. Una posi­ble solu­ción sería ence­rrar­me en un monas­te­rio aban­do­na­do, al esti­lo del de San­ta María de Mon­fe­ro, una impo­nen­te cons­truc­ción cis­ter­cien­se situa­da en el cora­zón de A Coru­ña, den­tro del Par­que Natu­ral de las Fra­gas do Eume. Digno de ver aun así. Otra solu­ción, habi­li­tar­me en una casa aban­do­na­da y semi­de­rrui­da en una calle anó­ni­ma de este inhu­mano Madrid. O, en todo caso, un pue­blo vacia­do de habi­tan­tes que no sea loca­li­za­do por un gps.

Aun­que, como me dicen los que me cono­cen, «¿dón­de tus como­di­da­des?, ¿dón­de tu abur­gue­sa­mien­to?, ¿dón­de tus cañi­tas?, ¿dón­de tu gua­sap?, ¿dón­de tu 5G?» y demás pre­gun­tas que me resul­ta inapro­pia­do, por pudor, enu­me­rar­las. Algu­nas son muy dañi­nas. Me dicen, cual ense­ñan­te expli­can­do el esque­ma de la ora­ción com­pues­ta, que las rela­cio­nes socia­les no solo enri­que­cen nues­tra vida; tam­bién la pro­te­gen. Son una nece­si­dad huma­na bási­ca, no un lujo. Inter­ac­tuar con otros pue­de dis­mi­nuir la ansie­dad, la depre­sión y la sen­sa­ción de sole­dad.

No voy a seguir con los bene­fi­cios de la socia­bi­li­dad. Todo el mun­do las sabe. En caso de duda con­sul­ta inter­net y te ais­la­rás más que la cita­da poe­ta, auto­ra de 1.775 poe­mas, de los cua­les no lle­gó a publi­car ni una dece­na en vida.

Ayer, en mis horas de insom­nio, con el telé­fono en la mano hice una lis­ta de los incon­ve­nien­tes que yo creo ver. ¿A dón­de me lle­va­ría tan­ta socia­bi­li­dad? Quien me cono­ce, sabe de mi nota­ble ten­den­cia a la exa­ge­ra­ción. Por ello, haga­mos una hipér­bo­le un tan­to «hiper­bo­li­za­da». Me podría lle­var a cam­biar mi for­ma de ser para agra­dar (mi famo­so com­pla­ce), a par­ti­ci­par en con­duc­tas que no deseas, a sufrir mani­pu­la­ción emo­cio­nal (hay ver­da­de­ros exper­tos), a depen­der afec­ti­va­men­te (es demo­le­dor), a reci­bir, en mi ausen­cia, crí­ti­cas cons­tan­tes (me impor­tan, sí, me impor­tan), a un cal­va­rio de can­san­cio men­tal o emo­cio­nal, a redu­cir mi espa­cio para la intros­pec­ción o el auto­cui­da­do, a la difi­cul­tad para esta­ble­cer lími­tes (yo no sé poner­los), a sen­tir­te infe­rior al com­pa­rar­te con los logros de otros (lo ten­go gra­ba­do en mi fron­tis men­tal), a gene­rar bro­tes de dañi­na envi­dia (des­de mi pre­ado­les­cen­cia es el veneno silen­cio­so de mi alma, es la eter­na som­bra que me mata cuan­do la luz aje­na bri­lla más que la mía), a lle­var­me a la frus­tra­ción emo­cio­nal o afec­ti­va, a los malen­ten­di­dos que me lle­van a la mise­ria huma­na, a las rup­tu­ras de con­fian­za, a des­cui­dar mis ver­da­de­ras nece­si­da­des, en este caso lite­ra­rias…

Te habrás dado cuen­ta en estas últi­mas líneas, si las has sopor­ta­do, mi inelu­di­ble ten­den­cia a la hipér­bo­le. Péta­me moi­to («me gus­ta mucho», en galle­go) y no pue­do refre­nar las ansias de caer en ella. Gar­cía Lor­ca dice «Por tu amor me due­le el aire… el cora­zón y el som­bre­ro» y todos loan la ori­gi­na­li­dad y el valor lite­ra­rio de la exa­ge­ra­ción. Yo no inten­to lle­gar a ese nivel, impo­si­ble, pero un bura­qui­ño («hue­que­ci­to», en galle­go) déjen­me ocu­par en la glo­ria de la extre­mo­si­dad lite­ra­ria.

En estos tiem­pos moder­nos, que­rer estar solo es casi un acto cri­mi­nal. Si no estás en una fies­ta, en una video­lla­ma­da, en un gru­po de gua­sap o postean­do tu «brunch» con ami­gos, algo anda mal con­ti­go. Por­que, cla­ro, ¿cómo alguien podría dis­fru­tar de un vier­nes por la noche sin una «sali­di­ta obli­ga­to­ria»?

La socia­bi­li­dad se ha con­ver­ti­do en el nue­vo ter­mó­me­tro de la feli­ci­dad. ¿Tie­nes muchos ami­gos? ¡Feli­ci­da­des, eres exi­to­so! ¿Te tomas­te un café solo? Lamen­ta­mos tu sole­dad. ¿Te gus­ta pasar tiem­po con­ti­go mis­mo? No te preo­cu­pes, ya hay apli­ca­cio­nes para solu­cio­nar­lo.

Hoy, estar solo no es vis­to como una elec­ción, sino como un sín­to­ma. Y si deci­des apa­gar el telé­fono o no con­tes­tar por unas horas, pre­pá­ra­te para las pre­gun­tas: «¿Estás bien?», «¿Te pasó algo?», «¿Por qué no vinis­te?». Por­que cla­ro, pre­fe­rir el silen­cio o la intros­pec­ción solo pue­de sig­ni­fi­car una cosa: algo anda mal con­ti­go.

Iró­ni­ca­men­te, en medio de tan­ta cone­xión, muchos se sien­ten más des­co­nec­ta­dos que nun­ca. Pero lo impor­tan­te es que la agen­da esté lle­na, aun­que sea de com­pro­mi­sos que uno pre­fe­ri­ría evi­tar. Total, lo impor­tan­te no es estar bien, sino pare­cer­lo.

Así que ya sabes: son­ríe, publi­ca una his­to­ria con tus «per­so­nas favo­ri­tas», res­pon­de rápi­do los men­sa­jes y nun­ca, jamás, admi­tas que dis­fru­tas estan­do solo. Eso que­da para los excén­tri­cos, para los que entran en tu habi­ta­ción, y la colo­ni­zan con su entu­sias­mo o para los que expul­san el silen­cio a car­ca­ja­das. En la quie­tud sin voces hallé mi mora­da, / don­de el alma susu­rra lo que el rui­do calla­ba. (A la som­bra del ver­bo) (1995–2025)

LA INSPIRACIÓN

Nues­tro escri­tor se des­per­tó en una reali­dad meta­li­te­ra­ria. Esta­ba enma­ra­ña­do en una red de fic­ción y ver­dad. Pal­pó el lado dere­cho de su cama y notó que esta­ba calien­te y que con­ser­va­ba la for­ma de un cuer­po humano. Acer­có su nariz y per­ci­bió un aro­ma a cuer­po feme­nino que le embau­có por unos segun­dos en un alum­bra­mien­to casi sal­va­je. Le vol­vió su inhe­ren­te con­cep­to de la cul­pa, pero su frá­gil volun­tad hizo que se enre­da­ra en un bucle de recuer­dos y sole­da­des. Se levan­tó esti­mu­la­do por un hechi­ce­ro olor a café. ¿Quién lo ha pre­pa­ra­do?, se pre­gun­tó entre la sor­pre­sa y el temor. Lleno de curio­si­dad se acer­có a la coci­na y allí vio dos tazas: una sucia por un uso recien­te y otra lim­pia y pre­pa­ra­da para él. Ima­gi­nó que todo había sido obra de la mujer que lo visi­tó ayer. Con lo cual ten­go razón y esa mujer exis­te, dedu­jo abdu­ci­do por el aro­ma del café. Se sir­vió tres cuar­tas par­tes de la taza y dos dedos de leche. Un pri­me­ro sor­bo pro­lon­ga­do le supo a glo­ria, cerró los ojos y expe­ri­men­tó pla­cen­te­ra­men­te el des­per­tar de sus neu­ro­nas. Tuvo la ten­ta­ción de encen­der un ciga­rro. No pue­do caer en el vicio que tan­to me cos­tó dejar. Aquí sí obtu­vo un rotun­do éxi­to. Está con­cien­zu­da­men­te con­ven­ci­do de que sigue sien­do un fuma­dor que no con­su­me taba­co. Se tomó el pul­so. Lo tenía extra­ña­men­te ace­le­ra­do. Mil pro­yec­tos en la men­te y un docu­men­to en blan­co. Tor­nó a su estu­dio y se sen­tó fren­te al orde­na­dor, su potro de tor­tu­ra. Una mira­da a la pan­ta­lla y otra his­to­ria más eva­po­ra­da. ¿Cuán­do se aca­ba­rá esta des­hi­dra­ta­ción crea­ti­va enquis­ta­da? De nue­vo el ace­chan­te orde­na­dor se abre ante él. ¿Qué hacer?, pen­só. Vol­ver al camino, aun­que san­gren las yemas de los dedos. Y se puso en dis­po­si­ción de dar­le vida al des­ha­bi­ta­do docu­men­to en blan­co. Alguien, en una enso­ña­ción real, le susu­rró una pala­bra al oído y no supo seguir. (A la som­bra del ver­bo) (2025)

EL BRONCEADOR SIN SOL

Yo soy de piel blan­ca y un poqui­to rosa­da. Siem­pre tuve corro­si­va envi­dia (no creo en la sana) de las per­so­nas que se ponen more­nas en pocos días y que no tie­nen que reco­rrer ese tra­mo de que­ma­du­ras y toda su paren­te­la de ampo­llas. Qui­zá por eso mis­mo recha­ce de una mane­ra invo­lun­ta­ria el sol. Ade­más, la foto­fo­bia y la pro­li­fe­ra­ción de luna­res ―mela­no­ma inclui­do― han logra­do que en la actua­li­dad el der­ma­tó­lo­go me prohí­ba el sol. Tam­bién es cier­to que soy una per­so­na bien entra­da en años como para soli­ci­tar aho­ra de modo gra­tui­to la more­nez del sol. Pero menos que a los vein­te años se quie­ra que­dar bien cuan­do lle­ga el verano y uno pien­sa que lo de estar moreno «es la de dios».

Cuan­do yo era vein­tea­ñe­ro se me metió entre cuerno y cuerno que yo tenía que estar moreno en dos días. ¡Qué digo dos días! ¡En dos horas! Tenía una cita en el fin de sema­na y no podía defrau­dar a Rosa, la chi­ca con la que había que­da­do.

―José María, no creo en los mila­gros, y tu deseo tie­ne más de eso que de posi­bi­li­dad real, me decía mi alter ego.

―Ya lo sé, pero algu­na solu­ción habrá…

Y sin enco­men­dar­me ni a Dios ni al dia­blo fui a con­sul­tar a una des­co­no­ci­da far­ma­cia «mi pro­ble­ma». El auxi­liar, que cap­tó ense­gui­da mi obse­sión, me dijo:

―Yo ten­go su solu­ción: el bron­cea­dor sin sol. Es la nove­dad de esta pri­ma­ve­ra. No nece­si­ta que­mar su piel. Con el bron­cea­dor sin sol, vis­to y no vis­to. ¡Y a lucir­se!

―¿Está usted segu­ro?

―Segu­rí­si­mo. Siga las ins­truc­cio­nes del pros­pec­to al pie de la letra y en una noche ten­drá un color que cau­sa­rá la envi­dia de sus ami­gos.

Y sin pen­sar que Dios es bueno, pero el dia­blo no es malo, lo com­pré y «mar­ché para casa» lleno de una ale­gría casi volup­tuo­sa.

―Has­ta maña­na, mamá y papá. «Mar­cho para cama». Ten­go que repa­sar el examen de maña­na. Me fui a todo tra­po.

―Adiós, hijo. Has­ta maña­na. Pare­ce que está con­ten­to con lo que está estu­dian­do, sen­ten­ció mi padre.

Pri­mer paso: el baño.

Cogí el pros­pec­to y le eché un vis­ta­zo.

―Todo eso ya lo sé. Ver­bo­rrea médi­ca. Ya lo sé. José María, ven­ga.  Lavar­me la boca y el mila­gro. Quie­ro hacer­lo lo antes posi­ble.

Des­en­ros­qué el tapón del bron­cea­dor sin sol, esa mági­ca solu­ción far­ma­céu­ti­ca a mi blan­cu­ra. Me di una pri­me­ra capa. Con­sis­ten­te y muy bien exten­di­da. Exa­mi­né mi piel en el espe­jo como si fue­ra un gemó­lo­go estu­dian­do un bri­llan­te. Pero como no vi los resul­ta­dos inme­dia­tos que me había pro­me­ti­do el auxi­liar, me di cua­tro capas más. Aho­ra, segu­ro. Nada de lavar­me las manos. Mis padres no pue­den sos­pe­char que tan­to tiem­po en el baño escon­da algo. Me fui a la cama direc­ta­men­te ner­vio­so y algo ilu­sio­na­do.

Cuan­do me erguí de la cama al día siguien­te, yo había olvi­da­do ente­ra­men­te la tera­pia noc­tur­na del bron­cea­dor sin sol. Fue mi her­ma­na la que sol­tó un chi­lli­do, como si se hubie­ra encon­tra­do con el mis­mo hom­bre de los infier­nos.

―Pero… ¿Qué has hecho? Pare­ce que has dor­mi­do en una cho­co­la­te­ra. Estás negro como el car­bón. ¿Qué has hecho, insen­sa­to?

Fui a toda velo­ci­dad a ver­me en el espe­jo del baño. Cuan­do me vi, ¡cooo­ñó!, se me cayó el cie­lo en la cabe­za. Empe­cé a bal­bu­cear como cuan­do qui­se invi­tar a Mai­te al cine y no me salían las pala­bras.

―¡Ten­go examen final de lite­ra­tu­ra del siglo XVI!

Por el ala­ri­do de mi her­ma­na, mis padres se levan­ta­ron a toda velo­ci­dad y se acer­ca­ron a la coci­na a ver qué ocu­rría.

Cuan­do me vie­ron, no fue­ron capa­ces de cerrar la boca duran­te un lar­guí­si­mo minu­to. No sabían qué decir­me. Sólo mi madre:

―Hijo, por Dios, ¡qué dis­gus­to! Otro inven­to tuyo. (Inci­so: un año antes de este expe­ri­men­to, escri­bí a una empre­sa que se anun­cia­ba en el ABC con un «pro­duc­to mila­gro» para que bro­ta­ra la bar­ba espon­tá­nea­men­te. Estu­ve un mes com­ple­to dán­do­me una carí­si­ma loción vis­co­sa y de tono azul. Nada de bar­ba. Nada. Lo úni­co que con­se­guí, hable­mos cla­ra­men­te, es que me salie­ra «un terri­ble ecce­ma en for­ma de bar­ba». Fue mi pri­me­ra visi­ta al der­ma­tó­lo­go de un sin­fín de ellas.)

Tuve que con­tar deta­lla­da­men­te a mis padres y a Lola todo lo que hice. Mi padre, muy serio, miró el reloj de la coci­na y sen­ten­ció:

―Todos a la ducha, menos vues­tra madre. Voso­tros, a la facul­tad; yo, a tra­ba­jar.

―Yo…¿también?, impro­vi­sé.

―El pri­me­ro.

―Pero, papá, ¿tú sabes lo que te van a decir? No estoy pre­pa­ra­do para el examen.

Mi her­ma­na se fue a su habi­ta­ción par­ti­da de risa.

―Si me hubie­ras con­sul­ta­do a mí, Jose. Aho­ra, a ape­chu­gar con tus com­pa­ñe­ros.

Me callé y me fui a la ducha. Me miré en el espe­jo y eran repug­nan­tes los cho­rre­to­nes de color cho­co­la­te que tenía en las manos, los bra­zos, la cara, las ore­jas, el cue­llo… Me duché, pero no des­pa­re­ció ni un ápi­ce de negri­tud.

Cogí el auto­bús y sopor­té con cier­ta dig­ni­dad las mira­das bur­lo­nas. Hoy, julio del 25, hubie­ra sufri­do con tre­men­da ver­güen­za un sin­fín de fotos con los móvi­les. ¿E Ins­ta­gram? Se me está des­li­zan­do un hilo de sudor por la espal­da.

En la facul­tad no salu­dé a nadie y me diri­gí ali­caí­do al aula don­de tenía­mos el examen. Todas las ban­ca­das ocu­pa­das menos la pri­me­ra fila. Allí me sen­té. Encor­se­ta­do. Bolí­gra­fo en la mano izquier­da y en espe­ra del cate­drá­ti­co. Sin mirar a nadie, pero todos mirán­do­me.

El pro­fe­sor entró con dili­gen­cia y dejó sobre la mesa los cua­der­ni­llos con las pre­gun­tas. Éra­mos  200 alum­nos. Lógi­co que don Anto­nio se fija­ra en mí. Se me acer­có y con una mira­da de ins­pec­tor de hacien­da me exa­mi­nó de arri­ba a aba­jo. Se giró como un legio­na­rio por­ta­dor del Cris­to de la bue­na muer­te y sol­tó una inter­mi­na­ble cas­ca­da de car­ca­ja­das, que se escu­cha­ron en toda la facul­tad. El paseí­llo de todos los com­pa­ñe­ros de cur­so, para escru­tar­me, por la pri­me­ra fila con cual­quier dis­cul­pa fue ince­san­te. El mur­mu­llo, des­me­di­do. Don Anto­nio sufrió y sudó san­gre coa­gu­la­da para que se hicie­ra el silen­cio Colo­ca­do a dos metros, se diri­gió a mí como si estu­vie­ra can­tan­do un tema de nota­rías:

―Mire, Máiz Togo­res, como le gus­ta que lo lla­me, usted es el abe­jón de este examen, pero cla­ro, por mucho que estén las ven­ta­nas abier­tas, que­ri­do ami­go, usted no se va. Mire, no sopor­to más este ambien­te de car­na­val. Usted no va a hacer el examen aho­ra, lo hará maña­na y oral en mi des­pa­cho, con todos sus dere­chos invio­la­dos. Así podrán con­cen­trar­se sus com­pa­ñe­ros. No quie­ro que haya un posi­ble recur­so por el inapro­pia­do ambien­te gene­ra­do por usted.

Se sen­tó y espe­ró a que yo me fue­ra. Des­pués de reco­ger mis apun­tes, cabiz­ba­jo y medi­ta­bun­do lo hice lo más rápi­do posi­ble.

La puer­ta ya cerra­da, en el pasi­llo, me puse a reor­de­nar los apun­tes que había reco­gi­do arbi­tra­ria­men­te.

De pron­to tro­nó la voz de don Anto­nio:

―A ver, seño­res, una últi­ma car­ca­ja­da y a escri­bir dos horas segui­das. La riso­ta­da sonó en toda la facul­tad duran­te un minu­to y súbi­ta­men­te se hizo un silen­cio abso­lu­to. Empe­zó el examen que no me deja­ron hacer. (A la som­bra del ver­bo) (2025)

 

COLÁS

Los años sesen­ta fue­ron años de mucha emi­gra­ción a cen­tro­euro­pa. Allí se ins­ta­la­ron miles de galle­gos que des­de muy dife­ren­tes luga­res y aldeas mar­cha­ron camino de una vida mejor. La vuel­ta de algu­nos de ellos era un varia­do arco iris de acti­tu­des y com­por­ta­mien­tos. El que venía calla­do y con una mira­da tris­te, pen­san­do que aque­llo no era lo que le pro­me­tie­ron. El que venía pre­su­mien­do de sus éxi­tos en la Ale­ma­nia más moder­na. O el que con­ta­ba mil con­quis­tas con­du­cien­do un cocha­zo jamás vis­to en la aldea. Luis Roxo regre­só un verano fan­fa­rrón e hin­cha­do como un engreí­do de capi­tal.

Lo pri­me­ro que hizo fue a ir a la taber­na del Bau­prés, hom­bre sen­sa­to y res­pe­tuo­so que había hecho la mili en Ferrol, don­de era cono­ci­do entre los quin­tos pelu­dos como O Tres­pés, por su gran viri­li­dad.

―Sois unos igno­ran­tes y unos ile­tra­dos. No tenéis ni idea de la reali­dad euro­pea. A ver, tú, que pre­su­mes tan­to, ¿quién es Char­les de Gau­lle? Un silen­cio espe­so se hizo en la taber­na. Cada uno con su taza de vino en la mano y miran­do al infi­ni­to.

―El nue­vo pre­si­den­te de la Repú­bli­ca fran­ce­sa. Sois unos anal­fa­be­tos, unos rebo­za­dos de mer­da. Como dice mi vecino, ale­mán de pura cepa, que sólo os intere­san las  vaca­cio­nes, el sol, la bue­na comi­da y una vida de taber­na. ¡Nada de tra­ba­llar!

El ami­go Luis, ani­ma­do por la exhi­bi­ción, qui­so fina­li­zar la fae­na con otra pre­gun­ta:

―Y el Willy Brandt? Silen­cio más espe­so aún. Veis. Sois la esco­ria de Euro­pa. Com­prad libros, ved las noti­cias de tele­vi­sión y dejaos de cara­lla­das. Pues es el mejor alcal­de de Euro­pa. Es un gober­nan­te serio y muy pre­pa­ra­do, que lle­ga­rá a pre­si­den­te de Ale­ma­nia.

Farru­qui­ño se har­tó de tan­ta lec­ción y le hizo, ani­ma­do por el vino, la pre­gun­ta que tenían todos en la cabe­za.

―¿Y tú sabes quién es el Colás, cona da vaca? Ante lo silen­cio de Luis Roxo, era el nom­bre del emi­gran­te, Farru­qui­ño con­ti­nuó:

―Pues el Colás es el que habla con tu mujer y le seca las lágri­mas todas las noches mien­tras tú apren­des esas chu­mi­na­das en Euro­pa.

La taber­na rom­pió a reír con unas car­ca­ja­das que escu­chó todo el mun­do en la aldea y Luis, sin fina­li­zar la taza, mar­chó en silen­cio abso­lu­to y con la cabe­za baja para no batir los cuer­nos con el mar­co supe­rior de la puer­ta. (A la som­bra del ver­bo) (2025)

VERSIÓN IRRACIONAL DE LA PRESENTACIÓN DEL BLOG ‘RECUNCAR.COM’

En este tex­to he vol­ca­do toda mi crea­ti­vi­dad lite­ra­ria des­de la pers­pec­ti­va IRRACIONAL. Espe­ro que te gus­te por­que, en caso con­tra­rio, ya no sé qué hacer para sacar­te una son­ri­sa.

Bien­ve­ni­dos a este espa­cio don­de nadie pre­gun­ta y, sin embar­go, las res­pues­tas flu­yen como si alguien estu­vie­ra escu­chan­do con aten­ción iró­ni­ca y lápiz afi­la­do. Aquí comien­za una entre­vis­ta sin­gu­lar: no hay entre­vis­ta­dor, no hay micró­fono en la sola­pa, pero hay alguien que habla por­que sí, «por­que lle peta». Por­que el silen­cio a veces nece­si­ta ser inte­rrum­pi­do con una con­fe­sión inne­ce­sa­ria.

Nues­tro pro­ta­go­nis­ta entra en esce­na como quien se sien­ta en una silla ya calien­te que no tie­ne patas. Mira al vacío —que hoy hace de entre­vis­ta­dor ima­gi­na­rio— y empie­za a res­pon­der las pre­gun­tas que nadie le ha hecho. Sin fil­tros, sin guion, sin nin­gu­na pre­gun­ta que le jus­ti­fi­que.

¡Hola, que­ri­do ami­go que no estás pre­sen­te!

¡Gra­cias por tener la osa­día de no visi­tar este blog! No mar­ches, hom­bre, no mar­ches.

Este no es un blog nor­mal. Lla­mar­se www.recuncar.com apun­ta serie­dad y cate­go­ría, pero en el fon­do es una «cara­lla­da». Un vecino galle­go, en una madru­ga­da áci­da, me dijo que no enten­día el tér­mino «cara­lla­da». Le expli­qué que es «la mani­fes­ta­ción espon­tá­nea de locu­ra esti­li­za­da, con pre­ten­sio­nes esté­ti­cas o humo­rís­ti­cas. Sue­le apa­re­cer en tex­tos, con­ver­sa­cio­nes o momen­tos de ins­pi­ra­ción absur­da, y se reco­no­ce por pro­vo­car son­ri­sas incó­mo­das, pen­sa­mien­tos inú­ti­les o refle­xio­nes que nadie pidió».

Aquí no hay influen­cers, ni tazas moti­va­cio­na­les de rega­lo, ni pala­bras en inglés tipo live, laugh, love o cual­quier otra, ni reco­men­da­cio­nes para cor­tar­se las uñas sin nin­gún ins­tru­men­to, ni invi­ta­cio­nes al pla­tó por­que no exis­te… Aquí hay galle­gui­dad con deno­mi­na­ción de ori­gen. Dis­fru­ta­rás con nues­tra aman­te iro­nía y obser­va­rás un sen­ti­do del humor que podría curar has­ta los males más serios del tra­ba­jo.

No voy a negar que tam­bién hay poe­mas serios, naci­dos de lo más pro­fun­do de mi «no sen­ti­mien­to».

¿Quién son yo? Un loco con múl­ti­ples per­so­na­li­da­des. Depen­de del día. Un loco que quie­re poner a tus pies (no se te ocu­rra poner el orde­na­dor en ese lugar) toda su obra. Soy como una mon­ta­ña rusa: el mis­mo día estoy en la cum­bre de la posi­ti­vi­dad y de la ale­gría como me arras­tro por «a mer­da das vacas». Es la mejor mane­ra de enten­der­nos tú y yo… ¿Y el res­to de la gen­te? Tam­bién. Mis tex­tos son como una tor­ti­lla sin cebo­lla: sim­ples, sin­ce­ros, y un poco pro­vo­ca­do­res.

¿Temas prin­ci­pa­les del blog? Cosas que no le intere­san a nadie, pero que con­ta­das con gra­cia pare­cen impor­tan­tes.

Refle­xio­nes filo­só­fi­cas sobre «los semá­fo­ros de Ouren­se y su enor­me per­so­na­li­dad». Los semá­fo­ros de Ouren­se no son meros arte­fac­tos urba­nos. No. Son entes exis­ten­cia­les, tes­ti­gos silen­cio­sos de un tiem­po que no corre, sino que se dila­ta entre el ver­de que nun­ca lle­ga y el rojo que insis­te como una decla­ra­ción de prin­ci­pios.

Expe­ri­men­tos socia­les como «comer cal­do en agos­to para ver si la abue­la deja de pro­tes­tar». Estu­dio socio­cu­li­na­rio sobre la tole­ran­cia tér­mi­ca emo­cio­nal de las abue­las galle­gas ante el cal­do en verano: Si uno come cal­do en pleno agos­to a 35º a la som­bra, a las tres de la tar­de, la abue­la deja­rá de emi­tir que­jas cli­ma­to­ló­gi­cas y, por pri­me­ra vez en la his­to­ria docu­men­ta­da, asen­ti­rá en silen­cio… aun­que sea por tres segun­dos.

Lis­tas absur­das como «los sie­te sig­nos de que eres galle­go, aun­que hayas naci­do en Mada­gas­car». Por ejem­plo, uno: Eres capaz de dis­cu­tir duran­te una hora sobre el gra­do de ter­nu­ra exac­to que debe tener el pul­po, como si fue­ra cues­tión de Esta­do.

Estu­dios cien­tí­fi­cos (total­men­te inven­ta­dos) sobre «la iro­nía como méto­do de defen­sa per­so­nal». En un minu­cio­so estu­dio rea­li­za­do por el inexis­ten­te Ins­ti­tu­to de Neu­ro­bu­ceo Apli­ca­do de la Uni­ver­si­dad de San Cucu­fa­to del Oes­te, 327 cone­ji­llos de indias huma­nos fue­ron some­ti­dos a situa­cio­nes socia­les incó­mo­das —como reunio­nes fami­lia­res con sue­gros opi­na­do­res y entre­vis­tas de tra­ba­jo sin sen­ti­do— para ana­li­zar el impac­to de la iro­nía como escu­do emo­cio­nal.

―«Sufri­mien­tos emo­cio­na­les que mani­fes­té cuan­do me qui­ta­ron la pri­me­ra mue­la». Fue en 1965, año glo­rio­so de la anes­te­sia dudo­sa y la empa­tía en baja. Entré al den­tis­ta con una mue­la rebel­de y salí con menos pie­zas den­ta­les, menos dig­ni­dad y más trau­mas emo­cio­na­les que una sesión de psi­co­aná­li­sis con Freud en ayu­nas.

Cara­lla­das lite­ra­rias esti­lo la siguien­te.  La tor­tu­ga entró en un bar, pidió un vino Men­cía y tres can­gre­jos de río ves­ti­dos de filó­so­fos grie­gos. El cama­re­ro, con for­ma de tris­te para­guas, la miró de reo­jo y le pre­gun­tó: ¿Tie­ne usted licen­cia de soña­do­ra pro­fe­sio­nal? Ella res­pon­dió con un poe­ma sobre semá­fo­ros rebel­des que bai­lan muñei­ras los domin­gos. Todo el bar esta­lló en aplau­sos filo­só­fi­cos. Y la llu­via celo­sa deci­dió escri­bir su nove­la auto­bio­grá­fi­ca en brai­lle líqui­do.

Autén­ti­cas joyas del dis­pa­ra­te con toque cul­to. Don Casi­mi­ro, filó­so­fo de taber­na y poe­ta de uri­na­rio públi­co, escri­bía sus afo­ris­mos en la espu­ma del ver­mú, mien­tras dis­cu­tía con Hei­deg­ger a tra­vés de la radio sobre las depo­si­cio­nes con­sis­ten­tes en Ouren­se.

Poe­mas irre­ve­ren­tes. El san­to patrón del sar­cas­mo apa­re­ció en el espe­jo del ascen­sor y me dijo: «Con­fía en ti… pero no dema­sia­do, ya te conoz­co» y me reali­zó una ben­di­ción con olor a café reca­len­ta­do.

Crí­ti­cas «serias» de libros inexis­ten­tes. Títu­lo ima­gi­na­do: La melan­co­lía del refri­ge­ra­dor vacío por Euse­bio Ras­ca­tri­pas. Lo más des­ta­ca­do por inexis­ten­te: el capí­tu­lo sie­te, «Oda a la cebo­lla ausen­te», es una pie­za líri­ca que debe­ría incluir­se en todo pro­gra­ma de estu­dios de filo­so­fía apli­ca­da.

Per­so­na­jes ridícu­los con fon­do lite­ra­rio. Don Ansel­mo es un hom­bre de bigo­te asi­mé­tri­co y capa de ter­cio­pe­lo que lle­va siem­pre con­si­go una anto­lo­gía de auto­res que nun­ca exis­tie­ron. Habla en ver­so ende­ca­sí­la­bo inclu­so cuan­do pide el pan, y corri­ge la sin­ta­xis del vien­to con una vara de mim­bre.

Micro­rre­la­tos con fina­les sin sen­ti­do. El perro de la fami­lia, que no ladra­ba des­de 1983, empe­zó a reci­tar nom­bres en latín. La abue­la obser­va­ba des­de el espe­jo, don­de ya no tenía ojos, solo dos lunas gira­das hacia aden­tro. Y en la radio, un locu­tor anun­ció la hora: «Son las tres de la maña­na en todas las ciu­da­des de Gali­cia menos en la tuya».

Recuer­dos de la infan­cia y la juven­tud… De pron­to, con la lec­tu­ra, te vis­te atra­pa­do en dis­cu­sio­nes sobre si el narra­dor era fia­ble, si el autor vivía ator­men­ta­do o sim­ple­men­te no sabía usar comas. Y lo peor: empe­zas­te a enten­der las letras peque­ñas de los con­tra­tos. Ya no había vuel­ta atrás.

Y tex­tos serios sobre el amor, la nos­tal­gia, la deso­la­ción, el des­amor, la geo­gra­fía galle­ga… La sole­dad es huma­na por­que tie­ne ros­tro: el nues­tro, cuan­do fin­gi­mos reír, cuan­do deci­mos «estoy bien» con el tono jus­to para que no pre­gun­ten más. Se camu­fla en ruti­nas, se dis­fra­za de inde­pen­den­cia, se jus­ti­fi­ca con agen­das lle­nas de cosas que no impor­tan.

―Y nue­vos capí­tu­los de Hatroz, evi­den­te­men­te.

¿La fre­cuen­cia de publi­ca­ción? Cuan­do ten­ga tiem­po, ideas, cuan­do el mal­di­to wifi (por favor, pro­nun­cia «guai­fai») no me aban­do­ne o cuan­do me ven­ga la ins­pi­ra­ción de la Rei­na Lupa, muller de armas tomar. Publi­co con más regu­la­ri­dad que el tren A Coruña―Vigo… lo cual, sien­do sin­ce­ros, tam­po­co es muy difí­cil. Quien lo pro­bó lo sabe. Lo mis­mo con el AVE Santiago―Oporto, que no exis­te.

¿Obje­ti­vo final? Que te rías, me odies o me ames. O que pien­ses «vaya cho­rra­da, pero nos hacen fal­ta estas ton­te­rías». Por­que en el fon­do, este blog es como ese vecino del quin­to que nun­ca está bien de la cabe­za, pero que siem­pre tie­ne una fra­se que te ale­gra el día. Si te gus­ta el sen­ti­mien­to galle­go, la iro­nía, el dolor emo­cio­nal y reír­te de ti mis­mo o de mí (o de la vida en gene­ral), este blog es como la llu­via: vie­ne sin avi­sar, te moja por den­tro, y a veces aca­ba en fiesta…o des­gra­cia.

¿Qué razo­nes ten­go para publi­car­lo? Por­que hoy, que­ri­do lec­tor, llo­ré los sie­te mares. Sí, llo­ré. Y mucho. Pero no por un amor per­di­do, ni por el des­ca­la­bro de la filo­so­fía exis­ten­cial, ni por­que no «depu­sie­ra sóli­do» el perro del vecino. No. Llo­ré por­que el pan de mi empa­na­da esta­ba seco. Seco como mis sen­ti­mien­tos cada vez que reci­bo un men­sa­je que me dice: «adiós, plas­ta, adiós» y nada más. ¡Eso no es men­sa­je­ría, eso es terro­ris­mo emo­cio­nal! Des­pués de un llan­to tan tris­te, escri­bí en la cama un tex­to cara­llu­do: Llo­ro, sí… pero no tan­to por amor. El amor es una mier­da. Llo­ro por cosas serias. Pare­ce que cogí la cebo­lla que había cor­ta­do ayer en el baño. Estoy aho­ga­do en pen­sa­mien­tos… y no he sido capaz de pen­sar en mi pro­pia ducha, por­que olvi­dé que hoy había cor­te de agua de 7 a 10. Lue­go miré el móvil: nada per­so­nal. Solo el gua­sap del gru­po «cara­llóns» dicien­do «Hola, salí de la Xun­ta y mar­cho para casa por­que no me han ele­gi­do pre­si­den­te». Pien­so en una decla­ra­ción de amor y quie­ro escri­bir­le un poe­ma, pero el correc­tor auto­má­ti­co trans­for­ma «dolor» en «doc­tor» y aho­ra pare­ce que sufro, sí… pero con esti­lo. Sus­pi­ro tan fuer­te que la cáma­ra de mi orde­na­dor via­ja por la ven­ta­na a la velo­ci­dad del soni­do. Ya no te pue­de ver.

¿Alguien me pidió que escri­bie­ra un blog? Nadie con­tes­ta. Y cada lágri­ma que me cae en el tecla­do… rebo­ta como un balón de fút­bol galle­go y me hace llo­rar más. Pero no me mires así, yo tam­bién soy com­ple­jo. Soy galle­go: mitad llu­via, mitad sen­ti­mien­to, y un cien por cien inde­ci­so. El otro día me pre­gun­ta­ron: «Tie­nes frío?» Y yo res­pon­dí: «No sé, el cuer­po me dice que sí, pero el alma dice que está bien». ¡Coño!, pues pon­te a escri­bir un blog. Y así fue. Borré los exis­ten­tes.

Últi­mo argu­men­to. Así vivi­mos: con bufan­da y con­tra­dic­ción. Inten­to hacer medi­ta­ción y escri­bir… pero en mi cabe­za hay un cuar­te­to de gai­tas tocan­do la «Mui­ñei­ra de la ansie­dad». Qui­se pro­bar el yoga… Aca­bé en posi­ción fetal, abra­za­do al radia­dor, dicien­do: «¡Oh, Dios, qué estrés!». Pero yo sigo ade­lan­te. Por­que si voy a llo­rar, que sea por cor­tar cebo­lla hacien­do un cal­do con maris­co, no por amo­res que se esca­pan como el wifi cuan­do más lo nece­si­tas. Y se caen lágri­mas, que cai­gan sobre un pla­to de pul­po. Que así por lo menos tie­nen don­de remo­jar. ¡Ah! Si has lle­ga­do has­ta aquí, es que has entra­do por la puer­ta gran­de de mi blog.

Estoy más que pre­pa­ra­do para repar­tir diver­sión, tris­te­za, sar­cas­mo, y unas bue­nas dosis de inge­nio. Aquí pue­des con­tar con­mi­go para cosas úti­les, inú­ti­les o absur­da­men­te nece­sa­rias. La cla­ve está en mez­clar el uni­ver­so lite­ra­rio con la irre­ve­ren­cia y el sen­ti­do del humor galle­go. Te pido un chis­co de inte­li­gen­cia, mucha iro­nía y liber­tad total para man­dar­me a sem­brar pata­cas. ¡Gra­cias! (A la som­bra del ver­bo) (2025)

INFORMACIÓN PARA LOS SUSCRIPTORES

Domin­go 20 de julio de 2025.

4 horas y 57 minu­tos de la maña­na.

¡¡¡Bue­nos días!!!

Decla­ra­ción de prin­ci­pios: soy un mani­rro­to. Como un ilu­so orte­guiano (por Aman­cio Orte­ga, no Orte­ga y Gas­set), creé tres blogs para ir col­gan­do par­ce­la­da mi obra. Pare­cía una idea bri­llan­te como todas las mías en un prin­ci­pio. Lue­go, la reali­dad, me ha colo­ca­do en mi sitio y me ha obli­ga­do retro­ce­der, cual can­gre­jo inca­pa­ci­ta­do. Me resul­ta impo­si­ble, eco­nó­mi­ca­men­te, man­te­ner como yo quie­ro los tres blogs y he teni­do que redu­cir­lo a uno (www.recuncar.com). Cada blog me cues­ta man­te­ner­lo 363 euros al año. A mí me resul­ta impo­si­ble. Por eso, antes de hacer el des­em­bol­so, he cerra­do dos. Me dicen que podría poner publi­ci­dad. Sí. Es cier­to. Pero, infor­ma­do debi­da­men­te, me comen­tan en word­press que para que ten­ga cier­ta ren­ta­bi­li­dad ten­go que tener muchos sus­crip­to­res más, que con 416, como aho­ra, no voy a nin­gún sitio.  Por tal moti­vo, siem­pre te pido que se lo comen­tes a fami­lia­res y ami­gos. Eres tú quien me pue­de echar una mano en esto. Esa es la úni­ca razón, no cau­sas de una petu­lan­cia numé­ri­ca.

A par­tir de aho­ra, reci­bi­rás todos mis tex­tos en este blog men­cio­na­do y si quie­res poner­lo en tu pan­ta­lla, olví­da­te de los otros dos. Muchas gra­cias. Un abra­zo. José María Máiz Togo­res.

LA GRAN CIUDAD

No quie­ro vivir en una gran ciu­dad. Lo digo aho­ra, mien­tras res­pi­ro, por­que sien­to que cada paso que doy entre sus edi­fi­cios es una lucha con­tra un mons­truo que pre­ten­de domes­ti­car­me. Camino, pero no me reco­noz­co en esas calles que nun­ca me per­te­ne­cen, en esos ros­tros que se cru­zan sin mirar­se, en esos relo­jes que mar­can una carre­ra que no es la mía.

Estoy aquí, y veo cómo las torres de cris­tal se alzan con sober­bia, como si qui­sie­ran aplas­tar la memo­ria de la tie­rra que antes daba fru­to. Sé que bajo el cemen­to late una natu­ra­le­za expul­sa­da, y no pue­do acep­tar esa vio­len­cia dis­fra­za­da de pro­gre­so. No quie­ro un futu­ro hecho de humo y luces que me impi­den ver las estre­llas, por­que las estre­llas son la ver­dad que me guía.

Res­pi­ro, y el aire que entra en mis pul­mo­nes está lleno de rui­do y con­ta­mi­na­ción. Me rebe­lo con­tra ello, aun­que sé que mi cuer­po recla­ma pure­za, recla­ma vien­to lim­pio y silen­cio ver­da­de­ro. No acep­to que me con­de­nen a vivir entre sire­nas que me des­pier­tan, moto­res que me per­si­guen, voces que se cru­zan sin escu­char­se. Yo quie­ro un espa­cio don­de el silen­cio sea posi­ble, don­de la cal­ma no sea un lujo sino un dere­cho.

Miro alre­de­dor y des­cu­bro que en la ciu­dad todo se com­pra y todo se ven­de. Cada ges­to se con­vier­te en tran­sac­ción, cada ins­tan­te se mide en mone­das invi­si­bles. Me nie­go a acep­tar que la vida sea un mer­ca­do don­de la dig­ni­dad se cam­bie por velo­ci­dad, don­de la cal­ma se sacri­fi­que en nom­bre de una pro­duc­ti­vi­dad que nun­ca me per­te­ne­ce.

Me reco­noz­co en la jus­ti­cia de lo sen­ci­llo, en la tie­rra que se abre para dar fru­to sin pedir nada, en la con­ver­sa­ción que no se mide en minu­tos, en el hori­zon­te que se extien­de sin inte­rrup­ción de torres arro­gan­tes. Sé que ahí está la ver­dad que defien­do, por­que soy humano antes que ciu­da­dano, y no quie­ro olvi­dar esa con­di­ción pri­me­ra.

Aho­ra, mien­tras pien­so y escri­bo, me reafir­mo: no quie­ro vivir en una gran ciu­dad. Mi rebel­día se ali­men­ta de espa­cios abier­tos, de rit­mos que no obe­de­cen a relo­jes, de silen­cios que me devuel­ven la jus­ti­cia de exis­tir sin cade­nas. Mi vida se expan­de cuan­do me ale­jo de ese mons­truo de cemen­to que pre­ten­de domes­ti­car­me. Yo eli­jo la dig­ni­dad de lo libre, eli­jo el hori­zon­te que no se deja ence­rrar, eli­jo la ver­dad que se res­pi­ra en el vien­to lim­pio. (A la som­bra del ver­bo) (1995–2025)

 

INCAPACIDAD PARA AMAR

Hay en mí una grie­ta que no se ve, una fisu­ra silen­cio­sa que impi­de que el amor se ins­ta­le. No es des­dén, ni mie­do, ni olvi­do. Es otra cosa. Algo más hon­do. Como si la ter­nu­ra se me hubie­ra que­da­do a medio camino, como si el deseo supie­ra lle­gar, pero no que­dar­se.

He mira­do a muje­res con admi­ra­ción, con res­pe­to, con deseo inclu­so. He sen­ti­do el tem­blor de la piel aje­na rozan­do la mía, el vér­ti­go de una mira­da que se posa don­de due­le. Pero nun­ca he sabi­do amar. No como ellas mere­cen. No como yo qui­sie­ra.

Me fal­ta algo. O me sobra. Tal vez es esta sole­dad que se ha vuel­to cos­tum­bre, este silen­cio que me acom­pa­ña como un ani­mal fiel. Tal vez es el mie­do a rom­per lo que no sé cui­dar, a herir con ges­tos tor­pes, a pro­me­ter lo que no sé cum­plir.

He escri­to ver­sos que pare­cen amor, pero son espe­jos. He aca­ri­cia­do cuer­pos que pare­cen ter­nu­ra, pero son dis­tan­cia. Y cada vez que una mujer se acer­ca, sien­to que algo en mí se replie­ga, se escon­de, se pro­te­ge. No por ella. Por mí. Por­que no sé abrir­me sin des­bor­dar­me.

No es que no quie­ra amar. Es que no sé cómo. Como si el amor fue­ra un idio­ma que nun­ca apren­dí del todo, una músi­ca que escu­cho, pero no sé inter­pre­tar. Y mien­tras tan­to, ellas pasan, se que­dan un rato, se van. Y yo sigo aquí, con las manos lle­nas de pala­bras y el cora­zón lleno de som­bras.

Qui­zás algún día apren­da. Qui­zás no. Pero mien­tras tan­to, escri­bo. Por­que si no pue­do amar con el cuer­po, al menos que el alma diga lo que calla. (A la som­bra del ver­bo) (1995–2025)

TORREIRA

Son las tres de la maña­na y ya no pue­do más. Lle­vo des­pier­to una hora. Me levan­to, camino por mi habi­ta­ción insom­ne y cre­yen­do que ten­go una ducha abier­ta en la espal­da. Miro el ter­mó­me­tro que ten­go en el pre­til de la ven­ta­na y me escu­pe trein­ta y dos gra­dos, que crean en mi «cel­da» un ambien­te opre­si­vo y angus­tio­so. El col­chón, cual parri­lla loren­za­na, meta­fó­ri­ca­men­te echa humo y mi cuer­po ya no aguan­ta más esta sau­na de hor­near. ¡Qué irres­pi­ra­ble ambien­te, Dios san­to! Me vuel­vo a tum­bar, pero impo­si­ble. No pue­do más. Me yer­go de nue­vo, me vis­to y me mar­cho silen­cio­so a la calle. Bus­co la soli­da­ri­dad de los que no pue­den dor­mir de noche. No hay nadie. Hay momen­tos en los que el pai­sa­je noc­turno se mues­tra luju­rian­te y pla­cen­te­ro, como si el deseo car­nal habi­ta­ra den­tro de noso­tros de una mane­ra con­cu­pis­cen­te. Pero aho­ra no, aho­ra yo soy un las­ci­vo del sudor que hume­de­ce mi cuer­po y me con­vier­te en un ser anti­vo­lup­tuo­so. La hume­dad del cuer­po cho­ca con la seque­dad del ambien­te y esa tórri­da pelea des­de hace varios días me deja el cuer­po para muy pocas andan­zas. El vacío de la calle me invi­ta a des­nu­dar­me, pero me fal­ta la osa­día y el alien­to sufi­cien­tes para des­ha­cer­me de mis pren­das. Una plúm­bea vacui­dad vue­la des­nu­da en esta madru­ga­da a mi alre­de­dor y no quie­re dejar­me res­pi­rar. Me des­cal­zo. El asfal­to y la ace­ra des­ti­lan fue­go y que­man. Las pisa­das son blan­das, como si estu­vie­ra cami­nan­do por un alqui­trán recién vol­ca­do y for­ma­tea mi pie cual plan­ti­lla hecha a medi­da. No sabe uno don­de sen­tar­se. ¡Bri­llan­te idea la de los ban­cos de hie­rro! El que prue­bo me pega una seve­ra y cáli­da pata­da en el culo. Has­ta la luz de las faro­las jerin­ga como un puñe­ta­zo de fue­go. Deje­mos correr el tiem­po. Me sien­to en el sue­lo y me des­cal­zo. Sólo que­da eso: dejar que el tiem­po dis­cu­rra y que nadie me ago­bie con una boca pega­jo­sa y malo­lien­te. No pasan coches. Pen­sar en los via­jes a Gali­cia de los años 60 me revuel­ca en otra parri­lla men­tal y fati­ga aún más mi vivir. Sigo sen­ta­do en la ace­ra, ¡fue­go en las nal­gas! Al cabo de unos minu­tos, me yer­go de pri­sa, como si las lla­mas del infierno dan­tes­co tos­ta­ran mis posa­de­ras. La tórri­da noche sigue cayen­do sobre mí. Noto la boca seca como si tuvie­ra una ración de ceci­na enha­ri­na­da en mi boca. Son las cua­tro de la maña­na y todo sigue igual. Me pre­gun­ta una ami­ga por el tiem­po de Madrid y yo le escri­bo esta car­ta. No quie­ro fas­ti­diar a mi que­ri­da ami­ga cuan­do lea este peque­ño tex­to. Para fina­li­zar le hago un resu­men de mi últi­mo sue­ño a los pies del hos­pi­tal de la Prin­ce­sa: una her­mo­sa sire­na me ofre­ce una vez y otra un cono­ci­do refres­co hela­do. Aho­ra bien… yo no ten­go boca por don­de beber­lo… ni mano con que coger­lo… ¡Ay, si Freud levan­ta­ra la cabe­za! (A la som­bra del ver­bo) (1995–2025)

VERSIÓN RACIONAL DE LA PRESENTACIÓN DEL BLOG ‘RECUNCAR.COM’

Poner­le puer­tas al cam­po es impo­si­ble. Lo mis­mo ocu­rre con Inter­net, don­de coexis­ten tra­ta­dos filo­só­fi­cos, tuto­ria­les para doblar cami­se­tas, con­se­jos de curan­de­ros o fal­sos médi­cos, mil rece­tas de biz­co­chos o un sin­fín de pági­nas para encon­trar una pare­ja per­fec­ta. ¿Cuán­to tar­da­mos en acu­dir a esa mul­ti­tu­di­na­ria fuen­te de sabi­du­ría colec­ti­va para bus­car una infor­ma­ción, una opi­nión o unas reco­men­da­cio­nes? Cero.

Cuan­do joven, si no tenías un fami­liar con un saber enci­clo­pé­di­co, una vas­ta biblio­te­ca en casa o una bue­na enci­clo­pe­dia, ¿dón­de encon­trar datos obje­ti­vos sobre el con­flic­to inter­ra­cial en el con­ti­nen­te afri­cano, infor­ma­ción veraz sobre Mahat­ma Gandhi, con­se­jos para resol­ver difí­ci­les pro­ble­mas de físi­ca, rea­li­zar con éxi­to arduas tra­duc­cio­nes de latín o ins­truc­cio­nes para ton­tos de cómo arre­glar una lava­do­ra en el mes de agos­to? Hoy en día, sería «una fal­ta de res­pe­to o una pava­da» no recu­rrir a la efi­cien­cia con­tem­po­rá­nea que supo­ne inter­net. Ade­más, gra­tis. Sin que nadie se ente­re y a cual­quier hora. Sin con­tra­se­ña ni biblio­te­ca­rio de por medio. Lo mara­vi­llo­so de esta «demo­cra­ti­za­ción» del cono­ci­mien­to es que ya no impor­ta tan­to si el tex­to es pro­fun­do, rigu­ro­so o siquie­ra veraz; lo impor­tan­te es que está ahí, acce­si­ble para todos, flo­tan­do entre reco­men­da­cio­nes gatu­nas y tuto­ria­les para pro­gra­mar un telé­fono que vie­ne sin ins­truc­cio­nes por­que  se pone en mar­cha «por intui­ción».

José María, tie­nes que ser bre­ve. Mal­di­ta tu ten­den­cia a la pará­fra­sis. Menos es más… y tus lec­to­res lo agra­de­ce­rán con menos bos­te­zos.

¿Qué bene­fi­cios vas a encon­trar como lec­tor en este blog?

Al recons­truir recuer­dos pasa­dos, inven­ta­dos o no, y refle­xio­nar sobre ellos, yo me enfren­to a mi pro­pia his­to­ria, enten­dien­do mis moti­va­cio­nes, mis mie­dos, mis erro­res, mis deseos, mis tei­mas («obse­sio­nes» en galle­go), mis valo­res (si los ten­go), mis amo­res… Es una for­ma de mirar hacia aden­tro inten­tan­do ven­cer mi aso­cia­bi­li­dad, mi timi­dez y mi pudor, que tan­to me per­si­guen «ab imme­mo­ra­bi­li tem­po­re» de for­ma sigi­lo­sa como un perro de caza hue­le una pie­za a muchas leguas de dis­tan­cia.

«Hatroz» no es una auto­bio­gra­fía al uso. No cuen­ta mi vida al pie de la letra por­que, si lo hicie­ra así, sería mucho más intere­san­te una pan­to­mi­ma sobre las cos­tum­bres y hábi­tos de un mos­qui­to cen­za­lino. Pre­ten­de el narra­dor refe­rir corre­rías y peri­pe­cias de un per­so­na­je lla­ma­do Rafo. En algu­nas oca­sio­nes, vivi­rá o sufri­rá andan­zas que tú, lec­tor ave­za­do, en ellas me verás a mí como un «pro­ta­go­nis­ta dis­fra­za­do». Jue­go con una ambi­güe­dad muy dise­ña­da para dejar que tú, cono­ce­dor de mi pala­bra, sos­pe­ches sin poder con­fir­mar la vera­ci­dad de lo rela­ta­do por el narra­dor. Esto me per­mi­te, a un mis­mo tiem­po, que tú hagas una lec­tu­ra más rica y yo pro­te­ja mi iden­ti­dad real detrás de Rafo y del narra­dor. Incluir en el pro­ta­go­nis­ta carac­te­rís­ti­cas cla­ra­men­te dis­tin­tas o inclu­so hacer­le vivir aven­tu­ras inde­sea­bles que el autor no ha pro­ta­go­ni­za­do des­vía la sos­pe­cha de que sea un alter ego. Narrar en ter­ce­ra per­so­na crea una barre­ra entre el narra­dor y el pro­ta­go­nis­ta, hacien­do menos evi­den­te la cons­truc­ción sub­je­ti­va que un «con­ta­dor de his­to­rias» tie­ne sobre sí mis­mo. Escri­bir sobre expe­rien­cias pro­pias, ver­da­de­ras o no, pre­ser­va momen­tos sig­ni­fi­ca­ti­vos que podrían des­va­ne­cer­se con el tiem­po. Este blog se con­vier­te en un archi­vo ínti­mo que ate­so­ran la esen­cia de lo vivi­do por mí. Los ras­gos auto­bio­grá­fi­cos apor­tan una vero­si­mi­li­tud fic­ti­cia difí­cil de con­se­guir con fic­ción pura. Esto enri­que­ce la tex­tu­ra del rela­to y per­mi­te una cone­xión más genui­na con el lec­tor y una mayor liber­tad crea­ti­va.

Espe­ro que te gus­te. Gra­cias por leer­me.

«La noche que lle­vo den­tro», «A la som­bra del ver­bo», «Ver­sos que no dije en voz alta», «Pei­to de bron­ce», «Cuen­tos galle­gos», o «Dic­cio­na­rio cana­lla, inso­len­te y des­ca­ra­do» son libros que yo he escri­to des­de el año 1995 «has­ta maña­na mis­mo» en los que, bien con poe­mas en pro­sa, bien con tex­tos en pro­sa o bien artícu­los expre­so sen­ti­mien­tos, fra­ca­sos, visio­nes retros­pec­ti­vas de Gali­cia, defi­ni­cio­nes sub­je­ti­vas y bár­ba­ras de pala­bras, ejem­plos de la retran­ca galle­ga y todo lo que sea poner negro sobre blan­co.

La escri­tu­ra me per­mi­te cana­li­zar emo­cio­nes inten­sas que no he sabi­do supe­rar. Pue­de con­ver­tir­se en un espa­cio segu­ro para hablar de aque­llo que me cues­ta expre­sar oral­men­te. Ten­go que lograr que cuan­do escri­ba este blog no ver en la pan­ta­lla del orde­na­dor a un posi­ble lec­tor.

Poner la vida por escri­to per­mi­te cons­truir una narra­ti­va, en este caso incohe­ren­te, sobre quién soy y sobre lo que yo he lle­ga­do a ser. Esto es espe­cial­men­te valio­so en momen­tos de cam­bio o bús­que­da per­so­nal.

La vida coti­dia­na, cuan­do se escri­be, adquie­re tin­tes sim­bó­li­cos. Un obje­to, un lugar, una con­ver­sa­ción banal pue­den car­gar­se de sig­ni­fi­ca­do al rein­ter­pre­tar­se a tra­vés del tex­to. Pue­den gus­tar y «san­ti­fi­car­me» o enviar­las direc­ta­men­te a la pape­le­ra de reci­cla­je. (A la som­bra del ver­bo) (2025)

OBITUARIO

Hace cosa de pocas sema­nas reci­bí un correo elec­tró­ni­co con un encar­go cla­ro y diá­fano: escri­bir, para una revis­ta de difu­sión cul­tu­ral, el obi­tua­rio de José María Máiz Togo­res. Y yo, que sólo entien­do de ense­ñan­za, libros y poco más, lle­vo des­de enton­ces sin ape­nas dor­mir, pues tal cir­cuns­tan­cia, creo, supera mis posi­bi­li­da­des. Sé que José María era un buen hom­bre. Pero de ahí a escri­bir un obi­tua­rio va un abis­mo. Ante tal tur­ba­do­ra situa­ción me puse inme­dia­ta­men­te a bus­car infor­ma­ción para poder sol­ven­tar dicho com­pro­mi­so. Así es como encon­tré en inter­net una serie de car­tas escri­tas a una mujer de nom­bre des­co­no­ci­do por el falle­ci­do.

Pero man­ten­ga­mos un rigu­ro­so orden y deje­mos eso para lue­go. Aho­ra toca su face­ta labo­ral. José María tam­bién tenía como pro­fe­sión la ense­ñan­za. Era un voca­cio­nal pro­fe­sor de Len­gua y Lite­ra­tu­ra espa­ño­las y Lite­ra­tu­ra uni­ver­sal en un cen­tro de Madrid. Lle­va­ba muchos años en él y se había labra­do cier­to pres­ti­gio que no había varia­do en abso­lu­to su carác­ter bona­chón y afa­ble, aun­que algo cas­ca­rra­bias.

Era un hom­bre tími­do, reser­va­do y cier­ta­men­te apa­ci­ble. Un tan­to asus­ta­di­zo ante la enfer­me­dad, como todos los hom­bres, diría una bue­na ami­ga. De apa­rien­cia sere­na y tran­qui­la, por den­tro era un autén­ti­co ciclón. Algu­nos de sus «enemi­gos», que los tenía, decían de él que era pusi­lá­ni­me, blan­den­gue y timo­ra­to. No supo resol­ver muchos de los pro­ble­mas que se le fue­ron plan­tean­do a lo lar­go de su vida. Eso decían sus difa­ma­do­res post mor­tem. Los deja­ba estar, para que por sí solos des­apa­re­cie­ran. Hecho este que lo con­vir­tió en más de una oca­sión en el blan­co de las crí­ti­cas de sus «que­ri­dos com­pa­ñe­ros». Otros, los bue­nos ami­gos, esos que se man­tie­nen fie­les en cual­quier tran­ce de la vida de uno, me con­ta­ron dete­ni­da­men­te las incon­ta­bles cua­li­da­des que mani­fes­tó en vida. La prin­ci­pal, coin­ci­die­ron la mayo­ría, jun­to a una pro­ver­bial edu­ca­ción, era que sabía escu­char, que tenía un tem­ple para aten­der las penu­rias aje­nas sin mos­trar impa­cien­cia o har­taz­go. Era poco tal con­di­ción.

Ade­más, siem­pre tenía una bue­na pala­bra para un mal momen­to. Solo con ver­lo por los pasi­llos del cole­gio era como un bál­sa­mo del espí­ri­tu. Sí, el de fie­ra­brás, apos­ti­lló un ace­ra­do com­pa­ñe­ro que esta­ba bas­tan­te har­to de tan­to opu­len­to elo­gio. Era frío y gla­cial en algu­nas oca­sio­nes. En una oca­sión, a una com­pa­ñe­ra, don­de todo el mun­do espe­ra­ba unas pala­bras de afec­to y cari­ño solo mani­fes­tó un ges­to asép­ti­co y de muy ate­ri­da cor­dia­li­dad. Eso es fal­so, y el autor de dichas pala­bras lo sabe muy bien. Él lo úni­co que hizo fue espe­rar a estar a solas para poder expre­sar en la inti­mi­dad todo ese cau­dal de sim­pa­tía y esti­ma que sen­tía por esa per­so­na. Creo que si entra­mos en un tira y aflo­ja a la hora de hablar de José María mal vamos. Lo dicho ya es más que sufi­cien­te.

Toca cam­bio de ter­cio. Según muchas voces, lo que más lla­mó la aten­ción en vida fue su nula dis­po­si­ción a hablar de su vida pri­va­da. Por eso me sor­pren­dí tan­to al des­cu­brir unas car­tas tan per­so­na­les. He esta­do noches y noches leyen­do las dife­ren­tes entra­das que hacen refe­ren­cia a sus viven­cias amo­ro­sas y no he deja­do de asom­brar­me con la pro­li­fe­ra­ción de deta­lles tan ínti­mos. He lle­ga­do a pen­sar en un des­do­bla­mien­to de per­so­na­li­dad, en la recrea­ción de un per­so­na­je por par­te de él para de ese modo vol­car todas las inti­mi­da­des que le ator­men­ta­ban. Es lo que más me impor­ta en estos momen­tos. Es lo que quie­ro acla­rar por enci­ma de todo.

No sabes, ami­go lec­tor, lo que he bus­ca­do a esa des­co­no­ci­da ami­ga que tan­to le hizo gozar y sufrir en vida. He lle­ga­do a poner innu­me­ra­bles anun­cios en las prin­ci­pa­les cabe­ce­ras de este país para ver si, al leer el perió­di­co, esta mujer deci­día hacer­se visi­ble. Esfuer­zo vano… ¡Pues vaya obi­tua­rio enton­ces! Sí, tie­nes razón… Es un resu­men bio­grá­fi­co incon­clu­so. Déja­me ter­mi­nar. Esfuer­zo vano… has­ta hace tres días exac­ta­men­te.

El miér­co­les a eso de las diez de la noche reci­bí una sms que me alte­ró de tal mane­ra que me fue impo­si­ble con­ci­liar el sue­ño. «Soy la mujer que estás bus­can­do. Cuan­do quie­ras toma­mos un café y habla­mos». En un des­con­fia­do inter­cam­bio de men­sa­jes, pues yo esta­ba teme­ro­so de que salie­ra huyen­do con un des­pia­da­do mutis por el foro, con­se­gui­mos acor­dar una entre­vis­ta en un vie­jo café de Bil­bao. Cuan­do lle­gué a él, pre­ci­pi­ta­do y ansio­so, ella aún no esta­ba. Me sen­té a una mesa que me pare­ció ade­cua­da por estar un poco apar­ta­da del res­to. Pedí una con­su­mi­ción y un cama­re­ro con cier­to aire de ins­pec­tor tras­no­cha­do me la sir­vió tras pre­gun­tar­me si iba a estar solo. No enten­dí ese inte­rés, pero le con­tes­té des­ga­na­do que esta­ba espe­ran­do a una per­so­na. Pues ten­drá que espe­rar­la bas­tan­te tiem­po, me res­pon­dió des­pués de mirar su reloj. La mujer que se sien­ta a esta mesa no lle­ga has­ta las ocho de la tar­de. Ató­ni­to y estu­pe­fac­to me dis­pu­se a leer el libro que me aca­ba­ba de com­prar. Incom­pren­si­ble­men­te esta­ba hacien­do caso a la suge­ren­cia del cama­re­ro. Ya imbui­do en la lec­tu­ra del poe­ma­rio adqui­ri­do, no pres­té la más míni­ma aten­ción a mi entorno has­ta que una voz feme­ni­na sonó a mi lado.

―Hola, bue­nas tar­des, per­do­na el retra­so, pero es que un encar­go de últi­ma hora no me ha per­mi­ti­do salir antes del tra­ba­jo.

Se acer­có a mí, me dio dos besos y un sen­sual per­fu­me inva­dió todo mi espa­cio. Inme­dia­ta­men­te se sen­tó en la silla que la espe­ra­ba jun­to a mí des­de hace bas­tan­tes minu­tos. Había muy poco espa­cio en el des­tar­ta­la­do café, pero fue capaz de qui­tar­se el abri­go con una ele­gan­cia y una dili­gen­cia espec­ta­cu­la­res. Lle­va­ba una blu­sa blan­ca ceñi­da y esco­ta­da lo jus­to para mar­car una «toda­vía» muy atrac­ti­va figu­ra. La fal­da, negra, deja­ba a la vis­ta un par de pier­nas con­tor­nea­das y puli­das a cin­cel grie­go en un gim­na­sio. Ter­mi­na­ban en unos zapa­tos negros que deja­ban dedu­cir la nece­si­dad de estar cómo­da en un día de tra­ba­jo.

Tras hacer un ges­to de asen­ti­mien­to al cama­re­ro ─se nota­ba cier­ta fami­lia­ri­dad─ colo­có su bol­so en la ter­ce­ra silla que mira­ba impa­si­ble la situa­ción. Me cogió, airo­sa y deli­ca­da, el libro que esta­ba leyen­do, me miró a los ojos ─leí en ellos: otro loco de la poe­sía─ y me sol­tó a la cara: yo soy la mujer de las car­tas de José María. (A la som­bra del ver­bo) (1995–2025)

LA FRUSTRACIÓN DE UN ESCRITOR

Un día de pér­di­da emo­cio­nal pasean­do por un pue­blo de la sie­rra madri­le­ña me encon­tré a un hom­bre lla­ma­do Tomás, el cual habi­ta­ba una peque­ña casa a los pies de una mon­ta­ña y rodea­do de un espe­so bos­que.

Des­de que era un niño, Tomás expe­ri­men­tó una atrac­ción espe­cial por las his­to­rias, por las narra­cio­nes que podían cap­tu­rar su alma y des­per­tar sus emo­cio­nes. Dis­fru­ta­ba con­ver­san­do con los habi­tan­tes del pue­blo y escu­chan­do sus his­to­rias, que él las con­ver­tía con suma pre­ci­sión en cor­tos rela­tos con los que trans­mi­tir una amplia gama de emo­cio­nes a sus futu­ros lec­to­res. Una de las que más le emo­cio­nó fue la de un pas­tor anal­fa­be­to que qui­so emu­lar ―y lo logró― a Miguel Her­nán­dez cuan­do le con­ta­ron que des­de un anal­fa­be­tis­mo simi­lar logró con­ver­tir­se en uno de los poe­tas espa­ño­les de más renom­bre.

Sin embar­go, cada vez que fina­li­za­ba una his­to­ria sen­tía una espe­cie de pér­di­da: sen­tía que esta­ba per­dien­do una par­te de sí mis­mo. Al con­cluir­la, como había inver­ti­do en ella tan­to tiem­po y esfuer­zo pare­cía que des­apa­re­cía par­te de su vida. Se sen­tía trai­cio­na­do, se sen­tía un hom­bre aban­do­na­do por­que cada his­to­ria ter­mi­na­da era un hijo per­di­do.

Tomás tra­ba­ja­ba en una fábri­ca, don­de cien­tos de obre­ros pro­du­cían en cade­na milla­res de engra­na­jes que se mon­ta­ban del mis­mo modo cuan­do fal­ta­ba por enfer­me­dad y era sus­ti­tui­do por otro tra­ba­ja­dor. El resul­ta­do era exac­ta­men­te el mis­mo. No se nota­ba su ausen­cia. Sus «sobre­sa­lien­tes» mani­pu­la­cio­nes, impo­si­bles de dife­ren­ciar for­ma­ban par­te de una casi inter­mi­na­ble cade­na de ensam­bla­jes de pie­zas per­fec­ta­men­te uni­for­ma­das.

Cada día que pasa­ba como un ser alie­na­do, su ale­gría iba dis­mi­nu­yen­do. Tomás anhe­la­ba en lo pro­fun­do de su ser escri­bir un gran libro que le per­mi­tie­ra, con sus ganan­cias cru­zar las mon­ta­ñas que le apri­sio­na­ban como si fue­ra Edmun­do Dan­tes y via­jar por todo el mun­do.

Pero el libro no podía ser un libro cual­quie­ra, no. Tenía que ser un libro con his­to­rias que pudie­ran refle­jar la pasión, la inte­gri­dad y la mode­ra­ción del mun­do que él soña­ba gober­nar. Aun­que cada maña­na se des­per­ta­ba con la mis­ma pre­sión en el pecho, con la mis­ma dosis de frus­tra­ción como par­te de su ruti­na dia­ria.

El día de su cum­plea­ños, que se sin­tió espe­cial­men­te impul­sa­do por un deseo más fuer­te de cam­bio, deci­dió acer­car­se a un bos­que cer­cano para cami­nar entre los árbo­les y escu­char la irre­pe­ti­ble músi­ca que com­po­nían las hojas secas cuan­do eran pisa­das por sus aún vita­les pies. Ines­pe­ra­da­men­te des­cu­brió algo increí­ble: un dia­rio olvi­da­do en un late­ral del camino que él reco­rría con tan­ta fre­cuen­cia. Lo cogió impul­si­va­men­te, como un niño las chu­ches en una tien­da de cara­me­los. Las pági­nas, escri­tas con una letra del siglo pasa­do, con­te­nían cuen­tos de via­je­ros y soña­do­res de prin­ci­pios del siglo XX. Movi­do por una exa­cer­ba­da curio­si­dad, comen­zó a leer el libro. Cada día, una his­to­ria. Todas dife­ren­tes.  

Expe­ri­men­tó tal emo­ción que, con una ener­gía que no había sen­ti­do en años, tomó una deci­sión radi­cal y tajan­te: deja­ré mi fábri­ca, se dijo para sí.

Lle­nó la male­ta de ropa vie­ja y sue­ños nue­vos. Tomás via­jó por todo el mun­do. Cono­ció a gen­te de todas par­tes y de todos los colo­res: fami­lias simi­la­res a la suya, per­so­nas soli­ta­rias, cam­pe­si­nos tra­ba­ja­do­res, indi­vi­duos vio­len­tos y algu­nos con los que fue impo­si­ble comu­ni­car­se.  

Entre ese vario­pin­to mun­do se encon­tró con una pin­to­ra que había aban­do­na­do su tra­ba­jo en la ofi­ci­na y se había con­ver­ti­do en una bri­llan­tí­si­ma ilus­tra­do­ra. Cono­ció a un músi­co que inter­pre­ta­ba melo­días en pla­zas de incon­ta­bles ciu­da­des y a un escri­tor de éxi­to que dejó tam­bién su tra­ba­jo des­pués de mil dudas. Cien­tos de publi­ca­cio­nes ven­di­das. Cada his­to­ria que escri­bía mos­tra­ba una pers­pec­ti­va dife­ren­te. Habla­ban de la auda­cia, la lon­ge­vi­dad, la per­se­cu­ción de los pro­pios sue­ños o los arre­ba­tos de una vida arrui­na­da por la pere­za.

Ins­pi­ra­do por todas esas expe­rien­cias, Tomás comen­zó a escri­bir his­to­rias sobre su pasa­do. Frag­men­tos de su alma per­di­da, pie­zas que refle­ja­ban las dudas que lo ator­men­ta­ban des­de hacía años, la envi­dia de una vida mejor, la sole­dad ele­gi­da pero tor­men­to­sa, sus con­ver­sa­cio­nes con la natu­ra­le­za y la posi­ble inexis­ten­cia de Dios.

Cada vez que algo de su memo­ria lo impac­ta­ba, lo con­ver­tía en pala­bras.

Cuan­do Tomás, des­pués de mucho tiem­po, regre­só a su pue­blo, no era el mis­mo hom­bre con­fun­di­do y ver­gon­zo­so. Se sin­tió real­men­te agra­de­ci­do por todo, sabien­do que ese libro encon­tra­do al azar en un camino per­di­do le dio las fuer­zas sufi­cien­tes para escu­char su pro­pia voz.

Tomás, des­pués de todo lo vivi­do, escri­bió un libro sobre la frus­tra­ción huma­na. Escri­bió cómo la vida pue­de ser dife­ren­te. Nues­tros sue­ños, decía, duer­men en nues­tro inte­rior sin que los per­ci­ba­mos duran­te mucho tiem­po, has­ta que un des­co­no­ci­do deto­nan­te los des­pier­ta. Él encon­tró su mayor éxi­to en su dolor más ínti­mo: des­cu­brió que la frus­tra­ción a veces no es solo un muro insal­va­ble, sino que tam­bién pue­de ser una ins­pi­ra­do­ra señal que ilu­mi­ne ese camino que nun­ca nos atre­vi­mos a tran­si­tar.

EL ESCRITOR

El aba­ti­do escri­tor se arran­có la mano izquier­da des­pués de ver la sequía de ideas y pro­yec­tos. Es la inuti­li­dad per­so­ni­fi­ca­da, decía a todo aquel que le que­ría escu­char. Le vinie­ron a la men­te las innu­me­ra­bles noches que pasa­ba en encar­ni­za­da lucha con una pala­bra, con un ver­so, con una idea. No se can­sa­ba. Mil libros de con­sul­ta. Mil noches inten­tan­do encon­trar la sali­da ideal a ese labe­rin­to de pala­bras que es un sim­ple poe­ma. Con la dure­za del ser más inhu­mano ―que los hay― se auto­cul­pó del fra­ca­so de su vida lite­ra­ria y amo­ro­sa. Aun­que esta últi­ma tuvo ―no creo que vuel­van― días de mucha glo­ria. Y simu­la­ba men­tal­men­te el paseo triun­fan­te de un mode­lo de alta cos­tu­ra. Todo esto se enma­ra­ña­ba en su cabe­za mien­tras sabo­rea­ba dos dedos de whisky, el úni­co modo de miti­gar sus des­ven­tu­ras. Muchas pro­me­sas, pero otra vez igual, rema­ba el mar de su memo­ria. Con­tem­pló su mano con des­pre­cio ―nun­ca sopor­tó su inca­pa­ci­dad para pedir con­se­jo o ayu­da―, abrió la ven­ta­na y la lan­zó deses­pe­ra­do y derro­ta­do. Mien­tras, la fren­te se le per­la­ba en un des­am­pa­ra­do sudor, sin­tió un cer­te­ro ali­vio, pero de cla­ro matiz tran­si­to­rio. Sor­pre­sa orgás­mi­ca, se decía con iro­nía últi­ma­men­te. Otra mano le cre­cía indó­mi­ta y pode­ro­sa. Miró el nue­vo apén­di­ce, que iba dere­cho a su sexo, y muy reju­ve­ne­ci­do por el licor de la eter­na juven­tud de los dio­ses paga­nos, se sen­tó al orde­na­dor con un ines­pe­ra­do aba­ni­co de lite­ra­rios pla­ce­res ocul­tos. (A la som­bra del ver­bo) (1995–2025)

RETRATO DE UN ESCRITOR INSURGENTE

Un escri­to­rio des­me­di­do en la penum­bra dora­da que no ilu­mi­na, pero que arde con len­ti­tud con el recuer­do fer­men­ta­do de un fra­ca­so sir­ve de mesa de tra­ba­jo para un hom­bre —no un hom­bre cual­quie­ra, sino un ofi­cian­te zur­do del ver­bo— que no es un mero escri­ba, que es un atrin­che­ra­do des­ta­pa­dor de fra­ca­sos amo­ro­sos.

Esa mesa es a la vez trono, con­fe­sio­na­rio y sitial. La lám­pa­ra inte­rro­ga. Su luz no es luz, sino cuchi­llo, bis­tu­rí, faro.

En la mesa, el papel arru­ga­do, sub­ra­ya­do, man­cha­do de café o lágri­mas invi­si­bles es un eco de la infan­cia, un reta­zo de memo­ria que se resis­te a ser archi­va­da y exi­ge ser reci­ta­da o dra­ma­ti­za­da.

No hay orden posi­ble. Solo pre­si­de el caos ritual. El bolí­gra­fo zur­do y la espa­da con­tra el canon no escri­ben, recun­can. Regur­gi­ta letras, tra­za cami­nos de vuel­ta y la tin­ta no flu­ye, se arras­tra como un buey can­sa­do por los cam­pos de la len­gua, sem­bran­do dudas, cose­chan­do sau­da­de.

La cami­sa a cua­dros, azul, bei­ge, rebel­de, no cubre el cuer­po, lo decla­ra. Las gafas no corri­gen la vis­ta, la mul­ti­pli­can, la frag­men­tan en mil mira­das simul­tá­neas, todas urgen­tes.

El cálcu­lo que rea­li­za no es mate­má­ti­co, sino emo­cio­nal por­que todas sus ver­sio­nes caben en un solo recuer­do antes de ser disuel­tas en un ritual no tole­ra­do.

Detrás, los libros vigi­lan. No están ali­nea­dos, están en asam­blea. Se aso­cian, se diso­cian, se auto­ci­tan. Ven, oyen, callan.

La mesa no es un escri­to­rio, es un altar de resis­ten­cia, una mesa de ofren­das o un cam­po de bata­lla. Y el hom­bre que la ocu­pa no estu­dia, invo­ca, reci­ta y se equi­vo­ca. Pero con dig­ni­dad.

Lle­va años que­rien­do com­po­ner el himno del error. Cada ges­to suyo es cere­mo­nia; cada pau­sa, ple­ga­ria; cada sus­pi­ro, decla­ra­ción de inde­pen­den­cia emo­cio­nal y cada línea, un  sal­va­vi­das para sobre­vi­vir. (A la som­bra del ver­bo) (1995–2025)

NO PIDO PERMISO (MI CREDO EN CASTELLANO)

He sido pro­fe­sor de Len­gua y Lite­ra­tu­ra, sí. He corre­gi­do exá­me­nes, he expli­ca­do sin­ta­xis, he habla­do de Cer­van­tes y de Macha­do. Con rigor abso­lu­to. Con dedi­ca­ción ple­na. Con­sa­gra­do con un entu­sias­mo inigua­la­ble. Pero aho­ra escri­bo des­de otro lugar. Des­de la liber­tad. Des­de la nece­si­dad de man­te­ner viva una voz que no quie­re reti­rar­se. Por­que jubi­lar­se no es callar­se. Es tener tiem­po para decir lo que antes no se podía.

Mi cas­te­llano blo­gue­ro no es per­fec­to, dicen, y no tie­ne por qué ser­lo. Lo he ense­ña­do duran­te déca­das, lo he vivi­do, lo he defen­di­do en aulas, en libros, en con­ver­sa­cio­nes. Y aho­ra, des­de este rin­cón digi­tal que es recuncar.com, lo sigo hacien­do. No con fir­me­za aca­dé­mi­ca, sino como alguien que escri­be con alma, con memo­ria, con con­vic­ción.

No estoy aquí para agra­dar a los puris­tas ni para colec­cio­nar meda­llas de correc­ción gra­ma­ti­cal. Estoy aquí para escri­bir como me nace, como lo sien­to, como lo vivo. Si te moles­ta, si te pare­ce mal, pues cie­rra la pes­ta­ña y sigue con tu día. Pero no ven­gas a dar­me lec­cio­nes, que ya he dado muchas en mi vida.

No voy a cerrar este blog, ni a callar­me, ni a escon­der mi voz por mie­do a equi­vo­car­me. Por­que esta len­gua tam­bién es mía, y la uso como me da la gana. Con erro­res, con mez­clas, con todo lo que tú quie­ras cri­ti­car. Pero con orgu­llo, con pasión y sin pedir per­mi­so. Así que, si no te gus­ta, ya sabes dón­de está la puer­ta.

Escri­bo por­que quie­ro. Por­que el cas­te­llano tam­bién es mío, aun­que no lo escri­ba siem­pre según la nor­ma aca­dé­mi­ca. Por­que me repre­sen­ta, por­que me impor­ta, por­que me acom­pa­ña des­de siem­pre. No le debo expli­ca­cio­nes a nadie por usar mi len­gua como la sien­to. Si alguien cree que no ten­go dere­cho a escri­bir por­que no domino cada regla, que mire para otro lado. Yo segui­ré escri­bien­do y defen­dien­do lo que pue­da en cas­te­llano, a mi mane­ra. Por­que la len­gua es de quien la usa, no solo de quien la regu­la.

No apren­dí a escri­bir para gus­tar, sino para comu­ni­car. Y aho­ra escri­bo para resis­tir. Para que el cas­te­llano no se con­vier­ta en una len­gua de éli­tes, de fil­tros, de exclu­sio­nes. Lo apren­dí en libros, sí, pero tam­bién en la calle, en la vida, en los silen­cios. ¿Come­to erro­res? ¿Y qué? No estoy aquí para agra­dar, estoy aquí para hacer rui­do, para rei­vin­di­car que el cas­te­llano tam­bién es de quien lo vive, de quien lo lucha, de quien lo escri­be con alma.

Alguien me dijo que no toca­ra el cas­te­llano si no lo escri­bía per­fec­to. Pues a mí, me da igual. Escri­bo en cas­te­llano por­que me da la gana, por­que es mío, por­que me repre­sen­ta. No nece­si­to per­mi­so ni diplo­ma para usar mi len­gua. La apren­dí como pro­fe­sor, como lec­tor, como ciu­da­dano, y sigo apren­dien­do cada día. El cas­te­llano no es solo para quien lo domi­na según la nor­ma, es para quien lo sien­te, lo vive y lo defien­de. Y yo lo hago con erro­res, sí, pero tam­bién con mucho amor y con­vic­ción.

Si tú sien­tes ver­güen­za por mi cas­te­llano, pues lo sien­to muchí­si­mo. Mán­da­me a paseo si quie­res, pero no me qui­tes la ilu­sión de escri­bir como me sale del cora­zón. Mi cas­te­llano no será aca­dé­mi­co, pero es real, es vivi­do, es sen­ti­do. No nací para agra­dar a los puris­tas, sino para man­te­ner viva la len­gua que me acom­pa­ña des­de siem­pre. Pre­fie­ro mil veces un cas­te­llano imper­fec­to con alma que uno per­fec­to sin pasión.

Y tú, aca­dé­mi­co del cas­te­llano, déja­me en paz. Olví­da­me. Mán­da­me al cara­jo si te ape­te­ce, pero yo no voy a cerrar este blog. Por­que este espa­cio es mío, y el cas­te­llano que aquí se escri­be tam­bién. No será nor­ma­ti­vo, no será per­fec­to, pero es ver­da­de­ro. Es el cas­te­llano que me nace, que me repre­sen­ta, y que defien­do con cada pala­bra. Si no te gus­ta, pasa pági­na. Pero no ven­gas a dar­me lec­cio­nes, que mi voz tam­bién cuen­ta. (A la som­bra del ver­bo) (1995–2025)

ZURDO E IMBERBE

Exis­to. Escri­bo. Ima­gino. Y, sin embar­go, escri­to­res como yo, segui­mos sien­do en gran medi­da invi­si­ble en la mito­lo­gía visual de la lite­ra­tu­ra.

Abro cual­quier libro sobre «escri­to­res del mun­do», hojeo revis­tas lite­ra­rias o me des­pla­zo por ilus­tra­cio­nes de auto­res anó­ni­mos gene­ra­das por IA. ¿Qué veo? Un des­fi­le de hom­bres bar­bu­dos, con plu­mas en la mano dere­cha, miran­do solem­ne­men­te a lo lejos, como si la sabi­du­ría fue­ra un dere­cho inna­to otor­ga­do por el vello facial y las manos domi­nan­tes de crea­ción dies­tra.

Pero ¿qué hay de noso­tros, los zur­dos, los de meji­llas lisas, aque­llos cuyas man­chas de tin­ta flo­re­cen en el bor­de de nues­tras pal­mas sinies­tras? ¿Aca­so no somos tam­bién escri­to­res?

Yo escri­bo con la mano izquier­da. Mi ros­tro care­ce de la solem­ni­dad mus­go­sa que pare­ce defi­nir al escri­tor «serio». Y, sin embar­go, mis pala­bras tie­nen peso. Mis his­to­rias pal­pi­tan­do vida. He pasa­do, y pasa­ré, noches en vela luchan­do con las fra­ses, per­si­guien­do metá­fo­ras y dan­do for­ma al silen­cio para con­ver­tir­lo en sig­ni­fi­ca­do. Aun así, cuan­do asis­to a lec­tu­ras o envío fotos de autor, me pre­gun­tan, en un correo, con una sim­pa­tía ves­ti­da de con­fian­za, si soy el beca­rio. El asis­ten­te. El estu­dian­te. Y cuan­do mani­fies­to mi edad, me dicen entre líneas que no ten­go nin­gún atrac­ti­vo físi­co y que hoy en día la ima­gen es impres­cin­di­ble. No se lle­van los hom­bres con cara de niño bueno.

Hay una tira­nía silen­cio­sa en la for­ma en que se ilus­tra la lite­ra­tu­ra actual en inter­net o en IA. El arque­ti­po está tan pro­fun­da­men­te arrai­ga­do que cual­quier cosa fue­ra de él se per­ci­be como un error. ¿Un escri­tor sin bar­ba? Debe de ser un prin­ci­pian­te. ¿Un poe­ta zur­do? Una curio­sa ano­ma­lía. ¿Una mujer con el pelo cor­to y sin pipa? Qui­zás sea la edi­to­ra.

Dicen que los escri­to­res zur­dos somos genios crea­ti­vos. Qui­zás sea por­que los lec­to­res pasan la mitad del tiem­po des­ci­fran­do lo que aca­ba­mos de escri­bir: al revés, boca aba­jo y man­cha­do has­ta que­dar ile­gi­ble. Cada cua­derno es un cam­po de bata­lla de tin­ta man­cha­da y espi­ra­les dobla­das, como si el uni­ver­so cons­pi­ra­ra con­tra nues­tras ambi­cio­nes lite­ra­rias.

Los bolí­gra­fos tiem­blan de mie­do en mi mano. Los escri­to­rios cru­jen bajo el peso de los incó­mo­dos ángu­los de los codos. Y, sin embar­go, de algu­na mane­ra, algu­nos zur­dos siguen con­si­guien­do escri­bir obras maes­tras… solo que con un poco más de caos.

Los zur­dos no solo escri­bi­mos, sino que lucha­mos por cada pala­bra. Yo soy una mues­tra. Des­pués de mil correc­cio­nes, con­si­go un resul­ta­do ópti­mo. Estoy con­ten­to con el tex­to. Son­río. Estoy satis­fe­cho, pero fal­ta una cosa.  Quie­ro una cari­ca­tu­ra mía escri­bien­do como ilus­tra­ción. Mi foto la ten­go loca­li­za­da en mi orde­na­dor. Bus­co en inter­net una IA que cari­ca­tu­ri­ce foto­gra­fías per­so­na­les. La mía es muy corrien­ti­ta: estoy en el estu­dio de mi anti­gua casa escri­bien­do con la mano izquier­da un tex­to, ¡cómo es lógi­co! Lle­go a una IA que dicen que es la mejor. Subo la foto, cli­co una vez en esca­near y a espe­rar. Ansie­dad y ten­sión por el resul­ta­do. ¡Oh, sor­pre­sa! Me la devuel­ve con­mi­go escri­bien­do con la dies­tra. ¡Mal­di­ta sea! Le rue­go, le implo­ro que lo cam­bie, que soy zur­do. Pero a la quin­ta peti­ción, lo dejo. Des­ani­ma­do y enga­ña­do.

No se tra­ta de una lla­ma­da a borrar a los bar­bu­dos o a los dies­tros. No. Es una peti­ción para ampliar el mar­co. Así de sen­ci­llo.