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LA NUBE NEGRA

La Nube Negra no llega haciendo ruido, no. No anuncia su entrada, no rompe nada, no grita. Solo aparece. 😶‍🌫️🤯⛈️. Se instala despacio, a traición. Llega como un gato negro en la noche, como una idea negativa que se me cuela y se instala sin aviso, como un susurro que apenas siento, pero lo invade todo, como la niebla que llega sin ruido y, cuando la noto, ya está conmigo jodiéndome la vida, como una sombra espesa que empieza cubriendo los bordes del día hasta dejarlo todo bajo una misma oscuridad.

La Nube Negra no siempre duele de forma visible. A veces no tiene forma de llanto ni de derrumbe. A veces se parece más al silencio. A una fatiga honda, antigua, difícil de explicar. A la sensación de cargar un peso que nadie ve, pero que me aplasta igual. Camino con el cuerpo lleno de plomo. Abro los ojos por la mañana y siento que el día ya empieza perdiendo.

La Nube Negra no solo me entristece. Me desgasta. Me aísla. Me desordena. Me apaga. Me enturbia. Me agota. Me enmudece. Me encierra. Me confunde. Me drena. Me astilla. Me silencia. Me desarma. Me contrae. Me niebla.

La Nube Negra va borrando el contorno de las cosas que antes tenían sentido para mí. Lo que antes era refugio ahora es ruido. Lo que antes eran horas ante un papel ahora es una repleta papelera de hojas en blanco. Lo que antes era deseo ahora es esfuerzo. Lo que antes era simple, ahora parece imposible. Comer, responder un mensaje, sostener una conversación, ducharme, salir de la cama, escribir un texto, leer un libro… Todo se convierte en una tarea desmedida, absurda, agotadora. Y lo más cruel es que desde fuera no siempre se nota. Nadie lo nota.

La Nube Negra sabe disfrazarse. Sabe poner una cara funcional encima de mi derrumbe. Sabe, arteramente, hacer de mí una persona que sonríe mientras por dentro apenas sostiene los restos de sus efectos. Sabe enseñar una versión presentable de mi dolor para que nadie haga demasiadas preguntas. Y mientras tanto, por dentro, todo sigue cayéndose.

La Nube Negra también deforma mi pensamiento. Lo vuelve hostil. Lo llena de una crueldad íntima que no da tregua. Bajo su sombra, empiezo a desconfiar de todo: de mi valor, de mi fuerza, de mi lugar en el mundo. Todo se vuelve duda. Todo se vuelve culpa. Todo se vuelve insuficiencia. Mi mente deja de ser casa y se convierte en un sitio difícil de habitar.

Hay días en los que la Nube Negra no parece tristeza, sino vacío. Un vacío seco, inmóvil, sin dramatismo. No pasa nada, y sin embargo me duele todo. Una ausencia total de entusiasmo. Una distancia feroz conmigo mismo, con los otros, con la vida. Como si todo ocurriera detrás de un vidrio. Como si yo siguiera aquí, pero cada vez menos.

Lo más doloroso de la Nube Negra no es solo lo que pesa, sino lo que me arranca. Me arranca el impulso. Me arranca la ternura. Me arranca el apetito por el mundo. Me arranca la versión de mí mismo que recuerda cómo vivir sin este cansancio feroz. Y entonces no solo sufro lo que siento: también sufro la nostalgia de quien era antes.

Vivir bajo la Nube Negra es intentar explicarle al mundo un dolor que no sangra, pero consume. Una enfermedad que no me mata, pero no me deja vivir. Es sentir culpa por no poder con lo que otras personas hacen sin pensar. Es agotarme fingiendo normalidad. Es querer desaparecer del ruido, del esfuerzo, de mí mismo. No por falta de amor, no por ingratitud, no por debilidad, sino por cansancio. Por un cansancio tan hondo que a veces se confunde con el final.

Y aun así, aquí estoy. Debajo de la Nube Negra. La nombro. Sostengo como puedo este peso sin forma. Atravieso una oscuridad que no elijo, pero que me toca habitar. Digo, aunque me cueste, que esto duele. Que duele de verdad. Que hay días en que sobrevivir ya es todo el trabajo del mundo. (A la sombra del verbo) (2026)

BIOGRAFÍA LITERARIA DE JOSÉ MARÍA MÁIZ TOGORES (O EL ARTE DE CONTAR LO QUE TODO EL MUNDO NO SABE)

Nací en Santiago de Compostela, ciudad de piedra mojada y paciencia antigua. Soy picheleiro, hijo legítimo de una ciudad que brilla mejor bajo la lluvia que bajo el sol. Santiago no se entiende sin paraguas: la piedra húmeda, el orballo, las noches de otoño y el casco viejo envuelto en niebla tienen una belleza lenta, melancólica y testaruda. El sol no estropea la ciudad, pero la lluvia la revela.

Nací un quince de agosto. Y sí, llovía. Mientras la familia discutía qué nombre ponerme, mi padrino evitó a tiempo un sonoro Gumersindo y acabé llamándome José María Ramón Santiago. Yo, por lo visto, me manifestaba mediante felices explosiones aerofágicas que me dejaban sonriente y satisfecho. Empezaba bien la cosa.

Mi infancia y adolescencia fueron un recorrido por varios colegios madrileños: Agustinos, Estudio, Calderón de la Barca y Cardenal Cisneros. Hoy dirían que era inquieto, hiperactivo o emprendedor. Entonces simplemente parecía incapaz de permanecer quieto en un pupitre. No fui un gran estudiante. Tal vez por eso, con los años, acabé siendo profesor. La vida tiene un sentido del humor bastante fino.

De 1988 a 2025 enseñé Lengua y Literatura en el colegio Jesús-María de Madrid. Allí trabajé, me cansé, discutí, escuché, aprendí, expliqué, me equivoqué y volví a empezar muchas veces. Allí encontré mi segunda casa. Y allí confirmé una sospecha: muchos malos alumnos terminamos siendo profesores atentos porque sabemos exactamente dónde se cae uno.

Educar es gobernar una barca frágil: hace falta algo de marino, algo de pirata, algo de poeta… y mucha paciencia. Pero también hay que cuidar al que enseña, porque un profesor quemado no transmite fuego, sino ceniza. Y los alumnos eso lo saben antes que nadie.

La literatura llegó a mí tarde y con resistencia. Los clásicos se me caían de las manos a los quince años. Nadie me los explicó como yo necesitaba. Después aparecieron Rosalía de Castro, Baudelaire, Vallejo, Bécquer, Rubén Darío, Jaime Gil de Biedma, Pessoa, Pondal, Gabriela Mistral, Valle-Inclán, Juan Ramón Jiménez, Curros Enríquez… y me llevaron al poema en prosa, que es un territorio engañoso: parece fácil, pero no lo es. Ahí me quedé a vivir.

Mi gallego nació en dos fincas familiares: La Peregrina, en A Maía, y El Burgo, en Vedra, al pie del Pico Sacro. Esas fueron mis verdaderas universidades sentimentales. Veranos interminables, romerías, maizadas, discusiones familiares, ligoteos, risas, primeras heridas y primeras nostalgias. Bertamiráns tenía entonces trescientos habitantes. Hoy tiene diez mil. Yo sigo prefiriendo aquel silencio antiguo.

El gallego que me enamoró no fue el normativo, sino el de aldea, musical, lleno de giros y vida. Aprender gallego fue aprender una lengua sin academia, sin normas claras, sin mapa. Tal vez por eso me atrapó tanto.

Amancio Prada me descubrió a la Rosalía de Castro verdadera, no la sensiblera que nos contaban. Y ahí hubo un antes y un después.

Uso seis pseudónimos: Camay, Chioleiro, Filoso, Xaovín, Suboebaixo y Tantometén. No es extravagancia: es necesidad. Cada nombre es una voz distinta, una edad distinta, una manera distinta de mirar el mundo. Camay fue la infancia. Chioleiro nació en las romerías. Filoso heredó sangre.
Xaovín fue inseguridad. Suboebaixo resume mi carácter gallego: nunca se sabe si subo o bajo. Tantometén es libertad: ya no me importa nada.

Escribo para entenderme, para ordenar la memoria y para reescribir la vida. Corrijo demasiado. Nunca hay versión definitiva. Mañana podría escribir otra biografía con los mismos recuerdos y otro sentido.

En mi blog http://www.recuncar.com está organizada toda mi obra en prosa en distintos libros. Cierto es que algunos de ellos están en un estado muy precario, pero todo se andará. Mi objetivo es el mismo que cuando comencé el blog hace casi dos años: seguir colgando textos con un ritmo muy vivo. Cada una es un territorio distinto, pero todas forman parte del mismo mapa: memoria, literatura, Galicia, enseñanza, música, recuerdos y vida.

Mis libros en mi blog recuncar.com están estructurados así:

  1. A LA SOMBRA DEL VERBO (O EL ARTE DE VER CÓMO EL TIEMPO PLATEA MI VIDA).-  Prosa variada sobre recuerdos, literatura, enseñanza, música, vida y todo lo que se me ocurre cuando me siento a escribir. (1994-2026). Este libro lo puedes leer en http://www.recuncar.com.
  2. EL TURNO DE NADIE (O EL ARTE DE ESCRIBIR UNA NOVELA QUE NADIE LEE).- Novela en construcción. (2026) Este libro lo podrás leer en http://www.recuncar.com.
  3. CANDO CHOVE POR DENTRO (OU COMO MOLLAR SEN AUGA OS SENTIMENTOS).- Tódolos meus poemas en prosa EN GALEGO entre 1994 e 2026) Este libro telo en http://www.recuncar.com.
  4. HATROZ (O EL ARTE DE ESCRIBIR UNA NOVELA SIN ARGUMENTO).- Vida de Rafo.  (2026) (Terminado) Este libro lo puedes leer en www.recuncar.com.
  5. PEITO DE BRONCE (O EL ARTE DE CONTAR LA VIDA DE UN HOMBRE DE ALDEA) (Castellano) La puedes leer, reconstruida, en el blog http://www.recuncar.com. (2007)
  6. PEITO DE BRONCE (OU A ARTE DE CONTAR A VIDA DUN HOME DE ALDEA) (Galego) (Non a publico por nulo interese) (2007)
  7. POETARIO (O EL ARTE DE CONVERTIR EL INSOMNIO EN LITERATURA).- Todos mis poemas en prosa entre 1994 y 2026) Este libro se puede leer en www.recuncar.com.
  8. JUBILACIÓN DE JOSÉ MARÍA MÁIZ TOGORES.- (30/6/2025). La puedes leer y ver en el blog http://www.recuncar.com.
  9. BIOGRAFÍA LITERARIA DE JOSÉ MARÍA MÁIZ TOGORES.- La puedes leer en mi blog http://www.recuncar.com.
  10. APUNTES DE UN OCASO CREPUSCULAR (O EL ARTE DE ENGAÑAR AL MUNDO CON MI APARIENCIA).- Artículos, textos y cuentos que puedes leer en mi blog http://www.recuncar.com.
  11. DECÁLOGO DE LAS SENSACIONES QUE EXPERIMENTARÁS AL LEER ESTE BLOG.
  12. GALICIA QUEDA AL NORTE (O EL ARTE DE AÑORAR DE UN PICHELEIRO AUSENTE). (1994-2026).- Lo puedes leer en mi blog http://www.recuncar.com.

Si has llegado hasta aquí, ya compartimos algo importante: tiempo, memoria y palabras. Y eso, aunque no lo parezca, es mucho. Todo ello lo puedes leer en recuncar.com.

Si has llegado hasta aquí, ya compartimos algo importante: tiempo, memoria y palabras. Y eso, aunque no lo parezca, es mucho. Como te he dicho, todo esto lo puedes leer en recuncar.com.

Para contactar conmigo tienes estos dos correos: jmmaiz@telefonica.net y maiztogores@gmail.com

Mayo del 26 (Biografía de José María Máiz Togores en recuncar.com)

CAPÍTULO I DE «HATROZ»: EL VIAJE DE RAFO

Rafo tenía 18 años y su vida era un caos organizado. Era un adolescente como muchos, pero con un enfoque peculiar: la diversión era su única prioridad. Los estudios los tomaba como una obligación que no podían enturbiar el deseo de pasárselo bien. Las fiestas, las copas, la música estruendosa y las luces parpadeantes de algunos pubs eran su refugio. Como he dicho, no le importaba el estudio. Las clases eran solo un trámite, una mera pasarela por la que debía pasar para seguir con su vida de esmorga, como decía Eduardo Blanco Amor en un libro homónimo en el que narraba una noche de excesos, alcohol y deriva de tres hombres en Ourense, con un tono muy crudo, humano y decadente.

Tenía esa despreocupación insolente de quien nunca ha sentido de verdad el peso de las consecuencias. Con dieciocho años vivía convencido de que la vida era una sucesión interminable de noches, música y amigos, y de que siempre habría alguien detrás resolviéndole el futuro. Estudiar le parecía un trámite aburrido y lejano, casi una molestia injusta frente a todo lo que él consideraba urgente: salir, reírse, gustar, desaparecer de casa durante horas y sentirse libre sin preguntarse demasiado de qué. Había en él una inmadurez cómoda, propia de quien confundía privilegio con independencia y diversión con vivir.

Sus padres estaban preocupadísimos porque no veían que fuera capaz de encauzar su vida académica: el sueño paterno de que estudiara medicina se había evaporado como un azucarillo en un vaso de café caliente. En una conversación nocturna y telefónica le dijo a su hermano Ramón, que vivía en Coruña:

―Bueno, Ramón, pues hasta aquí llegó mi fantasía. Supongo que una ilusión no puede sostenerse sola cuando la realidad insiste en mostrar otra cosa. Se lo decía ayer a Lola: Idealizar algo funciona hasta que los hechos empiezan a hablar más alto que las ganas.

―No es que me dé igual todo. Es que estoy cansado de sentir que cada cosa que hago está mal. Llega un punto en que desconecto porque discutir, explicarte o intentar hacerlo bien tampoco cambia nada. Paso de estudiar porque estoy agotado de tener que justificarme todo el tiempo. A veces es más fácil desconectar que seguir peleando por cualquier cosa.

José María, el padre, le contó por teléfono a su hermano Ramón los argumentos que empleaba Rafo para no estudiar lo que la familia esperaba y el «gallego», como llamaba Rafo a su padrino, no pudo refrenarse.

―Entiendo que Rafo esté cansado, pero crecer no consiste en desconectar de todo lo que no le gusta. En tu casa, José María, como en la mía, hay responsabilidades, normas y respeto, incluso cuando uno está enfadado. Que se sienta en nada comprendido no significa que pueda actuar como si nada importara. La vida no funciona solo según lo que le apetece en cada momento. Tú no estás aquí para caerle bien todo el tiempo; estás para educarlo. Y educar también implica poner límites, aunque no le gusten.

La conversación del padre de Rafo se convirtió en un desahogo, pues los esfuerzos durante meses fueron ímprobos y el resultado nulo.

Una noche de viernes, Rafo se preparaba para salir. Su habitación era un verdadero desastre: ropa tirada por todas partes, música a todo volumen y un cuaderno abierto sobre la mesa de trabajo con tres o cuatro versos escritos. Abrió la ventana y con la seguridad de que sus padres no entrarían encendió un cigarrillo que apagó a toda velocidad ante un ruido extraño en la puerta. Se miró en el espejo infinitas veces para comprobar qué tal le había quedado el pelo impregnado con una fina capa de fijador Patrico. Su reflejo le devolvió una sonrisa confiada, un aire de despreocupación que le gustaba.

―¡Vamos, Rafo! ―gritó su amigo y compañero de COU Luis desde la sala, sin respetar a los padres de Rafo que alucinaban con la escena―. ¡La fiesta empieza en una hora!

Rafo cerró la ventana después de airear la habitación, se puso una camisa azul y unos vaqueros ya muy usados, que no le gustaban nada a su madre. Se sentía listo para conquistar el mundo, o al menos, la noche. Salió de su habitación y se dirigió a la sala donde Luis les comentaba a sus padres asuntos familiares, pues, por lo visto, había alguna relación familiar lejana. Luis lo esperaba con una mochila llena de botellas.

―¿Listo para divertirnos? ―preguntó Luis, mientras, insisto, el padre de Rafo observaba la escena con una cara de alucinante sorpresa. El desparpajo de su amigo, familiar lejano, que no le valió para nada, dejó sin habla a los padres de Rafo.

―Siempre ―respondió Rafo, mientras les daba un beso a sus padres y les farfullaba que llegaría pronto.

Su hermana Lola, harta del mal ambiente que había en casa en ocasiones por culpa del mimado de su madre, le soltó a la cara lo que pensaba. Él la miró con indiferencia.

―Tú llamas libertad a ir de fiesta y olvidarte de todo. Yo lo veo como una forma de no querer mirar la realidad. No sé cómo hablar contigo ya. Cada vez que intento entenderte siento que te alejas más.

Fue cerrar la puerta y Lola, su madre, rompió a llorar con un llanto pausado, silencioso y sobrecogedor. Sumida en una profunda depresión, hablaba desde una mezcla de dolor, agotamiento, culpa y desconexión. Sus argumentos sonaban más emocionales, vulnerables y a veces contradictorios.

―No entiendo cómo puede vivir como si nada, mientras yo siento que todo se me cae encima. Me duele verlo tomarse la vida como una broma cuando yo apenas puedo levantarme cada día. Me siento muy sola viéndolo vivir como si no necesitara ya a nadie.

La música sonaba a todo volumen en la casa de un amigo de Luis, un chico que apenas conocían, pero que siempre organizaba las mejores fiestas. Aprovechaba que la casa se quedaba sin sus padres cuando estos se iban de viaje a Barcelona a un concierto del Palau. La verdad es que a Rafo no le importaba tanto conocer a gente, él creía que tenía muy bien cubierta la parcela de los amigos. De lo que realmente disfrutaba era del ambiente: las risas, las copas, las chicas y la sensación plena de estar vivo, de no sentirse ninguneado. Anímicamente lo dejaban a ras del suelo los éxitos académicos de algunos de sus primos.

Al llegar, la casa estaba llena de gente. Luis pasó a su amigo la mochila de las bebidas. Había un fondo común. Chicos y chicas bailaban al ritmo de la ELO (Electric Light Orchestra), los Rolling Stones, Rod Stewart, Bee Gees, Village People o Queen. Los movimientos de los bailones eran cada vez más exagerados y descoordinados, fruto del alcohol que corría por sus venas. Mientras, otros se agrupaban en la cocina y en otros lugares de la amplia casa, riendo y compartiendo historias. Rafo se adentró sin ninguna intención de bailar, a no ser que fuera lento, lo tenía muy claro. Por eso le insinuó al que ponía la música que pinchara a Eric Clapton, Elton John o Commodores, en cuanto buscaba a alguna chica que lo hiciera sentir aún más vivo.

En la terraza estaban los modernos, los sofisticados, los cosmopolitas, los rebeldes con elegancia o los que querían aparentar libertad y madurez compartiendo porros de hachís. Era un consumo nada callejero y bastante mezclado con un postureo intelectual o estético.

―¡Rafo! ―lo saludó una chica de cabello rubio y ojos azules, a la que apenas recordaba de una fiesta anterior—. ¡No te había visto desde la última vez!

―¡Hola! ―respondió él, tratando de recordar su nombre. Pero eso a él le importaba una mierda. Lo que quería era vivir con intensidad el momento.

Se acercaron a la barra improvisada y la chica le ofreció un trago de su cubata. Rafo aceptó con gusto. La noche avanzaba y la música se hacía más intensa. La chica, que se llamaba Susana, lo llevó a la pista de baile. Allí, rodeados de cuerpos en movimiento, Rafo se olvidó de todo cuando empezó a sonar Angie de los Rolling Stones.

―Bailas muy bien lento ―le dijo Susana, mientras se movía al ritmo de la música.

Rafo se enteró de que tenía el mejor expediente de su colegio en COU y era una clara candidata a hacer una excelente Selectividad. Se dio cuenta, pero hizo oídos sordos, de que se puede estudiar y pasárselo muy bien.

―Y tú eres una excelente compañera de baile ―replicó él, riendo.

Los vasos iban y venían, y el tiempo parecía dilatarse. Rafo se sentía invencible, como si nada pudiera detenerlo. Sin embargo, en el fondo había algo que le daba vueltas; un leve susurro que le decía que había más en la vida que solo fiestas y copas. Pero Rafo ignoró esa voz, sumido en la música y el alcohol.

En un momento de la noche, mientras se alejaba un poco de la multitud para tomar aire, se encontró con un grupo de chicos que se ponían a prueba con un juego de cartas.

―¿Quieres unirte? ―le preguntó uno de ellos, con una sonrisa desafiante.

―Claro, ¿a qué jugáis? ―respondió Rafo, sintiéndose intrigado.

El juego era una mezcla de verdad o reto con apuestas. Rafo se sentó, emocionado. Las primeras rondas fueron simples: algunos secretos divertidos y retos ridículos. Pero luego, la cosa se puso más seria.

―Rafo, te toca ―dijo uno de los chicos―. Tienes que buscar a una chica que no conozcas y decirle lo que sientes por ella.

Rafo se rio, pensando que era una broma. Pero, al mirar a su alrededor, sus ojos se encontraron con los de Susana, que lo observaba desde la distancia. Sin pensarlo dos veces, se acercó a ella de nuevo.

―No vale, a esa tía la conoces.

―¡De un baile! ―lo justificó Luis con intención de exculparlo.

―Voy a hacerlo ―dijo Rafo, decidido.

Cuando Susana contestó a lo lejos, Rafo se sintió más vergonzoso que nunca.

―¡Hola! ―dijo ella, levantando la voz por el ruido que había.

―Hola, Susana. Solo quería decirte que… realmente me gustas, que me vuelves loco. Las palabras salieron de su boca como un torrente. Nada de naturalidad. Todo, efusión verbal por las copas.

Hubo un silencio. Luego, ella se rio.

―¿De verdad? Has bebido, Rafo.

―Sí, pero eso no cambia lo que siento —respondió él, riendo, tratando de restarle importancia.

Al final de la conversación, Susana le prometió que lo pensaría. Rafo se alejó, sintiéndose un poco más ligero. Había hecho algo fuera de lo común, algo que no encajaba con su exacerbada timidez en estas fiestas de excesos.

La noche continuó, pero Rafo ya no estaba tan concentrado con las copas. Empezó a observar a su alrededor, notando las dinámicas de la gente. Algunos se reían, otros discutían, y otros simplemente estaban perdidos en sus pensamientos.

Finalmente, la fiesta comenzó a desmoronarse. La música se apagó, y la gente empezó a irse. Rafo y Luis se sentaron en el suelo, cansados pero satisfechos.

―¿Te das cuenta de lo que has hecho? ― le preguntó Luis―. Le dijiste a Susana que te gusta.

―Sí, y no sé si eso es bueno o malo —respondió Rafo, pensativo.

―A veces, hay que arriesgarse. La vida no es solo juerga; también hay que vivir otras experiencias, ¿sabes?

Rafo asintió. En ese momento, sintió que la noche había sido más que una simple fiesta. Había tomado un paso hacia algo nuevo, algo que no podía ignorar.

Los días pasaron, y Rafo continuó con su vida habitual. Sin embargo, algo había cambiado en él. Se dio cuenta de que las fiestas eran divertidas, pero había un vacío que no podía llenar con alcohol y música. Decidió comenzar a estudiar un poco más, a explorar sus intereses, pero tenía el convencimiento de que ese curso ya era tarde.

Un día, mientras caminaba por el jardín de Maldonado, vio a Susana sentada en un banco, leyendo un libro: El guardián entre el centeno, el gran libro del adolescente inconforme, según su profesor de Filosofía. Se acercó, lleno de vergüenza y con un enrojecimiento facial hatroz, pero decidido, porque, si el lunes, en clase, le comentaba a Luis que había pasado de largo, la bronca podía ser monumental.

―Hola ―dijo, y ella levantó la vista, sonriendo.

―Hola, Rafo. ¿Cómo estás?

―Quería hablar contigo sobre lo que te dije la otra noche…

Susana sonrió, y Rafo sintió que, por primera vez, estaba haciendo algo más que solo salir de fiesta. Estaba empezando a descubrir quién era realmente.

Y así, Rafo les contó a sus padres que había comenzado un viaje, no solo hacia el crecimiento personal, sino también hacia nuevas formas de conexión y significado en su vida. Las fiestas seguirían siendo parte de su vida, pero ahora, sabía que había más allá de la juerga, un mundo lleno de posibilidades que lo esperaba. El padre, después de escucharlo, se lamentó de las mil y una promesas.

―Quevedo dijo: Nunca mejora su estado quien muda solamente de lugar y no de vida y costumbres, le comentó su padre. Es decir, hijo, cambiar de ciudad, ambiente o circunstancias no sirve de mucho si uno sigue arrastrando los mismos hábitos, errores o forma de vivir. Tú nos has prometido mil cambios y luego nada de nada. Entenderás que hasta que no veamos tu madre y yo los resultados de ese cambio no podemos fiarnos.

Y Rafo experimentó que, por su única culpa, su padre estaba harto de las promesas incumplidas del pasado y de la endeblez del equipaje que había preparado para un viaje que no tenía ningún destino claro. (Del libro Hatroz en el blog recuncar.com)

INTRODUCCIÓN DE «HATROZ»

Cuando en 2025 decidí relatar la vida de un hombre «muy conocido» por mí, y por querer ser original en Hatroz tejí una embarullada maraña de personajes, autores y heterónimos. Y la montaña parió un ratón, diría mi profesor de Literatura del siglo XVI para calificar como una piltrafa aquello que aparentaba ser un valiosísimo tesoro. Quise crear una historia atractiva en grado sumo y, por hacerla diferente, los parámetros de la narración se alejaron tanto de la lógica habitual que sucumbí ―creo que me casi ahogué― en un monumental caos.

Nunca recibo correos o guasaps, y eso que los deseo con fervor. Cuando colgué varias entradas, allá por enero de 2025, en unos tambaleantes blogs, me llegaron a las pocas semanas tres anónimos manifestándome una gran desesperación: ¡¡¡Para ya, por Dios!!! ¡¡¡Vuelve al sentido común!!! ¡¡¡Una historia y un blog, nada de múltiples autores y protagonistas!!!

Este último comentario me hizo reflexionar durante días sobre cómo enfocar la vida de Rafo, heterónimo mío cuyo nombre me subyugó desde que se lo escuché a un grupo de adolescentes en la plaza de Colón. Mi imaginación, que se había decantado por Camay o Yago, se instaló en una estática nube creativa que me frenó toda posibilidad de retomar la historia con clara determinación. ¡Qué breve, pero qué diestro y certero fue ese último comentario! Ahora entiendo con perfecta nitidez que un compañero, mientras nos tomábamos un café en el recreo, me manifestara hace unos meses «hasta aquí he llegado, piérdete y déjame en paz».

En diferentes blogs empecé tres historias referidas a una misma persona: José María Máiz Togores, yo. A lo largo de mi proceso de creación y escritura me autoimpuse una creatividad tan descontrolada que bauticé con varios nombres, repito, a un protagonista que era yo: Camay, Rafo y Yago. Todo lo demás es pura anécdota. Un amigo muy cercano y muy fiable literariamente me soltó una buena reprimenda, mientras tomábamos unas cañitas con gambas en Santa Bárbara:

―Estás perdido. No te entiendo nada. No sé cuándo eres Camay (¿Existió alguna vez este nombre tan imbécil que además hace casi publicidad de un producto?), cuándo Rafo (¿Has matado a Camay? ¿Ha muerto Rafo, el único nombre que me gustaba, que me ocultaba algo, o se ha fugado a la playa?) y, por último, cuándo Yago (¿De dónde sale este idiota con nombre de cine santiagués?). Y ya la lías con el nombre de Hatroz, para una novela. Luego especificas el origen de este nombre. Eso me vale. José María, esto necesita una aclaración, una sincera y diáfana aclaración, si quieres mantener a los cinco o seis seguidores que tienes. Déjate de alias y sé tú mismo, cuenta tu vida, con tu nombre, con tus sombras y con tus luces. O utiliza un pseudónimo. Uno. Siempre el mismo. Los demás tienen que desaparecer. Y creo que como yo piensa mucha gente. No infantilices tu historia con ese Camay, que no me lo he tomado en serio en ningún momento.

Tras esta filípica, se marchó a trabajar y me dejó solo ante el peligro. ¿Muerte o vida? Lucharé hasta la muerte por lo segundo, me quise convencer.

Estas palabras fueron un aldabonazo en mi fase de narrador. Yo creía que había utilizado un certero recurso literario que pondría en vilo al lector. Resulta que no, que los pocos que me leían se sentían tan desorientados como si habitaran los laberintos de los Jardines de Villa Pisani, en Venecia, que cuentan que el propio Napoleón se perdió en ellos, y que cuando Hitler y Mussolini mantuvieron en Venecia algunas de sus oscuras conversaciones en 1934, ni intentaron descifrarlos. Los jardines del amor, como se les conoce popularmente, tienen el poder de doblegar a los más grandes estrategas.

Yo soy José María Máiz Togores. Soy el escritor, compositor y creador de mi vida. Toda la información viene de mí, soy el origen y el protagonista de los acontecimientos narrados. Yo soy el que se sienta al ordenador a poner negro ―bueno, azul― sobre blanco. Todo lo contado me pertenece, aunque haya algo fabulado, está fabulado por mí y para mí.

Apareceré bajo el nombre de Rafo (descubrirlo leyendo) que es el remoquete que me puso una amiga cuando leyó algunos de mis versos en la plaza de Colón, alborotada la lectura por un grupo de adolescentes que practicaban a ver quién nos molestaba más. En absoluto Camay o Yago, puramente fabulados por mí.

Yo, José María Máiz Togores, me desdoblo en dos personajes: Rafo, que es el protagonista de Hatroz, y un amanuense que es contratado para que transcriba lo contado por mí. Yo soy los dos.En algunas ocasiones, compartimos los dos el capítulo; en otras, dejo el protagonismo total a Rafo.

Si hay un desorden temporal, que lo hay, yo soy el responsable. Según vayas leyendo, irás conociendo mi carácter y la anarquía vital en la que en ocasiones estoy sumergido cuando me siento ante el ordenador. Desde el principio, en esta introducción, dejo muy claro cuál es mi trabajo y en qué condiciones lo voy a realizar: no esperes una novela ad hoc (adecuada o apropiada al concepto actual de ese género), porque el interés verdadero de Hatroz está en una nutrida sucesión de anécdotas o vivencias desordenadas temporalmente que pueden extenderse en uno, dos o tres capítulos cada una de ellas.

Cuento mi vida, mis anécdotas más simpáticas, las más horrendas y, tal vez, las nada recomendables. Todas ellas se rigen por la verdad, aunque en ocasiones la memoria distorsiona un poco lo vivido. ¿Recordamos la realidad vivida o recordamos el recuerdo de esa realidad?

En Hatroz, con todas las facilidades y alguna dificultad que entraña este desdoblamiento, porque yo quiero ser el responsable de lo narrado, yo y el protagonista, Rafo. Soy la fuente creativa y el narrador de mi historia. No te olvides de este nombre y no hagas caso a nadie. Exclusivamente fíate de los capítulos de Hatroz. Es lo único verdadero.

Gracias por todo. (Del libro Hatroz en el blog recuncar.com) (mayo de 2026)

INTRODUCCIÓN DE «PEITO DE BRONCE»

Hay libros que nacen de la tierra, como nacen los robles o los arroyos. Peito de Bronce es uno de esos libros. Cuando hace muchos años, en el Correo Galego de Santiago de Compostela, después bautizado como Galicia-Hoxe y dirigido por José Manuel Rey Novoa, hubo dos personas que me dieron el visto bueno para escribir una vez por semana en gallego, en un gallego estudiado en Madrid con bastantes limitaciones: Miguel Seoane y Charo Barba.

Entonces quise escribir la vida de un hombre de aldea: Peito de Bronce. Sin hablar con nadie, solamente con la ayuda de los correctores del periódico, que en ningún momento tocaron el contenido de los textos. Mi cabeza era la que recreaba las situaciones y lo narrado. Quien me conozca bien sabe que siempre tuve grandes problemas con la memoria, que hoy en día se han acentuado. En aquellos tiempos yo no tomaba nota de nada y lo dejaba todo «al albur» de mi capacidad memorística.

Peito de Bronce no es solo la historia de un hombre, sino el retrato íntimo y sincero de una vida labrada en las aldeas, en los campos y en los silencios de una tierra aldeana que sentía por encima de todo.

Cada capítulo, breve como un aliento, es una ventana abierta al mundo interior de un hombre y de su familia que, sin grandes gestos ni palabras altisonantes, construye su existencia con dignidad, esfuerzo y apego a la tierra.

El protagonista, hijo de campesinos y carpinteros, nace en un tiempo de escasez y esperanza. Su infancia transcurre entre juegos humildes y tareas que lo van moldeando, como el hierro en la forja. La familia es su primer universo: los padres, los hermanos, los vecinos, todos forman parte de una red de afectos y deberes que dan sentido a la vida. El trabajo, duro y constante, es el eje alrededor del cual gira su juventud y madurez. No hay épica, pero sí verdad. No hay héroes, pero sí gente que resiste, que ama, que lucha sin ruido.

La aldea, pequeña y aparentemente olvidada, es el escenario donde se desarrolla esta historia. Cuando la escribí por primera vez no había tantas posibilidades como hoy de huir a la ciudad o a cualquier sitio. Pero la aldea no es un lugar cualquiera: es un microcosmos de humanidad, de tradición, de memoria. A través de las estaciones, de las fiestas, de las pérdidas y de los encuentros, el lector va descubriendo un mundo que, aunque humilde, está lleno de belleza y significado.

Este libro, en su versión en castellano, es también un homenaje a Galicia, a su capacidad para nombrar lo íntimo, lo cotidiano, lo esencial. Cada palabra está escogida con cuidado, cada frase respira autenticidad. Peito de Bronce es, en definitiva, un canto a la vida rural, a la vida silenciosa de quien habita los espacios olvidados, y a la fuerza de un hombre que, sin pretender ser ejemplo, acaba siendo símbolo.

Al lector que se acerque a estas páginas en mi blog, solo le pido que lo haga con calma, con ojos limpios y corazón abierto. Porque aquí vive un hombre de verdad. Y su historia merece ser escuchada. (Del libro Peito de Bronce en el blog recuncar.com)